JOVEN POBRE (continued 2)
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Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto como le es posible á la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa civilización refinada, de que los teatros, los museos y los libros recién publicados son las flores y los frutos más ó menos efímeros. Durante el almuerzo se habló de una ópera nueva, y la señora de Laroque dirigió sobre este asunto, al señor de Bevallan, una pregunta á que no supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie y un ojo en el Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se dirigió entonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción la poca esperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios muy al corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las únicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que acababa de darse en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas, despertó la curiosidad de la señora de Laroque, que me oprimía á preguntas, y que se dignó muy luego comunicarme ella misma, sus impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en recorrer como camaradas, los teatros y las galerías más célebres del continente, y nuestra conversación, cuando dejamos la mesa, era tan animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tomó mi brazo, sin pensarlo. Fuimos á continuar en el salón nuestras simpáticas efusiones, olvidando la señora de Laroque, cada vez más, el tono de benévola protección, que hasta entonces me había chocado en su conversación particular conmigo.
Me confesó, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidió consejos sobre la organización de esta diversión. Yo le hablé entonces, con detalles, de las comedias caseras, que había tenido ocasión de ver en París y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me levanté bruscamente, declarando que pretendía inaugurar sin demora mis funciones, por la exploración de un gran cortijo situado á dos leguas escasas del castillo. A esta declaración, la señora de Laroque pareció súbitamente consternada; me miró, se agitó entre sus almohadillas, aproximó sus manos al brasero, y me dijo á media voz:
—¡Ah! ¿qué importa eso? vaya, déjelo usted.
Y como yo insistiese:
—¡Pero, Dios mío!—agregó, con un gracioso ademán,—¡mire usted que los caminos están espantosos!... Espere al menos la buena estación.
—No, señora—le dije riendo,—no esperaré ni un minuto; ó soy intendente ó no lo soy.
—Señora—dijo el viejo Alain, que se hallaba allí,—se podría enganchar para el señor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene elásticos, pero por lo mismo es más sólido.
La señora de Laroque confundió con una mirada fulminante al desgraciado Alain, que osaba proponer á un intendente de mi especie, que había asistido á un espectáculo en casa de la gran duquesa Elena, el carricoche del padre Hivart.
—¿La americana no pasaría por el camino?—preguntó.
—¿La americana, señora? No, á fe mía. No hay riesgo de que pase—dijo Alain,—y si pasa no será entera... y aun así, creo que no pasará.
Protesté que iría perfectamente á pie.
—No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no montará usted á caballo.
—Le pido perdón, señora; pero es verdaderamente inútil, voy...
—Alain, haga ensillar un caballo para el señor... Dí tú cuál, Margarita.
—Dele á Proserpina—murmuró el señor de Bevallan, riendo en mis barbas.
—¡No, á Proserpina no!—exclamó vivamente la señorita Margarita.
—¿Por qué no Proserpina, señorita?—le dije yo entonces.
—Porque lo arrojaría á tierra—me respondió rotundamente la joven.
—¡Oh! ¿cómo es eso? Perdóneme; ¿quiere usted permitirme que le pregunte, señorita, si monta usted ese animal?
—Sí, señor, pero con dificultad.
—¡Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una ó dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar á Proserpina, Alain.
La señorita Margarita frunció sus negras cejas y se sentó haciendo un signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la catástrofe inminente que preveía.
—Si necesita usted espuelas, tengo un par á su servicio—agregó entonces el señor de Bevallan que decididamente pretendía que yo no volviese.
Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la señorita Margarita dirigió al obsequioso gentil hombre, acepté sus espuelas. Cinco minutos después, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximación de Proserpina que traían trabajosamente al pie de la escalera del jardín reservado, y que era, entre paréntesis, una yegua muy bella mestiza, negra como el azabache. Bajé al punto la escalera. Algunos jóvenes, encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad según creo, y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del salón para las mujeres y los ancianos. Habríame pasado de buena gana sin todo este aparato, pero en fin, me resigné, y por otra parte no tenía mucha inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi padre me había ya plantado sobre un caballo, con gran desesperación de mi madre, y después, no desdeñó ningún cuidado, para hacerme su igual en este arte en que él sobresalía. Había llevado mi educación en este punto hasta el refinamiento, haciéndome vestir muchas veces viejas y pesadas armaduras de familia para que realizara con más facilidad los ejercicios de equitación que me enseñaba. Entretanto, Proserpina me dejó desenredar las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor señal de irritación, pero no bien sintió mi pie sobre el estribo, se tendió á un lado bruscamente, tirando tres ó cuatro soberbias coces por encima de las macetas de mármol que adornan la escalera, se paró en dos patas haciéndose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego reposó estremeciéndose.
—Difícil para montar—me dijo un criado de caballeriza, guiñando el ojo.
—Lo veo, muchacho, pero voy á sorprenderla, mira.—En el mismo instante me senté en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina reflexionaba en lo que sucedía, me afirmé sólidamente. Un instante después desaparecíamos á galope corto por la avenida de los castaños, seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el señor de Bevallan tuvo la buena inspiración de comenzar.
Este incidente, por insignificante que fuese, no dejó, como pude notarlo esa misma noche, de realzar mi crédito en la opinión. Algunos otros talentos del mismo valor, de que mi educación me ha provisto, han acabado de asegurarme aquí toda la importancia que deseaba, y que debe garantizar mi dignidad personal. Por lo demás, se ve muy bien que no pretendo de ningún modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme á las modestas funciones que desempeño. Enciérrome en mi torre tan á menudo como puedo, sin faltar formalmente á las conveniencias: en una palabra, me mantengo estrictamente en mi lugar, á fin de que nadie tenga que volverme á él.
Algunos días después de mi llegada, asistí á una de esas comidas de ceremonia, que en esta estación son aquí casi cotidianas; oí que mi nombre fué pronunciado en tono interrogativo por el gordo subprefecto de la pequeña ciudad vecina, que estaba sentado á la derecha de la dama castellana. La señora de Laroque que padece de frecuentes distracciones, olvidó que yo no estaba lejos de ella, y de buena ó de mala gana, no perdí una sola palabra de su respuesta.
—¡Dios mío! no me hable usted de ello; hay en eso un misterio inconcebible... Nosotros pensamos que es algún príncipe disfrazado... Hay tantos que corren el mundo por humorada... Este posee todos los talentos imaginables: monta á caballo, toca el piano y dibuja, todo de una manera admirable... Entre nosotros, mi querido subprefecto, creo que es un pésimo intendente, pero indudablemente, es un hombre muy agradable.
El subprefecto que es también hombre agradable, ó que, al menos cree serlo, lo que viene á ser lo mismo para su satisfacción personal, dijo entonces graciosamente, acariciando con una mano gordinflona sus espléndidas patillas, que había en el castillo muchos ojos bastante bellos para explicar tantos misterios; que sospechaba mucho que el intendente fuese un pretendiente, y que además el amor era padre legítimo de la locura é intendente natural de las desgracias... Cambiando de tono repentinamente:
—Sobre todo, señora—agregó,—si usted tiene la menor inquietud con respecto á ese individuo, le haré interrogar mañana mismo, por el cabo de la gendarmería.
La señora de Laroque clamó contra este exceso de celo galante, y la conversación, en lo que á mí concernía, no fué más lejos, pero me dejó muy picado, no contra el subprefecto, que por el contrario me gustaba muchísimo, sino contra la señora de Laroque, que haciendo á mis cualidades privadas una excesiva justicia, no me había parecido suficientemente penetrada de mi mérito oficial.
La casualidad quiso que tuviese al día siguiente que renovar la escritura de un arriendo considerable. Esta operación se negociaba con un paisano viejo y muy astuto, á quien, sin embargo, conseguí ofuscar con algunos términos de jurisprudencia, diestramente combinados con las reservas de una prudente diplomacia. Arregladas nuestras convenciones, el buen hombre colocó tranquilamente sobre mi escritorio, tres paquetes de piezas de oro. Si bien la significación de esta entrega, que no se me debía, me era del todo incomprensible, me guardé de mostrar una sorpresa inconsiderada; pero desenvolviendo los paquetes, me aseguré por medio de algunas preguntas indirectas, que esta suma constituía las arras del arrendamiento, ó en otros términos la gabela que tienen por costumbre los arrendatarios ceder al propietario en cada renovación de contrato. Yo no había pensado en reclamar tal cosa, no habiendo hallado mención alguna de ella en los contratos anteriores, redactados por mi hábil predecesor, y que me servían de modelo. No saqué por el momento ninguna conclusión de esta circunstancia, pero cuando fuí á entregar á la señora de Laroque este don de fausto advenimiento, su sorpresa me asombró.
—¿Qué significa esto?—me dijo.
Le expliqué la naturaleza de esta gratificación. Me la hizo repetir.
—¿Y es esta la costumbre?—agregó.
—Sí, señora, toda vez que se consiente en un nuevo contrato.
—Pero ha habido en treinta años, según creo, más de diez contratos renovados... ¿Cómo es que no hemos oído hablar jamás de semejante cosa?
—No sabré decírselo, señora.
La señora de Laroque cayó en un abismo de reflexiones, en cuyo fondo, es probable hallara la sombra venerable del padre Hivart; después alzando ligeramente los hombros, fijó su mirada en mí, luego sobre las piezas de oro, una vez más sobre mí, y apareció perpleja. En fin, arrellanándose en su butaca y suspirando profundamente, me dijo con una simplicidad de que le estoy agradecido:
—Está bien, señor: le doy mil gracias.
Este rasgo de grosera probidad, por el cual la señora de Laroque tuvo el buen gusto de no cumplimentarme, no dejó por eso de hacerle concebir una gran idea de la capacidad y de las virtudes de su intendente. Pude juzgarlo algunos días después. Su hija le leía la relación de un viaje al polo en que se hablaba de un pájaro extraordinario, qui ne vole pas.
—Mira—dijo—es como mi intendente.
Espero firmemente haberme adquirido, desde entonces, por el cuidado severo con que me ocupo de la tarea que he aceptado, títulos á una consideración de género menos negativo. El señor Laubepin, cuando fuí recientemente á París, para abrazar á mi hermana, me agradeció con una viva sensibilidad el honor que hacía á los compromisos que por mí había contraído.
—Valor, Máximo—me dijo:—dotaremos á Elena. La pobre niña no carecerá de nada, por decirlo así. Y en cuanto á usted, querido amigo, no tenga pesares, créame: posee usted en sí mismo lo que más se parece á la felicidad en este mundo, y gracias al Cielo, creo que siempre lo poseerá: la paz de la conciencia y la varonil serenidad de una alma consagrada al deber.
Este anciano tiene razón, sin duda alguna. Estoy tranquilo y sin embargo, no me siento dichoso. Hay en mi alma, que no está aún sazonada para los austeros goces del sacrificio, arranques impetuosos de juventud y desesperación. Mi vida consagrada y sacrificada sin reserva á otra vida más débil y querida, no me pertenece: no tiene porvenir, está en un claustro, encerrada para siempre. Mi corazón no debe latir, mi cabeza no debe pensar sino por cuenta ajena. En fin, que Elena sea dichosa. La vejez se aproxima: ¡que venga pronto! Yo la imploro: su hielo ayudará mi valor.
No podría quejarme, además, de una situación que en suma ha engañado mis más penosas aprensiones, y que aun ha ultrapasado mis mejores esperanzas. Mi trabajo, mis viajes frecuentes á los vecinos departamentos, mi afición á la soledad, me tienen á menudo alejado del castillo, cuyas reuniones bulliciosas huyo sobre todo. Puede muy bien que la amistosa acogida que hallo en él, sea debida en gran parte á lo poco que me prodigo. La señora de Laroque, sobre todo, me profesa una verdadera afección; me toma por confidente de sus extravagantes y muy sinceras manías de pobreza, de sacrificio y abnegación poética que forman, con sus multiplicadas precauciones de criolla frívola, un singular contraste. Tan pronto envidia á las bohemias cargadas de hijos, que arrastran por las calles una miserable carreta, y cuecen su comida al abrigo de los cercados, como á las hermanas de la caridad, como á las cantineras, cuyas heroicidades ambiciona.
En fin, no cesa de reprochar al finado señor Laroque, hijo, su admirable salud que jamás permitió á su mujer desplegar las cualidades de enfermera, de que rebosa su corazón. Entretanto, ha tenido, en estos últimos días, la idea de agregar á su sillón una especie de nicho en forma de garita, para resguardarse de los vientos colados. La hallé, mañanas pasadas, instalada triunfalmente en esta especie de kiosco en el que espera dulcemente el martirio.
Casi otro tanto puedo decir de los demás habitantes del castillo. La señorita Margarita, siempre sumergida como una esfinge nubia en algún sueño desconocido, condesciende sin embargo, en repetir bondadosamente las piezas de mi predilección. Tiene una voz de contralto admirable, de la que se sirve con arte consumado; pero al mismo tiempo con una dejadez y una frialdad que podrían creerse calculadas. En efecto, suele suceder que, por distracción, deja escapar de sus labios acentos apasionados; pero al punto parece humillada, y como avergonzada de este olvido de su carácter ó de su papel, y se apresura á entrar de nuevo en los límites de una helada corrección.
Algunas partidas de cientos que he tenido la fácil galantería de perder con el señor Laroque, me han conciliado los favores del pobre anciano, cuyas débiles miradas se clavan algunas veces sobre mí, con una atención verdaderamente singular. Podría decirse que algún sueño del pasado, alguna semejanza imaginaria, se despierta á medias en las nubes de aquella memoria fatigada, en cuyo seno flotan las imágenes confusas de todo un siglo. ¡Quería devolverme el dinero que me había ganado! Parece que la señora de Aubry, tertuliana habitual del viejo capitán, no tiene escrúpulo en aceptar regularmente estas restituciones, lo que no le impide ganar frecuentemente al antiguo corsario, con quien tiene en esas circunstancias abordajes tumultuosos.
Esta señora, tratada con mucho favor por el señor Laubepin, cuando la calificaba simplemente de espíritu agrio, no me inspira ninguna simpatía. Sin embargo, por respeto á la casa, me he obligado á ganar su afecto, y he llegado á conseguirlo prestando oído complaciente, unas veces á sus miserables lamentaciones sobre su condición presente, otras á las descripciones enfáticas de su fortuna pasada, de su plata labrada, de sus muebles, de sus encajes y de sus guantes.
Es preciso confesar que me hallo en muy buena escuela para aprender á desdeñar los bienes que he perdido. En efecto, todos aquí, por su actitud y su lenguaje me predican elocuentemente el desprecio de las riquezas; desde luego, la señora Aubry, que se puede comparar á esos glotones sin vergüenza cuya irritante gula os quita el apetito, y que os hacen repugnantes los manjares que alaban; este anciano que se extingue sobre sus millones tan tristemente como Job sobre el estiércol; esa mujer excelente, pero novelesca y estragada, que sueña en medio de su importuna prosperidad con el fruto prohibido de la miseria, y en fin, la orgullosa Margarita, que lleva como una corona de espinas la diadema de belleza y de opulencia con que el Cielo ha oprimido su frente.
¡Extraña niña! Casi todas las mañanas, cuando el tiempo está bueno, la veo pasar por debajo de las ventanas de mi torre; me saluda con un grave movimiento de cabeza, que hace ondular la pluma negra de su fieltro y luego se aleja lentamente por el sombrío sendero que atraviesa las ruinas del antiguo castillo. Ordinariamente, el viejo Alain la sigue á alguna distancia; otras veces no lleva más compañero que el enorme y fiel Mervyn, que alarga el paso al lado de su bella ama, como un oso pensativo. Con este tren se va á correr por todo el país vecino aventuras de caridad. Podría considerarse su protectora; no hay cabaña alguna en seis leguas á la redonda, que no la conozca y la venere como la hada de la beneficencia. Los paisanos dicen simplemente, al hablar de ella: ¡La señorita! como si hablaran de una de esas hijas de rey, que encantan sus leyendas, cuya belleza, poder y misterio les parece ver en ella.
Busco entretanto cómo explicarme la nube de sombría preocupación que cubre su frente sin cesar, la severidad altiva y desconfiada de su mirada, y la amarga sequedad de su lenguaje. Me pregunto, si son estos los rasgos naturales de un carácter extravagante y variable; ó los síntomas que algún secreto tormento, de remordimientos, de temor ó de amor, lo que roe su noble corazón. Por desinteresado que uno sea en la cuestión, es imposible no sentir cierta curiosidad ante una persona tan extraordinaria. Ayer en la noche, mientras que el viejo Alain, de quien soy favorito, me servía mi solitaria comida, le dije:
—¡Qué lindo día ha hecho hoy, Alain! ¿Ha paseado usted?
—Sí, señor: esta mañana salí con la señorita.
—¡Ah!
—¿Pero el señor no nos ha visto pasar?
—Es probable. Los veo pasar muchas veces... Tiene usted una buena figura á caballo, Alain.
—El señor es demasiado galante. La señorita tiene mejor figura que yo.
—Efectivamente, es una joven muy bella.
—¡Oh! perfecta, señor, y lo mismo por fuera que por dentro, como la señora de Laroque su madre. Diré al señor una cosa. El señor sabe que esta propiedad perteneció en otro tiempo al último Conde de Castennec, á quien tenía el honor de servir. Cuando la familia Laroque compró el castillo, confesaré que me apesadumbré y vacilé mucho para quedarme en la casa. Me había criado en el respeto á la nobleza, y me costaba mucho servir á gentes sin nacimiento. El señor habrá podido observar que siento un particular placer en prestarle mis servicios, y es que le hallo un aire muy marcado de nobleza. ¿Está usted seguro, señor, de no ser noble?
—Lo temo, mi pobre Alain.
—Por lo demás, esto es lo que quería decir al señor—respondió Alain inclinándose con gracia;—he aprendido al servicio de estas señoras, que la nobleza de los sentimientos vale tanto como la otra, y en particular la del señor Conde Castennec, que tenía la debilidad de pegar á sus criados. Es lástima que la señorita no pueda casarse con un noble de buen nombre. Entonces nada faltaría á sus perfecciones.
—Pero me parece, Alain, que eso sólo depende de su voluntad.
—Si el señor se refiere al señor de Bevallan, en efecto, sólo depende de su voluntad, pues que la ha pedido hace más de seis meses. La señora de Laroque no parecía muy opuesta al matrimonio, y en cuanto al señor de Bevallan después de los Laroque, es el más rico del país; pero la señorita, sin pronunciarse positivamente, ha querido tomar tiempo para reflexionar.
—Pero si ama al señor de Bevallan y si puede casarse cuando quiera, ¿por qué se la ve siempre triste y distraída?
—Es una verdad, señor, que de dos ó tres años á esta parte, la señorita ha cambiado completamente. En otro tiempo era alegre como un pájaro y ahora, podría decirse, que hay algo que la apesadumbra; pero no creo, salvo mis respetos, que sea su amor por ese señor lo que la abate.
—Usted tampoco parece muy tierno por el señor de Bevallan, mi buen Alain. Es de una excelente nobleza, sin embargo...
—Lo que no le impide ser un mal individuo, que pasa su tiempo en corromper á las jóvenes de la comarca. Y si el señor tiene ojos, puede ver que no tendría empacho en hacer de sultán en el castillo, mientras consigue algo mejor.
Hubo una pausa silenciosa, después de la cual Alain dijo:
—Qué desgracia es que el señor no tenga de renta siquiera un centenar de miles de francos.
—¿Y por qué, Alain?
—¿Por qué?...—dijo Alain moviendo la cabeza con aire pensativo.
25 de julio.
En el mes que acaba de pasar, he ganado una amiga y me he hecho, según creo, dos enemigas. Las enemigas son la señorita Margarita y la señorita Helouin. La amiga, es una señorita de ochenta y ocho años. Temo que no haya compensación en el cambio.
La señorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas desde luego, es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella, deberían más bien recomendarme á su estimación; pero parece ser una de esas mujeres, bastante generales en el mundo, que no cuentan la estimación en el número de los sentimientos, que gustan suspirar, ó que se les suspire. Desde los primeros tiempos de mi morada en el castillo, una especie de conformidad entre la situación de la maestra y la del intendente, la modestia común de nuestro estado en la casa, me indujeron á entablar con la señorita Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa. Siempre me he afanado en manifestar á estas pobres muchachas el interés á que su ingrata tarea, su situación precaria, humillante y sin porvenir, me parecían hacerlas acreedoras. La señorita Helouin es además bonita, inteligente y llena de talento, y aunque prodigue un poco todo esto, por la vivacidad de sus salidas, su febril coquetería, y esa ligera pedantería que son las propensiones habituales del empleo, convengo en que había muy poco mérito en sostener el papel caballeresco que me había propuesto. Este papel tomó á mis ojos el carácter de una especie de deber, cuando reconocí, como muchas advertencias me lo habían hecho presentir, que un león devorador, bajo las facciones del Rey Francisco I, rondaba furtivamente á mi joven protegida. Esta duplicidad que hace honor á la audacia del señor de Bevallan, pasa, so color de amable familiaridad, con una política y un aplomo, que engañan fácilmente las miradas poco atentas ó demasiado cándidas. La señora de Laroque, y en particular su hija, son completamente ajenas á las perversidades de este mundo, y viven demasiado apartadas de toda realidad para sentir la sombra de una suposición. En cuanto á mí, sumamente irritado contra este insaciable tragador de corazones, me hice un placer en contrariar sus proyectos: más de una vez distraje la atención, que trataba de monopolizar, y me esforcé, sobre todo en aminorar en el corazón de la señorita Helouin aquel amargo sentimiento de abandono y aislamiento, que da en general tanto precio á los consuelos que le son ofrecidos. ¿He ultrapasado alguna vez, en el curso de esta lucha indiscreta, la medida delicada de una protección fraternal? No lo creo, y los términos mismos del corto diálogo, que ha modificado súbitamente la naturaleza de nuestras relaciones, parece hablaran en favor de mi reserva. Una noche de la última semana, tomábamos el fresco en la azotea; la señorita Helouin á quien en aquel día había precisamente tenido ocasión de prestar algunas atenciones particulares, tomó ligeramente mi brazo y al mismo tiempo que mordía con sus pequeños y blancos dientes un ramito de azahares:
—Es usted muy bueno, señor Máximo—me dijo con voz un poco conmovida...
—Trato de serlo al menos.
—Es usted un verdadero amigo.
—Sí.
—¿Pero un amigo cómo?
—Verdadero, como usted lo ha dicho.
—Un amigo... que me ama...
—Sin duda.
—¿Mucho?
—Seguramente.
—¿Apasionadamente?
—No.
A este monosílabo que articulé muy secamente y apoyé con una firme mirada, la señorita Helouin arrojó vivamente su ramito de azahares y abandonó mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdén que no he merecido, y creería decididamente, que la amistad de un sexo por el otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al otro día una especie de indemnización.
Había ido á pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos ó tres familias que acababan de pasar allí una quincena, se habían marchado aquella mañana. No estaban en él sino los parroquianos habituales, el cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequeña ciudad vecina. La señora de Saint-Cast, que parece haber llevado á su marido una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entré, en una animada conversación con la señora de Aubry. Estas dos señoras, siguiendo su costumbre, se entendían perfectamente, celebrando cada una á su turno, como dos pastores de una égloga, los incomparables encantos de la riqueza, en un lenguaje en que la distinción de la forma disputaba á la elevación del pensamiento.
—Tiene usted mucha razón, señora—decía la señora de Aubry—no hay sino una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba de todo corazón á los pobres, así hallo ahora muy natural que se me desprecie, y no me quejo de ello.
—Nadie la desprecia por eso, señora—respondía la señora de Saint-Cast—seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico ó pobre hay una terrible diferencia. Vea ahí al general, que puede decirle algo de eso; él no tenía absolutamente otra cosa que su espada cuando se casó conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la sopa, ¿no es verdad, señora?
—¡Oh! no, no, señora—exclamó la señora de Aubry aplaudiendo esta atrevida metáfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas; pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.
—Sí, ciertamente, y es lo que decía esta mañana al general, al venir hasta aquí: ¿es verdad, general?
—Hum—refunfuñó el general, que jugaba tristemente en un rincón, con el antiguo corsario.
—No tenía usted nada cuando nos casamos, general—continuó la señora de Saint-Cast—¿espero que no tratará de negarlo?
—Usted lo ha dicho ya—murmuró el general.
—Lo que no impide que sin mí, marcharía usted á pie, mi general, lo que no le sería muy agradable con sus heridas... porque con seis ó siete mil francos de retiro que tiene usted, no podría arrastrar carroza, amigo mío... Esta mañana le decía esto, señora, á propósito de nuestro nuevo carruaje que es lo más cómodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi bolsa.
—¡Ya lo creo, señora! Mi carruaje de gala no me costó menos de cinco mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que él solo me costó quinientos.
—Yo me he visto obligada á contenerme un poco, pues acabo de renovar mi mueblaje del salón; en alfombras y tapices he gastado como quince mil francos. Es demasiado lujo para un pobre rincón de provincia, me dirá usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad está muy humilde con nosotros, y á todos nos gusta ser respetados, ¿no es así, señora?
—Sin duda—replicó la señora de Aubry—á todos nos gusta ser respetados, y uno sólo es respetado en proporción del dinero que tiene. Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si fuera aún lo que he sido, vería á mis pies á todos los que me desprecian.
—¡Excepto á mí, voto á sanes!—exclamó el doctor Desmarest levantándose de pronto.—Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vería á sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho á tomar el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir más.—Al mismo tiempo el bravo doctor salió del salón, llevando toda mi gratitud, pues me había hecho un verdadero servicio consolando mi corazón oprimido de indignación y disgusto.
Aun cuando el señor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el pie de un San Juan Boca-de-oro, á quien se sufre la mayor independencia en el lenguaje, el apóstrofe había sido demasiado vivo para no causar entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traducía por un silencio embarazoso. La señora de Laroque lo rompió diestramente, preguntando á su hija si habían dado las ocho.
—No, madre—respondió Margarita,—pues la señorita de Porhoet no ha llegado aún.
Un minuto después, el timbre del péndulo se ponía en movimiento; la puerta se abrió, y la señorita Jocelynde de Porhoet-Gaél, llevada del brazo por el doctor Desmarest, entró en el salón con una precisión astronómica.
La señorita de Porhoet-Gaél, que ha visto pasar este año la octogésima octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caña conservada en seda, es el último vástago de una muy noble raza, cuyos abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armórica. Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el siglo xii en la persona de Juthaal, hijo de Conan le Tort, descendiente de la rama segunda de Bretaña. Algunas gotas de sangre de los Porhoet, han corrido por las venas más ilustres de Francia: en las de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthièvre, y estos grandes señores convenían en que no era la menos pura.
Me acuerdo que estudiando un día, en un acceso de vanidad juvenil, la historia de las alianzas de mi familia, me llamó la atención el singular nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo alabó muchísimo. La señorita Porhoet, que es la única que queda hoy de su nombre, no ha querido casarse jamás á fin de conservar el mayor tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelación de estas mágicas sílabas: Porhoet-Gaél. La casualidad quiso que un día se hablase delante de ella, de los orígenes de la casa de Borbón.—Los Borbones—dijo la señorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su aguja de tejer en su rubia peluca—los Borbones son de buena nobleza, pero—tomando repentinamente un aire modesto—hay mejores—añadió.
Por lo demás, es imposible no inclinarse ante esta vieja niña, tan augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace más de quince años, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequeña, y apenas le quedarán hoy un millar de francos de renta. Esta situación, desgraciada, no ha quitado nada á su orgullo, ni aumentado nada á su carácter: es alegre, igual, cortés; vive, no se sabe cómo, en su casita con una sirvienta, y halla aún medios para hacer muchas limosnas. La señora de Laroque y su hija profesan á su noble y pobre vecina, una pasión que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que confunde á la señora de Aubry. He visto á menudo á la señorita Margarita abandonar el baile más animado, para ir á asistir al whist de la señorita de Porhoet; si el whist de la señorita de Porhoet (á cinco céntimos la ficha) llegara á faltar un solo día, el mundo se acabaría. Yo también soy uno de los jugadores preferidos de la vieja señorita, y la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y á los lados de la descendiente de Conan le Tort.
Es menester saber, que á principios del último siglo, un tío abuelo de la señorita de Porhoet, que estaba agregado á la casa del duque de Anjou, pasó los Pirineos siguiendo al joven príncipe, que fué después Felipe V, y fundó en España una casa que aun reina hoy. Su descendencia directa parece haberse extinguido hace una quincena de años, y la señorita de Porhoet, que jamás había perdido de vista á sus parientes de allende los montes, se creyó al momento heredera de una fortuna que se dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente por una de las más antiguas casas de Castilla, aliada á la rama española de los Porhoet. De aquí proviene ese proceso que la desgraciada octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdicción en jurisdicción, con una persistencia que toca en manía, y aflige á sus amigos y divierte á los indiferentes. El doctor Desmarest, á pesar del respeto que profesa á la señorita de Porhoet, no deja de tomar partido en el número de los burlones; tanto más, cuanto que desaprueba formalmente el uso á que la pobre mujer consagra imaginariamente su quimérica herencia, á saber: la erección en la ciudad vecina, de una catedral del más bello y lujoso estilo, que transmitirá hasta el fin de los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza extinguida. Esta catedral, sueño creado sobre un sueño, es el juego inocente de esta vieja niña. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa sus días, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores, cambiándole las disposiciones anteriores y agregándole algunos ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y practicable.—Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la librea del suizo, etc.
—Y bien, señorita—dijo el doctor, en tanto que barajaba las cartas,—¿ha trabajado usted en su catedral desde ayer?
—¡Cómo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el muro macizo que separaba el coro de la sacristía, por un follaje de piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la iglesia de Josselin. Es mucho más ligero.
—Sí, ciertamente; pero entretanto ¿qué noticias tiene usted de España? ¡Ah, diablo! ¿será verdad como creo haber leído esta mañana en la Revista de Ambos Mundos, que el joven duque de Villa Hermosa le propone á usted la terminación amistosa del pleito por medio de un casamiento?
La señorita de Porhoet sacudió con un gesto desdeñoso el penacho de cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.
—Me negaré redondamente—dijo.
—Sí, sí, usted dice eso, señorita; pero ¿qué significa esa guitarra, que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?
—¡Vaya!
—¿Vaya? ¿Y ese español de capa y botas amarillas, que se ve rondar por los alrededores y que suspira sin cesar?...
—Es usted un bromista—dijo la señorita de Porhoet, abriendo tranquilamente su caja de rapé.—Ya que quiere usted saberlo, le diré que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos días que, con un poco de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.
—¡Pardiez, ya lo creo! ¿Sabe usted de dónde sale su agente de negocios? De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacará á usted hasta el último escudo y se burlará de usted en seguida. ¡Ah, qué discreta sería si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... ¿Para qué le servirían esos millones, veamos? ¿No es usted dichosa y considerada?... ¿qué más ambiciona? En cuanto á su catedral, no hablo de ella, porque es una majadería.
—Mi catedral no es una majadería, sino á los ojos de los majaderos, doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he oído decir á mi padre más de cien veces, y jamás pertenecerán, por mi voluntad, á personas tan extrañas en definitiva á mi familia, como usted, mi querido amigo, ó como el señor, agregó designándome con un signo de cabeza.
Cometí la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respondí al instante:
—En lo que á mí concierne, señorita, se engaña, porque mi familia ha tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recíprocamente.
Al oir estas enormes palabras, la señorita de Porhoet, aproximó vivamente á su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de abanico, que tenía en la mano, y enderezando su delgado talle, me miró á la cara para asegurarse primero del estado de mi razón; luego recobró su calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando á su afilada nariz un poco de polvillo de España:
—Me probará usted eso, joven—me dijo.
Avergonzado de mi ridícula jactancia, y muy embarazado por las curiosas miradas que sobre mí había atraído, me incliné torpemente sin responder. Nuestro whist se acabó en un silencio profundo. Eran las diez, y me preparaba á retirarme, cuando la señorita de Porhoet me tocó el brazo.
—El señor intendente—dijo,—me hará el honor de acompañarme hasta la avenida.
La saludé y la seguí. Un instante después nos hallábamos en el parque. La sirvienta, vestida á la moda del país, marchaba delante, llevando una linterna; luego iba la señorita de Porhoet, derecha y silenciosa, levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta saya de seda; había rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y seguía á su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel. Al cabo de algunos minutos de esta fúnebre marcha:
—¡Y bien! señor—me dijo la vieja señorita: hable, pues, lo espero: ha dicho usted que mi familia ha sido aliada á la suya, y como un punto de alianza de esa especie es enteramente nuevo para mí, le quedaría sumamente agradecida, si me lo aclarase.
Yo había decidido por mi parte, que debía guardar á todo precio el secreto de mi incógnito.
—¡Dios mío! señorita—le dije,—me atrevo á esperar que excusará usted una broma escapada al correr de la conversación...
—¡Una broma!—exclamó la señorita de Porhoet.—La materia en efecto se presta mucho á la broma. ¿Y cómo llaman, señor, en este siglo las bromas que se dirigen valientemente á una mujer anciana y sin protección y que no se dirigirían seguramente á un hombre?
—Señorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro recurso que confiarme á su discreción. No sé si el nombre de los Champcey d'Hauterive le es conocido.
—Conozco perfectamente, señor, á los Champcey d'Hauterive, que son una buena y una excelente familia del Delfinado. ¿Qué conclusión saca usted de eso?
—Yo soy hoy el representante de esa familia.
—¿Usted?—dijo la señorita de Porhoet, haciendo alto súbitamente,—¿usted es un Champcey d'Hauterive?
—Desgraciadamente, sí, señorita.
—Eso cambia la especie—dijo;—déme, primo, su brazo, y cuénteme su historia.
Creí que en el estado en que las cosas se hallaban, lo mejor era no ocultarle nada. Terminaba el penoso relato de los infortunios de mi familia, cuando nos hallamos al frente de una casita sumamente estrecha y baja, con un palomar de techo puntiagudo y arruinado, en uno de sus ángulos.
—Entre, marqués—me dijo la hija de los reyes de Gaél, parada en el umbral de su pobre palacio,—entre, se lo suplico.
Un instante después, era introducido en un pequeño salón tristemente embaldosado; sobre la pálida tapicería que cubría las paredes, se oprimían una docena de retratos antiguos, blasonados con el armiño ducal; arriba de la chimenea vi relumbrar un magnífico reloj de concha incrustada de cobre, coronado por un grupo que figuraba el carro del sol. Algunos sillones de espaldar ovalado, y un antiguo canapé de delgadas patas, completaban la decoración de esta pieza, en que todo acusaba una rígida limpieza, y en que se respiraba un olor concentrado á lirio, rapé de España, y vagos aromas.
—Siéntese—me dijo la anciana señorita, tomando un lugar en el canapé;—siéntese, primo, pues aunque en realidad no seamos parientes, ni podamos serlo, pues que Juana de Porhoet y Hugo de Champcey cometieron, sea dicho entre nosotros, la tontería de no tener un vástago, me será agradable, si me lo permite usted, tratarle de primo, en la conversación particular, á fin de engañar por un instante el sentimiento doloroso de mi soledad en este mundo. Así, pues, primo, vea á qué altura se halla; el pasado es rudo seguramente. Sin embargo, le sugeriré algunos pensamientos que me son habituales, y que me parece le proporcionarán muy serios consuelos. En primer lugar, mi querido marqués, me digo yo á menudo que en medio de tantos modregos y antiguos criados, que arrastran hoy carroza, hay en la pobreza un perfume superior de distinción y de buen gusto. Además, no estoy lejos de creer que Dios ha querido reducir á algunos de nosotros á una vida estrecha, para que este siglo grosero, material y hambriento de oro, tenga siempre bajo sus ojos, en nuestras personas, un género de mérito, de dignidad y de brillo en que el oro y la materia no entran para nada, que con nada pueda comprarse, y que no es posible venderse. Tal es, primo, según la apariencia, la justificación providencial de su fortuna y de la mía.
Manifesté á la señorita de Porhoet, cuán orgulloso me sentía en haber sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseñanza que le es tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto á aprovecharse.
—Luego—continuó la señorita de Porhoet;—en cuanto á mí, señor, estoy acostumbrada á la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo, bajo el plomo ó el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente todos los objetos de su afección y de su culto, sería menester tener el alma muy pequeña para preocuparse de una mesa más ó menos abundante ó de un adorno más ó menos moderno. Por cierto, marqués, que si mi bienestar personal fuera la única causa, puede usted creerme, despreciaría mis millones de España; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que una casa como la mía, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella, una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus creencias. Es por esto, que á imitación de algunos de nuestros antepasados, he pensado, primo mío, y no renunciaré jamás, mientras tenga vida, á la piadosa fundación de que habrá oído hablar.
Habiéndose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble señorita pareció recogerse, y en tanto que paseaba una melancólica mirada por las medio borradas imágenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario fué lo único que turbó, en el obscuro salón, el silencio de la media noche.
—Habrá—dijo repentinamente la señorita de Porhoet con voz solemne,—habrá un cabildo de canónigos regulares dedicados al servicio de esa iglesia. Todos los días á la hora de maitines se dirá, en la capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarán un mármol, sin inscripción, que formará la grada del altar y cubrirá mis restos.
Yo me incliné con la emoción de un visible respeto. La señorita de Porhoet tomó mi mano y la apretó dulcemente.
—No estoy loca, primo—continuó,—aunque así se diga. Mi padre, que no mentía jamás, me ha asegurado siempre que extinguiéndose los descendientes directos de nuestra rama española, sólo nosotros tendríamos derecho á la herencia. Su muerte súbita y violenta no le permitió desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas, pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin embargo—agregó después de una pausa y con un acento de gran tristeza,—si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de allá bien lo saben. Me arrastran hace quince años de demora en demora; esperan mi muerte, que lo acabará todo... Y créalo usted, no esperarán largo tiempo: menester es hacer una de estas mañanas, demasiado lo siento, mi último sacrificio... Esa pobre catedral, mi único amor, que había reemplazado en mi corazón tantas afecciones rotas... Ella no tendrá jamás sino una piedra, y esa será la de mi tumba.
La vieja señorita calló. Enjugó con sus manos enflaquecidas dos lágrimas que corrían por su ajada fisonomía; luego agregó esforzándose por sonreir:
—Perdón, primo mío: bastante tiene usted con sus desgracias... Excúseme... Por otra parte es tarde; retírese. Usted me compromete.
Antes de partir recomendé de nuevo á la discreción de la señorita de Porhoet el secreto que me había visto obligado á confiarle. Me respondió de una manera un poco evasiva: que podía estar tranquilo, que ella sabría velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos días después he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba la señora de Laroque, que mi respetable amiga le había transmitido mi confidencia. La señorita Porhoet no titubeó en confesármelo, asegurándome que le había sido imposible obrar de otro modo por el honor de su familia, y que por otra parte, la señora de Laroque era incapaz de traicionar ni para con su hija, un secreto confiado á su delicadeza.
Entretanto, mi confidencia con la anciana señorita me había infundido hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el día siguiente por la noche, apliqué al ornamento interior y exterior de su querida catedral todos los recursos de mi lápiz. Esta atención á que tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco á poco la regularidad de una costumbre.
Casi todas las noches, después del whist, me pongo al trabajo, y el ideal monumento se enriquece con una estatua, un púlpito ó una claraboya. La señorita Margarita, que parece profesar á su vecina una especie de culto, ha querido asociarse á mi obra de caridad, consagrando á la basílica de los Porhoet un álbum especial que estoy encargado de llenar.
He ofrecido además á mi anciana confidente, tomar parte en las diligencias, indagaciones ó cuidados de cualquier naturaleza que puedan serle suscitados por su litigio. La pobre mujer confesó que le prestaba un verdadero servicio; que á la verdad aún podía llevar su correspondencia corrientemente, pero que sus ojos debilitados rehusaban descifrar los documentos manuscritos de su archivo, y que no había querido hasta entonces, hacerse suplir en este trabajo, que tan importante puede ser para su causa, á fin de no dar una nueva presa á la burla incivil de las gentes del país.
En breve me admitió en calidad de consejero y colaborador. Desde este tiempo he estudiado concienzudamente el voluminoso legajo de su proceso, y he quedado convencido de que el pleito, que debe ser juzgado en última apelación, un día de estos, está completamente perdido de antemano. El señor Laubepin, á quien he consultado, es también de esta opinión, que me esforzaré en ocultar á mi anciana amiga, tanto como las circunstancias lo permitan. Entretanto, le doy el placer de examinar pieza por pieza, sus archivos de familia, en los que espero siempre descubrir algún título decisivo en su favor. Desgraciadamente, esos archivos son muy ricos y el palomar está lleno de ellos desde el techo hasta el sótano.
Ayer, había ido muy temprano á casa de la señorita Porhoet, con el fin de acabar antes de la hora de almorzar el examen del legajo núm. 115, que había comenzado la víspera. No estando aún levantada el ama de la casa, me instalé silenciosamente en el salón, mediante la complicidad de la sirvienta, y me entregué solitariamente á mi polvorienta tarea. Al cabo de cerca de una hora, recorría con extrema alegría la última hoja del legajo número 115, cuando vi entrar á la señorita de Porhoet arrastrando con trabajo un enorme paquete envuelto con bastante limpieza en una tela blanca.
—Buenos días, amable primo—me dijo,—habiendo sabido que trabajaba usted por mí esta mañana, yo he querido hacerlo por usted. Le traigo el legajo número 116.
Hay, no recuerdo en qué cuento, una princesa desgraciada, á quien se encierra en una torre, y á la cual, una hada enemiga de su familia impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios é imposibles; confieso que en aquel momento la señorita de Porhoet, á pesar de todas sus virtudes me pareció ser parienta próxima de aquella hada.
—He soñado anoche—continuó,—que este legajo contiene la llave de mi tesoro español. Me dejará usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su examen. Terminado este trabajo, me hará el honor de aceptar una comida modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabellón de mi jardín.
Me resigné, pues. Inútil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no contenía, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las doce en punto, la anciana señorita vino á tomar mi brazo y me condujo ceremoniosamente á un pequeño jardín festoneado de boj, que forma con un pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet. La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un bello día de verano arrojaba, á través de las hojas, algunos rayos que jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer honor al dorado pollo, á la fresca ensalada y á la botella de viejo Burdeos que constituían el detalle del festín, cuando la señorita de Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer la conversación sobre la familia Laroque.
—Le confieso—me dijo,—que el antiguo corsario no me gusta nada. Recuerdo que cuando llegó al país, tenía un gran mono doméstico, que vestía de criado, y con el que se entendía perfectamente. Este animal era una verdadera peste para la comarca, y sólo un hombre sin educación y sin decencia podía ocuparse en disfrazarlo. Se decía que era un mono, y yo consentía en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es que era un negro, tanto más, cuanto que siempre he sospechado que su amo ha hecho el tráfico de esta mercancía en la costa de África. Por lo demás, el finado señor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente bajo todos conceptos. En cuanto á las señoras, hablando solamente de la señora de Laroque y de su hija y de ningún modo de la viuda de Aubry que es una criatura de vil especie, en cuanto á esas damas no hay elogio alguno que no merezcan.
Estábamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardín. En el mismo instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al pabellón.
—¿Quién es?—dijo la señorita de Porhoet.
Levanté los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.
—Abra usted—dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y musical;—abra, ¡que es la gracia de la Francia!
—¡Cómo! ¿es usted monona?—exclamó la anciana señorita.—Corra pronto, primo.
Abierta la puerta, estuve á punto de ser volteado por Mervyn que se precipitó por entre mis piernas, y vi á la señorita Margarita que se ocupaba en atar las riendas de su caballo á las barras de un cercado.
—Buenos días, señor—me dijo—sin mostrar la menor sorpresa por hallarme allí. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su saya talar, entró en el jardín.
—Sea bien venida, en tan bello día, la linda niña, y abrázeme—dijo la señorita de Porhoet.—Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la fisonomía sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente fuego. ¿Qué podría ofrecerle, mi maravilla?
—¡Veamos!—dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa—¿qué es lo que hay aquí? ¡El señor se lo ha comido todo! Además, no tengo hambre sino sed.
—Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... aún hay algunas fresas en este acirate...
—¡Fresas! o gioja—cantó la joven.—Tome pronto una de esas grandes hojas, y venga conmigo.
Mientras escogía yo la más ancha de las hojas de una higuera, la señorita de Porhoet cerró á medias un ojo y siguió con el otro y con complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita, á través del camino lleno de sol.
—Mírela, primo—me dijo muy quedo—¿no sería digna de ser de los nuestros?
Entretanto la señorita Margarita, inclinada sobre el acirate y tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeño grito de alegría cada fresa que llegaba á descubrir. Yo me mantenía cerca de ella, llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo en tiempo una fresa, contra dos que engullía para alentar su paciencia. Cuando la cosecha le pareció suficiente, volvimos en triunfo al pabellón; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azúcar, y después comidas por sus lindos y buenos dientes.
—¡Ah, qué bien me sienta esto!—dijo entonces la señorita Margarita, arrojando su sombrero sobre un banco y echándose de espaldas contra el cercado de olmedillas.—Y ahora para completar mi dicha, mi querida señorita, va usted á contarme algunas historias de los pasados tiempos, en que era usted una bella guerrera.
La señorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para sacar de su memoria los episodios más notables de sus intrépidas cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve en esta ocasión una nueva prueba de la elevación del alma de mi vieja amiga, cuando la oí rendir igual homenaje, á todos los héroes de esa lucha gigantesca, sin excepción de bandera. Hablaba en particular del general Hoche, de quien había sido prisionera de guerra, con una admiración casi tierna. La señorita Margarita prestaba á su relato una atención tan apasionada, que me asombró. Tan pronto, medio envuelta en su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestañas, guardaba la inmovilidad de una estatua, ó ya, avivándose más el interés, se ponía de codos en la pequeña mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de su suelta cabellera, hacía vibrar sobre la vieja señorita el relámpago continuo de sus grandes ojos.
Es preciso decirlo: contaré entre las más dulces horas de mi triste vida, las que pasé contemplando, sobre aquella noble fisonomía, los reflejos de un cielo radioso, mezclado á las impresiones de un corazón valiente.
Agotados los recuerdos de la relatora, la señorita Margarita la abrazó, y despertando á Mervyn, que dormía á sus pies, anunció que se volvía al castillo. No tuve escrúpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella, convencido de que no podía causarle molestia. Porque en efecto, aparte de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compañía, á los ojos de la rica heredera, el tête-à-tête en general no tiene para ella nada de incómodo, habiéndole dado resueltamente, su madre, la educación liberal, que ella recibió en una de las colonias británicas: todos saben que el método inglés otorga á la mujer, antes del matrimonio, toda la independencia con que nosotros la recompensamos el día en que los abusos se hacen completamente irreparables.
Salimos, pues, juntos del jardín; le tuve el estribo mientras montaba á caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos pasos:
—¡Dios mío! señor—me dijo,—he venido á incomodarlo no muy á tiempo me parece. Estaba usted en buena compañía.
—Es verdad, señorita; pero como lo estaba hacía largo tiempo, le perdono, y aun le doy las gracias.
—Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le está muy reconocida á usted.
—¿Y la hija de su señora madre?—dije yo sonriendo.
—¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si tiene usted la pretensión de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar aún un poco de tiempo. No tengo el hábito de juzgar con ligereza las acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su conducta para con la señorita de Porhoet tiene una bella apariencia; pero...—hizo una pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio, amargo y verdaderamente ultrajante.—Pero no estoy bien segura de que no le haga la corte con la esperanza de heredarla.
Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de responder con una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le respondí con gravedad:—Permítame, señorita, compadecerla sinceramente.
Me pareció muy sorprendida.—¿Compadecerme, señor?
—Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á que me parece tiene usted derecho.
—¡La piedad!—dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia mí sus ojos medio cerrados por el desprecio.—No tengo la dicha de comprenderle á usted.
—Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del bien, la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos de la experiencia de una larga vida, nada merece más compasión en el mundo, que un corazón herido por la desconfianza, antes de haber vivido.
—Señor—replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy extraña á su habitual lenguaje:—¡no sabe usted lo que dice!—y agregó más severamente:—olvida usted á quien habla.
—Es cierto, señorita—respondí con dulzura, inclinándome—he hablado sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado el ejemplo.
La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los árboles que bordaban el camino, me dijo entonces con irónica altivez:—¿Será menester pedirle perdón?
—Ciertamente, señorita—respondí con firmeza—si alguno de los dos tiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente: usted es rica y yo soy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!
Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas, la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por que pasaba. Repentinamente bajando su látigo como para saludar.—¡Pues bien—dijo—perdón!—En el mismo instante castigó violentamente su caballo, y partió al galope dejándome en medio del camino.
No la he vuelto á ver después.
30 de julio.
Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como cuando se ejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No deseando hallarme muy pronto en presencia de la señorita Margarita, después de la penosa escena que había tenido lugar entre nosotros, había pasado dos días sin mostrarme en el castillo: creía que este corto intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que había sublevado en aquel altivo corazón. No obstante, anteayer á las siete de la mañana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torreón, cuando repentinamente me oí llamar en el tono de una amigable jovialidad, por la persona misma á quien creía tener por enemiga.
—Señor Odiot, ¿está usted ahí?
Me presenté en la ventana, y noté en una barca, que se estacionaba cerca del puente, á la señorita Margarita, alzando con una mano el ala de su gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura torre.
—Aquí me tiene, señorita—respondí con diligencia.
—Venga á pasear.
Después de las justas alarmas, que durante dos días me habían atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre, ser el juguete de un sueño insensato.
—Perdón, señorita... ¿cómo decía usted?
—Que venga á dar un pequeño paseo con Alain, Mervyn y yo.
—Con mucho gusto, señorita.
—Entonces, tome su álbum.
Me apresuré á bajar y corrí á la orilla del río.—¡Ah, ah!—me dijo la joven riendo;—á lo que parece, ¿está usted de buen humor esta mañana?
Murmuré torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar á entender que siempre lo estaba, de lo cual la señorita Margarita pareció mal convencida; después salté al bote y me senté á su lado.
—¡Vogue, Alain!—dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de ser un buen remero, púsose á mover metódicamente los remos, lo que le daba el aire de un pájaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.
—Es necesario—continuó diciendo la señorita Margarita—que venga á arrancarlo á usted de su castillejo, pues van dos días que se encierra en él obstinadamente.
—Señorita, le aseguro que sólo la discreción... el respeto... el temor...
—¡Oh Dios mío! ¡el respeto... el temor... se chancea usted! Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende, yo no sé por qué, que debemos tratarle con una consideración muy distinguida, suplicóme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como hija obediente me inmolo.
Expreséle viva y buenamente mi franco reconocimiento.
—Para no hacer las cosas á medias—respondió—he resuelto darle á usted una fiesta arreglada á su gusto: así, he ahí una bella mañana de verano, bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pájaros que cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deberá estar contento.
—Encantado, señorita.
—¡Ah, es una felicidad!
Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizábamos, estaban cubiertas de heno recién cortado, que perfumaba el aire. Veía huir de nuestro alrededor las sombrías avenidas del parque, que el sol de la mañana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se embriagaban con el rocío en los cálices de las flores, zumbando alegremente.
Frente á mí se hallaba el buen Alain, que me sonreía á cada golpe de remo, con aire de complacencia y protección: más próxima, la señorita Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura como una azucena, sacudía con una mano las húmedas perlas que la mañana suspendía en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un incentivo á Mervyn, que nos seguía á nado. Verdaderamente que no hubiera sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella pequeña y frágil barquilla.
Al salir de los límites del parque, pasando bajo uno de los arcos que atraviesan la pared que lo rodea:
—¿No me pregunta á dónde lo llevo, señor?—me dijo la criolla.
—No, señorita: me es completamente indiferente.
—Lo llevo al país de las hadas.
—No lo dudo.
—La señorita Helouin, más competente que yo en materias de poesía, ha debido decirle que los bosquecillos que cubren este país en veinte leguas á la redonda, son los restos de la antigua selva de Brocélyande donde cazaban los antepasados de su amiga la señorita de Porhoet, soberanos de Gaél, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ahí, fué encantado, á pesar de ser él mismo encantador, por una señorita llamada Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazón de la selva. Y si esto no es suficiente para exaltarle la imaginación, sepa que estos bosques conservan aún mil vestigios de la misteriosa religión de los Celtas, que por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos insoportables viejos ha dejado también cerca de aquí, en un sitio solitario, romántico, pintoresco, etcétera, un monumento, ante el cual las personas predispuestas al éxtasis, tienen por costumbre desmayarse: he pensado que tendría usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es fácil de descubrir, he resuelto servirle de guía, no pidiéndole en recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no podría asociarme.
—Sea, señorita; me contendré.
—¡Se lo suplico!
—Convenido. ¿Y cómo llama usted á ese monumento?
—Yo lo llamo un montón de grandes piedras; los anticuarios lo llaman, unos simplemente un dolmen, otros, más pretenciosos, un cromlech; las gentes del país, sin explicar por qué, lo llaman la migourdit.
Mientras tanto, descendíamos dulcemente el curso de las aguas entre dos fajas de húmedas praderas; algunos bueyes de talla pequeña, negros casi todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aquí y allá al ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que serpenteaba el río que iba ensanchándose, por ambos lados estaba cerrado por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una quebrada transversal abría entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaña. La señorita Margarita, á pesar de su incompetencia, no dejaba de señalar sucesivamente á mi atención todos los encantos de aquel paisaje severo y dulce, acompañando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una reserva irónica.
Hacía pocos momentos que un ruido sordo y continuo parecía anunciar la vecindad de una catarata, cuando el valle se cerró repentinamente y tomó el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una sombra misteriosa sobre el agua profunda que bañaba el pie de los peñascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban, espumaban y desaparecían repentinamente; la rota línea del río se dibujaba á través de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta á la escarpada, no presentaba sino una pequeña margen de pradera en declive, sobre la que algunas colinas cargadas de bosques, señalaban una franja de sombrío terciopelo.
—¡A tierra, señor!—dijo la criolla.
Mientras Alain amarraba la barca á las ramas de un sauce:
—¡Y bien! señor—dijo saltando con ligereza sobre la hierba—¿no se halla mal? ¿no está usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin embargo que este sitio es lindísimo. A mí me gusta, porque siempre hay fresco en él... Pero... sígame en estos bosques, si se atreve, y yo le mostraré esas famosas piedras.
La señorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jamás la había visto, en dos saltos salvó la pradera y tomó una senda que se internaba en la arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguíamos en hilera. Después de algunos minutos de una rápida marcha, nuestra conductora se detuvo, pareció consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dejó el camino trazado y se lanzó en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era muy difícil abrirse paso á través de las encinas nuevas aún, pero ya vigorosas, de que se componía aquel monte y que entrelazaban, como las empalizadas de Robinsón, sus oblícuos troncos y sus tupidas ramas. Alain y yo al menos avanzábamos con gran trabajo, encorvados, estrellándonos la cabeza á cada paso, y haciendo caer sobre nosotros, á cada uno de nuestros pesados movimientos, una lluvia de rocío; pero la señorita Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo, se deslizaba sin esfuerzo aparente, á través de los intersticios de aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venían á azotar nuestros rostros.
Llegamos en fin á un claro muy estrecho, que parecía coronar la cumbre de esta colina: allí admiré, no sin emoción, la sombría y monstruosa mesa de piedra, sostenida por cinco ó seis trozos de mármol que medio enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado. Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de un idilio á aquel bárbaro altar. La misma Margarita parecía pensativa y recogida. En cuanto á mí, después de haber penetrado en la caverna y examinado el dolmen bajo todas sus faces, me puse en posición de dibujarlo.
Hacía diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin preocuparme de lo que pasaba á mi alrededor, cuando la señorita Margarita me dijo de repente:
—¿Quiere usted una Velada para animar el cuadro?—Levanté los ojos. Había enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se hallaba parada sobre el dolmen, ligeramente apoyada sobre un haz de tiernos árboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura tomaba el brillo del mármol, y sus pupilas chispeaban con un fuego extraño, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba bella y creo que ella lo conocía. La miré sin hallar nada que decirle.
—Si lo incomodo, me quitaré—me dijo.
—No, no lo haga, se lo suplico.
—Pues bien, despáchese: ponga también á Mervyn: él será el druida, yo la druidesa.
Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias á lo vago del bosquejo, la poética visión con que era favorecido. Ella se acercó con aparente solicitud á examinar mi dibujo.
—No está mal—dijo. Luego arrojó su corona riendo y agregó:—Convenga usted en que soy buena.
—Convengo en ello—y habría confesado además, si lo hubiera deseado, que no le faltaba su grano de coquetería; pero sin esto no sería mujer, y la perfección es odiosa: á las diosas mismas les era necesaria, para ser amadas, algo más que su inmortal belleza.
Volvimos á ganar á través del enmarañado soto, el sendero trazado en el bosque y descendimos hacia el río.
—Antes de marcharme—dijo la joven—quiero mostrarle la catarata, tanto más, cuanto que á mi turno pienso proporcionarme una pequeña diversión. ¡Ven, Mervyn! ¡Ven, noble perro mío! ¡Qué bello eres, eh!
Muy luego nos hallamos en el ribazo frente á los arrecifes, que bordean el lecho del río. El agua se precipitaba desde una altura de algunos pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma circular que parecía limitar por todos los lados un anfiteatro de verdura, salpicado de húmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas invisibles recibían el exceso del agua del pequeño lago, y estos arroyos iban á reunirse algo más lejos en un lecho común.
—Si no es precisamente el Niágara—me dijo la señorita Margarita, elevando un poco la voz para dominar el ruido de la cascada—he oído decir, sin embargo, á los conocedores y á los artistas, que es bastante bella. ¿La ha admirado usted? ¡Bien! Ahora espero que concederá á Mervyn el poco entusiasmo que puede quedarle. ¡Aquí, Mervyn!
El terranova vino á colocarse al lado de su ama, y la miró estremeciéndose de impaciencia. La joven entonces, habiendo envuelto en su pañuelo algunos guijarros, lo lanzó á la corriente un poco más arriba de la catarata. En el mismo momento Mervyn caía como un trozo de piedra en el estanque inferior y se alejaba rápidamente de la orilla: el pañuelo entretanto siguió el curso de las aguas, llegó á los arrecifes, bailó un instante en un remolino, luego pasando como una flecha por encima de la redondeada roca, fué á remolinar en una ola de espuma á los ojos del perro, que lo cogió con pronto y seguro diente. Mervyn ganó después orgullosamente la ribera, donde la señorita Margarita golpeaba sus manos.
Este encantador ejercicio se renovó muchas veces con igual éxito. Era la sexta vez que se repetía, cuando sucedió, sea que el perro partiese demasiado tarde, ó que el pañuelo fuera lanzado demasiado pronto, que Mervyn no llegó á tiempo. El pañuelo arrastrado por el remolino de las cascadas, fué llevado á las malezas espinosas que se veían un poco más lejos en la superficie del agua. Mervyn fué á buscarlo, pero nos sorprendimos muchísimo al verlo de pronto revolverse convulsivamente, soltar su presa, y levantar la cabeza hacia nosotros arrojándonos lamentables aullidos.
—¡Ah, Dios mío! ¿qué tiene?—exclamó la señorita Margarita.
—Parece que se ha enredado en esas malezas. Pronto va á desembarazarse, no lo dude usted. A los pocos momentos no sólo fué preciso dudar, sino desesperar. La red de bejucos en que había caído el desgraciado terranova como en una trampa, nacía directamente de un ensanche del pasaje que vertía incesantemente sobre la cabeza de Mervyn, una masa de agua espumante. El pobre animal, medio sofocado, cesó de hacer esfuerzos para romper sus ligaduras, y sus ladridos quejumbrosos tomaron el ahogado acento del estertor. En este momento, la señorita Margarita tomó mi brazo, y me dijo casi al oído en voz baja:
—Está perdido... venga, señor... ¡Alejémonos!
Yo la miré: el dolor, la angustia, la contrariedad, alteraban sus pálidas facciones, y marcaban debajo de sus ojos un círculo lívido.
—No hay ningún medio—le dije—de hacer bajar hasta aquí la barca; pero si quiere usted permitírmelo, sé nadar un poco y me lanzaré á tirar de la pata al animal.
—No, no: no lo intente, está demasiado lejos... y luego he oído decir siempre, que el río es profundo y peligroso bajo la cascada.
—Tranquilícese, señorita: soy prudente.
Al mismo tiempo arrojé mi levita sobre la hierba y entré en el pequeño lago, tomando la precaución de mantenerme á cierta distancia de la cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie hasta el momento en que me aproximé al agonizante Mervyn. No sé si ha habido aquí en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco á poco, ó si alguna creciente del río ha arrastrado y depuesto en este paraje algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo aquellas pérfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde parecía surgir el zarzal y conseguí libertar á Mervyn, que una vez dueño de sus movimientos volvió á hallar todos sus medios, y se sirvió de ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonándome de buena gana. Este rasgo no era muy conforme con la reputación caballeresca de que goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres y supongo que se ha vuelto un poco filósofo. Cuando quise tomar mi impulso para seguirle, reconocí con enfado que era detenido, á mi turno, por la red de la náyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que traté en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas: estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda espumante. Además sentía que mi situación se hacía equívoca. Arrojé una mirada hacia la ribera. La señorita Margarita suspendida del brazo de Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre mí una mirada de mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que sólo de mí dependía ser llorado por aquellos hermosos ojos, y dar á una existencia miserable un fin digno de envidia. Luego sacudí estos cobardes pensamientos: un violento esfuerzo me desprendió, anudéme al cuello el pequeño pañuelo hecho pedazos y gané suavemente la ribera. Al abordar, la señorita Margarita me tendió su mano temblorosa: esto me pareció recompensarme.
—¡Qué locura!—dijo.—¡Qué locura! Podía usted haber muerto allí ¡y por un perro!
—Era el suyo—le respondí á media voz como ella me había hablado.
Esta palabra pareció contrariarla; retiró bruscamente su mano, y volviéndose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, púsose á acariciarlo:—¡Oh! tonto, gran tonto—dijo.—¡Qué bestia eres!
En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no sabía qué hacer de mi individuo, cuando la joven volviéndose á mí, me dijo con bondad:—Señor Máximo tome la barca y márchese pronto. Remando se calentará un poco. Yo me volveré con Alain por los bosques. El camino es más corto.—Pareciéndome este arreglo conveniente bajo todos aspectos, no hice objeción alguna. Me despedí: tuve por segunda vez el placer de tocar la mano del ama de Mervyn, y me arrojé á la barca.
Vuelto á casa, me sorprendí al vestirme hallando en mi cuello el despedazado pañuelo que había olvidado entregar á la señorita Margarita. Ella ciertamente lo creía perdido, y me decidí á apropiármelo como premio de mi húmedo torneo. Por la noche fuí al castillo, la señorita Laroque me acogió con ese aire de indolencia desdeñosa, de distracción sombría y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la festiva vivacidad de mi matinal compañera. Durante la comida, á la cual asistía el señor de Bevallan, habló de nuestra excursión; como para quitarle todo misterio, lanzó de pasada algunas zumbas á propósito de los amantes de la Naturaleza, y terminó contando la mal aventura de Mervyn, pero suprimió de este último episodio toda la parte que me concernía. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono á mi propia discreción, la señorita se tomaba un inútil trabajo. Sea lo que sea, el señor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdió con sus gritos de desesperación.
—¡Cómo! ¡la señorita Margarita había sufrido aquellas tan largas ansiedades! El bravo Mervyn había corrido tan grave peligro, y él, Bevallan, ¿no se había hallado allí? ¡Fatalidad! Jamás se consolaría... no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.
—Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo—me dijo el viejo Alain cuando me acompañaba por la noche—emplearía todo el mayor tiempo posible para hacerlo.
El día de ayer, no comenzó para mí tan alegremente como el de la víspera. Recibí por la mañana una carta de Madrid, que me encargaba anunciar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito. El agente de negocios me hacía saber, además, que la familia con quien se pleiteaba, al parecer no aprovecharía de su triunfo, pues se hallaba ahora en lucha con la corona, que se había despertado al ruido de aquellos millones y que sostiene que la sucesión en litigio le pertenece por derecho de abolengo. Después de largas reflexiones me ha parecido que sería muy caritativo ocultar á mi vieja amiga la ruina absoluta de sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de su agente en España; él pretextará una nueva demora; por mi parte, seguiré el escudriñamiento de los archivos, y haré en fin lo posible para que la pobre mujer continúe hasta el fin de sus días alimentando sus queridas ilusiones. Por muy legítimo que sea el carácter de este engaño, sentí, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna conciencia delicada.
Me transporté al castillo después de mediodía, é hice mi confesión á la señora de Laroque: ella aprobó mi plan y aun me alabó más de lo que el caso parecía exigir. Y no fué sin gran sorpresa que la oí terminar nuestra conversación con estas palabras:—Ha llegado el momento de decirle, señor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados; que cada día me agrada más su compañía y siento más estimación por su persona. Querría, señor, perdóneme, porque no puede usted participar de este voto, querría que no nos separásemos jamás... y ruego humildemente al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque no se me oculta... que serían menester milagros.
No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto más, cuanto que no me explicaba la emoción repentina que brilló en los ojos de la excelente mujer. Di las gracias como convenía y me fuí á pasear mi tristeza á través de los campos.
Una casualidad, poco singular, para ser franco, me condujo, al cabo de una hora de camino, al retirado valle y sobre el borde del estanque que había sido teatro de mis recientes proezas. El cerco de follaje y de rocas que rodea el pequeño lago, realiza el ideal mismo de la soledad. Allí se está verdaderamente en el fin del mundo, en un país virgen, en la China, ó donde se quiera. Me tendí sobre la grama y rehice en mi imaginación todo el paseo de la víspera, que es de aquellos que no se hacen dos veces en el curso de la vida más larga. Sentía que si se me ofreciera segunda vez una fortuna parecida, no tendría ya el mismo encanto de imprevisión, de calma, y para terminar la palabra, de inocencia. Era menester repetírmelo bien: este fresco romance de juventud, que perfumaba mi pensamiento, no podía tener sino un capítulo, ó más bien una página, y la había leído ya. Sí, esa hora, esa hora de amor, para llamarla por su nombre, había sido soberanamente dulce, porque no fué premeditada, porque no había pensado en darle su nombre sino después de haberla agotado; porque había sentido la ebriedad sin la falta. Ahora mi conciencia se ha despertado: véome en la pendiente de un amor imposible, ridículo, peor que esto, ¡culpable! Era tiempo de velar por mí; ¡pobre desheredado como soy!
Dirigíame tales consejos en este lugar solitario, y no hubiera sido absolutamente necesario venir aquí para dirigírmelos, cuando un murmullo de voces me sacó repentinamente de mi distracción. Me levanté y vi avanzar hacia mí, una reunión de cuatro ó cinco personas que acababan de desembarcar. Eran la señorita Margarita, apoyada en el brazo del señor de Bevallan, la señorita Helouin y la señora Aubry seguidas de Alain y Mervyn. El ruido que hacían al aproximarse, había sido apagado por el ruido de las cascadas; sólo estaban á dos pasos de mí, no tuve tiempo para retirarme, fué preciso que me resignara al desagrado de verme sorprendido en mi actitud de pensador melancólico. Mi presencia en este lugar no despertó al parecer, ninguna atención particular; creí únicamente ver pasar por la frente de la señorita Margarita, una nube de descontento, y me devolvió el saludo con notable sequedad. El señor de Bevallan, plantado sobre los bordes del valle, fatigó algún tiempo los ecos con los clamores triviales de su admiración... ¡Delicioso!... ¡pintoresco!... ¡Qué mezcolanza... oh! ¡la pluma de Jorge Sand... el pincel de Salvator Rosa!... Todo esto iba acompañado de enérgicos gestos, que parecían arrebatar sucesivamente á estos dos grandes artistas los instrumentos de su genio. En fin se calmó, y se hizo mostrar el paso peligroso donde Mervyn estuvo á punto de perecer. La señorita Margarita contó de nuevo la aventura, observando la misma discreción en cuanto á la parte que había tenido yo en el desenlace, hasta insistió con una especie de crueldad, relativamente para mí, sobre los talentos, el valor y la presencia de ánimo que su perro había desplegado en aquella heroica circunstancia. Suponía, al parecer, que el servicio que había tenido la dicha de prestarle, habría hecho subir á mi cerebro algunos humos de presunción que era urgente destruir.
Habiendo la señorita Helouin y la señora Aubry manifestado un vivo deseo de ver renovarse las tan ponderadas hazañas de Mervyn, la joven llamó al terranova y lanzó como el día anterior su pañuelo á la corriente del río, pero á esta señal el valiente Mervyn, en lugar de precipitarse al lago, tomó la carrera á lo largo de la ribera yendo y viniendo, con aire diligente, ladrando con furor, agitando la cola, dando en fin, mil pruebas de un poderoso interés, pero al mismo tiempo de una excelente memoria. Decididamente la razón domina el corazón de este animal. En vano la señorita Margarita, irritada y confusa, empleó sucesivamente las caricias y las amenazas para vencer la obstinación de su favorito; nada pudo decidir al inteligente animal á confiar de nuevo su preciosa vida á aquellas terribles ondas. Después de tan pomposos anuncios, la obstinada prudencia del intrépido Mervyn, tenía en realidad algo de ridículo; á mi parecer, tenía yo más que nadie el derecho de reirme y no tuve escrúpulo en hacerlo. Además, la hilaridad fué general muy luego, y la señorita Margarita acabó por tomar parte en ella, aunque muy débilmente.
—Después de todo—dijo,—he perdido otro pañuelo.
El pañuelo arrastrado por el movimiento constante del remolino, había ido naturalmente á enredarse en las ramas del fatal matorral, á una corta distancia de la opuesta ribera.
—Fíe en mí, señorita—exclamó el señor de Bevallan.—En diez minutos tendrá usted su pañuelo, ó no seré quién soy.
Me pareció que la señorita Margarita al oir esta declaración magnánima, me lanzaba á hurtadillas una expresiva mirada, como para decirme:—¡Vea que á mi alrededor no es tan raro el sacrificio! Luego respondió al señor de Bevallan:—¡Por Dios, no haga locuras, el agua es muy profunda! Hay un verdadero peligro.
—Eso me es absolutamente indiferente—contestó el señor de Bevallan.
—Dígame, Alain, ¿tiene usted un cuchillo?
—¿Un cuchillo?—repitió la señorita Margarita con el acento de la sorpresa.
—Sí, déjeme, déjeme hacer.
—¿Pero qué pretende usted hacer con un cuchillo?
—Pretendo cortar una rama—dijo el señor de Bevallan.
La joven lo miró fíjamente.
—Creía—murmuró—que iba usted á echarse á nado.
—¡A nado!—dijo el señor de Bevallan;—permítame, señorita... en primer lugar no estoy en traje de natación... además, le confesaré que no sé nadar.
—Si no sabe usted nadar—replicó la joven, con un tono seco,—importa muy poco que esté ó no esté en traje de natación.
—Es una observación muy justa—dijo el señor de Bevallan, con una festiva tranquilidad;—pero usted no tiene interés particular en que yo me ahogue, ¿no es así? Quiere usted su pañuelo, ese es el fin. Desde el momento en que yo lo traiga quedará usted satisfecha ¿no es verdad?
—Pues bien—dijo la joven sentándose con resignación;—vaya á cortar su rama, señor.
El señor de Bevallan, que no se desconcierta fácilmente, desapareció en el monte vecino, donde durante un momento oímos crujir el ramaje; á poco rato volvió armado de un largo vástago de avellano y púsose á despojarle de sus hojas.
—¿Por ventura piensa usted alcanzar hasta la otra orilla con ese palo?—preguntó la señorita Margarita, cuya alegría comenzaba á despertarse visiblemente.
—Déjeme hacer, déjeme hacer, por Dios—respondió el imperturbable gentilhombre.
Se le dejó obrar. Acabó de preparar su rama y se dirigió hacia la barca. Comprendimos entonces que su proyecto era atravesar el río en bote, más arriba de la cascada, y una vez en la ribera opuesta, arponear el pañuelo que no estaba muy lejos. Este descubrimiento produjo entre los asistentes un grito de indignación; las damas, como se sabe, gustan mucho de las empresas peligrosas... efectuadas por otros.
—¡Ya, ya, señor de Bevallan, vaya una bella invención!
—Ta, ta, ta, señoras. Es la misma cosa que el huevo de Colón. Era preciso saber el cómo.
Sin embargo, contra lo que podía esperarse, esta expedición de tan pacífica apariencia, no debía terminar sin emociones ni peligros. El señor de Bevallan, en vez de ganar la ribera directamente frente á la pequeña ensenada en que estaba amarrada la barca, tuvo la malhadada idea de atravesar por un punto más vecino á la catarata. Impelió, pues, el bote hasta el medio de la corriente; luego lo dejó arrastrar por ella durante un momento; pero no tardó en fijarse de que en la cercanía de la cascada, el río, como atraído por el abismo y arrebatado por el vértigo, precipitaba su curso con aterradora rapidez; tuvimos la revelación del peligro al verlo poner repentinamente el bote de través y comenzar á agitar los remos con febril energía. Luchó contra la corriente durante algunos segundos con un éxito muy incierto. Sin embargo, se aproximaba poco á poco al ribazo opuesto, aun cuando la corriente continuase arrastrándolo con espantosa impetuosidad hacia las cataratas, cuyos amenazantes rumores debían entonces llenar de horror sus oídos. No distaba ya de ellas sino algunos pasos, cuando un esfuerzo supremo le llevó hasta cerca de la ribera para que su vida al menos quedase asegurada. Tomó entonces un impulso vigoroso y saltó sobre el declive de la costa, rechazando con el pie á pesar suyo la abandonada barca, que fué inmediatamente arrastrada por encima de los arrecifes y vino á vogar en el estanque con la quilla al aire.
En tanto que el peligro duró no habíamos sentido, en presencia de aquella escena, otra impresión que la de una viva inquietud; pero tranquilizados apenas nuestros espíritus, debían ser heridos vivamente por el contraste que ofrecía el desenlace de la aventura con el aplomo del que había sido su héroe. La risa es por otra parte tan fácil como natural después de alarmas felizmente apaciguadas. Así, no hubo nadie entre nosotros que no se abandonase á una franca alegría en el momento en que vimos al señor de Bevallan fuera de la barca. Será preciso advertir que en este mismo momento se completaba su infortunio por un accidente verdaderamente doloroso. El ribazo á que había saltado presentaba una pendiente escarpada y húmeda; no bien hubo puesto el pie en él, resbalándose cayó de espaldas; algunas sólidas ramas se hallaban afortunadamente á su alcance y se agarró de ellas con frenesí, mientras sus piernas se agitaban como dos furiosos remos en el agua, por otra parte poco profunda, que baña la costa. Habiendo desaparecido entonces toda sombra de peligro, el espectáculo de aquel combate fué puramente ridículo, y supongo que este cruel pensamiento agregaba á los esfuerzos del señor de Bevallan una torpe precipitación que le hacía retardar su triunfo. Logró, sin embargo, levantarse de nuevo y tomar pie sobre la escarpa; pero súbitamente lo vimos deslizarse otra vez despedazando las malezas que se oponían á su pasaje, volviendo á comenzar en el agua, con una desesperación evidente, su desordenada pantomima. Era imposible contenerse. Creo que jamás la señorita Margarita había asistido á una fiesta semejante. Había olvidado absolutamente todo cuidado por su dignidad, y como una ninfa ebria, llenaba el soto con los estallidos de su alegría casi convulsiva. Golpeaba sus manos, y á través de sus carcajadas, gritaba con voz entrecortada:—¡Bravo, bravo, señor de Bevallan! ¡Lindísimo, delicioso, pintoresco! ¡Oh, Salvator Rosa!
El señor de Bevallan, entretanto, había acabado por pararse sobre la tierra firme. Volviéndose entonces hacia las damas, les dirigió un discurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no permitía oir claramente, pero por los animados gestos, por los movimientos descriptivos de sus brazos y el aire torpemente sonriente de su fisonomía, podíamos comprender que nos hacía una explicación apologética de su desastre.
—Sí, señor, sí—respondió la señorita Margarita, riendo siempre con la implacable tranquilidad de una mujer;—¡es un triunfo, un magnífico triunfo! ¡Sea enhorabuena!
Cuando recobró un poco su seriedad, me interrogó sobre los medios de recobrar la zozobrada barca, que entre paréntesis, es la mejor de nuestra flotilla. Prometíle volver al siguiente día con algunos obreros y presidir su salvamento; luego nos encaminamos alegremente á través de las praderas, en dirección al castillo, en tanto que el señor de Bevallan, no estando en traje de natación, debía renunciar á reunírsenos y se perdía con aire melancólico tras de las rocas que bordean la opuesta ribera.
20 de agosto.
En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto de sus tempestades. ¡Desearía que lo hubiera guardado siempre! En los días subsiguientes á las escenas que he contado, la señorita Margarita, como avergonzada de los movimientos de juventud y franqueza á que un instante se había abandonado, dejó caer de nuevo sobre su frente un velo más espeso de triste arrogancia, de desconfianza y de desdén. En medio de los bulliciosos placeres de las fiestas y bailes que en el castillo se sucedían, pasaba ella como una sombra, indiferente, helada, y algunas veces hasta irritada. Su ironía atacaba con inconcebible amargura, tan pronto á los puros goces del espíritu, á los que proporcionan la contemplación y el estudio, como á los más nobles é inviolables sentimientos. Si se citaba delante de ella algún rasgo de valor ó de virtud, lo volvía al momento para buscarle la faz del egoísmo; si se tenía la desgracia de quemar en su presencia el más pequeño grano de incienso sobre el altar del arte, al instante lo extinguía de un revés. Su risa triste, sarcástica, temible, semejante en sus labios á la burla de un ángel caído, se encarnizaba en ajar donde quiera que veía las señales de las más generosas facultades del alma humana, el entusiasmo y la pasión. Sentía yo que este extraño espíritu de denigración, tomaba para conmigo un carácter de persecución especial y de verdadera hostilidad. No comprendía y no comprendo aún muy bien, cómo he podido merecer estas particulares atenciones, pues si es verdad que llevo en mi corazón la firme religión de las cosas ideales y eternas, que sólo la muerte podía arrancarme (¡oh, gran Dios, qué me quedaría si no tuviera esto!) de ningún modo soy inclinado á los éxtasis públicos y mis admiraciones como mis amores, jamás importunarán á nadie. Trataba de observar con más escrúpulo que nunca aquella especie de pudor que sienta tan bien á los verdaderos sentimientos; pues no ganaba nada: era sospechoso de poesía. Se me atribuían quimeras novelescas, para tener el placer de combatirlas, poníaseme en las manos no sé qué arpa ridícula, para proporcionarse la diversión de romperle las cuerdas.
Si bien esta guerra declarada á todo lo que es superior á los intereses positivos y á las secas realidades de la vida, no era nueva en el carácter de la señorita Margarita, sin embargo, se había exagerado bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que más cariño le profesaban. Un día, la señorita de Porhoet, cansada de esa incesante burla, le dijo delante de mi:—Querida mía, se ha posesionado del corazón de usted, hace algún tiempo, un demonio que haría bien en exorcizar lo más pronto posible; de otro modo, acabará usted por formar una homogénea trinidad con las señoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero advertírselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido jamás una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay aún en el mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el desinterés, aun cuando no fuese sino en el mío; creo en el heroísmo, pues he conocido héroes. Además, tengo placer en oir cantar á los pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridículo; pero me atrevo á recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el señor y yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.
Otro día que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los sarcasmos de la señorita Margarita, su madre me llamó aparte.
—Señor Máximo—me dijo,—mi hija le atormenta un poco, le suplico que la excuse. Debe notar que su carácter se ha alterado desde hace algún tiempo.
—La señorita parece más preocupada que de costumbre...
—¡No es sin razón, Dios mío! Está á punto de tomar una resolución muy grave y ese es un momento en que el humor de las jóvenes queda entregado á la locura de las brisas.
Inclinéme sin responder.
—Usted es ahora—continuó la señora Laroque—un amigo de la familia; por esa razón le quedaré agradecidísima si me dice lo que piensa del señor de Bevallan.
—El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca de ciento cuarenta mil francos de renta.
—Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...
—Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero. No le falta talento y pasa por un hombre galante.
—¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?
—No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.
—¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además, este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?