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La familia de Doctor Pedraza

III

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Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.

Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco Hipotecario Argentino. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de esos que llaman “de todo reposo”; un valor para que el padre de familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del Banco Hipotecario desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus operaciones, como si aun vivieran en la época colonial.

Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas, necesitaban minuciosos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.

El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Le abrió la puerta del despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga espera.

—Es el doctor Pedraza..., un señor muy rico que ha sido diputado nacional.

Volví a verle otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo, y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.

El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.

Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.

Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.

Seducido por el silencio con que le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando

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un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.

—Ha habido año que he vendido diez mil novillos; ¿sabe, compañero?...

Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de sobria arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.

—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos “bien” llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos “petizos”, que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi “petizo”

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había abierto un hoyo así de grande. Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen las de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fué algo soñado.

Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas:

—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores le acepten la operación?...

Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente, vendiendo tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.

—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...

Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...

Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza, y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.

Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.

Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a Europa.

Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el regalo de mi propia persona, e inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos Aires “la enfermedad de París”. ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal clase?...

Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, transatlántico alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo e iba a emprender su travesía de regreso. Esto fué antes de la última guerra europea, y el tal Cap Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los transatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.

Las gentes hablaban de sus salones lujosos; de su piscina de natación; de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.

¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las costas de Africa.

Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a Europa, sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fué de moda ser pasajero del Cap Bojador en su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.

Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque cuando me avisaron que en el famoso transatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...

La salida del buque fué precedida de una confusión clamorosa y triunfal. Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hocs! incesantes al Káiser, cánticos del Hüber Alles. Además, gran afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban; haces de flores enormes, como gavillas de trigo; cajas de chocolates que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...

Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un

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encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.

Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, “modelos únicos”, encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el viaje.

El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los retratos de Lloyd George!...

Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una indiferencia cortés.

Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos y por su lujosa instalación.

Doña Zoila y su esposo habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas: una parienta, pobre, de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de Pedraza y seguía la familia a todas partes, como un recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores habitaciones.

La señora y señoritas de Pedraza viajaban “a la ligera”, según declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...

Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas luego juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran salón o en la cubierta cuando los camareros del vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito juvenil, excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.

En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus paseos por el buque.

—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una persona “bien”. ¡La plata que debe tener!...

Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el transatlántico, me saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.

—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.

¡Simpático y bondadoso personaje! Recordé nuestras conversaciones durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco Hipotecario.

Luego una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.

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