← Table of contents
El Doctor Centeno (Tomo I)

III

Reading edition

QUIROMANCIA

I

Federico Ruiz... ¡Singular hombre, dado á la ciencia, al arte; el astrónomo que más entendía de versos, el poeta más sabedor de cosas del Cielo! Diez años hacía que su espíritu navegaba jadeante por los espacios del saber buscando una vocación, y de ensayo en ensayo, de una en otra tentativa, el entusiasmo se le enfriaba y su voluntad padecía desmayos. Era español puro en la inconstancia, en los afectos repentinos y en el deseo de renombre. Primero fué músico, después cursó la Facultad de Ciencias y obtuvo la plaza del Observatorio, en la cual no estaba contento. Su espíritu tenía un desasosiego y escozor semejantes á la inquietud del enfermo que busca su alivio en los cambios de postura.

Era de costumbres apacibles, un tanto egoísta y un tantico avaro. Carecía de entusiasmo profesional; pero desempeñaba á conciencia, si no de buena gana, los servicios del Observatorio. Soñaba con triunfos en el teatro, ¡demencia española! y se creía, como tantos otros, un ingenio no comprendido y sacado de su natural asiento, víctima de la fatalidad y de las perversas contingencias locales. Todo ecléctico es triste: la perplejidad del espíritu hace displicentes humores. Y el bueno de Ruiz, en las melancolías que le ocasionaba una profesión considerada como interina, decía: «¡Qué país éste!... ¡Desgracia grande vivir aquí! ¡Si yo hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia...!» Muchos ¡ay! que dicen esto, revelan grande ingratitud hacia el suelo en que viven, pues si en realidad hubieran nacido en otros países, estarían quizás haciendo zapatos ó barriendo las calles. De todo esto se desprende que Federico Ruiz, astrónomo sin substancia, debía de ser adocenado poeta. Incapaz de dar direcciones nuevas al arte, no sabía más que trillar los viejos caminos donde ya ni flor había ni hierba que no estuviesen cien veces holladas y aun pisoteadas.

Era el eternamente descontento, el plañidor de su suerte, el incansable arbitrista de su propio destino. Seguramente, desde que una obra suya pasara de las musas al teatro, le entrarían ganas de dar nueva ocupación á su espíritu. Un hombre tan sin centro y de pensamientos tan variables, no podía ser gordo. En efecto: Federico Ruiz era flaco, tan flaco, que los carrillos se le besaban por dentro; y cuando se sentaba, tomando extrañas posturas, sin las cuales no demostraba comodidad, todo él se volvía ángulos. Era un zig-zag... Por extraña armonía, su pensamiento era lo mismo, y hablando variaba de dirección rápidamente y describía con la palabra un vaivén mareante. Nada había derecho en él, ni el cuerpo ni el juicio. Andaba con cierta vacilación, semejante á la de los que han bebido más de la cuenta, y su voz era desentonada.

Último toque. Era ferviente católico, ó al menos así lo decía él. Con su mejor amigo era capaz de pegarse si le hurgaba tantico, sacando á relucir divergencias entre la Fe y la Ciencia. Casamentero de las ideas, hacía singulares contubernios, y para ello tenía caudal copioso de oportunas y originales razones. Con su verbosidad errática y un si es no es elocuente, defendía todo lo defendible, logrando encontrar tales armonías entre el Génesis y el telescopio, que al fin sus contendientes no tenían más remedio que callarse.

En el Observatorio su trabajo era más bien meteorológico que astronómico. Desempeñaba una plaza de auxiliar. Por ausencia ó enfermedad de algún astrónomo, hacía las observaciones corrientes y algunos estudios matemáticos. Aunque no lo hacía mal, sus jefes no le confiaban ningún trabajo delicado. Tardaba mucho, se fatigaba, y además... Entre fórmula y fórmula, ¿cómo no dar descanso y consuelo al ánimo con un par de versitos?

En los tiempos aquéllos en que le conocimos estaba el hombre muy encariñado con una idea católico-astronómica, que confiaba á sus amigos. Hay motivos para creer que la tenía formulada en diversos papelotes. La cosa era muy original, y hasta útil, filosófica, y como simbólica de la deseada concordia entre la Ciencia y la Religión. He aquí la idea de Federico Ruiz:

¿Por qué los planetas y las constelaciones, todas las unidades, familias ó grupos sidéreos han de tener nombres mitológicos? ¿Qué significación ni sentido podemos dar en nuestra edad cristiana á los nombres y á las aventuras amorosas ó criminales de tanto dios adúltero y brutal, de tanto semidiós canalla, de tanta ninfa sin vergüenza, de tanto animal absurdo? ¿Por ventura no tenemos, en lo espiritual, nuestro magnífico Cielo cristiano poblado de santos patriarcas, ángeles, profetas, vírgenes, mártires y serafines? Y si lo tenemos, ¿por qué no hemos de concordarlo y emparejarlo con el Cielo visible, dando á los astros los excelsos nombres del Cristianismo? Así tendríamos el Almanaque práctico, religioso, y una como cifra exacta de la presencia de los bienaventurados en el Cielo, lo mismo que están esas hermosas luces en el vacío infinito. ¿Qué inconveniente hay en que ese grandioso planeta, llamado hasta aquí Júpiter, dios de una falsa doctrina, se llame ahora San José? Y los demás planetas de nuestro sistema, ¿por qué no habían de tener el nombre de otros patriarcas, Adán, Noé, Abraham...? Esto se cae de su peso. Pues siguiendo este trabajo de bautizar firmamento, las doce partes del Zodiaco vienen que ni de molde para los doce Apóstoles. Todas las constelaciones boreales y australes tendrían su santo correspondiente, y las grandes estrellas representarían los santos más famosos. Arcturus, por ejemplo, sería San Francisco de Asís; Aldebarán, San Ignacio de Loyola; el Alpha del Centauro, Santiago; la Cabra, San Gregorio Magno; Vega, San Agustín; Rigel, San Luis Gonzaga... La Cabellera de Berenice tomaría el nombre de la Magdalena; las Pléyades serían las once mil Vírgenes; la Espiga ó Alpha de la Virgen, Santa Teresa de Jesús, y Antarés, la Verónica... Sirius, la mayor maravilla del Cielo, tendría la representación de la Madre de Dios más propiamente que la Polar. Al hacer las denominaciones, se tendrían además presentes los días en que la Iglesia celebra las festividades de los santos; de modo que al paso del Sol por cada región zodiacal determinara las fiestas de los Apóstoles, y así no se diría sol en Piscis, sino sol en San Pedro... En cuanto á los cometas...

—¡Ja, ja, ja!—Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, á quien Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la del domingo 19 de Septiembre de aquel año.

—No te rías... Esto es muy serio. Tengo todo preparado para escribir una Memoria. Sin ir más lejos, el Almanaque sería entonces una verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya ni altares ni iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor catedral que la aparente bóveda del Cielo? Los hombres adorarían á la entidad San José, San Juan en la imagen luminosa de éste ó del otro astro; y como la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un fenómeno astronómico, he aquí establecida simbólicamente una armonía sublime entre la religión y las matemáticas...

—¡Ja, ja, ja!—Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso era con lo que oía.

Cienfuegos dijo así:

—Querido Ruiz, no te metas en poner motes... Deja que conserven por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea, Ofiucus, Júpiter... Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo el nombre de cualquier santo á una señora que se ha llamado Venus, te van á sacar los ojos.

Esto lo hablaban en la gran sala cuyo techo y muros están hendidos, formando una línea en la dirección ideal del meridiano. Esta hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes á las que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie de cureña, tiene aspecto de cañón aéreo. Le sostienen postes de granito; sólo gira en un plano vertical, y hay sin fin de ruedas y palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarlo en el ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda, y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el espacio y ver todo transeunte del meridiano, sea chico, sea grande: de día, el padre Sol; de noche, ésta ó la otra res del inmenso rebaño de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar, impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos á entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros por los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y que tienen, ¡quién lo diría! aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos animalejos las arañas, que, sin saberlo, son tejedoras de las cuerdas, casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida á las proporciones billonarias del firmamento!

El péndulo sidéreo, colocado á la derecha, parece la imagen de la discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos, embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un ser vivo, de madre nacido, con facciones de números y entrañas de animado metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas. Por el mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador parece también un personaje; sólo que el primero es de lo más serio y reposado que se puede imaginar, mientras el segundo, organismo admirable que sabe redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un antropoide cuyo origen no sabe el profano si atribuir á la invención de la leyenda ó á los cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece que tiene alma, y hace ruidos graciosos y extraños, cual si á media voz cantara misteriosas endechas. Hace toda la gracia un escape que juega con la palanca; siguen á esto ruedas silenciosas y graves, y en el término del mecanismo tiene el endiablado instrumento su pedacito de lápiz, con el cual escribe sobre un cilindro de papel... Cuando hay tempestad es cuando tiene que ver. Entonces, agitado el mercurio, que es su sangre, actúa sobre todos sus miembros, y se le ve febril, echando sobre el papel unas rúbricas que son fehaciente expresión del variable peso de la atmósfera.

II

Ruiz, taciturno y atento sólo á su deber, hizo la observación del paso del sol por el meridiano. No se efectuó el acto sin cierta solemnidad como religiosa, con silencio, sosiego y aun algo de poesía, por cuya circunstancia, y por ser operación diaria, decía Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes del momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad, manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta del Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el sillón, abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso entraba en el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de araña permitía determinar, por cálculo, el mediodía medio, por donde regulamos y medimos estas divisiones convencionales del tiempo, á las cuales acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló otra vez para hacer caer la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las compuertas y tapado el anteojo, registró los cronómetros y apuntó su observación en un cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían visto esto muchas veces, permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados ritos. El uno leía un periódico, el otro se paseaba inquieto á lo largo de la sala.

Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden estar en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de alguna broma, es pensar lo imposible. Á la iglesia van muchos á pasar ratos divertidos, cuanto más á una sala meridiana donde no hay más respeto que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto, y aun se fumaría si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera. No había concluído Ruiz sus apuntes, cuando Miquis se echó atrás el sombrero, y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

—Á ver tú... ¿por qué no me sacas mi horóscopo?

Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocurrían! Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no tenía entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh! Sin ir más lejos... si él hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia, habría tenido aquél y otros respetos, sí, señor, porque seguramente ganaría mucho dinero con la ciencia; ¡pero aquí, en este perro país!... Como español (y gato de Madrid, por más señas), podía hacer mofa de todo. Manos á la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien; ¿y de qué se trataba?

Cienfuegos, que sentado en una silla leía La Iberia, alzó los ojos del papel para decir:

—Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren meterse en vidas ajenas... Desde que se ha empezado á decir de ellos que tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es á saber, que están habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con nosotros... ¡Oh! si hablaran, Miquis lo agradecería... Está el pobre que no le llega la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución, de una sentencia...

Ambos le miraron. Miquis se paseaba á lo largo de la sala, con las manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.

—¿Qué es eso, Alejandrito?... ¿Amores?

—¡No, no: valiente tontería! Mejor dicho, vida ó muerte para mí—dijo el estudiante de Derecho parándose ante el astrónomo.—Figúrate que con esta vida jamás está uno en fondos, y la verdad... mejor sería no carecer de nada.

—Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.

—Yo te diré lo que hay—manifestó Cienfuegos.—Alejandro tiene una tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo... Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.

—Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.

—Un día más ó menos...

—Es que tengo un desasosiego...—suspiró Miquis, mostrando bien en su voz y en su gesto lo que decía.—Temo que si pasa tiempo, recobre mi tía el juicio.

—Que lo pierda, querrás decir.

—No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada... Estoy agonizando... ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por el mundo, sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque se dan casos de que la vean, antes que nadie, los topos.

—Pues vete á su casa, tonto, y pregúntale, y dile: «Señora tía, ¿me da usted ó no lo que me ha prometido?»

—Es tan nervioso y tan pusilánime—observó Cienfuegos,—que no se atreve á ir, porque si la señora le dice que no hay nada, se desmaya.

—¡Yo no voy, yo no voy!—declaró el manchego volviendo á pasearse.—Si después de haberme consentido dice nones, creo que cojo una enfermedad.

Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona que tenía para todo, para lo grave y lo cómico.

—Te voy á sacar el horóscopo, Alejandrito. Vamos á ver. Hay que principiar por saber la fecha del nacimiento de tu querida tía.

—¡La fecha del nacimiento!—exclamó Cienfuegos.—Debió ser el año de la Nanita.

—Eso lo sabrá la diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha. Debe proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!... es lo mismo que los chiquillos, ¡y me quiere tanto...! No nos burlemos... señores.

—¡No, no nos burlemos!—declamó Ruiz, remedando la tiesura de un sacerdote de ópera.—Siento no tener aquí una sotana de ala de mosca y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te digo que te voy á sacar el gran horóscopo, y á adivinarte lo que deseas... Sin ir más lejos: en este momento, ¿qué hora es? las doce y veintidós minutos y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el Sol está saliendo de la constelación del León, á quien yo llamaría San Marcos, y entra en Virgo... ¡La Virgen! tu tía... Luego viene la Balanza... ¡dinero...! Esto es más claro que el agua. Tenemos también á Mercurio sobre nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas de Bolsa, el papel-moneda. Lo dicho, dicho: el encuentro de Mercurio y la Virgen, puede considerarse como felicísimo augurio. Y si añadimos que al entrar en la Balanza pasa junto al Centauro, que yo llamaría San Ignacio de Loyola, resulta lo siguiente: ¿Qué representa Mercurio? El comercio, las transacciones, el correo. Por algo le representaban aquellos brutos con aladas zapatillas. El correo, fíjate bien. De todo se desprende que debes escribir una carta á tu tía prehistórica, preguntándole qué vuelta llevan esos dinerillos que te prometió, y que no has visto todavía.

—Pues eso no me parece mal—dijo Miquis meditando.—¿Y si me contesta que no?

—Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos vacíos, y te quedas fresquecito, de verano...

Alejandro volvió á pasearse, y Cienfuegos á leer su periódico. De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras vacilaciones dolorosas se decide á tomar un partido, gritó:

—¡Pluma, papel, tinta!... Voy á escribir la carta á la diosa Isis...

—Calma, calma: iremos á la Biblioteca. No hay que alborotar en esta santa casa.

—¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!...

—No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.

Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío, qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien á su pensamiento. La una decía:

«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»

Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:

«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me prometió...»

Ras, ras... tampoco valía...

Otra:

«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»

Fuera.

Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un suspiro al cerrarla y repitió su queja:

—No vamos á tener quien la lleve.

—¡Qué pesadez!—dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su lectura.—Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.

—Si es en los quintos infiernos... allá, donde Cristo dió las tres voces.

—Sea donde fuere... Ese es atroz cuando da en encontrar dificultades y en echar lamentos.

—Vamos á casa—dijo Ruiz.—Veremos si hay algún ordenanza. Don Florencio nos sacará del paso...

Salieron, y lo primero que vió Miquis fué el famoso héroe de aquel otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercó á saludarle, gorra en mano.

—Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?

Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicaciones circunstanciadas, atribuyera la expulsión á cualquier falta denigrante y odiosa.

—Te has civilizado... ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es verdad que lleva tiempo... Y hablas ya como la gente. Lo que menos creías tú era verme aquí.

—Señor, estoy viniendo todos los días á ver si le veo...

—Pues mira, hoy caes aquí como agua de Mayo. Nunca podrías ser más oportuno. Me vas á hacer un recado.

—¡Un recado!...—exclamó el Doctor con alegría.—Si los señoritos me buscaran una colocación...

—Sí, para colocaciones estamos,—dijo Cienfuegos.

—Como me traigas buenas noticias—indicó Miquis,—te prometo...

—¡Adiós! ya está éste tocando el violón... No prometas nada, Alejandro, no prometas.

—Vas á llevarme esta carta.

—Sí, señor.

—Á la calle del Almendro. Entérate bien ó te pego. ¿Sabes dónde está?

Felipe vacilaba.

—Entras por Puerta Cerrada...

—Sí, sí... démela, démela.

—Bien claritas he puesto las señas. Número 11, cuarto segundo. ¿Sabes leer?

—¡Pues ya!...

—Preguntas por doña Isabel... esperas contestación, te la da, y me la traes aquí.

Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto, vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza fúnebre, y saludó á los tres amigos.

—Ya sabemos á dónde va usted, señor Morales y Tempra...do, don Florencio.

Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una elocuente mímica de ese dolor mesurado y correcto que es propio de las tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su boca esta frase:

—Voy al entierro del gran hombre.

—¡Pobre Calvo Asensio!

En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto al atleta de las rudas polémicas, al luchador que había caído en lo más recio del combate, herido de mortal cansancio y de fiebre; hombre tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía para esclarecer, sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de espada, pero con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante; temperamento organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con excesiva carga, y su muerte fué una prórroga de las catástrofes que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su amigo, hacía aspavientos de dolor comedido y decía:

—Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por esta condenada política, todavía viviría. Era un mocetón... Vamos á echarle un puñado de tierra.

Después, fijándose en Felipe, que oía con el mayor respeto aquellas elegiacas razones, le consagró también á él, pequeñito, una frase llena de socrático sentido:

—Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves á estos señores? Como te portes bien, medrarás. Si no... Ya me contó Pedro que tienes mañas sacrílegas y dices muchas mentiras... Ojo, señores, ojo...

Ofendido y malhumorado oyó Felipe estos conceptos; mas nada quiso contestar. Apremiado por Miquis para que fuera pronto al recado de la cartita, echó á correr por la rampa abajo, dejando atrás muy pronto á Morales, que iba con su metódico paso de procesión cívica.

III

Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil, algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana Emperadora, figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo el tiempo que durase su vida...

Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se llama la posada de la estrella, ó sea al aire libre; que pasó grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió, le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido de esta lectura y quieran seguir adelante.

Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él, no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas, espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas. Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro, triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo, de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva. Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos. «¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»

Por la calle de Toledo, Redator distinguió á su amigo entre la multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y Juanito dijo al otro:

—Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran los Oles... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano. Hijí... éste sí que es peje.

Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera; pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar la calle del Almendro.

La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo. Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años, cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas, existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común inscripción Jesús, María y José, y lo demás de revoco.

Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas, en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos agonizantes del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa vetusta, que Felipe comparó, in mente, con un seis de copas. En la ventana baja, inmediata á la puerta, no había señal de vivienda humana. Rotos estaban los vidrios y cerradas las maderas. Era el depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba quién tenía las llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos, descollando entre ellos una grande y bien florecida adelfa que daba alegría á la casa y aun á la calle toda. No tengamos reparo en decir, aunque sea indiscreto y prematuro, que allí vivía una mujer ó señora que echaba las cartas y tenía gran parroquia, muy tapadamente, en todo Madrid.

Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía á la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores, medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado y lleno de variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante esquilmo de Octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose á cuerdas muy bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros, veíanse los claveles, el sándalo, la hierba-buena, la medicinal ruda, la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de pluma y otras especies domésticas. Colgadas á un lado y otro de los balcones había hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar sobre la calle sus deliciosos trinos.

Al reconocer el número, avanzó Felipe hasta el centro del arroyo y se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa, emblemática é incomprensible como una de aquellas páginas de la Gramática ó de la Aritmética, llenas de definiciones y guarismos que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con el incipiente prurito de su mente investigadora... Hacía lo menos quince minutos que duraba este contemplativo examen, cuando observó que se abrían los cristales de uno de los balcones del segundo. Por entre el follaje distinguió una mano delgadísima que apretaba los higos de la higuera como para ver si estaban maduros. Luego acariciaba los racimitos de la frondosa parra... Mirando más, y cambiando de sitio, pudo distinguir una cara... Era blanca, fina y lustrosa, como las caras de las muñecas de barniz que se ven en las tiendas de juguetes, con ojos negros y vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al modo de turbante... Felipe se vió mirado y examinado por los ojos de la muñeca, pero con tal fijeza, que hubo de turbarse y no supo qué hacer. Aquélla era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía miedo? ¿por qué se quedaba absorto y como fascinado delante de la casa...? Es preciso entrar. Atrévete, hombre.

IV

Cuando la criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero que se veía... Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta que el visitante se iba acostumbrando á la obscuridad; hasta que sus ojos, ávidos de ver, no pescaban, digámoslo de este modo, en el fondo de las tinieblas, éste ó el otro objeto para sacarlo al espacio visible. Antes que ocurriera tal fenómeno, y no ocurría jamás sin gran trabajo y paciencia de la retina, el visitante percibía gratísimos olores de plantas aromáticas, tomillo, mejorana y orégano, de tal manera fuertes, que se creía en un establecimiento de herbolario... Después que había olido bien, empezaba la percepción visual, y lo primerito era una pareja de gatos, grandes, gordos, manchados, saltones. Se daban á conocer primeramente por sus dorados ojos, alguna vez con reflejos verdosos como los del fondo del mar, y luego se distinguían sus blandas piruetas y sus escurridizos rabos. En la sala, repentino contraste: mucha luz esparcida y un no sé qué de regocijo. Allí aparecía de nuevo la familia gatesca, aumentada con dos ó tres chiquitos y muy monos, y reforzada con vivaracho perrillo, el cual no cesaba de ladrar ó de rezongar, debajo de un mueble, todo el tiempo que duraba la visita.

La sala tiene que ver. El que no sepa guardar las formas respetuosas que exigen ciertos lugares consagrados por el tiempo y la virtud, que se vaya á la calle y me deje solo. Solo y extático contemplaré el nogal de aquellos sillones y mesas, bruñido por la edad y el aseo; nogal que salió de los primeros árboles que dieron cosecha de nueces en el mundo. Admiraré aquella madera tan fregoteada, que algunas cosas de mérito se hallan deslucidas y feas de puro limpias.

¿Quién no hace una reverencia ante el paleontológico sofá, interesantísimo, pintado que fué de rojo y oro, con patas curvas y dos respaldos tiesos con cojincillos de tela encarnada; pieza de tal forma, que el que se apoyara sin estudio en cualquiera de sus costados, corría peligro de romperse un codo? Vargueño y tablas que en esta pared estáis, ¿quién os lavó tanto que os quitó la mitad de la pintura y casi todo el dorado, dejándoos en los huesos? Los candeleros de oro echan chispas de sus repulidas facetas, y hasta la estera de junco, amarillosa con golpes rojos, parece que se compone de varillas metálicas, según lo lustrosa que está... Veamos esas láminas. Sus rótulos nos dirán lo que representan: Diana, hallándose con sus ninfas en el baño, sorprende y descubre el estado interesante de la ninfa Calisto... Juno convierte á Calisto en osa... Matilde, hermana de Ricardo Corazón de León, desembarca vestida de monja en la Tierra Santa... Matilde ve á Malek-Adhel... Malek-Adhel roba á Matilde, y echa á correr con ella por los desiertos campos. Á esta otra parte hallamos algo más que admirar: Vista de Mahón y sus fortalezas... Muy bien. Pero lo que más nos cautiva es una miniatura sobre marfil, monísima, graciosa de contornos, transparente y fina de color. Es retrato de esbelta y delicada joven, como de quince años, de negros ojos y ensortijado cabello. Su talle es alto, muy alto; su cuerpo enjuto, enjutísimo. Con su mano derecha nos muestra una rosa, tamaña como un cañamón, y en la izquierda tiene un abanico semiabierto, en el cual se lee su bonito nombre: «Isabel Godoy de la Hinojosa.» La fecha está borrada.

El gabinete que con la sala se comunica podría llamarse bien el museo de las cómodas, porque hay tres... ¿qué tres? Al entrar vemos que son cuatro, de diferente forma y edad, siendo la más notable una panzuda, estilo Luis XV, pintada de rojo y oro. Su vecina es de taracea, y ambas ostentan encima cofrecillos y algún santo vestido con ropita limpia, búcaros con flores y tocador de aquéllos que tienen el espejo montado á pivote sobre dos columnas. Almohadilla con muchos alfileres y agujas no faltaba en otra de las cómodas, la cual sostenía también un camello de porcelana cargado de un montón de botellitas y copas de limpio cristal.

Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro del gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de búcaro, ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores. Era pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba con poesía.

Ya llega: vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable y obsequiosa á nuestro lado... ¡Admirable figura! Sólo el que en absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recordarla. Tenía el cabello enteramente blanco y rizado; los ojos obscuros, alegres y amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil, dispuesta, y más que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad, ¿quién la sabe? Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del protoplasma, para expresar así la más larga fecha que cabe imaginar. Puede decirse, en corroboración de esto, que la señora era una de esas naturalezas escogidas que han celebrado tregua ó armisticio con el tiempo, y que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida para dar qué decir y qué envidiar á dos ó tres generaciones. Quién le echaba noventa años, quién sólo le contaba setenta y seis, y no faltaba algún computador que ponía ciento y un pico. Cualquiera que fuese su edad, era gran maravilla cómo sabía conservar su salud y sus bríos. Mujeres hay de veinte años que si se sentaran y se levantaran, y dieran las vueltas por la casa que daba esta señora al cabo del día, caerían rendidas de cansancio. No le hablaran á ella de estarse quieta. Sin movimiento y vaivén constante no podía aquella señora vivir. Tenía la ligereza de la ardilla, y algo de lo impalpable y escurridizo de la salamanquesa. Entraba y salía por aquellas puertas sin hacer ruido alguno. Sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas con suela de fieltro, y su cuerpo, más que compuesto de huesos y músculos, parecía un apretado y enjuto lío de algodón en rama. Su cara, como observó muy bien Felipe, era cual las de las muñecas de barniz, con un rosicler intenso y extraordinario lustre. Por don especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las arrugas, y su estirada piel se había endurecido, tomando aspecto de porcelana. Atribuía ella esta virtud á la costumbre de lavarse y fregotearse bien con agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas, y darse luego unos restregones que la ponían como un tomate. Se envolvía la cabeza con un pañuelo de hierbas, cruzándolo y anudándolo con cierto arte á estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos blancos y ensortijados como el vellón del Cordero Pascual.

Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.

¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada, más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca, porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia. El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen. El pan de las tahonas... vade retro. El ordinario de Quintanar le traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.

Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de titos, que es un guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.

El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición. ¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca, hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España. Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos, chorizos y jamón.

Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En Cuaresma hacía lo que llaman por allá un ajillo de patatas, y el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados. Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea. Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía más que de nombre.

La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que llaman higa, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.

Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo, presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la casa había.

V

Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.

No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones, que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores y capellanes de Reyes Nuevos.

Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, fueron la única sucesión del don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas hermanas discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando á lo sentimental, conforme á las costumbres y á la literatura de aquellos tiempos. Dígase también que la tradición las designaba como las personas más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la Casandra, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba llorando á moco y baba tres meses. Conocían también otras obras, muy en boga entonces, como Ipsiboe y El Solitario, del vizconde D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas. Pero la lectura que más particularmente había afectado á Isabel Godoy era la de aquella dramática y espasmódica novela de Madame Cottin, Matilde ó Las Cruzadas, la comidilla más sabrosa de aquella generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu de la joven la influencia de tales lecturas, suministrándole, casi hasta nuestros días, motivos de comparaciones. Así, decía: «es un moreno atrevidísimo como Malek-Adhel», ó bien «celoso y fiero como un Guido de Lusignan.» Las anticuadas láminas de Epinal que su sala ostentaba, habían tenido ya su período de éxito en la casa paterna.

No faltaba, veinte ó treinta años há, entre los desocupados del Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos cuando le hicieron á doña Isabel la preciosa miniatura que hemos visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas calendas en el Quintanar un galán de hermosa presencia, tan notable por su gallardía como por sus modales y educación, hombre peregrino en aquellas tierras, á las que fué con hastío de la Corte, buscando un descanso á sus viajes y á las fatigas de la moda y del mundo. Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de gran familia, los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el Toboso. Él le correspondía; eran públicos y honestos sus amores; parecía natural que la solución y término de esto fuera el matrimonio... mas no sucedió así. De la noche á la mañana, con pasmo y hablilla de todo el pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel, sino con su hermana.

Guardó la ofendida las apariencias de conformidad, y ni en su rostro ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida, que sólo cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen de vida muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo antes que después del repentino inexplicable cambalache. Piedad tuvo una niña, y murió al año de casada; murió, ¡ay! según se dice, de ignorada y misteriosa pesadumbre; de una tristeza que le entró de súbito y la fué secando, secando, hasta que, no teniendo más que los huesos y el alma, ésta se partió sin dolor, porque nada había ya en aquel cuerpo que pudiera doler. Poco tiempo después del fallecimiento de su mujer, Herrera se fué á América, en donde hizo dos cosas igualmente desatinadas: se volvió á casar y se murió de la fiebre.

Á la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también Piedad, por ser este nombre el de la patrona de aquellas tierras, y tan común allí, que no hay familia donde no haya un par de Piedades. Crióla con extremado mimo doña Isabel, que á ella se consagró, haciendo voto de soltería eterna. No se consideraba tía, sino verdadera madre, por exaltación de su espíritu y maniobra sutilísima de su entendimiento. Consumada idealista, empapando sin cesar su espíritu en la memoria de su hermana, había logrado realizar el fenómeno psicológico de la transubstanciación. En sus soledades y abstracciones había llegado á decir casi sin pensarlo: «Yo soy Piedad... yo soy mi hermana...» Y otra vez se le escaparon estas palabras: «La que se murió fué Isabelita.»

La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes. Mimáronla mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fué regocijo y paces hasta que llegó á ser mujer. Aquí viene el punto capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada, la enaltecida hija-sobrina de esta señora, la heredera de los claros nombres de Herrera y Godoy, se enamoriscó de un tal Pedro Miquis; resistió tenaz y heróicamente la oposición de su familia; se dejó depositar y se casó con él... ¡Abominación! Los Miquis habían sido criados de los Godoyes.

¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que el caso produjo en ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso de su corazón, añadido á las llagas pasadas, no le quitara la vida. Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto.» Porque pensar que ella había de transigir con tal ignominia, era pensar en las nubes de antaño... Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, á Quintanar, á toda la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino á Madrid. Su odio á los Miquis era tan profundo, estaba tan entretejido con sus convicciones, que en cuanto se tocaba este punto, rompía en una charla de tarabilla, y su interlocutor, aburrido, tenía que marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar á los Miquis era nombrar lo más bajo de la humanidad. Los Miquis del Toboso eran escoria, desperdicios de nuestro linaje. En semejante muladar había caído aquella temprana rosa. No era posible sacarla; y aunque se la sacara con pinzas, ¿de qué serviría ya?

Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de escribir muchas cartas cariñosísimas y humildes á su tía-madre, la Miquis consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida. De allá le enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó algo, y las relaciones se restablecieron fríamente, por escrito. Pasados quince años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel despedía cierto calor. El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella, hacía nueva conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con Piedad llegó á ser un hecho; pero en ninguna de sus cartas dejaba de poner la Godoy una frase desdeñosa para su yerno y toda su aborrecida parentela.

Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un hombre y con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fué á estudiar á Madrid, llevó encargo de visitar á la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo que le había de decir, lo que debía callar!... En la primera visita, doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección y recelo. Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de lástima y amor, diciendo:

—¡Eres el vivo retrato de mi niña!

Al instante se le descompuso la estudiada severidad, echóse á llorar, y estuvo besándole sin tregua más de una hora, en los cabellos, en las sienes, en las mejillas.

—Vente por aquí todas las semanas—le dijo:—creo que no podré estar muchos días sin verte. Siempre que quieras comerás conmigo.

Pero Alejandro, no bien probó una vez la extraña comida de su tiíta, hizo firme propósito de no volver más. Porque verdaderamente los piruétanos, las gachas, el ajillo, y, sobre todo, aquel postre ornitológico de cañamones, no eran, no, para estómagos de cristianos. Luego, la señora le hacía tomar de sobremesa un tazón de salvia que le ponía enfermo. En dos días no se apartaba de su olfato aquel maldito olor de orégano y anís, que eran inseparables de la imagen de su tía, del recuerdo de la casa, de los pájaros y del camello que estaba sobre la cómoda.

Otro motivo de disgusto para Alejandro era que la tiíta no se recataba de manifestar descaradamente ante él su desprecio de los Miquis, de su padre y tíos, tan queridos y respetados en toda la Mancha, y les daba nombres chabacanos, como los Micifuces, los Mengues, los Micomicones.

—Tu abuelo—le decía,—fué mozo de mulas en mi casa, cuando yo levantaba tanto así. Era un bruto. Me parece que le veo con su gorro de pelo y su manta al hombro. Sus hijos se engrandecieron, como se engrandecen todos los brutos en estos tiempos de faramalla y de equivocaciones. Uno compró bienes del clero por un pedazo de pan, y se hizo rico negociando con la fortuna de la Iglesia, con lo que es de Dios y de sus ministros. Gumersindo Miquis y tu padre también han hecho mil picardías para enriquecerse. ¡Qué manera de juntar dinero! Con la contrata del fielato, vejando y martirizando á los pobres paletos que entraban dos docenas de huevos... Una vez desnudaron á una pobre mujer que entraba media sarta de chorizos en el refajo. Eran odiados en toda la Mancha... Gaspar Miquis ya sabemos que contratando carreteras ha hecho un capital. Así están aquellos caminos. Donde debía poner piedra ponía barro, y el puente sobre el Jigüela creo que lo hicieron de papel... En las Casas Consistoriales de Quintanar hay cada expediente... Pero ellos, ya se sabe, sacando votos para los diputados han hecho lo que han querido y se han burlado de la justicia... En mi tiempo, hijo, había, sí, ladrones de caminos, gentuza mala, es verdad; pero no había caciques, no había estos salteadores públicos que hacen lo que les da la gana: oprimen al pobre, roban al rico, amparados de la política. ¿No es un horror ver á Gaspar Miquis repartiendo las contribuciones y echando á algunos tantísima cuota, mientras él, que es el primer propietario de Criptana, no paga nada? Tu papaíto también es buena pieza. Compra el azafrán á seis duros, valiéndose de la miseria de los pobres labradores, y luego lo vende á catorce... Así se han hecho poderosos. Yo me acuerdo de haber visto al padre de tu abuelo, á tu bisabuelito, sí, venir á casa todos los sábados á recoger las limosnas que daba papá. Aquel viejo, con ser mendigo, era más decente que todos sus hijos y nietos. Últimamente se entregó á la bebida; pero cuando estaba bueno, tenía mucho arte para coger cangrejos del Jigüela, por Cuaresma, y le traía espuertas llenas á papá, que gustaba mucho de ellos...

Don Pedro Miquis no participaba de esta inquina, y en las cartas á su hijo solía poner un párrafo como éste: «No dejes de visitar con frecuencia á la tiíta Isabel, y aguántale sus rarezas.» Otras veces le decía: «Cuidado con la tiíta. No te incomodes si la oyes decir algún disparate. Esta buena señora tiene la cabeza como Dios quiere. Siempre fué lo mismo. No hay que llevarle la contraria, sino decirle á todo amén, aunque luego no se haga lo que mande.» Ya hacía tres años que Alejandro estudiaba, cuando en una carta de su padre halló esto: «Ha llegado don Santiago Quijano y me ha dicho que la pobre está rematadamente loca. ¡Pobre señora! Visítala; sírvela en lo que puedas, y trátala con tacto y estudio para no ofenderla.»

Casi en los mismos días en que Alejandro recibía esta carta, su tía, hablando con él de cosas de la Mancha y de antepasados, que era la conversación más de su gusto, le dijo así:

—¡Ay! qué trastada le voy á jugar á los Micifuces.

Y el regocijo ponía extrañas claridades en sus ojos; se reía y daba palmadas, aplaudiéndose á sí misma, como los niños cuando están contentos ó proyectando alguna travesura. Alejandro nunca le pidió explicaciones de estas rarezas, porque siempre que la Godoy ponía de oro y azul á sus enemigos, él, entre avergonzado y colérico, no chistaba. En otra ocasión dijo la señora:

—¡Cómo me voy á reir! Me parece que estoy viendo á tu padre, furioso, echando espumarajos por aquella boca... ¡Que reviente... mejor! Digan lo que quieran, todos los Mengues, uno tras otro, han de tener su castigo en este mundo.

Alejandro no daba gran importancia á estas razones, porque tenía en muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas y tonterías. Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente á los caciques del Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le decía siempre Alejandro Herrera) estaba siempre á partir un piñón. Le recibía gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas sobre sus estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón de la cómoda panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una moneda de dos duros.

—¿Ves? ¡qué rica!—le decía, mostrándosela entre dos dedos.—¿Te gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro á ver una función honesta y entretenida.

Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la juventud de estos tiempos.

—Los chicos de hoy—le decía,—sabrán más que los de mi tiempo: en eso no me meto. Y no sé, no sé: si de lo que aprenden hoy se quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea lo que quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en modales están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus amigos alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir finuras á una dama, y sostener con ella conversación amena, cortés y escogida? Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben decir palabrotas, recostarse en los asientos de los cafés, disputar á gritos, escupir en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y expresarse como los jayanes y matachines. Poco del mundo actual conozco, porque no salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me da mucho asco... Es menester que tú no te parezcas á esos gandules de los cafés; es preciso que adquieras buenos modales, que seas fino, que frecuentes la sociedad, que te hagas presentar en alguna honesta reunión, y que huyas de las tertulias hombrunas, donde no se aprenden más que groserías.

Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre, que le ordenaba llevar en todo el genio á la tiíta, Alejandro le llenaba la cabeza con éstos y otros inocentes embustes:

—Pues, tiíta, yo voy todas las noches á una tertulia de señoras finas, donde no se habla más que de cosas honradas... Me van á llevar á los bailes de la Embajada de Austria, para lo cual me he encargado ya el frac... Tengo pensado ir á Palacio. Un amigo quiere presentarme á Su Majestad...

Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:

—¡Así, así te quiero!... Lo de ir á Palacio á besar la mano de esa perla de las reinas, me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja, iría también... Tengo prometida una visita á Su Majestad; pero ¿para qué quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes cristianos... ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!

VI

Para concluir. Doña Isabel Godoy era supersticiosa en grado extremo; fenómeno que, si se examina bien, no es incompatible con la devoción maniática, ni con los rezos de papagayo. Con ser una de las principales ostras de los bancos parroquiales de San Pedro y San Andrés, más raíces tenían en el espíritu de esta señora ciertas creencias y temores vulgares que la pura idea religiosa. Cierto que ella defendía con rutinario tesón los dogmas de la Fe; pero les añadía innúmeros suplementos, fundados en todo lo vano, pueril y ñoño que ha imaginado el miedo y la ignorancia del pueblo. Creía en las fatalidades del núm. 13, de la sal vertida y de los espejos rotos; sentía horror del murciélago, por suponerlo emisario del Demonio; atribuía mil ridiculeces al erizo ó puerco-espín; creía, como el Evangelio, que las culebras maman y que hablan las cigüeñas; que hay gallos que ponen huevos, y que el pelícano se saca la sangre para alimentar á sus polluelos; sostenía la existencia de los dragones, salamandras y basiliscos con sus propiedades mitológicas; creía también en el ave fénix y en las influencias de los astros benignos ó adversos y de los cabelludos cometas, precursores de calamidades; daba fe á la influencia de la imaginación materna sobre el crío y á los antojos; prestaba crédito á las buenaventuras de los gitanos, y era para ella artículo dogmático la existencia de los zahorís, personas que, por haber nacido en Jueves Santo, tienen la virtud de ver lo que hay bajo tierra. Como la propia doña Isabel había nacido en Jueves Santo, se tenía por zahorí de lo más sutil y agudo que pudiera existir. Igualmente daba oídos á los saludadores, que todo lo curan con saliva, y á los embrujados. No había quien le quitara de la cabeza que hay personas que aojan, es decir, que hacen mal de ojo, y matan ó resecan á los niños sólo con mirarles. Los sueños eran para ella revelaciones de incontrovertibles verdades. Si oía por la noche el aullido de un perro, ya tenía por seguro un mal caso; si entraba en la sala una mariposa negra ó moscardón, señal era de inevitable desdicha; si alguno hacía girar una silla sobre una pata, indicio era de contiendas. Al salir á la calle, cuidaba de sacar primero el pie derecho que el izquierdo, pues, de otro modo, no volvería á casa sin dar un mal paso.

Quiso su mala suerte, para acabar de rematarla, que tuviera por vecina en Madrid á una de estas sacerdotisas de la magia, que, contra todo el fuero de la verdad y la civilización, existen aún para explotar la inocencia y barbarie de la gente. Y no son las más humildes, que jamás vieron el abecedario, las que estos tugurios de la magia frecuentan, sino que allá van alguna vez damas principales á que les echen las cartas. Esto parece mentira; ¡pero qué verdad es!

Doña Isabel trabó amistad con su vecina: hizo la prueba de un oráculo, y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición á tales patrañas. No había semana que no bajase un par de veces á consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y ocho hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y avisos que escrupulosamente seguía. La vecina de doña Isabel gozó en aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para sus trabajos de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía sus juegos y arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran largos ó breves los aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado de palabras obscuras.

Doña Isabel se iba siempre á lo más gordo, haciéndose aplicar la tarifa máxima, que le aseguraba misterios muy hondos y desconocidos. ¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante, conocer lo que no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar á Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito! Doña Isabel había consultado últimamente un negocio de la mayor importancia. Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos los naipes de cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha á izquierda (uso oriental) explicando la significación de los que aparecían en la séptima y sus múltiplos. Veamos: el tres de copas anunciaba un negocio próspero; el rey de espadas, que un letrado se mezclaría en el asunto; el caballo de copas, ó sea el Diablo, procuraría echarlo á perder; finalmente, el as de oros decía clarito, como tres y dos son cinco, que todo saldría por maravilla, y que el maldito renegado caballo de copas (léase don Pedro Miquis) quedaría confundido, maltrecho y hecho pedazos.

Vivía doña Isabel de las rentas de sus tierras, que no eran valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos ó piezas muy pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso y Villanueva del Gardete. Junto á las lagunas de Ruidera poseía unas estepas salitrosas de más de dos leguas, que no le daban veinte duros al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas á los labradores pobres de la comarca, que cultivan el azafrán, esa droga que debiera llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más fino de la Arabia ó el de los peruanos montes. No obstante, los que crían y peinan las doradas hebras de esta rica florecilla son los más pobres de la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y el mucho esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues, de esa pintura de las comidas españolas; droga, además, de valor en la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras daban los menudos hilillos de oro, que el mercader coge con respeto en las puntas de los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes á onza la onza, es decir, oro por oro. Hoy vale doce duros y aún menos.

El administrador de la señora en el Toboso se entendía con Muñoz y Nones, Notario de Madrid, manchego, y éste entregaba mensualmente á doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada para sus necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los ahorros de la señora para ponerlos á interés.

Vamos al negocio.—En la dirección de la Deuda tenía doña Isabel un expediente de liquidación y conversión de juros. El origen de este papel era un préstamo hecho por Godoy á la Real Hacienda, allá en tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de Almagro. Solicitó la señora la conversión con arreglo á la ley del 55; pero lo que pasa... el expediente se eternizaba en el encantado laberinto de nuestras oficinas. Por dicha, desde que lo tomó por su cuenta Muñoz y Nones, el expediente empezó á despertar de su letargo, dió señales de vida, fué de aquí para allá, de mesa en mesa, de departamento en departamento, y ahora me le echan una firma, después dos, ya le añadían papelotes, ya le agregaban números, hasta que por fin se le señaló día para salir de aquel Purgatorio, y fué un hecho la conversión de la antigua deuda por renta perpetua del 3 por 100.

Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y caídas al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, quedaban reducidos, á causa de los rozamientos financieros, á 48.636 reales. La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones. Doña Isabel percibió 32.424 reales. ¿Á quién pertenecía este capital? Á doña Isabel y á su hermana Piedad. No existiendo ésta jurídicamente, si bien su espíritu existía compenetrado en la propia alma de doña Isabel, la mitad de los dinerillos correspondía en rigor de derecho (porque el jus no entiende de transubstanciaciones), correspondía, decimos, á los herederos de Piedad, á su hija única, Piedad también, esposa de Micomicón... ¡Dar á Miquis los 16.212 reales que á su mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se partiría el mundo en dos pedazos... Porque si el dinero se le entregaba á Piedad, lo cogería Miquis, administrador de los bienes matrimoniales. No, y mil veces no.

El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella nefanda estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los razonamientos que puntualmente se copian aquí:

«Si doy el dinero á mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres, que bastante ha tragado ya, prestando dinero á mi familia al 18 por 100. No, no, Dios de justicia: con tu santo permiso, voy á jugarle una trastada... ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles... Pero si me guardo ese dinero, es pecado. ¿Lo daré á mi hija, encargándole...? No, no puede ser... El salvaje metería sus uñas al instante... No, no; digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso al Mecifuf, y le doy grandísima desazón entregando el dinero á su hijo y mi nieto, no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con amigotes soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para que emprenda algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy majas con que ir á las embajadas y al Real Palacio, para que se afine y decore, viva como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo nombre de Herrera.»

Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas. Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos Mengues tomaba, y vió á don Pedro zumbar en torno á su cabeza en forma de caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia, rabia, que el dinero no es para tí. Revienta, Judas; muérete, Holofernes.»

VII

Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto es claro como la luz del mediodía: la semana que entra le traigo á usted su dinero,» doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro. Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad de seso iba mermando rápidamente; pero al llegar aquella ocasión, lo juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había él oído jamás. Se avenía bien con la casa de su tía, y con la persona de ésta; persona, casa, trato y aliños en que todo semejaba embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en provecho suyo la locura que la dama cometía; como en aquellos días estaba escasísimo de dinero y sólo abundante de compromisos, deudas y necesidades, no tuvo nada que decir contra la generosa oferta. Eso sí: cuando la Godoy le puso por condición el honrado y juicioso empleo del dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo á su mejoramiento social y educativo... ¡Pues á fe que era poco formal! En la vida más entraría en un café: todo el que quisiera verle, que le buscara en las bibliotecas, en las cátedras, y por las noches en algún salón de embajada ó en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de finísimas damas perfilara sus modales.

—Eso, eso, eso—dijo la tiíta con crédulo alborozo.—Si no lo haces así, perderemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de conciencia... Bueno, pues la semana que entra... ¡Caballito del diablo, arre... arre!

Al decir esto, la aristocrática manchega no se estaba quieta, sino que iba de un paraje á otro de la sala, sin dirección ni tino, trémula y como picada de la tarántula. Sus brazos hacían la mímica de apartar algo que revolaba en su alrededor, y sus ojos echaban unos reflejos plateados y verdosos que habrían dado á Miquis mucho miedo si éste no hubiese visto repetidas veces á su tiíta en tan lastimoso estado.

Ahora se comprende el desasosiego de Alejandro en los días que mediaron desde la promesa de su tía hasta la realización del donativo. Estaba el infeliz muchacho como el que padece obsesión, pensando siempre en la fortuna que se le ofrecía, lleno de dudas y congojas. Porque el dinero le venía como aguas de Abril. ¿Y si después de prometérselo resultaba que todo era un estrafalario juego de los derretidos sesos de su tía...? Si el metal entraba en su bolsa, creeríase el más venturoso de los nacidos; si todo era una burla, ¡qué horrendo desengaño! Por esto en la noche del sábado no se le podía sufrir: tan caviloso y pesado estaba. Sin explicar el motivo de su pena, á todos sus amigos nos pedía que le tomáramos el pulso... Tenía fiebre.

—Y quién sabe—decía.—Puede ser que la semana que entra no me cambie por el duque de Osuna.

Vino el domingo, memorable por el entierro de Calvo Asensio, y en la mañana de aquel día fué con Cienfuegos al Observatorio, y ocurrió aquello del horóscopo, el encuentro de Centeno y el recado que éste llevó... Volviendo á la casa de la calle del Almendro, se dirá que el sábado recibió doña Isabel, de Muñoz y Nones, la suma producida por la venta del papel que la Hacienda reintegraba en pago de la secular deuda. Llevóse el notario su parte, y de lo restante hizo doña Isabel dos, que, bien separaditas, guardó en el lugar de los secretos, tabernáculo de dulces memorias, que era un cajoncillo situado en la tercera gaveta de la cómoda panzuda. El domingo por la tarde, cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la cosecha de higos, vió un desalmado chico que desde media calle la miraba. ¡Insolente!... Á poco rato llamaron. La señora leyó la carta de su sobrino, en la cual, con expresivas y francas razones, inspiradas en la verdad, le hacía ver que la pingüe oferta nunca como en aquella ocasión sería tan feliz y oportuna si se realizaba. La misma doña Isabel salió al recibimiento á decir á Felipe:

—Dí á mi sobrino que sí, ¿entiendes? que sí, y que puede venir cuando quiera.

Como exhalación corrió Centeno al Observatorio, donde estaba Alejandro, más muerto que vivo, cual en día de examen, lleno de ansias y sobresalto. Sus dos amigos se habían ido al entierro, y él se quedó solo, paseando de una casa á otra. Dióle Felipe el recado, y el estudiante, que con las nuevas verbales sentía en el alma los turbulentos halagos de la esperanza sin perder sus dudas, hizo propósito de salir de ellas al momento, corriendo á casa de su tía.

—No puedo pasar la noche en esta incertidumbre—afirmó resueltamente.—Vamos allá.

Al decir «vamos,» Felipe se cosió á los faldones del manchego, y éste, en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por la rampa abajo:

—Te tomo de criado... Si esto me sale bien, serás mi criado... mi escudero, porque verdaderamente necesito... ¡Qué lejos está esa calle del Almendro!

El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía nada. En su alma se había metido también una desusada grandeza, una esperanza embargante, un pedazo de cielo que entró en su cuerpo con el aliento y se le atravesaba al respirar. Ambos tenían una suerte de inspiración, de Dios interior que les agitaba y les hacía pensar, si no decir, cosas admirables... ¡Y cómo corrían! La noche estaba próxima, y Alejandro anhelaba llegar de día, porque la Godoy tenía la costumbre de echar todos los cerrojos de su casa á la hora en que se acuestan las gallinas. ¡Ay! á todo término, por lejano que sea, llegamos al fin, y ambos muchachos entraron en la calle del Almendro. ¡Qué soledad, qué paz! y ellos dos ¡qué palpitación de corazones, qué latido de arterias! Llevaban en sí toda la vida que faltaba al dormido barrio, y podrían derramarla á raudales sobre aquel vacío escenario de las aventuras matritenses de otros siglos.

VIII

La casa del seis de copas estaba aún abierta... Adentro. Llamaron á la puerta de aquel templo de la Quiromancia. La mente de Alejandro ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la llama que baila sobre el alcohol. Sorprendida quedó doña Isabel de verse visitada por su sobrino á hora tan intempestiva, pues nunca lo había visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna extrañeza al ver á Felipe.

—Es un chico que me acompaña y me hace recados,—dijo Alejandro con voz trémula.

Permaneció Felipe en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y al punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de amistad, que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, alumbrado por un candil de cuatro mecheros, de aquéllos bien labrados y pesadísimos que van desapareciendo con la industria española. Lo primero que hizo la señora fué tomar una mano de su sobrino y acercarla á la luz para mirarla bien, diciendo:

—¡Qué uñas!... ¡Pero, hijo!...

Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues la primera condición para agradar á su tía era el aseo.

—Es que... estuve toda la tarde revolviendo libros muy empolvados...

—Pero dí—prosiguió ella observándole la ropa.—¿No tienes cepillo en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con una escoba... ¡Qué niños éstos del día!... Luego queréis agradar á las damas. No sé cómo hay mujer que os mire... Verdad que ellas están buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego, si se va á mirar... Veremos si te modificas, ahora que no te faltará dinero...

Al oir esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo placer. Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las entrañas.

—¿Pero qué?...—dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos de torneado marfil á la cómoda.—¿Te vas á llevar eso esta noche?... ¿No tienes miedo á los ladrones?

No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:

—Como usted quiera, tiíta...

—Mañana...

Aquel mañana le parecía á Alejandro inesperado alejamiento de un día grande, la inmistión antipática de lo infinito entre el hoy y su felicidad. ¡Mañana!... ¡el siglo que viene!...

—Por los ladrones no sea... ¿Cree usted que me voy á dejar robar?... Pero si usted no quiere...

—Pues de una vez,—dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial de áureos goznes.

Y tornando á vacilar:

—La cosa es que...

En lo íntimo de su ser, Miquis se sublevaba contra la prórroga de su dicha. Tenía los labios secos... le ocurrió una idea...

—La cosa es—observó,—que mañana quizás no pueda venir.

—Ya que estás aquí...—indicó la señora sacando al fin el pesado cajón.

Alejandro echó sus ansiosas miradas dentro de aquella cavidad, de la cual salía fortísimo aroma de flores secas, de rosas seculares y como embalsamadas. Los dedos de la señora abrieron la tapa de una caja, que tenía encima una bonita pintura de Adonis herido, y expirando en brazos de Venus. Dentro vió Alejandro las que fueron rosas y eran ya una masa seca, pero aún olorosa, cual momia que conservara también momificada el alma... Después apareció un retrato, preciosa miniatura. Era un joven muy guapo, pálido, con los cabellos encrespados y revueltos... Alejandro se inclinó, movido de curiosidad, para ver aquella imagen, que al pronto creyó la de su abuelo; mas doña Isabel, con movimiento rapidísimo y airado, le apartó diciendo:

—Quita de aquí tus ojos puercos...

Él se apartó con discreción, no sin atisbar algún paquete de cartas de color amarillo, atadas con cintita roja, de las que sirven de marca en los devocionarios. De debajo del paquete sacó al fin la tiíta una cartera de terciopelo, y de la cartera... ¡ay!...

—Aquí tienes tu parte...

Al decir esto, despedían sus ojos los mismos fulgores plateados y verdosos que Alejandro había observado otras veces en el extraño mirar de su tía. Y otra vez hacía la Godoy el consabido gesto en el aire con la nerviosa mano, diciendo:

—Arre, arre, caballito del diablo... ¡Esto no es tuyo, no es tuyo!

Sintió Miquis como un gran temor, y alargando la mano para tomar lo que se le daba, apenas á tocarlo se atrevía. Pero ella, cerrada de un golpe la cómoda, se sentó, y extendiendo sobre su regazo los billetes de Banco, puso las cosas en la realidad con esta salmodia aritmética:

—Entérate... Quinientos y quinientos, mil... Dos mil, cuatro, ocho... doce, diez y seis... El pico aquí está: diez duros y tres pesetas...

¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo, según dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque infantil, no sabía descender á la realidad desde el firmamento de las leyendas; cerníase arriba, en las preñadas nubes de donde llueven la magia, la quiromancia y los sortilegios. No podía bajar á la verdad terrestre; y como por la mañana había entretenido su afán con aquellas quimeras de los astros que hablan y del horóscopo, creíase en lo más tenebroso y poético de la Edad Media, entre magos y nigromantes. Conociendo la afición de su tía á echar las cartas, todos los pormenores de aquel suceso estaban muy en su lugar: era la casa laboratorio de alquimista, al cual sólo faltaban las telarañas para estar en perfecto carácter. Sí: aquel dinero había venido á sus manos por arte de alquimia ó por dictamen de estrellas, coluros ó melenudos cometas. Quizás eran figurados los billetes, en realidad engañosos naipes egipcios, que se iban á deshacer en sus manos tan pronto como los tocara.

—Cuéntalos tú ahora...

—No, si está bien... No faltaba más.

—Hazme el favor de contarlo... No quiero que...

—Por Dios, tiíta...—balbució Miquis con gran torpeza de lengua y de manos.

Los billetes eran billetes... Al tomarlos, sensación dulce y placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no le importaba recibir un billete de menos.

—Como quieras...

Y él los recogía, los doblaba... ¡Ay, qué momento! Si se hubiera puesto á contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba para cuentas; era insensible al orden y á la fría disciplina de los números... Perdió la noción de la cantidad que representaban aquellos sobados papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal abrupto, una suma tan grande como sus sueños, suficiente á todas las necesidades del momento y de mucha parte de su juventud; una suma que duraría eternidades... Se lo metió todo en el bolsillo del pecho, y á cada instante, con disimulo, tocaba á la parte donde su corazón y su ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel...

Y en tanto, doña Isabel, atacada de la verbosidad que era uno de los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba... ¿De qué? Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba, moviendo afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por pescuezo un resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y sólo llegaban hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa: los Herreras, los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero, la juventud ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio del azafrán, la Virgen de la Piedad...

Como se oye una campanada lúgubre, oyó Alejandro al fin de la cancamurria esta horripilante cláusula:

—Te quedarás á cenar conmigo.

¡Alquimia y cartomancia! Cenar con la tía era permanecer allí dos horas más, oyendo la cansada cantinela; era igualmente el mal paso de tener que comer gachas, piruétanos, cañamones, y beberse á la postre un jarro de aguas cocidas; era oir una salmodia antiestomacal, impregnada de orégano; estar bajo la presión y entre las garras de un desordenado y misterioso genio de ojos plateados y verdes; caer bajo el obscuro poder de la magia; era beber, con la salvia, el jugo de la locura, y comer, con los cañamones, el tuétano y substancia de todos los desvaríos posibles.

—¡Cenar con usted!—murmuró vacilante entre el horror y la cortesía.—¡Qué más quisiera yo que cenar con usted, tiíta... qué más quisiera yo...! Pero es el caso que en mi casa me esperan, y los demás compañeros se estarán sin comer hasta que yo vaya... Gastan en mi casa unos cumplidos...

Al decir esto, Miquis sentía que en su cuerpo le habían nacido alas. Su impaciencia por echar á correr era, no ya febril, sino como desazón epiléptica. Le quemaba el asiento, y en pies y manos tenía hormigueo abrasador.

—Entonces—indicó doña Isabel con el más dulce tono de su bondad tolerante,—más vale que te vayas.

Por poco da Miquis un salto al oir el vayas; pero no le faltó fuerza de voluntad para reportarse, y levantándose con estudiada lentitud, dijo en un tono que parecía el de la mayor naturalidad:

—¡Qué tarde se ha hecho!

—Sí: ya los días son nada.

—¡Cosa tan rara!... á las seis de la tarde, noche.

—El tiempo vuela.

Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á estrecharla con la suya, le dijo:

—No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.

Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:

—Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los hombres.

Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos, diciéndole:

—¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera, échate abajo ese perejil mal sembrado.

Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono de familiar amenaza, estas palabras:

—Cuidadito con el comportamiento... Cuidadito con la manera de gastar el dinero... Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que nada se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandrito, que yo he nacido en Jueves Santo!... Tú no seas malo... Mira que te estoy mirando siempre...

Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo humano cabe. Pues no faltaba más... Al prometerlo así, hablaba como una máquina: su entendimiento seguía en rebelión, arrastrado en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su tía, cuando concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de aquel prurito de recorrer la habitación y apartar un insecto... Vestía la Godoy traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía como toca flotante. Alejandro no pudo menos de representársela semejante á la imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil, y los aspavientos de la buena señora eran lo más adecuado á los ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel la roba y se la lleva en brazos, á caballo, por los polvorosos desiertos.

—Adiós, tía.

Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dió un cariñoso beso... ¡Plata y verde relucieron en su mirada! Á los ojos de Miquis, todo se transformaba. Por momentos, doña Isabel parecía volver al prístino estado que representaba su retrato en galana y fresca miniatura; la estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba bendiciones; al santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro...

¡Á la calle!

IX

Entre tanto, á Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy peregrinas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de los gatunos ojos, y alumbrado por ellas, aguardaba el escudero á su señor, pidiendo á Dios que saliese pronto, porque se aburría, acompañado tan sólo de los mansos animales, que se le subían por brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vió con asombro que el animal echaba chispas... chispas azuladas, lívidas... ¿Qué podía ser?... Pasaba, pasaba la mano, y las gotas de luz salían de entre los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en todos ocurría lo mismo. Esto y la obscuridad de la casa infundíanle mucho miedo... Quieto se estuvo en el durísimo asiento, hasta que se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En este segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible! Aquella claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de un altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran sin duda imágenes de diablos y criaturas infernales. También vió Felipe una mesa llena de naipes, y junto á ella una figura siniestra y horripilante: una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo arrumacos y garatusas.

Retiróse de la ventana el muchacho asustadísimo, diciendo para sí: «Esta ha de ser la casa del Demonio... Yo también, como los gatos, echaré chispas.» Se pasaba las manos por sus propios hombros, á ver si él también chispeaba; pero nada: frota que frotarás, no podía sacar de sí ni una sola centella. Por fortuna suya, salió Miquis de la sala, y ambos se fueron á la calle. Doña Isabel dió á Felipe, al despedirle, un puñado de cañamones tostados, que él tomó con ánimo de tirarlos en cuanto salieran, como lo hizo, murmurando:

—Aquí todo es brujería... por fuerza... Quieren que yo me coma esto para que me vuelva pájaro...

Y le faltó tiempo para contar á su amo lo de las chispas gatunas y lo de las velas verdes. Miquis, al poner el pie en la calle, como que descendió á la atmósfera real de la vida, dejando atrás y arriba la quiromancia con sus mentirosos embolismos. Reíase á carcajadas de los terrores de Felipe, al cual desde aquel momento designó y consagró por sirviente, espolique ó secretario, diciéndole:

—Pues no hay más que hablar, chiquilín. La cosa salió bien. Eres mi criado. Yo necesito ahora de un ayuda de cámara, porque...

Sus ideas no eran claras, y el correr de su mente tan veloz, que las ideas no tenían tiempo de esperar la expresión de los labios. Se desvanecían al nacer, dejando tras sí otras y otras.

—¿Te parece que tomemos un coche?—preguntó á Felipe.

La imaginación de éste se encendió en pintorescas ilusiones al pensar que iba á andar sobre ruedas. Tomaron el vehículo en la calle de Tintoreros. Alejandro le dijo al cochero: «Por horas: las nueve están dando.» Y ambos se metieron adentro. El cochero preguntó:

—¿Á dónde vamos?

—¡Ah!—exclamó el estudiante;—es verdad... Á donde quieras... No, no: á la calle del Rubio.

Al sentirse rodado, Felipe, que jamás se había visto en semejantes trotes, se reía como un bobo. Alejandro le miraba á él, y se reía también. Felipe iba en la bigotera, asomado á la ventanilla. Cuando pasaban junto aun farol, ambos se miraban y como que se regocijaban más, contemplando respectivamente su dicha propia, reflejada en el semblante del otro.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings