PRIMERA PARTE (continued 4)
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—Hé aquí que se acerca el que viene en nombre del Señor.
Y todos salieron á recibirle.
XXXIV En el puente de Judas.
Mientras una docena de láicos arreglaban así, después de comer bien, los asuntos de la Iglesia católica, D. Angel de Lantigua, separándose de su sobrina, á quien dejó rezando en la Abadía, marchaba por el camino real en dirección al puente de Judas, con objeto de visitar á los comensales del Soto. Acompañábanle á un lado y otro su secretario y el paje, y seguíanle varios cojos, tullidos y toda la pobretería del camino, anhelantes de que les echase bendiciones, pues algunos las estimaban en más que las limosnas que recibían.
El santo varón, con el alma gozosa como de costumbre, iba departiendo afablemente con sus dos adláteres, cuando al entrar en el puente de Judas (cuya fábrica de palo era en extremo frágil) notó que éste se estremecía bajo sus piés. Mas no tardó en hallar la razón de la sacudida, porque por la otra cabeza del puente acababa de entrar un hombre á caballo. Galopaba.
—¡Eh! caballero—le gritó el guarda.—Está mandado que por aquí se vaya al paso.
El ginete era Daniel Morton. Luégo que vió á Su Ilustrísima, observando al mismo tiempo la estrechura del puente, semejante en esto al que tienen los mahometanos para entrar en el paraíso, detúvose y echó pié á tierra.
—¡Ah! ¡Sr. Morton!...—exclamó D. Angel con estupor, sintiendo que de improviso se desvanecía el gozo de su alma.
Daniel besó el anillo con gran respeto, y descubriéndose, dijo:
—¿No esperaba Su Ilustrísima verme otra vez en Ficóbriga?
—No, seguramente. Ayer recibió mi hermano una carta en que usted le anunciaba su viaje.
—Pues Dios no ha querido que me vaya hoy.
—Cuidado: no hay que echar la culpa de todo á Dios—dijo el prelado gravemente.—Dios lo habrá permitido; pero no lo habrá querido.
—Con perdón de Usía Ilustrísima—afirmó Morton,—pienso que lo ha querido. Yo estaba en el muelle de X... junto á mi equipaje, esperando el bote que me había de conducir á bordo del vapor, cuando sentí que una mano muy pesada me tocaba al hombro; volvíme y ví á Caifás, Sr. D. Angel, con el semblante más angustiado que puede imaginarse.
—Ya, ya voy comprendiendo.
—Caifás se puso de rodillas delante de mí y me dijo: «Señor, en Ficóbriga aseguran que he robado, en Ficóbriga dicen que el dinero que tengo no es mío. El juez me amenaza y todos piden que Caifás el feo, Caifás el malo, Caifás el idiota vaya á la cárcel. Yo, quebrantando mi palabra, he dicho que usted me sacó de la miseria; pero nadie cree al humilde, y D. Juan Amarillo, soberbio entre los soberbios, clama contra mí...» En resumen, señor obispo, he tenido que detener mi viaje para sacar á ese hombre de tan mal paso, pues si así no lo hiciera, la limosna que le dí y que nada vale en verdad, se trocaría en vilipendio suyo, sumergiéndolo en la miseria.
—¡Buen pensamiento y excelente acción!—dijo el prelado seriamente.—Ella es tal, que se le puede permitir á usted el paso de este puente, que de otro modo le estaría vedado. Adelante, pues, y no se me detenga usted en Ficóbriga.
Despidióle bondadosamente, aunque con sequedad, y Morton siguió su camino hacia Ficóbriga, mientras D. Angel no paraba en el del Soto; pero á cada diez pasos volvía la cabeza para ver qué dirección tomaba el hamburgués. Vióle marchar hacia la Cortiguera, donde vivía Caifás, y con esto Lantigua sintió calmarse la zozobra que empezó á alborotar su espíritu.
Cuando el obispo estuvo cerca del Soto, toda la servidumbre y deudos del cura, con las amas á la cabeza y doña Saturnina al frente de éstas, á la manera de tambor mayor, salieron á recibirle y besarle el anillo, de lo que resultó no poca confusión. Y al mismo tiempo le aclamaban con gritos y decían: «Viva la gloria de Ficóbriga.»
Hasta que el venerable no atravesó la portalada de la huerta, no cesaron las importunidades de la plebe.
—Aún están aquí los restos del festín—dijo el prelado viendo la desordenada mesa.—Ha sido buena idea ponerla al aire, porque hace un calor sofocante.
—Pues me parece que no pasará la tarde sin llover, señores—dijo el cura husmeando el horizonte.—¿No quiere Su Ilustrísima tomar el chocolate?
Al punto trajeron los cangilones, y don Angel se sentó en un banquillo rústico. Rodeáronle todos, menos Sedeño y Rafael del Horro, que se apartaron para leer un suelto de periódico.
—Sr. D. Silvestre—dijo el prelado cuando empezó á tomar chocolate.—¿Lloverá esta tarde?
—Me temo que sí. Está la atmósfera muy cargada. Tendremos vendabal, y fuerte. Así se puso el tiempo el día que naufragó el Plantagenet. ¡Qué día, señores, qué día!
—Fué tremendo—dijo Su Ilustrísima.—¿A quién creen ustedes que acabo de encontrar ahora al pasar el puente de Judas?... ¿No lo adivinan ustedes? Pues al mismo D. Daniel Morton en persona.
—¿Iba á Ficóbriga?—preguntó con mucho interés D. Juan Amarillo.
—Allá iba... Parece que él fué quien le dió á Caifás...
—Quien no te conoce que te compre—dijo el usurero ficobrigense, guiñando el ojo.—No creo en tales limosnas, aunque ese extranjero debe de ser hombre muy adinerado...
—Entonces bien podía hacer una limosna...
—Precisamente lo que no creo es la limosna; lo que no creo es una generosidad de esa especie. Aquí no somos bobos, Sr. Morton; aquí en España no nos mamamos el dedo y sabemos conocer á los pillos.
—Amigo D. Juan—manifestó Su Ilustrísima devolviendo el pocillo de chocolate,—Jesucristo dijo: «No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados...»
Y variando de tono y de asunto, añadió:
—Es una gloria esta huerta de D. Silvestre. Aquí todo prospera, y el trabajo y esmero del cultivo son frutos de bendición. ¡Ojalá sucediera lo mismo en toda nuestra España, y tras de cada siembra de sanos consejos y exhortaciones viniese una cosecha de buena conducta! ¡Qué manzanos, qué perales, qué melocotoneros!
Don Silvestre vió llegado el momento de saborear uno de los más dulces placeres de su regalona vida, enseñar su huerta. Levantóse el prelado, y Romero fué delante mostrando las hermosas castas de perales alineados en espaldera los unos, sustentados otros por alambres gordos, y todos ellos frondosísimos y cuajados de peras. Las había bergamotas, duquesas, amantecadas, pardas de invierno y de otros muchos linajes exóticos. El cura hacía fijar la atención en los ramilletes de frutas verdes aún, y las tomaba en la mano para mostrarlas, diciendo:—¿Pero ven ustedes qué peras? En toda la provincia no hay nada que se les pueda comparar. Mientras esto sucedía, D. Juan Amarillo había llevado aparte á don Juan de Lantigua para hablarle de un negocio importante.
—No nos alejemos mucho—le dijo el literato y jurisconsulto,—porque me parece que va á llover esta tarde.
XXXV Los juicios de Dios, abismo grande.
Morton detuvo su caballo en la Cortiguera y Sildo le dijo:
—Padre vendrá en seguida. Ha ido á rezar á la Iglesia.
No tardó en aparecer Caifás.
—Aquí me tienes—le dijo Morton.—Llévame á donde quieras; pero despacha pronto, porque he de volverme á X... antes de anochecer. ¿Dónde está ese juez que no cree que los hombres tengan dinero si no es robándolo?
—Si vuecencia me quisiera acompañar á casa del escribano D. Gil Barrabás, hermano de D. Bartolomé Barrabás, y firmarme un papel diciendo que me hace donación de los diez y ocho mil reales...
—Anda delante y guía á casa de Barrabás.
—¡Oh, señor, cómo podré pagarle á vuecencia tantas bondades!...
—Que Sildo me tenga el caballo y lo cuide aquí mientras volvemos. Esto no durará mucho.
Media hora después Morton volvió con Caifás á la Cortiguera; pero uno y otro miraron á todos lados. ¡Oh sorpresa de las sorpresas! Ni Sildo ni el caballo estaban allí.
Y sucedió que Sildo, al tener las riendas del generoso animal, sintió en su alma un vivísimo impulso de caballero, es decir, que deseó montarle. En los doce años de su edad, el pobre chico no había oprimido los lomos de ningún caballo.
—¡Si yo me montara en él—dijo,—y diera dos pasos de aquí á los Cinco Mandamientos, cómo se reirían mis hermanos!
La vanidad se amparó de su alma. La serpiente dijo en su oído palabras tentadoras y Sildo oyó claramente: «Sube en el caballo del bien y del mal, y montarás como el Sr. Morton, y como él serás gallardo y hermoso.»
Es difícil detenerse en la pendiente de los goces. Sildo fué de los Cinco Mandamientos á la ladera del Rebenque, y del Rebenque atravesó todo el prado de la Pesqueruela, y después un poco más allá y siempre más allá. Cuando quiso detener el caballo no pudo, y éste emprendió á correr, no pareciendo dispuesto á parar en media provincia. Celinina y Paco indicaron que Sildo había corrido hacia la Pesqueruela. Marcharon allá á toda prisa Morton y Caifás; pero no vieron nada. Bajaron á la playa por el pinar; mas el ginete no parecía por ninguna parte, y las noticias que adquirían de los transeuntes eran contradictorias. Desesperado estaba Daniel por aquel accidente, y más desde que le pareció ver en el cielo síntomas de mal tiempo. Caifás se encomendaba á todos los Santos y rezaba Padre-Nuestros á San Antonio. Por último, discurrieron buscar cada uno por un lado y reunirse en la Cortiguera. Separáronse, pues, en el pinar.
Pero Morton, cansado al fin de buscar en vano su caballo, decidió volverse á pié. Por no atravesar el centro de Ficóbriga, dió un gran rodeo, pasando por detrás de la Abadía. Al llegar al callejón que da entrada por Oriente al atrio de ella, sintió gemir los viejos goznes de la puerta. Miró y vió salir á la señorita de Lantigua. En presencia de una visión sobrenatural, Daniel no hubiera experimentado tan vivo sacudimiento en todo su sér. El primer impulso fué correr tras ella; pero se contuvo y en uno de los huecos del carcomido muro se incrustó como estátua. Gloria tomaba el camino de su casa. Pasó como los pensamientos placenteros que al modo de relámpagos cruzan la mente en horas de tristeza.
Morton la vió desaparecer en la revuelta de una calle é instintivamente salió de su escondite para correr tras ella.
—¡Que esté condenado á no verla más!...—pensó.—¡Ni una vez siquiera!...
La siguió á mucha distancia, deteniéndose cuando estaba demasiado cerca, adelantándose cuando se quedaba muy lejos. Por fin, cuando Gloria entró en el jardín de su casa, Morton dijo para sí:
—Todo acabó. Ahora me marcharé.
Pero antes de decidirse á partir estuvo media hora sentado sobre una piedra en cierta calleja que por un lado salía á la plazoleta, y por otro á las pendientes que bajaban al mar.
Pesada y tibia gota de agua, cayendo sobre su mano, le sacó de su abstracción. Mirando al cielo, vió una nube amarilla con intensos cambiantes grises, y pudo observar el aire sofocante. Sopló formidable viento que hizo remolinos de polvo, y empezaron á caer gruesas gotas que manchaban el suelo con redondeles negros, como si llovieran piezas de dos cuartos. Buscando donde guarecerse, salió Daniel de la calleja, penetró en otra, y al fin pudo hallar una gran teja vana, bajo la cual se abrigó perfectamente.
Entonces descargó una lluvia tremenda, espantosa, diluvio que parecía inundar la tierra y desleír á Ficóbriga.
—Así llovía sobre el pobre Plantagenet el día del naufragio—pensó Morton.—¡Pobre de mí! Las tempestades me trajeron y las tempestades me llevan. ¿Quién puede penetrar los designios del Señor?
Después, mirando al cielo que se descuajaba en rayos y se vaciaba en chorros de agua, dijo así:
—«Viéronte las aguas, ¡oh Dios! viéronte las aguas, y temieron y temblaron los abismos... Las nubes echaron inundaciones de agua, tronaron los cielos y discurrieron tus rayos... Anduvo en derredor el sonido de tus truenos, los relámpagos alumbraron el mundo, estremecióse y tembló la tierra... En la mar fué tu camino, y tus sendas en las muchas aguas, y tus pisadas no fueron conocidas[B].»
La tempestad acabó de obscurecer la tarde que ya tocaba á su fin. Morton miró á la casa de Lantigua, que frente á él estaba por el costado de Oeste, y vió luz en las habitaciones altas.
—Ya están ahí todos los de la casa—pensó.—Gloria, con sus encantos que la igualan á los ángeles, alegra las horas de los dos ancianos... ¡Oh, Dios mío, qué felices son!
Pasó algún tiempo más. Las calles eran ríos. Los tejados vaciaban agua, cual si sobre ellos se rompiesen las compuertas de un estanque; la lluvia azotaba con sus mil látigos las paredes; corría la gente despavorida. Por fin, después de media hora de diluvio, pareció que se había concluído el agua de los cielos. Adelgazaron los chorros. La nube de verano pasaba, y la Naturaleza tendía á serenarse con la rapidéz del que se ha encolerizado por broma.
—Me parece que podré seguir—pensó Morton.—Pero ¡cómo habrán quedado esos caminos!... Está escrito que no naufrague yo una vez sola en Ficóbriga.
Esto pensaba, cuando sintió gritos y voces en la plazoleta y también dentro del jardín de Lantigua. Mucha gente se reunía allí. Daniel acudió tranquilamente primero, y á toda prisa cuando sintió entre las distintas voces de alarma la voz de Gloria.
—¿Qué ocurre?—preguntó al primero que encontró en la plazoleta.
—Que con la mucha agua, el puente de Judas se ha roto, y la señorita Gloria está asustada porque el Sr. D. Juan y el señor obispo no han vuelto todavía del Soto.
Morton halló abierta la puerta de la verja y entró. Lo primero que vieron sus ojos fué á Gloria, que atravesaba el jardín, envuelta en un mantón encarnado. En su cara y en sus pestañas brillaban algunas gotas de la escasa lluvia que aún caía. El frío y el espanto la hacían temblar, cubriendo de palidéz su hermoso rostro.
—¡Daniel!—exclamó sobrecogida,—¿qué buscas aquí?...
Y corrió hacia la casa. Morton la siguió.
—¡Jesús crucificado!—añadió Gloria:—¿no sabes... no sabe usted lo que pasa? La lluvia ha destruído el puente de Judas. Mi padre y mi tío deben de haber salido ya del Soto... Yo no puedo vivir en esta incertidumbre... Corro allá.
Volvió á salir.
—Si no se puede pasar—dijo uno.
—Se puede pasar—afirmó otro.—Francisquín, el del cura, acaba de venir del Soto. Hay un tramo medio roto; pero agarrándose bien, se puede pasar.
—¿Decís que ha venido Francisquín?—preguntó Gloria con viva ansiedad.
—Sí, señorita: ahí está con un recado del señor.
—¡Francisquín, Francisquín!—gritó Gloria desde la verja.
Un muchacho pequeño y colorado, húmedo todo desde la cabeza hasta los piés, como una deidad de los ríos, penetró en el jardín.
—¿Y mi padre, y mi tío?—preguntó la señorita.
—No tienen novedad; pero no pueden pasar para acá en coche, y á pié con mucho trabajo. La crecida es grande.
—¿Te dieron algún recado para mí?
—Sí, señorita; que esté usted sin cuidado, que todos los señores se quedarán en el Soto esta noche y vendrán mañana, subiendo hasta Villamojada para coger el puente de San Mateo, aunque yo creo que mejor se podrá pasar en lanchas.
—¡Gracias á Dios!—dijo Gloria.—Ya estoy tranquila.
Entonces fijó los ojos en Daniel Morton. Desvanecidos sus temores, su espíritu se ocupó por entero de aquella aparición.
—Adiós—dijo el extranjero.—Puesto que de nada sirvo aquí...
Gloria se detuvo un instante turbada y confusa.
—Adiós—repitió.—¿No estabas ya en camino de Inglaterra? ¿Ha naufragado otra vez el vapor? ¡Jesús! ¡Vienes siempre con las tempestades!... ¿Por qué estás aquí?... ¿Cómo estás otra vez aquí?... Daniel, por Dios, ¿qué es esto?
Curiosidad muy viva se marcó en su semblante, juntamente con claras señales del amor que la dominaba y que no se había extinguido.
—Hazme el favor de darme la mano—dijo el extranjero.
Los criados que estaban presentes se alejaron uno tras otro.
—Pero yo quiero saber por qué estás aquí y no en camino de Inglaterra. No pensé verte más... ¿Por qué has vuelto?... Pero no quiero saberlo... no quiero saber nada.
—Dios ha querido que te vea esta noche. Dame la mano.
—Tómala, y adiós.
Morton le besó ardientemente la mano.
—Pero adiós de veras.
—De veras—repitió Daniel.
—¿Dónde está tu caballo?—dijo Gloria.
—Lo he perdido...
—¡Perdido! Entonces...
—Me voy á pié.
—¿Por dónde, si no hay puente?
Morton pensó con profunda seriedad en aquella singular ruptura del puente.
—Hay mucha distancia...—dijo la señorita sondeando con sus ojos el alma de su amigo.
—Me quedaré en la posada de Ficóbriga.
—Es verdad. Adiós.
Morton parecía clavado en el suelo.
—Adiós. ¿Pero te retiras ya? ¡Ay! ¡Esto es espantoso! ¡Esto es inícuo!
Gloria estaba también clavada en el suelo.
—Sí, es preciso...—dijo con voz dolorida.—Este encuentro inesperado parece una cosa infernal. Amigo, vete.
—¡Me expulsas!... Eso sí que es infernal y horrible. Maldígame Dios si te obedezco—dijo Morton dando un paso hacia la casa.
—Pues yo te echo de mi casa, porque es preciso, porque Dios lo quiere así—dijo Gloria, tratando en vano de echar tierra sobre su pasión.
—¡Mentira! ¡mentira!—exclamó éste con febril ardor.—Tú no me amas, tú has hecho burla de mí, del pobre extranjero arrojado aquí por los mares y que quiere huir y no puede.
—Tú no eres ya juicioso y bueno, como la última vez que nos vimos. Amigo, si me estimas, si me amas, vete. Te lo suplico.
La pobre joven casi se ahogaba.
—¡No verte más!... Si cuando huyo, Dios me trae otra vez aquí. ¡No verte más!... ¡Me arrancaré los ojos antes que obedecerte!
—Se ve mejor con el pensamiento que con los ojos. Tú me aconsejaste que hiciéramos ambos un sacrificio, ¿por qué te opones ahora?
—Porque mi Dios me impulsa hacia tí, y me dice: «Anda y tómala, que es tuya y lo será por los siglos de los siglos.»
—¿Quién es tu Dios?
—El tuyo. No hay más que uno.
Gloria sintió que á borbotones manaba de su alma la sensibilidad. No pudo contenerla.
—Morton, amigo de mi alma—dijo con pasión,—te suplico que te vayas. Vete, si quieres quedarte en mi corazón.
—¡No quiero, no quiero!
Lo dijo con tanta fuerza, que causaba miedo.
Gloria sintió circular en derredor de sus sienes un remolino ardiente que cegaba las claras facultades de su espíritu, como el vértice de caliginosos vapores que obscurecen la luz del sol.
—Amigo, si quieres que te quiera más que á mi vida—dijo medio trastornada,—vete, y déjame en paz... ¿No crees lo que te digo? Ausente, ausente es como te quiero más.
—¡Falsedad, falsedad, falsedad!
—¡Oh, qué pequeño eres!—exclamó la joven apelando desesperada á la razón.—Esto es indigno de tí. No eres como yo creía, Daniel.
—Soy... como soy—murmuró Morton,—y no de otra manera.
—Te aborreceré.
—Aborréceme. Lo prefiero... es mil veces preferible.
—Todos los lazos están rotos—agregó con viva agitación la señorita de Lantigua.—¿Por qué no huyes de mí?
—Huí ya... pero el destino, Dios, ó no sé quién, me ha traído otra vez á tu lado.
—¡Dios, Dios!—exclamó ella con desesperación.
—No creo en la casualidad.
—Yo creo en Satanás.
Furioso viento se levantó entonces, como para secar la tierra inundada. Apenas se oyeron estas palabras de Morton.
—¡Oh, por el Dios que hizo el Cielo y la tierra! Gloria, Gloria de mi vida, ven, huye conmigo, sígueme.
—¡Jesús!—gritó la señorita de Lantigua horrorizada.
—Tú no entiendes las misteriosas voces del destino, de Dios. El Cielo y la tierra, todo me está diciendo: «es tuya...»
—Adiós, adiós—exclamó Gloria llevándose las manos á la cabeza, y huyendo hacia la casa.
—Aguarda—dijo Daniel, corriendo tras ella.
Gloria entró y quiso cerrar la puerta; pero Morton, impidiendo con enérgica mano su movimiento, entró también.
XXXVI ¡Qué horrible tiempo!
—¡Qué horrible tiempo!—refunfuñó Francisca.—¡Si parece que se va á acabar el mundo!... ¡Jesús! el viento ha apagado la luz de la escalera... ¡Cómo golpean las puertas! Roque, Roque.
A la voz de la venerable criada, que avanzaba por el fondo del pasillo bajo, Roque apareció soñoliento.
—Hombre, muévete—dijo Francisca andando casi á tientas hacia la escalera.—Jesús, María y José... ¡qué miedo! Si me parece que he visto una sombra, un bulto escurriéndose por la escalera arriba...
—Usted ve visiones, señora Francisca.
—Con verte á tí tengo bastante, mónstruo.
—Cierra la puerta del jardín. Puesto que los señores no vienen... ¡Qué horrible ventisca! Vaya, que Santiago se porta. Después de la tormenta, fuelle. Si parece que los demonios levantan en peso la casa y se la llevan por los aires... Díme, zopenco, ¿has visto subir á la señorita?
—Sí, señora, hace mucho rato.
—¡Qué has de ver tú, si dormías! ¿Estará en el comedor? No, todo á obscuras... Anda, cierra la puerta, enciende el farolillo y vamos á registrar la casa.
—¿A registrar?
—Sí; no estoy tranquila. Me pareció que ví... ¡San Antonio bendito!...
—Algún alma del otro mundo.
—Ea, cierra, sube y calla.
Callados subieron ambos después de cerrar.
—¡Ah!—dijo la dueña al llegar al pasillo alto,—la señorita está ya encerrada en su cuarto. Veo claridad por la ventanilla alta.
Y acercándose á la puerta del cuarto de Gloria, gritó:
—Buenas noches, señorita.
En seguida dieron un paseo por la casa, pero no hallaron á nadie.
El viento seguía, daba vueltas alrededor de la casa, estrechándola en vorágine horrible, como si la arrancase de sus poderosos cimientos para llevársela en un vuelo. Creeríase que toda Ficóbriga, con su Abadía en medio y su torre como un mástil, corría llevada por el huracán, del mismo modo que corre un mísero barco sin timón. Los árboles del jardín flotaban cual desmelenadas cabelleras, sacudiéndose, y las rachas de lluvia rasguñaban los cristales como uñas. Cuando el viento calmaba su furia loca, seguía llorando en el techo con lastimero y penetrante gemido que se apagaba y avivaba, recorriendo toda la escala, cual un monólogo de aflicción, con imprecaciones y suspiros.
Después volvía á soplar con rabia; las ramas, en su rozar vertiginoso, se azotaban unas á otras, y parecía que entre aquel torbellino difundido por la inmensidad de los cielos, se estaba oyendo el rumor de las destrozadas alas de un ángel que caía arrojado del Paraíso.
XXXVII Al fin se supo.
Gloria sintió frío en el cuerpo y en el alma. Volvía lentamente á la normalidad de su espíritu. Cuando dirigió la primer mirada á su conciencia, se horrorizó. Todo era negro y espantoso. Cuando trajo á la memoria su familia, su nombre, creyóse abandonada de Dios y de los hombres.
—¡Daniel, Daniel! ¿Dónde estás?—exclamó cerrando los ojos y alargando la mano como si pidiera socorro.
Morton la estrechó en sus brazos.
—Aquí—dijo,—á tu lado, del cual no me separaré jamás.
—¡Qué locuras dices! Debes huir; pero por Dios, no me dejes ahora. Yo muero.
—Ahora—afirmó Daniel con energía,—nadie, nadie me arrancará de tu lado.
—Mi padre...—murmuró ella.
—No me importa.
—Mi religión...
El extranjero calló, hundiendo la cabeza sobre el pecho.
—¡Daniel, Daniel!—clamó la joven llena de congoja.—¿Qué tienes?
Morton no contestaba. Gloria puso su mano en la barba de él, tratando de obligarle á alzar la cabeza.
—Has pronunciado la palabra terrible; ya no me acordaba de ella—murmuró el extranjero.—Has helado la sangre en mis venas, has hecho saltar mi corazón como si hubieras dado sobre él un latigazo.
—¿Por qué te espantas así?—dijo la de Lantigua espantándose también.—Daniel, amigo de mi alma, no aumentes el abismo que nos separa; al contrario, tratemos de llenarlo.
—¿Cómo?
—Hagamos un esfuerzo: reunamos nuestras creencias en una sola; reconciliemos nuestras conciencias. ¿No han concordado ya en el pecado? Pues hagámoslas una en el bien, en la verdad. Daniel, examinemos bien lo que nos separa, y se verá que la distancia entre los dos no puede ser grande.
—Ante el que hizo los cielos y la tierra, no; pero ante los hombres es inmensa...
—¡Dios mío!—exclamó Gloria bañado el rostro en lágrimas.—¿No habrá para nosotros misericordia?
—Querido amor mío, esposa—dijo Morton abrazándola con efusión;—ha llegado el momento de que todo sea verdad entre nosotros.
—Y de que miremos cara á cara este problema cruel.
—Sí, sí.
—Nuestro remordimiento sale terrible y amenazador del fondo de nuestra alma—dijo Gloria,—y nos grita: «Ya estáis unidos para siempre.»
—Para siempre—murmuró él.
—La separación es imposible.
—¡Imposible!... Pero la hora de la verdad ha llegado.
—¡Oh! Daniel, Daniel—exclamó la de Lantigua, sintiendo en su alma violentísima irrupción de sentimiento religioso;—amigo de mi vida, compañero de mi alma, esposo mío, arrodillémonos delante de esa imagen de Nuestro Señor Jesucristo y hagamos voto solemne de disponer esta noche misma nuestra reconciliación religiosa, haciendo todos los sacrificios posibles, tanto tú como yo. Hijos somos ambos de Jesucristo: volvamos á El los ojos... Daniel, Daniel, ¿por qué huyes de mí?
Gloria, arrodillándose delante de la imagen, tiró del brazo de Morton para que hiciera lo mismo. Daniel dejó caer la cabeza sobre el pecho. Nunca su rostro había estado más hermoso ni más patético. Pálido y grave, sus ojos azules se abatían con sombría tristeza, y vistas de perfil la elegante línea de su naríz y de su frente, y la graciosa barba puntiaguda, su semejanza con el semblante mortal del Salvador del mundo era perfecta.
—¿Por qué no me miras?—preguntó Gloria llena de desconsuelo.
—No puedo más—gritó Morton con súbito arranque.—Gloria, yo no soy cristiano.
—¿Qué dices? ¡Daniel, por Dios y la Virgen!
—Es preciso decírtelo al fin—añadió el extranjero con voz trémula,—y te lo diré. Gloria: yo no soy cristiano; soy judío.
—¡Jesús! ¡Padre y Redentor mío!
Estas palabras las pronunció Gloria con el espanto del que muere cosido á puñaladas, del que ve abrirse bajo sus piés la tierra y salir las llamas del Infierno. Diciéndolas, cayó sin sentido. Morton acudió en su auxilio; arrodillándose tomóla en brazos, procuró reanimarla con amorosas palabras; pero cuando ella abrió los ojos y pudo ver junto á sí el característico rostro semítico que tanto contribuyera al cautiverio de su corazón, le rechazó severamente, diciendo:
—¡Impostor!... ¡Judas!... ¡me has engañado!
—Te oculté mi religión—dijo Morton sombríamente.—Esa es mi culpa.
—¿Por qué has ocultado tu religión?—dijo Gloria incorporándose con viveza.
Sus negros ojos echaban llamas.
—Por egoísmo, por temor á que no me amases—repuso Daniel con timidéz y sumisión.—Yo no mentí; no hice más que callar; pero reconozco que callar fué gran falta.
—¡Infamia, infamia! No; es mentira...—dijo Gloria con desesperación.—Tú no puedes tener fe en esa doctrina.
—¡Quizás más que tú en la tuya!—repuso Morton.
—Mentira, mentira—exclamó la joven de rodillas en el suelo y retorciéndose los brazos.—Si fueses tú israelita, es imposible que yo te hubiese querido. ¡Ah! parece que la lengua se me quema al decir esa palabra... Si el nombre sólo de tu religión es una blasfemia... ¿Es posible, dí, que no creas en Jesucristo, que no le ames?... Si esto es verdad, ¡qué horrible engaño, qué vida tan espantosa, qué muerte de las muertes! ¡Creer yo en tí de este modo, amarte, adorarte, y cuando pensaba vivir unida á tí para siempre, descubrir, Dios mío, descubrirme tú mismo este horrendo secreto!... ¿Por qué no escribiste en la frente tu infame creencia? ¿Por qué cuando me viste correr hacia tí no me dijiste: «apártate, que estoy maldito de Dios y de los hombres?»
—¡A qué delirio te lleva tu fanatismo!—dijo Daniel, contemplándola con expresión compasiva.—Acúsame por haberte ocultado la verdad; pero no injuries á mi desgraciada raza, ni participes de un odio vulgar, indigno de tí.
—Si es verdad lo que me has dicho, ¿por qué no tuviste mala apariencia, como tienes mala religión? ¿Por qué no fueron horribles tus acciones, tus palabras y tu persona como lo es tu creencia? ¡Impostor, cien veces impostor!
—Gloria, Gloria, amiga de mi vida, no hables así. Tus injurias me matan.
—¿Por qué me has engañado, por qué consentiste que te quisiera, sabiendo que debíamos estar eternamente separados?—interrogó ella con el desvarío de quien va á perder la razón.—Díme, ¿por qué consentiste que te amara?
—Porque te amaba yo. Es verdad que procedí mal; pero también conocí mi falta, y viendo venir imponente y amenazador el conflicto religioso, de mí partió la idea de separarnos y te lo propuse. Mi pensamiento no podía ser más honrado.
—Sí; pero después volviste.
—Volví—repuso Morton confuso como el criminal.—Es verdad; no sé quién me trajo. Todo se ordenó de modo que yo volviese. Me trajo una especie de ola infernal, ó quizá hálito divino. El hombre es juguete de las fuerzas de Dios, que gobiernan el mundo.
—¡Dios! No tomes en tu boca ese nombre... Tú no eres tú; no puedo decir fijamente si te amo ó te aborrezco, y si cupiera esto en la mente humana, diría que al mismo tiempo te aborrezco y te amo.
Ocultando el rostro entre las manos, rompió á llorar sin consuelo.
—¡Y todo por un nombre, por una palabra! ¡Oh, qué iniquidad!—murmuró Morton con angustia.—Las palabras gobiernan al mundo, no las ideas. Díme, cuando me amaste, ¿por qué me amaste?
—Te amé, porque me parecía que Dios te había puesto delante de mí; te amé por tu lenguaje, por tus acciones, por tu persona, por una dulce concordancia de tu alma con la mía... ¿qué sé yo por qué?... Pero no... tú me estás engañando ahora... tú no puedes ser lo que dijiste, Daniel, porque tú has practicado la caridad.
—Nuestra ley nos dice: «Bienaventurado el que piensa en el pobre. En el día malo lo librará Jehová.»
—Tú no puedes pertenecer á esa secta abominable—añadió Gloria asiéndose á su incredulidad como á un clavo ardiendo.—Aunque mil veces me lo jures, mil veces me negare á creerlo... Si lo eres, ¡qué horrible disimulo el tuyo!
—He disimulado, sí. Esta es nuestra costumbre cuando viajamos por un país intolerante como el tuyo. Pero á tí debí decirte la verdad, lo conozco, lo confieso, declaro ante tí mi culpa, esperando perdón.
—Esto no puede perdonarse, no, de ningún modo—dijo Gloria con airada resolución.
—Tu Maestro—afirmó Morton,—te ha dicho: «Perdona á tus enemigos, ama á tu prójimo como á tí mismo.» ¿Es posible que tú participes del tradicional encono contra nosotros, y de esa vulgar antipatía con que apacienta su rudeza y sus malas pasiones la plebe cristiana? Gloria, por el que hizo el Cielo y la tierra, no puedo creer que degrades así tu preciosa inteligencia...
—Dentro de Jesús lo admito todo; fuera de El nada. No llames preocupación al horror que me inspiras.
—Horror que desaparece callando un nombre. ¿Por ventura esto no te dice nada? ¡Me amaste sin conocerme! Dí: ¿no parece esto una burla de tu misma fe? O yo estoy loco, ó esto es la voz de la humanidad que á gritos reclama sus derechos.
—¡Ay! ¡Yo no sé lo que es esto!...—exclamó Gloria con arrebato.—¿Por qué siendo lo que eres, todo en tí es amable? Sin duda tu alma es buena, y se conserva pura en ese cieno donde has nacido. Un esfuerzo, amigo de mi alma, un esfuerzo y sacudirás de tí esa podredumbre. Tu espíritu está preparado para la redención: basta un movimiento ligero, una mirada dentro de tí mismo. Daniel, Daniel—añadió abrazándole con pasión,—por el amor que me tienes, por el que yo te tengo y que ahora ó se extinguirá para siempre ó se aumentará, te pido que seas cristiano... Daniel, Daniel, abandona tu falsa creencia y entra conmigo en el seno amoroso de Nuestro Señor Jesucristo.
Morton la estrechó contra su pecho. Después, rechazándola suavemente, dijo con voz tétrica.
—¡Abandonar yo la religión de mis padres!... ¡Jamás, jamás!
Gloria, saltando lejos de él, le miró con espanto, como se mira una visión del infierno, más terrible cuanto más hermosa, más espantable cuanto más se viste de risueña forma.
—¿Qué has dicho?
—Que yo también tengo familia, padres, nombre, fama, y aunque sin patria común, nos la formamos en nuestros honrados hogares y en la santa ley en que nacemos y morimos. Desde mis remotos abuelos, que eran de Córdoba y fueron expulsados de España por una ley inícua, hasta el presente y en todas estas sucesivas generaciones de honrados israelitas que constituyen mi familia, ni uno solo ha abjurado la ley.
—¡Ni uno solo!—dijo Gloria con amargo desconsuelo.—¿Y crees que gozan de Dios?...
—Los que fueron buenos, como lo es mi padre, gozará de El por los siglos de los siglos—afirmó Daniel con el acento de una convicción profunda.—No, no llenaréis con nosotros vuestro horrible infierno cristiano.
—Siempre me he resistido á creer en el infierno—dijo Gloria con el espanto pintado en sus ojos;—mas ahora se me figura que va á existir sólo para mí esa caverna llena de llamas. ¡Oh, qué horrible confusión en mis ideas! Si no hay infierno, para nosotros dos, para tí y para mí solos creará Dios uno, Daniel... Pero no, yo me salvaré y te salvaré. Merezco arder en el eterno fuego si no te salvo... Daniel, Daniel, abre tus ojos, ven á mí.
—Del modo que tú quieres que vaya es imposible—afirmó el extranjero con sombría resolución.
—Entonces... dí, ¿qué palabras hay para vituperarte?... ¿Cuál es mi suerte ahora?... Veo que en tu religión no hay conciencia.
—Puedes leer en la mía como en un libro.
—No hay la admirable virtud del arrepentimiento.
—Si este es el dolor y la vergüenza que causa el pecado, yo puedo decir: «Señor, estoy encorvado, estoy humillado en gran manera... mi dolor está delante de mí contínuamente.»
—No hay abnegación, no hay la confesión de los pecados.
—Sí, porque yo digo: «Mis iniquidades han pasado mi cabeza: como carga pesada se han agravado sobre mí. Por tanto, denunciaré mi maldad, congojaréme con mi pecado.»
—¿Dices que lea en tu conciencia?—repitió Gloria.—No, no puedo leer nada en ella. Todo lo veo obscuro como la noche, como mi infamia, como estas tinieblas en que he caído para siempre. Arrodíllate delante de ese Cristo, y creeré cuanto me digas.
—No delante de ese profeta crucificado, en quien no creo, sino delante de tí, á quien adoro, me humillaré—dijo Morton arrodillándose y besando las manos de Gloria.—¡Que mi padre me maldiga y me arroje de mi casa si no te muestro ahora mi conciencia toda, tal como es, y si te oculto mínima parte de la verdad! Yo te ví, y desde que te ví te amé. Creí desde luégo que mi naufragio era providencial y que Dios te destinaba á ser mía. ¿Quién sabe sus designios? ¿Quién lee en su libro? Mi creencia en El es grande y fuerte; en todo le veo, y cuando falto á su ley, más terrible pero más claro se me aparece... Hice para tí un misterio de mi religión y procedí con egoísmo, porque conociendo el horror que inspiramos á los católicos, no quería destruir con una palabra la felicidad de que inundabas mi alma. Sabía que no me podías amar conociendo mi religión, y callé... Cuando quise hablar, ya no era tiempo, te quería demasiado, estaba cogido en las redes de un insensato amor; parece que mi vida toda dependía de tí en el alma y en el cuerpo, y descubrirme equivalía al suicidio... Entonces pensé en los medios para conseguir una unión perpétua contigo; pero el problema religioso me espantaba, me volvía loco, me aturdía más que los mil truenos del Sinaí y que todas las venganzas de Jehová... Al fin comprendí que no había solución. Nuestro amor era una contradicción horrible entre Dios y la Humanidad, un absurdo espantoso, la idea absoluta de la irreconciliación; y al entenderlo así, retrocedí y saqué fuerzas de mi espíritu para la separación que te aconsejé. Huímos el uno del otro, porque no teníamos más remedio que separarnos, como la noche y el día... Hasta aquí no es tan grande mi maldad.
—Pero después...
—Después... Yo no había pensado quebrantar mi resolución. Con el alma destrozada me disponía á abandonar para siempre este suelo, cuando los incidentes producidos por una obra de caridad, que carece de importancia y mérito, me obligaron á volver. Yo no sé cómo vine á tu casa; pero no creo en la fatalidad, y según mis ideas, nada pasa sin la voluntad expresa del que con sus dedos hizo el mundo y formó los astros y las almas. He sido juguete de misteriosas fuerzas. Dios me envió, sin duda, para probarme y conocer el temple de mi espíritu. Caí; no tuve rectitud; caí, como cayó David; he sido un malvado, ¿qué quieres? pero te amo, te amo, y esto me disculpa ante Dios y debe disculparme ante tí. Mi pasión ha sido más fuerte que yo... Confieso mi crimen... Yo no protesto. Pero quita de en medio la funesta disparidad de nuestras creencias, y verás cuán gran parte quitas á mi iniquidad.
—¡Oh, no mezcles el nombre de Dios á esto... no lo mezcles!
—Yo digo: «¡Tu justicia, como los montes; tus juicios, abismo grande, oh Jehová!...» Obra de Dios es este conflicto supremo. El amor vivísimo que á entrambos nos inflama obra suya es. Maldigamos... pero ¿á quién hemos de maldecir? A Dios no es posible; á nuestro amor tampoco... Maldigamos á las edades de quienes esto es obra perversa.
—Maldice á tu raza que, sacrificando á Jesús, se imposibilitó en conjunto para la redención...—dijo Gloria con brío.—No creo en tu confesión, porque tu alma está á obscuras. Huye de mí. El mismo amor que te tengo, y que no puedo vencer, aumenta mi horror.
—¡Oh, Gloria, Gloria!—exclamó lleno de dolor el hebreo,—no consientas en ser inferior á mí, porque yo aborrezco el catolicismo, y á tí te venero; porque sé distinguir entre tu falsa creencia, que desprecio, y tú misma, á quien pongo sobre todas las cosas de la tierra. Entre los ángeles de la luz has sido escogida. Me glorío en tí, y si fueras mi esposa, ninguna mujer existiría en la tierra, ni más venerada, ni más amada.
—¡Yo tu esposa, tu esposa yo...! ¿qué dices?—gimió Gloria.—¡Yo también soñaba eso, Dios poderoso, y lo soñaba creyéndolo posible! ¡Cómo había de sospechar este horrible conflicto! Dios me ha desamparado, Dios me ha abandonado para siempre.
—Si el tuyo te deja—dijo Morton corriendo hacia ella,—el mío te recoge. «¡Tus juicios, oh, Jehová, abismo grande!»
—Déjame—gritó Gloria huyendo de él.—No me toques.
Pero no pudo impedir que Morton la estrechara entre sus brazos. Trémula y sobrecogida, Gloria se arrodilló, y abrazándole los piés, gritó con voz dolorida:
—¡Daniel, Daniel, mírame de rodillas ante tí; mírame deshonrada, perdida para Dios y para el mundo! Por el amor que te tengo, por el honor que perdí, por el respeto á Dios y el instinto del bien que hay en tu alma, te suplico que me saques de este infierno. Hazte cristiano; lava tu alma, y con tu alma mi deshonra. Has hecho una ruína espantosa; repárala. Quizá sea esto un aviso del cielo. Un gran pecado ha abierto á muchos los ojos... Conviértete, si me amas, sé cristiano, adora esa cruz, y verás cómo sientes sublimado tu espíritu, verás cuán pronto se llena del verdadero Dios.
—Hagamos un pacto—dijo Morton levantándola del suelo.
—¿Cuál?
—Sígueme.
—¿Yo... á dónde?
—A mi casa...
—¡Oh, tú has perdido el juicio!
—Sígueme.
—Pues bien—dijo Gloria con entusiasmo.—Recibe el agua del bautismo; cree en Jesucristo y te sigo, te seguiré abandonándolo todo, cualquiera que sea la voluntad de mi familia; te seguiré aceptando mi deshonra. ¿Puede darse mayor sacrificio? Pero ganar un alma para el reino de Jesucristo, bien lo merece.
—Mi pacto es otro—prosiguió Morton con febril impaciencia.—Cada cual trata de convertir al otro á su religión. Si tú vences seré católico, si yo venzo serás judía.
Gloria volvió el rostro con horror.
—Eso no puede ser—declaró;—la idea de no ser cristiana me espanta más que la de la condenación eterna.
—Y yo no puedo ser cristiano, no puedo.
—Daniel—murmuró Gloria desfalleciendo de dolor,—¿por qué no me matas? Busca un arma.
—Gloria, vida mía, ¿por qué no me matas tú á mí? Yo soy el que debe morir, tú no. El criminal he sido yo, no tú.
—Ha llegado la ocasión de morir. Dios nos abandona.
—No hay solución en la tierra—dijo Daniel sombríamente.
—Ni en el cielo—añadió la joven con desesperación, dejando caer sus brazos sin aliento y cerrando los ojos, porque las fuerzas todas de su espíritu se habían agotado.
Cayó de rodillas, y apoyando la frente en el lecho, oró en silencio. Morton, sentado en un sillón, se oprimía la abrasada frente entre las manos. De improviso los dos se estremecieron y se miraron, porque habían sentido pasos.
XXXVIII Job.
Dejamos al bueno de D. Silvestre mostrando lleno de orgullo las peras de su huerta, mientras D. Juan Amarillo se apoderaba, cual ave de rapiña, del Sr. de Lantigua, llevándole aparte para hablarle de un grave asunto.
Digamos algo de este hombre, cuyo apellido es de los que más admirablemente se conforman con la persona. Pasaba Amarillo de los sesenta años, y era un hombre despacioso, metódico hasta lo sumo, muy casero, gran rezador de rosarios, blando en su conversación, atravesado en su mirar, de cabeza generalmente inclinada hacia un lado como breva madura, naríz de pico, cabeza calva, ojos negros sombreados de largas pestañas ásperas, barba fuerte, pero afeitada, y todo el rostro amarillísimo y reluciente como pergamino. Su ocupación era prestar con usura. Era el banquero de Ficóbriga y á todos sacaba de apuros, previo un interés que jamás pasó de cuarenta por ciento. Como se ve, no debía de ser de los peores en el arte.
Con el dote que le llevó su esposa Teresita la Monja, y con su buen manejo y economía (pues fué económico en todo hasta en tener hijos), en cuatro lustros se hizo muy rico. Tenía bastante amistad con D. Juan de Lantigua, una de las pocas personas de Ficóbriga á quienes jamás prestó nada, como no fuera atención. Gozaba fama de ser hombre muy religioso, lo mismo que su mujer, gran atisbadora de vidas ajenas, y tan fuerte en la vida y milagros de todo el mundo, que solían llamarla el confesonario de Ficóbriga.
Amarillo tomó del brazo á D. Juan, y llevándole por bajo un emparrado en sitio muy solitario, le dijo:
—Hace días, mi querido D. Juan, que deseaba hablar á usted de un asunto, y no quiero dejar pasar más tiempo.
—¿Qué es ello?—preguntó Lantigua algo alarmado por el tono misterioso que el otro D. Juan tomaba.
—Un asunto grave. ¿Qué opinión ha formado usted de mí como hombre veráz?
—Opinión muy favorable.
—¿Me cree usted capáz de mentir?
—No señor, ni por pienso.
—¿De embrollar, de calumniar, de levantar catálogos?
—Nada de eso.
—Pues oiga usted la advertencia de un hombre honrado que le estima, que se interesa por la honra de su casa.
—¡Por la honra de mi casa! D. Juan—exclamó Lantigua con enojo,—¿qué quiere usted decir?
—Sólo los ojos de marido no son ciegos. Sónlo también los de los padres bondadosos y confiados.
—No comprendo...
—Pues acabaré de una vez. Debe usted vigilar mucho, pero mucho á su hija.
—¡A Gloria!—exclamó D. Juan lanzando un grito.
—A la señorita Gloria—afirmó el judío cristiano. Ella es buena, no lo dudo; pero está en la edad de las pasiones... No encuentro yo vituperable que las muchachas tengan novio, es muy natural; pero al menos que le escojan católico.
—Don Juan, ¿qué farsa es esa?—dijo Lantigua poniéndose tan amarillo como su interlocutor.
—¿Me cree usted capáz de decir una cosa por otra, de faltar á la verdad y de mortificar inútilmente á un amigo? Cuando me atrevo á hablar á usted, Sr. de Lantigua, es porque el hecho es cierto, ciertísimo. Gloria ha tenido entrevistas con Daniel Morton.
—¿Dónde... cuándo?—preguntó Lantigua, cambiando del amarillo enfermizo al rojo sanguíneo.
—En los pinos... hace pocos días... Con decir á usted que mi esposa lo advirtió primero, y que después lo ví yo con mis propios ojos... Como se dijo que Morton partía, yo me callé; pero al oir al señor obispo que le había visto entrar en Ficóbriga, me alarmé y dije: «Pues no pasa de esta tarde sin contarle todo al amigo D. Juan.»
—¡Por vida de!...—exclamó Lantigua, cerrando los puños y apretando los dientes,—que si no fuera verdad lo que usted me cuenta... ¿Quién lo ha visto, quién?
—Mi esposa y otras personas de la villa. Morton venía á caballo de la capital de la provincia, y dando un rodeo por los prados de la Pesqueruela para no entrar en Ficóbriga, iba á los pinos, donde le aguardaba...
Después del primer arrebato, vacilante entre la incredulidad y la alarma, Lantigua cayó en estupor profundo. Sintió un dolor agudísimo en el corazón, y no pudo decir palabra. Parecía que le habían arrancado de repente la ilusión de toda su vida, y quedóse como el santo árabe Job, cuando llegando un criado le dijo: «Tus hijos y tus hijas estaban bebiendo en casa del primogénito. Y hé aquí un gran viento que vino del lado desierto, é hirió las cuatro esquinas de la casa, y cayó sobre los mozos y murieron, y solamente escapé yo para traerte las nuevas.»
Pero D. Juan no rasgó su levita, ni trasquiló su cabeza, ni cayó en tierra; antes bien, reponiéndose algo de la sorpresa, si bien no de la pena, decía luégo para sí:—Es mentira, es mentira.
—Pero haremos bien en guarecernos dentro de la casa, porque llueve, amigo Lantigua—indicó Amarillo.
En efecto, llovía. Todos se metieron dentro huyendo del agua, y los criados de D. Silvestre retiraban á toda prisa mesa y vajilla expuestas á la intemperie.
—Esto pasará pronto—dijo el padre de Gloria mirando al cielo.
—Yo creo—manifestó Romero—que tendremos una segunda edición de aquel famoso día, cuando sacamos á los náufragos de á bordo del Plantagenet. ¡Qué día, señores! Aquello sí que era llover, aquellas sí eran olas... Yo, lo confieso, tuve miedo...
—Vámonos—dijo de improviso el señor de Lantigua, indicando en su rostro una gran impaciencia.
—¿Lloviendo?... Por Dios, D. Juan, ¿qué prisa hay?
—Yo me quiero marchar. Peor será esperar á que llueva más y á que se haga enteramente de noche.
—Como tú quieras—dijo D. Angel.
Don Silvestre mandó enganchar el coche de Lantigua.
Cuando el coche estuvo preparado en el Soto de Briján, arreció de tal modo la lluvia, que fué opinión general esperar á que pasase la turbonada. Los caminos estaban intransitables, y el cochero de Lantigua, así como el del breck, aseguraron que sería milagro llegar á Ficóbriga sin que se rompiese alguna ballesta.
—No importa—manifestó D. Juan.—Vámonos.
Pero en el mismo instante se dijo:
—El puente de Judas se ha quebrantado y no puede pasar ningún coche.
—Hoy es día de desgracia—gruñó D. Juan hiriendo el suelo con el pié.—¡El puente quebrantado! Vean ustedes lo que son nuestros ingenieros... ¡Qué Gobierno! Con el dinero que se gastó en ese puente de palo, se podrían haber hecho dos de sólida piedra.
—No hay más remedio que tener paciencia—dijo Su Ilustrísima con tranquilidad.
—No hay más remedio que marcharnos á pié—añadió D. Juan.—Es calamidad... Ni siquiera tenemos paraguas.
—¿Pero tú estás loco? ¿A dónde vas?—manifestó D. Angel deteniendo á su hermano.
—¡Por Dios! D. Juan... no parece sino que arde la casa.
El camino en realidad estaba intransitable, y espumosos arroyos de fango y agua descendían por las laderas.
Don Silvestre dispuso que un criado suyo, llamado Francisquín, bajase á reconocer todo el camino hasta Ficóbriga. Al poco rato volvió diciendo que estaba medianillo, y que el puente se podía pasar, andando por él con mucho cuidado.
—¡Qué cobardes somos!—exclamó Lantigua dirigiéndose á la puerta.
Por segunda vez le detuvieron; y hé aquí que el cura dijo:
—Más vale que pasen ustedes aquí la noche. Tengo buenas camas. La crecida de la ría es espantosa, y no vale la pena de que nos expongamos á perecer. Si subimos hasta Villamojada para pasar el puente de San Mateo, tardaremos cinco horas lo menos, porque el acarreo de mineral ha puesto la carretera como ustedes saben.
Mucho costó persuadir á D. Juan á que se quedase; pero al fin lo consiguieron, y se mandó á su casa el recado de que ya tenemos noticia.
Y hé aquí que al volver Francisquín, dijo:
—La señorita Gloria esperaba muy alarmada; pero ya está tranquila.
—¿Quién estaba allí?—preguntó D. Juan con viva ansiedad.
—Roque, D. Amancio el de la botica, José el cartero, el maestro Rubio, Germán...
—¿Y nadie más?
—Y el Sr. D. Daniel.
Por el abrasado pensamiento de D. Juan de Lantigua pasaron aquellas palabras del libro de Job: «Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y los mozos y los consumió; solamente escapé yo solo para traerte las nuevas.»
—¿Qué es eso, D. Juan, le ha hecho á usted daño la comida?—preguntó D. Silvestre á su amigo.
—¿Estás malo?—le dijo el obispo observándole cariñosamente.
Don Juan se había puesto verde.
—A ver ese pulso—indicó D. Silvestre, que también se la echaba de médico.
—Por fin—dijo uno de los compinches del cura, que había venido de la capital de la provincia,—cierto amigo que encontré en Villamojada y que acaba de llegar de Madrid, me ha informado de la religión de ese señor Morton, á quien D. Juan ha nombrado. Es nada menos que judío.
Una exclamación de sorpresa y espanto sonó en toda la sala.
—¿Es eso verdad?—preguntó Lantigua echando fuego por los ojos.
—¡Tan verdad!... Daniel Morton es hijo de un riquísimo israelita de Hamburgo, rabí de la secta, ó como si dijéramos, el sumo sacerdote ó el papa de los judíos.
—A pesar de eso, no me pesa haberle salvado la vida—dijo con petulancia D. Silvestre,—porque está escrito: Bendecid á los que os maldicen y haced bien á los que os aborrecen... ¡Qué día aquel!
—Muy bien—afirmó el prelado estrechando la mano del cura.—Así me gusta.
Después se quedó tan pensativo, que parecía una estátua.
—Mi opinión—dijo D. Juan Amarillo gravemente,—es que no se debe consentir en Ficóbriga la presencia de ese hombre.
—No se debe consentir—añadieron dos ó tres de los presentes.
Entonces Su Ilustrísima habló así:
—Mientras el impío exista, existirá la esperanza de traerle al buen camino. Dios no revela á nadie los caminos de su justicia. San Agustín, amigos míos, nos enseña que el impío está sobre la tierra ut corrigatur, ut per illum bonum exerceatur, es decir, para que se corrija, para que el bien, por razón de él, sea hecho.
Don Juan de Lantigua se levantó, diciendo con firmeza:
—Yo me voy.
Su tono indicaba una resolución tan firme que nadie se atrevió á contradecirle. El obispo, empezando á participar de la inquietud de su hermano, añadió:
—Pues yo me voy también.
—Iremos por Villamojada—indicó D. Juan.
—¡Qué temeridad!—dijo D. Silvestre en voz baja al joven del Horro.—Cuando á este D. Juan se le mete una cosa en la cabeza... Y no está nada bueno. ¿No ve usted qué color se le ha puesto? Tiene calentura.
XXXIX El rayo.
Gloria y Daniel Morton, habiendo sentido pasos, temblaron. Ni uno ni otro se atrevieron á moverse. Ninguno de los dos pudo articular una sílaba. Contenían el aliento. Ambos deseaban ser aire impalpable é invisible para desaparecer.
De repente la puerta abrióse y apareció D. Juan de Lantigua. Gloria lanzó un grito terrible. No se sentirá mayor espanto cuando se oigan las trompetas del juicio, y aparezca entre inflamadas nubes el que ha de venir á juzgar á los vivos y á los muertos.
Don Juan avanzó hacia su hija con el brazo levantado; pero como si faltara la tierra á sus piés, cayó violentamente al suelo, exhalando un gemido. Su venerable cabeza cana rebotó contra el suelo.
Don Angel que venía detrás, Sedeño, Gloria y Morton se abalanzaron sobre el cuerpo del infelíz padre. Le examinaron: parecía muerto.
Diéronse voces de socorro y acudieron atropelladamente los criados. Cuando levantaban á D. Juan, el prelado separó con vigorosa mano á Daniel Morton, diciéndole:
—¡Deicida, sal de aquí!
Por primera vez en su vida se había visto la ira en el semblante del glorioso hijo de Ficóbriga.
El hebreo salió como un muerto que anda.
En tanto vino el médico, y dijo que don Juan de Lantigua había sido atacado de una apoplegía fulminante y que duraría pocas horas. Sin embargo, se aplicaron con actividad febril todos los remedios indicados para arrancar su presa á la muerte. Perdió por completo el conocimiento y sólo el pulso anunciaba los últimos congojosos esfuerzos de la desesperada vida.
Gloria tenía en su remordimiento y en su dolor un peso tan grande, que cuando la retiraron del lado del enfermo, llevándola á su cuarto, no pudo salir de él, ni aun moverse. De rodillas, atónita, con los espantados ojos fijos en el suelo, parecía estátua de mármol esculpida para conmemorar un gran desastre ó representar la idea de la condenación eterna. En su paroxismo de dolor oyó los lúgubres pasos de los sacerdotes que subían trayendo el Oleo Santo; les sintió después bajar á punto que entraba por las ventanas la luz de una aurora más triste que la lóbrega y fría noche.
Al fin vió aparecer á D. Angel que le dijo:
—Tu padre ha muerto.
El santo hombre llevó ambos puños á sus ojos, y rompió á llorar como un niño.
Madrid.—Diciembre de 1876
FIN DE LA PRIMERA PARTE
GLORIA
Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven el sello del periódico La Guirnalda.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS POR B. PÉREZ GALDÓS
GLORIA
SEGUNDA PARTE
SÉPTIMA EDICIÓN
MADRID Imprenta de LA GUIRNALDA calle de las Pozas, núm. 12.
1890
GLORIA