CUARTA PARTE EL CAPITAN ALVAREZ (continued 2)
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Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la alta sociedad, los árbitros de la moda, los que imponían la ley en materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes distinguidas cuya única ocupación consiste en sostener el legendario esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio más elegante de arrojar su dinero por la ventana.
Lo que hacía recaer con más insistencia la atención del mundo elegante sobre los condes de Baselga era el mutuo cariño que se profesaban, aquel amor tranquilo y sin límites que, por preocupaciones sociales, querían ocultar en público encubriéndolo bajo esa indiferencia galante que en la sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto, asomaba siempre a la superficie.
Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparición en el mundo elegante de Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad que no permite preocuparse de economías, María vióse envuelta en una agradable atmósfera de adoración galante. Los Baselga de aquella época, oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el último figurín de París o Londres, sintiéronse subyugados por aquella nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magníficos trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las desvergüenzas irritantes de una verdulera.
Aquella belleza que surgía pura y sencilla de una existencia hasta entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una castidad soñadora y enamorada, excitó el apetito de todos aquellos tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las difíciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que ellos aventurasen la menor declaración, ya tenían el firme propósito de entregarse tras una fingida resistencia.
La condesa María recibió a docenas las declaraciones de ardorosa pasión dichas en una forma que ella había conocido algunos años antes leyendo novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas de la aristocracia madrileña sin que al momento le deslizasen en el oído vulgares frases de amor dichas con tono melodramático, y se vió obligada a no aventurar una simple sonrisa de cortesía, so pena de que fuese considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura benevolencia.
María se mostró fuerte, y ni por un solo instante logró turbarle aquella seductora atmósfera en que se veía envuelta.
Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la sociedad en que ahora vivía, su buen sentido la hacía adivinar el fondo de brutalidad existente en aquella idolatría galante, y además, para permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.
María, al lado de esta pasión sólo sentía otra, y era el afán de brillar en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que además reúne la rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal género, ni sonrisas irónicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas de oro.
Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la hacía altamente simpática, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de aquella sociedad, cuya murmuración la respetaba instintivamente, olvidando su origen burgués; el bullir del vicio aristocrático, que salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e inexperta; pero esto era porque en público se mostraba como una estatua, fría, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser feliz y satisfecho, al hombre que había sido su primero y único amor.
Baselga no era menos feliz que su esposa. No se había engañado cuando, en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitación parisién de la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente enamorado de la hija del señor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de su amor y de la satisfacción de sus sentidos, puramente humanos, se sentía dominado por una pasión cada vez más creciente, y que era tan ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la brutal pasión sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjunción bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vínculo de un placer espasmódico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos fieras en celo.
Al establecerse Baselga en Madrid, vióse obligado a avistarse con un antiguo amigo al que no profesaba ya simpatía alguna. Era éste el padre Claudio.
Encargado el jesuíta de la administración de los bienes de Fernanda, la hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en las filas carlistas y su emigración, el conde vióse precisado a tener una entrevista con él para una entrega de cuentas puramente nominales.
Baselga, al llegar de París, se había instalado en un edificio nuevo de la calle de Atocha, que compró a buen precio, y quería vender el caserón de la calle del Arenal, que procuró no visitar, temiendo que la vista de sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa, evocara en su memoria horripilantes recuerdos.
Fernanda acababa de salir del convento donde se había educado, y vivía al lado de su madrastra, que por su edad y su carácter consideraba como a una hermana a la hija de su esposo.
Cuando Baselga recibió en su despacho la visita del padre Claudio, experimentó cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los años. Bien era verdad que su rostro no tenía la frescura natural de otros tiempos, y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de siempre. Afeites de tocador femenil devolvían a su rostro la seductora ternura de otros tiempos; su boca, de artístico contorno, sonreía tan graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguían manejando con igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su ceñidor de seda apretaba con energía el abdomen rebelde, que grotescamente aspiraba a atentar contra la gallardía de su cuerpo.
Era aquélla una revocación hecha con arte en la fachada que comenzaba a tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artístico cuidado de su persona, el padre Claudio permanecía inalterable y consecuente en su papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante, daba pábulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y de las cuales no salían bien librados aquel bello Alcibíades con sotana y los novicios de la Compañía.
La entrevista comenzó con cierta frialdad. El examen de las cuentas sólo duró algunos minutos, y cuando el conde, después de dar las gracias con ceremoniosa cortesía, comenzó a indicar lo grato que le sería quedarse solo, el jesuíta, con todo el aspecto de una persona herida en sus más caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin, instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenzó a lamentarse de la conducta observada por el conde.
Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en Madrid establecido hacía ya algunos meses, y no sólo se había cuidado de no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a su casa, le recibía con la frialdad altanera que se observa con un humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se retirase inmediatamente.
—Vamos a ver—decía el jesuíta con conmovido acento—. ¿Qué he hecho yo para que se me trate de ese modo? ¿He faltado en alguna ocasión al cariño y a la amistad que mil veces le he jurado? ¿Es que he sido traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias difíciles? Hable usted, por Dios, señor conde, pues yo soy hombre que no puede sufrir con resignación antipatías infundadas, y no quiero que me odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los más crueles tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre al que profeso un cariño fraternal.
Y el padre Claudio, al hablar así, estaba realmente conmovedor. Contraía su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para dar más fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y miraba al cielo con ademán trágico.
Baselga no se conmovió con estas demostraciones. ¡A él con tales maulas! Estaba muy equivocado el jesuíta si creía que era aún el muchacho crédulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un imbécil. El había aprendido mucho; si, señor, los sucesos de su vida y, especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le habían abierto los ojos y enseñado quién era la Compañía de Jesús: una vasta asociación de canallas que bien podían ponerlos donde hubiese, con la seguridad de que sabrían con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen nada; una banda de ladrones que se introducían bajo las más traidoras formas en el seno de las familias, y durante muchos años estaban preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con una paciencia y una astucia que les envidiaría el más terrible bandido.
El conde, al hablar de este modo, se enardecía, golpeaba la mesa con furiosos puñetazos y miraba al jesuíta de tal modo que parecía querer devorarlo con los ojos. La justa indignación producida por la diabólica intriga de París, estallaba ahora con fuerza, después de haber estado reprimida durante algunos meses.
El jesuíta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna arenga algunas excusas, limitábase a mirar al techo con el ademán del que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.
Pero el conde se mostraba implacable. Lo había dicho y lo repetía; no quería conservar ninguna relación con la Compañía de Jesús, sociedad que contaba con seres tan infames como el señor García y el padre Fabián Renard, y como nadie era dueño absoluto de su voluntad, él podía escoger en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el padre Claudio ni con ningún otro individuo de la Orden.
Todo tiene su término, hasta la más tempestuosa indignación de un hombre enérgico y de carácter un tanto rudo; así es que llegó un instante en que el conde calló, y entonces el hermoso jesuíta inició la ardua tarea de sincerarse.
El no comprendía cómo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo era el conde de Baselga, decía aquellos improperios contra los representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola. ¿Acaso la corrupción liberal de Francia le había contaminado hasta el punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban autoridad al Papa y abominaban de la santa Compañía de Jesús? ¿Es que se había hecho masón?
Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonería, hacía gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que hablar de cosas repugnantes.
El conde se impacientó. El no era nada de aquello, ni le importaba tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado contra la Compañía, era porque ésta, valiéndose de intrigas miserables, había querido encerrar a su esposa en un convento de París y se había opuesto a sus amores, todo con el propósito de robar a María la fortuna que había heredado de su madre.
Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio estuvo sublime mostrándose poseído de una santa indignación, que casi le hacía semejante a aquellos mártires del primitivo cristianismo, que se enfurecían ante las blasfemias de los gentiles.
—¡Cómo!...—exclamó con gran calor—. ¿Sabe usted lo que dice? ¡La santa Compañía de Jesús mezclándose en asuntos pecuniarios y perturbando las familias con el afán de robar como usted dice! Eso es un absurdo, señor conde. Usted está perturbado por causas que yo ignoro, y hace recaer sobre una santa institución crímenes que nunca ha cometido ni cometerá. ¿Dónde ha leído usted que la Compañía se mezcle en asuntos como los que usted indica? ¿No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos podemos atender a sus múltiples necesidades y a las vastas y civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de Dios y el triunfo de la religión?
Y el padre Claudio, como si la indignación le sofocase, exhalaba con furia interminables "¡ah!" y "¡oh!" y se llevaba las manos, con ademán trágico, a los ricitos que orlaban su frente.
El bien reconocía que el conde tenía suficientes motivos para quejarse, pues no era un secreto para él lo que había ocurrido en París a la muerte del señor Avellaneda. Conocía todas las miserables intrigas del señor García y del vicario general de la Compañía en Francia, y las deploraba con toda su alma, mostrándose muy indignado por tan criminal conducta. ¿Pero era justo que se hiciese responsable a la Compañía de los crímenes de dos de sus individuos? ¿Hay en el mundo alguna institución, por santa que sea, que esté exenta del peligro de cobijar a miserables que urdan crímenes a su sombra?
El jesuíta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual había desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que deshonraban a la Compañía con sus planes ambiciosos inspirados en un egoísmo infame.
—No, señor conde. La Compañía no es responsable de las faltas de esos dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden está en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.
Y al llegar a este punto, el padre Claudio rayó a grande altura oratoria reseñando el castigo sufrido por ambos miserables. Del señor García no había que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el crimen frustrado, habíase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el nauseabundo fango del gran río.
Con el padre Fabián Renard el castigo había sido ejemplar. El general de la Orden lo había despojado de la Dirección de la Compañía en Francia, y ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufrían un tormento tan terrible como era verse recluído en una de las casas más miserables de la Orden, desempeñando los oficios más denigrantes y penosos y sirviendo de criado a los más humildes novicios. De este modo castigaba la Compañía a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a nombre de una asociación religiosa cuyos individuos habían hecho voto de pobreza. ¿Había, pues, un motivo serio para injuriarla declarándola la guerra?
El padre Claudio mentía como un miserable al decir esto, pero sus notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas cínicas imposturas. El hermoso jesuíta conocía perfectamente la verdadera causa del suicidio del señor García, y mejor aún el motivo por qué había sido tan cruelmente castigado su compañero el padre Renard. No era la codicia de éste la causa de su castigo, sino la torpeza que había demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de María Avellaneda. El general de la Compañía no podía perdonarle el escándalo que había producido poniendo en evidencia los pérfidos trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles amenazas.
Pero el padre Claudio sabía mentir, y ni por un momento perdió su serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.
A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tenía motivos sobrados para no creer que la Compañía era ajena a aquellas miserables intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio también había tenido su parte en la conspiración contra la fortuna de su esposa. Porque si no, ¿de qué modo estaba en poder del padre Renard aquel documento comprometedor que el conde había firmado declarándose asesino de su primera esposa? ¿Cómo podía saber tan perfectamente el jefe del jesuitismo en Francia un suceso del que sólo tenían conocimiento él y el padre Claudio?
Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuíta, convencido de que con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de confundirse con aquella acusación dirigida a su amistad, mostró una ingenua extrañeza, exclamando:
—¡Cómo es eso! ¿El padre Renard conocía ese documento de que habláis, y que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible; y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabíamos que nuestro indigno hermano se hubiese valido de tal medio. ¿Me cree usted capaz de haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestándole un documento que hace ya muchos años no obra en mi poder?
Y el astuto jesuíta, mostrando siempre gran extrañeza, comenzó a hacer conjeturas acerca del medio de que se había valido su correligionario de Francia para adquirir tal documento. Lo primero fué asegurar a Baselga la imposibilidad de que la comprometedora declaración suscripta por él hubiese estado en manos del padre Fabián.
Dicho papel sólo había estado algunos días en poder del padre Claudio, el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la Orden, lo había enviado al gran archivo de Roma, de donde únicamente el general podía sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard, al amenazar a Baselga, poseía tal papel, e indudablemente, si conocía su existencia y contenido, sería por la infidelidad de algún secretario del general, cuyas revelaciones le habrían servido para sus ambiciosos planes.
El padre Claudio sabía que forjaba una novela pues aguzando su memoria podía aún recordar la fecha en que había remitido a su cofrade de París el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga, pero esto no le impedía mentir con gran serenidad y con un aspecto de beatífica honradez.
Los argumentos que empleaba para sincerarse no podían ser más convincentes. ¿Qué interés tenía él para intervenir en los asuntos de la familia Avellaneda? ¿Podía él conocer desde Madrid la existencia de una familia española en lo más apartado del barrio parisién de San Sulpicio? ¿No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a la Compañía, lo comprometiese a él abusando de su nombre para hacerle odioso a un buen amigo?
El hermoso jesuíta estaba sublime, poseído de aquella santa indignación. Sí; él lo juraba por Dios, que le veía desde el cielo, y que le castigaría si mentía; nunca había sostenido con el padre Fabián otras relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos cargos, y la primera vez que había tenido noticia de la existencia de la familia Avellaneda y su fortuna, fué al saber el segundo casamiento de Baselga y el castigo que el general de la Compañía había hecho sufrir al vicario general de Francia.
El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición en la mente del padre Claudio.
A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba convencido.
Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.
Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le conocían bien.
Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene bajo sus garras.
Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en comprender.
El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta, estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y hacerlo valer contra él.
Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.
Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció entre los dos hombres.
El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores liberales para atacar a la Orden.
El hermoso jesuíta fué desde aquel día el verdadero dueño de la casa, y reinó dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por la fuerza únicamente, pues había va perdido su antigua fe.
Ahora comprendía el conde la verdad de muchas acusaciones que se dirigían contra la Compañía. El que una vez caía en las garras del negro monstruo, era su esclavo para siempre.
VIII
Doña Fernanda.
Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la voluntad del padre Claudio era María Avellaneda.
No sentía ésta ninguna preocupación directa contra el hermoso jesuíta, pero sus gracias hacían poca mella en su ánimo, y además, recordaba siempre que le veía a su antiguo preceptor el señor García, de triste memoria.
No por esto trataba al jesuíta con despego. Bastábale conocer el gran ascendiente que éste tenía sobre su esposo para que le mostrase gran consideración; pero el padre Claudio comprendió pronto que sus relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soñadora no pasarían de una respetuosa pero fría simpatía.
La intimidad verdadera teníala el padre Claudio con Fernanda, la hija del conde de Baselga y Pepita Carrillo.
Esta había crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin otro cariño que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas sus educandas ricas o de noble familia.
El padre Claudio era el único hombre que ella había tratado en el convento, y en él depositó todos sus afectos.
Cuando, poseída del fuego de la pubertad, salió del convento para ir a habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuíta, pues encontraba en él una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha gazmoña y devota, conmovíase ante el sacerdote elocuente, benévolo y de pegajosa dulzura, y como hija de una pasión brutal y heredera de una complexión siempre hambrienta de carne viril, estremecíase de la cabeza a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que unía todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de artísticas líneas, semejante a la estatua de un atleta griego.
Cuando Fernanda, acompañada de su madrastra, entró de lleno en la vida elegante, tan agitada, y seductora, se olvidó fácilmente de todas sus preocupaciones, hijas de la educación adquirida en el convento.
El esplendor de aquella sociedad dorada, borró de su memoria todos los consejos de sus maestras; aquellas interminables arengas sobre la maldad del mundo y sus peligros.
Fernanda comenzó como todas las jóvenes. En abierta competencia con sus amigas íntimas en punto a elegancia y distinción, sintió pronto los celos que produce una rivalidad declarada y aspiró a ser una deidad de la moda que reinase despóticamente en los salones.
Por desgracia para Fernanda, su fealdad era notoria, y su carácter altanero, caprichoso, maligno e irascible, no era el más a propósito para atraerse adoradores.
Llevaba en su rostro el feo sello de raza, aquella maldita nariz borbónica, enorme, picuda y como colgante que desfiguraba todas sus facciones, y aunque su cuerpo era gallardo y de hermosas líneas, estaba afeado por cierta rigidez majestuosa, impropia de una joven y que no conseguía corregir una fingida ligereza.
Al poco tiempo de ser una de las figuras obligadas de toda fiesta palaciega o “soirée” de familia noble, Fernanda experimentaba la apremiante necesidad de tener un hombre enamorado más o menos ingenuamente y exhibirlo en los salones con igual complacencia que si se tratase de una joya o de un vestido de última moda.
Casi todas sus amigas tenían un novio, un adorador reconocido por toda la alta sociedad, y ella no había de ser una excepción, viéndose privada de esto que al mismo tiempo era para Fernanda un adorno de buen gusto y una imprescindible necesidad.
La baronesa de Carrillo era digna hija de sus padres. La insaciable lujuria del rey difunto y la caprichosa coquetería de Pepita Carrillo se hermanaban en Fernanda, que sentía hambre de hombre con una furia terrible.
Deseosa de conocer de cerca el cuerpo viril, cuyo punzante perfume la enloquecía hasta causarle vértigos, Fernanda apelaba a todos los medios para lograr un hombre, máquina placentera con la que soñaba todas las noches en sus carnales y viciosos delirios. Más de dos años pasó buscando el ser que ansiaba, anhelando sentir en su organismo el deseado rocío de la vida, y todas sus esperanzas resultaron frustradas.
La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad, prestábale ocasiones favorables para ensimismarse en el ánimo de los hombres de un modo descocado, pero no logró nunca realizar sus deseos.
Era fea; pertenecía a una elevada familia, lo que hacía peligrosa toda clase de relaciones que no tuviesen por epílogo un desenlace legal, y, además, apenas si tenía fortuna, pues la de su madre, la baronesa de Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma insignificante en la alta sociedad, y más si se consideraba como un premio de cargar con una mujer fea y poco simpática; y en cuanto a las riquezas del conde de Baselga, todos sabían que pertenecía a su segunda esposa.
Fernanda era además víctima de una conspiración femenil. Sus amigas, sus antiguas compañeras de colegio, ofendidas por la altanería de aquella muchacha, que conocía su origen bastardo por ciertas murmuraciones sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, habían hecho públicos los infinitos defectos de su carácter, y de aquí que los hombres se guardasen de entablar relaciones demasiado íntimas con aquel mascarón de proa que tenía un genio de todos los demonios. Además, Fernanda tenía en sí causas que la hacían espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el menor avance. Su carácter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando sonreía, queriendo fingir la expresión más graciosa, benévola y atenta, su sonrisa se convertía en una mueca altanera y fría, propia de un poderoso que se digna atender a sus inferiores.
En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los más extremos medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo, aunque no tanto como en la realidad, apeló a una exhibición incitante, y para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exageró su escote un poco más aún de lo que permitían las libres costumbres aristocráticas, y en la conversación fué despreocupada como una vieja cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.
Pero todo era en vano y parecía que conforme avanzaba en su conducta insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una conquista que tan fácil se presentaba.
Fernanda desesperábase, y cuando asistía a las fiestas de Palacio miraba con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que sabía era hermana y que como ella obedecía a los impulsos de instintos hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella podía apagar el eterno fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante servidumbre palaciega, los generales jóvenes, de figura caballeresca y marcial galantería, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el corsé, y los mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos, deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus brillantes condecoraciones.
La baronesita llegaba a convencerse de que no había Providencia ni Dios, ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegítima y la necesidad delirante en que ella vivía, e igual al pordiosero que, haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de amor daba a unas tanto y a otras tan poco.
Llegó un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar de vida y pensar lo que debía hacer.
Tenía ya veintiséis años; esa frescura de la juventud que alivia tanto el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus oídos las murmuraciones poco decentes que había excitado su conducta incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como ridícula.
Había que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso dar un adiós a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual sólo había encontrado decepciones y desaires.
Fernanda, repasando su memoria, hizo un examen de cuanto le había ocurrido en seis años de vida elegante. Había rodado por todos los salones de Madrid, exhibiéndose como carne en venta; había aguzado su ingenio para encontrar nuevos medios de excitar la pasión hombruna por medio de la vista, se había ofrecido como víctima voluntaria a cuantos encontraba al paso, sin reparar al fin en edades ni en prendas físicas, y a cambio de tantos afanes y tantas condescendencias sólo había conseguido algunos apretones de mano exageradamente expresivos de algún guasón que se gozaba de hacerla concebir absurdas esperanzas, conociendo su flaco; o palabras sobradamente libres, chistes indecentes arrojados a su oído en el torbellino del baile y capaces de ruborizar a la más degradada meretriz, pero que a ella le producían despecho, porque el hombre que los profería se quedaba siempre a la mitad del camino, no queriendo consumar la conquista iniciada.
Había, pues, que retirarse con la amarga convicción de que entre aquella juventud de irreprochable frac y vistoso uniforme, tropel de cabezas de chorlito que danzaban como peonzas y al hablar recordaban los protagonistas de las fábulas de Esopo, no encontraría el hombre que tanto deseaba.
No se alejaría de aquella sociedad cuyas seducciones le encantaban, pero en adelante desempeñaría un papel más airoso que el de solterona fogosa y despreciada.
Se acordó del padre Claudio, aquel bello ideal con sotana, cuya voz la conmovía como música deliciosa, y que exhalaba perfumes que la producían escalofríos de placer. En él encontraría al hombre deseado, el encanto viril con el aditamento de gracias femeniles que despertaría en su memoria aquellos desvaríos de su época de colegiala con seres simpáticos del mismo sexo.
Fernanda, decidida a dar término a su vida de mujer elegante, sólo buscaba una ocasión oportuna para retirarse. Tenía demasiado orgullo para huir de su antiguo campo de batalla con aire de derrotada, y su altanería conmovíase profundamente al pensar que su salida del gran mundo fuese saludada con una carcajada irónica por sus antiguas compañeras, que, más hermosas o afortunadas, estaban ya casadas con hombres envidiables, o satisfacían su orgullo haciendo alarde de las pasiones que habían sabido inspirar.
Lo que ella deseaba era eclipsarse momentáneamente, caer en el pozo del olvido, para surgir inmediatamente con una forma distinta; algo semejante a la salida de los actores que desaparecen tras un bastidor y a los pocos minutos vuelven a salir por otro con diverso traje y aspecto.
La ocasión que buscaba la baronesa no tardó en llegar. Su madrastra, aquella joven sencilla y dulce a la que ella trataba con despego e instintiva indiferencia, murió al dar a luz su segundo hijo.
Fernanda no sintió gran cosa su muerte. Le inspiraba repugnancia aquella mujer tan sencilla y, naturalmente, casta; pero esto no impidió que en público mostrase el mayor desconsuelo y que aprovechase la ocasión para tocar retirada. Las brillantes reuniones que se verificaban en su casa quedaron suspendidas y Fernanda abandonó la vida elegante, en la cual sólo había encontrado derrotas, y efectuó la transformación imaginada haciéndose beata.
Todo en su casa le arrastró a la devoción. El conde, impresionado por la muerte de su esposa, cayó primeramente en un estupor que le hacía semejante a un imbécil, y después se hizo religioso hasta la monomanía, llegando a pensar en abandonar su familia y hacerse sacerdote.
El padre Claudio, con sus exhortaciones y sus ejemplos, parecía empujarle a perseverar en tales aficiones y le recomendaba la continua lectura de "La Imitación de Cristo", la desconsoladora obra de Kempis, que le hacía odiar la vida y mirar el anulamiento eterno como la más suprema felicidad.
El antiguo calavera pasaba días enteros encerrado en su habitación, y cuando no permanecía inmóvil con el aspecto de un hombre que no piensa en nada, se entregaba a interminables rezos por el alma de su esposa. La imagen de la muerte no se apartaba un instante de su pensamiento, y él, que hasta entonces sólo había pensado en vivir, se estremecía imaginándose todas las miserables podredumbres de la tumba.
Fernanda, animada por el ejemplo de su padre, se entregó por completo a la devoción.
Los años pasados en aquella existencia frívola y elegante, que la arrastraba por los salones siempre en busca de un hombre, la habían hecho olvidar un tanto al padre Claudio, aquel sacerdote elegante y perfumado que, despojado de la sotana, realizaba el ideal que Fernanda se había forjado, agitada por la pasión. Al volver nuevamente a sus aficiones religiosas, su antigua amistad con el hermoso jesuíta se reanimó, y Fernanda volvió a ser la entusiasta admiradora del agradable sacerdote, lamentándose de haberle tratado antes con frialdad.
Desde entonces la joven baronesa de Carrillo hizo la vida que le indicó su director espiritual, convirtiéndose al poco tiempo en la beata elegante más recomendada en toda la sociedad.
Esta fama de virtud austera y de entusiasmo religioso no era para agradar a una mujer todavía joven; pero a pesar de esto, Fernanda se mostraba muy satisfecha de ella. Ya que no se habían cumplido sus deseos de ser una mujer de moda, amada por todos y capaz de imponer sus caprichos elegantes a la sociedad que la rodeaba, siempre era para ella una gran satisfacción dar la norma a las damas aristocráticas en materias de devoción, y ser por derecho propio la directora indiscutible en todas las obras pías que emprendían las damas nobiliarias, dechados de virtud que, como su reina y señora, se arrepentían de sus pecados y hacían penitencia tomando queridos feos y canallescos.
El padre Claudio, con ojo certero, había adivinado las condiciones que poseía Fernanda y lo útil que podría ser a la Compañía.
Fea, irritada contra la sociedad que creía había sido injusta con ella, ambiciosa por temperamento e intrigante por educación, Fernanda prometía ser un hábil instrumento en manos de la Orden jesuíta, y de ahí que el padre Claudio la prestara todo su apoyo, a más de que en su interior acariciaba la continuación de cierto plan, para el cual era muy preciso el auxilio que pudiera prestar la joven beata.
Fernanda se abrió paso en la alta sociedad, recibió homenajes, envejeció voluntariamente afectando un aspecto austero, y, siendo joven, se unió al grupo de las señoras respetables. Fué considerada como un modelo de virtud y abnegación, y los mismos hombres que poco antes huían de ella cuando bailaba buscando un amante, iban ahora a cumplimentarle con respeto, pues esto daba cierto aire de distinción, y hasta en algunas ocasiones servía de mucho. A Fernanda la temían más aún que la respetaban, porque no era un secreto para nadie el poderoso brazo jesuítico que la movía en todos sus trabajos.
Numerosas asociaciones creadas con el objeto aparente de hacer bien a las clases proletarias, pero en realidad, para que todas las mujeres de elevada estirpe estuvieran en masa compacta bajo la oculta dirección de la Compañía, fueron creadas en poco tiempo por aquella ambiciosa joven, poseída ahora de tanto afán de gloria como un joven poeta, y a la hija mayor del conde de Baselga se la vió mucho tiempo vestida de negro, con el limosnero al puño y fajos de papeles bajo el brazo, agitarse apresurada por cumplir las numerosas misiones que ella misma se había impuesto: presidir juntas de cofradía, fundar asociaciones nuevas, organizar fiestas benéficas y ser, en una palabra, la actividad directora de aquella gran máquina devota, cuyas ruedas se encargaban de engrasar la Compañía apenas notaba el menor entorpecimiento.
No por esto en el organismo de Fernanda desaparecía aquella irresistible inclinación al hermoso padre Claudio. Conocía la baronesa la esquivez que mostraba el jesuíta, apenas una dama aristocrática atentaba contra su voto de castidad; pero el amor que profesaba a su ídolo no le permitía creer las murmuraciones que circulaban sobre sus ocultos y asquerosos vicios.
Para Fernanda era el padre Claudio un ser eminentemente religioso, que se encontraba a todas horas muy por encima del común de los mortales, y que sólo podía amar a un alma que como la suya se fundiese en la inextinguible pasión de Dios.
De aquí que Fernanda, para conquistar a aquel Apolo ensotanado, y buscando un resultado puramente carnal, se fingiera mística hasta la exageración, aburriendo a su lindo director espiritual unas veces con monjiles escrúpulos y otras con arrebatos teatrales, que pretendían demostrar un entusiasmo sin límites por la causa de la religión.
Pero todas las artimañas de la fea devota para alcanzar el hombre ansiado salieron completamente fallidas, pues el padre Claudio mostrábase insensible, notándose en él cierto enojo y repugnancia, apenas la baronesa hacía la más leve insinuación algo subida de color.
Aquel jesuíta era una apreciable persona, un hombre galante mientras se trataba de bromear cultamente y sin consecuencias; pero tenía una virtud a toda prueba apenas los temperamentos, inflamados por él, intentaban el menor avance.
La frialdad del padre Claudio hizo renacer en la memoria de la baronesa todas las abominables murmuraciones de que aquél era objeto, las monstruosidades viciosas y las condescendencias de los novicios con su superior, y aunque el jesuíta tenía sobre su ánimo un poderío que difícilmente podía perderse, Fernanda se dió pronto cuenta de que ya no le inspiraba tanta veneración como antes.
No por esto dejó de dedicarse con entusiasmo a sus tareas de propaganda religiosa y a la organización de sociedades que marchaban como pequeñas ruedas de la gran maquinaria jesuítica; era esto su pasión favorita después de su insaciable afición al hombre, pero a pesar de todos sus deseos de gloria y de su constante ambición por ser citada como modelo de damas católicas y fanáticas por la causa del jesuitismo, pronto comenzó a notar el padre Claudio que su penitente se mostraba más descuidada en sus tareas y desatendía los servicios que él le encargaba.
Algo preocupaba, indudablemente, el ánimo de la baronesa, y pronto supo el padre Claudio en qué consistía tal preocupación.
Su penitente estaba próxima a lograr sus deseos. Un hombre desgraciado, un pobre diablo, que ponía su gárrula pluma al servicio de la devoción, y a quien la baronesa había conocido en una junta de cofradía, la hacía el amor atraído, sin duda, por los miles de duros que poseía Fernanda, y que eran para el hambriento escritor una inmensa fortuna.
El padre Claudio se puso serio. ¿Convenía a sus planes que la baronesa cayera por el amor bajo la dirección de un hombre extraño a la Compañía? Seguramente era esto un peligro y había que evitarlo inmediatamente, so pena de que sufriesen quebranto en el porvenir ciertos planes que el jesuíta acariciaba hacía ya algún tiempo, y de cuya realización dependía el hacer una carrera magnífica dentro de la Orden.
El buen padre reflexionó. En su concepto, era un peligro continuo no dar a la baronesa lo que exigía su ardiente temperamento, que la arrastraba a la prostitución. Si no caía en brazos del escritor bohemio, que ahora la solicitaba requiriéndola de amores junto a la pila de agua bendita o en un rincón de la sacristía, se entregaría después al primero que la solicitase, fuese joven o viejo, con tal que contase con una prepotente virilidad.
A la Compañía no le convenía que aquella mujer necesaria, que era su genuina representación en el seno de la familia Baselga, se dejase dominar por el amor hasta el punto de ser dirigida por un hombre extraño, y había, por tanto, que evitar el peligro, ahora que todavía era tiempo.
El padre Claudio habló un día a su penitente de las inmensas ocupaciones que le producía la dirección de la Orden, y le propuso entregar a otro jesuíta la dirección de su conciencia.
A Fernanda, después del fracaso que habían sufrido sus pretensiones amorosas sobre el padre Claudio, le era la persona de éste poco menos que indiferente, aunque seguía fingiendo la sumisión cariñosa de otros tiempos; así es que aceptó sin repugnancia la propuesta.
El hermano jesuíta le habló entonces del padre Felipe González, joven sacerdote que no se distinguía en el púlpito, ni tenía buena mano para escribir una carta sencilla, ni, por motivos de salud, ocasión para dedicarse al estudio, pero que, en cambio, entendía como nadie en asuntos mujeriles y era célebre como director de conciencias femeninas.
La presentación de aquel nuevo portento de la Compañía de Jesús, quedó acordada entre la baronesa y su director espiritual.
IX
El caballo padre.
Pocos días después, Fernanda recibió la visita del padre Claudio y de su compañero, cuya presentación le había anunciado.
Estaba la baronesa ocupada en reñir a las sirvientas por una travesura de Ricardito, su pequeño hermanastro, que por entonces cumplía tres años, y si detenía algunos momentos el chorro de palabras irritadas y vibrantes que salía de su boca, era para fijar sus airados ojos en el muchacho, que, temeroso, se había escondido en un rincón, y en su hermana Enriqueta, que era entonces una preciosa niña de siete años y estaba en aquel momento arrodillada y con los brazos en cruz, en castigo de cierta fechoría infantil.
La fea baronesa disponía en aquella casa como señora absoluta desde la muerte de su madrastra.
Baselga, todavía no repuesto de tan terrible golpe, e influído por la mística lectura, pasaba el día entero encerrado en su habitación o paseando por los solitarios alrededores de Madrid; los hijos de su segundo matrimonio, que eran todo su cariño, estaban momentáneamente olvidados, y la que se aprovechaba de todo aquello era Fernanda, a quien su padre dejaba hacer, por lo mismo que rehuía hablar con ella, odiándola, por conocer perfectamente su infame origen.
La hija de Pepita Carrillo estaba en sus glorias con aquella desdeñosa indiferencia. Mandar para poder reñir desahogando su mal humor, era su pasión favorita, y por esto se consideraba feliz teniendo bajo la tiranía de su irritable carácter a unos cuantos criados y a sus pequeños hermanastros, que eran las víctimas de su genio atrabiliario y los que sufrían las consecuencias de sus decepciones amorosas.
No por esto odiaba la baronesa a los dos niños. Enriqueta le era casi indiferente, a pesar de que cierto disgusto le causaba su graciosa hermosura y el gran parecido que tenía con su madre; pero a Ricardito lo quería entrañablemente, tal vez porque había sido la causa de la muerte de aquélla. Además, pertenecía al sexo masculino, y esto era una gran recomendación para alcanzar la simpatía de la baronesa.
Al entrar los dos jesuítas en el salón, las criadas, que aguantaban impávidas el chaparrón de injurias de su señora, bajaron la cabeza con aire de arrepentidas, y salieron sin esperar la orden de aquélla. Los dos niños, contentos de que una visita viniera a librarlos de los tormentos impuestos por su hermanastra, aprovecharon la ocasión y salieron disparados, sin hacer caso de las llamadas del padre Claudio, que quería acariciarlos.
La baronesa, con un movimiento instintivo y propio de su coquetería trasnochada, se arregló un poco el peinado, y, después, con aire regio, sentóse en un sillón cerca del sofá que ocupaban los dos sacerdotes.
Fernanda tenía esa mirada rápida y sintética propia de las personas duchas en el curioseo, y de una sola ojeada se enteró de cómo era de pies a cabeza el director espiritual que le proporcionaba el padre Claudio.
No parecía mala persona aquel padre Felipe. Era más joven que su superior, pues apenas si demostraba tener unos treinta y cinco años. A primera vista parecía feo con su corpachón fuerte y membrudo, rematado por una cabeza enorme, morena, con el rostro algo picado de viruelas y coronado por cabello negro, áspero y algo hirsuto. Dos detalles únicamente dulcificaban un tanto aquel rostro de gigante, que con sus rasgos grandiosos y sus huellas variolosas, recordaba la cabeza de Mirabeau. La boca, de labios frescos y sonrosados, que respiraba cierta voluptuosidad, enseñaba al entreabrirse una dentadura fuerte, igual y deslumbrante, digna de ser envidiada por una dama, y sus ojos, que tenían cierto reflejo dorado, miraban de un modo acariciador, causando el mismo efecto que el roce de un terciopelo. Fuera de esto, el jesuíta era un Hércules, y aquel cuello congestionado, jadeante y de perfil taurino, que escapaba por la abertura de su sotana, iba pregonando el inagotable caudal de brutalidades insaciables y de goces sin freno de que era capaz un cuerpo como aquél, en que existía un tremendo desequilibrio, ahogando completamente la materia la escasa parte espiritual que pudiera haber en él.
A Fernanda le gustaba su futuro confesor conforme avanzaba en su examen. Se estremecía imaginándose lo que era interiormente el bravo padre Felipe; con la mirada ardiente le despojaba de la sotana y le veía en su imaginación desnudo como un luchador griego, mostrando la armoniosa trabazón de sus poderosos músculos hinchados por la fuerza vital y amenazando estallar la piel, y cuando, mareada por tales imágenes, fijaba sus ojos en los del jesuíta, sentía correr una dulce caricia por todo su cuerpo; algo semejante al estremecimiento del gato cuando siente una fina mano a lo largo de su espina dorsal.
Era feo su confesor; pero entre todos los lindos bailarines de la alta sociedad no había encontrado un hombre que tan rápida y decisivamente la impresionase.
La conversación fué vulgar. Limitóse a una sencilla presentación, a un cambio de ligeras confianzas, para que fueran después más fáciles las relaciones entre el nuevo director y la penitente, y a la media hora ya se levantaban los dos jesuítas, dando por terminada la visita.
La inflamable doña Fernanda ya se mostraba arrepentida de haber sentido en otros tiempos una pasión tan fogosa por el padre Claudio.
Comparábalo ahora con el otro jesuíta y encontraba al hermoso superior, sobradamente amadamado, a pesar de su hermosura. La ruda musculosidad del otro, su continente resuelto, que recordaba a Hércules en su hazaña de las cincuenta doncellas, y, sobre todo, aquel punzante olor a hombre que se escapaba de su sotana, la causaban gran impresión; era para ella como un aperitivo excitante y la hacía mirar con desprecio la figura interesante del padre Claudio, rizada y perfumada.
Quedó el padre Felipe dueño de su penitente, que de buena gana lo hubiese retenido para comenzar "ipso facto" un examen general de culpas, y siguió a su superior, que se dirigía a la casa donde tenía establecido su despacho y archivo, que era la misma que en 1825, salvo ligeras modificaciones.
Cuando los dos jesuítas entraron en el gran despacho, rodeado de estanterías atestadas de carpetas y legajos, estaba el repulsivo secretario del padre Claudio ocupado en clasificar papeles como en pasados tiempos. El tono macilento que la edad había dado al rostro del padre Antonio y las muchas canas que se destacaban en su roja y áspera cabeza, era lo único que daba a entender el tiempo que había transcurrido. Por lo demás, el despacho presentaba el mismo aspecto que en tiempos de la segunda reacción.
El padre Antonio levantó ligeramente la cabeza, pero al ver que su superior no le miraba, volvió a enfrascarse en su tarea y a hacer todo lo posible para que los dos jesuítas no recordasen su presencia.
El padre Claudio se sentó en su viejo sillón de cuero, y sin dignarse ofrecer asiento a su gigantesco subordinado, que le miraba con el respetuoso cariño del perro, le preguntó:
—¿Sabe usted para qué le he traído aquí en vez de ir a la casa residencia?
—No, reverendo padre.
—Tengo que encargarle una misión de importancia y usted no está muy acostumbrado a que la Orden le dispense tal honor.
El padre Felipe hizo un gesto con el que quería significar que él se tenía a sí propio por muy poca cosa, y su superior continuó:
—¿Qué le parece a usted la baronesa de Carrillo?
—¡Oh! Una señora muy apreciable.
—¿Y cómo la encuentra usted como mujer?
El padre Felipe vaciló en contestar no comprendiendo bien la pregunta, y, al fin, respondió con cierta precipitación:
—Me parece muy amable; pero la encuentro algo fea.
—Perfectamente. Tiene usted buen ojo y por algo le han puesto la fama de que goza. ¿Y por qué cree usted que la Orden le ha designado para director espiritual de la baronesa?
El padre Felipe levantó los hombros para indicar su ignorancia y el superior continuó, siempre con gravedad:
—En nuestra Orden cada uno sirve para una cosa. Así como tenemos grandes oradores y hombres de ciencia para deslumbrar a los imbéciles, poseemos hombres hábiles que dirigen las familias despóticamente y llevan su dinero a las arcas de nuestra Orden, y..., créame usted, éstos valen aún más que aquéllos. ¿Cuál es su habilidad, padre Felipe?
El aludido quedó perplejo, y, al fin, dijo, sonriendo estúpidamente y con sencilla modestia:
—Reverendo padre; yo no tengo ninguna; soy un inútil, lo confieso.
—En nuestra Orden, querido hermano, no hay nada inútil. Vamos; le ayudaré a refrescar la memoria. ¿Por qué tuve yo que intervenir en un escándalo que surgió con la presencia de vuestra paternidad en cierto convento de monjas de Valladolid? ¿Por qué estuvo vuestra paternidad más de un mes en cama a consecuencia de cierta paliza que le administró en Sevilla un marido celoso?
El gigantazo se ruborizó como un niño, balbuceando:
—Perdone vuestra reverencia... La carne es flaca y a mí me domina el demonio de la voluptuosidad.
—Sea por muchos años; pues de este modo sirve usted a la Orden y todos los medios son buenos cuando se trabaja para la mayor gloria de Dios. Quedamos, pues, en que tiene usted una habilidad, la de enloquecer a las señoras que la Compañía pone bajo su dirección.
El padre Felipe, a pesar del temor casi supersticioso que sentía ante su superior, creyó propio del caso el reírse, y prorrumpió en una franca carcajada, guiñando los ojos con malicia.
—¡Oh! Lo que es para eso me pinto solo...—dijo con acento de alegre convicción.
Pero se calló inmediatamente viendo que el padre Claudio permanecía grave e inmóvil y que su secretario, inclinado sobre los papeles, seguía presentando el aspecto de un ser petrificado.
—La Compañía—dijo el superior, después de un largo silencio—desea que usted no dé el menor disgusto a doña Fernanda, la baronesa de Carrillo. Es una buena señora, muy devota de nuestra Orden, y tenemos el deber de corresponder a su cariño. Cumpla usted, pues, con su obligación.
—¡Mi obligación! ¿Acaso vuestra reverencia quiere?...
—Quiero que se porte usted del mismo modo que en otras ocasiones, con la seguridad de que, tanto nosotros como su nueva penitente, sabremos agradecer sus esfuerzos.
—Conforme, reverendo padre—dijo el atlético jesuíta, rascándose el cogote como si con esto quisiera dar a entender lo escabroso de aquel asunto.
—La baronesa es fea; pero usted, padre Felipe, no es hombre capaz de pararse ante tan pequeño obstáculo. Conozco sus aficiones.
—¡Oh! Lo que es por eso, no he de detenerme. Soy animal de buenas tragaderas y más si se trata de servir a la Orden.
Esta ingenuidad, que su mismo autor acompañó con brutales carcajadas, sí que consiguió hacer sonreir al padre Claudio, y hasta el secretario levantó un poco la cabeza con el entrecejo contraído como para contener la risa. Aquel garañón ensotanado resultaba gracioso.
El padre Claudio permaneció algunos minutos entregado a la reflexión, y, al fin, dijo a su subordinado con cierto entusiasmo:
—Comprenda usted bien lo que la Compañía desea de su única habilidad y para qué quiere emplear ésta. Nuestro poder indestructible, que se extiende por todo el universo, tiene su principal base en el estudio que hacemos del carácter de cada persona que deseamos explotar y los medios que ponemos en práctica para halagar sus aficiones. Si se trata de un entusiasta por la ciencia, ponemos a su lado a un individuo de la Orden versado en toda clase de conocimientos; si de un escritor, le enviamos otro que le hable lo mismo de Horacio que de San Agustín y de Voltaire; si es una mujer histérica y fanatizada, le damos por director espiritual un monomaníaco que la relate con entusiasmo y convicción visiones celestes y milagros estupendos; y cuando tropezamos con una baronesa de Carrillo, arca de comprimido placer que está esperando la ansiada llave para desbordarse, nos valemos de un padre Felipe, ogro insaciable de carne femenil, incapaz de distinguir en su ciego apetito, y que lo mismo se almuerza una diosa que se cena una Maritornes. "El mundo, comedia es", como dijo un poeta; y aquí lo importante es que la Compañía tenga siempre preparados buenos actores, capaces de desempeñar con naturalidad y perfección los más difíciles papeles. Todos sirven igual a la Orden, y tanto mérito como cualquiera de nuestros hermanos que confiesan reinas y princesas, tiene usted, padre Felipe, apagando la hidrópica sed de amor que siente doña Fernanda. Cumpla usted su misión tan perfectamente como yo espero.
El brutal jesuíta quedó como desvanecido por aquellos elogios que le disparaba su superior, y después de una larga pausa, preguntó:
—¿De modo que mi misión se reduce, sencillamente, a conquistar a la baronesa?
—A satisfacerla, pues su conquista, es cuestión de poca importancia. Conozco bien a doña Fernanda, y sé que ella le adelantará la mitad del camino.
—La dejaré satisfecha—dijo el jesuitazo, con el mismo orgullo del campeón que está muy seguro de sus fuerzas.
—No lo dudo. Hace tiempo que estudio a usted, y me convenzo de que es un bárbaro que únicamente sirve para tan inmundas empresas.
El padre Felipe acogió estas palabras con tanta indignación como el artista que oyera desacreditar su arte. Profesaba gran respeto a su superior; pero esto no impidió que en su rostro se trasluciera cierta expresión de desprecio a aquel hombre que llamaba al amor inmundicia, y del cual se relataban "sotto voce", en las celdas de los buenos padres, algunas historietas poco limpias.
El padre Claudio leyó en el pensamiento de su subordinado.
—Adivino lo que usted piensa—dijo con tono de ira—, y le advierto que yo hago lo que me da la gana, sin que pueda pedirme cuentas nadie, a excepción del general que está en Roma. Podía castigarle por sus malos pensamientos, pero me compadezco de esa inocencia brutal que constituye su carácter. Retírese usted, pero antes oiga un consejo. Persevere en sus carnales aficiones a la mujer, ya que esto está en su temperamento y la Compañía así lo necesita; pero recuerde que su afición a las faldas ha de traerle muchos compromisos y tal vez su ruina. La mujer es la ruina del hombre, y el que a ella se aficiona pierde la mitad de su fuerza. Para servir a la Orden tan bien como yo la sirvo, es preciso prescindir del amor de ese ser hermoso, pero lenguaraz, caprichoso y débil, que sólo nos acarrea compromisos, y valerse de los hombres aun para dar satisfacción al apremiante llamamiento de la naturaleza.
El padre Claudio, después de estas palabras, con las cuales pintaba su verdadero carácter, cosa bastante extraña en él, señaló la puerta a su subordinado con ademán imperioso, y el padre Felipe salió cabizbajo y humilde.
Apenas quedaron solos el Vicario general de España y su secretario, éste levantó la cabeza y miró fijamente y sonriendo a su superior.
El padre Antonio había adelantado mucho en su carrera. Su superior seguía protegiéndolo, y mostraba tal agradecimiento a éste, que, a pesar de ser ya padre profeso, de haber hecho todos los votos y de temer algún renombre en la Orden por sus trabajos, lo que le autorizaba a solicitar la dirección de la Compañía en una provincia, o el mando de una comisión en Ultramar, había pedido con las lágrimas en los ojos al bondadoso padre Claudio que le permitiese seguir a su lado desempeñando las funciones de secretario, pues no podía alejarse sin profunda pena de aquel a quien se lo debía todo.
El padre Antonio mentía, como buen jesuíta, al fingir tanto cariño. El padre Claudio le era indiferente, y aun allá en el fondo de su voluntad le odiaba de un modo terrible. Lo que él buscaba era no alejarse de aquel centro directivo, donde iba empapándose de los misterios de la Orden y donde se preparaba a dar el gran salto. Aquel despacho era para él un espeso matorral tras el que estaba emboscado para caer repentinamente sobre su víctima, que era el padre Claudio. El jesuíta había soñado en ocupar un día la dirección de la Orden en España, y conspiraba sordamente contra su superior, que no esperaba tal infidelidad por parte de su perro de confianza.
—¡Valiente bruto!—dijo el padre Antonio a su superior, con más confianza que en pasados tiempos—. De seguro que la baronesa quedará contenta del director espiritual que le regalamos.
—Esto y aun más necesita—contestó el hermoso jesuíta, sonriendo escépticamente.
—¿Y cómo están los asuntos de aquella casa, reverendo padre?
—La baronesa manda como dueña absoluta, y de aquí que yo considere tan preciso ser dueño completo de su voluntad. Ella es afecta a nuestra Orden; pero esa inmunda pasión que la domina podría alejarla de nosotros, y de aquí la presentación del padre Felipe, que la subyugará uniéndola con nuevos lazos a nuestros intereses. Esa baronesa es una bestia en el celo. Mira si será fogosa su pasión, que estaba ya muy próxima a entenderse con un perdido escritor, del que nosotros nos valemos algunas veces, pero que no está por completo a nuestra devoción. Afortunadamente he sabido a tiempo el peligro, y lo acabo de evitar con el padre Felipe, que se hará el dueño absoluto de la baronesa.
—No está mal la combinación; ese ogro hará cuanto quiera de doña Fernanda, y vuestra reverencia maneja a su placer al conde de Baselga. Aquella casa es nuestra por completo; ahora sólo falta que podamos manejar de igual modo a los dos niños, que son los verdaderos dueños de los quince millones.
—Lo seremos, no lo dudes. Bastará con que sepamos apoderarnos de sus voluntades.
—Trabajo difícil es ése. ¿No sería mejor anularlos ahora que son de poca edad? Un niño cae con más facilidad que un adulto, pues hay muchas enfermedades infantiles que fácilmente pueden contraerse sólo con que haya algo de intención y un poco de descuido en los encargados de cuidarlos. En caso de muerte los quince millones pasarían a manos del conde de Baselga, heredero de sus hijos, y a ése no nos sería difícil arrancárselos.
—Eres muy inhábil. Mil veces te he dicho que esos procedimientos de fuerza son nocivos para nuestras empresas; y si no, contempla sus consecuencias en el fracaso que experimentó en París nuestro hermano el padre Renard. Acuérdate del refrán italiano "quien va despacio va muy lejos"; y como adquirir de un golpe quince millones de francos es empresa muy seria, debemos proceder con gran cautela y no menos astucia. No nos comprometamos tontamente, ni demos un paso en vago que podría costamos muy caro. Ya sabes que un rey decía a su ayuda de cámara: "Vísteme despacio, que voy de prisa"; eso mismo te repito yo en esta ocasión. No apresuremos los acontecimientos ni cometamos ningún acto de violencia; de lo contrario, en nada se diferenciaría un vulgar bandido de un jesuíta. Tiempo de sobra tenemos a nuestra disposición. Esos dos niños están en nuestro poder, y su educación corre a nuestro cargo. Si la esposa del conde no fué monja en París, su hija lo será aquí; y en cuanto al niño, ya se encargará la baronesa de aficionarlo a la Compañía, y tal vez llegue a ser de los nuestros. Una escritura en que ambos, al retirarse del mundo, hagan donación de sus bienes a la Compañía, será el digno epílogo de nuestro trabajo.
—Está bien, reverendo padre—exclamó el secretario, fingiendo un entusiasmo adulador—. El plan es magnífico, y de seguro dará resultados. Comencemos nuestros trabajos y demos a entender en Roma que sabemos realizar lo que el padre Renard dejó embrollado.
—Nuestros trabajos han empezado ya. La base es la baronesa, que se halla ya por completo a nuestras órdenes. El padre Felipe será dentro de unos días el dueño absoluto de su voluntad. La enloquecerá de placer, como a todas sus penitentes.
—¡Oh, reverendo superior! La Compañía debe mantener bien a tan excelente caballo padre. No podrá quejarse la yeguada de devotas.
X
Los hijos del conde de Baselga.
Enriqueta y Ricardo crecían bajo la autoridad implacable y ruda de doña Fernanda.
Su padre era para aquellos dos niños una especie de ser misterioso al que sólo veían en determinadas horas y cuyo semblante, siempre excesivamente grave y en algunas ocasiones fosco, les hacía temblar. Cuando aquel hombre silencioso y ceñudo tomaba en brazos a los dos pequeños o los ponía sobre sus rodillas, ambos sentían impulsos de escapar, y las caricias eran para ellos verdaderos tormentos.
A doña Fernanda la amaban más, a pesar de la rudeza con que los trataba. Su padre no les dirigía nunca una palabra dura ni intentaba el menor castigo; y en cambio, su hermanastra aprovechaba la más leve ocasión para maltratarlos; pero ésta, al menos, hablaba para insultar; mostrábase terriblemente expansiva y no imitaba a aquel hombre de cuya boca sólo salían monosílabos y que, después de contemplar fijamente a los dos niños, hacía esfuerzos para que no se le escapasen las lágrimas que acudían a sus ojos.
El conde de Baselga estaba más enamorado que nunca de su esposa, y al contemplar sus hijos, especialmente Enriqueta, que era un acabado retrato de su madre, sentía revivir en su memoria el punzante recuerdo de la perdida felicidad y veía pasar ante sus ojos la imagen de María, muerta en lo más risueño de su vida.
Cuando los dos niños estaban a solas con la baronesa temblaban; pensando en las violentas explosiones de su mal humor, pero no experimentaban el miedo extraño y supersticioso que sentían ante su padre.
Doña Fernanda sentíase satisfecha al poder dar rienda suelta a sus enfados de solterona, castigando a aquellos niños fruto de un enlace que le había resultado siempre antipático. Ahora se vengaba de aquella superioridad, que, sin notarlo, había tenido siempre sobre ella su joven madrastra a causa de su carácter dulce y bondadoso.
Para la baronesa, los niños debían ser seres automáticos, sin voluntad y con una vida regulada por el capricho del superior, y de aquí que pasase gran parte del día entretenida en la tarea de obligar a fuerza de amenazas y de cachetes a que sus dos hermanastros permaneciesen horas enteras quietecitos en sus sillas, con la inmovilidad fúnebre de una momia.
Enriqueta era la principal víctima de sus iras. Como ya dijimos, la niña le era antipática, y si sentía alguna debilidad en su régimen de educación, guardábala para Ricardo, que era quien lograba hacerla sonreír.
Doña Fernanda tenía sus planes. Era la verdadera madre de aquellos angelitos, como le decían sus devotas amigas de la alta sociedad elogiando su comportamiento con sus hermanastros, y tenía, por tanto, el deber de pensar en su porvenir y señalarles lo que habían de ser en este mundo.
No se sabe si la idea nació espontáneamente en ella o le fué sugerida por su director espiritual el padre Felipe, santo varón, que era su hombre de confianza y sin el cual no podía pasar un solo instante; pero lo cierto es que la baronesa había decidido que la niña entrase en un convento y que Ricardo fuese de la Compañía de Jesús.
Doña Fernanda tenía para ello razones poderosísimas, que exponía siempre que hablaba del asunto con sus amigas.
—Sobrados militares hay en España y señoritas que no sirven para otra cosa que para perder su alma bailando escandalosamente en los salones. Mis hermanos se dedicarán a la religión y alcanzarán el cielo, que es lo que debe buscar todo mortal.
Y la baronesa estaba decidida a sostener sus decisiones con todo el peso de su autoridad.
Cuando los niños fueron creciendo, su educación fué descuidada en punto a conocimientos útiles; apenas si leían con corrección y sabían escribir su nombre; pero en cambio, la niña, so pena de recibir algunos azotes, había de rezar al día media docena de rosarios y cantar con voz nasal propia de monástico coro los gozos dedicados a unos cuantos santos, mientras su hermano, vestido con casullas de muselina, fingía decir misa en capillas de cartón alumbradas con candelillas que preparaba la baronesa con todo el cuidado propio de un buen sacristán.
Aquellas diversiones, que resultaban forzosas para los dos niños, acababan por agradarles, a falta de otras más vivas y atractivas, y su hermanastra regocijábase con la devoción que mostraban los pequeños, presentándoselos como dos santitos al buen padre Felipe, que parecía cosido a sus faldas, según lo poco que de ella se separaba.
En toda aquella casa tan grande y habitada por sirvientes de tantas clases, los niños sólo encontraban una sola persona que mereciese sus simpatías, por demostrarles verdadero cariño.
Era ésta una antigua criada de su madre, la aragonesa Tomasa, que conforme había entrado en años se había hecho más ruda e indomable.
En aquellos dos niños veía a su señorita, cuya muerte no cesaba de llorar; y su cariño francote y ruidoso, a fuerza de ser expansivo, era todo para los “muñecos”, para aquellos dos chiquillos, y especialmente para Enriqueta cuyos ojos no podía mirar sin conmoverse, pues le recordaban los de aquella otra niña que veinte años antes paseaba por las calles de París o las alegres alamedas del Luxemburgo.
Tomasa era en aquella casa la continua preocupación de la baronesa.
Desempeñaba el cargo de ama de llaves, y, por tanto, la jefatura de toda la servidumbre; y en cada una de las órdenes que daba tropezaba inevitablemente con la dueña que la odiaba a muerte.
En el pequeño palacio del conde de Baselga ardía una continua guerra civil.
La vieja criada murmuraba a todas horas contra su nueva ama, haciéndole coro la servidumbre, que odiaba a la baronesa, y ésta tenía especial empeño en contrariar a Tomasa, encontrando defectuoso todo cuanto ordenaba y buscando ocasiones para humillarla.
La altivez, el odio, y aun algo de envidia, luchaban con aquella tenacidad aragonesa, aumentada por un modo franco de decir las cosas que hería cruelmente la susceptibilidad de doña Fernanda.
En aquella casa surgían los conflictos a diario entre las dos autoridades, y ambas mujeres, la señora y la doméstica, cansadas ya de tremendos choques en que les faltaba muy poco para agarrarse de los pelos, acabaron por evitarse encerrándose cada una en una altiva indiferencia con respecto a la otra.
Doña Fernanda intentó librarse de aquella rival de su autoridad, y para ello habló a su padre un día en que le pareció de mejor humor que de costumbre.
El conde la escuchó con frialdad, y cuando terminó su capítulo de cargos contra el ama de llaves, se limitó a decirle que Tomasa era para él como de la familia, que la conocía muy bien y que no pensaba separarse nunca de ella.
La baronesa se indignó tanto con esta contestación, que llegó a formular la amenaza de marcharse de aquella casa si no salía de ella inmediatamente la terca aragonesa; pero su padre no se inmutó, y con la misma frialdad de antes la dijo que podía hacer lo que gustase. Para el conde no era un sacrificio separarse de aquella criatura orgullosa y dominante cuya presencia le recordaba la deshonra de su primer matrimonio.
Doña Fernanda lloró, se indignó, contó sus penas al padre Felipe, al padre Claudio, a cuantos jesuítas conocía y a todas sus devotas amigas; hizo a su padre responsable de cuanto ocurriese, y acabó... quedándose en la casa lo mismo que antes.
Le gustaba mucho tener una tropa de sirvientes a quien mandar y dos niños que llamaba sus hijos, a los cuales martirizaba con sus caprichos, y por esto se quedó, a más de que algo debieron de aconsejarla también sus amigos jesuítas.
Las dos mujeres, temiéndose mutuamente, se respetaron más, y ya no surgieron entre ellas otras desavenencias que las ocasionadas por el cariño que Tomasa profesaba a los niños y el deseo de la baronesa de disponer de ellos en absoluto.
Cada vez que doña Fernanda los castigaba, la vieja criada protestaba a su modo, lanzándola feroces miradas o murmurando amenazas que aquélla oía perfectamente; y cuando los dos pequeños, escapando de la pesada férula de su hermanastra, iban en busca de Tomasa, la baronesa había de sostener un altercado con aquella "mujer soez", como ella la llamaba, y que se metía a criticar la educación que daba a los niños.
La conversación con Tomasa tenía para éstos un gran encanto, pues la vieja criada les hablaba de su madre, a la que Enriqueta apenas si recordaba, y de su abuelo, don Ricardo Avellaneda, que aparecía en sus tiernas imaginaciones como un buen señor bondadoso y dulce.
Además, aquella mujer no los obligaba a una inmovilidad terrible para la niñez, siempre ansiosa de movimiento, sino que les incitaba a juegos agitados y ruidosos, a los que ellos se entregaban con asombro y torpeza, como el presidiario a quien obligan a andar libre después de estar encarcelado muchos años.
Los alegres cuentos que les relataba la aragonesa, con burda chusquedad, gustaban más a los dos hermanos que las vidas de santos que les leía la baronesa, obligando su atención, a fuerza de cachetes; y tanto les gustaba estar al lado de Tomasa, que aguardaban con ansia los días en que doña Fernanda salía a sus juntas de cofradía o colectas piadosas, para correr inmediatamente al comedor o a la cocina, donde encontraban a su vieja amiga.
Conforme crecieron, este placer fué desvaneciéndose y se vieron más ligados que nunca a la autoridad despótica de su hermanastra.
Ricardo tenía ocho años cuando fué llevado al colegio de los padres jesuítas. El conde de Baselga pareció vacilar antes de dar su permiso para que se verificase tal traslación; pero los consejos del padre Claudio, las frías razones de su hija mayor y las exigencias de la moda, destruyeron todo conato de oposición, si es que existió tal intento en el ánimo del conde.
Enriqueta, sin la compañía de aquel pequeño ser enfermizo y débil, cuyos nerviosillos arranques le producían gran alegría a ella, que rebosaba de salud y vida, encontró la casa de su padre tétrica y sombría, y a no ser por alguna que otra visita que hacía a Tomasa, aprovechando descuidos de la baronesa, se hubiese creído tan abandonada y sola como en un desierto.
Doña Fernanda, no contenida ya por aquella fría simpatía que profesaba a su hermanastro, descargaba todo su mal humor sobre Enriqueta; pero esto sólo ocurría cuando la baronesa estaba enojada por una inesperada ausencia de su director espiritual, y afortunadamente para la niña, el padre Felipe pasaba por lo regular gran parte del día pegado a las faldas de su penitente.
La educación de Enriqueta corría a cargo de su hermanastra, que en esta tarea era ayudada por su director espiritual. Pero hay que decir que la mística pareja tenía numerosas ocupaciones, pues sólo de tarde en tarde se ocupaba de la niña, tomando sus lecciones con aire distraído.
El padre Felipe alcanzaba en aquella casa una preponderancia aún más grande que la del padre Claudio; y tan convencida estaba la servidumbre de que aquel jesuíta, siendo el dueño de la baronesa, era el verdadero amo, que muchas veces desatendía al conde de Baselga por mostrarse atenta y solícita con el bondadoso padre.
El conde, dominado por aquella taciturna misantropía que constituía ya su carácter, no veía lo que ocurría en su casa, o fingía no verlo. Sin duda, la sotana de jesuíta era para él el uniforme de un terrible enemigo al que había que temer y respetar.
La simplicidad del padre Felipe habíala reconocido desde el primer instante, y aun adivinaba algo de las verdaderas relaciones que existían entre aquél y su hija, pero callaba cuidadoso de provocar un escándalo, porque tras la grotesca figura del director espiritual veía la diabólica personalidad del padre Claudio, siempre amenazante y capaz de anonadarle a la más leve muestra de enemistad.
Aquel hombre, en otro tiempo tan altivo y enérgico, que se hacía muchas veces intolerable por su levantisca independencia, era ahora un autómata, habiendo el temor roído poco a poco su firme voluntad. Sentía miedo ante el padre Claudio, personificación de aquella Compañía de Jesús, tan terriblemente poderosa.
Además, en su cerebro estaban muy embrolladas las ideas y no tenía ninguna creencia determinada que le diera valor para emanciparse de la tiranía encubierta que sobre él pesaba.
La desgracia le había hecho exageradamente religioso. Aquella rápida e inesperada muerte de la mujer amada, recordada a todas horas, le hacía ver la fragilidad de las cosas humanas, y la continua lectura de "La imitación de Cristo" exageraba su desprecio al mundo, engolfándolo cada vez más en la religión.
Convertíase el conde, por instantes, en un monomaníaco religioso; era un asceta en plena sociedad y veía en todas partes la mano de aquel Dios poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual eran legítimos representantes los jesuítas.
A su buen juicio y a su propia experiencia no se les ocultaban los defectos y las ambiciones de la Compañía; pero la acomodaticia y absurda enseñanza religiosa de los jesuítas había trastornado su raciocinio, y pensando en que Dios saca muchas veces el bien del mal, y para la salvación eterna del hombre emplea los más difíciles y tortuosos medios, no sabía al fin qué pensar ciertamente y si considerar a los individuos de la Orden como dechados de bondad, que se sacrificaban dirigiendo la conciencia de los demás, o como diabólicos malvados, dignos de execración.
La imagen de aquel Dios iracundo y vengador que columbraba en el fondo de todos los libros religiosos, escritos con estilo de pegajosa dulzura, le hacían transigir con su actual situación, pues pensaba que tanto la muerte de su segunda esposa como la degradante dependencia en que vivía, siempre amenazado por las terribles revelaciones del padre Claudio, eran castigos impuestos por Dios para que de este modo expiase el crimen que había cometido en un instante de arrebato, dando muerte a Pepita Carrillo.
Pero en aquel cerebro, perturbado por los consejos del bello jesuíta y las costumbres y lecturas que éste le aconsejaba, no existía nada sólido, y de aquí que en ciertos instantes el oleaje de las ideas barriese unas para colocar otras en el mismo sitio.
Su sentido común, aunque amortiguado, lanzaba en algunos momentos rápidos destellos, y examinando los recuerdos que guardaba su memoria, adquiría el convencimiento de su degradación y de que la Orden tenía sobre él ambiciosas miras.
No; aquella Institución que tan villanamente había conspirado en París contra la fortuna de Avellaneda, no podía ser buena ni santa, a pesar de las explicaciones que daba el padre Claudio por librar a la Compañía de responsabilidad.
Había instantes en que la duda desvanecía por completo su fe, creada artificialmente por los jesuítas, y veía claro lo que éstos eran. Entonces temblaba, imaginándose que no habían terminado sus desgracias y que el terrible vampiro todavía había de intentar una nueva agresión por absorber aquella fortuna respetable que ahora pertenecía a sus hijos.
En uno de estos momentos de dudas fué cuando a doña Fernanda se le ocurrió proponer a su padre el ingreso de Enriqueta en un colegio dirigido por monjas, fundándose en razones tales, como que la educación de la niña estaba muy descuidada, que en casa lo revolvía todo con su genio rebelde, alentado por Tomasa, y que era lo más elegante y propio de una familia distinguida meter a los pequeños en un establecimiento de enseñanza que tenía la organización de un monasterio.
La baronesa, antes de que su padre le contestara, añadió que había consultado su idea con el padre Claudio y que a éste le había parecido muy bien.
La solterona sabía que para conseguir algo del conde no había como nombrar al hermoso y terrible jesuíta, pero en esta ocasión sus esperanzas resultaron fallidas.
Baselga se mostró más animado que de costumbre, y hasta su tez cetrina se coloreó un poco. Su voz, siempre lenta y fosca, se hizo rápida y vibrante, y con el mismo imperio que mandaba en otro tiempo a sus soldados, se negó a que Enriqueta saliese de la casa.
La baronesa quiso protestar, pero se detuvo ante el modo imponente con que su padre le dijo:
—Cállese usted; tengo motivos sobrados para negarme a que me despojen de mi hija y sé de quién nace la idea de que Enriqueta vaya a un colegio, así como también el porqué de tal consejo. Basta ya con que se me haya quitado a mi hijo.
El conde recordaba al hipócrita señor García y a María Avellaneda cuando fué llevada por éste a un convento de París.
Sin duda, la misma mano seguía moviendo a su familia y le quería arrebatar a Enriqueta después de haberse llevado a Ricardo.
Lo único que consolaba a Baselga es que éste sería un hombre y sabría librarse mejor que su hermana de las seducciones que pudieran ejercer sobre él por medio de una educación mística.
XI
Auxilio inesperado.
Transcurrió todo el verano sin que la existencia del capitán Alvarez se viese turbada por ningún incidente notable.
Hacía la vida de un oficial vulgar en tiempo de paz. Pasaba horas enteras en el café, murmuraba de sus superiores y de todo cuanto saltaba en la conversación, sin fijarse bien en lo que decía; en el cuarto de banderas lucía su ingenio de un modo gracioso, hasta el punto de hacer sonreír a los jefes más adustos, y seguía mereciendo el apodo de “Séneca” a los ojos del regimiento, que lo consideraba como una de sus glorias.
Sólo alguna noche rompía sus habituales costumbres, y era para acudir a aquella casa misteriosa donde le había visto entrar su asistente. Allí veía algunas veces al general Prim, y otras, con conspiradores tan conocidos como el coronel Moriones, el periodista Carlos Rubio o el agitador Muñiz, se ocupaba en los trabajos preparatorios de una revolución.
Haciendo esta vida le sorprendió el otoño. El tiempo que, según Voltaire, es el gran consolador, había desvanecido algo en el ánimo del capitán aquel recuerdo amoroso que tanto le dominaba algunos meses antes.
La imagen de Enriqueta Baselga, sólo muy de tarde en tarde, vigorosa, con luz fantástica y los contornos casi borrados, surgía en su imaginación, y el capitán se preguntaba:
—¿Qué hará ahora esa chica?
Sus trabajos revolucionarios, con los que exponía su carrera y hasta su vida, le preocupaban demasiado para permitirle, como otras veces, entregarse a románticas ilusiones, y de aquí que su antiguo amor estuviese amortiguado, aunque no por esto se hubiese borrado por completo.
Una mañana el capitán, cansado por algunas horas de ejercicio en el campo de maniobras, regresó a su casa en busca del almuerzo, y al entrar en su habitación vió sentada a la puerta de ésta a una mujer que conversaba amistosamente con la patrona.
Alvarez, ante la mirada de respetuoso cariño que le dirigió aquella mujer, detúvose un instante, al mismo tiempo que su patrona sonreía por hacer algo.
El capitán se fijó en ella. Tenía un aspecto vulgar y vestía modestamente, pero su mantilla y su traje, aunque algo ordinarios, eran flamantes, y demostraban cierta rumbosidad. Estaba ya la mujer rayando en la vejez, pero era alta y robusta; su cabello tenía el negro mate del plumaje del cuervo, y sus ojillos destacábanse vivos y maliciosos sobre las prominencias grasosas de su cara. En su apostura había algo de resuelto y varonil que la hacía simpática.
Al ver que Alvarez la miraba, levantóse de la silla, sonriendo de un modo franco, y dijo sin demostrar cortedad:
—Usted no me conoce, señorito, pero yo hace mucho tiempo que lo quiero. Vengo a buscar a su asistente Perico, y lo estoy esperando.
—¡Ah!—exclamó Alvarez, por decir algo—. Perico no tardará en venir.
—Usted debe de conocerme, porque algunas veces me habrá nombrado mi sobrino. Soy la señora Tomasa, la tía de Perico.
Alvarez sonrió con espontánea amabilidad. Efectivamente, conocía de nombre a aquella buena mujer, a aquella aragonesa todo corazón, que se desvivía por su sobrino, cuidando de llenarle el bolsillo, y que algunas veces le había enviado regalos a él mismo, agradecida por lo bien que trataba a su asistente.
Al capitán le resultaba muy simpática la tía de Perico, y además, encontraba en su apostura marcial y resuelta ciertas reminiscencias de su madre, aquella heroica navarra que pasó la luna de miel entre los peligros de la guerra carlista, sin llegar a saber con certeza lo que era el miedo.
—Entre usted en mi cuarto. Ahí está usted mal. Dentro esperará a su sobrino.
Cuando Tomasa tomó asiento en la habitación del capitán rompió a hablar inmediatamente, pues no era mujer que pudiera permanecer callada. Se enteró minuciosamente de si "el chico" cumplía sus obligaciones y de si daba algún pesar a su amo y ensalzó con pintorescas comparaciones el inmenso cariño que el asistente profesaba a su señorito.
—Yo, francamente, don Esteban, algunas veces tengo celos al ver lo mucho que ese muchacho le quiere a usted. Crea que le tiene una ley de dos mil demonios, y que si algún día se casa no ha de querer tanto a su mujer. Cuando una habla con él está inaguantable, pues siempre sale con la misma solfa. Que si su amo por aquí, que si su señorito por allá, que si el capitán Alvarez es el más guapo del regimiento, que si es el que sabe más... Crea que si Perico fuese mujer haría usted un buen negocio casándose con él.
Al capitán le hacía mucha gracia la charla francota de aquella aragonesa, y acogía sus palabras con sonrisas.
—Yo le tengo mucha ley al pobrecito; ya puede usted considerar: él solo es mi única familia, y además, apenas si ha conocido a su madre. Yo soy, fuera de usted, la única persona que le quiere, y si al morir dejo un duro será para él. Además, el chico podrá ser muy bruto, pero es dócil y sencillote y se deja llevar por donde una quiere sin decir una mala palabra ni perder nunca su buen humor. Mi gusto sería que saliese del servicio, que yo ya me encargaría de buscarle un buen acomodo; pero él, “erre” que “erre”, encaprichado con su señorito, y antes reventará de puro viejo que dejará de ser el asistente del capitán Alvarez... ¡Qué alegría va a tener el pobrete cuando me vea!
—Ahora recuerdo que estaba usted fuera; se lo he oído a Perico varias veces. ¿Y no sabe él su llegada?
—¡Qué ha de saber! Quería sorprenderlo, y por eso ha sido para él mi primera visita: llegamos anoche. Mi señor, con toda su familia, ha vivido algunos meses en una de sus posesiones.
Calló Tomasa, y durante algunos instantes reinó el silencio.
—Usted no cambia—dijo al fin la aragonesa, que era poco amiga de permanecer silenciosa—. Está ahora tan guapo como la última vez que le vi en la calle. A mí no me gusta alabar a nadie, pero crea que es de los militares más templados que se pasean por Madrid. De seguro que con usted no andarán con remilgos las mujeres. Debe usted de tener muchas novias.
Y la tía de Perico acompañaba estas francoterías con ruidosas risotadas que hacían reír también a Alvarez, algo ruborizado.
—Y luego, esos trajes tan majos, que caen tan bien a los buenos mozos. Mire usted, yo siempre he tenido ley a los soldados y los he mirado bien en mis tiempos, porque aunque ahora sea una un vejestorio capaz de meter miedo al más valiente, no por esto he dejado de tener mis veinte y llamar la atención como cualquier prójima.
Al capitán le hacía mucha gracia aquel carácter ingenuo y chusco a fuerza de ser franco, y de aquí que fomentase su charla y le dirigiese en tono festivo algunos cumplidos de su repertorio soldadesco.
—¡Bah! Me conozco y hace años que soy abuela; pero en mis tiempos he llamado la atención, y hasta sargentos bien portados se han parado para decirme: "¡Buenos ojos tienes!" Mire usted si a mí me ha gustado la gente de uniforme, que hasta en París, cuando estaba con mis antiguos amos, tuve un novio que era eso que allá dicen gendarme y que llamaba la atención por lo bien plantado y por sus bigotazos, que eran poco más o menos como los de usted. ¡Valiente perro era el tal “gabacho”! Con él me enseñé a mascullar un poco la jerga francesa, pero supe que el gran pillo era casado y con hijos y lo planté en la puerta. Eso sí; no he visto gente más lista de manos y de más malas intenciones que todos ustedes, con perdón sea dicho.
Alvarez seguía muy entretenido por la charla de Tomasa y la dejaba hablar mientras se despojaba de una parte del uniforme para que después lo cepillase Perico.
—Mi amo también fué militar en su juventud, y le aseguro que a buen mozo y bien portado, pocos le ganarían en su época.
—¿En qué casa sirve usted?
—Sirvo al conde de Baselga. Soy el ama de llaves y vi nacer a su esposa, así como he visto nacer a los hijos.
Poco faltó para que Alvarez, que acababa de sentarse, diese un salto en su silla. ¡Cómo! ¡La tía de Perico era la criada de confianza en casa de Enriqueta y él no lo sabía hasta aquel momento! Aquello resultaba casual, pero no podía ser más cierto. Alvarez oía hablar continuamente a su asistente de su tía y del señor a quien servía, sin que nunca, en su indiferencia, le ocurriese preguntar su nombre.
Ahora las palabras que acababa de decir la aragonesa le habían producido en su interior un nervioso sacudimiento, y como si una mano misteriosa hubiese abierto la atrancada puerta de los recuerdos, desparramábanse por su memoria todos los incidentes de su pasión amortiguada; el encuentro en el Retiro, los paseos por la calle de Atocha, los galopes ridículos por la Castellana y las furiosas miradas de la tía.
Por un extraño fenómeno la imagen de Enriqueta, que antes se extendía ante su imaginación vagorosa e incierta, surgía ahora en su memoria vigorosa y viviente, como si un cuerpo real acabase de pasar frente a sus ojos envuelto en nimbos de luz.
Por algunos instantes Alvarez estuvo tan turbado a causa del repentino descubrimiento, que no supo qué decir; pero al fin, con el deseo de saber algo cierto sobre la mujer amada, determinóse a excitar la charla de Tomasa.
—He oído algunas veces hablar del conde. Vive retirado del gran mundo y tiene dos hijos, ¿no es cierto?
—Sí; los señoritos Ricardo y Enriqueta, dos ángeles que me recuerdan a su madre, que santa gloria haya.
—En Madrid se habla de su gran fortuna. Son ricos y tienen los dos un brillante porvenir.
—Sí; ¡buen porvenir te dé Dios! Si El desde el cielo no arregla esto y hace que el demonio se lleve a la baronesa de Carrillo, esa hermanastra “arrastrá” que tanto martiriza a los dos, es posible que éstos no pasen de ser desgraciados.
—¿Tal mal los trata la baronesa?
—¡Calle usted! ¡Si aquello es para enrabiarse y echarlo todo a rodar! Figúrese usted que los dos pobrecitos son como todos los jóvenes, alegres, bulliciosos y amigos de ver mundo y de divertirse; pues a pesar de esto, la tal doña Fernanda, con sus consejos y los de los curas que continuamente la visitan, ha conseguido que los dos se conviertan en dos beatos y que hablen del mundo como si fuesen unos viejos cansados de él. Quien más lástima, me produce es el señorito Ricardo. ¡Ver un niño de doce años con deseos de hacerse fraile, cuando ya debía ir pensando en echarse una novia! Antes no era así, y le aseguro que en punto a alegre y amigo del bullicio le ganaba a su hermana; pero desde que lo metieron en el colegio de los padres jesuítas ha cambiado completamente, y como si ya fuese un cura se pasa las horas enteras entregado al rezo, y anda y mira del mismo modo que si llevase ya la sotana. Este verano lo ha pasado con nosotros en el campo, y hasta su mismo padre, el señor conde, se mostraba algo disgustado por las aficiones de su hijo. Y hay que tener en cuenta que mi señor, desde la muerte de la infeliz doña María, se ha hecho también un beato ceñudo y malhumorado, con el que no se puede hablar. En fin, aquella casa es un convento, y si no fuese por la ley que le tengo al conde y a los niños, hace tiempo que no estaría allí pues yo soy enemiga de las beaterías, tanto más cuanto que sé por experiencia lo que son los jesuítas.
—¿Y la señorita Enriqueta también es aficionada a la devoción?
—¡Oh! Esa no hay cuidado que por su propia voluntad abandone el mundo. Le gusta mucho la vida de señorita elegante, y cuando su padre, después de pensarlo mucho, se decide a ponerse sus condecoraciones y su uniforme de gentilhombre, y la lleva a un baile de Palacio, la pobrecita tiene para contar durante una semana. Su hermanastra quiere hacerla monja, pero a ella, aunque dice que sí por evitarse disgustos, se halla muy lejos de gustarle la vida de convento. ¡Buena monja te dé Dios! Ella sí quería ser monja, pero sería, como dicen en mi tierra, "monja de Santa Clara, de las que duermen con cuatro zapatos bajo la cama".
Y Tomasa celebraba sus propias agudezas con ruidosas risotadas.
El capitán estaba impaciente por hacer hablar a la aragonesa antes de que llegase su asistente, así es que continuó preguntando:
—A mí me han dicho que es muy hermosa la señorita Enriqueta.
—En eso no le han engañado, y crea usted que en Madrid hay muy pocas jóvenes que le puedan disputar la fama de hermosa. Es el vivo retrato de su madre, y aun me atrevería a decir que es más guapa que ésta, pues tiene en su porte mucho del señor conde, que aunque viejo, es todavía un real mozo.
—Es extraño que con tales condiciones no haya sido requerida de amores por ningún hombre.
—La pobrecita vive tan pegada a las faldas de su hermanastra, y de tal modo la vigila ésta, que no es fácil que pueda tener amoríos con nadie. Y a ella..., ¿por qué negarlo?, le gustan los hombres como a cualquier mujer, y no le haría ascos a un novio. En las fiestas a que la lleva su padre, siempre encuentra algún mocosuelo tísico de la aristocracia que le hace carantoñas, pero la niña es tan dócil y tiene tal miedo a su padre y a la baronesa, que responde ariscamente a todos los floreos que la dirigen, lo que no impide que después venga a contarme todo lo sucedido con ese aire satisfecho de las jovencitas cuando se ven atendidas y obsequiadas.
—¿Es posible que ella no haya encontrado entre esos ridículos polluelos de la aristocracia un hombre que le guste?
—Así es. El que la produjo alguna impresión fué un militarete que este invierno pasado la hizo el amor. ¡Diablo de hombre! ¡Qué tenaz y qué pesado era!
El capitán Alvarez quedó frío al oír estas palabras y hasta pensó que Tomasa lo sabía todo y con aquel aire inocente se estaba burlando de él. A pesar de esto no tardó en reponerse, y con afectada indiferencia, exclamó:
—¡Ah! ¿Conque era muy pesado el tal pretendiente? ¿Y le vió usted?
—No llegué a conocerle, a pesar de que tenía ganas de ello; pero el tal galanteador produjo en la casa un zipizape de mil diablos. La baronesa, cada vez que veía al militar paseando por la acera de enfrente, poníase como una furia y reñía a la señorita, llegando algunas veces a querer golpearla, como si la pobre tuviese la culpa de ser tan hermosa que los hombres se enamoran de ella inmediatamente. El conde al principio tomó la cosa con indiferencia y hasta llegó a reírse al ver la rabia que producía en la baronesa la terquedad de aquel importuno; pero un día en que salió a caballo con su hija volvió a casa como loco y echándolo todo a rodar. También a él le enfurecía el militarete, que a lo que parece, les había seguido a caballo cometiendo mil imprudencias que llamaron la atención de los paseantes. El conde hablaba de dar unos cuantos latigazos a aquel cargante, diciendo que se había detenido por temor a un escándalo, y tan preocupado estaba por el suceso, que al día siguiente nos dió a toda la servidumbre las órdenes oportunas para hacer los preparativos de viaje. En una de sus posesiones hemos estado desde entonces, y vea usted cómo las imprudencias de un pretendiente pesado han obligado a toda la familia a permanecer mucho tiempo lejos de Madrid.
—Y la señorita Enriqueta—dijo el capitán después de reflexionar un rato sobre los resultados que había producido su conducta—, ¿qué piensa ella de aquel adorado? ¿Nunca ha dado a conocer a usted su opinión?