LA MUERTE DE CHICO O LA VENGANZA DE UN JUGADOR (continued 2)
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La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.
Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y proclamar la República.
Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte; pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.
Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi podrida.
Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas particulares.
Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la situación en que había quedado la política.
Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.
Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.
En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.
Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no me contestaron.
Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi esquela, mandó ponerme en libertad.
VII. EL HOSPITAL
Tú, Señora, dame agora la tu gracia toda ora que te sirva todavía.
Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor.
Tras de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.
Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen, Antonio Flores, el autor de Ayer, hoy y mañana, y otros.
Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general Eguía:
—Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!
Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador Real.
Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta de Caridad.
Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.
—La he conocido—dije yo—. ¿Qué le pasa?
—Es toda una novela.
La señora contó la historia con detalles.
Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.
Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.
La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.
La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.
Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de ella y abrazó y besó a la enferma.
Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se desmayó.
La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de dulzura.
Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba y la besaba como en otro tiempo.
El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de fuerza y de dulzura.
En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la mano y le decía:
—Perdóname, he sido mala madre.
—No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.
Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su hija apretada en la suya.
El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.
Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.
La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía satisfacer este deseo de su madre.
—Sí, sí, ¿por qué no?
Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja, que se elevaba sobre las miserias del mundo.
Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.
VIII. LA LOCURA
¡Atrás! El negro demonio me persigue.
Shakespeare: El Rey Lear.
A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté:
—¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo?
—No; ya hacía tiempo que se habían separado.
Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el revendedor.
Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y al fijarse en mí quedó inmutado.
—¿Le ha sorprendido a usted el verme?—le dije.
—Sí.
—¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no salían de allí?
—No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.
—¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?—le pregunté con sorna.
El se calló.
—Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?
—Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.
—Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?
—Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.
—¿Y por qué?
—¿No se incomodará usted si le digo la verdad?
—No.
—Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la policía.
—¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón. El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?
—Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.
—¿Qué me dice usted?
—Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de la ronda de Chico le amenazó y le asustó.
Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.
Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.
—¡Qué final!—exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.
IX. ALIMAÑAS
Quien mal anda, mal acaba.
Proverbio.
Habíamos quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta dijera algo más; pero se calló pensativo.
—Quien mal anda, mal acaba—exclamó el tío Chaparro, y luego, dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la lumbre, añadió—: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de locos y de alimañas.
Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.
Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada, como si previeran algún peligro próximo.
Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos iluminaba con un farol.
Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el Eclesiastés, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá la serpiente».
París, noviembre, 1920.