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La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad

PARTE PRIMERA.

Reading edition

De la igualdad considerada social y filosóficamente.

CAPÍTULO PRIMERO.

NOCIONES GENERALES.

La idea de igualdad supone la de diferencia: si no se hubiesen notado maneras de ser diferentes, no cabía afirmar que las hubiera iguales; no se diría que los hombres lo eran, sino comprendiendo que pueden dejar de serlo. Que los aficionados á los estudios psicológicos, que propenden á ver sucesivos fenómenos que tal vez son simultáneos, discutan si la noción de igualdad ha seguido ó precedido á la de diferencia; á nosotros nos basta hacer constar que si todos fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutiría acerca de la igualdad, viviríamos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no habría idea de ella, como no existiría la de salud si no se hubieran visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo. Anterior, posterior ó simultánea, negación ó afirmación de semejanzas ó de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera, que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.

Si, pues, desde el primer momento que meditamos sobre la igualdad la vemos que coexiste con la desigualdad, y que no se concibe sin ella, la primera consecuencia que sacaremos es que entrambas existen necesariamente, que son indestructibles la una como la otra, y que ni el nivel ni el privilegio pueden ser un medio permanente de establecer la paz y la justicia, porque uno y otro prescinden de la naturaleza de las cosas. Los defensores del privilegio niegan las semejanzas, los niveladores las diferencias, sin ver que unas y otras se prueban en el hecho mismo de tener idea de igualdad y desigualdad. Sus grados, clase y resultados darán lugar á discusiones y dudas; pero que al menos quede fuera de ella que la igualdad y la desigualdad se suponen mutuamente, coexisten son un elemento necesario que se puede modificar, combinar de este ó del otro modo, pero no suprimir; y la razón nos pone á cubierto de los radicalismos que entienden arrancar de raíz los abusos ó los errores, cuando no hacen más que prescindir de lo que es esencial á la naturaleza humana.

La igualdad supone comparación, y la comparación cosas ó personas que han de ser comparadas. Ya se sabe que todo sér es idéntico á sí mismo; de modo que, cuando se dice igual, evidentemente hay que referirse á otro. Igualdad supone pluralidad de personas ó cosas que no se aislan, sino que, por el contrario, se aproximan para compararlas ó ser comparadas.

Un número de seres, una aproximación suficiente, una comparación de sus cualidades, son condiciones indispensables para decir ó negar que hay igualdad. Ésta supone, pues, colectividad que juzga y resuelve si algunos, muchos ó todos sus individuos han de equipararse. Por pocos que éstos sean, la igualdad es un fenómeno social, y por groseros que se los suponga, la igualdad está precedida de una comparación, de un juicio.

En consecuencia, la igualdad, ya se afirme, ya se niegue, no se puede considerar en una cosa aislada: como quiera que se comprenda el modo de ser de una persona, no se la iguala ó diferencia por lo que en ella se observe en absoluto, sino por lo relativo que con otros tenga de común ó diferente. No siendo la igualdad personal, sino colectiva, tiene más fuerza y menos independencia que lo que depende del solo individuo; y si se conociera mejor, tendría menos osadía y menos desfallecimientos como un elemento positivo y coartado que no se puede extender indefinidamente ni suprimir.

La igualdad, como aspiración, existe en varios grados y formas, según el pueblo en que aparece y el individuo que á ella aspira; pero en ninguna circunstancia esta aspiración existe sola, sino con otras, ya del individuo que la siente, ya de los que con él están relacionados. El mismo que desea igualarse con los que están más arriba, quiere distinguirse de los iguales, y se indigna de ser confundido con los inferiores. El espíritu de dominación, tan hostil al de igualdad, coexiste con él, y cuando no hay una fuerza que le sofoque, ó una razón que le enfrene, se revela: pueden verse sus tendencias avasalladoras en el niño que pretende imponer su voluntad, y más aún en el loco, que no sólo quiere que prevalezca la suya, sino que con frecuencia se reviste de autoridad superior ó poder omnipotente. Cierto que no se pueden aplicar á los hombres cuerdos las observaciones hechas en los niños y en los locos, pero tampoco pueden dejar de considerarse como datos; porque en el niño están los elementos del hombre; no ha dejado de serlo el loco por estarlo, y su extravío no consiste en tener instintos, facultades ó sentimientos que falten á los demás, sino en la preponderancia desordenada de alguno de ellos. La frecuencia con que los locos se creen personas muy superiores por sus riquezas, talentos ó autoridad, hace sospechar que existe en el hombre una propensión á elevarse sobre los otros, sospecha que pasa á convencimiento notando que la vanidad y espíritu de dominación son tan comunes en el hombre como hostiles á la igualdad. Si hay en el corazón humano un elemento que impulsa á igualarse, hay otro que induce á distinguirse, como se puede notar que existe á la vez el instinto del mando y el de la obediencia. Estos impulsos iniciales pueden y deben constituir una armonía: no se diga que son fatalmente hostiles, pero no se desconozca su antagonismo y se crea que la igualdad puede establecerse sin lucha y brotar espontáneamente donde quiera que no se contraría la natural propensión del hombre. Éste, por el contrario, propende á la desigualdad, porque es vano, porque quiere distinguirse, y para lograrlo sacrifica muchas veces su sosiego, su vida y hasta su deber. Desde la noble emulación que inspira al héroe en el campo de batalla y al sabio en su gabinete, al bestial arrojo del torero, y el artificio costoso de la coqueta elegante, hay un mundo de esenciales diferencias, pero se nota un factor común, el deseo de distinguirse; es tan fuerte este deseo, que anima al hombre en las circunstancias más varias de la vida; sofoca el ¡ay! del enfermo que siente penetrar en sus carnes el cuchillo de amputación, y la voz de la conciencia de la mujer de moda se mezcla á los motivos nobles del hombre virtuoso y á los viles del criminal. Seguramente hay servidores, y aun mártires, de la religión, de la ciencia y de la humanidad, en quienes no influye el deseo de distinguirse y hacer que su nombre no se confunda con los otros, pero son excepciones; la regla general es que el individuo, siempre que puede, procura hacerse notable por alguna cosa; que si halla grados establecidos procura colocarse en los superiores, y que sólo los que están en el último piden nivelación. Hay, pues, que tener presente el hecho de que en lo íntimo de la naturaleza humana existe un impulso antagónico á la igualdad: el deseo de distinguirse.

Siendo el hombre un compuesto complicadísimo de elementos que se combinan de diversos modos, no es cosa sencilla y fácil de estudiar la igualdad: puede referirse á la fuerza, á la belleza física, á la resistencia para el trabajo, la fatiga, el dolor, y contra las causas que alteran la salud; á la nobleza ó vileza de carácter, á su entereza ó debilidad, á la actividad ó apatía, al cumplimiento ú olvido del deber, al egoísmo ó la abnegación, y, en fin, á las varias facultades intelectuales. Las aptitudes diversas, las variaciones combinadas de diverso modo, dan lugar á diferencias infinitas en lo físico, en lo moral, en lo intelectual. La igualdad y la desigualdad están constituídas por un gran número de igualdades y desigualdades que modifican y son modificadas: así como del mismo peso ó estatura de dos hombres no se puede inferir su igualdad física, porque uno puede ser feo ó enfermo, otro bello y hermoso, tampoco por ninguna cualidad moral ó aptitud de la inteligencia se puede saber si será igual á otro que tenga aquella misma aptitud ó cualidad. Y como esto sucede, no sólo al comparar un individuo con otro, sino todos entre sí; como hay que ir reconociendo diferencias y combinaciones de ellas para conocer igualdades, este conocimiento es muy difícil, y muy común, careciendo de él, resolver como si se tuviera. El que habla resueltamente de igualdad, ¿puede responder siempre á esta pregunta? ¿De qué igualdad se trata? No; y la física, la moral y la intelectual constituyen clases muy diferentes, y dentro de ellas, variedades infinitas. Sólo clasificando estas diferentes especies de igualdad pueden conocerse, y sólo conociéndolas negar y concederse con razón.

Siendo los elementos de la igualdad físicos, morales é intelectuales, hay que tenerlos todos presentes para establecerla; si se prescinde de ellos, la igualdad es una palabra, un abuso de la fuerza, la ilusión que desaparece ó el rodillo que nivela aplastando lo que sobresale, jamás el equilibrio de una armonía duradera.

La igualdad tiene, sin duda, profundas raíces en el corazón humano; pero además de que halla otros espontáneos impulsos igualmente arraigados que la contrarían, ninguna planta vive por la raíz sola: no basta decir que una aspiración es natural para que sea realizable; al contrario, el hombre está lleno de aspiraciones que rara vez ó nunca realiza. No creemos que sean inútiles; pero no es éste el lugar de discutir cómo pueden utilizarse, sino de consignar que las aspiraciones no son, ni profecías, ni oráculos, sino impulsos que es necesario enfrenar, ó cuando menos dirigir. Para apreciar los grados de realidad que pueden tener las aspiraciones, cierto que ha de tenerse en cuenta la naturaleza humana, pero cuidando de distinguir que hay inmensas diferencias entre el natural de un salvaje, de un bárbaro ó de un hombre civilizado, y aun dentro de la civilización, según sus grados, tendencias y lugar que en ella se ocupa, entre unos hombres y otros; de modo que, cuando se habla de conformarse á las aspiraciones naturales, es necesario investigar cuáles son, porque el natural varía.

Aun cuando la igualdad sea aspiración legítima y realizable, no puede prescindir del principio no hay derecho contra el derecho, ni afirmar que el suyo es el más sagrado, que no tiene límites fijos, que su uso no está sujeto al abuso, y, en fin, que puede sustituirse con una maza la balanza de la justicia. Pero desde que la igualdad es derecho, es sagrado como cualquier otro, indestructible como todos; y siendo preciado como pocos, y haciendo como ninguno fácil la alianza de la razón y las pasiones, negarle es tan imprudente como injusto.

De todo lo cual se infiere que la igualdad es un problema social de los más complicados y difíciles de resolver.

CAPÍTULO II.

DE LA IGUALDAD, DE LA IDENTIDAD, DE LA SEMEJANZA Y DE LA EQUIVALENCIA.

La igualdad sin diferencia alguna entre las personas, sabido es que no existe, y aun las cosas que no acertamos á distinguir no son idénticas. Si lo parecen las hojas de un árbol ó las arenas del mar, es porque no las observamos bien, ó porque no tenemos medios adecuados de observación: á medida que ésta se perfecciona más, halla más diferencias; tanto, que conocer es distinguir. Nos parecen iguales las ovejas de un rebaño que el pastor no confunde, y dos gotas de agua que ponemos como ejemplo de cosas idénticas, con el auxilio del microscopio se ve que no lo son.

Si la igualdad entre los hombres no es, no puede ser la identidad, resultará, pues, de cierto grado de semejanza. Pero ¿qué grados de semejanza bastan para constituir la igualdad? ¿Cómo se miden estos grados? Hé aquí dos preguntas que es preciso hacer y difícil contestar. Por difícil que sea hay que contestarlas, porque ya se conceda la igualdad ó se niegue, necesario es razonar la concesión ó la negativa: reflexionemos, pues, sobre el asunto.

Hay que poner ruedas á un vagón, y han de ser iguales. ¿Qué necesitamos para decir que lo son? No que sean idénticas, sino que su semejanza sea bastante para resistir igualmente por cierto tiempo, para que se adapten á la vía de un modo análogo, no tengan demasiado rozamiento al rodar por ella, no descarrilen en las circunstancias normales, y no produzcan movimientos violentos y grandes desniveles en los carruajes.

Necesitamos una balanza: los brazos, los platillos, han de ser iguales. ¿Cuándo decimos que lo son? Cuando tienen la suficiente semejanza para que los pesos que hacemos con ella tengan la necesaria exactitud. Según tengamos que pesar patatas, oro ó gases, exigiremos entre las partes simétricas del aparato más igualdad, grados de semejanza proporcionados á los de exactitud que deseamos en el peso.

Necesitamos varios aparatos para elevar agua, iguales, y decimos que lo son cuando los cuerpos de bomba y los émbolos tienen bastante semejanza para efectuar próximamente el mismo trabajo.

Construímos una escalera con peldaños, que tenemos por iguales si á la vista lo parecen, asemejándose bastante para que al andar por ella no se tenga la molestia que resultaría de su mucha desigualdad.

Podrían multiplicarse los ejemplos, resultando siempre que en las obras materiales se llama igualdad cierto grado de semejanza.

Debe observarse, además, que tácita ó expresamente se prescinde, al calificar de iguales las cosas, de diferencias que, aun cuando grandes, no influyen de una manera apreciable en su utilidad para el servicio que han de prestar. Así, decimos que dos bombas son iguales si tienen las mismas dimensiones y efectúan el mismo trabajo, aunque estén pintadas de un color diferente.

Si de las obras pasamos á los operarios, observaremos que éstos se califican también de iguales cuando sus productos se asemejan lo bastante para ser igualmente útiles. Llamamos iguales á dos zapateros que nos hacen por el mismo dinero botas que no difieren de un modo apreciable en apariencia y servicio.

Pero en cuanto pasamos de la obra al obrero, surgen multitud de elementos que hacen el problema complicado, de sencillo que era. En la balanza podíamos prescindir de todas las diferencias que no influyesen para la exactitud del peso; en el zapatero no podemos prescindir de todas las que no se refieran á la hechura de las botas. Puede ser un hombre que padece una enfermedad contagiosa transmisible por el calzado que manipula; un tramposo que pide paga anticipada y olvida ó niega la que ha recibido; un ratero que echa mano y guarda el cubierto ó la joya que halló al paso en nuestra casa; un criminal que entra en ella para combinar, con otros malvados, el modo de asaltarla. ¿Puede parecemos igual al que está sano de cuerpo y es exacto en sus cuentas y honrado en sus procederes? Seguramente que no.

Si en vez de calzar se trata de enseñar á un hijo, todavía notaremos más diferencias importantes entre dos maestros iguales respecto á ciencia, y habilidad y celo en transmitirla. No nos basta ya que no sean tramposos, ni cometan ninguna acción penada por la ley; necesitamos que sus maneras sean cultas, su lenguaje decoroso, su proceder digno, su conducta intachable, á fin de que no dé mal ejemplo, haciendo más daño con su obra inmoral que provecho con su obra científica: en este caso la igualdad necesita mucho mayor número de semejanzas. Estas han de ser más para que haya igualdad entre dos amigos.

Podemos decir (y con exactitud muchas veces) que nos son iguales dos operarios que trabajan del mismo modo; mas para afirmar la misma igualdad en dos personas que aspiran á la mano de una hija, ¡cuánto mayor número de semejanzas no necesitamos! La comparación se extiende entonces á lo físico, á lo moral, á lo intelectual. Edad, robustez, belleza, costumbres, ideas, carácter, aptitud, posición social, todo lo comparamos, observando analogías y diferencias, inconvenientes y ventajas, perjuicios y compensaciones; son aquí tantas las semejanzas que se necesitan para establecer la igualdad, que será muy raro que un padre, aun obrando con fría razón y recta conciencia, sin dejarse llevar de simpatías ciegas, ni vanidades locas, piense que es igual un hombre á otro para marido de su hija.

Se ve que en las relaciones de los hombres, aun las más sencillas y del orden físico, aun para la obra más mecánica, la igualdad que se establece no es puramente material; y se ve también que entran en ella más elementos físicos, morales é intelectuales, á medida que la relación se establece en más amplia esfera, aumentando entonces el número de semejanzas necesarias para constituir igualdad.

Parece, pues, bastante claro que al contestar á la pregunta: ¿Qué grados de semejanza se necesitan para establecer la igualdad?, no podemos referirnos á escala y números fijos, ni aplicar la misma regla comparando balanzas y escaleras, que hombres, ni éstos lo mismo si se trata de hacer calzado ó la felicidad de las personas que amamos.

De todo lo cual se infiere que igualdad es aquel grado de semejanza NECESARIA para el fin á que se destinan las cosas ó personas que se comparan. Ya sacaremos las consecuencias de este principio, á nuestro parecer muy importante.

¿Qué es equivalencia? La etimología de la palabra lo indica: equivalente es lo que vale igual. La igualdad aquí se refiere, no á la naturaleza de la cosa comparada, sino al aprecio que de ella se hace, al valor que tiene. Una moneda de oro, una medida de trigo, una pieza de paño, un pedazo de hierro, cosas son que se parecen muy poco entre sí, y, no obstante, pueden ser equivalentes, cambiarse unas por otras, y tomarse indistintamente como pago de una deuda. La equivalencia de las personas se establece según condiciones que varían mucho más que respecto á las cosas: las circunstancias, los errores, las pasiones, la abnegación, el egoísmo, el vicio, la virtud, el crimen, la inocencia, todo contribuye á que una persona sea tenida en poco ó en mucho, y á que se considere que vale más, menos ó lo mismo que otra con quien se la compara.

Menos fuerza muscular puede suplirse con mayor destreza; una cualidad moral, una aptitud intelectual con otra ó con mayor perseverancia en el trabajo y constancia para el bien. Aunque no se suplan las disposiciones ó las obras, pueden éstas tener un valor igual y ser equivalentes. Un albañil y un cantero no se suplen, ni un cantante y un director de orquesta; pero siendo igualmente necesarios éstos para ejecutar una ópera y aquéllos para hacer una casa, dadas ciertas circunstancias su trabajo podrá tener un valor igual, y sus servicios considerarse como equivalentes. Un médico y un abogado no se suplen en lo relativo á su profesión, pero los servicios que prestan, aunque muy diversos, pueden valer lo mismo. La muerte del que la arrostra voluntariamente por la patria en el campo de batalla, ó por la humanidad en una epidemia, con ser muy distintas son igualmente heroicas. Hay equivalencias en el arte y en la industria, en lo intelectual y en lo moral, en todo.

Pero estas equivalencias, ¿qué grados de analogías necesitan? Aquí empieza la gran dificultad; porque un valor, cualquiera que sea, es cosa relativa á los medios, necesidades é ideas de quien le calcula y determina, y dos cosas análogas y equivalentes para uno, para otro no tienen analogía, ni pueden ser comparadas, ó si lo son es para apreciarlas de muy diferente modo. El entusiasta por la música y el que la considera como un ruido menos desagradable que otros; el aficionado á toros y el que detesta esta diversión, ¿podrán ponerse de acuerdo sobre la equivalencia de los servicios que presta un torero y un cantante? El que llama sueños á las especulaciones filosóficas, y el que cree no hay elevación ni dignidad sino en ellas; el que no considera como verdadero trabajo sino al manual, y el que le califica de degradante, ¿podrán convenir en la equivalencia de la obra de un filósofo y de un picapedrero?

Es un gran auxiliar de la igualdad la equivalencia; por medio de ella pueden ponerse al mismo nivel social los que tienen aptitudes, méritos, posiciones diferentes, estableciendo compensaciones armónicas y durables en vez de esas especies de rodillos que quieren pasarse por la sociedad como por las carreteras para igualar por presión, aplastando todo lo que sobresale. El que observa la variedad de aptitudes que especifica y aumenta la división de trabajo, y duda tal vez de poder hallar bastantes semejanzas para establecer la igualdad, ve un modo de suplir á la semejanza con la equivalencia, y se apresura á señalarla como poderoso elemento de equilibrio estable. Y como el ánimo al discurrir sobre los grandes problemas sociales es raro que no esté inquieto; como el asunto es carne viva que palpita, que siente, que sufre; como estas palpitaciones y estos sufrimientos se comunican al que los estudia con deseo de calmarlos, cuando se halla ó se cree hallar un calmante, es difícil que al desear su eficacia no se exagere.

Fácil es, por tanto, caer en exageración al graduar lo que al equilibrio social puede contribuir la equivalencia; mas sin considerarla como una panacea, parécenos que puede calificarse de remedio en algunos casos, y siempre de elemento armónico de razonable igualdad. Al congratularse de que exista, y al contar con él, hay que precaverse de exagerar su poder, y, sobre todo, de no imaginar que es independiente. La equivalencia puede penetrar muy adentro en el organismo social, pero no influir sin ser influída, y sin un previo, largo y difícil trabajo para calmar pasiones, desvanecer errores, satisfacer intereses y hacer concurrir al bien elementos cuyas armonías no se sospechan al ver sus aparentes antagonismos.

Pero si parece indudable que la equivalencia puede contribuir de un modo eficaz á establecer la igualdad, tampoco tiene duda que su cooperación ofrece dificultades cuya magnitud conviene apreciar bien, para que no se conviertan en insuperables obstáculos. Por una parte, si pueden ponerse al mismo nivel, no sólo los que son iguales, sino también aquellos que valen igualmente, claro es que aumenta el número de personas que se igualaron, socialmente consideradas; pero este aumento requiere condiciones difíciles, es más dificultoso determinar equivalencias que igualdades. Comparar dos médicos entre sí, un médico con un naturalista ó un abogado, un poeta con un piloto, un ingeniero con un albañil, un artista con un artesano, ofrece dificultades crecientes á medida de las diferencias: ya no se buscan semejanzas que se llaman igualdades, hay que observar analogías para determinar equivalencias. Este trabajo se ve claramente es mucho más delicado y difícil, aunque se hiciera con toda calma, despreocupación y justicia; pero suele faltar esta justicia, esta despreocupación, esta calma, y suele medirse el valor de las diferentes clases como miden la temperatura los que no tienen termómetro, y según sienten calor ó frío, dicen que una casa está fría ó caliente. ¿Qué escala, qué regla hay para graduar las equivalencias sociales? Si no nos pagamos de palabras y de apariencias, veremos que no existen reglas fijas; y reflexionando sobre el caso, notaremos que las escalas es inevitable que sean variables con las ideas, las pasiones, las necesidades y la manera de ser de los que las forman. El pueblo guerrero y descreído no puede conceder equivalencia entre el combatiente impávido y el piadoso sacerdote; el ignorante y vicioso, entre el sabio que le quiere instruir y el cómico, el cantante ó el torero que le divierten: donde se cree en la diferencia real de las castas y de las clases, no hay equivalencia posible entre los que figuran en las primeras y los que pertenecen á las últimas. Cada cambio en las ideas, en los intereses, en las necesidades, en las pasiones, produce otro en la escala que gradúa el valor social de los hombres; se establecen equivalencias donde antes no podían existir, se niegan las reconocidas, y se declara superior al que antes estaba más abajo, y viceversa. Mirados con desprecio los que toman parte en las representaciones teatrales, su oficio es vil, y ellos equiparados á los más indignos; pasan años, no muchos, para tan notable cambio, y el que era un histrión infame se convierte en un actor, en un artista apreciable, eminente, sublime, inmortal, según los casos, y la equivalencia que antes se buscaba en las últimas capas sociales, se establece en las primeras.

Un gran número de artes y oficios vedados por la ley ó por la opinión á toda persona digna, y hoy apreciados ú honrados, han variado la graduación de la escala y los elementos de la equivalencia. Estudiándolos se ve que crecen estos elementos, que cada descubrimiento, cada invención, cada camino que se abre á la actividad inteligente del hombre, es un nuevo medio de equipararle á otros que ocupaban una posición más aventajada, y aumenta el número de los que, siendo equivalentes, pueden ser y son considerados como iguales: la rapidez del progreso en este sentido no puede desconocerse. No es necesario subir mucho en la historia de los pueblos para ver que no había equivalencia social respecto á las clases elevadas más que en dos: el sacerdote y el guerrero. Entre éstas y las demás mediaba un abismo; la equivalencia era imposible. Después la toga se equiparó al hábito y á la coraza; así pasó mucho tiempo, y aún los ancianos recuerdan aquel en que ninguna persona noble que no tuviera lo suficiente para vivir de sus rentas podía dedicarse más que á las armas, á la iglesia ó al estudio de las leyes: la equivalencia, que se había extendido un poco, se limitaba, no obstante, al derecho, la teología y la milicia; hoy han dilatado su esfera las ciencias, las artes, la industria, el comercio, modos infinitos de desplegar dignamente la actividad humana, que, manifestándose de diferente modo y aplicándose á objetos diversos, tienen igual utilidad y merecen igual aprecio.

No es posible observar, siquiera sea muy por encima, la marcha de la civilización sin ver como factor creciente de la igualdad la equivalencia, y sin notar que este crecimiento es constante, graduado, sólido, resulta de causas poderosas y permanentes, es lógico, en fin.

Pero quien dice lógica, dice encadenamiento ordenado y necesario de verdades, dice un inmenso poder y una regla severa, una gran fuerza y una estrecha sujeción, y para que las consecuencias sean irresistibles es indispensable que las premisas sean ciertas. No es una escuela, un club, un orador de tribuna ó de esquina los que pueden decir á un hombre ó á una multitud tú vales tanto como otra multitud ú otro hombre: esta declaración puede hacerse aplaudir en una hora da entusiasmo, ó servir de bandera en un día de motín; pero no constituirá un derecho si no recae sobre hechos positivos y constantes. Nuevas ideas, nuevas necesidades físicas, morales é intelectuales, y quien las satisfaga realmente, es condición precisa para aumentar de un modo estable el número de los equivalentes sociales, ó variar el lugar de la escala que ocupan. La adivinación no se ha convertido en buenaventura descendiendo del oráculo á la gitana, sino porque son ya pocos y de los que están muy abajo los que creen que hay artes ocultas para predecir lo futuro. El ingeniero no se ha puesto á nivel de las profesiones más honradas sino porque satisface una necesidad generalmente sentida. El cómico no pasó de histrión infame á actor apreciado sino porque se ha hecho artista en un pueblo que gusta del arte; y donde el torero recoge aplausos y dinero, y el filósofo vive olvidado en la miseria, es porque la falta de ideas y el trastorno de las pocas que hay produce la inversión de las escalas sociales y que los últimos sean los primeros, y viceversa.

Así, pues, la equivalencia, auxiliar poderoso de la igualdad, crece constante pero lógicamente; tiene poder, pero está sujeta á leyes; puede influir mucho, pero no puede prescindir de necesidades, de ideas y, lo que es más triste, ni aun de errores é injusticias. En vano un individuo ó una colectividad dirán á otra colectividad ó á otro individuo: valemos tanto como vosotros, y será cierto y lo probarán; si los demás no lo comprenden así, si hay quien tiene interés en negarlo y medios de hacer que su interés prevalezca, la equivalencia, por más justa que sea, no será menos imposible. No la realiza, pues, quien pretende imponerla; antes la desacredita, contribuyendo á que se la declare imposible, cuando no es más que prematura.

Resumiendo. No se debe confundir la igualdad con la identidad, porque no existen dos personas entre las cuales no haya diferencia alguna.

Igualdad no es una cosa absoluta y fija, sino relativa y variable, según el objeto con que se establece; así hemos podido definirla aquel grado de semejanza necesario para el fin á que se destinan las cosas ó las personas comparadas.

Equivalencia es el valor igual que tienen las cosas ó las personas, no por sus muchos grados de semejanza, sino por ser igualmente apreciadas del que las califica.

Tendremos ocasión de recordar más adelante estas verdades y necesidad de apoyarnos en ellas.

CAPÍTULO III.

ORIGEN Y PROGRESOS DE LA DESIGUALDAD.

Es tan cierto lo que decíamos en nuestro primer capítulo, de que sin haber observado diferencias no habría ocurrido pensar en igualdades, aquéllas y éstas están en relación tan constante, íntima y necesaria, que al estudiar la igualdad hallaremos de continuo la desigualdad, sin que nos sea posible hacer investigaciones sobre la una, sin analizar la otra, y anotando que, bien definida cualquiera de ellas, es fácil definirlas entrambas con exactitud.

Si la IGUALDAD es aquel grado de semejanza necesaria para el fin á que se destinan las cosas ó las personas que se comparan, la DESIGUALDAD será aquel grado de diferencia por el cual las cosas ó las personas no puedan servir igualmente al mismo fin.

El origen de la desigualdad del hombre, que es la que nos proponemos estudiar, está en la naturaleza, entendiendo por naturaleza del hombre no sólo su organismo físico, sus necesidades materiales y los medios de satisfacerlas, sino su sér completo, físico, moral é intelectual.

Sin dejarse llevar de la imaginación ó del espíritu de sistema afirmando acerca del hombre prehistórico lo que no puede saberse, cabe asegurar que los primeros hombres no eran iguales entre sí, en el sentido de ser idénticos, ni aun tenían todos aquel grado de semejanzas en virtud del cual sirvieran igualmente á cuantos fines pudiesen proponerse en la sociedad más ruda.

Para evitar equívocos convendrá consignar que entendemos por hombre un viviente físicamente organizado en lo esencial, como lo están los hombres de hoy: intelectualmente, capaz de distinguir el bien del mal; y moralmente, con poder de elegir y realizar el uno ó el otro. El que no tenga estas condiciones podrá ser hombre para el naturalista, pero no lo es para el que se ocupa de ciencias morales y políticas.

Entre los primeros hombres los habría deformes, feos, débiles, enfermizos, y bien constituídos, bellos, fuertes, robustos; estas desigualdades físicas, por ser las más perceptibles y las más importantes entre hordas salvajes, no serían las únicas; individuos habría más resueltos para buscar el peligro, más firmes para arrostrarle, más circunspectos, más valerosos, más astutos para triunfar en la lucha continua que era condición de existencia. Que entre ellos había desigualdades se comprende desde luego observando que existen hasta entre los animales, y más á medida que ocupan un lugar más elevado en la escala. Entre los domésticos, que son los que conocemos un poco mejor, podemos notar diferencias de belleza, de fuerza, y hasta de inteligencia y de carácter; no se concibe, pues, que dejen de existir entre los hombres, ni se ha encontrado sociedad por ruda que sea en que algunos no se distinguieran de los otros, ya fuese por elevarse, ya por no llegar al nivel común. No hay pueblo sin jefe, ni donde la tradición no recuerde algunas personas distinguidas. Que se los suponga venidos de remotas regiones ó descendientes de los dioses, es lo cierto que se conserva el recuerdo de hombres que no eran iguales á los otros, que inventaron artes útiles, llevaron á cabo heroicas hazañas ó las cantaron.

Por rudo que sea el hombre primitivo, por decisivas que sean para él las inferioridades y superioridades físicas, también le importan en cierta medida, al menos, las intelectuales, porque además de la fuerza muscular necesita alguna inteligencia á fin de utilizarla. Un genio enfermizo no tendría autoridad en un pueblo bárbaro, pero tampoco un atleta imbécil.

Por todo lo que pensamos, observamos y sabemos, donde quiera que hay sociedad de hombres se notan en ellos desemejanzas bastante marcadas para que sean calificadas de desiguales, ya se compare su fuerza, ya su inteligencia. Estas diferencias son necesarias, sin que puedan evitarlas aquellos á quienes perjudican, ni conseguirlas aquellos á quienes favorecen. No depende de nadie nacer feo ó hermoso, enfermo ó robusto, limitado ó inteligente; todas estas desigualdades naturales son también fatales.

Aunque sea de paso, debemos advertir que decimos fatal en el sentido de inevitable, no en el de ciego y menos de injusto. En cualquiera época que estudiemos á los hombres hallamos desigualdad natural entre ellos, lo cual en parte se explica como necesario á la sociabilidad, y en parte no. En todo estudio se llega á un non plus ultra; se encuentra lo desconocido, lo inexplicable, que unos dan por explicado sin estarlo, otros llaman misterio, y otros absurdo ó injusticia: nosotros somos de los que le llamamos misterio. Le hay en la desigualdad congénita de los hombres; cuando es, será porque debe ser; pero aun los que no vean en ella la justicia divina, no pueden negarse á la evidencia de que está en la naturaleza humana. Providencial ó fatal, es innegable la desigualdad de los hombres de todos los tiempos y lugares; y cualquiera que sea el grado de su cultura, ésta modifica, no destruye el hecho primitivo de las grandes diferencias individuales.

Pero el hombre no es sólo un organismo físico, un conjunto de facultades intelectuales, sino también un sér moral; además de bello ó feo, endeble ó fuerte, limitado ó inteligente, puede ser bueno ó malo, y el serlo depende de él, de él solo; no hay aquí fatalidad; todo el que hace mal, si está en su cabal juicio, es porque quiere hacerlo. En cualquier lugar donde existen hombres los hay malos y buenos, peores y mejores; toda colectividad que tiene recuerdos, conserva la memoria de bondades ejemplares, de virtudes á toda prueba, de abnegaciones sin límites, al propio tiempo que necesita reprimir hechos atentatorios al orden y que, si se generalizasen, harían imposible la sociedad. El excepcionalmente bueno y el excepcionalmente malo, el que se reverencia con amor y el que se persigue con odio, el justo y el delincuente, son los extremos de la desigualdad moral, cuyos intermedios varían al infinito. Pero si las diferencias físicas é intelectuales se reciben, las morales se crean, su origen está en la libertad del hombre, en su voluntad recta ó torcida.

Son tres los elementos (físico, intelectual y moral) que entran en la desigualdad; de los dos primeros no se dispone, del último sí, y con él puede reaccionar de tal modo sobre los otros que venga á ser preponderante en vez de estar supeditado. ¿Quién no conoce personas que por falta de moralidad han destruido un físico fuerte, y otras delicadas que se han fortalecido con la constancia en un buen régimen que no es posible sino á los que tienen buena conducta? Por donde quiera se ven ejemplos de ventajas conseguidas respecto á los que nacieron mejor dotados, de desigualdades físicas invertidas por la moralidad ó la falta de ella; de modo que en muchos casos, aun aquellas dotes que parecen recibidas fatalmente, pueden conquistarse con la voluntad recta y perderse con la voluntad torcida; lo último, sobre todo, es indefectible; la organización más privilegiada no resiste al desorden y al vicio, que no tarda en rebajar á los que la Naturaleza había elevado al nacer.

Aunque no tan grande como la robustez, la belleza es una gran ventaja que está muy desigualmente distribuída. ¿Pero puede conservarse la belleza que se recibe sin la moralidad de que se dispone? ¿Cuánto tiempo dura la belleza del hombre crapuloso, de la mujer liviana, del malvado, en cuyo rostro contraído no tardan en reflejarse sus pensamientos siniestros? Poco dura, fugaz es, y ellos muy pronto inferiores, aun estéticamente considerados, á los que tienen la hermosura del alma. El efecto útil de la belleza para el que la tiene, es la impresión que produce. ¿Y quién no sabe que esta impresión depende muchas veces menos de las dotes físicas recibidas que de las morales consecuencia de la voluntad? ¿Quién no conoce personas que no son hermosas, y hasta que son feas, pero que, no obstante, agradan, son simpáticas, porque la dulzura del carácter, la bondad del corazón, la paz del espíritu, la rectitud de la conciencia, se revelan en el rostro, cuyo atractivo no está en las formas, ni en el color, sino que es un reflejo de la belleza del alma? Son feos porque quieren, decía uno con gran asombro de los que no comprendían cuanta verdad hay en esta frase; variándola un poco, diciendo:—son desagradables porque quieren—puede sostenerse su exactitud, porque el que tiene voluntad de ser bueno lo es, y siéndolo, no habrá en su aspecto exterior nada repulsivo, y, por el contrario, tendrá siempre algo que agrada y atrae.

De otras desventajas físicas triunfa también la voluntad fortaleciendo con el ejercicio órganos débiles y utilizando con la perseverancia aptitudes que sin ella habrían sido inútiles.

En el orden intelectual aparece aún mucho mayor el poder de la voluntad; y aunque no sea absolutamente cierto, como se ha dicho, que el genio es la paciencia, es decir, la perseverancia, es decir, la voluntad, sin ella muy firme no hay genio. Nadie nace genio. Pueden recibirse al nacer facultades superiores; pero si no se cultivan, se atrofian, sucumben en germen por falta de una voluntad firme y recta.

En general, los hombres grandes son hombres morales, y muchos que hubieran sido eminentes se quedan en medianías por falta de moralidad. No sólo el vicio debilita las facultades; no sólo el amor propio exagerado, la vanidad, la codicia, todas las formas del egoísmo limitan el horizonte, dan puntos de vista mezquinos, impiden elevarse á las grandes alturas desde donde solamente se descubre la verdad, sino que sin amor á ella, sin impulsos nobles, grandes, que destruyan los miserables movimientos del yo mezquino, es difícil la inspiración sostenida que constituye los grandes hombres. Porque la inspiración no se limita á los artistas y á los poetas; sin ella nada grande se crea, se comprende ni se adivina, é inspirados estaban Platón, Leibniz, Copérnico y Watt, como Homero, Milton y Murillo. Sin trabajo, sin energía no hay inspiración posible; y como el trabajo es obra de la voluntad, y cuando ésta se tuerce viene la perversión que degrada y debilita, resulta que hasta en el genio, que es la aptitud excepcional que requiere más dotes naturales que se reciben desigualmente al nacer, hasta en el genio influye poderosamente, á veces de una manera decisiva, el elemento moral: hay muchos hombres que nacieron con facultades eminentes, y para ser grandes no les ha faltado más que ser buenos, y otros que, por serlo en sumo grado, se elevan más que ellos con menos dotes naturales.

Pero dejando al genio, que es la excepción rara, y viniendo al talento y á la inteligencia que, sin llegar á él, tienen mayor ó menor el común de los hombres, ¿quién no ve cómo influye en su desarrollo y aprovechamiento la voluntad de cultivarla y el modo de dirigirla? No es necesario extender mucho la vista; en derredor y muy cerca pueden observarse aptitudes inútiles ó que por culpa suya ha vuelto contra sí el mismo que las tenía, y facultades comunes, y aun limitadas, que ha utilizado grandemente el trabajo y la perseverancia. Si el genio es poder y querer, la inteligencia del común de los hombres es principalmente querer, y las desigualdades que en ellos se notan son, por lo general, consecuencia de la voluntad torcida ó recta, débil ó fuerte, que rehuye el trabajo ó persevera en él, que da el tónico de la buena conciencia ó el debilitante deletéreo de la perversión. Es frecuente ver personas que han adquirido una reputación ó una fortuna, que se han distinguido sin tener dotes naturales superiores, y por sólo el resorte moral de una conducta ordenada, de un trabajo perseverante; y es asimismo grande el número de los excepcionalmente aptos y dispuestos, que gráficamente se llaman perdidos, y que, en efecto, pierden las facultades de que no usan ó que emplean en su daño.

Verdades son éstas que todo el mundo sabe, por lo cual no hay para qué insistir en ellas, y sí sólo en las consecuencias que deben sacarse; éstas nos parecen muy importantes, por lo que no estará mal repetirlas y determinarlas bien; pueden formularse así:

El hombre se compone de elementos físicos, morales é intelectuales;

Los intelectuales y los físicos los recibe al nacer con una desigualdad que no está en su mano evitar;

Los morales son obra suya; puede ser bueno ó malo, mejor ó peor, según quiera; en la esfera moral la desigualdad es obra suya, y en ella no se rebaja sin culpa, ni se eleva sin mérito.

Pero en la unidad armónica que constituye la persona humana, los elementos intelectual y físico reciben poderosas influencias del moral; de modo que el hombre no sólo puede ser bueno ó malo porque quiere, sino que su voluntad influye poderosamente en su fuerza física, en su robustez, en su belleza y en su inteligencia.

Los elementos intelectuales y físicos que fatalmente parecen establecer una inevitable desigualdad, están neutralizados por el elemento moral que no pasa un nivel ciego aplastando lo que sobresale, sino que ordena justas compensaciones, suprime naturales desigualdades y establece otras que son consecuencia de una voluntad firme ó débil, torcida ó recta, y parecen premios merecidos y castigos justos.

Así, pues, aquella desigualdad congénita que parecía tan grande y tan fatal, observada de cerca no es tan fatal, ni tan grande; porque además de ser en parte necesaria para la armonía social, en parte está condicionada moralmente: no es el destino ciego que eleva ó rebaja, sino una ley en virtud de la cual pueden descender ó sobresalir, según quieran emplear bien ó mal las facultades recibidas.

Esto no es decir que siempre suceda así, ni que muchas veces no suceda lo contrario. Hay organizaciones tan débiles que el régimen más severo no fortifica; deformidades cuya fealdad no puede dejar de ser repulsiva; entendimientos tan cortos que no logra poner al nivel común el trabajo más perseverante; y dolores terribles de noble origen que contraen el rostro y le desfiguran: la voluntad, que basta siempre para ser bueno, no en todas ocasiones tiene poder bastante contra un físico enfermizo ó desagradable ó una inteligencia muy limitada. Es innegable, pues, que hay desigualdades congénitas inevitables, dichosas para unos, desdichadas para otros; hay misterio en esta desigualdad original: este es un hecho; pero no debe exagerarse su importancia, ni darle más alcance del que tiene, ni dejar de ver, al lado del elemento fatal de la desigualdad, un correctivo en la voluntad del hombre y su libre albedrío, que condiciona moralmente inconvenientes y ventajas que parecían haberse recibido sin condición alguna.

Así, pues, al estudiar la desigualdad la vemos desde su origen resultar de las diferencias congénitas de los hombres, fatales para ellos, pero condicionadas por el elemento voluntario de la voluntad libre. Y esto es tan cierto, tan esencial de la naturaleza humana, que en las hordas salvajes, en los pueblos bárbaros, en las naciones civilizadas, donde quiera que estudiemos la igualdad, veremos siempre el fatalismo modificado, neutralizado ó vencido por el elemento moral, que en ningún caso deja de ejercer grande influencia en el modo de establecer las jerarquías sociales ó de suprimirlas. La pasión ó el espíritu de secta ó de escuela, ni el delirio de las iras populares, no son los que nos dan niveladores tan ciegos é insensatos como ellos, sino que la naturaleza humana, y á nuestro parecer la voluntad divina, nos ofrece compensaciones para las diferencias y medios de realizar la igualdad en el elemento moral, en la voluntad y libre albedrío del hombre.

El origen de la desigualdad, en parte misteriosa, en parte de fácil explicación, fatal en alguna manera y hasta cierto punto consecuencia de la voluntad del hombre, está siempre en la naturaleza humana, y, por tanto, puede variar en sus grados y formas, pero no desaparecer.

¿Y la desigualdad aumenta ó disminuye con la civilización? ¿Sus progresos están en razón directa ó inversa de los del pueblo donde se estudia?

Los primeros progresos de las sociedades deben ser desfavorables á la igualdad, y podrá favorecerla ó perjudicarla una civilización más adelantada, según circunstancias que varían casi al infinito: tal vez podría decirse, respecto á la cultura de los pueblos, que la igualdad está en los extremos, y en medio la desigualdad; pero si esto se estableciera como regla tendría demasiadas excepciones, que, bien estudiadas, pondrían de manifiesto la influencia del elemento moral que hemos señalado.

La igualdad debe estar en su máximo grado en los pueblos salvajes. En lo físico, los débiles perecen al nacer ó en la infancia; hay un mínimum muy elevado de robustez y de fuerza indispensable para vivir: los que tienen menos sucumben; sólo pueden distinguirse los que tienen más. No viviendo los lisiados, enfermizos, enfermos ni deformes, disminuyen los elementos de la fealdad, y tampoco tiene muchos la hermosura en medio de una existencia materialmente tan penosa y con tan escasos recursos para embellecerse: esto no es decir que todos sean igualmente fuertes y bellos; pero están muy limitadas las diferencias físicas, y en su grado máximo la igualdad.

En lo intelectual, la esfera de acción se halla también muy reducida: ni artes, ni ciencias, ni industria, ni comercio; ninguno de los infinitos medios que sirven para poner de manifiesto la diferencia de aptitudes y la superioridad de facultades. Más destreza, más astucia para la caza, mayor disposición para las empresas de la guerra, un poco más ó menos de arte para preservarse de la intemperie ó arrostrarla con menor peligro, son los únicos modos de diferenciarse por debajo ó sobre el nivel común.

La esfera moral tiene también límites estrechos: son imposibles la mayor parte de los vicios de la civilización y las opuestas virtudes. No hay bebidas con que embriagarse; el trabajo, que es condición de vida, y el cansancio, que hace necesarias largas horas de reposo, disminuyen las del ocio. Lo rudo de la vida y la escasez de alimentos ponen límites á la incontinencia, y la general pobreza á los ataques á la propiedad: los de las personas tienen rara vez objeto, y siempre peligro, entre hombres á quienes pocas veces se puede robar, y que, fuertes y habituados al peligro, se defienden valerosamente. No habiendo apenas goces, la tentación de gozar no impulsa á apoderarse de lo ajeno; el egoísmo tiene carácter más negativo; las pasiones feroces apenas hallan freno, y es posible satisfacerlas igualmente sin reprobación, y antes con público aplauso. Son imposibles y no existe siquiera idea de la mayor parte de las virtudes, y apenas hay ni se concibe más que la fortaleza para sufrir el dolor y arrostrar la muerte. Este modo de ser como encadenado por las necesidades físicas, por la dificultad de satisfacerlas; esta limitación de ideas, han de dar cierta uniformidad á los afectos y á las determinaciones. Sin duda que desde luego serán diferentes; sin duda habrá personas mejores y peores, de carácter más débil y más firme, de voluntad más ó menos enérgica, más ó menos recta, más ó menos incontrastable; pero todas las diferencias se encerrarán en un círculo muy limitado. Los goces, como las privaciones, se parecen; el dolor y el placer tienen una generalidad uniforme, que difícilmente da lugar á la envidia ni á la compasión, al daño ni al consuelo: cuando unos tienen hambre ó frío, los otros padecen de frío y de hambre; cuando unos carecen de albergue, los otros no le hallan; cuando unos se ven en peligro, lo están los otros también. En aquel estado en que los hombres se ven obligados, por una necesidad absoluta, á tener un género de vida idéntico, no deben aparecer apenas las diferencias naturales que, cual semillas en terreno impropio para que germinen, desaparecen sin haberse desarrollado. Como Chateaubriand saludaba en el cementerio de aldea á los héroes sin victoria, en las tumbas de un pueblo primitivo podrían saludarse ambiciosos sin poder, filósofos sin ideas, poetas sin lira: en semejante estado social, la igualdad está en su grado máximo.

Apenas el hombre trabaja con más perfección, de modo que no necesite estar trabajando siempre, aquella necesidad imperiosa ciegamente niveladora disminuye. El más hábil, el más previsor realiza algunas economías, tentación para el que no las tiene, recurso para el que por medio de ellas puede entregarse á un reposo fecundo. Aparecen el malhechor que se apodera de lo ajeno, el vicioso que se entrega á una brutal sensualidad, el que extasiado contempla los sublimes espectáculos de la Naturaleza, el que observa ó adivina las leyes del mundo físico, y el que desciende á lo íntimo de su sér, á su conciencia y á su corazón, para investigar las del mundo moral. Tan pronto como los hombres dejan de estar apremiados por necesidades imprescindibles é idénticas, empiezan á rebajarse los unos, á elevarse los otros. Uno contempla el cielo, observa los movimientos de los astros y es el primer astrónomo; otro quiere fertilizar la tierra, inventa un instrumento para removerla y es el primer mecánico; aquél entra en sí mismo, y se pregunta quién es y cómo es, observa la creación, busca al Creador y es el primer filósofo. A medida que los conocimientos se acumulan, se multiplican, se diferencian mayor número de facultades ó todas entran en actividad, y las desigualdades se marcan más cada vez. Hay sabios é ignorantes, héroes y criaturas viles, criminales y santos. La necesidad general del trabajo continuo é idéntico para no perecer de hambre, era como un punto céntrico del cual no era posible alejarse mucho; pero á medida que el pueblo se civiliza, el círculo se ensancha, los radios se multiplican y extienden, y los hombres que marchan en direcciones opuestas se alejan cada vez más.

Pero este aumento de la desigualdad con el de la civilización no es graduado; no se verifica en virtud del desarrollo desigual de facultades diferentes; no concurren á él en proporciones razonables los elementos físico, intelectual y moral que constituyen el hombre que reposada y equitativamente se eleva ó desciende, según que ha recibido mayores dotes ó las aprovecha mejor. Desde los primeros albores de la vida de los pueblos se ve una causa permanente y poderosa, subversiva del orden y de la justicia, que no se tiene en cuenta para elevar y rebajar: esta causa de desigualdades establecidas ab irato, es la guerra.

La guerra, respecto al asunto que nos ocupa, es subversiva del orden principalmente en tres conceptos:

Por el modo de calificar á los hombres para elevarlos y rebajarlos;

Por los medios empleados para elevar;

Por la escala que establece para los de arriba y para los de abajo, ó más bien por el abismo que abre entre unos y otros.

La guerra no pedía al hombre para elevarle una superioridad verdadera, que consiste en la armonía de sus facultades y en la superioridad de algunas: fuerza física, valor y alguna destreza para utilizarle era todo lo que necesitaba para sobreponer un individuo ó un pueblo respecto de otros pueblos ú otros individuos. No exigía del hombre que declaraba superior que fuese completo y armónico; le bastaba mutilado, por decirlo así, y hasta monstruoso: podía ser de limitado entendimiento y depravada moral, incapaz de comprender nada elevado ni hacer nada bueno; podía ser hasta excepcionalmente malo, y, no obstante, calificarse de superior, de grande, y lograr prestigio, poder, riqueza. En vez de concurrir á su elevación todas las dotes naturales verdaderamente humanas, y la voluntad para utilizarlas, bastábanle pocas cualidades ó alguna pasión que las suplía. Parece claro este hecho: que la guerra tiene un criterio limitado é injusto para calificar á los hombres, elevándolos conforme á sus necesidades, que son las de la lucha, y no las de la justicia. Y si puede ensalzar y ensalza muchas veces á los menos inteligentes y más perversos, ¿qué reglas aplica á los que deprime? No serán equitativas, porque, en general, no se puede dar á un hombre más de lo que merece, sin que otro reciba menos de lo que es debido; y en este caso particular, el motivo que lleva á prescindir de todas las circunstancias malas que no perjudican para el combate, hace desdeñar las buenas que en él no se utilizan, y al batallador limitado ó perverso que se eleva corresponde el inteligente bondadoso que se rebaja, porque le repugna la lucha, la sangre, el estrago, porque ama la vida y respeta la de los otros. En vano habrá recibido altas dotes que puede y quiere utilizar en bien de sus semejantes; le faltan las que la guerra necesita, y es condenado ignominiosamente á formar parte de la masa que se desdeña y humilla.

Si el criterio de la guerra para establecer la desigualdad entre los hombres es limitado é injusto, los medios que pone á su disposición para elevarlos no son más equitativos. Muchas fuerzas ciegas que sigan el impulso de una que se reconoce superior, séalo ó no; muchas voluntades que guardan silencio para oir la voz de una sola voluntad que se impone; obediencias incondicionales é instantáneas, tan sordas al temor de la muerte como á las amonestaciones de la conciencia, y con la falta de responsabilidad, la depresión moral que rebaja. Autoridad sin límites, brillos deslumbradores, opresiones continuas necesarias ó calificadas de tales; el hábito de ver el hecho convertido en derecho, la fuerza en ley, la fortuna en mérito, todo hace que los medios empleados por la guerra sean propios para elevar á los que debían quedar muy abajo, y rebajar á los que debieran ser ensalzados.

La guerra forma una escala en que están á inmensa distancia el soldado y el jefe, y abre un abismo entre el vencedor y el vencido. Nada más contrario á la igualdad que un ejército disciplinado, á no ser el pueblo que conquista. En un principio, el exterminio establece la igualdad ante la muerte; pero cuando se empieza á conceder la vida á los vencidos se convierten en esclavos con este ó el otro nombre, con más duras ó más tolerables condiciones; entonces se inician las grandes desigualdades, que van creciendo como la avalancha que desciende por la montaña nevada. Los opresores que se elevaron suben cada vez más; los oprimidos que descendieron quedan cada vez más abajo. Hay clases, hay castas: la organización social forma alrededor de los hombres como un círculo de hierro que nadie puede romper, y fatalmente encadenado, debe morir allí porque allí nació. Una vez establecidas estas desigualdades, el nacimiento da un brillo que nada obscurece, ó una infamia que ningún mérito borra: cuando esto sucede en un pueblo, aunque no se sepa su historia, bien puede asegurarse que se compone de conquistadores y conquistados, porque sólo la embriaguez sangrienta del triunfo puede dictar tales leyes, y sólo puede admitirlas el pánico de la derrota. Una vez establecidas, una vez abierto el abismo que separa los fuertes, los nobles, los explotadores de los débiles, viles y explotados, todo parece concurrir á aumentar el poderío de los unos y la humillación de los otros. Se ha dicho con verdad que los que nacen en la esclavitud nacen para la esclavitud, que se aumenta y perpetúa degradando á los esclavos. Sobre ellos pesa lo más rudo de la obra social; y como trabajan sin descanso, sufren sin quejas, viven sin goces y mueren sin rebeldías, parece natural que vivan, sufran y mueran así, de tal modo que no sólo los hombres de la fuerza bruta, sino los pensadores y los filósofos, tienen por natural, por equitativa, por razonable la más injusta de las desigualdades, la que las crea todas, la que separa á los hombres en esclavos y dueños, la que da á unos poder, riqueza, consideración, y á los otros miseria, impotencia é ignominia; la que envilece el trabajo y ennoblece el ocio.

A veces, la casta guerrera ó la nación conquistadora no son bastante fuertes para rebajar al mismo nivel todo lo que está por debajo de ella y gradúa la desigualdad como el feudalismo, y la servidumbre de los vencidos como Roma, creando diques escalonados donde vayan á estrellarse las oleadas que levanta el sentimiento de la justicia ó el dolor de la desesperación.

Así, pues, la guerra, por la clase de personas que encumbra, por la altura á que las eleva, por los medios que emplea para elevarlas, por lo mucho que rebaja á los que deprime y los motivos que para rebajarlos tiene porque hace de unos más, de otros menos que hombres, porque distribuye ventajas y perjuicios con exceso y sin criterio, y, en fin, porque da á todo esto la consistencia necesaria, no sólo para que se sostenga, sino para que se perpetúe: la guerra puede decirse que ha sido la causa más poderosa y general de desniveles sociales, y efecto de ella son hoy todavía muchas desigualdades cuyo origen no siempre se le atribuye.

Las religiones del mundo antiguo han contribuído también á que los hombres se eleven y se rebajen por motivos que no son ni diferencias naturales, ni méritos ó culpas, y antes bien proporcionando ventajas á veces en razón inversa de los merecimientos. Mientras la Divinidad es el Omnipotente incomprensible y temido que ninguno pretende conocer, que todos procuran hacerse propicio atrayendo su benevolencia ó aplacando su cólera, cada cual es el ministro de su propio culto, y la religión establece las diferencias del merecimiento, no las desigualdades de la jerarquía. Pero desde que lo incomprensible se convierte en misterio que algunos pretenden explicar, desde que hay dogma y sacerdote, hay superioridades espirituales que no tardan en convertirse en dictaduras, que en pueblos groseros se materializan. El sacerdocio forma casta privilegiada, hace alianza con la de los guerreros, y fortifica, sancionándola en nombre de Dios, la desigualdad más injusta entre los hombres. Parece que el panteísmo de la mayor parte de las religiones del mundo antiguo debía contribuir á la igualdad; pero el dogma, que abruma al hombre, que le anonada, que le quita fuerza y dignidad, que enerva todos los resortes de la persona hasta aniquilarla moralmente, es no un enemigo, sino un aliado de las profundas distinciones entre las clases: dada una masa que se predispone á la humillación, á quien se priva de energía para la resistencia, y que consiente en rebajarse, habrá siempre alguno, varios ó muchos que se eleven para oprimirla y explotarla.

Aun en los pueblos donde no hay casta sacerdotal, ni teocracia, forman los sacerdotes un cuerpo privilegiado, que, depositario de la verdad, no la comunican á todos igualmente. Los iniciados en los grandes misterios son pocos, y el Verbo divino no mora entre la muchedumbre, condenada á vivir en la miseria, en el envilecimiento y en el error. La desigualdad decretada en el campo de batalla se bendice y se consolida en el templo.

Así, pues, los progresos de la civilización son los de la desigualdad:

Porque dan lugar á que se cultiven facultades diferentes, se desplieguen actividades más ó menos enérgicas, y se manifiesten voluntades débiles ó fuertes, rectas ó torcidas;

Porque la guerra pierde el carácter de defensiva; no tiene ya por objeto vivir, sino engrandecerse, la conquista; sustituye al exterminio la esclavitud, y cuando los vencidos son esclavos, los vencedores dejan de ser compañeros;

Porque la religión hace del sacerdocio casta, ó al menos cuerpo privilegiado que da sus oráculos al pueblo supersticioso y grosero, arrojándole el error como se arroja á los perros la carne emponzoñada.

¿Y los progresos de la civilización llevarán consigo indefectible y eternamente los de la desigualdad? Lo primero es inevitable dada la naturaleza humana: la desigualdad crece en las primeras sociedades, que viven de guerra, de ignorancia y de superstición; pero tiene un límite, puede tenerle al menos, pasado el cual decrecerá é irá acercándose al mínimum posible. ¿Cómo se perpetúa? ¿Cómo disminuye? Procuremos investigarlo.

CAPÍTULO IV.

CÓMO SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD INJUSTA.

La desigualdad en las masas, clases ó castas tiene los mismos elementos que en los individuos: el físico, el intelectual, el moral, y las diferencias que en un principio tal vez no existían, y las superioridades que eran acaso imaginarias, pueden llegar con el tiempo á ser reales y positivas. La violencia ó la astucia hizo la clase ó la casta, que el tiempo puede convertir en raza; es decir, en un modo de ser físico, intelectual y moral diferente y superior en los privilegiados.

En lo físico, cuando por espacio de muchas generaciones unos se alimentan bien y trabajan poco, y otros viven en la miseria y abrumados de trabajo, si se mantienen perfectamente separados, al cabo de siglos, los descendientes de los primeros tendrán una superioridad física natural.

Además de lo que influye en el desarrollo de la inteligencia un físico endeble y enfermizo, ¿qué medios tiene de cultivarla el que no dispone de otro patrimonio que un trabajo material abrumador, ni puede ver en ella un medio de romper el círculo de hierro que le encadena en su clase? ¿Cómo y para qué ha de instruirse? No lo intenta. Embrutecido ha visto á su padre como le verán sus hijos; y cuando pasan una y otra y muchas generaciones de hombres que no han pensado, sus descendientes tienen menos actividad intelectual, menos inclinación y disposición para pensar. No se hereda el genio ni el talento, ni aun siquiera una regular inteligencia; porque todo esto, para que se haga perceptible por sus frutos, necesita el concurso de la voluntad: no se heredan individualmente aptitudes intelectuales; cualquiera sabe que hay tontos, hijos de personas de talento, y viceversa; pero numerosas colectividades, que desde largo tiempo cultivan ó no su inteligencia, y permanecen separadas, se irán diferenciando; la educación, de individual pasará á ser colectiva, producirá diferencias positivas y permanentes según las cuales la clase que se instruye, no sólo tiene la ventaja de instruirse, sino la de tener mayor aptitud natural para aprender.

En lo moral, la voluntad del hombre, su conciencia, su libre albedrío, limitan mucho la influencia de su posición social; en todas puede ser bueno, justo, santo, y lo es. Pero si su virtud no depende de su estado, y antes puede acrisolarse en el más humilde, es difícil que cuando nace muy abajo tenga condiciones de carácter que no favorezcan las desigualdades establecidas, y que sea digno, firme sin violencia, perseverante sin terquedad, contra los que intentan rebajarle, cuando ve que todos los suyos se humillan, se cansan, ceden.

Así, pues, establecida la desigualdad de las clases, y más aún de las castas, tiende á modificar á los hombres física, moral é intelectualmente, á convertir con el transcurso del tiempo en positivas, diferencias que eran imaginarias, y á perpetuarse dando ventajas naturales y permanentes que apoyan, fortifican, y en cierta medida legitiman las sociales. Y todo esto, no de individuo á individuo, sino de unas á otras colectividades.

Semejantes desigualdades, que de imaginarias llegan á ser positivas, parecen naturales, necesarias, justas, no sólo al vulgo, no sólo á la soberbia de los opresores y á la degradación de los oprimidos, sino á los que viven en la esfera elevada de las ideas y que no debían contaminarse con la injusticia del hecho, al establecer el derecho. Los grandes filósofos declaran conforme á él, la más inicua de las desigualdades, y proclaman la esclavitud como base indispensable del orden social. La ciencia, la religión, la fuerza proclaman la desigualdad como un axioma, como un dogma, como una institución veneranda, y la institución se venera y se consolida. La desigualdad extrema que priva á una clase de derechos, y casi no impone á otra deberes, las deprava á entrambas; y si alguna idea, si alguna creencia, si algún sentimiento no produce reacción moral fuerte en favor de una razonable igualdad, los pueblos decaen, viven en el marasmo de la degradación y de la desdicha, ó son oprimidos y aun aniquilados fácilmente por otros, inferiores tal vez, bajo el punto de vista intelectual, pero superiores moralmente y donde no se han establecido esas diferencias extremas que convierten á unos hombres en semi-dioses y á otros en animales de carga.

CAPÍTULO V.

¿CUÁNDO, CÓMO Y CON QUÉ CONSECUENCIAS SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD Ó SE RESTABLECE LA IGUALDAD?

Hemos visto que el resultado inevitable de la civilización, dada la naturaleza del hombre, es el progreso de la desigualdad, que se gradúa más y más á medida que aumentan los medios de diferenciarse. Valerosos heroicos y rebaños cobardes; ricos y pobres; ignorantes y sabios; todos los esplendores de la gloria, del genio, del lujo; todas las vilezas de la abyección, del embrutecimiento y de la miseria, crecen paralelas y separan cada vez más á los que elevan y á los que rebajan. Entonces llega una hora suprema en la vida de los pueblos, hora que decide de su prosperidad y á veces de su existencia, hora en que aceptan las divisiones de clases y de castas ó se rebelan contra el privilegio y piden derechos para todos, igualdad. Se comprende que ha de ser larga y terrible la lucha de los esclavos contra los señores, de los pobres contra los ricos, de los ignorantes contra los sabios; y se comprende también que si la igualdad es cosa fácil en una horda inculta, es muy difícil en un pueblo civilizado. Por más dificultosa que sea, es necesaria, en cierta medida, como la justicia, y se va reclamando y obteniendo en medio de combates, de exageraciones, de injusticias. Los que la piden y los que la niegan suelen desconocer sus condiciones, hasta dónde es preciso que llegue, de dónde no puede pasar, cómo es relativa al estado social del pueblo que la exige, y con frecuencia se ve en los privilegiados procedimientos para sostener la desigualdad que conduce al aniquilamiento y en los niveladores actos para establecer la igualdad salvaje.

En medio de esta lucha que inmola tantas víctimas y en que perecen tantos mártires, el trabajo se va lavando de la nota de infamia que le manchaba; la guerra se humaniza, no sólo en el sentido de no exterminar á los vencidos, sino en el de no oprimirlos, y tiende á igualarlos con los vencedores, ó los iguala absolutamente; el privilegio de las armas se convierte en una carga, en una profesión ó en un oficio; la religión llama á los hombres hermanos; la ciencia se difunde y se hace casi siempre aliada de los pequeños: es niveladora, no en el sentido de aplastar lo que sobresale, sino en el de elevar lo que está debajo; la miseria y la riqueza no se aproximan, pero se condicionan de diferente modo; no tienen el fatalismo inmóvil que las caracterizaba; puede ser rico y lo es muchas veces el hijo del pobre, y el del millonario muere en la miseria; ésta hará por mucho tiempo terribles estragos; pero nunca tantos como en los países en que hay la desigualdad de clases que no pueden confundirse, de castas eternamente separadas.

Las naciones, bajo el punto de vista que nos ocupa, forman dos grandes grupos: uno, de las que no reaccionan contra la desigualdad cuando ha llegado el caso en que es un elemento verdaderamente deletéreo, y se inmovilizan, decaen ó perecen; otro, de las que protestan, se rebelan, luchan contra los privilegios y los suprimen. Dependiendo la igualdad de causas tan varias, siendo tan influyente en todos los elementos sociales y tan influída por ellos, según circunstancias que varían al infinito, hallará mayores dificultades para establecerse, tendrá más combates, más vicisitudes, más derrotas, y avanzará rápida ó paulatinamente. Pero en todo caso, para el pueblo que llega á una civilización adelantada, el progreso, el verdadero progreso, que es á la vez material, intelectual y moral, no puede continuar sin el de la igualdad. Así la vemos crecer más despacio ó más de prisa, pero crecer siempre, en todos los pueblos verdaderamente prósperos y grandes.

¿Pero basta igualar á los hombres que forman una nación para que ésta sea digna y feliz? Seguramente que no. La igualdad forma parte de la justicia, no la constituye; y cuando el nivel está muy bajo, cuando significa la abyección de todos, menor será el daño si sobresalen algunos, y menos malas serán las aristocracias que el despotismo de uno solo sobre muchedumbres que, como rebaños, se esquilan y degüellan. Los defensores del privilegio presentan en su apoyo, no sólo aristocracias florecientes y democracias en decadencia, sino pueblos que fueron grandes mientras tuvieron profundas diferencias de castas ó clases, y para los cuales la igualdad fué la ruina.

Hay que distinguir, como hemos indicado, el nivel de la instrucción, del honor y de la virtud, del que establece el vicio, la ignominia y la ignorancia; hay que tomar la historia en largos períodos, sin lo cual no puede darnos lecciones. Llegados los pueblos á aquel grado de civilización en que la desigualdad inevitable subía al máximum, que degrada y arruina si no se reacciona contra ella, ¿quiénes son los que tienen interés y deseo de ponerle coto? Los que ha oprimido física, intelectual y moralmente: los pobres, los ignorantes, los viles; y como no es posible el instantáneo cambio que los iguale á los superiores, la transformación es lenta, y en algunos casos imposible. La desigualdad llega á ser como un miembro que es necesario cortar, pero al amputarle se ve que ha sido inútil; el organismo todo estaba inficionado, la fiebre purulenta sobreviene, y la muerte es inevitable. De la misma manera decaen ó perecen los pueblos de los cuales desaparece una institución que los ha corrompido sin remedio. Lejos de abonarse una aristocracia por los extravíos de la democracia que la sigue, se condena, y la igualdad no hace más que reflejar y revelar los vicios del privilegio; sólo se puede defender éste cuando puede transformarse, cuando tiene en sí bastantes elementos morales é intelectuales para ser humano y expansivo, de manera que su sombra no mate, sino que, por el contrario, pueda crecer en ella la práctica del deber y la idea del derecho. La desigualdad exagerada, la casta, la clase inmóvil, paraliza y arruina al pueblo que en el momento necesario no reacciona, y será arrastrado á su ruina por una minoría privilegiada, ó por la mayoría niveladora que proclame el derecho cuando ya no es capaz de practicar el deber. La plebe envilecida y poderosa que sucede á una aristocracia, lejos de abonarla es su condenación, porque es su obra.

El privilegio en el mundo civilizado y cristiano no desaparece entre las ruinas del pueblo que dominó; antes, por el contrario, va transformándose en derecho y dando lugar, no á la igualdad que rebaja, sino á la que eleva. Los patricios no son arrastrados por el oleaje pestilente de un populacho vil, sino convertidos en ciudadanos é igualados á los que intelectual y moralmente no son inferiores á ellos ó los aventajan. Sin duda pasiones y errores producen tempestades; pero después que pasan, y aun en medio de ellas, el nivel moral é intelectual se eleva más cada día, y las diferencias disminuyen, no porque los de arriba descienden, sino porque los de abajo suben. En todas las naciones que progresan, progresa la igualdad, y puede afirmarse que, en la medida justa, es un elemento indispensable de bienestar y grandeza.

Y ¿cómo sabremos cuándo la supresión del privilegio precede á la ruina de un pueblo, y cuándo á su engrandecimiento? Fácil es investigarlo. Basta saber si se nivela rebajando á los de arriba, ó elevando á los de abajo: si lo primero, la igualdad es la muerte; si lo segundo, la vida.

Todos los pueblos han pasado, pasan ó pasarán por esa crisis de su civilización en que la desigualdad inevitable llega á un máximum incompatible con el progreso si no se reacciona contra ella. Y ¿por qué esta reacción se verifica en unos países y en otros no, es á veces saludable, á veces dañosa, y caminando todos al privilegio por vías muy parecidas, unos le conservan, otros le suprimen con buen éxito, y algunos se arruinan al arruinarle? No sabemos si habrá quien pueda dar respuesta satisfactoria á la pregunta: por nuestra parte, estamos muy lejos de tener ciencia bastante para conocer las causas de tan varios efectos, y nos limitaremos á señalar una que nos parece de suma importancia.

Comparando los pueblos que reaccionan á tiempo, y para bien suyo, contra la desigualdad, y los que para su mal la perpetúan ó la destruyen, se ve que los primeros no son siempre ni más ricos ni más inteligentes que los segundos, y que en muchos casos son más pobres y menos ilustrados, de modo que el elemento material é intelectual es inferior en ellos. Y siendo esto así, teniendo la desventaja de la mayor pobreza é ignorancia, ¿cómo realizan el progreso de suprimir á tiempo la desigualdad excesiva que corroe á otros? ¿Cuál fuerza los impulsa y los sostiene? La fuerza moral. Los pueblos en que el hombre es más digno, más justo, más humano, menos egoísta, menos débil para dejarse arrastrar por los vicios que degradan, mejor dispuesto para sentir los nobles y piadosos sentimientos que impulsan á la abnegación y al sacrificio; los pueblos más morales, en fin, son los que tienen pecheros que pueden transformarse en ciudadanos, aristocracias en que los señores son hombres con virtud y conciencia bastante para comprender los deberes de humanidad y practicarlos hasta dejar en ocasiones á sus pares, y formar en las filas de los plebeyos, y pelear á su lado y morir por ellos. En estos pueblos, los de abajo tienen corazón, la dignidad, aunque no sea más que latente, del hombre honrado; los de arriba tienen entrañas, y todos algo que repugna aceptar é imponer perpetuamente la servidumbre y la tiranía sin límites. Podrán ser más pobres y más ignorantes; pero son más dignos que los que oprimen sin misericordia y se dejan oprimir sin protesta, y la reacción contra desigualdades irritantes se verifica en virtud principalmente del elemento moral.

Esta verdad merece ser consignada, porque encierra, á nuestro parecer, una lección importante. Si pueblos ricos y cultos se han inmovilizado ó sucumbido en desigualdades incompatibles con el progreso, por falta de resorte moral; si por tenerle, otros inferiores en cultura, han suprimido privilegios que eran obstáculo insuperable á su bienestar, ¿no se pone en evidencia la gran parte que el elemento moral tiene para realizar la igualdad? De pueblo á pueblo el hecho es de más bulto, no más positivo que de clase á clase ó de individuo á individuo. En vano se mejorará la situación económica de las masas, y aun se les dará alguna instrucción; si están desmoralizadas no subirá su nivel, y antes es posible que descienda, y que á medida que se enriquecen (con riqueza relativa) se rebajen, porque usando en perjuicio de sus deberes los mayores recursos de que disponen, se alejan más cada vez de la igualdad en el derecho, y sólo para la común abyección quedan aptos.

No llevamos, procuramos, al menos, no llevar á ningún asunto espíritu de sistema ni exclusivismos, muy perjudiciales al descubrimiento de la verdad. No negamos, cuando se trata de las instituciones y modo de ser de un pueblo, la importancia que tiene el elemento intelectual y físico ó económico; pero no suele darse la que tiene al moral; se conviene en que cierto grado de miseria y de ignorancia hace imposible la igualdad en el derecho; pero no se recuerda bastante que es también incompatible con la depravación y que exige un mínimum de virtud como de bienestar y de cultura. Por eso conviene recordar el testimonio de la historia; ver pueblos de una civilización adelantada abrumados por privilegios odiosos ó envilecidos bajo el nivel de la servidumbre por falta de resorte moral; y observando este hecho en el presente y en el pasado, en derredor nuestro y en remotos países, nos convenceremos de que no es fortuito, sino necesario, y que luchan contra las leyes de la naturaleza humana los que pretenden elevar socialmente al hombre que moralmente está rebajado.

No se puede hacer un ciudadano de un mendigo, de un loco, ni de un malvado; y en la casa de beneficencia, en el manicomio ó en el presidio pueden estudiarse bien, porque están en relieve los insuperables obstáculos que para igualar á los hombres sin rebajarlos opone la falta de lo necesario físico, intelectual y moral.

Sin este necesario no hay salud del cuerpo ni tampoco del alma, y los hombres que no están sanos de espíritu son tan inhábiles para la igualdad en el derecho como para el servicio militar cuando tienen defectos físicos.

Así, pues, al que olvida la importancia del elemento moral recordémosela, y la del físico é intelectual á los que hablan de igualdad en el derecho al que no la comprende, al que tiene hambre y á satisfacerla se limitan todas sus aspiraciones. Nunca se ha visto, y puede asegurarse que jamás se verá, que los hombres se igualen elevándose si su pobreza en todos conceptos llega á ser miseria. A veces, una idea, un sentimiento, suplen inferioridades y nivelan: la fe, el amor, la ciencia, la patria hallan mártires sublimes entre los hombres más obscuros, que la abnegación y el heroísmo sacan de su humilde esfera para elevarlos á la gloria y á la inmortalidad. Y no sólo individuos, sino que hay en la vida de los pueblos horas en que las muchedumbres, impulsadas por una idea ó un sentimiento, se igualan á los más altos; pero ya se prevee, y además puede observarse, que estas explosiones de entusiasmo no sirven para marcar la cultura permanente á que llegan las colectividades, ni establecen la regla de su marcha normal y progresiva: ayer dieron mártires y héroes, hoy ó mañana darán tiranos y esclavos; el nivel era como el de las aguas de una inundación, que desaparece con ellas y deja al descubierto todas las desigualdades del terreno. No hay igualdad permanente sino la que es armónica, ni armónica sino aquella que contiene, en grado mayor ó menor, pero siempre suficiente, los tres elementos esenciales del hombre, físico, intelectual y moral. Si no se estableciera esto por el raciocinio, lo pondría de manifiesto la historia de los progresos de la igualdad y de las inútiles tentativas para realizarla en el derecho.

Una vez iniciada con buen éxito la reacción contra desigualdades injustas, van disminuyendo ó desaparecen muchas que, en fuerza de ser antiguas y positivas, parecían naturales y necesarias. Derribado el obstáculo que se opone á que los hombres cultiven sus aptitudes varias, y se multipliquen, no dentro de una clase ó casta, sino según sus condiciones económicas, afectivas é intelectuales, sucederán dos cosas de capital importancia.

Las ventajas físicas é intelectuales, la superioridad moral, no serán dones de la naturaleza ó merecimientos de la virtud, que esteriliza constante y fatalmente la organización social, sino que podrán, con mayor ó menor esfuerzo, pero podrán al fin elevar á los humildes y rebajar á los soberbios que no tienen aptitud adecuada ni voluntad recta para sostenerse á la altura en que los colocó la suerte. La ciencia, el poder y la riqueza no estarán vedados á nadie ni serán patrimonio de ninguno, y lejos de abrumar sin remedio á los de abajo, podrán servir de estímulo á sus aspiraciones levantadas. Las dotes naturales y la voluntad recta y firme, la voluntad débil y torcida ó la escasa inteligencia, cuando no hay una institución que tuerza ó paralice sus determinaciones libres, producen continuos cambios de posición, en que los pobres de ayer son los ricos de hoy, y en que el que nació en la clase más humilde muere potentado. Las armas y las letras, la ciencia y el poder, la religión y el arte, el comercio y la industria, tendrán eminencias que han venido de muy abajo, y se establecerá un movimiento de ascenso y descenso que tiende á confundir lo que antes parecía irremisiblemente separado.

Cuando las clases pueden confundirse y más ó menos se confunden, no tienden á formar razas, es decir, á acumular por espacio de muchas generaciones ventajas é inconvenientes, disposiciones que se trasmiten, diferencias que de sociales han pasado á ser fisiológicas, ventajas é inferioridades que explican en los unos la humillación y en los otros la soberbia. No se inmovilizan las masas en el aislamiento de las clases, y las inferiores progresarán de dos modos: ilustrándose y participando de la herencia de otras más ilustradas.

Así, pues, como las desigualdades injustas producen efectos que tienden á perpetuarlas cuando se reacciona contra ellas, la igualdad en el derecho, una vez iniciada, prepara sus propios progresos, lleva en sí las condiciones de su incremento y, como la fama, adquiere fuerza marchando.

CAPÍTULO VI.

¿EN QUÉ ESFERA SE ESTABLECE PRIMERAMENTE LA IGUALDAD?

En cualquier pueblo que nos propongamos estudiar podremos ver:

Palacios monumentales, casas lujosas, habitaciones cómodas, albergues en que no hay comodidad, tugurios, chozas, cuevas que parecen inhabitables y que lo son bajo el punto de vista higiénico;

Costosos trajes de ricas telas, encajes primorosos, piedras preciosas, oro y perlas, vestidos modestos, ropas ordinarias ó burdas, harapos y desnudez;

Refinamientos en el atavío y cuidado de la persona, pomadas, jabones, aguas olorosas, cosméticos, tintes, pinturas, todo género de afeite cuyo objeto es hermosearla, esmero razonable, limpieza higiénica, descuido perjudicial, abandono completo y suciedad repugnante;

Mesa opípara artísticamente preparada, manjares variados y exquisitos que en costosa profusión ofrecen servidores de frac, alimentos sustanciosos y abundantes, comida necesaria, escasa, insuficiente, hambre;

Paredes cubiertas de seda, suelos de alfombra, techos artesonados, cortinajes, adornos, raso, terciopelo, oro, maderas primorosamente esculpidas, ajuar elegante, cómodo, decente, pobre, miserable, en que no hay silla donde sentarse ni cama en que dormir;

Variedad de carruajes y de soberbios caballos, coche modesto y propio, vehículo alquilado, botas impermeables, zapatos que dejan pasar la humedad, pies descalzos;

Torrentes de luz que reflejan espejos venecianos y jarrones de Sèvres, alumbrado suficiente, escaso, obscuridad completa por falta de medios de alumbrarse;

Fuego sostenido por el combustible más caro que se ve á través de la tallada pantalla de cristal, atmósfera tibia en Diciembre y perfumada por plantas olorosas, temperatura conveniente, muy baja, insoportable, en que el frío duele y mata;

Costosas diversiones que se suceden, recreo razonable, trabajo abrumador, ocio aburrido;

Multitud de impresiones recibidas en ciudades y países diversos, variedad de objetos que se ven ó se conocen, monotonía de una existencia en cuyo limitado horizonte se descubren pocas cosas y siempre las mismas;

Prestigio, gloria, aplauso, buen nombre, obscuridad, desprecio, humillación, ignominia;

Poder, mando, subordinación, obediencia incondicional;

Ciencia profunda, extenso saber, instrucción, ignorancia.

Todos estos contrastes, que parecen rebuscados con empeño, se ofrecen como espontáneamente á la observación, y aun diríamos á la simple vista de cualquiera que la fije en los fenómenos sociales. En todos los países, más ó menos, siempre comprendiendo numerosas colectividades, existen estas profundas diferencias. Y á pesar de ellas, y aunque se acumulen, lo cual es muy frecuente, ¿puede establecerse igualdad? ¿Cómo, en qué, para qué se establecerá entre personas tan distintas? ¿Puede ser para ellos más que una palabra con que se disfraza una ilusión ó un engaño? ¿En qué pueden ser iguales aquel pobre y aquel rico, aquel poderoso y aquel débil, aquel sabio y aquel ignorante? ¿Qué poder nivelador rebajará á los unos ó elevará á los otros? ¿Existe, puede existir ese poder? Sí, ese poder existe; es la voluntad del hombre, su libre albedrío, su fuerza moral.

Por ella es bueno ó malo, digno ó infame, santo ó malhechor; se iguala á los primeros ó desciende hasta los últimos, y en medio de tantas diferencias hace posible y cierta la igualdad ante la ley.

¿Ante qué ley? puede preguntarse, porque hay muchas leyes. Cierto; la ley política puede negarle ó concederle voto, según sea pobre ó rico, instruído ó ignorante; la ley de Beneficencia puede darle ó negarle permiso para pedir limosna, según sea un individuo aislado, ó pertenezca á una colectividad legalmente constituída; la ley de instrucción pública puede prohibirle que enseñe, ó autorizarle para enseñar, según que tenga ó no las circunstancias requeridas; pero en medio de estas y otras desigualdades, en todo pueblo que pretende llamarse culto existe la igualdad ante la ley civil y ante la ley penal. Las mismas condiciones se exigen para los contratos de los pobres y de los ricos, y es igualmente justiciable un delincuente, cualquiera que sea su posición social, su ignorancia ó su ciencia. No siempre sucedió así, ni hace mucho tiempo que sucede; pero hoy nos causaría tanta indignación como asombro que la tramitación legal difiriese según la importancia de los procesados ó contratantes; que las penas se aplicasen, no según los delitos, sino según las personas que los cometían, y que dependiese de la calidad del muerto que el matador pagase con la vida ó con algunas monedas. Nada de esto puede suceder ya, y parece tan natural que no suceda, que las personas que lo ignoran no suponen que nunca haya sucedido. En la historia se encuentran estas distinciones; en el recto juicio y en la conciencia, no.

Como la igualdad ante la ley penal ni es una imposición pasajera de un déspota omnipotente ni de la plebe amotinada; como se la ve razonada, crecer, afirmarse á medida que las naciones se ilustran y se constituyen conforme á derecho, puede considerarse como un hecho que permanecerá. Pero todo hecho permanente tiene una causa que lo es también. ¿Y cuál puede ser esta causa en el asunto que nos ocupa? Esta causa no puede ser más que un elemento común, alguna gran semejanza entre esos mismos hombres en que se perciben diferencias tan notables bajo otros respectos, pero que en alguno pueden ser y se consideran como iguales. Esa causa, ese elemento común es el moral; y como todos (los sanos de espíritu) distinguen el mal del bien, pueden realizar el uno ó el otro y son responsables ó beneméritos igualmente con diferencias personales, pero no de clase, se prescinde de ésta para juzgarlos moralmente y se los iguala.

Por más que digan los que pretenden separar la moral del derecho como cosas independientes, no sólo el derecho no puede separarse de la moral, sino que el progreso consiste en que se unan cada vez más íntimamente, y el ideal en que no hubiese ninguna inmoralidad que no pudiera ser y no fuese penada por la ley. No podemos extendernos sobre este asunto sin pasar los límites del que nos ocupa; pero hemos debido hacer esta indicación para salir al encuentro á una réplica posible contra lo dicho, de que la igualdad moral es el origen, base y afianzamiento de la igualdad ante la ley penal.

El pobre y el ignorante, como el millonario y el docto, ama á sus hijos y es amado de sus padres; es buen amigo, fiel confidente; tiene sentimientos y afectos y determinaciones dignas; respeta la propiedad ajena, la vida de los otros hombres, por cuyo bien inmola á veces la suya. El filósofo moralista encuentra allí una moralidad responsable, tan responsable como la de un gran señor ó un sabio, y una personalidad respetable en la misma medida; y el legislador, partiendo de este hecho, declara á los hombres iguales ante la ley penal. Pueden no ser todos electores, ni elegibles, ni catedráticos, ni ingenieros; pero todos pueden ser honrados, deben serlo y faltan cuando no lo son: según los grados de la falta, no según el que ocupa el que la comete, se impone la pena, que es, que debe ser al menos, consecuencia de una inmoralidad que la ley ha calificado justiciable.

¿Es idéntico el conocimiento que tiene del mal que hace un hombre rudo y un hombre ilustrado? Puede que lo sea y puede que no. Puede que lo sea, porque el que sabe sumar, por ejemplo, aunque no sepa álgebra, ni cálculo diferencial, suma tan bien como el más consumado matemático, y el mal hecho podrá ser tan claro y sencillo para la conciencia, como para el entendimiento el que dos y dos son cuatro. El pensador sabrá la filosofía de las matemáticas y la del derecho que el letrado ignora; mas para sumar y conducirse bien basta la razón práctica, y no son menester especulaciones metafísicas ni conceptos trascendentales.

Como la identidad no existe entre las personas, ni aun en las cosas que podemos observar, la igualdad hemos dicho que es aquel grado de semejanza necesario al objeto que nos proponemos al hacer la comparación. Al comparar moralmente á un rico y á un pobre, á un sabio y á un ignorante, á través de sus muchas diferencias encontramos entre ellos la semejanza necesaria y suficiente para declararlos iguales ante la ley civil y ante la ley penal, é iguales los declaramos; y esta declaración no es ilusoria como otras que carecen de fundamento, sino que es real, positiva, practicable y practicada, como que tiene por base un hecho cierto universalmente reconocido.

Así, la moral, que hemos visto tan poderosa para establecer igualdad entre las personas que en virtud de su voluntad recta ó torcida se rebajan ó se elevan, utilizando ó haciendo inútiles ó perjudiciales los altos dones que han recibido; la moral, que en los pueblos influye poderosamente para que reaccionen contra la desigualdad injusta, cuando es ya incompatible con el progreso y produce la decadencia; la moral, que para el bien de las naciones como de los individuos puede suplir tantas cosas y no puede ser suplida por ninguna; la moral conserva siempre su carácter nivelador, en el buen sentido de la palabra, el carácter de igualar elevando y en su esfera más propia, en aquella en que su influencia es mayor, es donde primero se establece la igualdad, porque es donde realmente existe primero.

El que los derechos civiles preceden á los políticos y la igualdad ante la ley penal se establece en medio de las mayores desigualdades, es un hecho de todos conocido; pero conviene recordarle y tener en cuenta las causas que le producen, á saber:

Que en la esfera moral es donde primero se establece la igualdad;

Que para establecer la igualdad basta la semejanza necesaria.

Las diferencias se perciben á primera vista; pero reflexionando se ve que el orden moral, religioso y jurídico tiene por condición la semejanza. Los preceptos, las reglas, las leyes, no pueden obligar á todos por igual, sino porque en todos hallan igualmente aptitudes bastantes para comprenderlas y cumplimentarlas.

CAPÍTULO VII.

LÍMITES DE LA IGUALDAD.

Los límites de la igualdad pueden variar mucho de hecho y de derecho, según los establezca la fuerza y el error, ó la razón y la justicia; pero aunque varíen han de existir, porque en lo humano todo los tiene, y porque un elemento de la organización social, sea el que fuere, no puede prescindir de los otros, no siendo único, ni dejar de ser condicional si ha de ser armónico. Las condiciones variarán con los tiempos y lugares; à priori no pueden señalarse detalladamente; pero sí afirmar que existirán, y que, no habiendo derecho contra el derecho, los de la igualdad no pueden destruir ni invalidar otros.

Pocos hay que no sepan esto; pero muchos son los que lo olvidan y quieren llevar la igualdad donde no puede ir y darle una extensión que no está en la naturaleza de las cosas.

La igualdad estará limitada más ó menos; pero estará siempre limitada:

Por las diferencias naturales;

Por las que produce la voluntad del hombre;

Por lo que se llama la fortuna;

Por la ley, que tiende á aumentar la desigualdad cuando existe;

Por las necesidades sociales;

Por el Derecho.

Las diferencias naturales pueden ser tan grandes que produzcan desigualdad inevitable; hay dotes de alto precio que ninguna voluntad iguala, y desventajas que el más firme propósito no compensa. El gran talento para la guerra, las ciencias, las artes, la política, el comercio, la industria, descollará dadas ciertas circunstancias, sin que sea posible que la medianía se ponga á su nivel por más que emplee un trabajo intenso y perseverante; por el contrario, hay ineptitudes que se esforzarían en vano para subir ni aun adonde están los medianos. Tales casos, por ser raros, no dejan de existir y de ejercer una influencia mayor ó menor, según muchas circunstancias, pero siempre positiva é inevitable. Esto se entiende en la esfera física é intelectual, que en la moral ya sabemos que la altura depende de la voluntad de elevarse. Los hombres, á medida que vivan en condiciones más parecidas, creemos que se parecerán más y que habrá menos desigualdades naturales; pero, más ó menos, existirán siempre, y en cierta medida son necesarias para que los hombres vivan en una sociedad culta y progresiva.

Las diferencias que produce la voluntad del hombre son causa más poderosa de desigualdad que las naturales. Las grandes ventajas ó desventajas congénitas son raras, y muy común suplir éstas con una resolución firme y perseverante ó esterilizar aquéllas con la flojedad ó perversión del ánimo. Ya hemos recordado más arriba el hecho bien conocido y muy general de los que la determinación firme, débil ó torcida, ó eleva, ó rebaja, y si aquí lo repetimos es para hacer notar que, en mayor ó menor grado, tiene que ser inevitable y permanente, porque depende de la voluntad libre del hombre, á quien no se puede trazar una órbita para que sin salir de ella gire como los astros. El nivel moral podrá elevarse y se elevará; habrá más voluntades firmes y rectas, pero no se concibe que deje de haber desviaciones, y quien esté por encima y por debajo del nivel común, y grados en la virtud y en el vicio, en la santidad y en el crimen. El poder del libre albedrío del hombre, sobre permanente, como que forma parte de su naturaleza, se extiende á lo físico, á lo intelectual, á lo moral, á todo su sér. Las ventajas de la belleza, de la robustez, del talento, ó los inconvenientes contrarios, no ejercen una influencia decisiva fuera de su círculo de acción propia: por más capacidad que tenga un hombre no logrará convertirse de feo en hermoso, ni viceversa, y por más robusto que sea, no trocará en facultades intelectuales su fuerza muscular, ni con ella las destruirá tampoco. El poder de suplir en gran parte muchas ventajas ó hacerlas completamente inútiles, y aun perjudiciales, no existe más que en la voluntad del hombre: ella es, puede ser, un elemento nivelador; pero en cierta medida será siempre una causa de desigualdad, porque no se concibe que los hombres no usen desigualmente de medios de que disponen, aunque éstos fuesen iguales.

Lo que se llama fortuna influye en la posición de los hombres, en su bienestar ó su desdicha. La fortuna, en el sentido de acaso, no existe; hay Providencia, ó, para los que no creen en ella, encadenamiento de causas y efectos, causalidad, no casualidad; pero, de todos modos, hay efectos de cuyas causas no dispone el hombre, y que influyen para que se eleve ó quede muy abajo. Sin duda que se atribuyen á la suerte muchos bienes, obra del mérito; muchos males, consecuencia de faltas; pero también es cierto que hay prosperidades y desdichas por razones que no se alcanzan, por justicia que no se comprende. Lejos, muy lejos de nosotros negar esa justicia y esa razón porque está por encima de la nuestra: la acatamos profunda y sinceramente; pero no por eso hemos de dejar de ver en lo que se llama fortuna un elemento de desigualdad, tal vez justa, pero indudablemente positiva.

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