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El enemigo

JACINTO OCTAVIO PICÓN (continued 4)

Reading edition

—¡Lo que hacen es perseguir a los enemigos de la religión!

—Sospechaba que simpatizabas con ellos; pero no me acomoda discutir esto ahora. Haz que mamá y Leo canten letanías, fervorines, gozos, salves, todo el repertorio de la música celestial; que recen hasta repetir maquinalmente lo que les enseñes: sólo te ruego que la devoción no robe amparo ni cariño a mi padre, y que no alecciones a la chica en cosas que ignora.

—¿No ha de huir el peligro?

—¿Cómo ha de aprender a evitarlo, si lo presentan a sus ojos con el encanto de lo prohibido por aliciente, con el incentivo de la curiosidad por guía y el aguijón de la edad por cómplice? Desengáñate, Tirso, no es este momento de que intentemos convencernos mutuamente; más no se le debe despertar la malicia a quien, como ella, la tiene adormecida; que sus impulsos no los sofoca luego nadie.

—Combatir contra la carne es virtud.

—Y no tener que combatirla, cosa mejor que la virtud misma.

—¡Está bien! tendré que ver impasible a tu amigo traerla libros detestables, historias de crímenes y amoríos perniciosos, y yo, su propio hermano, no podré oponerme. Está claro; la libertad para el mal, al bien la mordaza. Al menos eres lógico: aplicas a la casa la misma política que defiendes para el país. Luego os indignaréis de que sacerdotes como yo quieran traer piedad a las familias, y de que hombres como los que luchan lejos de aquí pretendan aniquilar a la revolución, que vomita blasfemias y engendra delitos.

—¡Traer piedad a las familias! ¿Acaso sabéis lo que es familia? Os basta el amor estéril que profesáis a Dios; preferís el egoísmo de la beatitud a la abnegación del cariño; una hora de meditación os parece cosa más santa que un día de trabajo, y el llanto que arranca un sacudimiento histérico os es más grato que las lágrimas vertidas consolando el dolor ajeno.

—Eres más impío de lo que imaginé.

—Y tú más fanático de lo que yo pensaba. Por ganar almas para el cielo, vas a traer la discordia a casa de tus padres. Antes que hijo, eres cura.

—¿No hallas nombre más despreciativo?

Las palabras, contenidas por el temor de despertar a los viejos, sonaban como sofocadas, ahogando la prudencia las entonaciones de la ira. Tirso, a pesar de su carácter impetuoso, sabía contenerse mejor; a Pepe le temblaba la voz en la garganta; aquél, tranquilamente sentado ante la mesa, jugaba con las cuentas del rosario; Pepe sentía afluir a los labios todos los temores que abrigaba su alma. La lámpara, a cada instante menos luminosa, iba quedando vencida por las sombras. Sólo se oía hacia la parte del gabinete el quejido metálico de los rodajes del reloj, y un silencio sepulcral reinaba en el espacio a cada interrupción del diálogo. Diríase que los objetos escuchaban.

—Has vivido siempre apartado de nosotros—prosiguió Pepe—y no sabes que el amor que une a los tuyos es más fuerte que el delirio de vuestra fe. La solicitud con que nos atendemos, es mayor que el celo que os inflama. No nos convencerás nunca de que las llagas de Cristo deben dolernos más que las piernas enfermas de mi padre.

—Tu padre morirá, y las sagradas heridas continuarán, por los siglos de los siglos, manando raudales de divina gracia. Y a propósito de padre, yo también quería hablarte de él, porque sé lo que tiene. He conocido un señor que padecía lo mismo: eso es gota.

—Es verdad; pero te advierto que se le está ocultando por no afligirle: le hemos dicho que es un simple reuma.

—Poco será el alivio que halle, si hay alguno posible.

—Mayor razón para que no se le atribule inútilmente. Es tarde: ¿quieres algo?

Vaciló Tirso unos instantes, cual jugador que teme aventurar la partida, y después, mirando a su hermano de frente, le preguntó:

—¿Crees haber hecho todo lo que debéis a su estado?

—Nada le falta: pagamos un médico acaso superior a nuestros recursos; mamá o Leo van en persona a la botica; no se escatima receta, por cara que cueste; con la mayor puntualidad se le da cuanto ha de tomar... y lo que vale más, respira una atmósfera de ternura y cariño que echarán de menos muchos más afortunados. Ahora tengo esperanzas de poder sacarle a paseo algunas tardes en un simón.

—Es natural; los que sólo creen en las cosas del cuerpo, no acuden a las del alma.

—¿Por qué lo dices?

—Yo pienso traerle un médico mejor que el vuestro.

—¿Quién?—preguntó Pepe, sospechando la respuesta.

—El Santo Viático.

—Eso le asustaría mucho y no le aliviaría nada; por consiguiente abstente de ello. Bastaría hablarle de esas cosas para que se muriera de terror.

—Cuando lo crea necesario, haré lo que me dicte mi conciencia.

Acercósele entonces Pepe y, poniéndole duramente la mano sobre el hombro, entrecortadas las palabras por una risa que era toda ira, repuso:

—¡Líbrete Dios de semejante brutalidad! ¿Lo entiendes? No respondería de mí. Papá sufriría una emoción que acaso le costara la vida... y podría olvidárseme que eres mi hermano.

—Cada cual cumple su deber como lo entiende.

—¿Sí? Pues date por avisado: al Santo Viático, al granuja que lleva el farolón y a tí... os tiro escaleras abajo.

—¡Lo veremos!

Pepe, sobreponiéndose a su indignación, procuró hablar con calma y, notando la sangre fría de que Tirso alardeaba, quiso mostrar igual serenidad.

—Temía esta escena, pero no quiero esquivarla... Cuando llegaste a Madrid, y al subir de la estación del ferrocarril entraste en Santa María, permaneciendo allí largo rato, sin la menor prisa de conocer a tus padres, porque conste que no les conocías, adiviné yo cuál sería tu fanatismo; pero no imaginé que sobreviniera esta lucha. Luego, dados tus antecedentes y viéndote vivir oculto en casa como un criminal, tuve sospechas de que habías venido a Madrid para asuntos que no eran tuyos... Recuérdalo: exceptuada la primer salida que hiciste entre dos luces la misma tarde del día en que llegaste, sólo al cabo de muchos días te atreviste a salir a la calle, después de las dos o tres visitas de aquel señor que vino a verte, cuando se conoce que estaba ya cumplida tu misión. Ya ves que te he seguido paso a paso. He notado tu empeño en no hablar con nosotros de ciertas cosas, porque te repugnan nuestras ideas sobre la política, la guerra y los curas trabucaires; y, por último, he aguantado tus mañas para convertir a mamá y lo que intentas para que riñan Millán y Leo... en fin, te conozco a fondo. Tú, en cambio, no sabes de lo que soy capaz.

—¿De qué?

—Si, lo que no es creíble, papá, espontáneamente, pidiera ciertos auxilios, yo sería el primero en respetar su voluntad. Pero, entiéndelo bien; si traes confesor, viático... vamos, cualquier tontería que pueda asustarle y provocar en su enfermedad una crisis peligrosa, te juro, por mi madre y por el amor de la mujer a quien quiero, que no te trataré como a hermano. De tu conducta depende mi prudencia. ¡Hemos concluido!

—Cada cual cumplirá su obligación.

—¡Abur!—Y Pepe, andando de puntillas, se metió en su cuarto.

Quedose Tirso un rato solo en el comedor, pensativo e inmóvil: la lámpara, espirante, despidió de pronto dos o tres chispas de la mecha, ya seca; el temblor de la luz hizo que en la pared se agitara convulsamente la sombra del cura, y entonces él, buscando casi a tientas la puerta de su alcoba, encendió una bujía y, tras rezar sus oraciones, se acostó; pero tardó mucho en dormirse. La energía de su hermano le había desconcertado por completo: Pepe era más hombre de lo que él imaginó.

A la mañana siguiente doña Manuela, antes de ir a la compra, según costumbre, fue a dar un beso a Pepe, mientras éste acababa de vestirse para marchar a su trabajo.

—Voy a la compra; adiós, hijo.

—Y a misa, ¿verdad, mamá?

Ella, sonriéndole cariñosamente, se limitó a decir:

—¿Qué mal hay en ello?

—En eso, nada; pero, oye, mamá. Anoche tuve una agarrada con Tirso: la cosa había de suceder, y llegó. Supongo que te habrá hablado de ciertos proyectos que intenta, relativos a papá: puedes imaginar el efecto que producirían. Contén a mi hermano, imponle cordura, porque estoy dispuesto a todo.

No cumplió Tirso sus amenazas, ni se alteró más, por entonces, la tranquilidad de la casa; pero ambos hermanos comprendieron que aquella calma, violentamente obtenida por la energía de uno y la aparente sumisión de otro, no era paz definitiva, sino una tregua pasajera.

XIX

«Querido Pepe: Figúrate lo disgustada que estaré: hace cuatro días que no nos vemos, y rabio por reñir contigo. Tonto, tonto mío, ¿pensabas que no había yo de saber averiguar tus penas para compartirlas? El chico te habrá dicho, seguramente, las preguntas que le hice y cómo me contestó. Estoy persuadida de que todo te lo ha contado. No puedes figurarte la gracia que me hizo su desinterés. ¿Me perdonas que soborne a tus servidores? Yo, en cambio, no te perdonaré tu falta de franqueza. Haz cuenta que estás a mi lado y que te hablo muy seria. ¿No hemos repetido ambos hasta la saciedad que debíamos sernos leales? Pues no merece perdón que por desconocer mi cariño me hayas ocultado las contrariedades que te ocasiona tu hermano. Está bien, don Reservado; quiere decir que no me importa lo que te agrade o enoje. ¿En qué puedes fundar el no haberme dicho que trabajabas en una imprenta desde que te viste obligado a dejar la carrera? Me has dicho algunas veces que tu posición y tu género de vida no te han permitido tratar ni conocer a fondo señoritas de esas a quienes el no tener que pensar en nada serio hace frívolas y vanidosas. ¿En qué consiste, pregunto yo ahora, que no habiendo podido conocerlas me confundes con ellas? Seamos francos: el temor a que me pareciese demasiado humilde tu trabajo, el recelo de que fuese vanidosa, te han hecho callar, y resulta que el vanidoso eres tú. Como nada de lo que yo te diga puede enojarte, me arriesgo a todo: ¿fue vergüenza lo que sentiste al pretender ocultarme que te obligó la necesidad? ¿Sabes cómo se llama eso? Falsa vergüenza, una cosa muy parecida a la soberbia. Sí, Pepe; soy más leal que tú: me tienes ofendida. Dices que me quieres porque soy buena, y has sido capaz de suponer que podía hacerme mal efecto, así, clarito, lo de trabajar en una imprenta. Nunca se te caen de los labios la distancia, la desigualdad, y qué sé yo cuántas tonterías más: sólo te las perdono porque imagino a veces que son pretexto para que esté contigo cariñosa. ¿Ves cómo el cariño todo lo interpreta bien? Basta de esto, porque no quiero parecerte pesada; y conste que me conoce mal quien suponga que el obrar bien pudiera hacerle desmerecer en mi ánimo. Ahora, deja que me goce en llamarte tonto. ¡Buena ocasión perdiste de ponerte romántico! Queda demostrado que el amor propio es en tí más fuerte que el amor verdadero, y que yo, la señorita, como me llamas en esas bromas que, por lo visto, tienen un gran fondo de verdad, soy mucho más sincera y menos vanidosa, y te quiero con toda mi alma y te querré siempre, porque me has engañado con tus zalamerías, haciéndome creer que eres distinto de los demás hombres. Tengo ganas de verte para decirte todo lo que se me viene a la boca. ¡Lo menos pensaste que volvería despreciativamente la cabeza, sin saludarte, si por casualidad te viera salir de la imprenta! No lo digo por esto del saludo; pero no sabes tú de lo que es capaz una mujer cuando sabe querer. ¡Ojalá no fuese rica!

Respecto a lo de tu hermano, nada puedo decirte, porque las cuatro palabras que arranqué a Pateta no bastan para formar idea de tu situación, aunque sé por experiencia que esas gentes demasiado devotas hacen desgraciado a cualquiera. En mi familia está el ejemplo: la Condesa de Astorgüela, que es una parienta nuestra lejana, tiene oratorio en su casa, gasta un dineral en cosas de iglesia y, a sus hermanos, que están casi en la miseria, no quiere darles una peseta. En cambio acaricia la pretensión de que los demás sean rumbosos, y quiere que papá regale o malvenda a unas monjas un terreno que posee fuera de la Puerta de Bilbao. No puedes imaginar las recomendaciones y empeños que andan buscando. ¡Figúrate! ¡A papá con esas! Papá dice que la de Astorgüela es muy mala y que la devoción la hace peor. Yo no me atrevo a tanto, porque alguna religión hay que tener; pero tampoco me gustan las exageraciones. Lo triste sería que tu padre tuviese algún disgusto por culpa de tu hermano.

Adiós, orgulloso mío, no te quejarás de la reprimenda, ni de que escribo poco. Tuya, siempre, siempre,

Paz.»

»Como si lo viera. En cuanto leas lo que te digo, te pones a hacer consideraciones sobre lo raro y lo novelesco de que yo... en mi posición, quiera a un hombre como tú. ¡Hasta que te cure la tontería, no he de parar! ¿No dicen que el amor es ciego? ¿No pude enamorarme de un pillo? Pues me ha dado por quererte a tí, que eres bueno, y asunto concluido.

Ven pronto a verme, porque Papá habla de ir esta semana al distrito, y por no dejarme sola en Madrid, puede que me lleve. Será cosa de pocos días.»

Realizose el viaje que anunciaba Paz, no sin que antes la viese Pepe, disipando en la primera conversación con amantes palabras el débil enojo que en ella produjo su reserva; y luego de partida con don Luis, como se prolongara la excursión bastantes días, cruzaron los novios varias cartas, una de las cuales decía así:

«Adorada Paz:

El cariño que me demuestras es, por la sinceridad que lo avalora, mi única alegría. Fuera de esto, cuanto me rodea y toca es causa de disgusto. ¡Buen nublado se me viene encima! Mi casa comienza a parecer una sucursal del infierno, y voy dudando si vivo en plena realidad o está alguien, por arte de magia, ensayando a costa mía el efecto de alguna de aquellas novelas de hace treinta años, en que un personaje misterioso y fatídico desbarataba la paz de una familia. Mis padres, mi hermana y Tirso (ya me repugna llamarle hermano) parecemos sujetos a influjo extraño a nuestra voluntad. La conducta de Tirso es inconcebible. Su obstinación en reformar la familia es igual a la conformidad que en otro tiempo demostró para estar alejado de nosotros: antes, como sino existiéramos; ahora, todos hemos de ser santos; es decir, todos no, porque conmigo no se atreve.

El resultado es que me da muy malos ratos, y aún los espero peores, pues la cosa ha sido muy de prisa.

Mamá está dominada por Tirso, papá enteramente acoquinado, y su carácter, vencido por la enfermedad y los sufrimientos, va convirtiéndose en una apatía de que sólo a ratos le saca la rabia del dolor. Ya no hay medio de ocultarle que en casa existe una guerra peor que la del Norte. ¡Si papá me dejase, plantaba a Tirso en medio de la calle sin ningún miramiento! No veo otro remedio al mal. Me contengo porque, si lo hiciera, mi madre nos daría la gran desazón: es increíble hasta qué punto parece identificada con él; pero no me cabe en la cabeza la idea de que nos abandonara por seguirle. Supón lo sensible que me será admitir semejante posibilidad. Pues aún hay, sin embargo, otra cosa más triste: el dominio que Tirso ha logrado ejercer sobre ella, no es ascendiente de hijo, sino influjo de cura. En cuanto a Leocadia, parece haberse desarrollado en ella una indiferencia, un egoísmo de que nunca la creí capaz. Ambas se levantan casi al amanecer, van a misa y, aunque no vuelven tarde, como al salir meten ruido y despiertan a papá, resulta que éste, no pudiendo recobrar el sueño, se desespera hasta que vienen a darle el desayuno. Antes, todo cuidado les parecía poco para él: ayer se quejó de que el café, por ser barato, era malo, y mi madre, con una calma espantosa, le respondió que peor estaría el cáliz de la amargura; y no lo dijo con intención dañina, sino porque oye a Tirso majaderías por el estilo. A pesar de comprenderlo así, tuve que mirarla a la cara y empaparme los ojos de que era mi madre, para no soltar una barbaridad. A la hora de comer y antes de la cena dicen las dos sus oraciones, algunas veces hasta con latinajos (¡figúrate lo que entenderán ellas!), y por la tarde, si hay en cualquier iglesia función, ya las tienes con la mantilla puesta. Todavía no se han atrevido a irse las dos dejándole solo; pero la que no sale se queda renegando. En la conducta de mi madre, al menos, se nota cierta sinceridad; pero Leocadia va a la iglesia porque ha hecho el descubrimiento de que ve gente y la ven y se distrae: habla de iglesias cursis y de iglesias elegantes, como si se tratara de teatros, y critica los trajes de las Vírgenes como si fueran amigas suyas.

El doble resultado de todo esto es que la tranquilidad no es ya fruta de mi huerto, y que, además, los viajes a la casa de Dios van dejando la mía sin barrer. El celo mimoso y lleno de pequeños cuidados con que antes se atendía a mi padre, es hoy prisa por acabar pronto de servirle y correr a lo que Tirso recomienda. En fin, temo que, sin provocación ni desafío por mi parte, cuando llegue Tirso a comprender el imperio que tiene en la casa, trate de ponerme en el disparador. Por supuesto, que no adivino lo que se propone. A juzgar por algunas cosejas que compra, debe tener cuartos; pero ni un céntimo gasta para nosotros: sabe que yo llevo el peso de la casa y, sin embargo, parece como que quiere hacerme saltar de ella. Repito que no lo entiendo; pues en cuanto a convertirme, primero me hace rajas. Excuso decirte que lo que él llama conversión es la entrada en el dominio de la imbecilidad: su devoción es de lo más ramplón que puede darse. Lo peor de todo es que mi padre empeora rápidamente. Ahora quiere el médico emplear con él la hidroterapia, lo cual saldrá caro; pero yo he dicho que todo se hará, aunque hayamos de vender hasta las sillas. Tirso dice que esas son novedades de la ciencia, que antes no se conocían tales cosas y que no por ello dejaban de curarse los enfermos. En cambio ha logrado que mamá dé una peseta todos los meses para no sé qué hermandad o cofradía de la Limosna de la Luz, y otra para unas escuelas católicas. El día que abra yo la puerta al cobrador, le echo rodando por la escalera.

Adiós, vida mía; no te enfades porque no te repita mil veces que te quiero. En decirte mis disgustos se me ha ido el rato. No tengo tiempo para más; pero ya sabes que te adora tu amantísimo,

Pepe.

¿Tardaréis muchos días en volver? ¿Cómo ha encontrado tu padre el distrito? ¿Esperas que a tu regreso podamos vernos con frecuencia? No quisiera sentar plaza de pegajoso y, sin embargo, deseo que don Luis me necesite para poder verte y hablarte. Escríbeme mucho.»

XX

Don José comenzó a empeorarse, y con sus molestias, que iban diariamente en aumento, arreciaron los gastos.

En un principio determinaron la dolencia la vida sedentaria, la desmedida codicia en el comer y su natural plétora sanguínea: luego vino el dormirse fácilmente en cualquier parte, el echar vientre y digerir a duras penas, acentuándose la repugnancia a todo esfuerzo físico. Con este desorden en el organismo, manifestó cierta volubilidad de carácter, completándose el cuadro del que los médicos dicen estado artrítico, amén de otros síntomas que llaman sucios, hasta que por fin estalló la enfermedad, fijándosele el dolor en un pie, que se le puso hinchado, de color rojo y con las coyunturas muy sensibles. El primer acceso fue violento en extremo: posteriormente, al acostarse, en seguida conciliaba el sueño; pero al poco rato despertábale la rabia del dolor, tardando algunas horas en recobrarlo; repitiéndose estos exacerbamientos hasta que, posesionado el mal de ambos pies, quedó el infeliz postrado y sujeto a pasar los días de la cama a la butaca, y de ésta a aquélla. Al carácter agudo del padecimiento siguió el crónico; los ataques perdieron en intensidad, ganando en duración; tuvo fiebre, y en lo sucesivo raro fue el día que pasó medianamente. Con tal situación, cuando mayores cuidados y atenciones pedía el enfermo, coincidió el enfrascarse doña Manuela en cosas de la iglesia, y ella, antes tan compasiva y solícita, fue, sin darse cuenta, pecando de olvidadiza y negligente, sin mostrar mala voluntad; pero el resultado era el mismo que si la tuviera. A pesar de estar su vista cansada por los años, emprendió la tarea de bordar un paño de altar para regalo a la parroquia, y mientras tenía caladas las antiparras y la aguja en la mano, aunque su esposo la llamara, tardaba en acudir. El darle las medicinas a hora fija quedó supeditado a más santas atenciones, y comenzó a molestarla el escuchar quejidos, por antojársele muestra de poca esperanza y ninguna resignación. Don José se devanaba los sesos, sin lograr explicarse aquella trasformación ni acertar cómo pudo Tirso trocar tan pronto en beata a la que nunca fue devota, siendo lo peor del caso que no le dio la piedad por el amor al prójimo, ni por arreciar en el cuidado de su casa, sino que miraba el hogar y la familia como objetos inferiores. No decía palabra contra las necesidades ordinarias de la vida, ni renegaba de la materia, ni ensalzaba la superioridad de lo ideal sobre lo terreno, mas claramente se veía germinar en ella la semilla dejada caer por Tirso.

Lo más extraño fue que, de exageradamente limpia, se hizo algo desaseada, como si alguien la hubiese convencido de que nadie debe atender primero al lavado del cuerpo que a la pulcritud del alma. Por último, todo gasto le pareció exorbitante y, cuando el médico habló de hidroterapia y en la casa de baños dijeron que llevar a domicilio un aparato necesario costaba un duro por cada viaje, fue de opinión contraria al remedio, tronando por vez primera contra las invenciones de ahora. Delante de Pepe se contenía cuanto le era posible; pero ya toleraba de mala gana cualquier broma que trascendiese a incredulidad; y como el estado de las cosas por aquel tiempo hacía que todas las conversaciones fuesen a caer en la guerra, y hablar de ésta era hablar del clero, doña Manuela oía con disgusto a su hijo y su marido, cuando el primero alardeaba de republicano y el segundo de progresista a la antigua. Bastaron unos cuantos meses, trascurridos desde la llegada de Tirso, para que le repugnase ya escuchar ciertas conversaciones: a veces hasta intentaba oponerse a ellas con tonterías de marca mayor, por hablar de lo que no entendía.

Don José continuaba firme en su afición a leer y comentar las noticias de la guerra, lecturas y comentarios en que acababa siempre maldiciendo contra el absolutismo y la lucha civil; Pepe, después de comer, permanecía un rato acompañándole, y estos eran los mejores momentos que el viejo pasaba, porque casi siempre estaban de acuerdo el padre y el hijo. Don José conservaba el vigoroso arranque del antiguo partido progresista; Pepe, prematuramente escéptico, dado a violencias, como quien siendo joven está ya harto de traiciones, proponía a los males públicos remedios más enérgicos. En cuanto al modo de terminar la guerra civil, estaban conformes: había que concluirla, no por pacto, sino por fuerza de armas. Tirso, si les oía, procuraba contenerse; mas algunas veces le era imposible disimular, y sintiéndose ya fuerte, terciaba en la conversación, mostrando, no simpatía tibia, sino ardor de sectario por la causa del absolutismo.

El año anterior, cuando la guerra franco-prusiana, había comprado Pepe un mapa, barato, en el que seguía con alfileres y banderitas las marchas de ambos ejércitos: don José, por distraerse y llevado de la atención con que consideraba el duelo entre la revolución y el carlismo, repitió el entretenimiento. Mandó a Pepe que colocara en la pared una carta geográfica de toda la parte superior de España y, a cada parte de la Gaceta, a cada nueva de lo que ocurría en los campos de batalla, iba marcando los lugares ganados o perdidos por los soldados del ejército liberal o las huestes del Pretendiente, con lo cual Tirso hallaba justificado motivo para comentar noticias, atenuar triunfos y exagerar derrotas, según quien salía victorioso.

El estado de España era a la sazón desconsolador. El país se había convencido de que, si el carlismo no contaba con elementos para vencer, tenía los bastantes para ensangrentar la mitad del territorio de la patria. En los comienzos de 1873, las partidas alzadas en armas eran pocas; pero aumentaron pronto. La insurrección de Vizcaya no inquietaba; el carlismo aragonés veía fracasar su intento en Santa Cruz de Nogueras, y los castellanos parecían difíciles de arrastrar; mas ya había fatales indicios de que la lucha sería ruda. Un jesuita amenazó con horribles fusilamientos, más tarde realizados; hubo cabecilla que, habiendo licenciado en Pascuas de Navidad sus tropas, las congregó a toda prisa; se armó el Maestrazgo; creció el peligro en Cataluña y llegaron las boinas blancas hasta más acá del Ebro. La frecuencia con que el ejército liberal mudaba generales y los errores del Gobierno central, servían de sarmientos a la hoguera: apenas pasaba día sin que entrara de Francia algún jefe insurrecto; Navarra era un volcán; asaltábanse los trenes de viajeros, y un cura famoso inauguraba la larga serie de sus repugnantes maldades. Madrid, en tanto, servía de asilo a comités o juntas fomentadoras del levantamiento, y la misma libertad, combatida en los campos a balazos, era en la Corte aprovechada impunemente por el bando faccioso. Tirso, como si todo esto le alegrara, comenzó a mostrarse satisfecho sin disimulo y arrogante sin cautela: diríase que en la lucha jugaba algo su interés y que, por extraña aberración, veía más fácil el moralizar a su familia según se iba desquiciando la patria. Por fin, manifestó desembozadamente sus ideas; dijo con franqueza que era carlista y, cuando su padre leía o hacía que le leyesen noticias de la guerra, tomaba parte en los comentarios, oponiendo cálculos a cálculos y versiones a versiones.

Los informes de Pepe procedían generalmente de las imprentas donde se tiraban extraordinarios y hojas volantes de periódicos, que mentían con frecuencia: las nuevas de Tirso tenían origen desconocido; pero, a veces, se anticipaban a las oficiales, eran más exactas o llegaban a confirmarse, acusando todo que el manantial en que las bebía era bueno; con lo cual Pepe fue convenciéndose de que su hermano frecuentaba gentes directamente interesadas en los acontecimientos, y corroborándose en la idea de que el viaje de Tirso fue el desempeño de una misión más o menos importante, pero indudable. Ya estaba explicada su actitud anterior. Los primeros días de su estancia en Madrid temió ser descubierto, y no salió a la calle sino una sola vez y ya de noche; visitole luego un caballero, y desde entonces se mostró más abierto y franco, como si aquellas visitas le quitaran peso de encima; por último, perdió el miedo, y juntamente dio a entender su satisfacción por la marcha de los sucesos y la influencia ejercida en el ánimo de su madre.

Esto último no pudo permanecer oculto a don José; pero respecto a la sospecha de ser Tirso agente subalterno de los carlistas, nada quiso decir Pepe a su padre, convencido del disgusto que había de experimentar. Harto comprendía él que las luchas políticas, por rara excepción, tienen hoy el infame privilegio de enconar las divisiones de familia; mas no se le ocultaba que para el viejo y entusiasta partidario del progresismo, para el admirador de los que pusieron término a la primera guerra civil, sería triste pesadumbre saber que un hijo suyo, hecho clérigo a hurtadillas, era agente y servidor de los facciosos. Don José no lo conjeturaba todavía: su curiosidad estaba despistada por el empeño de saber cuál había sido el objeto del viaje.

—Tirso es carlista—decía hablando con Pepe—ya no lo oculta: pero, ¿a qué diablos habrá venido?

—Se me figura que a pretender: querrá ser canónigo, y como parece vanidoso, no nos dirá nada por si no logra su objeto.

—Lo que más me duele es que está trastornando a tu madre. Esta mañana han ido las dos a confesarse y han vuelto a las diez: total, que me han dado la medicina muy tarde y no puedo comer hasta dentro de hora y media. Y mira, mira, como anda todo.

Pepe miró en torno suyo. Sobre el aparador estaban, aún sucios, los platos que sirvieron para la cena de la víspera; en el centro de la mesa veíase el mantel hecho un rebujo, las migajas sobrantes esparcidas en su derredor, y junto al balcón una canastilla llena de ropa blanca atrasada y sin repasar.

—En cambio—prosiguió el viejo señalando a la pared—llueven estampas.

Tirso había comprado una cromo-litografía de la Virgen de Lourdes con marco de moldura dorada, colocándola encima del retrato de Espartero.

—Esto—dijo Pepe—sería sencillamente ridículo si anduviésemos sobrados de dinero: teniendo tan poco, me parece falta de juicio; pero allá él.

—No, hijo, no; ¡si lo ha pagado tu madre! veintiocho realazos... ¡y luego vociferan que el agua de Vichy es farsa moderna y que la hidroterapia sale cara!

XXI

Las gentes a cuyos manejos obedeció el viaje de Tirso a Madrid, le mandaron que esperase órdenes en la corte, y él entonces pensó en utilizar algunas de las amistades que, a la sombra de su misión, contrajo con gente de sotana, logrando entrar en una iglesia, donde, a título de suplente, ganaba algo, aunque poco. Un obispo y un ecónomo fueron los protectores, merced a cuyo valimiento pudo actuar en una parroquia, no sin que algunos capellanes se disgustaran, temerosos de que, a la larga, les quitara el pan: otros, en cambio, por simpatía, o conocedores de lo mucho que podía quien le recomendaba, hicieron buenas migas con él, y uno de éstos, viejo achacoso, que tenía fama de avaro, le cedía frecuentemente su puesto en ocasiones lucrativas. Malas lenguas murmuraban que lo hacía reservándose la mitad de la remuneración, a pesar de lo cual, de cada entierro de primera le quedaban a Tirso veinte reales y treinta de cada novena. Además, servía de festero en ciertas solemnidades, y no le olvidaba el ecónomo cuando había que repartir algunas misas. Pero lo que él ambicionaba era tener sermones, que uno con otro le salían lo menos a dos o tres duros, suponiendo que fuera cierta la calumnia antes apuntada. El primer sermón que pronunció hizo poco efecto a sus nuevos compañeros; todos dijeron que olía a pueblo: con el segundo le ocurrió lo mismo, y en vista de ello determinó estudiar los ajenos para perfeccionar los propios. De allí a poco le tocó uno, y entonces desplegó toda su energía.

Había él notado que, por aquel tiempo de amenazas revolucionarias, no parecía a los devotos buen sacerdote el que no se aventuraba algo en el terreno de las alusiones políticas; y como todo era menos tímido, se lanzó a pisarlo, decidido a no resultar menos celoso defensor de la Religión. Preparose durante varios días con libros que consideró del caso, leyó al Padre Larraga y al jesuita Roothaan, consultó varios sermonarios de Santander, Eguileta y Pantaleón García, hizo acopio de frases sabias, citas de los Santos Padres y hasta de figuras retóricas, escogiendo tropos, hipotiposis y apóstrofes que dieran color a sus períodos, después de lo cual fijó el tema de la oración, fundándola en aquellas palabras famosas: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Como la cofradía que pagaba la función era de gente adinerada, la iglesia estuvo brillante. En el atrio, inmediato al puesto de una florista, habían colocado el cajón de la rifa piadosa, cuyos premios eran un canario enjaulado, dos sortijeros de cristal, un castillete de cartón-piedra para juguete de niños y una Virgen metida en un fanal que parecía farol: dos viejos coloradotes y rollizos expendían las papeletas, y una mujer que allí cerca tenía su canastilla de estampas y escapularios les miraba de reojo, como mercader pobre a traficante rico. De esta mujer decían lenguas pecadoras que lo que más provecho la dejaba no era manejar los alicates con que hacía rosarios de alambre y cuentas de vidrio, sino el servir de cobejera entre damas y galanes. Junto a la casa de Dios varios mendigos extendían las mugrientas manos, y cuando no pasaba gente se insultaban con el más desvergonzado vocabulario, que trocaban en quejumbrosos ayes si alguna señora vieja se detenía a leer los cartelillos de triduos y novenas.

El altar mayor, en que ardía un bosque de velas simétricamente colocadas en sus gradillas, semejaba pirámide de llamas temblorosas, y el talco de los floreros de mano brillaba como plata puesta al sol. Dos angelotes de talla dorada sostenían el templete donde estaba de manifiesto el Señor, ceñido por los resplandecientes rayos de la custodia, envuelto en la neblina del incienso y adorado por la muchedumbre. En lo más alto del retablo había un astro de oro, y en su centro un pichón blanco. El altar era todo claridad: la luz del mundo parecía refugiada en la Santa Mesa. Las capillas laterales, los rincones quedaban sepultados en sombra. En el medio de la nave brillaba sobre un grupo de fieles el resplandor azulado que dejaban caer desde la altura las ventanas del cupulino, y a veces, cuando el viento movía las cortinas, resplandecía en el aire una ráfaga luminosa, que iba a posarse en la faz apergaminada de un viejo, o en el rostro de una mujer bonita. Unos ratos eran de silencio absoluto, otros flotaba sobre la atmósfera del sagrado recinto un murmullo apagado de rezos rápidamente dichos, y de cuando en cuando se oía hacia el exterior rodar de carruajes y tañer de campanas: hubo un momento en que, al levantar los que entraban el cortinón de la puerta, se oyó la música profana de un organillo que tocaba en la calle el brindis de La Traviata. Desde lo alto de los retablos churriguerescos, las estatuas de talla, troncos convertidos en santos por el arte, parecían mirar con lástima a la gente arrodillada, cuya apretada masa promovía ruidos en que se mezclaban el caer de las sillas, el crujir de las sedas, la plegaria de unos y el refunfuño de otros.

Ya se había rezado el Rosario. Al comenzar la Salve rompió el órgano en formidable trompeteo, y empezaron los cantores. La voz del tiple era chillona y femenina, la del bajo ronca y apagada; el barítono cantó un solo que parecía de personaje celoso en ópera italiana. De pronto el órgano sofocó sus quejas con variadas modulaciones, ya acentos dulces, ya rugidos estentóreos: unos instantes aquello era regalo del oído, otros estruendo ensordecedor, hasta que de improviso las notas parecían quedar flotando en el aire, como aves perdidas, cuyo graznido desapacible continuaba imitando la canturía ronca de algún cura falto de aliento. Los muros estaban cubiertos con paños de damasco rojo galoneado de oro, que, como grandezas deseosas de humillarse, caían casi hasta el suelo de ladrillos polvorientos, y por bajo de la verja del presbiterio veíanse hincados de rodillas, con su cirio y escapulario, varios fieles que de rato en rato se relevaban, formando incesante guardia de honor al pie de la pirámide de llamas, en tanto que los sacerdotes, dando ejemplo de piedad, se persignaban rápidamente al pasar ante los altares. Sólo turbaban el recogimiento de los devotos el llanto de los niños cansados y las toses de los viejos asmáticos: nadie, por fortuna, se fijaba en el mirar incesante de las mujeres a los hombres, ni en la postura irreligiosa de un mozuelo que, apoyado en un confesionario, devoraba con los ojos a la novia. En la puerta un presbítero, sentado ante una mesa, golpeaba con una moneda la bandeja de las ofrendas, y aquel choque metálico, acusador del interés, sonaba mal: los muros sagrados lo devolvían en apagados ecos, cual si rechazaran la voz de la codicia humana. El olor de la cera, el aroma del incienso y la aglomeración de gentes, viciando la atmósfera, promovían inspiraciones largas, suspiros de desasosiego, movimiento de inquietud. En los bancos de alto respaldo había algunas personas dormidas. Otros fieles, haciendo abstracción de la fiesta, se postraban ante altares distintos. En uno de ellos, cuatro gradas cubiertas de encaje sucio y un pedestal de pintura descascarillada, adornado con cabezas de angelitos, servían de trono a una Virgen de tamaño natural, envuelta en rico manto de terciopelo negro entrapado de polvo, sobre cuyo pecho brillaba un corazón de hojadelata atravesado por siete espadas de lo mismo: en cambio el rostrejo y la corona eran de plata. Al lado opuesto estaba Jesús, clavado al leño del martirio, hermosamente desnudo, caída la cabeza sobre el pecho, manando sangre la lanzada, rígidas las piernas, sebosas las rodillas, porque en ellas se apoyaba el monaguillo al subir para encender, y envuelta la cintura en un paño rojo con lentejuelas de oro, indigno adorno de tan venerable figura. Una vela torcida goteaba sobre los pies de la escultura sus lágrimas de cera, y el débil resplandor verdoso de una lámpara de vidrio, medio apagada, enviaba estertores de luz a la divina faz. A pesar de la profanadora faldilla, el aspecto de la imagen era imponente: el cadáver del Dios de la Caridad parecía dominar aquel conjunto ridículo de flores de trapo, candelabros sucios, estampas chillonas, tallas barrocas y pantorrillas de cera. Al examinar el templo, se notaba que todo lo demás estaba vivo o expresaba vida: el único muerto que había en la Iglesia era Cristo.

Llegado el momento del sermón, salió Tirso lentamente de la sacristía y, acercándose hasta el altar mayor, oró unos instantes de rodillas, sosteniendo el bonete entre las manos cruzadas sobre el pecho, que llevaba cubierto por el blanco y rizado roquete. En seguida subió al púlpito, que era como una jícara grande pegada a la pared, y después de arrodillarse nuevamente y pedir otra vez al Altísimo gracia y santidad de inspiración, empezó persignándose y recitando un Ave María.

El exordio fue breve, y luego, sin cuidarse mucho de reglas ni preceptos, entró de lleno a narrar, para comentarlo, el episodio en que Cristo dijo: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Su lenguaje era siempre llano: cuando quería elevarse le faltaban palabras, y al buscar naturalidad, caía en lo vulgar y tosco. Tuvo instantes en que, olvidándose del plan trazado, las ideas acudieron en tropel a su imaginación y las palabras se agolparon a sus labios en frases exentas de unción sagrada, faltas de poesía y desnudas de belleza. Tenía prisa por llegar a mostrar su ardor en defensa de la fe. Por fin, en la recopilación y exhortación su piadosa ira tendió las alas, y entonces le salieron los párrafos a su gusto.

—«Sí, hermanos míos—decía—muchos servicios debemos al país, a la nación, al Gobierno y las autoridades, porque no exige nuestra Santa madre la Iglesia que renunciemos en absoluto a la vida social, aunque es mejor la vida del apartamiento religioso; pero hay que andarse con cuidado en lo de la obediencia. ¡Bueno fuera que por servir los intereses de este mundo ofendiéramos al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo, a la Santísima Virgen, o a cualquiera de los Apóstoles y Santos que nos han señalado el camino de la perfección, que es como un sendero espinoso a cuyo fin hay un gran jardín, que es la gloria! Debemos ser obedientes al César, pagar contribuciones y gabelas, ser soldados y marinos para mayor esplendor de esta nación cristiana, que tan mal anda desde que vaciló en la fe: mas nuestro deber de cristianos es antes que los demás deberes. Pues qué, amados míos, ¿hemos de contribuir para que se emplee nuestro dinero contra nuestra conciencia? ¿Pediremos al Señor ánimo para el trabajo, y su fruto será para escarnecerle? ¿Queréis que sirvan nuestras riquezas o jornales para que los malos gobernantes paguen suntuosos embajadores que adulen a los carceleros del Santísimo Pontífice, que apacienta el rebaño de Cristo desde su lecho hediondo de paja en un calabozo del Vaticano, antes trono de su preponderante sabiduría? ¡No, y mil veces no, hermanos míos! Seamos, si es preciso, como aquellos mártires que desafiaban a los procónsules romanos, y ya sabéis que estos procónsules eran como ahora los gobernadores civiles. ¿Y hemos de ser soldados para servir de ornato y servidumbre a ministros impíos, para obedecer a sacrílegas Asambleas que decretan la asquerosa libertad de conciencia?

¡Ah, y con cuánto dolor de corazón, con qué santa indignación los que aman a Dios oyen hablar de esas infamias! Mas la paciencia del justo es luego ira terrible, y el cordero se hace sañudo tigre, que dicen las famosas palabras del Santo.

¿Quién no teme que baje fuego del cielo sobre esta sociedad moderna? A la maldad llaman libertad, y luego, ¡ilusos! piensan vencer a los que luchan por la verdadera libertad, a los que, como nosotros, elevan su corazón al Señor. ¡Así es todo desolación y espanto por los campos! Las guerras son obras del demonio: Dios le permite que nos castigue porque somos malos y nos olvidamos de Él. Y cuando esto pasa, no es impunemente: que si a la piedad se la escarnece, si a la religión se la pisotea, ¡ah! entonces ya no hay nada que dar al César, sino que hasta la sangre debe emplearse en servicio del Señor. ¿No nos da Él la suya diariamente en el convite celestial, en el manjar eucarístico? ¿Seríamos capaces de negarle nuestra miserable sangre?

Orad, hermanos míos, orad por los opresores sacrílegos, pero no maldigáis a los que combaten. Nosotros tenemos sólo fe, quizá fe tibia: ellos, como quería el Apóstol, juntan las obras a la fe. Supimos los españoles expulsar al moro, desterrar al judío, vencer al turco; destruimos al protestante en Flandes; arrojamos de aquí a los franceses ateos de Napoleón; purificamos, con fuego, de herejes nuestra propia tierra, y ¿no seremos hoy capaces de sojuzgar a los que traen semilla del infierno en ese contubernio nefando que llaman matrimonio civil, en esa crápula moral que llaman libertad religiosa?

¡Qué pena, hermanos míos! ¡qué dolor! Estamos en plena Revolución; es decir, como Job en el basurero, llenos de toda suciedad. ¡Aquí es el rechinar de dientes y crujir de huesos!

La libertad de cultos, dicen los impíos, traerá capitales extranjeros, porque vendrán familias de herejes, ¡que maldita la falta que hacen! ¿Pues sabéis a lo que vendrán? a llevarse vuestro dinero, a poner fábricas en las casas que ahora se están robando a las pobres monjitas. Esta es la libertad de cultos. Ya veis, amados oyentes míos, cómo no siempre es piadoso dar de buen grado al César todo lo que parece suyo.

Sean nuestras almas del Señor para que su cólera no nos parta por la mitad, y atendámosle a Él antes que a nadie. ¿A quién obedeceríais primero, a un guardia municipal, o al Rey? al segundo, ¿no es verdad? Pues el César es el guardia municipal, y el Rey es Dios nuestro Señor, pero Rey de Reyes y Emperador de Emperadores. Elevad los corazones, que tiemble la oración en vuestros labios, que se agite, como humo inquieto la fe en vuestros pechos para que el Señor nos conceda ver acabadas la podredumbre del liberalismo, la masonería, las persecuciones de la Iglesia y las desdichas de sus venerables ministros, y para que acaben las fatigas de los que luchan por la fe en cualquier terreno, porque entonces podremos gritar: ¡Pueblos esparcidos por el Universo, palmotead, manifestad con millares de gritos de alegría la parte que tomáis en la gloria de vuestro Dios en el día de su triunfo! Yo diré a vuestro corazón, con el Profeta: cuasi tuba exalta vocem tuam, et anuntia populo meo scelera eorum. Orad, y ahorraréis lágrimas a la Esposa del Cordero; haced que todo el mundo rece en vuestras casas por los que están sepultados en el profundo sueño del pecado, dormiebat sopori gravi; por los que voluntariamente se han hecho sordos a las inspiraciones divinas, sicut aspidis surdæ et obturantis aures suas. Sí, amados hermanos míos, orad a María en todas sus advocaciones, tan buena es una como otra, todas son mejores y dulcísimas; porque si oramos, las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia.»

Mientras bajaba lentamente del púlpito estalló en la iglesia rumor de muchedumbre inquieta, y de los labios de los fieles salió un murmullo de aprobación. En seguida, todos comenzaron a salir, ansiosos de sustraerse, a pesar de su devoción, a la pesada y sucia atmósfera del templo. Las puertas vomitaron negras oleadas de gente que, al desparramarse por las aceras, respiraba con delicia el aire puro de la noche, y en pocos momentos la ancha nave quedó vacía. Algunos exaltados elogiaban el sermón.

—Es un padre nuevo.

—No le conocía.

—Ni yo: ¡qué valiente ha estado!

—Es de los finos.

—¡Ojalá hubiera muchos así en los pueblos!

Varias personas entraron en la sacristía, preguntando cómo se llamaba el predicador. Los capellanes de la casa comentaron el sermón de distinto modo.

—¡Muy bien, compañero, eso es poner el dedo en la llaga!

—Ha estado Vd. un poquito fuerte.

—Ándese con cuidado, no sea que los liberalitos cometan con Vd. algún atropello.

El párroco calificó aquello de imprudencia.

Tirso se marchó solo, contentísimo, pisando recio, llevando alta la cabeza, como si creyera que las gentes habían de señalarle con el dedo y mirarle con asombro. En su casa no dijo nada.

Aquella noche, el nombre del Padre Tirso Resmilla era conocido en todos los centros clericales de Madrid.

A los tres días, Pepe, leyendo un periódico, dio con el siguiente suelto:

«El púlpito sigue convertido en tribuna por los enemigos de las instituciones liberales. Hemos oído asegurar que en una de las principales iglesias de Madrid se ha pronunciado anteayer un violento sermón, una verdadera excitación a la guerra civil. La opinión exige que, si el hecho es cierto, las autoridades tomen cartas en el asunto. El clérigo que se ha propasado esta vez, parece ser el Padre R..., casi desconocido, por haber llegado a Madrid hace poco tiempo. Veremos qué resultado ofrece esta milésima edición de semejante atrevimiento.»

Pepe comprendió que el Padre R... era su hermano, y profundamente disgustado, hizo que Millán averiguase la verdad del caso preguntándolo en la imprenta de aquel periódico, y al mismo tiempo revisó cuidadosamente los demás que había de leer su padre, decidido a evitarle la desazón que pudiera acarrearle la noticia. No temía que Tirso se vanagloriase de la hazaña en su propia casa, pero podían ir a prenderle, o acaso una fracción de la prensa insistiera en pedir su castigo.

El resultado de las gestiones de Millán confirmó la sospecha de Pepe: el regente de la imprenta donde se tiraba el diario que dio la noticia, dijo que el predicador de que se trataba era don Tirso Resmilla, quien abandonando su curato de un pueblo del Norte, había venido a Madrid, pocos meses atrás, como persona de confianza para los elementos realistas de la diócesis a que pertenecía.

XXII

Había en Madrid por aquel tiempo, en uno de los barrios extremos, una casa que rompiendo la línea de fachadas contiguas, parecía apartarse del trato de las gentes. Tenía por delante un pequeño jardín con verja; aislábala por detrás un ancho patio con cuadras y cocheras, y a derecha e izquierda la limitaban una pared medianera y fuertes tapias a una calle poco frecuentada. Formaban el jardín tres o cuatro mezquinos recuadros de flores vulgares, las enredaderas enroscadas a la verja, y varias acacias, cuyas fornidas ramas ocultando casi por completo los balcones, oponían a la curiosidad una cortina impenetrable. Las persianas estaban continuamente caídas y las vidrieras se abrían rara vez, sin que nunca sonase dentro cantar de criada ni piano de señora. Era una casa falta de voces y de ruidos, triste, callada entre los clamores vecinos, ajena a cuanto la rodeaba, como hecha adrede para retiro de dama romántica o escenario de novelescas aventuras. Una campanilla, colocada en la verja del jardín, daba aviso cuando entraba alguien y, según quien fuese, lo anunciaba el portero tocando otra campana en el portal. Un tañido para Hermana de la Caridad o Hermanita de los Pobres, dos para fraile o clérigo, tres para dignidad eclesiástica: a los simples mortales les anunciaba de palabra un criado, y gracias si se quitaba la gorra. Señal de dar limosna los sábados o fiestas no se veía ninguna, pero por privilegio envidiable tenía la finca oratorio donde se rezaba misa cuotidianamente y, si acaso pasaban por la calle alguna Minerva o el Dios chico, lucían los balcones grandes y blasonadas colgaduras. Durante el día menudeaba el campaneo del portal, indicando que eran muchas las visitas de gente religiosa: por las tardes la dueña, ya entrada en años, salía a paseo en coche modestamente vestida, con aspecto humilde y luciendo en una muñeca, a modo de pulsera, un pequeñísimo rosario de oro y perlas. El carruaje, cómodo y anticuado, llevaba en las portezuelas corona condal; el cochero y el lacayo, como haciendo juego con el portero, tenían facha de cantores de iglesia, y la dama, siempre enlutada, con trazas de poco limpia y gesto uraño, semejaba una sacristía hecha mujer. Llegada la noche, escapábase de alguna ventana rumor de preces dichas en común, y antes de las diez quedaba todo cerrado, sin que hasta el día siguiente volvieran a cruzar sombras tras las vidrieras, ni se escuchase ningún ruido. Para ser tenida por convento, era la casa demasiado mundana; para morada de seglares, parecía monasterio. De ambos caracteres participaba; pues la Condesa hacía vida casi monjil y extremadamente rigurosa. En todo tiempo se levantaba a las cuatro de la mañana para rezar maitines y oración por los agonizantes, tornando a acostarse hasta las nueve, que oía misa, rezada por su capellán; a las doce angelus, antes de almorzar; por la tarde lecturas piadosas, vísperas, cinco llagas, recepción de visitas honestas y paseo en coche; antes de comer un rato de meditación en la capilla, y después de la comida otro rosario, letanía, y recomendación del alma: a las nueve y media se acostaba. De bailes y reuniones, nada: de teatros muy poco, y sólo a obras cuya moral nadie hubiese puesto en duda. Confesaba dos veces por semana y recibía la sagrada comunión todos los domingos.

Una criada, despedida de la casa porque el rigor del ayuno la hizo blasfemar de Dios y hurtar en viernes de cuaresma restos de solomillo fiambre, propaló por el barrio noticias muy curiosas, según las cuales la Condesa de Astorgüela revelaba empeño de rescatar con la penitencia lo mundano de su vida pasada. Mucho alardeaba de humilde y descuidada para su persona; mas al decir de la doncella, quedábanla restos de la más refinada coquetería, si bien ella procuraba ocultarlos. Sus pies calzaban medias de seda, ceñía su talle corsé de raso, era pródiga en perfumar el baño, cuidábase con ahínco las manos y, aunque hiciese ostentación de vestir humildemente, la ropa blanca que gastaba era un primor en adornos, lienzos y hechuras: bajo vestidos lisos y de lana, solía ocultar enaguas guarnecidas de costosos encajes. La tal doncella desmentía, además, ciertos excesos de piedad atribuidos a la dama: sus actos de penitencia consistían en no tomar nada, aunque lo desease, fuera de horas, abstenerse de algún bocado sabroso, escoger, por breve rato, asiento incómodo y hasta estar unos minutos puestos en cruz los brazos: pero era falso, según la pecadora sirvienta, que la Condesa usara cilicio bajo el corsé de raso, ni que tuviera costumbre de llevar por voluntaria molestia alguna china en los zapatos, antes al contrario, se calzaba exquisitamente; ni que durmiera los viernes con una astilla entre las sábanas, ni que hiciera en el suelo cruces con la lengua. En cambio, insistiendo en los restos de coquetería, la Condesa, a solas en su tocador y alcoba, desplegaba consigo misma aquel mimo y esmero que sólo observa la mujer cuando se emplea, aunque honestamente, en el dulce servicio del amor. De modo que, por las señas, la Condesa de Astorgüela, lo mismo podía ser una gran dama arrojada por el desengaño a los brazos de la Religión, que una hipócrita de alto rango, o las dos cosas a la vez.

Su rostro parecía arrancado de un lienzo de Mengs o de Van Lóo. Una hermosa cabellera rubia, que comenzaba a encanecer, la servía de diadema; la fisonomía era expresiva, casi picaresca; graciosa la boca, esbelto el talle y los pies chicos. Así debían ser aquellas damas de la corte de Versalles que compensaron la virtud que les faltó a fuerza de elegancia e ingenio. La edad de la Condesa era un misterio, para ella triste, para los demás engañoso; pero todavía la quedaban encantos que desplegar cuando al caer la tarde venían a pedirla consejo algunos amigos devotos y, como ella, dispuestos a la defensa de intereses sagrados.

Tal era la Condesa de Astorgüela relacionada con el alto clero, bien quista de la nobleza, influyente en el ánimo de ciertos nobles chapados a la antigua y deseosa de atraerse a todo aquel que despuntara en el servicio de la tradición y la piedad, deseo que la inspiró grande afán de conocer a Tirso apenas supo el valiente celo que demostró en el sermón famoso. Ella misma le escribió así, de su puño y letra, y en papel timbrado con su escudo:

«La Condesa de Astorgüela la Real saluda respetuosamente al capellán don Tirso Resmilla, rogándole se sirva visitarla para encomendarle una buena obra.»

(Y abajo el día y hora de la cita, con las señas de la casa.)

Sorprendido Tirso agradablemente, consultó con el cura que le cedió el sermón si debía asistir al llamamiento, y la respuesta avivó su impaciencia.

—No deje Vd. de ir, compañero; esa señora es una potencia.

Con lo cual a la hora marcada se presentó en casa de la Condesa, que le recibió en un espacioso gabinete seriamente alhajado donde a vueltas de mucha severidad había detalles que acusaban a la mujer elegante. Cubría las paredes rico damasco verde con el tono del mirto; los muebles, tapizados de brocatel algo más claro, eran de hechura antigua; la alfombra gruesa y casi blanca: del techo pendía una enorme araña de cristal con muchos colgajillos prismáticos y, bajo ella, sobre una mesita de mosaico, se veían varios libros ricamente encuadernados, reflejándose todo en grandes espejos con marcos de hojarasca dorada. Tirso echó una mirada a los lomos de los libros: eran lo más hermoso y literario que ha dado de sí en el mundo el sentimiento religioso: Imitación de Cristo, de Kempis; La perfecta casada, de Fray Luis de León; La vida devota, de San Francisco de Sales, y el Tratado de la tribulación, del P. Rivadeneyra. Sólo tres obras de arte adornaban la estancia: una admirable copia del Cristo de Velázquez; otra de la Dolorosa de Tiziano, y ante uno de los balcones, destacando sobre el claror del hueco, una escultura fiel reproducción del San Francisco de Alonso Cano. Cuanto allí había acusaba extraña mezcla de elegancia y piedad.

Alzose de pronto una cortina y entró la Condesa, a quien Tirso saludó respetuosamente: ella se sentó en una butaca pequeña, de espaldas a la luz, y el cura, obedeciendo a una indicación, ocupó un asiento cercano puesto frente al balcón; de suerte que la fisonomía de Tirso quedó a merced de las miradas de la dama, y el rostro de ésta no tan visible para él, que estaba como irresoluto y cortado. El traje de la de Astorgüela era sencillo y negro, de un negro brillante y nuevo, junto al cual pardeaban la sotana y el manteo de Tirso.

—Lo primero—comenzó ella—pido a usted mil perdones por mi atrevimiento: debía haber procurado esta entrevista de otro modo, pero deseaba que honrase Vd. mi casa y quería que hablásemos a solas; ante todo, para felicitarle por su elocuencia y su rasgo de valor...

—Señora, yo agradezco tanto... pero la verdad, no creo merecer...

—Sí; merece Vd. que le feliciten todos los corazones cristianos. Alcanzamos tiempos en que la energía en defender lo bueno y lo santo debe alentarse; y yo, aunque valgo poco, he tenido empeño en conocer a usted para apreciarle mejor.

Estaba asombrado, sin adivinar a qué venían tal llamada y tan afable recibimiento.

—¿Le sorprende a Vd. mi osadía,—prosiguió adivinándolo la Condesa—verdad? pues aún va a extrañarle más otra cosa que voy a decirle, y sobre la cual le encargo la más absoluta reserva.

—Aseguro a Vd. que me desviviré por servirla, si juzga que puedo serla útil.

—No se trata de servirme, señor Resmilla, sino de servir a la Religión. Pero, ante todo, debo advertirle que no me era Vd. enteramente desconocido. Mi posición, mis buenas relaciones, mi influencia, puedo decirlo sin vanidad, me tienen al corriente de muchas cosas... y no ignoro el objeto de su venida de Vd. a Madrid.

—Yo, señora, mi viaje...

—Esté Vd. tranquilo. Soy de las que animan y alientan cuanto se proponen ustedes. Está Vd. en casa de una amiga. Y ahora diré a Vd. que nada de eso me es ajeno, y que tengo costumbre de honrarme con la amistad de los que se consagran a tan glorioso servicio, es decir, que aunque sólo fuera por esto, le hubiera llamado a Vd.; pero es el caso que, además, vamos a tratar de otro asunto.

—Mande Vd.

—Usted tiene un hermano que está en relaciones amorosas, honradas, por supuesto, con una señorita, casi parienta mía, que se llama María Paz de Ágreda...

—No lo sabía... o, mejor dicho, ignoraba quién era ella.

—Yo, en cambio, sé mucho más. El padre de esa señorita es un caballero bastante rico, que, por cierto, no ha educado a la niña como debiera; pero esto no hace al caso. Lo importante es que Vd. va a prestar un buen servicio a intereses sagrados.

—Pero, ¿qué tiene esto que ver con mi hermano?

—El padre de esa señorita Paz posee cerca de los Cuatro Caminos, fuera de la puerta de Fuencarral, unos solares, lindando con los cuales está edificando su nueva casa una comunidad, que acaso todavía no conozca usted, y que el vulgo ha comenzado a llamar las Hijas de la Salve. Pues bien; esta hermandad desea comprar parte de la tierra que es propiedad de don Luis, a lo cual se niega él resueltamente: todos los esfuerzos, todos los ofrecimientos han sido inútiles.

—¿Y qué puedo yo en el asunto?

—Mucho: piense Vd. que se trata del servicio de una fundación religiosa... Vamos a concretarnos a lo esencial. ¿Está Vd. dispuesto a favorecer los deseos de los que protegen a esa comunidad? Responda Vd. francamente.

—Sí, señora, si realmente se trata de una comunidad religiosa.

—Hace Vd. bien; las cosas claras. Vamos a otro punto. ¿Tiene Vd. medios de hacer que su señor hermano influya en el ánimo de la niña, para que ésta a su vez procure que su padre deje de ser hostil al engrandecimiento de la comunidad?

—No, señora; no tengo medio alguno para lograrlo; y ya que Vd. me honra buscándome para una cosa tan de mi gusto, quiero ser leal con Vd. Mi hermano y yo estamos medio reñidos: es liberal, ateo, en fin, está dejado de la mano de Dios. Cuando yo llegué a Madrid a vivir con mis padres, encontré la casa en un estado... impiedad, olvido de lo más sagrado... Yo quise...

—No se moleste Vd. en contármelo: estoy enterada de todo.

Tirso, con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, preguntó:

—¿Entonces?...

—Se trata de saber si, a pesar de todo eso y contra los obstáculos que se presenten, se decide Vd. a servirnos.

—¡Eso sí! pero ignoro cómo.

—Si su hermano de Vd. se casara con esa señorita..... si nosotros lo facilitáramos.....

—No hay que pensar en ello, señora. Mi hermano es un fanático descreído; a su falta de fe llama convicción honrada: sería capaz de echárselas de mártir de sus ideas y renunciar a la chica antes que aceptar el trato.

—¿Está Vd. seguro de esa energía?

—¡Ojalá no lo estuviera!

—Piense Vd. que nos sobrarán medios, toda clase de protección.

—Imposible.

—Entonces habrá que tomar otro camino. Es preciso averiguar si esa señorita está realmente enamorada de su hermano de usted, y necesitamos poder calcular lo que ella haría viéndose abandonada por él.

—No entiendo lo que Vd. se propone.

—Hablaré sin rodeos, señor Resmilla. Si el novio se allanara, y sería lo mejor para todos, a vender en buenas condiciones a la comunidad el terreno que ésta desea cuando entrara en posesión de la dote, nosotros haríamos la boda.

—Ya he dicho a Vd., y perdone que insista, que eso es imposible.

—En tal caso, hay que colocar a la pareja en condiciones de ruptura y conseguir una de estas dos cosas: que ella imponga a su padre su voluntad, es decir, la nuestra, o que, desengañada del amor, piense en dichas más puras, en vida más tranquila.

—Comprendo.

—Con lo cual, señor Resmilla, lograríamos doble resultado: para el Señor la conquista de un alma; y para nuestro propósito la posesión de una voluntad, dueña, en plazo más o menos breve, de lo que desean poseer las Hijas de la Salve.

—Perfectamente.

—Considerado así el asunto, Vd., ¿qué cree que debamos hacer?

—Que mi hermano riña lo antes posible con la novia, y luego manejarla a ella.

—Eso es expuesto. Si está enamorada de veras, corremos dos peligros muy grandes: primero, la dificultad de separarles; y segundo, que si su pasión no es verdadera, al perder éste se arroje en brazos de otro amor.

El cura no pudo contenerse.

—Señora, ¡cuánto sabe Vd.!

—Crea Vd., señor Resmilla, que para servir a Dios hay que pensar en todo. Vamos, ¿qué le parece a Vd.?

—En mi opinión, lo esencial es que riñan; y después dirigir bien a esa criatura.

—¿Quiere Vd. encargarse de ello? Piense usted que se trata de una verdadera obra de caridad y que, además, las Hijas de la Salve no olvidarán lo que Vd. haga por ellas.

—Yo no hago nada interesadamente.

—Me lo figuro; pero toda buena obra trae consigo su recompensa. En fin, piénselo usted.

—¿Puedo estar seguro de que obraremos sólo por favorecer a esa comunidad, sin ninguna otra mira bastarda? No se ofenda Vd., señora; yo soy así.

—No nos anima más deseo que el de contribuir al engrandecimiento de una institución piadosa. Usted la conocerá y juzgará luego.

—Pues delo Vd. por pensado: acepto.

—¿Quiere Vd. que yo le facilite ocasión de hablar a la novia de su hermano?

—Avisaré cuando lo considere oportuno; pero me parece que yo me lo trabajaré todo.

—No olvide Vd. que lo esencial es la ruptura.

—Espero que la conseguiré.

Al llegar aquí Tirso creyó oportuno poner gesto triste, y dando a la voz acentos de amargura, dijo:

—¡Ah, señora! ¡Si Vd. pudiera apreciar la pena de mi corazón al comprender que las ideas de mi hermano disculpan... hasta justifican, que yo tome cartas en este asunto!

La Condesa, ya en pie, como despidiéndole, sonrió ante aquel inesperado afán de atenuar la índole del pacto, y repuso:

—Es doloroso que no se pueda hacer el bien sin estos rodeos; pero, ¿qué remedio? señor Resmilla, así lo quieren los tiempos. Quedamos en que convencerá Vd. a esa señorita; después, en fin... allá Vd.

Despidiéronse en seguida, y salió Tirso a la calle hondamente preocupado, por muchas razones. Aquella señora fue para él un enigma vivo: sabía el motivo de su viaje, alardeaba de influyente, habitaba un palacio y tenía aspecto de reina. ¡Qué maridaje tan extraño formaban en ella el trato mundanal y la piedad! Parecía la encarnación de lo profano puesta al servicio de lo divino. Por supuesto, estaba decidido a servirla contra su propio hermano, contando con la ayuda de Dios. ¿Acaso no triunfaba en los demás propósitos que formó? Su madre había entrado de lleno en el buen camino, y su hermana había renunciado al devaneo con Millán.

Tirso recordaba las palabras de la Escritura: Desaparecerá el impío como la tempestad que pasa; mas el justo es como cimiento durable por siempre. La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los impíos perecerá.

XXIII

Desde que Tirso despreció a Pateta por verle con uniforme de corneta de milicianos, según él contó a Paz, no pudo el chico refrenar la antipatía que le inspiraba el cura. Pateta era madrileño, legítimo descendiente de aquellos liberales que cuando niños rodeaban en apretada turba las charangas militares para oír el Himno de Riego, y que de hombres alzaban barricadas contra la tropa, fraternizando con ella después de batirse unos y otros como fieras. Sólo dos bienes poseía: juventud y valor, y ambos los puso al servicio de la libertad, porque instintivamente le pareció buena aquella aspiración que tanto entusiasmo despertaba: vio alistarse como milicianos a sus compañeros de imprenta, les imitó, y de aquí el vistoso uniforme con leopoldina de plumero que parecía un gallo desmayado, el pecho lleno de trencillas y la corneta presa entre cordones rojos, con los cuales arreos rechazaba en formación o revista al más amigo gritando: «¡atrás paisano!» Su indignación cuando Tirso le dijo: «¡quita de ahí, mamarracho!» fue espantosa; mas como Pateta no era malo, su propósito de venganza no pasó del deseo de jugarle una mala partida: no ambicionó causarle daño, sino rabia; no sería la suya venganza, sino truhanada. Los sucesos facilitaron su intento.

Por aquellos días se temía un movimiento de los absolutistas sobre Estella, y Pateta, al salir una mañana de la imprenta, estando ya cerca de la calle de Botoneras, oyó pregonar el extraordinario, con la derrota de los carlistas, grito que acto continuo le sugirió la forma de su proyectada desazón al cura. Todo consistía en gastarse dos cuartos en el papel y subir a dar la grata nueva a don José: era la hora del almuerzo, y Tirso, que estaría allí, tendría que tragar la píldora.

A los cinco minutos de imaginarlo entraba Pateta en el comedor, donde, terminado el almuerzo, conversaba la familia tranquilamente antes de que Pepe marchase a su trabajo; doña Manuela y Leocadia estaban doblando el mantel, don José haciendo pitillos y Tirso hojeando un libro. En la pared, por bajo de la estampa religiosa que compró Tirso, se veía el mapa de las Provincias Vascongadas y Navarra, en que don José iba marcando la situación de las tropas. Cuando quería ver por dónde andaba tal o cual columna, hacia dónde estaba situado este o aquel pueblo, le descolgaban el cartón del mapa y le daban una cajita con las banderitas que el pobre señor se hizo, por vía de entretenimiento, con alfileres y papelitos de colores: las había blancas para los carlistas y moradas para el ejército, por decir don José que este era el color de las antiguas libertades castellanas.

—¿Qué hay, Pateta?—preguntó el viejo.

—Pues nada, señor; que como hace tantos días que no venía y pasaba por ahí cerca, dije: vaya, voy a subir a ver si se les ofrece algo, o si quién ustedes que haga cualquier recao.

—Nada, hombre, gracias: sigo lo mismo, yo lo mismo.

—Y como sé que le gusta a Vd. leer los papeles que salen, y he oído pregonar el que van vendiendo ahora, lo he comprao.

—Trae, trae, a ver.

Pepe tomó el extraordinario, y después de pasar por él rápidamente la vista, dijo:

—Esto no tiene relación con lo que se esperaba sobre Estella; pero les han pegado una buena zurra. Verá Vd. (leyó):

«Extracto de los partes oficiales recibidos hasta la una de la madrugada de hoy en el Ministerio de la Guerra:

Provincias Vascongadas y Navarra.—El capitán general comuni...»

—Salta, hijo, salta eso. A ver lo importante.

—«Comunica que en Aya fueron cogidos a las facciones de los curas Orio y Santa Cruz 800 fusiles remingthon, 300 de varios sistemas, cajas de municiones, pólvora, piezas de tela, provisiones y papeles; no pudiendo detallar las pérdidas del enemigo, que pasan de 50 los muertos y hasta 200 prisioneros y presentados. De nuestras tropas, cinco muertos del batallón de Barbastro, uno de la Princesa y 14 heridos. Entre los muertos de los carlistas había un cura, y entre los prisioneros otros dos curas, uno de ellos herido.»

—Muchos golpes como ese hacen falta—dijo don José—una cosa parecida ocurrió el año de 48, cuando el brigadier Zapatero y el coronel Damato desbarataron en Zaldivia y Amezqueta las partidas de Alzáa y Urbiztondo.

—Los han reventao—añadió Pateta.

Después el diálogo continuó sólo entre los hermanos.

—¡Bah! ¿qué ha de decir el gobierno? Yo no hago caso de noticias oficiales—dijo Tirso.

—Yo sí: habrá alguna exageración, pero la paliza debe de haber sido buena.

—Otra vez me tocará a mí alegrarme.

—Has podido regocijarte hace poco con el fusilamiento de los carabineros. ¡Hasta chicos de diez y seis años!

—Cosas de la guerra.

—No. Salvajadas del fanatismo.

—A eso dan lugar los enemigos de la fe, los que escarnecen la religión.

—¡Ya salió a plaza la religión de nuestros mayores! No sé en qué consiste, pero casi siempre que se comete una infamia de ese jaez sale a relucir la religión.

—Como que su defensa es el origen de la guerra.

—Y así, a trabucazos, se hace propaganda de mansedumbre y caridad. Ordenadas esas infamias por militares, no tendrían disculpa; ¡conque figúrate siendo clérigos los autores!

—Se miente mucho.

—¡Desgraciadamente, hijo mío—interrumpió don José—no son exageraciones! Esos curas de canana y retaco, son iguales a los de la otra guerra. Aún recuerdo yo lo que hicieron don Basilio y Orejita, que eran dos cabecillas, el año 36 en la Calzada. Cerca de ciento veinte personas sacrificaron, hasta mujeres y niños, y ¿sabéis quién sirvió de ojeador? el prior de la Calzada. Los carlistas atacaron el pueblo, los nacionales se refugiaron en la torre de la iglesia, y entonces aquéllos la incendiaron: un nacional que se descolgó por una ventana, pudo correr al caer a tierra, pero le vio el prior y comenzó a gritar: ¡a ese conejo que se escapa! ¡cazarle! y le mataron. Por supuesto, que el tal prior era una fiera. Con pretexto de parlamentar se acercó a la torre, y estuvo dando conversación a los sitiados hasta que los suyos arrimaron a las puertas astillas y sarmientos: cuando estuvo encendido el fuego, paró de hablar. Todos los que estaban dentro ardieron como estopa, y cuando el prior oía el llanto de las mujeres y de los niños, decía el muy bruto: ¡Bien templado está el órgano!

—¡Parece mentira que crea Vd. esas paparruchas!

—¿Y lo que está haciendo por ahí ahora ese cura, cuyo nombre es un escarnio?

—Ya tendrá él cuidado de no matar a buenos cristianos: sobre todo, ¿pensáis que se puede guerrear con sensiblerías?

—No digas disparates, hijo; me moriría de pena si supiera que eras de los clérigos que disculpan esas atrocidades.

—Le gustarán a Vd. más los que se cruzan de brazos y dejan que les persigan y conviertan las iglesias en cuadras y los altares en pesebres.

—Eso no se ha hecho todavía—dijo Pepe;—pero, no te quepa duda, si los curas siguen el camino que han emprendido, el pueblo confundirá a los representantes con la cosa representada, y entonces...

—Entonces lo destruiremos todo y no dejaremos vivo ningún liberal... ¡masones indecentes!

Estaba ya fuera de sí; la ira, contrayendo sus facciones angulosas, dio a su rostro dureza extraordinaria, y los ojos se le inyectaron en sangre. Nunca le habían visto tan furioso.

—¿Vais a reñir por política?—gritó doña Manuela.

Pateta estaba arrepentido.

Pepe, por evitar que la cosa pasase adelante, trató de bromear, diciendo:

—Vaya, hombre, cálmate; otro día puede que entren en Estella o que asomen por Chamberí.

Tirso, interpretando aquello como befa por la derrota, se enfureció; levantose de pronto con el rostro desencajado, fue hacia el mapa, trémulas las manos, y cogiendo tres o cuatro banderizas carlistas, dijo, clavándolas en el papel con grosera violencia:

—¡Sí! ¡Entrarán aquí, y aquí, y aquí!

Los alfileres marcaron al azar varias poblaciones; Estella, Pamplona y Madrid quedaron conquistadas. Don José no se atrevió a chistar; Pepe soltó una carcajada.

—¡Qué fuerte te da!

—¡Esta es una familia podrida!—prosiguió el cura—así estáis, así os veis, necesitados, pobres, desamparados, dejados de la mano de Dios; tú, trabajando en esa imprenta como un gañán, y Vd. (dirigiéndose al padre) ahí clavado en una butaca, con el castigo del Señor encima.

—¡Hijo mío, líbreme Dios de suponerle tan mezquino que sea capaz de castigarme con reuma por ser progresista!

—¿Reuma?—exclamó Tirso, sonriendo bárbaramente.—¡Reuma! ¡No tiene Vd. mal reuma! Gota, y de la fina, es lo que tiene usted.

El infeliz escuchó con indecible espanto la brutal revelación. Primero quiso incorporarse, sin saber a qué; pero no pudiendo sus manos crispadas sostenerle en los brazos del sillón, cayó de golpe en el asiento; luego miró estúpidamente en torno, y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.

A Pepe se le asomó el furor a los ojos; sintió impulsos de abalanzarse a Tirso y destrozarle la cabeza a puñadas. La presencia de doña Manuela y Leocadia evitó una cosa horrible; Pepe, conteniéndose al mirarlas, se limitó a decir a su hermano, con la voz engañosamente tranquila, pero llena de energía:

—¡Vete! Soy capaz de matarte.

—Lo creo—repuso el cura, procurando aparentar serenidad y dirigiéndose hacia su cuarto muy despacio.

—¡No!—le gritó Pepe—¡no, infame; a tu cuarto no, a la calle!

Doña Manuela, que sin atreverse a proferir una sola palabra se había interpuesto entre ambos, miró entonces a Pepe como no le había mirado nunca, y con un vigor de que jamás dio señales en su vida, le dijo:

—¡Basta!

La expresión que adquirió su rostro desconcertó a Pepe: le repugnaba creer que su madre hiciera causa común con Tirso.

—Pero, mamá, ¿sabes lo que acaba de hacer?

—¡Basta!—volvió a gritar ella con mayor imperio.

Pepe no contestó a doña Manuela; pero, volviéndose hacia la puerta del cuarto de Tirso, exclamó rápidamente, como si temiera mancharse los labios con la palabra:

—¡Víbora!

Después, todos callaron.

El viejo lloraba como un niño; Pepe, abrazado a él, con la boca pegada a su oído, le decía en voz baja prodigios de cariño; doña Manuela salió del comedor siguiendo a Tirso, y Leocadia empezó a recoger del suelo el mapa y las banderitas, mientras Pateta, que estaba en un rincón aterrado ante el conflicto que había promovido, se despidió de repente y salió rencoroso contra sí mismo.

—Es mentira, ¿no es verdad, hijo mío? no es gota, ¿verdad, Pepe?—decía el enfermo.

—No, papá; cálmate, por Dios: ¡ha sido una infamia!

Sólo al cabo de dos o tres horas, seguro ya de que nadie se atrevería a molestar al viejo, marchó Pepe a su trabajo, observando al salir que doña Manuela estaba encerrada con Tirso en el cuarto de éste. Al caer la tarde se le presentó Pateta en la imprenta a pedirle perdón, creyendo ser el causante de todo.

—No tengo nada que perdonarte: tú no has tenido mala intención: así, o de otro modo, ello tenía que suceder.

Cuando por la noche volvió a su casa, todo estaba tranquilo; pero don José, al empezar la cena, sufrió un acceso violento, y fue necesario acostarle: Tirso hizo ademán de ir a coger uno de los brazos de la butaca para conducirlo a la alcoba con Pepe, pero éste le contuvo con sólo una mirada. Después, entre él y Leocadia, empujaron el sillón. Estando ya en el lecho, don José sujetó a su hijo por el cuello, y le dijo temblando, con voz apenas perceptible:

—Hijo, por Dios, ¡sé prudente! ¡no hagas nada! tu madre... ha dicho que si Tirso se marcha, ella también se irá.

Durante la cena, a que el enfermo no asistió, los dos hermanos no se dirigieron la palabra; Pepe estuvo con su madre y con Leocadia tan afectuoso como siempre; ellas con él, frías y reservadas. Después se encerró en su cuarto, sintiendo que el llanto se le agolpaba a los ojos.

Sus lágrimas fueron jugo del alma, esencia del dolor, La calma de su hogar era ya como cristal roto y, junto a esta dicha perdida, hasta el amor de Paz le pareció una felicidad mezquina.

XXIV

Las Hijas de la Salve eran unas monjas que a fuerza de pedir limosnas y aceptar herencias consiguieron edificar un buen convento en las cercanías de Madrid, fuera de la puerta de Fuencarral. La piedad religiosa pareció acuñarse para sus manos: lo más elegante y rico de la Corte les otorgó su apoyo. No había por aquel tiempo mujer devota ni dama encopetada que dejara de visitarlas. Dos hermanitas venían diariamente a Madrid a recoger ofrendas, y como tenían la colecta admirablemente organizada por distritos y barrios, se presentaban en palacios y casas a hora conveniente. Sabían que tal señora no se levantaba hasta la una, que tal otra era más madrugadora, que para hablar a unas era preciso ir a medio día, y que algunas no recibían hasta la tarde. La tartanilla en que hacían sus correrías se paraba ante las casas de la grandeza y la alta banca, con regularidad admirable, en determinadas fechas y a horas fijas: a poder hablar, el borriquillo que la arrastraba hubiera dado las señas de los domicilios de lo mejor de Madrid. También había casas donde un mayordomo, una doncella, y aun el portero, eran los encargados de entregar la limosna, sin que las recaudadoras se ofendieran ni dejaran de tomarla. Otra mina de donde sacaban gran provecho para adornar su casa y acrecer sus rentas—que eran casa y rentas del Señor—consistía en una hermandad educadora aneja al convento. Las Hijas de la Salve, previa autorización eclesiástica, habían hecho dos fundaciones que eran como ramas de un mismo y santo árbol: la primera un colegio establecido en el convento, y la segunda una asociación devota, calcada en la organización de ciertas cofradías, pero con perfección suma. La asociación llamada Limosna de la luz tenía por objeto reunir, mediante modestas cuotas mensuales, fondos para llevar diariamente, en nombre de los hermanos, determinado número de velas de cera al templo donde se adorase a la Santísima Virgen en cualquiera de sus advocaciones; pero como los asociados eran muchos y pocas las velas necesarias, al cabo de cada mes quedaba en caja un sobrante respetable, que se destinaba a misas por los hermanos difuntos, funciones de iglesia, novenas, actos de desagravio al Señor por las injurias de los impíos, ofrendas al Santo Padre y regalos a templos o capillas pobres, que consistían algunas veces en objetos de metal para el culto o donaciones para mejoras, pero que generalmente eran de ropas sagradas. En un principio la hermandad lo compraba todo; mas como las compras salían caras, la asociación estableció un pequeño obrador donde recibía a las jóvenes que, hallándose sin trabajo, querían coser a menor jornal que para tiendas o particulares: el obrador, pequeño, bien dirigido y mejor administrado, trocose pronto en taller grande, de modo que al año quedaron enlazados en sabroso nudo la piedad y el lucro, viniendo a ser aquello una santificación del trabajo. Hacíase allí toda clase de labores de aguja, desde lo más sencillo a lo más complicado y primoroso. Se bordaba en blanco, en sedas de colores y en oro; el planchado era admirable; los roquetes, albas, paños de altar, sabanillas y almohadones para santos sepulcros, parecían obra de hadas; los ternos, casullas, mangas y estandartes, eran verdaderos prodigios artísticos; y como antes ocurrió que solía quedar un remanente de velas, comenzó también a tener la casa en almacén más de lo que había menester para sus obsequios. No se había de tirar. La administración dispuso que pudiera venderse a bajo precio, con sólo cubrir gastos, y de esta suerte se apretó un poco más el lazo de la Religión y el comercio. Al mismo tiempo la hermandad Limosna de la luz pensó que su bienhechora influencia podía hacer algo mejor que poner velas en los altares, regalar casullas o vender ropa barata para el culto: podía—¡oh admirable hallazgo! ¡oh inspiración divina!—regalar almas al Señor.

Hasta entonces no se había exigido a las obreras del taller sino buena conducta y legitimidad de origen—porque no eran dignas de trabajar para tan santo fin las ovejas descarriadas ni las hijas del pecado;—en adelante se las exigió someterse a ejercicios piadosos, explicación de la doctrina cristiana y asistencia a determinadas solemnidades en la capilla del convento. Un maestro de música formó un coro de primer orden, siendo cosa de oír—y todo el Madrid elegante se regocijó de ello—cómo cantaban salves y motetes por las tardes las infelices que pasaban trabajando todo el día. Algunas, a la larga, convencidas de la bondad de la continua predicación a que estaban sujetas voluntariamente, manifestaban deseos de entrar en las Hijas de la Salve: si su habilidad con la aguja podía ser agradable a los divinos ojos y beneficiosa al caudal común, se las admitía: en caso contrario, no faltaba medio de negarse, resultando que, a despecho de los errores humanos, como la casa contaba con la visible protección del cielo, todo era en ella prosperidad. Los jornales de las que trabajaban nunca subían; pero, en cambio, ¡qué alegría cuando alguna renunciaba al mundo! Las señoras que protegían a las Hijas de la Salve solían pagar el no muy cuantioso dote necesario y el humilde equipo preciso. ¡Santa caridad que sustraía doncellas a la circulación del pecado, evitando que llegaran a ser madres de impíos! En vano fue que varios periódicos revolucionarios y descreídos dieran la voz de alarma. El Madrid devoto estaba entusiasmado: las Hijas de la Salve y la Limosna de la luz hacían prodigios. Un día profesaba una rica educanda de pocos años, desengañada del mundo; otro, una hija de familia se negaba a ir a pasar el domingo con sus padres por adornar un altar; ya una señorita manifestaba decidido propósito de acogerse al claustro; ya una de aquellas pobres obreras pedía como favor supremo ser adoptada en cualquier concepto por las santas Madres, Hermanas, o lo que fueran.

Hubo casos notables. La hija de un caballero, viudo y muy rico, a los ocho días de sacada del colegio por su padre, se escapó, volviendo a refugiarse bajo el techo sagrado, sin que el infeliz señor pudiera verla, porque ella misma le escribió, diciéndole que todo era inútil. Una señorita recién casada abandonó a su esposo al mes de la boda—con asombro de los materialistas—como herida por la nostalgia de la devoción y prefiriendo la poesía de la fe a las impurezas del tálamo. El padre se quedó sin hija y el esposo sin mujer. Las Hijas de la Salve eran una institución incontrastable. ¿Qué autoridad civil ni judicial podía oponérseles? No: aquel santo asilo de almas consagradas a Dios y a la propaganda piadosa, no debían nunca verse sujetas a miserables tributos, pesquisas de profanos malévolos ni vejaciones parecidas.

La Condesa de Astorgüela era, según unos, desinteresada protectora de la doble asociación; según otros, no más que un agente, a quien las Hijas de la Salve buscaron, sabedoras de su prestigio cerca de ciertos elementos sociales, pagándola sus desvelos, amén de otros beneficios, con otorgarla una gran autoridad en el que pudiera llamarse—sin ofensa—consejo administrativo de la asociación. Tal era la índole del piadoso instituto que ansiaba dilatar su pequeño reino en este mundo adquiriendo una parte de la propiedad que, lindante con el convento, tenía el padre de Paz Ágreda.

La Condesa de Astorgüela, deseosa de proteger a Tirso, o acaso con ulteriores miras, hizo que las Hijas de la Salve le emplearan, confiándole en compañía de otros sacerdotes la misión de dirigir las prácticas piadosas y explicar la doctrina a las hermanas que formaban la Limosna de la luz. ¿A quién podían elegir sino al ministro de Dios que recientemente dio en el púlpito tan brava muestra de fervoroso celo? Tirso entró en seguida en funciones, inundándosele el alma de alegría ante el espectáculo de aquellas mujeres que, unas en continuo trabajo, otras en perpetua oración, tenían puesta la mirada en el cielo y la esperanza en Dios.

Durante algunas semanas, Paz y Pepe se vieron poco; la clausura del Parlamento hizo innecesarios al señor de Ágreda los servicios del muchacho; mas sabiendo la niña que su padre hablaría en una de las sesiones próximas, esperaba la apertura de Cortes con mayor impaciencia que político de oficio; porque don Luis tenía propósito de que Pepe buscara para él ciertos datos, lo cual significaba que el chico volvería a frecuentar la casa con la asiduidad de antes.

Llegó al fin la ocasión, y Pepe volvió a trabajar por las mañanas en el hôtel de la Castellana.

Era ya cerca del medio día. El balcón del cuarto de los libros estaba abierto, las persianas caídas, y el sol, penetrando por entre sus listones, formaba sobre la fina estera de junquillo un dibujo a rayas blancas y negras. Las acacias del jardín proyectaban confusamente sus movibles sombras en los muros: el silencio y las hileras de volúmenes, colocados en los estantes como un ejército de ideas, parecían estímulos del trabajo: Pepe, bajo pretexto de tomar apuntes, estaba preparando el discurso de don Luis. Nada se oía: sólo el viento agitaba a veces el ramaje de los árboles vecinos, obligándolo a chocar contra las persianas; la luz intensa desparramaba su claridad hasta los rincones, y sobre el paño oscuro que cubría la mesa, las cuartillas, unas vírgenes de plumadas, otras ya escritas, atestiguaban de la laboriosidad de Pepe. El discurso de don Luis prometía estar cuajado de datos interesantes y ser denunciador de graves contradicciones en el criterio y conducta de sus adversarios: el escribiente no podía dar al senador la elocuencia de que éste carecía; pero, al menos, iba a ponerle en disposición de causar efecto con la oportunidad de los recuerdos que despertase. Pepe había leído que Girardín fundaba su oratoria en la demostración de la versatilidad de los contrarios y, no pudiendo prestarle astucia ni facilidad de palabra, procuraba que don Luis hiciese algo parecido. A fuerza de revolver Diarios de Sesiones, discursos y periódicos, iba reuniendo cuanto era aprovechable para que alardeara de memoria y oportunidad. Había instantes en que experimentaba tristeza mirándose convertido en agente de la notoriedad ajena; pero luego, considerando que así se hacía útil, quizá necesario, al dueño de la mujer amada, y que cuanto más le favoreciese más se acercaba a ella, redoblaba su actividad y hacía prodigios para aguzar el ingenio. Acaso un día don Luis llegase a apreciarle, aunque fuera por egoísmo: él se sentía con fuerza bastante para fabricar la celebridad de aquel hombre a cambio...

De pronto se abrió la puerta del despacho y entró Paz, vestida con un traje de batista blanca sembrado de florecitas azules, sujeto a la cintura por una ancha cinta de seda y ligeramente entreabierto el escote, sobre el cual llevaba una crucecita de oro, como guarda colocado a la entrada del Paraíso: la falda, corta según costumbre, mostraba a cada movimiento sus bonitos pies, que aún hacían más perfectos a la vista los zapatos de labor delicada y las medias oscuras, que contrastaban con la blancura del traje.

—Papá ha almorzado solo, porque tenía una cita, y no vendrá hasta las tres:—dijo, tendiendo a Pepe la mano, que él retuvo un instante entre las suyas.

—Pues me voy.

—¡No! Ya me he cuidado de decir que tenía yo que venir al despacho.

—Me repugna esto de quererte a hurtadillas.

—A mí también; pero, ¿qué remedio? ¡Está bueno lo que pasa! el riesgo es mío y el miedo tuyo.

—Si una imprudencia nos costara no volver a vernos, ¿quién saldría perdiendo?

—Yo, que te quiero con toda mi alma—dijo Paz con la mayor viveza.

Callaron unos instantes: él tornó a cogerla la mano, por cima de la mesa, sintiendo un placer tranquilo y grato, como si el calor que se desprendía de su piel le llegase al alma sin pasar por el cuerpo, y luego se levantó, yendo a ponerse de pie a un lado del balcón, más cerca de ella.

—No, no; anda a tu sitio.

—Déjame a tu lado un minuto.

—¡Cómo me gusta entrar aquí cuando estás trabajando!... Me parece que ya eres mío. Los días que no vienes también suelo entrar alguna vez, para fingirme que vivimos juntos... y estabas aquí... y que ibas a volver en seguida.

—¡Qué lejos está eso!

—Mientras me quieras, no importa.

—¿Sabes, Paz, que parecemos tontos?

—¿Por qué?

—Sí: tú, tonta; yo, malo. Nos estamos haciendo ilusiones: esto no puede acabar bien.

—¿Te gusta otra más que yo?

—¿Y el tiempo? ¿Y tu padre?

—Ni mi padre, ni los años, podrán separarnos.

—Eso es muy bonito y muy romántico; pero la realidad se nos echará encima, y ¡qué amarga!

Pepe la había rodeado la cintura con un brazo.

—Sí, ¿eh? quéjate ahora de la realidad—dijo ella, procurando desasirse.

—¿Te ofendes?

—No; pero... no está bien.

No estaba bien, pero lo toleró.

Sus rostros quedaron tan cercanos, que los rizos de Paz le rozaban a él la frente. La crucecita de oro que la niña lucía en el pecho, temblaba con el movimiento de la respiración, y el viento suave, penetrando por entre los listones de las persianas, parecía empeñado en empujar los cabellos de Paz contra la cara de Pepe.

—Cuando te tengo así—la decía oprimiéndola el talle—creo que me quieres más, y daría la mitad de la vida por tener derecho a pasearte como estamos ahora, así, del brazo, por las calles.

—A mí me gustaría más estar solitos, sin que nadie nos viese.

Se sentía languidecer, presa de una laxitud incontrastable, como flor envuelta en una atmósfera muy cálida: el brazo y el aliento de Pepe la abrasaban. Entonces él, sin prisa de ladrón, con verdadera calma de dueño, fue aproximando lentamente los labios hasta besarla cerca de la boca; y ella, en pago, sin voluntad ni fuerza para rechazarle, oprimió la varonil cabeza contra su pecho. No fue beso robado, sino consentido primero y agradecido luego.

Al apartarse, Paz le sujetó las manos y, fijando en él los ojos, le dijo, ansiosa de leerle el pensamiento en la mirada:

—¿De verdad me quieres?

—¡Ojalá estuviera tan cierto de que llegarás a ser mía como lo estoy de mi cariño!

Ella se quitó entonces un anillo de oro que llevaba entre otras sortijas, y poniéndoselo a Pepe, le dijo, con la leal franqueza de quien entrega el alma:

—¿Entiendes? Tuya para siempre.

Y él, sujetándola las manos, selló el desposorio con un beso más dulce que la mejor palabra. Después se separaron, sin más frases ni promesas, seguros del porvenir, dejándose cada cual su albedrío cautivo en la voluntad del otro.

XXV

Según Paz mostraba por lo enamorada mayor empeño en salvar la distancia que les separaba, más parecía obstinarse la adversidad en desunirlos, colocando a Pepe en peores circunstancias.

Cierto caballero influyente en la comisión de gobierno interior del Senado, que había menester una plaza vacante para uno de sus protegidos, supo que Pepe era hermano del clérigo autor del sermón censurado por la prensa y, sin otro motivo, logró que le dejaran cesante. En vano procuró don Luis de Ágreda su reposición: hiciéronle buenas promesas, pero no obtuvo resultado; y como la pérdida del destino representaba en casa de Pepe una falta de diez y ocho duros a fin de mes, la escasez mal disimulada fue degenerando en franca e irremediable pobreza. Además, el desorden que causaba doña Manuela con el olvido de todo lo casero era cada día mayor: la misa por la mañana, las Cuarenta Horas y vela por la tarde, el hacer o escuchar lecturas piadosas y el quedarse medio dormida en una silla, a lo cual llamaba pomposamente meditación, no la dejaban tiempo para nada. La cena, hecha con prisas al volver de la iglesia, unas veces era mala, otras peor y, si Pepe, a causa del trabajo de la imprenta, no venía temprano, doña Manuela, Leocadia y Tirso, en vez de acostar al pobre viejo, se ponían a rezar el Rosario y la Letanía con alguna oración de añadidura, como preces por los herejes o acciones de desagravios; con todo lo cual quedábase don José preso en la butaca junto a las vidrieras del balcón, mirando pasar gente, viendo encender faroles y aumentar las sombras, sin oír palabra que le distrajese ni frase que le consolara. Ni siquiera se acordaban de cubrirle las piernas con una manta; así que, al ir a moverle de la butaca, solían encontrarle frío, como entumecido. Si pedía que le comprasen periódicos, nunca faltaba excusa: los pocos cuartos antes invertidos para entretenimiento del enfermo en suplementos y extraordinarios, iban a parar ahora al cajón de las ánimas, débil compensación, a juicio de Tirso, de lo gastado en regocijarse con noticias contrarias a la buena causa. Además, del armario en que estaban faltaron varias obras que don José estimaba en mucho, por ser de esas que proporcionan el doble placer de recordar el tiempo en que se leyeron y afirmar las ideas que inspiraron: desaparecieron de la casa una Historia de las Cortes de Cádiz, la anónima del Reinado de Fernando VII, las Cartas a Lord Holland, de Quintana; una continuación al Mariana, escrita por Eduardo Chao; los Recuerdos, de Alcalá Galiano y otro de Toreno. El expurgo debió ser cosa de Tirso, y también la elección de cuatro o seis libracos que, en sustitución de aquellos, tomó doña Manuela, como el Método práctico para hablar con Dios, del jesuita Franco; el Verdadero Sufragio universal, o sea Pío IX y sus bodas de oro; el Interior de Jesús y María, el Águila real, pelicano amante, historia panegírica del ínclito San Agustín, y el Despertador del alma descuidada en el negocio máximo de su salvación.

Otra obra tomó Tirso, guardándola para leer a solas; pero como Leocadia le sorprendiera varias veces con ella en la mano, entró en curiosidad y, observando que metía el libro en el cajón de la mesita de su alcoba, que tenía llave muy chica, intentó y consiguió abrirlo con la de su costurero.

El deseado volumen decía en la portada:

Mechialogía; tratado de los pecados contra el sexto y noveno mandamientos del Decálogo, y de todas las cuestiones matrimoniales, seguido de un compendio de embriología sagrada (obra para el clero), por Debreyne. Muchas de sus páginas, y párrafos de otras, estaban en latín, y lo escrito en castellano cuajado de palabras incomprensibles para Leocadia; pero algunas frases que malvelaban lo que debe ignorar la doncellez, excitaron su curiosidad. Aquello era un conjunto de definiciones de pecados horribles, por ella nunca imaginados, descripciones de vicios asquerosos a su castidad desconocidos, alusiones a hechos absurdos, y advertencias estúpidas para precaver los delirios de la más corrompida torpeza. El ansia de rebuscar pecados no respetaba la ignorancia de la virgen ni la conciencia de la esposa, y los hechos más naturales e inocentes de la vida servían de base a reflexiones que excitaban groseramente los sentidos. Aquel libro buceaba en la conciencia humana ávido de espectáculos repugnantes, y al hallarlos se deleitaba en su análisis, como larva de corrupción que se revuelca entre la podre: mal disfrazado, con frases piadosas y tecnicismos médicos, cuanto en él había era perversión de lujuria. Unas cosas leyó Leocadia con deseo de adivinarlas, otras con asco de entenderlas: hubo frases que cayeron sobre su pureza como cieno sobre nieve: luego, asustada, dejó el tomo y cerró el cajón, sintiendo al apartarse de allí una emoción intensa de pudor ofendido. La flor huía con asco de la babosa. Pero le quedó al libro el encanto de lo vedado, el aroma excitante de lo prohibido, y una tarde volvió a entrar en el cuarto de Tirso para hojearlo. La madre estaba en la cocina y el padre postrado en su sillón. Llamaron a la puerta, ella no oyó nada, abrió doña Manuela a Pepe y, al cruzar éste el pasillo, sorprendió a su hermana leyendo. El rostro de la muchacha fue delator del libro: Pepe entró y, quitándoselo de las manos, lo hojeó unos instantes mientras ella huía avergonzada, sintiendo por primera vez en su vida una llamarada de vergüenza que la abrasó la cara.

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