NOVENA PARTE (continued 2)
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Quedó silencioso y absorto, pero a los pocos instantes, como cediendo a una necesidad imperiosa de hablar, murmuró con la vista en el suelo, vagamente, como un sonámbulo:
—Y la verdad es que fuí amado de veras. Una mujer que por su nacimiento había sido colocaba por la sociedad a más altura que yo, descendió hasta mí, endulzando mi existencia con su amor espontáneo y desinteresado. ¿Pero a qué recordar tales cosas? Aquello fué un chispazo fugaz de felicidad; un momento de dicha que pasó muy pronto, dejando tras sí, como maldecida estela, un sinnúmero de desgracias... ¡Cuánto he sufrido! Usted, amigo mío, es muy joven, entra ahora en la vida y no puede comprender ciertas cosas. Pero el día en que usted sea padre apreciará en toda su horrible grandeza el pesar que experimenta un hombre al tener una hija, que es sangre de su sangre y que, sin embargo, desconoce al que dió el ser y le odia como a un monstruo. Hay para desesperarse; para adoptar esa resolución de que hablaba antes, y de la cual no me siento capaz. Vivir solo, aislado, con la muerte en perspectiva, y saber, sin embargo, que tengo en el mundo una hija que ignora mi existencia, que no sabe el derecho que sobre ella poseo, y que no acude a velar por mí en los pocos años que me quedan de vida, es el más horroroso de los tormentos.
—¡Tiene usted una hija!—exclamó Zarzoso, deseoso de desviar la conversación, para evitar a su viejo amigo que volviese a caer en aquella melancolía que le hacía pensar en el suicidio—. ¿Y no la ha visto usted nunca?
—De pequeña, cuando aún estaba en la lactancia, la vi varias veces, siempre ocultándome, como hombre que comete una acción ilegal y teme dejarse llevar por sus sentimientos más íntimos. Ella llevaba el apellido de otro, y yo no tenía derecho alguno a los ojos de la sociedad. Después la vi una, vez...; pero ¡en qué circunstancias! Más me hubiera convenido no verla, pues así me habría evitado un doloroso recuerdo, que aún hoy, después de muchos años renace en mi memoria, y me hace derramar lágrimas de desesperación... Pero no pensemos en el pasado.
Y Alvarez volvió a sumirse en el silencio.
El joven médico se sentía molesto y no sabía ya de qué hablar para que aquel hombre, desesperado de la vida, y con la memoria acribillada de dolorosos recuerdos, no volviese a recaer en su negra melancolía.
Creía importunar a don Esteban con su presencia, y por esto pensaba en retirarse, no atreviéndose a hacerlo por no encontrar ocasión oportuna para ello.
Tardó poco Alvarez en volver a reanudar su conversación. Era, en punto a su triste pasado, como esos enamorados que sufren con resignación los desdenes de la mujer amada y gozan cierto doloroso placer al recordarlos, y por esto, a pesar de la pena que le afligía, volvió a hablar de su hija.
—Crea usted, joven, que lo único que me falta para morir tranquilo es volver a ver a mi hija. Si ella me reconociese por padre, si se convenciera de que me debe el ser y que yo fuí el verdadero esposo de su infeliz madre, entonces moriría de felicidad. A mí me falta para expirar con la sonrisa en los labios un solo beso de María.
—¡Ah! ¿Se llama María?—exclamó Zarzoso apenas oyó las últimas palabras de su amigo.
—Sí; ése es su nombre. Hace ya muchos años que no la he visto, pero según los informes que me han dado varios amigos que la vieron en Madrid, es tan hermosa y agraciada como su difunta madre. Y eso que la pobre Enriqueta era bella como pocas. Mire usted bien el retrato de la mujer que amé.
Y don Esteban fué a su mesa de trabajo, cogió la lámpara y, levantándola más arriba de su cabeza, hizo que su luz diese de lleno en el retrato que estaba sobre la chimenea.
Aquel busto de beldad, sólo lo había entrevisto Zarzoso en la penumbra rojiza que antes lo bañaba, y que aunque pareciera comunicarle vitales palpitaciones, confundía su contorno y sus rasgos más característicos. Ahora, con aquella clara luz, pudo apreciarlo detenidamente pero al primer golpe de vista no pudo evitar un rudo movimiento de sorpresa.
Creía tener delante el retrato de María; pero algo había en aquella mujer sonriente y púdicamente escotada, que la diferenciaba de la sobrina de la baronesa de Carrillo.
La mujer del retrato era más distinguida, más espiritual, como dicen en la jerga de los salones; notábase en ella cierta anemia aristocrática y la ausencia de aquella robustez sanguínea que a María había dado el oculto entroncamiento con la sana raza plebeya; pero en lo demás, la semejanza era exacta; las mismas facciones, idéntico aire de familia y los mismos ojos que miraban con graciosa e intensa dulzura.
A Zarzoso le pareció ante aquel retrato ver a su novia asomada a una ventana de dorado marco y engalanada con las modas de veinte años antes.
Su movimiento de sorpresa no pasó desapercibido para Alvarez.
—¡Eh! ¿Qué es eso, amigo Zarzoso? ¿Es que acaso la conoció usted?... No puede ser; es usted demasiado joven. Su tío, el doctor, sí que la conocería, pues en cierta ocasión visitó al padre de Enriqueta.
Zarzoso no contestaba, pues la sorpresa parecía haberle paralizado. Seguía mirando con ávidos ojos el retrato y su estupefacción no le dejaba razonar sobre tan inesperada sorpresa. Lo único que se le ocurría era que aquella escena resultaba dramática; una casualidad de esas que sólo se encuentran en las novelas de interés y que algunas veces se reproducen en la vulgaridad de la vida.
Alvarez se alarmaba ante la sorpresa de su joven amigo y no sabía cómo explicársela.
—Pero vamos a ver, querido Zarzoso, ¿es que acaso la ha conocido? Vaya, no permanezca usted de ese modo; explíquese, con mil demonios.
Don Esteban había perdido la paciencia, pues deseaba que cuanto antes se explicase el joven, comprendiendo que en su extrañeza le ocultaba algo interesante.
Zarzoso salió de su estupefacción.
—Señor Alvarez, ¿dice usted que esa señora se llamaba Enriqueta?
—Sí, amigo mío.
—¿Y cuál era su apellido?
—Baselga. Era la hija del conde de Baselga, a quien su tío conoció en circunstancias bien críticas.
—¿Y la hija de esa señora lo es de usted?...
El joven hizo de un modo esta pregunta que Alvarez sintió en su cerebro como un rayo de luz que aclaraba todo el misterio.
—De modo que mi hija, que mi María es...
Y no dijo más, pues Zarzoso había hecho con su cabeza una señal afirmativa.
Entonces fué Alvarez a quien le tocó sorprenderse.
¡Oh, poder de la casualidad! El novio de su hija era aquel muchacho que tanto amaba, pues momentos antes había manifestado cómo bajo la influencia de su recuerdo se mantenía puro en el lodazal vicioso de París.
No se dieron cuenta de cómo fué aquello, pero los dos hombres se encontraron abrazados y casi próximos a llorar.
—¡Ah, hijo mío!—dijo Alvarez con voz temblorosa por la emoción—. El corazón habla muchas veces, aunque los materialistas no quieran creerlo, y por eso me fué usted tan simpático desde el primer día en que le vi. Algo encontraba en usted que me atraía y me inspiraba confianza, hasta el punto de que hace pocos instantes me impulsaba a decirle cosas que jamás he revelado ni aun al más amigo.
Los dos hombres, pasado aquel primer momento de emoción, y ya más tranquilos volvieron a ocupar sus asientos.
—¡Oh! Hablemos, hablemos—dijo con expresión de felicidad el viejo revolucionario—. Crea usted que este momento no lo cambio yo por el placer más grande que un hombre pueda experimentar. Esto alarga mi vida unos cuantos años... Diga usted, ¿cómo es mi hija? ¿Cómo comenzaron sus amores? ¿Qué vida hace ahora María? Hable usted con entera franqueza; no escasee detalles. Las cosas más insignificantes resultan de gran interés cuando se trata de un ser querido.
Y Zarzoso, animado por la viva mirada de aquel hombre envejecido, que le escuchaba con un interés que emocionaba al par que producía lástima, fué relatando toda la historia de sus amores con María, desde que la conoció en el colegio de Valencia hasta que la vió por última vez en el Retiro, pocos días antes de marchar a París.
Las travesuras de María alegrábanle tanto como le indignaban las imposiciones tiránicas de la baronesa.
¡Oh! Aquel vejestorio de devota tenía una perversidad sin límites, y bastante le había hecho sufrir a él en esta vida. Ella y sus amigotes, los padres jesuítas, eran los autores de todas las desgracias que habían afligido al pobre Alvarez, y de ellos forzosamente había de proceder cuanto de malo ocurría a la familia Baselga.
—¿No es verdad, hijo mío—decía don Esteban—, que usted nota en la familia de María un poder oculto que se parece a la mano de la fatalidad? Pues yo creo que esa maldición que sobre ella parece pesar, existe únicamente por la baronesa y sus amigos los jesuítas, que deben tener cierto oculto interés en mezclarse en los asuntos de la familia. Los millones a que asciende su fortuna son un cebo más que suficiente para atraer a todos esos monstruos de sotana negra, que no reparan en los medios para cumplir su fin. A todos nos han ido devorando. Primero, al conde de Baselga, de cuya trágica muerte estoy seguro que ellos fueron los autores; después, a la pobre Enriqueta y a mí, cuyos amores voy a relatarle, y últimamente, a ese infeliz Ricardo, el fanático hermano de mi amada, al que enviaron a morir al Japón, después de robarle la fortuna. Ahora conviene que esté usted en guardia y no se deje sorprender, pues le perseguirán ya que la respetable fortuna que aún posee María es más que suficiente para tentar su codicia de bandidos. ¿Duda usted de lo que le digo? ¿Cree usted que estas persecuciones de que hablo son simplemente manías nacidas de la imaginación de un viejo? Si su tío, el doctor, estuviese aquí, él afirmaría, seguramente, lo que yo le digo; pero para que se convenza, basta que yo le cuente la historia de mis amores con Enriqueta.
Y don Esteban comenzó a relatar al joven la dramática historia de sus amores, que parecía toda una novela y que causó honda sorpresa en Zarzoso. La figura de Enriqueta, que veía surgir de la relación, dulce e interesante, perseguida y esclavizada siempre por su hermanastra la baronesa, resultábale muy simpática, y sentía por ella un espontáneo afecto, tanto por las penas que había sufrido como por ser la madre de María.
Cerca de una hora duró la relación de Alvarez, y, a pesar de esto, a Zarzoso le pareció que sólo habían transcurrido algunos minutos, pues escuchaba con tanta atención al padre de María, que sus sentidos estaban muertos para todo cuanto le rodeaba.
Al terminar, daban las siete en un antiguo reloj de tallada caja, que ocupaba un ángulo del salón.
A Zarzoso no le cabía ya la menor duda de que don Esteban Alvarez era el padre de María. Lo que sí le causaba profunda extrañeza era que su novia ignorase que existía en el mundo el ser que le había dado la vida y siguiese creyéndose hija de aquel hombre indigno cuyo apellido llevaba.
Ahora recordaba Zarzoso, con la vaguedad del que piensa en un ensueño, que María le había hablado de un hombre que fué a buscarla al colegio, y que, en su concepto, era el perseguidor de la familia.
Esto coincidía con las revelaciones de don Esteban Alvarez, y sublevaba el ánimo de Zarzoso, que no podía transigir con una infamia tan grande como era ignorar una hija la existencia de su padre, y vivir éste devorado por el vehemente deseo de conocerla.
—¡Oh! Es una feliz casualidad que nos hayamos conocido—dijo Zarzoso—. Siento indignación ante esa trama oculta que ha hecho que una hija desconozca a su padre, y he de procurar por todos los medios hacer que María sepa su origen. Esta noche misma le escribiré todo cuanto ocurre, y ella me creerá, pues tiene en mí la inmensa confianza que proporciona el amor. Animo, don Esteban; tal vez no muera usted ya sin recibir ese beso de hija que tanto anhela.
Alvarez hizo un gesto negativo, como dando a entender que no creía en que un desgraciado como él, perseguido por la fatalidad, pudiese llegar a sentir tan inmensa dicha.
—¡Oh, sí!—dijo con entusiasmo—. Escríbala usted. Dígale que yo soy su padre, que bastaría que me oyese para convencerse de ello; pero no tarde usted en hacer tales revelaciones, pues a pesar de que he esperado tanto tiempo, me parece que me faltará ahora para experimentar tanta felicidad y que voy a morir antes de sentir tan inmensa dicha.
Después añadió, con el acento del que advierte una cosa importante:
—Sobre todo que la baronesa no se aperciba de nada de esto. Ese vejestorio podría estorbar la santa obra de reconciliación que va usted a emprender.
—No se apercibirá de nada; yo se lo aseguro. Tengo el medio de comunicarme directamente con María sin que se aperciba la baronesa. Hay una buena persona que se encarga de proteger nuestra correspondencia.
Alvarez, dominado por aquella emoción que humedecía sus ojos, hacía signos afirmativos con su cabeza, sin saber por qué.
—También le ruego—dijo—que no comunique nada de lo que hemos hablado a ese loco de Agramunt. Para él conviene que sigamos siendo dos buenos amigos y nada más. Es un atolondrado que, si llegara a saber que mi hija es la misma mujer a quien usted ama, encontraría el caso muy novelesco, y no contento con relatarlo a todos los emigrados, sería capaz de repetirlo en alta voz, en pleno bulevar, para que lo supiera París entero.
Zarzoso sonrió ante aquella exageración.
—No es charlatán hasta ese punto—dijo—, pero hace usted bien en no tener gran confianza en su lengua. Nada le diré.
—Haremos una excepción en favor de Perico. Ese muchacho, a fuerza de sacrificarse por mí, ha llegado a serme tan indispensable, que no puedo guardar con él el menor secreto.
—Sin embargo, no creo que usted le haya hecho saber esa tendencia al suicidio que tanto le agitaba.
Alvarez contestó con un gesto de alegre extrañeza:
—¡Eh! ¡Quién piensa en eso! Esas ideas fúnebres eran las de un padre que se veía alejado para siempre de su hija; pero ahora la cosa ha variado por completo y me siento feliz. Sí, Señor, estoy contento como si hubiera encontrado a mi hija después de tenerla perdida cerca de veinte años.
La campanilla de la puerta, que sonó discretamente por tres veces, dió fin a la conversación.
—Es Perico, que vuelve del almacén—dijo don Esteban—. De seguro que antes de subir ha conferenciado con la mujer del conserje para enterarse de cómo andaba la comida.
Alvarez fué a abrir y momentos después entró en el salón, mientras que su fiel criado iba y venía por el comedor, dando a entender, con el choque de platos y el retintín de cristales, que se ocupaba de poner la mesa.
Zarzoso se levantó para irse. Quiso detenerlo Alvarez invitándole a que comiese con él para solemnizar su extraño reconocimiento, pero el joven se excusó, alegando que Agramunt le esperaba ya a aquellas horas a la puerta del restaurante, y que era hombre capaz de no entrar a comer mientras él no llegase.
Por fin el joven salió de la casa acompañándole hasta la escalera el mismo Alvarez, que parecía remozado, con su brillante mirada y su apostura marcial de otros tiempos.
Al pasar por el comedor pellizcó alegremente en un brazo a su criado, diciéndole al oído con risueño misterio:
—¡Ah, Perico! ¡Si supieras!... ¡Si supieras!...
En el rellano de la escalera se despidió de Zarzoso con un fuerte abrazo, y por fin le dejó ir, con la condición de que al día siguiente vendría a comer con él y de que no faltaría ninguna tarde para charlar una horita sobre un tema tan grato como era María; aquella joven en la que se confundían los cariños de los dos: el del padre y el del novio.
En la misma noche, mientras Agramunt se iba a bailar a Bullier, Zarzoso se encerró en su cuarto y escribió a María una abultada carta de ocho pliegos, en la cual, con todas las salvedades que deben emplearse al hacer ciertas revelaciones a una joven soltera, la relataba por completo la historia de su madre, los amores de que ella era hija, y al mismo tiempo hacía una pintura conmovedora del estado de abandono y desesperación en que vivía su verdadero padre, héroe caído, patriota infeliz, que languidecía en el extranjero suelo, agobiado por la desesperación de tener una hija que no le reconocía, y antes bien le consideraba como a un monstruo.
El joven quedó satisfecho de su obra y al poner su firma murmuró con convicción:
—Seguramente que María dará crédito a cuanto la digo y reconocerá a su padre como a tal. Sería necesario tener un corazón tan duro como el de la fanática baronesa de Carrillo, para no conmoverse ante el espectáculo que ofrece ese hombre infeliz, solo en el mundo, y desconocido por el único ser al cual tiene derecho a exigir un poco de cariño. María contestará inmediatamente a esta carta, y tal vez pueda dar al pobre don Esteban un motivo de verdadera satisfacción, una alegría suprema.
Zarzoso fué a comer al día siguiente con Alvarez y desde entonces no dejó de ir todas las tardes a hacerle la visita, en la cual la conversación versaba siempre sobre el mismo tema, o sea sobre María.
—¿No ha contestado todavía a su carta?—preguntaba con avidez el infeliz padre.
—Pero ¡por Cristo! Si anteayer salió la carta y aún tal vez no la haya leído María. No sea usted impaciente, y ya que tantos años ha esperado, tenga calma por unos cuantos días.
Alvarez bajaba la cabeza, con resignación. Era verdad. Su cariño de padre, su ansia por saber el concepto que merecía a su hija, hacíale ser impaciente y ridículo.
De los tres hombres que se reunían en aquella habitación de la calle del Sena, Perico era el único a quien no entusiasmaba gran cosa la joven de la que tanto hablaban el amo y su joven amigo.
El respetaba mucho a aquella señorita María, a la que nunca había visto. Bastaba para ello que fuese hija del hombre al que adoraba como a un ídolo; pero la profesaba poca simpatía por el hecho de pertenecer a una familia de aristócratas que parecía maldita, pues acarreaba desgracias a todos cuantos la trataban.
Por culpa de aquellos Baselgas, había muerto su tía en la cárcel; por ellos también su señorito había pasado por apurados trances y se veía ahora fuera de la patria; y como si no hubiera bastante, ahora salía a plaza aquella María, otra Baselga que renegaba de su padre, y le sorbía los sesos a un buen muchacho que prometía ser un gran médico.
Y el rudo ex asistente, al hablar así, miraba con expresión de lástima a Zarzoso.
¡Pobrete! También sacaría su astilla de mal, ya que había cometido la torpeza de enamorarse de una mujer perteneciente a aquella familia santurrona, que parecía dada al diablo, según la facilidad con que sembraba la desgracia a su alrededor.
V
Las hijas de la noche.
Empiezan a hacerse más densas y oscuras las sombrías gasas que el crepúsculo extiende sobre las calles de París; comienzan a brillar inquietas las lenguas de fuego del gas, dentro de los faroles, o a centellear los blancos focos eléctricos, semejantes a las pupilas de un abismo; termina en los cafés la hora de la absenta; empieza el trabajo en los restaurantes; y apenas tal sucede, sobre el asfalto de los bulevares, sentadas a las mesas de los comedores públicos o contemplando con fingido interés los escaparates, mientras miran al mismo tiempo con el rabillo del ojo a los que están detrás, aparecen un sinnúmero de mujeres que van solas o formando parejas, mujeres que tienen una existencia particular y rara, a quienes jamás se ve durante el día, y que semejantes a las aves nocturnas, como si el sol las incomodara, aguardan las primeras sombras para salir de su madriguera.
París, en las primeras horas de la noche, parece una ciudad invadida por un inmenso ejército femenino. Doquiera se dirigen los pasos se encuentran siempre los mismos tipos, aunque presentados en diversas formas. Unas, las de clase más modesta, vestidas extravagantemente con ropa que a la legua delata su procedencia de desecho, se paran en las esquinas devorando el pedazo de pan y de carne que acaban de comprar en la “cremerie” y que tal vez constituye su única comida diaria; otras, que apenas si parecen llegadas a la pubertad, pequeñas, entecas y vistiendo todavía como niñas, saltan y corren por las aceras con grande algazara, gozando en empujar rudamente al pacífico transeúnte que nada les dice; muchas pasan andando con gravedad soberana, vestidas con arreglo al último figurín, dejando tras sí una estela de punzantes perfumes; pero todas ellas miran de igual modo y llevan idéntica expresión en el rostro, lo mismo la que viste de negro con cierto aire monjil y lleva la cabeza descubierta que la que ostenta el ancho sombrero de alas serpenteadas y ondulantes plumas.
La virtuosa madre de familia, la joven honrada, no se atreven a salir así que cierra la noche sino del brazo del esposo o del hermano, porque muchas veces las identidades en el vestir producen gran confusión y tremendas equivocaciones.
Esa invasión que nocturnamente sufre la gran ciudad es lo que la deshonra a los ojos del mundo; es la que hace aparecer como centro únicamente de placeres y vicios a una población cuyo vecindario en su gran mayoría es honrado, trabajador y virtuoso.
Pero el inmenso número de seres que alberga París, pertenecientes a la clase antes descrita, es suficiente para dar a una capital un carácter poco honroso, que realmente no tiene.
¿Cuántas son las mujeres que en las primeras horas de la noche salen a las calles de París a buscar el sustento a cambio del honor?
Primeramente se imagina que son algunos miles; pero cuando se acaba por ver que apenas hay calle ni establecimiento de recreo de la inmensa ciudad donde ellas no envíen su representación, no se puede menos de creer que, semejantes a los descendientes de Abraham, su número es tan inmenso como las estrellas del cielo o las arenas del mar.
Su cifra espanta y hace pensar con tristeza en que otras tantas son las madres honradas que ha perdido la sociedad.
Este inmenso ejército del vicio se ve diariamente combatido con gran rudeza por la miseria y las enfermedades; en él la muerte se ceba con una insistencia feroz que no guarda para otras clases; y a pesar de esto, sus filas no se aclaran, y en el hueco que deja una que cae para siempre aparece inmediatamente otra que trae todavía en las mejillas el color de melocotón sazonado, signo de salud y robustez que no tardará mucho en perder.
Para que tan incesante reemplazo se verifique en su ejército, el vicio tiene especiales y activos reclutadores, y el más principal de éstos, es la atmósfera de corrupción de las grandes ciudades.
Según las observaciones de uno de esos sabios parisienses que se dedican a estudios en la apariencia algo fútiles, pero que en el fondo tienen transcendencia social, de cada diez mil muchachas que anualmente llegan del fondo de los departamentos a la gran ciudad, para dedicarse al servicio doméstico, mil vuelven a sus pueblos a los pocos meses, por no ser aptas para tal profesión o sentir demasiado la nostalgia de la patria; otras tantas consiguen a fuerza de sisas y economías, por espacio de cuatro o cinco años, reunir tres mil francos, con lo que compran un marido, “garçon de hôtel”, o simplemente visitante de tabernas; unas diez o doce se arrojan al Sena, pues cometen—como diría un parisién—la insigne tontería de tomar el amor en serio; y las restantes, maleadas por el ambiente de la ciudad, con la conciencia corrompida por los ejemplos que continuamente se presentan a sus ojos, desesperadas de poder reunir la cantidad de dinero que necesita en Francia una mujer para casarse, y seducidas por el espectáculo de algunas que, meses antes fregaban platos como ellas y en la actualidad visten mejor que sus antiguas señoritas y gastan a todas horas fiacre de alquiler, se deciden a hacer un cambio radical en su vida y conducta, pasan el Rubicón, que en estas circunstancias representa el honor, y van a engrosar aquellas mesnadas femeninas que atraen la presencia en París de toda la gente rica y corrompida de las cinco partes del mundo.
¡Qué triste historia sintetiza cada una de esas infelices que pasa la vida riendo por las calles y cafés de París! Muchas veces la más descocada e insolente, que remedando los ademanes que veía hacer a sus antiguas señoritas ha conseguido darse cierto aire de distinción, y hace creer a sus imbéciles amigos que es hija de un banquero arruinado, de un general perdido por la política, etc., es causa de que dos pobres ancianos, allá en lo más ignorado del último departamento y en su miserable choza, lloren noche y día creyendo muerta la hija que salió del pueblo cuando muchacha, para ir a servir a París, con las mejillas rojas por el rubor, los ojos bajos y el aire tímido e inocente. Los infelices padres recibían antes todos los meses una carta garrapateada, en la que la niña les decía que su salud era buena y les contaba las cosas de sus amos; pero llegó un mes en que la carta faltó, al siguiente tampoco vino, y así fué sucediendo durante mucho tiempo, hasta que al fin los dos viejos fueron a París a buscar su única hija; pero su intento resultó vano, y a los pocos días, asustados del ruido de la gran ciudad, se volvieron a casa para llorar a la muchacha que, según sus deducciones, habría sido aplastada por un coche o se habría ahogado en el Sena. Aquellos infelices lloran sin tregua... y con motivo, pues se conduelen de la muerte de la hija honrada e inocente y ésta ya no existe, puesto que los virtuosos ancianos nunca querrían reconocer a su hija de ayer en la mundana desenvuelta de hoy.
Historias como ésta hay muchas en la gran ciudad, pues se encargan de formarlas la mayor parte de esas jóvenes que llegan a París cubiertas con ridículas cofias y mirando a todos con aire cerril y salvaje, para al cabo de un año ir por las calles llevándose tras sí centenares de miradas, cubiertas de las más costosas galas que constituyen la última moda y muchas veces salpicando de barro, con las ruedas de su carruaje, a las mismas familias a quienes meses antes les servían la sopa todas las tardes a las seis en punto.
Muchas veces esas mujeres que tal salto han dado en su existencia, rodando de brazo en brazo, encuentran algún poeta que les cante, porque la lira de la juventud, que sólo quiere entonar himnos a la belleza, es poco escrupulosa en punto a moralidad, e indudablemente entre las Ninon, las Ninettes y las Lilis, a quienes dedicaba sus originales sonetos Alfredo de Musset, el poeta más dulce y más cínico a la par que ha tenido Francia; entre aquellas mujeres que merecían tan hermosas frases y tan aéreos conceptos las había que poco tiempo antes barrían las escaleras, se llamaban Paulas o Mauricias, y no conocían más versos que los estúpidos de los “couplets” populares.
¡Es triste cosa que un par de trajes elegantes y cuatro ademanes imitados, basten para trastornar el seso de un gran poeta, y que su lira rompa deshonrosamente a cantar el vicio y la corrupción!
Pero no es solamente la clase antes indicada la que contribuye a que el vicio tenga siempre su sacerdocio en París, pues éste se ve también engrosado por otros elementos.
Acuden a la gran ciudad, como mariposas atraídas por fuerte luz, desdichadas de todos los países; lo mismo de las risueñas campiñas andaluzas, que de los campamentos cosacos; igual de las Repúblicas americanas, que de las posesiones europeas de Africa, y ellas hacen desfilar por frente a esos millonarios que durante el invierno sientan sus reales en los bulevares todos los tipos, colores y configuraciones de los diversos pueblos de la tierra.
Junto a todas éstas descuella y se da inmediatamente a conocer la indígena o propiamente parisién, la que si ha salido más allá de las barreras, sólo ha sido para llegar hasta Versalles o Suresnes, y que cree que el centro del Universo a cuyo alrededor giran el Sol y todos los planetas es el bulevar de los Italianos: mujer original y rara, a quien gusta todo lo extravagante, y que tiene la ágil perversidad del mono, la fatuidad y los discordes chillidos del pavo real y las marrullerías y malas intenciones de un gato viejo.
El tipo de la alegre parisién es un ejemplar repetido hasta lo infinito, pero siempre con el mismo texto. Su historia es siempre idéntica. Nacen y crecen en una portería o en un sotabanco. La madre vende flores o frutas en un carretoncillo por las calles: el padre trabaja tres días a la semana, y en la noche del sábado, después de andar a puñetazos con su mujer por cuestión de mejor derecho para guardar los ochavos, se mete en la taberna, de donde sale el miércoles casi a gatas. La niña, como ya es grande, trabaja en un taller tranquilamente, hasta que un día la compañera la tienta a ir por la noche a un baile cualquiera, y allí danza con un muchacho, que empieza su conquista regalándole un ramo de violetas de cinco céntimos y convidándola a un “bock” y acaba por enamorarse de aquel tipo delicioso, que sabe ponerse el sombrero de canto sobre la nariz, que imita el canto del gallo con exactitud sorprendente, que baila la cuadrilla haciendo el pajarito y que tiene un sinfín de hermosas habilidades, aunque desconoce la más principal, o sea la del trabajo, pues no falta quien le asegura a ella que el tal ente vive de poner contribución a los afectos de sus enamoradas.
Desde aquel día la muchacha no vuelve a su caca; el padre, entre vasos de vino y copas de “wisky”, jura a sus compañeros de la taberna que donde la pille la va a matar; la madre llora y cuenta sus penas a la vecina, y así pasan los meses, hasta que un día la encuentran en el bulevar los autores de sus días, elegantemente vestida, del brazo de un caballero, y... no sucede absolutamente nada, pues al marido le parece muy agradable tener una hija que siempre que le encuentra la da un par de francos para beber, y la mujer casi se alegra de que la niña no haya venido a casarse al fin con cualquier muchacho del barrio, que la haga desfallecer de hambre y le administre una paliza semanal.
¡Especial modo de ser el de gran parte de las familias parisienses! Las honradas familias españolas jamás podrán comprender, para fortuna nuestra y de la moral, esa indiferencia afrentosa que se manifiesta aquí entre ciertas clases ante la pérdida del honor.
El espectáculo que ofrecen esas infelices jóvenes, entregadas a una incesante crápula, en la edad de los ensueños y de las ilusiones, no puede ser más triste y desconsolador. Se ven entre ellas rostros francos y hermosos, que a primera vista parecen frescos e inocentes, pero que mirados con más detención, delatan una fatiga inmensa, propia del abuso de la vida; y aquellas bocas, muchas veces plegadas por angelicales sonrisas, se abren para dejar oír voces roncas por el alcohol que profieren las más soeces frases o los más tremendos juramentos, con una naturalidad abrumadora.
La vida nocturnal de esas infelices está de continuo llena de sobresaltos y peligros, pues cuando no las incómoda el vicio con sus más hediondas formas, las persigue la sociedad, que tiene más cuidado en sacar provecho de los seres que viven fuera del mundo de la moral, que en redimirlos de tan degradante esclavitud.
Muchas veces el transeúnte, de rostro bondadoso, que pasea su bonhomía por las calles durante la noche, se ve de repente agarrado del brazo por una mujer que empieza a marchar junto a él con la naturalidad de antiguos amigos. El, sorprendido, intenta preguntar; pero ella hace que calle, y así andan un poco hasta que al llegar a cualquier esquina, el hombre, que ya empieza a interesarse por adivinar en qué parará aquello, ve que su pareja le abandona y desaparece.
Es que aquella infeliz va perseguida por la Policía, que siempre se muestra cruel con el vicio que no da parte de sus rendimientos al Estado, y para salvarse se agarra al brazo del primer hombre que encuentra, lo que la pone a cubierto de toda detención.
Tan inmensa falange de víctimas de la concupiscencia de una gran ciudad aumenta todos los días. Raro es aquel en que las oficinas de la Policía no reciben reclamaciones de dos o tres familias para que busquen otras tantas jóvenes fugitivas del hogar doméstico; pero como no andaría muy medrada la institución que vela por la seguridad pública si tuviera que atender a tan continuas demandas, son pocas las diligencias que se hacen para buscarlas, y a las muchachas emancipadas de la tutela paternal para ser víctimas de las pasiones, les basta mudarse a un barrio de París algo distante del que ocupan sus parientes para que éstos no las encuentren en años.
El antimoral ejército que pulula por París tiene dos tremendos enemigos que ametrallan de continuo sus filas, causando muchas bajas: el hambre y las enfermedades.
Cuando el vicio forma las legiones que sostienen su bandera y pasa revista, encuentra muchos huecos en aquélla. ¿Qué se ha hecho de Titín, Odilia, Sarah, Iseul y Mimí?
Que se lo pregunten al hospital o al Sena. Las más han perecido a manos de la miseria, y sus cuerpos figuran en las mesas de disección de la Escuela de Medicina; y las otras se han suicidado, arrojándose al río, porque estaban cansadas de vivir... a los veinte años.
VI
Judith, la Rubia.
Seguía Zarzoso el bulevar Saint-Germain, en dirección contraria al Sena, a la hora en que los reverberos de las calles acababan de encenderse y en que las tiendas comenzaban a iluminar sus escaparates, ante los cuales se detenían los curiosos.
El cielo ceniciento, que, como sucia cortina, se extendía sobre los tejados, estaba empapado aún con el último y moribundo reflejo del crepúsculo.
El joven médico parecía muy preocupado. Hacía un frío molesto por lo punzante; soplaba un cierzo que parecía herir el cutis como sutil cuchilla; todos los transeúntes andaban con las manos metidas en los bolsillos y arrebujados en sus abrigos, y a pesar de esto, Zarzoso, como si fuera insensible a los rigores de la estación, caminaba con lentitud, con el gabán desabrochado, el cuello bajo, los brazos cruzados sobre la espalda sosteniendo con desmayo el bastón y la cabeza inclinada, cual si no pudiera resistir la pesadumbre de la inmensa balumba de pensamientos que se agitaba en su cerebro.
Acababa de salir de la calle del Sena, donde había pasado una hora de conversación con Alvarez, si es que conversación podía llamarse a la repetición infinita de una misma pregunta, bajo diferentes formas:
—¿Todavía nada?—preguntaba con ansiedad el infeliz padre.
—Nada—contestaba con lacónico desaliento el novio de María.
Y los dos hombres quedaban silenciosos, mirándose con expresión dolorosa, combatidos por diversos pensamientos: hasta que, transcurridos muchos minutos se atrevían a volver a hablar:
—Es extraño ese silencio, hijo mío.
—Realmente, es muy extraño, don Esteban.
Y así seguía la conferencia de los dos hombres todas las tardes, hasta que, por fin, Zarzoso, cansado de la incertidumbre de Alvarez, que aumentaba la suya propia, le daba las buenas noches y lo abandonaba.
El joven médico, al salir aquella tarde de la calle del Sena y remontar con aspecto desalentado el bulevar Saint-Germain, iba pensando en que justamente aquel mismo día hacia un mes que había escrito a María la carta en que la noticiaba el encuentro casual con el que era su verdadero padre.
Esperó seis días confiado en que, transcurrido este plazo, que era el que necesitaban sus cartas para alcanzar contestación, María le escribiría como siempre; pero pasó el tiempo y la carta no llegó.
Zarzoso sospechaba de la Administración de Correos; creía ocurridos los más absurdos incidentes en el viaje de la correspondencia para explicarse de este modo la desaparición de su carta; de todos pensaba mal menos de María, y volvió a escribir y a esperar otros seis días, siendo acogida esta segunda tentativa con el mismo absoluto silencio.
Aquello era absurdo, le resultaba imposible, y tanta fe tenía en María que hasta en algunos instantes creyó que soñaba.
La sospecha de que sus cartas se hubiesen perdido resultaba inadmisible, pues en tal caso María, alarmada por este silencio, se hubiese apresurado a escribirle pidiéndole explicaciones.
Fué aquel mes la época más terrible que en su vida tuvo Zarzoso. Acosó a preguntas al conserje de su hotel y casi le sometió a un interrogatorio, como si temiera que ocultase las cartas recibidas; bajó al portal a las horas en que solía llegar el cartero, para hostigarle con reclamaciones que estaban próximas a originar una pendencia; hasta llegó a ir con Agramunt a la Administración Central de Correos, para enterarse de las probabilidades de extravío que tenía una carta de Madrid a París; pero toda su nerviosa inquietud, toda su irritada movilidad, no le sirvió más que para convencerse de que nadie le escribía, y que aquel silencio postal tenía su principal motivo en Madrid y no en los encargados de transmitir la correspondencia.
Zarzoso presentía en este silencio un hostil misterio, un poder oculto que había descubierto su amor y trabajaba contra él; pero estaba lejos de adivinar su verdadero significado y de dónde procedía.
El joven, desesperado ya, en vez de dirigirse a su novia, escribió a doña Esperanza, la viuda de López, que era a quien enviaba siempre las cartas. Pidióle explicaciones sobre aquel silencio inesperado, pero éste continuó, y si su novia no le escribía, tampoco la viuda se dignó darle contestación.
Entonces Zarzoso llegó a desesperarse de un modo que inspiró inquietudes a Agramunt.
Roído por la incertidumbre y agitado por las sospechas, Zarzoso, a los veinte días de aquel silencio, apeló a los medios más extremos.
Con la desesperación del náufrago que se agarra al más insignificante objeto, confiando que va a salvarse, creyó que apelando al telégrafo adquiriría mejor resultado que valiéndose del correo, y envió telegramas urgentes, con la contestación pagada, a la viuda de López, sin que por esto lograse romper aquel silencio absoluto y desesperado que le salía al paso apenas intentaba comunicarse con Madrid.
Zarzoso no sabía ya qué hacer para explicarse la causa de aquel silencio.
No había que pensar en la posibilidad de que María no contestase por hallarse enferma. En un número de “La Época”, que leyó en el café de Cluny, encontróse con una reseña de un baile, en la que se dirigían elogios a la sobrina de la baronesa de Carrillo, haciendo una descripción dulzona de su hermosura, su gracia y su elegancia.
Además, Zarzoso había pedido noticias a un amigo de Madrid, antiguo condiscípulo de la escuela de San Carlos, en el que tenía absoluta confianza; y éste, que contestó inmediatamente, le dijo haber visto a María en los paseos con el aspecto de siempre, y que en cuanto a la viuda de López, estaba bien de salud y habitaba la misma casa, que era donde Zarzoso dirigía toda su correspondencia amorosa.
Esta noticia hizo llegar al período álgido el asombro y la desesperación del joven.
No estaban enfermas María y su acompañante doña Esperanza; no había ocurrido nada de particular en su existencia; ¿por qué guardaban, pues, tan inexplicable silencio?
Zarzoso, del abatimiento y la tristeza, comenzó a pasar a la violencia. Escribió cartas en estilo amargo, irónico, casi insultante, y las envió a Madrid, sin ser por esto más afortunado ni lograr romper aquel silencio.
Hubo momentos en que acarició la idea de abandonar París y presentarse en Madrid inesperadamente, con el propósito de pedir cuentas a María de su inexplicable conducta; pero el joven experimentaba un pavor infantil al pensar en su tío, y la consideración de que éste podría enterarse de tan extraño viaje era más que suficiente para hacerle desistir.
Enclavado en París, y en aquel aislamiento desesperante en que le dejaba la mujer querida, Zarzoso permaneció un mes entero, experimentando en los últimos días una gran indignación, que trocaba su antiguo amor en irritación sorda y terrible contra María.
El joven creía ya haber encontrado, en los últimos días de aquel mes de espera e incertidumbre, la clave que explicaba tan misterioso silencio.
¡Ah, la miserable! ¡La orgullosa aristócrata! La extensa carta que la había enviado su novio dándola cuenta del encuentro con el que resultaba su verdadero padre, era el único motivo de aquel silencio absurdo. La condesita se avergonzaba, sin duda, de su origen; irritábase indudablemente contra su adorador por haber éste descubierto el misterio de su nacimiento, y a ello era debido que, deseando romper unas relaciones que le resultaban ya molestas, se negara a contestar a las cartas de Zarzoso, acabando los amores con tan villano procedimiento.
Así se explicaba Zarzoso el silencio de María, y como cada vez se sentía más atraído por esta solución que había imaginado, comenzaba a considerar con cierto desprecio as su antigua novia, teniéndola por una mujer vulgar, fatua y preocupada por las ideas rancias de su clase.
En esto iba pensando aquella tarde, al salir de la calle del Sena, y se ratificaba cada vez más en sus ideas, al notar que don Esteban participaba de ellas, aunque no se atrevía a manifestarlo por miedo a aumentar el desaliento que experimentaba el joven médico.
Cuando éste, dejando el bulevar Saint-Germain, entró en el de Saint-Michel, iba tan preocupado con sus pensamientos, que monologueaba en voz baja, gesticulando, hasta el punto de llamar la atención de los transeúntes más próximos:
—¡Qué engañado estaba! Quien mejor conoce a esa familia es Perico, el antiguo criado de don Esteban. ¡Raza de orgullosos, en la que sólo se encuentran amores nocivos! Ahora veo claro; María es igual a todas las mujeres de su familia; tan orgullosa y falta de sentimientos como su tía la baronesa, sólo que con su carita de ángel y su aparente bondad sabe engañar mejor y ocultar la ruindad de su fondo. ¡Vive Dios! ¡Y que no pueda yo dejar de amarla!... ¡Que no tenga yo la fuerza suficiente para olvidar y permanecer indiferente ante ese silencio abrumador!
Y el joven, a pesar de sus quejas, de sus recriminaciones contra María, reconocíase impotente para combatir aquel amor que, según su expresión, había penetrado en él hasta los tuétanos; y tanta necesidad sentía de ser correspondido, que cual el desesperado que no pierde la esperanza de salvarse hasta en los últimos instantes, en su cerebro acababa de surgir la halagadora idea de que María tal vez le habría contestado y a aquellas horas la carta estaría esperándole en el casillero de la portería de su hotel.
Cuando Zarzoso formuló este pensamiento se encontraba casi a la puerta de su restaurante, situado frente al Luxemburgo.
Dudó algunos instantes. ¿Qué hacer?
Era absurda la esperanza de que le aguardase en el hotel la anhelada contestación de María. En las horas que había permanecido fuera de casa sólo había un reparto de cartas, y en éste rara vez entraba la correspondencia española; pero por la misma inverosimilitud de su esperanza, el joven se sentía atraído por ella, y al fin se decidió a remontar la calle Soufflot y entrar en su hotel para convencerse de si había adivinado la llegada de la carta. No quería comer agitado por la incertidumbre o halagado por absurdas esperanzas.
Cuando el joven, atravesando la plaza del Pantheón, fué a entrar en su hotel, apenas si se fijó en una mujer joven, vestida con bastante elegancia y que estaba parada cerca de la puerta, al pie de un reverbero, y teniendo a pocos pasos un perrillo lanudo y feo que jugueteaba con un pedazo de periódico.
Zarzoso penetró en la portería y lanzó al casillero una ansiosa mirada. La mayor parte de las casillas de los otros huéspedes tenían cartas o periódicos con fajas selladas que demostraban su lejana procedencia; pero en la suya, nada absolutamente; la llave nada más, colgando con tristeza del clavo, como si sintiera desaliento al verse en tal soledad.
Haciendo un gesto de resignación salió de la portería, y al volver de espaldas para cerrar la mampara de cristales, tropezó con una mujer que entraba resueltamente en el portal. El joven la miró, balbuceando una excusa y llevándose la mano al sombrero.
La reconoció inmediatamente. Era la joven que momentos antes se hallaba al pie del farol de gas, y su perro estaba ahora allí, junto a ella, apretándose contra sus faldas, como si sintiera temor al penetrar en una casa desconocida.
Era de mediana estatura, de un cutis blanco de trasparencia lechosa, y lo que en ella llamaba la atención, más que las facciones y las formas de su cuerpo, erguido con petulancia, eran los cabellos y los ojos, ofreciendo un rudo contraste que inmediatamente saltaba a la vista. La cabellera era rubia, pero de un rubio dorado obscuro, brillante, que parecía irradiar luz; y los ojos, por un contrasentido de la Naturaleza, aparecían negros, rasgados, agrandados aún más por ciertas líneas y sombras del lápiz de tocador, y haciendo recordar los de las circasianas encerradas en el fondo del harén. En aquellos ojos, ventanas del alma, espejos delatores de tudas las dobleces de un carácter, adivinábase una inmensa malicia; lo mismo sabían fingir la cándida mirada de la inocencia y del asombro, que animarse y chispear con la excitación brutal de la orgía.
En toda su persona perfumada, esparcía un ambiente de dulce olor de violeta, notábase algo de original, cierto corte bohemio que la elevaba sobre la vulgaridad de la cocotte.
Vestía con elegancia, y, sin embargo, en toda su persona, que respiraba originalidad, notábase la tendencia a huir de la última moda vulgar, de combatir el último figurín, que es siempre artículo de fe para las mujeres parisienses.
Su traje de raso, de color de malva, transigía un poco con la moda; pero en la cabeza llevaba un artístico chambergo erizado de ondulantes y largas plumas, y los hombros estaban cubiertos por una capa de seda negra que le bajaba hasta los pies en pliegues estatuarios. Adivinábase en aquella mujer, con su aspecto ligero y un tanto fatuo, el fanatismo del arte que absorbe todos los sentimientos, y comprendíase que el modelo de sus trajes, en vez de copiarlos de sus periódicos de modas, lo sacaba de los hermosos retratos de marquesas y duquesas del pasado siglo, que existían en el Museo del Louvre.
Como para completar aquel atavió artístico, que resultaba algo extravagante, su cabellera luminosa caía suelta en bucles sobre el cuello de su capa, y en la mano llevaba un latiguillo de correa, que le servía algunas veces para atar a su perro, pero que casi siempre empuñaba, chasqueándolo con aire de amazona.
Zarzoso, a pesar de su preocupación, no pudo menos de quedarse sorprendido mirando a aquella mujer tan extraña y hermosa, que resultaba original aun en el Barrio Latino, cuna de tanta extravagancia.
—Señora, dispense usted—dijo, llevándose la mano al sombrero.
La joven, apoyándose en la pared, le miraba de un modo tan amable, que Zarzoso sintió miedo.
—Gracias, señor—dijo con una voz que, por su timbre grave, desdecía algo de su tipo de belleza—. Es usted muy amable.
Y la hermosa rubia, sin moverse de la pared, parecía sentir deseos de entablar conversación; pero Zarzoso, poco acostumbrado a tratarse con las mujeres del barrio, seguía sintiendo miedo, y por esto se apresuró a saludar, saliendo inmediatamente del hotel.
Estaba el joven a la mitad de la calle de Soufflot, cuando ya había olvidado a la gentil rubia. La inquietud producida por el silencio de María había vuelto a reaparecer, y el joven pensaba nuevamente en su novia, sintiéndose desalentado.
Cuando llegó al restaurante encontró a Agramunt sentado ya a la mesa y hablando amigablemente con un grupo de estudiantes que comían en la mesa inmediata.
—Oye, Juanillo—dijo el catalán cuando el joven médico se sentó a su lado—. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes, concurrencia distinguidísima. Las cocottes con más chic del otro lado del río pasarán esta noche los puentes para asistir a la fiesta y bailar la cuadrilla. Además, se dispararán fuegos de artificio, habrá sorpresas; en fin, un gran programa, según me acaban de decir esos chicos que están en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economía; entrada, dos francos para caballero y gratis para las señoras. ¿Vienes?
—No voy—contestó Zarzoso con mal humor.
—Pues harás mal. Necesitas divertirte para que se te vaya esa melancolía cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos recibido carta, ¿eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras estuviste en Madrid y la divertías con tus miradas lánguidas y tus suspiros, pero que te ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos de ella. Dios sabe cuántos novios tendrá a estas horas la niña. Debes creerme a mí y dejarte guiar por mis consejos, pues aunque no soy viejo tengo experiencia. Diviértete, goza todo lo que puedas y piensa como lo que eres: como un joven de talento que tiene muchos años de vida por delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir una familia. ¿A quién diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid? ¿Quién te ha de escribir esa carta? ¿Una mujer hermosa? Pues aquí, sin salir del barrio, las encontrarás a docenas, y de seguro, mejores que aquellas sosas de allá; pues yo, querido, aunque pase por mal patriota, prefiero la mujer francesa. Además, los amoríos de aquí son algo más substanciosos y divertidos que los noviazgos de allá, limitados siempre a palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnúmero de señas con las manos desde el balcón a la calle. Créeme, Juanillo; no seas inocente; ven esta noche a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de novias superiores a esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta contigo.
Zarzoso comía con la cabeza baja, ocultando la sorda imitación: que le producían las atrevidas comparaciones de Agramunt, el cual no cesaba de animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile de Bullier.
De este modo transcurrió la comida, y cuando los dos jóvenes se levantaron de la mesa, Agramunt, con expresión marrullera de cariño, cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlazó su brazo con el de éste y le dijo, con expresión fraternal:
—Vamos, Juanillo, decídete...; ¿vienes?
—No, no voy. No seas pesado—dijo Zarzoso con voz en que se notaba la ira.
—Bueno, pues no reñiremos por eso. Te acompañaré a dar unas vueltas por el bulevar, y a las diez te dejaré para que vayas a casa a llorar tus desdichas. Yo me iré al baile... ¡Ah!, y ahora recuerdo. Harás el favor de prestarme diez francos, por si tengo algún compromiso en el baile. Ya ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.
Zarzoso sonrió, a pesar de la irritación que sentía. Ya había salido al exterior la verdadera causa de aquella expresión cariñosa que momentos antes había mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le hablaba en aquel tono era signo de próximo sablazo, cuyo importe le era después devuelto con más o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa editorial.
Zarzoso dió a su amigo medio luis, y ambos, encendiendo sus cigarros en el mechero del mostrador, salieron del restaurante.
Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir, como de costumbre, a tomar café a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran escaparate de camisas y corbatas vieron a una mujer que parecía mirar con gran atención los géneros expuestos, pero que al hallarse próximos los dos jóvenes, volvió rápidamente la cabeza y se quedó con los ojos fijos en ellos.
Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse explicar la causa de ello.
Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia que había encontrado en el portal de su hotel.
Agramunt tardó más en apercibirse, y cuando ya estaba junto a ella, fué cuando se fijó, haciendo también un movimiento de sorpresa.
—¡Calla!... ¡Es Judith, la rubia!
La joven sonreía, como encantada por aquella sorpresa, y al mismo tiempo movía con mano varonil su latiguillo.
—Sí, yo soy; ya hace tiempo que no nos veíamos.
Y luego, tendiendo su mano con cierto aire soldadesco, dijo al escritor:
—¿Cómo estás tú, buena pieza?
VII
La primera noche.
El reconocimiento fué afectuosísimo. Judith parecía encantada por aquel encuentro, y hasta su perrucho, como si participase de la alegría de su ama, rabitieso y con las orejas rectas, hacía la rosca en torno de los dos jóvenes.
¡Vaya un encuentro!
—¿Y qué es de ti ahora?—preguntaba con curiosidad Agramunt—. ¿Cómo has estado tanto tiempo alejada del barrio?
Y Judith, con su voz hombruna, dando palmadas de compañero en los hombros del escritor y hurgándole en el vientre con el puño de su látigo, siempre que se permitía alguna observación subida de color, iba relatando con frases incoherentes, cortadas por ruidosas carcajadas, la historia, de su desaparición del barrio.
—El amor, chico, el amor; esa maldita afición a los artistas pobres y de talento, que ha de ser mi perdición y no me deja hacer carrera como otras.
Y matizando su puro lenguaje francés con las palabras sacadas del caló del Barrio Latino y del de los arrabales, fué relatando su viaje por Bélgica e Inglaterra, que había durado más de ocho meses.
Se había ido de París con un dibujante de Le Monde Illustré, que emprendió una excursión artística por orden de sus editores. El viaje había sido feliz; se arrullaban como dos tórtolos, se amaban con el fuego indestructible de las grandes pasiones, llamaban la atención en los hoteles y hasta en los trenes, por aquel amor público que no se recataban y que iban pasando de país en país; pero en Londres surgió la primera nubecilla con motivo de ciertas sospechas de infidelidad que Judith inspiró a su amante con su ligero carácter. Aquella escena de celos fué decisiva.
—Chico, aquello fué todo un quinto acto de los melodramas que representaban en la Porte Saint-Martin. Yo, cansada de sus lamentaciones, le di con este látigo; él me tiró su caja de dibujo a la cabeza; estuvimos pegándonos hasta que entraron a separarnos los criados del hotel, y avergonzada de aquella escena, porque ya sabes, yo soy muy señora, y no me gustan los escándalos, como a ciertas mujercillas, pasé el canal, y al día siguiente estaba ya en París, con mi Nemo (el fiel amigo de Judith).
El perro, al ser aludido, ladró alegremente, poniendo las patas en las faldas de su ama, la que le contestó con un latigazo.
Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con creciente curiosidad a aquella mujer original, extraña e incoherente, que interpolaba los más sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que parecía de una actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambótica en todo, ponía a su perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por Julio Verne.
Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba su conversación con Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, seguía preguntándole:
—¿Y ahora estás con Luigi, el modelo italiano?
Esta pregunta pareció contrariar a la joven; pero se repuso y contestó con resolución:
—Con ése, siempre. Es otra de mis debilidades. Cuando nadie me quiere, voy a buscarle. Pero ahora no estoy con él.
—¿Y qué hacías ante ese escaparate?
—Nada, me distraía. No sé dónde ir. Te digo que empiezo a encontrar ya insulso este barrio, y si supiera dónde existe una población en que pueda una divertirse más que en París, allá me iría inmediatamente. Estoy aburrida de la vida, y el día menos pensado me arrojo al Sena.
—¿Por tercera vez?—dijo con acento burlesco Agramunt.
—No, por cuarta—contestó con gravedad Judith—. Figuro ya por tres veces en el registro de la Policía como salvada por esos cochinos que se arrojan al río para ganar la prima de veinticinco francos e impedir que una mujer se ahogue cuando le dé la gana... Sólo que entonces—añadió con expresión melancólica—era yo tan imbécil que intentaba suicidarme por amor, enloquecida con las perrerías que hacían mis amantes. ¡Qué tiempo aquél, tan feliz y tan estúpido! Ahora que voy siendo vieja, pues tengo veintidós años, mi paladar está tan gastado, que ya no encuentro nada que me interese. Podría rodar de brazo en brazo por entre todos los muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.
—¿Y yo?—dijo enfáticamente Agramunt, estirándose el chaleco.
—¡Bah!... ¡Tú! Ni me acuerdo de cómo te conocí. Eres un buen muchacho, pero todos sois iguales. Adoráis por egoísmo una sola noche, y después..., muchas gracias, si os dignáis conocerla a una en la calle. Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del porvenir. He tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas en que he dormido; en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de un adorador; he tenido a la otra orilla del río hotel y criados; por mí se batieron dos imbéciles americanos que no llegaron a comprender que de ambos me reía; ahí enfrente, en el Luxemburgo, en las tardes de concierto, le han hecho estruendosas ovaciones a Judith la rubia, faltando poco para que la llevasen en triunfo; sé cómo hacen el amor los hombres de casi todos los países; tuve un amante negro que era príncipe heredero en Africa; en cierta época, un vizconde me ponía las medias por la mañana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitación, con doncella de servicio y groom, sólo porque le consintiera ciertas porquerías que me hacían reír; han hablado de mí los periódicos, y hay un libro muy leído que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y mi biografía; y, sin embargo, tengo la seguridad de que el día en que sea vieja, dentro de unos cuantos años, y tenga que vender periódicos en el bulevar, como otras muchas que en su juventud fueron tanto o más que yo, ninguno de vosotros vendrá a darme un sueldo, y hasta tal vez os deis el gustazo de saludarme con la punte del pie como a un perro sarnoso. ¡Ah, cochina vida! ¡Qué harta estoy de ti! Antes que se acabe mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los cuales les han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy vuelta a la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta y me muero por asfixia. Lo único que me detiene es que así mueren la mayor parte de las heroínas de folletín, y a mí me parece muy burgués eso de imitar a los demás.
Zarzoso oía con asombro a aquella joven hermosa, y en apariencia feliz, que hablaba con tanta tranquilidad de su sombrío porvenir y demostraba conocer exactamente su actual situación. Oír a Judith era ser arrastrado por un torbellino loco e ir saltando de sorpresa en sorpresa.
Agramunt no se inmutaba y seguía contemplando a la rubia con cínica sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos melancólicos de aquella mujer extraordinaria.
—Estás esta noche muy fúnebre—dijo a la joven—. ¿Es que acaso sientes próximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en una loca?
—¡Bah! Déjate de tonterías. Estoy triste y nada más. Esta mañana me he peleado con Luigi y aún me dura la excitación. Pero bien mirado, soy una tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis penas.
Y cambiando rápidamente, su fisonomía volvió a adquirir su sonrisa petulante, insolente y protectora.
—¡Qué! ¿Adónde vais esta noche?
—Yo, a Bullier, hija mía. Supongo que tú también irás al baile.
—¿Y este señor que tan silencioso está?
Y al decir esto, la hermosa rubia se fijó en Zarzoso, al cual hasta entonces había afectado no ver.
—¡Calle! ¡Yo creo haber visto a este caballero alguna vez! ¡Ah, sí! Fué hace poco rato, en el hotel de la plaza del Pantheón, donde entré a hacer una pregunta. Di, tú, furibundo descamisado, ¿este señor es amigo tuyo? ¿Es español también?
Agramunt, aludido de este modo, creyó del caso dar a conocer a su amigo, y con exagerada y cómica expresión de gravedad presentó a Judith al joven doctor Zarzoso, lumbrera científica de la escuela de Madrid, y que en la actualidad vivía en París para perfeccionar sus estudios al lado de los más famosos sabios.
Judith, mientras escuchaba la hipérbole de aquel tronera de Agramunt, sonreía a Zarzoso, envolviéndole en una mirada protectora que tenía una expresión casi maternal.
—¡Ah! ¡El señor es médico! Lo celebro mucho. A mí me han gustado bastante los médicos; tuve un amante que lo era.
—Sí, conozco la historia—dijo Agramunt—; aquél que conociste en el Hôtel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.
—¡Bah! No hablemos de cosas tristes. ¿Ibas a alguna parte?... ¿Dices que al café de Cluny? Pues vamos allá. Es un café que no me place, pues sólo van a él burgueses y viejos imbéciles. No es chic el tal establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en medio de las locuras del barrio darse cierto barniz de seriedad.
Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo; pero a los pocos pasos se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los ademanes de una persona sesuda:
—Mirad, hijos míos. Pasamos la noche juntos hasta la hora de retirarse; pero nada de locuras, ¿eh? Mucha seriedad, que es lo que da distinción a una persona. Iremos al café y después al baile con toda la prosopopeya y la sensatez de una familia burguesa. Yo seré la mamá y vosotros los niños. Andad, pues, hijos míos.
Agramunt reía como un loco. ¡Oh! ¡Qué gracia tenía aquello!
—¡Mamá! ¡Mamá mía!—dijo dando saltos como un niño en torno de la hermosa rubia, y le plantó un sonoro beso en los labios enrojecidos por el bermellón.
Judith, afectando cómica indignación, le contestó con un latigazo en las piernas, y los transeúntes se detuvieron riéndose y encontrando que aquella rubia tenía mucho chic.
—Vamos, hijos míos: adelante, y cuidado con hacer otra travesura, porque la mamá es muy mala cuando se lo propone. Con este descamisado es imposible la seriedad. Vamos, doctor; usted que es más formal, déme usted el brazo.
Los tres bajaron el boulevard sin que ocurriera ya ningún incidente.
Agramunt abría la marcha moviendo su bastón para hacer saltar al lanudo Nemo, y detrás marchaban Zarzoso y Judith, sin cambiar una sola palabra. La rubia, erguida, insolente, lanzando a todos lados miradas de soberana, y el joven cohibido, casi avergonzado por aquel encuentro que le obligaba a pasear por el boulevard una mujer tan llamativa y asustado por las demostraciones que ésta arrancaba al pasar frente a las puertas de los cafés o junto a las cuadrillas de estudiantes que se paseaban cogidos del brazo.
A los oídos de Zarzoso llegaban un sinnúmero de exclamaciones que sonaban a sus espaldas, producidas por el paso de la pareja.
—¡Mira; es Judith!
—Judith, la rubia.
—¿De dónde habrá salida ésa?
—¿Será ése su nuevo arreglo?
—Debe haber pillado algún marqués español.
Y algunos al verla pasar, canturreaban una canción de indecentes elogios, que una cupletista del barrio había compuesto en honor de Judith, la rubia.
Esta explosión de popularidad parecía satisfacer mucho a la joven, la que miraba a todas partes con el aire de una soberana que pasea entre sus vasallos.
El Barrio Latino era su reino. Allí la conocían todos; la apreciaban, pues raro era el que no había sido agraciado con sus favores, y la joven tenía derecho a exigir aquel homenaje del distrito literario, pues le había sido siempre fiel, negándose a pasar al otro lado del río, donde encontraba siempre la fortuna.
Entraron los tres en el café Cluny, y apenas hubieron tomado asiento en una mesa, Judith se levantó, dejando su látigo en el asiento.
—Vuelvo en seguida, hijos míos. Tú, Nemo, quédate aquí.
Y mientras el perro, como si comprendiese su lenguaje, saltaba sobre la banqueta de terciopelo, quedándose en actitud correcta y mirando con gravedad a sus dos nuevos amigos, la joven, dejando flotar su capa de seda y sus cabellos rubios en el aire que producía su ligero paso, salió del café, contenta y sonriente, como satisfecha del asombro que producía en los tranquilos parroquianos de las vecinas mesas, los cuales la miraban escandalizados.
—¿Adónde va ésa?—preguntó Zarzoso, que aún parecía no haber salido del asombro que le produjo aquel encuentro y de la mala impresión causada por los comentarios que Judith había producido a su paso por el boulevard.
—No lo sé, ciertamente—contestó Agramunt—. Pero apostaría cualquier cosa a que se ha metido en ese quiosco de gabinetes de necesidad que existe a pocos pasos de aquí, en el boulevard Saint-Germain. Es una de las rarezas más características de Judith. Pero no vayas por esto a hacer comentarios desfavorables para la chica; no creas que está tocada de continua disentería. Es que en esos quioscos hay siempre un tocadorcillo, donde por veinticinco céntimos se encuentran polvos, bermellón y demás artículos de embellecimiento, y Judith es una persona que no puede pasar cinco minutos sin contemplarse a sí misma, para reparar el menor desorden de su belleza. No existe en el mundo idolatría más fanática que la que esa chica se profesa a sí misma. Es un Narciso con faldas; está enamorada de su cuerpo tan por completo, que si pudiera les levantaría un altar a sus pechos y a sus muslos. Y se comprende ese cariño, ese amor vehemente a sus propias formas, porque has de saber, querido, que de ellas come en la temporada que está aburrida de los hombres, y no quiere comprometerse con ningún amante, pues entonces se la disputan los pintores y los escultores, que la consideran como la primera modelo de París. ¡Oh! ¡Qué muchacha ésa! ¡Qué Judith! Estoy seguro de que la Safo, que describe Daudet, no era tan notable como ésta.
—¿Pero quién es ella?—preguntó Zarzoso con curiosidad que pretendía ocultar—.¿Conoces tú algo de su vida?
Agramunt hizo un gesto de asombro.
¿Quién no sabía en el Barrio Latino la biografía de Judith la rubia? ¡Si hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, había que advertir que la muchacha era judía, como lo indicaba su nombre, y que no había nacido en Francia, pues sus padres eran unos judíos húngaros, que habían venido a París a probar fortuna, trayendo consigo a la niña, que tenía entonces seis años. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran ciudad, y la pequeña Judith fué recogida por un matrimonio de obreros que aún vivían en Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en cuando aquella bohemia extravagante, pues al encontrarse cansada, tras algunos meses de existencia aventurera, sentía renacer en su pecho un fugaz chispazo de cariño filial.
La muchacha creció terca, voluntariosa y con caprichos que demostraban una imaginación fantástica y desordenada. En punto a diversiones gustaba únicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba todas las labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos para hacerla aprender un oficio, y a los catorce años, formada, desarrollada y hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareció en el Circo Hipódromo, como ecuyère de última fila en las pantomimas ecuestres.
Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento; sus hermosas piernas que oprimían nerviosamente el vientre del caballo y sus temeridades propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de hambrientos deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del zaquizamí, donde ella se vestía, alineáronse los negros fracs, esperando permiso para entrar y ofrecer a la figuranta costosos bouquets de rosas acompañados de proposiciones deslumbrantes.
Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón de carne gastada del grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la virginidad bravía y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente empujados por la competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una cena en la Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en brazos de un conde ruso millonario y gastado.
Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la calzada de Antín, con la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en aquel gabinete acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al Barrio Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento. Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no retrocedía ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella atmósfera de continua crápula al aire libre se encontraba algo del ambiente científico y artístico que traía consigo la juventud escolar, y que agradaba mucho a la imaginación ardiente de Judith y a su inteligencia, de una precocidad asombrosa.
En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las peleas de los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.
Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputación tormentosa en el barrio, adquiría una ilustración tan incoherente como enciclopédica, oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una ciencia, al mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario y vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes permanecía en casa estudiando, por hallarse próxima la época de los exámenes, ella le acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la lectura de los libros de texto, que muchas veces no entendía.
A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de algunos señores que la habían convidado a un bock en el café Vachette; de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto conocimiento del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su afición predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas, eran los artistas, el arte y aquella Ecole de Beaux-Arts, de la que hablaba con respetuosa admiración.
En este centro de enseñanza, donde acudían los pintores y escultores del porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo de aquellos muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.
Desde el principio de su estancia en el barrio, la habían enamorado los alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carácter extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto idolatraba. Además, necesitaba los quince francos que le daban por sesión, pues una de las rarezas más notables de aquella mujer tan extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y la comida.
Recibía como una ofensa el dinero de sus amigos, pues ella se entregaba siempre por amor, y miraba con mayor simpatía a los más pobres entre sus allegados.
Sus caprichos de mujer histérica hacían furor en el barrio.
En una ocasión se enamoró de la antigua estatua del Gladiador que existe en el jardín del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras sentada ante ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y armoniosa musculatura.
Un día en casa de un ropavejero se encontró una hermosa copia en yeso de la célebre estatua, la compró por treinta francos, y la metió en su cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos, que asustaron a los vecinos e hicieron que al día siguiente los amigos de Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.
Aquella brutal afición al arte, aquella adoración al desnudo y a las correctas y armoniosas líneas del cuerpo humano, fueron siempre la perdición de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se entregaba a todos, porque esto le daba ocasión para lucir la esplendidez de su cuerpo, para enorgullecerse con la admiración que inspiraba y los elogios que la dirigían, y justamente por esto prefería a los pintores, que eran los que mejor sabían apreciar las ondulantes líneas de sus formas.
Rodando de estudio en estudio, conoció al signor Luigi, modelo italiano, avariento, villano y rufián, que se hacía pagar muy bien las sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que parecía modelada sobre una de las estatuas sublimes de la Grecia clásica.
Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y su sombrerito calabrés graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de corresponder a la pasión de las mujeres sacándoles el dinero y golpeándolas, fué quien logró interesar el corazón de Judith, que se fué a vivir con él, y le perseguía agitada por celos furiosos, recibiendo todos sus desdenes y sus injurias brutales con la pasividad que el esclavo demuestra ante el señor absoluto.
La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse aburrida por las agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena para distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeñosa de millonarios y altos personajes, tenía su corazón a merced de un tipo despreciable, que con sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios, vengaba sin saberlo los disgustos que Judith causaba a sus adoradores más distinguidos.
Transcurría a veces un año sin que la joven volviera a juntarse con el modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba, solicitándolo con aquella loca pasión de la forma artística que en ella era ya una manía. Acogía los desdenes de Luigi con una resignación sin límites; una mirada benévola de él la hacía sonreír, y la menor de sus palabras era para ella como una orden imperiosa.
Agramunt, después de relatar estos amores de Judith con el italiano, se reconocía ya impotente para reseñar lo restante de su vida.
—Mira, chico—decía a Zarzoso—. Yo creo que ni ella misma sabe el número de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han poseído sin que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a apercibirse. Yo mismo la tuve en mis brazos después de una noche en que paseamos por el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro que si se lo pregunto dirá que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que en todos los distritos de París, y lo más notable, lo sorprendente es que, no obstante siete años de una vida tan agitada y de continuas caricias, su cuerpo está tan fresco como cuando era ecuyère en el Hipódromo; sus formas artísticas de Venus clásica, consérvanse intactas a pesar de la continua caricia del vicio, y no parece sino que ese cuerpo de juventud milagrosamente eterna ha sido bañado en la Estigia para permanecer insensible a las injurias del tiempo y a los contagios de la crápula... ¡Ah, querido!—continuó Agramunt—; si ese perro que está ahí sentado con la gravedad de un senador pudiera hablar, de seguro que nos contaría cosas muy lindas.
Zarzoso escuchaba con atención aquella historia aventurera que le relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresión de asombro como de asco.
¡Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano en mano, como un objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se perdía en el infinito!
Pero al mismo tiempo causábale cierta impresión atractiva aquella existencia bohemia, y especialmente la extraña dignidad que la obligaba a no recibir dinero de sus amantes.
A pesar de todo esto, Zarzoso no parecía sentir la admiración que demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.
El la tenía por un tipo algo interesante, por una mujer estrambótica, que únicamente podía vivir tranquila en medio de las locuras del Barrio Latino, pero cuya amistad debía evitarse por toda persona seria que deseara entregarse al estudio.
El tenía ya formado su plan para aquella noche. Permanecería con Agramunt y Judith hasta media hora después, que era cuando comenzaba el baile, y entonces los dejaría, yéndose tranquilamente a su casa para entregarse a la lectura de un libro recién publicado.
¡Bien estaría que él pasase la noche haciendo locuras, justamente cuando estaba furioso por aquel silencio incomprensible que guardaba María! No quería exponerse otra vez a la molesta atención de todos, paseando con Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.
Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entreteníase en hacer cosquillas a Nemo para obligarle a gruñir, cuando en la puerta del café apareció la ondulante capa de seda y la suelta cabellera de Judith, provocando un nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados parroquianos y furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.
A las diez salieron del café, Judith en medio de los dos amigos, y el perro abriendo la marcha.
Zarzoso estaba decidido a despedirse así que llegasen a la esquina de la calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso lento, escuchaba a la rubia, que con entonación juiciosa y aire tranquilo, hablaba de las grandezas del arte, de los pintores Carolus Durán y Bonnat, del escultor Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conocía por su oficio de modelo.
Al llegar frente a la calle que conducía a la plaza del Pantheón, Zarzoso intentó despedirse, provocando con esto un estallido de protestas en sus dos acompañantes.
—¿Eh? ¿Qué es esto?—le dijo Agramunt en español—. ¿Quieres burlarte de nosotros? ¿Te parece que podemos consentir que vayas a aburrirte al hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me parece que este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este sacrificio.
Judith intervino con la mayor finura:
—Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos de su amigo; acompáñenos usted, yo se lo ruego.
Y al decir esto ponía su manecita enguantada en un hombro de Zarzoso, y se acercaba tanto a él, que le rozaba el chaleco con su pecho recto, firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del corsé, pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por estar convencida de que deformaba su cuerpo.
Zarzoso se estremeció de pies a cabeza con aquel contacto; pero a pesar de esto, volvió a negarse a ir al baile.
—Pues al menos—dijo la joven—, ya que es usted tan testarudo que no quiere entrar en Bullier, acompáñenos hasta la puerta y allí le dejaremos. Vamos; en marcha.
Y enlazando su brazo con el del médico, le empujó con una rudeza que demostraba la fuerza de un antigua ecuyère.
Zarzoso se dejó llevar por Judith, andando ambos con lento paso, mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las muchachas que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase con la que marchaba detrás de él.
El escritor no se había ilusionado aquella noche acerca de Judith.
Adivinaba que ésta sentía cierto interés por Zarzoso, y él se proponía dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su amigo, a pesar de toda su gravedad, fuese también de los que aquella muchacha arrastrase en su torbellino. ¡Tendría gracia ver a un chico tan preocupado por el silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que ningún hombre podía mirar sin sentirse brutalmente atraído!
El no haría nada por su parte, para que Zarzoso cayera en la tentación; pero... ¡allá él! si es que era débil y la caprichosa Judith tenía deseo de saber cómo resultaba en la intimidad un muchacho austero, casi virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y gafas de sabio.
Cuando llegaron a la terminación de la avenida del Observatorio, vieron que la concurrencia en el bulevar iba engrosando, y que todos marchaban en la misma dirección.
Al volver un ángulo, apareció Bullier, con su fachada árabe alumbrada por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de colores que afectaban la forma de flores exóticas.
Los carruajes de alquiler, llegando en veloz carrera, deteníanse ante el dentado arco de la puerta, donde la policía iba de un lado a otro para impedir la aglomeración de gente. Una turba de ramilleteras y de pequeños vendedores de toda clase de artículos pululaban en torno de la estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transeúntes para ofrecer su género.
Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y confundido ya entre la multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de retroceso, e intentó desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a ésta en lo mejor de su conversación seria y elevada sobre el arte.
—¡Cómo! ¿Se va usted?
—Sí, señorita. Sólo he prometido acompañarla hasta el baile y ahora permítame que me retire.
—¡Qué desgraciada soy!—murmuró la rubia—. A mí me gusta mucho el conversar con un señor serio e instruído como usted lo es, y a usted por lo visto no le resulta muy simpático mi trato.
Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había escabullido voluntariamente.
—¿Pero dónde estará ese pillo?—murmuraba Zarzoso.
—¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda habrá encontrado alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de caballero esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí, señor, muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza. ¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un amigo que me dé el brazo?
Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se habían hecho célebres en el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de niña mal criada, murmuró junto a su oído:
—¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero, aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su condescendencia hasta ese punto!
Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo dorado, que parecía adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y éste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vírgenes, iba debilitando su tenaz negativa.
Le pareció que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara en presencia de un tacaño, que por no gastar dinero se negaba a acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué diablo! El no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdería su prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una mujer del brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.
Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca diversión le serviría para olvidar el silencio de su novia, que tan apenado le tenía.
Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abría paso con sus puños de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conducía al gigantesco salón del baile.
La bulliciosa juventud del barrio se había posesionado de aquel encerado pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del elemento elegante y correcto que había venido de la otra orilla del Sena.
Lo que se había anunciado como una fiesta chic, a la que concurrían los elegantes del centro de París y las princesas de los grandes bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus locuras y sus grotescos desvaríos.
El salón de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un aspecto grotesco y casi infernal. Aquello era un sábado de la Edad Media, con sus danzas diabólicas y su música discordante. La orquesta sólo tocaba cuadrillas, con gran acompañamiento de timbales y platillos, y un inmenso pataleo conmovía el pavimento y hacía trepidar el techo, hasta el punto de que oscilasen los faros de luz eléctrica.
La danza macabra resultaba tranquila, en comparación con la de aquella masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban con el deseo de producir un escándalo mayúsculo que espantase a las gentes correctas del otro lado de París, que habían acudido a invadir el barrio. Bailaban sin ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se agarraban del brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las piernas al aire, hasta que por fin llegaba el monomio, nombre que los estudiantes dan a la serpenteante filia que forman agarrándose unos a otros de los hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barría el salón hasta en sus últimos extremos, arrojando al suelo a los danzarines.
Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata, mirando con cierta inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith sonreía encantada por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba ansiosamente las alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada atmósfera que levantaba el gigantesco pataleo.
A pesar de esto no tardó en sentir alguna inquietud al ver que muchos de aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de antiguos amigos; y deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y para evitar una ovación de aquella masa, que la desconceptuaría a los ojos de Zarzoso, le dijo a éste:
—Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si me ven son capaces de cometer una tontería.
Ya eran varias las muchachas que sobresalían en aquel mar de cabezas, y que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas manos, entre ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que provocaban comentarios cínicos. Zarzoso reconoció también en el tumulto el blanco chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba de un punto a otro. El escándalo y el estruendo eran los elementos favoritos de aquel mala cabeza.
Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las tribunas, y bebiendo cerveza tranquilamente vieron cómo entraba un pelotón de Guardia republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocían impotentes para restablecer el orden.
Los alborotadores fueron expulsados, disolvióse el tempestuoso grupo, y media hora después se había restablecido la calma y bajaban a danzar o a pasarse sobre el encerado pavimento las cocottes del barrio de Europa o del de Nuestra Señora de Loreto, con los gomosos flamantes, de camelia en el ojal y monóculo en el ojo.
El joven médico bajó también llevando del brazo a su compañera.
La atmósfera voluptuosa del baile se había apoderado de Zarzoso, que estaba completamente aturdido, hasta el punto de no pensar en nada. Judith le hablaba al oído, mareándole con su perfume y diciéndole cosas picantes que le hacían sonreír con expresión de estúpida bondad, y por otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora, tocando siempre aires canallescos, le atontaba y producía en su cuerpo un deseo de movimiento, de agitación y de escándalo.
Dos horas pasaron vagando por aquel salón, que parecía un mundo.
A instigación de Judith paráronse ante todos los puestos de venta de champaña, donde unas cuantas cocottes retiradas despachaban sus botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada una de las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave y fantástico que es el principal adorno del vicio.
Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el salón; Judith reía a carcajadas como una loca, y únicamente conservaba su serenidad para evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tenía en el baile.
Preludió la orquesta un vals de Metra, de esos que hacen que los pies se muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cómo pasó aquello, pero lo cierto fué que él, que no había bailado nunca, se encontró de repente dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando cogida por la cintura a Judith, que era la que, más diestra en la danza, le remolcaba a él.
El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras que comenzaban a envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante divertido y que había sido antes un imbécil al negarse a entrar con tanta tenacidad.
Tenía entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y erguido que esparcía en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de que el champaña embotaba algo sus sentidos, estremecíase al contacto de aquella cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y aquella carne que aplastaba su dureza elástica sobre su chaleco.
Dieron vueltas vertiginosas mientras duró el vals, sin fijarse en que Agramunt, ocultándose tras las columnas, y esquivando su encuentro, reía ruidosamente con la estúpida carcajada de la embriaguez de vino y escándalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero, dando vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de Judith.
Esta sentíase acometida de todos los caprichos, y llevaba tras sí a Zarzoso, que, mareado por el champaña y por el contacto de aquella carne, que a tanta gente había enloquecido, la obedecía como un colegial.
Al terminar el vals la rubia compró cuantas chucherías se vendían en el baile, jugó en el billar romano y en cuantos aparatos se habían colocado en el salón para arrancar el dinero a los concurrentes, y Zarzoso a cada punto tenía que sacar su portamonedas, sosteniendo verdaderas batallas con Judith, que ya le tuteaba y se empeñaba en pagar ella misma, siempre fiel a su decisión de no tomar el dinero de sus amantes.
La orquesta preludió la última cuadrilla del baile, que es siempre la más tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a su compañera, colocóse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las cuatro cancanistas más famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran muchachas de aspecto agranujado, que parecían conservar aún en sus personas el ambiente de los mercados o de las porterías donde habían pasado su niñez, pero que se presentaban con costosos sombreros, cubiertas de seda y haciendo centellear a cada uno de sus movimientos el irisado reflejo de numerosos brillantes.
Nunca había visto Zarzoso bailar la cuadrilla con tanto cinismo, con tan tranquila desvergüenza. A los pocos compases, de entre las blancas nubes de almidonadas enaguas, surgían las veloces pantorrillas cubiertas con medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de los músculos de las bailarinas; pero aquello fué sólo d preludio, pues conforme la atropellada música aumentaba en viveza, extremábanse las actitudes del baile, haciéndose más cínicos y descocados los movimientos, y las faldas, moviéndose de un lado para otro, arremolinándose como el empuje del torbellino de aquella tempestad musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora sutilidad, mil veces más inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban la excitación y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las sombras que dejaban entrever.
Aquel descocado espectáculo era para Zarzoso como la chispa que hacía estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos durante tanto tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual, despertaban ahora hambrientos y poseídos de salvaje furia, reclamando su parte por el tiempo que habían permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba el joven escalofríos extraños y oprimía convulsamente la cintura de Judith, crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla para llegar a la carne anhelada.
La rubia le miraba fijamente, sonriendo con malicia, y fingiendo cómica extrañeza exclamaba:
—Pero, ¿qué es eso, niño? ¿Qué atrevimientos son éstos? ¿No hemos quedado antes en que yo era la mamá?
—¡Vámonos! ¡Vámonos pronto de aquí!—contestaba Zarzoso con acento de ardiente súplica y con voz que apenas se le oía, pues tenía la boca seca y parecía que la lengua iba a pegársele al paladar.
Terminó el baile, y la gente comenzó a salir del salón. En el guardarropa, mientras Zarzoso se ponía su gabán y ayudaba a Judith a colocarse la capa de seda, apareció Agramunt, que se mostraba furioso por habérsele escapado una conquista que creía ya realizada.
Los tres salieron a la calle y allí no tarado en reunírseles Nemo, perro discreto y bien educado, que de antiguo tenía la costumbre de esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de baile.
El fresco de la noche pareció disipar un tanto la embriaguez de los tres; pero esto no les impidió seguir haciendo locuras, pues la fiesta iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los grupos de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de Policía; y de una a otra acera cruzábase un tiroteo de chistes y de insultos, dichos sin dejar de reírse y con voz atronadora que despertaba a los vecinos pacíficos.
Judith estaba encantada por aquella noche que le resultaba muy divertida. Reía, cantaba cuplés y lanzaba el grito de moda en el barrio a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de Zarzoso, al que dirigía voluptuosas miradas, y dos o tres veces que Agramunt se atrevió a pellizcarla con disimulo, le contestó con un latigazo.
Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot reuniéronse los tres para celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su casa a dormir, pero lo decía de un modo tan débil y vago, que daba a entender que en lo que menos pensaba era en esto.
Agramunt, que en tratándose de fiestas y de holgorio era un atroz e incansable apuracabos, habló de comprar una botella de un Marssala notable que vendían en una taberna del barrio y algunos pasteles, para ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del Pantheón.
Judith, que hablaba de retirarse, aceptó inmediatamente.
—Bueno, hijos míos; iremos a vuestra casa; pero por una hora nada más. Así que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena conducta, pues esto da distinción... ¡Tú, descamisado!—continuó dirigiéndose a Agramunt—. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la cara con el látigo.