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La gloria de don Ramiro

DON RAMIRO (continued 5)

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Sentose ante la mesa.

El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.

—Las tres—se dijo,—y el paje no llega con la merienda.

Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de diamantes para Beatriz.

¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento cincuenta ducados?

La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las berzas que trajo Casilda!

¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El hambre era santa.

La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.

—¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?—preguntole Ramiro con sequedad, sospechando alguna trapacería.

—Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son: ingenio, audacia y presteza—respondió el pícaro, remedando la gravedad de los doctores.

En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los ecos del caserón.

—Son los genoveses—exclamó Ramiro.—Corre a abrilles, Pablillos. No puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.

—Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos dones de nuestra redonda madre—replicó Pablillos; y se retiró por la galería columpiando la canasta encima de su cabeza.

Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano; Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de un pájaro, el milagroso mendrugo.

La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:

—Muchacho: ¿buscas amo?

Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso, con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.

Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos puntales de su decadencia.

Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los nudillos.

—Entrad—dijo Ramiro.

Y los genoveses se presentaron.

Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia los margaritaios.

El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:

—Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.

—No he menester—respondió Ramiro guardando el talego.

—Su señoría sabe—agregó el prestamista—que el último día de cueste año deberá dejar el palacio.

—Sí—respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como invitando a los genoveses a que se retirasen.

El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y exclamó:

—Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las ritornaremos por poco más.

Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio? ¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no! Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar, por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría, para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.

Dijo:

—Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de las Indias.

Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda. Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se alejasen.

Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.

Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla, relataba su reciente aventura:

A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto, diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que llevaba.

Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía que emprender al siguiente día.

La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que debía traerle Casilda.

Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía, ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos, armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.

Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda llamole:

—¡Mi señor! ¡mi señor!

La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no había querido recibirla.

—¿Pero supo—preguntó Ramiro—que yo te mandaba?

La muchacha respondió con una sonrisa.

—¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?

—Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.

—¿Eso dijo?

—Eso, señor.

—¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?

—¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?

Poniéndose en pie, el mancebo repuso:

—Enfádome agora de veros tan necia.

Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia, gritando:

—¡Fuera de aquí la bellaca!

Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se alejaba por la galería.

¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y endechas, como el más rendido de los amantes?

De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:

—Puedes irte a dormir.

—¿No ha oído vuesa merced—preguntó el muchacho—algo así como un rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de huesos?

—Estarase alguno robando la argamasa del muro.

—No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada! ¡Yo tiemblo!

Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas. Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.

El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los arcos temerosamente.

Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz, y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime, confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo, pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.

Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección, advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado, cual si estuvieran humedecidos.

Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.

Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más exclusivo que nunca, como el único amor concebible.

Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y mariposeaba desde entonces por delante de su alma.

VI

A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La ventana no se entreabrió siquiera.

A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba, sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni volvería a aparecer nunca más!

En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en nombre de una mujer.

Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla en el corazón!

Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible castigo.

Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre. Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:

—¡Qué es esto, Santísima Virgen!—se dijo el mancebo.

Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a don Alonso. ¡Pero no!...

Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado calculador y avariento.

Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él, donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en Italia, en las Indias.

A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste. Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.

El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo, con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa de juego.

La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja, Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en aquella escritura suntuosa y estremecida!

A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.

—¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al arrimarse a la mesa?—preguntole el paje, continuando la plática que traían desde el portal.

—Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o no hice.

—Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.

—¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?

—No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo, con la hembra menos guardosa del mundo.

Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la capa, exclamó como espantado:

—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!

—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.

—¿La jugó también vuesa merced?

—Juguela.

—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?

—Todo.

—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para mañana y los días venideros?

—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro muy cerca de la cólera.

—No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.

Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con cautelosa humildad:

—Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho, ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.

Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz para dormirse, repuso como entre dientes:

—Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...

El resto de la frase perdiose entre las mantas.

VII

Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:

—Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela, topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese, señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.

—¿Quién acoge razones de un ebrio?—repuso Ramiro, desdeñosamente.

Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta las plantas.

Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su paje.

El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:

—Amor de niña, agua en cestilla—luego alzando la frente:—¿No será alguna treta de Franco, el campanero?

Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja, oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada, envainolo otra vez en silencio.

Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta de San Vicente, y Pablillos haría de correo.

Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino; y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez, riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.

La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río, fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor, hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno. Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.

Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla del Norte.

Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche en el convento de Santo Tomás.

La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.

De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime violencia.

El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.

Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla. Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los paternoster del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de reliquias de santos y caballeros.

Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose, en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.

Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y apretado cordón de seda blanca.

«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho el franciscano al ofrecérselo.

La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.

Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos pasos de la casa de Beatriz.

Esperó mucho tiempo.

De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las espadas fuese alejando.

Escuchose luego una voz:

—¡Señor! ¡Mi señor!

Era Pablillos.

Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos, cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al mismo sitio.

Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.

La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a contornear por ese lado sus triangulares almenas.

Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz. Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin, chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo cerrose.

Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las ventanas.

Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán, reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también, noches pasadas, en la casa de juego.

Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos, Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego, estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba ya con el acero tendido.

Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:

—Pida perdón el alevoso.

—Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.

—¡Muera entonces el perro morisco!—volvió a gritar San Vicente.

—Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.

—No la he menester.

—Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de vuestra bolsa.

—Vamos donde gustéis.

Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros, que él había observado en uno de sus paseos.

Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de plata entre la incierta claridad de la noche.

Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, con su valiente cortesanía.

Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.

Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla del plenilunio.

Los aceros se cruzaron.

Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba rebrillar la dentadura.

San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin, temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces, iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.

Gonzalo exclamó:

—¡Esto es hecho!

Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.

Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.

Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz, hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.

Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil; pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las siguientes palabras:

«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré. Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora irá luego a hablar con vuesa merced.

»Vuestra fiel servidora, Alvarez.»

Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña? Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo. Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto, embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.

Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:

—Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que vuelva la ronda.

Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar, y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de Beatriz.

Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.

Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin, el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en voz baja:

—¡Albricias, señor don Gonzalo!

Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con impaciencia:

—Presto, presto—agregó;—cruce vuesa merced el patio y el huerto, y suba a la torre.

Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura de la noche hacíale sonreír.

Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero. El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo, dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora. Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.

De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.

Ramiro se irguió.

Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, vibrando en el aire cual doble serpiente.

Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.

Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora, divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha; olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura. Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una lucecilla azul, una gota de luna!

Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento, en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras; pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos, y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a otro hombre!

En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:

—¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!

Y tendió de nuevo su boca insaciada.

Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el exterminio, la muerte!

Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz, devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió dos veces:

—¡Ramera! ¡Ramera!—enseñándola el rostro.

La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta, negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.

Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.

Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.

VIII

Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del alba.

Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de supersticiosa inquietud.

Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer, hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.

Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la eternidad.

Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería, de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz. Un inocente sería condenado en su lugar.

Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió seguir el consejo del cielo. Rezó un paternoster y un avemaría, hizo girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino de Cebreros.

—¡Dios lo quiere!—pensó Ramiro.—¡Un ángel lo aguija!

No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.

Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y un labrador se hacían las primeras preguntas:

—¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?

—Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.

—¿Es de aquel lugar vuestra merced?

—Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo pariente mío, y quiero visitalle.

—Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre; pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...

El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por punto, el delito de ambas mujeres.

Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él descubierta.

—Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente—dijo el clérigo—me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.

—¡Válame Dios e la Virgen Santísima!—exclamó el labrador, santiguándose con espanto.

Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila, y viajaba ahora por ventas y caminos.

El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva arrogancia al pensar en los hombres.

Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.

Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de aquella cuchillada.

—Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.

Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.

—No—respondió Ramiro con frialdad;—más falta hacéis a vuestro padre que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para Toledo, adonde he de esperalle.

Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada, quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela a la muchacha, diciendo:

—Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.

Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.

Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle en su banda como segundo.

A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de Alcántara.

Estaba en Toledo.

TERCERA PARTE

I

Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el tumulto.

La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos, el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o Ajofrín, enfriadas por el rocío.

Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos, y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.

Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer, la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.

Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.

Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta alguna en su contra.—La esposa o la desposada que nos burla—habíase dicho a sí mismo—se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla, olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra. En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.

Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda, tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante todo el resto de su vida.

—¿Qué impulso incomprensible—preguntábase entonces—acababa de encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los peones del Santo Oficio?

Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de lujuria.

Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su capricho.

Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles, angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.

Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente; todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas. El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador, llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros, los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por los infieles.

El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo de su alma.

Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes, en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.

Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de penitencia.

El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba como un peñasco entre Dios y su alma.

Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes, pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.

Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte, prorrumpió:

—¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que lleva?

Ramiro se la ofreció buenamente.

El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó atentamente el recazo:

—No en vano—agregó—me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!

Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y, arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El metal vibró como una campana que sonara muy lejos.

—¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!—agregó Domingo de Aguirre.—El acero es cada día más sucio y el temple más ruin.

—Dícese, en verdad—contestó Ramiro,—que habéis perdido algunos secretos de antaño.

—En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida, como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!

Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y firmeza.

Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía, como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas. Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.

Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial. Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los concilios.

Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos en la suya y continuaba diciendo:

—¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando vemos que la nación entera va camino de su perdición?

Ramiro hizo un gesto de asombro.

—Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el que venga.

—¿Y piensa vuesa merced—replicó Ramiro—que por tributo más o menos debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de los siglos venideros?

Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le traía a la memoria las palabras de Bracamonte.

—Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos a punta de espada,—repuso el espadero;—pero no éstas en que todo se logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un entremés, que ha poco compuse...

Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el siguiente discurso:

—Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer cuartos de mis ochavos.

—Ingenioso lenguaje—exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó bruscamente:—¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde celebra sus autos el Santo Oficio?

—Aquí mesmo.

—¿Y son tan lucidos como se dice?

—Los de agora no son autos, sino autillos—contestó el espadero, agregando en seguida con melancólico semblante:—¡Ah cuán poco vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo. No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores? ¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo—exclamó esta vez, meneando el índice negativamente.—Con la corte se marcharon los más grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la mesma, no, esta cabeza de las Españas!

La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.

Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó diciendo:

—Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como decir el primer linaje de España.

II

En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.

Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de honra.

Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.

De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo, rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.

Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y fantástico.

Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título venía a escoger en persona una hoja para su espada.

Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza, un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le quedaban en blanco.

Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo, Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su amada.

—Bien hizo vuesa merced—respondió el espadero tranquilamente.—¡Ay del varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!

Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.

Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?

Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la vacilación era grande.

Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre que desdoro, y aceptó.

Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina, doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer, sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.

En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía; pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras historias.

En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la frente.

—¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?—preguntole.

—Meditaba, señor Velasco—repuso Ramiro,—en los graves desengaños de este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces de llorar!

—¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor—exclamó Velasco con las pupilas iluminadas por misterioso pensamiento.

—¿A mí?

—Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.

—¿Veisme acaso cara de moro?—respondió Ramiro con enfado.

—Pues bajemos a la plaza e os lo diré.

Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano de raciones tomó primero la palabra y preguntó:

—¿Habéis oído hablar de la arte notoria?

—Sí; pero ignoro lo que sea.

—¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más ley que el antojo?

—Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco—contestó Ramiro con sorna,—cualquier hombre se hiciera rey del mundo.

—¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!—musitó pensativamente su interlocutor.

—Que si alguno—agregó Ramiro completando su pensamiento—pudiera hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y todas las naciones por emperador.

—¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio, para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás, e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los ángeles?... ¿Os reís?

—Paréceme—contestó Ramiro—que habéis topado con algún hechicero de marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo salvaros de alguna peligrosa brujería.

Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.

Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!»

Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:

—Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.

—Aquí es—exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse frente a una covacha del barrio de San Miguel.

Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván. Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.

Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en la penumbra astral de la estancia.

—Esperad—exclamó Velasco,—esperad; no nos alleguemos aún.

Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.

Nadie venía.

De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie, de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil, estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.

El hombre dijo:

—Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria. Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.

Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la pupila, habló de este modo:

—¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le salvará. Esperad—dijo después,—y tomando de encima del altar un estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.

El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.

—Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de perdición—agregó entonces el mago, dejando el acero.—Comulgaréis siete días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.

Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó:

«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.»

«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que poseer un reino o un imperio.»

Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual vana visión.

Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:

—¿Cómo llamáis a este hombre?

—Mosén Raimundo.

—¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?

—Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa manera.

—Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún imperio?—agregó Ramiro, con la voz estremecida.

—Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora, en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de ellos pueda decir: ¡Eureka!, volverán a tomar el gobierno del mundo que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos.

Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros, de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora: «Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio. Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...

Comenzó las oraciones y los ayunos.

Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco, al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa reja de presbiterio.

Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados, penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del Santísimo.

Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la academia.

Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por detrás el extremo de su larga cola de chamelote.

Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda, levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un paje que volviera pasado el toque de oraciones.

Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar, colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.

Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de Cristo.

—¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?—preguntó melífluamente el Canónigo.

El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las suyas.

—Aún no—respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;—pero oigo encomialla a los demás.

—¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!—exclamó entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.—Ya se ve claramente—volvió a decir, dirigiéndose al mancebo—que aquellos amores os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.

En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable, agregó:

—¡Vade retro! ¡vade retro! señor hipócrita, señor apestado, señor brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí mismo a los familiares del Santo Oficio. Nego absolutionem, nego, nego! Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate su vida en el palo del quemadero. In nomine meo dæmonia ejicient. Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! No digo más.

Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda, buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta.

Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para él como la suprema esperanza.

Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se alojó en la posada del Sevillano.

Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y ministriles.

—Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la fe—exclamó el espadero.—Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.

III

Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.

Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de casi todas las ventanas, enlutando los muros.

Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la conspiración y del mancebo renegado.

Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.

Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa muchedumbre.

Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el costado meridional.

Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío, que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes, sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle con su gráfico lenguaje.

La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones, y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.

Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las cárceles y circunda uno y otro cadalso.

La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería.

Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su crucifijo de bronce.

Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.

La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza, pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.

Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.

Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:

—Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán agora condenadas en su lugar con celosa justicia.

A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían, las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación:

—¡Los relajados!

El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:

—Son los que han de morir.

Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después, de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.

Ramiro se empinó sobre el taburete.

Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza, cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre, una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron en el tormento.

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