Front matter (continued 2)
Tomás Orts-Ramos translation
La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.
Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas. Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado, ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas; agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla, hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase la boda.
Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de reconocimiento que conmovieron a la duquesa.
Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba en su coche.
La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente, aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que estalla la abnegación del sexo sublime.
El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones. Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró rotundamente que no abandonaría Francia.
—¿Es que no estoy bien aquí?—decía—. ¿Qué necesidad hay de agitar al viento una antorcha que se extingue?
En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le Bris.
—Querida condesa—dijo Germana—, ¿es absolutamente necesario que me enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no quisiera que mi madre dejase París.
—¡Pues que se quede!—respondió la condesa con su vivacidad española—. No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie. Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.
El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con él.
—Además—añadió el señor Le Bris—, la duquesa no nos sería precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería perjudicial para la señora duquesa.
En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.
El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida, pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es uno de los privilegios del amor.
Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.
—Veinte mil francos—contestó el doctor—. De esos cobro cinco o seis mil.
—¿Y el resto?
—Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los juzgados.
—¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?
—Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe contarse por meses, quizás por semanas.
—¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!
El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y sonoro que se llama el dinero.
Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:
—Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.
—¡Y la mía!—añadió el viejo—. Usted nos ha prestado un gran servicio, doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.
El joven respondió cortésmente:
—Es cosa hecha, señor duque.
Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba gratuitamente.
El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.
—¿Para qué?—dijo la enferma—. No he de usarlo más.
Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.
—Está bien; temí que no se hubiesen fijado.
Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.
—Mamá—dijo Germana—, ¿se acuerda usted de los versos del poeta Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la Revista de Ambos Mundos?
«Todos los caminos debían florecer, Porque la hermosa novia iba a salir; Debían florecer, florecer y granar, Porque la hermosa novia iba a pasar.»
¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!
«Todos los caminos debían gemir, Porque la hermosa muerta iba a salir; Debían gemir, debían llorar. Porque la hermosa muerta iba a pasar.»
La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su cobardía.
—Espere usted—dijo—, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La Tour de Embleuse?
Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y el doctor Le Bris. Todo el faubourg fue invitado a la misa. El señor de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda. Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de Santo Tomás de Aquino.
La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella comedia.
Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado. Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda, mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el bulevar.
Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la novia aun estaba viva.
Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de reposo.
IV
VIAJE A ITALIA
Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez, durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de la Edad Media la habían representado en los misales.
—Si me duermo—pensaba—, nadie vendrá a despertarme; me han dejado aquí para que me muera.
Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver la vida a la inocente máquina.
Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones. Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama. La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha, que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el movimiento que hizo la despertó.
Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente sobre los almohadones.
—Hija mía—le dijo con emoción mal contenida—, te presento al marqués de los Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media voz:
—¡Hijo mío!
La viuda la abrazó agradecida.
—Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.
—¡Mamá!—repitió el niño sonriendo.
—¿Quieres que sea tu mamá?—preguntó Germana.
—Sí—respondió.
—Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!
—¡No!—repitió el niño sin comprender lo que decía.
Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la alfombra.
Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados, y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto. De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez leguas.
Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir, y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma le dijo:
—¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.
Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar.
La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho, para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.
Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento, dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una crueldad sangrienta:
—Esto va bien, sufro mucho.
Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre las ruedas.
El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más.
El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del vecino.
—¡Vamos a Florencia!—dijo ella.
Y don Diego hizo enganchar para Florencia.
Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva.
Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral.
Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se desplomaba.
Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche, tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.
—Es una ciudad por mi estilo—dijo con una sonrisa amarga—; es justo que los muertos se consuelen entre sí.
Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.
Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel. «Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.» Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban nada bueno.
La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de la Corona de hierro invitó a los caballeros a bajar al comedor; estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía.
El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió.
La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que digiere bien.
—Yo, señor—decía a su vecino—, si nunca llegase a padecer del pecho, lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo: los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez?
—Sí.
—¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?
—No.
—Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza. Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio, rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York y el capitán le hizo arrojar al agua.
Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación, cuando el joven inglés tomó la palabra.
—Pues yo, señor—dijo—, hace dos años estaba tan enfermo como esa joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó.
El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas redondas de Italia:
—¿Usted ha estado tísico, señor?
—En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado. Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de Corfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató a su enfermo para saber cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
—Venga usted—dijo a su marido—. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé; para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
—Germana—le dijo—, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una emoción que rayaba en el delirio:
—¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre? ¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien. Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos robos que cometo...
Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú.
V
EL DUQUE
El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de su hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho; el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo, con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación. Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su mujer y no se equivocó.
La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico, como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar. Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa al estado crónico.
Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho. Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día, febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más!
El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese, resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran reservas extraordinarias para sus últimos años.
Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de 12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un secreto entre su cajón y él.
No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor obstinado de la duquesa por el duque.
No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive, hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió champagne, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.
El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así, concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado en su casa; no tenía, pues, nada que temer.
El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil, en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de la abyección en los hombres desocupados y ricos.
El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de Sanglié y la señora Chermidy.
El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre, al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo. Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado alojamiento, por el honor del linaje.
El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre[C]. Su rostro abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y vivía por vivir bien.
Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los teatros de ópera y luego hacía su partida de whist en el club. Buen jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en pintura y bastante buen jinete para ganar un steeple chase, pero demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo, generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las formas más simpáticas del egoísmo.
La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por los cabellos al hombre que se ahoga.
Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza que oculta tan bien la adulación:
—¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea, ¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?
El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos; una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona sus diversiones donde puede.
—Venga usted conmigo—continuó el barón—, y yo le juro que le haré encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie. Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo, que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o condenarse más que con sus iguales.
Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona, pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.
El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte. La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector. Los abonados del club jugaban al whist y al écarté con un cierto atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si aventuraba una fuerte suma en una partida de écarté, nadie tenía el derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada, que no sentía el tirón de la brida.
Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de sus iguales. El faubourg Saint-Germain, como el hijo respetuoso de Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano. Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia. ¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de su fortuna.
El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su palabra. No le encerró en el faubourg como en una fortaleza y le hizo ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del faubourg a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno y grave que reina en los antiguos salones del faubourg, pero se baila decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron el duque y la señora Chermidy.
Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar desvergonzadamente a las que no lo son.
El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó familiarmente a su lado y le dijo:
—Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano izquierda.
La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago, comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada. Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos.
El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante, que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una emoción contenida o admirablemente fingida:
—Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar.
Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio.
El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama, pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que hombre prevenido vale por dos.
Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había llorado.
—Señor duque—le dijo—, he hecho todo lo posible por olvidar las palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso.
El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior. Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del faubourg y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su bienhechora.
—Yo comprendo—continuó—, que usted no puede tener mucha estimación por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble corazón, si conociese la historia de mi vida.
Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese abierto una información con todas las formalidades del caso.
Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres, que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy! ¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China!
Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital; era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la primera vez que le vio en los Italianos.
El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán bien dichoso.
Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor, probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los asuntos de interés con los asuntos del corazón.
Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre. Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la pobre abandonada para darle noticias del pequeño!
Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de elegancia.
—En fin—añadió—, aquí me tiene usted más sola que nunca, en esta ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me humillaría y me haría muy desgraciada.
Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo.
El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.
La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al suegro de su amante?
Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris.
Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de todas las leyes divinas y humanas.
No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería, piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su siniestra curiosidad.
El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para la navegación.
El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él, estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres. Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis. Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile, el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento en que estaba perdido sin remedio.
La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia, aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al respeto.
Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer perversa.
La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión, buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía. La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un invitado con el que no había contado: el Amor.
La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo, por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en caso de desgracia.
No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y guardando siempre la superioridad sobre el donante.
Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:
—Acepto, señor duque.
El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Creyó estar en el séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:
—Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado?
El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio despreciable.
Ella contestó al pensamiento de su adversario:
—Señor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de colocarme, valen tanto más cuanto que son más ricas. Yo he heredado cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es tan limpia que la podría realizar sin pérdida en un mes. Ya ve usted que hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio más elevado. Esto le prueba a usted que también tengo el medio de darme por nada. Si yo le llego a amar, lo que quizás ocurra, el dinero no será nada entre nosotros. El hombre a quien yo dé mi corazón tendrá encima todo lo demás.
El duque cayó desde lo más alto y dio rudamente contra el suelo. Era tan desgraciado al guardar su millón como se había sentido feliz al recibirlo. La señora Chermidy pareció tener piedad de él.
—Niño grande—le dijo—, no llore usted. He empezado por decirle que aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.
El señor de La Tour de Embleuse sonrió como un moribundo que ve entreabrirse el cielo.
—Soy yo quien ha enriquecido a usted—le dijo—. Le conocía de antiguo, o por lo menos conocía su reputación. Usted se ha comido su fortuna con una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el último representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. También es usted, sin saberlo, el único hombre de París capaz de interesar seriamente el espíritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habría sido más grande que Sardanápalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le diesen un millón; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted en su cajón es un papelote que nunca le serviría para nada. El día 22 de junio cobrará usted sus 25.000 francos; de aquí a entonces no hará más que vegetar. Contraerá deudas y sus rentas no harían más que enriquecer a los acreedores. Deme usted su inscripción de renta y yo haré que la venda mi agente de cambio. Guardaré el capital, porque no me fío de usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no crea que éste será de cincuenta mil francos; serán ochenta mil o cien mil, quizá más. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los pies allí; y sé que se gana todo lo que se quiere con algunos millones en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable invención para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro ni el trabajo, ¡viva la especulación! Es lo mismo que el juego en gran escala y usted es jugador, ¿no es cierto?
—Lo he sido.
—Y lo es aún. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en común nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras esperanzas.
—Los dos formaremos como uno solo.
—En la Bolsa, al menos.
—¡Honorina!
Honorina pareció sumirse en una profunda reflexión y ocultó el rostro entre sus manos. El duque se apoderó de ellas poniendo fin así a aquel eclipse de belleza. La señora Chermidy le miró fijamente, sonrió con melancolía y le dijo:
—Perdóneme usted, señor duque, y olvidemos nuestros castillos en el aire. Nos extraviábamos en el porvenir como dos niños en el bosque. Era un dulce sueño, pero no pensemos más en ello. No tengo el derecho de despojarle, aunque sea para enriquecerle. ¿Qué dirían de mí? ¿Qué pensarían de usted mismo? ¡Si la señora duquesa se enterase de lo que habíamos hecho!
La señora Chermidy sabía perfectamente que para hacer odiosa a una mujer ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos. El duque respondió altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus negocios y que además lo tenía prohibido.
—Pero—continuó la tentadora—usted tiene una hija; y todo lo que usted posee debe volver a ella. No estaría bien.
—Pero—replicó el duque—mi hija tiene un hijo que es el de usted. Nuestras fortunas irán juntas al pequeño marqués. ¿Acaso no somos de la misma familia?
—Usted ya me dijo eso otra vez, señor duque; pero aquel día me causó menos placer que hoy.
La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y se guardó mucho de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido y desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le quedaba el derecho de visitar su caja y encontró en ella, hasta nueva orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le transportó a los Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles, cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupándose incluso de los gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las manos y se dijo riendo:
—Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la guerra, les mataría de hambre sin piedad.
VI
CARTAS DE CORFÚ
El doctor Le Bris a la señora Chermidy.
«Corfú, 20 abril 1853.
»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted, que nuestra correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco lo esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que él tomase la resolución heroica de privarse de sus cartas ni del placer de escribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todo los médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.
»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio, cuya chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; la lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invadía hasta nuestros camarotes. El mareo no perdonó más que al niño y a la enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida y para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda sociedad una familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de la compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no nos honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no sabían el francés. A la menor claridad subían al puente con sus álbumes para dibujar unos paisajes que parecían plum-puddings. Después de una eterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a buen puerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. El camino de la vida está empedrado de decepciones.
»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí a fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con nuestras piernas. Mi pobre enferma está cada vez peor; el viaje la ha fatigado más aún que si se hubiese mareado. La señora de Villanera no la abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a mí, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es inútil ensayar un tratamiento que añadiría sufrimientos sin aumentar las probabilidades de curación. ¡Es usted muy dichosa, señora, de tener tanta belleza como salud!
»Si esta crisis no es la última, intentaré el amoníaco o el yodo. El yodo triunfa en algunos casos; los señores Piorry y Chartroule lo emplean con éxito. ¿Usted será tan amable que nos envíe el aparato del doctor Chartroule y una provisión de cigarrillos yodados? Todo lo encontrará en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del bulevar. El amoníaco también da buenos resultados; pero el único remedio con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. Así, pues, viva usted en paz, ténganos un poco de cariño y ayúdenos a cumplir nuestro deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa había traído para que le sirviese, ha caído enfermo de las fiebres de Italia, aunque ésta no sea la estación de las fiebres. Es un enfermo más y un servidor menos.
»La alegría y la salud tienen una magnífica representación en la casa: el pequeño Gómez. El día que lo vuelva usted a ver será bien dichosa. Se lo ve crecer y hasta creo ¡Dios me perdone! que está embellecido. Será menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que parecería cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos huraño; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras con una impetuosidad que sería inquietante en una niña.
»Don Diego está en negociaciones con un descendiente de un dux para alquilar una casa que le convendría mucho. La campiña está dividida en una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente más habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles aristocráticos que conservan un aire de grandeza en medio de su desolación, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos alquilar la villa Dandolo, quizá no estaremos del todo mal. Bastará con poner algunos vidrios en los balcones. La exposición es admirable, al Mediodía, sobre el mar. El jardín, muy hermoso. Los vecinos son nobles y dicen que algunos hablan el francés. ¿Pero quién sabe si tendremos tiempo de entablar conocimiento con ellos?
»No echaré de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Nápoles. La explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeño Gibraltar. Yo asisto todas las mañanas a las evoluciones de un regimiento de escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeñas arcadas y una linda cabeza en cada balcón. El barrio judío es repugnante, pero se encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lápiz de Gavarni. La población se compone de griegos, italianos, judíos y malteses, pero todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos también un teatro en el que dan representaciones de Juana de Arco del maestro Verdi. Yo fui una noche, aprovechando que la enferma tenía menos de 120 pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se levantó respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el God save the Queen. Es una costumbre establecida en todas las posesiones inglesas. No le extrañe a usted que se represente la muerte de Juana de Arco ante un público inglés; el autor del libreto ha tenido cuidado de modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una coraza de papel de plata y agita una bandera del tamaño de un abanico hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:
Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta.
»Llega la heroína sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica que está mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una romanza con su voz más fuerte y expira entre los aplausos de la sala. Todos los habitantes de Corfú están convencidos de que Juana ha muerto a consecuencia, no sólo de una herida, sino también de una serie de gorgoritos.
»El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted si es apasionado de Verdi. ¿No fue en una representación del Hernani cuando su mirada se encontró por primera vez con la de usted? Pero el pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. ¡Qué marido, señora, para aquella que sea su esposa definitiva!
»Los periódicos nos han traído noticias de la China que usted ha debido leer con tanto interés como nosotros. Parece que esa nación ha tratado ligeramente a dos misioneros franceses y que la Náyade se ha puesto en camino para castigar a los culpables. Si la Náyade no ha cambiado de comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedición. Cada uno para sí y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie. Se dice que los chinos son pésimos artilleros, aunque se alaben de haber inventado la pólvora. Sin embargo, no hace falta más que un obús clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.
»Adiós, señora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no tendría fin. Pero, después del placer de conversar con usted, es necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la habitación vecina. ¡Placer, deber! dos caballos muy difíciles de uncir juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre el yunque y el martillo. Aprécieme si puede, compadézcame si quiere, no me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el próximo correo recibe un sobre orlado de negro, hágame el honor de creer firmemente que no tengo ningún derecho a su reconocimiento.
»Beso la mano más linda de París.
»Carlos le Bris.»
La condesa viuda de Villanera a la señora de La Tour de Embleuse.
«Villa Dandolo, 2 mayo 1853.
»Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana está mejor. Nos hemos cambiado de casa esta mañana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he tenido que hacer todo. Tenía que arreglar los baúles, envolver a la enferma en algodón, vigilar al pequeño, buscar el coche y casi enganchar los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En España se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi alrededor como un moscardón; he tenido que hacerle sentar en un rincón. Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los demás; el que me ayuda me incomoda. ¡Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la mejor ocasión! Voy a enviarle a París para que se cure, y le ruego que me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magníficas; el afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con un cocinero indígena que quería echar pimienta en todo, incluso en las sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.
»La victoria es nuestra, a fe de viejo capitán. Nuestra hija se curará, estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches desagradables en esta ciudad de Corfú. No se decidía a dormir y tenía que mecerla como a un niño. Comía únicamente por darme gusto; nada le apetecía, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba más que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.
»Había oído decir muchas veces que una madre quiere a sus hijos en razón de los disgustos que le dan; esto no lo sabía por experiencia. Todos los Villanera, de padre a hijo, son como los árboles que se plantan en el campo y crecen. Pero desde que usted me confió el pobre cuerpo de esa hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra niña para impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazón con una fuerza inusitada. Yo no era madre más que a medias, puesto que no había tenido ocasión de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo más que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las madres. ¡Ave María, mater dolorosa!
»No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivirá. Dios no me hubiera dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros sentimientos con arreglo a la duración de lo que amamos, y yo amo a Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La Providencia se burla de la ambición, de la avaricia y de todas las pasiones humanas, pero respeta los afectos legítimos y no separa nunca a los que se aman piadosamente en el seno de la familia. ¿Por qué me hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de arrebatármela de entre los brazos? Sería un juego cruel e indigno de la bondad de Dios. Además, el interés de nuestra raza está ligado a la vida de esa niña. Si tuviésemos la desgracia de perderla, un día u otro volvería a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos iglesias, no permitirá que un nombre como el nuestro sea llevado por la señora Chermidy.
»No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no entienden de esas cosas. El verdadero médico, es Dios en el cielo y el amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros días. Ya verá usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las mañanas, mi hijo, mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para añadir a la de Germana. El pequeño une sus manos como nosotros; yo pronuncio la oración y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.
»Don Diego ama a su mujer; ya se lo había dicho a usted. La ama con un amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me produciría horror. Tiene por ella la adoración religiosa que un buen cristiano dedica a la santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y velada que resplandece en el fondo del santuario. Los españoles somos así. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta imagen de las santas del Paraíso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos compañeros se alistaron bajo el estandarte de María, dieron a todos los hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.
»Cuando esté curada, ¡ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a que la pobre virgencita pálida haya recobrado los colores de la juventud. Su cuerpo, hoy, no es más que una urna de cristal transparente con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los perfumes generosos de la campiña hablen a su corazón y hagan latir sus sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo los grandes naranjos del jardín, entonces entrará en una nueva belleza... y don Diego tiene ojos. Sabrá establecer una diferencia entre sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendré que mostrarle en qué grado una belleza noble y casta, realzada por todo el brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a los halagos impúdicos de una bribona. Mientras tanto, ya está en buen camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado París, no ha escrito ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazón lejos de la indigna que le perdía. La ausencia que fortifica las pasiones honradas, mata en muy poco tiempo aquellas que sólo subsisten por el hábito del placer.
»Quizá también nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor. Hasta el presente es sólo a mí, de toda la familia, a quien quiere. Claro está que no hablo del pequeño marqués: ya sabe usted que lo quiso desde el primer día. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una indiferencia que se parece mucho al odio. También es verdad que ya no le maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de resignación. Tolera su presencia, no se extraña de verle a su lado y se va acostumbrando a él. Mas no es necesario ser un lince para leer en su rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada instante, quizás el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que ha cometido faltas. ¡Ay, pobre amiga mía! la indulgencia es una virtud propia de nuestra edad; los jóvenes no la practican. No obstante, debo reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeños resentimientos. Su cortesía con don Diego es irreprochable. Conversa con él horas enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fría y resignada. Un hombre menos delicado no advertiría que es aborrecido; mi hijo lo sabe y la perdona. Ayer me decía: «Es imposible detestar a los amigos con más encanto y bondad. Es el ángel de la ingratitud.»
»¿Cómo acabará todo esto? Bien, créame usted. Tengo confianza en Dios, tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos, incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sería recibida aquí con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido quisiera también tomar los aires del campo, le podríamos preparar un buen alojamiento.
»Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis afectos y de mis dolores. La quiero cada vez más, a medida que su hija me va siendo más querida. La distancia que nos separa no podrá enfriar una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho, pero nuestras oraciones se confunden todos los días al pie del trono de Dios.
»Condesa de Villanera.
»P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven. Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimatarían aquí.»
Germana a su madre.
«Villa Dandolo, 7 mayo 1853.
»Mi querida mamá: El viejo Gil, que le entregará esta carta, le dirá lo bien que se está aquí. No es en Corfú donde ha cogido las fiebres; fue en la campiña de Roma; de modo que no tenga usted ningún cuidado.
»He estado bastante enferma después de mi última carta, pero mi segunda madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El señor de Villanera quizá también le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a mí, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algún tiempo para emborronar cuatro carillas de papel; pero, ¿querrá usted creer que me falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupación muy agradable en la que empleo diez o doce horas diarias.
»Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo haber estado tan mal en París. Puede usted creer que muchas personas en mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la vida con una obstinación increíble. ¡Cómo se cambia! ¿Y en qué consiste que yo no vea las cosas con los mismos ojos?
»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas veces si me ocurriese una desgracia.
»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito; el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán que esperar bastante tiempo.
»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre, porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras; se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.
»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos, pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada. Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al aire libre: es la costumbre del país.