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La araña negra, t. 2/9

TERCERA PARTEbr /> EL SEÑOR AVELLANEDA (continued 3)

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Se necesitaba la fuerza de un gigante para vencer aquella sombría y colosal institución, ante la cual resultaba un pigmeo obligado a transigir.

Era ya inútil la resistencia, y había que confesarse vencido, anonadado, y dar aún las gracias a aquella tiranía con sotana que no levantaba el pie para pulverizarlo de un golpe.

Como el hombre que después de luchar con una fiera siente agotadas sus fuerzas y al fin cae entre sus garras deseoso de terminar cuanto antes el terrible combate y de morir, así Baselga se resignó a ser devorado, y con voz fosca, murmuró:

—Estoy dispuesto.

—Lo celebro mucho, hijo mío—contestó el jesuíta con voz meliflua—. Ya sabe usted lo que la Orden desea. Procure usted olvidar que existe en el mundo la señorita Avellaneda.

—Lo olvidaré.

—En cambio, nosotros olvidaremos por nuestra parte ese documento, que tanto le compromete.

—Gracias.

—Y qué... ¿No está usted contento con la Compañía? ¿Cree usted que con estas dulces exigencias le causa algún daño?

El tonillo melifluo con que fueron dichas estas hipócritas palabras, produjo a Baselga un estremecimiento de cólera.

Temió dar de bofetadas a aquel canalla que tenía su reputación en sus manos, y lanzando una mirada de feroz odio sobre el jesuíta, salió de la habitación ciego de ira y tambaleándose como un borracho.

El padre Fabián seguía sonriendo.

XV

El jesuíta próximo a triunfar

En casa del señor Avellaneda reinaba gran confusión.

El orden que regulaba los actos todos de aquella familia había desaparecido, dejando paso a esa confusión propia de todo hogar donde la enfermedad penetra.

El señor Avellaneda estaba enfermo de gravedad.

Después de aquella crisis nerviosa que experimentó al terminar su tempestuosa conferencia con Baselga, había caído en un angustioso abatimiento que le convertía en un ser despojado de voluntad.

Los dolores de la enfermedad de gota que sufría habían desaparecido, y ni un solo estremecimiento agitaba su empobrecido y débil cuerpo; pero, en cambio, comenzaba a indicarse en él una dolencia extraña, que ponía en extremo pensativo y preocupado al médico de la casa.

La hinchazón que continuamente tenía su pie izquierdo, había subido hasta más allá del tobillo y crecía rápidamente, amenazando invadir el resto del cuerpo.

El médico examinaba aquel fenómeno con sorpresa, y movía la cabeza con aire de duda, mostrándose poco seguro de su ciencia.

Varias veces preguntó a María y a la vieja criada, si el señor sufría del corazón, y sólo pudo conseguir contestaciones vagas y contradictorias, decidiéndose, al fin, a recetar digital, haciendo caso omiso de la hinchazón, que consideraba únicamente como superficial manifestación de un mal muy grave.

Don Ricardo abandonó el sillón de su cuarto y tendido en la cama pasaba las noches, quejándose unas veces con resignación, y otras con furor sin límites, asegurando que tenía dentro del pecho algo que le quemaba y le oprimía el corazón.

María pasaba las noches en vela, sentada a la cabecera del lecho de su padre, y a pesar de las continuas fatigas experimentaba una inefable delicia al ver que aquél, olvidando la expresión ceñuda con que la miraba en los primeros momentos, comenzaba a tratarla con el mismo cariño que cuando era niña y la llevaba a pasear al Luxemburgo.

Algunas veces, don Ricardo cesaba de quejarse, y extendía un brazo para acariciar aquella hermosa cabeza inclinada sobre él y atenta a la menor indicación para cumplirla inmediatamente. Había en aquella caricia tal expresión de melancólico dolor, y se retrataba tan claramente en los ojos del enfermo el convencimiento de que pronto iba a morir, que María, adivinando lo que pensaba su padre, volvía rápidamente el rostro para ocultar sus lágrimas.

Aquella casa, que de continuo estaba alegre con las carcajadas y las canciones de María y las palabrotas de Tomasa riñendo a las otras criadas, había quedado silenciosa y como envuelta en ese ambiente tétrico de los lugares donde la vida lucha con la enfermedad, y la muerte anuncia su próxima presencia. La luz del sol, filtrándose a través de los pesados cortinajes bañaba las habitaciones con una turbia claridad que dejaba los objetos en incierta penumbra, y el silencio monacal que imperaba en toda la casa sólo era turbado por los dolorosos lamentos del enfermo y la argentina vibración de la cucharilla, agitando el vaso del medicamento. Aquella atmósfera estaba impregnada de todos los olores de una botica.

El amable señor García faltaba muy pocas horas a aquella casa. ¿Cómo había él de abandonar a su amigo querido, a su protector, ahora que le veía tan gravemente enfermo?

Comía fuera de la casa, pues el cuidado del enfermo no permitía el regalo de tiempos pasados, pero así que quedaba libre de sus numerosas ocupaciones acudía inmediatamente, y su primer cuidado era preguntar a Tomasa, que le abría la puerta, cómo se encontraba el enfermo.

No había que hacerse ilusiones. Don Ricardo iba de mal en peor, y aquella terrible enfermedad que el médico no se atrevía a diagnosticar claramente y que le hacía mover la cabeza de un modo intranquilo, iba de mal en peor.

—Esa maldita hinchazón—decía Tomasa, indignada contra aquella dolencia traidora—, nos va a dar qué sentir. Sube y sube como si tuviera prisa en devorar a mi pobre señor. Ayer sólo estaba en la pantorrilla; ahora empieza a extenderse por la pierna, y no parará hasta que le llegue a la cabeza y ponga a don Ricardo hecho un monstruo. ¡Cuánto mejor era la gota que, aunque nos diera más que sentir, nos tenía más tranquilos! Le digo a usted, señor García, que es cosa de desesperarse y maldecir a esos médicos, que no tienen medios para combatir el mal.

Por lo regular, todas estas conferencias que comenzaban en el rellano de la escalera y terminaban en el comedor, tenían, por final, las lágrimas de Tomasa, que no podía conformarse con la idea de que don Ricardo iba a morir, y los consejos angelicales del señor García, que hablaba de Dios y de la resignación cristiana que debe mostrarse en la última hora.

Avellaneda ya no pasaba las veladas quejándose y en pleno dominio de su razón, pues a altas horas de la noche sentíase invadido por una terrible fiebre y deliraba de un modo alarmante, hasta el punto de que tenían que sujetarlo a viva fuerza, para que no se arrojara de la cama.

Su delirio era extraño y siempre estaba agitado por idénticas imágenes que le arrancaban palabras tan terribles que hacían llorar a María. El enfermo, en su delirio, creía hablar con Baselga, y le amenazaba con darle de palos acusándole de estar de acuerdo con su hija para envenenarlo con las medicinas que le daban. Aquella idea se había fijado tenazmente en el cerebro de Avellaneda.

Cuando estaba tranquilo y tenía clara la inteligencia, demostraba a su hija el mayor cariño y acogía todos sus cuidados y atenciones con sonrisas de gratitud; pero apenas la fiebre del delirio invadía su cerebro, volvía a gritar desaforadamente que le querían envenenar y acusaba a María de los más horrendos crímenes.

El señor García, que quedándose a velar al enfermo presenció algunas de aquellas locas agitaciones, sabía aprovecharlas hábilmente en favor de sus planes.

Llamaba aparte a María y la sermoneaba usando todos los tonos, lo mismo el paternal y benigno, que el de indignación propio de un hombre que ha sido engañado.

¿No veía el triste estado en que se hallaba su padre? Pues ella era la verdadera culpable, puesto que aquella enfermedad era un castigo de Dios, justamente ofendido por la infidelidad de la joven que había prometido ser su esposa y que después se enamoraba del primer pisaverde que encontraba a su paso. Aquello no tenía remedio, pues la cólera de Dios no reconoce obstáculo, y la pecadora, la infiel, iba a sufrir muy pronto el más tremendo dolor, viendo morir a su padre.

María lloraba con el mayor desconsuelo oyendo las amenazas que el autor del Universo le dirigía por boca de aquel viejo mugriento. A la voz del anciano devoto, todas sus antiguas aficiones religiosas, comprimidas hasta poco antes por la pasión amorosa, volvían a desatarse y a dominar su inteligencia, y María volvía a ser la muchacha mística y visionaria de otros tiempos que leyendo "El Año Cristiano", de Croisset, se sentía dominada por romántica admiración ante las hazañas de los santos o lloraba desconsolada con los tormentos de los mártires.

Sí, era verdad; ella había olvidado sus sagrados juramentos y Dios la castigaba con sobrado motivo. ¡Oh!, si las cosas pudieran hacerse dos veces. ¡Si no fuera ya tarde, cómo sabría ella enmendar su falta!

Apenas decía esto entre suspiros y lágrimas, demostrando su arrepentimiento completo, el señor García cambiaba de entonación y de aspecto, y, con acento paternal, hablaba de la misericordia de Dios, que no tiene límites, y de que no quiere el castigo del pecador, sino que éste se arrepienta.

—Aun es tiempo, hija mía—decía el beato con benevolencia—. Aun puedes remediar la grave ofensa que has hecho a Dios. Todavía estás a tiempo para cumplir tus promesas; y si es que sientes la misma vocación por la vida religiosa que en otros tiempos, debes entrar en la santa casa que ya conoces. Verías, si esto llegabas a hacer, cuán pronto sanaba tu padre, si es que Dios, con su omnipotente voluntad, quiere que viva y se arrepienta.

A las pocas conferencias María estaba ya convencida. El romanticismo religioso había vuelto a manifestarse en ella y pensaba, con inefable delicia, en que merced a su sacrificio conseguiría devolver la vida a su padre. Dios se apiadaría de su nueva esposa y le concedería cuanto le pidiese.

Además, don Ricardo era un impío, según decía el señor García a sus espaldas, un hombre que no asistía a ningún acto religioso, que leía continuamente a Voltaire y que se burlaba graciosamente del catolicismo. ¡Qué gran gloria para su hija el lograr mediante oraciones que Dios se apiadara de él y al morir le reservara un puesto en la gloria!

María manifestó a su antiguo preceptor que estaba dispuesta a ir al convento así que él se lo ordenase, pero le suplicó que la permitiese estar en aquella casa al menos hasta que perdiera su gravedad la dolencia que sufría su padre. Estaba tan resignada María a ser de Dios, que hasta esta súplica la hizo en tono débil mostrándose dispuesta a cumplir todas las órdenes del señor García, aunque estas desgarrasen sus más íntimos afectos. ¿No acababa de matar aquella pasión que tan feliz la había hecho? ¿No había prometido olvidar al hombre amado? Después de tan inmensas concesiones bien podía sacrificar en holocausto a Dios sus afectos de buena hija.

Cuando en aquella tarde el señor García, después de hacer repetir a la joven varias veces su deseo de entrar en un convento, salió de la casa para comer en un modesto restaurante, iba muy alegre y caminaba con la viveza de un joven.

Tan contento estaba que murmuraba exclamaciones de gozo, y él, tan sesudo y circunspecto en la calle, tenía el aspecto de un loco o de un borracho. Tenía motivos sobrados para bailar en medio de la acera, y hasta para entonar un himno en loor de la santa Compañía de Jesús, que iba a vencer y a hacer suyos quince millones de pesetas metiendo a María en un convento.

Pero el viejo jesuíta, a pesar de todo su entusiasmo, no perdía el instinto receloso y escudriñador propio de los suyos; así es, que no pasó desapercibido para él el movimiento de sorpresa y la precipitada fuga de un hombre que estaba en la plaza de San Sulpicio apoyado en la esquina de la calle Ferou y mirando de lejos las ventanas de la casa del señor Avellaneda.

El vejete sólo pudo verlo un instante; pero a pesar de la distancia y de su mirada cansada, lo reconoció inmediatamente. Era Baselga, que, sin duda, espiaba en aquel sitio, esperando una ocasión para enviar una carta a María, o tal vez para subir a la casa aprovechando la enfermedad del padre.

Aquello puso de mal humor al señor García.

¿Conque tales atrevimientos se permitía el señor conde? Había que vigilar muy atentamente para impedir que Baselga volviera a avistarse con María. ¡Quién sabe los inmensos perjuicios que a la Orden podía causar una nueva entrevista de los amantes! Las mujeres son caprichosas, con facilidad mudan de pensamiento, y era muy posible que las aficiones monásticas creadas por continuas y convincentes explicaciones se desvanecieran rápidamente al más leve arrullo del amante. Era necesario, pues, impedir que Baselga rondase la casa de su amada, tanto más cuanto que así se lo había prometido tres días antes al padre Fabián.

Mientras en el cerebro del señor García se agitaban estos pensamientos, el vejete habíase detenido y, al fin, como quien toma una resolución definitiva, volvió sobre sus pasos y, atravesando la rué Ferou por su parte alta, se dirigió a la de Vaugirard.

—Vamos a contárselo todo al padre Fabián—murmuraba el devoto.

A las nueve de la noche ya estaba el señor García sentado junto a la cama de su amigo Avellaneda.

La enfermedad se agravaba por momentos. La hinchazón había deformado por completo la pierna, y se extendía sobre el abdomen amenazando con invadir el pecho.

Don Ricardo respiraba trabajosamente, y sufría un delirio sin tregua. Con la mirada extraviada y los brazos agitados por un temblor convulso, agitábase en el lecho, y varias veces el señor García tuvo que abandonar su asiento para sujetar al enfermo y evitarle una caída.

El devoto se daba a todos los diablos al ver el estado en que se hallaba su amigo, no porque sintiera gran interés por éste, sino porque aquel delirio le hacía perder lastimosamente un tiempo precioso y le impedía la realización de sus planes.

Acababa de hablar largamente con el padre Fabián y necesitaba cuanto antes poner en ejecución los consejos que éste le había dado. ¡Y aquel condenado cerebro, que no se equilibraba y no sabía más que crear imágenes de envenenamientos!

Por fin transcurrida una hora, el delirio comenzó a calmarse, y el señor García fué ya acariciando la esperanza de que pronto podría hablar a su amigo.

La ocasión era propicia, pues María y Tomasa dormían en sus habitaciones, esperando la hora en que el vejete se retiraba y entraban ellas al cuidado del enfermo.

Hizo Avellaneda un rápido movimiento, cesó de suspirar y quedó mirando fijamente a su amigo, con cierta expresión de asombro.

El delirio había pasado y era preciso aprovechar aquel corto espacio de lucidez.

—¡Eh, don Ricardo!, ¿me oye usted?—preguntó el vejete con cierta angustia, como si temiese que su amigo volviera otra vez a delirar.

—Sí, amigo mío, me siento algo aliviado. ¿Cómo me encuentra usted?

—No está usted mal. Me parece que el caso no es grave.

—Eso creo yo algunos ratos; pero en otros... El médico dice que la cosa no va mal, pero creo que esto es tan sólo por no asustarme.

—Cree usted mal. El médico dice la verdad, pues usted no morirá de ésta.

—¿Lo cree usted así? ¡Si supiera cuán duro es pensar que la muerte se aproxima! Ya le llegará su mal rato, y pronto, porque usted es ya muy viejo.

—Espero tranquilo, confiando en la misericordia de Dios.

—¡Bah!... No haga usted esas muecas de beato, si no, me pongo más enfermo.

Calló el vejete, como arrepentido de haber causado enfado a su protector y sólo transcurridos algunos minutos, se atrevió a decir, dando la mayor expresión de veracidad a sus palabras:

—Esté usted seguro de que no morirá de esta enfermedad. Su convalecencia, según dice el médico, será larga y penosa, pero la salvación de la vida es segura.

—¡Viviré! ¡Oh, viviré!—y aquel hombre, casi moribundo, decía estas palabras con una alegría sin límites agarrándose con las esperanzas del desesperado a aquellas palabras de su amigo.

—Sí, vivirá usted, don Ricardo, porque Dios, que todo lo puede, no querrá que usted muera.

—Yo no temo la muerte por mí. Es verdad que la idea de morir me agrada muy poco, pero pienso que, al fin, todos hemos de pasar por tal trance, y esto me consuela. Lo que más pavor me produce es el pensar que a mi muerte María quedará completamente sola en el mundo.

—¿Y yo, amigo mío? ¿No soy nadie para ella?

—Usted, pobre señor García, aunque esté todavía sano y ágil el día que menos lo espere saldrá también de este mundo.

—Fácil es; pero esto no impide que mientras viva proteja a María, tanto más cuanto que ésta se halla amenazada por serios peligros.

—¡Eh!, ¿qué dice usted?—preguntó con sorpresa Avellaneda.

—Esta tarde, al salir de aquí, he visto al conde de Baselga apostado en la esquina, espiando esta casa. Desconfíe usted, señor don Ricardo, pues ese hombre es muy audaz y lo creo lo bastante atrevido para subir aquí sin que usted lo sepa.

Aquello desvaneció la débil tranquilidad de Avellaneda, y por unos instantes creyó el devoto que el delirio iba a reaparecer. ¿Conque aquel aventurero que se le aparecía en las visiones de su loca fiebre como un miserable envenenador, se atrevía a intentar el entrar en la casa de donde él le había arrojado? La idea de que Baselga, burlándose de todas sus prohibiciones, volviera a avistarse con María, le causaba un gran furor, y en su cerebro debilitado buscaba un medio para evitar el peligro.

—¡Qué hacer, Dios mío! ¡Qué hacer!—murmuraba el enfermo.

El señor García miró dulcemente a su amigo y, creyendo que había ya llegado la oportunidad para dar un golpe decisivo, dijo con calma:

—Realmente, es un peligro tener aquí a María. Tomasa tiene ocupaciones sobradas para poder ocuparse de ella, y yo sólo estoy aquí á ciertas horas. No es fácil, pues, evitar que un día u otro hable con ese hombre al que ama.

—¿Qué haría usted en mi situación, señor García?

—Pues yo comenzaría por sacar a María de esta casa.

—¡Separarme de mi hija! Eso jamás lo consentiré, y más, hallándome en un estado tan grave. ¿Quién me cuidaría?

—¡Bah!, señor don Ricardo: el miedo a la muerte le hace a usted exagerar. No está usted tan grave como se imagina, y además, Tomasa y yo nos sobramos para cuidarle en su convalecencia.

Avellaneda pareció reflexionar. Tan grande era el odio que profesaba a Baselga, que, a pesar del inmenso cariño que sentía por su hija, no rechazaba con la misma indignación que otras veces aquella idea de hacerla abandonar la casa por algún tiempo. Bien considerado, ¿qué mal había en ello? María gozaría de mayores ventajas yendo a vivir durante algún tiempo lejos de la rue Ferou y su salud, no muy fuerte, dejaría de sufrir el continuo quebranto que ocasiona el cuidado de un enfermo. La idea comenzaba ya a gustarle, y únicamente le detenía a dar su consentimiento un importante detalle que se apresuró a exponer.

—Y diga, usted, señor García. ¿Dónde iba a vivir la niña durante el tiempo de mi enfermedad?

—¡Oh!, descuide usted, amigo mío. Tengo un punto de la mayor confianza, y usted puede descansar en la firme seguridad de que María no corre ningún peligro, ni es fácil que el conde logre encontrarla. La llevaré, si usted quiere, al convento de Santa Isabel; una santa casa en la que se educan las hijas de las primeras familias de Francia. Es el convento que goza de mayor fama entre la noble sociedad del barrio de San Germán.

Este detalle, propio para deslumbrar a un tendero enriquecido, no causó gran impresión en Avellaneda. ¡Valiente cosa le importaba a él que se educaran en el tal establecimiento religioso las señoritas nobles! Al fin, un convento como todos, y él antes prefería entregar su hija, no a Baselga, sino al primer perdido harapiento que se le presentase, que consentir fuese a encerrarse en uno de aquellos "serrallos espirituales", que era el calificativo que le merecían los monasterios.

No estaba conforme; desechaba la idea, y bien claro lo dió a entender a su devoto amigo, con marcados gestos de desagrado.

El jesuíta comprendió que su presa iba a escapársele si no extremaba sus medios de persuasión, y abrumó a don Ricardo bajo una tremenda avalancha de palabras. Hacía mal en no adoptar el plan propuesto por él. Se exponía con ello a que su hija no olvidase aquel amor tan odioso para el padre, y hasta a que, aprovechando la enfermedad, la deshonra penetrase en aquel modesto hogar, mientras que, accediendo a lo propuesto, podía entregarse tranquilo a la convalecencia de su enfermedad, sin tener que preocuparse de la seguridad de María.

Además, ¿por qué había de indignarse de tal modo ante la idea de que su hija fuese a pasar una corta temporada a un convento? ¿Es que las casas religiosas eran un lugar de perversión donde ninguna joven podía penetrar sin peligro para su honor? El padre no creía en la religión, pero estaba cierto de que existía Dios, y seguramente que la hija, al entrar en un convento y dedicarse a la oración, conseguiría que el Ser Omnipotente se apiadase de don Ricardo y le concediera la necesaria salud.

Avellaneda seguía sin conmoverse, y toda la elocuencia del señor García se estrellaba ante su inflexible terquedad. Había dicho que no, y estaba lejos de retractarse. Su hija seguiría en casa y a su lado, pues era una verdadera locura separarse de aquel ser que constituía toda su familia y enviarlo al convento.

Pero el jesuíta no era menos tenaz, y abusaba de su superioridad sobre el abatido enfermo, martirizándolo con el incesante martilleo de un chorro interminable de palabras.

Pronto se resintió el cuerpo enfermo y debilitado de aquel tormento moral.

Abrumado Avellaneda por la charla de su amigo y sus exhortaciones, dichas en tono sibilítico, volvió la cabeza a la pared, procurando esconderla bajo la sábana; pero a pesar de esto, todavía la voz del señor García siguió estrellándose en sus oídos monótona y majestuosa.

Los peligros que corría María permaneciendo en aquella casa, cien veces repetidos, y expuestos hasta en sus menores detalles, llegaron a impresionar a Avellaneda, que, por otra parte, comenzaba a experimentar cierto embotamiento en sus sentidos, y otros síntomas que anunciaban la reaparición de la fiebre.

La idea del convento le parecía más tolerable. Bien considerado, aquella vida monástica de María sería muy breve, pues él no moriría de aquella enfermedad, según le aseguraban todos, y apenas se encontrase repuesto, sacaría del convento a la joven, que además estaría ya curada de su pasión.

Casi estaba convencido, pero le faltaba hacer la última objeción.

—¿Y cree usted que mi hija estará conforme en entrar en un convento, aunque sólo sea por una corta temporada?

El jesuíta se estremeció de alegría comprendiendo que tenía ya en el bolsillo la voluntad de aquel hombre. No le habló de las aficiones monásticas de María, pues esto hubiera agrandado ciertos recelos en Avellaneda, siempre temeroso de la influencia que la religión ejerce sobre los jóvenes; pero afirmó sobre su palabra de honor que por haber educado a la niña, conocía perfectamente su carácter y sabía que no consideraba desagradable pasar una corta temporada en un convento pidiendo a Dios que devolviese la salud a su padre. Había más aún: él la había consultado antes de hablar con don Ricardo, y la niña se conformaba a todo cuanto la mandasen.

Avellaneda suspiró angustiosamente. Convencido por su amigo, todavía acariciaba un resto de esperanza, y ésta era que María se negase a ir al convento; pero en vista de lo dicho por el devoto, tuvo que conformarse y decir, con acento doloroso:

—Puesto que ella consiente, sea. El culpable de todo es ese canalla de conde, que me persigue y asedia viéndome enfermo.

El enfermo hizo un brusco movimiento, como si buscase en su cama a Baselga para desahogar su indignación, y tras un largo silencio dijo con desfallecimiento:

—Puede usted llevarse a María cuando guste.

—Para eso se necesitaría una pequeña formalidad.

—¡Oh! ¿Un esfuerzo todavía, después que tanto sufro?

—No es nada. Sólo se trata de que firme usted un consentimiento que ahora mismo escribiré.

El señor García se dirigió a una mesa que estaba, en un ángulo de la habitación, y en la cual escribía el médico sus recetas.

Con rapidez nerviosa escribió en un pliego unas pocas líneas, en las cuales Avellaneda manifestaba su consentimiento para que su hija entrase en el convento de Santa Isabel.

La tarea de firmar fué muy trabajosa para don Ricardo. Incorporado en el lecho, hacía esfuerzos para que la pluma no se escapase de sus dedos embotados, y al fin, ayudado por su amigo, pudo trazar un garabato tembloroso, que tenía cierto aire de familia con la firma que hacía en tiempos normales.

Cuando el señor García metió en un bolsillo de su levitón aquel papel tan codiciado, experimentó una alegría sin límites. El negocio estaba ya terminado. La niña quedaría al día siguiente encerrada en el convento, el padre no tardaría en morirse, y María, cediendo a los consejos de su protector, cedería sus millones a la Compañía de Jesús.

Había para volverse loco de alegría, y el jesuíta saboreaba con placer el horrible crimen, dando gracias a Dios, que protege siempre a sus servidores y representantes en la tierra.

Aquel triunfo dió aún mayor locuacidad al señor García, el cual entretuvo agradablemente a su amigo haciéndole los mayores ofrecimientos y jurándole que nunca le abandonaría, siendo para él como un hermano mayor, dulce y cariñoso.

Aquella charla agravó el estado del enfermo, y la fiebre volvió a aparecer.

A media noche, cuando María, fortalecida por algunas horas de sueño, entró a cuidar a su padre, éste deliraba y se movía furiosamente en su lecho, como si quisiera huir de las terribles imágenes que le perseguían.

El jesuíta dijo a la joven que al día siguiente tenía que hablar con ella de asuntos muy graves, y después abandonó la casa.

Por la calle, y a aquellas horas en que eran escasos los transeúntes, marchaba erguido y majestuoso, con la expresión de un caudillo victorioso.

Engreído con su triunfo, miraba las casas obscuras y silenciosas, como si tuviera un poder absoluto sobre los miles de seres que las habitaban, y se conmovía pensando los elogios que la Compañía de Jesús le dedicaría al conocer el buen término de su negocio. Nada le enorgullecía tanto como el pensar lo que diría el padre Fabián, aquel superior violento y malhumorado que había llegado a compararle a un perro viejo sin olfato. Ahora vería él si era todavía el agente listo y astuto de otros tiempos.

Cuando llegó a su casa y, respondiendo a un tirón de la campanilla, se abrió la puerta de la escalera, quedó algo sorprendido al ver a la vieja portera a la puerta de su cuchitril con una luz en la mano.

—¿Cómo es eso, señora Magdalena? ¿Todavía no se ha acostado usted? ¿Sabe qué hora es?

—¡Ay, señor! Tengo cosas muy graves que decirle.

El viejo hizo tan gesto para indicar que estaba dispuesto a oír.

—Al señor español del primer piso se lo han llevado.

—¿Quién?

—La policía. Ha venido a las ocho el comisario del barrio con algunos agentes, y después de registrar la habitación se han llevado al señor Baselga a la prisión de Mazas. ¿Por qué será esto, señor García? Dígamelo usted, porque yo estoy muy intranquila. ¿Es que el señor se ocupaba en cosas malas?

El jesuíta levantó los hombros para indicar que no sabía nada, y después de tranquilizar a la vieja con cuatro frases comunes, subió lentamente a su buhardilla saboreando mentalmente el suceso.

¡Oh! La cosa iba bien y no podían arreglarse los sucesos más perfectamente. El padre Fabián había cumplido con actividad lo prometido en aquella misma tarde, y el conde estaba va en la cárcel por conspirar contra el Gobierno de España.

El vejete estallaba de satisfacción. Aquello era un día completo y, a ser menos incrédulo en el fondo, había motivo sobrado para rezar un buen rosario a la estampa de Jesús que tenía arriba en su cuartucho.

XVI

El olfato de Tomasa

La vieja criada de casa de Avellaneda estaba dominada por una continua preocupación.

La enfermedad de su señor se agravaba por momentos, y el delirio le dominaba hasta el punto de no dejarle más que muy breves ratos de lucidez; pero no era ésta precisamente la causa del malestar experimentado por Tomasa.

Las desgracias se seguían sin interrupción, y la antigua doméstica parecía olfatear el ambiente de la casa presintiendo con su fino instinto de mujer burda, pero astuta, que allí se cernía alguna fatalidad extraña o alguna horrible traición.

Por la mañana el señor García se había llevado a la señorita de la casa en un coche de alquiler, sin más equipaje que una pequeña maleta.

Tomasa sabía lo que aquella salida significaba. En las primeras horas de la mañana el señor García tuvo una larga conferencia a puerta cerrada con María, y cuando el vejete se marchó diciendo, al despedirse, que antes de una hora estaría de vuelta, la niña, avergonzada y temerosa, pero arrastrada al mismo tiempo por el afecto a su antigua amiga, la confesó que iba a salir inmediatamente de la casa para encerrarse en un convento.

Al ver la estupefacción dolorosa de la criada, que, al fin, se resolvió en gemidos y lágrimas, la joven, para consolarla, dijo que aquella ausencia sólo duraría muy poco tiempo; pero el engaño en aquellos labios poco acostumbrados a mentir, no lograba revestirse de veracidad, y al fin lo confesó todo, y Tomasa supo con asombro que su señorita pensaba encerrarse en el convento para siempre.

La pena que aquella declaración produjo en la criada no podía borrarse con ningún consuelo, y fué en vano que María le dijese que esto no impediría que fuesen tan amigas como antes y se viesen con frecuencia, pues Tomasa podría ir dos veces por semana al convento de Santa Isabel, y tal vez la superiora la dejase entrar hasta en los mismos claustros.

La enérgica aragonesa estuvo tentada de pedir auxilio, como el desventurado que ve cómo los ladrones le arrebatan su fortuna; pero creyó más fructuoso amenazar a la señorita, creyendo que ésta iba a realizar tan loca resolución sin permiso de su padre.

—No irá usted al convento, señorita. Se lo diré a su padre, y como él se opondrá, no será usted tan mala que se atreva a darle tal disgusto. ¡Pues no, faltaba más sino que se marchase usted de esta casa, ahora que su padre está casi en la agonía! Este disgusto acabaría de matarle.

—Tomasa, mi padre lo sabe todo.

—¿Y consiente?...

—Sí—contestó María lacónicamente, experimentando gran compasión ante el asombro de Tomasa.

—¡Parece imposible! Y de seguro que alguien habrá arreglado esa monstruosidad. ¿Ha sido el señor García?

Al ver el signo afirmativo de María, la criada dió rienda suelta a su indignación. Todos sus sentimientos sufrieron un completo trastorno, y la antigua simpatía que profesaba al viejo devoto, trocóse rápidamente en salvaje odio.

Las injurias salieron atropelladamente de su boca sin fijarse en que María escuchaba con aspecto tan pronto compungido como escandalizado.

Los peores epítetos fueron arrojados como balas rasas sobre aquel "indecente beato" que venía a robar a ella, que se consideraba ya de la familia, y al infeliz padre el cariño y la presencia del único ser querido. ¿Y no habría un presidio para tales hombres? Ya se lo diría ella con todas sus letras así que se presentase el viejo..., pero no; sería una imprudencia y resultaba mejor dejarlo para más adelante, cuando un escándalo no pudiese agravar el estado en que se hallaba el señor.

Tomasa, para detener a su señorita, intentó apelar al amor y recordó hábilmente al conde de Baselga. ¡Pobre señor! ¡Cuan enamorado estaba! Justamente la tarde anterior, al salir de casa para ir a la botica lo había encontrado en la calle, y relataba toda su conversación, el interés con que el conde se enteraba de las dolencias del enfermo y de la salud de María, lo conmovido que se mostraba al recordar de tal modo sus infelices amores, y además, la criada, por su parte, detallaba el aspecto quebrantado y melancólico que tenía Baselga.

Una viva llamarada pareció pasar por los ojos de María. El recuerdo de aquel hombre, hábilmente evocado, resucitaba en su pecho la pasión que en vano quería olvidar; pero la joven no dejó que la dominase por mucho tiempo la impresión. Recordó la cólera de Dios y la indignación del señor García; pensó que del sacrificio de su felicidad dependía la salud de su padre, y bajó la cabeza con aire resignado.

Cuando, una hora después, tembló el suelo de la solitaria calle bajo las ruedas de un carruaje, y Tomasa adivinó por algunos golpes de tos que el señor García subía la escalera, fué a esconderse en la cocina, temiendo dar un escándalo, pues conocía que en presencia del viejo era muy capaz de arañarle.

La despedida en la alcoba del enfermo no fué tan dolorosa como esperaba el jesuíta. Don Ricardo, que después de muchas horas de incesantes sufrimientos, estaba sumido en un pesado letargo, no dió señales de sentir los besos que la sollozante María depositó en su frente sudorosa.

La partida fué rápida, precipitada como si la joven estuviese ansiosa de salir cuanto antes de aquella casa para evitar una reacción de su voluntad que le impidiese cumplir lo prometido.

Tomasa, escondida en la cocina, permanecía inmóvil acariciando todavía la esperanza de un rápido arrepentimiento de su señorita; pero cuando llegó a sus oídos el golpe de la puerta al cerrarse, y poco después alejarse de la solitaria calle el ruido del coche en marcha, sintióse dominada por la desesperación y se acusó furiosamente de torpe y de imbécil por no haberse opuesto a que su señorita abandonase la casa.

Más de una hora permaneció la fiel sirvienta entregándose a raptos de desesperación, desagradables muchas veces para su propio cuerpo, pues se traducían en tirones de pelo y puñetazos en la cara; pero por fin cansóse la varonil aragonesa de gemir y atormentarse, y se propuso tomar una resolución.

El recuerdo de Baselga acababa de pasar por su memoria, y Tomasa creyó lo más útil en aquellas circunstancias avisar al conde de cuanto ocurría.

Entró en la alcoba del enfermo, vió que seguía dominado por el sopor y salió de la casa después de encargar a una de las criadas francesas que velasen a don Ricardo.

La tenaz aragonesa marchó rectamente a la calle de los Santos Padres, pues conocía la habitación de Baselga a causa de haber ido algunas veces a darle avisos de parte de Avellaneda o cartas amorosas de María.

Tenía Tomasa alguna amistad con la portera; así es que al entrar en el portal se dejó detener por ésta, y como de costumbre, entabló conversación.

La sorpresa que experimentó la sirvienta fué imponderable al saber que el conde había sido reducido a prisión por la policía.

Al ver que la portera no daba una explicación satisfactoria de tal accidente, ni sabía cuál pudiera ser el verdadero motivo del arresto, Tomasa experimentó un vago sentimiento de sospecha que poco a poco fué agrandándose.

La fiel aragonesa no podía encontrar una aclaración a tal misterio, pero adivinaba que todas aquellas desgracias que ocurrían seguidamente eran obra de una mano misteriosa, de un poder oculto, interesado en separar a los dos amantes.

La inesperada marcha de María al convento y la prisión del conde, eran dos sucesos que, unidos, hacían sospechar con algún fundamento que eran el resultado de un plan preconcebido.

Tomasa sospechaba del señor García. El repentino odio que le había cobrado desde que arrebató a María, la impulsaba a hacerle responsable de todas las desgracias, y por esto, después que, saliendo de la antigua casa de Baselga, volvió a la calle Ferou, iba por el camino murmurando imprecaciones contra el viejo beato, al que se sentía muy capaz de exterminar.

Cuando entró en la habitación de Avellaneda, éste acababa de salir del sopor que por tanto tiempo le había dominado y hacía varias preguntas con voz desfallecida a la criada francesa que estaba junto a su lecho.

Esta salió al ver a Tomasa, que tomó asiento junto a la cabecera y preguntó con interés a su señor cómo se sentía.

—Mal; muy mal, Tomasa. Esto va cada vez peor. La hinchazón del vientre aumenta por instantes, y me temo que la muerte no tardará en llegar. ¿Y María, dónde está?

Tomasa quedó estupefacta ante esta pregunta formulada con gran naturalidad.

—¿Cómo es eso, señor? ¿Usted me pregunta por la señorita? ¿Ignora acaso que esta mañana se la llevó el señor García para meterla en un convento?

La sirvienta dijo esto ansiosa y apresuradamente con la esperanza de que el permiso paternal que había alegado María al marcharse resultase falso, en cuyo caso se prometía marchar inmediatamente al convento y deshacer la trama del señor García; pero su decepción fué tremenda cuando oyó que su señor exclamaba con desaliento:

—¡Ah!, es verdad. Ese diablo del señor García ha logrado convencerme. Es raro que yo hubiese olvidado un asunto tan grave.

Y luego añadió con tristeza:

—¡Tanta falta que me hace mi hija! Tomasa, no te ofendas; tú me quieres y me cuidas mucho, pero me parece que vivo solo en esta casa desde que María se ha marchado.

—Señor, usted ha hecho una locura consintiendo que la señorita abandonase esta casa para siempre, ahora que se encuentra usted tan grave. ¡Y pensar que la pobre niña va a consumir su juventud encerrada en un convento y entregándose a una vida propia de vieja! Eso es un crimen, sí, señor; una tremenda locura de la que tendrá usted que dar cuenta a Dios.

Avellaneda miró con asombro a su criada, como si no comprendiese el valor de sus palabras.

—¿Has dicho que la señorita se fué de esta casa para siempre? ¿Quién te ha contado tal mentira? Estás equivocada; yo sólo he dado permiso al señor García para que mi hija fuese al convento por una corta temporada, o más bien dicho, hasta que me cure de esta enfermedad, lo que va siendo ya difícil.

Entonces le tocó asombrarse a la criada, que comenzó a ver algo claro en la cuestión. La malicia del señor García aparecía manifiesta desde el momento en que había dicho una cosa a su amigo para hacer en la práctica lo contrario, y la criada relató a Avellaneda todo lo ocurrido entre ella y María poco antes de que ésta marchase al convento.

Avellaneda, a pesar de su estado y de la debilidad que sufría su cerebro, adivinó lo que significaba aquel misterio.

Su amigo García se Convirtió repentinamente en su pensamiento en un tuno de la peor especie, y comprendió que había inclinado a su hija a la vida religiosa, y al mismo tiempo había mentido para lograr del padre el necesario consentimiento.

Tomasa, adivinando la impresión que en su señor producía tal descubrimiento, creyó del caso relatarle todo cuanto ocurría, y aun a riesgo de disgustar a don Ricardo, puso en su conocimiento la prisión de Baselga, así como las sospechas que le producía este extraño hecho.

Avellaneda torció el gesto al oír el nombre del conde; pero a pesar de esto siguió con atención el relato de la criada.

No cabía dudar. Baselga era víctima de la misma persecución que María, y resultaba indudable la existencia de un poder oculto interesado en separar a los dos amantes, para que la joven fuese a enterrarse en un convento, y que empleaba como un arma las preocupaciones del padre.

El señor Avellaneda adivinaba el verdadero móvil de aquella sorda conspiración dirigida contra la tranquilidad de su familia. La colosal fortuna de su hija era el objeto adonde se dirigían los esfuerzos de aquel oculto poder.

Ante la idea de que María le había sido robada y que jamás volvería a verla, don Ricardo estremecióse de terror, primeramente, y después su ánimo se sublevó, disponiéndose a deshacer todo lo hecho y consentido en un momento de obcecación.

La posibilidad de que fuera ya tarde para desbaratar los planes del señor García le desesperaba, y como si Tomasa fuese una inteligencia privilegiada, capaz de encontrar el medio para salir del atolladero, le preguntaba con acento angustioso:

—¿Qué hacer en esta situación? ¿No se te ocurre ningún medio para deshacer la trama de ese beato? ¡Ay! ¡En qué mala hora firmé el maldito consentimiento!

Tomasa, que también deseaba encontrar una solución al conflicto, quedóse pensativa largo rato, y por fin dijo con resolución:

—Yo en lugar de usted llamaría a la Policía.

—¿Para qué?

—Para relatar todo lo sucedido y hacer que sacase a María del convento.

—Pero... ¿y mi consentimiento?

—El que concede una cosa creo que puede retirarla, y más si ha sido engañado como usted en esta ocasión.

Avellaneda, con una corta reflexión, pareció apreciar el valor de la proposición de su criada, a la que dijo después:

—Sí; eso que me propones es lo mejor. Marcha al momento y busca al comisario del barrio. No pierdas tiempo, trae aquí a ese funcionario sin perder tiempo, y piensa que de esto depende la suerte de María.

Tomasa apenas si escuchó las últimas palabras, pues salió velozmente de la habitación.

Mientras corría a la oficina de Policía iba pensando en la posibilidad de que todo quedase arreglado en breve plazo.

Después de lo ocurrido, don Ricardo no sentiría tanto odio contra Baselga, y era fácil que María olvidase sus aficiones monásticas tan pronto como supiera que su padre accedía a consentir sus amores.

El punto negro que todavía se marcaba en aquel horizonte feliz, imaginado por Tomasa, mientras corría en busca del comisario, era la prisión de Baselga y el motivo por ella ignorado que le había conducido a la cárcel de Mazas.

XVII

Se deshace la trama.

El comisario de Policía del barrio de San Sulpicio era un buen señor, bajo de estatura, algo ventrudo y de rostro bonachón, lo que no impedía que llevase con bastante majestad el fajín tricolor y que en algunas ocasiones sus ojuelos tras los cristales de las gafas brillasen de un modo imponente.

Más de dos horas tuvo que aguardarlo Tomasa en la oficina de Policía, pues estaba ausente por asuntos del servicio; pero apenas al volver escuchó los ruegos de la criada, marchó directamente a casa de Avellaneda, a pesar del cansancio que manifestaba.

Al entrar en la habitación del enfermo y contemplar el aspecto de don Ricardo, movió la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver enfermos e instintivamente adivinaba la aproximación de la muerte.

Con benévola complacencia escuchó las palabras entrecortadas de Avellaneda, dichas con acento débil, y lo que el funcionario sacó como consecuencia fué que María había sido arrebatada del hogar paterno con engaño y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel para sacarla de él.

El comisario dirigióse a su secretario, un pobre diablo raído y macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo parecía haberse convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una diligencia propia del caso.

Después salió prometiendo que no tardaría en volver trayendo a María.

Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademán suplicante y tímido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.

La criada deseaba saber el motivo de la detención de Baselga y lo preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el suceso. ¡Tantas prisiones nacía todos los días! Los detalles que le dió Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso insignificante:

—¡Ah! Sí; creo que fué ayer cuando detuve a un conde español en la calle de los Santos Padres. Sí; eso es. Se llama Baselga, ¿no es verdad?

Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en un rellano inferior:

—Ha sido denunciado por la Embajada de España como conspirador carlista y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga mañana mismo, pero será para que la gendarmería lo conduzca a la frontera.

Cuando el comisario desapareció, Tomasa, segura ya de la suerte de María, se preocupó únicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser víctima de la malicia del señor García, porque la doméstica no vacilaba en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.

Ella sabía que el conde tenía en París numerosas amigos, compañeros de emigración, y que estaba relacionado con las principales familias del barrio de San Germán; daba como seguro que todos ignorarían la desgracia de Baselga y se proponía avisarlos para que con sus poderosas gestiones impidiesen que fuese expulsado de Francia; pero apenas formulados estos pensamientos se detenía ante un obstáculo tan insuperable como era el que ella no conocía a tales personas e ignoraba sus domicilios, siendo una empresa imposible buscarlos a ciegas en una ciudad inmensa como París.

Pero Tomasa, así que adoptaba una resolución, no se detenía ante ningún obstáculo y se propuso, mientras el comisario volvía con María, buscar en los hoteles del barrio de San Germán alguna de aquellas familias nobles que conociesen a Baselga.

Difícil era la tarea y más tratándose de gentes inabordables por su posición; pero Tomasa se proponía sufrir toda clase de humillaciones y hostilizar con preguntas a todos los porteros y criados del barrio aristocrático, hasta encontrar lo que deseaba.

El estado, cada vez más grave, de su señor le producía ciertas dudas al adoptar la decisiva resolución; pero pudo más en ella, el deseo de hacer la felicidad de los dos amantes, y aprovechando la visita del médico, que, como de costumbre, hizo concebir al enfermo lisonjeras esperanzas, que él después contradecía con tristes movimientos de cabeza, salió a la calle.

Comenzaba a obscurecer, y las calles de París estaban envueltas en esa confusa penumbra que reina en los instantes que muere el día, y los encargados del alumbrado público se retrasaban en encender los faroles.

Tomasa emprendió su marcha a paso rápido, y al ir a desembocar en la plaza de San Sulpicio tropezó con un hombre que venía en opuesta dirección.

La criada experimentó la misma impresión que si se viese en presencia de un aparecido.

—Señor conde—exclamó, por fin, con voz emocionada y temblorosa—. ¿Es usted mismo? ¿Cómo se encuentra libre?

Efectivamente, aquel hombre era Baselga, que se dirigía a colocarse en la esquina de la calle Ferou para espiar la casa de Avellaneda, con la esperanza de encontrar a la criada y saber de María.

Tomasa experimentaba una alegría inmensa por el encuentro y oyó con la mayor atención el relato de cuanto le había ocurrido al conde.

Apenas éste se vió encerrado en Mazas, envió una carta a uno de sus amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el cual en pocas horas había conseguido anular la detención y librarle de ser conducido a la frontera, logrando que el embajador español declarase que había sido víctima de una equivocación al pedir que fuese expulsado el conde de Baselga.

Una hora antes había sido puesto en libertad, y, después de subir a su casa con un agente de Policía, que le devolvió todos los papeles y objetos ocupados en el registro, se apresuró a ir a la calle de Ferou, en cuya esquina le ocurrió el casual encuentro con Tomasa.

Cuando ésta le relató lo que había ocurrido en su casa desde la última vez que se avistó con él, Baselga mostróse indignado y desahogó su cólera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el señor García.

Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto sabían, reinó un largo silencio, que al fin interrumpió Baselga:

—¿Y qué piensa hacer tu señor?

—Don Ricardo está indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido robarle la hija para apoderarse de sus millones.

—Esto no impedirá que siga odiándome.

—¡Quién sabe! Hace poco, cuando hablé de usted para relatar su prisión, no manifestó tanto enfado como en otras ocasiones. La mala acción del señor García ha modificado bastante sus ideas.

—¿Está ahora solo don Ricardo?

—Sí: hace poco rato fué el médico y en cuanto a ese pícaro devoto, no ha vuelto desde esta mañana, en que fué a acompañar a la señorita al convento. ¡Ah! ¡Qué alegría la mía cuando vea la cara de condenado que pondrá ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la señorita vuelve a estar entre nosotros!

El conde había adoptado una resolución. Deseaba tener una entrevista con don Ricardo, repetirle otra vez sus pretensiones amorosas y darle a entender el verdadero móvil de aquella sorda conspiración que se cebaba en todos ellos.

Sabía bien Baselga a lo que se exponía relatando a Avellaneda los secretos de la Compañía, y poniendo en su conocimiento las artes de que ésta iba valiéndose para apoderarse de los millones de su hija; pero en la situación en qué se encontraba estaba dispuesto a todo y no vacilaba en arrostrar las iras del jesuitismo.

Este le había declarado la guerra con aquella prisión, que era obra del padre Fabián, y le acababa de robar la mujer amada; no era, pues, el instante propicio para contemplaciones, y para salvarse y realizar sus aspiraciones amorosas, necesariamente había de torcer la voluntad del moribundo, diciéndole toda la verdad.

Tomasa no encontró mala la idea de la entrevista, y volvió a casa seguida del conde, al que dejó en el comedor, entrando inmediatamente en la habitación del enfermo.

Había que preparar a don Ricardo y evitarle la impresión demasiado fuerte que le produciría la inmediata presentación del conde.

Cuando un cuarto de hora después Baselga entró en la alcoba del enfermo, notó que éste le recibía mejor de lo que esperaba. En su rostro desencajado veíase una expresión de bondad que tranquilizó al conde.

Tomasa valiéndose del ascendiente que tenía sobre su amo, le había sermoneado bastante, y éste, por su parte reflexionó lo suficiente para que algunas de sus antiguas preocupaciones fuesen desvaneciéndose.

¿Por qué se había él opuesto a aquellos amores? Unicamente por los terribles celos que le producía el pensar que un hombre le privase de la presencia de su hija; pero desde que el señor García había intentado robarle a María para siempre, Avellaneda comenzaba a mirar a Baselga con más simpatía. Al fin, éste buscaba a su hija para hacerla su esposa feliz, mientras que el viejo devoto, con sus ocultos auxiliares, querían arrebatársela para robarla sus millones y hacerla morir de tristeza en el fondo de un convento.

Además, la persecución de que era objeto Baselga a causa de sus amores, despertaba forzosamente en el ánimo del viejo una especie de agradecimiento al hombre que tales desgracias sufría por el cariño que profesaba a su hija.

Aquellas horas pasadas sin la presencia de María y que resultaban tristes y monótonas para el padre, hacían más agradable la presencia del emigrado, pues el anciano experimentaba junto a él una impresión parecida a la que siente el amante al rozarse con los seres que viven en intimidad con la mujer amada. Hasta le parecía al buen don Ricardo que en el conde había alero del perfume virginal de María.

La conferencia fué tan afectuosa como lo permitían las dolencias del enfermo, que de vez en cuando le arrancaban quejidos de dolor.

Baselga lo contó todo. Sus conferencias con el padre Fabián, la oposición que la Compañía de Jesús había hecho a su matrimonio y el deseo de que María fuese a morir en un convento y, por fin, el afán que sentía el jesuitismo por apoderarse de los millones de María.

Cuando Avellaneda supo que su amigo García era un jesuíta que durante tantos años había permanecido en el seno de su familia, siendo considerado como un individuo de ella, y pagando tanto cariño con un continuo espionaje y la preparación lenta, pero secura, del robo de la fortuna de su hija, sintió miedo e indignación a un tiempo.

Entonces las ideas del pasado se agolparon rápidamente en el cerebro de Avellaneda, y profirió terribles palabras contra aquellas sabandijas de la religión, que durante siglos enteros trabajaban por apoderarse de toda la autoridad y toda la riqueza de la tierra.

Don Ricardo comenzó a sentir cierta compasiva simpatía hacia aquel hombre que tanto cariño demostraba y que tan francamente exponía sus ideas.

Cuando Baselga volvió a manifestar su pretensión de ser esposo de María, Avellaneda le interrumpió con acento bondadoso:

—No siga usted adelante. Se casará usted con mi hija. Yo, a pesar de cuanto dice el módico, conozco mi situación y comprendo que esto se va. No quiero morir dejando a mi hija desamparada y bajo las garras de esos jesuítas que buscan sus millones. Será usted el marido de María, y ojalá que sea pronto, pues conozco que mi vida no da mucho de sí.

Baselga estrechó con efusión la descarnada mano del enfermo, y Tomasa, que siguiendo una antigua costumbre escuchaba la conversación tras el cortinaje de la puerta, creyó del caso entrar para demostrar al señor su agradecimiento con algunas lágrimas.

En aquel instante el ruido de un carruaje en marcha, que conmovía el adoquinado de la calle, cesó frente a la casa, y momentos después sonó la campanilla de la escalera con nerviosa y prolongada vibración.

Tomasa se estremeció, y dejándose llevar de un irreflexivo instinto, gritó palmoteando de alegría:

—¡La señorita! ¡Es la señorita!

XVIII

La felicidad de Baselga.

María era la que llegaba.

Entró con timidez y casi temblando, como arrepentida de la locura que había cometido en un momento de alucinación mística, abandonando a su padre, cuyo estado fatal conocía; pero su turbación aún aumentó más al ver a Baselga de pie junto al lecho del enfermo.

¿Cómo era aquello? ¿Qué hacía allí su amante? La joven, al ver al hombre amado, sintió que renacía en su pecho la amortiguada pasión, y se felicitó de que la Policía hubiese ido a sacarla de aquel convento, en el cual desde por la mañana la perseguía el recuerdo de su padre moribundo y casi abandonado.

El jefe de Policía, siempre seguido de su fiel can-secretario, estaba en el dintel contemplando la escena y gozando con la alegría que le producía al enfermo la devolución de su hija. Escenas tan tiernas como aquéllas eran las únicas satisfacciones eme le proporcionaba su oficio.

Llegó el momento de las explicaciones:

—Señor Avellaneda—dijo el comisario—, mi misión está cumplida. Le devuelvo a usted su hija y me retiro ya, si es que nada más tiene que pedirme.

El digno funcionario miró a María y a su padre con tal expresión, que la joven venció su timidez v gimiendo se arrojó sobre el lecho del enfermo, estrechando entre sus brazos la cadavérica cabeza de don Ricardo.

Este sollozaba de felicidad al sentir el contacto de aquel ser querido, y todos los que presenciaban la escena sentíanse conmovidos, a excepción del secretario del jefe de Policía, que presenciaba aquel acto con la indiferente frialdad de un autómata.

—Todo está bien—dijo el comisario con aire satisfecho—, y ahora con el permiso de ustedes me retiro, si es que no tienen que pedirme otro servicio.

Don Ricardo hizo con la mano una señal para, que el funcionario se acercara a su lecho, y allí fué a situarse aquél, seguido siempre de su apéndice el secretario.

Los dos amantes y la sirvienta comprendieron que su presencia podía ser molesta y se retiraron al fondo de la habitación, junto a la ventana, quedando envueltos en la penumbra que formaba la llama de una pequeña lampara batallando con las densas sombras, a las que sólo podía expulsar de un reducido espacio.

Avellaneda contó al comisario todo cuanto acababa de saber por boca de Baselga. Los jesuítas conspiraban contra la libertad de su hija para apoderarse de sus millones y era preciso ponerla a salvo de tales asechanzas. Convenía, pues, casarla cuanto antes con el conde de Baselga, que la amaba: pero este acto no podía verificarse inmediatamente y él se sentía próximo a morir, inquietándole mucho la idea de que su hija iba a quedar sin el apoyo de un marido, por lo cual solicitaba el consejo del comisario.

Este escuchaba con gran atención desde que oyó que los jesuítas estaban mezclados en el asunto.

La monarquía de Luis Felipe, como nacida de una revolución, era muy poco afecta a la Compañía de Jesús y, además, la Prensa republicana hacía una continua campaña contra, la Orden, a la cual, no sin fundamento, atribuía la mayor parte de los males que afligían al país.

Estaba, pues, interesado el comisario, como agente del Gobierno, en combatir a aquella tenebrosa asociación que penetraba en todos los hogares y buscaba apoderarse de todas las fortunas, y de aquí que prometiese a Avellaneda prestarle toda su ayuda.

El enfermo, ante esta promesa, comenzó por pedirle le indicase qué es lo que podía hacer para asegurar la suerte de María mientras llegaba el momento de casarse.

—Lo único que puede hacerse en esta ocasión—contestó el comisario—es que conste de un modo formal que usted da su consentimiento para que la señorita contraiga inmediatamente matrimonio. Si por desgracia muere usted, yo quedaré encargado de activar el matrimonio y de impedir que esos negros enemigos de su tranquilidad intenten algo contra su hija. Mi deber, como funcionario, consiste en oponerme a las tramas del jesuitismo, al que usted no debe temer estando en Francia. La Compañía podrá tener gran poder en España, pero aquí nuestro Gobierno le tiene declarada la guerra, y crea usted que tendría un verdadero placer en que la policía tuviese que entender con alguno de sus individuos.

Avellaneda admitió el consejo del comisario, y éste despachó a su amanuense para que fuese en busca de un notario que vivía en el mismo distrito.

Transcurrieron algunos minutos sin eme nada viniera a turbar la calma que reinaba en aquella habitación.

Los dos amantes, de pie junto a la ventana, y velados por la sombra, se entregaban a una conversación sin fin, y, con ese egoísmo propio de enamorados, forjábanse los más hermosos ensueños, sin acordarse de que a pocos pasos de ellos se encontraba don Ricardo amenazado de muerte; Tomasa, sentada cerca de la pareja, los contemplaba con cariño, y de vez en cuando acudía al cuidado del enfermo: éste gemía dolorosamente y el comisario estaba inmóvil en su silla, con ademán distraído y como repasando en su memoria los asuntos que le ocuparían al día siguiente.

En esta situación se encontraban los cinco, cuando sonó la campanilla de la escalera.

—¡El notario! ¡Ya está ahí el notario!—dijo María, con alegría infantil.

—¿El notario?—murmuró el policía—. No sé; pero me parece demasiado pronto.

Sonaron pasos en la habitación vecina, y un hombre entró sin que la densa sombra le permitiera ser reconocido.

Cuando llegó al espacio iluminado, todos, a excepción del comisario, profirieron en una exclamación.

Era el señor García.

Este, por su parte, no se manifestó menos asombrado. Miró al comisario y palideció algo al fijarse en su fajín, signo de autoridad; pero cuando su mirada, profundizando en las sombras, adivinó, a pesar de su miopía, a Baselga y su amada, de pie junto a la ventana, perdió aquella serenidad que le caracterizaba y quedó estupefacto.

Con la rapidez del rayo pasó por su cerebro un torbellino de asombrados pensamientos. Ni remotamente podía habérsele ocurrido al entrar en aquella casa, que iba a encontrar a María, a la que había dejado en el convento algunas horas antes. ¿Cómo era aquéllo? ¿Cómo habían accedido las buenas madres del convento de Santa Isabel a soltar la rica presa que él les había entregado en nombre de la Compañía?

El asombro le quitaba aquella cínica audacia de jesuíta, que era su principal arma, y experimentaba una turbación sin límites.

La voz débil de Avellaneda le sacó de su asombro.

—Adelante, canalla—le gritó el enfermo—. Pasa adelante, y sufre al ver que la maldad no ha triunfado y que todas las tramas acaban de ser desbaratadas. ¡Ah, miserable! ¡Qué sería de ti si yo pudiese saltar de este lecho!

Esta exclamación de Avellaneda fué acompañada del choque que produjo un vaso al estrellarse en el pavimento, a los mismos pies del jesuíta. El enfermo, con mano débil, le había arrojado a la cabeza un vaso de medicamentos que tenía sobre la mesa de noche.

Aquella agresión, último arranque del carácter de Avellaneda, tímido en la juventud y atrabiliario en la vejez, sacó a Baselga de la estupefacción en que estaba.

Acordóse de lo mucho que María y él habían sufrido por culpa de aquel repugnante viejo sintióse dominado por su terrible cólera, y avanzó precipitadamente y con la diestra levantada sobre el señor García.

Este no esperó la agresión. Sabía bien de lo que era capaz aquel coloso, y con movimiento instintivo corrió hacia la puerta, no tan pronto que se librara de un puntapié que le hizo apresurar su marcha.

El conde quiso ir aún en su seguimiento, pero el comisario, a quien tal escena había sacado de su impasibilidad, cerró el paso a aquél, y gracias a este auxilio, el jesuíta pudo salir de la casa sin otro detrimento que el dolor que sentía más abajo de la espalda, a causa de la furiosa patada de Baselga.

Volvió a establecerse la calma en aquella habitación, pero el enfermo no recobró el estado de relativa tranquilidad que antes tenía.

La ruda impresión que había experimentado con la presencia del señor García, le produjo una agitación nerviosa que anunciaba la próxima aparición del delirio.

Todos temían que éste sobreviniese antes de la llegada del notario, y contaban los minutos ansiosamente examinando el estado del enfermo.

Por fin, llegó el depositario de la república, y todavía hubo tiempo para que don Ricardo, con sano juicio, pudiese manifestar su voluntad de que María se casase con Baselga, nombrando tutor de la joven al comisario de Policía, que se prestó a ello.

Después, mientras que el notario dictaba a su escribiente, cumpliendo las formalidades de la ley, el enfermo entraba en un furioso delirio, interrumpido por alaridos de dolor.

El médico, que llegó poco después, limitóse a mover la cabeza con expresión fúnebre, y dijo que allí nada le quedaba qué hacer.

A las dos de la mañana don Ricardo Avellaneda exhaló el último suspiro.

María y su amante presenciaron su agonía, y hasta muy entrado el día estuvieron velando el cadáver.

Era la primera noche que pasaban completamente juntos los dos amantes.

La felicidad se mostraba a Baselga bajo una forma fúnebre.

XIX

El fin de un jesuíta.

Eran las once de la noche, y desde las ocho que el señor García, sentado en un sillón del despacho del padre Fabián, esperaba pacientemente la llegada de éste.

El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.

La derrota que acababa de sufrir, aquel rápido desmoronamiento de la obra construída a costa de largos años y de inagotable paciencia, le producía una cólera sorda que se traslucía con gruñidos sordos y nerviosos estremecimientos.

La catástrofe le había sorprendido en los momentos en que más victorioso se creía y esto aumentaba aún más su pesadumbre.

Lo que más le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabián al saber todo lo ocurrido.

Conocía muy bien a su superior y adivinaba cuán terrible iba a ser la explosión de su cólera.

Poseído de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuíta, pero al mismo tiempo temblaba siempre que algún ruido exterior le hacía creer en la proximidad del padre Fabián.

Cuando cerca ya de media noche sonó un gran estrépito en la habitación cercana al despacho y se oyó la voz colérica del padre Fabián riñendo con destempladas palabras a uno de sus fámulos, el viejo púsose en pie, y bajando la cabeza con expresión humilde, aguardó temblando.

Entró el jesuíta con precipitado paso abarcó con una terrible mirada la encorvada figura de su agente, y después arrojó sobre un sofá su sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.

El silencio que reinó durante algunos minutos producía más impresión en el viejo que los más furiosos insultos. El señor García comprendía que aquel silencio anunciaba para él algo más terrible que un tropel de iracundas acusaciones.

El padre Fabián dió varios paseos a lo largo de la habitación con el rostro congestionado y respirando con cierta dificultad, y, por fin, tomó asiento frente al viejo, que seguía de pie en actitud humilde.

—¿Desde cuándo estáis aquí?

—Desde las ocho, reverendo padre.

El jesuíta volvió a quedar silencioso y el señor García creyó que debía aprovechar la pausa para darle cuenta de lo ocurrido.

—Reverendo padre, tengo que manifestaros que...

—No sigáis. Estoy enterado perfectamente de cuanto ha ocurrido en casa de Avellaneda. Sois un miserable, un canalla, un imbécil, pues con vuestro torpeza no sólo habéis impedido que adquiriese quince millones la Compañía, sino que la acabáis de poner en peligro.

El señor García no intentó defenderse y sufrió impávido ludas las injurias de su superior.

—A no ser por mí, que he sabido a tiempo, antes que vos mismo lo ocurrido en casa de Avellaneda y la intervención que la policía tomaba en el asunto, a estas horas el suceso sería publico y mañana esa maldita prensa liberal relataría en todos los tonos que los jesuítas habían arrebatado a una joven del hogar paterno para encerrarla en uní convento y apoderarse de sus millones. Gracias a mi actividad y a las grandes relaciones de la Orden, se ha podido echar tierra al asunto, evitar a nuestros eternos enemigos la satisfacción que les hubiese producido el resultado de vuestra torpeza.

El viejo seguía confuso y cariacontecido, oyendo la filípica de su superior.

—¿Esta es la portentosa habilidad que poseéis para arreglar los negocios que se os encomiendan?

—Reverendo padre, os juro que yo no soy culpable. He llevado el negocio tan bien como he podido y, a no ser por la fatalidad que se ha cruzado en mi marcha...

—¿Habláis de la fatalidad?—le interrumpió furioso el jesuíta—. ¿Qué tiene que ver la fatalidad con esto? Vuestra torpeza es la culpable y nadie más.

—Yo no puedo explicarme, reverendo padre, el mal éxito de esta operación. Cuando todo estaba ya seguro: la niña en el convento y el novio en la cárcel, llego a la casa y me veo a los dos amantes en amorosa plática y a un comisario de Policía junto al lecho. Esto, por lo repentino e inesperado, parece obra del diablo. Dígame vuestra reverencia, que como de costumbre estará mejor enterado, quién ha deshecho tan rápidamente toda mi obra. Tengo un deseo rabioso de saberlo, y horas enteras he permanecido aquí buscando en mi imaginación al verdadero autor de tal prodigio.

—¡Ah, repugnante imbécil! ¡De qué os sirve tener ojos si no veis a los que están a vuestro lado y por qué pasáis por listo si no conocéis a las personas que os rodean! La criada del señor Avellaneda, esa mujer ruda y zafia, según mis informes, es la que se ha burlado de la Orden deshaciendo toda la trama.

—¿Ha sido Tomasa? No puedo creerlo, reverendo padre.

—Siempre, seréis un necio confiado. Ya sabéis que dentro de la casa tenemos muy buenos espías cuyos informes no mienten. Esa Tomasa ha sido, y vos, obrando como un hombre hábil y como buen miembro de la Orden, debíais haber comenzado por haceros dueño absoluto de su voluntad.

—Lo era, reverendo padre. Tomasa me quería y nacía caso de todos mis consejos.

—Vuestra fatuidad os hacia creer que erais dueño de una voluntad, sobre la que no tenéis ningún ascendiente. En la Compañía ya sabéis que nadie se considera dueño de otro hasta que ha anulado su voluntad de modo que puede convertirlo en un cadáver automático.

El señor García quedó anonadado por tal lección, pero con el afán de congraciarse con su superior, dijo con acento de confianza:

—Todavía no se ha perdido todo, pues aun vive la hija de Avellaneda, y de la voluntad de ésta si que soy dueño absoluto. Ved si no con qué facilidad la conduje al convento.

—Es tarde ya. Ahora nada podéis, pues la proximidad de su amante ha disipado sus aficiones a la vida monástica.

—Aun puede hacerse algo. Quitemos de en medio a Baselga. Métalo vuestra paternidad otra vez en la cárcel.

—No puede ser. El conde tiene amigos que le protegen y su inocencia ha quedado en claro, y otra queja por conspirador no surtiría ningún efecto.

—Pues entonces—dijo el vejete levantando audazmente la cabeza y sonriendo con expresión satánica—, anulémoslo. Ya sabe vuestra paternidad que no nos faltan medios para librarnos de un hombre.

—Eso en esta ocasión sería la mayor de las imbecilidades. La autoridad está advertida; gracias a vuestra torpeza, conoce el interés que nos impulsa en nuestras relaciones con la señorita Avellaneda, y la menor desgracia que ocurriera al conde de Baselga haría caer sobre nuestra cabeza una tremenda responsabilidad.

El señor García reconoció la verdad de tales observaciones y murmuró con desaliento:

—Es verdad. Forzosamente hay que respetar a ese conde, que va a hacerse dueño de una fortuna que era ya nuestra.

—Pronto será esposo de esa joven. Según los informes que acabo de recibir, Avellaneda está ya en la agonía, pero antes ha dado de un modo solemne, y ante notario, su consentimiento para que María contraiga matrimonio con Baselga lo antes posible.

Esta noticia no sorprendía al vejete, pero le producía una diabólica irritación. ¡Oh, rabia! Ver cómo aquel conde hambriento se hacía dueño de los quince millones que él consideraba ya como de la Compañía, y no poder evitar aquello que él tenía como un escandaloso robo.

Su derrota era completa, y el mísero agente de la Compañía comprendía que ésta tenía motivo sobrado para castigarle cruelmente. El, en lugar del padre Fabián, se hubiera ensañado con el ejecutor torpe que comprometía a la Orden y perdía una cantidad enorme cuando ya la conceptuaba segura.

Pero a pesar de este convencimiento, el señor García, instintivamente, buscó el mejor medio de excusarse, y dijo con humildad:

—Reconozco, reverendo padre, que he sido un miserable y que merezco ser castigado; pero no me negaréis que mi plan estaba bien urdido y que su ruina sólo ha sido motivada por esa Tomasa, que equivale a un pequeño detalle descuidado.

—En los trabajos que lleva a cabo un buen jesuíta no hay detalle grande ni pequeño que merezca ser mirado con desprecio. Hicisteis caso omiso de esa sirvienta; creisteis, en vuestra estúpida confianza, que no merecía ninguna atención, y por ahí ha venido la muerte del negocio.

—Reverendo padre, yo era dueño de la voluntad de María, y creía, con sobrado fundamento, que esto resultaba suficiente.

—Pues creíais mal. No basta apoderarse de una persona; es preciso hacer el vacío a su alrededor, impidiéndola todo contacto con seres que puedan oponerse a nuestra voluntad. No estando seguro de la adhesión incondicional de esa doméstica, debíais haber buscado un medio para anularla, sacándola de la esfera donde podía hacernos daño.

—¿Y el medio, reverendo padre? ¿Dónde encontrarlo?

—En cualquier pretexto. Veo que sois aún más torpe de lo que yo creía. Cualquier medio era bueno para llegar a nuestro fin. No era necesario que por medio de hábiles murmuraciones lograseis que riñese con su señor y abandonase la casa, pues bastaba con que, por ejemplo, la hubieseis hecho pasar por loca. Ya sabéis que a nuestro lado tenemos médicos hábiles, capaces de certificar la locura del ser más cuerdo y meterlo en un manicomio. Esto es lo que yo hubiese hecho, a no ser por vuestra estúpida confianza, que me aseguraba la fidelidad de esa criada.

El señor García quedó anonadado por esta lección de su maestro, y permaneció silencioso, mientras que el padre Fabián le contemplaba con ojos de furor.

—Bien comprenderéis—continuó el superior—que después de este fracaso que ha comprometido gravemente nuestro prestigio, la Compañía, no puede permanecer indiferente ni dejar de castigar al agente inepto, indigno, por mil conceptos, de seguir figurando en un santo ejército que marcha a la conquista del mundo. Sois un soldado cobarde, y Jesús, nuestro general, no os puede perdonar. ¿Lo creéis así?

—Sí, reverendo padre.

—¿No os parecerá muy terrible nuestro castigo?

—No. He faltado, y comprendo que la disciplina de la Orden, en la que se basan todos nuestros triunfos, no podría subsistir si se tratara con dulzura a los que delinquen. Castigad con dureza, reverendo padre; yo, en vuestro lugar, haría lo mismo.

—Muy bien. Celebro que habléis de un modo tan razonable. Ved vuestro castigo: desde este instante dejáis de pertenecer a la Compañía de Jesús. Todos vuestros votos quedan anulados, y la Orden no se acordará ya más de que os tuvo en su seno.

El señor García experimentó la misma impresión que si el techo hubiese caído sobre su cabeza.

El esperaba ser sentenciado a terribles castigos personales, y se proponía sufrirlos con calma; aguardaba humillaciones sin cuento y ser despojado de aquella agradable consideración que gozaba en la Orden; pero ser arrojado de ésta, perder su calidad de miembro de la Compañía de Jesús, era un castigo terrible que nunca había imaginado llegase a merecer.

Para el hombre que desde su juventud pertenecía a la misteriosa y gigantesca Institución y la amaba hasta el punto de identificarse con ella considerándola su única familia, verse forzado a abandonarla era el peor de los tormentos.

Sin su calidad de jesuíta el señor García era un pobre diablo, un nadie, incapaz de merecer el menor respeto, mientras que unido a la Compañía sentía orgullo al considerarse una ruedecilla de la gran máquina que batía en brecha al progreso, un menudo tentáculo de la gigantesca araña negra que se proponía abarcar todo el mundo entre sus patas.

Además, dedicado toda su vida a los negocios de la Compañía, no había tenido motivo de aprender una profesión con que ganarse la subsistencia; y ahora, a la vejez, cuando estaba inútil para el trabajo y carecía de dinero, pues la Compañía había atendido hasta entonces a todas sus necesidades, ésta lo arrojaba para que muriera en medio de la calle roído por el hambre y los remordimientos.

El señor García temblaba como un reo a quien acaban de leer la sentencia de muerte. La humillación que le causaba el perder su importancia de societario de Jesús y el miedo que le producía un porvenir de miserias sin cuenta, le conmovían profundamente, desvaneciendo aquella audacia que hasta poco antes le caracterizaba.

No era posible que él pudiese resistir tan cruel golpe, y por esto cayó de rodillas a los pies de su superior derramando lágrimas como un niño.

—Reverendo padre—gimió—, yo no puedo resistir un castigo tan terrible. Mandadme que me mate y os obedeceré; sentenciadme a las más terribles penas, hacedme sufrir las mayores humillaciones y que sea el último criado de vuestros fámulos; todo lo arrostraré pacientemente, pero no me arrojéis de la Orden, que es para mí más que mi propia madre. ¡Compasión, reverendo padre, compasión para este desgraciado!

Y el miserable viejo abrazaba las piernas de su superior con ademán desesperado, bañando su sotana con lágrimas.

El padre Fabián permanecía insensible y hacía esfuerzos por repeler al suplicante viejo.

—Inútil es cuanto digáis—dijo el jesuíta—, pues la Compañía piensa bien las cosas antes de decidirse, y está resuelta a sostener el castigo que os impone. Hemos terminado, pues, y debéis, por tanto, daros por arrojado de la Orden.

El señor García, siempre arrodillado, pugnó por abrazar las piernas que se le escapaban, y conteniendo sus sollozos, fué a hablar; pero en el mismo instante recibió en el rostro un vigoroso puntapié del padre Fabián, que le hizo caer al suelo.

Era un arranque característico del jesuíta, que había sido antes soldado.

El reverendo padre estaba furioso.

—Señor García—dijo con una frialdad terrible—; me estáis molestando con esa mojiganga insubstancial. La Compañía no os quiere ya y os envía a que acabéis vuestra vida en el arroyo, como un perro viejo y sarnoso. Salid al momento, si no queréis que a patadas os ponga en la puerta.

El viejo se levantó penosamente del suelo, limpiándose la sangre que corría por su rostro a causa del golpe recibido.

Sabia perfectamente que aquel gigante con sotana era capaz de todo.

Con paso lento se dirigió a la puerta, y todavía al llegar a ésta volvióse coja ademán suplicante.

—¡Salid—gritó el superior—, y olvidaos para siempre de mí! Yo, por mi parte, me guardaré en adelante de salir responsable ante el general de Roma de imbéciles como vos.

El viejo salió del despacho.

¡Arrojado de la Compañía! ¡Abandonado para siempre! No; él no podía sobrevivir a tan gran desgracia.

Ya buscaría el medio de librarse de tal humillación antes que la miseria lo atormentase.

Había sido vencido, pero sabría caer con grandeza.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En la madrugada del día siguiente los guardias municipales situados en las inmediaciones del puente de las Artes, vieron caer un hombre en el Sena, reaparecer por dos veces sobre las negruzcas aguas y hundirse, por fin, definitivamente.

A las diez de la mañana los dependientes del Municipio, con la habilidad propia de los que diariamente tenían que entender en sucesos iguales, habían pescado el cadáver; a los pocos minutos era expuesto éste, sucio e hinchado, en el depósito de la Morgue, y antes del mediodía constaba en el registro de la Policía que en la noche anterior, y a juzgar por los documentos que se habían encontrado sobre el interfecto, se había suicidado, arrojándose al Sena, un español, de edad avanzaba, llamado José García y domiciliado en la calle de las Santos Padres.

Suceso fué este que no llegó a preocupar a media docena de parisienses, ni mereció de los periódicos otra cosa que una noticia de dos lineas.

La Compañía de Jesús se había librado de un inválido que le estorbaba.

FIN DEL TOMO SEGUNDO

Los errores corregidos por el transcriptor:

tan proto golpeaba=> tan pronto golpeaba {pg 22}

en en los primeros momentos=> en los primeros momentos {pg 33}

comunicaciones diridas=> comunicaciones dirigidas {pg 37}

algunos instante=> algunos instantes {pg 63}

ls necesidades=> las necesidades {pg 91}

ocsas muy graves=> cosas muy graves {pg 139}

aquellas circuntsancias=> aquellas circunstancias {pg 142}

el deseo=> el deeso {pg 148}

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