Benito Pérez Galdós (continued 4)
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»El tal marqués viudo de Saldeoro está loco por mí; pero no seré tonta, no le daré a conocer que me gusta... ¡Y cómo me gusta!... En fin, suspiremos y esperemos. Conviene tener dignidad. ¿Soy acaso como esas cursis que se enamoran del primero que llega? No, en mi clase no se rinde el corazón sin defenderse. Firmeza, mujer. Si Miquis te es indiferente y el marqués viudito te encanta, no des a entender tu preferencia... ¡Los hombres! ¡Ah!... que se fastidien. Se dice que son muy malos, y yo lo creo... Pero el marquesillo me gusta tanto... Es lo que ambiciono para marido; y él me jura que lo será... ¡Jesús, qué cosa tan buena! ¡Qué hermosa figura, qué modales, qué manera de vestir tan suya...! Pero yo me pregunto una cosa: ¿dirá que me quiere porque sabe que voy a ser riquísima?... Mucho cuidado, mujer; no te fíes, no te fíes... Por de pronto le agradezco sus invenciones delicadas para ofrecerme dinero y obligarme a aceptarlo... Por nada del mundo lo aceptaría... ¡Humillarme yo!... Antes morir... ¡Las cinco, Virgen del Carmen, y yo despierta!
»No quiero pensar en Joaquín, ni en mi abuela, ni en mi hermano, ni en mis botas rotas, a ver si de este modo me olvido y duermo. Meteré la cabeza debajo de la almohada. ¡Ah!, esto me da algún descanso... Hace dos semanas que no veo a Joaquín, y me parece que hace mil años. ¡Estuve tan fuerte aquel día!... ¡Me fingí tan incomodada! Verdad es que él fue atrevido, atrevidísimo... Es tan apasionado, que no sabe lo que se hace... Estaba fuera de sí. ¡Qué ojos, qué fuerza la de sus manos! ¡Pero qué seria estuve yo!... Con cuánta frialdad le despedí..., y ahora me muero porque vuelva... ¡Jesús, acaban de dar las cinco y ya dan las seis! Esto no puede ser. Ese reloj está borracho... Tengamos calma. Siento mucho sueño. Al fin el cansancio me hará dormir. Si yo no pensase... ¡Qué felices deben de ser los burros!... Firme, mujer; mientras más apasionado esté Joaquín, más fría y tiesa tú... Ya siento a D.ª Laura trasteando por la casa. Ya entra la luz del sol en mi cuarto. ¡Es de día y yo despierta! Todos, todos los talentos que hay en mi cabeza, los doy, Señor, por un poco de sueño. Señor, dame sueño y déjame tonta...
»Ya siento bulla en la calle... Pasan carros por la de Hortaleza; pronto empezarán los pregones. Mañana, ¿qué digo mañana?, hoy es miércoles, 17. ¿Recibiré carta y libranza de mi tío? Mi tío no es; pero así le llamo. ¡El pobrecito es tan bueno, pero tan avaro!... Doña Laura riñe con la criada... ¡Maldita sea D.ª Laura! El día en que tenga con qué pagar a esa mujer feroz, será el más alegre de mi vida... ¡Las siete ya! Quiero dormir, aunque no despierte más. Esta cama es un potro, un suplicio. Si dentro de un rato no duermo, me levantaré. No puedo estar así. En mi cabeza hay algo que no marcha bien. Esto es una enfermedad. ¿Si se morirá la gente de esto, de no dormir?... Entonces la muerte será un despabilamiento terrible. Francamente, envidio a las ostras. ¡Cómo entra el sol por mi cuarto! El pícaro va derecho a iluminar mis pobres botas, que ya no sirven para nada. También da de lleno en mi vestidillo para hacerle, con tantísima luz, más feo de lo que es. ¡Qué miserable estoy, Dios mío! Esto no puede seguir así; no seguirá. Voy a escribir a mi tío, a la marquesa, a D. Manuel Pez, a Joaquín... ¡Las ocho, Dios de mi vida! Me levanto. Dormiré mañana a la noche».
Capítulo XII
Los Peces (sermón)
—I—
Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente...
Y crió Dios las grandes ballenas, y toda ánima que vive y se mueve, que reprodujeron las aguas según sus especies... Y vio Dios que era bueno.
Y las bendijo diciendo: Creced y multiplicaos y henchid las aguas de la mar...
(Génesis, cap. I, versículos 20, 21 y 22.)
Amados hermanos míos: Feliz mil veces la postrera de las tierras hacia donde el sol se pone, esta nuestra España, que concibió en su seno y crio a sus pechos a D. Manuel José Ramón del Pez, lumbrera de la Administración, fanal de las oficinas, astro de segunda magnitud en la política, padre de los expedientes, hijo de sus obras, hermano de dos cofradías, yerno de su suegro el Sr. D. Juan de Pipaón, indispensable en las comisiones, necesario en las juntas, la primera cabeza del orbe para acelerar o detener un asunto, la mejor mano para trazar el plan de un empréstito, la nariz más fina para olfatear un negocio, servidor de sí mismo y de los demás, enciclopedia de chistes políticos, apóstol nunca fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio de nuestra gloriosa apatía nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, ordeñador mayor por juro de heredad de las ubres del presupuesto, hombre, en fin, que vosotros y yo conocemos como los dedos de nuestra propia mano, porque más que hombre es una generación, y más que persona es una era, y más que personaje es una casta, una tribu, un medio Madrid, cifra y compendio de una media España.
Don Manuel José Ramón Pez andaba, en la época a que se refiere este nuestro panegírico, entre los cincuenta y los sesenta años. Desde su tierna edad servía en esta maternal Administración española. De niño había tenido el amparo de otros peces mayores y de los Pipaones, que también eran Peces por la rama materna. Más adelante se gobernó solo, y casi siempre desempeñó elevados y ubérrimos destinos, con intervalos de cesantías; que nada hay estable ni completo en este mundo. Gozaba reputación de honrado, lo que el predicador declara con gusto, aunque esto de la honradez bien sabemos todos que ha llegado a ser una idea puramente relativa. De sus principios políticos no queremos hablar, porque no hay para qué. Ni esto importa gran cosa, con tal de establecer que aquellos principios, presupuesto que los hubiera, tenían por atributo primero una adaptación tan maravillosa como la de los líquidos a la forma y color del vaso que los contiene. Eran, pues, principios líquidos, lo que no es ciertamente el colmo de la incohesión, pues también los hay gaseosos. Si un carácter ha de formarse de una sola pieza y de una sola substancia, descartando las demás como puramente ornamentales, el carácter de D. Manuel se componía de una sola y homogénea cualidad, la de servir a todo el mundo, prefiriendo siempre, por la ley de gravitación social, a los poderosos.
Es fama que no hay cosa, debajo de la jurisdicción de lo humano, que no se consiguiera por mediación de Pez, y de aquí que Pez estuviera en aquellos días de apogeo tan abrumado de recomendaciones como lo está de ex—votos un santo milagroso. La recomendación es entre nosotros una segunda Providencia; equivale a lo que otros pueblos menos expedientescos llaman suerte, fortuna. Por ella se puede llegar a cumbres altísimas; por ella se abren los caminos que hallan cerrados el trabajo y el talento. Debemos al misticismo esa forma administrativa de la paciencia que se llama el expediente; debemos al favoritismo esa forma gubernamental del soborno que se nombra la recomendación.
No como una segunda fase de su carácter servicial, sino como una ampliación de él, tenía don Manuel la virtud de la filogenitura, o sea protección decidida, incondicional, una protección frenética y delirante, a la copiosísima, a la inacabable, a la infinita familia de los Peces. En aquellos días, amados hermanos míos, desempeñaba una de las principales direcciones de Hacienda, y aun se le indicaba para ministro. En los mismos días veríais repartidos por toda la redondez de la Península número considerable de funcionarios que por llevar el claro nombre de Pez, manifestaban ser sobrinos, primos segundos, cuartos o séptimos, o siquiera parientes lejanos de D. Manuel. Había cuatro o cinco Peces entre los oficiales generales del ejército, todos con buenos lotes en direcciones o capitanías generales. Los magistrados y jueces y promotores fiscales del género Pez se contaban por centenares, distribuidos en toda la España. Para que en todas las jerarquías hubiera algún miembro de esta omnisciente familia de bendición, también había un obispo pisciforme, y hasta doce canónigos y beneficiados que pastaban en el banco del Culto y Clero. En ayudantes de obras públicas, capataces, recaudadores de contribuciones, empleados de Sanidad, vistas de Aduanas, inspectores de Consumo, jefes de Fomento, oficiales cuartos, séptimos y quincuagésimos de Gobiernos de provincia, el número era tal que ya no se podía contar. Invoquemos el texto divino: Crescite et multiplicamini, et replete aguas maris.
De la Mancha, centro y venturoso nido de aquella familia, no hay que hablar, porque allí los había hasta de las más bajas categorías. Sin contar alcaldes, secretarios de Ayuntamiento, cuyo parentesco con D. Manuel era evidente, aunque remotísimo, coleaban mil y mil Pececillos, sólo relacionados con el ilustre jefe por los servicios mutuos y el apellido, que tomaban su parte de sopa boba, ya de peones camineros, ya de peatones, quier de maestro de escuela, quier de sacristán. Para decirlo todo de una vez, y concretándonos al distrito perpetuo de D. Manuel, basta decir que era una pecera. Amados hermanos míos, recordemos la opinión que acerca de esta gente formó el Apóstol de las Escuelas, Augusto Miquis, manchego. De sus profundos estudios ictiológicos sacó la clasificación siguiente: Orden de los Malacopterigios abdominales. Familia, Barbus voracissimus. Especie, Rémora vastatrix.
—II—
Amados hermanos míos: si de la Mancha pasamos, pues todo es España, a la Dirección de que era jefe D. Manuel, hallaremos un espectáculo no menos patriarcal. De su matrimonio con una de las hijas de D. Juan de Pipaón (que de Dios goza), había tenido D. Manuel siete criaturas. Descontando al hijo mayor, Joaquín Pez, de quien se hablará cuando le toque; descartando también a las dos señoritas de Pez, ya casaderas, quedaban cuatro pimpollos. Luis, de veintiséis años, tenía treinta mil reales en la Secretaría del Ministerio; Antoñito, de veintidós Navidades, gozaba veinticuatro en una Dirección limítrofe; Federico, de diez y nueve, se dignaba prestar sus servicios al lado del papá por la remuneración de catorce mil reales; Adolfito, de quince, había admitido un bollo de ocho mil entre los escribientes, y el gato..., no, el gato no había recibido aún la credencial; pero la recibiría en justo galardón de su celo persiguiendo a los ratoncillos que roían los papeles de la oficina.
No pasaremos adelante, por respeto al mismo Sr. de Pez, sin hacer una breve excursión al campo de la Aritmética. Es una observación o problema que el público ha formado muchas veces ante ciertas antítesis, que, a fuerza de repetirse, han llegado a sernos familiares. Cuando D. Manuel era Director, el boato de su familia igualaba al de una familia propietaria con quince o veinte mil duros de renta. El no tenía bienes raíces de ninguna clase, no estaba inscripto en el gran libro, no debía de tener tampoco economías. Sumando su sueldo con el sueldo de los pececillos, el total no alcanzaba, con las mermas del descuento, a seis mil duros. Problema: ¿por qué misteriosas alquimias pasaba esta cantidad para alimentar las siguientes partidas: casa de diez y ocho mil reales, buena mesa, estreno constante de ropa por todos los individuos de la familia, lujosos vestidos de baile para las niñas, landó, palco a primer turno al Teatro Real, excursiones a los otros teatros, viajes de verano, imprevistos, etc...? Aun suponiendo doble el activo por lo que D. Manuel percibía de algunas compañías de ferrocarriles, quedaba la mitad del gasto en el aire. Pero estos rompecabezas, que en tiempos pasados preocupaban algo a los vagos, amigos de averiguar vidas ajenas, ya, por ser de todos los momentos, han llegado a parecer cosa natural y corriente. Familiarizada la sociedad con su lepra, ya ni siquiera se rasca, porque ya no le escuece.
Introduzcámonos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta redoma de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este matrimonio dichoso, y de esta prole dichosísima. Los tiempos eran prósperos. Tocaba entonces estar arriba. El árbol fecundísimo del poder protegía con su plácida sombra a la familia. Bastaba alargar la mano para coger sus sabrosas frutas. El aroma de sus flores embriagaba. De situación tan bella procedía en todos aquel deseo febril de goces y el delirio de llamar la atención, de parecer mucho más de lo que realmente eran. La señora de Pez ya no aspiraba simplemente a que sus hijas casasen con hombres ricos y decentes. No; sus yernos habían de ser millonarios, y además, duques, o cuando menos, marqueses; ellas mismas (dañadas ya sus inocentes almas por la fatuidad) habían hecho suyas las ideas de su endiosada mamá, y aún iban más lejos, y soñaban con príncipes, ¿por qué no con reyes?
Eran dos niñas preciosas, de hermosura delicada y frágil, de esa que luce en la juventud con la belleza enfermiza de una flor de estufa, y luego se disipa en el primer año de matrimonio; rubias, delgadas, quebradizas, porcelanescas. Sus ojos claros lucían demasiado grandes en la delgadez linda y afilada de sus caritas de cera. A fuerza de ser traídas y llevadas por su mamá de salón en salón, de teatro en teatro, de fiesta en fiesta, parecían fatigadas, pero no hartas de frívolos pasatiempos y goces. Se las educaba en la inmodestia, de donde resultaba que estas tales niñas apenas podían esconder, bajo el barniz de la urbanidad, el desprecio que sentían hacia todo lo que fuera o pareciese inferior a la esfera en que ellas estaban. No se les caía de la boca la palabra cursi, aplicándola a este o aquel que no viviese inmergido en el mar de felicidades de la familia Pez; y al hablar de este modo no comprendían las tontuelas que ellas caían también debajo del fuero de la cursilería, porque esta es un modo social propio de todas las clases, y que nace del prurito de competencia con la clase inmediatamente superior. Aquellas niñas, mil veces dichosas, no habían visto el mundo sino por su lado frívolo; no conocían la sociedad ni su mecanismo, ni sus orbes y gravitación admirables. Su instrucción se circunscribía a un poco de Catecismo, una tintura de Historia, ¡y qué Historia!, algunos brochazos de Francés y un poco de Aritmética. Pero ¿de que servían los rudimentos de esta ciencia madre a las preciosas Josefa y Rosita, si no les cabía en la cabeza que ellas careciesen de cosas que la hija del duque de Tal poseía en abundancia? En aquellos cerebros, tan limpios de malicia como de sindéresis, cerebros atiborrados de hojas de rosa, para ahuyentar las ideas, como si estas fueran cucarachas, no podía entrar la comparación entre los diez millones de renta del duque de Tal y los cincuenta mil reales del Director de Hacienda, aun suponiéndole Pez, y Pez grandísimo. Creavit Deus Cete grandia (los grandes cetáceos).
Dejémoslas en paz. Eran dichosas. ¿A qué conturbar su felicidad, picoteándola con números? Que gocen de la vida, de los verdes años. Ocupémonos de Adolfito, el precoz funcionario, que no iba a la oficina sino cuando le daba la gana; que había encargado un velocípedo a Londres y había extendido él mismo la orden para que el administrador de la Aduana de Irún lo dejase pasar sin derechos, ¡qué rasgo de genio! «Tú irás muy lejos, niño», le dijo el jefe de Negociado. Y realmente aquel rasgo valía una cartera. ¡Genialidad infantil que anunciaba el embrión de un hombre de Estado español!
Ocupémonos también, amados hermanos míos, de Federico y Antoñito Pez, que estaban a punto de ser abogados, y que eran el uno filósofo (muchos filósofos de hoy tienen diez y siete abriles) y el otro economista. ¡Ah! La Economía política es una ilusión que se pierde siempre a los veinte años. Federico se había distinguido en esos círculos de sabiduría temprana donde centenares de ángeles juegan al discurso. Era oradorcito. Allí era de oír lo siguiente: «El señor que me ha precedido en el uso de la palabra...». Y el tal preopinante no llevaba chichonera porque hoy es moda que los niños de teta usen sombrero. Las controversias de los menudos filósofos y economistas tomaban siempre un tono de acaloramiento y personalismo, que agriaba los nobles caracteres. La Memoria escrita por Federico sobre no sé qué, pasó desde la tribuna a la prensa, apareció en una Revista; el niño se creció; inscribiose en un círculo más nombrado; hízose oír; le aplaudieron. Primero hablaba y luego gritaba. Ensordecía los pasillos. Llegó a envanecerse con su facilidad de palabra, y a creerse un Moret, un Gabriel Rodríguez. Hubo de volverse loco porque le dijeron que aún mamaba. ¡Disparate! El no mamaba sino del presupuesto.
Antoñito, que era el filósofo, empleaba las horas de oficina en hacer revistas musicales para un periódico de teatros. La Filosofía y la Música tienen un alma de diez y nueve años, una afinidad que parece parentesco. Son dos cuerdas distintas del laúd de la tontería. Antoñito, que había hecho en su cabeza una especie de pasta filosófica, amasando al padre Taparelli con Augusto Comte, era además un wagnerista furibundo, aunque, la verdad ante todo, en jamás de los jamases había oído música de Wagner. En sus artículos llamaba a todas las cantantes divas, y a toda las obras spartitos. Era severísimo con los artistas cuando no le daban butaca.
Ocupémonos, finalmente, de Luis Pez, el cual no era filósofo, ni economista, ni músico; era jinete. Había comenzado una carrera militar, pero tuvo que abandonarla por falta de luces. Su pasión eran los caballos. Se ocupaba del propio tanto como de los ajenos, y deploraba que no tuviéramos hipódromo (1872). Como el de sus hermanas, estaba su cerebro tan limpio de Aritmética, que no acertaba a comprender por qué él tenía un solo caballo, mientras su amigo, el hijo de los duques de Tal, montaba alternativamente cinco, sin contar los veinte que ocupaban la cuadra de la calle de San Dámaso. He aquí una contradicción económica ante la cual Federico Pez, un Bastiat en estado de larva, habría tenido quizás algo que decir. Iba nuestro galán centauro a la oficina lo menos que podía. Estaba agregado a la Comisión de empleados que redactaban las nuevas Ordenanzas de Aduanas. ¿Para qué había de molestarse este digno funcionario en asistir a su trabajo si él no sabía lo que era comercio; si no sabía lo que era un puerto; si no había visto otra mar que el mar sin barcos de Biarritz; si ignoraba lo que es un buque, un cargamento, lo que son derechos, valores, rol, tasa, escala alcohólica, arancel, y demás cosas que atañen al tráfico y desarrollo del cambio? Bostezaba en la oficina, cobraba su sueldo, esperaba con ansia la hora y la calle. Amados hermanos míos, tiempo es ya de que digamos con el ángel. ¡Ave, María!
—III—
Sorprendamos a D. Manuel José Ramón Pez (o del Pez) cuando, recién abandonadas las ociosas plumas, entraba en su despacho a enterarse de varios asuntos, ajenos a su empleo, aunque muchos tenían con él relación misteriosa, sólo de él conocida. Envuelto en su abrigadora bata, calados los lentes o quevedos, afeitada y descañonada ya la barbilla violácea, bien peinadas y perfumadas con colonia las patillas de un gris de estopa, revolvía cartas, consultaba notas, hojeaba memorándums, ordenaba in mente lo que no tenía orden, hacía cálculos, esbozaba proyectos, trazaba planes. La frase y el guarismo se entrecruzaban en su cerebro, demarcando en su frente una arruga fina, delicada, que parecía hecha con tiralíneas; abismábase en meditaciones; después, tarareando una cancioncilla, pasaba la vista por los periódicos de la mañana, daba algunas órdenes a sus escribientes y se ocupaba un poco de teatros y diversiones.
A cada instante era visitado el despacho por un ángel que entraba retozando. ¡Qué cháchara suplicatoria y qué mendicidad mezclada de regocijo! «Papá, dale el dinero a Francisco para que vaya por el palco de la Comedia... Papá, no olvides que hoy se renueva el abono del Real... Papaíto, págame esta cuenta de Bach... Papá, el sastre... Papá, la modista... Papa, la florista... Papá, la cuenta de Arias... Papá, nuestros abanicos... Papá, el caballo... Papá, papá, papá...». Era un pío pío que no cesaba. Por fortuna don Manuel José Ramón era la imagen viva de la Providencia, según generosamente daba y repartía, sin quejarse, sin regañar; antes bien, regodeándose de ver tanto gusto y apetito satisfechos. Adoraba a la familia y se recreaba en ella. También él era feliz, porque si algún bien positivo hay en el mundo, es el que sienten mano y corazón en el momento de dar algo.
Y en tanto, en el recibimiento de la casa se agolpaba un gentío fosco, siniestro, una turba preguntona y exigente, que quería hablar con el señor, ver al señor, decir dos palabritas al señor. Sonaba a cada instante la campanilla, y entraba uno más. Eran los desfavorecidos de la fortuna, pretendientes, cesantes de distintas épocas, de la época de Pez y de la época del antecesor de Pez. Algunas bocas famélicas pedían pan; otras no pedían más que justicia. Aquellos, sofocados por la necesidad, pedían para el momento; estos para el mes que viene, y algunos estaban atrofiados ya y tan sin fuerzas para pretender, que pedían para cuando hubiese una vacante. Con este gentío calagurritano se mezclaban los postulantes de otra esfera, personajes y señorones que pasaban al despacho desde que llegaban. El criado no podía contener a la turba impaciente, desesperanzada, a veces rabiosa, que tenía en sus maneras el ímpetu del asalto. Una mujer mal vestida atropelló en cierta ocasión al criado, se metió por el pasillo adelante, entró sin anunciarse en el despacho, y encarándose con D. Manuel, dijo con lágrimas y gestos de teatro: «Señor, soy viuda de un Pez».
Don Manuel repartía promesas, limosnas, a veces credenciales de poca monta, y para todos tenía un consuelo, una palabra o un duro. Era bondadoso y muy bien educado. Había en su mente, junto a la idea de su derecho al presupuesto, la idea de ciertos deberes ineludibles para con la humanidad cesante y desposeída.
Por concluir nuestro panegírico con un hecho concreto de la vida del santo, diremos que una mañana D. Manuel mandó que no entrase nadie. Estaba fatigado. Quería ir pronto a la oficina, donde tenía cita con el marqués de Fúcar y con el ministro para tratar de salvar al Tesoro, haciéndole un préstamo.
«¡Ah!, se me olvidaba...—murmuró, echando la vista sobre una carta—. Francisco, dile al señorito Joaquín que suba».
Joaquín Pez, el mayor de los Pececillos, tenía treinta y cuatro años. Se había casado por amor con la hija única de la marquesa de Saldeoro. Quedose viudo a los ocho años de matrimonio, no exento de alborotos, y cuando las cosas de esta relación ocurren estaba asombrosamente consolado de su soledad. Por dos calidades, de mucho valer ambas, se distinguía; física la una, moral la otra. Era su corazón bueno y cariñoso. Era su figura y rostro de lo más apuesto, hermoso y noble que se pudiera imaginar. Tenía toda la belleza que es compatible con la dignidad del hombre, y a tales perfecciones se añadían un aire de franqueza, una agraciada despreocupación, o sí se quiere más claro, una languidez moral muy simpática a ciertas personas, una cháchara frívola, pero llena de seducciones, y por último, maneras distinguidísimas, humor festivo, vestir correcto y con marcado sello personal, y todo lo que corresponde a un tipo de galán del siglo XIX, que es un siglo muy particular en este ramo de los galanes.
Y hablemos ahora, amados hermanos míos, del defecto de Joaquín Pez, defecto enorme, colosal, reprobado por la Filosofía, por la Iglesia, por los Santos Padres y hasta por la gente de poco más o menos. Este defecto era la debilidad, deplorable incuria para defenderse del mal, dejadez de ánimo y ausencia completa de vigor moral. Conocidas las condiciones físicas y sociales del Pez, bien se comprenderá que este vicio del alma había de tener por expresión sintomática el desenfreno de las pasiones amorosas.
Disculpémosle. Era tan guapo, tenía tanto partido, que más que el tipo del seductor leyendario, tal como nos lo han transmitido los dramas, era en varias ocasiones un incorregible seducido. Las mujeres absorbían su atención, todo su tiempo y todo su dinero, muy abundante al recibir la herencia de su esposa, pero muy mermado ocho años después. Cuando le conocemos, Joaquín estaba en el apogeo de sus triunfos, y en todos los terrenos sociales se presentaba con su carcaj y flechas; es decir, que no despreciaba ninguna pieza de caza, ya estuviese en palacios, ya en cabañas o andurriales.
Ya os oigo decir, amados míos, que estas cacerías, lejos de fortificar al hombre, le desmedran y embrutecen. Tan claro es eso como el agua; pero nuestro vigoroso Pez no había llegado aún, cuando le conocimos, al grado de envilecimiento que es el término de las pasiones locas. Su vicio era todavía un vicio del corazón, intervenido con la fantasía. Aún persistían en él ilusiones juveniles, con sus delicadezas y entusiasmos, con sus melancolías, sus arrebatos e impaciencias. El cuerpo principiaba a envejecer antes que el alma, porque esta retardaba su extenuación con fantasmagorías y esfuerzos de iluminismo, de que nacían, aunque por modo artificioso, afectos parecidos a la ternura.
Vivía solo este joven, en el piso bajo de la casa, cuyo principal ocupaban sus padres. Levantábase tarde, almorzaba con su familia, y después de la una rara vez le volvían a ver sus padres hasta el día siguiente.
«Pero, hombre, ¿has visto?—le dijo el papá Pez, prejuzgando con su tonillo burlón el asunto de que iba a tratar—. Otra carta del Canónigo en que viene con las mismas historias... Nos recomienda a esa tal Isidora y a su hermano para que les aconsejemos y les dirijamos..., ¡qué tonterías!, en su pretensión... Dice que son nietos de la marquesa de Aransis; que él lo probará ante los Tribunales. ¿Tú crees esto?
—Yo..., yo, verdaderamente...—manifestó Joaquín con aquella indolencia que de su cuerpo a su pensamiento se extendía—. No lo afirmo ni lo niego.
—Logomaquias, hombre—dijo D. Manuel apartando de sí con desprecio la carta de su amigo el Canónigo, cacique y faraute de los Peces en buena parte de la Mancha—. Esto es novela... ¡Nietos de la marquesa de Aransis!... Cierto es que aquella pobre Virginia... ¿Conoces tú a esa Isidora?
—Sí.
—¿Y ella sostiene...?
—Como el Evangelio.
—Logomaquias. Estas historias de muchachos mendigos que a lo mejor salen con la patochada de tener por papás a duques o príncipes, no pueden pasar en el día, mejor dicho, yo creo que no han pasado nunca. Admitámoslo en las novelas; ¡pero en la realidad...! En fin, sea lo que quiera, es preciso atender al Canónigo, que nos sirve bien. Entérate. Dice que pongamos a disposición de la muchacha algunas cantidades. En lo que no le haré el gusto, por ahora, es en lo de hablar de ello a la marquesa de Aransis. Es cosa muy delicada. Cumpliremos diciéndoselo a su apoderado, el marqués de Onésimo... Logomaquias, hombre...
—Yo me encargaré de esto—replicó decididamente Joaquín—. Ya he visto a esa hija de reyes. Es una muchacha simpática, discreta y buena, que merece, sí, merece, sin duda algo más de lo que posee».
Cuando Isidora llegó a Madrid, recibió don Manuel una carta del Canónigo recomendando a su sobrina, e indicando de un modo vago el asunto que tanto había hecho reír al señor Director. Por encargo de este, Joaquín la visitó; encontrola guapa el primer día, el segundo muy guapa, y el tercero deliciosísima, con lo que la diputó por suya. Trazó las primeras paralelas; halló resistencia; trazó las segundas y halló más resistencia, una tenacidad que anunciaba el heroísmo. De aquí vino aquella retirada hábil que desconcertó, como antes se dijo, a la joven, no vencida por el ataque, sino por el aburrimiento de no verse atacada. ¡Cuán cierto es que el ocio enerva y rinde al más aguerrido ejército antes que el fuego y las balas!
Las dotes militares de Joaquín, más que de general de tropas regladas, eran de guerrillero hábil en golpes de mano. Viene esto de la índole de los tiempos, que repugnan la epopeya. No pueden substraerse los amores a esta ley general del siglo prosaico... El atrevido capitán de partidas, desde que habló con su padre, ideó, pues, la emboscada más hábil que concertaron guerrilleros en el mundo. No pondría sitio. Enviaría un parlamentario al enemigo para hacerle salir de la plaza. Si el enemigo caía en el lazo, si pasaba el río de la Prudencia y se ponía bajo los fuegos del desfiladero de la Audacia...
En el capítulo siguiente veréis, ¡oh amados feligreses!, lo que pasó.
Capítulo XIII
¡Cursilona!
Serían las cuatro cuando Isidora, acompañada de su padrino, llegó al portal de la casa de Joaquín Pez. Su ansiedad era grande, porque había recibido una elegante esquela en que el viudito de Saldeoro, después de declararse imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita de Rufete a venir a su casa, donde sería enterada de una comunicación del Canónigo en que se le enviaba dinero, y de un asunto extraordinariamente importante y venturoso. Los comentarios que hizo Isidora desde la calle de Hernán Cortés a la de Jorge Juan no cabrían en este volumen, aunque fuese doble. ¡De qué manera y con qué fecundidad de imaginación dio vida en su mente a la entrevista próxima a verificarse! Al llegar al portal, y al decir a D. José: «dese usted una vueltecita por el barrio y vuelva aquí dentro de media hora», ya había ella desarrollado en sí misma cien visiones distintas de lo que había de pasar. Cuando ella entraba, salían las dos niñas de Pez con su mamá para subir al coche que las esperaba en la calle. ¡Qué elegantes! Isidora las miró bien; pero iba ella, a su parecer, tan mal, con tan innoble traza, que de buena gana se hubiera escondido para no ser vista de las otras. Porque la de Rufete, pobre y mal ataviada, se consideraba fuera de su centro. Su apetito de engrandecerse no era un deseo tan sólo, sino una reclamación. Su pobreza no le parecía desgracia, sino injusticia, y el lujo de los demás mirábalo como cosa que le había sido sustraída, y que tarde o temprano debía volver a sus manos.
Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que entraba. Pero esta las examinó bien, y en menos de lo que se dice hizo de ellas crítica acerba, las desnudó, les quitó los sombreros, censuró aquellos talles de araña, y concluyó por considerar en su mente lo que resultaría si la más guapa de las chicas de Pez se vistiera con los arreos de Isidora, y esta se pusiera los de la chica de Pez.
Entró en casa de Joaquín, y el criado la encerró en un gabinete mientras pasaba recado al señorito. ¡Qué hermosos y finos muebles, qué cómodos divanes, qué lucientes espejos, qué blanda alfombra, qué graciosas figuras de bronce, qué solemnidad la de aquel reloj, sostenido en brazos de una ninfa de semblante severo, y sobre todo, qué magníficas estampas de mujeres bellas! La escasa erudición de Isidora no le permitía saber si aquellas señoras eran de la Mitología o de dónde eran; pero la circunstancia de hallarse algunas de ellas bastante ligeras de vestido le indujo a creer que eran Diosas o cosa tal. ¡Y qué bonito el armario de tallado roble, todo lleno de libros iguales, doraditos, que mostraban en la pureza de sus pieles rojas y negras no haber sido jamás leídos! «Pero ¿qué harán en los rincones aquellos dos señores flacos? ¡Ah! Esa pareja se ve mucho por ahí. Son Mefistófeles y D. Quijote, según ha dicho Miquis. Yo no haré nunca la tontería de tener en mi casa nada que se vea mucho por ahí. Vamos, que aún puedo yo dar lecciones a esta gente». Mirando y remirando los ojos de Isidora toparon con el Cristo de Velázquez, y estaba ella muy pensativa tratando de averiguar qué haría nuestro Redentor entre tanta diosa, cuando entró Joaquín.
«¡Albricias!—le dijo de buenas a primeras, tomándole las dos manos y apretándoselas mucho—. Papá ha tenido una carta del Canónigo... Papá se propone hablar a la marquesa de Aransis. Todo se arreglará... Esto va bien. ¿No lo dije yo?».
Isidora quedó tan turbada por esta irrupción brusca de buenas noticias, que no acertó a decir nada. Miraba embebecida a Joaquín. Pasada la primera impresión de las noticias, lo que dominó en el espíritu de la joven fue la vergüenza de que Joaquín, tan admirador de ella, la viese mal vestida. Había estado dos horas arreglándose para disimular su mala facha. Venía compuesta con galana sencillez, respirando aseo y coquetería; pero todo el aseo del mundo, toda la gracia y sencillez no podían disimular la fea catadura del descolorido traje, ni menos, ¡y esto era lo más atroz!, la desgraciadísima vejez y mucho uso de las botas, que no sólo estaban usadas y viejas, sino ¡rotas! Lo que Isidora padecía con esto no es decible. Cuidadosamente escondía bajo las faldas sus pies, tan pequeños como mal calzados, para que Joaquín no se los viera.
Pero ya él se los había visto, sin perder por eso el amor, o llámese como se quiera, que sentía; antes bien, exaltándose más. Por efecto de esas aberraciones del gusto que marcan el tránsito de la pasión al vicio, Joaquín la amaba más con aquel atavío grosero; y si estuviera completamente derrotada, como mendiga de las calles, viera en ella sublimado el ideal del momento.
«¿Y cuándo hablará su papá de usted a la marquesa?—preguntó Isidora ya más dueña de sí—. La marquesa está en Córdoba...
—¿En Córdoba?... Ya—murmurró Joaquín, a quien no le importaba gran cosa que la marquesa estuviera donde mejor le acomodase—. Eso no importa. La marquesa vendrá... ¡Ah!, ya me olvidaba de decir a usted lo mejor. Tenemos orden del señor Canónigo para entregar a usted las cantidades que necesite. Usted dirá.
—¡Las cantidades que necesite!»—repitió Isidora embelesada, viendo en su imaginación una cascada de dinero.
¡Tener dinero! ¡Qué alborozo! Parecía que en su alma, como en alegre selva iluminada de repente, empezaran a trinar y a saltar mil encantadores pajarillos. ¡De tal modo se le anunciaban las necesidades satisfechas, los goces cumplidos, las deudas pagadas y otras satisfacciones más, traídas por la soberana virtud del oro!
Conocedor Joaquín de la manera de tocar ciertos registros del alma humana y de los efectos de la sorpresa teatral en los sentidos del hombre, y más aún de la mujer, llegose a la chimenea, tomó de ella una cajita, abriola y mostró a los ojos admirados de Isidora porción cumplida de dinero, monedas de oro y plata, y dos o tres manojillos de billetes de Banco.
«No sé lo que habrá aquí—dijo Pez revolviendo el tesoro con sus dedos, y afectando hacerlo con indiferencia para dar a entender su familiaridad con los millones—. Mil, dos, cuatro, ocho... Usted dirá».
El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando su alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien la cantidad no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes pequeños, la pobre joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole, creía ver pasar por entre los dedos de Joaquinito Pez toda la corriente del dorado Pactolo.
«Usted dirá—repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si fueran libritos de papel de fumar—. Mi parecer es que usted, por quien es y por la posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella casa. Usted debe tomar una casa para sí y su hermano, ponerse en otro pie de vida, no escatimar ciertas comodidades, en fin... ¿Quiere usted que yo me encargue de buscarle casa, de proporcionarle muebles, modista...?».
Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una descripción del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando Joaquín la miró tan de cerca que ella podía contarle los pelos de la barba rubia y los radios dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al mismo ángel de la puerta del Paraíso mostrando las llaves de él... Por un instante Isidora no hizo más que saltar la mirada de la cajita al rostro, y del rostro a la cajita. La profunda admiración que por el joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño entrañable. ¡Era tan seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan distinto de todos los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.
«Usted dirá»—volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y tomando las manos de Isidora.
Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo, más seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones imaginables.
«¿Me porto mal—dijo él con voz blanda—; me porto mal en pago de la ofensa que usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía quererme?».
Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida. Después sintió frío.
«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su camino—prosiguió él—. En vez de quererme entonces como ha prometido, me despreciará... ¡Será usted entonces tan superior a mí!...».
La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos los pliegues del disimulo.
Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se sentía como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima del joven Pez pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores celestes que van y vienen. ¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla de palabras ardientes, que jamás oyera ella sino en sueños? Joaquín la tuteaba, Joaquín se extralimitaba de palabra. Rápidamente conoció Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas inspiraciones de dignidad y honor que son propias en las naturalezas no gastadas. Su debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra parte, era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que rápidamente pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que dio a su dignidad de Aransis para que se despertase y saliese a defenderla. Ello es que saltó del asiento con tal rapidez, que no pudo Joaquín detenerla, y con velocidad de pájaro se puso en la puerta. El violento palpitar de su seno, cortándole la respiración, apenas le permitió decir:
«No quiero nada, no quiero nada».
Evidentemente, referíase al contenido de la cajilla. Joaquín corrió tras ella, diciendo: «Formalidad, formalidad». Pero la de Rufete, valiente y decidida, trató de abrir la puerta. Estaba cerrada. Era de ver su ligereza de gorrión, su prontitud para correr de un punto a otro, perseguida, mas no alcanzada. Corrió a la ventana, que por ser de piso bajo estaba a dos varas de la calle, abriola, y apoyándose en el alféizar, vuelta hacia dentro, dijo así con animosa voz:
«Si usted no me abre la puerta y me deja salir, grito desde aquí y pido socorro».
Quedose parado el Pez; reflexionó un instante. De repente su amor se deshizo en despecho y su despecho en risa.
«¿Escenita?... ¿Gritar en la calle? ¡Qué ridiculez! Usted se empeña en que hagamos el oso».
La ira retozaba en sus labios. Miró a Isidora con tanto enojo, que esta se turbó y creyó haber sido desconsiderada y excesivamente altanera. Después el joven abrió la puerta. Indicó a Isidora la salida, dejando escapar de sus labios, trémulos de ira, esta palabreja:
«¡Cursilona!...»
Tres minutos después, Isidora se unía a don José en la esquina de la calle, y marchaba hacia su casa con el alma llena de turbación, alegre de la victoria y triste de la pobreza, satisfecha y desconcertada, diciendo para sí:
«Me ofende por que soy huérfana, y me insulta porque soy pobre; y a pesar de todo...».
Capítulo XIV
Navidad
—I—
Al día siguiente recibió Isidora una carta de Joaquín incluyéndole algunos billetes de Banco, y pidiéndole perdones mil por el caso del día anterior. Decíale que si alguna palabra áspera y malsonante salió de sus labios al despedirla, la tuviese por dicha en son de broma o por no dicha. Finalmente, le pedía permiso para verla de nuevo en casa de Relimpio. Agradeció ella con toda su alma el desagravio, y sus aflicciones de aquel día se le disiparon con la grata vista del pan bendito, o llámese papel—moneda. Dio al olvido sus agravios; pero si perdonó fácilmente a Joaquín la injuria intentada contra su honor, tuvo que hacer un esfuerzo de bondad para perdonarle el que le hubiera llamado cursilona. Tal es la condición humana, que a veces el rasguño hecho al amor propio duele más que la puñalada asestada contra la honra. El marqués viudo la visitó dos días después, y su comedimiento, después de las audacias referidas, la cautivaba más, o si se quiere de otro modo más claro, su comedimiento tenía la virtud de hacer disculpable y aun amable la osadía pasada; que así se contradicen los corazones en su lógica de misterios. Poco a poco, con las visitas y el largo charlar de ellas, Isidora iba queriendo al viudo, y el viudo aficionándose tanto a ella, que llegó un punto en que hubo de sorprenderse y asustarse de la formalidad de su cariño. En tanto el asunto marchaba satisfactoriamente. Don Manuel Pez y el marqués de Onésimo habían escrito a la marquesa de Aransis, y aunque esta no contestaba, era de presumir que contestaría pronto y a gusto de todos. También llevaba buen camino lo de la causa criminal de Mariano. Joaquín bebía los vientos para que le soltase el juez, aunque fuera bajo fianza, por razón de la irresponsabilidad que le daban sus pocos años. Isidora visitaba a su hermano dos veces por semana, llevándole ropa y golosinas. Algunas veces se encontraba en la cárcel a la Sanguijuelera, que iba con fin semejante; y ambas se trataban de palabras, distinguiéndose la vieja por la procacidad de su lenguaje y erizado de puños y el ningún respeto que a su sobrina tenía.
Llegó Navidad, llegaron esos días de niebla y regocijo en que Madrid parece un manicomio suelto. Los hombres son atacados de una fiebre que se manifiesta en tres modos distintos: el delirio de la gula, la calentura de la lotería y el tétanos de las propinas. Todo lo que es espiritual, moral y delicado, todo lo que es del alma, huye o se eclipsa. La conmemoración más grande del mundo cristiano se celebra con el desencadenamiento de todos los apetitos. Hasta el arte se encanalla. Los teatros dan mamarracho, o la caricatura del Gran Misterio en nacimiento sacrílegos. Los cómicos hacen su agosto; la gente de mal vivir, hembras inclusive, alardea de su desvergüenza; los borrachos se multiplican. Tabernas, lupanares y garitos revientan de gente, y con las palabras obscenas y chabacanas que se pronuncian estos días habría bastante ponzoña para inficionar una generación entera. No hay más que un pensamiento: la orgía. No se puede andar por las calles, porque se triplica en ellas el tránsito de la gente afanada, que va y viene aprisa. Los hombres, cargados de regalos, nos atropellan, y a lo mejor se siente uno abofeteado por una cabeza de capón o pavo que a nuestro lado pasa.
Las confiterías y tiendas de comidas ofrecen en sus vitrinas una abundancia eructante y pesada que, por la vista, ataruga el estómago. No bastan las tiendas, y en esquinas y rincones se alzan montañas de mazapán, canteras de turrón, donde el hacha del alicantino corta y recorta sin agotarlas nunca. Las pescaderías inundan de cuanto Dios crió en mares del Norte y del Sur. Sobre un fondo de esteras coloca Valencia sus naranjas, cidras y granadas rojas, llenas de apretados rubíes. En los barrios pobres las instalaciones son igualmente abundantes; pero la baratura declara la inferioridad del género. Hay una caliza dulzona que se vende por turrón, y unas aceitunas negras que nadan en tinta. De la Plaza Mayor hacia el Sur escasea el mazapán cuanto abunda el cascajo. La escala gradual de la gastronomía abraza desde los refinamientos de Pecastaing, Prast y la Mahonesa, hasta la cuartilla de bellota y la pasta de higos pasados que se vende en una tabla portátil hacia las Yeserías. El enorme pez de Pascuas comprende todas las partes y substancias de cosa pescada, desde el ruso caviar hasta el escabeche y el arenque de barril, que brilla como el oro y quema como el fuego.
Una familia podrá morirse toda entera; pero dejar de celebrar la Noche Buena con cualquier comistrajo, no. Para comprar un pavo, las familias más refractarias al ahorro consagran desde noviembre algunos cuartos a la hucha. ¿Cómo podían faltar los de Relimpio a esta tradicional costumbre? También ellos, pobres y siempre alcanzados, tenían su pavo como el que más, gracias a los estirones que D.ª Laura daba al dinero, y tenían, asimismo, sus tres besugos de dos libras y media, que se presentarían engalanados de olorosos ajos y limón. Don José era el hombre más venturoso de Madrid desde el día 22. Ocupábase en recorrer los puestos de la Plaza del Carmen para traer a su mujer noticias auténticas del precio de la merluza, el besugo, los pajeles. Tratábase de esto en Consejo, y D. José decía con gravedad: «Todo está por las nubes. Veremos mañana». El 23, D. José y D.ª Laura tomaban un berrinche porque no les había caído la lotería, fenómeno extraño que todos los años se reproducía infaliblemente. Opinaba D.ª Laura que todos los premios se los embolsaba el Gobierno, y que la lotería era un puro engaño; pero más juicioso D. José, aseguraba que el número jugado era muy bonito y que no habían faltado más que dos unidades (¡que te quemas!) para que tocara premio. Concluían ambos por exclamar con cristiana paciencia: «Otro año será».
Pero llegaba la mañana del 24, y entonces D. José era la imagen de la felicidad, siempre que nos representemos a esta embozada en su capa y con su gran cesto enganchado en el brazo derecho. Don José llevaba el cesto y D.ª Laura el dinero, y aquí era el recorrer tiendas, el mirar todo, el preguntar precios, no arriesgándose a la empresa de sus compras hasta no estar seguros de que compraban lo mejor. Ya Relimpio estaba enterado de los puntos donde era legítimo el turrón de Alicante y Jijona, donde era más barato el mazapán, más dulces las granadas y más gordas las aceitunas. De todo compraban aunque fuera en cortísima cantidad.
Los comentarios de él sobre la calidad de las cosas compradas no tenían término. Y luego, cuando entraban en la casa, ella con la bolsa vacía, él doblado bajo el grato peso de la cesta, ¿quién no se conmovería viéndole sacar todo con amor para enseñarlo a las chicas, y poner cada cacho de turrón ordenadamente sobre la mesa, diciendo a qué clase pertenecía cada uno, y regañando si algún ignorante confundía el de yema con el de nieve? Lo que no podía sufrir D.ª Laura era que él probase de todo para darlo por bueno, y con este motivo había ruidosas peloteras; pero él aseguraba que todo estaba riquísimo, que todo era gloria, y con esto y con recoger D.ª Laura las compras para guardarlas con siete llaves, concluían las cuestiones. Después, D. José se metía también en la cocina para ayudar y dar más de un consejo; que algo se le entendía de arte de estofados y otros culinarios estilos. Las niñas dejaban la costura aquel día; no se pensaba más que en la cena, y entre componerse para ir al Teatro Martín con Miquis, y ayudar un poco a su madre, se les pasaba la tarde.
Don José, a quien las horas se le hacían siglos, no pensaba en apuntar en el Diario ni en el Mayor los gastos extraordinarios de aquel día. Por la tarde ocupábase de instalar la mesa en la sala, por ser el comedor muy pequeño para tan gran festín. Después se miraba diez y nueve veces al espejo, se acicalaba, y en el colmo ya del regocijo, les quitaba a los chicos del tercero el tambor con que atronaban la casa toda, y tocaba por los pasillos con furor y denuedo, seguido de la turba infantil y por ésta con alegres chillidos aclamado.
A la bendita y honesta cena de esta excelente familia no asistía nunca, desde muchos años, el señorito Melchor, que cenaba con sus amigos. Lejos de censurar esto, D.ª Laura hallaba natural que su hijo, escogido entre los escogidos, no se sentase a la vulgar mesa de sus padres. Mejor papel haría en otra parte. Ya Melchor se rozaba con literatos, diputados, artistas y empleados de cierta categoría. Probablemente, aquel año iría a cenar en casa de un marqués.
En cambio les acompañaba el ortopédico, hermano de D.ª Laura, y el hijo de este, llamado Juan José. ¡Ah! El ortopédico era saladisímo para una cena. Hombre de gran formalidad, se trocaba en el más gracioso del mundo en cuanto bebía dos vasos de vino; decía los disparates más chuscos que se podrían imaginar. Él y Relimpio, que también perdía la chaveta en cuanto empinaba un poco, por estar privado de mosto durante el año entero, eran los héroes de la fiesta; brindaban con gritos, se abrazaban riendo como locos, y por fin rompían a llorar. En suma, que era preciso llevarlos a cuestas a la cama, con gran algazara y risa de todos los comensales. Los únicos convidados de fuera de casa eran Miquis y un poeta presentado por este en la casa, llamado Sánchez Berande, el cual hacía monos y versos no se sabe bien si a Emilia o a Leonor.
Ea..., ya tenemos la mesa arreglada en la sala, por ser el comedor pequeño para tanto gentío. Don José, que se pintaba sólo para arreglar un banquete, contemplaba su obra con legítimo orgullo, y se recreaba en el brillo de la loza y la cristalería, en la muchedumbre de luces, en el adorno y opulencia de la mesa. Después esparcía miradas de felicitación por toda la capacidad de la sala, por la sillería de reps que había sido desnudada de sus fundas de percal, y por las cajitas de dulces, las bandejas de latón y demás chucherías... Todo estaba bien, perfectamente bien. Hasta el retrato del dueño de la casa, al óleo, detestable, colgado en la pared principal, rebosaba satisfacción en su acaramelado semblante. «Estoy hablando», decía Relimpio siempre que lo miraba. Frente al retrato había una laminota, en la cual D.ª Laura se inspiraba siempre para increpar a su marido. Era Sardanápalo quemándose con sus queridas... Completaban el decorado de la pieza tres o cuatro fotografías de niños muertos. Eran los hijos que se le habían malogrado a D.ª Laura en edad temprana. Vistos a la luz de las bujías del próximo festín, los pobrecitos tenían cara de muy desconsolados por haberse ido del mundo tan pronto sin alcanzar la hartazga de aquella noche.
—II—
Isidora no cabía en sí de júbilo. Aquel día, el 24, soltarían a Mariano. Ella misma iba a sacarle de la horrenda cárcel. ¡Oh! ¡Si no se hallara muy mal de dinero, aquel día habría sido uno de los más felices de su vida! ¿En qué había gastado lo que le diera dos meses antes el marqués de Saldeoro por cuenta del Canónigo? Verdaderamente ella no lo sabía. Había pagado a doña Laura, se había comprado ropa... ¿Pero lo demás dónde estaba? Isidora reflexionó.
En perfumería había adquirido lo bastante para tres años. ¿Y de qué le servían aquellos candeleros de bronce, y el jarro de porcelana, y el cabás de cuero de Rusia? Cosas eran estas que compró por la sola razón de comprarlas. ¡Eran tan bonitas!... Pues ¿y aquel vaso de imitación de Sajonia, de qué le servía?... ¿Y las botellas para poner cebollas de jacinto?
Más necesario era sin duda el librito de memorias, el plano de Madrid, las cinco novelas y la jaula, aunque todavía le faltaba el pájaro. Estaba muy desconsolada por no tener un buen baño; ¿pero cómo podía satisfacer este gusto en casa tan pequeña? Luego, la maldita D.ª Laura se ponía frenética por la mucha agua que Isidora gastaba. Si esta no podía disfrutar de una hermosa pila de mármol, en cambio se había provisto de tarjetas, de papel timbrado, de una canastilla de paja finísima, de una plegadera de marfil para abrir las hojas de las novelas, de un antucás, de pendientes de tornillo con brillantes falsos, de un juego de la cuestión romana y de algo más, tan lindo como caprichoso. Mucha, muchísima falta le hacía un buen mundo para poner la ropa; pero ya lo compraría más adelante. Tampoco estaba bien de ropa blanca; pero tiempo habría de hacerse un hermoso equipo.
Gozosa, daba la última mano a su atavío para salir en busca del hermano. La orden del juez para soltarlo debía de estar ya en las oficinas de la cárcel. Salió radiante y satisfecha; mas no quiso tomar el breve camino de la calle de Hortaleza, porque le daba vergüenza de pasar por cierta tienda donde debía algunas cantidades, poca cosa en verdad.
Ya anochecía cuando Isidora regresó acompañada de su hermano, el cual, vergonzoso y cohibido, bajaba los ojos delante de la gente. Recibiole D. José Relimpio con ciertos asomos de severidad, dándole una palmada en el hombro y diciendole: «Hombre, veremos cómo te portas ahora». Pero D.ª Laura, implacable y fiera, dijo que Mariano no se sentaría a su mesa, aunque bajase Cristo a mandarlo. Oyó esto Isidora con rabia; mas conteniéndose, devoró tal afrenta y se amordazó la boca para que no saliesen las palabras que del corazón le brotaban. Encerrose con el chico en su cuarto, le lavó y vistió, para lo que tenía apercibida gran cantidad de agua y ropa nueva. El muchacho observó en los ojos de Isidora una lágrima, más bien que del sentimiento, nacida del despecho, y le dijo:
«¿Por qué lloras? ¿Por lo que ha dicho esa tía bruja?
—¡Gente ordinaria!...—murmuró Isidora.
—¿Por qué no le contestaste?—dijo Mariano con extraña rudeza.
—No me rebajo yo a tanto.
—¡Puño!».
Mariano dio un puñetazo sobre su propia rodilla. Luego Isidora le echó un sermón sobre su detestable maña de decir a cada paso palabras malsonantes, y aunque el muchacho alegó, para defenderse, que también las decían los caballeros, ella se mantuvo inflexible, decidida a castigar las malas palabras como si fueran malas acciones.
«Ahora, señorito—le dijo con severidad—, ha de andar usted derecho. Pase que en otro tiempo, cuando nuestra desgracia nos tenía poco menos que en la miseria, ocurrieran ciertas cosas..., ciertas barbaridades, Mariano, de que no quiero acordarme... Echémosles una losa encima. Pero ahora ya han cambiado las cosas. Eres un bárbaro, y vas a empezar a desbastarte. Tú no seas tonto; principia por convencerte de que eres persona decente, y así tendrás dignidad. De nuestra tía Encarnación, hazte cuenta de que no existe, porque no la volverás a ver. Eres ya otra persona».
Oyó atentamente el muchacho estas advertencias, y se prometió a sí mismo hacer todo lo posible para entrar con pie derecho en aquella senda de caballería y decencia que su querida hermana le marcara. Tras esto Isidora cayó en la cuenta de que Mariano y ella habían de cenar aparte aquella noche, pues si el chico no podía sentarse a la mesa de los Relimpios, tampoco ella se sentaría por nada del mundo. Al punto determinó salir en busca de alguna cosa para aderezar la cena. ¡Muy bien, excelente idea! ¡Mariano y ella cenarían tan ricamente en su cuarto, solos, y sin rozarse con aquella gente ordinaria!
Pero sobrevino la más grande contrariedad que en vísperas de un banquete puede ocurrir. Isidora no tenía dinero. Entre las múltiples propiedades de este metal, ella había notado principalmente una, la de acabarse en los momentos en que más falta hacía. El portamonedas no contenía más que un par de pesetas y algunos cuartos. Buscó y rebuscó Isidora en todos los bolsillos, gavetas y huecos, porque recordaba que en otra ocasión parecida había encontrado de repente una moneda de oro olvidada en el fondo de un cajón de la cómoda; mas ninguna moneda de plata ni de oro apareció aquella vez, con lo que se dio por vencida, y resolvió que la cena fuese una modesta colación, más propia de día de ayuno que de noche de Navidad. Aunque a D.ª Laura nada debía, antes muriera que pedirle dinero, después del atroz desaire recibido de ella. No se atrevía tampoco a acudir a Joaquín Pez.
Salió. Mariano se quedó solo. Por no ser excesivo el número de sillas que en el cuarto había, estaba sentado en un baúl bajo. A su lado, en un rincón, vio paquetes de papeles viejos liados fuertemente con bramante. Eran los cartapacios y protocolos que Tomás Rufete había emborronado durante su enfermedad, y que fueron guardados en casa de Relimpio, hasta que sus hijos los recogieran, por si algo había de interés entre tal balumba de desatinos. Isidora los había llevado del desván a su cuarto, y allí los puso con ánimo de someterlos a un examen cualquier día. Mariano leyó, no sin trabajo, los rótulos que decían: «Desolación... Hacienda pública... Desfalcos... Muerte... Latrocinio...», y otras cosas extravagantes. Como ninguna distracción sacaba de ver letreros, empezó luego a revolver todo lo que su hermana tenía sobre la cómoda, y después lo que en el primer cajón había. Todo lo revisaba, lo examinaba por dentro y por fuera; hojeó las novelas, levantó de las botellas las cebollas de jacintos para ver las raíces, abrió el estuche de los tornillos de diamantes americanos, revolvió la caja y los sobres de papel timbrado; y como en el momento de estar sobando el papel echase de ver el tintero y la pluma, tomó esta y trazó sobre un plieguecillo, con no pocos esfuerzos, alargando el hocico y haciendo violentas contorsiones con el codo y la muñeca, estas palabras: Mariano Rufete, alias Pecado. Contempló satisfecho su obra, y luego, con gran ligereza, echó una rúbrica que parecía el dibujo de un puñal. Se echó a reír como un bruto, dejando el papel sobre la mesa. Luego dirigió su atención al tocador de la hermana; fue viendo uno por uno los botes que en él había, metiendo en todos las narices y diciendo «¡qué bueno!» o «¡qué rico!». Se puso pomada, se perfumó con esencias y se lavó las manos, sonriendo de gusto al ver cómo se deslizaban dedos sobre dedos al suave resbalar del jabón.
«¡Eh!, ya me has revuelto todo—dijo Isidora al entrar de la calle—. ¡Jesús, qué desorden! Mira, te voy a pegar».
Mariano reía.
«¿Y qué has escrito aquí? Mariano Rufete, alias Pecado... ¿Qué es eso de Pecado? ¡Como yo vuelva a oírte dándote a ti mismo esos apodos...!
—Como los toreros—observó estúpidamente Mariano sin cesar de reír.
—A ver... ¿Es que no quieres ser persona decente?... ¿Pero qué haces, gandul? ¿Te enjugas las manos en mi vestido? Quita allá, asqueroso. ¿No ves la toalla? Lo que digo; no quieres entrar por el camino de las personas decentes. Eres un salvaje... Ya se ve; no has tratado sino con cafres».
Y diciendo esto, de un pañuelo que cogido por las cuatro puntas traía, sacó sucesivamente varios pedazos de turrón y algunos puñados de cascajo, castañas, nueces, avellanas y bellotas. Al poner sobre la cómoda la última porción de tan variados bastimentos, lanzó de su pecho un suspiro enorme.
«¿Todo eso has traído?—preguntó Mariano—. ¿Y el pavo? Yo quiero pavo.
—Cenarás lo que te den—replicó ella pasando de la pena al enfado—. Es una mala educación pedir lo que no hay.
—El año pasado—dijo Mariano con rudeza y desdén—mi tía la Sanguijuelera tenía besugo, y pimientos encarnados, y turrón de frutas, y lombarda, y una granada de este tamaño. Yo me la comí toda. ¡Estaba más rica...!».
Ceñuda y pensativa, Isidora puso la mesa. Mariano se sentó en una silla alta y ella en otra baja.
«Mañana será otro día—dijo ella—. Eso de atracarse la Noche Buena es propio de gente ordinaria. Ya te enseñaré yo a ser caballero... Vaya que está rico este turrón. Pruébalo...».
No se hacia de rogar Pecado, antes engullía sin cumplimiento. En la sala de la casa había empezado ya el alboroto; mas no la cena, porque esperaban a Miquis. La entrada de este se conoció desde el retiro de los Rufetes por un repentino aumento del bullicio. Un instante después Isidora vio que se abría suavemente la puerta de su cuarto y que entraba la irónica fisonomía del estudiante.
«Vengo a tener el gusto de saludar a la señora archiduquesa—dijo este, sombrero en mano, con ceremoniosa cortesía—. Bien se ve que estamos ya en plena aristocracia. Esta noche se queda usted en casa; quiero decir, que recibe usted a sus amigos...
—Toma—le dijo Isidora ofreciéndole una bellota—. Es lo mejor que te puedo ofrecer.
—Gracias, marquesa—repuso Miquis sentándose—. Es delicioso el obsequio. Vamos a cuentas y hablemos con seriedad. ¿Por qué no cenas con nosotros?
—Nosotros—manifestó Isidora ahogada por la pena y el despecho—no somos dignos... Vete, vete pronto. Te esperan. Ya han sacado la sopa de almendras.
—¡Ay, chiquilla! ¡Cuánto más me gustan tus bellotas!... Pero no llores. De buena gana te acompañaría... Pero es tan tiránica la sociedad...
—Vete, vete... Mi hermano y yo cenamos solos. Ya ves... Estamos tan contentos... Mejor es así. Cada uno en su casa».
Augusto la contempló en silencio, asombrado de su hermosura, que cada día iba en dichoso aumento, enriqueciéndose con un encanto nuevo.
«Aquí viene bien aquello de a tus pies, marquesa»—dijo, levantándose.
Y luego, volviendo la vista para observar con una mirada en redondo todo el cuarto, añadió:
«Estás perfectamente instalada, marquesa. Magnífico gabinete. Aquí los arcones de roble; ahí el gran armario de tres lunas. Cuadros de Fortuny, tapices de los Gobelinos, porcelanas de Sèvres, y de Bernardo Palissy... Muy bien. Bronces, acuarelas...».
Mariano le miraba con cierto espanto. Isidora entreveraba de sonrisas su pena profundísima. Pero se sintió herida en lo más vivo de su alma cuando Miquis, después de transformar el humilde cuarto en aristocrático gabinete, dijo con el mismo tono de encomio:
«Bien se conoce en esta rica instalación el buen gusto del marqués viudo de Saldeoro. Adiós, marquesa. Ceno en el palacio de Relimpio».
—III—
Cuando Augusto se marchó, quedose Isidora meditabunda, clavados los ojos en su propia falda.
«¿Quién es ése?—le preguntó Mariano.
—Un tipo, un mequetrefe—repuso ella sin mirar a su hermano, señales claras por donde manifestaba estar aún dentro de la esfera de atracción del pensamiento que la dominaba.
—Dame más turrón, marquesa—exclamó el muchacho.
—¿Por qué me llamas así?—preguntó Isidora bruscamente, despertando de su mental sueño.
—¿Es apodo? ¡Puño!... ¿Y por qué te pone motes ese gatera?
—Mariano, cuidado cómo se habla.
—¡Se burla de ti!—gritó Pecado con aquel arrebato de infantil fanfarronería que en él parecía cólera de hombre.
—Yo te juro que no se burlará más»—dijo ella con los ojos húmedos de lágrimas.
Mariano la miró, diciendo:
«Tonta, no ha sido para tanto... Las mujeres lloran por cualquier cosa. Que venga a mí con bromas; verá cómo le saco las entrañas...
—Mariano, loco, bruto y salvaje—gritó ella, despertando otra vez en su letargo de pena y despecho—. Si te oigo hablar así otra vez...
—No dije nada, nada... Dame turrón».
La algazara de la sala crecía, y por las palabras sueltas, los plácemes y exclamaciones que de ella hasta el cuarto de los Rufetes llegaban, así como por los olores culinarios que invadían toda la casa, se podía saber a qué altura andaba el festín. Se sintió sucesivamente la aparición del besugo, la del pavo, aclamado con palmoteo y vivas. Don José lo recibió cantando la Marcha real. Después se oyeron las ruidosas cuestiones a que dio motivo el gran acto de trincharlo. Las risas sucedían a las risas, y los comentarios a los comentarios. Al mismo tiempo se conocían los efectos del Valdepeñas y del Cariñena en la torpe lengua del ortopédico, que desgranaba las palabras, y en el entusiasmo anacreóntico de D. José Relimpio, que no decía cosa alguna derecha y con sentido.
La criada entró en el cuarto de Isidora, trayendo un plato con varias lonjas de pechuga y un poco de relleno. Encendiéronsele a Mariano con luces mil los ojos, y no parecía sino que cada destello de su mirar era un largo tenedor; pero Isidora, en quien el orgullo no daba lugar al agradecimiento ni al perdón, vio con repugnancia aquel tardío obsequio. Aunque comprendió que este había nacido en el bondadoso corazón de Emilia, siempre veía en él como un mensaje de lástima. Rechazó la fineza diciendo:
«Que muchas gracias y que no queremos nada.
—Chica, chica, tú eres tonta—gruñó Mariano con su rudeza propia, exacerbada hasta el salvajismo.
—Si no te callas, te pego.
—Yo quiero cenar—afirmó él con brutal terquedad, echando a un lado la cabeza y dando un golpe con ella sobre la mesa.
—Eso es, rómpete la cabeza.
—Mala hermana, ¡no das de cenar a tu hermanito! Mira tú, mejor estaba en la cárcel...
—Como vuelvas a nombrar...
—¡Nombro!... ¡Puño!
—Como vuelvas a decir...
—¡Puño!—repitió el bergante alzando la mano.
—¡Alzas la mano!..., ¡a mí!..., a tu hermana.
—Yo me quiero ir con mi tía.
—Si vuelves a nombrar...
—¡Mala hermana..., marquesa!...».
Pecado hizo burla de su hermana con tanto descaro, que esta hubo de ponerle a raya con dos bofetadas muy bien dadas que, o mucho nos engañamos, se oyeron desde la sala. No era ella mujer que se dejaba embromar de un mocoso, aunque este tuviera los buenos puños y los medianos antecedentes del señorito Rufete. Dominado este por la actitud de su hermana y por el cariño que le tenía, se contuvo. Echado de bruces sobre la mesa, la barba apoyada en el arco que con sus brazos hacía, a Isidora contemplaba en silencio con la seriedad y atención hosca de uno de esos perrazos que muerden a todo el mundo menos a su amo.
El bullicio de la sala llegaba ya al delirio. Don José hacía el amor a su mujer echándole ternísimos requiebros entre los aplausos de los divertidos comensales. Doña Laura llamaba a su marido Sardanápalo. El ortopédico había empezado a cantar villancicos, acompañándose de golpes dados sobre la mesa con el mango del cuchillo. Sólo Emilia y Leonor conservaban su amable serenidad, la una obsequiando a Miquis, la otra a Sánchez Berande. El joven poeta, Miquis y el hijo del ortopédico alborotaban también, el primero con sus discursos, el segundo con sus cantorrios de tangos y malagueñas. Después se hizo una grande y solemne pausa, porque Berande, a ruegos de todos, iba a recitar versos. Creíase destinado a la inmortalidad; tenía un buen tomo preparado para darlo a la estampa, en el cual, como en muestrario de bazar, había de todo: elegías, odas, pequeños poemas, poemas grandes, epigramas, doloras, suspirillos germánicos, sáficos y octavas reales. La sala parecía tribuna del Congreso, que se hundía con los aplausos al terminar Berande su recitación.
«Versos—dijo Mariano, alzando su cabeza y poniendo atención.
—¿Te gustan los versos?—preguntole Isidora, gozosa de sorprender a su hermano un síntoma de decencia.
—Sí—replicó el muchacho—; me sé de memoria los de Francisquillo el Sastre, que empiezan:
Salga el acero a brillar, pues soy hijo del acero...
—Calla, bruto; esas son barbaridades.
—También sé los del Valeroso Portela, que dicen:
Escuchen, señores míos, les diré de Juan Portela, el ladrón más afamado de la gran Sierra Morena.
—Calla, hijo, calla por Dios. Me estás envenenando con tus horribles coplas. Ningún joven guapo y decente aprende tales cosas. Esto está bien para el pueblo, para el populacho. ¿Sabes tú lo que es el populacho?
—Mi tía la Sanguijuelera—contestó el chico con tan graciosa naturalidad, que Isidora no pudo contener la risa.
—Ya aprenderás mil cosas que no sabes. Y dime ahora, ¿qué aspiración tienes tú?... ¿Qué quieres ser?...
—Yo no quiero ser nada—repuso él con apatía.
—Es preciso que estudies y que trabajes. No volverás a la fábrica de sogas. Irás a un colegio. ¿Qué carrera quieres seguir?».
Mariano meditó un instante. Después dijo con resolución:
«La de tener mucho dinero.
—¿Y para qué quieres tú el dinero?
—Toma..., mia ésta... Pues para ser rico.
—Pero es preciso que seas algo.
—Rico...
—¿Y en qué gastarías el dinero?
—En comer lomo, granadas, turrón y en beber buen vino. Tendré un caballo y me vestiré todo de seda.
—¿No te gustaría militar y llegar a general?
—Sí, sí—afirmó Pecado, despidiendo de sus ojos brillo de animación y alegría—. Para ir mandando la tropa y arreando palos..., así..., ¡toma!
—No, no, no se pega. No creas que los generales pegan... Hay carreras preciosas, como Estado Mayor, Ingenieros, Artillería.
—¡Artillero, artillero!—gritó Pecado, dando golpes en la mesa—. Ya me verás, cañonazo va, cañonazo viene... ¡Bum, bum!
—Dispararías cuando fuera menester...
—No, no, siempre... Al que me hiciera algo, ¡zas!...».
A esto llegaban cuando volvió la criada trayendo un plato con varios pedazos de turrón, de parte de la señorita Emilia y del señorito Miquis. No considerándose aún desagraviada Isidora con estos regalitos, negose a admitirlos; pero Mariano se abalanzó al plato más pronto que la vista, y arrebatando el turrón, empezó a engullir con tanta prisa, que no pudo su hermana evitarlo.
«¡Malcriado..., glotón!—le dijo cuando otra vez se quedaron solos—. ¿No has comido ya bastante?».
Mariano negó con la cabeza, por no poder hacerlo con la boca.
«Te pondré interno en un colegio».
Mariano hizo con los dedos una señal que quería decir: «Me escaparé».
«No te escaparás. ¿Piensas que vas a lidiar con bobos? Hay un maestro muy rígido.
—De la bofetada que le pego—dijo Mariano pudiendo ya articular algunas palabras—, va volando al tejado.
—¡Fanfarrón!...».
En la sala, la cena parecía tocar a su fin. Todas las clases de turrón habían sido probadas, así como las granadas y las ruedas de naranjas espolvoreadas de azúcar. Relimpio, con la última copa de cariñena, dio con su cuerpo en tierra. «¡A la Misa del Gallo, vamos a la Misa!», gritaba con torpe lengua el insigne galán rodando debajo de la mesa. Muertos de risa los demás, le cogieron por los cuatro remos para llevarle a la cama, y él iba cantando el Kirie eleisón con voz de sochantre, y los demás riendo y vociferando, de lo que resultaba el más grotesco cuadro y música que se pudiera imaginar.
«¡Cuánta grosería! ¡Qué gente tan ordinaria!»—exclamó Isidora.
Poco después llegó Emilia al cuarto de esta, y diole excusas por la soledad en que se había quedado en noche de tanta alegría. Mas, no dando su brazo a torcer Isidora, replicó que había estado perfectamente en su cuarto. Trajeron un catre de tijera para que se acostase Mariano, y cuando Isidora le mandó que se recogiera, por ser ya más de medianoche, el maldito muchacho se le plantó delante y le dijo con sus bruscos modos:
«Dame dinero.
—¿Y para qué quieres tú dinero, tunante? Acuéstate.
—Me acostaré; pero yo quiero dinero. Si no me das dinero, no te quiero...
—¿Para qué lo necesitas?
—Para ir mañana a los toros.
—Si ahora no hay toros, mentecato.
—Pero hay novillos y mojiganga.
—¿Y cómo sabes eso?
—Por los chicos... Si no me das dinero, no te quiero.
—Mañana te daré unos cuartitos...
—¿Cuartitos? Tú eres rica—dijo pasando la vista con malicioso examen por los diversos objetos que Isidora poseía—. Tú tienes dinero, porque has comprado estas cosas ricas, y yo no tengo nada, nada; soy un pobre».
Al decir esto se desnudaba para acostarse.
«Yo también soy pobre—afirmó Isidora—; pero con el tiempo, tal vez dentro de poco, tú y yo estaremos bien y tendremos todo lo necesario y aún más.
—La señorita gasta y come bien, y tiene a su hermanito muerto de hambre—gruñó él, acostado ya.
—No seas tonto. Cállate y duerme.
—Si mañana no me das dinero, salgo a la calle y pido limosna. Ya sé yo cómo se pide. Me lo ha enseñado un chico.
—¿Qué estás diciendo, cafre?
—Que pediré limosna. Verás.
—No me sofoques... A un colegio, a un colegio.
—Ya me estoy durmiendo... Hasta mañana.
—¿No rezas, herejote?».
Mariano murmuró algo que no era fácil descifrar, y se durmió sosegadamente. Todavía quedaba en él algo de niño. Su hermana le contempló un instante movida de un sentimiento extraño en que se combinaban el cariño y el terror. Iba a darle un beso; pero cuando ya casi le tocaba con sus labios, se apartó diciendo: «Temo que se despierte y me pida lo que no puedo darle».
Capítulo XV
Mariano promete
A la siguiente mañana, no repitió Mariano sus exigencias de la noche de Navidad. Estaba de buen humor, alegre, saltón, inquieto y condescendiente. Gozosa también Isidora de verle sin las siniestras genialidades de la pasada noche, hízole mil caricias, le vistió, le arregló, púsole una elegante corbata, que ha días tenía para él, le peinó, sacándole raya, y cuando estuvo, a su parecer, bastante acicalado y compuesto, llevole delante del espejo para que se viera, y le dijo: «Ahora sí que estás hecho una persona decente». Él se miraba riendo, y decía una y otra vez... «Quia, quia; ese no soy yo».
Después salieron juntos a pasear por las calles. A cada paso, Mariano quería que le comprara cosas; y en verdad que si ella tuviera algo en su bolsillo, le tapara la boca más de una vez; pero nada tenía, y los dos se volvieron a casa cariacontecidos. Él se preguntaba que de qué servía tanta pomada en el cabello, tal lujo de corbata y camisa blanca, si entre los dos no tenían ni un ochavo partido. Por la tarde, Mariano salió solo, cuando su hermana no estaba en el cuarto, y volvió ya muy entrada la noche, todo sucio, desgarrado, la camisa rota y la corbata hecha jirones. Pintar la ira de Isidora al verle en tal facha, fuera imposible. Mariano confesó, con loable franqueza, que había estado jugando al toro con otros chicos en la plaza de las Salesas, con lo que redoblándose el enojo de la hermana, le dio un vapuleo de esos que duelen poco. Lo más extraño es que el muchacho, con ser tan bravío y rebelde, no se defendió de los azotes, ni hizo ademán de volver golpe por golpe, ni chistó siquiera... Por la noche ya habían hecho las paces; él prometía ser bueno, y fino y persona decente. Exigió que su hermana le llevara al teatro, ella lo prometió así; mas como no pudiese cumplir al siguiente día por la causa que fácilmente conocerá el lector, se enfureció el chico, pidió dinero, negóselo ella, hablaron más de la cuenta, y él puso término a la disputa con esta amenazadora frase:
«¡Dinero! Ya sé yo cómo se encuentra cuando no lo hay. Los chicos me lo han enseñado».
Isidora no hizo caso. El día de Inocentes salió un rato. Al volver, Mariano había revuelto todo el cajón alto de la cómoda.
«¿Qué haces?—preguntole su hermana, previniendo algún desastre.
—¿Aciértame que tengo aquí?»—le dijo Mariano mostrándole su puño cerrado.
Isidora trató de abrir el puño del muchacho; pero este apretaba tan fuertemente sus dedos, que los blandos y flojos de Isidora no pudieron moverlos ni un punto, ni separarlos. Con su fuerza varonil, Mariano hacía de su mano un arca de hierro.
«Abre la mano, ábrela.
—No quiero.
—¿Qué tienes ahí?... ¿Qué has cogido?».
Mariano se puso de un salto en la puerta, siempre con el puño cerrado. Riendo como un desvergonzado bruto, dijo a su hermana: «Abur, chica».
Al punto echó Isidora de menos sus diamantes de tornillo, que aunque falsos, valían cuatro duros. ¡Cuántas lágrimas derramó aquel día! Mariano estuvo una semana sin parecer por la casa de Relimpio.
Una noche, cuando menos se le esperaba, apareció al fin avergonzado, compungido, la ropa hecha jirones, imagen del hijo pródigo. Con la alegría de verle, no fue la severidad de Isidora tan grande como cumplía, y le perdonó. Tenía Mariano entre sus maldades, desarrolladas por el abandono, algunas cosas buenas, y la cualidad mejor era la franqueza con que confesaba sus delitos sin ocultar nada, ni dorarlos con comentarios artificiosos para hacerlos pasar por donaires. Todo cuanto había hecho en la semana lo contó puntualísimamente; pero ninguna parte de aquella Odisea de travesuras causó tan penoso efecto en el alma de la señorita de Rufete como estas palabras:
«Estuve en casa de mi tía Encarnación, ¿sabes?..., y mi tía Encarnación y la tía Palo—con—ojos comían juntas; y mí tía Encarnación me dijo: «Anda, pillete, anda con tu hermana a que te dé de comer y te vista de señorito, pues bien puede hacerlo». Entonces mi tía Encarnación y la tía Palo—con—ojos se pusieron a hablar de ti, y mi tía Encarnación dijo que tú tienes un novio marqués que te da mucho dinero».
Isidora se quedó yerta; pero como el mostrar enfado por aquel ultraje habría sido ocasión de que entrara más en malicia el chico, harto malicioso ya, fingió tomar a broma el caso, aunque le destrozaba el alma, y se echó a reír. Pero su fingimiento de buen humor fue de todo punto imposible cuando Mariano, con aquel descaro que determinaba el tránsito brusco del candor al cinismo, le dijo:
«Ya, ya. Las mujeres sois todas unas... Bien sé lo que hacéis para tener siempre dinero. Los chicos me lo han dicho».
Risas, azotes, lágrimas sucedieron a esta declaración; pero también paces al siguiente día. Isidora, que recibió del marqués de Saldeoro otra visita platónica y una nueva remisión de fondos por cuenta, al parecer, del Canónigo, salió de aquella sombría situación de escaseces y apuros; pagó sus deudas, compró un Diccionario de la Lengua castellana y llevó a su hermano al teatro, de lo que este recibió tanto gusto, que en algunos días apareció como transformado, encendida la imaginación por las escenas que había visto representar, y manifestando vagas inclinaciones al heroísmo, a las acciones grandes y generosas. Contenta Isidora de esto, comprendió cuánto influye en la formación del carácter del hombre el ambiente que respira, las personas con quienes tiene roce, la ropa que viste y hasta el arte que disfruta y paladea.
Animada Isidora al ver que no carecía su hermano de algún fundamento bueno y sólido para construir en él la persona decente, determinó que no corriera un día más sin ponerlo en un colegio. Pasados Reyes, el señorito fue confiado a un profesor que apacentaba su rebaño de chicos en un colegio de la calle de Valverde. Mal, muy mal le supo al de Rufete la sujeción, porque sobre todos sus instintos malos y buenos dominaba el de la vagancia y el gusto de correr por calles y caminos, con cierto afán como de buscar aventuras. La mortificación de su amor propio al ver que le eran muy superiores niños de menos edad que él, aumentaba el horror que hacia el colegio y su maldito profesor sentía. Era casi un hombre, y en todas las clases ocupaba el último lugar. Era el burro perpetuo, burla y mofa de los demás chicos. Su barbarie llegó a ser proverbial en las clases; los alumnos todos celebraban con risas y pataleo los dislates que decía en sus lecciones, y el maestro mismo, cargando sobre él el peso de su desdén pedagógico, solía decir, reprendiendo a cualquiera de los alumnos: «Eso no se le ocurre ni al mismo Rufete. Eres más tonto que Rufete».
La poca estimación que se le tenía mató en él sus escasos deseos de aprender. Concluyó por despreciar el colegio como el colegio le despreciaba a él, de donde vino su costumbre de hacer novillos, la cual aumentó de tal modo que, sin saberlo su hermana, dejó de asistir un mes entero al estudio. En aquellos días de aventuras y pilladas y esparcimiento, cualquiera que hubiese tenido interés en seguir los pasos de este desgraciado chicuelo le habría visto encaramándose en la verja de la puerta principal de la Plaza de Toros para alcanzar a ver algo del ensayo de la mojiganga, o bien jugando en los tejares adyacentes, o en el río entre las lavanderas. En sus compañías, que al llegar al colegio fueron de niños decentes, descendió poco a poco hasta el más bajo nivel, concluyendo por incorporarse a las turbas más compatibles con su fiereza y condición picaresca. Granujas de la peor estofa, aspirantes a puntilleros, toda clase de rapaces desvergonzados y miserables, formaban su pandilla; y como Mariano solía tener algún dinero, eran de ver su boga y popularidad entre esta chulería menuda, que sin cesar se ofrece a nuestra vista por calles y caminos con escándalo de la moral, con bochorno de la sociedad y del cristianismo, que no aciertan a recoger y sujetar estos presidios sueltos del porvenir.
Capítulo XVI
Anagnórisis
¡Hosanna, hosanna! A principios de febrero, Joaquín visitó una tarde a Isidora para anunciarle que la señora marquesa de Aransis había llegado de Córdoba y deseaba verla. El regocijo que esta nueva produjo en Isidora la dejó alelada por breve rato, y en su aturdimiento no hacía más que contemplar al mensajero y recrearse en su belleza. Si no hubiera puesto ya en él todos los afectos disponibles de su gran corazón, bastaría aquel acto para que le amase sobre todas las cosas. Pero Joaquín dijo más. La señora marquesa de Aransis se había dignado fijar el día siguiente, 11 de febrero, a las cuatro de la tarde, para recibir a la señorita de Rufete. Esta se ruborizó de golpe por la idea sola de aproximarse a la marquesa. ¡Qué minuto de asombro y congoja dulce! Después el marqués viudo habló algo de los graves sucesos políticos del día; pero a Isidora le importaba poco que se llevara el diablo a todos los políticos y no se enteró de nada.
Cuando se quedó sola, ¡qué cosas pensó y dijo! Y por la noche, ¡cómo se anticipó a los sucesos! ¡Con qué vigor y fuerza de fantasía construyó en su mente la persona de la marquesa, a quien nunca había visto, y qué bien imaginaba, falsificando la realidad, el cuadro que las dos harían, abrazadas, llorando juntas, sin poder expresar la multitud de afectos propios de un modo tan sublime! Viose repentinamente transportada a las altas esferas que ella no conocía sino por ese brillo lejano, ese eco y ese perfume tenue que la aristocracia arroja sobre el pueblo. Viose dueña del palacio de Aransis, mimada, festejada y querida. Dio gracias al Señor porque reparaba al fin la gran injusticia cometida con ella por la sociedad; rezó, se espiritualizó, bañó su alma, si así puede decirse, en ondas de honradez y virtud; la aromatizó con esencias sacadas de la dignidad, de la magnanimidad y nobleza. Hizo luego mil proyectos, todos grandiosos y humanitarios, como socorrer pobres, vestir desnudos y consolar afligidos y menesterosos; y desde esta región de la beneficencia se precipitó a escape hacia los ensueños del lujo, en un carro triunfal tirado por atrevidos pensamientos, corriendo por entre nubes de supuestas delicias, hasta que fue a caer sin aliento, fatigada y moribunda en el abismo de rosas de un sueño dulce.
Al despertar creyose por un momento en los brazos de su abuela. ¡Oh! La luz de aquel día, de aquel jueves, 11 de febrero, tenía para ella un tinte sonrosado y divino, lleno de poesía y de esperanza, como si todo el día fuera aurora. Su primer juicio fue para apreciar lo que tardaba la hora de su dignificación gloriosa; la hora de una de las más grandes justicias que había visto la tierra. En el tiempo había aquel día un monstruoso pliegue: las cuatro de la tarde.
Isidora empezó a arreglarse desde muy temprano. ¿Cómo iría? No era conveniente presentarse a su abuela con apariencias de notorio bienestar. Todo prurito de llamativa elegancia en su honrada pobreza le parecía chocarrero y de mal gusto. Tampoco convenía presentarse con desaliño, anunciándose como demasiado influida por la baja condición en que tan injustamente había vivido. El desaseo y abandono serían de muy mal efecto. Era preciso que en su apariencia comedida, modesta, honrada y grave revelara la dignidad con que pasaba de su estado miserable a otro esplendoroso. Así se mostraría merecedora del nuevo puesto, demostrando no haber deshonrado su origen en la humildad. Toda la mañana la pasó en estos pensamientos. También meditó si convendría o no llevar consigo a Mariano, decidiéndose por la negativa, por temor a que la comprometiese con su salvajismo. Tiempo habría de presentarle y también de ponerle en un colegio de Francia, donde seguramente vendría a ser caballero digno de su escogido linaje.
Cuando se acercaba la hora, púsose la de Rufete su vestido de merino negro, tan decente que no se podía pedir más, muy bien cortado y hecho; pero sin perifollos ni afectados paramentos. Mirose mucho al espejo, embelesándose en su propia hermosura, de la cual muy pronto se había de congratular la marquesa como de cosa propia, y se dio algunos toques en el peinado. Uno de sus mayores encantos era la gracia con que compartía y derramaba su abundante cabello castaño alrededor de la frente, detrás de las orejas y sobre el cuello. Aquella diadema de sombra daba a su rostro matices de poesía crepuscular, como si todo él estuviese formado con tintas y rasgos tomados de la melancolía y sosiego de la tarde. Sus ojos eran pardos y de un mirar cariñoso con somnolencias de siesta o fiebre de insomnio, según los casos; un mirar que lo expresaba todo, ya la generosidad, ya el entusiasmo y siempre la nobleza. Rara vez se le conocía el orgullo en su mirada afable y honesta. Miquis decía que había en aquellos ojos mil elocuencias de amor y propaganda de ilusiones. También decía que eran un mar hondo y luminoso, en cuyo seno cristalino nadaban como nereidas la imaginación soñadora, la indolencia, la ignorancia del cálculo positivo y el desconocimiento de la realidad.
Mirose mucho al espejo y se puso el velo. ¡Bien, bien! Su dignidad, su hermosura, su derecho mismo, resplandecían más en la decencia correcta y limpia de su vestido negro. Mirose luego a los pies. ¡Bien, muy bien! Admirablemente calzada, aunque sin lujo, completaba su personalidad con la decencia de las botas, parte tan principal del humano atavío, que por ella quizás se dividen las clases sociales.
Dieron las tres. Tomó de una gaveta, donde muy guardados estaban, los papeles que su tío le había dado, y que eran testimonio de su derecho incontestable; a saber: dos partidas de bautismo, varias cartas y otro documento interesantísimo. Pasó la vista por ellos, aunque ya se los sabía de memoria, y los guardó. No los necesitaba, sin duda, porque la cosa era tan clara...; pero quiso llevarlos por previsión o delicadeza. Al salir echó sobre su pobre aposento una mirada de lástima en que también había algo de gratitud. Le parecía tan excesivamente humilde, que se admiraba de que ella se hubiera dignado por tanto tiempo honrarlo con su presencia. La princesa de Poniatowsky parecía más triste al verla partir, y los del cuadro del Hambre se volvían más flacos y macilentos. ¡Pobre cuarto..., tan pobre y tan rico en recuerdos, sueños y emociones! Se lo hubiera llevado con gusto para incrustarlo en los muros venerables del palacio de Aransis.
Al salir se despidió mentalmente de las de Relimpio. Les echó una rociada de desprecio. Así puede decirse, pues tal era su idea. Se figuraba que tenía en la mano una de aquellas mangas de riego que había visto en las calles, y que, apuntándola a D.ª Laura, arrojaba sobre ella, en forma de inundación, todo el desdén que puede caber en un corazón tan grande como el depósito del Campo de Guardias. Sólo exceptuaba de este chaparrón al bueno de D. José, para quien destinaba in mente la plaza de tenedor de libros en cierta casa. Don José, como siempre, la acompañó aquella tarde.
Serían las tres y media cuando pasaron por la Puerta del Sol. A medida que se acercaba Isidora a los barrios próximos a San Pedro iba sintiendo turbación tan grande, que creyó le faltarían las fuerzas para llegar allá. Miraba la hora en los relojes de las tiendas y tabernas. Unos marcaban ya las cuatro, otros las cuatro menos diez. Nueva confusión. El tiempo estaba también turbado. No sabía si apresurarse o detenerse. No quería llegar ni antes ni después de la hora. Al fin vio en el extremo de una callejuela un esquinazo de revoco, un balcón, el primero de larga fila de balcones, y se detuvo mirándolo. Allí era: tuvo miedo, frío y ganas de llorar...
Despidiose de D. José, el cual no comprendía por qué su ahijada le mandaba retirarse.
«¿Pero qué? ¿Te quedas aquí?... ¿No vuelves a casa?...
—No me pregunte usted nada, padrinito. Pronto lo sabrá usted todo. Adiós.
—A ti te pasa algo. ¡Qué pálida estás!... Pero aguarda...
—Adiós, adiós».
Dejándole plantado en medio de la calle, dirigiose a la puerta del palacio. El gran sobresalto de su alma crecía a cada paso. ¡Oh! Sin duda, su abuelita la esperaba con igual ansiedad. Hasta llegó a imaginar que estaría en un balcón esperándola. Miró y no había nadie. La casa estaba muda, cerrada, como el retiro misterioso donde, para gozarse en sí mismo, se hubiera confinado el silencio; la puerta principal entreabierta. Isidora, al tocarla, sintió como un valor repentino. El contacto de su propiedad le devolvía el dominio de sí misma. ¡Revelación magnética de su derecho!
Con voz clara preguntó al conserje por la marquesa. El cojo, como si la esperara, la invitó a pasar adelante y subir. En lo alto de la escalera había otro criado que, sin aguardar a que ella preguntase, abrió con mucho respeto una mampara. Esto animó a Isidora. Dentro de ella se reía un sentimiento y lloraba otro. Andaba como una máquina. Su corazón no era corazón, sino un martinete que daba golpes terribles. Un tercer criado le salió al encuentro, y diciéndole: «Pase usted», la llevó de sala en sala hasta un gabinete. El criado dijo: «La señora saldrá al instante».
Isidora se sentó. Instante único, tremendo; ángel con el pie levantado y las alas extendidas, que va a volar y no se sabe si dirigirá su vuelo al suelo o al infinito; instante soberano; dogal que oprime la garganta; espada de un cabello suspendida; es hermano del instante en que se nace o en que se muere, del instante en que se hunden los imperios, y de aquel, no conocido todavía, en que se acabará el mundo... ¡Ah!, la puerta del gabinete se abría... Isidora vio entrar una dama de cabello casi blanco, grave, hermosa, imagen de la dignidad y de la nobleza, como reina y madre de reyes. Tan turbada estaba Isidora, que no acertó a contestar al saludo afectuoso de la señora. No sabía lo que le pasaba. Se levantó, volvió a sentarse. No podía asegurar si dijo o no dijo algo. Se sentía morir. ¡El semblante de la marquesa no expresaba nada..., la marquesa no la había abrazado..., la marquesa no había parado mientes en su fisonomía!... Las dos se miraron.
Entonces Isidora vio que la marquesa sacó unos lentes de oro, y aplicándolos a sus ojos, la miraba, la observaba detenidamente, callada, fría, como si examinara un objeto raro, pero no tan raro como para despertar admiración. Isidora creyó que la señora había estado mirándola siglo y medio, año más, año menos.
Al fin, de aquella hermosa esfinge con lentes salió una palabra.
«El Sr. de Pez me ha dicho que usted deseaba hablarme. El Sr. de Pez me escribió a Córdoba diciéndome que usted..., parece que asegura...».
¡Cosa rara! También parecía turbada la marquesa. Pero lo que más pasmó y confundió a Isidora fue no ver en la digna señora señales de enternecimiento.
«Es usted, según creo—dijo esta—, una joven que se llama Isidora, hija de un tal Rufete...
—No, señora—manifestó Isidora recobrando en un punto su valor, y usando un lenguaje en que se combinaba hábilmente la energía con la urbanidad—. He llevado y llevo ese nombre, que no es el mío. Don Tomas Rufete ha pasado, hasta que murió por padre mío, y por tal le tuve y le quise; pero yo me llamo Isidora de Aransis».
La marquesa la interrumpió con un gesto de enojo. Volvió a mirarla fijamente y palideció.
«Me han asegurado—dijo—que usted pretende pasar por hija de mi desgraciada Virginia. ¿Es cierto que usted lo cree así?
—¡Oh!, ¡que si lo creo!—exclamó Isidora echándose a llorar—. Si no lo creyera, no viviría...
—Parece—indicó la marquesa—que esa creencia en usted es sincera; parece que es una convicción arraigada y profunda... No puede usted figurarse—añadió con cierto cariño—lo que me ha dado que pensar esta idea de usted. Cuando me escribieron dándome cuenta de una joven que se llamaba mi nieta, estuve muchos días preocupada con esto... He tenido mucha curiosidad de ver a usted..., y ahora que la veo, no puedo negarle que me interesa un poco. Si la apariencia, si el semblante son indicios de la condición moral de las personas, desde luego aseguro que al declararse usted nieta mía, no la ha movido ningún interés maligno. Usted es sincera y honrada, usted tiene la convicción...
—Señora—exclamó Isidora cayendo de rodillas a los pies de la aristócrata—. La voz de la sangre me ha llamado hace tiempo; la voz de la sangre me pone ahora a los pies de la madre de mi madre».
Le besó las manos con religioso respeto. Y el alma se le iba tras los besos, con la más santa y sincera afección que es dado imaginar. Pero aquellas manifestaciones tan extraordinariamente expresivas, lejos de enternecer a la marquesa, la provocaron a recoger su ánimo, y dijo con sequedad:
«Pero ¿qué es esto?... Levántese usted, hija... No puedo consentir... Usted no me ha entendido bien...».
Isidora se levantó. Creía que la marquesa quería llevar las cosas por el terreno de las explicaciones frías antes de entregarse a las expansiones del sentimiento.
«Usted no me ha entendido bien—replicó la de Aransis, viendo cómo Isidora se enjugaba las lágrimas luego que se sentó—. He dicho tan sólo que usted, por la manera de expresarse, por cierto sello de honradez y bondad que noto en su fisonomía... (es usted muy hermosa...) me ha parecido desde un principio digna de interés y consideración. Usted sin duda no ha venido aquí a representar una comedia; usted se declara hija de mi desgraciada hija porque así lo cree, fundada en motivos y circunstancias que ignoro; pero de eso, a admitir que usted tenga razón, hija mía, hay inmensa distancia, y así, señorita, no puedo menos de manifestar a usted con la seriedad que exige el caso, que está usted completamente equivocada».
Si a Isidora le hubieran dejado caer de un golpe sobre el corazón todas las cataratas del Niágara, no habría experimentado sensación más dolorosa de choque duro y frío. Quedó convertida en estatua, y sus lágrimas se secaron, evaporadas por el vivo calor interno que le salió a los ojos. ¡Completamente equivocada! Decirle esto a ella era lo mismo que decirle: «Tú no existes, tú eres una sombra; menos aún, un ente convencional». ¡Tan profundas raíces tenía en su alma aquella creencia!