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El árbol de la ciencia

SEGUNDA PARTE Las Carnarias.

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I LAS MINGLANILLAS

Julio Aracil había intimado con Andrés. La vida en común de ambos en San Carlos y en el hospital, iba unificando sus costumbres, aunque no sus ideas ni sus afectos.

Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba a sentir más estimación por Hurtado que por Montaner.

Andrés había pasado a ser interno como él; Montaner, no sólo no pudo aprobar en estos exámenes, sino que perdió el curso, y abandonándose por completo, empezó a no ir a clase y a pasar el tiempo haciendo el amor a una muchacha vecina suya.

Julio Aracil comenzaba a experimentar por su amigo un gran desprecio y a desearle que todo le saliera mal.

Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía cosas extraordinarias, maravillosas; llegó hasta jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas, a comprar un título de la Deuda.

Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de hombre de mundo.

—Te voy presentar en casa de las Minglanillas—le dijo un día riendo.

—¿Quiénes son las Minglanillas?—preguntó Hurtado.

—Unas chicas amigas mías.

—¿Se llaman así?

—No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo la madre, parece un personaje de Taboada.

—¿Y qué son?

—Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. Niní y Lulú. Yo estoy arreglado con Niní, con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.

—¿Pero arreglado hasta qué punto estás con ella?

—Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los dos a un rincón de la calle de Cervantes, que yo conozco, y que te lo recomendaré cuando lo necesites.

—¿Te vas a casar con ella después?

—¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.

—Pero has inutilizado a la muchacha.

—¡Yo! ¡Qué estupidez!

—¿Pues no es tu querida?

—¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?

—Sin embargo...

—¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse. Si tú puedes hacer lo mismo, serás un tonto si no lo haces.

A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.

Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.

Había en casa de la viuda un ambiente de miseria bastante triste; la madre y las hijas llevaban trajes raídos y remendados; los muebles eran pobres, menos alguno que otro indicador de ciertos esplendores pasados; las sillas estaban destripadas y en los agujeros de la estera se metía el pie al pasar.

La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática; tenía la cara amarillenta, de color de membrillo; la expresión dura, falsamente amable; la nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y la sonrisa forzada.

La buena señora manifestaba unas ínfulas aristocráticas grotescas, y recordaba los tiempos en que su marido había sido subsecretario e iba la familia a veranear a San Juan de Luz. El que las chicas se llamaran Niní y Lulú procedía de la niñera que tuvieron por primera vez, una francesa.

Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.

Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Niní, y Andrés sostuvo la conversación con Lulú y con su madre.

Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita; tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés le parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto simio: la frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa entre irónica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un poco respingona, y la cara pálida, de mal color.

Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía e ingenio de sobra; pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad, la frescura, la candidez. Era un producto marchito por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia. Sus diez y ocho años no parecían juventud.

Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y sobre todo menos espirituales, era más mujer, tenía deseo de agradar, hipocresía, disimulo. El esfuerzo constante hecho por Niní para presentarse como ingenua y cándida, le daba un carácter más femenino, más corriente también y vulgar.

Andrés quedó convencido de que la madre conocía las verdaderas relaciones de Julio y de su hija Niní. Sin duda ella misma había dejado que la chica se comprometiera, pensando que luego Aracil no la abandonaría.

A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción.

Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con una pequeña tragedia de lloros y de lamentos, en que doña Leonarda chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que le disgustaba.

II UNA CACHUPINADA

Antes de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:

—¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.

—¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?

—El domingo de Carnaval. El petróleo para la luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista, se pagarán entre todos. De manera que si tú quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.

—Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay que pagar?

—Ya te lo diré uno de estos días.

—¿Quiénes van a ir?

—Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios; Casares, ese periodista amigo mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá chicas guapas.

El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fué Hurtado al baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abrió la puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la escalera.

Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares. También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre de gran partido entre las mujeres.

Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una gabela.

Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible.

Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia de anglo-sajón. Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable. El audaz trataba de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la calle. A esto llamaba él trabajar a una mujer. La muchacha, mientras consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista, desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara.

Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para subir en la vida.

Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en busca de pareja.

—¿Tú sabes bailar?—le preguntó Aracil a Hurtado.

—Yo no.

—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque hace un momento—añadió Julio con ironía—doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito, como si fueran vírgenes.

Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla.

Andrés fué abriéndose paso. Había varios quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia. Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al parecer era un sátiro.

Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos tiros a su mujer, intentó suicidarse.

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso.

Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco honorable.

Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha; según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.

La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.

—¡Esta peque de la vecindad es más sinvergüenza!—dijo una vieja detrás de Andrés, señalando a la Elvira.

La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera un poco insultante.

Casares, al verla pasar, la decía:

—¡Vaya usted con Dios, guerrera!

Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.

—Muy tarde ha venido usted—le dijo ella.

—Sí, he estado de media guardia en el hospital.

—¿Qué, no va usted a bailar?

—Yo no sé.

—¿No?

—No. ¿Y usted?

—Yo no tengo ganas. Me mareo.

Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.

—Oiga usted, negra—la dijo.

—¿Qué quiere usted, blanco?—le preguntó ella con descaro.

—¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?

—No, señor.

—¿Y por qué?

—Porque no me sale... de adentro—contestó ella de una manera achulada.

—Tiene usted mala sangre, negra—le dijo Casares.

—Sí, que usted la debe tener buena, blanco—replicó ella.

—¿Por qué no ha querido usted bailar con él?—le preguntó Andrés.

—Porque es un boceras; un tío antipático, que cree que todas las mujeres están enamoradas de él. ¡Que se vaya a paseo!

Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar al lado de Lulú.

—Me hace usted mucha gracia—dijo ella de pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión de una alimaña.

—¿Por qué?—preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.

—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?

—No, no me ha dicho nada.

—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre, una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca una mujer que tenga algún dinero para casarse.

—No creo que esa sea su intención.

—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?

—No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.

—Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Ella comprendía que no gustara a los hombres.

A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.

Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.

Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria orgánica, de la falta de alimentación y de aire.

Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien.

La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.

A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se continuara, doña Leonarda fué inflexible, y para la una estaba ya despejada la casa.

III LAS MOSCAS

Andrés salió a la calle con un grupo de hombres.

Hacía un frío intenso.

—¿Adónde iríamos?—preguntó Julio.

—Vamos a casa de doña Virginia—propuso Casares—. ¿Ustedes la conocerán?

—Yo sí la conozco—contestó Aracil.

Se acercaron a una casa próxima, de la misma calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En un balcón del piso principal se leía este letrero a la luz de un farol:

VIRGINIA GARCÍA Comadrona con título del colegio de san carlos (Sage femme.)

—No se ha debido acostar, porque hay luz—dijo Casares.

Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.

Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una mujer barbuda.

Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de niña bastante ridículos.

De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de confort de España.

El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada menos que el director de la revista El Masón Ilustrado.

Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia, cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal paso dejaba en situación comprometida.

Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.

—¡Pobrecitas!—decía de sus huéspedas—. ¡Qué malos son ustedes los hombres!

A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.

En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.

—¡Hola, Victorio!—le saludó Aracil.

—¡Hola, Julio!—contestó el otro—. ¿Qué tal? ¿De dónde salen ustedes?

—De aquí; de casa de doña Virginia.

—¡Valiente tía! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.

¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente, el caso no era del todo vulgar.

El director de El Masón Ilustrado, que se reunió con Andrés, le dijo con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada. Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un niño.

En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban al spoliarium.

El italiano, aseguró el director de El Masón Ilustrado, no era profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cómplice en los negocios nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles.

Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría pagar la entrada, y dijeron que no.

—Vamos a hacer una cosa—propuso el sainetero amigo de Casares.

—¿Qué?—preguntó Julio.

—Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.

Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor dramático que tenía dos hijas coristas. Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.

Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del Carmen esquina a la del Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo Domingo, y se detuvieron delante de una casa grande.

—Aquí no alborotemos—advirtió el sainetero, porque el sereno no nos abriría.

Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director de El Masón Ilustrado, comenzaron a subir una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con fósforos.

Llamaron en una puerta, apareció una muchacha que les hizo pasar a un estudio de pintor y poco después se presentó un señor de barba y pelo entrecano, envuelto en un gabán.

Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo autor de comedias y de dramas detestables en verso.

El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en artista, en bohemio; era en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas por un estúpido romanticismo.

Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos tenía condición para la escena; pero el padre no creía más que en el arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.

Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada con un revendedor.

El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.

Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el director de El Masón Ilustrado, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca.

Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían todos en sus bromas.

Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.

Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.

Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director de El Masón Ilustrado. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.

Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.

—Pero usted es un imbécil—le dijo Andrés bruscamente.

—¿Cómo?

—Que es usted un imbécil, una mala bestia.

—¡Usted no me dice a mí eso!—gritó el masón.

—¿No está usted oyendo que se lo digo?

—En la calle no me repite usted eso.

—En la calle y en todas partes.

Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quería marcharse, aprovechó la ocasión de acompañar a Hurtado diciendo que iba para evitar cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, y el periodista y Andrés fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le brindó su protección a Andrés; sin duda, prometía protección y ayuda a todo el mundo.

Hurtado se marchó a casa mal impresionado. Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres; aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre gente desdichada. La piedad no aparecía por el mundo.

IV LULÚ

La conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo de intimar algo más con la muchacha.

Realmente la chica era simpática y graciosa. Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba, y su cara tomaba un aire satírico y agudo.

No se mordía la lengua para hablar. Decía habitualmente horrores. No había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.

El primer día que fué Andrés a ver a Lulú después del baile, contó su visita a casa de doña Virginia.

—¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?—preguntó Lulú.

—Sí

—Valiente tía cerda.

—Niña—exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?

—¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?

—¡Jesús! ¡Qué palabras!

—A mí me vino un día—siguió diciendo Lulú—preguntándome si quería ir con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!

A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lulú. No tenía ese repertorio vulgar de chistes oídos en el teatro; en ella todo era callejero, popular.

Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres sensuales.

A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.

Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, y solía ganar hasta tres pesetas al día. Con esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda, vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, aunque trabajaba, era torpe.

Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.

Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una picardía admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra grotesca, eran las que más le gustaban.

El tango aquel que empieza diciendo:

Un cocinero de Cádiz, muy afamado, a las mujeres las compara con el guisado

y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?, o el de las mujeres que montan en bicicleta, en el que hay esa preocupación graciosa, expresada así:

Por eso hay ahora mil discusiones, por si han de llevar faldas o pantalones.

Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.

A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas. En aquellos instantes sus ideas parecían converger hacia adentro, y la fuerza de la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban de pronto, mientras estaba ensimismada, se ruborizaba y se confundía.

—No sé lo que anda maquinando cuando está así—decía su madre—; pero no debe ser nada bueno.

Lulú le contó a Andrés que de chica había pasado una larga temporada sin querer hablar. En aquella época el hablar le producía una gran tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.

Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar algo en la mercería próxima, y contestaba a las frases de los horteras de la manera más procaz y descarada.

Este poco apego a defender los intereses de la clase les parecía a doña Leonarda y a Niní una verdadera vergüenza.

—Ten en cuenta que tu padre fué un personaje—decía doña Leonarda con énfasis.

—Y nosotras nos morimos de hambre—replicaba Lulú.

Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban la labor, Lulú se metía en algún rincón, apoyándose en varios sitios al mismo tiempo. Así como encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada a no guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener amigas de su edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en cambio, era buena para los viejos y para los enfermos, comprendía sus manías, sus egoísmos, y se reía de ellos. Era también servicial; no le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja enferma de la guardilla.

A veces, Andrés la encontraba más deprimida que de ordinario; entre aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el techo o alguno de los agujeros de la estera.

Otras veces se ponía a cantar la misma canción sin parar.

—Pero, muchacha, ¡cállate!—decía su madre—. Me tienes loca con ese estribillo.

Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía con la canción.

A veces iba por la casa un amigo del marido de doña Leonarda, don Prudencio González.

Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas en la conversación.

El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.

—Usted, que ha conocido a mi marido—decía con voz lacrimosa—. Usted, que nos ha visto en otra posición.

Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.

V MÁS DE LULÚ

Algunos días de fiesta, por la tarde, Andrés acompañó a Lulú y a su madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.

El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.

—Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú—decía doña Leonarda, con cierto retintín.

—Bueno, bueno, mamá—replicaba Lulú—. Todo eso está de más.

En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones, sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la infancia estaban muy grabados en su imaginación.

—¡Me da una pena pensar en cuando era chica!—decía.

—¿Por qué? ¿Vivía usted bien?—le preguntaba Hurtado.

—No, no; pero me da mucha pena.

Contaba Lulú que de niña la pegaban para que no comiera el yeso de las paredes y los periódicos. En aquella época había tenido jaquecas, ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada, que el menor esfuerzo la rendía.

Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su manera de ser espiritual y material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías sin razón alguna.

No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes; sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...

—¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentiría a usted—le decía Andrés.

—¿No?

—No.

—Pues diga usted que es mi primo.

—Usted ríase—contestaba Andrés—; pero yo la metería en cintura.

—¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!—contestaba ella, cantando descaradamente.

Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido más y podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú.

En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad.

Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.

Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.

—Cada cual debe hacer lo que quiera—decía.

El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.

—¿De veras se iría usted con un hombre?—le preguntaba Andrés.

—Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.

—¿Sin casarse?

—Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.

—¿Y luego?...

—Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.

Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramática. Decía que no le gustaría llegar a vieja.

En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a Andrés:

—Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como decimos las mujeres.

—¿Por qué?—preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.

—Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tenía doce años. Y gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no... estaría deshonrada—añadió con voz campanuda.

—Parece que la idea no le espanta a usted mucho.

—Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.

¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad y de análisis de Lulú?—se preguntaba Andrés—. ¿Era espontánea, era sentida, o había algo de ostentación para parecer original? Difícil era averiguarlo.

Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés convidaban a Lulú, a Niní y a su madre a ir a algún teatro, y después entraban en un café.

VI MANOLO EL CHAFANDÍN

Una amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.

La señora Venancia tendría unos sesenta años, y trabajaba constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de planchar un momento. La señora Venancia vivía con su hija y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.

El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de ninguno, no trabajaba más que rara vez, y vivía a costa de la suegra.

Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.

—¿Qué va a ser esta niña?—preguntaban algunos.

Y Lulú contestaba:

—Golfa, golfa—u otra palabra más dura, y añadía: Así la llevarán en coche, como a la Estrella.

La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora Venancia, y el dinero del taller de planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de la casa.

Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre salía a la defensa del marido, como si este holgazán tuviera derecho a vivir del trabajo de los demás.

Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo; la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió que su marido era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron otras vecinas, no se tiraron de los pelos.

Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el Chafandín, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidió pedir explicaciones a Lulú de sus palabras.

Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doña Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.

Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se referían a su respetabilidad social.

—Estás empeñada en ultrajarnos—dijo a Lulú medio llorando—. ¿Qué vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?

—Que venga—replicó Lulú—; yo le diré que es un gandul y que más le valía trabajar y no vivir de su suegra.

—¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los demás? ¿Por qué te mezclas con esa gente?

Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y doña Leonarda les puso al corriente de lo ocurrido.

—Qué demonio; no les pasará a ustedes nada—dijo Andrés—; aquí estaremos nosotros.

Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por no pasar por un cobarde, se quedó.

A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó decir:

—¿Se puede?

—Adelante—dijo Andrés.

Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doña Leonarda y Niní temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron a explicarse.

El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de las palabras que se dicen imprudentemente.

Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.

Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a saltar.

El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y subió el tono de la voz.

—Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora no es una zorra; habrá otras más zorras que ella, y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga eso.

Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el suelo.

Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se levantó y le dijo:

—Bueno; siéntese usted.

—Estoy bien así—dijo el chulo.

—No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando desde hace mucho tiempo, de pie, y se va usted a cansar.

Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.

—Ahora, diga usted—siguió diciendo Andrés—qué es lo que usted quiere, en resumen.

—¿En resumen?

—Sí.

—Pues yo quiero una explicación.

—Una explicación, ¿de qué?

—De las palabras que ha dicho aquí (y volvió a señalar a Lulú) contra mi señora y contra este servidor.

—Vamos, hombre, no sea usted imbécil.

—Yo no soy imbécil.

—¿Qué quiere usted que diga esta señorita? ¿Que su mujer no es una zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo? Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.

—A mí ningún pollo neque me toma el pelo—dijo el Chafandín, levantándose.

—Yo lo que voy a hacer—dijo Andrés irritado—es darle un silletazo en la cabeza y echarle a puntapiés por las escaleras.

—¿Usted?

—Sí; yo.

Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire. Doña Leonarda y sus hijas empezaron a gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el Chafandín cerró la puerta y se escapó por la galería, soltando bravatas e insultos.

Andrés quería salir a calentarle las costillas para enseñarle a tratar a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que se quedara.

Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, dispuesta a intervenir. Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más fuerza que de ordinario.

VII HISTORIA DE LA VENANCIA

La escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó un día al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el día sin descansar un momento.

Tenía una vida curiosa. De joven había estado de doncella en varias casas, hasta que murió su última señora y dejó de servir.

La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el rico, sobre todo el aristócrata, pertenecía a una clase superior a la humana.

Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al egoísmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una cosa monstruosa; pero esto mismo en una señorona lo encontraba disculpable.

A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña, por la cual el que posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene más derecho a otras ventajas que el que no conoce más que la enfermedad, la debilidad, lo feo y lo sucio.

Aunque no se sabe la garantía científica que tenga, hay en el cielo católico, según la gente, un santo, San Pascual Bailón, que baila delante del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. Si uno tiene suerte, le da más, más, más; si tiene desgracias le da también más, más, más. Esta filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.

La señora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos. Andrés fué a oirla con gusto.

La primera ama donde sirvió la Venancia era una mujer caprichosa y loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los criados y le gustaba enemistar a sus amigos.

Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera detrás de una cortina al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para que hablase mal del que estaba escondido y le oyese.

La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Llegó en su maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardín y acusar a un criado de ladrón y hacer que lo llevaran a la cárcel.

Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la señora que se encontraba muy grave. El niño estaba en la agonía, y a eso de las diez de la noche murió. La Venancia fué llorando a avisar a su señora lo que ocurría, y se la encontró vestida para un baile. Le dió la triste noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La señora se fué al baile, y cuando volvió comenzó a llorar, haciéndose la desesperada.

—¡Qué loba!—dijo Lulú al oir la narración.

De esta casa la señora Venancia había pasado a otra de una duquesa muy guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible.

Aquella tenía los amantes a pares—dijo la Venancia—. Muchas veces iba a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y se iba con él.

—Un día—contó la planchadora—estaba la duquesa con su querido en la alcoba; yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de comunicación. De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes. Aquí está el marido—pensé. Salté de la cama y entré por la puerta excusada en la habitación de mi señora. El duque, a quien había abierto algún criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza; yo la atranqué con el palo de una cortina. El amante, azorado, no sabía qué hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le llevé por la puerta excusada, le dí las ropas de mi marido y le eché a la escalera. Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso, con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La señora, al oir mi voz, comprendió que la situación estaba salvada y abrió la puerta. El duque miró por todos los rincones, mientras ella le contemplaba tan tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó y me besó, y me dijo que se arrepentía de todo corazón, que en adelante iba a hacer una vida recatada; pero a los quince días ya tenía otro amante.

La Venancia conocía toda la vida íntima del mundo aristocrático de su época; los sarpullidos de los brazos y el furor erótico de Isabel II; la impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus ojos.

A Lulú le interesaban estas historias.

Andrés afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna de simpatía y de piedad; pero la señora Venancia, con su extraña filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, decía que todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacían grandes limosnas y remediaban muchas miserias.

Algunas veces Andrés trató de convencer a la planchadora de que el dinero de la gente rica procedía del trabajo y del sudor de pobres miserables que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos. Andrés afirmaba que tal estado de injusticia podía cambiar; pero esto para la señora Venancia era una fantasía.

—Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos—decía la vieja, convencida de que su argumento no tenía réplica.

VIII OTROS TIPOS DE LA CASA

Una de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés. Mientras trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba entre los vecinos.

La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre todo, la población de las guardillas era numerosa y pintoresca.

Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la pobretería madrileña. Una inquilina de las guardillas, que daba siempre que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja. La pobre mujer se emborrachaba y padecía un delirio alcohólico político, que consistía en vitorear a la República y en insultar a las autoridades, a los ministros y a los ricos.

Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, y la llevaban de cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volvía a las andadas.

La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran la señora Nieves, pues así se llamaba.

Otra vieja rara de la vecindad era la señora Benjamina, a quien daban el mote de Doña Pitusa. Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.

Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y a la de Montserrat; decía a todas horas que había tenido muchas desgracias de familia y pérdidas de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba su afición al aguardiente.

La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y sorprendía al transeunte con una narración trágica, expresada en tonos teatrales; decía que era viuda de un general; que acababa de morírsele un hijo de veinte años, el único sostén de su vida; que no tenía para amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.

El transeunte a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener muchos hijos de veinte años, cuanto con tanta frecuencia se le moría uno.

El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años; se llamaba el Chuleta, y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado, algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la barba y ojos de besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba las historias melodramáticas de su madre. El Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de sus ataúdes.

El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le guardaba un odio insaciable.

El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal intencionados y tan rencorosos como él.

Había también en las guardillas una casa de huéspedes de una gallega bizca, tan ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado; un enfermero del Hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto.

Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado y culto, que había caído en la miseria. Vivía de algunas caridades que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un estoico.

—Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un príncipe—decía el pobre.

Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos, entablaba conversación con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.

Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la calle; la llegada de un príncipe extranjero, el entierro de un político constituían para él grandes acontecimientos.

Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le decía:

—¿Ya se va usted, don Cleto?

—Sí; voy a dar una vueltecita.

—De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.

—Ja, ja, ja—reía él—. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué cosas dicen!

Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.

Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha, llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío Miserias.

El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo.

El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría. Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.

Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero, respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.

Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente pobre.

Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.

Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos del mostrador y se fué a una casa de trato de la calle de San José, y allí le prendieron.

Don Martín quedó indignado cuando vió que el Tribunal, aceptando una serie de circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a unos meses de cárcel.

—Es un escándalo—decía el usurero pensativo—. Aquí no se protege a las personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.

Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la vecindad, porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido capaz de comerse las burras por aprovecharlas.

Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.

A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse y de acrecentar su fortuna.

Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León.

La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:

—¡Señores, la Policía!

Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto.

A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas, la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy natural y lógico lo que hacía.

IX LA CRUELDAD UNIVERSAL

Tenía Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz.

Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos transcendentales.

Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.

Le asistía un criado, antiguo soldado de la época en que Iturrioz fué médico militar.

Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de tierra donde tenían sus plantas.

Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Iturrioz, su tío se estaba bañando y el criado le llevó a la azotea.

Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste, el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de una mañana de abril, las manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.

Poco después salía Iturrioz a la azotea.

—¿Qué, te pasa algo?—le dijo a su sobrino al verle.

—Nada; venía a charlar un rato con usted.

—Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis tiestos.

Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.

Andrés habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del hospital, como casos extraños, dignos de un comentario; de Manolo el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de doña Virginia...

—¿Qué consecuencias puede sacarse de todas estas vidas?—preguntó Andrés al final.

—Para mí la consecuencia es fácil—contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales.

—Si yo también he pensado en eso—repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?

—Te contestaré por partes—repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.

—Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay justicia?

—En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser muerta por el hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero cómo la vamos a realizar?

—Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?

—¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca?—siguió diciendo Iturrioz—. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que te repugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: Homo hominis lupus, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de un carnívoro como el chacal, un omnívoro como el perro; pero se necesitan muchos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había acostumbrado a una paloma a comer carne y a un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos; son águilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del hermano Juan...

—Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.

—Será un mochuelo o una garduña; pero de instintos perturbados.

—Sí, es muy posible—repuso Andrés—; pero creo que nos hemos desviado de la cuestión; no veo la consecuencia.

—La consecuencia, a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.

—De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que restringir su acción justiciera a un medio pequeño.

—Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera, tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá hasta la misma conciencia.

—Es lo que tiene de bueno la filosofía—dijo Andrés con amargura; le convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.

Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:

—Es la única objeción que me puedes hacer; pero no es mía la culpa.

—Ya lo sé.

—Ir a un sentido de justicia universal—prosiguió Iturrioz—es perderse; adaptando el principio de Fritz Müller de que la embriología de un animal reproduce su genealogía, o como dice Haeckel, que la ontogenia es una recapitulación de la filogenia, se puede decir que la psicología humana no es más que una síntesis de la psicología animal. Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera... Ese usurero que tú me has descrito, el tío Miserias, ¡qué de avatares no tiene en la zoología! Ahí están los acinétidos chupadores que absorben la substancia protoplasmática de otros infusorios; ahí están todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias en descomposición. Estas antipatías de gente maleante ¿no están admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo de pus azul con la bacteridia carbuncosa?

—Sí es posible—murmuró Andrés.

—Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!, ¡qué de Victorios!, ¡qué de Manolos los Chafandines, no hay! Ahí tienes el ichneumon, que mete sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el cloroformo; el sphex, que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de sus larvas para que las vayan devorando; ahí están las avispas, que hacen lo mismo, arrojando al spoliarium que sirve de despensa para sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les dan con el aguijón en los anglios motores; ahí está el estafilino que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta, le hiere y le absorbe los jugos; ahí está el meloe, que penetra subrepticiamente en los panales de las abejas, se introduce en el alvéolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se come a la larva; ahí está...

—Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería horrible.

—La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia es una ilusión humana; en el fondo todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar, son formas de creación y de destrucción al mismo tiempo.

—Y entonces, ¿qué hacer?—murmuró Andrés—. ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?

—¿Crees tú en la serenidad del salvaje?—preguntó Iturrioz—. ¡Qué ilusión! Eso también es una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido sereno.

—¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?—preguntó Andrés.

—El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque; bebería agua filtrada y respiraría aire esterilizado...

Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.

Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos.

Separados por una tapia alta había enfrente dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el otro de un convento de frailes.

El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.

—Vida es lo uno y vida es lo otro—dijo Iturrioz filosóficamente comenzando a regar sus plantas.

Andrés se fué a la calle.

—¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?—se preguntaba con angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el problema planteado en su cerebro.

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