EL SOMBRERO DE TRES PICOS (continued 2)
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—Me parece bien... (respondió el tío Lucas con una ironía y un disimulo que nada tenían que envidiar a la diplomacia del Sr. Juan López).—Supuesto que la 63-5 cosa no es urgente..., pasaré la noche fuera de mi casa.
—Ni urgente, ni de peligro para V. (añadió el Alcalde, engañado por aquel a quien creía engañar). Puede V. estar completamente tranquilo.—Oye tú, Toñuelo... Alarga esa media-fanega, para que se 63-10 siente el tío Lucas.
—Entonces... ¡venga otro trago!—exclamó el Molinero, sentándose.
—¡Venga de ahí!—repuso el Alcalde, alargándole el vaso lleno. 63-15
—Está en buena mano... Médielo V.
—¡Pues, por su salud!—dijo el señor Juan López, bebiéndose la mitad del vino.
—Por la de V..., señor Alcalde,—replicó el tío Lucas, apurando la otra mitad. 63-20
—¡A ver, Manuela! (gritó entonces el Alcalde de monterilla). Dile a tu ama que el tío Lucas se queda a dormir aquí. Que le ponga una cabecera en el granero...
—¡Ca! no... ¡De ningún modo! Yo duermo en 63-25 el pajar como un rey.
—Mire V. que tenemos cabeceras...
—¡Ya lo creo! Pero ¿a qué quiere V. incomodar a la familia? Yo traigo mi capote...
—Pues, señor, como V. guste.—¡Manuela! dile a 63-30 tu ama que no la ponga...
—Lo que sí va V. a permitirme (continuó el tío Lucas, bostezando de un modo atroz) es que me acueste en seguida. Anoche he tenido mucha molienda, y no he pegado todavía los ojos...
—¡Concedido! (respondió majestuosamente el Alcalde).—Puede 64-5 V. recogerse cuando quiera.
—Creo que también es hora de que nos recojamos nosotros (dijo el Sacristán, asomándose al cántaro de vino para graduar lo que quedaba). Ya deben de ser las diez... o poco menos. 64-10
—Las diez menos cuartillo...—notificó el Secretario, después de repartir en los vasos el resto del vino correspondiente a aquella noche.
—¡Pues a dormir, caballeros!—exclamó el anfitrión, apurando su parte. 64-15
—Hasta mañana, señores,—añadió el Molinero, bebiéndose la suya.
—Espere V. que le alumbren...—¡Toñuelo! Lleva al tío Lucas al pajar.
—¡Por aquí, tío Lucas!...—dijo Toñuelo, llevándose 64-20 también el cántaro, por si le quedaban algunas gotas.
—Hasta mañana, si Dios quiere,—agregó el Sacristán, después de escurrir todos los vasos.
Y se marchó, tambaleándose y cantando alegremente el De profundis. 64-25
. . . . . . . . . . .
—Pues, señor... (díjole el Alcalde al Secretario cuando se quedaron solos). El tío Lucas no ha sospechado nada. Nos podemos acostar descansadamente, y... ¡buena pro le haga al Corregidor!
XVIII
DONDE SE VERÁ QUE EL TÍO LUCAS TENÍA EL SUEÑO MUY LIGERO
Cinco minutos después, un hombre se descolgaba por la ventana del pajar del señor Alcalde; ventana que daba a un corralón y que no distaría cuatro varas del suelo.
En el corralón había un cobertizo sobre una gran 65-5 pesebrera, a la cual hallábanse atadas seis ú ocho caballerías de diversa alcurnia, bien que todas ellas del sexo débil.—Los caballos, mulos y burros del sexo fuerte formaban rancho aparte en otro local contiguo.
El hombre desató una borrica, que por cierto estaba 65-10 aparejada, y se encaminó, llevándola del diestro, hacia la puerta del corral; retiró la tranca y desechó el cerrojo que la aseguraban; abriola con mucho tiento, y se encontró en medio del campo.
Una vez allí, montó en la borrica, metiole los talones, 65-15 y salió como una flecha con dirección a la Ciudad;—mas no por el carril ordinario, sino atravesando siembras y cañadas, como quien se precave contra algún mal encuentro.
Era el tío Lucas, que se dirigía a su molino. 65-20
XIX
VOCES CLAMANTES IN DESERTO
¡Alcaldes a mí, que soy de Archena! (iba diciéndose el murciano). ¡Mañana por la mañana pasaré a ver al señor Obispo, como medida preventiva, y le contaré todo lo que me ha ocurrido esta noche!—¡Llamarme con tanta prisa y reserva, a hora tan desusada; decirme 66-5 que venga solo; hablarme del servicio del rey, y de moneda falsa, y de brujas, y de duendes, para echarme luego dos vasos de vino y mandarme a dormir!... ¡La cosa no puede ser más clara! Garduña trajo al Lugar esas instrucciones de parte del Corregidor, y esta es la 66-10 hora en que el Corregidor estará ya en campaña contra mi mujer... ¡Quién sabe si me lo encontraré llamando a la puerta del molino! ¡Quién sabe si me lo encontraré ya dentro!...—¡Quién sabe!...—Pero ¿qué voy a decir? ¡Dudar de mi navarra!... ¡Oh, 66-15 esto es ofender a Dios! ¡Imposible que ella!... ¡Imposible que mi Frasquita!... ¡Imposible!...—Mas ¿qué estoy diciendo? ¿Acaso hay algo imposible en el mundo? ¿No se casó conmigo, siendo ella tan hermosa y yo tan feo? 66-20
Y, al hacer esta última reflexión, el pobre jorobado se echó a llorar...
Entonces paró la burra para serenarse; se enjugó las lágrimas: suspiró hondamente; sacó los avíos de fumar; picó y lió un cigarro de tabaco negro; empuñó luego pedernal, yesca y eslabón, y, al cabo de algunos golpes, consiguió encender candela.
En aquel mismo momento sintió rumor de pasos hacia el camino,—que distaría de allí unas trescientas varas. 67-5
—¡Qué imprudente soy! (dijo). ¡Si me andará ya buscando la Justicia, y yo me habré vendido al echar estas yescas!
Escondió, pues, la lumbre, y se apeó, ocultándose detrás de la borrica. 67-10
Pero la borrica entendió las cosas de diferente modo, y lanzó un rebuzno de satisfacción.
—¡Maldita seas!—exclamó el tío Lucas, tratando de cerrarle la boca con las manos.
Al propio tiempo resonó otro rebuzno en el camino, 67-15 por vía de galante respuesta.
—¡Estamos aviados! (prosiguió pensando el molinero). ¡Bien dice el refrán: el mayor mal de los males es tratar con animales!
Y, así discurriendo, volvió a montar, arreó la bestia 67-20 y salió disparado en dirección contraria al sitio en que había sonado el segundo rebuzno.
Y lo más particular fue que la persona que iba en el jumento interlocutor, debió de asustarse del tío Lucas tanto como el tío Lucas se había asustado de ella. Lo 67-25 digo, porque apartose también del camino, recelando sin duda que fuese un alguacil o un malhechor pagado por D. Eugenio, y salió a escape por los sembrados de la otra banda.
El murciano, entretanto, continuó cavilando de este 67-30 modo:
—¡Qué noche! ¡Qué mundo! ¡Qué vida la mía desde hace una hora! ¡Alguaciles metidos a alcahuetes; alcaldes que conspiran contra mi honra; burros que rebuznan cuando no es menester; y aquí, en mi pecho, un miserable corazón que se ha atrevido a dudar de la 68-5 mujer más noble que Dios ha criado!—¡Oh! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Haz que llegue pronto a mi casa y que encuentre allí a mi Frasquita!
Siguió caminando el tío Lucas, atravesando siembras y matorrales, hasta que al fin, a eso de las once de la 68-10 noche, llegó sin novedad a la puerta grande del molino...
¡Condenación! ¡La puerta del molino estaba abierta!
XX
LA DUDA Y LA REALIDAD
Estaba abierta... ¡y él, al marcharse, había oído a su mujer cerrarla con llave, tranca y cerrojo!
Por consiguiente, nadie más que su propia mujer había podido abrirla.
Pero ¿cómo? ¿cuándo? ¿por qué?—¿De resultas 69-5 de un engaño? ¿A consecuencia de una orden?—¿O bien deliberada y voluntariamente, en virtud de previo acuerdo con el Corregidor?
¿Qué iba a ver? ¿Qué iba a saber? ¿Qué le aguardaba dentro de su casa?—¿Se habría fugado la 69-10 señá Frasquita? ¿Se la habrían robado? ¿Estaría muerta?—¿O estaría en brazos de su rival?
—El Corregidor contaba con que yo no podría venir en toda la noche... (se dijo lúgubremente el tío Lucas). El Alcalde del Lugar tendría orden hasta de encadenarme, 69-15 antes que permitirme volver...—¿Sabía todo esto Frasquita? ¿Estaba en el complot?—¿O ha sido víctima de un engaño, de una violencia, de una infamia?
No empleó más tiempo el sin ventura en hacer todas estas crueles reflexiones que el que tardó en atravesar 69-20 la plazoletilla del emparrado.
También estaba abierta la puerta de la casa, cuyo primer aposento (como en todas las viviendas rústicas) era la cocina...
Dentro de la cocina no había nadie.
Sin embargo, una enorme fogata ardía en la chimenea...; ¡chimenea que él dejó apagada, y que no se encendía nunca hasta muy entrado el mes de Diciembre!
Por último, de uno de los ganchos de la espetera 70-5 pendía un candil encendido...
¿Qué significaba todo aquello? ¿Y cómo se compadecía semejante aparato de vigilia y de sociedad con el silencio de muerte que reinaba en la casa?
¿Qué había sido de su mujer? 70-10
Entonces, y sólo entonces, reparó el tío Lucas en unas ropas que había colgadas en los espaldares de dos o tres sillas puestas alrededor de la chimenea...
Fijó la vista en aquellas ropas, y lanzó un rugido tan intenso, que se le quedó atravesado en la garganta, 70-15 convertido en sollozo mudo y sofocante.
Creyó el infortunado que se ahogaba, y se llevó las manos al cuello, mientras que, lívido, convulso, con los ojos desencajados, contemplaba aquella vestimenta, poseído de tanto horror como el reo en capilla a quien 70-20 le presentan la hopa.
Porque lo que allí veía era la capa de grana, el sombrero de tres picos, la casaca y la chupa de color de tórtola, el calzón de seda negra, las medias blancas, los zapatos con hebilla y hasta el bastón, el espadín y 70-25 los guantes del execrable Corregidor... ¡Lo que allí veía era la hopa de su ignominia, la mortaja de su honra, el sudario de su ventura!
El terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que dos horas antes lo dejó la navarra... 70-30
El tío Lucas dio un salto de tigre, y se apoderó de él.—Sondeó el cañón con la baqueta, y vio que estaba cargado. Miró la piedra, y halló que estaba en su lugar.
Volviose entonces hacia la escalera que conducía a la cámara en que había dormido tantos años con la señá 71-5 Frasquita, y murmuró sordamente:
—¡Allí están!
Avanzó, pues, un paso en aquella dirección; pero en seguida se detuvo para mirar en torno de sí y ver si alguien lo estaba observando... 71-10
—¡Nadie! (dijo mentalmente). ¡Sólo Dios..., y Ese... ha querido esto!
Confirmada así la sentencia, fue a dar otro paso, cuando su errante mirada distinguió un pliego que había sobre la mesa... 71-15
Verlo, y haber caído sobre él, y tenerlo entre sus garras, fue todo cosa de un segundo.
¡Aquel papel era el nombramiento del sobrino de la señá Frasquita, firmado por D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León! 71-20
—¡Este ha sido el precio de la venta! (pensó el tío Lucas, metiéndose el papel en la boca para sofocar sus gritos y dar alimento a su rabia). ¡Siempre recelé que quisiera a su familia más que a mí!—¡Ah! ¡No hemos tenido hijos!... ¡He aquí la causa de todo! 71-25
Y el infortunado estuvo a punto de volver a llorar.
Pero luego se enfureció nuevamente, y dijo con un ademán terrible, ya que no con la voz:
—¡Arriba! ¡Arriba!
Y empezó a subir la escalera, andando a gatas con 71-30 una mano, llevando el trabuco en la otra, y con el papel infame entre los dientes.
En corroboración de sus lógicas sospechas, al llegar a la puerta del dormitorio (que estaba cerrada), vio que salían algunos rayos de luz por las junturas de las 72-5 tablas y por el ojo de la llave.
—¡Aquí están!—volvió a decir.
Y se paró un instante, como para pasar aquel nuevo trago de amargura.
Luego continuó subiendo... hasta llegar a la puerta 72-10 misma del dormitorio.
Dentro de él no se oía ningún ruido.
—¡Si no hubiera nadie!—le dijo tímidamente la esperanza.
Pero en aquel mismo instante el infeliz oyó toser 72-15 dentro del cuarto...
¡Era la tos medio asmática del Corregidor!
¡No cabía duda! ¡No había tabla de salvación en aquel naufragio!
El Molinero sonrió en las tinieblas de un modo horroroso.—¿Cómo 72-20 no brillan en la obscuridad semejantes relámpagos? ¿Qué es todo el fuego de las tormentas comparado con el que arde a veces en el corazón del hombre?
Sin embargo, el tío Lucas (tal era su alma, como ya 72-25 dijimos en otro lugar) principió a tranquilizarse, no bien oyó la tos de su enemigo...
La realidad le hacía menos daño que la duda.—Según le anunció él mismo aquella tarde a la señá Frasquita, desde el punto y hora en que perdía la única fe 72-30 que era vida de su alma, empezaba a convertirse en un hombre nuevo.
Semejante al moro de Venecia (con quien ya lo comparamos al describir su carácter), el desengaño mataba en él de un solo golpe todo el amor, transfigurando de 73-5 paso la índole de su espíritu y haciéndole ver el mundo como una región extraña a que acabara de llegar. La única diferencia consistía en que el tío Lucas era por idiosincrasia menos trágico, menos austero y más egoísta que el insensato sacrificador de Desdémona. 73-10
¡Cosa rara, pero propia de tales situaciones! La duda, o sea la esperanza (que para el caso es lo mismo), volvió todavía a mortificarle un momento...
—¡Si me hubiera equivocado! (pensó). ¡Si la tos hubiese sido de Frasquita!... 73-15
En la tribulación de su infortunio, olvidábasele que había visto las ropas del Corregidor cerca de la chimenea; que había encontrado abierta la puerta del molino; que había leído la credencial de su infamia...
Agachose, pues, y miró por el ojo de la llave, temblando 73-20 de incertidumbre y de zozobra.
El rayo visual no alcanzaba a descubrir más que un pequeño triángulo de cama, por la parte del cabecero... ¡Pero precisamente en aquel pequeño triángulo se veía un extremo de las almohadas, y sobre las almohadas la 73-25 cabeza del Corregidor!
Otra risa diabólica contrajo el rostro del Molinero.
Dijérase que volvía a ser feliz...
—¡Soy dueño de la verdad!... ¡Meditemos!—murmuró, irguiéndose tranquilamente. 73-30
Y volvió a bajar la escalera con el mismo tiento que empleó para subirla...
—El asunto es delicado... Necesito reflexionar. Tengo tiempo de sobra para todo...—iba pensando mientras bajaba. 74-5
Llegado que hubo a la cocina, sentose en medio de ella, y ocultó la frente entre las manos.
Así permaneció mucho tiempo, hasta que lo despertó de su meditación un leve golpe que sintió en un pie...
Era el trabuco que se había deslizado de sus rodillas, 74-10 y que le hacía aquella especie de seña...
—¡No¡ ¡Te digo que no! (murmuró el tío Lucas, encarándose con el arma).—¡No me convienes! Todo el mundo tendría lástima de ellos..., ¡y a mí me ahorcarían! ¡Se trata de un Corregidor..., y matar a un 74-15 Corregidor es todavía en España cosa indisculpable! Dirían que lo maté por infundados celos, y que luego lo desnudé y lo metí en mi cama... Dirían, además, que maté a mi mujer por simples sospechas... ¡Y me ahorcarían! ¡Vaya si me ahorcarían!—Además, yo 74-20 habría dado muestras de tener muy poca alma, muy poco talento, si al remate de mi vida fuera digno de compasión! ¡Todos se reirían de mí! ¡Dirían que mi desventura era muy natural, siendo yo jorobado y Frasquita tan hermosa!—¡Nada! ¡no! Lo que yo 74-25 necesito es vengarme, y, después de vengarme, triunfar, despreciar, reír, reírme mucho, reírme de todos..., evitando por tal medio que nadie pueda burlarse nunca de esta jiba que yo he llegado a hacer hasta envidiable, y que tan grotesca sería en una horca! 74-30
Así discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de ello puntualmente, y, en virtud de semejante discurso, colocó el arma en su sitio, y principió a pasearse con los brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la 75-5 vida, en alguna bufonada ignominiosa y ridícula para su mujer y para el Corregidor, lejos de buscar aquella misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón, en el cielo..., como hubiera hecho en su lugar cualquier otro hombre de condición menos rebelde que 75-10 la suya a toda imposición de la naturaleza, de la sociedad o de sus propios sentimientos.
De repente, paráronse sus ojos en la vestimenta del Corregidor...
Luego se paró él mismo... 75-15
Después fue demostrando poco a poco en su semblante una alegría, un gozo, un triunfo indefinibles...; hasta que, por último, se echó a reír de una manera formidable..., esto es, a grandes carcajadas, pero sin hacer ningún ruido (a fin de que no lo oyesen desde 75-20 arriba), metiéndose los puños por los ijares para no reventar, estremeciéndose todo como un epiléptico, y teniendo que concluir por dejarse caer en una silla hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico regocijo.—Era la propia risa de Mefistófeles. 75-25
No bien se sosegó, principió a desnudarse con una celeridad febril; colocó toda su ropa en las mismas sillas que ocupaba la del Corregidor; púsose cuantas prendas pertenecían a éste, desde los zapatos de hebilla hasta el sombrero de tres picos; ciñose el espadín; embozose 75-30 en la capa de grana; cogió el bastón y los guantes, y salió del molino y se encaminó a la Ciudad, balanceándose de la propia manera que solía D. Eugenio de Zúñiga, y diciéndose de vez en cuando esta frase, que compendiaba su pensamiento: 76-5
¡También la Corregidora es guapa!
XXI
¡EN GUARDIA, CABALLERO!
Abandonemos por ahora al tío Lucas, y enterémonos de lo que había ocurrido en el molino desde que dejamos allí sola a la señá Frasquita hasta que su esposo volvió a él y se encontró con tan estupendas novedades.
Una hora habría pasado después que el tío Lucas se 77-5 marchó con Toñuelo, cuando la afligida navarra, que se había propuesto no acostarse hasta que regresara su marido, y que estaba haciendo calceta en su dormitorio, situado en el piso de arriba, oyó lastimeros gritos fuera de la casa, hacia el paraje, allí muy próximo, por donde 77-10 corría el agua del caz.
—¡Socorro, que me ahogo! ¡Frasquita! ¡Frasquita!...—exclamaba una voz de hombre, con el lúgubre acento de la desesperación.
—¿Si será Lucas?—pensó la navarra, llena de un 77-15 terror que no necesitamos describir.
En el mismo dormitorio había una puertecilla, de que ya nos habló Garduña, y que daba efectivamente sobre la parte alta del caz.—Abriola sin vacilación la señá Frasquita, por más que no hubiera reconocido la voz 77-20 que pedía auxilio, y encontrose de manos a boca con el Corregidor, que en aquel momento salía todo chorreando de la impetuosísima acequia...
—¡Dios me perdone! ¡Dios me perdone! (balbuceaba el infame viejo).—¡Creí que me ahogaba! 77-25
—¡Cómo! ¿Es V.? ¿Qué significa? ¿Cómo se atreve? ¿A qué viene V. a estas horas?...—gritó la Molinera con más indignación que espanto, pero retrocediendo maquinalmente.
—¡Calla! ¡Calla, mujer! (tartamudeó el Corregidor, 78-5 colándose en el aposento detrás de ella). Yo te lo diré todo... ¡He estado para ahogarme! ¡El agua me llevaba ya como a una pluma!—¡Mira, mira cómo me he puesto!
—¡Fuera, fuera de aquí! (replicó la señá Frasquita 78-10 con mayor violencia). ¡No tiene V. nada que explicarme!... ¡Demasiado lo comprendo todo! ¿Qué me importa a mí que V. se ahogue? ¿Lo he llamado yo a V.?—¡Ah! ¡Qué infamia! ¡Para esto ha mandado V. prender a mi marido! 78-15
—Mujer, escucha...
—¡No escucho! ¡Márchese V. inmediatamente, señor Corregidor!... ¡Márchese V., o no respondo de su vida!...
—¿Qué dices? 78-20
—¡Lo que V. oye!—Mi marido no está en casa; pero yo me basto para hacerla respetar. ¡Márchese V. por donde ha venido, si no quiere que yo le arroje otra vez al agua con mis propias manos!
—¡Chica, chica! ¡no grites tanto, que no soy sordo!... 78-25 (exclamó el viejo libertino). ¡Cuando yo estoy aquí, por algo será!... Vengo a libertar al tío Lucas, a quien ha preso por equivocación un alcalde de monterilla...—Pero, ante todo, necesito que me seques estas ropas... ¡Estoy calado hasta los huesos! 78-30
—¡Le digo a V. que se marche!
—¡Calla, tonta!... ¿Qué sabes tú?—Mira... aquí te traigo el nombramiento de tu sobrino...—Enciende la lumbre, y hablaremos...—Por lo demás, mientras se seca la ropa, yo me acostaré en esta cama... 79-5
—¡Ah, ya! ¿Conque declara V. que venía por mí? ¿Conque declara V. que para eso ha mandado arrestar a mi Lucas? ¿Conque traía V. su nombramiento y todo?—¡Santos y Santas del cielo! ¿Qué se habrá figurado de mí este mamarracho? 79-10
—¡Frasquita! ¡soy el Corregidor!
—¡Aunque fuera V. el Rey! A mí, ¿qué?—¡Yo soy la mujer de mi marido, y el ama de mi casa!—¿Cree V. que yo me asusto de los Corregidores? ¡Yo sé ir a Madrid, y al fin del mundo, a pedir justicia contra 79-15 el viejo insolente que así arrastra su autoridad por los suelos! Y, sobre todo, yo sabré mañana ponerme la mantilla, e ir a ver a la señora Corregidora...
—¡No harás nada de eso! (repuso el Corregidor, perdiendo la paciencia, o mudando de táctica). No 79-20 harás nada de eso; porque yo te pegaré un tiro, si veo que no entiendes de razones...
—¡Un tiro!—exclamó la señá Frasquita con voz sorda.
—Un tiro, sí... Y de ello no me resultará perjuicio 79-25 alguno. Casualmente he dejado dicho en la ciudad que salía esta noche a caza de criminales...—¡Conque no seas necia... y quiéreme... como yo te adoro!
—Señor Corregidor; ¿un tiro?—volvió a decir la navarra, echando los brazos atrás y el cuerpo hacia 79-30 adelante, como para lanzarse sobre su adversario.
—Si te empeñas, te lo pegaré, y así me veré libre de tus amenazas y de tu hermosura...—respondió el Corregidor, lleno de miedo y sacando un par de cachorrillos.
—¿Conque pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera 80-5 el nombramiento de mi sobrino! (dijo la señá Frasquita, moviendo la cabeza de arriba abajo).—Pues, señor, la elección no es dudosa.—Espere Usía un momento; que voy a encender la lumbre.
Y, así hablando, se dirigió rápidamente a la escalera, 80-10 y la bajó en tres brincos.
El Corregidor cogió la luz, y salió detrás de la Molinera, temiendo que se escapara; pero tuvo que bajar mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a la cocina, tropezó con la navarra, que volvía ya en su 80-15 busca.
—¿Conque decía V. que me iba a pegar un tiro? (exclamó aquella indomable mujer dando un paso atrás).—Pues, ¡en guardia, caballero; que yo ya lo estoy!
Dijo, y se echó a la cara el formidable trabuco que 80-20 tanto papel representa en esta historia.
—¡Detente, desgraciada! ¿Qué vas a hacer? (gritó el Corregidor, muerto de susto). Lo de mi tiro era una broma... Mira... Los cachorrillos están descargados.—En cambio, es verdad lo del nombramiento...—Aquí 80-25 lo tienes... Tómalo... Te lo regalo... Tuyo es... de balde, enteramente de balde...
Y lo colocó temblando sobre la mesa.
—¡Ahí está bien! (repuso la navarra). Mañana me servirá para encender la lumbre, cuando le guise el 80-30 almuerzo a mi marido.—¡De V. no quiero ya ni la gloria; y, si mi sobrino viniese alguna vez de Estella, sería para pisotearle a V. la fea mano con que ha escrito su nombre en ese papel indecente!—¡Ea, lo dicho! ¡Márchese V. de mi casa!—¡Aire! ¡aire! ¡pronto!... 81-5 ¡que ya se me sube la pólvora a la cabeza!
El Corregidor no contestó a este discurso. Habíase puesto lívido, casi azul; tenía los ojos torcidos, y un temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo. Por último, principió a castañetear los dientes, y cayó al 81-10 suelo, presa de una convulsión espantosa.
El susto del caz, lo muy mojadas que seguían todas sus ropas, la violenta escena del dormitorio, y el miedo al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían agotado las fuerzas del enfermizo anciano. 81-15
—¡Me muero! (balbuceó).—¡Llama a Garduña!... Llama a Garduña, que estará ahí... en la ramblilla...—¡Yo no debo morirme en esta casa!...
No pudo continuar. Cerró los ojos, y se quedó como muerto. 81-20
—¡Y se morirá como lo dice! (prorrumpió la señá Frasquita).—Pues, señor, ¡esta es la más negra! ¿Qué hago yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué dirían de mí, si se muriese? ¿Qué diría Lucas?... ¿Cómo podría justificarme, cuando yo misma le he 81-25 abierto la puerta?—¡Oh! no... Yo no debo quedarme aquí con él. ¡Yo debo buscar a mi marido; yo debo escandalizar el mundo antes de comprometer mi honra!
Tomada esta resolución, soltó el trabuco, fuese al corral, cogió la burra que quedaba en él, la aparejó de 81-30 cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca, montó de un salto, a pesar de sus carnes, y se dirigió a la ramblilla.
—¡Garduña! ¡Garduña!—iba gritando la navarra, conforme se acercaba a aquel sitio. 82-5
—¡Presente! (respondió al cabo el Alguacil, apareciendo detrás de un seto).—¿Es V., señá Frasquita?
—Sí, soy yo.—¡Ve al molino, y socorre a tu amo, que se está muriendo!...
—¿Qué dice V.?—¡Vaya un maula! 82-10
—Lo que oyes, Garduña...
—¿Y V., alma mía? ¿Adónde va a estas horas?
—¿Yo?...—¡Quita allá, badulaque!—Yo voy... ¡a la Ciudad por un médico!—contestó la señá Frasquita, arreando la burra con un talonazo y a Garduña con un 82-15 puntapié.
Y tomó..., no el camino de la Ciudad, como acababa de decir, sino el del Lugar inmediato.
Garduña no reparó en esta última circunstancia; pues iba ya dando zancajadas hacia el molino y discurriendo 82-20 al par de esta manera:
—¡Va por un médico!... ¡La infeliz no puede hacer más!—¡Pero él es un pobre hombre!—¡Famosa ocasión de ponerse malo!... ¡Dios le da confites a quien no puede roerlos! 82-25
XXII
GARDUÑA SE MULTIPLICA
Cuando Garduña llegó al molino, el Corregidor principiaba a volver en sí, procurando levantarse del suelo.
En el suelo también, y a su lado, estaba el velón encendido que bajó Su Señoría del dormitorio.
—¿Se ha marchado ya?—fue la primera frase de 83-5 D. Eugenio.
—¿Quién?
—¡El demonio!... Quiero decir, la Molinera....
—Sí, señor... Ya se ha marchado..., y no creo que iba de muy buen humor... 83-10
—¡Ay, Garduña! Me estoy muriendo....
—Pero ¿qué tiene Usía?—¡Por vida de los hombres!...
Me he caído en el caz, y estoy hecho una sopa.... ¡Los huesos se me parten de frío! 83-15
—¡Toma, toma! ¡ahora salimos con eso!
—¡Garduña!... ¡ve lo que te dices!...
—Yo no digo nada, señor....
—Pues bien: sácame de este apuro....
—Voy volando.... ¡Verá Usía qué pronto lo arreglo 83-20 todo!
Así dijo el Alguacil, y, en un periquete, cogió la luz con una mano, y con la otra se metió al Corregidor debajo del brazo; subiolo al dormitorio; púsolo en cueros; acostolo en la cama; corrió al jaraiz; reunió un brazado de leña; fue a la cocina; hizo una gran lumbre; bajó todas las ropas de su amo; colocolas en los espaldares de dos o tres sillas; encendió un candil; lo colgó de la espetera, y tornó a subir a la cámara. 84-5
—¿Qué tal vamos?—preguntole entonces a D. Eugenio, levantando en alto el velón para verle mejor el rostro.
—¡Admirablemente! ¡Conozco que voy a sudar!—¡Mañana te ahorco, Garduña! 84-10
—¿Por qué, señor?
—¿Y te atreves a preguntármelo? ¿Crees tú que, al seguir el plan que me trazaste, esperaba yo acostarme solo en esta cama, después de recibir por segunda vez el sacramento del bautismo?—¡Mañana mismo te 84-15 ahorco!
—Pero cuénteme Usía algo...—¿La señá Frasquita?...
—La señá Frasquita ha querido asesinarme. ¡Es todo lo que he logrado con tus consejos!—Te digo 84-20 que te ahorco mañana por la mañana.
—¡Algo menos será, señor Corregidor!—repuso el Alguacil.
—¿Por qué lo dices, insolente? ¿Porque me ves aquí postrado? 84-25
—No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita no ha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta, cuando ha ido a la Ciudad a buscarle un médico....
—¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a la Ciudad?—exclamó D. Eugenio más aterrado que nunca. 84-30
—A lo menos, eso me ha dicho ella....
—¡Corre, corre, Garduña!—¡Ah! ¡estoy perdido sin remedio!—¿Sabes a qué va la señá Frasquita a la Ciudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡A decirle que estoy aquí!—¡Oh, Dios mío, Dios mío! 85-5 ¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que se habría ido al Lugar en busca de su marido; y, como lo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba su viaje! Pero ¡irse a la Ciudad!...—¡Garduña, corre, corre..., tú que eres andarín, y evita mi perdición! 85-10 ¡Evita que la terrible Molinera entre en mi casa!
—¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo?—preguntó irónicamente el Alguacil.
—¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buen uso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que 85-15 quieras!
—Pues voy volando. Duérmase Usía tranquilo. Dentro de media hora estoy aquí de vuelta, después de dejar en la cárcel a la navarra.—¡Para algo soy más ligero que una borrica! 85-20
Dijo Garduña, y desapareció por la escalera abajo.
Se cae de su peso que, durante aquella ausencia del Alguacil, fue cuando el Molinero estuvo en el molino y vio visiones por el ojo de la llave.
Dejemos, pues, al Corregidor sudando en el lecho 85-25 ajeno, y a Garduña corriendo hacia la Ciudad (adonde tan pronto había de seguirle el tío Lucas con sombrero de tres picos y capa de grana), y, convertidos también nosotros en andarines, volemos con dirección al Lugar, en seguimiento de la valerosa señá Frasquita. 85-30
XXIII
OTRA VEZ EL DESIERTO Y LAS CONSABIDAS VOCES
La única aventura que le ocurrió a la navarra en su viaje desde el molino al pueblo, fue asustarse un poco al notar que alguien echaba yescas en medio de un sembrado.
—¿Si será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a 86-5 detenerme?—pensó la Molinera.
En esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.
—¡Burros en el campo a estas horas! (siguió pensando la señá Frasquita.)—Pues lo que es por aquí no hay ninguna huerta ni cortijo....—¡Vive Dios 86-10 que los duendes se están despachando esta noche a su gusto! Porque la borrica de mi marido no puede ser....—¿Qué haría mi Lucas, a media noche, parado fuera de camino?
—¡Nada! ¡nada! ¡Indudablemente es un espía! 86-15
La burra que montaba la señá Frasquita creyó oportuno rebuznar también en aquel instante.
—¡Calla, demonio!—le dijo la navarra, clavándole un alfiler de a ochavo en mitad de la cruz.
Y, temiendo algún encuentro que no le conviniese, 86-20 sacó también su bestia fuera del camino y la hizo trotar por otros sembrados.
Sin más accidente, llegó a las puertas del Lugar, a tiempo que serían las once de la noche.
XXIV
UN REY DE ENTONCES
Hallábase ya durmiendo la mona el señor Alcalde, vuelta la espalda a la espalda de su mujer (y formando así con ésta la figura de águila austriaca de dos cabezas que dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelo llamó a la puerta de la cámara nupcial, y avisó al Sr. 87-5 Juan López que la señá Frasquita, la del molino, quería hablarle.
No tenemos para qué referir todos los gruñidos y juramentos inherentes al acto de despertar y vestirse el Alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde luego 87-10 al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándose como un gimnasta que ejercita la musculatura, y exclamando en medio de un bostezo interminable:
—¡Téngalas V. muy buenas, señá Frasquita!—¿Qué le trae a V. por aquí? ¿No le dijo a V. Toñuelo 87-15 que se quedase en el molino? ¿Así desobedece V. a la Autoridad?
—¡Necesito ver a mi Lucas! (respondió la navarra). ¡Necesito verlo al instante!—¡Que le digan que está aquí su mujer! 87-20
—¡Necesito! ¡necesito!—Señora, ¡a V. se le olvida que está hablando con el Rey!...
—¡Déjeme V. a mí de reyes, Sr. Juan, que no estoy para bromas! ¡Demasiado sabe V. lo que me sucede!
¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!
—Yo no sé nada, señá Frasquita.... Y en cuanto a su marido de V., no está preso, sino durmiendo tranquilamente en esta su casa, y tratado como yo trato a las personas.—¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda 88-5 al pajar, y dile al tío Lucas que se despierte y venga corriendo....—Conque vamos... ¡cuénteme V. lo que pasa!... ¿Ha tenido V. miedo de dormir sola?
—¡No sea V. desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiado sabe V. que a mí no me gustan sus bromas ni sus 88-10 veras! Lo que me pasa es una cosa muy sencilla: que V. y el señor Corregidor han querido perderme; ¡pero que se han llevado un solemne chasco! ¡Yo estoy aquí sin tener de qué abochornarme, y el señor Corregidor se queda en el molino muriéndose!... 88-15
—¡Muriéndose el Corregidor! (exclamó su subordinado). Señora, ¿sabe V. lo que se dice?
—¡Lo que V. oye! Se ha caído en el caz, y casi se ha ahogado, o ha cogido una pulmonía, o yo no sé... ¡Eso es cuenta de la Corregidora! Yo vengo a 88-20 buscar a mi marido, sin perjuicio de salir mañana mismo para Madrid, donde le contaré al Rey....
—¡Demonio, demonio! (murmuró el Sr. Juan López).—¡A ver, Manuela!... ¡muchacha!... Anda y aparéjame la mulilla....—Señá Frasquita al molino 88-25 voy.... ¡Desgraciada de V. si le ha hecho algún daño al señor Corregidor!
—¡Señor Alcalde, señor Alcalde! (exclamó en esto Toñuelo, entrando más muerto que vivo). El tío Lucas no está en el pajar. Su burra no se halla tampoco en 88-30 los pesebres, y la puerta del corral esta abierta.... ¡De modo que el pájaro se ha escapado!
—¿Qué estás diciendo?—gritó el señor Juan López.
—¡Virgen del Carmen! ¿Qué va a pasar en mi casa? (exclamó la señá Frasquita). ¡Corramos, señor 89-5 Alcalde; no perdamos tiempo!... Mi marido va a matar al Corregidor al encontrarlo allí a estas horas....
—¿Luego V. cree que el tío Lucas está en el molino?
—¿Pues no lo he de creer?—Digo más... cuando yo venía me he cruzado con él sin conocerlo. ¡Él era 89-10 sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado!—¡Dios mío! ¡Cuando piensa una que los animales tienen más entendimiento que las personas!—Porque ha de saber V., señor Juan, que indudablemente nuestras dos burras se reconocieron y se saludaron, 89-15 mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos ni nos reconocimos.... ¡Antes bien huimos el uno del otro, tomándonos mutuamente por espías!...
—¡Bueno está su Lucas de V.! (replicó el Alcalde).—En fin, vamos andando, y ya veremos lo que hay que 89-20 hacer con todos Vds. ¡Conmigo no se juega! ¡Yo soy el Rey!... Pero no un rey como el que ahora tenemos en Madrid, o sea en el Pardo, sino como aquel que hubo en Sevilla, a quien llamaban D. Pedro el Cruel.—¡A ver, Manuela! ¡Tráeme el bastón, y dile 89-25 a tu ama que me marcho!
Obedeció la sirvienta (que era por cierto más buena moza de lo que convenía a la Alcaldesa y a la moral), y, como la mulilla del Sr. Juan López estuviese ya aparejada, la señá Frasquita y él salieron para el molino, 89-30 seguidos del indispensable Toñuelo.
XXV
LA ESTRELLA DE GARDUÑA
Precedámosles nosotros, supuesto que tenemos carta blanca para andar más de prisa que nadie.
Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino, después de haber buscado a la señá Frasquita por todas las calles de la Ciudad. 90-5
El astuto Alguacil había tocado de camino en el Corregimiento, donde lo encontró todo muy sosegado. Las puertas seguían abiertas como en medio del día, según es costumbre cuando la Autoridad está en la calle ejerciendo sus sagradas funciones. Dormitaban en la 90-10 meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguaciles y ministros, esperando descansadamente a su amo; mas, cuando sintieron llegar a Garduña, desperezáronse dos o tres de ellos, y le preguntaron al que era su decano y jefe inmediato: 90-15
—¿Viene ya el señor?
—¡Ni por asomo!—Estaos quietos.—Vengo a saber si ha habido novedad en la casa....
—Ninguna.
—¿Y la Señora? 90-20
—Recogida en sus aposentos.
—¿No ha entrado una mujer por estas puertas hace poco?
—Nadie ha parecido por aquí en toda la noche....
—Pues no dejéis entrar a persona alguna, sea quien sea y diga lo que diga. ¡Al contrario! Echadle mano al mismo lucero del alba que venga a preguntar por el Señor o por la Señora, y llevadlo a la cárcel. 91-5
—¿Parece que esta noche se anda a caza de pájaros de cuenta?—preguntó uno de los esbirros.
—¡Caza mayor!—añadió otro.
—¡Mayúscula! (respondió Garduña solemnemente.) ¡Figuraos si la cosa será delicada, cuando el señor 91-10 Corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos!...—Conque... hasta luego, buenas piezas, y ¡mucho ojo!
—Vaya V. con Dios, señor Bastián,—repusieron todos, saludando a Garduña. 91-15
—¡Mi estrella se eclipsa! (murmuró éste al salir del Corregimiento.) ¡Hasta las mujeres me engañan! La Molinera se encaminó al Lugar en busca de su esposo, en vez de venirse a la Ciudad...—¡Pobre Garduña! ¿Qué se ha hecho de tu olfato? 91-20
Y, discurriendo de este modo, tomó la vuelta del molino.
Razón tenía el Alguacil para echar de menos su antiguo olfato, pues que no venteó a un hombre que se escondía en aquel momento detrás de unos mimbres, a 91-25 poca distancia de la ramblilla, y el cual exclamó para su capote, o más bien para su capa de grana:
—¡Guarda, Pablo! ¡Por allí viene Garduña!... Es menester que no me vea....
Era el tío Lucas, vestido de Corregidor, que se dirigía 91-30
a la Ciudad, repitiendo de vez en cuando su diabólica frase:
—¡También la Corregidora es guapa!
Pasó Garduña sin verlo, y el falso Corregidor dejó su escondite y penetró en la población... 92-5
Poco después llegaba el Alguacil al molino, según dejamos indicado.
XXVI
REACCIÓN
El Corregidor seguía en la cama, tal y como acababa de verlo el tío Lucas por el ojo de la llave.
—¡Qué bien sudo, Garduña! ¡Me he salvado de una enfermedad! (exclamó tan luego como penetró el Alguacil en la estancia).—¿Y la señá Frasquita? ¿Has 93-5 dado con ella? ¿Viene contigo? ¿Ha hablado con la Señora?
—La Molinera, señor (respondió Garduña con angustiado acento), me engañó como a un pobre hombre; pues no se fue a la Ciudad, sino al pueblecillo..., en 93-10 busca de su esposo.—Perdone Usía la torpeza...
—¡Mejor! ¡mejor! (dijo el madrileño, con los ojos chispeantes de maldad). ¡Todo se ha salvado entonces! Antes de que amanezca estarán caminando para las cárceles de la Inquisición, atados codo con codo, el tío 93-15 Lucas y la señá Frasquita, y allí se pudrirán sin tener a quien contarle sus aventuras de esta noche.—Tráeme la ropa, Garduña, que ya estará seca... ¡Tráemela, y vísteme! ¡El amante se va a convertir en Corregidor!... 93-20
Garduña bajó a la cocina por la ropa.
. . . . . . . . . . .
XXVII
¡FAVOR AL REY!
Entretanto, la señá Frasquita, el Sr. Juan López y Toñuelo avanzaban hacia el molino, al cual llegaron pocos minutos después.
—¡Yo entraré delante! (exclamó el Alcalde de monterilla). ¡Para algo soy la Autoridad!—Sígueme, 94-5 Toñuelo, y V., sená Frasquita, espérese a la puerta hasta que yo la llame.
Penetró, pues, el Sr. Juan López bajo la parra, donde vio a la luz de la luna un hombre casi jorobado, vestido como solía el Molinero, con chupetín y calzón de paño 94-10 pardo, faja negra, medias azules, montera murciana de felpa, y el capote de monte al hombro.
—¡Él es! (gritó el Alcalde). ¡Favor al Rey!—¡Entréguese V., tío Lucas!
El hombre de la montera intentó meterse en el molino. 94-15
—¡Date!—gritó a su vez Toñuelo, saltando sobre él, cogiéndolo por el pescuezo, aplicándole una rodilla al espinazo y haciéndole rodar por tierra.
Al mismo tiempo, otra especie de fiera saltó sobre Toñuelo, y, agarrándolo de la cintura, lo tiró sobre el 94-20 empedrado y principió a darle de bofetones.
Era la señá Frasquita, que exclamaba:
—¡Tunante! ¡Deja a mi Lucas!
Pero, en esto, otra persona, que había aparecido llevando del diestro una borrica, metiose resueltamente entre los dos, y trató de salvar a Toñuelo...
Era Garduña, que, tomando al Alguacil del Lugar por D. Eugenio de Zúñiga, le decía a la Molinera:
—¡Señora, respete V. a mi amo! 95-5
Y la derribó de espaldas sobre el lugareño.
La seña Frasquita, viéndose entre dos fuegos, descargó entonces a Garduña tal revés en medio del estómago, que le hizo caer de boca tan largo como era.
Y, con él, ya eran cuatro las personas que rodaban 95-10 por el suelo.
El Sr. Juan López impedía entretanto levantarse al supuesto tío Lucas, teniéndole plantado un pie sobre los riñones.
—¡Garduña! ¡Socorro! ¡Favor al Rey! ¡Yo soy 95-15 el Corregidor!—gritó al fin Don Eugenio, sintiendo que la pezuña del Alcalde, calzada con albarca de piel de toro, lo reventaba materialmente.
—¡El Corregidor! ¡Pues es verdad!—dijo el Sr. Juan López, lleno de asombro... 95-20
—¡El Corregidor!—repitieron todos.
Y pronto estuvieron de pie los cuatro derribados.
—¡Todo el mundo a la cárcel! (exclamó D. Eugenio de Zúñiga). ¡Todo el mundo a la horca!
—Pero, señor... (observó el Sr. Juan López, poniéndose 95-25 de rodillas).—¡Perdone Usía que lo haya maltratado! ¿Cómo había de conocer a Usía con esa ropa tan ordinaria?
—¡Bárbaro! (replicó el Corregidor): ¡alguna había de ponerme! ¿No sabes que me han robado la mía? 95-30 ¿No sabes que una compañía de ladrones, mandada por el tío Lucas...
—¡Miente V.!—gritó la navarra.
—Escúcheme V., señá Frasquita (le dijo Garduña, llamándola aparte).—Con permiso del señor Corregidor 96-5 y la compaña...—¡Si V. no arregla esto, nos van a ahorcar a todos, empezando por el tío Lucas!...
—Pues ¿qué ocurre?—preguntó la señá Frasquita.
—Que el tío Lucas anda a estas horas por la Ciudad vestido de Corregidor..., y que Dios sabe si habrá 96-10 llegado con su disfraz hasta el propio dormitorio de la Corregidora.
Y el Alguacil le refirió en cuatro palabras todo lo que ya sabemos.
—¡Jesús! (exclamó la Molinera). ¡Conque mi marido 96-15 me cree deshonrada! ¡Conque ha ido a la Ciudad a vengarse!—¡Vamos, vamos a la Ciudad, y justificadme a los ojos de mi Lucas!
—¡Vamos a la Ciudad, e impidamos que ese hombre hable con mi mujer y le cuente todas las majaderías que 96-20 se haya figurado! (dijo el Corregidor, arrimándose a una de las burras).—Deme V. un pie para montar, señor Alcalde.
—Vamos a la Ciudad, sí... (añadió Garduña); ¡y quiera el cielo, señor Corregidor, que el tío Lucas, 96-25 amparado por su vestimenta, se haya contentado con hablarle a la Señora!
—¿Qué dices, desgraciado? (prorrumpió D. Eugenio de Zúñiga). ¿Crees tú a ese villano capaz?...
—¡De todo!—contestó la señá Frasquita. 96-30
XXVIII
¡AVE MARÍA PURÍSIMA! ¡LAS DOCE Y MEDIA Y SERENO!
Así gritaba por las calles de la Ciudad quien tenía facultades para tanto, cuando la Molinera y el Corregidor, cada cual en una de las burras del molino, el Sr. Juan López en su mula, y los dos alguaciles andando, llegaron a la puerta del Corregimiento. 97-5
La puerta estaba cerrada.
Dijérase que para el Gobierno, lo mismo que para los gobernados, había concluido todo por aquel día.
—¡Malo!—pensó Garduña.
Y llamó con el aldabón dos o tres veces. 97-10
Pasó mucho tiempo, y ni abrieron, ni contestaron.
La señá Frasquita estaba más amarilla que la cera.
El Corregidor se había comido ya todas las uñas de ambas manos.
Nadie decía una palabra. 97-15
¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...—golpes y más golpes a la puerta del Corregimiento (aplicados sucesivamente por los dos alguaciles y por el Sr. Juan López)...—Y ¡nada! ¡No respondía nadie! ¡No abrían! ¡No se movía una mosca! 97-20
Sólo se oía el claro rumor de los caños de una fuente que había en el patio de la casa.
Y de esta manera transcurrían minutos, largos como eternidades.
Al fin, cerca de la una, abriose un ventanillo del piso segundo, y dijo una voz femenina:
—¿Quién?
—Es la voz del ama de leche...—murmuró Garduña. 98-5
—¡Yo! (respondió D. Eugenio de Zúñiga).—¡Abrid!
Pasó un instante de silencio.
—¿Y quién es V.?—replicó luego la nodriza.
—¿Pues no me está V. oyendo?—¡Soy el amo!... ¡el Corregidor!... 98-10
Hubo otra pausa.
—¡Vaya V. mucho con Dios! (repuso la buena mujer).—Mi amo vino hace una hora, y se acostó en seguida.—¡Acuéstense Vds. también, y duerman el vino que tendrán en el cuerpo! 98-15
Y la ventana se cerró de golpe.
La señá Frasquita se cubrió el rostro con las manos.
—¡Ama! (tronó el Corregidor, fuera de sí). ¿No oye V. que le digo que abra la puerta? ¿No oye V. que soy yo? ¿Quiere V. que la ahorque también? 98-20
La ventana volvió a abrirse.
—Pero vamos a ver... (expuso el ama). ¿Quién es V. para dar esos gritos?
—¡Soy el Corregidor!
—¡Dale, bola! ¿No le digo a V. que el señor Corregidor 98-25 vino antes de las doce..., y que yo lo vi con mis propios ojos encerrarse en las habitaciones de la Señora? ¿Se quiere V. divertir conmigo?—¡Pues espere V..., y verá lo que le pasa!
Al mismo tiempo se abrió repentinamente la puerta, 98-30 y una nube de criados y ministriles, provistos de sendos garrotes, se lanzó sobre los de afuera, exclamando furiosamente:
—¡A ver! ¿Dónde está ese que dice que es el Corregidor? ¿Dónde está ese chusco? ¿Dónde está 99-5 ese borracho?
Y se armó un lío de todos los demonios en medio de la obscuridad, sin que nadie pudiera entenderse, y no dejando de recibir algunos palos el Corregidor, Garduña, el Sr. Juan López y Toñuelo. 99-10
Era la segunda paliza que le costaba a D. Eugenio su aventura de aquella noche, además del remojón que se dio en el caz del molino.
La señá Frasquita, apartada de aquel laberinto, lloraba por la primera vez de su vida... 99-15
—¡Lucas! ¡Lucas! (decía). ¡Y has podido dudar de mí! ¡Y has podido estrechar en tus brazos a otra!
—¡Ah! ¡Nuestra desventura no tiene ya remedio!
XXIX
POST NUBILA... DIANA
—¿Qué escándalo es este?—dijo al fin una voz tranquila, majestuosa y de gracioso timbre, resonando encima de aquella baraúnda.
Todos levantaron la cabeza, y vieron a una mujer vestida de negro, asomada al balcón principal del edificio. 100-5
—¡La Señora!—dijeron los criados, suspendiendo la retreta de palos.
—¡Mi mujer!—tartamudeó D. Eugenio.
—Que pasen esos rústicos...—El señor Corregidor dice que lo permite...—agregó la Corregidora. 100-10
Los criados cedieron el paso, y el de Zúñiga y sus acompañantes penetraron en el portal y tomaron por la escalera arriba.
Ningún reo ha subido al patíbulo con paso tan inseguro y semblante tan demudado como el Corregidor 100-15 subía las escaleras de su casa.—Sin embargo, la idea de su deshonra principiaba ya a descollar, con noble egoísmo, por encima de todos los infortunios que había causado y que lo afligían y sobre las demás ridiculeces de la situación en que se hallaba... 100-20
—¡Antes que todo (iba pensando), soy un Zúñiga y un Ponce de León!... ¡Ay de aquellos que lo hayan echado en olvido! ¡Ay de mi mujer, si ha mancillado mi nombre!
XXX
UNA SEÑORA DE CLASE
La Corregidora recibió a su esposo y a la rústica comitiva en el salón principal del Corregimiento.
Estaba sola, de pie, y con los ojos clavados en la puerta.
Érase una principalísima dama, bastante joven todavía, 101-5 de plácida y severa hermosura, más propia del pincel cristiano que del cincel gentílico, y estaba vestida con toda la nobleza y seriedad que consentía el gusto de la época. Su traje, de corta y estrecha falda y mangas huecas y subidas, era de alepín negro: una 101-10 pañoleta de blonda blanca, algo amarillenta, velaba sus admirables hombros, y larguísimos maniquetes o mitones de tul negro cubrían la mayor parte de sus alabastrinos brazos. Abanicábase majestuosamente con un pericón enorme, traído de las islas Filipinas, y empuñaba 101-15 con la otra mano un pañuelo de encaje, cuyos cuatro picos colgaban simétricamente con una regularidad sólo comparable a la de su actitud y menores movimientos.
Aquella hermosa mujer tenía algo de reina y mucho 101-20 de abadesa, e infundía por ende veneración y miedo a cuantos la miraban. Por lo demás, el atildamiento de su traje a semejante hora, la gravedad de su continente y las muchas luces que alumbraban el salón, demostraban que la Corregidora se había esmerado en dar a aquella escena una solemnidad teatral y un tinte ceremonioso que contrastasen con el carácter villano y grosero de la aventura de su marido.
Advertiremos, finalmente, que aquella señora se 102-5 llamaba Doña Mercedes Carrillo de Albornoz y Espinosa de los Monteros, y que era hija, nieta, biznieta, tataranieta y hasta vigésima nieta de la Ciudad, como descendiente de sus ilustres conquistadores.—Su familia, por razones de vanidad mundana, la había inducido 102-10 a casarse con el viejo y acaudalado Corregidor, y ella, que de otro modo hubiera sido monja, pues su vocación natural la iba llevando al claustro, consintió en aquel doloroso sacrificio.
A la sazón tenía ya dos vástagos del arriscado madrileño, 102-15 y aún se susurraba que había otra vez moros en la costa...
Conque volvamos a nuestro cuento.
XXXI
LA PENA DEL TALIÓN
¡Mercedes! (exclamó el Corregidor al comparecer delante de su esposa). Necesito saber inmediatamente....
—¡Hola, tío Lucas! ¿V. por aquí? (dijo la Corregidora, interrumpiéndole).—¿Ocurre alguna desgracia 103-5 en el molino?
—¡Señora! ¡no estoy para chanzas! (repuso el Corregidor hecho una fiera).—Antes de entrar en explicaciones por mi parte, necesito saber qué ha sido de mi honor.... 103-10
—¡Esa no es cuenta mía! ¿Acaso me lo ha dejado V. a mí en depósito?
—Sí, Señora.... ¡A V.! (replicó D. Eugenio).—¡Las mujeres son depositarias del honor de sus maridos! 103-15
—Pues entonces, mi querido tío Lucas, pregúntele V. a su mujer....—Precisamente nos está escuchando.
La señá Frasquita, que se había quedado a la puerta del salón, lanzó una especie de rugido. 103-20
—Pase V., señora, y siéntese...—añadió la Corregidora, dirigiéndose a la Molinera con dignidad soberana.
Y, por su parte, encaminose al sofá.
La generosa navarra supo comprender desde luego toda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada..., e injuriada acaso doblemente.... Así es que, alzándose en el acto a igual altura, dominó sus naturales ímpetus, y guardó un silencio decoroso.—Esto 104-5 sin contar con que la señá Frasquita, segura de su inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse.—Teníala, sí, de acusar; y mucha...; pero no ciertamente a la Corregidora.—¡Con quien ella deseaba ajustar cuentas era con el tío Lucas..., y el tío Lucas 104-10 no estaba allí!
—Señá Frasquita... (repitió la noble dama, al ver que la Molinera no se había movido de su sitio):—le he dicho a V. que puede pasar y sentarse.
Esta segunda indicación fue hecha con voz más 104-15 afectuosa y sentida que la primera....—Dijérase que la Corregidora había adivinado también por instinto, al fijarse en el reposado continente y en la varonil hermosura de aquella mujer, que no iba a habérselas con un ser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra 104-20 infortunada como ella;—¡infortunada, sí, por el solo hecho de haber conocido al Corregidor!
Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgencia aquellas dos mujeres que se consideraban dos veces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas 104-25 se aplacieron la una en la otra, como dos hermanos que se reconocen.
No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos las castas nieves de las encumbradas montañas.
Saboreando estas dulces emociones, la Molinera entró 104-30 majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo de una silla.
A su paso por el molino, previendo que en la Ciudad tendría que hacer visitas de importancia, se había arreglado un poco y puéstose una mantilla de franela negra, 105-5 con grandes felpones, que le sentaba divinamente.—Parecía toda una señora.
Por lo que toca al Corregidor, dicho se está que había guardado silencio durante aquel episodio.—El rugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena 105-10 no habían podido menos de sobresaltarlo.—¡Aquella mujer le causaba ya más terror que la suya propia!
—Conque vamos, tío Lucas... (prosiguió Doña Mercedes, dirigiéndose a su marido). Ahí tiene V. a la señá Frasquita.... ¡Puede V. volver a formular 105-15 su demanda! ¡Puede V. preguntarle aquello de su honra!
—Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! (gritó el Corregidor). ¡Mira que tú no sabes de lo que soy capaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma 105-20 y me digas todo lo que ha pasado aquí durante mi ausencia!—¿Dónde está ese hombre?
—¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se está levantando, y ya no puede tardar en venir.
—¡Levantándose!—bramó D. Eugenio. 105-25
—¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. que estuviese a estas horas un hombre de bien, sino en su casa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte, como manda Dios?
—¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en 105-30 que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el Corregidor!...
—¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré a los alguaciles que lo lleven a la cárcel!—replicó la Corregidora, poniéndose de pie. 106-5
—¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de la Ciudad!
—El Corregidor de la Ciudad, el representante de la Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señora con una severidad y una energía que ahogaron la voz 106-10 del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida, a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos, la santidad del hogar y el recato de las mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda 106-15 entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otra cosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie pueda sorprender a la virtud en su descuidado reposo; que nadie pueda abusar de su casto sueño....
—¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el 106-20 Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que ha pasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, una pérfida, una licenciosa!
—¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió la Corregidora desdeñosamente, y paseando la vista por 106-25 todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quién es este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer que sea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar de que viste su traje de villano!—Sr. Juan López, créame V. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla, 106-30 que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de la Ciudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrero de tres picos, su capa de grana, su espadín de caballero y su bastón de autoridad.... Los criados y alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron 107-5 al verlo pasar por el portal, por la escalera, y por el recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas, y desde entonces no ha penetrado nadie en mi hogar hasta que llegaron Vds.—¿Es esto cierto?—Responded vosotros.... 107-10
—¡Es verdad! ¡Es muy verdad!—contestaron la nodriza, los domésticos y los ministriles; todos los cuales, agrupados a la puerta del salón, presenciaban aquella singular escena.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio, 107-15 echando espumarajos de rabia).—¡Garduña! ¡Garduña! ¡Ven y prende a estos viles que me están faltando al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la horca!
Garduña no parecía por ningún lado. 107-20
—Además, señor... (continuó Doña Mercedes, cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas llegaran a irremediables extremos). Supongamos que V. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio 107-25 de Zúñiga y Ponce de León....
—¡Lo soy!
—Supongamos, además, que me cupiese alguna culpa en haber tomado por V. al hombre que penetró en mi alcoba vestido de Corregidor.... 107-30
—¡Infames!—gritó el viejo, echando mano a la espada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con la faja de molinero murciano.
La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla para ocultar las llamaradas de sus celos. 108-5
—Supongamos todo lo que V. quiera... (continuó Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable). Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derecho a quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿Podría V. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del 108-10 sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oír misa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿De dónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasado V. la mitad de la noche?
—Con permiso...—exclamó la señá Frasquita, 108-15 poniéndose de pie como empujada por un resorte, y atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su marido.
Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta al ver que la navarra entraba en fuego. 108-20
Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:
—Señora, no se fatigue V. en darme a mí explicaciones... ¡Yo no se las pido a V., ni mucho menos!—Allí viene quien puede pedírselas a justo título... ¡Entiéndase V. con él! 108-25
Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete, y apareció en ella el tío Lucas, vestido de Corregidor de pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín, como si se presentase en las Salas de Cabildo.
XXXII
LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS
Tengan Vds. muy buenas noches,—pronunció el recién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, y hablando con la boca sumida, como solía D. Eugenio de Zúñiga.
En seguida se adelantó por el salón, balanceándose 109-5 en todos sentidos, y fue a besar la mano de la Corregidora.
Todos se quedaron estupefactos.—El parecido del tío Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.
Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan 109-10 López, no pudieron contener una carcajada.
D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzó sobre el tío Lucas como un basilisco.
Pero la señá Frasquita metió el montante, apartando al Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en 109-15 evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio, se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.—Estaba visto que aquella mujer había nacido para domadora del pobre viejo.
El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver 109-20 que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y, con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la mano al corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedando siempre al Corregidor:
—¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado ya a tu sobrino el nombramiento?
¡Hubo que ver entonces a la navarra!—Tirose la mantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona, y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos 110-5 puñales:
—¡Te desprecio, Lucas!—le dijo en mitad de la cara.
Todos creyeron que le había escupido.
¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron 110-10 aquella frase!
El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de su mujer. Una especie de inspiración, semejante a la de la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándola de luz y de alegría... Así es que, olvidándose 110-15 por un momento de cuanto había visto y creído ver en el molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y la sinceridad en los labios:
—¿Conque tú eres mi Frasquita?
—¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no 110-20 soy ya tu Frasquita!—Yo soy... ¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...
Y se echó a llorar, como una montaña de hielo que se hunde y principia a derretirse. 110-25
La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse, y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.
La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sin saber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos, como una niña que busca amparo en su madre: 110-30
—¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!
—¡No tanto como V. se figura!—contestábale la Corregidora, llorando también generosamente.
—¡Yo sí que soy desgraciado!—gemía al mismo tiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas, 111-5 como avergonzado de verterlas.
—Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio, sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás, o esperando salvarse también por la vía húmeda; quiero decir, por la vía del llanto).—¡Ah, yo soy un 111-10 pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que ha llevado su merecido!
Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barriga del Sr. Juan López.
Y éste y los criados lloraban de igual manera, y 111-15 todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se había explicado.
XXXIII
PUES ¿Y TÚ?
El tío Lucas fue el primero que salió a flote en aquel mar de lágrimas.
Era que empezaba a acordarse otra vez de lo que había visto por el ojo de la llave.
—¡Señores, vamos a cuentas!... dijo de pronto. 112-5
—No hay cuentas que valgan, tío Lucas... (exclamó la Corregidora).—¡Su mujer de V. es una bendita!
—Bien..., sí..; pero...
—¡Nada de pero!... Déjela V. hablar, y verá cómo se justifica.—Desde que la vi, me dio el corazón que 112-10 era una santa, a pesar de todo lo que V. me había contado...
—¡Bueno; que hable!...—dijo el tío Lucas.
—¡Yo no hablo! (contestó la Molinera). ¡El que tiene que hablar eres tú!... Porque la verdad es que 112-15 tú...
Y la señá Frasquita no dijo más, por impedírselo el invencible respeto que le inspiraba la Corregidora.
—Pues ¿y tú?—respondió el tío Lucas, perdiendo de nuevo toda fe. 112-20
—Ahora no se trata de ella... (gritó el Corregidor, tornando también a sus celos). ¡Se trata de V. y de esta señora!—¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había de decirme que tú?...
—Pues ¿y tú?—repuso la Corregidora midiéndolo con la vista.
Y durante algunos momentos, los dos matrimonios repitieron cien veces las mismas frases:
—¿Y tú? 113-5
—Pues ¿y tú?
—¡Vaya que tú!
—¡No que tú!
—Pero ¿cómo has podido tú?...
Etc., etc., etc. 113-10
La cosa hubiera sido interminable, si la Corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D. Eugenio:
—¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en 113-15 este momento es devolver la paz al corazón del tío Lucas: cosa muy fácil, a mi juicio; pues allí distingo al Sr. Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita.
—¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! 113-20 (respondió ésta).—Tengo dos testigos de mayor crédito, a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado...
—Y ¿dónde están?—preguntó el Molinero.
—Están abajo, en la puerta...
—Pues diles que suban, con permiso de esta señora. 113-25
—Las pobres no podrían subir...
—¡Ah! ¡Son dos mujeres!... ¡Vaya un testimonio fidedigno!
—Tampoco son dos mujeres. Sólo son dos hembras... 113-30
—¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!... Hazme el favor de decirme sus nombres.
—La una se llama Piñona y la otra Liviana.
—¡Nuestras dos burras!—Frasquita: ¿te estás riendo de mí? 114-5
—No: que estoy hablando muy formal. Yo puedo probarte, con el testimonio de nuestras burras, que no me hallaba en el molino cuando tú viste en él al señor Corregidor.
—¡Por Dios te pido que te expliques!... 114-10
—¡Oye, Lucas!..., y muérete de vergüenza por haber dudado de mi honradez. Mientras tú ibas esta noche desde el Lugar a nuestra casa, yo me dirigía desde nuestra casa al Lugar, y, por consiguiente, nos cruzamos en el camino. Pero tú marchabas fuera de él, o, 114-15 por mejor decir, te habías detenido a echar unas yescas en medio de un sembrado...
—¡Es verdad que me detuve!...—Continúa.
—En esto rebuznó tu borrica...
—¡Justamente!—¡Ah, qué feliz soy!... ¡Habla, 114-20 habla; que cada palabra tuya me devuelve un año de vida!
—Y a aquel rebuzno le contestó otro en el camino...
—¡Oh! sí... sí...—¡Bendita seas! ¡Me parece estarlo oyendo! 114-25
—Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocido y se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotros dos ni nos saludamos ni nos reconocimos...
—¡No me digas más!... ¡No me digas más!...
—Tan no nos reconocimos (continuó la señá Frasquita), 114-30 que los dos nos asustamos y salimos huyendo en direcciones contrarias...—¡Conque ya ves que yo no estaba en el molino!—Si quieres saber ahora por qué encontraste al señor Corregidor en nuestra cama, tienta esas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán 115-5 húmedas, y te lo dirán mejor que yo.—¡Su Señoría se cayó en el caz del molino, y Garduña lo desnudó y lo acostó allí!—Si quieres saber por qué abrí la puerta..., fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamaba a gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento...—Pero 115-10 no tengo más que decir por la presente. Cuando estemos solos, te enteraré de ese y otros particulares... que no debo referir delante de esta señora.
—¡Todo lo que ha dicho la señá Frasquita es la pura 115-15 verdad!—gritó el señor Juan López, deseando congraciarse con Doña Mercedes, visto que ella imperaba en el Corregimiento.
—¡Todo! ¡Todo!—añadió Toñuelo, siguiendo la corriente de su amo. 115-20
—¡Hasta ahora..., todo!—agregó el Corregidor, muy complacido de que las explicaciones de la navarra no hubieran ido más lejos...
—¡Conque eres inocente! (exclamaba en tanto el tío Lucas, rindiéndose a la evidencia).—¡Frasquita 115-25 mía, Frasquita de mi alma! ¡Perdóname la injusticia, y deja que te dé un abrazo!...
—Esa es harina de otro costal... (contestó la Molinera, hurtando el cuerpo).—Antes de abrazarte, necesito oír tus explicaciones... 115-30
—Yo las daré por él y por mí...—dijo Doña Mercedes.
—¡Hace una hora que las estoy esperando!—profirió el Corregidor, tratando de erguirse.
—Pero no las daré (continuó la Corregidora, volviendo 116-5 la espalda desdeñosamente a su marido) hasta que estos señores hayan descambiado vestimentas...; y, aun entonces, se las daré tan sólo a quien merezca oírlas.
—Vamos... Vamos a descambiar... (díjole el murciano 116-10 a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberlo asesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamente morisco).—¡El traje de Vuestra Señoría me ahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo he tenido puesto!... 116-15
—¡Porque no lo entiendes! (respondiole el Corregidor). ¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo, para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacen las exculpaciones de mi mujer!
La Corregidora, que oyó esta palabras, tranquilizó a 116-20 la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellos afanados ángeles cuyo ministerio es guardar a los hombres.
XXXIV
TAMBIÉN LA CORREGIDORA ES GUAPA
Salido que hubieron de la sala el Corregidor y el tío Lucas, sentose de nuevo la Corregidora en el sofá; colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose a los domésticos y ministriles que obstruían la puerta, les dijo con afable sencillez: 117-5
—¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros a esta excelente mujer todo lo malo que sepáis de mí.
Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablar a un mismo tiempo; pero el ama de leche, como la persona que más alas tenía en la casa, impuso silencio 117-10 a los demás, y dijo de esta manera:
—Ha de saber V., señá Frasquita, que estábamos yo y mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperando a ver si venía el amo y rezando el tercer Rosario para hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña 117-15 había sido que andaba el señor Corregidor detrás de unos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarse hasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimos ruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde mis señores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz, 117-20 muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en la alcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen! al entrar, vimos que un hombre, vestido como mi señor, pero que no era él (¡como que era su marido de V.!), trataba de esconderse debajo de la cama.—«¡Ladrones!» principiamos a gritar desaforadamente, y un momento después la habitación estaba llena de gente, y los alguaciles sacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor.—Mi Señora, que, como todos, había reconocido 118-5 al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió que hubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentos que partían las piedras...—«¡A la cárcel! ¡A la cárcel!» decíamos entre tanto los demás.—«¡Ladrón! ¡Asesino!» era la mejor palabra que oía el tío Lucas; 118-10 y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared, sin decir esta boca es mía.—Pero, viendo luego que se lo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir, aunque verdaderamente mejor sería para callado:—«Señora, yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el 118-15 asesino... de mi honra está en mi casa, acostado con mi mujer.»
—¡Pobre Lucas!—suspiró la señá Frasquita.
—¡Pobre de mí!—murmuró la Corregidora tranquilamente. 118-20
—Eso dijimos todos... «¡Pobre tío Lucas y pobre Señora!»—Porque... la verdad, señá Frasquita, ya teníamos idea de que mi señor había puesto los ojos en V..., y, aunque nadie se figuraba que V....
—¡Ama! (exclamó severamente la Corregidora). 118-25 ¡No siga V. por ese camino!...
—Continuaré yo por el otro... (dijo un alguacil, aprovechando aquella coyuntura para apoderarse de la palabra).—El tío Lucas (que nos engañó de lo lindo con su traje y su manera de andar cuando entró en la 118-30 casa; tanto que todos lo tomamos por el señor Corregidor), no había venido con muy buenas intenciones que digamos, y si la Señora no hubiera estado levantada..., figúrese V. lo que habría sucedido...
—¡Vamos! ¡Cállate tú también! (interrumpió la 119-5 cocinera).—¡No estás diciendo más que tonterías!—Pues, sí, señá Frasquita: el tío Lucas, para explicar su presencia en la alcoba de mi ama, tuvo que confesar las intenciones que traía... ¡Por cierto que la Señora no se pudo contener al oírlo, y le arrimó una bofetada en 119-10 medio de la boca, que le dejó la mitad de las palabras dentro del cuerpo!—Yo misma lo llené de insultos y denuestos, y quise sacarle los ojos... Porque ya conoce V., señá Frasquita, que, aunque sea su marido de V., eso de venir con sus manos lavadas... 119-15
—¡Eres una bachillera! (gritó el portero, poniéndose delante de la oradora).—¿Qué más hubieras querido tú?...—En fin, señá Frasquita; óigame V. a mí, y vamos al asunto.—La Señora hizo y dijo lo que debía...; pero luego, calmado ya su enojo, compadeciose 119-20 del tío Lucas y paró mientes en el mal proceder del señor Corregidor, viniendo a pronunciar estas o parecidas palabras:—«Por infame que haya sido su pensamiento de V., tío Lucas, y aunque nunca podré perdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de 119-25 V. y mi esposo crean durante algunas horas que han sido cogidos en sus propias redes, y que V., auxiliado por ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta. ¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellos que este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos 119-30 acomode!»—Adoptada tan graciosa resolución, la Señora y el tío Lucas nos aleccionaron a todos de lo que teníamos que hacer y decir cuando volviese Su Señoría; y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduña tal palo en la rabadilla, que creo no se le olvidará en 120-5 mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas!...
Cuando el portero dejó de hablar, ya hacía rato que la Corregidora y la Molinera cuchicheaban al oído, abrazándose y besándose a cada momento, y no pudiendo en ocasiones contener la risa. 120-10
¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!...—Pero el lector se lo figurará sin gran esfuerzo: y, si no el lector, la lectora.
XXXV
DECRETO IMPERIAL
Regresaron en esto a la sala el Corregidor y el tío Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.
—¡Ahora me toca a mí!—entró diciendo el insigne D. Eugenio de Zúñiga.
Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos 121-5 como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial, que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocaba en la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasis y una frescura indescriptibles:
—¡Merceditas..., estoy esperando tus 121-10 explicaciones!...
Entretanto, la Molinera se había levantado y le tiraba al tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas, mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros ojos. 121-15
El Corregidor, que observara aquella pantomima, quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse una reconciliación tan inmotivada.
Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho un vinagre: 121-20
—¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros! Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como marido y como Corregidor!
Y dio otro bastonazo en el suelo.
—¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes, acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D. Eugenio).—Pues vaya V. descuidada, que este escándalo no tendrá ningunas consecuencias.—¡Rosa!: alumbra a estos señores, que dicen que se marchan...—Vaya 122-5 V. con Dios, tío Lucas.
—¡Oh... no! (gritó el de Zúñiga, interponiéndose). ¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucas queda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad!—¡Hola, alguaciles! ¡Favor al Rey!... 122-10
Ni un solo ministro obedeció a D. Eugenio.—Todos miraban a la Corregidora.
—¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre!—añadió ésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todo el mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza 122-15 ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos, y agachándose graciosamente, hasta completar la reverencia que a la sazón estaba de moda, y que se llamaba la pompa.
—Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero 122-20 aquellos...—seguía mascujando el vejete, tirándole a su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejor iniciadas.
¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!
Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón 122-25 los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignó al fin decirle a su esposo, con el acento que hubiera empleado una Czarina de todas las Rusias para fulminar sobre un Ministro caído la orden de perpetuo destierro a la Siberia: 122-30
—Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasado esta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella, como era regular, no tendrías necesidad de preguntárselo a nadie.—Por lo que a mí toca, no hay ya, ni habrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte; 123-5 pues te desprecio de tal modo, que si no fueras el padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por ese balcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio.—Conque, buenas noches, caballero.
Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó 123-10 sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía con su mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y del gabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrás de sí; y el pobre hombre se quedó plantado en medio de la sala, murmurando entre encías (que no entre 123-15 dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otro ejemplo:
—¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!...—¡Garduña me buscará otra!
XXXVI
CONCLUSIÓN, MORALEJA Y EPÍLOGO
Piaban los pajarillos saludando el alba, cuando el tío Lucas y la señá Frasquita salían de la Ciudad con dirección a su molino.
Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminaban apareadas las dos burras. 124-5
—El domingo tienes que ir a confesar (le decía la Molinera a su marido); pues necesitas limpiarte de todos tus malos juicios y criminales propósitos de esta noche...
—Has pensado muy bien... (contestó el Molinero). 124-10 Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dar a los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, y ponerla toda de nuevo.—¡Yo no me acuesto donde ha sudado aquel bicho venenoso!
—¡No me lo nombres, Lucas! (replicó la señá Frasquita).—Conque 124-15 hablemos de otra cosa. Quisiera merecerte un segundo favor...
—Pide por esa boca...
—El verano que viene vas a llevarme a tomar los baños del Solán de Cabras. 124-20
—¿Para qué?
—Para ver si tenemos hijos.
—¡Felicísima idea!—Te llevaré, si Dios nos da vida.
Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sin haber salido todavía, doraba ya las cúspides de las montañas.
. . . . . . . . . . .
A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que no esperaban nuevas visitas de altos personajes después 125-5 de un escándalo como el de la precedente noche, concurrió al molino más señorío que nunca. El venerable Prelado, muchos Canónigos, el Jurisconsulto, dos Priores de frailes y otras varias personas (que luego se supo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima) 125-10 ocuparon materialmente la plazoletilla del emparrado.
Sólo faltaba el Corregidor.
Una vez reunida la tertulia, el señor Obispo tomó la palabra, y dijo: que, por lo mismo que habían pasado 125-15 ciertas cosas en aquella casa, sus Canónigos y él seguirían yendo a ella lo mismo que antes, para que ni los honrados Molineros ni las demás personas allí presentes participasen de la censura pública, sólo merecida por aquel que había profanado con su torpe conducta una 125-20 reunión tan morigerada y tan honesta. Exhortó paternalmente a la señá Frasquita para que en lo sucesivo fuese menos provocativa y tentadora en sus dichos y ademanes, y procurase llevar más cubiertos los brazos y más alto el escote del jubón: aconsejó al tío Lucas 125-25 más desinterés, mayor circunspección y menos inmodestia en su trato con los superiores; y acabó dando la bendición a todos y diciendo: que, como aquel día no ayunaba, se comería con mucho gusto un par de racimos de uvas.
Lo mismo opinaron todos... respecto de este último particular..., y la parra se quedó temblando aquella tarde.—¡En dos arrobas de uvas apreció el gasto el 126-5 Molinero!
. . . . . . . . . . .
Cerca de tres años continuaron estas sabrosas reuniones, hasta que, contra la previsión de todo el mundo, entraron en España los ejércitos de Napoleón y se armó la Guerra de la Independencia. 126-10
El señor Obispo, el Magistral y el Penitenciario murieron el año de 8, y el Abogado y los demás contertulios en los de 9, 10, 11 y 12, por no poder sufrir la vista de los franceses, polacos y otras alimañas que invadieron aquella tierra ¡y que fumaban en pipa, en el presbiterio 126-15 de las iglesias, durante la misa de la tropa!
El Corregidor, que nunca más tornó al molino, fue destituido por un mariscal francés, y murió en la Cárcel de Corte, por no haber querido ni un solo instante (dicho sea en honra suya) transigir con la dominación 126-20 extranjera.
Doña Mercedes no se volvió a casar, y educó perfectamente a sus hijos, retirándose a la vejez a un convento, donde acabó sus días en opinión de santa.
Garduña se hizo afrancesado. 126-25
El Sr. Juan López fue guerrillero, y mandó una partida, y murió, lo mismo que su alguacil, en la famosa batalla de Baza, después de haber matado muchísimos franceses.
Finalmente: el tío Lucas y la señá Frasquita (aunque no llegaron a tener hijos, a pesar de haber ido al Solán de Cabras y de haber hecho muchos votos y rogativas) siguieron siempre amándose del propio modo, y alcanzaron una edad muy avanzada, viendo desaparecer el 127-5 Absolutismo en 1812 y 1820, y reaparecer en 1814 y 1823, hasta que, por último, se estableció de veras el sistema Constitucional a la muerte del Rey Absoluto, y ellos pasaron a mejor vida (precisamente al estallar la Guerra Civil de los Siete años), sin que los sombreros de 127-10 copa que ya usaba todo el mundo pudiesen hacerles olvidar aquellos tiempos simbolizados por el sombrero de tres picos.
FIN.
NOTES
The references are to page and line of the text.
1, 9. pícaros. This word, as a substantive here, and as an adjective elsewhere, may fairly be said to defy translation into English. In this place it has reference to the heroes of the so-called picaresque novels, a singularly Spanish manifestation of the best times of letters in Spain, whereof a belated type or imitation occasionally shows itself even to-day. The pícaro is an adventurer, a rogue, a clown; oftentimes a thief, almost always a swindler; regularly a good fellow of his kind, always telling his own story, and usually coming to some rather respectable end; and all this is suggested in the word. On the picaresque novel, see F. De Haan, An Outline of the History of the Picaresque Novel in Spain, The Hague and New York, 1903, and F. W. Chandler, Romances of Roguery, Part I, New York, 1899; also, David Hannay, The Later Renaissance, Edinburgh, 1898.
As an adjective, the word may mean variously: low, sly, immoral, naughty, mischievous, perverse, shameless; it may be a term of the harshest reprobation, or of the most affectionate reproof.
2, 16. tío. The Spanish uses of the word are not unlike those of our word uncle; hence some explanation is needed for its application to the miller, in whose case there can be no question of old age, neither of any pejorative adumbration, the two usual suggestions. I think it may be said Tío Lucas was Tío Lucas because he needed some appelation, and was not up to Señor; also because of his friendly disposition. In 29, 10 tía Josefa is evidently pejorative.
3, 12. las licencias necesarias. The censoring and licensing of books in Spain antedates printing by quite two hundred years. Provision was made for it by Alfonso el Sabio in the Siete Partidas (1256-1263). The function was gradually assumed by the Inquisition, after its establishment in 1480, first tacitly, and with the coöperation of the civil authorities, later, after 1640, independently. From 1550 on no book could be published or circulated in Spain without the aprobación and the other formalities whose sum constituted the licencias necesarias. The general practice went out with the Inquisition, though the Church maintains its Index in Spain as elsewhere. It may be not out of place to remark that the licencias, though doubtless irksome oftentimes to the author and publisher, are at present as useful to the student of literature in the matter of determining dates as is the baptismal certificate to the writer of biography. For various data, see Ticknor, History of Spanish Literature, vol. I, pp. 420 sqq.
3, 15. gracioso. The gracioso, the "droll servant," is the essentially comic character of the Spanish classic drama, as the Clown and the Fool of the English. The first examples of the gracioso are in two plays of Bartolomé Torres Naharro, and the type is constant from Lope de Vega on.
3, 18. romances de ciego: songs and ballads printed coarsely on loose sheets of paper, and sold about the streets of the larger Spanish towns by the blind beggars.
3, 21. D. Agustín Durán. A prominent Spanish man of letters, author, editor, and critic, of lasting influence and importance. Son of a court physician, he was born at Madrid in 1793, died 1862. His Romancero General, here referred to, the standard collection of old Spanish songs and ballads, was published in two volumes of the Biblioteca de Autores Españoles (Madrid, Rivadeneyra), in 1849 and 1851, and has been kept in print ever since.
4, 21. Estebanillo González. The reference is to the closing words of the prólogo to the picaresque novel Vida y Hechos de Estebanillo González, where the author addresses his reader: "Donde, después de haberla leído y héchote más cruces que si hubieras visto al demonio, la tendrás por digna y merecedora de haber salido a luz." Estebanillo González is published in the second volume of Novelistas Posteriores a Cervantes, of the Biblioteca de Autores Españoles; the passage quoted is on page 286. Compare also De Haan, op. cit. p. 49; Chandler, op. cit., p. 243 sqq.
5, 3. después del de (180)4 y antes del de (180)8. Compare 7, 5: [p. 131] supongamos que el de 1805. As a matter of fact, no one of the years suggested (1804-1808) quite meets all the specifications, as the depositions referred to in 5, 8 took place in 1806 and 1807; see the table in note to that line.
5, 4. Don Carlos IV de Borbón. Charles IV, King of Spain, born at Naples, 1748, succeeded his father, Charles III, in 1788, abdicated March 18th, 1808, died at Rome, 1819.
5, 8-9.
Louis XIV (of France)
|
Louis (Dauphin)
|
| |
Louis, Dauphin, Duke of Burgundy Philip, Duke of Anjou,
| Philip V of Spain
Louis XV |
| |
Louis, Dauphin | | |
| Ferdinand VI Charles III Philip, Duke
Louis XVI (jefe de ellos) of Spain of Spain of Parma
beheaded January 21, 1793. | |
| Ferdinand
| | of Parma
Charles IV Ferdinand IV |
of Spain, King of Naples, Louis
deposed 1808. deposed 1806 (died 1803)
|
Charles Louis
Duke of Parma,
deposed 1807.
5, 13 sqq. Rívoli, village of Italy, near Verona, where Bonaparte defeated the Austrians, January 14, 1797.—Marengo, village 3 miles south-east of Alessandria in Piedmont. The battle of Marengo, fought June 14, 1800, was one of Napoleon's greatest victories and narrowest escapes.—las Pirámides; the battle of the Pyramids was fought July 21st, 1798.—Corona de Carlo Magno; Napoleon I was crowned emperor December 2d, 1804.
6, 2. The Spaniard is specially fond of parenthetical interjection of a votive kind, and rarely omits it in speaking of the dead. The phrase used here is frequent, though rather of the elaborate: ¡Que santa gloria haya! often abbreviated in writing to ¡q. s. g. h! is one of the frequent simpler forms. Parentheses of another, though analogous sort, are C. m. b. or C. p. b.—cuyas manos, cuyos pies beso—often inserted in letters after the name of some person; and there are others. The Latin absit omen! may be called to mind in this connection.
6, 12. Gaceta. The Gazette, the official newspaper of Spain, was established in 1661. By decree of 12 April, 1791, all newspapers except this one were suppressed; and as it was not until after 1811 that the Cortes of Cadiz restored in some measure the liberty of the press, the Gaceta was at the time of the story the only source of information accessible to Spaniards, except perhaps in one or two of the largest cities. Alarcón pokes a bit of fun at the Gaceta, in the present passage; and Richard Ford, in the 1845 edition of his Handbook for Travellers in Spain, vol. II, page 728, says of it: "Its pages for the last fifty years, the French Moniteur only excepted, are the greatest satire ever deliberately published by any people on itself."
6, 21. Inquisición. The Inquisition in Spain was suspended by a decree of Napoleon, December 4th, 1808. Ferdinand VII made various efforts to restore it, and it did not disappear finally until 1834. It had been established by a decree promulgated at Toledo in December, 1480, to commissioners appointed in September of that year, and its first court was held at Seville in 1481. See H. C. Lea, A History of the Inquisition in Spain, Vol. I, New York, 1906, pp. 160 sqq.; Ch. V. Langlois, L'inquisition d'après des travaux récents.
6, 23. fueros. The fuero was a special privilege or concession granted by the king to any particular province, town, or individual. Celebrated examples in Spanish national history are those granted to Aragon and to the Basque provinces. On the fuero see Rafael Altamira y Crevea, Historia de España y de la Civilización Española, Barcelona, 1900 and 1902, vol. I, pp. 502 sqq. The word fuero is also used to denote the body of municipal law, and as title of a collection of statutes, as in Fuero Juzgo, Fuero Real, etc.
6, 26. Corregidor. In the cities of Spain in which there was neither royal governor nor court, the corregidor was, under the old régime, the most important personage, filling at once the offices of judge, financial administrator, head of the council, and prosecutor. His authority, especially in the remote towns, was practically unlimited.
He was appointed directly by the king. With constitutional government, he has lost importance, and when found is simply an alcalde, or mayor.
6, 28. The unabridged text here is: "y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas, y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos-civiles, y hasta cincuenta tributos más, cuya nomenclatura no viene a cuento ahora." The best account of all these taxes is to be found under the appropriate headings in Marcelino Martínez Alcubilla, Diccionario de la Administración española, fifth edition, Madrid, 1892. They were nearly all abolished by the reforms introduced by Mon in 1846.
7, 2. la; sc. historia.
8, 2. ciudad. On the subject of the locality, Alarcón tells us in the omitted portions of the preface already referred to, that the different ballads assign different places to the action; the one published in Durán's Romancero bears the title El Molinero de Arcos, and the scene is laid at Arcos de la Frontera; another, a romance de ciego this, puts it at Jerez de la Frontera, as does also a third, repeated to Alarcón by Hartzenbusch; and he says that the peasant folk of Estremadura, among whom also the story is current, locate the action at Plasencia, Cáceres, and other towns of that province. He concludes, after having told us that Repela's version mentions no names: "En tal situación, y considerando que Repela nació, vivió y murió en la provincia de Granada; que su versión parece la auténtica y fidedigna, y que aquella es la tierra que mejor conocemos nosotros, nos hemos tomado la licencia de figurar que sucedió el caso en una ciudad, que no nombremos, del antiguo reino granadino."
Bonilla, in the article referred to in the introduction to this book, publishes still another ballad which begins "En cierto lugar de España," and makes no nearer reference to the place.
Enough has been said to make it clear that the story is widely known in various parts of Spain, as part of local rhyme; and, indeed, we have Alarcón's word in his preface, that this is so; we may properly make an effort towards a nearer identification of the place he had in his mind when he wrote. To this end, compare with what has just been said the paragraph beginning with line 18 of page 24, remembering that Alarcón was born in Guadix; and, read in connection with this last-named passage, the following, taken from page 273 of De Madrid a Nápoles: "Guadix fue una de las más importantes colonias de los romanos; después, en poder de los moros, llegó a ser hasta capital de un reino; verificada su reconquista por los Reyes Católicos, aún conservó durante tres siglos sus aires señoriles, y allá por el año de 8, cuando la invasión francesa, los graves señores que eran regidores perpetuos vestían sendas capas de grana, ceñían espadín y se cubrían con sombrero de tres picos.—¡Yo he alcanzado a conocer esta vestimenta de mi abuelo, que se conservaba en mi casa como una reliquia, y que nosotros, los hijos de 1833, irreverentes a fuer de despreocupados, dedicamos a mil profanaciones en nuestros juegos infantiles!" Wherefrom we may safely conclude, without pushing matters at all to extremes, that it was Guadix that surely furnished most of the local coloring for our story.
8, 5. día de precepto. Holy days of obligation are certain days independent of Sundays and feasts that may fall on them, on which it is required to hear mass, and to abstain from servile work. Those universally observed are: The Circumcision of Our Lord (January 1st); Ascension Day (forty days after Easter); the Assumption of the Blessed Virgin (15th August); All Saints' Day (1st November); the Nativity of our Lord (Christmas Day); and the Feast of the Immaculate Conception (8th December); in Spain there are numerous others.
8, 5. The meals of the Spanish household order as indicated here are the almuerzo, breakfast; comida, dinner; cena, supper. The chocolate of line 11 is the irregular luncheon more generally called merienda. The more usual arrangement in the household economy of the larger cities of Spain to-day includes the desayuno at rising, usually simply a cup of chocolate; almuerzo, the second breakfast, or luncheon, at from ten o'clock to one; the merienda, if taken, after the siesta, at four or five o'clock; and the comida at eight or after in the evening. This late comida is also sometimes called cena; though often the real cena is served, a very late supper. In view of this rather formidable list, it should be said that the Spaniard generally is not a heavy eater, and that he is usually more than common sober in the matter of drinking.
8, 10. Rosario. The saying of the prayers of the Rosary is an entirely private devotion, and as such may be done at any hour (compare 117, 14); the present passage would indicate that twilight was the usual season chosen to this use by the people of the Ciudad.
8, 12. tertulia. This word is almost as difficult to translate as pícaro, though quite in another way. A tertulia is a social gathering, of regular recurrence, for conversation or other amusement, very informal in its character, and laying the very smallest amount of social responsibility on the host. There is usually also a large measure of uniformity in the personnel of the attendance. In short, the word covers the ground from the afternoon meeting of friends for gossip in a Madrid bookshop, to the reception day of an embassador. Party, reception, gathering, club, conversazione, levee, are some of the words used frequently in translation; but no one of them quite covers the whole ground, which is perhaps not surprising, as the thing in itself is peculiarly Spanish.
8, 14. Ánimas. Seven o'clock in the evening, when the De profundis is recited for the souls of the dead.
8, 16. guisado, "cooked," pp. of guisar, used as substantive, and by antonomasia for stew, fricassee.
9, 4. entremés, sainete, auto sacramental. The entremés is a very short dramatic interlude of very light character, rarely more than a few minutes in the acting, which was performed between the acts of the heavier plays: the sainete (dim. of saín: the tit-bit—bit of brain or flesh from the quarry, given the hawk by the falconer) was a similar postlude. The latter name has been generalized in Spanish and French literature (French la saynète), to mean a very short comedy or farce, with two or at most three or four characters. The auto sacramental was a religious play often of allegorical or mystical character, written for the feast of Corpus Christi, and performed under the auspices of the church on that day or the days immediately following. See Ticknor, II, pp. 449-450, and on the auto sacramental, II, pp. 348 sqq.; Casiano Pellicer, Tratado histórico sobre el origen y progresos del histrionismo en España, Madrid, 1804, pp. 18 sqq., 189 sqq., and for a good account of the performance of the auto, 257 sqq.
9, 10. volver á las andadas, going back over our traces.
10, tit. III. Do ut des: One good turn deserves another, or Turn about is fair play.
10, 15. parral has two meanings, either one of which would be in place here. It is (1) a very large untrimmed grape-vine, or (2) a number of parras, i. e. of grape-vines, trained over trellises to form an arbor.
10, 24. macarros, macaroon, differing from those we know by not being necessarily of almond meal, being rather larger and rather darker in color.
11, 3. rosetas, a Spanish popcorn, so called from the shapes taken by the kernels at bursting. "Son granos de maíz, tostados al fuego. Suelen colocarse, para ello, sobre una plancha cualquiera de metal, y, así que se calientan, saltan, adoptando la forma de masas blancas, con estrías algo semejantes a las de la rosa" (Bonilla).
11, 6. vino de pulso, home-made wine, i. e. wine pressed by hand.
11, 7. al amor de la lumbre, taken exactly, means just near enough to the fire to be well warmed, but not scorched; trans., in the glow of the fire.
por Pascuas, on feast-days, on special occasions. The word Pascua primarily is the name of four greater feasts of the church: Easter (Pascua de Resurrección, de Flores, or Florida); Pentecost (Pascua de Espíritu Santo); Christmas (Pascua de Navidad); and Epiphany (Pascua de Reyes). The plural stands first for the days between Christmas and Epiphany. Secondarily, Pascua has come to mean any three-day feast of the church; and in the plural, as here, any season of more than usual rejoicing.