EL VIAJE A NICARAGUA (continued 2)
Reading edition
Así pensaba yo escribir al salir en Managua del Campo de Marte, morada presidencial, en una noche tibia y coronada de estrellas, al amor del trópico natal.
MIS LIBROS
«AUTOBIOGRAFÍA»

IX

Nombran a Masaya la ciudad de las flores. Es, por cierto, bella en su suelo florido. Allí pensé una vez más en la gentil Primavera de Botticelli. Flores en los jardines, flores en las mujeres, flores en todas partes. Cuando el señor alcalde me dirigió su discurso, la calle estaba cubierta de flores. Masaya me evocaba a Hafiz, a Sadi; verjeles de Sarón, de Bagdad, de la olorosa Persia. Los alrededores de la ciudad son también lugares excelentes, en donde la riqueza floral se desarrolla y multiplica al cariño del magnificente sol. Hace ya tiempo viajé por esos lugares en compañía de un cubano eminente que ha hecho admirar en nuestras Repúblicas su firme amor patrio, su lengua de Crisóstomo y su corazón de poeta. Ese cubano fué de los luchadores de la primera revolución, la de Céspedes, y uno de los que redactaron la antigua Constitución. Me refiero al Dr. Antonio Zambrana, que hoy vive rodeado de la consideración general en San José de Costa Rica. Él dejó en una página delicada el recuerdo de nuestra visita a la aldea masayesa. He aquí sus impresiones, en las cuales se revela el cariño que desde mis primeros años me demostrara el grande hombre: «Nindiri. Él me había hablado del pueblecito, y con él tuve el gusto de verlo por vez primera en viaje que hicimos juntos, en un cómodo y ligero carruaje, de Managua a Granada. A Rubén Darío, el poeta, me refiero. A eso de las tres de la tarde divisamos las primeras chozas. El cielo estaba azul; alguna que otra nube, transparente como velo de gasa, volaba por él, y de lo alto caía y por todas partes se derramaba la luz color de oro quemado de un sol brillante, pero ya muy soportable. Me pareció que estaba en Grecia: así debió de ser la Jonia antigua, o, por lo menos, esa segunda Grecia, la Provenza de los tiempos medios. En calle sin polvo, recta y ancha, se alineaban las casas, hechas de corteza de palma y de bejucos, cada una de arquitectura diferente, a cual más graciosa y originalmente ideada, de formas caprichosas, como sueños de hombre que no ha visto civilización, pero que, sin conocer la de los otros, ha inventado él mismo su poesía y se la saca del alma para ponerla en todo lo que le rodea. Alrededor de las casas había siempre flores, y por la espalda de ellas asomaba algún árbol, indicio de huerto, que, con sus ramas de esmeralda obscura y sus frutos de colores vivos, daba nuevas notas a la pintura ideal que formaba el paisaje. A la puerta, o en pequeños corredores delante de ella, vi algunas mujeres de la raza india de Nicaragua, que es la más bella que conozco; todas lucían, muy morenas, por estar vestidas de un blanco inmaculado, y los cabellos muy negros y los ojos como llamas, tomaban con eso un relieve encantador. Admirome su limpieza singular y el aire de fiesta que eso daba a la aldea, porque se trataba de un día de trabajo de la semana. «¿Qué hacen estas gentes?—pregunté con curiosidad a Rubén—. Se diría que esperan alguna visita». «Venden flores y frutas—me contestó el poeta—. Las llevan en cestos muy bizarros a todos los alrededores: ésta es su vida cotidiana». Pasaron, en efecto, a poco, por junto a nosotros, dos mujeres y un jovencito con cestos tan extraños como las casas, llenos de colores y de aromas, conduciendo su mercancía; nunca hubiera calculado antes que el comercio pudiera tomar a mis ojos forma de poesía. No era hora de oir pájaros; lo que se escuchaba era una cigarra; pero la influencia del medio ambiente, sin duda, me hizo encontrar bello su toque de clarín delgado y persistente: pensé en la cigarra de oro, símbolo del Arte en el mediodía de Francia, y el canto sin ritmo, lejos de perturbarla, completó mi ilusión. Soñaba yo entonces, por otra parte, que llevaba a mi lado la cigarra de nuestros bosques y de nuestra poesía americana, pues Rubén era ya un poeta, aunque todavía no era un hombre, y su inspiración no había aun torcido su cauce, sino que era genuina y espontánea. Más tarde se dejó influir por ideales exóticos, y, persiguiéndolos, ha llegado a la cumbre de la gloria; pero yo prefiero la cigarra desconocida, y ahora, que temblamos a la idea de recibir una mala noticia, ha venido a mi mente con sincera ternura el recuerdo del pueblecito original de las flores vivas, de las casas lindas y de las indias limpias que venden colores y perfumes de los que brotan, sin amaño, del seno fecundo de la Naturaleza». Zambrana dice la verdad de su entusiasmo en su lenguaje hermoso. Yo recordé las palabras del maestro en mi reciente visita a aquellas deliciosas regiones. Así como admiré en la ciudad gentiles y gallardas damas llenas de cultura y de distinción, vi de nuevo en la alegría aldeana las figuras de bronce viviente de las indias graciosas y hacendosas. Ellas tejen telas al modo primitivo, trabajan curiosas obras de cerámica, y venden, como antaño y como siempre, sus rosas, sus lirios, sus mangos, sus marañones y sus jocotes. Desnudas de hombros, brazos, pies y piernas, llevan con garbo sus cestas a los mercados o tiangues, y tornan a su vivir rústico, edénico o arcádico.
Mas, como en los más hermosos paraísos meridionales de Italia, los volcanes están allí sintiendo pasar los siglos y dando de cuando en cuando señal de que en sus hornos arden las misteriosas potencias de la tierra. El volcán de Santiago atemoriza. El Masaya se cree hoy extinguido. El cronista López de Gómara, en su tiempo, escribía de él: «Tres leguas de Granada y diez de León está un serrejón raso y redondo que llaman Masaya, que echa fuego, y es muy de notar, si hay en el mundo. Tiene la boca media legua en redondo, por la cual bajan doscientas y cincuenta brazas, y ni dentro ni fuera hay árboles ni hierba. Crían, empero, allí pájaros y otras aves, sin estorbo del fuego, que no es poco. Hay otro boquerón como brocal de pozo, ancho cuanto un tiro de arco, del cual hasta el fuego y brasa suele haber ciento y cincuenta estados más o menos, según hierve. Muchas veces se levanta aquella masa de fuego, y lanza fuera tanto resplandor, que se divisa veinte leguas y aun treinta. Anda de una parte a otra, y da tan grandes bramidos de cuando en cuando, que pone miedo; mas nunca rebosa ascuas ni ceniza, si no es algún humo y llamas, que causa la claridad susodicha, cosa que no hacen otros volcanes; por lo cual, y porque jamás falta el licor ni cesa de bullir, piensan muchos ser oro derretido. Y así, entraron dentro el primer hueco Fr. Blas de Iñesta, dominico, y otros dos españoles, guindados en sendos cestos. Metieron un servidor de tiro con una larga cadena de hierro para coger de aquella brasa y saber qué metal fuese. Corrió la soga y cadena ciento y cuarenta brazas, y como llegó al fuego, se derritió el caldero con algunos eslabones de la cadena en tan breve tiempo, que se maravillaron; y así, no supieron lo que era. Durmieron aquella noche allá sin necesidad de lumbre ni candela. Salieron en sus cestos con harto temor y trabajo, espantados de tal hondura y extrañeza de volcán. Año de 1551 se dió licencia al licenciado y deán Juan Alvarez para abrir este volcán de Masaya y sacar el metal.» Oviedo, desde luego más documentado que Gómara, no habla de Fray Blas de Iñesta, sino de Fr. Blas del Castillo. Este tuvo noticia del famoso Infierno de Masaya; pero como iba directamente al virreinato del Perú, dejó para el regreso la satisfacción de su curiosidad. Esto fué en el año 1534.
Dos años después, estando en Méjico, fué expresamente a Nicaragua a conocer el volcán. Púsose de acuerdo con otro religioso francés, el P. Juan Gandabe, y en compañía de varios españoles emprendió la ascensión. Asomado al cráter vió la lava hirviente, y juzgó fuese oro derretido. En Granada encontró varios socios para realizar su idea de extraer aquella riqueza inagotable. Varias tentativas se hicieron para sacar el que creían metal incandescente. Una expedición definitiva se hizo. Dice Gámez, extractando a Oviedo: «Entre los objetos destinados para la expedición figuraba una gran esfera de hierro, con sus barras, que podía abrirse y cerrarse, para meter en ella cangilones de barro que, introducidos de cierta manera en el pozo, pudieran sacar del líquido rojo. Esta esfera estaba sujeta por una cadena de hierro, pendiente de una gruesa cadena quitada a una antigua lombarda.» Y luego: «El cráter del volcán tiene la forma de una campana boca arriba, que va angostándose al fondo; pero arriba, en la parte superior, no es pareja la circunferencia, estando como desportillada por el lado del Oriente. En todas las paredes del cráter se veían bandadas de loros de todos tamaños, que anidaban en los huecos y concavidades de las peñas. La circunferencia exterior del cráter puede tener una legua, y su diámetro, como un tiro de halconete. El fondo tendrá de ancho como un tiro de escopeta, y las paredes del cañón o cráter, desnudas de toda vegetación, ostentan vetas de varios colores, de una tierra dura, calcinada y muy pesada. En el plan se veía un fondo rojo y obscuro, como de lava a medio enfriar, con rajaduras a través de las cuales podía mirarse hervir y correr un líquido de fuego que saltaba en algunos puntos como el agua de una fuente, esparciendo gran luz, que, llevada por el caño, se reflejaba en la atmósfera y daba una claridad visible a mucha distancia.» Con muchas dificultades, Fr. Blas el codicioso preparó su máquina extractora. Dijo una misa. Confesó a sus compañeros. Luego «el intrépido fraile se puso la estola, ciñó ésta y los hábitos con una cinta bendita, en la que colocó del lado derecho un pequeño martillo para derribar las piedras movedizas, y del izquierdo una calabaza con vino y agua; cubrió su cabeza con un casco de hierro, y encima un sombrero bien atado; después se colocó en el bolso y se ató muy bien, y tomando una cruz de madera en la mano, se lanzó al vacío y empezó a descender». El pobre Fr. Blas pasó las de Caín en su descenso. Llegó por fin a una especie de plazoleta. Con la oración en la boca, no dejaba de maniobrar con su martillo entre los sahumerios de las solfataras. Demás decir que no encontró oro en las grietas, sino la roca quemada. Cuando le subieron no quiso darse por vencido. Contó prodigios, tal Don Quijote al salir de su sima, y aseguró que la lava hirviente era oro puro en fusión. Otros tantos bajaron después con aparatos para recoger el tentador líquido rojo y ardiente; pero se encontró que todo era escorias y calcinada piedra. Todavía se hicieron otros intentos y se renovaron los desengaños. «Tan luego fueron vistas las muestras por el gobernador y curiosos que se hallaban fuera, hubo gran descontento y muchas risas, y cada cual se regresó comentando el chasco a su manera. El gobernador pidió todavía algunas muestras más, y ordenó en seguida a Fr. Blas y a sus compañeros que saliesen. Éstos, antes de verificarlo, tomaron posesión cada uno de lo que creyó una veta mineral, y el fraile, de la caldera hirviente del fondo. Ensayadas en León las tierras y escorias del volcán de Masaya, fueron declaradas sin ningún valor. Sin embargo, Fr. Blas y sus compañeros, insistiendo en que aquello era rica mina, suplicaron que se les permitiera volver a entrar; pero el gobernador lo prohibió en absoluto, tanto porque creyó inútil y temeraria aquella empresa, como porque las máquinas, jarcias y aparejos eran subidos a hombros de indios, que se maltrataban lastimosamente en las breñas y sierras, sin que Fr. Blas tuviera piedad de ellos. Medida, de orden del gobernador, la profundidad del pozo, resultó que de la entrada a la plazoleta había ciento treinta brazas, y de la plazoleta al fondo, también ciento treinta.» Masaya, como casi todas las ciudades nicaragüenses, está vigilada por los volcanes. Aun se ven en largos llanos las endurecidas corrientes de lava de erupciones inmemoriales. De cuando en cuando, si no el infierno de Masaya, que hoy se considera apagado, dan señales de actividad otros focos plutónicos. Ese pueblo apacible y privilegiado de Flora y de las Gracias, se ha sentido más de una vez amenazado por las convulsiones de la tierra. Y allí crecen las rosas y las azucenas y mil variedades de flores, y en los espíritus es innata la voluntad de armonía, y los talentos líricos se llaman legión, mayormente que en ninguna otra parte de la República. Puede decirse que el deleitoso arte de la música es el que está mejor cultivado en el país, y, sobre todo, en la encantadora y para mí inolvidable Masaya. Ha producido asimismo este departamento ciudadanos eminentes en otras disciplinas; y uno de los historiadores que allá tienen más renombre, aunque por causa del medio, del tiempo y de las circunstancias en que escribiera, no pueda colocarse en primera línea, fué masayés. Hablo de Jerónimo Pérez.
En mi memoria queda Masaya como una tierra melodiosa y hechicera. Siempre recordaré con vagas saudades sus alrededores pintorescos, sus lagunas cercanas, sus alturas llenas de vegetación, sus paisajes dorados con oro del cielo, la gracia y la sonrisa de sus mujeres, el entusiasmo sincero de sus gentiles habitantes y el clamor lírico de sus violines en la noche; sus admirables violines, que hablan en lengua de amor, en idioma de pasión y de ensueño.
MIS LIBROS
«LOS RAROS»

X

La antigua ciudad de León había sido fundada en las cercanías del lago de Managua, no lejos del imponente y viejo Momotombo. En 1550, Hernando y Pedro, hijos de Rodrigo de Contreras, en venganza de haber perdido éste sus ventajas poderío de encomendero, y en unión de Juan Bermejo, guapo español, segoviano, que llegara a Nicaragua con una partida de soldados que había estado en el Perú con Gonzalo Pizarro, proyectaron y decidieron dar muerte al obispo Valdivieso. El hecho se llevó a cabo, siendo Hernando el asesino. En 1610 la ciudad teatro del crimen fué casi destruída por una erupción del volcán. La cólera celeste se manifestaba así, aunque un poco tarde, según las prédicas del nuevo mitrado Villarreal. Su señoría ilustrísima consiguió con sus palabras que los leoneses se pusiesen temerosos y todas las gentes abandonaran el lugar, dirigidas por el alférez mayor, «que portaba el real estandarte», dice Gámez. Al oeste del punto abandonado, a nueve leguas de distancia, en extensa y hermosa planicie, fueron ordenadas las nuevas construcciones. Así nació la actual León. Es ella la ciudad de mis días juveniles, y por un fenómeno natural y muy explicable, es ella el escenario de muchos de mis sueños gratos, o pesadillas, después de tantos años de ausencia en ciudades de países tan diversos. Esta vez no he estado cerca del Momotombo; mas es para mí imborrable el aspecto del soberbio cono que se eleva a las orillas del lago; a su lado, el Momotombito, formando isla y cubierto de vegetación. Todo ello era objeto de mis contemplaciones en antiguas travesías en los vaporcitos que iban del puerto de Momotombo a Managua, la capital de la República.
En un libro del norteamericano Squier—del cual acaba de hacer una traducción castellana un escritor de Honduras—leyó Víctor Hugo estas palabras: «El bautismo de los volcanes es un antiguo uso que se remonta a los primeros tiempos de la conquista. Todos los cráteres de Nicaragua fueron entonces sacramentados, con excepción del Momotombo, de donde no se vió nunca volver a los religiosos que se habían encargado de ir a plantar la cruz.» De allí un tema para el gran lírico. «Encontrando demasiado frecuentes los temblores de la tierra, los Reyes de España han hecho bautizar los volcanes del reino que tienen debajo de la esfera; los volcanes no han dicho nada y se han dejado hacer, y sólo el Momotombo no ha querido. Más de un sacerdote en sobrepelliz, elegido por el Santo Padre, llevando el Sacramento que la Iglesia administra, la vista en el cielo, ha subido la montaña siniestra. Muchos han ido; ninguno ha vuelto.—¡Oh, viejo Momotombo, coloso calvo y desnudo, que sueñas cerca de los mares y haces de tu cráter una tiara de sombra y de llama a la tierra! ¿por qué, cuando tocamos a tu umbral terrible, no quieres el Dios que se te trae? Responde.—La montaña interrumpe su escupir de lava, y el Momotombo responde con una voz grave:—Yo no amaba mucho al dios que se ha arrojado. Ese avaro ocultaba oro en un foso; comía carne humana; sus mandíbulas estaban negras de podredumbre y de sangre; su antro era una entrada de salvaje pavimento, templo sepulcro ornado de un pontífice verdugo; esqueletos reían bajo sus pies; las escudillas en que ese sér bebía el asesinato eran crueles; sordo, disforme, tenía serpientes al puño; siempre entre sus dientes un cadáver sangraba; ese espectro ennegrecía el firmamento sublime. Yo gruñía algunas veces en el fondo de mi abismo. Así, cuando vinieron orgullosos sobre las olas temblantes, y del lado de donde viene el día, hombres blancos, los he recibido bien, encontrando que eso era cuerdo. El alma tiene, ciertamente, el color del rostro—decía yo—; el hombre blanco es como el cielo azul; y el dios de éstos debe ser un muy buen dios. No se le verá hartarse de carnicerías. Yo estaba contento; tenía horror del antiguo sacerdote. Pero cuando he visto cómo trabaja el nuevo; cuando he visto llamear ¡justo cielo! a mi nivel esa antorcha lúgubre, áspera, nunca extinguida, sombría, que llamáis la Inquisición santa; cuando he podido ver cómo Torquemada la usa para disipar la noche del salvaje ignorante, cómo civiliza y de qué manera el Santo Oficio enseña y hace la luz; cuando he visto en Lima horribles gigantes de mimbre llenos de niños estallar sobre un ancho brasero, y el fuego devorar la vida y los humos retorcerse sobre los senos de las mujeres encendidas; cuando me he sentido en veces casi asfixiado por el acre olor que sale de vuestro auto de fe, yo, que no quemaba sino la sombra en mi hornalla, he pensado que no tenía razón para estar satisfecho; he mirado de cerca al dios extranjero, y he dicho: «No vale la pena de cambiar.» Así «Las razones del Momotombo», en el ciclo de poemas de la Leyenda de los Siglos, representa la Inquisición. ¡Cuántas veces recitara yo esos versos sobre las olas del lago, frente al coloso de piedra, en verdad desnudo y calvo, y apenas coronado de cuando en cuando con el flotante penacho de su humareda! A lo lejos pasaban bellos vuelos de garzas; garzas blancas y garzas morenas. Yo tenía el halago de mis años floridos y ensoñadores. Se divisaban las riberas llenas de vegetación profusa como costas de islas de delicia. Hacían casi siempre el viaje algunas hermosas mujeres. Se tomaban en el comedorcito de a bordo cocktails y cognacs. Y en el muelle de Managua esperaban las manos y las sonrisas amigas. Gratos, para mí, gratos recuerdos de un pasado que me parece de sueño.
León tiene el aspecto de una ciudad de provincia española. Las casas antiguas están construídas con adobes—la palabra y la cosa se usan aún en Castilla la Vieja—. Pesadas tejas arábigas cubren los techos. Las casas de dos o tres pisos son pocas. Hay muchas iglesias y una famosa catedral, comenzada en el siglo XVIII y concluída a comienzos del XIX. Allí he reconocido muchas cosas que viera siendo niño. Los retablos, las pinturas, los altares, el púlpito, los restos de dos mártires llegados antaño de Roma: San Inocencio y Santa Liberata. Y he recorrido, evocando memorias, la vasta fábrica, acompañado por el culto obispo Pereira. Y vi de nuevo en el baptisterio la pila en que recibí nombre y en que me tuvo mi señor padrino, D. José Jerez, en representación de su padre, el ilustre general. Luego, en la sala capitular, encuentro los retratos de todos los obispos de Nicaragua desde la erección de la diócesis leonesa, el año de 1527. Me llamó la atención no hallar la efigie de un mitrado que fué muerto por un gato... El animal aparecía en el cuadro, y en mí despertaba aquello no sé qué legendarias y diabólicas imaginaciones. No recuerdo cuál fué la explicación que me hizo el obispo Pereira de la desaparición del retrato de su lejano antecesor—¿Huertas, o García?—. Después, en un patio, he allí el pozo en donde pasó algo de milagro—o de brujería, dirían algunos—. Yo alcancé a conocer al viejo sacristán. No sé en qué andanzas de gato andaría; el caso es que cayó desde lo alto de la catedral, y cayó en el pozo... No sufrió daño alguno. Se llamaba «Tío Pozo». Predestinación... Bajo las arcadas de la iglesia mayor oyeron mis orejas infantiles las primeras plegarias, los primeros sones del órgano, la salmodia de los canónigos en el Oficio, los ecos del canto llano. De allí salían muchas de las procesiones de la Semana Santa, célebre por aquellas Repúblicas, según el decir: «Semana Santa en León, y Corpus en Guatemala.» Recuerdo, como si hubiesen pasado ayer, las alegres y suntuosas fiestas y los litúrgicos ceremoniales. La procesión del Domingo de Ramos, sonora de campanas y de palmas; la procesión del Santo Entierro, al son seco de las matracas; una procesión fúnebre y sagrada el Viernes Santo, día en que toda la gente vestía de luto, luto por Jesucristo. El sacro difunto iba en una caja de cristal; tras él las vírgenes de bulto, como las que conducen en idénticos casos las cofradías sevillanas. Y la procesión del Silencio, a la media noche, en la cual se oían temerosos sones de trompa, que se repetían de tanto en tanto en las bocacalles de la ciudad silenciosa. Y una procesión había que salía de la iglesia de San Francisco: la procesión de San Benito. Alrededor del negro ídolo recuerdo haber visto penitentes que se flagelaban las espaldas, y entre los acompañantes, muchos hombres vestidos con blancas enaguas, a los cuales llamaban «luces». ¿Sería por los cirios de cera negra que todos llevaban en las manos...? Había, sin duda alguna, en aquellas fiestas religioso fervor; mas también mucho de ambiente pagano. Las reuniones en templos y calles eran propicias a los amoríos; las vigilias hacían que en las casas se preparasen platos especiales de la cocina criolla, en los que entraban como base sabrosos mariscos y otra suerte de ricas cosas culinarias. Y en el antiguo convento de San Francisco, en nombre del santo negro Benito, se regalaban tinajas y más tinajas de chícha de piña y de maíz.
¡Las procesiones de León! Las calles se adornaban con arcos decorados de banderolas y cestillos de papel de China, animales bien imitados, pájaros de hermosos plumajes y frutas de cartón coloreado y dorado, entre las cuales unas hermosas granadas que se abrían al pasar las imágenes veneradas, y dejaban caer una lluvia de versos impresos en trozos de papel, que parecían mariposas llevadas por el viento. Se escuchaban las músicas y los cantos en veces. Las ventanas y puertas de las casas se adornaban con telas y cortinajes vistosos, y allí aparecían, para ver el desfile, grupos, ramilletes de mozas bellas y frescas, a las cuales arrojaban los jóvenes amigos de galanterías puñados de granos oleosos y perfumados, que se desgranan de la flor de cierta palmera llamada coyol, en latín botánico acromia pirifera. Las calles se llenaban de animación y alegría, y la muchedumbre era copiosa, pues iba a la celebración religiosa mucha gente forastera. Hoy ya todo eso ha pasado; el vivir moderno ha ido, aunque poco a poco, invadiendo las costumbres antaño patriarcales; las ideas liberales triunfantes llevaron la libertad absoluta de cultos, y en éstos la supresión de manifestaciones rituales y ceremoniales fuera de los templos. Según tengo entendido, Nicaragua y Méjico son los únicos países del mundo en donde les está prohibido a los sacerdotes el uso de sus trajes distintos en las calles. No obstante, he allí que se le permite en León, como al jefe de la Iglesia, portar sus hábitos talares a un anciano a quien vi recorrer la población en un coche tirado por bueyes. Monseñor Villamí, que así se llama dicho dignatario, visita así a sus amigos e hijos de confesión, y la impresión es de algo primitivo y de algo nuevo, capricho de maharadja indostánico, o necesidad de misionero en Asia. Todo se explica por la prudencia de monseñor, a quien dieron un susto, según se me contó, un par de caballos briosos y de buena estampa que antes tiraban de su carruaje. Monseñor es un cuerdo. Y morirá feliz y en paz antes de haber sabido lo que es un 40 HP.
León tiene para mí otras curiosas e inolvidables memorias. Si yo fuese Benvenuto Cellini contaría, con su parlar claro y convencido, cómo, teniendo yo catorce años, frente a la catedral, vi una larva, un elemental, como diría un teósofo. Tal visión fué real y verdadera, y no insisto en ello por temor a que mi sabio amigo Ingegnieros tome el dato y lo trate como tratan esas cosas los que manejan cosas científicas y son incrédulos.
Fué también en León donde escribí mis primeros versos y soñé y sufrí mis primeros amores. La vida social ha aumentado desde los tiempos en que, como en Andalucía, las novias conversaban con sus novios por las rejas de las ventanas. El comercio está representado por establecimientos cosmopolitas. Los inmigrantes son pocos; pero el tal rico importador es inglés, tal otro español, tal otro alemán, tal otro árabe, tal otro chino. Hay un club en donde los caballeros de la ciudad se distraen. En la juventud predomina la afición a las letras, a la poesía. Yo dije a los jóvenes en un discurso que eso era plausible; pero que junto a un grupo de líricos era útil para la República que hubiese un ejército de laboriosos hombres prácticos, industriales, traficantes y agricultores. La civilización moderna, fuera de sus luchas terribles, ha comprendido a su manera el mito antiguo: los argonautas eran poetas; pero iban en busca del Vellocino de Oro. Hoy, como siempre el dinero hace poesía, embellece la existencia, trae cultura y progreso, hermosea las poblaciones, lleva la felicidad relativa a los trabajadores. El dinero bien empleado realiza poemas, hace palpables imaginaciones, hace danzar las estrellas y puede traer toda suerte de bienes, de modo que los hombres bendigan las horas que pasan y se sientan satisfechos.
Así, en la ciudad en que ensayé mis primeras estrofas y tuve mis primeras ambiciones, saludé con entusiasmo a dos grandes poetas amables: Santiago Argüello, el que tiene los laureles, y Fernando Sánchez, el que tiene los millones...
XI

En momentos de corregir las pruebas de este libro me llegaron las noticias de los últimos acontecimientos que han perturbado la paz en aquella República y producido la caída del presidente Zelaya.
Lo lógico, lo usual y hasta lo humano sería que, una vez que aquel gobernante ha caído, yo suprimiese los elogios y los sustituyese con las más acerbas censuras. Me permitiré la satisfacción de dejar intacto mi juicio.
En El viaje a Nicaragua pueden leerse estas palabras de uno de mis discursos pronunciados durante la gira por mi tierra natal: «Como alejado y como extraño a vuestras disensiones políticas, no me creo ni siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he vivido, no por los Gobiernos, sino por la Patria; y si algún ejemplo quiero dar a la juventud de esta tierra ardiente y fecunda, es el del hombre que desinteresadamente se consagró a ideas de arte, lo menos posiblemente positivo, y después de ser aclamado en países prácticos, volvió a visitar su hogar entre aires triunfales; y yo, que dije una vez que no podría cantar a un presidente de República en el idioma en que cantaría a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi la seguridad de nuestro fuerte porvenir.» Nada tengo que rectificar. Mi impresión, al llegar después de quince años de ausencia, fué la de un país con mayores adelantos que el que dejara. Si a las administraciones anteriores se debe la implantación del telégrafo, el ferrocarril, las negociaciones para la apertura del canal, que no pudo llevarse a cabo, no puede negarse que el Gobierno de Zelaya realizó muchas obras en bien de la República. Ellas están enumeradas en un capítulo anterior.
Ahora, el rumor sordo anunciador de lo que ha pasado pude muy bien notarlo durante mi corta permanencia, aun en medio de la multiplicidad de las fiestas con que me obsequiaron mis compatriotas y amigos y el mismo Gobierno.
Esos rumores que anunciaban la tempestad que después se desatara, y que aparentaban tener por causa la situación económica, puede asegurarse que no eran sino instigaciones de los Estados Unidos y de Estrada Cabrera, su instrumento para el desarrollo de sus planes. Propalaban que era el odio a unos cuantos que se han enriquecido lo que motivaría la revolución contra el gobierno de Zelaya. Y, en efecto, aquello que confidencialmente me decían algunos amigos, de diferentes partes de la República, sobre el estado general de pobreza, lo caro de la vida, la progresiva depreciación del papel moneda, y el engrosamiento de ciertas particulares fortunas, es justamente lo mismo que he visto después expuesto en las publicaciones revolucionarias aderezadas en Bleufields.
Al recibir las primeras noticias me temí que de nuevo se hubiese encendido el antiguo antagonismo entre conservadores y liberales, o, peor aún, los odios entre la parte oriental y occidental del país, entre Granada y León. Esta lamentable desunión viene desde tiempos de la colonia, y ha costado a Nicaragua mucha sangre y muchos perdidos intereses.
Ha sido desde luego un bien para el país que Zelaya patrióticamente haya depositado el mando en el Dr. Madriz. Conozco a Madriz desde los años en que éramos compañeros de colegio. Es un carácter y es un talento. Su actuación política ha sido transcendental en Centroamérica. Fué de los que acompañaron a Zelaya en la revolución que derrocó al partido conservador en 1893. Fué el primer ministro de Relaciones de Zelaya, y, siendo ministro, fué de los que dirigieron la revolución contra él. Tras el fracaso de ésta, se trasladó a San Salvador. Un rasgo que le honra es que cuando Nicaragua estuvo en guerra con Honduras, a pesar de las inquinas políticas, volvió a Nicaragua y ofreció sus servicios al Gobierno.
El fué enviado a la Conferencia de Washington y nombrado magistrado de la Corte Suprema de Justicia Centroamericana, que fué creada en dicha Conferencia, que tiene su sede en la Ciudad de Cartago, de Costa Rica, y para cuyo edificio regaló medio millón de francos el plutócrata yanqui Andrew Carnegie.
Estoy seguro de que no se le ocultaba al presidente Zelaya que el Dr. Madriz contaba con muchos partidarios que le eligiesen para la Presidencia. Sin menoscabarle méritos, como él decía cuando se lograba que los ingleses desocupasen el reino mosquito: «Antes de despedirme de vosotros, quiero hacer especial recomendación del valiente ministro Dr. D. José Madriz, que os acompaña en esta expedición. Va en nombre del Gobierno a imponer nuestras leyes a los rebeldes. Lleva confianza en el éxito de su misión, porque cuenta con soldados como vosotros, que sabrán en el momento dado apoyar sus disposiciones.»
Hasta el momento de escribir estas líneas, no se sabe si vencerá Madriz o Estrada. Si Madriz ocupase la Presidencia, será desde luego un gobierno civil. En cuanto a Estrada, es un militar joven, y que se ha distinguido muchísimo en las filas del general Zelaya. ¡Quién me diría que cuando iba yo en la comitiva del Presidente, para la entrevista que tuvo en las fronteras costarricenses con el Presidente de Costa Rica, Sr. González Viquez, estaban ya en el cerebro de aquel compañero de excursión las ideas que le han llevado a la sublevación y a la batalla!
No me atrevo a profetizar a estas horas. Si la parte occidental se pone al lado de Madriz, triunfará Madriz. Pero ¿es que acaso Estrada, que es de Managua, capital de la República, no querrá evitar un choque entre las dos de antiguo antagonistas partes de su Patria? Demasiadas son las rencillas, demasiados son los odios que han dividido el país desde hace tanto tiempo. Ya que no se ha podido hacer la unión de las cinco Repúblicas centroamericanas, ¿no será posible realizar la concordia en un solo país?
En cuanto a D.a Blanca de Zelaya, que ha causado siempre la más grata impresión, diré que es belga de origen, que es muy bella, y que ha hecho mucha caridad en Nicaragua. Ella me condecoró, en un acto público, con una medalla de oro. Yo le he escrito unos versos y le he regalado un brazalete de que han hablado los diarios. Los versos pueden leerse en el Intermezzo tropical, entre los que escribiera durante mi viaje. Y el brazalete acróstico se componía de piedras que correspondían a las letras del nombre del esposo presidencial:
La J es el jacinto.
La S es la sardoine.
La A es la amatista.
La N es la nefrita.
La T es el topacio.
La O es el ópalo.
La S es la sardonix.
La Z es el zafiro.
La E es la esmeralda.
La L es el lapislázuli.
La A es la aguamarina.
La Y es el imán.
La A es la amatista.
Dios quiera llevar la paz a mi país. Se dice que los Estados Unidos han intervenido en todo esto. Si ello fuese cierto, como parece, es lamentable que nación alguna intervenga en los asuntos íntimos de Nicaragua, ni aun para hacer el canal... Ya se sabe que el mismo Lesseps informó en un tiempo que el único canal posible era el de Nicaragua. Después los Estados Unidos quisieron realizar la obra. No se sabe qué negociaciones la dificultaron; pero es un hecho que desde que los españoles pensaron en abrir el istmo, es por la tierra que más fácilmente se puede llevar a cabo.
Después de todo, sin la hostilidad de la Casa Blanca, Zelaya estaría aún en el Poder.
¡Oh, pobre Nicaragua, que has tenido en tu suelo a Cristóbal Colón y a Fr. Bartolomé de las Casas, y por poeta ocasional a Víctor Hugo: sigue tu rumbo de nación tropical; cultiva tu café y tu cacao y tus bananos; no olvides las palabras de Jerez: «Para realizar la unión centroamericana, vigorízate, aliéntate con el trabajo, y lucha por unirte a tus cinco hermanas!»