← Table of contents
Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba)

GUERRA DE RAZAS (continued 2)

Reading edition

Los que aquí, en la soberbia capital, solo conocen de las operaciones militares los partes y relatos que publica la prensa periódica; los que solo han visto á nuestras tropas en las maniobras y ejercicios de Columbia y en las paradas y revistas del Malecón, no pueden tener una idea de todo lo que representa, de todo lo que significa y de todo lo que vale nuestro admirable ejército.

Esos oficiales tan inteligentes, tan correctos, tan irreprochables, y esos soldados tan alegres, tan ordenados, tan pulcros, que estábamos acostumbrados á ver en los restaurants, en los cafés, en los teatros y en los paseos de nuestra bella ciudad capitalina, marchan hoy, resueltos, animosos, decididos, indomables, por las abruptas montañas del Oriente, recorriendo distancias enormes, atravesando valles y cañadas, salvando espantosos precipicios; y siempre firmes, siempre ardorosos, siempre entusiastas, insensibles á la fatiga, inconmovibles ante el peligro, solo tienen una ambición: vencer, y un solo pensamiento: mostrarse dignos de la confianza en ellos depositada.

Yo acabo de verles en acción y en ciertas ocasiones he tenido el honor de acompañarles á traves de esas horribles é inhospitalarias montañas, donde la muerte permanece en acecho constante, donde detrás de cada roca puede hallarse en emboscada el plomo traidor, y donde cada soplo de viento parece un gemido de dolor cuando no un rugido de amenaza.

Allí todo es hóstil, hasta el aire que se respira: tan pronto como se pierde de vista la ciudad y empieza el interminable y cada vez más escabroso camino de la sierra, se experimenta esa sensación de malestar que produce siempre la cercanía del peligro: los árboles, los peñascos, la selva virgen, el boscaje enmarañado, el negro abismo que obliga á cerrar los ojos para sustraerse al vértigo... y la soledad, la horrible y angustiosa soledad que oprime el corazón y pueblo el cerebro de horripilantes imágenes y el alma de tristes presentimientos.

Por allí, escalando esos picachos, descendiendo al fondo de esos desfiladeros, desafiando á cada paso la muerte y mostrandose insensibles á la fatiga, á las privaciones, á la intemperie, á todo, en fin, luchando á brazo partido con la naturaleza y con los hombres, sobreponiéndose á los sufrimientos físicos y á las pesadumbres morales, marchan nuestros bravos soldaditos alegres, orgullosos, indomables, con el mismo orden, la misma corrección, y la misma disciplina, que si solo se tratase de unas maniobras y no de una campaña que no tiene para ellos ni siquiera el aliciente de la gloria militar, por la despreciable calidad del enemigo.

¡Oh!...; yo no puedo sustraerme á un sentimiento de admiración sincera; yo no puedo ahogar en mi garganta el grito de entusiasmo que brota de mi pecho extremecido: ¡Viva el Ejército!

Nada importa que nuestras convicciones políticas nos inclinen á censurar ó aplaudir á los hombres que rigen los destinos de la patria; nada importa que militemos en tal ó cual partido: en momentos como este y en presencia de espectáculos tan hermosos, solo podemos y debemos sentirnos cubanos. El ejército no pertenece á ningún grupo ni defiende determinadas aspiraciones: pertenece á todos, es nuestro, muy nuestro, y todos debemos unirnos, olvidando agravios y recelos, para tributarle el homenaje que merece.

Esos soldados que tan bizarramente luchan en las montañas orientales, y que han arrancado aplausos y elogios á los representantes extranjeros y á los mismos jefes y oficiales del ejército americano, son acreedores á los honores del triunfo y el pueblo cubano no desea otra cosa que acordárselos.

Los habaneros, especialmente, que les ovacionaron al partir quieren ovacionarlos á su regreso.

¡Qué bello espectáculo ofrecería ese ejército vencedor al desfilar por las calles de la capital bajo arcos de triunfo y en medio de vítores y aclamaciones! ¡Cómo se sentiría confortada el alma cubana, el alma nacional, en presencia de ese abrazo fraternal que sellaría para siempre el pacto de solidaridad entre el ejército y el pueblo!

Sería una ráfaga, un chispazo, un brote que acaso no tardaría en extinguirse; pero por breve que fuese la visión, viviríamos, siquiera durante algunos instantes, vida cubana; nos olvidaríamos del escabroso presente para recordar el glorioso pasado y mirar de frente con seguridad, con confianza, el incierto porvenir.

XVI HONOR A QUIEN HONOR SE DEBE

El Mayor General José de Jesús Monteagudo, comandante en Jefe del Ejército de la República, puede en justicia sentirse orgulloso y satisfecho de haber logrado lo que ningún general europeo ni americano pudo jamás lograr: aplastar en poco tiempo una revolución de guerrilleros montañeses que se negaban sistemáticamente á combatir.

Los franceses vencieron en Argelia, y los ingleses en el Transvaal y los americanos en Filipinas, porque tanto los argelinos, como los boers y los tagalos aceptaban con frecuencia las batallas, y en no pocos casos hasta se atrevían á provocarlas.

En cambio los españoles jamás pudieron vencer á los cubanos, por la sencilla razón de que la famosa táctica mambisa de los libertadores, resultaba un problema demasiado complicado para los generales y soldados peninsulares, que no obstante sus esfuerzos sólo conseguían encontrar al enemigo cuando éste lo tenía por conveniente.

En campañas de la índole de las que invariablemente se han librado en Cuba, cuanto más perfecta sea la organización del ejército leal, más seguros del éxito pueden estar los rebeldes. La disciplina, la táctica, la estrategia, el espíritu de cuerpo y casi, casi, estamos por decir que hasta el valor colectivo, nada representan ni nada valen, y en no pocos casos resultan otros tantos obstáculos.

Esto, precisamente, nos hizo temer, al iniciarse la rebelión estenocista, que los esfuerzos de las tropas regulares, enviadas desde esta capital para combatir á los alzados, se estrellarían contra el sistema de guerrillas que, sin duda, adoptarían los jefes de la rebelión.

Porque el ejército cubano es (y esto conviene que se sepa) uno de los más brillantes y completos que existen, por lo que respecta á organización, á disciplina, á todo, en fin, lo que caracteriza á los ejércitos regulares.

Compuesto en su inmensa mayoría de jefes, oficiales y soldados punto menos que improvisados, adquirió en breve tiempo un grado tal de perfeccionamiento, que los mismos oficiales americanos que completaron su instrucción (los capitanes Catley y Parker) se mostraron admiradores de la sorprendente facilidad con que esos hombres, muchos de los cuales no habían visto nunca un fusil moderno, se adaptaban al riguroso régimen militar que se les imponía.

Tanto los artilleros, como los infantes y los admirables jinetes del Tercio Táctico de Caballería de la Guardia Rural, se convirtieron en menos de tres años en verdaderos soldados, no inferiores en modo alguno á los de las primeras potencias militares de la vieja Europa.

Sin que el patriotismo nos ciegue, podemos asegurar que el Ejército de la República de Cuba, dotado de los más eficaces v modernos armamentos é instruído de acuerdo con el sistema americano (que no reconoce superior en la práctica) puede sufrir ventajosamente cualquier comparación á que quiera sometérsele.

Pero como antes decimos, estas mismas brillantes cualidades, ese perfeccionamiento, ese carácter de "ejército regular" que le distingue, eran para nosotros otros tantos motivos de duda. Nos parecían nuestros soldados (digámoslo en una palabra) demasiado regulares para luchar sin desventaja con las hordas salvajes que infestaban las serranías orientales.

Y he aquí lo más admirable, lo que para nosotros, testigos presenciales de la cruenta campaña, constituye el más hermoso timbre de gloria con cuya posesión pueden envanecerse las tropas cubanas: esos soldados, instruídos para operar en grandes núcleos, para dar batallas campales, para batirse en campo abierto, esos soldados, que por las lecciones que recibieron solo parecían capaces de hacer lo que podríamos llamar "la guerra seria", han demostrado que, llegado el momento, cuando las circunstancias así lo exigen, pueden y saben hacer la guerra irregular; que para ellos las formaciones en columna, los brillantes despliegues, las líneas estratégicas, las cargas por escuadrones, las retiradas escalonadas, los fuegos de "boleo", las postas cosacas; y hasta las tiendas de campaña y los zapatos solo tienen un valor relativo.

De injustos pecaríamos, sin embargo, si no tributásemos, al mismo tiempo que á los soldados, un elogio entusiástico v merecido al hombre que con su firmeza de carácter, su inagotable valor moral y sus vastos conocimientos prácticos de militar veterano y experimentado, supo conducir á buen fin una campaña que, por su índole, amenazaba con prolongarse indefinidamente, después de cansar al país irreparables daños.

El Mayor General José de Jesús Monteagudo, á quien hoy, cuando no existen ya Gómez, Maceo ni García, no vacilamos en llamar el primer guerrillero del mundo, se ha hecho acreedor no sólo á la gratitud de su pueblo, sino á los plácemes sinceros de la crítica. Ha dirigido las operaciones con verdadero genio, revelándose en todas ocasiones como un militar de talla, para quien la guerra de montañas no guarda secreto alguno.

Cuando, á raíz del incendio de Ramón de las Yaguas, las partidas rebeldes emprendieron la retirada hacia Mayarí Arriba, el General Monteagudo, en vez de lanzar en seguimiento de los alzados grandes contingentes de tropas, se limitó á situar fuerzas en los mismos parajes que el enemigo acababa de visitar. Uno de los autores de este libro, al darse cuenta de ello, y extrañándole sobre manera la conducta observada por el general en Jefe, se permitió llamarle la atención: el General, con su inalterable calma (esa calma que nunca le abandona) sonrióse benévolamente y pronunció estas palabras, reveladoras de un espíritu de observación profundo y de una sagacidad sorprendente: Yo soy, dijo, antes que nada y por encima de todo, un general mambí; y por lo mismo sé cómo piensan y obran los mambises, cuya táctica se reduce á dar grandes rodeos, para volver siempre, más tarde ó más temprano, al punto de partida. Por esta razón, estoy convencido de que Ivonet y Estenoz, con sus partidas, volverán á Ramón de las Yaguas, ó, por lo menos, intentarán hacerlo. Este es el motivo por el cual estoy tomando todas las medidas del caso, para recibirlos dignamente á su regreso, si es que logran regresar, pues como tengo mis motivos para presumir la ruta que se proponen seguir, he situado también algunas columnas en el camino que, según mis cálculos, intentan recorrer en su viaje de regreso.

Dos días después de haber escuchado de labios del General Monteagudo estas palabras, los rebeldes, rechazados en Sagua de Tánamo por el valeroso Teniente de la Guardia Rural "Vivín" Rodríguez, tropezaban con las tropas del teniente coronel Consuegra, que habían sido despachadas por el Comandante en Jefe, obedeciendo al plan de referencia, y á partir de ese momento puede decirse que no transcurrió un solo día sin que las partidas, que como lo había previsto el General intentaban volver á Ramón de las Yaguas, no sufrieran algún descalabro más ó menos serio.

Un auxiliar en extremo valioso resultó en esos días (los más importantes y decisivos de la campaña) el cuerpo de Voluntarios de Occidente, que al mando del valiente y prestigioso General Manuel Piedra, prestó un extenso y penosísimo servicio de guarnición sobre la línea del ferrocarril del Este (San Luis, Songo La Maya y Guantánamo).

La cooperación de los voluntarios occidentales fué de gran utilidad, en primer término, porque gracias á ellos pudo destinarse á la persecución activa de los rebeldes un respetable contingente de tropas regulares, que de otro modo hubieran tenido que ser empleadas en guarnecer los poblados, caseríos y estaciones ferroviarias, que, de manera tan eficaz, guarnecieron aquéllos.

Es indudable, sin embargo, que, después del General en Jefe, la figura más saliente de la campaña de Oriente ha sido la del Brigadier Pablo Mendieta. De los primeros en llegar, al teatro de las operaciones, este bizarro militar tuvo la gloria de administrar á los alzados la primera derrota que sufrieron, en Yarayabo, y posteriormente cúpole en suerte asestar el golpe decisivo á la rebelión, dando muerte á su jefe principal, al ambicioso Estenoz, en los campos ensangrentados de Micara.

Hemos hecho justicia á los que, por sus grandes merecimientos han tenido el privilegio de granjearse la eterna gratitud de todo un pueblo; pero nuestra obra resultaría incompleta, si no hiciéramos también resaltar, para tributarle el aplauso que merece, la inmensa labor realizada, con ocasión del movimiento racista, por nuestra naciente marina nacional.

Sin la cooperación valiosísima de nuestras fuerzas marítimas, sin la pericia, el arrojo y la incansable laboriosidad de nuestros hombres de mar, las operaciones militares no habrían sido tan eficaces, las tropas no hubieran podido moverse, en muchos casos, con la rapidez necesaria y el costo de la campaña hubiera sido enorme.

En todos, desde los más altos hasta los más humildes, desde el General en Jefe del Ejército hasta el último marinero de la escuadra, ha tenido la República fieles y valiosos auxiliares, y todos, en su esfera respectiva, se han distinguido por igual.

Y es que en todos alentaba el mismo espíritu patriótico de los días de gloria... es que en el pecho de todos latía el corazón mambí....

XVII EL PADRON DE HONOR

Las bajas de la campaña

No ha obtenido el brillante ejército de la República su completa y decisiva victoria sobre las hordas rebeldes que infestaban las montañas de Oriente, sino á costa de grandes sacrificios é ímprobos trabajos.

Las marchas interminables por la sierra, las noches pasadas al raso y las privaciones de todo género que han tenido que sufrir nuestros soldados, no fueron bastante, sin embargo, á abatir el espíritu de esos bravos luchadores que parecían insensibles á las fatigas corporales.

Pocos casos de enfermedad se han registrado, y ésto, al par que á la resistencia física de los soldados hace honor á la administración militar del ejército.

Por lo que se refiere á las bajas sufridas en combate, pocas fueron, relativamente; pero de todos modos los cuarentisiete valientes que derramaron su sangre por la república y la paz, son mil veces acreedores á la gratitud eterna de todos los cubanos.

He aquí una relación completa de las bajas de la campaña. En ella se incluyen los nombres de los infelices voluntarios de Occidente que perecieron, víctimas de la traición más horrible.

MUERTOS

Celestino Mayor.

Alejandro Marín Pagan.

Ramón Moya Sotolongo.

Eliseo Ramírez.

José Llanes.

Modesto de Armas Calderón.

José René.

Secundino Reyes.

Abelardo Aragón.

N. Saavedra.

Domingo Tamayo.

Julián Hernández.

Antonio Almeida Pérez.

Prudencio Céspedes.

Felipe Santiago.

Manuel Mengana Olión.

HERIDOS

Tomás Santos Suárez

Armando Sánchez.

Darío Naranjo.

Manuel Andreu.

Encarnación Alfonso.

José Ignacio Cáceres.

Ramón Izquierdo.

Esteban León.

José Pérez Zequeira.

Juan Aguirre.

Germán Cauce.

Antonio Plasencia.

Enrique Salas Prado.

Fortunato Cortés.

Amador Rodríguez.

Juan Garzón.

Juan Sánchez González.

Antonio Mendoza.

Policarpo Garvey.

Antonio Moiño.

Juan José de la Paz.

Alberto Valentín.

Eleuterio Veranés.

Luis Llanes Oliva.

Francisco Martínez.

Camilo Cuenca.

Ramón Suárez Proenza.

Nemesio Medina (ó Díaz)

José Batista.

Juan Reyes.

Angel Garía.

XVIII JUICIO DEL ALZAMIENTO

La convulsión racista toca á su fin. Capturado Gregorio Surín, en Kentucky; sometido el paralítico Lacoste; muertos Heredia y Zapata y acosados sin tregua ni descanso Ivonet, Estenoz, Antomarchi y sus amedrentados compañeros, puede desde luego asegurarse (sin que al hacerlo nos veamos obligados á exagerar la nota optimista) que el alzamiento ha perdido ya su carácter político, para convertirse en bandidaje de montaña.

No es ya la Ley Morúa lo que preocupa á los directores del movimiento; y la carta de Evaristo Estenoz al cónsul de los Estados Unidos en Santiago, prueba que los que hace un mes se lanzaron al campo invocando los derechos de una raza, se darían por satisfechos hoy—á los treinta días cabales de iniciado el movimiento—con escapar al plomo y el machete de sus incansables perseguidores.

Eugenio Lacoste, hoy moribundo en el hospital de Santiago, y que, como nadie ignora, fué el cerebro de la revolución, ha declarado que tanto él como los demás jefes del movimiento acometieron la peligrosa aventura en la creencia de que el gobierno, en su afán de ahorrarse líos y complicaciones con los americanos, se apresuraría á comprar la paz á cualquier precio; y esto me parece bastante probable; pero lo que ni el paralítico ni ninguno de los cabecillas prisioneros ó presentados dice, es que la llamada "revolución racista" no debía limitarse á un chispazo sin importancia en las Villas y á un alzamiento de fuerza más aparente que real en las serranías orientales.

Todo hace creer, por el contrario, que el movimiento armado debió estallar simultáneamente en las seis provincias, lanzando al campo de la revolución veinte ó treinta mil negros, que antes de ser sometidos hubieran convertido en ruinas el país y provocado una nueva y acaso definitiva intervención americana.

De tan terrible contingencia nos hemos librado merced al patriotismo de nuestro pueblo y al valor de nuestros soldados; pero ante todo, debemos dar gracias á Dios, que hizo tan cobarde á Evaristo Estenoz.

Este ciudadano, que por su osadía en la tribuna y por otras causas de todos conocidas y que por lo mismo no creo necesario mencionar, habíase convertido en "leader" del llamado "Partido Independiente", gozaba de gran prestigio entre los negros occidentales, pero su influencia en Oriente no fue nunca comparable á la de Lacoste, Ivonet y otros, quienes, si bien es verdad que le reconocían como jefe supremo de la conspiración que se fraguaba, y estaban dispuestos á secundar el movimiento, no se comprometieron á ello sino á condición de que Estenoz levantase la bandera racista en Occidente, con lo cual, no sólo se obligaría á las tropas leales á subdividirse para combatir á los rebeldes en muchos puntos á la vez, sino que se crearía la impresión de un movimiento unánime desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio.

Los elementos independientes de las Villas y Habana cumplieron al pie de la letra el compromiso adquirido; y al mismo tiempo que Lacoste, en Guantánamo, Ivonet en los alrededores de Santiago y Zapata, Pitillí y otros en distintos lugares de Oriente daban el grito de rebeldía, aparecieron pequeñas partidas en Sagua, Santo Domingo, Marianao, etc.

Afortunadamente para Cuba, los rebeldes occidentales no tardaron en desanimarse al observar que su jefe nato, el travieso Estenoz, en vez de ponerse al frente de los grupos habaneros y villareños—como lo había prometido—había tomado el prudente partido de sublevarse en las montañas orientales, proclamándose al mismo tiempo "Presidente de la República", es decir, asumiendo un cargo eminentemente civil, convirtiéndose, de hombre de acción en elemento pasivo y llegando á ser para Ivonet y los suyos una impedimenta inútil y peligrosa.

Esta reunión de los tres principales cabecillas entre Guantánamo y Santiago hizo posible que el gobierno dirigiese todas las tropas de la República contra un solo punto, lo que no habría ocurrido si Estenoz, más arrojado, se hubiera puesto á la cabeza de sus parciales en las llanuras de Occidente.

La excesiva prudencia del fogoso tribuno racista, ha sido, pues, providencial para Cuba; pero ha servido, al mismo tiempo (y esto es, á juicio mío, lo más grave) para demostrar, primero, que la revolución que agoniza era un movimiento de negros contra blancos; segundo, que el problema de razas ha quedado definitivamente planteado en nuestra patria, y tercero, que los elementos dispuestos á enarbolar la bandera negra están diseminados por todo el territorio de la República, y sólo tienen necesidad de un jefe valiente, enérgico y prestigioso para volver á las andadas.

No debemos, por tanto, hacernos ilusiones y considerar el triunfo de nuestros bravos soldados en Oriente como un triunfo definitivo de la buena causa.

El fracasado alzamiento de Estenoz debe, por el contrario, impulsarnos á tomar medidas para lo porvenir; debemos, en otras palabras, poner los medios para impedir un nuevo brote racista que acaso resultaría más difícil de vencer, pues no siempre tendremos que habérnoslas con jefes tan prudentes como Estenoz ni con gobiernos americanos tan honrados como el que en la actualidad rige los destinos de la Gran República.

Yo no abrigo la menor duda sobre el resultado favorable de la campaña militar en Oriente; pero afirmo con toda la sinceridad de mi alma, que si por conveniencias políticas, ó por lo que sea, llevamos nuestro optimismo hasta el extremo de hacernos la ilusión de que con el éxito incompleto que estamos obteniendo hemos aplastado para siempre la hidra del racismo, cometeremos un gravísimo error del que pronto tendremos que arrepentirnos.

XIX LA CAPTURA DE SURIN

Una de las notas características de la campaña librada por las tropas de la República contra la rebelión racista, ha sido la inflexible energía con que fueron tratados los revoltosos. Para los principales jefes del movimiento, sobre todo, no ha habido piedad; las fuerzas leales los han perseguido sin tregua ni descanso, los han acosado con desesperante tesón, y cuando han logrado echarles el guante, les han dado muerte sin misericordia.

Los han tratado, en otras palabras, como se trata en todas partes á los que se colocan fuera de la ley, á los que atentan contra las instituciones patrias, y á los que, invocando derechos más ó menos imaginarios, hacen buen uso del mismo estado de alarma que han creado, para apoderarse de lo ageno contra la voluntad de su dueño.

Para castigar á los directores de una asonada revolucionaria perjudicial para los grandes intereses de la comunidad todos los medios son igualmente aceptables, y tanto da uno como otro; desde el consejo de guerra sumarísimo hasta la convencional y elástica "ley de fuga".

En Cuba, por razones de nadie desconocidas, no se procedió nunca contra los revoltosos con bastante energía; y tal vez haya sido esto causa de que los procedimientos de rigor puestos en planta en esta campaña por los jefes y oficiales del ejército, quienes, dicho sea de paso, se limitaban á cumplir las órdenes é instrucciones que recibían de sus superiores, hayan causado general sorpresa y provocado en no pocas ocasiones censuras y protestas, absolutamente injustificadas en la inmensa mayoría de los casos.

Entre los pocos cabecillas racistas que lograron sustraerse al plomo ó el machete de las tropas, figura en primer término Gregorio Surín (hoy recluído en la Cárcel de Santiago de Cuba), y que, como se sabe, cayó prisionero de los valientes rurales del escuadrón "M", del Tercer Regimiento, en el glorioso combate de Kentucky.

Gregorio Surín, con quien tuvimos oportunidad de departir extensamente á raíz de su captura, es un mulato que representa unos cincuenta años de edad, y su aspecto afeminado, acaso tanto como el odio feroz que siempre ha sentido por la raza blanca, le hace repulsivo y odioso desde el primer momento.

Este hombre, que fué uno de los más entusiastas propagandistas de las doctrinas del llamado "Partido Independiente de Color", recibió de manos de Estenoz, en pago de sus servicios á la causa negra, el diploma de Coronel de Estado Mayor, y provisto de este documento, marchaba con la partida del cabecilla Heredia, al ocurrir la sorpresa de Kentucky, que vamos á referir suscintamente, y sin más objeto que satisfacer á las numerosas personas que nos preguntan todos los días por qué el Teniente Ortiz no dió muerte á Surín.

El Teniente Arsenio Ortiz, oficial valiente, pundonoroso y muy conocedor de las sierras orientales, operaba con una fuerza mixta de la Rural y guerrillas; y habiendo sabido por un presentado que la partida de Heredia se encontraba en un lugar denominado Sitges, levantó su campamento, establecido en la finca "La Cristina", y emprendió marcha con dirección al sitio expresado.

Cuando la columna de Ortiz hubo andado seis ú ocho leguas, comprendió su animoso jefe que no le sería posible hacerse acompañar de la pequeña fuerza de infantería que le seguía, pues los soldados, rendidos de fatiga, no podían dar un paso más. Resolvió entonces el bravo teniente proseguir la jornada sin más acompañamiento que quince números del escuadrón "M" del Tercer Regimiento de Caballería de la Guardia Rural, y con ellos llegó á Sitges, poco después de haberse retirado de dicho lugar las partidas rebeldes.

Las huellas indicaban que se habían dirigido á "El Atalí", y á "El Atalí" fué Ortiz con sus quince valientes, sin obtener otro resultado, que cerciorarse de que Heredia y los suyos se habían replegado sobre la inexpugnable posición de Kentucky, hacienda enclavada en el corazón de la sierra, á una altura prodigiosa sobre el nivel del mar, y dotada de tan formidables defensas naturales, que durante nuestras guerras emancipadoras jamás se atrevieron las aguerridas tropas españolas á intentar el desalojo de las fuerzas patriotas que hacían de ese lugar el centro de sus operaciones.

A corta distancia del batey de Kentucky encontraron Ortiz y sus guardias una avanzada rebelde, que "desecharon"; y después de ímprobos trabajos y trepando por el temible "farallón", cayeron como irresistible turbión sobre el campamento enemigo.

Heredia fué muerto; su ayudante, Despaigne, fué muerto también, y si los doscientos negros que componían la partida no fueron totalmente aniquilados, debióse á que la niebla, que en esos parajes jamás se disipa por completo, favoreció la fuga de aquellos desgraciados.

Ortiz y sus valerosos guardias persiguieron á los fugitivos durante algún tiempo, y cuando regresaron al sitio de la acción, hallaron á Gregorio Surín que con seis de los suyos, se había rendido á un indivíduo llamado "Pancho" Jaba, que había servido de práctico á las tropas leales.

Al ver al Teniente, Surín, que le conocía personalmente, cayó de rodillas, pidiendo humildemente que se le perdonase la vida; y Arsenio Ortiz, que en aquel momento se sentía feliz y orgulloso con el triunfo alcanzado, perdonó.

Al siguiente día fueron conducidos los prisioneros á "La Sigua", pequeña ensenada distante unas treinta millas náuticas de Santiago de Cuba, donde ya esperaba el cañonero Baire, cuyo comandante, el señor Alberto de Carricarte, se hizo cargo de ellos, para su conducción á Santiago.

XX SUSPENSION DE LAS GARANTIAS CONSTITUCIONALES

Al Congreso:

La grave perturbación del orden que amenaza la paz de la nación, me obliga á acudir, como lo hago, al honorable Congreso, en cumplimiento de lo que estatuye el Inciso segundo del artículo 68 de la Constitución, para que el Poder Legislativo con su habitual sabiduría y apreciando la situación porque atraviesa la República, dicte una Ley que me autorice para suspender las garantías constitucionales en todo el territorio nacional ó en determinada parte del mismo.

Enemigo de medidas extremas, he procurado sofocar el actual movimiento sedicioso sin recurrir al Congreso, á fin de que dictase la Ley que ahora solicito; pero la necesidad de terminar en una rápida campaña la insurrección armada, cortando con ello complicaciones exteriores y salvando la causa del orden y de la civilización, me obliga á dirigirme á los Cuerpos Colegisladores para obtener de ellos una medida que sabré hacer uso con la moderación que pongo en todos mis actos.

Palacio de la Presidencia, en la Habana, 3 de Junio de 1912.—(f.) José Miguel Gómez.

XXI LITERATURA AFRO-INDEPENDIENTE

He aquí una copia fiel de algunos de los más curiosos documentos ocupados á los alzados, por las tropas del gobierno:

Ejército Reivindicador

Cuartel General en Campaña en el punto la Cristina.—He recibido del Cdno. Capitán Tomás Maniel de este Ejército, en comisión por orden de este Cuartel General á mis órdenes, 500 tiros de Mauser, un caballo dorado tomado en el potrero "La Filipina", y otro del mismo color en la Aguada de Juan B. Riveauz y dos armamentos Espinfes, viniendo con él doce ciudadanos, cuyas generales han sido tomadas.

También he recibido dos caballos tomados el uno en el potrero de Enrique Tomás, y otro en la finca "Filipina".

Y para su constancia le firmo el presente. En Patria, Derecho y Libertad, á 29 de Mayo de 1912.

El Jefe del Estado Mayor, Isidoro Santos Carrero.

———

La Gloria.—Municipio de Alto Songo.—Oriente

Cuartel General del Ejército Reivindicador de la República Cubana en Campaña—Campamento La Gloria.

Reverendo General en Jefe del Departamento, de Oriente en toda su jurisdicción del E. R.

Con esta fecha, 23 de Mayo de 1912, le remito la expresada comunicación para que sea tomada en cuenta y asentado al libro del Ejército la comisión desempeñada por el infrascripto y el capitán Pablo Felisier y el teniente Ayudante Francisco Duany y Méndez y Mauricio Rebollar y el teniente armero Wenceslao Dávila y seis números; cuya comisión realizó las hazañas siguientes: el 20 de Mayo á la 1 a. m. en la Hacienda del Olimpo incomunicando la vía de Guantánamo y San Luis por el extremo Este y Oeste y el hilo de la finca por el Norte, sacando seis caballos aperados del Batey Olimpo y asaltando á la cantina del Sr. Juan Tejeiro de donde nos llevamos los objetos que constan en el libro en la fecha indicada.

Sin más, de Vd. atto. S. S.

El Comandante del Escuadrón de Caballería, Loreto Vera.

———

También el día 21 del presente con el mismo capitán y el Teniente ayudante y tres números, hicimos un recorrido con rumbo á Belona, del término municipal de Guantánamo.

Trayendo una res de una finca de ese término que fué entregada en ese día al Jefe día del Cuartel General de que le participo para lo que estime procedente. S. S. El Comandante del Escuadrón 10.

———

Cuartel General.—Pongo en su conocimiento que el dia primero del precente mes dirigi á Vd. una comunicación en la que ponía en su conocimiento que el día 31 del mes pasado le hecijí al teniente coronel Vicente Amaya que me hisiera entrega de esta brigada haciéndole entrega del diploma que se tuvo abien entregarme para dicho Sr. osponiéndose el señor Amaya aserme la entrega del alchivo de esta brigada, porque dice que es de su propiedad ciendo insierto que ese alchivo ha sido cojido en case del alcalde del barrio Sr. Ramón Bravo.

Ademas el día 28 del mes pasado se tomó la cantina del Sr. Pelegrín, habiendose sacado de dicho cantina se sacaron catorce asemilas cargadas de eftcto y ademas la infanteria bino cargada de efetctos y la gente unicamente vió lo que cargo la infantería pues lo demas factura nose hapodido saber donde lo an trasportado; y ademas el día 2 le mande una comunicación á Vd. la que rregreso á este cuartel el día 6 disiendo que acausa de haber mucho enemigo y no saver suparadero no isieron entrega dicha comunicación.

Pongo en conosimiento á ese cuartel que el señor Anaya el día primero salió con rumbo á ese cuartel imponiéndose aserme entrega de los armamentos que tenía en su escota pues se lo mande hapedir con el coronel Eduardo Goulte, disiéndole que el no entregaba nada pues esos armamentos los necesitaba el para su marcha y ademas disiendo el que como el se hiva á poner á las ordenes de un brigadier sin camisa y sin zapato, esto que le digo en estas líneas se lo pruevo en caso que el se negara.

Sin mas su affmo, amigo.—Campamento Vinento, Junio 7 de 1912.

General de División, Felipe Vera.

———

Ejército Reivindicador Cuartel General en Campaña

A la Jefatura General.

Sr. Jefe de la Provincia Oriental.

Señor:

A Vd. digo que habiendo operado en este Departamento Oriental y habiendo tomado el poblado de Palmarito haciendo en parte vivieres y ropas las fuerzas por particular, pasaron, al poblado de La yerba de Guinea, habiéndose dado á la fuga las fuerzas del Gobierno ocupamos noventa y siete tiros de Mauser Reformados y en las tiendas ocupamos un saquito de municiones otro de balines á más de doscientos cartuchos y seis cajas de pólvora de lo demás no puedo dar cuenta ni fe porque yo iba bajo las órdenes de otro Brigadier.

Y esperando de Vd. tenga un acto de justicia para con nuestras fuerzas que vamos atravesar para nuestro departamento y cruzamos desalmados y sin parques creo tome en consideración por carecer de los elementos indispensables, quedo de Vd. en espera nos reponga.

En 28 de mayo de 1912.

Feliciano Acosta, Brigadier.

XXII ALGUNAS OBSERVACIONES

Habana, Julio de 1912.

La República de Cuba ha escapado de los peligros y la vergüenza de una nueva intervención extranjera, gracias al patriotismo de su pueblo, á la energía de su gobierno, y al heroismo de su brillante ejército.

Ha caído Estenoz, ha caído Ivonet, se han sometido los pocos jefes del movimiento que lograron sustraerse al plomo de las tropas leales; y como consecuencia de tan resonantes victorias ha renacido la paz y va poco á poco renaciendo la confianza.

Necio sería, sin embargo, que adormecidos por la embriaguez del triunfo, olvidáramos los peligros pasados y no adoptásemos previsoras medidas para lo porvenir.

El movimiento estenocista nos ha probado, en primer término, que los negros, á los que tantas consideraciones hemos guardado, son bastante ingratos para combatirnos con las armas en la mano y poner en peligro las instituciones nacionales.

Es necesario, pues, que procuremos evitar á todo trance que vuelvan á las andadas. El gobierno puede impedirlo, y para ello le bastará con organizar un cuerpo de policía secreta nacional, es decir, un cuerpo cuyos agentes (reclutados entre todos los elementos sociales del país) puedan moverse libremente de un extremo á otro de la isla, y ejercer estrecha y constante vigilancia sobre todos aquellos indivíduos á quienes se considere capaces de recoger la triste herencia de los caídos en Micara y Nueva Escocia.

Hecho esto, hay que pensar en la posibilidad de que, no obstante las medidas preventivas que se adopten, puedan los racistas realizar una nueva intentona.

Llegado este caso, planteada nuevamente la cuestión de fuerza, preciso será que dispongamos de un ejército bastante numeroso para atender, á la vez, á las seis provincias; porque no es lógico suponer que todas las revoluciones (racistas ó de otra clase) que puedan ocurrir en Cuba hayan de abarcar una extensión de territorio tan poco extensa como la que, por suerte de todos, acaba de fracasar en Oriente.

Hemos dicho ya, y no nos cansaremos de repetirlo, que si Estenoz, más osado, hubiese tenido bastante valor para levantar la bandera negra en las provincias occidentales, difícil, si no imposible, hubiera sido la tarea de aplastar el movimiento, puesto que el ejército relativamente poco numeroso, habría tenido que fraccionarse.

Se hace, pues, indispensable, aumentar considerablemente el efectivo militar de la República; y como quiera que sería ridículo que un país de tres millones de habitantes contase con un ejército regular de cincuenta ó sesenta mil soldados (cosa que, por otra parte, gravaría enormemente nuestro erario) debe el gobierno pensar con toda formalidad en la organización de las milicias nacionales, tomando como modelo los cuerpos similares que existen en los Estados Unidos, y que constituyen, como es sabido, el núcleo militar más importante de la Gran República.

No hay que temer que las tropas milicianas puedan llegar á convertirse en una amenaza para la paz pública; y no hay que temerlo, en primer lugar, porque aun en el caso de que las milicias de una localidad y si se quiere las de toda una provincia se sublevasen, las de las otras regiones no tendrían motivo para hacer lo mismo; en segundo lugar, porque para sublevarse no bastan los fusiles, sino que hacen falta también las municiones, y éstas, como es lógico suponer, ya tendrían buen cuidado los jefes del ejército de tenerlas á buen recaudo y en sitio seguro, como se hace en Francia con la Guardia Nacional y en los Estados Unidos con las milicias de los Estados; y por último, no hay que olvidar que todos los hombres del mundo (y los cubanos en primer término) por más levantiscos que sean, dejan de serlo desde el momento que visten un uniforme y juran una bandera.

El General Monteagudo, que conoce mejor que nadie el problema, por haberlo estudiado detenidamente bajo todos sus aspectos, es partidario decidido de la organización de las milicias; y sus iniciativas en este sentido deben encontrar en todas partes el apoyo decidido de cuantos se interesen por el bienestar de Cuba.

Por lo que se refiere á reformas y modificaciones en el ejército regular propiamente dicho, sabemos también que el General en Jefe tiene algunas en cartera, tales como el aumento de la Guardia Rural y la creación de un cuerpo de dragones, soldados instruídos y armados para combatir indistintamente á pié y á caballo, y que, útiles en todas partes, resultan indispensables, ó poco menos, en países como el nuestro, donde la movilidad es, en la mayor parte de los casos, el auxiliar más poderoso de la victoria.

Ahora bien: para que una tropa de esta índole sea verdaderamente eficaz, lo primero que hay que hacer es dotarla de buenos caballos, y éstos (contra lo que generalmente se supone) son muy escasos en nuestra tierra.

El caballo criollo, que pudo ser en época lejana tan bueno como el mejor, ha degenerado lastimosamente, y casi puede asegurarse que desde la guerra de Independencia, y como triste consecuencia de ella, no hay caballos en Cuba.

Testigos presenciales de las vicisitudes y los incidentes de la penosa campaña que acaban de librar nuestras tropas en Oriente, hemos tenido oportunidad de admirar en muchas ocasiones la increible resistencia de los soberbios corceles del Tercio Táctico, de la Guardia Rural, que una vez aclimatados resisten admirablemente la temperatura tropical y son capaces de realizar jornadas increibles, lo mismo por la sierra que por el llano, sin experimentar el más leve quebranto.

Ahí están en corroboración de lo que decimos los nobles brutos de los escuadrones que mandan los capitanes Iglesias, Perdomo y Amiel, que después de dos meses de incesante y cruenta labor, se conservan en inmejorables condiciones, y tan frescos, saludables y robustos, como si no hubieran salido del campamento de Columbia.

Y en cambio, y ofreciendo el más doloroso contraste, los misérrimos caballejos criollos del Regimiento Núm. 3, á duras penas han podido llenar medianamente su cometido.

También con esto que dejamos apuntado está de acuerdo el General Monteagudo, entre cuyos proyectos figura el de adquirir en los Estados Unidos, un número suficiente de caballos del mismo tipo de los que tan excelente resultado han dado en el Tercio Táctico de la Guardia Rural.

XXIII EL FUEGO DE PALMA MOCHA

Por fuerzas del capitán Perdomo.

Después de largo tiempo de encontrarse en la provincia Oriental persiguiendo en vano á las partidas rebeldes, sin lograr que éstas lo esperaran, según costumbre inveterada en los alzados, el capitán del Escuadrón "D" de la Guardia Rural, señor José Perdomo, recibió el día 12 de junio la visita de un vecino de Río Frío, informándole que una numerosa partida de alzados se encontraba acampada en aquel lugar, por lo que el referido capitán, muy de mañana aún, dispuso que la pequeña columna que mandaba se pusiera en marcha con dirección al lugar en el cual se decía se encontraba el mencionado grupo.

Comenzó la marcha atravesando las fincas de "Guanabo", "Vuelta Corta" y "Filipinas", hasta llegar al lugar conocido por "Río Frío", que, como decimos antes, era donde se encontraba el enemigo; pero ya los cabecillas Felipe Vera, el "Brigadier" Anaya y Boulet, se habían marchado precipitadamente de este lugar, por lo que el capitán Perdomo hubo de practicar distintos reconocimientos y después de oir varias confidencias y examinar el rastro, pudo comprobar que la partida rebelde se encontraba cerca de "Palma Mocha". El capitán, no obstante el gran número de alzados que componían dicha partida, pues el rastro que se veía era enorme, no titubeó un solo instante, y dispuso que se emprendiera sigilosamente la marcha por el infernal camino que conduce al referido lugar.

Eran las 4 y 10 de la tarde, y aun ningún soldado había tomado alimento alguno; los oficiales para dar el ejemplo se habían negado á tomar el café que voluntariamente les ofrecieran varios vecinos. No obstante esta circunstancia, todos iban bien dispuestos, animosos, llenos de fe; ¡quizás presentían el gran triunfo que se les aproximaba, á medida que iban avanzando por el camino emprendido!

Ya cerca de Palma Mocha, se hizo alto y el capitán Perdomo, Jefe de la columna, ordenó que el joven Teniente Jacinto Llaca, perteneciente al cuerpo de la Guardia Rural, fuese desmontado con 10 hombres en la extrema vanguardia de la columna, con el fin de que no pudieran los rebeldes oir el tropel de los caballos.

No habían transcurrido aun 20 minutos y ya se sintieron en la vanguardia los primeros tiros con que una avanzada enemiga, compuesta de 15 hombres, recibía á los 10, que al mando del Teniente Llaca, marchaban. ¡Fuego por escuadras! oyóse decir en aquel mismo instante, y una serie repetida de detonaciones se sintieron enseguida.

Aquella fué la señal. Los soldados que se encontraban con el resto de la columna, enardecidos por el humo producido por la pólvora y por los gritos de entusiasmo de sus compañeros que ya peleaban, se encontraban alborozados, y esa emoción natural que produce en las almas de los valientes el estampido de los primeros disparos, les embargaba.

Todos estaban atentos á la voz de mando, esperando que llegara el instante para caer sobre la horda de racistas y exterminarla con el filo de sus machetes.

El capitán Perdomo á cuyo lado estaba el valeroso oficial Ovidio Ortega, estaba frío, impasible, siguiendo con la vista todos los movimientos que el enemigo hacía.

El camino donde se encontraba la columna era muy estrecho y la posición que ocupaban los rebeldes era espléndida, como escogida, por antiguos mambises muy prácticos y muy conocedores de todos aquellos lugares.

De repente el capitán Perdomo ordenó Al galope, y todo el escuadrón como un solo hombre obedecía con extraordinaria rapidez. Los diez hombres que con el Teniente Llaca se habían desmontado volvieron á subir á sus caballos respectivos. Pocos minutos después, ya se veían numerosos grupos de alzados los cuales se encontraban acampados en el centro de un llano rodeado completamente de monte.

La enérgica voz del capitán Perdomo, volvióse á oir: Un pelotón por el flanco izquierdo—dijo—La vanguardia que avance rápida por el centro. Teniente Ortega, lleve el resto de la columna sobre aquella loma, y picando con sus espuelas los hijares de su brioso caballo, éste se puso en carrera veloz sobre el campo enemigo, seguido de un grupo de valerosos soldados.

Los rebeldes al verse tan inesperadamente atacados, trataron de hacer resistencia al empuje de nuestros soldados; pero el teniente Ortega que mandaba el resto de la columna del capitán Perdomo, y que como decimos antes, se encontraba en un lugar conveniente, cuidando de la impedimenta y de las secciones de ametralladoras, dispuso que una de esas temibles máquinas fuese emplazada para proteger con su mortífero fuego el avance de las tropas. Tan pronto la ametralladora que estaba montada, comenzó á vomitar cientos de balas por minuto, los alzados emprendieron precipitada fuga, perseguidos muy de cerca por el aguerrido oficial Luis Hernández, el cual llegó tan cerca de los grupos rebeldes, que su machete aún guarda, huellas de la sangre de algunos de ellos.

El sargento Manuel Montalvo, de las ametralladoras hacía funcionar, en unión del soldado Martínez una de aquellas temibles máquinas, que tantas bajas produjeron á los rebeldes.

El fuego de fusilería continuaba rudo, gritos de dolor, mezclados con voces de mando, dejábanse oir, el tiroteo estaba en todo su apogeo; pero á medida que el tiempo transcurría, éste iba cesando hasta que paulatinamente desapareció. Eran las 5 y 15 de la tarde. El Sol comenzaba á esconderse detrás de las copas de los altos árboles, de que se componía el monte donde tenía lugar la trágica contienda.

De pronto un pequeño grupo de rebeldes se deja ver sobre una pequeña loma cercana al lugar en que la caballería se encontraba, el capitán Perdomo no se hizo esperar. Corneta, toca á la carga: dijo, y al escuchar los soldados los bélicos sonidos de la trompeta pusieron al galope sus cabalgaduras y segundos después, se había entablado una cruenta lucha, cuerpo á cuerpo, de la que no salieron muy bien tratados los Independientes que la sostuvieron, breves minutos.

Sería una falta, que jamás nos perdonaríamos, si no hiciésemos mención de los sargentos Pérez y Montalvo y los cabos Díaz y López del escuadrón "F" de la Guardia Rural; y á los también cabos del escuadrón "L" Martínez y Pérez, que tan heróicamente se comportaron en esta acción.

Ya terminado el fuego, procedióse, á pesar de lo avanzado de la hora, á practicar un reconocimiento en el campo de batalla, el que dió como resultado que se encontraron 12 cadáveres, dos de los cuales estaban en el lugar donde se rompió el fuego por el teniente Llaca, también se ocupó al enemigo 30 caballos, sacrificándolos acto seguido por no encontrarse útiles.

También se ocuparon diversos objetos, tales como hamacas, sombreros, zapatos y muchas monturas, lo que demuestra palpablemente lo precipitados que anduvieron los revoltosos para ponerse fuera del alcance de las temidas balas de nuestros valerosos soldados.

Terminada la operación, la columna se acampó en "San José", después de haber recorrido 12 leguas. Solo un mulo fué herido por los alzados.

Aquella noche hubo rancho extraordinario para los soldados, y en el campamento reinó la mayor alegría.

Al día siguiente el capitán Perdomo con la modestia que le caracteriza, pasaba al Cuartel General un telegrama dando cuenta del encuentro del día anterior; pero restándole importancia, solo exponiendo el valor de sus soldados y la satisfacción que dá el deber cumplido.

General Monteagudo, Jefe de las fuerzas armadas de la República.

General Monteagudo, Jefe de las fuerzas armadas de la República.
General Monteagudo, Jefe de las fuerzas armadas de la República.

General Pablo Mendieta. Jefe de la Brigada de Infantería.

General Pablo Mendieta. Jefe de la Brigada de Infantería.
General Pablo Mendieta. Jefe de la Brigada de Infantería.

Comandante Collazo. Jefe del Cuerpo de Ametralladoras.

Comandante Collazo. Jefe del Cuerpo de Ametralladoras.
Comandante Collazo. Jefe del Cuerpo de Ametralladoras.

Coronel Francisco de Paula Valiente. Jefe del Cuerpo de Artillería de Costas.

Coronel Francisco de Paula Valiente. Jefe del Cuerpo de Artillería de Costas.
Coronel Francisco de Paula Valiente. Jefe del Cuerpo de Artillería de Costas.

Teniente Coronel Ibrahín Consuegra. Actual Jefe Militar de Oriente.

Teniente Coronel Ibrahín Consuegra. Actual Jefe Militar de Oriente.
Teniente Coronel Ibrahín Consuegra. Actual Jefe Militar de Oriente.

Coronel Carlos Machado y Morales. Jefe del 2º Regimiento de Infantería.

Coronel Carlos Machado y Morales. Jefe del 2º Regimiento de Infantería.
Coronel Carlos Machado y Morales. Jefe del 2º Regimiento de Infantería.

Teniente Coronel Quiñones. Jefe de la Artillería de Montaña.

Teniente Coronel Quiñones. Jefe de la Artillería de Montaña.
Teniente Coronel Quiñones. Jefe de la Artillería de Montaña.

Teniente Coronel J. Manuel Guerrero. Auditor general del Ejército.

Teniente Coronel J. Manuel Guerrero. Auditor general del Ejército.
Teniente Coronel J. Manuel Guerrero. Auditor general del Ejército.

Grupo de Jefes y Oficiales.

Grupo de Jefes y Oficiales.
Grupo de Jefes y Oficiales.

Capitán Emiliano Amiell del Tercio Táctico de la Guardia Rural.

Capitán Emiliano Amiell del Tercio Táctico de la Guardia Rural.
Capitán Emiliano Amiell del Tercio Táctico de la Guardia Rural.

1er. Teniente Arsenio Ortiz. Que tanto se distinguió en la revolución estenocista.

1er. Teniente Arsenio Ortiz. Que tanto se distinguió en la revolución estenocista.
1er. Teniente Arsenio Ortiz. Que tanto se distinguió en la revolución estenocista.

Grupo de Oficiales de la Artillería de Montaña

Grupo de Oficiales de la Artillería de Montaña
Grupo de Oficiales de la Artillería de Montaña

Teniente Coronel Pujol y grupo de Oficiales.

Teniente Coronel Pujol y grupo de Oficiales.
Teniente Coronel Pujol y grupo de Oficiales.

Capitán Pedro García Vega. Ayudante del 1er. Regimiento de Infantería.

Capitán Pedro García Vega. Ayudante del 1er. Regimiento de Infantería.
Capitán Pedro García Vega. Ayudante del 1er. Regimiento de Infantería.

Fuerzas preparadas para embarcar en el Crucero «Cuba», que había de trasportarlas á esta capital

Fuerzas preparadas para embarcar en el Crucero «Cuba», que había de trasportarlas á esta capital
Fuerzas preparadas para embarcar en el Crucero «Cuba», que había de trasportarlas á esta capital

El General Monteagudo, momentos después de su llegada, esperando el automóvil en el muelle.

El General Monteagudo, momentos después de su llegada, esperando el automóvil en el muelle.
El General Monteagudo, momentos después de su llegada, esperando el automóvil en el muelle.

Sixto López Miranda, heróico corresponsal en campaña del periódico «La Discusión».

Sixto López Miranda, heróico corresponsal en campaña del periódico «La Discusión».
Sixto López Miranda, heróico corresponsal en campaña del periódico «La Discusión».

Leopoldo Massana Pérez. Redactor de «Cuba» y Corresponsal del mismo en campaña. Operó con el Coronel Francisco de Paula Valiente.

Leopoldo Massana Pérez. Redactor de «Cuba» y Corresponsal del mismo en campaña. Operó con el Coronel Francisco de Paula Valiente.
Leopoldo Massana Pérez. Redactor de «Cuba» y Corresponsal del mismo en campaña. Operó con el Coronel Francisco de Paula Valiente.

EPILOGO

AL PUEBLO DE CUBA ———— LA PATRIOTICA PROCLAMA DEL SR. PRESIDENTE ————

Los atentados á la civilización, los ultrajes á la humanidad y las injurias á la Patria, perpetrados por las fracciones en rebeldía, sin respetar siquiera los fueros del hogar, colocan al Gobierno, con cuya Presidencia me honro, en situación de proceder tan enérgicamente como cuando es preciso defender, á costa de los más grandes sacrificios, no solamente las instituciones republicanas y el gobierno propio, sino la honra nacional. No puede en manera alguna permitirse que en pleno siglo XX, en un país tan culto como el nuestro, una sociedad como la nuestra, que tiene títulos sobrados para ser respetada y respetable, consienta que turben un momento más su paz moral y material esas manifestaciones de feroz salvajismo que realizan los que se han colocado, especialmente en la Provincia Oriental, fuera del radio de la civilización humana.

Ha llegado, pues, el instante de que todos los ciudadanos útiles, de que todo hombre digno del título de tal, cualquiera, que sea su raza, se apreste para servir á la noble causa en cuyo nombre hablo, haciéndome eco de los sentimientos expresados al Gobierno por la casi totalidad del país y de los nobles sentimientos de los corazones cubanos. La hora, es de acción inmediata. Los bárbaros atentados á la cultura pública y á la dignidad nacional, realizados por los que proceden movidos por instintos feroces, obligan á todo hombre civilizado á defender su derecho vulnerado en los derechos de todos; para acudir con el arma al brazo á ser de los primeros en tomar puesto en las filas de la defensa nacional. Me dispongo á terminar brevísimamente la actual campaña, á fin de aniquilar el movimiento armado en la República, que sonroja los rostros de los hijos de un pueblo valeroso, digno y de vergüenza; dicha sea esta última expresión apelando el vocablo que en crítica situación para los revolucionarios del 68, sirvió al inmortal Agramonte para levantar más el espíritu público y hacer que prosiguiera la jornada gloriosa.

El Ejecutivo espera que el Congreso votará mañana mismo el crédito suficiente para poner en pie de guerra todo el contingente preciso para conjurar, con rapidez y rudeza, la tempestad de pasiones desenfrenadas que unos cuantos criminales y colaboradores del crimen han desencadenado sobre Cuba, que no podía esperar tan insólita y torpe agresión.

He de armar y organizar excepcional é inmediatamente, al país, para su propia defensa. No tanto como en el ejercicio de un derecho, cuanto en cumplimiento de un deber, cada cual debe disputarse la satisfacción patriótica de ser de los primeros en formar parto de la legión de honor que libre á la República del bárbaro atentado que se le hace por los que dan testimonio de no detenerse ante lo que es más digno de reverente veneración. A la agresión asoladora y disolvente opondrá el Gobierno la acción del país organizado, que marchará denodada y virilmente á restablecer la paz, sin escatimar esfuerzo alguno, en aras de la salvación de la República y del decoro nacional.

Para el honor y para la gloria de esta empresa no hay grandes peligros, ya que el enemigo se mueve entre la espesura de los bosques, actuando por sorpresa, esquivando los combates; pero aunque los hubiera, este pueblo digno y heroico, que no sabe tolerar ultrajes á su honra, ahora como siempre, y ahora más que nunca, los arrostraría con la impetuosa serenidad de los que en los campos de Cuba, entre escombros humeantes, con su propia sangre, tiñeron las franja y el triángulo de la bandera de la patria.

Habana, 6 de Junio de 1912.

JOSE M. GOMEZ, Presidente de la República.

EL BANQUETE MONSTRUO

——

Desde las primeras horas de la mañana del día 27 de Julio, un enorme gentío, ávido de curiosear, invadía los alrededores de nuestro gallardo Parque Martí, el que transformado en breve espacio de tiempo en monstruoso comedor, ofrecía un golpe de vista espléndido, á la par que singular.

Cientos de mesas repartidas por todos los rincones del paseo, trofeos de las distintas armas, cañones históricos, y baterías modernas.

El Parque, adornado con numerosos cordones de bombillas eléctricas, presentaban un aspecto hermosísimo que era realzado por la animación que se notaba en los alrededores, por donde cruzaban centenares de personas á pie, en coches y en automóviles para presenciar el magno acontecimiento.

Desde las seis comenzaron á llegar las compañías y los escuadrones, que habían de participar de tan agradable fiesta. Todos venían en traje de guarnición, con guante blanco, y formados correctamente.

En cada rostro de aquellos valerosos soldados leíase el júbilo, el placer que aquella fiesta que á guisa de homenaje le ofrecía el pueblo, que de esa manera demostraba que sabía hacer justicia á sus valerosos y abnegados soldaditos.

A las 8 en punto y á toque de corneta sentáronse todos los comensales alrededor de las distintas mesas, y comenzaron á servirse los ricos manjares al par que las bandas de música del Cuartel General y Municipal, ejecutaban brillantemente las siguientes escogidas piezas:

1.—Marcha Militar "General Monteagudo," Marín Varona. Banda del Cuartel General.

2.—Marcha "Paz Universal", Lampe. Banda Municipal.

3.—Overtura Militar "Patria", Marín Varona. Banda del Cuartel General.

4.—Mosaico "Cuba", Anckerman. Banda Municipal.

5.—Selección de la ópera "El Conde de Luxemburgo", F. Lehár. Banda del Cuartel General.

6.—Habanera "Cuba", Sánchez Fuentes. Banda Municipal.

7.—"Potpourrit cubano", Marín Varona. Banda del Cuartel General.

8.—"Rapsodia cubana", Tomás.—Banda Municipal.

9.—Selección de la opereta "El Soldado de Chocolate", O. Strauss. Banda del Cuartel General.

10.—Valses "Loveland", Holzmann. Banda Municipal.

11.—Valses de "La Corte de Faraón", V. Lleó. Banda del Cuartel General.

12.—"Viaje á un Ingenio", Tomás. Banda Municipal.

13.—Danzón de Romeu "El barbero de Sevilla", F. Rojas. Banda del Cuartel General.

14.—Two Step "Cubanita", Marín Varona. Banda del Cuartel General.

15.—"Himno Nacional Cubano". Banda del Cuartel General.

El menú que sirvió el gran Hotel "Telégrafo," fué:

Jamón. Queso de puerco.

Arroz con Pollo.

Lechón asado á la Cubana.

Ensalada mixta.

Dulces secos. Repostería.

Vino Tinto, Rioja "El Pino".

Café.

Tabacos y cigarros.

(Obsequio de las Fábricas "Baire", "Petronio", "Eminencia", "Competidora Gaditana" é "Hija de Gener".)

Terminada cerca de las 10 de la noche la comida, púsose en pie el doctor Julio de Cárdenas, Alcalde Municipal de la Habana, quien alzando su copa brindó por el Ejército, dándole la bienvenida en nombro del pueblo de la Habana, y felicitando á las instituciones armadas de la República por la manera rápida y eficaz con que habían terminado la campaña de Oriente.

Con una salva de aplausos fué saludado el doctor Cárdenas, al terminar su sencilla y patriótica peroración.

A continuación habló el doctor Mario García Kohly. He aquí su brillante discurso:

Sr. General en Jefe de las Fuerzas Armadas de la República.

—Señores:

Mis compañeros de Gabinete me han conferido el encargo que yo he aceptado y voy á cumplir como una honra de valor inestimable de dirigir en nombre del Gobierno su saludo, y con su saludo el homenaje fervoroso de su admiración y de su entusiasmo á este Ejército heroico, glorioso, abnegado y triunfal de la República y de manera especial á su ilustre y victorioso general en Jefe que, apoyado en el amor y en el patriotismo de su pueblo han logrado salvar para la causa de la civilización y libertad cubana, la República y la personalidad política cubana, asegurándonos lo hermoso de nuestra propia nacionalidad.

Por eso es, señores, este acto; por eso este homenaje, por eso este tributo. Es nuestro deber declarar que no es este acto ni este homenaje ni este tributo, obra de un gobierno; no es la obra de un partido, no es la obra de una clase, es, la ofrenda del pueblo cubano, es un latido vigoroso potente, intenso y sincero de la conciencia nacional cubana, es la patria misma que en este acto nos reune y la que en estos momentos nos dignifica, nos fraterniza en la comunidad del mismo sentimiento y en la identidad de la misma idea del pueblo y de la patria que vé en el Ejército el bloque inconmovible de roca y de granito en que descansan firme y segura la dignidad y la honra de la patria.

Continua su discurso, haciendo mención del lugar donde se encuentran, frente á la estatua de Martí, el más apropiado para celebrar un acto de aquella naturaleza; hace historia de la revolución en Oriente, la cual no debe dejar rastro alguno y termina su discurso con las siguientes palabras:

Pero de ese hecho doloroso de nuestra vida nacional del que solo debe quedar el recuerdo de esta inmarcesible gloria se desprende el patriotismo de nuestro Ejército y el patriotismo de nuestro pueblo.

Yo brindo señores en primer término por el Honorable Presidente de la República, por el héroe de Arroyo Blanco, por el primer magistrado de la nación, que es el primer ciudadano de la República. Brindo por el Ejército Nacional, por las Fuerzas Armadas de la República y por su ilustre y glorioso jefe, por estas fuerzas armadas que han demostrado ser dignas herederas y sostenedoras gloriosas de aquel ejército libertador que hizo la independencia de nuestra patria con tanta gloria y grandeza como la sabrán mantener y conservar nuestras Fuerzas Armadas. Brindo, señores, finalmente, por lo que es primero en nuestro corazón, por la Patria; por la independencia y por la República, por esta Patria cuyas grandezas todos anhelamos; por que no la veamos de nuevo atormentada por la miseria y por el sufrimiento, sino llena de luz vestida de laureles y coronada por la civilización. (Grandes aplausos).

En nombre de los Veteranos y del pueblo de Cuba, habla el general Emilio Núñez, que comienza su discurso manifestando que la base fundamental en que descansan las democracias son la Libertad, la Igualdad y la Justicia, y termina diciendo que las glorias conquistadas por el Ejército Libertador en la lucha por la Independencia de Cuba, no acabaron al conseguirla, pues tendrán su continuador en el actual Ejército que luchará para sostenerla. Termina el General Núñez fecilitando por ello al Ejército y á sus Jefes.

A continuación hace uso de la palabra el general José de Jesús Monteagudo, Jefe de las Fuerzas Armadas.

"Señores, dice: Yo quiero en nombre de las Fuerzas Armadas de la República dar á todos las gracias más sinceras y más sentidas.

El soldado cubano se siente satisfecho porque ha cumplido con un deber; pero se siente mucho más satisfecho porque el pueblo cubano lo festeja y agasaja y los soldados sabemos que ese es el único premio á que podemos aspirar por nuestros servicios á la Patria. Con ello estamos satisfechos, nuestros corazones se ensanchan, y cada día con más entusiasmo defenderemos lo que á todos nos es grato: la independencia de la patria.

Yo quiero hacer—pidiéndoles á todos que nos pongamos de pie—un voto sincero y profundo que nazca del corazón ante esa estatua del excelso (señala la estatua de Martí) que es el emblema del ideal cubano, que esta sea la primera y última fiesta con que se nos festeje, y porque jamás en Cuba se derrame la sangre cubana. (Grandes aplausos).

A petición de varios amigos hizo uso de la palabra el señor Manuel Gutiérrez Quirós, que brindó por el Ejército y por la República, á la cual desea ver grande y poderosa entre el concierto de los pueblos libres y civilizados.

Próximamente á las once de la noche se levantaron los comensales, dirigiéndose el general Monteagudo y algunas personas más al hotel "Telégrafo".

Al pasar la comitiva por frente á la Banda del Cuartel General, que se hallaba frente al hotel, ejecutó el himno nacional cubano, que fué oído de pie y descubiertos por todos.

El orden que reinó en el banquete fué mucho, y ni una miga de pan, ni una botella rota, ni un plato arrojado, nada hubo que denunciara que allí habían comido tantas personas.

La compostura de nuestros soldados es grande, ellos que saben ser buenos y heroicos en la guerra, saben ser también finos, educados, caballerosos, en la paz.

Entre los concurrentes que á ese acto asistieron vimos á los siguientes:

Jefes y Oficiales

Mayor General José de Jesús Monteagudo.

Brigadier Pablo Mendieta Montefur.

Coronel José Martí y Zayas Bazán.

"Francisco de P. Valiente y Portuondo.

"Carlos de Rojas y Cruzet.

"Carlos Machado y Morales.

Tte. Coronel José N. Guerrero y Dueñas.

" José Pereda y Gálvez.

"Bartolomé Masó y Martí.

"Serafín Esinosa y Ramos.

"Enrique Quiñones y Rojas.

"Eduardo Pujol y Comas.

Comandante.—Guarino Landa y González.

"Luis Moré y del Solar.

"Carlos Daniel Macía y Padrón.

"Rosendo Collazo y García.

"Leandro de la Torriente y Peraza.

"José M. Lazama y Rodas.

Comandante Gustavo Rodríguez y Pérez.

"Rigoberto Fernández y Lecuona.

"Ramón Fonts y Segando.

"Eugenio Silva y Alfonso.

Capitán.—Julio Aguado y Andreu.

"José Marín Varona.

"Magín Marrero y Rodríguez.

"Juan Cruz Bustillo.

"Antonio Taved y Marcano.

"Gabriel de Cárdenas y Alfonso.

"Luis Ojeda y Jiménez.

"Fernando Drigas y Acosta.

"Francisco Fernández y Martínez.

"Julio Morales Broderman.

"Pedro García Vega.

"Angel Pérez González.

"Alfredo Liza y Tardiff.

"Arturo Alfonso y Alvarez.

"Armando Guerrero y Brufau.

"Andrés R. Campiña y González.

"Conrado García Espinosa.

"Ernesto N. Tabio y Espinosa.

"Domingo Socorro y Méndez.

"Héctor de Quesada y Cuhuat.

"José de Cárdenas y Armenteros.

"Abelardo J. Marrera y Estrada.

"Fernando Capmany y C. Alvarez.

"David Whitmarsch y García.

"Manuel Almeida y Hernández.

"Manuel Morales Broderman.

"Félix Guerra y Rodríguez.

"Ciro Leonard y Fernández.

Capitán José E. Bonich de la Puente.

"Manuel M. Gómez y Revero.

"Francisco Chomat y de la Cantera.

"Pablo Moliner y García.

"Federico Tabio y Espinosa.

"Alfonso González del Real y de la Vega.

1er. Teniente.—Lorenzo Hernández y Estrada.

"Emilio D. Morán y Chapotin.

"Luis Hernández Savio.

"Alfredo Sardiñas y Zamora.

"Enrique A. Prieto y Romañach.

"Ignacio Algarra y Mendivil.

"Evans Grifft y Domínguez.

"Leopoldo Alonso y Gramage.

"Aniceto Sosa y Cabrera.

"Cayetano Quintero y Bango.

"Guillermo Santamaría y Vila.

"Enrique Pereda y Sardiñas.

"Rafael Carrera y Ferrer.

1er. Teniente.—Erasmo Delgado y Alvarez.

"Emilio Rouseau y Mendevid.

"Emilio Cancio Bello y Arango.

"Manuel Baster y Fonts.

"Manuel Aguila y Díaz.

"Manuel Ruibal y Miramonte.

"Manuel Rodríguez y Sigler.

"Juan Cordabo y Escalona.

"José M. Bernabeu y Casanova.

"Domingo del Monte y Martínez.

"José M. Herrera y Roig.

"Gustavo González y Rauville.

"Ricardo Antón y García.

1er. Teniente Largio Cordero y Calvo.

2º. Teniente.—Francisco Iznaga y Alejo.

"Virgilio G. Villate y González.

"Bolívar Vila y Blanco.

"Alfredo Roig y Elcid.

"Héctor Monteagudo y Fortún.

"Alberto Espinosa y Ramos.

"Ramón O'Farrill y de Miguel.

"Enrique A. Varona y del Castillo.

"Rafael Santamaría y Vila.

"Arístides Hernández y Rodríguez.

"Virgilio Acosta y Acosta.

"Manuel Escribano y González.

"José Trescerra y Pujada.

"Joaquín Silveiro y Saena.

2º. Teniente.—Joaquín A. de Oro y Vizcaino.

Capitán.—Augusto W. York y Brooks.

Comandante.—Antonio Luaces y Molina.

Primer Teniente.—Américo Lora y Yero.

Capitán.—José M. Iglesias Toro.

Primer Teniente.—Antonio Pineda y Rodríguez.

Segundo Teniente.—Crescencio Hernández Morejón

Capitán.—José González Valdés.

Primer Teniente.—Tomás Quintín Rodríguez.

Segundo Teniente.—Jesús Adalberto Jiménez.

Capitán.—José Perdomo Martínez.

Primer Teniente.—Olvido Ortega y Campos.

Segundo Teniente.—Jacinto Llaca y Argudín.

Segundo Tte.—Arístides Hernández Rodríguez.

Teniente Dentista.—Pablo Alonso Sotolongo.

Tte. Jefe Sanidad.—Antonio Rodríguez Valdés.

Primer Tte. Músico—Pablo Cancio Quintero.

Teniente Farmacéutico.—Juan González Ramírez.

Coronel.—José Francisco Lamas.

Comandante.—Felipe Blanco.

Capitán.—Desiderio Petterson y Hermoso.

Capitán.—Armando Montes y Montes.

Primer Tte. Crescencio Cabrera y Hernández.

Coronel.—Emilio Avalos.

Capitán.—Raimundo Martín.

Teniente.—Ricardo Aguado y Abreus.

Teniente.—Arturo G. Quijano.

Teniente.—Abelardo García Fonseca.

Teniente Coronel.—Tomás Armstrong.

Teniente.—Lucio Quirós.

J. Peñalver y Rondón.

Capitán.—Martín Marrero y Rodríguez.

Capitán Pío Alonso y Riera.

Capitán.—Ernesto I. Usatorres Perdomo.

Capitán.—Luis A. Beltrán Moreno.

Capitán.—Lutgardo de la Torre Izquierdo.

Primer Teniente.—Eugenio Dubois y Castillo.

Primer Teniente.—Enrique Machado Nadal.

Primer Teniente.—Arsenio Ortiz Cabrera.

Primer Teniente.—Amado de Céspedes Figueredo.

Capitán.—Aniceto de Castro y Carabeo.

Primer Teniente.—Augusto Díaz Brito.

Primer Teniente.—Eduardo Clara y Padró.

Teniente.—Carlos Fuentes y Machado.

Teniente.—Luis Febles y Alfonso.

Primer Teniente.—Enrique Pereda y Sardiña.

Teniente.—Carlos Riquelme y Giquel.

Teniente.—Pedro J. Peñalver y Rondón.

Capitán.—Jorge Vila Blanco.

Primer Teniente.—Eduardo Miranda.

Primer Teniente.—Rafael Ramos.

Primer Teniente.—Federico de la Vega.

Primer Teniente.—Patricio de Cárdenas.

Primer Teniente.—Pablo Alonso.

Segundo Teniente.—Armando Fuentes.

Segundo Teniente.—José Salvata y Mesa.

Segundo Teniente.—César Celoria.

Segundo Teniente.—Francisco Espinosa.

Taquígrafo.—Wifredo Hiraldo.

Agregado.—Ismael Consuegra Guzmán.

Agregado.—Elisardo Maceo.

Agregado.—Francisco Aday.

Agregado.—Catalino Collazo.

Capitán.—José A. Bernal.

Segundo Teniente.—Arturo Varona.

Primer Teniente.—Alfredo Suárez.

Sres. Lorenzo Portillo.

"Pedro Díaz Martínez.

"Dr. Luis Octavio Diviñó.

"Francisco de Paula Portuondo.

"Ramón Pio Juria.

"Ignacio Irure.

"Francisco Montalvo.

"José Agustín Ariosa.

"Primitivo Portal.

"Miguel Mariano Gómez.

"Marco Aurelio Cervantes.

"Jacinto Portela.

"Miguel Carreras.

"Rafael Martínez Ortiz.

"Ezequiel García.

"Antonio Berenguer.

Coronel Miguel Coyula.

Coronel Justo R. Campiña.

Coronel Carlos Guas.

Coronel Ricardo Sartorio Leal.

Coronel Juan R. Epetormo.

Coronel Gonzalo Pérez André.

Coronel Nicolás Guillén.

Coronel Leopoldo Figueras.

Coronel José Fernández de Castro.

Mayor General Santiago García Cañizares.

Capitán Generoso Campos Marquetti.

Coronel Casimiro Mayo.

General José B. Alemán.

Coronel Lino Dou.

Coronel Miguel Llaneras.

Coronel Manuel Lazo.

Coronel Antonio Gonzalo Pérez.

Capitán Oscar Soto Calderón.

Comandante Ramiro Cuesta.

Coronel Julián Betancourt.

General Jacinto Hernández.

Director General de Comunicaciones.

Telegrafista Antonio Santamarina.

Telegrafista José Betancourt.

Telegrafista Miguel Linares.

Telegrafista Ramón Linares.

Telegrafista Eliseo Garrido.

Veteranos

General Emilio Núñez.

Coronel Manuel Aranda.

General Manuel Alfonso.

Capitán Ed. Estrada.

Guardia Local de la Habana

Coronel Avelino Sanjenis.

Teniente Coronel Lucio Betancourt.

Teniente Coronel José Manuel Govin.

Capitán Alberto Ruiz.

Capitán Ernesto Suarmann.

Capitán José de Castro Targarona.

Capitán Augusto Renté.

Capitán Alejandro Lainé.

Capitán Alfredo Hornedo.

Capitán Víctor Candia.

Teniente Antonio G. Solar.

Teniente Ignacio Sicre.

Teniente Salvador Lecour.

Sres. José López Rodríguez.

" Pedro Gómez Mena.

" Inclán, García y Compañía.

" José Perpiñán.

" Regino Truffin.

" Pedro Rodríguez de la Nuez.

" Miguel Díaz.

" West India Oil Company.

" Sucesión Leopoldo Carvajal.

" González de Mendoza.

" N. Gelats y Compañía.

" Hermanos Ajuria.

" Rafael Montalvo.

" Julio de Cárdenas.

" Gral. Demetrio Castillo.

" Gral. Mario Menocal.

" Faustino Angones.

" Rambla y Bouza.

" Presidente del Banco Territorial.

" Ramón López y Compañía.

" Pedro Rodríguez, Banco Nacional.

" Francisco Montalvo.

" Acevedo y Mestre.

" Valencia y Arrojo.

" Fernando Sánchez Fuentes.

Mayor General José María Capote.

Mayor General Alejandro Rodríguez.

Mayor General Pedro Díaz.

Mayor General Pedro Betancourt.

Mayor General Francisco Carrillo.

Mayor General Lope Recio.

Mayor General Jesús Rabí.

General Enrique Collazo.

General Eusebio Hernández.

General Enrique Loinaz del Castillo.

General Salvador Cisneros Betancourt.

General Manuel Piedra.

General Gerardo Machado.

General Domingo Méndez Capote.

General Fernando Freyre.

General Alfredo Rego.

General Pedro Delgado.

General Agustín Cebreco.

General Alberto Nodarse.

General Eduardo Guzmán.

General Manuel Delgado.

General Carlos González Clavel.

Coronel Andrés Hernández.

Coronel Roberto Méndez Peñate.

Coronel Manuel Lores.

Coronel Aurelio Hevia.

Coronel Cosme de la Torriente.

Coronel Carlos Mendieta.

Coronel Baldomero Acosta.

Coronel Manuel Miares.

Coronel Francisco Martínez.

Coronel Octavio Giberga.

Comandante Alberto Barreras.

Capitán José Aranda.

Teniente Francisco Aranda.

Sr. Antonio Pardo Suárez.

" Erasmo Regüeiferos.

"Felipe González Sarraín.

"Ambrosio Borges.

"Francisco Baez Díaz.

"Jefe Voluntarios de Cienfuegos.

"Juan Lucas.

"Antonio Clarens.

1.—Antonio Cabarrocas.

2.—Luis J. Walhlemberg.

3.—Excmo. Obispo de la Habana.

4.—Ramón González Mendoza.

5.—Decano Cuerpo Diplomático.

6.—Miguel González de Mendoza.

7.—Manuel Sanguily.

8.—Subdirector Hospital Número Uno.

9.—Decano Cuerpo Consular.

10.—Presidente Centro Telegráfico.

11.—Presidente del Ateneo.

12.—Dr. Manuel Secades.

13.—Capitán Golderman, Instructor Ejército.

14.—Capitán Parker, Instructor Ejército.

15.—Capitán Gatley.

16.—Dr. Benigno Sousa.

17.—Teniente Coronel Juan de D. Romero.

18.—General Lara Miret.

Presidente Senado.

Presidente Cámara.

Subsecretario de Estado.

Subsecretario de Justicia.

Subsecretario de Gobernación.

Secretario de Hacienda.

Subsecretario de Hacienda.

Secretario de Obras Públicas.

Secretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.

Subsecretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.

Secretario de Instrucción Pública.

Subsecretario de Instrucción Pública.

Secretario de Sanidad.

Secretario de la Presidencia.

Presidente del Tribunal Supremo.

Fiscal del Tribunal Supremo.

Gobernador Provincial.

Jefe de la Policía Nacional.

Jefe de la Marina Nacional.

Presidente de la Academia de Ciencias.

Presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Decano del Colegio de Abogados.

Presidente de la Cámara de Comercio.

Presidente de la Asociación de la Prensa.

Presidente del Banco Español de la Isla de Cuba.

Presidente de la Audiencia de la Habana.

Rector de la Universidad.

Presidente del Ayuntamiento.

Fiscal de la Audiencia de la Habana.

Presidente Consejo Provincial.

Director General Obras Públicas.

Director de Sanidad.

Director de Beneficencia.

Director del Instituto.

Director del Hospital Número Uno.

Primer Jefe del Cuerpo de Bomberos.

Director Casa Beneficencia.

Secretario General Cruz Roja—B. Sánchez Fuentes.

Director del Censo de Población.—Dr. Juan O'Farrill.

Plana Mayor del Coronel Machado, que tanto se distinguió en Oriente.

Sargento Mayor Alfonso Salcines.

Sargento Cuartelmaestre Enrique Borbent.

Sargento Pagador Francisco Escamez.

Sargentos Abanderados Hermenegildo Chávez y Víctor Chomat.

Cabos Francisco Alcántara y Fructuoso García.

No queremos terminar el epílogo de este libro, sin enviar nuestra calurosa felicitación á los comandantes Moré y Maciá, que tanto han hecho y trabajado para que la fiesta resultara tan agradable.

INDICE

PAGS.

Dedicatoria3

Dos palabras5

Lucha de razas7

Una leyenda desvanecida11

A cada cual lo suyo17

Un viaje terrible21

Hands across the sea27

Un accidente33

El fuego de Boquerón por fuerzas del comandante Castillo37

Imprevisión43

El imperio de la convulsión49

El combate de Yarayab57

A través de la zona infestada63

Como se presentó Lacoste69

La odisea de un gallego75

La noche trágica de la Maya79

Nuestros bravos soldaditos87

Honor á quien honor se debe91

El Padrón de Honor99

Juicio del alzamiento103

La captura de Surín107

Suspensión de las Garantías Constitucionales111

Literatura afro-independiente113

Algunas observaciones119

El fuego de Palma Mocha125

Grabados: 131, 133, 135, 137, 139, 141, 143, 145, 147, 149, 151, 153, 155, 157, 159, 161, 163 y 165

Epílogo167

Al pueblo de Cuba169

El Banquete monstruo173

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings