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El lindo don Diego

JORNADA PRIMERA

Reading edition

Sala en casa de don Tello.

ESCENA PRIMERA

Sale don Tello, viejo, y don Juan, galán.

Don Tello

Quiera Dios, señor don Juan,

que volváis muy felizmente.

Don Juan

Breves los días de ausente,

señor don Tello, serán;

pues llegar de aquí a Granada

ha de ser mi detención.

Don Tello

La precisa ocupación

de ser hora señalada

esta de estar esperando

dos sobrinos, que han venido

de Burgos, la causa ha sido

de no iros acompañando

hasta salir de Madrid;

que mi amistad no sufriera,

si este empeño no tuviera,

dejar de hacerlo.

Don Juan

Asistid,

señor don Tello, a un empeño

tan de vuestra obligación;

que yo estimo la atención.

Don Tello

Vos de la mía sois dueño;

que el hacer juntos pasaje

los dos de Méjico a España,

hace amistad tan extraña,

que el cariño de un viaje

casi es deudo; y más ahora,

que mi obligación confiesa

favor tanto a la condesa,

vuestra prima y mi señora.

Y pues ha de ser tan breve

vuestra ausencia, hasta volver,

las bodas no se han de hacer.

Don Juan

¿Qué bodas?

Don Tello

De todo debe

daros cuenta mi atención.

Los dos sobrinos que espero

con mis hijas casar quiero.

Don Juan

(Aparte).

¡Cielos! ¿Qué escucho?—

Don Tello

Ellos son

don Mendo y don Diego. A Mendo,

hijo de hermana menor,

le quiero dar a Leonor;

y a Inés, en quien yo pretendo

fundar de mi honor la basa,

para don Diego la elijo,

porque de mi hermano es hijo

y cabeza de mi casa.

Su gala y su bizarría

es cosa de admiración;

de Burgos es el blasón.

Don Juan

(Aparte).

¡Ay de la esperanza mía!

¡Ay, Inés, qué bien se advierte

que, de traición prevenida,

me has encubierto esta herida

para lograrme esta muerte!

Don Tello

¿Qué decís, don Juan?

Don Juan

Que apruebo

vuestros justos regocijos.

Don Tello

Voy a esperar a mis hijos,

que ya este nombre les debo.

Adiós, don Juan.

Don Juan

Él os guarde.

Don Tello

Y a vos os vuelva con bien.

(Vase).

ESCENA II

Don Juan.

Don Juan

Amor, el golpe detén,

que contra la vida es tarde.

Ya con tan cruel herida

mi amor no puede vivir;

pues ¿qué falta por morir,

si era amor toda mi vida?

¡Ay, fe muerta a una mudanza!

¿Cómo pudo, aunque se ve,

ser tan segura una fe

puesta en tan falsa esperanza?

¡Ah, Inés! ¿Para mi partida

me reservaste este daño?

Pero ¿cuándo un desengaño

no viene a la despedida?

Pues diré a voces aquí

mis ansias y mis desvelos,

y me quejaré a los cielos

para quejarme de ti.

Culpen, pues, tu tiranía

sus luces y sus estrellas;

pero ¿qué han de culpar ellas,

si entre ellas está la mía?

ESCENA III

Sale Doña Inés.

Doña Inés

Don Juan, ¿qué es esto? ¿Tú voces,

tú quejas y tú suspiros,

cuando de tu ausencia está

tan cercano mi peligro?

Esperando que se fuese

mi padre, me dio el aviso

tu voz de que estabas solo;

y cuando salgo, te miro

triste, enojado y quejoso.

¿Qué ha sido la causa? Dilo,

señor; que es cruel la duda.

Don Juan

Pues ¿tú, ingrato dueño mío,

por la causa me preguntas?

¿Tú, que eres della el principio,

dudas la razón que tengo

para llorar tus desvíos?

No has de preguntar la causa,

sino si yo lo he sabido;

y entonces te respondiera

mi amor, aunque muerto, fino,

que ya he sabido tu engaño,

que ya tu traición he visto;

y que mi loca esperanza

fue de viento, y la deshizo

el viento que la formaba,

como luz de rayos tibios,

que de un suspiro se enciende

y muere de otro suspiro.

Doña Inés

Don Juan, señor, ¿con quién hablas?

Que de tan bastardo estilo

no puedo ser el sujeto.

¿Tú traición, tú engaño has visto?

No sé, por Dios, lo que dices,

y turbada te replico;

que aunque no tenga razón

tu queja, que no averiguo,

tu tan horroroso estruendo,

para turbar basta el ruido.

Don Juan

¿No tiene razón mi queja?

¡Pluguiera al cielo divino

que yo comprara mi engaño

a precio de ese delito!

Pero mira si la tiene,

pues ya supe, dueño esquivo,

que estás casada, y tu padre

esperando a sus sobrinos,

que han de ser los dos dichosos

a costa de mi martirio;

con Leonor, tu hermana, el uno;

y el otro, ¡ay de mí!, contigo.

Don Diego, Inés, es tu dueño;

claro está que será digno,

tanto como por tu sangre,

por haberte merecido.

Ya halló ocasión tu entereza

de disfrazar sus cariños,

dando en agrados de esposo

envuelto el nombre de primo.

De tu elección no me quejo;

pero ¿qué triunfo has tenido

en que muera de agraviado

quien pudo morir de fino?

¿Para qué ha sido engañarme?

¿Para qué alentarme ha sido?

Tu rigor...

Doña Inés

Don Juan, detente.

¿Qué don Diego, qué sobrinos,

qué casamientos son estos?

¿Quién ese engaño te ha dicho?

Porque no solo es engaño,

mas ni aun yo de él tengo indicio

que llegue a más que saber

que son esos dos mis primos,

que mi padre hoy los espera,

que de Burgos han venido;

mas a casarse no sé,

si no es que tú hallas camino

de que, sin saberlo yo,

pueda casarse conmigo.

Don Juan

Pues ¿esto puede ser falso

cuando tu padre lo ha dicho,

o, siendo tú su hija, puedes

ignorarle este disinio?

Yo, Inés, había deseado,

reconociendo el estilo

de las mujeres, saber

si habrá caso tan preciso

o tan claro desengaño,

donde alguna se haya visto,

sin tener qué responder,

concluida en su delito.

Pero, pues tú hallas en esto

a tu disculpa resquicio,

de que no le puede haber,

me doy, Inés, a partido.

Pero, ¡vive Dios!, tirana,

que no ha de lograr conmigo

tu traición sus agudezas;

y si era el intento mío

partirme para volver

en alas de mi cariño,

ha de ser ahora alejarme

de tu mentiroso hechizo;

tanto, que en mi larga ausencia,

llegue a encontrar el olvido.

A esto voy, y ¡qué mal voy!;

pues si te dejo rendido,

a ti te logro el deseo

y a mí me doy el castigo.

Mas tendré, muriendo, el gozo

de saber en mi martirio

que eres tú la que me mata,

pero yo el que me retiro.

No has de lograr la traición,

huyendo yo mi peligro,

pues por malograrte el rayo

voy a morir del aviso.

Doña Inés

Don Juan, señor, oye, espera.

ESCENA IV

Sale Leonor.

Doña Leonor

Inés, hermana, ¿qué miro?

¿Tú descompuesta? ¿Qué es esto?

Doña Inés

Esto es, Leonor, un delirio:

decir don Juan que mi padre

que estoy casada le ha dicho,

y que esposos de las dos

vienen a ser nuestros primos.

Doña Leonor

Pues, Inés, dice verdad,

porque él ahora me dijo

que prevenidas estemos,

porque él va por sus sobrinos,

que han de ser nuestros esposos;

y que por cierto motivo

que ha importado a su atención,

nos ha callado este aviso.

Doña Inés

¡Ay de mí! Leonor, ¿qué dices,

que ya te oigo sin sentido?

Don Juan

Mira, Inés, si fue verdad

mi temor.

Doña Inés

Mas ya has oído

cómo pude yo ignorarlo.

Don Juan

Pues ¿qué importa al temor mío?

Erré en culpar tu fineza,

mas no en temer mi peligro;

¿cómo se excusa mi muerte,

si ya perderte imagino?

Doña Inés

No sé, don Juan; que si es cierto,

como en mi mal lo colijo,

yo replicar a mi padre

podré, mas no resistillo.

Don Juan

Luego ¿es preciso morir?

Doña Leonor

No, don Juan, no es tan preciso;

que en la elección del estado

dan fuero humano y divino

la proposición al padre

y la aceptación al hijo.

Las dos, don Juan, nos casamos,

aunque él nos busque el marido;

que la elección no ha de ser

de quien no fuere el peligro.

El riesgo de un casamiento,

que si se yerra es martirio,

ha de ser el escogello

de quien se obliga a sufrillo.

Siendo esto cierto, ¿qué temes

de que él tenga ese disinio?

¿Se ha casado alguna dama

con el sí que el padre dijo?

Y esto no es darte a entender

que podrá nuestro albedrío

oponerse a su precepto,

porque si él lo ha concluido,

no hay resistencia en nosotras;

pero, cuando sabe él mismo

que nuestras dos voluntades

penden solo de su arbitrio,

no es posible que una acción,

que es tan de nuestro albedrío,

la resuelva su decreto

sin lograrnos el aviso.

Don Juan

Pues ¿qué puede ser, Inés,

haberme tu padre dicho

que ya estáis las dos casadas?

Doña Inés

Tener él ese disinio

y queremos proponer

para esposos nuestros primos;

mas si él ya no lo ha resuelto,

como mi hermana te ha dicho,

cuanto está en mi voluntad,

está, don Juan, sin peligro.

Doña Leonor

Inés, mira que es forzoso

que vamos a prevenirnos.

Doña Inés

¡Ay, Leonor! ¿Cómo podremos

hallar las dos un camino

de parecerlos muy mal?

Doña Leonor

Apelar al artificio;

mucho moño y arracadas,

valona de cañutillos,

mucha color, mucho afeite,

mucho lazo, mucho rizo,

y verás qué mala estás;

porque yo, según me he visto,

nunca saco peor cara

que con muchos atavíos.

Doña Inés

Tienes buen gusto, Leonora;

que es el demasiado aliño

confusión de la hermosura

y embarazo para el brío.

ESCENA V

Sale Mosquito.

Mosquito

¡Jesús, Jesús! Dadme albricias.

Doña Leonor

¿De qué las pides, Mosquito?

Mosquito

De haber visto a vuestros novios;

que apenas el viejo hoy dijo

la sobriniboda, cuando

partí como un hipogrifo;

fui, vi y vencí mi deseo,

y vi vuestro par de primos.

Doña Leonor

Y ¿cómo son?

Mosquito

Hombres son.

Doña Leonor

Siempre estás de un humor mismo;

pues ¿podían no ser hombres?

Mosquito

Bien podían ser borricos;

que en trajes de hombre hay hartos.

Doña Leonor

Y ¿cómo te han parecido?

Mosquito

El don Mendo —que es el tuyo—,

galán, discreto, advertido,

cortés, modesto y afable;

menos algún revoltillo

que se le irá descubriendo

con el uso de marido.

Doña Leonor

Si él es tan afable,

casado será lo mismo.

Mosquito

Eso no, que suelen ser

como espadas los maridos,

que en la tienda están derechas,

y comprándolas sin vicio,

en el primer lance salen

con más corcova que un cinco.

Doña Inés

¿Y don Diego?

Mosquito

Ese es un cuento

sin fin, pero con principio;

que es lindo el don Diego y tiene

más que de Diego de lindo.

Él es tan rara persona,

que, como se anda vestido,

puede en una mojiganga

ser figura de capricho.

Que él es muy gran marinero

se ve en su talle y su brío,

porque el arte suyo es arte

de marear los sentidos.

Tan ajustado se viste,

que al andar sale de quicio,

porque anda descoyuntado

del tormento del vestido.

De curioso y aseado

tiene bastantes indicios;

porque, aunque de traje no,

de sangre y bolsa es muy limpio.

En el discurso parece

ateísta, y lo colijo

de que, según él discurre,

no espera el día del juicio.

A dos palabras que hable

le entenderás todo el hilo

del talento, que él es necio,

pero muy bien entendido.

Y porque mejor te informes

de quién es y de su estilo,

te pintaré la mañana

que con él hoy he tenido.

Yo entré allá, y le vi en la cama,

de la frente al colodrillo

ceñido de un tocador,

que pensé que era judío.

Era el cabello, hecho trenzas,

crin de caballo morcillo,

aunque la comparación de

rocín a ruin ha ido.

Con su bigotera puesta

estaba el mozo jarifo,

como mulo de arriero

con jáquima de camino;

las manos, en unos guantes

de perro, que por aviso

del uso de los que da

las aforra de su oficio.

Deste modo, de la cama

salió a vestirse a las cinco,

y en ajustarse las ligas

llegó a las ocho de un giro.

Tomó el peine y el espejo,

y en memoria de Narciso

le dio las once en la luna;

y en daga y espada y tiros,

capa, vueltas y valona,

dio las dos, y después dijo:

«Dios me vuelva a Burgos, donde

sin ir a visitas vivo,

que para mí es una muerte

cuando de priesa me visto.

Mozo, ¿dónde habrá ahora misa?».

Y el mozo, humilde, le dijo:

«A las dos dadas, señor,

no hay misa sino en el libro».

Y él respondió muy contento:

«No importa, que yo he cumplido

con hacer la diligencia.

Vamos a ver a mi tío».

Este es el novio, señora,

que de Burgos te ha venido;

tal que primero que al novio

esperara yo a un novillo.

Doña Inés

¡Ay, don Juan! Con estas nuevas

es menos ya el temor mío,

pues mi padre no es posible

que me entregue a este martirio.

Don Juan

Inés, por cualquiera parte

crece el temor y el peligro;

no es nuevo ser tú mi vida,

y ya en tus labios la miro.

Doña Inés

Vete, don Juan, que es forzoso

ir las dos a prevenirnos.

Don Juan

Ya no es posible ausentarme.

Doña Inés

Albricias doy al peligro;

mas ¿cómo, si de mi padre

ya has quedado despedido?

Don Juan

Fingiré algún embarazo.

Doña Inés

¿Y lograrasme un alivio?

Don Juan

A eso voy.

Doña Inés

¡Guárdete el cielo!

Don Juan

Guárdeste tú, que es lo mismo.

Mosquito

¡Ah, señor don Juan!

Don Juan

¿Qué quieres?

Mosquito

Tres portes de papelillos,

que, a doblón, montan...

Don Juan

Ve a casa

y llevarás un vestido.

(Vase).

ESCENA VI

Doña Leonor, doña Inés, Mosquito.

Mosquito

Pues si él ha de ser llevado,

no me le dé usted traído.

Doña Inés

Vamos, Leonor.

Mosquito

¡Ah, señora!

Doña Inés

¿Qué dices?

Mosquito

Tengo contigo

una intercesión y un ruego;

y aunque con sol tan divino

es osadía, me atrevo

a título de Mosquito.

Doña Inés

¿Qué es lo que quieres?

Mosquito

Beatriz,

después que la has despedido,

anda pidiendo limosna.

Doña Inés

Pues si mi padre lo hizo,

¿qué puedo yo remediar?

Mosquito

Ese es rigor.

Doña Inés

Mas no mío.

Mosquito

Pues pide, dale, que es pobre.

Doña Inés

¿Qué la he de dar?

Mosquito

Un recibo,

y vuelva a servirte a casa,

pues ya llora el pan perdido.

Doña Inés

Espero hoy otra criada.

Mosquito

No la llegará al tobillo

ninguna de cuantas vengan.

Doña Inés

¿Por qué no?

Mosquito

Eso ¿no está visto?

Ella es golosa, chismosa,

respondona y alza el grito,

ventanera, y todo el día

gasta en tratar de su aliño.

Pues, ¿dónde has de hallar criada

que cumpla más con su oficio?

Doña Inés

Porque se ha criado en casa

siento haberla despedido;

mas como ella, por ahora,

quiera estarse en mi retiro

sin que la vea mi padre,

la recibiré.

Mosquito

¡Ah, Dios mío,

lo que hace un buen abogado!

Doña Inés

Dila que venga, Mosquito.

Doña Leonor

Y entre sin verla mi padre.

Mosquito

¿Y si está aquí?

Doña Inés

Entre contigo.

(Vanse).

ESCENA VII

Mosquito, Beatriz.

Mosquito

Vitoria por mis camisas.—

¡Ah, Beatricilla!

(Sale Beatriz).

Beatriz

¿Qué ha habido?

Mosquito

Que estás recibida ya.

Beatriz

¿Qué dices?

Mosquito

Que Tito Livio

no pudo hablar en tu abono

como yo de tu servicio.

Ponderé aquí tus labores,

tu cuidado y tu buen pico,

y hace tanto un buen tercero,

que te recibió al proviso.[1]

Beatriz

Siempre conocí yo en ti

tu buena intención, Mosquito.

Mosquito

Mira, yo, naturalmente,

hablo bien de mis amigos.

Beatriz

Seré tuya eternamente.

Mosquito

Mas ya que te han recibido,

no me des carta de pago.

Beatriz

Tú verás si es mi amor fino.

Mosquito

Toca esos huesos y vamos.

Beatriz

Toco y taño.

Mosquito

Salto y brinco.

Beatriz

Y ¿esto ha de pasar de aquí?

Mosquito

¡No, sino amarnos de vicio!

Beatriz

Pues querernos en silencio.

Mosquito

No podré, siendo Mosquito.

Beatriz

¿Por qué no?

Mosquito

Porque los moscos,

para picar, hacen ruido.

(Vanse).

Sala en la posada de don Diego y don Mendo.

ESCENA VIII

Salen dos criados con dos espejos, y don Diego y don Mendo.

Don Diego

Poneos los dos enfrente,

porque me mire mejor.

Don Mendo

Don Diego, tanto primor

es ya estilo impertinente.

Si todo el día se asea

vuestra prolija porfía,

¿cómo os puede quedar día

para que la gente os vea?

Don Diego

Don Mendo, vos sois extraño;

yo rindo, con salir bien,

en una hora que me ven,

más que vos en todo el año.

Vos, que no tan bien formado

os veis como yo me veo,

no os tardáis en vuestro aseo,

porque es tiempo mal gastado.

Mas si veis la perfección

que Dios me dio sin tramoya,

¿queréis que trate esta joya

con menos estimación?

¿Veis este cuidado vos?

Pues es virtud más que aseo,

porque siempre que me veo

me admiro y alabo a Dios.

Al mirarme todo entero,

tan bien labrado y pulido,

mil veces he presumido

que era mi padre tornero.

La dama bizarra y bella

que rinde el que más regala,

la arrastro yo con mi gala;

pues dejadme cuidar della.

Y vos, que vais a otros fines,

vestíos de priesa, yo no,

que no me he de vestir yo

como frailes a maitines.

Don Mendo

Si lo hacéis con ese fin,

¿qué dama hay que os quiera bien?

Don Diego

Cuantas veo, si me ven,

porque en viéndome dan fin.

Don Mendo

¡Que lleguéis a imaginar

locura tan conocida!

¿Habéis visto en vuestra vida

mujer que os venga a buscar?

Don Diego

Eso consiste en mis tretas,

que yo a las necias no miro;

y en las que yo logro el tiro

sufren, como son discretas.

Y aunque las mueva su fuego

a hablar, callarán también,

porque ven que mi desdén

ha de despreciar su ruego.

Don Mendo

¿Vos desdén? Tema graciosa.

Don Diego

Pues ¿queréis que me avasalle,

fácil yo, con este talle?

No me faltaba otra cosa.

Don Mendo

Mirad que eso es bobería

de vuestra imaginación.

Don Diego

No paso yo por balcón

donde no haga batería;[2]

pues al pasar por las rejas

donde voy logrando tiros,

sordo estoy de los suspiros

que me dan por las orejas.

Don Mendo

Vive Dios que eso es manía

que tenéis.

Don Diego

Mujer sé yo

que dos veces se sangró

por haberme visto un día.

Don Mendo

Yo desengañaros quiero.

Don Diego

¿Cómo?

Don Mendo

Que a una dama vamos

a festejar, y veamos

a cuál se rinde primero.

Don Diego

Pues ¿no tenemos aquí

a nuestras primas yo y vos?

¿Cuánto va que ambas a dos

hoy se enamoran de mí?

Don Mendo

¿No veis que en ellas es más

el honor que las refrena?

Don Diego

Hasta verme, norabuena;

pero en mirándome, ¡zas!

Don Mendo

(Aparte).

Loco soy, pues quiero yo

a tal necio disuadir.

Don Diego

¿Qué decís?

Don Mendo

Que ya temo ir

con vos.

Don Diego

¡Pues no, sino no!

Mas dejadme que yo mismo

vuelva el talle a repasar;

que hoy por vos temo sacar

en mi gala un solecismo.—

Alzad esos dos espejos.

Martín

Bien están así.

Don Diego

No están.

Lope

Pues ¿cómo bien estarán?

Don Diego

Mirándose los reflejos.

Martín

La luna se mira toda.

Don Diego

No tal.

Lope

Pues ¿cómo ha de ser?

Don Diego

¡Que no aprendáis a poner

los espejos a la moda!

Martín

Di cómo, y no te alborotes.

Lope

¿Qué es moda?

Don Diego

¡Mi rabia toda!

¡Que no sepan lo que es moda

hombres que tienen bigotes!

Martín

¿Están bien así?

Don Diego

Eso quiero,

que así todo me divisa.

Don Mendo

(Aparte).

Cayéndome estoy de risa

de ver a este majadero.

Don Diego

¡El pelo va hecho una palma!

¡Guárdese toda mujer!

Yo apostaré que al volver

en cada hebra traigo un alma.

Los bigotes son dos motes;[3]

diera su belleza espanto

si hiciera una dama un manto

de puntas destos bigotes.

El talle está de retablo;

el sombrero va sereno,

de medio arriba está bueno,

de medio abajo es el diablo.

Lo bien calzado me agrada.

¡Qué airosa pierna es la mía!

De la tienda no podía

parecer más bien sacada.—

Pero tened, ¡vive Dios!,

que aquesta liga va errada.

Más larga está esta lazada

un canto de un real de a dos.—

Llega, mozo, a deshacella.

Don Mendo

¡Que aqueso os cueste fatiga!

Pues ¿qué importará esa liga?

Don Diego

No caer pájaro en ella.

Don Mendo

Mirad que esas son locuras,

que a quien las ve a risa obliga.

Don Diego

Solo con aquesta liga

cazo yo las hermosuras.

Martín

Ya está buena.

Don Diego

Ahora están

iguales las dos; bien voy.

Con el reparillo estoy

cuatro dedos más galán.

Siempre que el verme repito

queda el alma más ufana.—

Mozo, acuérdate mañana

de traerme pan bendito.

ESCENA IX

Sale Mosquito.

Mosquito

Ya está aquí el coche, señor.

Don Diego

¿Mosquito? Vamos, don Mendo.

Don Mendo

Según vais, ya voy temiendo

que he de parecer peor.

Don Diego

¿Voy bien?

Don Mendo

(Aparte).

La risa reprimo.

A desconfiar me obliga.

Don Diego

Miren si importó la liga,

pues ya se rinde mi primo.

Mosquito

(Aparte).

Al mirarle estoy suspenso.

¡Que este piense que es galán!

Mas hartos lo pensarán,

que lo piensan por el pienso.

Don Diego

Mosquito, ¿hay gran prevención?

¿Cómo mis primas están?

Mosquito

Tales, señor, que podrán

tocarse entrambas a un son.

Cualquiera está tan bizarra

de las dos, que al sol da cola,

y cualquiera prima sola

puede hacer una guitarra.

Don Diego

También acá arde la fragua,

que todo eso es menester.

Mosquito

¿Pues no?

Don Diego

A fe que hemos de ver

quién se lleva el gato al agua.

Mosquito

Pues dudarse eso, ¿no es yerro?

Solo de oír tu retrato

las vi, que no solo el gato

llevarás tú, sino el perro.

Don Diego

Pues ¿ves? Solo me lastima...

Mosquito

¿Qué, señor?

Don Diego

...mi estrella mala.

¡Que venga toda esta gala

a parar en una prima!

Mosquito

Cierto que tienes razón,

y a mí también me lastima.

Don Diego

¿No me malogro en mi prima?

Mosquito

Merecías tú un bordón.

Mas deso no te provoques.

Don Diego

El ser tan rica me anima.

Mosquito

Y yo pienso que la prima

saltará antes que la toques.

Don Diego

¿Cómo saltar?

Mosquito

Es galante,

y baila famosamente.

Don Diego

¡Oh, pues viéndome presente,

bailará el agua delante!

Y ella, ¿me merece a mí?

Mosquito

Ese es, señor, mi recelo,

porque es un ángel del cielo

y no te merece a ti.

Don Diego

¿Qué dices?

Mosquito

Si no es que sea

ley de estrella poderosa.

Don Diego

Miren, si esto es siendo hermosa,

¿qué haría si fuera fea?

Mosquito

¿Sabes quién estoy pensando

que te merecía?

Don Diego

¿Quién fuera?

Mosquito

Una dama que estuviera

toda su vida ayunando.

Don Mendo

Vamos presto, que mejor

allá lo podréis juzgar.

Don Diego

Vamos, don Mendo, a matar

estas dos primas de amor.

Mosquito

Al verte será delito

si no se desmayan luego.

Don Diego

Juicios tienes de don Diego.

Mosquito

(Aparte).

Y tú sesos de Mosquito.

(Vanse).

Sala en casa de don Tello.

ESCENA X

Salen don Juan y don Tello.

Don Juan

Suspendiose, don Tello, mi partida,

porque mi prima, estando prevenida

para ir a cumplir una novena

que tenía ofrecida a Guadalupe,

que me detenga ordena;

y es fuerza que me ocupe

en asistir sus pleitos entre tanto.

(Aparte).

No será sino el mío.—

Don Tello

Estimo tanto

vuestra amistad, don Juan, que habiendo habido

justa ocasión que os haya detenido,

os he de suplicar que a honrarme asista

vuestra persona, agora que a la vista

de mis hijas espero a mis sobrinos.

Don Juan

Siempre de honrarme halláis nuevos caminos.

(Aparte).

¡Cielos, no haya logrado yo esta suerte

para ver la sentencia de mi muerte!—

Don Tello

Ya aquí vienen las dos.

Don Juan

Y yo quisiera

me aviséis, por no errar de adelantado,

si están ya los conciertos en estado

de poder dar el parabién.

Don Tello

Sí, amigo;

bien se le podéis dar.

Don Juan

(Aparte).

¡Cielos! ¿Qué espero?

Más que del golpe, de temello muero.

Don Tello

Que aunque Inés y Leonor no lo han sabido,

ya yo el concierto tengo concluido,

y el haberle callado

ha sido por no estar asegurado

de la venida de mis dos sobrinos,

por tener ellas otros pretendientes,

amantes y parientes,

que estorbarlo intentaron. Y, en efeto,

se ha logrado el venir con el secreto;

y esta la causa ha sido

de que Leonor y Inés no lo han sabido;

porque no fuera bien que yo un concierto

les propusiese que saliera incierto;

mas ya, por mi palabra asegurado,

nos dais el parabién adelantado.

Don Juan

Muy como vuestra la atención ha sido.

(Aparte).

¡Cielos, ya estoy hablando sin sentido!

ESCENA XI

Salen criadas, Leonor e Inés, tocada de boda.

Doña Inés

(Aparte, a doña Leonor).

¡Muerta salgo!

Doña Leonor

Tus dudas son forzosas.

Don Tello

¡Bien prevenidas salen! ¡Son curiosas!

Don Juan

(Aparte).

Esfuércese el corazón

a este tormento también.—

En tan dichosa ocasión

es precisa obligación,

señoras, mi parabién.

Logréis el feliz estado

a medida del deseo.

(Aparte).

Y a costa de un desdichado.—

Doña Inés

No sé a qué va encaminado

el parabién ni el empleo.

Don Tello

El parabién da don Juan

de los casamientos hechos

con vuestros primos.

Doña Inés

Y ¿están

en estado que podrán

admitirle nuestros pechos?

Don Tello

¿Pues no, si ellos han venido

de mi palabra fiados?

Doña Inés

No habiéndolos admitido

nosotras, en vano ha sido

darlos por efetuados.

Don Tello

Pues ¿podéis las dos hacer

a mi gusto resistencia?

Doña Leonor

Yo, señor, no sé tener

voluntad, y si ha de ser

alguna, esa es mi obediencia.

Doña Inés

Contigo también, señor,

es mi voluntad ajena,

solo tu gusto es mi amor;

mas este mismo primor

tu resolución condena.

Porque cuando yo he de estar

pronta siempre a obedecer,

no me debieras mandar

cosa en que puedo tener

licencia de replicar.

Y si me da esta licencia

el cielo, y tu autoridad

me la quita con violencia,

casarase mi obediencia,

pero no mi voluntad.

Siendo este estado, señor,

de tantos riesgos cercado,

¿no pudiera algún error

dar asunto a mi dolor

y empeños a tu cuidado?

Luego, aunque yo me concluyo,

debieras a mi albedrío

proponerlo, no por suyo,

sino porque, aunque él es tuyo,

tiene el título de mío.

Don Tello

Aunque es la queja tan vana,

por queja de amor la he oído,

Inés, callando tu hermana,

que no eres tú tan liviana

que tuviera otro sentido;

ni yo tan poco mirado

que a todo vuestro deseo

no le exceda mi cuidado,

habiendo ya examinado

los peligros de este empleo.

En gusto, quietud y honor,

lográis toda la ventura

que pudiera vuestro amor

y el mío, que es el mayor,

que vuestro bien asegura;

y mi palabra empeñada

ya, Inés, no tiene lugar

tu queja, aunque bien fundada,

pues, sobre que estás casada,

no tienes que replicar.

Don Juan

(Aparte, a Doña Inés).

¡Cielos! Yo de mi tormento

he venido a ser testigo.

Doña Inés

(Aparte).

Y yo del dolor que siento.—

Pues si ya mi casamiento

das por hecho, solo digo

que, aunque tan llano lo ves,

falta una duda por ti

no fácil.

Don Tello

Y esa ¿cuál es?

ESCENA XII

Sale Mosquito.

Mosquito

Los novios están aquí.

Don Tello

(A Doña Inés).

Déjalo para después.—

¿Dónde están?

Mosquito

Veslos allí,

que el coche, con gran sosiego,

los va ya dando de sí.

(Salen don Mendo, don Diego y criados).

Don Tello

Prevenid sillas aquí.

Mosquito

(Aparte).

Y albarda para don Diego.—

Don Diego

Buen lugarillo es Madrid.

Don Mendo

Dadnos, señor, los pies vuestros.

Don Tello

Llegad, hijos, a mis brazos,

que ya de padre os prevengo.

Don Diego

Bravos lodos hace, tío.

Don Tello

Pues ¿qué embarazo os han hecho

viniendo los dos en coche?

Don Diego

Antes lo digo por eso,

que hemos perdido ocasión

de venir gozando dellos.

Don Tello

Pues ¿echáis menos los lodos?

Mosquito

Es adamado don Diego,

y le ha olido bien el barro.

Don Tello

Hablad a Inés.

Don Diego

Eso intento.

Lo primero que habla un novio,

dicen todos los discretos

que es necedad; pues aposta

he de hablar yo poco y bueno.—

Señora, ya os habrán dicho

que sois mía y yo soy vuestro;

mas os puedo asegurar

que en mí os da mi tío un dueño

que hay muchas que le tomaran

con dos cantos a los pechos.—

Con decir una verdad

se excusa uno de ser necio.

Doña Inés

(Aparte).

¡Muerta estoy!— En mí, señor,

la voluntad que yo tengo

es de mi padre y no mía,

y vuestra, por su precepto.

(Aparte).

¿Qué hombre, ¡cielos!, es aqueste

tan torpe, exquisito[4] y necio?

Don Diego

(A Mosquito).

¡Alto! Clavose hasta el alma.

Ya por mí perderá el seso.

Mosquito

Si ella se casa contigo,

que le perderá es bien cierto.

Don Tello

Hablad, don Mendo, a Leonor.

Don Mendo

En su hermosura suspenso,

del primer yerro en mi labio

tendrá disculpa el proverbio;

y ya turbado, señora,

a las luces del sol vuestro

con tanta razón, sería

acertar el mayor yerro.

Doña Leonor

Nada puede errar quien lleva

por norte tan buen lucero

como la desconfianza.

(Aparte).

Discreto y galán es Mendo;

yo he sido la más dichosa.

Don Diego

Mi primo, con lo modesto,

vence el no ser muy galán.

Doña Leonor

Vos lo sois con tanto extremo,

que haréis menos a cualquiera.

(Aparte).

¡Hay más loco majadero!

Don Diego

(Aparte).

También cayó la Leonor.

Buena mi primo la ha hecho

en ir a vistas conmigo.

Don Tello

Tomad, sobrinos, asiento.

Don Diego

Yo por mí, ya estoy sentado.

Don Tello

Muy llano venís, don Diego.

(Aparte).

Muy tosco está mi sobrino;

mas la corte le hará atento.—

Don Diego

(Aparte, a Mosquito).

¡Hola! Por Dios, que también

se me ha enamorado el viejo.

Mosquito

Dicha tienes en que aquí

no esté también el cochero.—

Don Juan

(Aparte).

¡Cielos! Mienten los que dicen

que puede ser de consuelo

el competidor indigno;

que antes es de más tormento,

pues el uso de las dichas

se aseguran en el necio.—

Don Tello

Los dos al señor don Juan

conoced; que es a quien debo

tan íntima obligación,

que le viene el nombre estrecho

de amistad a nuestro amor.

Don Juan

Y en mí tendréis un deseo

de serviros, que dará

indicios de aqueste empeño.

Don Mendo

Ya señor don Juan, le logro

en las noticias que tengo.

Don Diego

Y yo desde hoy con más veras

he de ser amigo vuestro;

que tiráis algo a galán,

y para mí es bravo cebo.

Don Juan

Delante de vos no puede

ningún galán parecerlo;

que tiráis tanto, que dais

en el blanco dese acierto.

Don Diego

No; antes doy poco en el blanco,

porque es color que aborrezco,

y el usarse aquestas mangas

de garapiña me ha hecho

sacar blanco algunas veces;

pero ya es todo mi anhelo

una color de pepino

que ha traído un extranjero.

Don Juan

¿De pepino? ¿Pues no es verde?

Don Diego

Es gran color.

Mosquito

Será bueno

para aforrar ensaladas.

Don Diego

Solo unos guantes me he puesto

deste color, pero estaba

que era prodigio con ellos.

Doña Inés

(Aparte, a doña Leonor).

Leonor, este hombre no tiene

uso del entendimiento.

Doña Leonor

Ni aun del sentido tampoco.

Don Diego

(Aparte).

Ya hablan las dos en secreto.

Luego dije yo que había

de parar el caso en celos.—

¿Qué se murmura, señoras?

Doña Leonor

Alabaros de discreto.

Don Diego

¿Y no de galán?

Doña Leonor

También.

Don Diego

Pues eso es cuento de cuentos,

porque en Burgos unas damas

trataron de hacer lo mesmo,

y en solo los pies tardaron

un día.

Mosquito

Según son ellos,

bien de priesa los pasaron.

Don Mendo

(Aparte).

¡Corrido estoy, vive el cielo,

de venir con este tonto!

Don Tello

(Aparte).

Mi sobrino está algo necio;

mas yo le reprehenderé

para que enmiende este yerro.—

Venid a ver vuestro cuarto.

Don Diego

Sí, señor; vamos a eso;

porque el mío ha menester

mucha luz para el espejo.

Don Mendo

Señora, no se despide

quien deja el alma asistiendo

al culto de vuestros ojos

desde que vive de vellos.

Don Diego

Yo, prima, no sé de cultos,

porque a Góngora no entiendo,

ni le he entendido en mi vida;

pero después nos veremos.

(Vase don Diego, don Mendo, don Tello y criados).

Doña Inés

¿Qué dices desto, Leonor?

Doña Leonor

No sé, hermana, ni me atrevo

a hablar, y viendo tu pena,

por no afligirte, te dejo.

(Vase).

ESCENA XIII

Doña Inés, don Juan, Mosquito.

Mosquito

¿Y si yo me atrevo a hablar,

y a decirte que, aunque luego

te case con él tu padre,

yo a descasarte me atrevo?

Porque este novio es un macho,

y hace mulo el casamiento.

Don Juan

Inés, señora, ¿qué dices?

¿Quédale ya a mi tormento

esperanza que le alivie?

Ya todo el peligro es cierto,

ya dio palabra tu padre,

ya está aceptado el empeño;

ya yo te perdí, señora,

y ya... Pero ¿cómo puedo

referir mayor desdicha

que haber dicho que te pierdo?

Doña Inés

Don Juan, según yo he quedado,

ni aun para hablar tengo aliento.

Ni yo sé si me has perdido,

ni de mi padre el empeño,

ni si ya ha dado palabra,

ni aun razón tampoco tengo

para saber de mi pena;

mira qué haré del remedio.

Si hay alguno en el discurso,

es no tenerle don Diego,

ser sujeto tan indigno,

y mi padre no tan ciego

que no lo haya conocido.

A él con mis quejas apelo,

y a decirle que el casarme

con hombre tan torpe y necio

es condenarme a morir

o a vivir en un tormento.

Mosquito

Y que es pecado nefando

casarte con un jumento.

Don Juan

Y si a tu padre le obliga

de su palabra el empeño,

y desprecia tu razón

por su atención, que es primero,

¿qué haré perdiéndote yo?

Mosquito

Lo que yo hago cuando pierdo.

Don Juan

¿Qué haces tú?

Mosquito

Romper los naipes

o llevármelos enteros.

Doña Inés

Don Juan, mi padre no es

en mi amor tan poco atento

que, viendo tan justa causa

como de quejarme tengo,

a toda una vida mía

anteponga otro respeto.

Esta apelación me falta;

si es tan uno nuestro riesgo,

admítela, que parece

que no es tuyo mi deseo.

Don Juan

¿Cómo he de admitirla, Inés,

viendo a tu padre resuelto

a cumplir con su palabra,

y es de su honor este empeño?

Doña Inés

Y el mío, ¿no es de mi vida?

Don Juan

Sí, pero con él es menos.

Doña Inés

¿No puede ser que se mueva

a mi llanto?

Don Juan

No lo espero.

Doña Inés

Pues, don Juan, si tu temor

da mi peligro por cierto,

resolvernos a morir,

que aquí no hay otro remedio.

Don Juan

Pues ¿para cuándo es, Inés,

un atrevido despecho,

que tiene tantas disculpas?

Doña Inés

Don Juan, no hables en eso;

que aunque es tan grande mi amor,

es mi obligación primero.

Don Juan

¿Y ese puede ser amor?

Doña Inés

Amor es; pero sujeto

a la ley de mi decoro.

Don Juan

¿Qué, en fin, niegas un aliento

al temor de mi esperanza?

Doña Inés

¿Ya no te doy el que puedo?

Don Juan

¿Qué puede importar, si es poco?

Doña Inés

Pudiendo bastar lo menos,

¿por qué he de empeñar lo más?

Don Juan

¿Y si lo requiere el riesgo?

Doña Inés

Vete, don Juan; que los daños

empeñan a los remedios.

Don Juan

Esa esperanza me alivia.

Doña Inés

Pues deja ver el suceso...

Don Juan

Quiera Amor que sea feliz.

Doña Inés

Mas de mi parte está el ruego.

Don Juan

¡Qué temor!

Doña Inés

Adiós, don Juan.

Don Juan

Guárdete, señora, el cielo.

Mosquito

Miren si es verdad que ya

pierde el juicio por don Diego.

Notes in this chapter

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