UNA PARISIENSE (continued 2)
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El señor de Maurescamp añadió: que tenía por sistema terminar tal clase de negocios lo más pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobre todo, la intervención tan terrible de las señoras. Rogó, por consiguiente, a aquellos señores que fuesen inmediatamente a verse con el señor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.
El señor de Monthélin manifestó que su duelo con de Lerne le inhibía de aceptar la misión que quería confiársele. En consecuencia, el señor de Maurescamp pensó en otro de sus amigos, el señor de la Jardye, igualmente miembro del Círculo, y a quien Hermany fue a buscar en una sala contigua. El señor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones que le permitían darse importancia. Trató, sin empeño alguno, únicamente por la forma, de hacer oír algunas palabras conciliadoras; pero había sido de los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acabó por declarar, que puesto que le tomaban su parecer, su opinión era que en aquella ocasión habían pasado al señor de Maurescamp cosas muy difíciles de tragar, y por consiguiente, estaba a las órdenes del señor de Maurescamp.
Mientras tanto, el señor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse la fiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, según su costumbre, y a las diez entró en su casa. Encontrose con las tarjetas de la Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritas con lápiz:
«Venidos por asuntos personales del barón de Maurescamp.—Tendrán el honor de volver a las diez y media.»
No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunque ignoraba las infames palabras de Diana después de su partida, no había escapádosele la irritación de Maurescamp durante el almuerzo, y diose cuenta inmediatamente de la verdad de la situación. Maurescamp aprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacer su odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.
Nada tenía que decir a esto. Escribió a sus amigos Julio de Rambert y Juan de Evelyn, inglés este último; hizo llevar las cartas inmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos después de haber recibido a Jardye y Hermany.
Dejó solos a los cuatro testigos y permaneció a su disposición en la pieza contigua.
El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos los interesados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es el verdadero, y que por común acuerdo todos saben que no puede ser discutido ni contestado. A los agravios alegados por los señores de Jardye y Hermany en nombre del barón, los señores Rambert y Evelyn contestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios, pero puesto que el señor de Maurescamp se consideraba ofendido, el señor de Lerne, no podía dejar de inclinarse ante su apreciación. Los señores de Maurescamp y de Lerne, deseaban, a más de eso, que el asunto terminase lo más pronto posible, para evitar la publicidad.
En cuanto a la elección de las armas, los testigos del señor de Lerne no estuvieron menos conformes. Jacobo les había confiado bajo el sello del secreto algo muy delicado. En principio habíales dicho: «Acepto la espada, lo acepto todo; pero vosotros sabéis que fui herido en el brazo derecho, cuando mi duelo con Monthélin; a consecuencia de esta herida, tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vez depende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no me moleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque es visible. Me ven tocios los días tocar el piano con mano firme, y podrían creer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp, que tira muy bien. Pero si podéis obtener la pistola, por medio de algún argumento honorable, sería muy conveniente para mí.»
Esforzáronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos de Maurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor y ofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. La provocación dirigida por Maurescamp al señor de Lerne, a causa de un incidente cuya futilidad no podía desconocerse, ¿no tenía en sí un carácter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresión? Parecíales entonces justo y conveniente que la elección de las armas recayese en aquel que había sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lo menos que la elección se librase al azar. Los señores de la Jardye y Hermany contestaron con fría urbanidad, que no podía cuestionarse seriamente aquella transposición de papeles, en tan desgraciado asunto, y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente a su calidad de ofendido, equivalía por parte del señor de Lerne a una acusación de reparación, que no podía de ninguna manera entrar en sus intenciones. Los señores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistir más.
Discutiose mucho después sobre si los testigos del señor de Lerne obraban bien o mal.
Unos pretendían que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera que fuese, no podían permitir el combate, en condiciones evidentemente desiguales: otros, más competentes, según parece, tienen como primer deber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, que les confía, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.
Fue, pues, convenido que el combate sería a espada y que a la mañana siguiente se encontrarían a las tres de la tarde, en Soignies, sobre la frontera belga.
Jacobo oyó sin emoción aparente el resultado de la conferencia; agradeció a aquellos señores sus buenas intenciones y sus esfuerzos; díjoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y dioles cita para la mañana siguiente a las siete en la estación del Norte.
Así que se quedó solo, tomó un aire serio justificado por las circunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, pero excesivo, no había querido confesar ni aun a sus amigos el verdadero estado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, y sobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo un malestar y un entorpecimiento que debían dar una gran ventaja a un tirador tan consumado como el señor de Maurescamp. El señor de Lerne pensó en esta circunstancia, con entereza, pero, aunque no se sintiese intimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dejó de conocer, que iba, sin embargo, a afrontar un gran peligro.
Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasaba aquel día en el campo, amábala, aunque había sufrido mucho por ella; y considerose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de su presencia. Pero faltábale pasar aquella misma noche por otra prueba tan dolorosa, o tal vez mayor que aquélla. La señora de Hermany daba un gran baile, y hacía mucho que habían convenido entre él y Juana encontrarse en él. Esa misma mañana habíanse renovado la promesa en el bosque.
Por más de una razón vio de Lerne que no podía dejar de ir al baile. Creía que su ausencia inquietaría a Juana si por acaso hubiesen llegado a sus oídos los rumores de duelo; su presencia y actitud la tranquilizarían. Pero, ante todo, parecíale que el buen nombre de su amiga le imponía aquel sacrificio heroico, y, a más, el señor de Maurescamp había tomado a su querida y no a su mujer como pretexto. Creyó, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, y desconcertar al público, era mostrarse esa noche con la señora de Maurescamp en los mismos términos de siempre. Aunque haciendo un gran esfuerzo, hízolo como un deber de delicadeza.
X
Escribió dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las once apareció risueño en el hotel de Hermany.
El dueño de casa, testigo de su adversario, abrió tamaños ojos a la aparición de aquel convidado inesperado; pero repúsose pronto y recibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo después, que aquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estómago de privilegio. La rubia señora de Hermany, más bella, más misteriosa y más perversa que nunca, vio que el señor de Lerne buscaba a alguien en la multitud y, mirándole fijamente, le dijo breveniente: «Segunda puerta ala izquierda. En el invernáculo, bajo del tercer palmero a la derecha, y decid después que no soy buena...»
Jacobo saludó gravemente, y siguió la indicación. Penetrábase al invernáculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por la orquesta. El invernáculo era otro gran salón de cúpula, ofreciendo magnífico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos de oro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje, divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandes abanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus pálidas flores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolas blancas de las magnolias. Un ambiente cálido de la zona tropical saturaba el aire, y de vez en cuando oíase salir un murmullo de colmena, que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de la orquesta.
En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallábase Juana de Maurescamp escuchando distraída a tres o cuatro suspirantes de distintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esa sonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, y que los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bastó para tranquilizar a Jacobo y convencerle de que ningún ruido había llegado a los oídos de Juana.
A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que habían girado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimiento mezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniando generalmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente también sentían que había algo que tenían que respetar. Pero antes de quedarse solo con Juana, Jacobo había tenido tiempo de hacerse algunas reflexiones amargas; parado frente a ella, parecíale, tanto le había sorprendido su elegante belleza, que la veía por la primera vez. Llevaba con la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella época, y mostraba fuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazos flexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los de las diosas, hallábanse algo torcidos simplemente en un rodete que caía sobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrás, a causa de su peso, enderezábase un poco rígida en una actitud algo altiva y triunfante. Sentíase bella y gozábase de ello, dejando entrever la blancura de sus dientes, por entre la púrpura de sus labios ligeramente abultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todas las gracias de la inteligencia y de la pasión, sintiose Jacobo animado por un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habíala respetado, echose aquella violencia. ¡Había tenido aquel heroísmo loco! y ¿cuál era su recompensa?
Con la extraña rapidez de percepción que caracteriza a la mujer, creyó Juana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbación del joven; un ligero rubor cubría su frente, hizo girar su abanico y levantando la cabeza con cierta timidez medrosa:
—¿Qué tenéis?—díjole—. ¿Por qué me miráis así?
—¡Estáis tan bella!—contestó Jacobo bajando la voz—. ¡Me hacéis mal!
—Eso pasará—dijo Juana riendo—. Vamos, amigo, nada más al respecto, ¿para qué? ¿volvéis al materialismo?
—Sí, pasablemente en este momento.
—Me entristecéis, ¿sabéis?
—Pero, en fin—dijo sentándose—, al fin no soy un puro espíritu.
—Pues bien, yo lo soy—dijo riéndose como una niña—, y estoy encantada de serlo; a más, es culpa vuestra.
En seguida, con tono serio y penetrado:
—¡Ah!—dijo—, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mío, ¡cuan feliz sería yo también! En esto pensaba antes que llegaseis.
—¿Es usted verdaderamente feliz?—preguntole el joven con voz algo conmovida.
—¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!...—replicó ella con una graciosa efusión—: y por usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mi felicidad; paréceme que es demasiada. Imagínese—prosiguió bajando un poco la voz—: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en paz con el presente y sin ningún temor para el porvenir... porque, gracias a Dios y a usted, amigo mío, podré ver sin terror aparecer la primera arruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares. Estoy segura de que envejeceré sin pena... casi con alegría... Porque, siendo menos joven tendré más libertad, estaré menos sujeta a las conveniencias, más cerca de usted... menos comprometedora, en fin... Así, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Y para eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cómo se han transformado para mí el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseo serlo... Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que ha modificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser... que me hubiese enseñado... ¿cómo lo diré? el origen divino de las cosas, enseñándome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho... de cuanto veo y cuanto siento... Así es que, gozando como nadie en el mundo, mis alegrías son celestiales... Placeres de los ángeles. Todo lo que pasa a mi alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestido de una belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace un momento que paseándome por el bosque miraba los árboles... que pasaban antes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan bella es un árbol, qué sólido es, qué elegante, cuan lleno de vida!...» No hay un solo objeto en la naturaleza, desde la más ligera hierba, que no me cause admiración, y me deje en éxtasis. Estoy segura... ¿no lo cree usted también? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la una material y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra, misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelación de Dios, y la que veo con los ojos que es su obra de usted, amigo mío.
Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la fisonomía de Jacobo había ido tomando una expresión dulce y seria.
—Sí—dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola con una ternura infinita—, sí, debe haber un Dios y una vida mejor... y almas inmortales, puesto que hay un ser como usted...
—¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!—exclamó de pronto.
Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente en extremo pálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante una aparición aterradora. Volviéndose bruscamente apercibió al señor de Maurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernáculo; mirábalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tanta cólera, que el señor de Lerne se levantó inmediatamente temiendo algún acto de violencia.
El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados, luchando evidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo, observado por todos, y bajo la impresión del silencio en que quedó todo el salón, consiguió moderar su impulso, y llegando donde estaba su mujer, díjole con voz ronca y contenida:
—Vuestro hijo está enfermo... Venid.
Juana dio un ligero grito, hízole algunas preguntas precipitadas, pero conociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del niño no era sino un pretexto, siguiole sin añadir una palabra más.
El señor de Maurescamp, después de haber estado un momento en la Opera, había regresado al Círculo, y sabido allí por casualidad la presencia del conde de Lerne en el baile de los Hermany. Sabía que su mujer debía ir a él. Como no tenía ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en su corazón, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que habían dictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alarde de que su mujer era cómplice, e inmediatamente se trasladó al hotel Hermany, sin ningún plan preconcebido, y sólo impulsado por un sentimiento de odio y de enojo que no debía detenerse ante ninguna consideración ni aun ante un escándalo público. Como se ha visto, gracias a una suprema inspiración, no lo fue tanto como se temió, pero sí lo bastante para empañar para siempre, en un minuto, el honor de su mujer y el suyo.
XI
Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva de la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor de Maurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desde que no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y su actitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión. Sentíase atemorizada.
Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujer honesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofe desconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre, permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y el trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se pasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.
Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmente valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la había sumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados inmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera, silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de sus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:
—Perdón—le dijo—; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.
Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de explicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien que fuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba. Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.
Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y, volviéndose hacia el barón y mirándole:
—Y bien, ¿qué es lo que hay?—dijo.
—Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo que hay.
Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.
—Hace mucho tiempo—replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo con la violencia de su lenguaje—; hace mucho que me están ustedes provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso va a concluir.
—Es usted un desgraciado loco—dijo Juana con dulzura—. Yo no tengo amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en duelo al señor de Lerne?
—No hay que provocar, es cosa hecha—contestó con el mismo acento de fanfarronería grosera—; mañana nos batimos.
La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.
Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando las palabras y casi balbuciente:
—Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche... Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.
—El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca—dijo Juana con energía—, al menos como usted lo comprende. Su honor, es usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi amigo.
—¡Se entiende!—replicó Maurescamp en tono de burla—. ¡Vamos, creo que esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la puerta.
Pero Juana, poniéndose delante:
—No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es para una mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado... resistido, pero que al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólo sospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo de injusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por la cabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí, aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más, como si fuese la causa de todo!
—¡Ah! basta—repuso el conde con dureza, procurando desasirse.
Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, con ademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitud resignada del verdugo.
—Ya sabe usted—dijo Juana—, tan bien como yo misma, la historia de nuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío... seguramente por culpa mía... yo no le agradaba... mis gustos no eran los suyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lo rechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural... Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder de retenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace años de eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo, descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos, entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes que no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sin virtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne ha sido para mí...
—¡Un hermano!—interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono de ironía insultante.
—¡Sea!—replicó Juana animándose—, un hermano... si así lo quiere... Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba a tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto al de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana, es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es eso justo y honorable? Diga.
—Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.
—Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndome persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejará de hacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... No quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro, en una situación como la mía... ¿qué quiere que una joven haga de su tiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene sus queridas... déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de que tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantes ocultos.
—Pero, decididamente—exclamó el señor de Maurescamp—, ¿qué es lo que quiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso, ¡esto sería demasiado fuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, y pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?
—Sí—contestó con energía...—eso es lo que le pido. Sin excusas, se entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa, honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche, y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado... ¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.
—Todo esto es muy bello, sin duda—dijo el señor de Maurescamp, enderezándose dentro de su corbata—, pero es puramente novela... ¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!
—¡Ah, mi Dios!—replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...—pues bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece... me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!
Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.
—Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me desespere...
—¡Vamos, ahora es melodrama!—dijo Maurescamp, rechazándola.
—¡Ah, desgraciado!—exclamó la joven levantándose, y enjugando sus ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:
—No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería demasiado decirle, pero usted me condena.
Y soltándole con ímpetu las manos:
—Puede irse—dijo—, ¡adiós!
El señor de Maurescamp salió.
Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón. Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.
—¡La señora de Lerne!
—Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no tiene buen aspecto.
—Hazla entrar.
La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada, todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:
—¡Su marido se bate mañana con mi hijo!
—Lo sé—contestó Juana—; acaba de decírmelo.
—¡Ah!—replicó amargamente la anciana señora—. ¿Acaba de decírselo? ¡Es el acto de un cobarde!
—Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?
—Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.
—¿Y usted sabe, señora—replicó Juana—, que no hay nada malo entre su hijo y yo?
A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:
—Pero, entonces—dijo—, ¿no hay pruebas?
—¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...
—¿Y su marido no ha querido creerla?
—No.
—Entonces, ¿nada hay que esperar?
—¡Nada!
La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda, inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.
—¿Su hijo está en su casa?
—Sí.
—¿Su carruaje está abajo?—insistió Juana—. Pues bien, partamos... iré con usted... quiero verle.
Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus pieles.
La señora de Lerne se levantó indecisa.
—¿Es prudente lo que hace?
—¿Qué cosa peor puede suceder?—dijo Juana con un gesto de suprema indiferencia, induciéndola a salir.
La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí. Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del arma elegida, de la hora y lugar de la cita.
Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de su biblioteca y dar paso a Juana.
—¡Ah, Dios mío!—exclamó—. ¡Usted... es posible!
—Sí, lo sabemos todo, su madre y yo—dijo Juana sofocada—, y he venido, he querido venir... aquí estoy.
—¡Mi madre también!...—murmuró Jacobo—. ¡Ah, qué contrariedad!... ¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se pierde.
—Lo sé—contestó dolorosamente dejándose caer en una silla—, pero he querido verle una vez más.
Y sollozaba.
—Querida señora... hija mía...—dijo él con dulzura; tomándole la mano—; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no es más que un asalto sin peligro.
—¡Ah, le odia tanto!
Las lágrimas la sofocaron.
—De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!
—Querida hija mía—repuso Jacobo—, retírese, se lo pido... ¿supongo que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?... Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.
—Pues bien—dijo Juana levantándose—. Adiós, pues, adiós; mucho nos hemos querido, ¿no es verdad?
—Sí, hija mía, sí.
Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:
—Sí—repitió.
Y presentándole su frente:
—Bésame ahí—dijo—, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.
Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la escalera.
—Pronto, a su casa—díjole besándole la mano precipitadamente.
Y alejose.
XII
La señora de Maurescamp volvió pronto a su casa, conducida por la señora de Lerne. Su ausencia había sido corta. Sus criados no vieron nada de extraordinario y su imprudente paso quedó ignorado de su marido.
Hacia las cinco de la mañana acababa de adormecerse, quebrantada por el cansancio y las emociones, cuando la despertó un ruido que se sentía arriba de su cabeza. Sentía pasos y roces sordos, sobre el piso; comprendió que su marido procedía anticipadamente a los preparativos del viaje.
Un momento después oyó el rodar de un carruaje por el patio, después bajo la bóveda de la entrada; había partido.
Levantose. Su cabeza ardía. Abrió una de las ventanas que daban al jardín y cruzó sus brazos sobre la baranda. El aspecto del cielo, de las nubes, de las paredes, de las primeras hojas, todo tomaba a sus ojos un aspecto extraño y fantástico. Escuchaba vagamente el alegre murmullo de una bandada de gorriones que saludaban el amanecer de una bella mañana de primavera.
Salió bruscamente de su contemplación para ir a presidir, como tenía por costumbre, el levantarse de su hijo y su arreglo matinal. Prolongó aquellos cuidados lo más posible, tratando de hacerse la ilusión de un estado de cosas regular y tranquilo.
Cuando la mañana avanzó, su soledad, en medio de las ansias que la devoraban, llegó a serle intolerable, y decidiose a llamar a su madre. Su ternura generosa había trepidado hasta entonces en hacerla participar de aquellas horas angustiosas. Pero sentía que perdía la cabeza. Informó, pues, a la señora de Latour-Mesnil de lo que pasaba, por medio de un billete que le envió con un expreso.
Si la madre de Juana hace mucho que no figura en las páginas de este relato, es porque no teníamos nada que decir que el lector no haya adivinado. Una palabra bastará, sin embargo, para llenar este vacío.
La señora de Latour-Mesnil se moría poco a poco, a causa del bello casamiento que le había hecho hacer a su hija. Sufría de una afección al hígado, complicada con graves desórdenes del corazón. Era en vano que Juana, no solamente no le hiciera reproches, ni aun le confiase nada. Era demasiado mujer, y demasiado madre; había sufrido demasiado ella misma, para que pudiera engañarse sobre la verdad de las cosas, y no se perdonaba la extraña ceguedad con que había entregado a su hija a un destino peor que el suyo.
Algunas madres se consuelan del amor oficial de sus hijas con la felicidad de contrabando que les conocen, o que les suponen. Tales consuelos no eran para la señora de Latour-Mesnil, y si algo podía, agravar más el dolor y los remordimientos de haber entregado su hija a una desgracia irreparable, era la mortal aprensión, de que tal vez la había entregado tan bien al deshonor.
Muchas habían sido sus perplejidades al respecto, y el solo día feliz que la pobre mujer hubiese tenido, en muchos años, era el reciente en que su hija, viendo su inquietud por su relación con el señor de Lerne, le había saltado al cuello exclamando:
—¡Mira como te abrazo!... no lo haría así, si fuese culpable. ¡No! ¡no me atrevería!
La señora de Latour-Mesnil, a quien el billete de su hija había dado la primera noticia sobre el duelo del señor de Maurescamp con el señor de Lerne, llegó a casa de su hija a eso del mediodía. Primeramente entre las dos mujeres hubo más lágrimas que palabras. Después de los primeros desahogos, sintiose Juana más aliviada al contestar a las preguntas reiteradas de su madre, refiriéndole lo que sabía sobre las circunstancias del desafío, los incidentes del baile, la escena entre ella y su marido y hasta su visita precipitada a casa de Jacobo.
Mientras hablaba con una volubilidad febril unas veces caminando, otras sentada, no dejaba de lanzar rápidas miradas alrededor de la chimenea. Ella sabía que el duelo debía efectuarse a las tres y media. A medida que la hora fatal se aproximaba, sentíase más agitada, pero hablaba menos; su andar maquinal de un salón a otro, se aceleraba; su semblante se encendía, y sus labios no hacían sino articular por intervalos algunas exclamaciones de niña:
—¡Oh mamá!... ¡mi pobre mamá!... ¡qué crueldad!... ¡qué injusticia!... ¡qué injusticia!... ¡Dios mío!
Su madre, alarmada por su estado de exaltación, se levantó y trató de llevarla a su dormitorio.
—Ven a tu cuarto, hija mía—decíale—, vamos a rezar.
—¿Rezar? ¡madre mía!—le dijo Juana con dureza—. ¿Y por quién quiere que rece? ¿Por mi marido o por el otro?... ¿Quiere que sea hipócrita o sacrílega?
—¡Ah! ruega por tu pobre madre, que tiene tanta necesidad de perdón—exclamó la señora de Latour-Mesnil arrodillándose y ocultando su frente entre las manos.
—¡Madre, madre mía!—dijo Juana levantándola con fuerza, y estrechándola contra su corazón. ¿Qué tengo que perdonarle? ¿no me he engañado yo también?
—Tú podías engañarte... ¡Pero yo!... yo, tu madre, tu consejera, tu guía; instruida por la vida. ¡Ah, cuán culpable he sido! ¡Cuán culpable en no haber elegido mejor para ti! Para ti tan digna de ser feliz, ¡pobre hija mía!... A ti, que eres tan honesta, ve a donde te he conducido.
—Pero soy siempre digna, madre mía—dijo Juana, distraída.
Repentinamente, mostrole con el índice la esfera del reloj. La señora de Latour-Mesnil vio que eran las tres; una sonrisa nerviosa crispaba los labios de Juana. Tomose del brazo de su madre y se paseó sin pronunciar una palabra. Suspiraba profundamente de tiempo en tiempo.
Después de algunos momentos:
—Probablemente ya todo habrá concluido—dijo—, porque para esas cosas son muy exactos, y duran poco tiempo, según dicen... pero lo que hay de terrible es que no sabremos nada hasta de aquí a dos o tres horas. He hecho una cosa, que quién sabe si la aprobará usted... pero, ¿a quién podía dirigirme para tener noticias? Me era imposible esperar hasta mañana, porque el señor de Maurescamp, naturalmente, no me escribirá... Por eso, le he rogado a Luis, el viejo sirviente del señor de Lerne, que me envíe un despacho, así que todo haya terminado.
La señora de Latour-Mesnil, anonadada, no contestó sino por un movimiento indeciso.
En ese momento sintieron el timbre del vestíbulo que daba a la habitación del conserje. Como la puerta del hotel había permanecido rigurosamente cerrada toda la mañana, aquel anuncio de una visita parecioles singular.
—¡Ya!—murmuró Juana, acercándose vivamente a una ventana que se abría sobre el patio—. ¡Ya! ¡es imposible!
Corrió la cortina y reconoció en el personaje que subía la escalera de la galería, a un maestro de esgrima, o más bien a un preboste nombrado Lavarede, que tenía por costumbre venir al palacio tres veces a la semana para tirar las armas con el señor de Maurescamp. Muy celoso de su habilidad en la esgrima, a pesar de frecuentar asiduamente la sala de armas, ejercitábase también en su casa, tal vez para no hacer sabedor al público de todos los secretos de su manejo.
La aparición de aquel hombre, en medio de los pensamientos que preocupaban a Juana y a su madre, las llenó de admiración y alarma. Interrogábanse en voz baja con inquietud, cuando un sirviente se presentó a la puerta del salón, y dijo:
—Señora, es el señor de Lavarede, el maestro de armas, que no sabía que el señor barón estuviese de viaje, y pregunta si el señor barón estará muchos días ausente, y si podrá volver pasado mañana.
—Decid que no sé, que se le hará prevenir.
El sirviente salió.
Después de algunos momentos de reflexión, la joven lo volvió a llamar.
—Augusto—le dijo—, deseo hablar al señor Lavarede... hazle entrar en el comedor, voy a bajar.
Y volviéndose a su madre:
—Venga conmigo—añadió—, quiero hablar dos palabras con ese hombre... después iremos al jardín... nos hará bien... hace muy buen tiempo... venga.
Bajaron dándose el brazo y se encontraron en el comedor con un hombre como de cuarenta años, que tenía la apostura dura y correcta de un militar, en traje de particular.
—Caballero—le dijo la señora de Maurescamp, con una voz un poco temblona—, deseo hablarle... Mi marido partió esta mañana para Bélgica... parece que ignora usted el motivo de su viaje...
—Sí, señora, lo ignoro.
—¿Los sirvientes no le han dicho nada?
—No, señora.
—Tal vez ellos mismos lo ignoran; ha pasado todo tan rápidamente... Pues bien, señor, la causa de ese viaje, ¿la sospecha usted, la adivina, sin duda, en el estado de tribulación en que nos ve a mi madre y a mí?... ¡A estas horas el señor de Maurescamp se bate en duelo! El maestro de armas sólo contestó con un ligero movimiento de sorpresa y un serio saludo.
—Señor—replicó la señora de Maurescamp, cuya palabra era al mismo tiempo precipitada e indecisa—, señor, ya comprenderá nuestra ansiedad... ¿Puede decirnos algo para tranquilizarnos?
—Perdón, señora, ¿puedo saber quién es el adversario?
—El adversario es el señor de Lerne.
—¡Oh! en ese caso puede estar bien tranquila.
Juana miró fijamente a su interlocutor.
—¿Tranquila?... ¿por qué?
—El señor conde de Lerne, señora—añadió el preboste, es uno de los que frecuentan nuestra sala, lo era al menos... conozco perfectamente su fuerza... tiraba muy bien, y hubo un tiempo en que hubiera podido luchar con el señor barón... pero después de su duelo con Monthélin ha perdido mucho... se cansa pronto, y no es dudoso que el señor barón dé pronto cuenta de él. Pienso, pues, que la señora puede estar tranquila.
—Entonces—dijo Juana después de una pausa—, ¿usted cree que va a dar muerte al señor de Lerne?
—¡Oh, matarle! espero que no... pero indudablemente le herirá o le desarmará, lo que es más probable, sobre todo si la querella no es muy seria.
—Pero, en fin, señor—replicó la joven balbuceando—; ¿usted cree... está seguro, que no tengo nada que temer por mi marido?... ¿que no puede ser herido?
—Estoy persuadido de ello.
—Bien, señor... gracias; le saludo, señor.
Siguiole con la vista, hasta que hubo salido, y tomando después la mano de su madre:
—¡Ah, madre!—dijo—. ¡Siento que me voy volviendo criminal!
Las puertas ventanas del comedor se abrían al nivel del jardín. La madre y la hija entraron en él y se sentaron juntas en un banco rodeado de lilas cuyas hojas empezaban a brotar. Apenas sentada Juana exclamó:
—Madre mía, después de lo que ha dicho ese hombre, si le mata... será un verdadero asesinato...
—Hija mía querida, te ruego que te calmes; ¡me haces tanto mal, tanto mal!... A más, lo que ha dicho ese hombre es por tranquilizarnos... porque, en fin, tu marido no es un monstruo, y entre gente de honor, no pueden suceder ciertas cosas. Si el señor de Lerne sufre realmente del brazo, si su brazo está debilitado...
—Sí—dijo Juana—, muchas veces me he apercibido de ello.
—Puen bien—prosiguió la madre—, tu marido lo habrá notado inmediatamente y se habrá contentado con desarmarle.
—¡Ah, madre mía, le odia tanto! ¡nos odia tanto a los dos!... y no es bueno, a más de eso; ¡es malo!
Sin embargo, se adhirió a aquel pensamiento que le sugería su madre: eso es bastante verosímil, si el señor de Maurescamp era hombre de honor, como el mundo lo entiende... no querría abusar de la desigualdad de fuerza... después, habríase acordado durante el viaje de todo lo que ella le había dicho... habría reflexionado más a sangre fría, habría llegado casi convencido de su inocencia... casi tranquilo... menos ávido de venganza...
Sentía también en todo lo que la rodeaba una influencia benéfica y tranquilizadora; sentíala en el silencio de aquel jardín con sus altos muros enclaustrados, en el aire puro y en el azul del cielo. En el olor de las plantas, y en la suavidad de un bello día, que ya declinaba. La imaginación no puede sino difícilmente asociar las ideas de violencia y escenas de sangre, a la tranquilidad encantadora de la naturaleza y a los que respiran el bienestar del campo y sus jardines, que ese bienestar debe reinar por todas partes.
El tiempo corría, mientras tanto, sin ninguna nueva emoción; las anteriores iban calmándose un poco, Juana y su madre, tomadas de la mano y sin hablar sentíanse como adormecidas por un suave entorpecimiento de los sentidos.
Era un poco más de las cinco de la tarde, cuando Juana se enderezó repentinamente; había vuelto a oír resonar el timbre del vestíbulo.
—Esta vez sí... ahí está—dijo.
Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la vista fija en la puerta del vestíbulo. Un sirviente apareció con una bandeja en la mano.
—Es un despacho para la señora—dijo.
—Dadme—dijo Juana adelantándose dos pasos.
Esperó que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el telegrama miró a su madre.
—¡Déjame abrirle!—murmuró la señora de Latour-Mesnil tratando de tomar el telegrama.
—No—dijo la joven sonriendo—, tendré valor. ¡Bah!
Rompió el sobre azul. Apenas hubo echado una mirada sobre su contenido, cuando se le cayó de las manos; su mirada quedó fija, sus labios se agitaron convulsivamente; abrió en cruz sus brazos, dio un grito prolongado que se sintió por todo el palacio y cayó redonda sobre la arena a los pies de su madre.
Mientras que los criados acudían al oír aquel grito siniestro, la señora de Latour-Mesnil, desatinada, se arrojaba sobre su hija, y al mismo tiempo que le prodigaba sus cuidados, levantaba febrilmente el telegrama.
Esto fue, lo que leyó:
«Soignies, tres y media.
»El señor Jacobo, herido mortalmente, acaba de sucumbir.—Luis.»
XIII
Seis meses después, a mediados de octubre del mismo año de 1877, nos hallamos con el señor y la señora de Maurescamp, instalados maritalmente en la Venerie, magnífica propiedad situada entre Creil y Compiègne, cuya adquisición la había hecho el señor de Maurescamp diez y ocho meses antes. Era gran cazador, y en Venerie había mucha caza, lo que le había determinado a comprar aquel dominio, para no tener que alquilar cacería por un lado o por otro, todos los años. Tenía invitados para el principio de la estación de la caza, a un gran número de amigos, entre otros a los señores de Monthélin, Hermany, de la Jardye y Saville, con los cuales la señora de Maurescamp llenaba perfectamente bien los deberes de castellana, con gracia y aun con alegría. Creíase generalmente que su alegría estaba de más, y que después de haber sido, hacía tan poco tiempo, con razón o sin ella, la causa de la muerte de un hombre, debía sentir, o, cuando menos, aparentar alguna tristeza. Pero el corazón de una mujer tiene secretos impenetrables.
A consecuencia del duelo que había terminado de un modo tan fatal para el conde de Lerne, ningún argumento, ningún ruego, habrían podido determinar a Juana Maurescamp a permanecer bajo el mismo techo conyugal y esperar en él a su marido. Esa noche se refugió en casa de su madre, llevándose valerosamente a su hijo. La señora de Latour-Mesnil tuvo la delicada misión de negociar con el señor de Maurescamp las cláusulas y condiciones de una existencia temporaria, y arreglada a las circunstancias. Halló a su yerno menos recalcitrante de lo que ella esperaba; a él mismo no le disgustaba el no afrontar la presencia de su mujer tan en seguida concediendo que tal vez por simples sospechas había procedido con demasiada ligereza e ido demasiado lejos.
Nadie siente una gran satisfacción en haber muerto a un hombre; y el señor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las disposiciones conciliadoras que manifestó a la señora de Latour-Mesnil. Convínose, pues, en que la señora de Maurescamp quedaría con su hijo, y que acompañaría a su madre primeramente a Vichy y después a Suiza y Vevey, donde pasarían el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno y otro se calmarían, modificándose, tanto más, cuanto que en todo aquello no había habido sino una serie de errores.
Aquel duelo había ocupado a París durante ocho días.
La catástrofe final llegó a producir un movimiento de opinión favorable a la reputación de la señora de Maurescamp; había, entre la crueldad de aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podían reprocharse a Juana y al señor de Lerne, una desproporción tal, que se impuso a todos y desarmó a la calumnia. La opinión general fue que el señor de Maurescamp se había mostrado feroz e implacable, para con un hombre que no tenía más crimen, según se creía, que el haber dado lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes, tranquilizando la vanidad del barón y lisonjeando su orgullo, contribuyeron a la reconciliación de los esposos.
La señora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos completamente rebelde a toda idea de reconciliación. Pero después de dos o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareció despertarse repentinamente bajo la impresión de nuevas reflexiones. Declaró a su madre que cedía a sus consejos, que volvería a casa de su marido y que sólo pedía algunos meses de retardo.
—Es necesario—dijo, no sin un resto de amargura—dejar tiempo para que se le sequen las manos.
Desde entonces su humor cambió completamente; parecía gozan: con la vida y el porvenir presentarle algún interés, bastante para reanimar un poco su actividad y su espíritu.
Volvió, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entró en su casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el señor de Maurescamp pareció el más embarazado de los dos. Por otra parte, nunca habían tenido la costumbre de las grandes expansiones; por consiguiente, nada parecía cambiado entre ellos; tocó sonriéndose la mano que él le tendió a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su buen aspecto, su crecimiento rápido, diéronle un asunto fácil de conversación, que allanó todas las dificultades. Algunos días después fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los invitados debía evitarles el disgusto de las largas conversaciones.
Ya se comprende que la señora de Maurescamp fue por mucho tiempo para los huéspedes del castillo, como para los vecinos de la campaña, un objeto de la más insistente curiosidad; era imposible dejar de observar con especial atención la fisonomía y el porte de una joven cuyo nombre acababa de estar mezclado en una aventura tan trágica como misteriosa, y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo (cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y había razón para pensar que había tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los pesares y desagrados personales por que había pasado en época tan reciente.
Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con demasiada despreocupación el duelo de un hombre muerto por ella, que, cuando menos, había sido su amigo.
—¡Esto no es animador!—dijo un día el bello Saville a la señora de Hermany—; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su asombro no tendría límites.
—¿Por qué, amigo mío?
—¡Porque esto es chocante!—dijo el bello Saville, que no era un águila pero que tenía buen corazón—, se diría que la muerte de ese pobre muchacho ha sido una satisfacción para ella. Nunca la he visto más animada, más satisfecha... ¡Y hacednos matar por estas señoras!
—Pero, amigo mío, nadie piensa en hacerle a usted matar... Tranquilícese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no se debe juzgar a la ligera... Yo no sé; todo lo que pasa en esa linda cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradaría si fuese su marido.
—Pues yo no veo nada en su pupila—dijo Saville;
—¡Naturalmente!—contestole la señora Hermany.
Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de desagradar a su marido; por el contrario, gustábale mucho.
—Es una mujer domada—se decía—. Esto es lo que hay; está domada. Ese es mi sistema, domar a las mujeres... Después que la mía ha recibido una lección, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido práctico... ahora es cien veces más feliz y más amable que nunca... ¡Esto es perfecto, perfecto!
Habíase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia, habíase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres físicos. No abría un libro, el piano permanecía cerrado, su querida cartera no recibía ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas favoritos; había perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse tiernamente, que tanto la había distinguido, y contraído la tan vulgar y detestable manía parisiense de la crítica perpetua. La equitación, la caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.
Seguía a caballo las cacerías en los bosques de Compiègne, a pie las cacerías de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una valsante infatigable. Los nombres nunca la habían visto más seductora, y hay que añadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y tenía a más en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una principianta que no conocía todavía lo justo de la medida. Las vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero Maurescamp no se disgustaba por ello; divertíale más bien y se reía con sus amigos.
—Ya está curada—decía—. Empieza una vida nueva... se excede un poco en el lenguaje, es verdad... como las recién casadas, que dicen disparates al día siguiente de su boda... pero eso pasará.
Sin embargo, después de algún tiempo acabó por notar que su mujer buscaba con demasiado empeño la sociedad de los hombres. Que les acompañara constantemente a la caza, paso y salas de billar, pase; pero lo que le sorprendió sobremanera fue verla seguirlos hasta la sala de arreos, donde se reunían todas las mañanas a tirar las armas. Esta sala era una gran pieza monumental, con piso de mosaico, bien abrigada, muy clara y muy adecuada para esta clase de sport.
Altos bancos cubiertos de espartería se hallaban colocados a lo largo de las paredes y servían de asiento a los espectadores. La primera vez que Maurescamp y sus amigos vieron por entre el humo de sus cigarros a Juana sentada en uno de esos bancos, sintiéronse no solamente sorprendidos, sino también disgustados. Había entrado sin hacer ruido, sin ser notada, sentándose silenciosa y observaba a los tiradores. A todos les pareció extraordinario que una joven a quien tenían por delicada y sensible, encontrase placer en un espectáculo que no podía dejar de traerle a la memoria un recuerdo funesto. Hubo, sin embargo, que habituarse a su presencia, porque desde este día no dejó de ir a la sala de armas, a las horas que lo hacían el señor de Maurescamp y sus huéspedes. Parecía observarlos con particular interés; algo inclinada bien adelante, seria, con la mirada fija, absorbíase por completo en la contemplación de las paradas y réplicas cambiadas entre los adversarios. Pero, sobre todo, era cuando su marido estaba en escena, que se le veía prestar la más profunda atención, tan profunda, que llegaba a contrariar hasta a su propio marido.
Juana llegó, a fuerza de aplicación, a conocer bastante la esgrima; dábase cuenta con bastante exactitud de los golpes y de la fuerza de los tiradores. Fue así como llegó a comprender que su marido era efectivamente, como lo había oído decir, un tirador diestro, de una solidez y una fuerza muy notables, y que hasta entonces no había otro que pudiera competir con él sin demasiada desigualdad, sino el señor de Monthélin, hasta llegar a tener ventaja sobre el barón, en dos o tres asaltos, lo que le valió de Juana algunas palabras amables.
XIV
El señor de Monthélin, es necesario decirlo, viéndose desembarazado de su rival, el conde de Lerne, había recobrado poco a poco su antiguo papel de suspirante y amigo. Por aquel entonces, creyose ver seriamente alentado, y empezó a abrigar esperanzas que no creía ilegítimas, cuando un nuevo acontecimiento vino a trastornar sus manejos.
A más de los huéspedes habituales del castillo, el señor de Maurescamp invitaba de tiempo en tiempo a las cacerías de la Venerie, a algunos oficiales de la guarnición de Compiègne, a quienes había conocido en París, en las cacerías de los bosques. Entre estos oficiales, que eran casi todos de la mejor sociedad, había uno que hacía excepción, y que todos se admiraban verlo admitido en la Venerie. Era un joven capitán de cazadores, llamado Sontis, bien nacido, pero mal educado, de un libertinaje insolente, y de costumbres groseras. Su físico no compensaba lo que le faltaba en educación social y moralidad. Era pequeño, feo, de color bilioso, muy delgado, con escasos cabellos de un rubio claro y ojos grises, de una expresión dura y cínicamente burlones. Pero era un, sportsman, completo; en materia de equitación, de carreras, de caza, y generalmente en todo lo concerniente al sport, era no solamente un conocedor de los más competentes, sino un ejecutante de una habilidad superior. Esas cualidades especiales habían cautivado al señor de Maurescamp, quien se había propuesto, hacía ya algún tiempo, hacerse criador y montar una caballeriza de cacerías; no cesaba de tener conferencias sobre tan importante asunto con el capitán de Sontis, y apreciaba altamente sus preciosos consejos.
En cambio, la señora de Maurescamp había concebido por el joven, desde la primera vez que le vio, la más grande antipatía, la que no se cuidaba de disimular. Fue, pues, con disgusto que le vio instalarse por tres semanas en la Venerie, en los primeros días de noviembre, pues hasta entonces, sólo había asistido a las comidas o al almuerzo con motivo de la caza.
Desde la primera mañana de su instalación, fue invitado cortésmente para acompañar al dueño de casa y dos o tres más de sus huéspedes, a pasar a la sala de los arneses, para hacer un poco de esgrima, si lo tenía a bien. El señor de Sontis contestó que tendría mucho gusto en ejercitar un poco su muñeca, pues hacía mucho que no tiraba. Después de ensayarse un poco contra las paredes, aceptó un pequeño asalto anodino con el señor de Maurescamp.
Pusiéronse, pues, frente uno de otro y no fue poca la sorpresa de éste, al encontrarse que aquel pequeño personaje poseía una agilidad, golpe de vista, y alcance de tigre. Algo impresionado al principio por la fuerza del manejo del señor de Maurescamp, repúsose prontamente y tomó una ventaja absoluta en el segundo ataque. El señor de Maurescamp, desazonado, dijo, riendo, que esperaba tomar su desquite a la mañana siguiente.
—Como guste—contestó de Sontis—, estoy a sus órdenes; pero le advierto que ya conozco su manejo, y que no me tocará sino cuando yo lo quiera.
—¡Ya veremos!—contestó Maurescamp con bastante sequedad.
Juana había asistido aquella mañana, como tenía por costumbre, a la lección de esgrima. Al salir notábase en ella un aire grave y meditabundo que no le era habitual desde que había empezado su nueva existencia. Todo el día estuvo pensativa.
A la mañana siguiente, no faltó a la cita.
El señor de Maurescamp y de Sontis emprendieron un asalto, al cual la pequeña escena del día anterior daba un interés excepcional. La curiosidad de los espectadores estaba en extremo sobreexcitada; pero la de la señora de Maurescamp había llegado al último grado, y la expresión de su rostro, mientras seguía las fases y peripecias de la lucha, demostraba su interés, o más bien una ansiedad que no estaba en armonía con las circunstancias.
Aquel asalto fue un desastre para el señor de Maurescamp. El joven oficial de cazadores, aunque muy inferior en fuerza muscular, poseía, a pesar de su débil apariencia, un temple de acero. Hacía mucho tiempo ya que era reputado maestro en punto a esgrima, y no tardó en darse cuenta del lado débil y deficiente del manejo, por otra parte muy temible, del señor de Maurescamp. Había notado que tenía en el asalto el defecto habitual de los hombres vigorosos y muy sanguíneos, es decir, la tendencia a fiar demasiado en su vigor, y aun a abusar inconscientemente de los efectos de fuerza. Dotado él mismo de una agilidad y precisión de mano incomparable, y tan seguro de su vista como de su mano, el señor de Sontis no daba entrada a su adversario; lo ofuscaba y deslumbraba con su rápido cambio, aprovechándose de los desvíos a los cuales se entregan siempre en la parada las espadas violentas, al lanzar desenganches de una rapidez fulminante. El señor de Maurescamp tenía ante sí una espada invisible e infatigable. No la sentía, puede decirse, sino cuando tocaba su pecho. En resumen, recibió en aquel asalto cinco o seis botonazos y no dio ninguno.
El amor propio muy irritable del señor de Maurescamp no le permitió declarar su inferioridad decisiva. Convino solamente en que aquel día no estaba en juego. Quiso renovar la prueba en los días siguientes; pero no obtuvo ninguna ventaja, y si consiguió dos o tres veces en otros asaltos consecutivos, hacer sentir el botón de su florete al señor de Sontis, todos creyeron ver en ello un acto de deferencia por parte del joven. En una palabra, el señor de Maurescamp, disgustado y herido, se abstuvo desde entonces con diferentes pretextos de dar asaltos por la mañana.
Las mujeres gustan de los valientes y victoriosos. Fue seguramente a consecuencia de este noble sentimiento, tan notable en las de su sexo, que la señora de Maurescamp pareció perdonar al joven oficial de cazadores su fea figura y mala reputación, y empezó muy visiblemente a honrar con su benevolencia a un hombre por el cual sólo había demostrado hasta entonces la más despreciativa indiferencia, y hasta aversión.
Por poco preparado que estuviese para aventuras de aquella importancia, no pudo dejar de comprender el señor de Sontis el carácter de las atenciones con que era favorecido. Mantúvose reservado, sin embargo, sea que habituado a los amores de soldado, se sintiera intimidado ante aquella dama elegante y distinguida, sea que sospechase (porque era muy suspicaz) algún lazo oculto en aquellas provocaciones, que tenía tal vez el buen sentido de conocer que no las merecía.
Por extraña que fuese la aventura, parecía no quedar duda sobre que aquella mujer tan atractiva, delicada y honesta, estaba enamorada de aquel mal sujeto, palidote y vulgar. Durante la última semana de la permanencia del joven en la Venerie, los síntomas de la loca pasión de Juana se revelaban cada vez más a las miradas curiosas de los celosos que la observaban. Admirábanse al mismo tiempo, de que aquel manejo tan significativo pasara inapercibido para aquel que tenía más interés en comprenderlo, es decir, para el barón de Maurescamp, que, sin embargo, había dado pruebas de susceptibilidad conyugal. Y tanto más se admiraban, cuanto que Juana ponía muy poco empeño en disimular; más bien era imprudente.
Con mucha frecuencia daba a su marido el espectáculo de sus apartes misteriosos con el señor de Sontis; elegía indiscretamente el momento en que su marido atravesaba el patio, para arrojar por la ventana alguna flor de su corpino al oficial de cazadores; quedábase atrás con él, en los paseos a caballo, perdíase en el bosque, y no volvía hasta el caer de la noche en momento en que el barón empezaba a impacientarse, cuando no a inquietarse. Finalmente, valsaba toda la noche con el capitán, hablándole con sonrisas y miradas incendiarias.
Por muy reservado y desconfiado que fuese de Sontis, era imposible que resistiese mucho tiempo a tales demostraciones. Tal vez también recibió suficientes gajes para disipar sus aprensiones. De cualquier manera que sea, no tardó en participar de la pasión violenta que había inspirado. Aquel amor, tan nuevo para él, causábale una exaltación sombría y huraña, con lo que parecía divertirse la señora de Maurescamp.
El señor de Maurescamp continuaba no viendo nada.
Sin embargo, por una u otra razón, parecía preocupado, menos expansivo, menos bullicioso y preponderante que de costumbre, y hasta triste. Su fisonomía encendida, poníase pálida y desencajada. A un observador inteligente habríanle llamado la atención las miradas audazmente cínicas que su mujer le lanzaba, y el desagrado con qué el barón procuraba evitarlas.
El 28 de noviembre era el día señalado para la partida del capitán. Ese día no hubo caza. El señor de Maurescamp había ido esa mañana a vigilar las reparaciones que se hacían en el pabellón del guardabosque.
Para volver al castillo, tenía por costumbre, dejando los caminos principales del bosque, tomar uno que él llamaba de Diana, y que acortaba la distancia. Atravesaba un espeso bosque que formaba recodo con el antiguo parque, y del que debía hacerse un jardín; mientras tanto, permanecía inculto y formaba un bosquecillo tupido y solitario. La Avenida de Diana debía su nombre a una antigua estatua, cuyo zócalo era lo único que quedaba en pie. Lugar tan retirado y misterioso, era a propósito para paseos y coloquios de enamorados. Pero, sin embargo, fue una grande imprudencia la de Juana, la de elegirlo para su despedida del oficial de cazadores. No ignoraba la excursión matinal de su marido a la casa del guardabosque, sabía el camino que debía tomar a su regreso, ¿cómo podría llevar la ceguedad de la pasión, hasta el extremo de olvidarse de que era probable que pasase por el lugar de la entrevista, a la misma hora que tendría efecto?
Sea lo que sea, ahí se hallaban ella y él, entregados uno al otro; habíanse sentado sobre un viejo banco rústico rodeado de árboles, frente a la estatua derrumbada. En vísperas de alejarse, el oficial de cazadores era más exigente, y ella más débil. Hablábanse en voz baja, estrechadas sus manos y mirándose en los ojos, cuando el señor de Sontis sorprendió en la mirada de Juana una llama, que ciertamente no le estaba designada; volviose inmediatamente hacia el lado del bosque, siguiendo la dirección de la mirada de la joven, y vio, algo oculto entre los árboles, hacia la extremidad del camino, a un hombre que parecía indeciso en continuar o no; aquel hombre dio súbitamente vuelta a la espalda, y tomó otro camino, desapareciendo entre el ramaje.
—¿Es el marido de usted?—preguntó.
—Sí.
—¿Cree usted que nos ha visto?
—Lo ignoro. ¡Pero si nos ha visto, es un cobarde!
Que les hubiera visto o no, el señor de Maurescamp entró tranquilamente en el castillo por la avenida más larga pero mejor del nuevo parque. Volvió a salir casi inmediatamente y pasó el resto del día inspeccionando sus plantaciones y el corte de sus bosques. No volvió a entrar sino al primer toque que llamaba a comer.
Talvez fue a causa de su preocupación, que el capitán creyó notar, al entrar en el salón, algo de tirantez y alteración en el rostro del señor de Maurescamp.
Iban a comer. Había en la mesa como veinte convidados. Disgustáronse un poco al ver a la señora de Maurescamp sentar a su lado al capitán de cazadores, que era entre los convidados uno de los más jóvenes y de menos consideración; pero se iba al día siguiente y esa circunstancia explicó, en cierto modo, el excesivo honor que se le hacía. Sea que el detalle de etiqueta hubiese desagradado a cierto número de convidados, sea que hubiese en el aire uno de esos vagos presentimientos precursores de las grandes catástrofes, el principio de la comida fue silencioso y frío. Pero la abundancia y excelencia de los vinos con que se rociaba una exquisita comida, no tardaron en disipar las nubes, despejar las frentes y despertar las inteligencias.
La animación de las conversaciones acabó por tomar un diapasón más alto que de costumbre, como sucede con bastante frecuencia cuando se ha vencido un primer momento de frialdad embarazosa. En una palabra, aquella comida, que había empezado tan lúgubremente, acabó de ser una brillante fiesta de cazadores y hombres de mundo, a la que la presencia de algunas lindas mujeres daba mayor animación. El mismo señor de Maurescamp, que era siempre sobrio en la bebida pero aquel día había vaciado su copa algo más de lo conveniente, parecía libre de las nubes que desde algún tiempo atrás ofuscaban su mente. Tal vez festejaba secretamente la partida de sus huéspedes importunos. Pero de todos modos, había recobrado su tono de seguridad e importancia, y quiso regalar a sus convidados, con su voz ronca e imperiosa, con algunos de sus principios y sistemas favoritos.
La señora de Maurescamp prodigaba, mientras tanto, al señor de Sontis, tantos agasajos que a pesar de su aplomo, el joven se encontraba visiblemente confundido; al mismo tiempo, como para imitar a su marido, entreteníase en beber copas llenas de Sauternes y Champagne, lo que le proporcionaba accesos de una alegría extraordinaria. En medio de esas crisis de risas estrepitosas caía por intervalos en una gran laxitud, semejante a una bacante fatigada.
A los postres declaró que tomaría el café en el comedor.
—Esta animación—dijo—perdería su encanto, si cada uno se iba por su lado.
Quedaríanse, pues, todos reunidos y permitiría fumar a los hombres. Tal declaración fue aplaudida por todos los convidados.
Sirviose el café y circularon los cigarros.
Juana anunció que quería fumar, y tomó un cigarro para ensayarse.
—Le va a hacer mal—exclamó el señor de Maurescamp;—tomad un cigarrillo.
—No, no, quiero un cigarro—dijo la joven cuyos ojos estaban algo empañados.
El señor de Maurescamp se encogió de hombros y quedó callado.
Juana encendió en un fósforo su cigarro y se puso a fumar con el mayor aplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.
Al cabo de algunos instantes:
—Es verdad—dijo,—¡esto me hace mal!
Y, volviéndose al capitán que estaba a su derecha, y quitándose el cigarro húmedo de sus labios:
—Tome—le dijo,—acábelo usted.
Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareció que habían petrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y bulliciosos un momento antes. El silencio que se produjo fue tal, que podía oírse fuera de la sala, que parecía desierta, el murmullo del viento entre las ramas.
Todas las miradas, que primeramente se habían fijado en Juana, volviéronse a su marido, sentado frente a ella.
El señor de Maurescamp, extremadamente pálido, miraba a de Sontis y esperaba.
El oficial de cazadores vacilaba, interrogando con seriedad los ojos de Juana.
—Y bien—díjole.—¿De qué tiene usted miedo?
No vaciló más; tomó el cigarro que le presentaba la joven y lo puso entre sus labios.
En el mismo instante, el barón de Maurescamp sacaba el que tenía en la boca y se lo arrojaba a la cara al señor de Sontis, diciéndole:
—Concluya también el mío, capitán.
El cigarro, a medio fumar, fue a dar en el rostro del capitán, despidiendo algunas chispas.
Todos se habían puesto de pie. Juana, en medio de la confusión y estupor general, completamente despejada, de pie también, fría, impasible, se apoyaba con una mano en una silla. Su bella fisonomía, que hemos visto tan pura y delicada, parecía cubierta con la máscara de Tisofona; expresaba esa mezcla de horror y alegría salvaje, que debió verse en la frente encantadora de María Estuardo, cuando oyó la explosión que la vengaba del asesino de Rizzio.
XV
En seguida de esta escena, cuyas consecuencias amenazaban ser trágicas, la mayor parte de los invitados se eclipsaron discretamente; los vecinos de la campaña tomaron sus carruajes, precipitadamente, y los otros el tren de la tarde para irse a París. En el castillo, sólo quedaron los amigos más íntimos. El capitán había sido, naturalmente, el primero que se retirara. Había ido a instalarse por aquélla noche en el hotel más próximo a la Venerie. Siendo inevitable un duelo, dos oficiales de su regimiento, que habían asistido también a la comida, se pusieron inmediatamente de acuerdo con los señores de Hermany y de la Jardye, que debían ser nuevamente los padrinos del barón. No volveremos a fatigar a nuestros lectores con los detalles de los preparativos que se hicieron entre los padrinos de ambos rivales. Se comprende que no se trató de ninguna clase de arreglo; en cuanto a la elección de las armas, claro está que el señor de Maurescamp, después de lo que había pasado en las diferentes ocasiones que habían tirado el florete con de Sontis, habría preferido la pistola; pero si el acto de tan mal gusto del oficial, de aceptar la oferta de la señora de Maurescamp, habíale dado al marido el papel de ofendido, éste había perdido su derecho, dejándose llevar de otro más sangriento. Por otra parte, el orgullo del señor de Maurescamp, inspirándole bien, le hizo aceptar la espada sin trepidación, cualesquiera que fuesen las consecuencias.
Fue resuelto que el encuentro se verificase a la mañana siguiente a las diez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo a la Venerie, porque no pareció conveniente hacerlo en los mismos dominios del barón de Maurescamp.
Poco sueño tenían los del castillo aquella noche. Los extraños celebraban en su aposento sus conciliábulos animados; transmitíanse las opiniones de una pieza a otra. Los hombres discutían lo tocante al honor; las mujeres, excitadas y nerviosas, peroraban a media voz, enjugaban algunas lágrimas, y en su interior estaban contentísimas. Es inútil decir que el personal de la servidumbre estaba conmovido bajo las mismas emociones; es decir, experimentando esa inquietud alegre y ese agradable estado febril en que nos ponen generalmente los males ajenos.
En cuanto a los dueños de casa, es bastante verosímil que tampoco dormirían. Comprendiendo el señor de Maurescamp que el caso era de los más graves, viose obligado a poner en oí den sus negocios. Juana no quiso ver a nadie; se supo únicamente por su camarera que había pasado la noche paseándose de uno extremo a otro, y hablando en voz alta «como una actriz».
Cerca de una hora hacía que un sol pálido de fines de noviembre se había alzado sobre los árboles del bosque, cuando el señor de Maurescamp, cuyo dormitorio estaba en el primer piso, salía al patio a fumar un cigarro. Yendo caminando, llegó a la reja de la entrada, donde se halló con un joven paisano, de trece a catorce años, que quedó sorprendido al verlo; el barón creyó reconocer en él a un muchacho empleado en una posada del pueblo. La turbación del muchacho fue tanta, que el señor de Maurescamp, a pesar de sus preocupaciones, no pudo dejar de notarla.
—¿Qué quieres? ¿A dónde vas?—preguntole.
—Al castillo—balbuceó el muchacho, poniéndose colorado—. Al mismo tiempo, ocultaba confundido una de sus manos dentro de su blusa.
—¿Qué vas a hacer al castillo?—volvió a preguntarle.
—A ver a la señorita Julia.
Julia era la camarera de Juana.
—¿Quién te envía, hijo mío?
—Un señor—murmuró el niño, cada vez más intimidado.
—¿Un señor que está alojado en tu hotel, no es verdad?
—Si.
—¿Un oficial?
—Sí.
—¿Qué ocultas ahí, en tu blusa? ¿Una carta? ¿Qué? Dámela... vamos... dámela....
El muchacho, próximo a llorar, dejose tomar por grado o por fuerza, un papel que estrujaba en sus manos crispadas.
La carta no tenía dirección.
—¿Para quién es esta carta?
—Para la señora.
—¿De modo que te la han dado para la señorita Julia, para que ella se la dé a la señora?
El niño indicó que sí.
—Pues bien, hijo mío, yo voy a hacer la comisión... Ven conmigo a esperar la contestación, si hay alguna.
Y el señor de Maurescamp, seguido del muchacho, volvió sobre sus pasos, atravesó rápidamente el patio y entró en sus habitaciones.
Apenas estuvo en ellas, cuando rompiendo el sobre de la carta destinada a su mujer, leyó estas palabras que no estaban firmadas, pero cuya procedencia no había como poner en duda:
«Esté tranquila. Por su cariño tendré consideración con él.»
El primer movimiento del señor de Maurescamp, siempre dispuesto a la cólera, fue romper y echar al fuego aquel insolente billete. Pero una reflexión lo contuvo. Tomó un sobre nuevo de su bufete y colocole en él. Repentinamente había sido asaltado por una extraña curiosidad; quería saber si su mujer contestaba, y lo que contestaría.
Fue adonde estaba el muchacho y díjole entregándole la carta:
—Hijo mío, no he podido encontrar a la señorita Julia... Debe estar ocupad.... Llama en aquella puerta de enfrente y pregunta por ella. Toma cien sueldos por tu trabajo.
El muchacho dio las gracias y fue hacia la puerta indicada.
Por su parte, el señor de Maurescamp fue de nuevo hacia la verja, salió del patio y tomó el camino del pueblo, paseándose en él a pasos cortos.
¡Cosa singular! dentro de una hora iba a jugar su vida en las peores condiciones; y aquel pensamiento, por serio que fuese, había sido dominado completamente por ese otro. ¿Qué contestaría su mujer?
En realidad, este hombre, de una energía puramente física, no había podido resistir a las ansiedades que le habían torturado en silencio desde algunos días atrás. Su moral se hallaba afectada por el asombro que le causaba aquel odio sombrío, aquella venganza premeditada, sabia, implacable, con que era perseguido. Habituado a mirar a las mujeres como a juguetes de niño, estaba estupefacto y hasta aterrorizado al encontrar en uno de esos seres débiles y despreciables, una profundidad de miras y una fuerza de voluntad, contra las cuales todas sus fuerzas personales, vigor físico, fortuna, situación social, autoridad de esposo, no tenían ninguna salvaguardia y estaban reducidos a la nada.
Tal vez habría pagado mucho en aquel momento de desaliento, por una palabra de bondad, de interés, y hasta de compasión, de aquella mujer tan despreciada en otro tiempo... Tal vez esperaba encontrarla en aquella contestación esperada...
Al cabo de algunos instantes el muchacho reapareció, saliendo del castillo, completamente tranquilizado con el desenlace de su primera entrevista, con el señor de Maurescamp, ni aun intentó ocultar nuevamente el mensaje de que era portador. Pasaba sonriendo y saludando.
—¡Ah!—dijo el barón deteniéndolo—, ¿Tienes una contestación? muéstramela. Yo sé de lo que se trata y tal vez tengo algo que añadir.
Poníale al mismo tiempo una moneda de plata en la mano.
Tomó la carta, y como el sobre estaba todavía húmedo no tuvo que romperlo, halló dentro el billete de de Sontis que la señora de Maurescamp devolvía, habiendo puesto después de las palabras del capitán, esta breve contestación:
«Le ruego que no se incomode.»
El señor de Maurescamp, después de leer esto, dobló el billete, púsolo en el sobre y lo entregó al muchacho, alejándose en seguida.
XVI
Hora y media después, el duelo tenía lugar en el bosque de Mames, y el señor de Maurescamp había recibido una herida en medio del pecho.
Creyose por mucho tiempo que no sobreviviría, pues sus pulmones estaban atacados. Pero la fuerza de su temperamento lo ha salvado. Su salud se mantiene delicada, y su moral parecía igualmente afectada para siempre.
Parece convencido, como la mayor parte de la gente, de que su mujer, en lo tocante al capitán de Sontis, no tiene más culpa que haber bebido demasiado Sauternes, y haber fumado un habano, cuyo humo la había privado de la conciencia de sus actos. Por consiguiente, ha podido vivir con ella en términos convenientes y tener también a su respecto cierta deferencia resignada y sumisa, muy sorprendente en un hombre muy imperioso y dominante.
Es verdad que ha conseguido modificar por completo el temperamento de su mujer, y que debe estar muy orgulloso de su obra. Juana no es ya romancesca; ya no lee a Tennyson. Después que le mataron a su cómplice de idealismo, el ideal ha muerto para ella. Después de haber afectado primeramente por un espíritu de ironía vengativa, movimiento y sensualismo, ha tomado gusto por su papel y lo desempeña hábilmente.
Fría, satírica, mundana furiosa, en extremo coqueta, indiferente a todo, parece ser que después de la muerte de su madre, su único sentimiento digno y elevado, es el que la conduce tres veces por semana, cerca del lecho de una anciana paralítica que ha vuelto al estado de la infancia; la condesa de Lerne.
Nada más añadiremos sobre Juana Berengére de Latour-Mesnil, baronesa de Maurescamp. Ha cesado de interesarnos, como probablemente sucederá al lector, desde que su atroz contestación al billete de de Sontis nos demostró que el ángel habíase convertido en un demonio.
El final de esta historia, asaz verídica, es que, en el mundo moral, no nacen monstruos: Dios no los cría; pero los hombres sí, y muchos. Esto es lo que no deben olvidar las madres.
FIN