HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATÍA
Vicente Blasco Ibáñez translation
Se cuenta—pero Alah está mejor instruído en todas las cosas—que había en Bagdad un comerciante muy rico, cuya casa sostenía un tráfico inmenso. Gozaba de honores, de consideración, de prerrogativas y privilegios de todas clases; pero no era dichoso porque Alah no extendía sobre él su bendición hasta el punto de concederle un descendiente, aunque fuera del sexo femenino. A causa de ello había llegado á viejo sumido en la tristeza, y veía cómo poco á poco sus huesos se volvían transparentes y curvábase su espalda, sin poder obtener de alguna de sus numerosas esposas un resultado consolador. Pero un día en que había distribuído muchas limosnas, y visitado á los santones, y ayunado y rezado fervorosamente, se acostó con la más joven de sus esposas, y merced al Altísimo, aquella vez la dejó fecundada en tal hora y tal instante.

Al llegar el noveno mes, día tras día, la esposa del comerciante parió felizmente un niño varón, tan bello, que se diría era un trozo de luna.
En su gratitud hacia el Donador, no se olvidó á la sazón el comerciante de cumplir las promesas que hizo, y durante siete días enteros socorrió con largueza á pobres, viudas y huérfanos; después, en la mañana del séptimo día, pensó dar un nombre á su hijo, y le llamó Abul-Hassán.
El niño se crió en brazos de nodrizas y en brazos de bellas esclavas, y como á cosa preciosa le cuidaron mujeres y criados hasta que estuvo en edad de estudiar. Entonces se le confió á los maestros más sabios, que le enseñaron á leer las palabras sublimes del Korán y le adiestraron en la escritura hermosa, en la poesía, en el cálculo, y sobre todo en el arte de disparar el arco. Por tanto, su instrucción superó á la que en su generación y su siglo era corriente. Pero no fué esto todo.
Porque á sus diversos conocimientos añadía un encanto mágico y era perfectamente bello. He aquí en qué términos los poetas de su tiempo describieron sus gracias juveniles, la frescura de sus mejillas, las flores de sus labios y el naciente bozo que los adornaba:
¿Ves en el jardín de sus mejillas esos botones de rosa que intentan entreabrirse, aunque la primavera pasó ya por los rosales?
¿No te asombra ver todavía florecer la rosa y apuntar el bozo en el hoyo sombrío de sus labios, como las violetas bajo las hojas?
El joven Abul-Hassán fué, pues, la alegría de su padre y la delicia de sus pupilas durante el tiempo que el Destino le marcó de antemano. Pero cuando el anciano sintió acercarse el término que le estaba fijado, hizo sentarse á su hijo entre sus manos un día entre los días, y le dijo: «Hijo mío, se aproxima mi fin, y ya sólo me resta prepararme á comparecer ante el Dueño Soberano. Te lego grandes bienes, muchas riquezas y propiedades, poblados enteros y fértiles tierras y abundosos huertos, que os bastarán para vivir, no sólo á ti, sino también á los hijos de tus hijos. ¡Únicamente te recomiendo que sepas aprovecharte de ello sin abusar y dando gracias al Retribuidor y con el respeto que le es debido!» Luego murió de su enfermedad el viejo comerciante, y Abul-Hassán se afligió en extremo, y cuando terminaron las exequias fúnebres estuvo de duelo y se encerró con su dolor.
Pero no tardaron sus camaradas en distraerle y alejarle de sus penas, obligándole á entrar en el hammam para que se refrescara y á cambiar de trajes luego; y le dijeron, á fin de consolarle por completo: «¡Quien se reproduce en hijos como tú, no muere! ¡Aleja la tristeza, pues, y piensa en aprovecharte de tu juventud y de tus bienes!»
De modo que Abul-Hassán olvidó poco á poco los consejos de su padre, y acabó por persuadirse de que eran inagotables la dicha y la fortuna. Así, pues, no dejó de satisfacer todos sus caprichos, entregándose á todos los placeres, visitando á las cantarinas y tañedoras de instrumentos, comiendo todos los días una cantidad enorme de pollos, porque le gustaban los pollos, complaciéndose en destapar las botellas añejas de licores enervantes y en oir el tintineo de las copas que se entrechocan, deteriorando lo que pudo deteriorar, arruinando lo que pudo arruinar y trastornando lo que pudo trastornar, hasta tal punto, que á la postre se despertó un día sin nada entre las manos, á no ser su persona. Y de cuantos servidores y mujeres le hubo legado su difunto padre, no le quedaba mas que una sola esclava entre las numerosas esclavas.
Pero aún tuvo que admirar la continuidad dichosa de la suerte, que quiso fuese precisamente la propia maravilla de todas las esclavas de las comarcas de Oriente y de Occidente la que habitaba en la casa, ya sin lustre, del pródigo Abul-Hassán, hijo del difunto comerciante.
Efectivamente, esta esclava se llamaba Simpatía, y en verdad que jamás nombre alguno cuadró mejor á las cualidades de la que lo llevaba. La esclava Simpatía era una adolescente tan derecha como la letra aleph, de estatura proporcionada, y tan esbelta y delicada que podía desafiar al sol á que prolongase en el suelo su sombra; maravillosas eran la belleza y la lozanía de su rostro; todas sus facciones ostentaban con claridad la huella de la bendición y el buen augurio; su boca parecía sellada con el sello de Soleimán, como para guardar preciosamente el tesoro de perlas que encerraba; eran sus dientes collares dobles é iguales; las dos granadas de su seno aparecían separadas por el intervalo más encantador, y su ombligo era lo suficiente ancho y profundo para contener una onza de manteca moscada. En cuanto á su grupa monumental, remontaba dignamente la finura de su talle, y dejaba profundamente impreso en divanes y colchones el hueco creado por la importancia de su peso. Y á ella se refería esta canción del poeta:
¡Es solar, es lunar, es vegetal como el tallo del rosal; está tan lejos del color de la tristeza cual lo están el sol, la luna y el tallo del rosal!
¡Cuando aparece, conmueve profundamente los corazones su presencia, y cuando se aleja, los corazones quedan aniquilados!
¡El cielo está en su rostro; sobre su túnica se extienden las grandezas del Edén, entre las cuales corre el arroyo de la vida, y la luna brilla bajo su manto!
¡En su cuerpo encantador se armonizan todos los colores: el encarnado de las rosas, la blancura resplandeciente de la plata, el negro de la baya madura y el color del sándalo! ¡Y es tan grande su belleza, que hasta el deseo la defiende!
¡Bendito sea Quien desplegó sobre ella la hermosura! ¡Feliz el amante que pueda saborear las delicias de sus palabras!
Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 272.ª NOCHE
Ella dijo:
...Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán.
Y he aquí que, al percatarse de que su patrimonio habíase disipado irremediablemente, Abul-Hassán quedó sumido en un estado de desolación tan grande, que le robó el sueño y el apetito; y permaneció tres días y tres noches sin comer, ni beber, ni dormir, alarmando á la esclava Simpatía, que creyó verle morir, y resolvió salvarle á toda costa.
Se atavió con sus trajes más dignos de exhibirse y con las joyas y adornos que le quedaban, y se presentó á su amo, diciéndole, mientras mostraba en sus labios una sonrisa de buen augurio: «Por mi causa va á hacer cesar Alah tus tribulaciones. Para ello bastará que me conduzcas ante nuestro señor el Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, quinto descendiente de Abbas, y me vendas á él, pidiéndole como precio diez mil dinares. Si encontrara este precio demasiado caro, dile: «¡Oh Emir de los Creyentes! Esta adolescente vale más todavía, como podrás advertir mejor tomándola á prueba. ¡Entonces se realzará á tus ojos, y verás que no tiene par ni rival y que verdaderamente es digna de servir á nuestro amo el califa!» Después, la esclava, insistiendo mucho, le recomendó que se guardase de rebajar el precio.
Abul-Hassán, que hasta aquel momento, por negligencia, no se había preocupado de observar las cualidades y talentos de su hermosa esclava, no estaba en situación para apreciar por sí mismo los méritos que pudiese ella poseer. Solamente le pareció que la idea no era mala y que tenía probabilidades de éxito. Se levantó, pues, en seguida, y llevando á Simpatía tras sí la condujo ante el califa, á quien repitió las palabras que ella le había recomendado que dijese.
Y el califa volvióse hacia la esclava y le preguntó: «¿Cómo te llamas?» Ella contestó: «Me llamo Simpatía.» Él le dijo: «¡Oh Simpatía! ¿estás versada en ciertos conocimientos y puedes enumerarme las diversas ramas del saber que has cultivado?» Ella le contestó: «¡Oh señor! Estudié la sintaxis, la poesía, el derecho civil y el derecho general, la música, la astronomía, la geometría, la aritmética, la jurisprudencia desde el punto de vista de las sucesiones, y el arte de descifrar las escrituras mágicas y las inscripciones antiguas. Me sé de memoria el Libro Sublime y puedo leerlo de siete maneras distintas; conozco exactamente el número de sus capítulos, de sus versículos, de sus divisiones, de sus diferentes partes y sus combinaciones, y cuántas líneas, palabras, letras consonantes y vocales encierra; recuerdo con precisión qué capítulos se inspiraron y escribieron en la Meca y cuáles otros se dictaron en Medina; no ignoro las leyes y los dogmas, sé distinguirlos con las tradiciones y diferenciar su grado de autenticidad; no soy una profana en lógica, ni en arquitectura, ni en filosofía, como tampoco en lo que afecta á la elocuencia, al lenguaje escogido, á la retórica y á las reglas de los versos, los cuales sé ordenar y medir sin omitir ninguna dificultad en su construcción; sé hacerlos sencillos y flúidos, como también complicados y enrevesados para deleitar sólo á las gentes delicadas; y si á veces pongo en ellos oscuridad, es para fijar más la atención y halagar al espíritu, que despliega por último su trama sutil y frágil; en una palabra, aprendí muchas cosas y retuve cuanto aprendí. Además, sé cantar perfectamente y bailar cual un pájaro, y tocar el laúd y la flauta, manejando asimismo todos los instrumentos de cuerda, y lo hago de cincuenta modos diferentes. ¡Por tanto, cuando canto y bailo se condenan quienes me ven y me oyen; si camino balanceándome, ataviada y perfumada, les mato; si meneo mi grupa, les derribo; si guiño un ojo, les traspaso; si agito mis brazaletes, les ciego; si toco, doy la vida, y si me alejo, hago morir! ¡Estoy versada en todas las artes, y he llevado mi saber á tal límite, que únicamente podrían llegar á distinguir su horizonte los escasos seres cuyos años hubieran transcurrido en el estudio de la sabiduría!»
Cuando el califa Harún Al-Rachid hubo oído estas palabras, se asombró y entusiasmó de encontrar tal elocuencia unida á belleza tal, tanto saber y juventud en la que frente á él se mantenía con los ojos respetuosamente bajos. Se volvió hacia Abul-Hassán y le dijo: «Quiero dar orden al instante para que vengan todos los maestros de la ciencia á fin de poner á prueba á tu esclava, y asegurarme por medio de un examen público y decisivo de si realmente es tan instruída como bella. ¡En caso de que saliese victoriosa de la prueba, no sólo te daría diez mil dinares, sino que te colmaría de honores por haberme traído semejante maravilla! ¡De no ser así, no hay nada de lo dicho, y seguirá perteneciéndote!»
Luego, acto continuo, el califa hizo llamar al sabio mayor de aquella época, Ibrahim ben-Sayar, que había profundizado en todos los conocimientos humanos; mandó que acudiesen también todos los poetas, los gramáticos, los lectores del Korán, los médicos, los astrónomos, los filósofos, los jurisconsultos y los doctores en teología. Y apresuráronse á ir á palacio todos, y se reunieron en la sala de recepción, sin saber por qué motivo se les convocaba.
Cuando lo ordenó el califa, todos se sentaron en corro sobre la alfombra, en medio de la cual la adolescente Simpatía permanecía en una silla de oro, donde el califa hízola colocarse, con el rostro cubierto por un velo ligero, y á través de él brillaban sus ojos y sonreían con su sonrisa los dientes...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 274.ª NOCHE
Ella dijo:
...sonreían con su sonrisa los dientes.
Cuando en aquella asamblea se estableció un silencio tan completo que se hubiera podido oir el ruido de una aguja que cayese al suelo, Simpatía hizo á todos una zalema llena de gracia y dignidad, y con un modo de hablar verdaderamente exquisito, dijo al califa:
«¡Oh Emir de los Creyentes, manda! Aquí estoy pronta á cuantas preguntas quieran dirigirme los doctos y venerables sabios, lectores del Korán, jurisconsultos, médicos, arquitectos, astrónomos, geómetras, gramáticos, filósofos y poetas.»
Entonces el califa Arún Al-Rachid se encaró con todos aquéllos y les dijo desde el trono en que estaba sentado: «¡Hice que os mandaran venir aquí para, que examinéis á esta adolescente en lo que afecta á la variedad y profundidad de sus conocimientos, y no perdonéis nada que contribuya á que resalte á la vez vuestra erudición y su saber!» Y todos los sabios respondieron, inclinándose hasta tierra y llevando las manos á sus ojos y á su frente: «¡El oído y la obediencia á ti y á Alah, ¡oh Emir de los Creyentes!»
A estas palabras, la adolescente Simpatía se mantuvo algunos instantes con la cabeza baja, reflexionando; después alzó la frente y dijo: «¡Oh vosotros todos, maestros míos! ¿cuál es primeramente el más versado entre vosotros en el Korán y en las tradiciones del Profeta? (¡con Él la paz y la oración!)» Entonces se levantó uno de los doctores, designado por todos los dedos, y dijo: «¡Yo soy ese hombre!» Ella le dijo: «¡Interrógame, pues, á tu sabor sobre tal punto!» Y demandó el sabio lector del Korán:
«¡Oh joven, desde el momento en que estudiaste á fondo el santo Libro de Alah, debes conocer el número de capítulos, palabras y letras que encierra y los preceptos de nuestra fe! Dime, pues, para empezar, ¿quién es tu Señor, quién es tu Profeta, quién es tu Imán, cuál es tu orientación, cuál es tu norma de vida, cuál es tu guía en los caminos y quiénes son tus hermanos?»
Ella contestó: «¡Mi Señor es Alah; mi Profeta es Mohamed (¡con Él la oración y la paz!); mi ley, y por tanto mi Imán, es el Korán; mi orientación es la Kaaba, la casa de Alah, levantada por Abraham en la Meca; mi norma de vida es el ejemplo de nuestro santo Profeta; mi guía en los caminos es la Sunna, recopilación de tradiciones, y mis hermanos son todos los creyentes!»
Mientras comenzaba el califa á maravillarse de la claridad y precisión de estas respuestas en boca de una joven tan gentil, añadió el sabio:
«¡Dime! ¿Cómo sabes que hay un Dios?»
Ella contestó: «¡Por la razón!»
Él preguntó: «¿Qué es la razón?»
Ella dijo: «La razón es un don doble: innato y adquirido. La razón innata es la que puso Alah en el corazón de sus servidores escogidos, para hacerles que caminen por la senda de la verdad. Y la razón adquirida es en el hombre bien dotado fruto de la educación y de una labor constante.»
Él añadió: «¡Muy bien! Pero ¿dónde reside la razón?»
Ella contestó: «¡En nuestro corazón! Y desde él se elevan sus inspiraciones hacia nuestro cerebro, para establecer allí su domicilio.»
Él dijo: «¡Perfectamente! Pero ¿puedes decirme cómo aprendiste á conocer al Profeta? (¡con Él la plegaria y la paz!)»
Ella contestó: «Por la lectura del Libro de Alah, por las sentencias que contiene, por las pruebas y los testimonios de tal misión divina.»
Dijo él: «¡Muy bien! Pero ¿puedes decirme cuáles son los deberes indispensables de nuestra religión?»
Ella contestó: «En nuestra religión hay cinco deberes indispensables: la profesión de fe «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!», la oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación á la Meca cuando puede hacerse.»
Él preguntó: «¿Qué acciones pías son las más meritorias?»
Contestó ella: «Son seis: la plegaria, la limosna, el ayuno, la peregrinación, la lucha contra malos instintos y cosas ilícitas, ¡y por último, la guerra santa!»
Él dijo: «¡Bien contestado! Pero ¿qué objeto persigues con la plegaria?»
Ella replicó: «¡Sencillamente el de ofrecer al Señor el homenaje de mi adoración, alabarle y levantar mi espíritu hacia las regiones serenas!»
Él exclamó: «¡Ya Alah! ¡Excelente es esta respuesta! Pero ¿no requiere antes la oración preparativos indispensables?»
Ella contestó: «¡Ciertamente! ¡Es necesario purificarse por completo el cuerpo con las abluciones rituales, vestir trajes sin mácula, escoger un lugar limpio y claro, preservar la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas, abrigar intenciones puras y volverse hacia la Kaaba, en dirección á la Meca santa!»
«¿Qué valor tiene la plegaria?»
«¡Es el sostén de la fe, en la que se basa!»
«¿Cuáles son los frutos de la oración? ¿Cuál es su utilidad?»
«La plegaria verdaderamente hermosa no tiene utilidad terrena. ¡Es sólo el lazo espiritual entre la criatura y su Señor! ¡Puede producir diez frutos inmateriales y mucho más hermosos que los tangibles; aclara el corazón, ilumina el semblante, complace al Clementísimo, excita el furor del Maligno, atrae la misericordia, aleja los maleficios, preserva del mal, resguarda contra los atentados de los enemigos, fortalece al espíritu vacilante y acerca el esclavo á su dueño!»
«¿Cuál es la llave de la plegaria? ¿Y cuál es la llave de esta llave?»
«La llave de la plegaria es la ablución, y la llave de la ablución es la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah el Clemente sin límite, el Misericordioso!»
«¿Qué prescripciones han de seguirse para la ablución?»
«Según el rito ortodoxo del imán El-Schafiy ben-Idris, seis: la intención de purificarse sin otra mira que la de ser agradable al Creador; la ablución del rostro primeramente; la ablución de las manos hasta el codo; el frotamiento de parte de la cabeza; la ablución de los pies, incluso los talones, hasta los tobillos, y un orden estricto en el cumplimiento de estos diversos actos. Y tal orden implica la observancia de doce condiciones bien precisas, á saber:
»Primero pronunciar la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah!»; lavarse las palmas de las manos antes de sumergirlas en la jofaina; enjuagarse la boca; lavarse las narices tomando agua en el hueco de la mano y sorbiendo; frotarse toda la cabeza y frotarse las orejas al exterior y al interior con otra agua; peinarse la barba con los dedos; torcerse los dedos de pies y manos, haciendo que rechinen; utilizar el pie derecho antes que el pie izquierdo; repetir cada ablución tres veces; pronunciar el acto de fe después de cada ablución, y por último, una vez terminadas las abluciones, recitar además esta fórmula piadosa: «¡Oh Dios mío! ¡Cuéntame en el número de los arrepentidos, de los puros y fieles servidores! ¡Loor á mi Dios! ¡Confieso que no hay más Dios que Tú! ¡Tú eres mi refugio; de Ti imploro el perdón de mis culpas lleno de arrepentimiento! ¡Amín!»
»Esta fórmula, en efecto, es la que el Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!) nos ha recomendado que recitemos, cuando dijo: «¡A quien la recite le abriré de par en par las ocho puertas del Edén y podrá entrar por la puerta que le plazca!»
El sabio dijo: «¡En verdad que contestaste de un modo excelente! Pero ¿qué hacen los ángeles y los demonios junto á aquel que practica sus abluciones?»
Simpatía respondió: «Cuando el hombre se prepara á verificar sus abluciones, los ángeles se colocan á su derecha y los diablos á su izquierda; pero no bien pronuncia la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah!», los diablos se ponen en fuga, y los ángeles se aproximan á él, desplegando sobre su cabeza un dosel luminoso de forma cuadrada que sostienen por las cuatro puntas, y cantan alabanzas á Alah é imploran el perdón de los pecados de aquel hombre. Pero en cuanto se olvida él de invocar el nombre de Alah ó deja de pronunciarlo, los diablos vuelven...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 275.ª NOCHE
Ella dijo:
»...los diablos vuelven tumultuosos, y trabajan todo lo posible por turbarle el alma, sugerirle la duda y enfriarle el espíritu y el fervor.
»Cuando el hombre hace sus abluciones, es obligatorio que corra el agua por todo su cuerpo, por todos sus pelos visibles ó secretos y por sus miembros sexuales, debiendo también frotarse por todas partes y no lavarse los pies hasta lo último.»
El sabio dijo: «¡Bien contestado! ¿Puedes ahora decirme cómo hay que proceder en la ablución llamada tayamum?»
Ella contestó: «La ablución llamada tayamum es la purificación con arena y polvo. Se verifica esta ablución en los siete casos siguientes, establecidos según usos conformes á la práctica del Profeta. Y se efectúa siguiendo las cuatro indicaciones previstas por la enseñanza directa del Libro.
»Los siete casos que permiten esta ablución, son: la carencia de agua; el miedo á agotar la provisión de agua; la necesidad de esta agua para beber; el temor de perder una parte de ella al transportarla; las enfermedades que producen aversión al agua; las fracturas que precisan reposo para soldarse; las heridas que no se deben tocar.
»En cuanto á las otras cuatro condiciones necesarias para cumplir esta ablución con arena y polvo, son: primeramente obrar de buena fe; luego tomar arena ó polvo con las manos y hacer ademán de frotarse con ello el rostro; después hacer ademán de frotarse también los brazos hasta los codos y secarse las manos.
»Hay dos prácticas igualmente recomendables por ser conformes á la Sunna: empezar la ablución con la fórmula invocadora: «¡En el nombre de Alah!», y efectuar la ablución de todo el lado derecho del cuerpo antes que la del lado izquierdo.»
El sabio dijo: «¡Muy bien! Pero, volviendo á la plegaria, ¿puedes decirme cómo debe verificarse y en qué acciones se basa?»
Ella replicó: «Los actos requeridos para hacer la plegaria constituyen otras tantas columnas que la sostienen. Estas columnas de la plegaria son: primera, la buena intención; segunda, la fórmula del Takbir, que consiste en pronunciar estas palabras: «¡Alah es el más grande!»; tercera, recitar la Fatiha, que es el capítulo que abre el Korán; cuarta, prosternarse con la cara en tierra; quinta, levantarse; sexta, hacer la profesión de la fe; séptima, sentarse sobre los talones; octava, hacer votos por el Profeta, diciendo: «¡Con Él sean la plegaria y la paz de Alah!»; novena, mantenerse siempre en la misma intención pura.
»Hay otras condiciones de una buena plegaria, tomadas solamente de la Sunna, á saber: levantar ambos brazos, con las palmas vueltas hacia arriba, en dirección á la Meca; recitar una vez más la Fatiha; recitar otro capítulo del Korán, por ejemplo, la Surata de la Vaca; pronunciar otras diversas fórmulas piadosas, y terminar con votos por nuestro Profeta. (¡Con Él la plegaria y la paz!)»
El sabio dijo: «¡En verdad que respondiste perfectamente! ¿Puedes ahora decirme cómo debe pagarse el diezmo de la limosna?»
Ella contestó: «Se puede pagar el diezmo de la limosna de catorce maneras: en oro, en plata, en camellos, en vacas, en carneros, en trigo, en cebada, en mijo, en maíz, en habas, en garbanzos, en arroz, en pasas y en dátiles.
»Por lo que se refiere al oro, si sólo posee una suma inferior á veinte dracmas de oro de la Meca, no hay que pagar ningún diezmo; pasando de esa suma, se da el tres por ciento. Lo mismo ocurre con la plata en la proporción correspondiente.
»Por lo que se refiere al ganado, quien posee cinco camellos paga un carnero; quien posee veinticinco camellos da uno como diezmo, y así sucesivamente en la misma proporción.
»Por lo que se refiere á carneros y borregos, de cada cuarenta se da uno. Y así sucesivamente con todo lo demás.»
El sabio dijo: «¡Perfectamente! ¡Háblame ahora del ayuno!»
Simpatía contestó: «El ayuno consiste en abstenerse de comer, de beber y de goces sexuales durante el día y hasta la puesta del sol, en el transcurso del mes de Ramadán, desde que sale la luna nueva. Es recomendable abstenerse igualmente, durante la comida, de todo discurso vano y de cualquier lectura que no sea la del Korán.»
El sabio preguntó: «Pero ¿no hay ciertas cosas que á primera vista parece que hacen ineficaz el ayuno, aunque, según enseña el Libro, no aminoran en nada su valor?»
Ella contestó: «En efecto, hay cosas que no hacen ineficaz el ayuno. Son las pomadas, los bálsamos y los ungüentos; el kohl para los ojos y los colirios; el polvo del camino; la acción de tragar saliva; las eyaculaciones nocturnas ó diurnas de licor viril cuando son involuntarias; las miradas dirigidas á una extranjera que no sea musulmana; la sangría ó las ventosas simples ó escarificadas. Tales son todas las cosas que no quitan ninguna eficacia al ayuno.»
Dijo el sabio: «¡Está muy bien! ¿Y qué piensas del retiro espiritual?»
Dijo ella: «El retiro espiritual es una estancia de larga duración en una mezquita, sin salir nunca mas que para satisfacer una necesidad, y renunciando al comercio con las mujeres y al uso de la palabra. La recomienda la Sunna; pero no es una obligación dogmática.»
Dijo el sabio: «¡Admirable! ¡Deseo ahora oirte hablar de la peregrinación!»
Ella contestó: «La peregrinación á la Meca ó hadj es un deber que todo buen musulmán ha de cumplir, por lo menos una vez en su vida, cuando llega á la edad de la razón. Para cumplirlo, hay que observar diversas condiciones. Debe uno revestirse con la capa de peregrino ó ihram, guardarse de tener comercio con mujeres, afeitarse el pelo, cortarse las uñas y taparse la cabeza y el rostro. La Sunna hace también otras prescripciones.»
El sabio dijo: «¡Perfectamente! ¡Pero pasemos á la guerra santa!»
Ella contestó: «La guerra santa es la que se lleva á cabo contra los infieles cuando el Islam está en peligro. No se debe hacer mas que para defenderse y jamás debe tomarse la ofensiva. ¡Cuando el creyente se ha puesto ya sobre las armas, debe ir contra el infiel sin volver sobre sus pasos nunca!»
El sabio preguntó: «¿Puedes darme algunos detalles sobre la compra y la venta?»
Simpatía contestó: «La compra y la venta deben hacerse con libertad por ambas partes, y en los casos importantes, patentizando el consentimiento y la aceptación.
»Pero hay algunas cosas prohibidas por la Sunna en la compra y en la venta. Así, por ejemplo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 277.ª NOCHE
Ella dijo:
»...Así, por ejemplo, está expresamente prohibido cambiar dátiles secos por dátiles frescos, higos secos por higos frescos, carne curada y salada por carne fresca, manteca salada por manteca fresca, y en general, todas las provisiones frescas por otras añejas y secas de la misma especie.»
Cuando el sabio comentador del Libro hubo oído estas respuestas de Simpatía, no pudo menos de pensar que sabía ella tanto como él y no quiso declararse impotente para cogerla en falta. Resolvió, pues, hacerle preguntas más sutiles, y le interrogó:
«¿Qué significa lingüísticamente la palabra ablución?»
Ella contestó: «Eliminar por medio del lavatorio todas las impurezas internas ó externas.»
Preguntó él: «¿Qué significa la palabra ayunar?»
Ella dijo: «Abstenerse.»
Preguntó él: «¿Qué significa la palabra dar?»
Ella dijo: «Enriquecerse.»
Preguntó él: «¿Y el ir de peregrinación?»
Ella contestó: «Alcanzar la meta.»
Preguntó él: «¿Y hacer la guerra?»
Ella dijo: «Defenderse.»
A estas palabras, irguióse sobre sus pies el sabio y exclamó: «¡En verdad que para ella son insignificantes mis preguntas y argumentos! ¡Asombra el saber y la clarividencia de tu esclava, ¡oh Emir de los Creyentes!»
Pero Simpatía sonrió ligeramente y le interrumpió. «A mi vez—le dijo—quisiera hacerte una pregunta. ¿Puedes decirme ¡oh sabio lector! cuáles son las bases del Islam?»
Reflexionó él un instante y dijo: «Son cuatro: la fe iluminada por la razón sana; la rectitud; el conocimiento de los deberes y derechos estrictos y la discreción y el cumplimiento de los compromisos.»
Ella añadió: «¡Permíteme que te haga otra pregunta todavía! ¡Si no pudieses resolverla, tendré el derecho de arrebatarte el manto que te sirve como distintivo de sabio lector del Libro!»
Dijo él: «¡Acepto! ¡Venga la pregunta, ¡oh esclava!»
Ella preguntó: «¿Cuáles son las ramas del Islam?»
El sabio permaneció algún tiempo recapacitando, y finalmente no supo qué responder.
Entonces habló el propio califa y dijo á Simpatía: «¡Responde tú misma á la pregunta, y te pertenecerá el manto de este sabio!»
Simpatía se inclinó, y repuso: «¡Los ramajes del Islam son veinte: la observancia estricta de lo que enseña el Libro; conformarse con las tradiciones y la enseñanza oral de nuestro santo Profeta; no cometer nunca injusticias; comer los alimentos permitidos; no comer jamás alimentos prohibidos; castigar á los malhechores, á fin de que no aumente la malicia de los malos por causa de la indulgencia de los buenos; arrepentirse de las propias faltas; profundizar en el estudio de la religión; hacer bien á los enemigos; llevar vida modesta; socorrer á los servidores de Alah; huir de toda innovación y todo cambio; desplegar valor en la adversidad y fortaleza en las pruebas á que se nos someta; perdonar cuando se es fuerte y poderoso; ser paciente en la desgracia; conocer á Alah el Altísimo; conocer al Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!); resistir á las sugestiones del Maligno; resistir á nuestras pasiones y á los malos instintos de nuestra alma; proclamarse en absoluto al servicio de Alah con toda confianza y toda sumisión!»
Cuando el califa Arún Al-Rachid hubo oído esta respuesta, ordenó que inmediatamente despojaran de su manto al sabio y sé lo dieran á Simpatía, lo cual se ejecutó en seguida, ante la confusión del sabio, que salió de la sala cabizbajo.
Entonces se levantó un segundo sabio, reputado por su sagacidad en los conocimientos teológicos, y á quien todos los ojos designaban para que tuviera el honor de interrogar á la joven. Se encaró con Simpatía, y le dijo:
«Sólo voy á hacerte breves y pocas preguntas, ¡oh esclava! Ante todo, ¿puedes decirme qué deberes han de observarse durante la comida?»
Ella contestó: «Lo primero es lavarse las manos, invocando el nombre de Alah en acción de gracias. Luego se sienta uno con la nalga izquierda; no se sirve para comer de más dedos que del pulgar y de los dos primeros; no se toman mas que bocados pequeños; se masca bien la comida, y no debe mirarse al vecino, para no azorarle ó cortarle el apetito.»
El sabio preguntó: «¿Puedes decirme ahora ¡oh esclava! á qué se llama cualquier cosa, la mitad de cualquier cosa y menos que cualquier cosa?»
Ella contestó sin vacilar: «¡El creyente es cualquier cosa, el hipócrita es la mitad de cualquier cosa y el infiel es menos que cualquier cosa!»
Él añadió: «¡Así es! ¡Dime! ¿Dónde está la fe?»
Ella contestó: «La fe habita en cuatro lugares: en el corazón, en la cabeza, en la lengua y en los miembros. ¡Por eso la fuerza del corazón consiste en la alegría, la fuerza de la cabeza en el conocimiento de la verdad, la fuerza de la lengua en la sinceridad, y la fuerza de los demás miembros en la sumisión!»
Él preguntó: «¿Cuántas clases de corazones hay?»
Ella contestó: «Hay varias: el corazón del creyente, que es un corazón puro y sano; el corazón del infiel, que es completamente opuesto al primero...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 278.ª NOCHE
Ella dijo:
»...el corazón del infiel, que es completamente opuesto al primero; el corazón tocado de las cosas terrenas, y el corazón tocado de las cosas espirituales; hay corazón dominado por las pasiones, ó por el odio, ó por la avaricia; hay corazón cobarde, corazón abrasado de amor, corazón henchido de orgullo; también existe el corazón iluminado, como es el de los compañeros de nuestro santo Profeta, y por último, existe el propio corazón de nuestro santo Profeta, ¡el corazón del Elegido!»
Cuando oyó tal respuesta el sabio teólogo, exclamó: «¡Mereces mi aprobación, ¡oh esclava!»
Entonces la hermosa Simpatía miró al califa y dijo: «¡Oh Comendador de los Creyentes, permíteme que á mi vez haga una sola pregunta á mi examinador, y me apodere de su manto si no puede contestarme!» Y cuando se le otorgó el consentimiento, preguntó al sabio:
«¿Puedes decirme ¡oh venerable jeque! qué deber ha de cumplirse con preferencia á todos los deberes, aunque no sea el de más importancia?»
A esta pregunta no supo qué decir el sabio, y la joven se apresuró á quitarle el manto y se dió á sí misma la siguiente respuesta:
«¡Es el deber de la ablución, porque está formalmente prescrito que hemos de purificarnos antes de cumplir el menor deber religioso y antes de cualquier acto previsto por el Libro y la Sunna!»
Tras de lo cual, Simpatía se volvió hacia la asamblea y la interrogó con una mirada en redondo, á la que respondió cierto sabio, que era uno de los hombres más célebres del siglo y que no tenía igual en el conocimiento del Korán. Se levantó y dijo á Simpatía:
«¡Oh joven llena de espiritualidad y de aromas encantadores! Puesto que conoces el Libro de Alah, ¿podrías darnos una prueba de la exactitud de tu sabiduría?
Ella contestó: «El Korán se compone de ciento catorce suratas ó capítulos, de los cuales setenta se dictaron en la Meca y cuarenta y cuatro en Medina.
»Se divide en seiscientas veintiuna divisiones llamadas aschar, y en seis mil doscientos treinta y seis versículos.
»Comprende setenta y nueve mil cuatrocientas treinta y nueve palabras y trescientas veintitrés mil seiscientas setenta letras, cada una de las cuales tiene diez virtudes especiales.
»En él se cita el nombre de veinticinco profetas: Adán, Nouh, Ibrahim, Ismail, Isaac, Yacub, Yussef, El-Yosh, Yunés, Loth, Saleh, Hud, Schoaib, Daud, Soleimán, Zul-Kefel, Edris, Elías, Yahia, Zacharia, Ayub, Mussa, Harún, Issa (Jesús) y Mohamed. (¡Con todos la plegaria y la paz!)
»También se hallan en él los nombres de nueve pájaros ó animales alados: el mústico, la abeja, la mosca, la abubilla, el cuervo, el saltamontes, la hormiga, el pájaro ababil y el pájaro de Issa (¡con él la plegaria y la paz!), que no es otro que el murciélago.»
El jeque dijo: «Maravilla tu exactitud. Desearía también saber por ti cuál es el versículo en que nuestro santo Profeta juzga á los infieles.»
Ella contestó: «Es el versículo donde se encuentran estas palabras: «Los judíos dicen que están errados los cristianos y los cristianos afirman que los judíos ignoran la verdad. ¡Por lo demás, tienen razón unos y otros!»
Cuando oyó el jeque estas palabras, declaróse satisfechísimo; pero quiso interrogarla todavía. Así, pues, le preguntó:
«¿Cómo vino el Korán desde el cielo á la tierra? ¿Bajó íntegro, copiado de las tablas que se guardan en el cielo, ó bajó en varias veces?»
Ella contestó: «Por orden del Señor del universo, se lo dió el ángel Gabriel á nuestro profeta Mohamed, príncipe de los enviados de Alah, y lo hizo por versículos, según las circunstancias, en el interregno de veinte años.»
Él preguntó: «¿Cuántos compañeros del Profeta se cuidaron de ordenar todos los versículos dispersos del Korán?»
Ella dijo: «Cuatro: Abi ben-Kaab, Zeid ben-Tabet, Abu-Obeida ben-Al-Djerrah y Othmán ben-Affán. (¡Alah tenga en su gracia á los cuatro!)»
Él preguntó: «¿Cuántos son los que nos transmitieron y enseñaron la verdadera manera de leer el Korán?»
Ella contestó: «Cuatro: Abdalah ben-Massud, Alei ben-Kaab, Moaz ben-Djabal y Salem ben-Abdalah.»
Preguntó él: «¿En qué ocasión descendió del cielo el siguiente versículo: «¡Oh creyentes, no os privéis de los goces terrenos en toda su plenitud!?»
Ella contestó: «Cuando algunos, queriendo llevar más lejos de lo preciso la espiritualidad, resolvieron disciplinarse y gastar cilicios de crin.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 279.ª NOCHE
Ella dijo:
»...resolvieron disciplinarse y gastar cilicios de crin.»
Cuando oyó el sabio estas respuestas de Simpatía, no pudo por menos de exclamar: «¡Certifico ¡oh Emir de los Creyentes! que esta joven posee una sabiduría innegable!»
Entonces Simpatía pidió permiso para hacer una pregunta al jeque, y le dijo:
«¿Puedes decirme qué versículo del Korán comprende veintitrés veces la letra kaf, cuál comprende diez y seis veces la letra mim y cuál comprende ciento cuarenta veces la letra ain?»
Estupefacto quedó el sabio, sin poder hacer la menor referencia sobre ello; y después de quitarle el manto, Simpatía se apresuró á indicar por sí misma, entre la general estupefacción de los concurrentes, los versículos pedidos.
Entonces se irguió en medio de la asamblea un médico reputado por lo vasto de sus conocimientos y que había producido libros muy estimados. Encaróse con Simpatía y le dijo:
«Hablaste de un modo excelente acerca de lo espiritual; pero ya es hora de ocuparse del cuerpo. ¡Explícanos ¡oh bella esclava! la formación del cuerpo del hombre, sus nervios, sus huesos y sus vértebras, y por qué á Adán se le llamó Adán!»
Ella contestó: «El nombre de Adán viene de la palabra árabe adim, que significa la piel, la superficie de la tierra, y se llamó así el primer hombre porque fué creado con un amasijo de tierra de diversas partes del mundo. En efecto, la cabeza de Adán se formó con tierra de Oriente, su pecho con tierra de la Kaaba, y sus pies con tierra de Occidente.
»En el cuerpo dispuso Alah siete puertas de entrada y dos puertas de salida: los dos ojos, las dos orejas, las dos narices y la boca, y por otra parte, una delantera y un ano.
»Luego, para dar un temperamento á Adán, el Creador reunió en él los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire. He aquí por qué el temperamento bilioso tiene la naturaleza del fuego, que es cálido y seco; el temperamento nervioso tiene la naturaleza de la tierra, que es seca; el linfático tiene la naturaleza del agua, que es fría y húmeda; y el sanguíneo la naturaleza del aire, que es cálido y seco.
»Después de lo anterior, acabo Alah de constituir el cuerpo humano. Puso en él trescientos setenta conductos y doscientos cuarenta huesos. Le dió tres instintos: el instinto de la vida, el instinto de la reproducción y el instinto del apetito. Luego le puso un corazón, un bazo, pulmones, seis tripas, un hígado, dos ríñones, un cerebro, dos compañones, un nervio y una piel. Le dotó de cinco sentidos guiados por siete espíritus vitales. En cuanto al orden de los órganos, Alah puso el corazón en el lado izquierdo del pecho, y debajo de él extendió el estómago; puso también los pulmones para que sirviesen de abanicos al corazón; el hígado á la derecha para que fuese como la guarda del corazón, y por último el entrelazamiento de los intestinos y la articulación de las costillas.
»Respecto á la cabeza, se compone de cuarenta y ocho huesos; en cuanto al pecho, contiene veinticuatro costillas en el hombre y veinticinco en la mujer: esta costilla suplementaria se halla á la derecha y sirve para guardar al niño en el vientre de su madre, rodeándole y sosteniéndole.»
El sabio médico no pudo disimular su sorpresa; luego añadió: «¿Puedes ahora hablarnos de los síntomas de las enfermedades?»
Ella contestó: «Los síntomas de las enfermedades son externos é internos, y sirven para indicar la clase de dolencia y su grado de gravedad.
»Efectivamente, el hombre hábil en su arte sabe adivinar el mal nada más que con tomar el pulso al enfermo: de este modo averigua el grado de sequedad, de calor, de dureza, de frío y de humedad; sabe asimismo que si á un hombre le amarillean los ojos, es porque debe tener malo el hígado, y que si á otro se le encorva la espalda, es porque debe tener gravemente atacados de inflamación los pulmones.
»En cuanto á los síntomas internos que guían la observación del médico, son: los vómitos, los dolores, los edemas, los excrementos y la orina.»
Él preguntó: «¿A qué obedece el dolor de cabeza?»
Ella contestó: «El dolor de cabeza se debe principalmente á la nutrición, cuando se carga de nuevo el estómago antes de que los primeros alimentos se hayan digerido; igualmente se debe á comidas hechas sin tener gana. La gula es causa de todas las enfermedades que asolan la tierra. Quien quiera prolongar su vida debe, pues, practicar la sobriedad, y además, levantarse temprano, evitar las vigilias, no hacer excesos con la mujer, no abusar de la sangría ni de las escarificaciones, y por último, vigilar su vientre. A tal fin conviene que divida su vientre en tres partes, de las cuales llenará con alimentos una, con agua la otra y con nada la tercera, dejándola libre para la respiración y para que pueda el alma aposentarse allí. Lo mismo podría decirse del intestino, cuya longitud es de diez y ocho palmos.»
Él preguntó: «¿Cuáles son los síntomas de la ictericia?»
Ella contestó: «La ictericia ó amarillez febril se caracteriza por el tinte amarillo que adquiere la piel, por el amargor de boca, los vértigos, la frecuencia del pulso, los vómitos y la aversión á las mujeres. El atacado por esta dolencia se halla expuesto á graves accidentes, como las úlceras intestinales, la pleuresía, la hidropesía y los edemas, así como la melancolía de carácter grave, que, al debilitar el cuerpo, puede provocar el cáncer y la lepra.»
Él dijo: «¡Perfectamente! Pero ¿en cuántas partes se divide la medicina?»
Ella contestó: «Se divide en dos partes: estudio de las enfermedades y estudio de los remedios.»
Él dijo: «Veo que nada deja que desear tu ciencia. Pero ¿puedes decirme qué agua es la mejor?»
Ella contestó: «El agua pura y fresca contenida en un recipiente poroso frotado con cualquier perfume excelente ó simplemente perfumado con vapores de incienso. No debe beberse mas que después de la comida. Así se evitará toda clase de enfermedades y se pondrá en práctica la frase del Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!), que dijo: «El estómago es el receptáculo de todas las enfermedades, el estreñimiento la causa de todas las enfermedades, y la higiene el principio de todos los remedios.»
Él preguntó: «¿Qué comida es excelente entre todas?»
Ella contestó: «La preparada por mano de mujer, sin que haya costado demasiados preparativos, y cuando se come con corazón alegre. El plato llamado tharid es ciertamente el más delicioso de todos los platos, porque el Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!) ha dicho: «¡El tharid es con mucho el mejor de los platos, como Aischa es la más virtuosa de las mujeres!»
Él preguntó: «¿Qué opinas de las frutas?»
Ella dijo: «Con la carne de carnero, son el alimento más sano. Pero no hay que comer demasiadas cuando está avanzada la estación.»
Él preguntó: «¿Y del vino»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

