LA ULTIMA VISITA
Reading edition
Don José Echegaray
Madrid, septiembre 15 de 1916.
Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían: «Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».
Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.
Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas, en suma, de los honores póstumos.
Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no, porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono de secreta confianza:
—Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.
La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del Príncipe:
—Don José está agonizando en estos momentos.
Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.
Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas admiraciones de muchacho.
Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en México de su viaje a Europa, me dijo:
—Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.
En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, Malas herencias y, en otra época, La escalinata de un trono. Después de la del Loco Dios, estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en España y aplaudirlo y glorificarlo en América.
Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi deseo de visitar al anciano dramaturgo.
La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle mi propósito.
—Quisiera yo hacerle una visita—le dije.
—Está muy aislado me contestó Icaza—. No se deja ver de nadie. Todas las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo conseguir que te conceda una entrevista.
Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso amigo mío vino a prepararme:
—Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco. Vendré por ti.
—Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de una pequeña ilusión que iba a ser realizada.
* * *
Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha, extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y cristales fulgentes.
Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.
—El de Echegaray está inmediato a éste—me dijo—, junto al de los artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.
Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:
—¿El señor Echegaray?
—No está en casa—nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con que se ve a los importunos.
Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente, agregando:
—Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para esta hora.
Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando. Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.
La moza volvió:
—Que pasen ustedes.
Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria, sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana, cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y forjador de fábulas delirantes de la escena española.
Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana, junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.
Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina, los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla, que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de Merlín.
Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos, palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!
La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce. Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la cultura.
Habla—es de rigor—de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto científico contemporáneo! Día por día se notaba...
Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención, está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.
Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino Deutschland para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.
—¡Oh—exclama—, es una admirable hazaña científica!
En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto pensando, ante nosotros, en voz alta.
Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.
Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta pregunta al polígrafo:
—¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?
—No—me contesta—; las dejé pendientes, porque la revista donde la escribía, La España Moderna, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme más en el asunto.
—¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las Memorias de su teatro!
—Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.
Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla, sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que iban él y su madre.
Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso, ¿qué era? Un asalto de bandidos.
Don José sonríe, y tiene su sonrisa pargoletta una ingenuidad candorosa.
—¡Es raro! ¡Es raro!—repite—. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la vida!
Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho:
—Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?
—Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de El Diario de la Marina, de la Habana, y en esa publicación desarrollo, por lo general, temas de ciencia.
—Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no muere en América: vive tan apasionante como siempre...
Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se dirige a Icaza y lo interroga:
—¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?
Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los campos del recuerdo.
* * *
Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad; pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa. Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó, exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina, toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano. Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana, conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.
Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora; clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes: Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...
Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el clubman frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.
Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud, al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él donde hizo maravillas. En el seno de la muerte, Haroldo, Un milagro en Egipto, La esposa del vengador, La muerte en los labios.
En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes, incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que, siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.
El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino. Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo, enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones. Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía salvaje y de grandeza».
* * *
Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él bullía aún, lleno de soles, un universo.
De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me dirigí a don José:
—Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero y que se intitulaba El preferido y los cenicientos, ¿es de usted? ¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con insistencia Fernando Díaz de Mendoza...
—Sí, recuerdo—me contestó cariñosamente el anciano—. En efecto, es mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante, nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra. He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo proyectos para otros tantos.
Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar:
—¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?
Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración. Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia: «Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»
Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta, tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse, y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.
Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie. Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:
—No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.
—No—aclaró don José—; de un mortal... muy próximo a la muerte.
Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía, al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las cosas aladas».
* * *
Septiembre 16.
A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la Castellana. La curiosidad de la multitud—se siente—está complicada de pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos, uniformes, estandartes, insignias, soldados.
El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios, la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol y llueve un poco.
Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»