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La Niña de Luzmela

IV

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Después de aquellos primeros ocho días, la vida en Luzmela recobró su aspecto acostumbrado.

Carmencita dió sus lecciones con don Juan y bordó su tapicería en un extremo del salón bajo la mirada solícita del solariego, que parecía un poco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariñosa, y el maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle un rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las cosechas, llegó casi a olvidar la angustia de aquella mañana en que el notario de Villazón entró solemnemente al despacho del amo, y llegando poco después muy descolorido el señorito Salvador, fueron avisados don Pedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa había conmovido a los servidores de la casa, todos obligados, por innúmeros favores, a guardar a su señor una fidelidad sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligación. ¿Acertaría el de Luzmela en los pronósticos que hacía de su muerte? ¿Iría a caer ya, marchito para siempre, aquel único tronco de la ilustre casa de la Torre y Roldán?…

Durante algunos días estos temores pusieron en la vida, siempre melancólica, de aquella mansión, un sello de tristeza y de inquietud profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y añoranzas, cayó en un abatimiento alarmante.

Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don Manuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblante más placentero y despejado.

Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las labores a su centro natural.

Sólo en los ojos hechiceros de Carmencita quedó encendida la penosa expresión de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma de los días futuros como una interrogación inconsciente.

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