← Table of contents
Dulce y sabrosa

Jacinto Octavio Picón (continued 4)

Reading edition

El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era que no conocía gran número de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes trataba constituían la flor y nata del gremio; el estado mayor de los ejércitos del diablo. Unas, nacidas en baja condición, fueron encumbradas en virtud de su belleza; otras habían trocado la miseria vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupción. A todas sirvió de escabel la imbecilidad de los hombres.

¿Cuál sería la que él utilizase de modus vivendi y como remedio pasajero a la soledad que le atormentaba? ¿A cuál de ellas se dirigiría?

¿A la encantadora Elvira? Cierto que tenía el cuerpo escultural, vivificado por venas azuladas que parecían serpear entre tibia carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el pelo tan negro como las bayas de la yedra, había dado en la estúpida manía de teñírselo de rubio lino. Además, era muy bestia, no podía sostener una conversación, y con ella el dúo del amor casi se convertía en triste soliloquio.

¿Enriqueta? Lánguida, esbelta, pálida y ojerosa, parecía sentimental y romántica; pero al comer devoraba, bebía como un tudesco y amaba con estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor.

¿Flora? La cara valía poco: chatilla y morenucha; lo demás, admirable, el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de ánfora, las piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes prescindido de su venganza. Pero luego, no había que contar con ella: en la situación culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible, entreteniéndose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared o contando las estrías de las columnillas de la cama. Hacía concebir grandes esperanzas y acababa prestándose al amor como a una servidumbre. Durante el prólogo, sus sonrisas eran un estímulo; después, una mueca de doloroso hastío.

¿Araceli? ¡Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con reflejos de ámbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejándolo caer suelto hebra a hebra en torno del cuerpo, envolviéndose en un manto de oro luminoso, parecía la diosa del pudor. ¿Por qué estaría siempre triste? Bajo los rasgos de lápiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba perpetua humedad de lágrimas. ¿Qué habría en su alma? ¿Laxitud de pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada?

¿Marcela? Guapísima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la codicia en persona. No hablaba más que de previsión, ahorros y peluconas. Oyéndola sin mirarla, podía uno imaginar que escuchaba consejos de pariente tacaño. Un día, entre gatadas y bromas, le quitó a un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las llamadas invisibles, con su alambre finísimo improvisó un par de pendientes, y se quedó con ellos.

¿Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasión; una noche de caricias suyas rendía más que tres días de caza.

¿Alberta? El tipo de la gran señora frustrada; no era cortesana por miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba inglés y francés; leía a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas ostentaba este lema: Una para todos y todos para una. Sus manos eran de reina, sus pies de niña, los ojos como violetas claras mojadas de rocío..., pero tenía en su casa para abrir la puerta una hermana de dieciocho años, tísica, que daba compasión. ¡La antesala del placer parecía custodiada por el ángel de la muerte!

¿Leonor?... No la recordaba bien... ¡Ah, sí! La insaciable; hembra peligrosísima. A semejanza de Diógenes, siempre andaba buscando un hombre.

¿Blanca? La hermosura sin alma, la coquetería sin delicadeza. Poseía la ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse.

Margarita..., Paz..., Asunción...; profesionales vulgares que no sabían más que entregarse como insensible mercancía a tantos o cuantos duros vista. ¡No! Ninguna le servía. Pobres imbéciles condenadas a vender lo inapreciable. ¡Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la poesía de la realidad! ¡Ah, Cristeta! Tú, amante toda verdad, sinceridad y entusiasmo, ¿dónde estabas? ¡Tú, la única que en cada beso daba un poco del alma! ¡Sólo poner tu nombre junto con los de aquellas desgraciadas, era ofenderte!

Don Juan no estableció comparación ni paralelo entre ella y las sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba, le parecían superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo de Cristeta. ¿Por qué la dejaría? Y ella, ¿cómo se había entregado a otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo pedía venganza.

Don Juan iba excitándose por grados. ¿Qué sería aquello? ¿Vanidad herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho? Cristeta le ocupaba el ánimo, le absorbía la voluntad y le llenaba el pensamiento. En ninguna encontró aquella rara mezcla de amor ardiente y de cariño impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel sensualismo exento de vicio. ¡Los labios de fuego, las miradas castas! ¡Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdió!

«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya dado gana. La demostración de lo que vale—se decía él—está en la conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.»

¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si les vieran pensar!

* * *

A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita.

En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos; todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá? ¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas.

Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse hecho una sopa.

Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia, paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo chulescamente:

—Oiga usted, señorito, ¿me tié usted que contar muchas cosas ú es que vamos a hacer de patos?

—Nos meteremos en un portal.

—¿Y si pasa alguno que me conozga y lo cuenta?

—Tienes razón; vámonos a un café, sígueme.

Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo:

—¿Qué va a ser?

—¿Qué quieres tomar?—preguntó don Juan a la muchacha.

—Café con media de abajo.

—Pues yo... chica de cerveza.

—Hasta en botella le gustan a usted.

—Si son como tú, ya lo creo.

—No me peino pa señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y cae agua.

El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores, banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto. Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir:

Él.—Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.

Ella.—Tres pares de cuernos..., so gandul.

Él.—Te voy a cortar la cara.

Ella.—¿La traes afilá?

Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y, después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos.

Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y, guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo:

—Ya he dicho que vivo lejos.

—¿Dónde?

—Es que si paece usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la culpa, me planta en la calle.

—¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela?

—No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es Martínez.

—¡Imposible!

—Pos si lo sabe usted, ¿pa qué he hecho yo esta caminata? El señor se llama Martínez, conque sacusté la consecuencia.

—De modo que está casada, ¿desde cuándo?

—Ende que le dijeron los latines, si se los han dicho.

—¿No estás segura?

—Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en Felipinas ú en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América. Escribe toos los correos y manda el conquibus, y la señora no para de hablar del amo, y es buena, aunque tié el genio mu soberbio, y no se visita con nadie.

—¿Hacía cuándo crees tú que se casaron?

—El niño tié veintiséis meses, conque...

—Y él en la Habana, ¿qué hace?

—¿Qué ha de hacer? Empleao. En la primavera viene.

Al decir primavera, Julia sonrió sin que don Juan lo notase, porque se había quedado muy pensativo. De pronto, exclamó:

—Bueno, mujer. Pues... yo te pagaré bien, ¿entiendes?; pero desde hoy a quien sirves es a mí.

—Eso no pué ser.

—¿Por qué?

—Porque me va usted a pedir cosas que... me tendré que ir de la casa y no me trae cuenta, porque el señor, cuando venga, va a emplear a mi papá en consumos.

—Yo emplearé a tu papá y a toda tu familia.

—¡Qué fuerte se conoce que le ha entrao a usted! Por supuesto que no me extraña, porque a mi señorita toos los hombres se la comen con los ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas.

—Debe de ser muy buena.

—Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me paece a mí que es perder el tiempo. En fin, yo haré lo que usted me mande, con una sola condición: que no parezga usted por donde vivimos, a lo menos hasta que...

—¿Hasta que nos arreglemos?

—Cabalito.

—Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa? Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive?

—Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho miedo a que me despidan.

Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó:

—El cuarto es manífico, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un jardín antiguo. Los muebles buenos; pa la compra dan cuatro ú cinco duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas.

Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo:

—Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene. Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti.

Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se reflejó en la respuesta:

—¿Y cuándo nos golvemos a ver?—dijo embolsando carta y dinero.

—Si contestara...

—¡Están verdes!

—Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro día haces una escapada.

—Muy tempranito ha de ser.

La perspectiva de un madrugón disgustó a don Juan; pero repuso bravamente:

—¡No importa!

—¿Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado mañana a las siete y media.

—De siete y media a ocho.

—Corriente.

—Adiós.

Julia salió del café arrebujándose en el mantón; don Juan pagó en un abrir y cerrar de ojos, se echó a la calle, miró en todas direcciones deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la hubiese tragado la tierra. Se acercó a una esquina cercana, luego a otra un poco más distante, se paró, tornó a mirar hacia los lados, de frente; todo fue inútil.

La grandísima pícara estaba escondida en una tienda de ultramarinos inmediata al café: desde allí observó los movimientos de don Juan hasta que le vio marcharse despacio, tan mohíno y preocupado, que, a pesar de la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan caída sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote.

Luego que le perdió de vista salió ella de su escondrijo. La risa le retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida, volvía la cara. Precaución inútil. Don Juan marchaba en dirección contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera dirigía una mirada a las mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogían las faldas, enseñando algo de lo que a él tanto le gustaba.

Capítulo XVI

Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la engañada y crédulo al engañador

La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta, decía lo siguiente:

«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo inútil firmar.»

Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme loca. No, pues todavía no.»

Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a monologuear como todo el que espera:

«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta, suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.» Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico, esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras, albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo, alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada, linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas. ¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas... El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas, apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid, que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla? ¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...»

A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:

—¿Qué hay, buena pieza?

—Pos verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita que, estando yo en el portal, yegó un cabayero a dejar una carta, y que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.

—¿Y qué cara puso?

—Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró conmigo, y me dijo que la carta me la habían dao a mí diretamente, y que si tomaba otra, me plantaba en la calle.

—Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?

—Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me pareció que yoraba, lo cual que no me lo explico.

—Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste la carta?

—Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien plantao, mu fino... en fin, usted.

—Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra carta.

—Mire usted que me despiden.

—Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla, ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás. Toma, para ti.—La propina fue respetable.

—Me paece a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si usted se come el queso y yo pierdo el pan.

—Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable que me digas dónde vivís.

—Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la señorita está por usté; antes no porque me quedo en mitá de la calle: luego ustés harán lo que quieran; pero le azvierto a usted una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la conozgo bastante... y ya sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene mucho miedo a la vecindaz, que está llena de amigas y conocías suyas por toos laos; en casa no entra dengún señor... y, en fin, que en cuanto se asome usted por allí, ha perdío usted el pleito. Como veo que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he servío en muchas casas.

—Habla mujer.

—Pues que de yevar el gato al agua tié que ser en otro barrio; pero mu lejos. Con el caráter y las cercunstancias de mi señorita, tié usted que ir a robar lejos, como los gitanos.

—Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís; yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.

Julia fingió vacilar, y por fin repuso:

—Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa que tié jardín con tapias mu altas que dan a otra calleja estrechisma. Pero ya le diré yo a usted cuándo tié que dir por allí, no vaya usted a ensuciarlo too por pricipitación.

—Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?

—Sí: agur, que se va a levantar el ama.

—Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?

—¿También le gustan a usted las sirvientas? Pa mucha gente quiere usted servir a la vez.

La segunda carta fue redactada en estos términos:

«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso saludo de

J.»

Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y presenciar alcahueterías!

La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.

—¿Qué hay?

—Rigular.

—Explícate.

—Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba leyendo mu seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.» Después me se quedó mirando clavá, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has empeñao en irte a servir a otro lao?»

Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió.

—Pero lo que yo me digo: cuando no me ha despedío ya..., es güena señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., pa ver picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos vamos con un hortera o un soldao; pero lo que es las señoras, en viendo cabayeros... como si no fueran tales señoras.

—Tienes razón.

—Por supuesto que también los hombres son negaos: no lo tome usted a mala parte; pero ¿se le figura a usted que el marío de mi ama no está dejao de la mano de Dios pa dirse a la Habana ú donde sea, mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa? Lo que yo digo: si él está en el otro mundo, ella como si estuviera viuda, y las viudas son del diablo.

—¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron?

—Verá usted: me ha dicho la cocinera, que es la más antigua, que el señor es bastante mayor, no viejo, ¿eh?; pero la yeva veinte años, lo menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va pa tres años, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entró muy fuerte... como a usted ahora.

—Sigue.

—Luego, hace tres meses, el señor, que estaba empleao aquí, se ha ido a la Habana; dicen que es pa tener no sé qué categoría o señorío, y golverse y cobrar más; después, si se muere habiendo estao allí, porque él ha estao antes también, pues, si se lo lleva Pateta, le deja mu buena orfandad a la señora.

—Viudedad, mujer, viudedad.

—¡Ah! me se olvidaba lo mejor. A la cocinera le han dicho que la señorita había sido de las que trabajan en el treato.

—Eso debe de ser una paparrucha. No tiene trazas de cómica. Lo que has de averiguar es si tiene unos parientes estanqueros, y si habla de que vuelva pronto tu señor.

—De parientes nunca habla, como si fuera inclusera. El señor tié que estar allá un año... le faltan nueve meses. Ingénieselas usted ahora mientras él está allá..., en golviendo..., pues, entonces... ya ¡maldita la falta que le hace usted a ella!

—Bien, hija, bien. Eres jovencita; pero piensas claro.

—Lo que la enseñan a una. En fin, yo me tengo que largar. ¿Manda usted algo? ¡Ah, me se olvidaba una cosa que l'importa a usted mucho! Según la cocinera, el amo es muy bruto... ¡conque, ojo al Cristo!

—¿Cómo?

—Que es hombre que gasta malas pulgas, y si se entera de que usted u otro cualisisquiera anda buscándole las vueltas pa torearle, pues, a la señorita y a usted, ú al que sea, lo hace polvo. El tal señor de Martínez es atroz de grosero y de mal hablao.

—Me tiene sin cuidado. Lo principal es que yo me haga simpático a la señorita..., luego..., si viene ya nos las compondremos como podamos. Vamos a lo que importa. Mira..., mañana..., no, mejor ahora mismo, espera. Vengo prevenido para ver si me ahorro otro madrugón.

Sacó de la petaca una tarjeta, un sobre pequeño y un lápiz; miró en torno, y convencido de que la gente que pasaba no era tal que pudiese conocerle, hizo ademán de escribir sosteniendo la tarjeta en la mano izquierda.

—Poco cabe ahí—dijo Julia mirando el pedazo de cartulina—. ¿Sabusté lo que le digo? Póngala usted a la señorita que si no contesta se plantifica usted en su casa pa hablar con ella, y apuesto las orejas a que, por miedo, contesta. En fin, así sabrá usted si da lumbre, porque hasta hoy está usted como alma en pena.

«¡Oh malicia, oh ingenio, hasta en los más humildes resplandeces!»—pensó don Juan y añadió en voz alta:

—Hablas como un libro.

En seguida escribió estas líneas:

«Cristeta: Esto y resuelto a que nos veamos. Si no me contestas, si no accedes a ello, pasado mañana, sin falta, me presentaré en tu casa. Date por avisada. Perdóname; pero ni puedo ni quiero estar más tiempo sin hablarte.

Tuyo, Juan.»

Metió en el sobre la tarjeta, se la dio a Julia, despidiéronse, y ya estaban a punto de separarse, cuando él, por precaución para lo sucesivo, dijo:

—Oye, por si yo te necesito o tú tienes algo nuevo que decirme, cada dos días por la mañana, a la misma hora de hoy, aquí nos veremos. ¿Vendrás?

—Bueno, vendré; pero usted las lía de tanto madrugar.

Y cada uno se fue por su camino.

Poco después, don Juan, resuelto a seguir el consejo de Julia, quiso, para orientarse, conocer el terreno que acaso habría de pisar, y tomando un coche de punto, encargó al simón que pasase despacito por la calle de Don Pedro.

Se quedó asombrado. La casa de que Julia le hablara era la de los duques de Barbacana, una de las más antiguas y señoriales de Madrid, un edificio de mediados del siglo XVIII, caserón destartalado, con honores de palacio, formando esquina con una calleja inmediata y rodeado de altas tapias, tras las cuales se alzaban unas cuantas acacias. «No cabe duda—se dijo—, la casa de los de Barbacana. Pues les costará carísimo. ¿Con quién se habrá casado esa mujer? ¿Qué señor Martínez será ese? ¿A que está nadando en la opulencia y resulta inútil cuanto yo intente?»

Al tornar hacia el centro de Madrid, llevaba la cabeza llena de dudas, conjeturas y suposiciones. La vista de aquella fachada con grandes huecos, el portal enarenado y lleno de tiestos, el arranque de la escalera alfombrada, el farolón monumental y, sobre todo, la grave figura del portero augustamente envuelto en un levitón con cada botón como un platillo, y con gorra de cinta blasonada, aquel conjunto de señorío rancio y fortuna segura, le dejó estupefacto. «¡Qué barbaridad! Pues aunque los duques vivan en el principal y alquilen el segundo y sea interior, lo menos... ¡qué sé yo cuánto! ¿Se habrá casado con el administrador y les darán casa? No, porque no estaría él en América.»

Don Juan empezó a creer que la situación se complicaba. Cristeta debía de estar rica, y no necesitaría para nada de su antiguo amante; además, era mujer capaz de entregarse, pero incapaz de venderse; por último, también pudiera suceder que estuviese enamorada de su marido. Al ocurrírsele esta idea frunció el entrecejo, y pasándose la mano por la frente, pensó: «¿Enamorada del otro? ¡Imposible! Pero... ¿y a mí qué? Mejor. Lo esencial es que se ha puesto hermosísima, mucho más guapa que antes. En fin, tengo ese capricho y me da la gana. Ha engordado..., antes tenía el pecho como de ninfa jovencilla, hoy debe de tenerlo como la diosa de la abundancia. ¡Me da una ira pensar que el burro de Martínez!... No es que yo me arrepienta; pero la verdad es que anduve algo precipitado en dejarla.»

Evocando recuerdos se le vinieron a la imaginación muchas cosas. Ninguna mujer poseyó que fuese tan cariñosa. ¡Qué modo de echarle al cuello los brazos! ¡Pues y aquella lánguida monería con que se le ceñía al cuerpo, posando la gentil cabeza sobre su hombro! Sin saber cómo, se le caían las horquillas, y el pelo suelto, rizoso y perfumado le rozaba la frente. Lo particular era que la sensualidad, la parte grosera del amor, permanecía en ella velada por un pudor admirable. Jamás habló de resistencia, ni de perdición, ni echó en cara lo que daba, ni tuvo miedo, ni alardeó de doncellez. Se dejó poseer con prodigiosa naturalidad, como quien tiene sed y bebe agua, pareciéndole que la entrega de su cuerpo era lógica, fatal e ineludible consecuencia de haber sometido el alma. ¡Qué momentos tan dulces! La verdad es que todo el mundo se ríe de estas cosas cuando las ve escritas; pero cuando las trae uno mismo a la propia memoria, parece que saltan chispas de los nervios y que ruedan lagrimones por las mejillas. Lo inolvidable para don Juan era el modo que Cristeta tenía de besarle. A la llegada, un beso repentino, brusco y rápido; el desahogo de la impaciencia. Luego, según el momento y la situación de ánimo, variedad infinita; todo un curso espontáneo de filosofía sentimental. Si le veía triste, besos de cariño dulces y desinteresados, como caricias aniñadas. Si estaba contento, besos juguetones y mimosos, algo lentos. Cuando quería marcharse, besos prietos y tercos, en que la húmeda tersura de los labios palpitaba con deliciosa laxitud, queriendo sorberle el alma. Nada de grosería ni lujuria. Estos besos eran el maravilloso límite que separa lo físico de lo inmaterial. Las bocas se unían como si tuvieran vida propia, e independiente del resto del cuerpo. La confusión de los alientos era símbolo del maridaje de las almas. ¿Quién ha dicho que esto es pecaminoso? Si Dios ha desparramado en los labios, con infinito arte, las papilas nerviosas que perciben y sutilizan la sensibilidad, y no sirven para besar, entonces, ¿para qué sirven? El principal encanto de las caricias de Cristeta consistía en que no permitían precisar dónde acababa el amor puro y dónde empezaba la sensualidad. Tenía los enlaces perezosos y movimientos lánguidos con que ciertos animales mitológicos, mitad mujeres, mitad serpientes, se ciñen a los troncos de árbol; pero al mismo tiempo sus miradas permanecían limpias y exentas de lascivia. El cuerpo era blanco, no con la blancura mate, yesosa y seca de la gardenia, ni con el tono marfilesco sucio de la magnolia, sino ligeramente carminoso como el de una rosa blanca que tuviera pudor y se ruborizase. En punto a modales no era una duquesa de tiempo de Luis XV, mas poseía en grado superlativo esa aptitud femenina, merced a la cual la muchacha que por primera vez se enrosca al cuello un collar de perlas, parece que las ha llevado toda la vida. «Bueno—todo esto lo pensaba don Juan—; pues dé usted a una mujer así trapos, galas, joyas, ropas interiores finísimas, casa lujosa, criados, perfumes, blondas, muebles cómodos, lámparas que adormezcan la luz... y ¡a morir los caballeros! A pesar de todo lo cual, Cristeta ha venido a parar en esposa de un señor Martínez. ¿Quién será él...? empleado en Cuba..., no quisiera pensar mal; pero probablemente un ladrón..., es decir, un hombre sin delicadeza. Ella, juzgándose perdida ¡por culpa mía!, habrá transigido; no puede ser feliz. Un hombre que la deja sola por sumar años de servicios y adquirir categoría, es un bestia.» Había momentos en que don Juan se ponía malo a fuerza de recordar, discurrir, esperanzarse y darse a los diablos.

Al día siguiente de haber confiado a Julia la tarjeta escrita con lápiz, recibió una carta. El papel, finísimo, pliego pequeño, algo perfumado, sin cifra ni sello: la letra desfigurada y temblorosa, no decía más que esto:

«Tú lo as querido. No tienes derecho de comprometer con tantas imprudencias a una pobre mujer que ningún daño te a causado. Mañana, por única vez, para despedirnos, a las ocho de la mañana en la Moncloa, entrando por la parte de la Bombilla iré en coche y por la Birgen rompe este papel.

C.»

* * *

¡Dios santo, qué noche! Averiguó, porque no lo sabía, hacia dónde estaba la Bombilla, ajustó y citó un carruaje para las seis y media de la mañana, pensando en tener, si éste faltaba, tiempo de buscar otro; estuvo leyendo, sin enterarse, hasta las dos; intentó dormir, no pudo, y desconfiando de que le despertasen oportunamente, se levantó antes de que amaneciese. A las siete en punto tenía la capa puesta.

Poco después se apeaba ante la ermita de San Antonio de la Florida, y deseoso de que nadie fuese testigo de lo que ocurriera, dijo al cochero que le aguardase, y se internó andando por las alamedas de la Moncloa.

La mañana estaba fría, el paseo triste y solitario. Hacia el fondo, en la lejanía del paisaje, visto a trozos entre grupos de troncos, la niebla, aún no disipada por el sol pálido y débil, formaba un tenue velo gris, sobre el cual destacaban los intrincados arabescos del ramaje seco, los cipreses, cuyo vértice mecía el aire, y las apretadas copas de los pinos. Una nubecilla brumosa pegada al suelo marcaba el sitio de un estanque terso como un espejo negro. En los sitios sombríos la escarcha, no derretida todavía, brillaba como polvo diamantino sobre el musgo aterciopelado. Las hojas caídas, secas y abarquilladas, se arremolinaban al menor soplo del viento en torno de los hoyos y socavas. A los lados de las alamedas, en las cunetas del riego, había charquitos de agua helada. De largo en largo se retorcían en la atmósfera las espirales azuladas que formaba el humo de las hoguerillas encendidas por los guardas. El silencio era tan completo que hasta se percibía el aleteo de los pájaros al desprenderse de las temblorosas ramas, y de cuando en cuando, a gran distancia, sonaba el silbato de una locomotora, o el rechinar de las ruedas de algún carro que pasaba por el camino del Pardo.

Don Juan andaba despacio, pisando hojarasca, que crujía bajo sus pies como quejándose. Aguijoneado por la impaciencia se desembozaba frecuentemente para mirar el reloj; y pareciéndole que las manecillas estaban inmóviles, se lo aplicaba al oído. De pronto se detenía, y volviendo pies atrás, desandaba parte de lo andado; parábase de nuevo, ávido de oír el acercarse de algún coche..., y nada.

¿Sería posible que no viniese? ¿Habría sido capaz de citarle sólo por dar largas al asunto? ¿Acaso para exasperarle? Si tal sucediera, él se tendría la culpa por la amenaza de plantarse en su casa. Para una mujer casada el lance podía resultar comprometido. Sin embargo, como su marido estaba tan lejos... También para él era..., no enojosa, sino delicada la entrevista. ¿Cómo no pensó antes en esto? ¿Qué iba a decir para disculparse de la infamia pasada? ¿Por dónde iba a comenzar? ¿Qué táctica seguiría? Si aquella mujer por él inicuamente...—no cabía negarlo, inicuamente seducida y abandonada—, encontró después un hombre, un filósofo que, mediante matrimonio, o fuese como fuese, aseguró su porvenir, ¿con qué derecho iba él a turbar su reposo? Si le dijese, que ciertamente se lo diría: «yo no tengo la culpa», ¿qué contestaría? Además, ¿qué iba a solicitar? ¿Amor platónico? ¡Absurdo! El amor platónico es la falsa resignación de los que no pueden besarse. Cuando una mujer y un hombre se han devorado a caricias, ya no hay platonismo posible. ¿Volver a las andadas? ¿Para qué? ¿Para cansarse al cabo de un par de meses, sentir el mismo hastío de la vez primera, y portarse de nuevo como un charrán?

No estaba seguro de poder reanudar el idilio, y ya entreveía la contingencia de tener que romperlo. Sin embargo, ni por un momento se le ocurrió la idea de salirse fuera del paseo y volverse a casa, renunciando a la cita. Sólo la idea de mirar a Cristeta cerca de sí, de contemplar su hermosura y oír el timbre de su voz, bastaba para que olvidase todo lo demás. Lo peor que le podía ocurrir era quedar en ridículo. ¿En ridículo él? ¡Imposible! La escena tomaría sin duda tono romántico, al menos al principio. Después... según. Su papel era rogar mucho, mostrándose arrepentido, en pocas y bien sentidas palabras. Ella se negaría rotundamente.... ¡pero le oiría! Tal vez trajese el ánimo dispuesto a concesiones. ¿Cuáles? ¿Citarle nuevamente? ¿Dónde ni con qué objeto? ¿Para entregársele renovando en perjuicio de otro las venturas pasadas? Don Juan lo deseaba... y lo temía. Reconquistarla, estrecharla contra su pecho, volverla loca..., bueno; pero arriesgarse a tener algún día que esconderse cobardemente, ¡eso no! por muy bravo que fuese el señor Martínez. En el momento en que ella, casada o libre, accediese a la consumación del engaño, ya fuese real y positivamente adúltera, ya tan sólo traidora, dejaría de ser la mujer que le agradaba; seguiría siendo hermosa...; pero le parecería falsa, viciosa, vulgar. Suponiendo que se arreglaran, palabra vil en este sentido, ¿cómo ponerse de acuerdo? ¿Pertenecía legítimamente a otro? Pues habría que andar a salto de mata, recatándose, escondiéndose. Cuando el marido volviese, la humillación sería completa. Lo raro, el síntoma grave, consistía en que otras veces no paró mientes ante la perspectiva del placer robado, y ahora sí. ¡Ruin cosa sería verse obligado a guardar respetos a un marido! Por supuesto que si no estuviera realmente casada ¡ah!, entonces, aun transigiría menos. Ocultarse de un legítimo esposo..., tal vez; pero de un simple poseedor, ¡jamás! No había que perder la esperanza. En el mero hecho de citarle... ¡Tendría chiste que no viniese! Pero sí; un coche se acerca; su berlina.

Efectivamente; el carruaje avanzaba de prisa por el centro del paseo. Don Juan se hizo a un lado, ocultándose tras el grueso tronco de un álamo. Cristeta, que le había visto desde lejos, mandó parar, y se apeó.

Por su figura y traje venía primorosa. Llevaba falda lisa de paño gris, formando grandes pliegues, corta para lucir los pies, calzados con medias negras y zapatitos a la francesa, abrigo muy oscuro, ceñido al talle con cordones de seda que pendían hasta el suelo, y forro de felpa roja que se descubría a cada paso; sombrerillo de terciopelo ceniciento con velito y lazos encarnados; cuello largo de piel que culebreaba sobre el pecho, y manguito. Tenía la tez algo carminosa, como excitada por el aire fresco de la mañana; los ojos acusando insomnio y llanto, contorneados de un livor apenas perceptible; el garbo, la esbeltez, la manera de andar, eran una delicia.

No estaba todavía lo bastante cerca de don Juan para que pudiera desmenuzarla con los ojos, pero la presintió; el corazón le brincaba dentro del pecho como pájaro inquieto en jaula estrecha. Un hombre ducho, corrido y experimentado en tales lances, ¡temblar de aquel modo, ni más ni menos que un estudiantillo! ¡Qué vergüenza!

El coche dio la vuelta y quedó parado. Ella cruzó ante el árbol tras el que don Juan estaba escondido y pasó de largo; él, entonces, salió, llamándola en voz baja:

—¡Cristeta, Cristeta mía!

Sin detenerse, repuso:

—Anda... anda hasta que perdamos de vista el coche.

Uno tras otro, a veinte pasos de distancia, siguieron cosa de cien metros, internándose luego hacia la derecha en los jardinillos donde hay una plazoleta con macizos de boj y bancos de piedra en torno de una fuente. Allí se detuvo Cristeta, y volviéndose, aguardó al galán; éste avanzó rápidamente, al llegar junto a ella se desembozó, y mirándola con ternura, sin desplegar los labios, le tendió las manos. Ella no sacó las suyas del manguito, y bajando los párpados quedó silenciosa, impasible e inmóvil, como deidad que se dignase escuchar a un mortal. Viéndola don Juan en actitud tan indiferente y desdeñosa se amilanó por completo. Cristeta, después de complacerse unos segundos en saborear aquella turbación, dijo fríamente:

—Aquí me tienes.

—¡Cuánto te agradezco... vida mía!

—No, Juan, tuya no. He venido y he hecho mal, lo sé; ahora lo siento. Pero quería suplicarte de rodillas, exigirte, si es necesario, que no vuelvas a pensar en mí.

—¡Imposible!

—¡Calla! No sabes lo que te dices. En ti sería una locura, en mí una infamia.

Don Juan, sin dejarla seguir, preguntó dolorosamente:

—¿Luego estás casada?

Cristeta, en vez de contestar categóricamente, dejó caer los brazos rectos a lo largo del cuerpo, con ademán de profunda resignación, y sin desplegar los labios inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces él exclamó:

—¡Mentira parece que hayas tenido valor!

—No tienes derecho a reconvenirme. Te gusté, era libre, y además tonta: te creí... ¿qué había de suceder? Después me abandonaste sin el más leve motivo de queja.

Al llegar aquí, don Juan creyó notar que los ojos de Cristeta brillaban humedecidos en llanto, y que su voz acusaba profunda turbación de espíritu.

En cuanto a él, no sabía cómo disculparse para salir del paso.

—Mi situación... aquel maldito negocio...—dijo apartando la mirada.

—Todo mentira; ya lo sé. Me dejaste a sangre fría, con una perfidia inconcebible... Ahora... ¡tú lo has querido! Nada puede haber entre nosotros.

Estaban solos; no había en torno paseantes, jardineros ni guardas; nadie. Don Juan hizo ademán de querer sentarse en un banco, y miró a Cristeta para que también lo hiciese; mas ella movió la cabeza negando, y aproximándose a la fuente, se apoyó de espalda en los sillares del pilón.

Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla, comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual caía con rumor unísono y constante el chorrito del surtidor. De cuando en cuando venía una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta, quien distraída, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los dedos, dejándola sobre el haz del agua.

Viendo don Juan que no quería sentarse, permaneció en pie frente a ella sin atreverse a proferir palabra. Cristeta tornó al pasado juego de bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos cuantos segundos, tendió con desconfianza la vista en torno, y dijo:

—Déjame, ingrato, déjame que me vaya... esto es una locura.—Y apartándose de la fuente, anduvo algunos pasos.

—¡No, por Dios!—exclamó él suplicante—. Tenemos mucho que hablar. No puedo seguir así; ¿cómo quieres que me resigne a perderte?

—¡Qué remedio! Juan, piénsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una infamia, ni tú transigirías con ciertas cosas...

—¡Eso jamás!

—Entonces... ¡ya lo ves! Adiós, Juan. ¡Bien sabe Dios que la culpa no es mía!

—No me has querido nunca.

—¡Qué sabes tú lo que es querer! Sí, con toda mi alma... es decir, te quise cuando podía quererte.

—No me hubieras olvidado tan pronto.

—¿Merecías otra cosa? En fin, ni tú debes hablar más, ni yo escucharte. He venido, ¿qué se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el atrevimiento de plantarte en mi casa.

—Estaba resuelto.

—Pues si es verdad que me has querido, que aún me quieres, demuéstramelo... dejándome vivir tranquila y no te guardaré rencor, es más, te lo agradeceré con toda mi alma.

—Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. ¿Crees que pueden quedar así las cosas?

—No te forjes ilusiones: aquello acabó para siempre. Ya que no supiste quererme, veremos si sabes respetarme. Adiós, adiós, Juan, que se hace tarde y puede venir gente.

Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las mal contenidas lágrimas.

Don Juan concibió, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente, aquella mujer había ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus miradas, su turbación, el constante aludir a lo pasado, como echándolo de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse.

—Mira, Cristeta—dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una confesión vergonzosa—, tienes razón. Mi conducta... tú no sabes lo que es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales... podré haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando.

—Y ahora que no tiene remedio—le interrumpió ella con un mohín delicioso—es cuando caes en la cuenta.

—¡Si me quisieses de veras!

—¡No sueñes! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que yo salí perdiendo. Hoy, en cuanto a mí, serían un crimen, y por parte tuya una vileza. Concluiríamos aborreciéndonos.

—Bueno, como quieras, puede que tengas razón; pero yo no me conformo. ¡Qué impresión me causó encontrarte! ¡Cuánto me has hecho soñar! Ahora, ahora es cuando te adoro. ¡Idea, imagina, propón un medio, un recurso! Soy capaz...

—¿De qué? No hables más, que me ofendes.

Don Juan miró rápidamente a todos lados, vio que nadie podía sorprenderles, y alargando los brazos, intentó coger las manos a Cristeta; mas ella, echándose hacia atrás, las esquivó temblorosa, exclamando:

—¡No! ¡No me toques!... Adiós, adiós.

Y al decir esto, se apartó muy despacio.

Entonces, envalentonado él por la soledad y aún mas por la emoción que el semblante de Cristeta revelaba, la alcanzó, cogiéndola por una manga del abrigo, al mismo tiempo que con voz trémula e intención resuelta, decía:

—¡No te irás! Tú no puedes ser de nadie más que mía. ¿Entiendes? ¡Mía o de nadie!

—Te digo que me dejes. ¡No eres caballero!

—Aquí no hay caballero que valga; no hay más que un hombre que te quiere, que tiene derecho...

—¡Calla, o me marcho!

—¡Me oirás! ¿Conque has tenido valor de engañar a un pobre hombre y ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? ¡Es tarde!

Aun pareciéndole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegró de oírla, porque la energía con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningún halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como aquel espontáneo arranque de despecho.

—Me abandonaste—replicó—, y lo que se tira por la ventana es de quien primero lo recoge.

—Eso será si yo lo consiento. ¡Buscaré a ese hombre...!

—¡No, por Dios!

—Pues prométeme que...—y no siguió.

—¿Ves? No puedes decirlo. ¿Qué he de prometer?

—Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy dispuesto a todo!

Deseando ella cortar la entrevista, fingió ceder, y dirigiéndose hacia el sitio donde el coche la esperaba, echó a andar diciendo:

—Bueno..., ahora déjame..., procuraré que nos veamos, cuando pueda ser..., pero tú mismo te persuadirás de que no debemos..., sería indigno de nosotros...; por piedad, déjame marchar, que es tarde.

Don Juan insistió:

—Pues dime que nos veremos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Cristeta, tú no sabes cómo estoy!

—Una vez..., te lo prometo...; quédate aquí, no me acompañes más..., y luego ten prudencia y no me sigas.

—Te obedeceré..., lo que tú quieras...; pero júrame que nos veremos pronto, que no me has olvidado por completo.—Y con mezcla de solemnidad y enternecimiento, añadió, clavando en ella sus expresivos ojos—: ¡Cristeta..., júramelo..., por tu hijo!

—Bien; te lo juro por el niño, y ten prudencia, por la Virgen del Carmen.

Corrió hacia el coche, y don Juan se quedó mirándola embelesado.

Al arrancar la berlina se asomó a la ventanilla fingiendo que se incorporaba para acomodarse en el asiento. Un instante después, mientras el carruaje corría camino de Madrid, no pudo contener la risa pensando: «Pobrecito niño... ¡jurar en falso! ¡Válgame María Santísima!... aunque no es mío, no quisiera que le sucediese cosa mala. ¡Angelito de su madre!»

Don Juan, loco de contento, dio la vuelta hacia San Antonio, diciéndose mentalmente: «Es indudable que se ha casado por despecho; todavía me quiere..., ha consentido en que nos veamos, lo ha jurado por su hijo, ¡pobrecilla!, y después ha dicho 'prudencia', es decir, todo se arreglará. El arreglo corre de mi cuenta. La cosa no es tan fácil como parece. Vamos a cuentas. Aunque no se parece a ninguna otra, al fin es mujer. Está casada, y, sin embargo, ha consentido en que nos viéramos... luego es mía... en espíritu. El tiempo hará lo demás. Lo imposible, inútil y absurdo, dadas las circunstancias, sería repetir las citas al aire libre. Una vez, pase, por lo que tiene de poético. ¡Ya lo creo que tiene poesía! La mañana, la niebla, el miedo, el misterio, ¡hasta el sitio...! Aquí venían con sus amantes las damas de tiempo de Carlos IV; en este palacio de la Moncloa debían de tener sus citas Godoy y María Luisa. ¡Cuántas picardías habrán visto esos merenderos! ¡Si pudiese hablar esa ropa que hay tendida! ¡Pobre Manzanares, cuánta burla le han hecho!; arroyo aprendiz de río, dijo Quevedo; río con mal de piedra, le llamó Lope... ¡Si hubiese por aquí una casita decente! Pero ¡quiá!, no es mujer que se deje llevar a cualquier parte. De amigas no querrá fiarse, y hará bien. Tengo observado que cuando una mujer le presta a otra su casa, concluye por robarle el amante. Si consintiera en venir a mi casa, sería lo mejor. ¿Qué tiene de particular que una señora entre a cualquier hora del día en un portal de la calle de las Infantas? Nada. ¡Si fuese en sitio apartado, en barrio sospechoso! Cuanto más céntrica y frecuentada es una calle menos se escama la gente de ver a un hombre parado con una señora o acompañándola; lo que huele a pecado es encontrarse una pareja fuera de puertas o por calles extraviadas. Sólo el hecho de haberme citado en la Moncloa demuestra que esta pobre chica no tiene experiencia ni pizca de malicia. ¡Está monísima! Ahora, ahora que no está en Madrid el bestia de su marido, es cuando tengo que domesticarla. Y ha de ser en mi casita. ¡Venus a domicilio! ¡Vaya si vendrá! La verdad es que lo más cómodo es que ellas vengan a verle a uno. ¡Y cómo les gusta! Se hacen la ilusión de que se truecan los sexos y arrostran el peligro con más valor que nosotros... Me acuerdo de aquella que me decía sentada en el sillón de mí despacho: «Un día vas a poner en el balcón una muestra con un letrero que diga MODAS, para que yo me asome impunemente o para que me traiga mi marido hasta la puerta.» Cristeta no es capaz de semejante desvergüenza, pero vendrá. Esto es lo primero que hay que procurar. Si no quiere, buscaremos otro medio.»

* * *

Aquel mismo día por la noche Cristeta mandó recado a don Quintín rogándole que fuese a verla. Obedeció el vejete, y hablaron largo y tendido. La sobrina dio encargos e instrucciones; el tío, por la cuenta que le tenía, prometió obedecer.

Fue conferencia importantísima, pero secreta; semejante a esos consejos de ministros en que se tratan cosas graves, que sólo andando el tiempo se descubren.

Capítulo XVII

Donde el zorro se forja la ilusión de que la gallina puede venir a entregársele

Tanto se envalentonó don Juan a consecuencia de la entrevista en la Moncloa que, por conducto de Julia, envió a su hermosa deseada la carta siguiente:

«Cristeta de mi vida: No renuncio a que hablemos en lugar seguro. Tu marido está muy lejos de Madrid, y nada tiene de particular que una señora pase a cualquier hora del día por esta calle. Aquí en mi casa te aguardo mañana a las tres. No hay ni puede haber lugar más seguro. En lo porvenir acaso esto fuese imprudente: ahora no. Ven sin miedo. No tendrás necesidad de llamar porque estaré solo y al cuidado para recibirte, y al salir hallarás en la puerta un coche que te llevará hasta donde quieras. ¿Vendrás? Me dice el corazón que sí, y por supuesto, te doy palabra de honor de que no haré nada, absolutamente nada que pueda enojarte. Vienes a casa de un caballero. Te he querido, te quiero, y haré los imposibles por demostrarte que estoy resuelto a poner remedio a tan dolorosa y difícil situación. Piensa que vas a decidir de los dos para siempre y ven sin miedo y quema este papel. Por Dios, no faltes. Tuyo siempre,

Juan

Infantas, 80 duplicado, entresuelo.»

Luego de enviada la carta, cayó en la cuenta de que tal vez fuese demasiado expresiva y comprometedora; pero tal era la exaltación de su ánimo, que se dijo: «No importa; hoy por hoy no hay peligro y aunque estuviese aquí el marido, haría lo mismo. Lo esencial es que ella venga, y vendrá.»

Aquella noche durmió mal, tras madrugar mucho, almorzó sin gana y se vistió como quien pretende agradar.

Sobre la chimenea del despacho colocó dos jarroncillos llenos de flores; en seguida, por si era curiosa y le revolvía los papeles, como habían hecho otras, escondió varias cartas en una sombrerera vieja, arrojándola encima de un armario, y quitó de la vista dos retratos de antiguas conocidas y otro de una cómica fotografiada en ademán provocativo. En un veladorcito puso un sortijero con alfileres, horquillas, agujas, imperdibles y un gran frasco de agua de Colonia sin destapar, con su caperuza de pergamino y sus cordones de colores. Pero, de allí a poco, pensándolo mejor, e imaginando que aquello, además de estar en contradicción con su carta, denotaba práctica de libertino a sangre fría, solamente dejó el perfume y las flores.

Según las manecillas del reloj iban avanzando despacito, comenzó a recapacitar si todo estaba dispuesto y en su punto. Nada ni nadie podría turbarles. Los criados fueron alejados engañosamente, y la portera advertida de que sólo dejase subir a la señora que había de llegar a las tres.

Comenzó don Juan a dar paseos por el cuarto, y cada vez que llegaba hasta la puerta de la escalera, aguzaba el oído, esforzándose en distinguir y diferenciar los pasos de las gentes que subían... Los peldaños crujen... ¡no es ella!; debe de ser una mujer muy gorda; luego un chico que baja de estampía; después la pausada y ruidosa ascensión del... De pronto sonó un campanillazo; tornó de puntillas hasta la puerta, descorrió con gran tiento el ventanillo, y por una rendija imperceptible, conteniendo la respiración, miró. Era un amigo: la portera se había descuidado. Otro campanillazo, dos más, el último a la desesperada, mucho más fuerte... y el inoportuno bajó lentamente la escalera como quien da tiempo a que abran y le llamen.

Las tres menos diez. Hasta las flores, mal puestas en los búcaros, caídas y doblados los tallos, parecían cansadas de esperar. Silencio completo. De repente don Juan se dirige hacia la alcoba, porque más allá del hueco que la separa del despacho, se ve la cama cubierta de un rico paño japonés.

«Esto está mal; no debe verse tanto» pensó, y desplegando un biombo de telas antiguas, ocultó el lecho, del cual sólo quedaron visibles las almohadas, blancas, limpísimas, aún cuadriculadas por los dobleces del planchado.

Al pasar ante un espejo se miró un instante y sonrió satisfecho. Tenía la barba sedosa y muy cuidada; los ojos algo tristes, como de quien espera una dicha, desconfiando lograrla porque no cree merecerla... El gozo, la alegría, serán luego, cuando ella entre, porque no ha de faltar. El marido no está en Madrid, el sitio es seguro, la impunidad completa. Por otra parte, él se ha resignado de antemano a portarse como caballero, a estar casi platónico para inspirar confianza. Lo demás vendrá con el tiempo.

De cuatro miradas examinó el cuarto y le pareció que no estaba mal. Alejando toda sospecha de ocio y frivolidad, había sobre una mesa varios libros con señales interpoladas entre las hojas, y páginas dobladas. En un testero de pared, llenando un hueco entre dos cuadros, se veían brillar dos espadas de duelo que representaban la dignidad y el valor. La alfombra no tenía motas, ni manchas de ceniza de cigarro; ni un átomo de polvo empañaba los muebles.

¡Menos cinco! Se dirigió al balcón, y apoyando la frente contra el vidrio, miró hacia la calle que enfilaba con el portal, por donde ella probablemente vendría. Así permaneció un rato, que se le antojó muy largo; mas al consultar de nuevo el reloj, vio que apenas se había movido el minutero.

«Es difícil que una señora sea puntual; ¡tardan tanto en emperejilarse!»

Quiso distraerse leyendo periódicos; pero su imaginación tomó rumbo hacia Cristeta y comenzó a fingírsela presente deleitándose en ella igual que si la tuviese ante los ojos. Ensimismado y desprendido de cuanto le rodeaba, creyó verla mientras en su casa se vestía, desazonada y trémula, engalanándose con premeditación para venir a rendírsele. ¡Oh portentosa fuerza de abstracción! ¡Oh bienhechora potencia imaginativa!, ¡sed benditas, porque dais al hombre la visión de la dicha deseada cuando aún la tiene lejos... cuando acaso jamás ha de llegar!...

* * *

No, no es visión, es realidad; no imagina verla, sino que la está mirando.

Su tocador, ni grande ni lujoso, respira limpieza y elegancia. Cristeta, en pie, frente al espejo, pincha en el rodete rubio la última horquilla, y con la yema de los dedos se arregla los ensortijados ricillos de la nuca. Estremecida de pudor y de frío, se quita la bata y la tira sobre un sofá. Las ropas interiores son finísimas; están adornadas de estrechas cintas de tonos pálidos, y trascienden suavemente a verbena. Las medias son negras, como exige la impúdica perversión de la moda; las ligas, de color de rosa. Ya se calza los bien formados pies. Ahora se pone el corsé, lleno de vistosos pespuntes, y encima el cuerpo de suave batista para no ensuciarlo. En seguida el vestido que, arrugando el canesú de la camisa, oculta el nacimiento del pecho y los hermosos brazos. La falda cae, resbalando a lo largo de la enagua; se abrocha de prisa; busca entre varias horquillas un alfiler largo para sujetar el sombrero, y se lo prende, dejando que el velo caiga, sombreándola el rostro dulcemente. Los guantes..., una pulsera..., la lisa de plata, nada que tenga pedrería. Se acabó. Algo falta: pudorosa, aunque nadie puede verla, se vuelve de espaldas a la puerta y se estira una media.

«¡Qué hermosa es! ¡Cuánta cosa bonita y elegante se ha puesto! ¡Y pensar que tal vez yo se lo vaya quitando todo poco a poco, con mimo, lentamente, lazo a lazo, botón a botón, broche a broche, sin que oponga resistencia ni enfado! Pero sabe Dios lo que sucederá, porque es una mujer excepcional, capaz, aunque venga, de no dejarse besar ni las yemas de los dedos. Sería desesperante y ridículo que sólo viniese para que tuviéramos una escena romántica... con lágrimas.»

El reloj marca las tres en punto, la máquina produce un quejido metálico y el timbre suena pausadamente. ¡Qué espacio tan largo entre una y otra campanada! Hasta los objetos parece que aguardan impacientes. Don Juan vuelve de nuevo a pasear, atento el oído hacía la puerta y fruncido el entrecejo por el enojo. Empieza a desconfiar.

«¡No viene! ¿Qué ridículo miedo, qué recelo se le habrá metido en el alma? ¡Virtud de última hora!»

Torna al balcón, apoya la cabeza en la vidriera, que se empaña con el vaho de su aliento, y exclama, hablando solo:

—¡Gracias a Dios! ¡Allí está!

Cristeta viene por lo alto de la calle, vestida como él la soñó. Sus enguantadas manos oprimen un grueso devocionario, sujeto con un elástico rojo, y bajo el tul del velo brillan sus rizos de oro. A cada instante vuelve la cabeza hacia atrás. Entonces, don Juan sonríe con orgullo y se dirige lentamente a la puerta.

Al cruzar el despacho, lo inspecciona todo por última vez. Nada falta. Para ella la butaca en que descansará su cuerpo agitado por la emoción y el miedo, ¡quizá por el amor! En el suelo, el almohadón, bordado por otra mujer ya olvidada, y muy cerca, la silla baja de fumar, que él tomará para sí, cogiéndola como al descuido, procurando tener la presa al alcance de la mano.

Pero en la escalera no suena el esperado taconeo ni el roce crujiente de la falda.

«¿Qué será esto?»

Vuelve precipitadamente al balcón, alza el visillo y la ve en la acera opuesta parada ante un escaparate, como si con disimulo se contemplara en su cristal. En realidad, lo que hace es mirar con terror a derecha e izquierda; hasta se nota la respiración alterada que levanta y deprime su hermosísimo pecho, Don Juan piensa:

«Esta es la última vacilación.»

De pronto, Cristeta se vuelve, avanza en dirección al portal... se detiene para dejar paso a un hombre que va cargado, y en seguida, obedeciendo a un impulso inesperado, con un movimiento nervioso, se vuelve de espaldas y echa a andar muy de prisa, calle arriba, por donde vino. Pero aún queda esperanza: de repente acorta el paso, sigue despacio, parece que duda, vacilando entre la cita y el deber... Por fin acelera la marcha, se aleja casi corriendo, y allá, en lo alto de la calle, se pierde confundida en un grupo de gente, mientras don Juan, humillado y rabioso, murmura entre dientes, rasgando el visillo del balcón:

—¡Cobarde! ¡Bribona!

Si la coge en aquel momento, la mata.

* * *

Al anochecer se presentó en la casa un mozo de cuerda, mostrando tal empeño por entregar al señor una carta en propia mano, que para tomarla de la suya don Juan, todavía mohíno, salió al recibimiento.

Rasgó el sobre: lo que dentro venía era una tarjeta: el nombre litografiado decía: Cristeta Moreruela de Martínez, y encima, escritas con lápiz y mano temblorosa, estas palabras:

«He ido asta la puerta de tu casa, y me a faltado balor. No pidas lo imposible. Perdona a esta pobre mujer que sufre mucho, y holbídame adiós para sienpre.

CRISTA.»

Al releer aquellas cuatro líneas, luego de ido el mozo, don Juan sonrió como si contemplara un billete de lotería premiado.

«No me esperaba esta satisfacción, que casi es una promesa—se decía paseando desde la sala al despacho y viceversa—: nos acercamos al momento supremo de la crisis. Lo que me figuré: casada por despecho, y arrepentida. Me quiere... y le falta valor... lo cual prueba que no es mala. Yo tengo la culpa de todo. ¡Qué lucha habrá sostenido la pobre consigo misma! ¡Qué noche habrá pasado! Porque... vamos a cuentas: si se ha casado, aunque me quiera, por fuerza ha de costarle trabajo hacer traición... traición, no; pero, en fin, engañar al otro. Lo que en realidad no es más que la vuelta al primer amor, creerá ella que es una liviandad imperdonable, y no le faltará razón, pero ¿a mí qué? Yo no soy el marido. Por supuesto que si no hay tal marido, si sólo se trata de un amante, y le deja por mí, ella tiene que considerarse como una mujer que va de hombre a hombre, como hueso de perro a perro, o baraja de mano en mano. En fin, me parece que está al caer. Lo cierto es que nosotros somos responsables de todos los pecados, desórdenes y zorrerías que cometen las pobres mujeres. Ésta, por ejemplo, me gustó; preparé las cosas... y ¡mía! Luego la dejo plantada, y ella encuentra modo de remediarse o redimirse, y lo acepta: vuelvo a verla, me encapricho de nuevo y ¡seamos justos! ¿qué derecho tengo para quejarme ni para llamarle las cuatro letras porque también ella vuelva a encapricharse conmigo? Indudablemente ha experimentado al verme lo mismo que yo he sentido al mirarla... ¡Cómo se habrá acordado de las noches de Santurroriaga! Yo estaba enviciado con amores de otra clase. La verdad es que cuantas se me han entregado, lo han hecho por interés o por lo otro: cuando no he sido pagano, he sido apagafuegos, casi un bombero del amor. Con Crista, no. Esta tarde la hubiera matado... Y el caso es que ha venido, ha llegado hasta la puerta... después debió de darle miedo, es decir, no precisamente de mí, sino de sí misma, de verse conmigo a solas. No podríamos contenernos. Mientras nos veamos al aire libre, todo va bueno; pero como lleguemos a encontrarnos entre cuatro paredes ¡solos! del primer beso la dejo los labios descoloridos. Ella sí que cuando me besaba, parecía que me sorbía el alma. Hablaba más con los ojos que con los labios. Me sucedía respecto de ella una cosa enteramente nueva: con todas las mujeres, el verdadero encanto es antes; con ella, la verdadera delicia era después, porque cuando se le adormece la voluptuosidad, se le despierta la ternura. A pesar de lo cual, me largué por cobardía, pero sin hastío. Lo cierto es que si, uno pensara mucho en estas cosas, se volvería loco. En toda posesión hay un momento terrible, un instante en que, al separarse las cabezas, cada uno quiere respirar solo, a gusto, como si no hubiera pasado nada: con Crista, no... jamás sentí a su lado el egoísmo del reposo. Los últimos besos me sabían mejor que los primeros. Entonces, ¿por qué hice la burrada de marcharme, humillándola y dejándola mil duros, es decir, lo que cuesta en ramos, palcos y dijes cualquier señora de las que no tienen vergüenza? Sin embargo, esa mujer ha venido hasta la puerta de mi casa. Por codicia no es; basta ver la elegancia con que viste para comprender que no necesita nada: por lujuria tampoco, porque no es viciosa. ¡Pues si ha venido, señal de que sufre y me quiere! ¡Daría el alma por saberlo! ¿Qué habrá hecho, qué habrá pensado antes de decidirse a venir? La chica, Julia, me dará detalles; ataré cabos, y por el hilo sacaré el ovillo. Mañana lo sabré.»

Toda la noche se pasó en claro el pobre don Juan haciendo planes, ideando recursos y arrostrando mentalmente las consecuencias de cuanto se le ocurría, que era gravísimo, porque en sus pensamientos, cálculos y temores, ya no figuraba él solo frente a la irresoluta Cristeta, sino que entre ambos se alzaba, misterioso y tremendo, un nuevo personaje: el señor Martínez, propietario legítimo de aquel cuerpo adorable, dueño legal de la mujer amada.

«¿Amada?—se decía—. No, esto no es amor, es obcecación, empeño, vanidad, capricho: tiene que ser mía veinticuatro horas o lo que me dé la gana...: si quiero, toda la vida: pero mía y remía como mis ideas, como mis pensamientos. ¿Qué puede suceder? ¿Que me encapriche seriamente? Así como así, ninguna vale lo que ella; y además, si ésta es buena, ¿voy a pasar años y más años cambiando de mujeres?»

Muy de mañana, yerto de frío y nervioso de impaciencia, esperó a Julia en la Plaza Mayor, viéndola llegar como el reo de muerte a quien le trae el indulto. La chica venía esperanzada en que sus palabras se trocarían pronto en buena propina, y sin dar tiempo a que él desplegase los labios, dijo:

—Hoy sí que tengo cosas que hablar con usted. Pero ¿qué le ha hecho usted a mi señorita? Razón tenía yo pa maliciarme que iba usted a meternos en un lío mú gordo.

—Cuenta, cuenta. ¿Qué ha pasado? Dímelo todo; ya sabes que tu señorito soy yo.

—¿Lo que ha pasado? La mar de lágrimas. Cuando el otro día golví a casa con la tarjeta de usted, me dije: «Suceda lo que quiera, no ando con tapujos»; y se la di como si fuera cosa corriente. Ni chistó: endispués de leerla se puso pálida, como amortajá, ¡y le entró un temblor! ¡Me daba una lástima! ¡Y miusté que pa darme a mí lástima una señorita! La noche... ¡ha tomao más tila! Cá vez que una mujer tié que tomar tila, le debían dar rejalgar a un hombre. Al otro día, es decir, ayer, comenzó a vestirse a las doce: se puso maja de veras. En enaguas... un ángel. Pidió el coche pa las dos. Luego supe yo, por el cochero, que lo dejó esperando junto al oratorio de la calle de Valverde, y se fue sola, y tardó... menos de media hora. Poco tiempo es pa cosa mala.

—Sigue, sigue.

—Yo creí, pues, que había ido enonde usted, a buscarle; pero me chocó que volviera demasiao pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la tié usted. Esto acabará mú remal. En fin, que golvió hecha una Madalena. Si sigue así, se pone mala de verdad. Por supuesto, el día que venga el amo, no paro en la casa ni pa tomar dulces.

—De modo que tú crees que ella... está interesada.

—Ella está por usted, pero tiene un miedo atroz...; lo cual que el miedo puede más que usted.

—Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te los pagaré bien.

—Es que... hay más, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de cuándo se había casao, y del treato, y de si tenía unos parientes con tienda.

—Todo ello importantísimo.

—Pues la cocinera m'a dicho que la señorita ha sío cómica, que una vez la vio de trabajar, pero que ahora está desconocía, porque está muchísimo más guapa; y que fuera de Madrid tomó relaciones con un señor y se casó; pero algunos dicen que no están casaos, y que por eso no la quién ver sus tíos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la que no le da la gana de ajuntarse con ellos, porque le da vergüenza de que son gente ordinaria; y me extraña, porque la señorita es buena.

—En resumen; seguro no sabes nada.

—¡Si quedrá usted que le traigan a la señorita ya mansa y conforme!... ¿Tié usted más que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con ellos y que desembuchen la verdad?

Don Juan, considerando inútil enterar a Julia de cuanto sabía relativo a los antecedentes de Cristeta y sus tíos, calló; y acordándose de don Quintín, se dijo que podría sacar de él gran partido.

—No andas descaminada: buscaré a los estanqueros.

—Qué icir que si no está casada...; pero lo que yo me digo: si no lo está, si es dueña de hacer de su capa un sayo, ¿por qué llora tanto?

—Muchacha, eres un dije: toma—(la propina fue espléndida)—, y desde mañana vienes aquí, sin falta, todos los días a la misma hora, a recibir órdenes como un corneta.

—Es que la señorita se ha calao que yo salgo por hablar con usted. Si me regaña o me dice cualquier cosa, ¿qué contesto?

—Por ahora... dices que no te dejo a sol ni a sombra; que tú crees que yo ando loco por ella, sobre todo muy triste...

—Pa triste, ella. ¡Si la viera usted de llorar! En fin, Dios nos tenga de su mano. Mire usted que, según me han dicho, ¡el marido es más bruto! Una fiera. Si se plantase aquí de repente, salíamos en los papeles.

El grupo que durante estos diálogos formaba la pareja de señorito y niñera, merecía tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella, traviesa y pícara, rebosándole malicia los ojos y desparpajo los labios, sin pañuelo a la cabeza, y liada en el mantón, dentro del cual removía el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; él soñoliento, molesto, desasosegado y frío, trayéndose a cada instante sobre el hombro el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo impaciencia. En torno, gente que pasaba mirándoles de reojo y barruntando trapicheo; algún chico parado, con los libros sujetos entre las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buñuelo; al fondo, los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas del tranvía despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmósfera húmeda, impregnada del olor al café que un mancebo tostaba ante una tienda; el ambiente sucio, como si en él se condensaran los soeces ternos y tacos de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes acaramelados por la escarcha.

Pero lo más notable era la cara que ponía Julia cuando se separaba de Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clérigos a quienes se vendía por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del Tenorio decadente.

Julia servía con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus padres y a Inés, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan, espléndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con novelesca prodigalidad; además, se divertía mucho contribuyendo a traer engañado a un caballero. Acordábase instintivamente de que era mujer y trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. ¿Dónde mayor alegría para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? Así que, tras cada entrevista con don Juan, refería a su ama cuanto con él hablaba. Aquel día Cristeta la escuchó con vivo interés.

—Todo va bien—dijo después de oírla—; de modo que...

—Ese señor está perdío por usted: debe de ser..., no se enfade usted..., vamos, ¡un gatera más listo!; pero esta vez..., ya no sabe el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas calles brincando como una cabra en busca de sus tíos de usted. ¿No era eso lo que hacía falta?

—Cabal.

—¿Y esto, señorita? ¡Mire usted que es mucha plata!—dijo Julia presentando el puñado de pesetas, fruto de la última propina.

—Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos él te lo da de más. Anda, que pronto se te acabará.

—Lo que hace falta es que usted acabe con él..., es decir, que empiece. Cuando la señorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es servido... de niñera.

—¡Ave María Purísima!

Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfacción de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha.

Al quedarse sola Cristeta se sentó en una silla baja de hacer labor, y tapándose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso voluntariamente soñadora, pareciéndole ver a don Juan, también solo en su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y sintiendo lo que jamás hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir.

¿Existirá en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y relacione las almas separadas moviéndolas simultáneamente con un mismo afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados las ramas de los árboles? ¡Quién sabe! Lo cierto es que, mientras la esperanzada Cristeta veía posible la realización de su ventura, don Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeño, tomaba la resolución de buscar a don Quintín para que éste le sacase de dudas sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en él se decía: «Está visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mío.»

Capítulo XVIII

De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y el estanquero libertino, con otros graves sucesos

Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.

—¿Está el amo?

—El señor Juaneca ha salido.

—No, don Quintín.

—Ese era el de enantes, que vendía pitillos de contrabando y lo quitaron por gandul.

—¿Y dónde ha ido a parar?

—Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos esto, mal comparao, lo mesmo que una pocilga, con perdón de usted; menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.

«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»—pensó don Juan, y en seguida dijo:

—¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde?

—En la taberna de al lao ú en ofecinas de estancadas, le darán a usted razón.

Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió.

Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que un corresponsal del Times. Primero, pagando tintas al doncel de los sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola, trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas, vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía, como ellos decían, un apaño. De lo que nadie tenía pleno conocimiento era de la precaria situación a que se veía reducido el ex—miliciano mujeriego.

La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca, tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo, pedigüeña en grado inaguantable.

Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y escarolados. La corsetera había dicho a Carola:

—¡Vaya una prenda pa una señora que la pueda lucir!;—y ella lo deseó como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso:

—¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas cosas tan duras.

—En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes colgando como una vaca.

—Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos.

—¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?

—No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?

Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio, como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:

—Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero la cama está hecha peazos, y el herrero pide tres duros por componerla.

—¿Tres duros?

—¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!

—¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más firme que el propio suelo.

—U con saliva de mona—repuso ella muy enojada—: ¿no sabes que la has desatornillao toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?

—Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...

—Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha cumplido ayer; conque venga parné o me busco un señor.

Lívido de angustia y coraje, repuso:

—Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.

—Vamos, tú estás más arrancao que árbol viejo.

Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto, imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.

—¡Carola, Carola mía!—exclamó hiposo y sollozante—; tengo que decírtelo todo.

—Lo que has de hacer es darme algo.

Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de las de su amada, y dijo:

—¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!

—Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú mismo has desfondicao... ni ná.

—Más lo siento yo que tú.

Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:

—Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra, que se deja tocar sin que la den de comer.

—Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!

—Yo soy una mujer que tié que gastar en comer, y en vestir, y en zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy a guisar el aire?

—Cuando he tenido... y en cuanto tenga...

—Pus entonces güelves.

Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado, acordándose de las grandes cocottes de París, de quienes en los folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor, gritando:

—¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés? ¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!

Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola, miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco. Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:

—Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has figurao que una hembra como yo va a esperar pa dejarse querer a que llueva dinero el mes que viene? Si no me pués mantener con decoro, ¿pá qué te me has arrimao, cara de siglo?

Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano, entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con voz de chula raída y descocada:

—¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha nacío para tumbarse en un catre desvencijao? ¿Crees que voy a domesticar al administraor pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte quedao dando cabezás contra el mostrador, ú poniendo bizmas a la vieja, que paece un vencejo atontao.

—¡Carola! ¡Señora!

—Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni rubia ni morena».

Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:

—Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha falta.

Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos.

¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores, menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.»

Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:

—De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y que le espera mañana a las doce en su casa—(y dio las señas)—para almorzar.

Dicho lo cual se fue.

Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el estanquero pensó:

«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará dinero para tener queridas!»

* * *

Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don Juan.

Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios. Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea; Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a Pepa la Naranjera; Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado sin haber poseído jamás a Dulcinea.

En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido.

Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno, servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes blancos de algodoncillo.

Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado, receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza.

Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente.

—¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi choza! ¿Cómo va ese valor?

—¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?

—Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.

—Tantas gracias.

Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios de los cuadros, y comienza el festín.

Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo ad hoc, le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero que probase esta porquería?»

Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:

—Huevos al plato.

Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?»

Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión:

—Sí, tenemos que hablar largo y tendido.

—Soy todo orejas.

—Pues bien: ha de saber usted que yo presté dinero a un amigo mío empresario del Teatro de las Musas; no ha podido pagarme, y por tratos y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto más gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formaré una compañía como en Madrid no se ha oído, y necesito que usted me ayude.

—¿Yo?

—Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro que... ya verá usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me favorece.

—No entiendo.

—Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y además, necesito una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa persona es usted.

A don Quintín se le atragantó un sorbo de Burdeos, que para él tenía sabor de chacolí detestable. Las palabras que acababa de oír le parecieron el principio de una complicadísima serie de mentiras; pero en seguida se le ocurrió la idea de que si aquello fuese cierto, no habría de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena... y un coro a su disposición. Ocultando la sorpresa, repuso:

—De mí disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del teatro.

—Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que tío es usted hombre de talento y comprenderá mi situación. Yo me permití galantearla, cortejarla, cuatro bromas: ¡como es tan guapa! No me hizo caso; total, nada, una niñería..., y es posible que ella tenga reparo de tratar conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante, cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco para que fije el sueldo que quiera. ¡Verá usted qué temporada!

Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo.

—Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que la Moreruela es indispensable.

Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y, por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el alcance de sus frases:

—Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.

—¿Cómo?

—Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la empresa y hasta las buenas mozas del coro.

—Explíquese usted.

—Lo que a usted le interesa es... la muchacha.

—Ahora sí que tiene usted que explicarse—repuso don Juan desconcertado.

—Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le ponga en contacto con ella.

Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don Quintín no era de enojo, sino casi de broma.

—Usted ha pensado en mí—prosiguió el estanquero—, para dar más seriedad a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi sobrina, sino de mi mujer..., es decir, ná. Segunda: que se ha portado cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque, favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha equivocado usted de medio a medio.

—Yo no he querido lastimar en lo más mínimo...

—Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa... ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes.

Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó:

—¿Que no le importa a usted?

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings