LUDOVIC HALÉVY (continued 2)
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Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.
Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí dedujo que esos placeres no se hicieron para él.
Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado con las aldeanas de la comarca.
Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.
Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y todavía lo estaba.
En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña. La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.
Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir, de los pobres.
—No os apuréis tanto, señor cura—decía Paulina;—sed económico; creo que distribuyendo hoy unos cien francos...
—No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?
—¿Cuánto, señor cura?
—¡Mil francos!
—¡Mil francos!
Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, ¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.
Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a su paso.
Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.
—Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas, madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas esta noche.
Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta a aquellos que no pedían nada.
Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:
—Tomad, ahí tenéis veinte francos.
—¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi pensión.
¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!
—Pues bien—respondió el cura,—será para cigarros, pero escuchad bien: esto viene de América...
Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.
Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes anterior para Túnez.
—Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?
—Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.
—Le enviaréis treinta... Tomad...
—¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!
—Sí, os los doy...
—¿Para mi hijo?
—Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.
El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con la alegría en el corazón.
—¡Lo he dado todo!—exclamó, apenas divisó a Paulina,—¡todo, todo!
Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.
La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.
A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el segundo cuadro del segundo acto de Aida, el acto del baile y de la marcha.
Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los dos una impresión muy viva.
—¡Ah, ah!—dijo Puymartin,—ahí está el pequeño lingote de oro.
Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.
—Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro—continuó Martillet.—Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven y ya tan mujer.
—Sí, está preciosa, y alegre también, mira...
—¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la mina de plata que continúan explotando!
—Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al corriente de las cosas de América.
—¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!
—¡Cómo! ¿Romanelli?
—Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.
—Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... ¡Ah, al fin principia el baile!
Cesaron de hablar. El baile de Aida no dura más que cinco minutos y ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.
Las trompetas heroicas de Aida arrojaron su último sonido en honor de Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de la escena.
Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: ¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría! ¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina! ¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...» ¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...
A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia preparaba su lección.
Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes, 1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa, trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.
En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a miss Percival un marido, según su corazón.
IV
Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres, los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a visitar París, sino también a vivir en él.
Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores, sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes; ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son del todo.
Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.
El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos. El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente abierto. El francés dice:
—¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables, procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.
Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.
Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero. Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.
La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.
Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.
—Si yo no estoy aquí—decía,—y vengo sólo dos o tres meses del año a América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.
—¡Qué importa!—respondía Zuzie,—somos ricos, demasiado ricos... Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!
M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de 1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde hacía algunos años habitaba París:
«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente indiscreta, acepto.
»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de la estación, mi carruaje, mi cochero y mis caballos, y que ese día nos acompañaseis a comer en mi casa. Alquilad o comprad una casa, tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.
»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y además dos boys, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.
»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí se hace.
»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»
El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia demasiado violenta.
Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.
Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría fundarse ni funcionar una gran casa.
Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún burgués, o a extranjeros.
—Nunca habría dejado a la señora Baronesa—dijo a madama Norton,—si la casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.
Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas, no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera favorable, aceptó.
El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera necesario.
El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente irreprochable.
Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a madama Norton, que les dijo:
—Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí tenéis el menú de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.
Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de oro, que decía: Menu du dîner du 15 Avril 1880, y más abajo: Consommé à la parisienne, truîtes saumonées à la russe, etcétera.
El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott, molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos, miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al rostro esta simple palabra:
—¡Cáspita!
Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una de sus amigas:
—¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme, comprendí que todo había concluido.
La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por el contrario, todo empezaba.
Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París contaba dos parisienses más.
El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos generales.
Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor. Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada a París.
Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera creciendo de cuadro en cuadro:
1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos maravillosos grooms traídos de América;
2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;
3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama Norton.
Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar deliciosa a una mujer evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca deliciosa.
La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam; todo París repitió su: ¡Cáspita! bien entendido, con las variantes y modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.
Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta parisienses.
Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra, era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco en sociedad. Era un galantuomo que se sentía vagamente molestado por haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a su cuñada:
—Sois más ricas que el año pasado...
No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito. Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.
Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.
Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable, alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco más que ella a él, quizá.
En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días, cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!
Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es verdad, pero que, sin embargo, era un trono.
Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores y se inclinara ante sus legítimos señores.
Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible, reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.
Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora fundada en Francia sobre bases indestructibles.
Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella... Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.
Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.
Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta para todos era la misma:
—¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!
Algunos días después de la representación de Aida, las dos hermanas habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.
Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:
—Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.
—¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar! Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese extremo todavía!
—No, todavía no.
—¡Esperemos, entonces, esperemos!
—¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño que ninguno de ellos...
—¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes? ¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado, rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez, una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?
—No lo creo...
—Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No, nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es preferir a todos y a todo, cierta persona?
—Sí, eso es.
—¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?
—¡Oh, oh, es un gran amor ese!
—¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!
—¿Y es ese el amor que no llega?
—Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?
—No, no lo sé... pero lo imagino...
—Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más. ¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo conseguiré.
—¡Oh, sí!...
—¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente con eso el señor que espero y no llega.
—No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.
Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.
—Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.
—¿Cuáles son?
—Adivinad...
—El Príncipe Romanelli...
—¡Y va uno! ¿El otro?...
—M. de Montessan...
—¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada más que aceptables, y eso no basta.
Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse, interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo, pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.
Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón con su hermana, exclamó:
—¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el 25, ¿no es así?
—Sí, el 25.
—Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes ¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio, el misterio impenetrable.
La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó, acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:
—¡Adiós, mis pretendientes, adiós!
Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa nerviosa.
—¡Ah, Zuzie, Zuzie!
—¿Qué hay?
—Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...
—¡Sois tan poco razonable!
—Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en completa libertad.
—¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos dos personas a comer con nosotras.
—¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre todo, al joven oficial...
—¡Cómo! ¿sobre todo?
—Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de decirle lo que pienso, y la encontraré!
Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.
—¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?
—Sí; ayer antes de comer...
—¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?
—Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.
—¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!
Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas preguntándose con avidez:
—¿Qué es eso; qué es eso?
Algunas personas pensaban:
—Un circo ambulante, quizá...
Pero de todos lados exclamaban:
—¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada lado de la cabeza.
La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las castellanas de Longueval.
Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.
Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro, suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo, hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.
Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados, tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban encabritarse.
—Cuidado, señorita—dijo Edwards;—los poneys están muy briosos hoy.
—Ya los conozco—respondió Bettina;—no temáis.
Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura. Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación, en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.
El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny. Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente, pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y llevaban un trote infernal.
—¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.
—No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.
—¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos, cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí... ¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...
En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.
Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para tener el gusto de ver pasar a las americanas.
—Os engañáis—dijo Zuzie a Bettina,—ahí viene alguien.
—Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.
—No tiene nada de paisano, mirad.
Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría al parisiense.
Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un relámpago. Bettina exclamó:
—¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?
—Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.
—¿Lo conocéis?
—Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.
—¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar otra vez.
V
Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.
Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna. Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido; paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes! una veintena de caballos, ¡y qué caballos!
El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de antes.
Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que conducía al castillo:
—Mira, Juan—dijo el cura,—¡qué cambio! Toda esta parte del parque estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí? Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?
—Sí, padrino, os lo prometo.
Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival; pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?
Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban trajes de una simplicidad demasiado antigua.
Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.
Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era el colmo del arte.
Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:
—Cuán amables sois—dijo,—señor cura, en haber venido, y vos también, señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis únicos amigos en este país.
Juan respiró. Era la misma mujer.
—¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella, venid.
Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados cabellos.
Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con admiración el uniforme de Juan, preguntó:
—¿Y al militar debemos besarle también, mamá?
—Si queréis—respondió ella,—y si él consiente.
Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de Juan y lo abrumaban a preguntas.
—¿Sois oficial?
—Sí, soy oficial.
—¿De qué?
—De artillería.
—¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!
¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?
Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan, mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla. Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.
Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por sus dos hijos.
—¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...
—Dejadlos, señora, os lo ruego.
—¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.
Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable, risueña, franca.
—Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible indiscreción del otro día?
Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:
—¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos... ¿señor?...
—Juan Reynaud.
—Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.
Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo, y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.
La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también, tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.
—¿Todos los días montáis a caballo?—preguntó Bettina.
—Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el servicio y en la tarde por paseo.
—¿Muy temprano por la mañana?
—A las cinco y media.
—¿A las cinco y media todas las mañanas?
—Sí, excepto el domingo.
—¿Entonces os levantáis?...
—A las cuatro y media.
—¿Y es de día?
—¡Oh! en este tiempo sí.
—Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?
—Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con sus deberes bien claros y bien definidos!
—Sin embargo—observó madama Scott,—¡no ser dueño de sí, tener siempre que obedecer!...
—Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.
—¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!
—Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más distinguido de su regimiento, y que...
—¡Padrino, por Dios!
El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:
—Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir, lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos los han dado admirables!
—Tendría curiosidad de saber...—dijo Juan.
—Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais obligado a ruborizaros.
Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:
—Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois un santo...
—¡Oh! eso sí que es bien cierto—exclamó Juan.
Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa, pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas gentes irían al infierno.
El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.
Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.
—¿Fumáis?—preguntó a Juan.
—Sí, señorita.
—Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero no, escuchad primero.
Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:
—Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.
—Sí, señor—continuó madama Scott,—y por esto hemos tenido tanto gusto en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana espera desde hace rato.
Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy vivo que puede traducirse por estas palabras:
—Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.
—Ahora sentémonos aquí—dijo madama Scott,—ante esta preciosa noche... tomad vuestro café... fumad.
—Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo, después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.
Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y las conservaría por algún tiempo.
Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su marcha regular.
Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:
—El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.
El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia; pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.
Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba aquellos pies y se preguntaba:
—¿Cuáles son los más pequeños?
Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo a media voz:
—¡Señor Juan, señor Juan!
—¿Señorita?
—Mirad al señor cura, se ha dormido.
—¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.
—¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?—preguntó madama Scott, en voz baja también.
—Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.
—Y ha hecho muy bien—dijo Bettina.—No hagamos ruido, no le despertemos.
—Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.
—¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.
—Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente para que no comprenda que lo habéis visto dormir.
—Dejadme hacer—dijo Bettina.—Zuzie, cantemos algo, juntas, a media voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.
—Bueno; pero ¿qué cantamos?
—Cantemos: Something childish... La letra es de circunstancia.
Las dos hermanas comenzaron a cantar:
If I had but two little wings And were a little feathery bird, etc.
Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con este pequeño concierto, Juan se decía:
—¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!
Las voces seguían más claras y más altas:
But in my sleep to you I fly: I am always with you in my sleep! etc.
Y el abate continuaba inmóvil.
—¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.
—¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!
Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:
Sleep stays not, though a monarch bids; So I love to wake ere break of day; etc.
El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud, respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía. Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...
Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando Bettina dijo a Juan, de repente:
—¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.
—Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo vuelvan a presentar.
—¡Pues bien! traedlo uno de estos días—dijo madama Scott.
—Después del 15—exclamó Bettina.—¡Antes no, antes no! Nadie hasta entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente amable con vos al hablar así.
—Y lo sois, señorita.
—Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien. Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.
Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del castillo.
—Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he merecido...
—Reñiros, ¿por qué?
—Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a ese joven.
—No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor impresión, y me inspira una confianza absoluta.
—Y a mí también.
—Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a conquistar su amistad.
—De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí, muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero, en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches, Zuzie, hasta mañana.
Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.
Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.
—Me parece—se decía,—que voy a tomar cariño a esta aldea.
VI
Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:
—Cuenta—le dijo,—pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!
—¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?
—A la última.
—¿Cuándo te llevo a Longueval?
—Sí.
—Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.
—¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?
—¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo volveré muy humildemente a mi obscuridad.
—Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!
—¿Cómo una ventaja?
—Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza, tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina... ¿no es así?
—Sí, Bettina.
—¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito? Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba; he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla, engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo. Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento, llévame hoy a casa de madama Scott.
—No puedo, te lo aseguro.
—¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá, he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones: para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche, mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott o miss Percival.
—¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...
—Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.
—No lo creo—respondió Juan, riendo.
—Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus asuntos.
Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera caber el amor de un pobre diablo como él.
La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.
Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes excursiones con Juan, a caballo.
Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación, idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.
No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia americana. Ese día llegó muy pronto.
El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al castillo, Bettina lo recibió muy triste.
—¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos. Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?
—Seguramente—respondió Juan.
—Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.
—Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de vuestra hermana.
—Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer, en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...
—¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...
—¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?
—Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.
—¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!
—Ni orgulloso ni humillado.
—Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis nacido?
—Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.
—¿Por qué?
—Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la casita de mi padre.
—¿Siempre solo?
—¿Por qué solo? Espero que no.
—¿Tendréis intención de casaros?
—Seguramente sí.
—¿Y buscáis con quién casaros?
—No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién casarse.
—Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más lejos, a vos os han buscado para casaros.
—¿Cómo sabéis?
—¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama un buen partido, y lo repito han querido casaros.
—¿Quién os lo ha dicho?
—El señor cura.
—Mi padrino ha hecho mal—dijo Juan, con cierta vivacidad.
—No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto, le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos y algunos céntimos al mes. ¿No es así?
—Sí—dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.
—Tenéis ocho mil francos de renta.
—Más o menos, no completos.
—Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.
—¿Pedido mi mano?... ¡No, no!
—¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa! Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme ¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!
—Se trataba de dos preciosas jóvenes...
—Convenido, eso se dice siempre.
—Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.
—¿Y entonces?
—Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento de emoción, inquietud, turbación.
—En fin—dijo resueltamente Bettina,—ni la menor sombra de amor...
—No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero; pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi opinión.
—Y también la mía.
Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos, no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.
Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando grandes gritos de alegría.
—¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros poneys!
—¡Ah!—dijo Bettina, con voz algo incierta.—Eduardo acaba de llegar de París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a verlos, ¿queréis?
Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en las caballerizas del rey de Liliput.
VII
Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.
Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es Bettina y él la adora!
¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul. Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina la levantó maquinalmente.
¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.
Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo! Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo. Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso. No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.
Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.
Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile, charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo. Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de Longueval.
Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo, cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:
—¡El trigésimo quinto!
Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.
El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba. ¡Hallaba a París en Longueval!
Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno, el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre Juan?
Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato, ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su elocuencia.
Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al otro extremo del salón, diciéndole:
—Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss Percival.
—¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa; sois los mejores amigos del mundo.
—Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.
—¿De los confidentes?
—Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa! Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después? comandante. ¿Y después? coronel et cætera... et cætera...» ¡Ah, Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...
Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso de brusca irritación.
—¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...
—Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea tan absurda?
—¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia cuenta, esta idea absurda.
—¡Ah! tú...
—¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales más que yo...
—¡Pablo, por favor!...
El disgusto de Juan era evidente.
—No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott, pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.
Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina, tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un abrigo, un asilo.
El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor, Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y enternecimiento.
Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!
En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad: ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen; ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.
Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día, estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino también de ser amado.
Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo... La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos amarnos, y si podemos, amémonos!»
El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin embargo, ella tomaba para sí.
Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban. Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo, ¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...
Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.
Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su amistad.
Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en el camino, pensó volver sobre sus pasos.
—Si tuviera valor—se decía,—no la volvería a ver. Partiré mañana y no volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada, bien tomada.
Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.
Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:
—¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!
—He estado muy ocupado.
—¿Y partís mañana?
—Sí, mañana.
—¿Temprano?
—A las cinco de la mañana.
—¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?
—Sí, por ese camino pasaremos.
—¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un esfuerzo, y dijo:
—Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.
—¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a sentaros un momento aquí conmigo.
El se vio obligado a sentarse a su lado.
—Nosotras también partiremos.
—¿Vosotras?
—Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el Labrador... Y nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana, llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?
—Veinte días.
—¿Veinte días... en un campamento?
—Sí, señorita, en el campamento Cercottes.
—En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días, una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole cómo estáis y que no nos olvidáis?
—¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!
Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.
—Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha visto... y debe estar asombrada...
Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.
—¿Queréis hacerme el honor, señorita?
—¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.
—En fin, ¿si no es con él... será conmigo?
—Convenido.
Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama Scott.
—Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí, ¿no es verdad, queréis?
¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.
—Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.
Madama Norton comenzaba el preludio del vals.
—¡Y bien!—dijo Pablo, llegando alegremente,—¿es con él o conmigo, señorita?
—Con vos—respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.
Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él... pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.
Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo. Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.
—No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir—se dijo.—Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.
Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se habría quedado.
Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:
—Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?
Pablo le ofreció el brazo.
—No, gracias—dijo ella.
La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le pasaba.
Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.
—¡Señor Juan! ¡señor Juan!
Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.
—¿Os vais... sin decirme adiós?
—Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.
—Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.
Y extendió la mano hacia fuera.
—¡Mirad! ya llueve.
—¡Oh! apenas.
—Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré llevar en carruaje.
Y volviéndose a uno de los criados:
—Decid que pongan el cupé, en seguida.
—No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo necesidad de caminar... dejadme partir.
—¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para cubrios.
—No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para obligaros a entrar.
Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas del pórtico.
«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»
¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro abierto.
Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía esta frase en los labios:
«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»
Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad... Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta. Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir su corazón.
—Bien sabía que él me amaba—se dijo;—pero ahora estoy segura de que yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...
De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola, completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:
—Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi cuarto.
Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso cansancio.
La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.
—¿Estáis enferma, Bettina?
—¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir! Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.
Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.
—Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?
—Nada, nada... son los nervios... es la alegría.
—¿La alegría?
—Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto bien!... no tengáis cuidado... no es nada.
Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.
—Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.
—¡Juan! ¿lo llamáis Juan?
—Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte, que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?
—Sí, en efecto.
—Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí, pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté, perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre, si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!
—¿A vos?
—Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba, me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien! ¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es verdad?
—Seguramente, no.
—¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte; ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los demás, porque...
—Cuidado, querida, si os engañarais...
—¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir, me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta: si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento, diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le habría respondido?
—Que vos también le amabais.
—Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!
—Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M. Reynaud tenga mucho afecto por vos...
—¡Oh! más que eso, mucho más.
—Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el marido que os conviene?
—Sí, si lo amo.
—Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, Marquesa o Princesa...
—Sí, pero no he querido.
—¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?
—Absolutamente, si lo amo...
—¡Ah! insistís...
—Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta, y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme, consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y reflexiva... ¿No es así?
—Sí, lo reconozco.
—Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo: «¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?
—Sí, os lo permitiré.
Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:
—¡Gracias, mamá!
—¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso. Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?... ¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá, como antes?
—Sí, quiero.
—¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?
—Buena, como una santa.
—¿Y haréis todo lo posible por dormiros?
—Todo lo que pueda...
—¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?
—Con juicio y sin pensar en nada.
—¡Sea enhorabuena!
Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:
—Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.
Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él, nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz somnolienta le dijo:
—¿Sabéis?... lo amo.
—Chit... ¡Dormid, dormid!
—Duermo, duermo.
Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre, pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.
—¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!
Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.
Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana, viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.
Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y especialmente sobre el servicio de artillería.
¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan recibirá este diluvio.
¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio, toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.
Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan. El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...
Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él, viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa? Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.
¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El regimiento sale a las cinco.
Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso, si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo; deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja la escalera.
¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante; apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro. Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese instante!