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El pintor de Salzburgo

ADELA (continued 2)

Tomás Orts-Ramos translation

A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta años, pálido, con la cabeza inclinada, los brazos caídos y los hombros cubiertos de largos cabellos negros. Al mirarle más atentamente, vi en sus ojos extraviados un aire de melancolía sombría que me hizo comprender que se trataba del hijo de los infortunados que acababa de dejar. «¿Qué tal, amigo mío—le dije—, te encuentras ahora mejor?» «¡Oh! yo creo que estaré mejor—contestó—cuando los árboles cambien la hoja, y cuando los prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no habrá primavera. El sol es blanco y frío, las flores no tienen fuerza para abrirse y no se oyen en el campo más que pajarillos piando en los breñales. ¡Antes había un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una primavera como las de mi juventud, me parece que me curaría, pero no las veré ya.» Quise hablarle de Adela y me interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios. «No hay que nombrarla tan alto—me dijo—, podría desvanecerse. Los ángeles no hacen más que pasar sobre la tierra. Jamás se les ha visto envejecer. ¡Dios los envía alguna vez para consolar a los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado! Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegría, porque les place volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque ya no volvería a verlo.»

Cuando acababa este discurso se había arrodillado sobre una roca en actitud de orar. Me alejé de allí sin que él se diese cuenta, reflexionando sobre todas mis emociones del día, e incierto aún sobre lo que debía hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.

Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se dirigía lentamente hacia el vestíbulo, por el lado de la escalera que conduce a su habitación. Corrí hacia ella y, asiéndola bruscamente de un brazo, la arrastré, sin decirle ni una palabra, hasta el salón donde aún estaban todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensarían ante mi actitud, la presenté ante ellos gritando: «Hable usted, señorita, y justifíquese de las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los días a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo acabo de comprobarlo; pero diga usted cómo es posible que, siendo dados esos socorros en nombre de la señora priora, ella lo niegue, y qué secreto hay en todo eso.»

Después me he dejado caer en un sillón y he cubierto mis ojos con una mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestaría.

Mientras tanto, Adela se había arrojado a las rodillas de la priora que regaba con sus lágrimas. «Perdone usted que me haya atrevido a servirme de su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yo repartía, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante las desgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar más aún sus cargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos para gozar también del placer de hacer bien. ¿No hubiera sido una injusticia que recogiese yo todo el fruto robándole un reconocimiento al cual sólo usted es acreedora? ¿Qué podría hacer yo por los desgraciados si usted no hubiese hecho tanto por mí?»

¡De qué peso no libró a mi pecho aquella explicación! Todos estaban emocionados, cohibidos; mi madre, el señor de Montbreuse, Eudoxia misma, guardaban un silencio respetuoso. Tal es el imperio de la bondad y de la inocencia. No había ni una de aquellas almas soberbias que no se humillase involuntariamente ante aquella joven un momento antes despreciada. En cuanto a la señora Adelaida, había levantado a Adela, e incapaz de expresar de otro modo su alegría, sollozaba estrechándola contra su corazón, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre sus brazos su rubor modesto y su conmovedora emoción.

¡Con qué saña hubiera podido yo devolver las sangrientas ironías con que poco antes me habían asaeteado si hubiera querido aprovecharme de la ventaja que la situación me daba! pero pude contener mi justa indignación, o, mejor dicho, me limité a expresarla por un silencio absoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien una austeridad exagerada de principios, fortificada quizá por algún orgullo natural, hace con frecuencia escéptico sobre la virtud, me ha demostrado, no obstante, con un apretón de manos, que estaba satisfecho de mí. En fin, mi madre, después de algunas palabras triviales, ha pedido su coche y yo la he acompañado. La turbación de su actitud, del embarazo en que la veía, una palabra pronunciada al azar, me han dado lugar a creer que era aquél el momento de enterarla de lo que necesariamente había de saber más pronto o más tarde. Le he hablado de Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sería mi esposa. Sea que hubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que le impusiera el tono resuelto de mi voz, insistió menos aún de lo que yo pensaba, y todo me hace esperar que no violentará mis aficiones.

Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mi madre depende de un pleito que se verá dentro de pocos días y que me ha encargado continúe yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancado de aquí en estas circunstancias, y no sé qué terror involuntario... Las ideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algún tiempo, te inspirarían verdadera lástima.

8 de junio.

La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto como me ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos han contribuido a apresurar mi regreso. Sentía impaciencia por volver a ver a Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los días del hombre transcurren tan rápidamente, que no hay más que una preocupación bien inexplicable que pueda distraernos del cuidado de embellecerlos.

El proceso de mi madre yo lo veía claro, lo que no ha sido obstáculo para que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que ha quedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y le he hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelante podrá disponer de ella sin responsabilidad, sin obstáculo; esto es un sacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. ¿Qué necesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico de gustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cómoda que produzca un poco más de lo necesario, un jardín no muy vasto, pero bien ordenado; un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueños; una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mi alrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitios solitarios, una campiña fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, si es posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; ¿qué hace falta más para ser dichoso? Mi imaginación no entra para nada en este deseo. Yo soy bastante rico para elegir, y ésa es la elección que hago. Añade a esta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejor dicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para mi corazón, y tendrás una idea de mi retiro encantado, del Edén que espero.

Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parientes lejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distinción sirvió en nuestro ejército. Este hombre verdaderamente venerable me ha demostrado un interés casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dicho también que si mi madre no se hubiese dejado engañar por las gentes que la rodean, él la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas, pero que, a pesar de lo ocurrido, no había cambiado de manera de pensar y que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, ya sea para ajustar los lazos que las disensiones habían rebajado en demasía. Ha añadido que podría ser muy bien que yo no fuese extraño a su plan, pero que esta última cláusula estaba subordinada a ciertos informes que tenía que recoger en una aldea de los alrededores.

Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestros hechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de los vicios de nuestra organización militar y de los motivos que han hecho esta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente inútil. El señor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo, y sus opiniones han rectificado singularmente las mías sobre muchos hechos acerca de los cuales algún día tendré ocasión de hablarte.

Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a la ventanilla para ver la ventana de la habitación de Adela, en el ángulo del edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yo tenía que pasar por allí. Hoy ya no podré verla porque hemos llegado demasiado tarde, y, además, tengo demasiado que hacer para poder permitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitaría una de sus miradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separé de ella. ¡Dios mío, abreviad esta noche!

9 de junio.

Eduardo, ¿qué han hecho de mí? todas mis ilusiones han quedado destruidas... Mi corazón ha sido cruelmente herido...

No necesito ya más, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormir eternamente; porque es el sueño de la nada el que yo imploro. ¡Quiera el cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad que eternizaría mi dolor y mi humillación!...

He aquí lo que me han dicho en el castillo de Valency; ¿por qué no habría de comunicártelo fríamente?...

La tal Adela me ha engañado; así, al menos, me lo han dicho. ¡Desgraciado de mí! Es imposible dudarlo, pero tú también buscarías algunos razonamientos para no creerlo. Amaba en secreto a uno de los domésticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yo nunca me había fijado. ¿No es sorprendente que esto me haya pasado inadvertido, a mí, cuyo corazón se alarma tan fácilmente? ¿Me hubiera hecho traición si yo la hubiese amado con menos confianza, con menos abandono? Ella, no obstante, me amaba... ¿cómo ha podido dar este espantoso premio a mi ternura? Las almas más frías se hubieran confiado como la mía. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candor celeste de la virtud, ¿no eres más que una quimera?

Ese doméstico ha pedido su sueldo y al día siguiente han partido para ir a casarse a otro sitio; esta atención tengo que agradecerle: es todo lo que ha hecho por mí.

Así, de pronto, nada parece más falso que lo que te estoy diciendo.

Daría mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella es inocente; ¡sería tan dulce morir con esta idea!

Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarse demasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto la llora. Yo no la lloro, la indignación no llora; la lloraría si hubiese muerto.

Hace cinco días que partieron; no hay nadie en la aldea que no los viese. Para cerciorarme más he enviado a Latour y le han dicho que la habían reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada; los niños la siguieron con la mirada hasta el bosque.

Me parece que la venganza me aliviaría; pero, ¿qué venganza puede tomar un hombre como yo?... ¡Un hombre como yo!... ¡Maldición!... Quizás es eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo para escapar de un hombre como yo.

¿Qué había hecho yo para merecer semejante ultraje? ¡Ah! ¡si ella supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no volverlo a encontrar! ¡Cuán agradecido le estaría si con una puñalada por detrás—ese cobarde asesinato no tendría nada de temerario para la mano de una mujer—se hubiera dignado evitarme los tormentos que me devoran!

Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores, se vería obligada a confesar que el odio más implacable...

¡Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos! ¡Sólo yo destruyo esta inmensa armonía! ¡Yo solo, perdido, abandonado, olvidado de Dios, que me ha retirado su protección!

10 de junio.

Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperación. Es espantoso enterarme de circunstancias que nunca nos hubiéramos atrevido a prever ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos está prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no queda más que un recuerdo pesaroso.

Figúrate tú que el señor de Seligny es el padre de la infortunada de quien Adela recibió la vida. El matrimonio de Evrard y de Angélica estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia viviría dichosa. Apenas entrado en posesión de sus bienes, el conde creyó que nada podría hacer más agradable a la memoria de su infortunada hija que dedicar al fruto de su unión toda la ternura que antes había tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopción solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara, a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar a fuerza de cariño las penas de su infancia. Además, había pensado que mi padre no vacilaría, en estas condiciones, a acceder a mi unión con Adela. Ella había, en efecto, consentido, y aquella misma noche debían llamarme para informarme del proyecto. El conde también estaba en mi casa y figúrate con qué golpe imprevisto herí al pobre anciano cuando, con el corazón y los ojos llenos de lágrimas, sofocado por la vergüenza y el dolor, me abracé a sus rodillas gritando: «Renuncie usted, renuncie usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza que ha desvanecido con su conducta. ¡Adela no es digna de su padre ni de su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.»

No hay expresión que pueda dar idea de la amargura de mi corazón al repetir los detalles que tú ya conoces. Me parecía que no pronunciaba una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la humillante revelación.

Su padre—¡qué rubor se ha elevado sobre su venerable frente!—confundía sus lágrimas con las mías y sollozaba en mis brazos. «Gastón—me ha dicho después de un largo silencio—, no habré perdido más que a Adela. No por eso dejará usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenían a la tierra se han roto. Ahora es únicamente usted el que me retiene. Prométame que no abandonará usted a su anciano padre y que le permitirá morir a su lado.»

Yo he caído a sus pies y le he pedido su bendición.

Mi madre también estaba conmovida y me ha besado. Yo dudaba que su sensibilidad, embotada por el comercio con espíritus mezquinos, pudiese renacer a las dulces emociones de la naturaleza. He encontrado en su beso toda el alma de una madre, y este descubrimiento me hubiera causado alegría, si yo aun hubiese sido capaz de sentirla. ¿Por qué Adela nos ha abandonado cuando íbamos a ser tan felices?

Yo sé, Eduardo, por qué nos ha abandonado. Porque no era a mí a quien amaba.

11 de junio.

Yo, para quien Adela lo era todo; yo, que hubiera dado cien veces la vida por evitarle el más ligero disgusto, a mí, en fin, es a quien ha sacrificado indignamente. ¡Y es que ella no me amaba a mí!

Obstáculos que parecían invencibles y de los que la misma imaginación se espanta, la distancia de nuestra posición, el tener que rehusar la mano de Eudoxia, las censuras de la gente, el orgullo de mi madre, su maldición tal vez; ¡qué porvenir más siniestro y más amenazador!

Todo se ha allanado, sin embargo, y yo, más desgraciado que antes, querría comprar al precio de toda mi sangre derramada gota a gota, uno de esos instantes de angustia que no supe apreciar.

Querría volver a verte como te había visto, estrecharte, enlazarte entre mis brazos, desflorar con mis labios una de las trenzas de tus cabellos—querría oír tan sólo el rumor de tus ropas al rozar con los matorrales, el ruido de tus pasos sobre las hojas secas, como cuando en el recodo de un sendero, ese ruido me anunciaba tu presencia—. ¡Ay! ¡yo querría que me fuese dable perseverar en el error, creer aún en tu amor, no haberme desengañado!

¡Si al menos perdiese la razón!—¡Los que deliran se hacen unas ilusiones tan extravagantes! ¡Quizás así la vería!

El mismo día.

Latour acaba de entrar en mi habitación. Ha creído ver al amante de Adela, al hombre que, según se dice, la ha hecho huir de aquí. El miserable ha tratado de evitar sus miradas y se ha substraído a sus preguntas apelando a la fuga. Latour, a quien yo he informado de todo lo concerniente a Adela, persiste en dudar de su traición. ¡Que no pueda yo dudar también!

En ciertos momentos, no obstante, yo creo... ¡Qué digo yo y cuál no es mi ceguera! Estoy en el caso del viajero que por la noche pierde pie al borde de un abismo espantoso y se ase a lo primero que encuentra. Un débil arbusto, una mata de hierba, un junco, el punto de apoyo más falso y más incierto le basta para reconciliarse con la esperanza; pero bien pronto se le escapa todo a la vez y desaparece para siempre.

15 de junio.

Ven a mi lado, Eduardo, no te fatigaré más con mis pesares; un día, una hora algunos minutos lo han cambiado todo; soy más dichoso que nunca; sólo tu presencia falta a mi felicidad.

Pero, ¿cómo contarte todo esto sin anticiparte los acontecimientos? ¡Estos últimos instantes están tan llenos de hechos y de emociones! Desde la partida de Adela, yo me había impuesto el fácil deber de substituirla en la distribución de socorros a los enfermos de la choza; oficio bien agradable, Eduardo; esas buenas gentes la han visto también y no me hablaban más que con enternecimiento.

Ayer, aniversario de un día bien doloroso, yo había ido a renovar, en la tumba de mi padre, la ceremonia de duelo, a la cual, ausente y condenado, no había podido asistir la primera vez. Latour debía reemplazarme en mi visita a los pobres; volvió pronto y en un estado de gran agitación. Había encontrado en el camino a una de las niñas de la choza que venía a buscarnos al señor de Seligny y a mí, de parte del señor de Montbreuse moribundo.

Yo no sé si te he dicho que, desde hace algunos días, el señor de Montbreuse parecía haberse retirado de la sociedad y que se había casi confinado en el castillo que posee cerca de aquí; es más propio para alojar las aves de rapiña de la comarca, cuyos viejos torreones son un lugar de cita ordinario. Su ausencia estaba justificada, no obstante, con el pretexto de la caza. Ayer, al franquear un foso sobre el cual había apoyado su escopeta, se disparó ésta y el desgraciado Montbreuse recibió toda la carga en el pecho. Un criado y algunos campesinos lo trasladaron a la cabaña del epiléptico.

Como yo aun tardaría en llegar, el señor de Seligny no quiso perder ni un momento y partió solo a ver al agonizante que, en efecto, parecía expirar, pero, la exclamación involuntaria del señor de Seligny, espantado, que profirió involuntariamente el nombre de Maugis al reconocerle, pareció despertarle por un instante del sueño de la muerte. «¡Maugis!—dijo el infeliz moviendo la cabeza con esfuerzo—; ¡que Dios me perdone!...» «¡Ay!... ¿podrá perdonarle?...»

Después quedó algún tiempo sin movimiento y sin respiración, pero los cuidados que recibió del señor de Seligny y de las gentes de la casa reanimaron un momento su vida y pareció querer hacer una revelación importante, sucediéndose sonidos inarticulados en sus labios: «Adela», dijo. «Sí, ya lo sé», contestó el señor de Seligny tratando de evitarle la dificultad de las explicaciones difíciles. «Adela—continuó Montbreuse—, la hija de Angélica...» «Ya lo sé.» «Adela, la más pura, la más virtuosa de las criaturas...» «¿Y bien?» «Adela, inocente, digna de usted, digna de él... está secuestrada por orden mía...» Maugis no pudo acabar.

No te contaré todas mis angustias de aquella noche. El criado de Montbreuse, a quien Latour había estado a punto de sorprender, informado de la muerte de su señor, ha venido esta mañana a mi casa y me lo ha confesado todo. Montbreuse había urdido esta infame traición con el pretexto de servir los intereses de Eudoxia, que probablemente era extraña a sus manejos; ella había podido creer y, por consiguiente, había tratado de probar a Adela que era una gran desgracia para ella autorizar mi amor, que yo sería más dichoso si ella se alejaba de mí y yo la olvidaba—porque se figuraban que yo la olvidaría—, que todo la obligaba, en fin, a entrar, hasta nueva orden, en un establecimiento religioso donde viviría al abrigo de mis persecuciones. La misma priora aprobó el plan e indicó la casa donde podría refugiarse. Pero éstos no eran los planes de Maugis, que adoraba a Adela desde hacía mucho tiempo y que no tomaba una parte activa en esta intriga más que para hacer una nueva víctima. A alguna distancia del castillo, el carruaje cambió de dirección y condujo a Adela al castillo por caminos extraviados; la noche estaba muy adelantada y nadie lo advirtió. Allí está cautiva Adela, bajo una triple llave de la que ese doméstico es el único depositario, porque Montbreuse, fiel a su hipocresía, afectaba aún no comunicarse con Adela más que por medio de mensajes apasionados, y que era hoy cuando, por primera vez, debía presentarse a sus ojos. A la noticia de esta visita, Adela exclamó: «¡Que ese monstruo no venga aquí, porque me encontrará muerta!» Ya ves, Eduardo, si soy dichoso y si Adela es digna de mí. Ella no había consentido en recluirse más que por deferencia a su madrina, cuya ternura y buenas intenciones no podía desconocer, y por su cariño abnegado hacia mí, que la he calumniado. ¡Olvida, olvida mis indignas sospechas!

No te extrañe que emplee todo este tiempo escribiéndote antes de que me sea devuelta. ¿Qué haría para distraer mi impaciencia mientras espero la dicha? Es preciso, antes de que me sea devuelta, que yo me ocupe de ella, y es a su abuelo—he debido respetar esas conmovedoras conveniencias—a quien corresponde sacarla de su prisión. ¡Juzga la lentitud con que transcurren los instantes esta tarde!

Pero no cerraré mi carta—un carruaje entra en la avenida. ¡Inexpresable felicidad!—¡Adela, mi padre, amigo mío, venid todos! ¡Ven, Eduardo, ven a mi lado!

LATOUR A EDUARDO DE MILLANGES

El mismo día.

Sí, señor, venga, no pierda un minuto, mi pobre amo tiene necesidad de usted. El le ha escrito su felicidad, pero no sabía... Yo he acompañado al señor Seligny al castillo. Hemos subido al piso en que se encontraba encerrada la señorita Evrard, que es el más alto de la casa. Apenas ha oído la llave girar en la cerradura, ha lanzado un grito de horror. «¡Adela, Adela!», ha dicho el señor de Seligny fuera de sí. Hemos entrado. La habitación estaba vacía. De pronto se me ocurre una idea. La ventana está abierta y me abalanzo a ella. ¡Qué cuadro, señor Eduardo! La infortunada había creído oír a Maugis. ¡Y ella había dicho que moriría si se presentaba a ella!

No hay esperanza ninguna; está muerta. ¡Pobre padre! ¡Y él sobre todo! ¡Conciba usted su desesperación!

¡Venga, venga, señor Eduardo! sólo usted quizás... Pero, ¿qué ruido es ése?... ¿será que...? ¡Ah! Dios todopoderoso, ¿qué os hemos hecho para atraer hasta ese punto vuestra cólera? ¡Ay, señor Eduardo, no venga usted!

FIN

NOTAS:

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