DECIMA PARTE EL CASAMIENTO DE MARIA (continued 2)
Reading edition
—¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales palabras?—preguntó con amargura el joven.
—No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aquí. Esta resolución, que usted juzgará como crea conveniente, es mía absolutamente y está inspirada en el santo deseo de conservar la paz en una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, señor Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado; pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el honor de María.
Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convencía de que algo había de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para saber hasta dónde llegaban sus designios.
—Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar esta casa apenas el niño entre francamente en la convalecencia; pero... ¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe usted de mi vida, para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a comentarios?
—Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y por esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo trato.
Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuíta, no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, así es que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre Tomás.
—¿Pero cómo sabe usted eso?—preguntó el médico con extrañeza.
—¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo de que estamos investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que es la fiel compañera de la virtud.
Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al ver desconcertado y confuso al médico por la inesperada revelación.
Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de que el padre Tomás se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando adivinar la verdadera intención del jesuíta al decir tales palabras.
—Es muy extraño—dijo Zarzoso con irónico acento—que usted, por su afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el pasado. Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que ahora veo claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha descubierto voluntariamente, yo voy a ser también muy franco. Ya no somos aquí el sacerdote y el médico; somos dos seres iguales, dos hombres que únicamente estamos separados por una diferencia que consiste en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo aún era dueño del corazón de María?
—No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus relaciones con María.
Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que aún resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba frío y correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un desprecio a su persona.
—¿Y fué usted—preguntó con voz temblona por la ira—quien hizo terminar aquellos amores?
El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre, como despreciando las furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó con calma:
—Sí; yo fuí.
Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento, abalanzándose sobre el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar suyo, y en vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con asombro:
—¡Y tiene usted el valor de confesarlo!
—Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer alarde de sus buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación, pues yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las relaciones que existían entre usted y María. La condesa es cristiana, pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de los intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera eternamente con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales doctrinas, y sobre el cual, más o menos pronto, caerá la cólera del Altísimo. Como usted comprenderá, yo que tanto amo a María, no podía permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdición.
—No está mal, jesuíta—contestó el joven con acento sarcástico—. No está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que María se uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.
El jesuíta afectaba escandalizarse por estas enérgicas palabras.
—Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordóñez, pues sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente desagradable. Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido discípulo mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso de insultar al dueño que se halla ausente.
Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían enfurecido al joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y tranquilos cuando llegan a encolerizarse.
—Yo diré cuanto quiera—rugió Zarzoso—, y no será usted quien me lo impida. ¿Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que Ordóñez me pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las reyertas, pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasión, y experimentaría un placer sin límites si algún día me viera frente a frente de ese antiguo aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractaré nunca, pues estoy bien convencido de ello. Ordóñez es un canalla aristocrático que ha buscado una mujer inocente y sencilla para explotarla, y usted un miserable calumniador, que no vaciló en atacar mi dicha por los más infames medios, indudablemente con la intención de apoderarse de la colosal fortuna de María. Conozco mucho a los jesuítas y sé cuál es la principal norma de todos sus actos.
El médico se detuvo mirando fijamente al padre Tomás, para apreciar el efecto que le causaban sus palabras; pero su indignación fué en aumento al ver que el jesuíta permanecía callado, afectando la santa resignación del justo que se ve calumniado.
Zarzoso, a pesar de la rabia que le producían aquellas declaraciones del jesuíta, quiso saber toda la verdad y siguió preguntando.
—¿Usted, indudablemente, me seguiría también con su astuta mirada hasta París, buscando una ocasión para desconceptuarme a los ojos de María? ¿No es eso, padre Ferrari?
—Señor Zarzoso, ¿a qué seguir hablando, si esto no ha de producirle a usted más que indignación ahora y reyertas después? Somos dos caracteres distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar nunca a comprendernos, y por más que yo me esfuerce, nunca sabrá usted apreciar en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted amaba a María, yo la quiero como a una hija, y no podía permitir que perdiera su alma por toda una eternidad, uniéndose a un impío que la contaminaría con sus ideas infernales. Inútil es que usted me pregunte más. Bástele saber que he hecho cuanto he sabido y podido para romper las relaciones de usted y María, y que la muerte de su amor debe atribuirla exclusivamente a mí. Después de esto, y en pago de mi franqueza, sólo le pido que se retire cuanto antes de esta casa, donde su presencia resulta fatal.
—¡Me iré, sí, me iré!—dijo Zarzoso con furor—. No quiero permanecer en una casa donde es fácil codearse con canallas como Ordóñez y su maestro y protector el padre Tomás. ¡Pobre María! ¡De qué gente estás rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensión la vil trama de que fuí objeto. Padre jesuíta, conteste usted con claridad. Tenga usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de confesar sus fechorías. ¿Fué usted quien hizo que allá en París una mujer fatal se apoderara de mí, con el único objeto de proporcionarse un recuerdo de mi amor con María, que sirviera para enemistarme con ella?
—Sí, yo fuí—contestó con cínica audacia el jesuíta—. De seguro que usted considerará el acto como poco correcto; pero todos los medios son buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El Señor escoge muchas veces los caminos más apartados para hacer el bien, y por esto aquella mujerzuela de París sirvió para librar a María de la perdición eterna.
Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del jesuíta, habló, gesticulando como un loco, al escuchar estas últimas palabras:
—¡Ah, miserable hipócrita! ¡Reptil con sotana! ¿Con que tantos males ha hecho usted con el único objeto de salvar el alma de María? Lo que la Compañía ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de Baselga, ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa familia con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de instrumento. Por eso la Compañía ha perseguido a todos los que por amor han intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por eso fué acosado hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mártir que se llamaba don Esteban Alvarez, y por eso yo también he sido víctima de traidoras maquinaciones. ¡Ah, infames! Conozco la significación que en los labios de un jesuíta tiene esa frase de salvar un alma. Vosotros sólo salváis almas que tengan millones.
El padre Tomás no se inmutaba ante aquella indignación creciente del joven, que hacía que las manos de éste se agitasen cerca del rostro del jesuíta, y aun en su cínica audacia tuvo valor para decir:
—Según lo enterado que usted se muestra de la gran fortuna que posee María, no parece sino que su indignación reconozca por causa el haber perdido la ocasión de un matrimonio que le hubiera hecho dueño de tantos millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.
Este insulto causó tal efecto en el joven, que el jesuíta se arrepintió inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levantó con rapidez de su asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba de ira, cayó sobre el padre Tomás antes que éste llegara a enderezarse, y dió al jesuíta una terrible bofetada.
Recibió éste el golpe, y en sus ojos brilló una iracunda expresión de furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que supiera de lo que era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y apoyando en un hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, presentó la otra al joven, diciendo con evangélica resignación:
—Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufrió Dios por hacer el bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.
—¡Ah, hipócrita! ¡Hipócrita!—rugió Zarzoso con la mano todavía levantada.
Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando humildad y resignación aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarmó en seguida, haciéndole bajar la mano. El no podía seguir desahogando su justo furor, a pesar de que estaba convencido de que aquella resignación era pura farsa.
Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era tan audaz en sus actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir allí cometería la infamia de ensañarse con un hombre que no quería defenderse, se apresuró a salir de la casa.
No quería ver más a María, y maldecía en aquel momento la hora en que a ésta se le había ocurrido llamarle, sacándole de la plácida tranquilidad en que vivía.
Marchó de espaldas hacia la puerta, lanzando iracundas miradas al jesuíta, que seguía con la cabeza baja, afectando humildad; y cuando llegó a la puerta, dijo con resolución:
—Se cumplirán los deseos de usted; no volveré más por aquí; pero conste que el niño que está arriba se halla ya fuera de peligro, y si es que hay malvados que le hacen sufrir una mortal recaída, aquí estoy yo que sabré exigir responsabilidad a los culpables. Adiós, jesuíta. Estamos en paz; mucho daño me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir; pero, al menos, acabas de proporcionarme la satisfacción de que abofeteé ese rostro, inmunda máscara tras la cual se oculta la doblez y la mentira.
Salió el médico de la habitación, y al quedarse solo el jesuíta, permaneció algunos minutos inmóvil y ensimismado.
Después rascóse la mejilla, enrojecida por la bofetada, y dijo con calma, sonriendo con expresión diabólica:
—¡Ah, doctorzuelo! ¡Caro te ha de costar este desahogo!
Inmediatamente salió del hotel, sin que la desconsolada condesa, siempre al lado de la cama de su hijo, llegase a apercibirse de lo que había ocurrido en el piso bajo, y media hora después el jesuíta estaba en su despacho escribiendo un papel, que luego entregó a uno de sus secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.
Era un telegrama:
“Londres.—Fleet Street, 5. Hotel Hig-Liffe.—Francisco Ordóñez.
“Ven inmediatamente, asunto de honor urgentísimo. Te necesito.—Tomás Ferrari.”
IV
La mansedumbre del padre Tomás.
Cuatro días después estaba ya en Madrid el elegante Ordóñez.
Había sido muy oportuno para él el telegrama del padre Tomás.
Las grandes corridas de caballos de la ciudad de Londres habían sido muy funestas para Ordóñez, pues perdió todas las apuestas que hizo, y éstas eran tan considerables, que no sólo se quedó sin dinero, sino que tuvo que recurrir a pedir prestados algunos centenares de libras esterlinas a los amigos que tenía en la alta sociedad londinense.
El telegrama del jesuíta sirvió a Ordóñez de pretexto para huir, antes de que terminasen las carreras, sin que sus amigos pudieran achacar este acto al temor de seguir perdiendo; e inmediatamente salió para Madrid, pensando de dónde sacaría los seis o siete mil duros que debía entregar sin pérdida de tiempo a sus aristocráticos acreedores.
Ordóñez, que nunca se había preocupado por las deudas, sentía ahora la impaciencia de pagar cuanto antes, para no sufrir menoscabo alguno en su fama de hombre opulento, pues sus amigos de Londres le creían dueño absoluto de la presente fortuna que pertenecía a su mujer.
Ordóñez tenía puestos sus ojos en el padre Tomás, proponiéndose que fuese éste quien se encargara de satisfacer la presente deuda, como ya lo había hecho con otras.
¿No le llamaba con gran urgencia diciendo que necesitaba de él? Pues bien; ya que con tanto imperio le mandaba, al menos que pagase la exacta obediencia, encargándose de extraer, del peculio de María, la cantidad que el esposo necesitaba para pagar sus deudas.
Deseoso Ordóñez de arreglar cuanto antes aquel asuntillo y de mostrarse obediente y respetuoso con el padre Tomás, fué a buscar a éste en su despacho el mismo día de su llegada.
El jesuíta le recibió con la misma cordialidad fría y calmosa que si le hubiese visto el día anterior.
—¡Hola, perdido!—le dijo con benevolencia—. Por fin te has decidido a venir, abandonando ese maldito sport, que ha de ser tu ruina. ¿No has sabido la peligrosa enfermedad de tu hijo?
—Sí; un día antes de recibir el telegrama de usted, me telegrafió María, y yo me disponía ya a venir, cuando recibí la orden de vuestra paternidad, que sirvió para acelerar aún más mi marcha.
Ordóñez mentía, pues la enfermedad de su hijo, aunque le causó cierta impresión, no le había decidido a regresar rápidamente a Madrid. Al recibir el telegrama de María le quedaba todavía algún dinero, y confiaba desquitarse en las carreras que aún habían de verificarse.
—¡Bah!—se dijo el amable vividor, al recibir el aviso de su desolada esposa—. Porque yo vaya allá, Paquito no se pondrá mejor; además, las madres exageran siempre mucho. Esto no pasará de ser una enfermedad propia de la niñez y que todos hemos sufrido; el sarampión, por ejemplo. La semana que viene me iré.
Y Ordóñez se olvidó por completo de su hijo, lo que no impedía que ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en demostrar que le había herido en el alma la noticia de la enfermedad del niño, y que experimentó una alegría inmensa a su llegada, al saber que Paquito estaba ya fuera de peligro.
—Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que no sientes—dijo el jesuíta, que conocía bien a su discípulo—. No niego que querrás a tu hijo, pero estoy convencido de que entre él y el Gladiateur, el Vincitor o cualquier otro caballejo de esos que corren en las carreras, te vas con los últimos.
—¡Oh, padre Tomás! ¡Qué bromas tiene usted!
—Vamos a ver. ¿Cómo te ha ido en las carreras?
Ordóñez se animó con esta pregunta. Antes de entrar en aquel despacho estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuíta para suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aquí que era el mismo padre Tomás quien, inesperadamente, le ponía en camino de hacer la petición.
El aristocrático calavera adoptó un gesto de compunción y murmuró:
—Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy desgraciado, y la fortuna se ha burlado de mí todo lo que ha querido. No sólo perdí cuanto dinero llevaba, sino que, además, he contraído algunas deudas con mis amigos del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no pueden ser más sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, así tenga que vender hasta su última camisa.
Ordóñez se detuvo, pues como era costumbre siempre que le iba con tales demandas al jesuíta, éste ponía la cara fosca, preparándose a anonadarle con un terrible sermón; pero, con gran sorpresa del calavera, el padre Tomás no sólo permaneció impasible, sino que hasta le pareció a él que por sus labios vagaba una tenue sonrisa.
Buen signo era aquel. Ordóñez sintió renacer su ánimo, y su osadía aún fué en aumento, cuando el jesuíta, sin hacer comentario alguno, le preguntó sencillamente:
—¿Y cuánto es lo que debes?
—Veinte mil duros—contestó sin vacilar Ordóñez y sin importarle mentir otra vez.
Veía tan bien dispuesto al padre Tomás y tan animado por una inesperada benevolencia, que juzgó muy prudente el aprovecharse de la ocasión para adquirir dinero. El jesuíta, al conocer la cantidad, hizo un gesto de desagrado, y Ordóñez creyó que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba a hacer el jesuíta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero pronto se tranquilizó al oírle hablar.
—Mucho dinero es ése, y de seguro que, a seguir en tu desordenada vida, pronto serán insuficientes para tus gastos las cuantiosas rentas de tu mujer.
Pero el padre Tomás pareció arrepentirse del tono con que hablaba a Ordóñez, y añadió después benévolamente:
—Pero, en fin, hijo mío, ya que has contraído tales deudas, preciso es pagarlas, y no seré yo quien me oponga a ello. Al hacer aquel trato que tú recordarás, te prometí mi consentimiento para que gastases cuanto quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Mañana mismo hablaré con el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy sobrado de fondos, arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes los veinte mil duros.
Ordóñez estaba encantado por la servicial benevolencia del padre Tomás.
Ni aun influído por el mayor optimismo podía él imaginarse que iba a serle tan fácil el adquirir la exagerada cantidad en que había fijado sus deudas.
El elegante manifestó su agradecimiento con las más expresivas palabras que encontró; pero se detuvo de pronto, y afectando gravedad, dijo a su protector:
—Perdone usted mi aturdimiento, padre Tomás. Ocupado en mis asuntos, he olvidado que usted me necesita, y por esto me envió el telegrama a Londres. ¿En qué puedo yo servirle? Mande, que inmediatamente obedeceré.
El padre Tomás puso también un gesto de gravedad y entró de lleno en el asunto que a él le resultaba más importante.
—Es verdad que hablando de tus deudas hemos olvidado el asunto principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida consistía que tu honor quedase a salvo.
—¡Mi honor!—exclamó Ordóñez, que, como perfecto aventurero de la clase elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin que por esto dejase de palidecer apenas se ponía en duda lo que él llamaba su honor.
—Sí, tu honor, hijo mío—continuó el padre Tomás, con la expresión del que hace revelaciones importantísimas—. Durante tu ausencia han ocurrido en tu casa algunas cosas que hacían necesaria tu pronta llegada aquí.
—Hable usted, padre Tomás. Espero con impaciencia esas revelaciones importantes.
—¿Recuerdas que María, antes de concederte su mano se mostraba preocupada y desdeñosa, hasta el punto de que tú creías que tenía ciertos amores en secreto?
Ordóñez contestó con un signo afirmativo.
—Pues bien: lo que tú sospechabas era la verdad. María amaba con delirio a un joven médico que estaba haciendo sus estudios en París, y que ahora es un doctor célebre a quien conoce todo Madrid.
—¿Cuál es su nombre?—preguntó con impaciencia Ordóñez.
—El doctor don Juan Zarzoso. Es especialista en enfermedades de niños y tiene gran fama por sus asombrosas curaciones. ¿Le conoces?
—No le he visto nunca; pero he leído muchas veces su nombre en los periódicos.
—Pues bien; ese hombre fué novio de María, y sus amores no eran una niñada para pasar el tiempo, pues te puedo asegurar que María le amó como una loca y tal vez hoy la imagen de Zarzoso aún ocupa en su corazón un lugar preferente. Si la que es hoy tu mujer accedió a darte la mano, fué porque en aquel momento estaba irritadísima por una infidelidad, más o menos cierta, del hombre amado. Sé que María, por educación y por su carácter excesivamente pundonoroso, es incapaz de faltar a sus deberes conyugales; pero tengo la certeza de que en el fondo ama más a su antiguo novio que a su marido.
Ordóñez se había preocupado pocas veces del amor de su esposa. Seguía, como antes, entreteniendo bailarinas y disputando la posesión de las mundanas más famosas a sus compañeros en calaveradas; pero, a pesar de la indiferencia con que siempre había mirado a su esposa, no pudo evitar un movimiento de despecho al oír tales revelaciones. Aquello no eran celos, sino una irritación del amor propio herido.
Con una mirada hostil, dió a entender al jesuíta el efecto que le causaban sus revelaciones, y éste continuó, bastante satisfecho del resultado de sus palabras:
—Pues bien, hijo mío; ese hombre, que en realidad es el dueño del corazón de tu esposa, ha entrado estos días en tu casa y ha permanecido allí una noche entera.
—¡Eh! ¿Qué es lo que usted dice, padre Tomás?—exclamó furioso y alarmado Ordóñez por aquellas palabras dichas con tan marcado deseo de molestarle.
—¡Calma, hijo mío, calma! No hagas todavía suposiciones y espera que acabe de hablarte. María te es fiel, no ha faltado a sus deberes, pues Zarzoso entró en tu hotel llamado como médico y no como antiguo amante. Tu hijo estaba gravemente enfermo de un ataque de meningitis aguda, y María, no sabemos si aturdida o con otra intención, en vez de llamarme a mí y al médico de la casa, solicitó el auxilio de Zarzoso, el cual, justo es confesarlo, salvó al pobre Paquito después de pasar una noche entera a la cabecera de su cama luchando con la terrible enfermedad.
Ordóñez se había tranquilizado al ver el giro que tomaba la revelación, y dijo sonriendo:
—Según esto, no veo que la cosa sea tan grave. Es verdad que María ha obrado ligeramente al llamar a casa a su antiguo novio, pero una madre no repara en nada cuanto se trata de salvar a su hijo que está en peligro.
—Es verdad—dijo el jesuíta, contrariado por la benevolencia que mostraba Ordóñez—que hasta aquí la cosa nada tiene de grave; pero ahora verás cómo cambia de aspecto. Yo fuí a tu casa apenas supe el estado de tu hijo; allí me encontré casualmente con el doctor Zarzoso, y supe con asombro que él era quien curaba al niño y que por esto pasaba gran parte del día en el hotel. Ya puedes imaginarte lo que pensaría yo en presencia de aquel hombre, cuyos antiguos amores sabía. Comprendí que de conocer alguien que no fuera yo la historia de los pasados amores, no tardarían en surgir desfavorables comentarios en vista de la asiduidad con que Zarzoso entraba en tu casa, y, por otra parte, me asustó la natural idea de que rozándose dos seres que se habían adorado tanto, no tardaría en despertar el adormecido amor, y entonces María sería capaz de olvidar sus deberes y serte infiel. ¿Pensaba bien o no? ¿Qué te parece, hijo mío?
Ordóñez contestó afirmativamente, y dió a entender al jesuíta que esperaba con impaciencia el resto de sus revelaciones.
—Movido por el deseo de impedir ese peligro que veía tan próximo, hablé a Zarzoso rogándole en nombre del cielo que no volviese más por aquella casa, con lo cual dejaría tranquila una familia y se portaría como un caballero. ¿Y cuál crees tú que fué su contestación?
El jesuíta se detuvo como gozándose en la perplejidad y la impaciencia de su protegido, y añadió después:
—Debo advertirte que el tal Zarzoso es un impío, un ateo, un defensor de doctrinas infernales, que tal vez hace todos esos actos de caridad que tanto prestigio le dan, con el único objeto de engañar y seducir a la gente sencilla. ¡Qué diferencia entre ese joven y los que, como tú, habéis sido educados por la Santa Compañía en los sanos principios religiosos! En vez de respetar mis años y estos sagrados hábitos que llevo, contestó a mis cariñosas palabras, a mis mansas exhortaciones, con insultos y amenazas, acabando por darme una bofetada.
—¡Le abofeteó a usted!... ¡Y en mi casa!—exclamó Ordóñez con asombro.
—Sí, me golpeó villanamente en esta mejilla, y como si esto no le bastara para desahogar su rabia, te insultó a ti, que estabas ausente, diciendo que deseaba matarte, porque, en su concepto, eres un canalla que le has robado a la mujer amada, añadiendo que te conocía muy bien, que eres un estafador y qué sé yo cuantas cosas más.
Ordóñez se había levantado de su asiento, pálido, tembloroso y con el bigotillo erizado por un gesto de ira.
Revivía en él el antiguo espadachín, que valido de su superioridad en las armas, quería siempre tener razón, y a los que le acusaban por sus estafas o por sus fullerías en el juego, les contestaba con estocadas.
El jesuíta, aunque permanecía exteriormente impasible, debía sentir en su interior gran satisfacción, al ver el coraje que tales palabras producían en su discípulo.
—Yo no siento la bofetada—dijo con expresión de mansedumbre—. Sacerdote soy del Hijo de Dios, que recibía con la más sublime paciencia las más terribles injurias, y tengo la obligación santa de perdonar a los que me maltraten. Pero yo, hijo mío, permanecería impasible y aun daría gracias a Dios, porque así pone a prueba mi paciencia, si el que me abofeteó fuese uno de los nuestros, un buen católico que en un rapto de furor hubiese cometido tal atentado; a ese le perdonaría; pero no puedo transigir con el hecho de haber sido abofeteado por un impío, por un ateo, a quien inspira el diablo. Esto es para mí intolerable, pues tengo la convicción de que ese desgraciado obró así con el afán de humillar a nuestras divinas creencias, y que al golpearme a mí, no pensó en insultar al sacerdote, sino a la Iglesia entera.
Se detuvo el jesuíta para apreciar el efecto de sus palabras, y viendo a Ordóñez cada vez más conmovido por una sorda irritación, continuó:
—¡Abofetear a la Iglesia!... ¿Crees tú, hijo mío, que tal atentado puede quedar impune? Yo, como campeón de Dios, no puedo transigir con la idea de que triunfe el Infierno y la Iglesia quede humillada, cosa que sucederá si ese hombre terrible no sufre un castigo digno de él. ¡Ah! ¡Si yo no vistiese estos hábitos!... ¡Si no fuese tan viejo! Mi situación es igual a la del anciano padre del Cid, después de recibir la bofetada del conde Lozano; pero en vano busco a mi alrededor quien ha de vengarme, pues no encuentro un Rodrigo dispuesto a desenvainar su espada por mí.
Ordóñez le interrumpió, como ya lo esperaba el jesuíta:
—Yo seré ese vengador que vuestra reverencia necesita. Odio a ese joven, tanto por el atentado de que le ha hecho a usted víctima, como por sus antiguas relaciones con María. Además, los insultos que, según usted afirma, me dirigió, y el haber ocurrido en mi casa la violenta escena, me autorizan para retar a ese caballero y para matarle después; pues ya sabe usted que hay pocos tan hábiles como yo en el manejo de las armas.
El padre Tomás afectaba estar conmovido por aquel rasgo que calificaba de sublime y decía con expresión de júbilo:
—Acepto tu generoso ofrecimiento, y tengo la seguridad de que Dios te premiará este servicio que vas a prestar a su causa. Admito tu ofrecimiento, principalmente, porque estoy convencido de que saldrás victorioso. Tienes gran fama de tirador.
—¿Y ese médico no es experto en el uso de armas?—preguntó con cierta inquietud el elegante.
—No creo que sepa manejar otro acero que el del bisturí. Toda su vida la ha empleado en aprender infamias científicas, para negar a Dios y a la religión.
—Esta tarde misma le enviaré mis padrinos. Voy a ir, sin pérdida de tiempo, en busca de dos amigos de confianza. Les pillaré en casa antes de que salgan.
—Espero, hijo mío, que para nada figurará mi nombre en este asunto.
—Pierda usted cuidado, padre Tomás. Conozco de sobra lo que son estas cosas. Mi reto está fundado en el disgusto producido por ciertas violencias que Zarzoso se ha permitido en mi casa y por los insultos que me dirigió estando yo ausente.
—¡Bravo! Eso es. Que no se mencione para nada la bofetada que me dió.
—Así se hará: tanto más cuanto que él, como persona inteligente, podrá adivinar de dónde viene el golpe y cuál es la verdadera causa del reto.
Aún hablaron durante algunos minutos el padre Tomás y aquel protegido, a quien él llamaba pomposamente el campeón de Dios, a causa de la venganza de que se había encargado.
El reloj del despacho dió las once, y Ordóñez se apresuró a marcharse.
—Buena hora—dijo alegremente—para pillar a mis dos amigos en la cama. De seguro que ninguno de los dos se ha levantado todavía. Hasta mañana, padre Tomás. Antes de veinticuatro horas ese mocito habrá llevado su merecido.
Estaba Ordóñez junto a la puerta cuando le llamó el jesuíta, diciéndole con acento bondadoso:
—Escucha, atolondrado. El que nos ocupemos de mis asuntos no es motivo para que olvidemos los tuyos. Hablaré esta tarde al administrador de la condesa para que te entregue lo que necesitas y puedas pagar tus deudas. Y mira: he pensado que, en tu situación, esos veinte mil duros no te sacan de penas, pues como son para pagar deudas, te quedarás inmediatamente sin un céntimo. Lo he pensado bien, y creo que será mejor hacer un empréstito para ti de veinticinco mil duros; medio millón de reales, así la cuenta resulta más redonda.
—¡Oh, reverendo padre! Tantas bondades me confunden y no sé cómo agradecerlas. Gracias, muchas gracias; se necesita ser un impío dejado de la mano de Dios para abofetear a un hombre tan bondadoso y tan bueno.
Y Ordóñez, besando la mano de su protector, salió del despacho con aire de satisfacción y alegría.
El padre Tomás, al quedar sólo, agitó su mano con expresión amenazante, como si se dirigiera a algún ser invisible que estuviese en la habitación, y murmuró:
—¡Ah, doctorcillo! Me parece que de ésta ya no darás más bofetadas.
Mientras tanto, Ordóñez bajaba la escalera de aquella antigua casa, diciéndose interiormente:
—La verdad es que el servicio no puede estar mejor pagado y que la proposición ha sido hecha del modo más correcto y diplomático, sin que pueda considerarse herida mi susceptibilidad. Veinticinco mil duros si matas a ese caballerete que me ha abofeteado; esto es en el fondo la proposición con toda su crudeza. No se puede negar que el padre Tomás se porta como hombre espléndido cuando trata de librarse de un enemigo... Pero, ¡qué demonio!, si ese dinero que me va a dar es mío, puesto que pertenece a mi esposa... Reconozco en este golpe a los jesuítas. Siempre se muestran generosos y pródigos cuando disponen del bolsillo ajeno.
V
Asesinato legal.
Cuando el doctor Zarzoso recibió la visita de los padrinos de Ordóñez no experimentó gran extrañeza.
Al disiparse la ira que le había dominado durante su violenta conferencia con el padre Tomás, pensó fríamente su situación, adivinando que un hombre tan terrible y maligno como era aquel jesuíta no tardaría en tomar venganza. En su concepto, abofetear al jefe del jesuitismo en España, era exponerse a mil iras vengadoras ocultas en la sombra, y por esto se extrañaba al ver que transcurrían unos cuantos días sin notar la persecución del ofendido padre Tomás.
Los padrinos de Ordóñez eran un coronel más conocido por sus jugadas en el Casino que por sus campañas, y un marqués que tenía reputación de ser el primer tirador de armas de España, y cuya intervención resultaba imprescindible en todos los duelos que se concertaban en Madrid.
Llegaron a casa del doctor a las dos de la tarde, cuando éste acababa de terminar su diaria consulta para los pobres, y después de enseñarle una carta de Ordóñez en que les facultaba para representarle en el lance, diéronle otra del mismo individuo, la cual produjo en el doctor terrible efecto.
Ordóñez exigíale una satisfacción por lo ocurrido en su casa; pero el estilo de la carta era tan despreciativo y abundaban tanto en ella las palabras irónicas y mortificantes, que Zarzoso, pálido por la ira, arrojó el papel con visibles muestras de desprecio.
—Señores—dijo a aquellos dos espadachines elegantes—, soy un hombre de ciencia, y como ocupado en el estudio no he tenido tiempo para enterarme de ciertas cosas, ignoro lo que se hace en casos como el presente. Dispensen ustedes mi ignorancia; pero si yo me niego a dar esas manifestaciones humillantes que pide ese señor, ¿qué ocurrirá entonces?
—Tendrá usted que batirse con nuestro apadrinado—contestó el coronel.
Y el marqués añadió con entonación campanuda, como si hablase de una cosa santa:
—Así lo exige el Código del honor.
—Perfectamente—dijo con ironía Zarzoso—. ¿Y qué más ceremonias exige ese sagrado Código?
—Debe usted nombrar dos padrinos para que se entiendan con nosotros y concertar entre los cuatro las condiciones del combate. Esto se sobreentiende que será si usted se niega a dar explicaciones.
—Me niego; sí, señor. No conozco a ese caballero a quien ustedes representan, pero no sé por qué me halaga la idea de romperme la cabeza con él. Voy a presentarles a ustedes mis padrinos.
Y el joven doctor se dirigió a su gabinete de operaciones, donde aún estaban los ayudantes esperando las órdenes del maestro antes de retirarse hasta el día siguiente.
Escogió dos de los que le inspiraban más confianza y los presentó a los padrinos de Ordóñez, quienes los saludaron con una ceremonia grave y casi fúnebre, invitándoles a reunirse de allí a media hora en el domicilio del marqués, para concertar el duelo.
Cuando Zarzoso quedó sólo en su salón, reflexionando sobre aquel suceso, vió entrar a su tío, el viejo doctor, con una expresión ceñuda y volviéndose a todos lados como si quisiera husmear algo extraño en la atmósfera.
Paseando por el salón, miraba de vez en cuando a su sobrino y gruñía sordamente, hasta que, por fin, se plantó ante el joven y le dijo con expresión de juez que interroga:
—Oye: hace un momento he visto salir de aquí a dos caballeros a quienes conozco. Les llamo caballeros, porque esto no significa nada; pero en realidad son dos perdidos, dos tahures espadachines de esos que pululan en la alta sociedad y que sólo sirven para hacer daño a las personas honradas. ¿Qué querían esos individuos? De seguro que no venían a buscarte como médico.
El joven permaneció indeciso por algunos momentos, no sabiendo qué contestar; pero, al fin, se decidió a decir la verdad, y habló a su tío del lance que tenía próximo, aunque procurando ocultar su verdadera causa y diciendo que consistía en ciertas palabras que se le habían escapado hablando con algunos amigos sobre un hombre muy conocido en la alta sociedad y cuyo nombre no quería revelar.
—¿Y qué es lo que dijiste de él?
—Dije que era un canalla, un estafador y un tahur que había apelado siempre a los más reprobables medios para ganar dinero en el juego.
—¿Y es esto verdad? ¿Tienes pruebas de ello?
—¡Bah! ¡Si esto lo sabe todo Madrid! El tal sujeto, cuyo nombre no quiero revelar, tiene la fama tan bien sentada, que no hay persona alguna que no le considere como un pillete.
El buen sentido del viejo doctor, su lógica de hombre rudo, pero recto, sublevábase al oír estas palabras.
—¿Y vas a batirte con un hombre así? Te digo que no comprendo estas cosas, y que me parece que el mundo no es ya más que una vasta jaula de locos. Comprendo que un hombre quiera matar a otro cuando éste le insulta, atribuyéndole cosas que no ha hecho; pero hablar del honor, de la dignidad y de satisfacciones, por haber sido llamado tal como se merece uno, me resulta la mayor de las demencias. El pillete siempre será pillete, aunque lleve en el bolsillo un código del honor y sepa tirar a todas las armas para asesinar a los que le llaman con el nombre que merece, y el hombre honrado será un jumento, si por respeto a estas farsas, que se llaman conveniencias sociales, accede a exponer su vida riñendo con aquel a quien ha insultado dándole los calificativos que merece por su infame conducta. La cosa es clara. Si esos espadachines aristocráticos que viven en sociedad como en país conquistado, no quieren verse ofendidos a cada punto en lo que ellos llaman su honor, que lleven mejor vida y sean más virtuosos y dignos, pues así se evitarán que el hombre honrado les diga la verdad. Tú le has dicho canalla a ese individuo cuyo nombre no quieres revelarme; ahora, lo que a él le toca, a los ojos de la sana razón, es demostrar que no merece tal calificativo y hacer, enseñándote pruebas, que tú lo confieses así. Con que ya lo sabes; te prohibo que te batas. Me avergonzaría de tener en mi familia un imbécil, que por lo que podrán decir cuatro desocupados, fuese a matarse con un hombre que no merece ni su estimación ni su respeto, a causa de su falta de vergüenza.
Zarzoso oía a su tío sin que sus palabras le produjeran efecto alguno. Había ya adoptado una resolución y se batiría con Ordóñez, pues odiaba a este hombre. El viejo doctor debió adivinar en la mirada de su sobrino algo de lo que éste pensaba, y para disuadirle de su tenaz propósito, se apresuró a añadir:
—Además es una solemne barbaridad, una locura inconcebible, el batirse con un hombre acostumbrado al manejo de las armas. Eso equivale a un suicidio, a dejarse asesinar voluntariamente. ¿Eres tú acaso espadachín? ¿Has perdido mucho tiempo ejercitándote en el uso del sable y de la pistola? No; tú eres un hombre de ciencia, te has dedicado a saber curar las heridas y no a abrirlas, y entre ser aprendiz de sabio o aprendiz de asesino, has preferido lo primero. En cambio, ese caballerete que te reta debe ser un consumado espadachín, pues así lo da a entender la calidad de los amigos que te ha enviado. Si es que tiene interés en librarse de ti, para que no le censures más tiempo diciéndole lo que se merece, te ensartará como a un pajarillo o te meterá una bala en la cabeza. Y, ¿crees tú que tiene sentido común el marchar a la muerte voluntariamente y por un mal entendido amor propio? ¿Qué dirías tú de un hombre que débil y desarmado se metiera voluntariamente en una calle donde supiera que le aguardaba emboscado un asesino para matarle? Si ese enemigo tuyo fuese un hombre de ciencia que, como tú, se hubiese pasado la vida entregado al estudio, sin conocer el manejo de arma alguna, entonces se podría transigir con el lance, pues al menos existiría entre los dos cierta igualdad; pero ir a ponerse enfrente de uno de esos perdidos aristocráticos que apenas saben leer y que cifran todos sus conocimientos en bailar bien y tirar a las armas, es una locura que yo no puedo consentir a un sobrino mío.
Se detuvo el doctor para apreciar el efecto que causaba en el joven todo cuanto iba diciendo, y como conforme hablaba, entusiasmábase el viejo con el desarrollo de aquel tema, se apresuró a añadir:
—Tú bien sabes que la mayor de las inconsecuencias en que puede caer un hombre sabio es arrebatarle la vida a un semejante. Tú que eres médico contesta. ¿No te parece que bastantes auxiliares tiene la muerte con esas innumerables y terribles dolencias que la Naturaleza descarga sobre la Humanidad? ¿No se desangra bastante la especie humana con esas guerras que provocan los reyes y que muchas veces tienen por fundamento una ridícula cuestión de cortesía? Yo bien sé que los hombres tenemos algo de fiera y que muchas veces, alterándose nuestro sistema nervioso, se oscurece la razón y apelamos a los puños como supremo argumento. Eso está muy bien, ¡qué demonio!, y no seré yo quien pretenda corregir la plana a la Naturaleza. ¿Se insultan dos hombres? ¿Se odian por motivos particulares? Pues bien; comprendo que al encontrarse desahoguen su furor dándose unos cuantos puñetazos y hasta me parece lógico que en un arranque de su brutalidad excitada lleguen hasta matarse. Pero lo que no comprendo, lo que no concibo cómo la ley no lo castiga con las más terribles penas, es que dos hombres, algunos días después de haberse insultado, vayan con la mayor sangre fría, casi sin odio, a matarse en el campo que llaman del honor, rodeando el crimen de un aparato ceremonioso y ridículo, propio de costumbres bárbaras, que, afortunadamente, pasaron para no volver. Me tiene sin cuidado que esos tontos de la aristocracia y una turba de imbéciles que quieren imitarles cometan estas sangrientas estupideces; pero no puedo consentir que un sobrino mío, que además es sabio, caiga en un ridículo tan deshonroso.
Calló el viejo doctor y dió algunos pasos por la habitación hasta que poco después volvió a detenerse ante el joven, e irguiendo su corpachón, dijo con cierto orgullo:
—Aquí tienes a tu tío que nunca ha llegado a caer en tales ridiculeces, y, sin embargo, me tengo por más valiente que todos esos señores que palidecen de ira a la menor palabra que hablan de acudir inmediatamente al campo de honor. A ellos, que son tan valientes, les hubiera querido ver yo bregando con los locos y quitándoles muchas veces las armas de las manos. Pues bien; yo, que no sé lo que es miedo, nunca he admitido esos ridículos desafíos, en los que se escuda, las más de las veces, la gente que no tiene razón. Una vez, cierto doctor que tenía reputación de espadachín, ofendido por algunas expresiones que se me escaparon en el calor de una discusión científica, me envió sus padrinos, diciendo que no podía vivir tranquilo mientras que yo no le diese una reparación en el terreno de las armas. Despedí a los padrinos con cajas destempladas, diciendo que si mi enemigo no podía vivir sin vengarse de mí, que viniera a buscarme sólo, pues tenía un buen garrote para darle la contestación, y esta es la hora en que todavía no le he visto. Otra vez un cliente me dió su tarjeta en señal de reto y yo le contesté con unos cuantos mojicones, y por esto ha transcurrido el tiempo sin que nadie se atreviera a irle con más farsas de estas al doctor Zarzoso. Créeme, Juanito; eso de los desafíos es un procedimiento inventado por ciertas gentes que no sirven para nada, con el fin de conservar por el terror su supremacía en la sociedad. Si todos tuviesen sentido común e hiciesen lo que yo, despreciando tan ridículas preocupaciones, ten por seguro que pronto terminaría esa ridícula costumbre apadrinada por la fatuidad francesa y que hace revivir la Edad Media en pleno siglo XIX. Con que contesta, muchacho. ¿Estás dispuesto a obrar como cualquiera de esos cabezas de chorlito que pululan en la sociedad, imponiéndola sus ridículas costumbres?
Zarzoso, mientras hablaba su tío, habíase formado su plan. Sabía que el viejo doctor no era capaz de transigir con el duelo y le impediría por todos los medios el que llegara a batirse.
El joven comprendía también la verdad que encerraban las palabras de su tío, pero aquella carta de Ordóñez que él veía blanquear en el rincón a donde la había arrojado, conmovíale y le hacía pensar con fruición en la delicia que experimentaría al verse frente al marido de la condesa con un arma en la mano. Estaba decidido a no retroceder, encontrándose como se encontraban tan adelantados los preparativos del duelo. Adivinaba la inmensa ventaja que llevaría Ordóñez sobre un hombre que no conocía el manejo de las armas, pero al mismo tiempo pensaba que era más preferible morir, que dar lugar a que aquel hombre tan odiado se jactase ante María de haber inspirado miedo a su antiguo novio.
Esto era lo que más decidía a Zarzoso a dejar que la aventura siguiese su curso. Estaba decidido: antes morir que dar pretexto para que María le tuviese por un cobarde.
El joven, deseoso de librarse de su tío, dió a éste toda clase de seguridades. No se batiría, ya que así lo mandaba él, y prometió al mismo tiempo tenerle al corriente de cuanto ocurriera en aquel asunto.
El viejo doctor, a quien nunca había engañado su sobrino, se tranquilizó con tales promesas, y poco después le dejó sólo para ir a dar un paseo con otros dos profesores jubilados, que eran sus únicos amigos, por lo mismo que en genio rudo y en opiniones intransigentes casi llegaban a su misma altura. Los diarios paseos de aquellos tres sabios, con sus incesantes discusiones, equivalían a una continua tempestad científica.
El joven doctor permaneció en el salón reflexionando sobre la aventura de que iba a ser protagonista, y ensimismado en sus ideas pasó para él tan velozmente el tiempo, que habían transcurrido ya dos horas y comenzaba a anochecer cuando él creía que sólo habían pasado algunos minutos.
Al volver los dos ayudantes designados por él como padrinos, encontráronlo tendido en un diván, con la mirada fija en el techo y la expresión del que sueña despierto.
Los dos jóvenes le enteraron de las condiciones concertadas con los otros padrinos.
La discusión había versado principalmente sobre la gran desigualdad que existiría entre los combatientes, a causa de que el doctor era inhábil en el manejo de toda clase de armas. La pistola había resultado inadmisible, a causa de que Ordóñez pasaba por uno de los mejores tiradores de Madrid, y, al fin, como se había de optar por alguna arma, los cuatro padrinos decidiéronse por el sable, aunque en su manejo también se distinguía el marido de la condesa.
A Zarzoso le pareció todo muy bien, y cuando uno de sus ayudantes le propuso ir al salón de armas del “Zuavo”, a que éste le diese algunas lecciones, el joven doctor contestó con un gesto de indiferencia.
¿Para qué? Estaba convencido de que una lección de unas cuantas horas sólo serviría para fatigarle, sin proporcionarle ninguna superioridad sobre el enemigo. Además, sus ayudantes le decían que en las luchas a sable lo más principal era tener coraje, abrumando a golpes al enemigo, y él pensaba que si le mataba Ordóñez no perdía gran cosa, pues estaba cansado de la vida y ésta no tenía para él atractivo alguno desde que María resultaba imposible para él.
Tan indiferente le era la existencia a Zarzoso, que durmió aquella noche con bastante tranquilidad y únicamente se preocupó de que su tío no se apercibiera de que el lance iba a verificarse a la mañana siguiente.
Habían convenido los padrinos que el encuentro fuese en una posesión que el marqués, amigo de Ordóñez, tenía en las inmediaciones de Madrid, y allá fué donde Zarzoso, a las seis de la mañana, se dirigió en un carruaje, acompañado de sus dos ayudantes.
En una enarenada plazoleta del jardín, que se extendía a espaldas de la villa del marqués, fué donde se encontraron aquellos dos hombres que no se conocían, y, sin embargo, se buscaban con el propósito de matarse.
Zarzoso sólo había visto algunas veces a Ordóñez de lejos en las calles de Madrid, y el marido de la condesa contempló por primera vez al hombre a quien aborrecía y cuya muerte le había sido pagada con tanta generosidad por el jesuíta.
Los cuatro padrinos prepararon la lucha con toda la ceremoniosa liturgia propia de tales casos, y sobre la arena pusieron los sables con que aquellos hombres debían herirse.
Ordóñez y sus padrinos, aunque afectando seriedad, mostraban estar acostumbrados a actos como aquél. Zarzoso permanecía indiferente, y en cuanto a sus dos ayudantes, parecían asombrados de que con tanta frialdad se preparase la muerte de un hombre.
Después de los saludos, de señalar el puesto de los combatientes y de dejar ultimados todos los preparativos, Zarzoso y Ordóñez despojáronse de la levita y el chaleco, arremangáronse el brazo derecho y cogieron sus sables.
El joven doctor estaba decidido a no dejarse matar y a causar a su enemigo todo el daño que pudiera; pero cuando los padrinos dieron la voz de ¡en guardia!, él notó en los labios de Ordóñez una sonrisa desdeñosa y en el rostro de sus padrinos un gesto de asombro.
—Esto va a resultar un crimen—murmuraba el coronel, padrino de Ordóñez—. Ese muchacho no sabe lo que tiene en la mano y se va a dejar mechar inmediatamente.
Así era, pues Zarzoso, con el sable en la mano, hacía la figura más ridícula, demostrando desconocer hasta las más rudimentarias reglas de la esgrima.
El sol de la mañana, filtrándose a través de las vecinas arboledas, iluminaba, aquella plazoleta, bañando en luz el sombrío grupo de los padrinos y haciendo centellear las hojas de los sables.
Reinaba un fúnebre silencio, únicamente interrumpido por los rumores de los árboles, y en aquella augusta y silenciosa majestad de la Naturaleza, iban a exponer su vida dos hombres: el uno por el qué dirán de la sociedad, que hace cometer las mayores tonterías, y el otro obedeciendo a la sugestión de un superior y obrando como un asesino pagado.
Apenas comenzó el combate, Zarzoso avanzó sobre Ordóñez dirigiéndole golpes a diestro y siniestro, sin regla ni concierto alguno.
El joven doctor tenía buen brazo, estaba excitado por el coraje que sentía, y Ordóñez, a pesar de ser un experto tirador, hubo de retroceder en el primer instante algunos pasos para librarse de aquella lluvia de cuchilladas.
Esta impetuosidad en el ataque y tan hostil desorden en la agresión, hubiesen servido de mucho a Zarzoso tratándose de un enemigo tan inexperto como él; pero Ordóñez no tardó en reponerse, y notando que su contrario siempre le dirigía los golpes a la cabeza, limitóse a ponerse a la defensiva, sonriendo con desdén.
El coronel seguía murmurando, a pesar de que su compañero el marqués le tocaba con el codo para que callase:
—Ese muchacho tiene bríos. ¡Lástima que no sepa absolutamente nada de esgrima! Ordóñez está divirtiéndose con él y así que quiera lo despachará a su gusto. El mismo será el encargado de matarse.
Aún duró el combate unos cinco minutos.
Zarzoso, jadeante e irritado, se movía de un lado a otro, saltaba, buscando atacar a su enemigo por todos lados; pero siempre le salía al encuentro el sable de Ordóñez, parando con exactitud sus más furibundas cuchilladas.
Aquella defensa pasiva y desdeñosa irritaba aún más a Zarzoso, quien, ciego de furor, deseaba que su enemigo tomase la ofensiva y lo rematara de un golpe, pues así al menos no le serviría de objeto de diversión.
Tuvo un momento de descuido Ordóñez, en que el sable del doctor silbó cerca de una de sus orejas, y entonces el rostro del elegante perdió su desdeñoso gesto para tomar un aire de ferocidad.
Los padrinos adivinaron que llegaba ya el momento supremo.
Zarzoso, más confiado y ensoberbecido por aquella cuchillada que tan cerca había pasado de su enemigo, levantó el sable y audazmente, a cuerpo descubierto, avanzó un paso; pero en el mismo instante, rápido como un relámpago, extendió Ordóñez su brazo, con el sable horizontal y rígido, y al acercarse impetuosamente el doctor, se lo clavó él mismo en el pecho.
Zarzoso, pálido y con la mirada extraviada, cayó de rodillas, al mismo tiempo que un grueso chorro de sangre manchaba su blanca camisa y caía goteando en la arena de la plazoleta.
Los dos ayudantes que se abalanzaron a sostenerle en sus brazos, al ver el sitio donde estaba la herida y la gran cantidad de sangre que manaba, cambiaron entre sí una mirada de horrible desconsuelo.
Buena mano tenía el tal Ordóñez. No era necesario que ellos abriesen su botiquín para hacer la cura. La punta del sable le había atravesado el corazón y aquellas convulsiones del infeliz médico eran el estertor de la agonía.
Cuando una hora después los dos ayudantes, auxiliados por el portero, subían el cadáver todavía caliente de Zarzoso por la lujosa escalera de su casa, la primera persona que encontraron al llegar al rellano del segundo piso fué al viejo doctor. Estaba muy desfigurado y su rostro, rudo y siempre cejijunto, parecía el de un león con fiebre.
Al levantarse aquella mañana y no encontrar a su sobrino, había adivinado toda la verdad, y furioso contra Juanito por haberle engañado, ocultándole lo que ocurría, iba de un punto a otro de la casa, rugiendo, insultando a su ausente sobrino por lo que él llamaba su doblez y desahogando su cólera dando patadas a los muebles y a cuantos criados encontraba al paso.
Cuando vió el cadáver de su sobrino no experimentó gran emoción aparentemente. Hacía ya rato que esperaba aquello.
—¡Ah, imbécil!—exclamó dirigiéndose al inanimado cuerpo—. Al fin, te has salido con la tuya. Era preciso que cuatro estúpidos que ni te conocían ni te apreciaban, no pudieran decir que el doctor don Juan Zarzoso no era hombre de honor, y para esto nada más sencillo que dejarse matar por un cualquiera, sin importarte gran cosa que después tu tío reviente de pena. ¡Ah, pillete! ¡Ah, gran infame! Ya estarás satisfecho: a ti te han muerto y yo no tardaré en seguirte. Puedes estar contento de tu hazaña. Dejándote asesinar has salido del mundo con muchísimo honor, como un completo caballero a los ojos de la estupidez y como un bestia para mí.
Y el pobre viejo hablaba con voz ronca, gesticulando y braceando como un loco.
Los ayudantes y el portero permanecían inmóviles, sosteniendo el cadáver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que parecía cerrarles el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza del muerto, que cayó pesadamente hacia atrás, el viejo exclamó con ira:
—¡Tened más cuidado, animales! ¿No veis que le estáis haciendo daño? Esperad, que allá voy yo.
Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del joven, toda su ira desapareció, e inclinándose sobre ella estampó un beso en aquella boca lívida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.
—¡Pobrecito! ¡Chiquitín mío!—gritó con una voz que parecía un aullido doloroso y que causó escalofríos de terror a los hombres que estaban presentes—. ¿Por qué me has engañado? ¿Por qué fuiste a morir sin acordarte de mí, que soy tu padre? ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora, sólo en el mundo, sin este muchacho que era toda mi familia?
Miró con ojos de idiota a aquellos tres hombres, como si no los reconociera, y les dijo:
—Ustedes no saben quién era mi Juanito. ¡Qué han de saber ustedes hasta dónde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De estudiante, asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicación y su portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me hacía la ilusión de que lo había parido; después, en París, se mostró como un portento, y si quisiera les enseñaría a ustedes cartas de Charcot y de otros sabios, en que hablan de mi niño como de un compañero, y luego aquí ha hecho curas tan grandes, que yo mismo me consideraba a su lado como un discípulo ignorante. Además..., ¡tan bueno!, ¡tan sencillo!, siendo el consuelo de los enfermos pobres y el salvador de todos esos chicuelos haraposos que vienen aquí por las mañanas... Respondan ustedes: ¿Había alguien mejor que él? ¡Nadie! no hay en todo Madrid quién pudiera descalzarle. ¡Vaya un suceso divertido! ¡Y luego aún hay imbéciles que se empeñan en hacernos creer que existe Dios, la Providencia Divina y todas esas zarandajas, buenas para engañar a los tontos!...
El viejo miró arriba, y rechinando los dientes, rugió:
—¡Baja, bandido!..., ¡baja si te atreves, y me explicarás el por qué de esa inmensa sabiduría, que mientras consiente la muerte de un hombre benéfico y virtuoso, deja en pie a un canalla, y hiere mortalmente a un pobre anciano!
El doctor seguía a aquellos hombres que iban empujando el cadáver dentro de la habitación. No soltaba la cabeza de su sobrino, y cuando al atravesar uno de los salones de espera la luz del balcón dió de lleno en aquel rostro de lívida palidez, el viejo, con un rugido, hizo detener a los conductores:
—Mirad, mirad bien esa cara: es la misma de mi pobre hermano. Esto es intolerable, esto es inhumano; parece imposible que en una nación que se llama civilizada, los pobres viejos tengan que pasar por tan terribles agonías. Críe usted hijos, haga usted de ellos unos sabios, enorgullézcase con sus triunfos, que la ley del honor ya se encargará de enviarle un espadachín que a la primera cuchillada derrumbe todas sus ilusiones al suelo... ¡Oh, Juanito! ¡Hijo mío!
Y el viejo pudo, por fin, dar libre expansión a aquel dolor comprimido en su pecho, y derramando abundantes lágrimas, cayó de rodillas, descansando su blanca cabeza sobre la lívida faz del muerto.
VI
El porvenir de la familia Ordóñez.
La trágica muerte del doctor Zarzoso produjo gran impresión en Madrid.
Los periódicos se ocuparon del suceso, aprovechando la ocasión para declamar contra la bárbara costumbre del duelo, y al entierro del doctor acudió toda la aristocracia de la ciencia en unión de aquella clientela pobre que adoraba a Zarzoso como un ser casi sobrenatural, a causa de sus bondades sin límites.
Durante algunos días la muerte del doctor fué el tema de todas las conversaciones en Madrid; pero al domingo siguiente, “Frascuelo” tuvo una cogida, y el público novelero no tardó en olvidarse del trágico desafío para ocuparse únicamente de la salud del diestro.
Dos semanas después, eran ya muy pocos los que se acordaban de la triste suerte del doctor Zarzoso; la excitación pública devanecióse, y así no resultó difícil que Ordóñez fuese condenado únicamente a dos años de destierro, juntando con este castigo la esperanza de que el Gobierno le indultaría de la pena así que, transcurridos algunos meses, se hubiese olvidado por completo el trágico suceso.
Ordóñez acogió con satisfacción aquella sentencia que le daba un pretexto para satisfacer su afición a vivir en el extranjero, y salió inmediatamente para Londres, después que el padre Tomás, muy satisfecho de su comportamiento, le prometió interponer su valiosa influencia para que el administrador de la condesa atendiese a todas sus necesidades con frecuentes envíos de dinero.
Quedó, pues, María completamente sola en su hotel, al cuidado de su enfermo hijo, pues su tía, la baronesa, había olvidado por completo las costumbres de mujer elegante que observaba antes del matrimonio de su sobrina y en los primeros tiempos de éste, y había vuelto a sus aficiones devotas, pasando la mayor parte del año fuera de Madrid, visitando conventos y tomando parte en ejercicios religiosos y romerías que organizaban los jesuítas para levantar el espíritu católico, que según ellos estaba muy decaído. La viuda de López ya no ejercía de confidente de la baronesa y de María. Doña Fernanda había perdido toda su confianza en la intrigante viuda, y ésta, por su parte, cansada de servir a sus aristocráticas amigas, y habiendo ganado con sus complacencias lo que creía necesario para el resto de su vida, habíase retirado a Andalucía, dedicándose a negocios con sus ahorros en Sevilla, donde prestaba al 30 por 100 a las gentes más necesitadas.
Fué para María una época muy triste los dos años que permaneció sola en su hotel, sin otra distracción que el cuidado de su enfermizo hijo, ni otras visitas que las del padre Tomás y el médico de la casa.
Algunas veces, doña Fernanda, fatigada por las correrías religiosas que la hacían viajar por todas las provincias de España, permanecía algunas semanas en el hotel; pero aquella quietud en una casa que tenía algo de hospital y cuyo ambiente apestaba con el acre olor de las medicinas, no agradaba a una mujer que era inquieta y movediza, por el instinto de la propaganda y la organización, e inmediatamente, la vieja paloma mística levantaba el vuelo para continuar aquella obra que tan grata les era a los padres de la Compañía.
Mientras la baronesa permanecía en Madrid. María abandonaba su pasiva existencia de mujer resignada y triste, y obedeciendo a su tía, la acompañaba a la iglesia o a las reuniones piadosas, mostrándose entonces a los ojos de las gentes de su clase, que la creían enferma al no verla en los demás puntos de reunión donde se codeaban las clases privilegiadas.
La joven condesa de Baselga, por más que transcurría el tiempo, no lograba reponerse de la dolorosa sorpresa, del inmenso pesar que la produjo la noticia del triste fin del doctor Zarzoso.
Adivinaba que ella había intervenido indirectamente en aquella espantosa tragedia, en la cual su marido había desempeñado el papel más odioso, quedando su antiguo adorador con el prestigio sublime del hombre de corazón que se deja matar por haber amado mucho.
Antes de aquel duelo, miraba con indiferencia a Ordóñez, pero ahora le odiaba, viendo en él al asesino de Zarzoso, y se sentía satisfecha por vivir alejada de su marido, pues hubiese sido un tormento horrible el tener que estar a todas horas junto al hombre que aborrecía.
El recuerdo de aquel trágico suceso producíale una melancolía incurable, y prefería permanecer encerrada en el fondo de su hotel a tomar parte en las diversiones de la vida elegante o a mostrarse simplemente en público.
Por otra parte, la continua e interminable dolencia que debilitaba a su hijo, obligábala a permanecer siempre encerrada, adivinando muchas veces que no era Paquito el único enfermo, pues ella sentía la falta de salud, y en su rostro marcábanse cada vez más aquellos signos que alarmaron a Zarzoso la primera vez que entró en el hotel y que le hicieron sospechar que la tuberculosis del padre había contagiado a toda la familia.
Cada vez que ella se quejaba de su falta de salud, presintiendo que existía en su organismo un principio de terrible enfermedad, el médico de la casa y el padre Tomás bromeaban sobre lo que ellos llamaban escrúpulos y manías de la condesa.
En concepto de dicho médico, lo que sentía María era el cansancio producido por las muchas noches en vela y la angustia que le causaba el estado de su hijo, al cual prometía él curar en plazo muy breve, a pesar de cuyas promesas la enfermedad de Paquito no dejaba de ir en aumento rápidamente.
El terrible hidrocéfalo no podía ser más visible. La cabeza del niño había ido desarrollando exageradamente su volumen de un modo lento y progresivo. La frente se había extendido elevándose y avanzando hacia los ojos, de un modo que éstos estaban dirigidos hacia abajo y recubiertos por el párpado inferior hasta el centro de la pupila. La cabeza tomaba la forma de una pirámide con la base hacia arriba; la cara se achicaba haciéndose pálida y huesuda; el cuero cabelludo sólo estaba cubierto por muy escasos y finos cabellos, y las venas subcutáneas de las sienes y de la frente, hinchábanse, destacándose bajo la piel con marcado relieve.
A pesar de unos signos tan característicos, el doctor, protegido por el padre Tomás, negaba siempre que aquello pudiera ser el hidrocéfalo y atribuía tales síntomas a todas las enfermedades, antes que a una tuberculosis encefálica.
El padre Tomás, al hablar de la enfermedad de Paquito, atribuíala siempre al exagerado cuidado de su madre y a la anormal temperatura de Madrid, asegurando que el niño se curaría así que estuviera en condiciones para entrar en cualquiera de los colegios de educación que la Compañía tenía establecidos en provincias y en el cual, con un clima saludable y un régimen reglamentario e higiénico, no tardaría en desaparecer la hinchazón del cráneo que tanto alarmaba a María.
Transcurridos los dos años de destierro a que habían condenado a Ordóñez, éste volvió a Madrid con el único fin de avistarse con sus amigos, pues le gustaba más la vida de París o de Londres que la de Madrid. En cuanto a su mujer y a su hijo, apenas si se acordaba de ellos, pues sólo de tarde en tarde había enviado a María una breve carta por pura cortesía, preguntando con marcada negligencia por la salud de Paquito.
Cuando la condesa vió de vuelta a su marido, experimentó un gran disgusto. Le era muy grato vivir sola en su hotel, sin otra compañía que la de su hijo, pues así su imaginación excitada se hacía la ilusión de que era una viuda y que su esposo había sido aquel infeliz doctor, al cual amaba ahora sin sombra alguna del antiguo despecho, desde que lo había visto morir a causa del amor que la había profesado.
Ordóñez, como si adivinara cuáles eran los sentimientos de su esposa, no intentó con ella la menor intimidad. Además, el aventurero sin corazón que explotaba de tal modo a su esposa, como había estado tanto tiempo ausente, notó al primer golpe de vista lo envejecida que se hallaba por las penas, y la interna destrucción que en su organismo iba operando la enfermedad, y esto era más que suficiente para que aquel hombre corrompido y sin sentimiento, que en punto a amor no había ido más allá de una carnívora brutalidad, rehuyese todo contacto con la esposa honrada, que, por ser madre, había perdido una gran parte de su frescura y de su belleza.
La fría indiferencia entre los dos cónyuges era visible para todos cuantos entraban en la casa, y apenas si al sentarse a la mesa, los pocos días en que Ordóñez comía en casa, dirigía éste algunas palabras a su esposa, la cual, por su parte, tampoco tenía gran interés en tratarse con un hombre a quien odiaba.
Un día Ordóñez se mostró con su esposa más insinuante y cariñoso que de costumbre.
Después del almuerzo, en vez de salir apresuradamente como hacía siempre, para acudir a las mil citas de amigos y amigas que le asediaban desde que había llegado a Madrid, Ordóñez permaneció sentado, mostrando deseos de entablar conversación con María, a la cual inquietaba algo tan inesperada solicitud.
Hablaron primeramente del estado de su hijo que en aquellos días parecía experimentar cierta mejoría y correteaba por la casa sin pesadez y sin mostrar esa manifiesta imbecilidad que produce el hidrocéfalo en los niños.
—Tú verás—decía Ordóñez a su esposa—cómo al fin no resulta nada la enfermedad de nuestro hijo. Son dolencias esas que cuando niños todos hemos pasado y que desaparecen al robustecerse el cuerpo y salir de la infancia. Como esa enfermedad se hará más grave, será si tú te empeñas en tener siempre a Paquito cosido a tus faldas y rodeado de los más nimios y escrupulosos cuidados. Esto sólo servirá para que su dolencia se agrave y tú te pongas más enferma, porque, ¡mira, hija mía!, voy a serte franco; tú no estás muy bien y de seguro que si te empeñas en sacrificarte tanto por cuidar a tu hijo, no tardarás en morirte. Me parece muy bien que una madre cuide a su hijo sin reparar en fatigas; lo mismo hacía la mía; pero esto no impide que uno se cuide a sí mismo. Yo también estoy muy delicado y, sin embargo, me hago la cuenta de vivir muchos años, porque me preocupo mucho de lo que puede hacer daño a mi salud y procuro cambiar de aires con frecuencia, pues esto siempre es bueno. Dirás que soy muy egoísta; conforme, no lo discuto; pero con egoísmo se vive, y si yo muriera, nadie de este mundo se encargaría de resucitarme. Los muchachos, ¡qué demonio!, deben acostumbrarse a vivir libres de cuidados; esto los robustece y a Paquito lo que le conviene es estar una buena temporada lejos de tí, rodeado de otros chicos que le animen y sometido a un régimen sin contemplaciones que excite su energía.
María se asustó al oír estas palabras y adivinó ya lo que su esposo iba a decirle.
—Yo he hablado del asunto con el padre Tomás y éste que, como ya sabes, es persona de mucha ciencia, cree lo mismo que yo y aconseja que enviemos a Paquito a uno de los colegios que la Compañía tiene en provincias; al de Valencia, por ejemplo, asegurando que allí sabrán robustecerlo y librarlo de toda enfermedad, hasta el punto de que antes de un año estará rollizo y sonrosado como un tudesco. Yo también pasé los primeros años en un colegio de jesuítas, y te aseguro que allí no nos iba mal, pues me crié perfectamente, y al mismo tiempo que me fortalecí supe muchas cosas que jamás hubiese aprendido metido entre las faldas de mi señora madre. Con que ya lo sabes, María; como quiero mucho a mi hijo, por más que tú creas lo contrario, deseo que ingrese pronto en un colegio, donde aprenderá a ser hombre.
Desde aquel día el porvenir de Paquito fué el motivo de todas las conversaciones que se entablaban entre los dos esposos.
María resistíase con energía a acceder a aquella separación; pero la asediaban continuamente con sus palabras, a más de su esposo, el padre Tomás y el médico de la casa, el cual hablaba de los grandes peligros del clima de Madrid, que amenazaba continuamente con una pulmonía al organismo débil y delicado del niño.
Un nuevo refuerzo tuvieron los que atacaban la resistencia de su sobrina, y llevada de la indignación que le produjo, que vino a descansar un mes de sus tareas de propaganda y a saludar a Ordóñez, su “tunante sobrino”, a quien seguía profesando gran simpatía, porque sus calaveradas le hacían mucha gracia.
Doña Fernanda, después de escuchar reverentemente la autorizada voz del padre Tomás, mostróse decidida partidaria de que el niño fuese al colegio.
Con su carácter dominante e irascible, atacó la resistencia de su sobrina, que llevada de la indignación que le producía tanta tenacidad, llegó a decir con imponente voz:
—Si se muere el niño, tú serás la culpable, pues te empeñas en retenerlo aquí con gran peligro de su vida, y no quieres enviarlo donde indudablemente adquirirá la robustez que le falta. Amas mucho a tu hijo; pero esto no impide que seas una mala madre.
Esta acusación fué lo que hizo a María rendirse.
Llegó la infeliz a imaginarse que podían ser ciertas tales palabras, y con el deseo de no causar el más leve mal a su hijo, accedió a consentir tal separación, aunque estaba segura de que esto le produciría un disgusto sin límites.
Quedó acordado que el niño iría a educarse al colegio de los jesuítas de Valencia, por ser el clima templado de esta ciudad el que más convenía al enfermizo niño.
María, deseosa de separarse de su hijo lo más tarde posible, se encargó de ser ella quien lo condujese a Valencia, y la baronesa, que cada vez estaba más dominada por su manía de viajar, prestóse a acompañarla.
La joven condesa llegó hasta proyectar el traslado de su domicilio a Valencia, para vivir de este modo más cerca de su hijo; pero tuvo que desistir de tal idea ante la rotunda negativa de su esposo.
El antiguo calavera, que, según decía, comenzaba a sentirse viejo y se hallaba algo cansado de ser simplemente en sociedad un aturdido, quería adquirir el prestigio de hombre serio y distinguido, y pensaba, aprovechando la ausencia de su hijo, en arrastrar a María a las fiestas del gran mundo y presentarse en bailes y recepciones, grave y estirado, con su esposa del brazo, cual convenía a un hombre que aspiraba a solicitar en la primera ocasión oportuna una embajada en cualquier nación de segundo orden.
La misma noche en que María, ante su familia y sus amigos, se decidió a permitir que la separasen de su hijo, llevando éste al colegio de Valencia, el padre Tomás y el médico de la casa, al salir del hotel y subir al carruaje que les esperaba, entablaron inmediatamente conversación sobre la salud del hijo de la condesa de Baselga.
—¿Cree usted, doctor, que ese niño puede gozar larga vida?
—Lo que me extraña, reverendo padre, es que no haya muerto ya. La tuberculosis del padre, contaminando a la madre, ha producido en el hijo ese hidrocéfalo tan marcado, que seguramente llevará el niño a la tumba.
—¿Y tardará mucho en morir?
—No puedo asegurarlo; pero un tuberculoso es un campo abonado para toda clase de enfermedades. Bastaría que en el colegio sufriese un ligero enfriamiento, que se expusiera a una corriente de aire después de la agitación propia de la hora de recreo en que juegan los alumnos, para que inmediatamente se declarase en él una pulmonía, que en pocas horas le produciría la muerte.
El padre Tomás sonrió en la oscuridad que envolvía el interior del carruaje.
—¿Y la condesa?—preguntó el jesuíta—. ¿Cree usted que será muy larga su vida?
—También está amenazada de muerte, pues la tuberculosis hace en ella rápidos estragos. Tal vez no tarde mucho en declararse en ella la tisis.
—Pues entonces tampoco a Ordóñez le quedan muchos años de divertirse, ya que él ha sido el foco de la enfermedad que ha contaminado a toda la familia.
—¡Oh! Tal vez viva ese más años que nosotros. La tuberculosis se presenta en él en forma muy benigna. Esto le parecerá extraño a vuestra reverencia, pero las enfermedades tienen sus rarezas, lo mismo que los seres humanos. Hay quien esparce la muerte en derredor suyo y, sin embargo, vive muchos años gozando una relativa salud.
Callaron los dos hombres y permanecieron inmóviles en la oscuridad del carruaje, hasta que por fin sonó la voz melosa e hipócrita del jesuíta:
—¡Oh, Dios mío! ¡Cuán triste es el porvenir de esa familia! Crea usted, doctor, que siento haberla conocido, y que si hubiese llegado a adivinar que Ordóñez no era hombre de completa salud, me hubiese opuesto a su casamiento con la condesa.
VII
Un telegrama.
Aquella mañana el padre Tomás esperaba en su despacho la visita de uno de sus subordinados, pertenecientes a la casa-residencia de Sevilla y el cual había sido llamado a Madrid por orden de su superior.
El jesuíta italiano, llevado siempre de su idea de hacer las cosas por sí mismo, cuando estaba disgustado de alguno de sus subordinados, no quería valerse de intermediarios para formular sus repulsas y les hacía presentarse en Madrid, donde podía vigilarlos de cerca.
El jesuíta que había incurrido en su desagrado y a quien él esperaba aquella mañana para desahogar en su persona su mal humor, era un jesuíta andaluz, el padre Palomo, que gozaba de cierto renombre, a causa de sus aficiones literarias y de los artículos y novelas que publicaba en todos los periodiquillos y revistas, más o menos subvencionados por la Compañía de Jesús.
Poco después de las once entró su criado de confianza a anunciarle la llegada del padre Palomo y pasados algunos segundos presentóse en el despacho el jesuíta andaluz, al que examinó el padre Tomás con una rápida mirada.
Era un hombre de mediana estatura, de aspecto enfermizo y de frente espaciosa y pronunciada, bajo la cual brillaban unos ojos que, aunque fijos en el suelo, con la tenacidad de la costumbre, chispeaban de vez en cuando con la llamarada propia del hombre observador y de inteligencia despierta.
El padre Tomás, al notar en la figura del recién llegado cierta delicadeza de modales y un asomo de indolencia aristocrática, recordaba con su prodigiosa memoria la historia de aquel padre de la Compañía.
Su juventud había transcurrido en los salones, siendo un hombre de moda, disputado por las damas y a quien el amor había reservado grandes triunfos. Su existencia alegre y aventurera le hizo arrostrar grandes peligros, y al verse en cierta ocasión próximo a la muerte y salvar inesperadamente la vida, su imaginación de poeta excitada por el riesgo que había corrido, vió en aquella aventura la milagrosa protección de Dios y abandonó el mundo, ingresando en la Compañía de Jesús, poseído de la mayor fe.
Los jesuítas fomentaron sus aficiones literarias comprendiendo que podían proporcionar algún honor a la Compañía que siempre muestra empeño en presentar como eminencias a aquellos de sus individuos que no pasan de ser medianías, y consiguió el padre Palomo ser en breve un escritor a quien todos los afectos a la Orden consideraban como un portento literario.
El padre Tomás tenía motivos para estar quejoso de aquel jesuíta que, aunque proporcionaba cierto honor a la Compañía, hacíase objeto de censuras por la altivez con que acogía las órdenes de sus superiores, y el orgullo que parecía poseerle desde que la Orden había hecho de él una eminencia.
Al entrar el padre Palomo en aquel despacho y verse en presencia del hombre poderoso que dirigía los negocios de la Orden en toda España, bajó sus ojos con la humilde expresión del esclavo, y arrodillándose a los pies del padre Tomás, le besó reverentemente la mano.
El italiano mostró entonces en su rostro impasible una expresión de superioridad y con severo acento comenzó a hablar al padre Palomo, que había vuelto a ponerse en pie:
—¿Sabe usted por qué he mandado llamarle?
—No, reverendo padre.
—El superior de nuestra residencia en Sevilla me ha dado sus quejas por la conducta de usted. El demonio del orgullo le domina a usted, reverendo padre, desde que se ve aplaudido por esa gente estólida que lee novelas; y porque sus libros han tenido alguna aceptación, que es debida principalmente a nuestros reclamos, se cree usted ya con suficiente mérito para despreciar a sus superiores naturales, a los que debe exacta obediencia. ¿Cree usted que los éxitos que en el mundo alcanza un jesuíta corresponden a él únicamente?
—No, reverendo padre.
—Celebro que así lo reconozca usted. La gloria de un jesuíta es la gloria de la Compañía entera, y si usted ha alcanzado éxito en sus libros, ese éxito es de la Compañía. El autor no es más que un simple instrumento que produce, para que todos sus hermanos gocen por igual de la gloria.
El padre Palomo, con su sagacidad y su silencio, daba a entender que nada tenía que objetar contra aquella teoría puramente jesuítica que anulaba lo más notable y digno de cada individuo.
—Ha sido usted muy culpable, padre Palomo—continuó el jesuíta con creciente severidad—. Merece usted un cruel y saludable castigo que le libre de ese orgullo que parece dominarle, y no sé como me detengo y dejo de ordenarle que vaya unos cuantos años a Filipinas a vivir entre los igorrotes, para olvidar de este modo esas aficiones literarias que han despertado su fatuidad.
El jesuíta escritor permaneció inmóvil ante tal amenaza; pero con su aspecto resignado demostraba que estaba dispuesto a sufrir cuantos castigos le impusiera su superior.
—Aquí—continuó éste con visible irritación—no hacemos las reputaciones de los individuos de la Compañía para que éstos se enorgullezcan, y queremos que por encima de todas las satisfacciones que a un jesuíta puedan producirle los aplausos del mundo, exista el respeto y la sumisión a todo aquel que sea superior en rango. Aquí me tiene usted a mí—continuó con creciente exaltación—que soy el superior de la Orden en toda España y que tengo en mi vida militante hechos suficientes para mostrarme orgulloso y satisfecho de mí mismo; pues bien, si ahora entrase por esa puerta el general de la Compañía, me vería usted inmediatamente postrarme de hinojos a sus pies, y si me ordenaba él arrojarme por ese balcón, no tardaría un segundo en tirarme de cabeza. Solo con una obediencia ciega e inflexible, es como podemos realizar nuestra grande obra: la conquista del mundo para Dios.
Al padre Palomo le impresionaba algo la inquebrantable fe que demostraba su superior, y le parecía sublime en un hombre tan poderoso aquella obediencia ciega y aquella confianza tan absoluta en todo superior.
El italiano comprendió el efecto que sus palabras producían en el literato, y como tenía sus miras acerca de éste se apresuró a terminar la parte severa y dura de tal conferencia, para entrar después en otra más agradable y útil.
—Vamos a ver, padre Palomo; yo no tengo gusto en castigar a un individuo de la Compañía, y cuando tomo severas disposiciones con alguno, sufro tanto como el mismo interesado. ¿Está usted arrepentido de sus faltas de respeto y sus altiveces con el padre superior de Sevilla?
—Sí, reverendo padre.
—Pues bien, yo le perdono su falta, aunque con la condición de que nunca ha de volver a incurrir en desobediencia. De rodillas, padre Palomo, y solicite usted su perdón.
El escritor estaba demasiado acostumbrado a las prácticas humillantes e infantiles del jesuitismo para intentar la menor resistencia; así es que se apresuró a ponerse de rodillas, y vióse entonces al mismo hombre de quien la crítica literaria hacía grandes elogios y que gozaba del favor del público, decir humildemente, arrodillado y con los brazos en cruz:
—Pido a Dios y a mi superior, el reverendo padre Tomás Ferrari, que me perdone mi soberbia, mi orgullo y mi desobediencia.
Con estas prácticas degradantes, que matan en el hombre el sentimiento de la dignidad convirtiéndole en un autómata inconsciente, es como el jesuitismo sostiene la ruda y perfecta disciplina de sus huestes.
—Levántese usted, padre Palomo. Dios le perdona; pero para que acabe de ser vencido ese demonio del orgullo que tanto le ha dominado, es preciso que durante siete días, a la hora de comer, se arrodille usted en el refectorio de la casa-residencia y repita esas mismas palabras ante los demás padres. Es una santa humillación que conseguirá alejar del todo al espíritu malo.
El escritor elevó sus ojos con expresión de santa mansedumbre, y dijo con místico acento:
—Así lo haré, reverendo padre. No me duele esa humillación, porque me la ordenan mis superiores y es beneficiosa para mi alma.
—Ahora que ya hemos hablado de asuntos particulares—dijo el padre Tomás con entonación más amable, aunque sin perder su gesto de superior—, conviene que hablemos de otros asuntos que serán beneficiosos para la Compañía. Ante todo advierto a usted, padre Palomo, que va a quedarse en Madrid.
—Haré lo que mis superiores me manden.
—Seguirá usted dedicado a sus tareas literarias, pues conviene a la Compañía, en las presentes circunstancias, el emplear las facultades que Dios le ha dado a usted, aunque advirtiéndole que no por esto debe volver a caer en su antiguo orgullo.
—Seré humilde como un buen soldado de Jesús.
—Soldado; esa es la palabra. Va a ser usted combatiente en favor de nuestra gran causa. Hasta ahora sólo ha escrito usted novelas de puro entretenimiento, ¿no es esto?
—Sí; pero todas ellas tienen su fin: el de demostrar que la Compañía de Jesús es la institución más santa, y que todos deben ponerse bajo su dirección.
—Sí; lo sé. He leído algunas de esas obras, pero no basta eso. La Compañía necesita un libro de batalla que mueva ruido y que escandalice. ¿Antes de entrar en la Orden no pertenecía usted a esa juventud elegante que penetra hasta en lo más recóndito de las alcobas de las grandes damas, y conoce todas las miserias de la alta sociedad?
—Sí, reverendo padre. Vi el gran mundo de cerca, aprecié todas sus miserias y por esto mismo desengañado de la existencia terrenal, entré en la Compañía.
—Pues bien, aproveche usted todos sus recuerdos, sus antiguas observaciones, para escribir un libro que sea como una sátira sangrienta contra la aristocracia. Nada de escrúpulos ni vacilaciones. Palo seco con todos, y mucha verdad en la descripción, sin temor a incurrir en una crudeza impropia de un sacerdote: ahora está en moda el naturalismo.
Calló el padre Tomás, pero como su subordinado daba a entender con su silencio que no había comprendido del todo lo que deseaba su superior, éste añadió:
—Para que usted se capacite de lo que tal obra debe ser, le explicaré el objeto que la Compañía se propone. Hoy la aristocracia, a fuerza de imitar la elegancia francesa, se ha contaminado de cierto volterianismo, y no viene ya a buscarnos como en otros tiempos, solicitando nuestra dirección. Piense usted, Padre Palomo, lo que sería de nuestra Compañía si la gente de dinero nos fuera infiel separándose para siempre de nosotros. Yo, después de varias tentativas, me he convencido de que es imposible atraer a esa aristocracia veleidosa e ingrata por medio de la persuasión y la dulzura, y no nos queda más recurso para encadenarla a nuestra dirección que apelar al terror, atemorizándola con un soberbio varapalo. Para eso quiero el libro de usted. Este es el objeto que ha de llenar. Pondremos a la aristocracia en ridículo, describiendo todos sus vicios y miserias, y esto, al mismo tiempo que hará volver al redil a los ingratos, nos proporcionará la adhesión de la clase media, que odia a la gente privilegiada, y tal vez hará que por espíritu de partido nos miren con menos hostilidad los hombres que son nuestros irreconciliables enemigos. ¿Ha comprendido usted ya la tendencia del libro en cuestión?
El padre Palomo había ido entusiasmándose conforme su superior le exponía el espíritu de la obra, y en sus facciones coloreadas por la animación, notábase el satisfecho gesto del escritor que encuentra un tema de su gusto.
—¡Muy bien! ¡Eso es!—decía el jesuíta andaluz, despojándose de su actitud humilde y encogida—. La idea es magnífica y digna de vuestra paternidad. Fustigaremos a la aristocracia, que es la clase que mejor conozco, y yo le aseguro a vuestra reverencia que con las anécdotas que recuerdo y los escándalos que he presenciado en mi época de hombre de mundo, hay más que suficiente para formar una novela que mueva ruido. La titularemos “Miserias”, si a vuestra paternidad le parece bien.
—Me gusta el título. ¿Cuándo va usted a ponerse a trabajar?
—Mañana mismo; así que descanse de las fatigas del viaje comenzaré a hacer mis apuntes y a clasificar mis recuerdos.
—Está bien. Vivirá usted en nuestra casa-residencia, y yo daré orden de que nadie le incomode en sus trabajos.
Hablaron aún los dos jesuítas un buen rato sobre la futura obra, oyendo el escritor con gran respeto las indicaciones del padre Tomás, y cuando el padre Palomo salía del despacho, satisfecho del resultado de una conferencia que tanto había temido, entró uno de los secretarios del italiano, mudo e impasible como una estatua, según era costumbre en todos los que trabajaban en la casa, y le entregó un telegrama que acababa de llegar.
El padre Tomás rasgó la cubierta, y al leerle, una ligera sonrisa de satisfacción vagó por sus labios.
Era el padre director del colegio de Valencia quien le telegrafiaba, manifestándole que el niño Paquito Ordóñez estaba gravemente enfermo, a consecuencia de una pulmonía.
No había resultado deficiente la gestión del padre Tomás desde Madrid, y la enfermedad llegaba con tanta precisión como él la había previsto.
Por fin, el heredero que tantos cuidados inspiraba, ya no estorbaría más los planes de la Compañía.
—Es preciso—se dijo el jesuíta—avisar a los padres este triste suceso. No sé si Ordóñez estará en Madrid. El otro día me dijo que pronto iba a salir con algunos amigos a cazar en un coto de Extremadura. Vamos allá: siempre encontraré a María, y ésta es la única a quien podrá impresionar la noticia; conozco bien a toda aquella gente.
Así fué. María prorrumpió en alaridos al saber que su pobre hijo estaba enfermo de gravedad.
Medio año hacía que Paquito estaba en el colegio de Valencia, y a pesar de que el director del establecimiento le escribía frecuentemente dando noticias de su salud, la pobre madre no podía contener su impaciencia, y dos veces había tomado el tren, sufriendo las fatigas del viaje tan sólo para estar en Valencia algunas horas al lado de su hijo, y regresar inmediatamente a Madrid.
La segunda de aquellas entrevistas la había proporcionado un inmenso placer, pues vió a su hijo con aspecto menos enfermizo, notando también que había disminuido algo el volumen de su cabeza. Esto le hizo creer en la bondad de aquellos consejeros del padre Tomás, y en que realmente sería beneficiosa para Paquito la estancia en el colegio, y cuando más ilusionada estaba, venía una noticia tan fatal y urgente a sumirla en la desesperación.
La pobre madre releía sin cesar aquel telegrama como si en su conciso lenguaje pudiera encontrarse la certeza del porvenir del niño, y por más esfuerzos que hacía el padre Tomás para convencerla de que el niño podía salvarse, como ya había ocurrido cuando dos años antes tuvo el ataque de meningitis, María no se tranquilizaba, y aturdida por el dolor, sólo contestaba con gemidos y frases incoherentes.
No lograría tranquilizarla el reverendo padre. La decía el corazón que su niño estaba enfermo, muy enfermo, y aun podía ser que a aquellas horas hubiese muerto ya.
La pobre madre desesperábase por no tener alas para volar hasta donde agonizaba su hijo, y pensaba con terror que aún habían de transcurrir algunas horas hasta el anochecer, que era cuando salía el tren correo de Valencia.
Aquella ciudad, en la que había pasado su infancia soñando tanto, y teniendo en ella sus primeros amores, y en la que ahora agonizaba el pedazo de sus entrañas, era el lugar que llenaba en tales instantes su imaginación, y por encontrarse en él hubiera dado en dicho momento su fortuna y hasta su vida.
Estaba resuelta a salir en el correo de aquella noche, y el padre Tomás, por una complacencia instintiva o por un refinamiento de artista que desea ver su obra acabada para convencerse de su perfección, se prestó a acompañarla.
Como la baronesa estaba ausente, María, al abandonar su casa, dió sus instrucciones al criado Pedro, que era quien merecía toda su confianza.
A las siete de la tarde la condesa y el anciano jesuíta subían a un reservado de primera clase en el tren que iba a salir de la estación del Mediodía.
La joven madre cubría con un velo aquel rostro antes tan fresco y hermoso y que ahora estaba consumido por la enfermedad y desencajado por el dolor.
De vez en cuando una tosecilla seca y violenta agitaba el extremo del velillo.
—Hasta las once de la mañana no llegaremos a Valencia. ¿No es eso, padre Tomás?
—Sí, hija mía.
—¡Oh, Dios misericordioso! ¡Qué noche me espera! La impaciencia de llegar es más terrible que mi dolor. Cada minuto es un siglo y únicamente me sostiene el deseo de ver a mi Paquito, a mi hijo, que tal vez esté muriendo en este mismo momento.
La pobre madre, asustada por sus propias palabras, rompió a llorar, dejando caer su cabeza sobre los grises almohadones que manchaba con sus lágrimas.
Al otro extremo del departamento iba, inmóvil e impasible, el padre Tomás, que movía sus labios como si rezase y miraba fijamente la luz del farol que oscilaba con la trepidación del tren en marcha.
VIII
La muerte del niño.
A través de las vidrieras que cerraban herméticamente las ventanas de la enfermería, entraban en ésta los alegres rayos del sol, después de juguetear entre el ramaje del inmediato jardín, donde un tropel de pájaros piaba en las alturas, y más de un centenar de muchachos correteaban abajo, por las enarenadas avenidas, divirtiéndose con juegos ruidosos que producían explosiones de risas y de gritos.
La animación y el ruido del jardín contrastaban con la soledad y el silencio de aquella habitación con cuatro ventanas, que servía de enfermería.
Doce pequeñas camas de hierro con ropas de deslumbrante blancura alineábanse a lo largo de la pared, enfrente de las ventanas, y todas ellas estaban vacías, a excepción de la primera, sobre cuya almohada destacábase una cabeza que por lo abultada parecía pertenecer a otro cuerpo que a aquel pequeño tronco raquítico y menguado, que apenas si se destacaba con las convulsiones de una respiración jadeante, bajo los pliegues de la cubierta.
Era el hijo de la condesa de Baselga el único enfermo que ocupaba aquel departamento del colegio.
Acababa de ausentarse el hermano lego, encargado de la enfermería, mocetón de anchas mandíbulas y aspecto de imbécil, que manifestaba gran cariño a los niños y entretenía al enfermito con cuentos milagrosos.
El niño sentíase abrumado por la espantosa soledad en que vivía.
La tuberculosis, que paralizaba en parte su cerebro, no había logrado borrar la precocidad de pensamiento que distinguía a Paquito y que parecía agrandarse conforme avanzaba el curso de su enfermedad.