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El Doctor Centeno (Tomo II)

VI

Reading edition

FIN

I

Todo el mes de Mayo se pasó en alternativas de engañosa mejoría y de recrudecimiento del mal, resultando un alza y baja sintomatológica, con oscilaciones no menos bruscas que las de los fondos del enfermo. Días hubo en que, cubiertas con esplendidez las principales atenciones, aún sobró lo bastante para poner un duro en la mano fría y flaca del apóstol de la escritura; pero otros, teñidos en todas sus horas de un lúgubre color de tristeza, no traían consigo más que necesidades, disgustos con Cirila, apuros y carencias de lo más preciso. Fué por San Isidro cuando recibió Alejandro carta de su padre, en la cual se manifestaba ya el buen señor enterado de la vuelta que habían tomado los dineros de la tiíta. Vivísimo enojo resaltaba en cada renglón de la epístola. El iracundo padre, pidiendo cuentas del uso de aquel capital, declaraba al niño su resolución de no mandarle un cuarto más en todo el año. Al Toboso habían llegado noticias de la desaplicación del estudiante dramaturgo, de su vida errática, de sus costumbres equívocas é indecorosas, por todo lo cual estaba el buen don Pedro echando chispas. Concluía la tremebunda carta diciendo al rebelde hijo que en vista de que no estudiaba, de que era un perdido, no se gastaría más dinero en su carrera; que después de los exámenes de Junio, si es que se examinaba, tomara el camino del Toboso, donde se le tenía preparada una hoz para segar, una azada para romper tierra, y un bielgo para aventar, únicos instrumentos adecuados á la corrección de su holgazanería.

Consternado leyó el joven la filípica, siendo cada palabra de ella puñal que le abría las entrañas, agravando su profunda dolencia. ¿Qué contestaría? Optó aquella vez por el mejor partido, que era confesar su falta y pedir perdón. Se disculpó diciendo que había tenido una larga enfermedad; pero á renglón seguido incurrió en la torpeza, ya muchas veces cometida, de ocultar su verdadero estado por no disgustar á su madre. Anunció que se había restablecido, que ya iba á clase, y que esperaba examinarse y salir bien. Así lo creyó el pobrecito, que antes perdería la vida que la esperanza. Era tan ciego, que hacía proyectos para la semana próxima, contando con restablecerse; prepararse en cuatro días, como lo había hecho otros años; examinarse, y después irse tan alegre á su pueblo... á acabar de ponerse bueno.

Para mayor tormento suyo, presentóse un día Torquemada, el prestamista á quien Arias llamaba Gobseck, y con buenos modos, mas con perversa intención, le exigió el pago de cierta suma. Alejandro sintió un dogal que le estrangulaba. No supo qué contestar, y á cada momento se contradecía. «La semana que entra... Precisamente estaba esperando... No tuviera cuidado el señor Torquemada...» Este embozaba con taimadas razones su exigencia. Aquel dinero no era suyo, sino de un señor que se lo había confiado, para emplearlo, y el señor lo necesitaba para ir á tomar baños de ola. Volvería al día siguiente; volvería todos los días, mañana y tarde... ¡Poder de Dios, qué hombre! Si no se le pagaba, pondría dos letritas al señor don Pedro Miquis, á ver qué determinaba... Al buen Alejandro se le congeló el sudor sobre la frente, y se le apretó el lazo corredizo que en el cuello sentía.

—Felipe, chiquillo—dijo á su criado cuando el buitre les dejó solos.—Es preciso hacer un esfuerzo. Abre la cómoda, saca toda mi ropa, empéñala, que por ahora no la necesito, y para cuando pueda levantarme ya tendré con qué sacarla... Á ver si te dan aunque no sea más que lo bastante para pagarle á Torquemada los intereses.

Centeno obedeció en silencio; pero al pasar revista á la ropa, observaba que faltaban muchas piezas; preguntaba por ellas á Cirila; pero ésta se hacía de nuevas, y hasta se sorprendía de ser interrogada sobre cosas con las cuales nada tenía que ver. «Allá tú,» dijo á Felipe con lacónica malicia. La ropa blanca estaba reducida á la mitad. Felipe hacía recuentos y comentarios; pero Miquis, impaciente por terminar, cortaba las cuestiones, diciendo:

—No me marees. Me duele horriblemente la cabeza. Lleva lo que haya y saca todo lo que puedas.

Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo á que Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio, se presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de que la cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para dentro de cuatro días. ¡Dios grande, qué hombre!

Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco que allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana:

—Como no me vuelva yo dinero... Hoy sí que no puedo hacer nada, señorito de mis pecados. Ni la lumbre puedo encender. ¡Bonito genio tiene el carbonero! ¿Oyó usted el escándalo que armó esta mañana por lo mucho que se le debe?...

—Felipe...

—Señor.

—Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy tendrás suerte: me lo dice el corazón.

Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía, y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le diera trabajo, pagándole sus servicios...!

Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia... El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él. Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para mantener... cállate, boca.

Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima, cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.

—Esto ya es vicio—dijo Poleró.—Si su padre no le mandara, vamos... pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.

Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.

Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora, vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo, cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario, se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad; pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta, volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase... Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:

—¿Quién es?

El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!

—¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo estás...

Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al cuerpo.

—Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?

Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes... ¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:

—Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.

Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.

—No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El silencio le acusaba.

—No, señor...—murmuró;—yo no soy vago... Estoy sirviendo á un caballero...

—¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?

—Sí, Señor... pero...—balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.

—Á ver, explícame eso.

—Es que mi amo no tiene nada... está pobre...

—¿Quién es?

—Un estudiante.

—Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura, hijo de reyes?

Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su cráneo. Empezó á hacer pucheros.

—No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién pides, para tí ó para él?

—Para él.

Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario, Felipe lloraba como una Magdalena.

—Si usted no quiere creerme...—decía entre sollozo y sollozo...

—Pero si no me has explicado nada...

Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se escondía la compasión.

Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera. Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:

—¡Doctorcillo!

Éste retrocedió.

—Demuéstrame tu necesidad—le indicó entre ceñudo y compasivo;—hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu vagancia, y entonces te daré...

Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.

—Pruébame...

¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había de ir allá.

—Á ver, habla...

—Adiós, señor don Pedro,—volvió á decir el Doctor, dando otra vez la media vuelta para retirarse.

—Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu cantinela?

Felipe se detuvo y le miró bien.

—Voy á ver si me quiere socorrer—dijo—una persona que ya otra vez me socorrió.

—¿Quién?

—La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:

—¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

—El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

—¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.

—Toma siete,—le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre la mesa.

—Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda su familia.

II

La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso. «Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se amuela.»

Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él! De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó, no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón, y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo miedo?

¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría. El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras palabras muy lisonjeras.

—Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.

Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:

—Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo, y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!

Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:

—Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis, ¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está tan miserable?

Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio, mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero de ideas.

—Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo, la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá? Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón Tres les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?

Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con grandes cabezadas afirmativas.

—Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos quieren meter aquí—prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador y paseándose en un espacio como de tres varas.—Hay unos cuantos... todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?

Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa gorda y coruscante.

—Pues ahora se salen mis amigos con eso de todo ó nada. En resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí. Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...

Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que le habían prometido, y tembló por ellos.

—Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?

—Sí señor, sí señor que se me ponen.

—Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año, buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así, sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito, esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas; pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo. Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros, ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón, otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua. En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...» Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell? En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada, no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.

Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres, que envolvió cuidadosamente en un número de Las Novedades, despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.

III

Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón estaba sentado con otro amigo.

—Hola... Redator...

—Míale... el Iscuelero.

Entablóse franco y alegre coloquio. Juanito y su amigo habían salido del taller, porque aquel día estaban allá de obra y no se trabajaba... El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba? Un sentido. El principal le quería mucho y le iba á poner en el estofado. «Vente á este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras.» El tal Juanito entró en aquel arte por gusto de su madre, y de allí pasaría á Ingeniero. Iba por las noches á la escuela gratuita de dibujo, y pintaba hojas de coluna, narices y toda la pirámide de la Geometría. Le iban á poner en el adorno y á pintar una comotora. Ya sabía las cuatro órdenes de la arquitectura, y á poco más, si le dejaban, hacía otra como el Escorial. La corintia era de este modo, y la jónica de aquel otro... En su taller, era él capaz de dorar el gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban refrescando un altar. Su principal doraba también con galvana, en un pilón con agua muy agria, que quema... Como que él tenía la blusa agujereada porque le cayeron gotas. Era el oficio más bonito que se podía ver. ¡Nada, que coges una cosa de palo ó de hierro, y en un momento la pones dorada...! En fin, hijí, si te descuidas se te doran los dedos, y hasta el resuello es oro. ¡Ganar! Lo que quieras. Todos los días encargos, y «que vaya á sacarle lustre al Padre Eterno de la Iglesia...» En medio día se despachaba él cuatro espejos. Primero hacía la pasta, luego iba pegando molduras... Ahora venga barniz, brocha de pelos de león y panes de oro... Un momento, un suspiro. Da gusto ver que todo se va poniendo como un sol... Con los panes que sobraban hacía maravillas en su casa, y hasta los vasares de la cocina y la espuerta de la basura los había dorado.

Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz á su amigo con aquel oficio regio. ¡Dorar! Poner en todas las cosas la risa del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruín madera, fingiéndole la facha del más fino y valioso metal... ¡Dichoso el que en tal industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder disponer de los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros y hasta las botas de su amo. Subió de punto su admiración cuando Juanito le enseñó sus uñas doradas.

—¿Qué es eso que llevas ahí?... Pastelitos.

—Me los han regalado. No sirven...

—Mia éste... ¡que no sirven! Nos los comeremos.

—Es que... son para...

—Te los compraremos, hombre... Si creerás tú... Te vamos á convidar á café... Fúmate un cigarro.

Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió tres cerillas.

—¿Onde vamos? Á Diana, que dan mucho azúcar...—Café y copas, Felipe...

Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!

—¡Mozo... café y copas... y un periódico!...

Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él, impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin, no quedó nada en la copa.

¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte? Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso más por camino tan peligroso.

Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos... Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos, sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca. Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la contemplaba!... Se la doraría.

Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho, Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.

—Yo pago, yo pago...—gritó con cierto frenesí.

Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación; pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente, dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.

Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol. Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo, contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día... ¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!... ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de soledad y escasez?...

Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?

Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado. Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre. ¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?

Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.» Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió ánimos para empujar la puerta...

Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana perspicacia:

—Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...

Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para increpar á su criado:

—Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.

Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.

—Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?

—Vaya... pues con el permiso de usted...—indicó don José, dispuesto á retirarse.—Ya tiene el señor compañía...

Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación cumplida de su tardanza!

—Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos—le dijo Miquis riendo,—te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre, enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...

Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.

No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y cansancio.

IV

El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo, y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara, en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad, conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu. Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas. Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa, los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del médico se regalan con los suspiros del moribundo.

Aquella mañana (no sabemos bien qué día era) el médico y Cienfuegos conferenciaron en la escalera, por no poder hacerlo en la casa. Cara triste tenía Moreno Rubio cuando dijo:

—Se va por la posta... ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido casi todo el parénquima. Han empezado de una manera alarmante el reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con una rapidez que me sorprende, porque al principio noté cierta lentitud en el desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo tiraría hasta el otoño.

—La voz—dijo Cienfuegos, no menos triste,—se le transformó desde ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.

—La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes cavernas... Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso fenómeno de la pectoriloquia... En fin, seguir con la digital, y de noche los calmantes.

Oyó Felipe esta conferencia, y su terror fué grande. Quedóse como quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima catástrofe; pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo primero que hizo fué echarse á llorar; mas pronto comprendió la necesidad de contenerse y envalentonarse para que su amo no se acobardara viéndole tan afligido. Compuso su semblante lo mejor que pudo, y entró en el cuarto. Felizmente estaba el enfermo tan aferrado al bello engaño de su pronta curación, que no era preciso fingir alegría para darle ánimos. Desde el día anterior no cesaba de hacer proyectos, los unos de arte y de trabajos para el año próximo, los otros bucólicos y de vida regalona.

—¡Qué buenos días voy á pasar en la Mancha este verano!—decía,—pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de Junio podré marcharme. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va cediendo, á mi parecer... Porque yo me siento mejor, sí, señor; y aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy á llevar. Verás cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?... Si no tiras, yo te enseñaré... Es un gusto ir á codornices... Mi padre tiene un monte... Ya se me hace la boca agua, pensando en el apetito que allí se me abrirá de par en par... me comeré hasta los platos... Mira tú: nos salimos de madrugada y nos llevamos el almuerzo en una cesta... creo que hasta la cesta nos la tragaremos... Á las diez ya no podremos tenernos de hambre.

Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para ponerse en aquel estado, por ser su alma genuinamente arrebatada y soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba muy inquieto con ciertas ideas referentes á lo que en la escalera había oído. Entrando y saliendo á sus quehaceres, ni por un momento se apartaba de su alma aquella pena, y á la pena se unía un prurito de rebelión contra el dictamen de Moreno Rubio. No: su amo no podía estar tan malo como el médico decía; su amo no se moriría... ¡pues no faltaba más! Sin duda Moreno Rubio era un bruto que no entendía el oficio, y soltaba tales paparruchas para darse importancia. ¡Morirse tan joven, morirse habiendo hecho El Grande Osuna! Esto no podía ser. Si Felipe fuera ya médico, si él supiera ya todo lo que trataban los libros de Cienfuegos, de fijo pondría á su amo más sano que una manzana.

«Los médicos de ahora no sirven—pensó.—Para médicos los de mañana, los que van á venir.»

Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de exámenes, allí tenía sus libros para darse alguno que otro atracón tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas obras tan sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfermedad de Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni jota, y como todo era terminachos obscuros, más se desesperaba cuanto más leía. Por último, encontró una palabra que Moreno Rubio había pronunciado en la escalera. Parénquima decía el libro. Allí estaba el busilis... ¡Oh! si él hubiera aprendido siquiera alguna cosita; pero no, no sabía nada: era más bruto que Moreno Rubio y que el mismo Cienfuegos... Se golpeaba Felipe su respetable cráneo, esperando que por este medio brotara en él alguna chispa de sabiduría médica; pero nada, nada... todo era cerrazón, dureza, ignorancia... Después buscaba las láminas de los libros, con esperanza de encontrar en ellas alguna idea. Las láminas tampoco le decían lo que él anhelaba saber. Ninguna halló que dijera: «Estado de los pulmones del señorito Alejandro.»

Su avidez le quitó el sueño aquella noche: nada le distraía, nada le consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán, ¡ay! afán de amor y curiosidad. ¿Cuál era su antojo? Nada menos que averiguar cómo era su amo por dentro; meter sus miradas en aquel dichoso parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos, para ver en qué consistía el daño, y por qué se había de morir su amo. Mentalmente le abría en canal con un grande y cortante instrumento que no causaba daño, y luego introducía con sutileza sus manos para extraer el mal... Lo dicho, dicho: Moreno Rubio era un pobre hombre que no sabía el oficio.

Aquellos días tenía Miquis, á ratos, la compañía de Ruiz, y por las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo de la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad á la raza de maestros de escuela. El uno de ellos cojeaba, el otro tenía las piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio leporino, y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por no decir otra cosa. Además, estaban pálidos, cacoquimios, llenos de manifestaciones escrofulosas. ¡Pluguiera á Dios que no representara tal familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas, gimnasia, aire, urbanización.

Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza y gracia. Era sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se habría ganado todos los premios. Tenía los ojos azules; el pelo de color de esponja y enmarañado; la boca grande, sin duda de tanto charlar; los modales desenvueltos. Andaba á saltos, comía devorando. Era el tipo de los salvajes de buhardilla, que se extienden por la línea de tejados de Madrid, cerniéndose sobre la población como bandada famélica. Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos, y piden sin cesar. Descienden rara vez, porque no tienen ropa con qué presentarse. Viven en aquella altísima capa urbana, situada entre el cielo y los ricos.

Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe. Mañana y tarde oíase la argentina voz de Rosa Ido en la puerta: ¿Dan ustedes su primiso? Y sin esperar respuesta se metía dentro. Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes de la vecindad. Cuando Felipe iba á un recado le acompañaba hasta media escalera, y cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio con su harapienta muñeca en brazos. Centeno, á su vez, si su amo tenía visita, íbase á la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de sus acerbos males, le hacía los honores con regaños.

El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla conducente á los tejados y á la pequeña azotea donde las vecinas tendían la ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que eran pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo, con los cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su boudoir, consistente en un espejo roto, dos flores de trapo, acerico, medio peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y vestía á la muñeca, asistida de su amigo, que para estas cosas no carecía de habilidad. Cuando estaban solos eran las grandes confianzas. Vaya de muestra.

Rosa Ido.—Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo el día y volviste bebido, vino la Tal... ¡Qué enfado me dió!... Me la hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá Cirila es otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa es porque se da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente, porque ellos, aunque pobres, son de buena familia... El papá de mi mamá era lo que llaman cabrerizo de Palacio, de esos señores que van montados al lado de la Reina.

Felipe.—(Con autoridad.) Se dice caballerizo y no cabrerizo.

Rosa.—Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí, vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.» ¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso alejos... ¿te enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me acuerdo. Ello fué una cosa mu tierna, mu tierna. ¿Sabes lo que dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... Dimpués que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una gran turca en el café...

Felipe.—(Avergonzado.) Es mentira... Si la cojo...

Rosa.—Aguarda. Los dos se rieron, y aluego hablaron de otra cosa. ¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo, y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se prosimó entonces y le dió la mano. Dimpués sacó ella pesetas y las puso en la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.

Felipe.—¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...

Rosa.—(Bajando la voz.) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy volada. Me dan ganas de decirle: «so tía...» Es que tengo yo un genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha de morir... que no llega al mes que viene...

Felipe.—(Dando un suspiro.) Cállate, mujer.

V

Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana... Debe de ser cosa del parénquima... ¿sabes tú lo que es el parénquima?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy malas, muy malas.»

—¿Y qué le damos para esos tabernáculos?—preguntó Rosa consternada, teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer espirante.

—En vista de que las funciones tal y cual—dijo Centeno, ni serio ni festivo—no van como es debido; y en vista de que la inflamación de la pulmonía de la clavícula interesa al hueso palomo del infarto de la glándula estomacal mocosa...

—Tú estás de broma... y el pobre animalilo se muere... ¿Ha venido el señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al michito bonito... Verás tú cómo con algo de la botica se pone bueno.

—Yo pondré la receta. Oído... Del extracto de chuleta: tres grados centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos. Mézclese, agítese, platéese y dórese...

—¡Qué gracioso!...

—Veamos ese pulso. Está durillo... Un sopicaldo de ratón; después un poco de merluza.

—¿Merluza? Dios la dé... ¿Te parece que le demos unas friegas?...

—No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita. Frótale hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?

—Quita... si es un jovencito... si nació el año pasado.

—¡Ah!... abusos de la juventud... Le conviene el cambio de aires... Panticosa.

—¡Qué chusco...!

Alejandro llamó á su criado, y la señorita de Ido quedóse sola con su enfermo, á quien administraba cariño, suaves y amorosas friegas y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el dan ustedes su primiso, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de lágrimas. El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda! Estaba ella dándole una miguita de pan mojada en leche, cuando el pobre animal estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con los ojos vidriados y el hocico entreabierto... No pudiendo soportar el espectáculo tristísimo del cadáver de Michín, Rosita lo había puesto en la azotea, entre dos tiestos de flores que allí vió, y se había bajado á su casa y al pasillo para llorar más á sus anchas. Alejandro la consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de Santa Ana uno de Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma, y el pelo largo y fino, como seda.

Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado, donde estaba el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía, sin atreverse á rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba lo que el otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo á un ángulo protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí...

—¿Qué haces, Felipe?

—Lárgate de aquí... Tu madre te está llamando: desde aquí oigo sus gritos. Te va á pegar. Corre, vete.

Desde donde estaba pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una piedrecilla que le dió en la cabeza.

—¡Qué bruto eres!

—Pues vete. Si no bajas, te pego.

—¡Qué bromas tienes!

—No es broma.

Rosa se fué. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor mayor. Hasta entonces no se vieron en sus rasgos infantiles los firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Hallábase tan poseído de un ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la voz de su amo le habría distraído en aquel momento. Sentado en la azotea, con el tieso animal entre las rodillas, sacó una navaja del bolsillo, y ¡zas!... Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís á esto? El cuchillo estaba bien afilado. Empezó Felipe con tacto y maestría: su ardiente afán no le alteraba el pulso, y supo desprender con serenidad la piel. Había en su espíritu misteriosas intuiciones de cómo había de proceder; antojábasele que ya lo había hecho otra vez... No, no eran enteramente nuevos para él los goces de aquel sangriento juego... Si jamás lo hizo, sin duda lo había soñado.

Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la boca. ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la lengua, y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de púas... Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete, cuello. Por aquí será... Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde tienen los mayidos.» Con la punta de su navaja reconoce durezas, discierne el cartílago del hueso, aparta tegumentos y músculos. Pone especial cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar las arterias.

—Hola, hola, aquí tenemos los pulmones: son estas esponjas, estas cosas llenas de huequecillos... Me parece que este caballero y mi amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada.. ¿Y el parénquima? Será esto que está detrás. ¿Pues y esta canal? Por aquí va lo que comemos. Me parece que el corazón está por aquí. Por estos caños entra y sale la sangre... Sigamos la canal abajo. ¡El estómago! Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!... ¿De qué has muerto, gato? La sangre no corre: apelmazada aquí, en el corazón, y el estómago lo tienes negro... Tú no has comido en muchos días... ¿Y el solomillo, dónde está? ¡Zas!... Ahora con finura, para sacar el buche entero. ¿Qué es esto? Las asaúras serán. ¿Y para qué sirven?... Por estas cuerdas que aquí veo, tirabas y aflojabas para correr... ¿Pero ese condenado parénquima, dónde anda? Los bofes son éstos. Esto es el respirar y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el canto, el enfadarse... Corazón, échate á un lado: tú eres el querer, el llorar, el arrepentirse...

La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.

—Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?

—Aguarda, mujer... no subas. Dí al señorito que espere.

—Felipe.

—Dale.

—Felipe, que no seas majadero, que bajes.

Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente, con curiosidad que le abrasaba el cerebro... ¡Si tuviera tiempo de abrir la cabeza para ver la crisma, donde está todo el intríngulis del pensar...!

—¡Felipe!

—¡Que allá voy!

—Tú estás haciendo alguna cosa mala.

Apresuradamente trataba Centeno de arreglar el deshecho cuerpo del animal, poniendo cada cosa en su sitio y tapándolo con la piel. Si allí tuviera hilo y una aguja, de seguro, ¡recontra! lo dejaría en tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho... Tantas veces le llamó su amo, que al fin echó á correr...

—Dame agua para lavarme las manos,—dijo precipitadamente á Rosa.

—¡Ah, pillo!... ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre animalito.

—Agua.

—¡Verdugo!... Vaya una gracia...

—Mujer... para saber lo que tenía... Agua.

—Le has hecho la utosia.

—No se dice utosia, sino utopia... Agua.

—Ven acá. Tu amo está furioso.

—¡Allá voy!

—¿Y de qué se ha muerto?

—Lo que te dije... del parénquima... Todo está allí clarito. El estómago se le había subido á la nuez.

—¡Pobrecito!

—Y tenía las jieles metidas en la cabeza.

—¡Ay!

—Y la sangre cuajada, con cada tubérculo que daba miedo... ¡Allá voy!

¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era un holgazán, que no hacía más que jugar, olvidado de sus obligaciones. ¡Oh, si él no se viera amarrado en aquella cama! En cuanto se levantara le iba á despedir, sí, señor; porque ya estaba cansado de sus torpezas, de sus travesuras y de su charlatanería.

Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba, dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle, arbitrios de grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una de las grandes crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al volver de un recado, le dijo Centeno:

—¡Cuánta gente por esas calles! ¡Oh! ahora que me acuerdo: he visto al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos...

—¿Sí?

—Y me dió memorias para usted.

—¿Qué dices, hombre?

—No... no... Me equivocaba: no me dió memorias, ni me dijo nada. Es que me miró de un modo particular, y á mí me pareció que me daba expresiones para mi amo.

Con estas cosas se reía el enfermo, y se disipaba su mal humor. Tras del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo de verle y tenerle á su lado era en tal manera vivo, que cuando el Doctor estaba ausente, creíase Miquis privado de algo necesario á su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad, de su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran á la tarde alabanzas sin término.

—Bien, bien, Felipe: te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta. Si me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré... Eres un sabio y debías llamarte Aristóteles.

Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. Á cada momento se oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar... Aristóteles, frótame un poquito aquí, á ver si se me pasa este dolor de la espalda.»

VI

—Aristóteles...

—Señor...

—¿Tienes dinero?

—¿Yo?... Como no me vuelva moneda...

—¿Pero de veras no hay nada? Busca bien. ¿No habrá algún duro trasconejado por ahí en cualquier rincón?

—¡Duros trasconejados!... Este hombre está viendo visiones... Nada, señor: no tiene más remedio que cambiar un billete.

Alejandro se calló y se puso á mirar al techo, con expresión de duda y pesadumbre. También Felipe miraba al cielo raso, creyendo por un momento que había en él nubarrones de billetes de Banco. Después de larga y tristísima pausa, dejó oír Alejandro, con lo más cavernoso de su voz broncófona, estas fúnebres palabras:

—No hay billetes.

Lo que, oído por Aristóteles, púsole en gran confusión, pues el día anterior había recibido su amo, en letra del Giro Mutuo que le cobró un su amigo empleado en el Ministerio, treinta duros cabales. ¿Á dónde habían ido á parar? El filósofo, movido de un prurito indagatorio y correccional que apuntaba en su alma, adiestrada en aquella vida de iniciativa, se aventuró á preguntar á su amo por el paradero de los billetes. Alejandro, con expansiva y noble confianza, estuvo á punto de satisfacer la curiosidad de su secretario peripatético... Pero no tenía ganas de conversación; estaba sombrío, abatidísimo, y sólo pudo murmurar:

—Anoche...

Felipe echó sus miradas al suelo, y parecía que las pisoteaba. «Anoche... ya...» Era una desesperación vivir en tan gran desarreglo y no poder contar con nada, por la liberalidad furibunda de aquel pobre loco. Allí no estaba seguro ni el triste pedazo de pan de cada día, porque á lo mejor arramblaba por él el primer advenedizo. ¿Y qué iban á comer aquel día? No había nada, ni un ochavo en metálico ni en especie. Era preciso traer azúcar, chocolate, leche, carne, medicinas, limón y otras menudencias. ¿Á quién pedir? ¡Si por milagro de Dios Omnipotente, don José Ido tuviese algo...!

Un rato después de aquel «anoche» que dijo Miquis, éste, tomando fuerzas, pudo expresarse así:

—Me quedaba un billete de cinco duros. Esta mañana, cuando fuiste á casa de la tiíta á llevarle la carta que mamá mandó dentro de la mía, sentí un gran alboroto... ¿Qué crees que era? Pues ese señor que vive en el cuarto número 6, ese que tiene prendería y ropa vieja... chico... no sabes qué escándalo le armó al pobre Ido. ¡Qué gritos! Las mujeres de ambos salieron al pasillo, y hubo lloros y desmayos. Todo porque Ido no le puede pagar á ese... creo que le llaman don Francisco Resplandor... unos dineros que le debe. Se pusieron como ropa de pascuas. De repente me veo entrar á don José. Los ojos se le saltaban de las órbitas; tenía el pescuezo un palmo más largo. Créelo, me causó miedo. Se me puso de rodillas y cruzó las manos; yo saqué mi billete...

Felipe no quiso oír más. Comprendía bien, demasiado bien lo que había pasado. Se representaba la luctuosa escena, cual si la hubiera visto. En esto estaban, cuando se oyó en la puerta la voz argentina y dulce:

—¿Dan ustedes su primiso?

—Adelante.

—Dice mi mamá que si le hacen el favor de prestarle un huevo...

—Lo que es hoy, hija, ni siquiera medio.

Al poco rato volvió:

—Dice mi mamá que si por casualidad tienen un pedazo de pan, ó bien cuatro cuartos.

—¡Ay! ¡pan, cuartos! los quisiéramos para nosotros.

Salió Felipe en busca de Cirila. En el pasillo vió un fantasma siniestro paseando de largo á largo. Era don José Ido del Sagrario, que vagaba, cual ánima del otro mundo. Creeríase que su cuerpo impalpable era llevado y traído por el viento, sin ruido, en la longitud obscura de aquel túnel, y que sus pantuflas de orillo resbalaban sobre el piso, silenciosas, como patines de lana sobre hielo de algodón... Felipe nada le dijo, y entró en la cocina buscando á Cirila... Estaba apagado el hogar, todo en desorden. Cirila, sentada en el suelo, entre revueltos montones de ropa vieja, descosía algunas prendas para aprovechar los pedazos buenos.

—Estoy con media onza de chocolate crudo que me dió doña Ángela Resplandor. Si tú no traes hoy carbón, tu amo lo pasará mal. Él tiene la culpa.

Felipe le preguntó si tenía por casualidad algunos ochavitos morunos, ó bien algo que empeñar.

—¿Yo? Á buena parte vienes. Si no fuera porque doña Ángela me ha dado esta tarea, ofreciendo pagarme con la comida, en su casa, no sé qué sería de mí. En otra como ésta no me he visto. Yo sé bien quién me ha traído á estos andares... esa, esa...

Soltó Cirila, una tras otra, varias palabras no bien sonantes; y como Centeno le pidiera explicaciones, no se mordió ella la lengua para decir:

—Me tiene ya hasta los pelos. Anoche vino, y en un dos por tres limpió á tu amo. Ya se ve... nada le basta. El otro no le da nada: vive á su costa... Estoy quemada, Felipe; estoy requemada, frita, estofada y vuelta á freir... Vete por ahí y pide, pide hasta que encuentres. No tengo costumbre, no, de verme tan montada al aire. ¡Y todo por esa serpentona!...

Felipe no perdía el tiempo en comentarios. Las necesidades apretaban, y era menester tomar determinaciones, buscar, revolver el mundo, y allegar dinero. Su amo le dijo: «Échate á la calle, corre... pide. ¿Á quién? Tú sabrás, Aristóteles. Arréglatelas como puedas... ¡Ay, Dios mío!... Así no se puede vivir... Me muero, Flip, me muero si no veo esta noche duros y pesetas... Es cosa tremenda esto del dinero... Á mí, créelo, me resucita... Vete por ahí, chico, y no vuelvas con las manos vacías. Yo me quedo aquí solo: no me importa, solito, pensando una escena, ¡qué escena! Luego te la contaré. Es tan hermosa, que yo mismo me admiro de que se me haya ocurrido... Adiós: buena suerte. Ven pronto.»

En la escalera encontró Centeno á Rosa que subía fatigadísima. Sus mejillas pálidas, sus ojos tristes decían: «hoy no ha entrado nada por esta boca de donde salen tantas palabras;» pero su apetito de charla podía más que la necesidad, y si Felipe no llevara prisa, allí me le tendría media hora, dándole matraca.

—Vengo de casa de unas amigas de mamá... Han ido de campo... ¿Y tú á dónde vas?... Papá está como los locos, dando vueltas. ¡Ay, cómo se quedará cuando me vea entrar con las manos vacías!... ¡Pobrecito! dice que si cae el Ministerio le colocarán... Lo que es yo no subo. Aquí me estoy, á ver si pasa un alma caritativa... ¡Ah!... se me olvidaba. Anoche, cuando tú saliste, estuvo la chubasca... ¡Qué guapetona venía! ¿Tú no la has visto llorar? Yo sí... Don Alejandro la consoló con un papel verde. Después ella y la señá Cirila regañaron por el papel verde. Se dijeron cosas puercas y de más eres tú. Mamá salió á la puerta, y se persignaba oyéndolas. Dice que las dos son un buen par de chubascas... Si no las aparta la mujer de Resplandor, se arrancan los pelos... ¡Ay, qué comedia! ¡Lo que te perdiste!...

En la calle, corrió Felipe largo trecho sin dirección determinada. No sabía á dónde iba, ni á qué parte del Universo encaminar su actividad buscadora y pedigüeña. En los señoritos de la casa de doña Virginia no había que pensar, porque dos días antes, cansados ya de tanta socaliña, le habían dicho que no volviera á parecer por allí... ¿Don Pedro Polo? Esta era la única esperanza. Felipe, recordando la buena suerte de aquel famoso día, confiaba en la repetición de ella. ¡Qué error! Recibióle el capellán con malísimos modos. Notó Centeno en él mudanza y desfiguración muy grandes. Parecía enfermo, desalentado y con cierto extravío en sus ideas. Su color era ya de puro bronce oxidado, verde, como el de un busto romano que ha estado siglos debajo de tierra. Lo blanco de sus ojos amarilleaba. Temblábale la voz, pulverizando saliva al hablar. La ola de su cólera, estrellándose en los morados labios, salpicaba al oyente. Al desorden de la persona del extremeño, añadió la observación de Felipe un singular desbarajuste en toda la casa. Doña Claudia estaba en la cama; su hija en la iglesia aunque no era hora ni de dormir ni de rezar. En todos los aposentos, el abandono y el desaseo indicaban que allí había causas hondas de malestar y perturbación. Entró de súbito Marcelina, y don Pedro y ella empezaron á disputar. ¡Jesús, qué cosas le dijo el bendito capellán! ¿Se había vuelto carretero? Marcelina, iracunda y biliosa, no demostraba gran humildad. Después... ¡oh! después, don Pedro dijo al insigne Aristóteles que se pusiera inmediatamente en la calle, si no quería ir rodando por la escalera ó volar por un balcón.

Salió más ligero que el viento. ¿Á dónde iría, Santo Dios, con su dolorosísima cuita? ¿Recurriría á don Florencio Morales?... Imposible. Morales le había echado los tiempos la semana anterior. ¿Y Ruiz? ¡nombre sin sentido en las páginas de la generosidad!... Además, estaba muy soplado con el éxito de su comedia y no hacía caso de nadie.

Divagó Centeno por las calles, pensando y repensando en lo que hacer debía. ¡Pedir! ¿á quién? Todas las puertas, todas, estaban cerradas, y la Providencia se había tapado los oídos. Dios, ceñudo, volvía la espalda infinita mirando á otra parte de las tribulaciones humanas.

En un momento de desesperación, hostigado Aristóteles por el malestar de su amo, por sus propias necesidades y por el devorador apetito que sentía, pues no era cuerpo de santo el suyo, ni mucho menos, fué asaltado de una idea terrible... Iba sin sosiego de una acera á otra de la calle, mirando con ojos de codicia y recelo á una tienda que en su puerta misma ostentaba panecillos, y debajo una cesta de huevos. Él se atrevía, sí... atreveríase á pasar corriendo y coger, como al vuelo, un panecillo y llevárselo sin que le vieran... se atrevía también á volver y arrebatar dos huevos con ejemplar ligereza. La mujer de la tienda estaba dentro entretenida en conversación con diversas personas, y los que pasaban por la calle iban distraídos, ó pensando en sus propias cuitas. Sólo un zapatero, situado en el portal de enfrente, podía ser testigo... Pero el zapatero no vería nada... ¡Ánimo!

Pasó Felipe con rápida carrera, en la cual la velocidad constituía el disimulo; pero sus dedos, que casi tocaron el pan, no se atrevieron á cogerlo. «No sirvo, no sirvo para esto,» pensaba, y sudor muy frío corría por su frente. Después pensó de esta manera:

«No cogeré el pan, que es para mí... Pero los huevos, que son para dar de comer á mi amo, sí los cogeré.»

Pasó decidido; pero tampoco en aquella segunda prueba pudo hacerlo... Nada: cuando iba á tocar el codiciado objeto, lo dejaba en su sitio.

Desesperado de sí propio y con la mente trastornada, echó á correr por aquellas calles sin saber á dónde iba. Su amo no se le apartaba del pensamiento. Se lo imaginaba dando las boqueadas, no por la fuerza de la enfermedad, sino por falta de alimento... Deteníase Felipe, resuelto á volver á la tienda de huevos y panecillos; pero á los pocos pasos se alejaba otra vez, corriendo en dirección contraria.

De este modo llegó á la calle de Alcalá, que por ser tarde de Toros estaba animadísima. Era la hora del regreso: el cielo se obscurecía; la multitud se apiñaba; rodaban miles de coches de diferentes formas, y se veían ya algunos faroles encendidos. ¡Bullicio de fiesta y alegría, vértigo de infinitas ruedas laminando el lodo, y de infinitos pies pulverizando el granito de las baldosas! Cortaba Felipe la masa de gente, andando en dirección contraria. Sus codos funcionaban como las aletas de un pez... Allí fué donde se le ocurrió esta otra idea que podía salvarle: si todas las personas que por la calle subían le dieran la centésima parte de un ochavo, tendría lo que necesitaba. Infundióle este descubrimiento grandísima alegría, y siguió bajando hasta llegar á la Cibeles.

La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más faroles con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y metiendo su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de Madrid. En Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de los macizos emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas. Por la acera venía mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con gabán, damas de sombrero. «Esta es la mía,» pensó Felipe, y echó una mirada á su propio traje para cerciorarse de que era adecuado al papel que iba á desempeñar. ¡Á maravilla! Otro más derrotado no había por aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con plañideras exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía á su madre baldada en cama, y á su padre le había cogido un carro y le había partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él, animado por el éxito, más plañía cada vez, y más pegajoso y molesto á las personas seguía, sin darles respiro, y machacando, machacando, hasta que soltaban la limosna. Era implacable.

Recoletos y la calle de Alcalá se despejaban. Era ya de noche, y pasaban menos coches y menos señores.

Frente á la Inspección de Milicias vió Felipe un espectro que iba como llevado por el viento, de árbol en árbol. La cabeza caíale sobre el pecho, cual si estuviera colgada de un gancho, que tal parecía el cuello, y llevaba las manos sepultadas en los bolsillos. Cuando Felipe dijo: «Don José, señor don José», detúvose, y empleó un mediano rato en enderezar la cabeza. Daba miedo verle; pero Felipe, no lo podía remediar, se echó á reir.

—¡Qué vergüenza, qué bochorno!—murmuró Ido, cual si confiara un secreto.—Felipe, nunca habría creído llegar á lo que he llegado esta tarde. No verás lágrimas en mi cara, aunque he derramado muchas, porque el ardor de la vergüenza las ha secado... ¡Ay! hijo, ¿qué dirás si te lo cuento?... Pero no dirás sino que soy un mártir, y que iré derechito al Cielo cuando me muera... Salí de casa desesperado, loco; no sabía á dónde volver los ojos. Todas las puertas cerradas... Me vine por estos paseos. ¡Oh! si no tuviera familia, el estanque chinesco del Retiro me hubiera visto esta tarde en sus profundidades... Pero francamente, naturalmente, tengo hijos, ¡ay!... Y que me digan á mí que esto es un país, que esto es un pueblo civilizado. Felipe, ¿sabes lo que he visto?... Si te lo digo, te horrorizarás, y te temblarán las carnes.

—¿Qué?

—Pues he visto en esa Castellana pasar por delante de mí, en sus soberbios coches, á muchos personajes, á dos ó tres ministros, á más de cincuenta diputados...

Don José no pudo seguir. Espiró en su reseca garganta la voz, convertida en un sollozo inmenso, trágico. Aristóteles, sobrecogido de pavor, no sabía qué pensar.

—¿Y qué?

—¡Que á todos esos les enseñé yo á escribir!—exclamó Ido prorrumpiendo en lágrimas que se apresuró á recoger en su pañuelo.

Felipe callaba. El otro seguía sollozando.

—Sí, hijo. Yo enseñé á escribir... Yo estuve seis años en el colegio de Masarnau, y allí, todos esos fueron mis discípulos, y otros muchos á quienes no he visto esta tarde... ¡Por mí saben coger la pluma en la mano, y de aquellos palotes míos salieron estas firmas, y este poder, y estos coches, y toda la grandeza de la Nación! ¡Oh, Dios, Dios, Dios!... Pero Dios lo quiere así, suframos y aguantemos; que en la otra vida, hijo, tendré mi premio. Esa es mi confianza, ese mi consuelo. Yo lo digo á Nicanora, y Nicanora, que es una pólvora, se impacienta y me dice: «si tan largo me lo fías...» Pues bien: volviendo á mi vergüenza, te diré en confianza que esta tarde... ¡Qué barbaridad, chico! No lo creerás, pero es cierto: la necesidad me ha obligado á ello. ¡He pedido limosna!

—¡Jesús!

—Aún estoy espantado de mí mismo... ¿Pero qué había de hacer? Yo dije: «¡que el Señor me lo tome en cuenta!...» Habías de oirme. En estos casos, hijo, es preciso exagerar algo. Yo decía que tengo diez hijos... Y mucho de la Virgen del Carmen le acompañe, etc.. ¡Que no me vea en otra, Señor! Y no he dejado de tener suerte, Felipe... Sólo me faltan cuatro cuartos para los seis reales.

—Tómelos,—dijo Felipe, espléndido, haciendo sonar su bolsillo lleno de calderilla.

—Gracias... ¿Estás rico?

—Tal cual... He cobrado un pico que me debían.

—Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo que me deben.

—Porque no tiene usted carácter, don José. Vámonos á casa, que por esta noche...

—Sí, por esta noche nos hemos remediado. No te des por entendido con Nicanora, que es muy apersonada, y siempre se acuerda de que su abuelo fué caballerizo de la Reina. Le diré también que he cobrado un piquillo...

VII

Cuando volvieron á la casa, ambos estaban satisfechos de sí mismos. Cada cual en su vivienda atendió á sus urgentes necesidades. Á Miquis le habían acompañado por la tarde Rosita y su muñeca. Cirila entraba de vez en cuando para preguntar al enfermo si se le ofrecía algo; y como los sentimientos caritativos no están excluidos en absoluto de ninguna persona humana, la que respondía al nombre de Cirila tuvo, en aquel día de escasez, decaimientos de su rigor característico; quiero decir, que se desmintió á sí propia, descolgándose, como suele decirse en modo vulgar, con una taza de caldo y otras frioleras, traídas de la bien provista cocina de Resplandor. Véase por dónde no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como piezas que acaban de salir de manos del tornero. Aquel Miquis, optimista furibundo que á todos aplicaba la medida de sus propios sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que de ellos á la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es esta mujer!—decía.—Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa mal, no comprende su mérito.»

Por la noche le dió una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma algunos días antes, no se había presentado aún de manera tan grave. Era realmente como un simulacro de agonía... El aliento le faltaba. ¿No había aire en el cuarto? Las doloridas cavidades de su pecho se contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar, sin conseguirlo. La atmósfera se detenía en su boca, y dentro del tronco, fugaces sensaciones de cuerpos extraños atravesados le producían malestar dolorosísimo. No podía hablar: sólo podía quejarse; y cuando su breve aliento le concedía el goce de un par de palabras, era para extraer alguna idea del inagotable depósito de su bendito optimismo, que en él hacía las veces de vida, las veces también de la salud ausente.

—La suerte es...—murmuraba como quien espira,—la suerte es que esto no vale nada, según dice Moreno. Es la resolución de un fuerte catarro... También consiste mi ahogo en que no hay aire en la habitación. Aristo... dame aire, hijo, aire.

Á tan penosos trances seguía un estado comático, en el cual, si sus sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la palabra; disfrutaba de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces, aunque falsas; sus ideas, las ideas de todos los momentos de su vida, pero engrandecidas por un sentido hiperbólico, deformadas por la amplificación romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de vigorosas tintas, todo metafórico y trasladado á los patrones del ensueño, conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus entreabiertos párpados daban paso á un mirar vago, soñoliento; veía claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz y alegría, con gallardas columnas de pórfido, techo á lo pompeyano, pavimento de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana del fondo, que daba á una desahogada logia, se veían techumbres, cúpulas, miradores y campanarios; en el fondo, el Vesubio con su cima humeante y sus laderas de negra lava. Pebetero del cielo exhalaba aromas de poesía, perfumando el espacio y la mar, desde las costas Mauritanas hasta las de Provenza. El Tirreno y el Adriático se llenaban también de aquella emanación hermosa, y á lo lejos humareda semejante á una nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué cielo azul, y qué mar, más propio de tritones que de barcos! Blancas velas brillaban en su inmensidad cerúlea, renovando en su elegante ligereza los ramilletes con alas, los pájaros nadantes y los peces emplumados de la fantasía calderoniana. Eran las galeras del Buque que volvían cargadas de despojos de venecianos y de orientales riquezas...

La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer. ¡Qué guapa!... Morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus miradas eran lenguaje obscuro para el que no entendiese de amor apasionado y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera mirar del mismo modo, y tener algo de inmortalidad que llevar del alma á los ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino, que dejaría de serlo si pudieran verlo los topos... Iba vestida la tal señora, no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa croata ó albanesa, sino á la moda de Madrid de 1864, y con afectada elegancia... ¡Qué bien la vió Alejandro, y qué claramente comprendía su situación!... Era la Escena Undécima del acto cuarto. El Virrey acababa de ser preso por los emisarios secretos del Duque de Uceda. Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse con el reino de Nápoles, de domar á Venecia, de conquistar y unificar todas las tierras de la hermosa Italia, anticipándose en dos siglos y medio á los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos que le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía espantado; don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, le denunciaba á la corte de España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo del mando, y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas para llevarle á España como reo de lesa Majestad. Sólo era fiel el bromista Quevedo. Piel era también la Carniola.

En la Escena Undécima, Catalina entra en requerimiento del Duque; ha oído ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando desdichas... Dice con admirable calor los versos:

¿Dónde iré de esta suerte, tropezando en la sombra de mi muerte?

Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos, depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda combinación dramática está en salvar á alguien. Este sistema ya interesa poco y ha pasado á las óperas.

Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira, sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación, ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista, y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola, después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse. Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable... ¡Adiós!

Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:

—Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó cuatro congojas más, no las resiste.

Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba cansada: ¡qué escalera!

—¡Pobrecito!—murmuró.—¡Parte el corazón verle!

—Si tira una semana, será mucho tirar.

—Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...

—Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....

—Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...

—¡Qué guapa estás!...—exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar de otra cosa.—¿Vas á los Campos?

La Tal hizo un mohín de disgusto...

Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí... ¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»

En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano, Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente todo el trágico final de ella.

La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo, donde aquellos enemigos, los secuaces del Cardenal, han encerrado al Grande Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso de la obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha vendido, entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil herejías. Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye á condenarla más en el ánimo de Téllez Girón, que acusa con la misma rabia á Jacques Pierres, primitivo amante de Catalina. Furiosa como leona, la guapa hembra pone por testigos de su inocencia á Dios y á San Jenaro, patrono de Nápoles... Preséntase Jacques Pierres, que está preso en otro calabozo, dispuesto ya para la horca. Este caballerete se la tiene jurada á la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole por el Duque, y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su venganza. Á él le ahorcan. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión (allá en el primer acto) escribió la buena moza á Barbarigo. La carta es un testimonio de culpabilidad aparente... Pasa aquí algo semejante al pañuelo de Otelo y á la carta de Desdémona á Casio. El Duque se ciega, saca su daga y la mata... Ella muere gozosa, bendiciéndole, declarando que le adora, y que en la otra vida reconocerá él su error y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces, tiernas y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan á pelo en casos semejantes, y es: «¡estoy vengado!...» Cuando aparecen los que han de llevarle al patíbulo, el Duque les dice que lo maten pronto; después se inclina sobre el cadáver de la Tal para darle besos y decir que la mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían también un favor en quitarle á él de encima el peso de la vida, y el agonioso fardo de su itálico sueño.

Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su alma:

—¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con música de Verdi... ¡Y se hará; tarde ó temprano se hará!... Habrá Il Magno Ossuna, como hay Il Trovattore y Simone Boccanegra.

VIII

El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía de tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían criar plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima, pues las temperaturas oscilaban á principios de Junio entre los 30 grados y una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de 40, y algo más, que nos trae Julio para que tengamos una idea de Zanzíbar y otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba por su cuenta la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con sus rayos, caldeándola por dentro, resecando el yeso, derritiendo la resina del pino, la respiración se hacía difícil, aun para aquéllos que tuvieran sanos sus pulmones. Poníase la tal salita como un horno. Su ventana, que era puerta del Cielo, á ciertas horas parecía serlo del Infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión del espíritu á los sofocos del cuerpo.

Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba á la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo traía sobre la asfixia la ceguera, y ofendía los ojos aquella bóveda azul sin el regalo de nubes, la cual con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias, defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su tiesto, atado á los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y apenas exteriorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir á baños.

—Quítate de esa ventana, Aristóteles—le decía su amo.—Me sofoco de verte.

—Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire. ¡Vaya un día!... Señor, es preciso que busquemos otra casa.

—¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de unos días, nos iremos á la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se desempeña toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para el 10 ó el 15 de este mes (Junio) tomo el tren para Quero, á donde irá mi padre á esperarnos con el coche. Nada, nada: te llevo... Quisiera antes despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama. El Condenado por confiado. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor que El Grande Osuna. No te digo más.

Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía en el sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho por la gran molestia del calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente comezón declamatoria. Felipe se afligía de verle así, porque los períodos de excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos generalmente del desmayo y de los violentísimos ataques de tos que le ponían á morir. Su demacración era ya espantosa; su cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas de granulaciones, se teñían á veces del vinoso color de las rosas marchitas. ¡Pero qué luz echaba de sus ojos en momentos de fiebre y locuacidad! Aquel destello era la cifra de sus proyectos locos, y de su parentesco con doña Isabel de Godoy. Miquis echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada á la cartomancia.

De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima idea y atestada de riquezas morales.

—Porque en ese drama—decía el enfermo acentuando con brioso gesto la palabra,—voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría...

—Este verano—dijo Centeno,—cuando vayamos á la Mancha, yo me dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas y más escenas...

—Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio... Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas, las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como agua. No te olvides.

—No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar. Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el Osuna. ¡Otro como ese!...

Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.

—Aristóteles.

—¿Qué?

—Dí algo, hombre. ¿Qué haces?

—Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar tanta cosa...

—¡Dinero...! ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá me mandará otra letra. La espero todos los días... El dinero viene siempre; á veces tarde: es un viajante que no se queda nunca á mitad del camino. Cuando no se le espera, es mucho más grata su aparición. Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso... Afanarse por dinero es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo creo que el dinero se ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula breve del esperarlo y el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz, que vale mucho menos que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad... ¡Dinero!... Cuando lo tengo, me considero administrador de los que lo necesitan. El placer de los placeres es dar, y varío pedestremente los versos de Quevedo, diciendo:

Sólo á un dar yo me acomodo, Que es el dar de darlo todo.

Felipe.—Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque es cosa mala no tener qué comer, mientras otros se hartan con nuestro dinero.

Alejandro.—(Con iluminismo.) Yo miro al tiempo y á la inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida. Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo hay en la tierra: el amor... ¿En dónde está? Hay que buscarlo. Decir buscarlo es lo mismo que proclamar su existencia. Es parte principal del destino humano, si no es el destino todo entero... Te encuentras en mitad de la vida. Por un lado, te ves rodeado de conveniencias y trabas sociales; por otro, te ves solicitado del amor. ¿Qué haces? Yo lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo encuentro nunca completo y tal como lo he soñado; pero voy en pos de él sin cansarme nunca, para entretener, con el dulce afán de poseerlo, la tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio de su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?

Aristóteles.—(Con malicia.) Sí, señor. El señorito Arias le decía que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan fuerte á las señoras... Todos dicen lo mismo. Á usted le da muy fuerte, y no repara...

Alejandro.—Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas, es algo semejante al suicidio; es como el no comer. Y que no me venga Arias con músicas, tratando de persuadirme de que no debo querer á persona indigna de mí por éstos ó los otros defectos. (Con creciente exaltación.) No: los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional de las costumbres, y errores de estos instrumentos de óptica que llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de todo lo ruín, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida... Yo me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo purifico con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza. Cada cual arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo exterior. (Disparatando.) Hay quien empequeñece lo que mira, yo lo agrando; hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros buscan siempre la imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para otros todo es malo, para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden á pulir, engalanar y purificar lo que se aleja un tanto del excelso y bien concertado organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de lo absoluto. Los seres, las acciones, las formas todas, las cojo y á la fuerza las llevo hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y las acomodo al canon de la idea misma... Acostúmbrate á hacer esto, y serás feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón, un espejo con sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para allí el impulso de las ideas y de las pasiones de los demás... ¡Oh, Dios!... ¡qué tos!... ¡me ahogo!

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