OTELO. (continued 2)
Marcelino Menéndez y Pelayo translation
OTELO.
¿Lo entiendes bien, Yago? Ahora, por muy breve tiempo, voy á hacer el papel de sufrido, luego el de verdugo.
YAGO.
Dices bien, pero no conviene que te precipites. Ahora escóndete.
(Se aleja Otelo.)
Para averiguar dónde está Casio, lo mejor es preguntárselo á Blanca, una infeliz á quien Casio mantiene, en cambio de su venal amor. Tal es el castigo de las rameras: engañar á muchos, para ser al fin engañadas por uno solo. Siempre que le hablan de ella, se rie estrepitosamente. Pero aquí viene el mismo Casio.
(Sale Casio.)
Su risa provocará la ira de Otelo. Toda la alegría y regocijo del pobre Casio la interpretará con la triste luz de sus celos. ¿Qué tal, teniente mio?
CASIO.
Mal estoy, cuando te oigo saludarme con el nombre de ese cargo, cuya pérdida tanto me afana.
YAGO.
Insistid en vuestros ruegos, y Desdémona lo conseguirá. (En voz baja.) Si de Blanca dependiera el conseguirlo, ya lo tendriais.
CASIO.
¡Pobre Blanca!
OTELO.
(Aparte.) ¡Qué risa la suya!
YAGO.
Está locamente enamorada de tí.
CASIO.
¡Ah, sí! ¡pobrecita! Pienso que me ama de todas veras.
OTELO.
(Aparte.) Hace como quien lo niega, y al mismo tiempo se rie.
YAGO.
Óyeme, Casio.
OTELO.
(Aparte.) Ahora le está importunando para que repita la narracion. ¡Bien! ¡cosa muy oportuna!
YAGO.
¿Pues no dice que os casareis con ella? ¿Pensais en eso?
CASIO.
¡Oh qué linda necedad!
OTELO.
(Aparte.) ¿Triunfas, triunfas?
CASIO.
¡Yo casarme con ella! ¿Yo con una perdida? No me creas capaz de semejante locura. ¡Ah, ah!
OTELO.
(Aparte.) ¡Cómo se rie este truhan afortunado!
YAGO.
Pues la gente dice que os vais á casar con ella.
CASIO.
Dime la verdad entera.
YAGO.
Que me emplumen, si no la digo.
OTELO.
¿Con que me han engañado? Está bien.
CASIO.
Ella misma es la que divulga esa necedad, pero yo no le he dado palabra alguna.
OTELO.
Yago me está haciendo señas. Ahora va á empezar la historia.
CASIO.
Ahora poco la he visto: en todas partes me sigue. Dias pasados estaba yo en la playa hablando con unos venecianos, cuando ella me sorprende y se arroja á mi cuello...
OTELO.
(Aparte.) Y te diria: «hermoso Casio» ó alguna cosa por el estilo.
CASIO.
Y me abrazaba llorando, y se empeñaba en llevarme consigo.
OTELO.
Y ahora contará cómo le llevó á mi lecho. ¿Por qué, por qué estaré yo viendo las narices de ese infame, y no el perro á quien he de arrojárselas?
CASIO.
Tengo que dejarla.
YAGO.
Mírala: allí viene.
CASIO.
¡Y qué cargada de perfumes!
(Sale Blanca.)
¿Por qué me persigues sin cesar?
BLANCA.
¡El diablo es quien te persigue! ¿Para qué me has dado, hace poco, ese pañuelo? ¡Qué necia fuí en tomarle! ¿Querias que yo te copiase la labor? ¡Qué inocencia! Encontrarle en su cuarto, y no saber quién le dejó. Será regalo de alguna querida, ¿y tenias empeño en que yo copiase la labor? Aquí te lo devuelvo: dásele: que no quiero copiar ningun dibujo de ella.
CASIO.
Pero, Blanca, ¿qué te pasa? Calla, calla.
OTELO.
¡Poder del cielo! ¿No es ese mi pañuelo?
BLANCA.
Vente conmigo, si quieres cenar esta noche. Si no, ven cuando quieras.
(Vase.)
YAGO.
Síguela.
CASIO.
Tengo que seguirla. Si, no, alborotará á las gentes.
YAGO.
¿Y cenarás con ella?
CASIO.
Pienso que sí.
YAGO.
Allí os buscaré, porque tengo que hablaros.
CASIO.
¿Vendreis á cenar con nosotros?
YAGO.
Iré.
OTELO.
(A Yago.) ¿Qué muerte elegiré para él, Yago?
YAGO.
Ya visteis con qué algazara celebraba su delito.
OTELO.
¡Ay, Yago!
YAGO.
¿Visteis el pañuelo?
OTELO.
¡Era el mio!
YAGO.
El mismo. Y ya vereis qué amor tiene á vuestra insensata mujer. Ella le regala su pañuelo, y él se le da á su querida.
OTELO.
Nueve años seguidos quisiera estarla matando. ¡Oh, qué divina y admirable mujer!
YAGO.
No os acordeis de eso.
OTELO.
Esta noche ha de bajar al infierno. No quiero que viva ni un dia más. Mi corazon es de piedra: al herirle me hiero la mano. ¡Oh, qué hermosa mujer! No la hay igual en el mundo. Merecia ser esposa de un emperador que la obedeciese como siervo.
YAGO.
No os acordeis de eso.
OTELO.
¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio!
YAGO.
Eso la hace mil veces peor.
OTELO.
Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa.
YAGO.
Demasiado blanda de condicion.
OTELO.
Dices verdad. Pero, á pesar de todo, amigo Yago, ¡qué dolor, qué dolor!
YAGO.
Si tan enamorado estais de ella, á pesar de su alevosía, dejadla pecar á rienda suelta. Para vos es el mal: si os dais por contento, ¿á los demas qué nos importa?
OTELO.
Pedazos quiero hacerla. ¡Engañarme á mí!
YAGO.
¡Oh, perversa mujer!
OTELO.
¡Enamorarse de mi teniente!
YAGO.
Eso es todavía peor.
OTELO.
Búscame un veneno, Yago, para esta misma noche. No quiero hablarla, no quiero que se disculpe, porque me vencerán sus hechizos. Para esta misma noche, Yago.
YAGO.
No estoy por el veneno. Mejor es que la ahogueis sobre el mismo lecho que ha profanado.
OTELO.
¡Admirable justicia! Lo encuentro muy bien.
YAGO.
De Casio yo me encargo. Allá á las doce de la noche sabreis lo demas.
OTELO.
¡Admirable plan! ¿Pero qué trompeta es la que suena?
YAGO.
Alguna embajada de Venecia, enviada por el Dux. Allí veo á Ludovico acompañado de vuestra mujer.
(Salen Ludovico, Desdémona, etc.)
LUDOVICO.
General, os saludo respetuosamente.
OTELO.
Bien venido seais.
LUDOVICO.
Os saludan el Dux y Senadores de Venecia. (Le da una carta.)
OTELO.
Beso la letra, expresion de su voluntad. (Besa la carta.)
DESDÉMONA.
¿Qué pasa por Venecia, primo mio Ludovico?
YAGO.
Caballero, mucho me alegro de veros en Chipre.
LUDOVICO.
Gracias, hidalgo, ¿y dónde está el teniente Casio?
YAGO.
Vivo y sano.
DESDÉMONA.
Entre él y mi marido ha habido ciertas disensiones, pero vos los pondreis en paz, de seguro.
OTELO.
¿Así lo crees?
DESDÉMONA.
¿Qué dices, esposo mio?
OTELO.
(Leyendo.) «Es preciso cumplirlo sin demora.»
LUDOVICO.
No os oye: está ocupado en la lectura: ¿Con que, han reñido él y Casio?
DESDÉMONA.
Sí, y no sé cuánto hubiera yo dado por hacer las paces entre ellos, porque tengo buena voluntad á Casio.
OTELO.
¡Rayos y centellas!
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
¿Piensas lo que estás diciendo?
DESDÉMONA.
¿Cómo? ¿Está furioso?
LUDOVICO.
Puede ser que le haya hecho mal efecto la carta, porque (si no me equivoco) se le manda en ella volver á Venecia, dejando en el gobierno á Casio.
DESDÉMONA.
Mucho me alegro.
OTELO.
¿Te alegras?
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
Pláceme verte loca.
DESDÉMONA.
¿Qué dices, esposo?
OTELO.
¡Aparta, demonio!
DESDÉMONA.
¿Tal he merecido?
LUDOVICO.
Ni con juramento lo creeria nadie en Venecia. ¡Qué ultraje tan brutal! ¿No veis cómo está llorando?
OTELO.
¡Víbora! Si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra, de cada gota naceria un cocodrilo. ¡Lejos, lejos de aquí!
DESDÉMONA.
Me iré por no verte enojado.
LUDOVICO.
¡Qué humildad y modestia! Compadeceos de ella, señor gobernador. Volvedla á llamar.
OTELO.
Venid aquí, señora.
DESDÉMONA.
¿Qué me quereis, esposo mio?
OTELO.
¿Qué la quereis vos?
LUDOVICO.
Nada, señor.
OTELO.
Sí. ¿Qué la quereis? ¿No me deciais que la llamase? Sí, sí, ella volverá y llorará, porque sabe llorar, caballero, sabe llorar, y es muy humilde, muy sumisa, como antes deciais. Llora, llora más.—Esta carta me manda volver... ¡Oh perfidia astuta!—Me mandan volver.—Retírate. Luego nos veremos.—Obedezco. Volveré á Venecia. ¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona!
(Se va Desdémona.)
Casio me ha de suceder. Esta noche venid á cenar conmigo. Bien venido seais á Chipre. (Aparte.) ¡Monos lascivos, esposos sufridos!
(Se va.)
LUDOVICO.
¿Y este es aquel moro, de quien tantas ponderaciones oí en el Senado? ¿Este el de alma severa, firme é imperturbable contra los golpes de la suerte ó los furores de la pasion?
YAGO.
Parece otro.
LUDOVICO.
¿Estará sano? ¿Habrá perdido la cabeza?
YAGO.
Es lo que es. No está bien que yo os diga más. ¡Ojalá que volviera á ser lo que ha sido!
LUDOVICO.
¿Cómo podrá haberse arrebatado hasta el extremo de golpear á su mujer?
YAGO.
Mal ha hecho, pero ojalá sea el último ese golpe.
LUDOVICO.
¿Es costumbre suya, ó efecto de la lectura de la carta?
YAGO.
¡Cuánto lo deploro! Pero estaria mal en mí el descubriros lo que sé. Vos mismo lo ireis viendo, y en sus actos lo descubrireis, de tal modo que nada os quede que saber ni que preguntarme.
LUDOVICO.
Yo le creia de muy diverso carácter. ¡Qué lástima!
ESCENA II.
Sala del castillo.
OTELO y EMILIA.
OTELO.
¿Nada has visto?
EMILIA.
Ni oido ni sospechado.
OTELO.
Pero á Casio y á ella los has visto juntos.
EMILIA.
Pero nada sospechoso he advertido entre ellos, y eso que ni una sola de sus palabras se me ha escapado.
OTELO.
¿Nunca han hablado en secreto?
EMILIA.
Jamas, señor.
OTELO.
¿Nunca te mandaron salir?
EMILIA.
Nunca.
OTELO.
¿Nunca te han enviado á buscar los guantes ó el velo ó cualquier otra cosa?
EMILIA.
Jamas.
OTELO.
Rara cosa.
EMILIA.
Me atreveria á jurar que es fiel y casta. Desterrad de vuestro ánimo toda sospecha contra ella. Maldito sea el infame que os la haya infundido. Caiga sobre él el anatema de la serpiente. Si ella no es mujer de bien, imposible es que haya mujer honrada ni esposo feliz.
OTELO.
Llámala. Dile que venga pronto.
(Vase Emilia.)
Ella habla claro, pero si fuera confidente de sus amores, ¿no diria lo mismo? Es moza ladina y quizá oculta mil horribles secretos. Y sin embargo, yo la he visto arrodillada y rezando.
(Salen Desdémona y Emilia.)
DESDÉMONA.
¿Qué mandais, señor?
OTELO.
Ven, amada mia.
DESDÉMONA.
¿Qué me quieres?
OTELO.
Verte los ojos. Mírame á la cara.
DESDÉMONA.
¿Qué horrible sospecha?...
OTELO.
(A Emilia.) Aléjate, déjanos solos, y cierra la puerta. Si álguien se acerca, haznos señal tosiendo. Mucha cautela. Véte.
(Se va Emilia.)
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/ab7c66230d38c2c2.jpg)
DESDÉMONA.
Te lo suplico de rodillas. ¿Qué pensamientos son los tuyos? No te entiendo, pero pareces loco furioso.
OTELO.
¿Y tú qué eres?
DESDÉMONA.
Tu fiel esposa.
OTELO.
Si lo juras, te condenas eternamente, aunque puede que el demonio, al ver tu rostro de ángel, dude en apoderarse de tí. Vuelve, vuelve á condenarte: júrame que eres mujer de bien.
DESDÉMONA.
Dios lo sabe.
OTELO.
Dios sabe que eres tan falsa como el infierno.
DESDÉMONA.
¿Falsa yo? ¿con quién? ¿Por qué, esposo mio? ¿Yo falsa?
OTELO.
¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona!
DESDÉMONA.
¡Dia infausto! ¿Por qué lloras, amado mio? ¿Soy yo la causa de tus lágrimas? No me eches la culpa de haber perdido tu empleo, quizá por odio de mi padre. Lo que tú pierdes, lo pierdo yo tambien.
OTELO.
¡Ojalá que el cielo agotara sobre mi fortaleza todas las calamidades! ¡Ojalá que vertiese sobre mi frente dolores y vergüenzas sin número, y me sepultara en el abismo de toda miseria, ó me encerrara en cautiverio fierísimo y sin esperanza! Todavía encontraria yo en algun rincon de mi alma una gota de paciencia. ¡Pero convertirme en espantajo vil, para que el vulgo se mofe de mí y me señale con el dedo! ¡Y aún esto podria yo sufrirlo! Pero encontrar cegada y seca para siempre la que juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, ó verla convertida en sucio pantano, morada de viles renacuajos, en nido de infectos amores, ¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos! ¿por qué me muestras ceñudo como el infierno tu rostro?
DESDÉMONA.
Creo que me tiene por fiel y honrada mi esposo.
OTELO.
Fiel como las moscas que en verano revolotean por una carnicería. ¡Ojalá nunca hubieras brotado, planta hermosísima, y envenenadora del sentido!
DESDÉMONA.
¿Pero qué delito es el mio?
OTELO.
¿Por qué en tan bello libro, en tan blancas hojas, sólo se puede leer esta palabra: «ramera»? ¿Qué delito es el tuyo, me preguntas? Infame cortesana, si yo me atreviera á contar tus lascivas hazañas, el rubor subiria á mis mejillas, y volaria en cenizas mi modestia. ¿Qué delito es el tuyo? El mismo sol, la misma luna se escandalizan de él, y hasta el viento que besa cuanto toca, se esconde en los más profundos senos de la tierra, por no oirlo. ¿Cuál es tu delito? ¡Infame meretriz!
DESDÉMONA.
¿Por qué me ofende así?
OTELO.
Pues qué, ¿no eres mujer ramera?
DESDÉMONA.
No: te lo juro como soy cristiana. Yo me he conservado tan pura é intacta como el vaso que sólo tocan los labios del dueño.
OTELO.
¿No eres infiel?
DESDÉMONA.
No: así Dios me salve.
OTELO.
¿De veras lo dices?
DESDÉMONA.
¡Piedad, Dios mio!
OTELO.
Perdonadme, señora: os confundí con aquella astuta veneciana que fué esposa de Otelo. (Levantando la voz.) Tú que enfrente de san Pedro guardas la puerta del infierno...
(Sale Emilia.)
Contigo hablaba. Ya está arreglado todo. Recoge tu dinero: cierra la puerta, y nada digas.
(Se va Otelo.)
EMILIA.
¿Qué sospecha atormenta á vuestro marido? ¿Qué os sucede, señora?
DESDÉMONA.
Me parece que estoy soñando.
EMILIA.
Señora, ¿qué le sucede á mi señor? decídmelo.
DESDÉMONA.
¿Y quién es tu señor?
EMILIA.
El vuestro, el moro.
DESDÉMONA.
Ya no lo es, Emilia, no hablemos más. No puedo llorar, ni hablar sin llorar. Esta noche ataviarás mi lecho con las galas nupciales. Dí á Yago que venga.
EMILIA.
¡Qué alteracion es esta!
(Se va.)
DESDÉMONA.
¿Será justo lo que hace conmigo? ¿Habré andado alguna vez poco recatada, dando ocasion á sus sospechas?
(Salen Emilia y Yago.)
YAGO.
¿Me llamabais? ¿Estais sola, señora?
DESDÉMONA.
No lo sé. El que reprende á un niño debe hacerlo con halago y apacible manera, y yo soy como un niño.
YAGO.
¿Pues qué ha sido, señora mia?
EMILIA.
¡Ay, Yago! El moro la ha insultado, llamándola ramera y otros vocablos groseros y viles, intolerables para todo pecho bien nacido.
DESDÉMONA.
¿Y yo merecia eso?
YAGO.
¿Qué, señora mia?
DESDÉMONA.
Lo que él me ha dicho.
YAGO.
¡Llamarla ramera! No dijera tal un pícaro en la taberna, hablando de su querida.
EMILIA.
¿Y todo por qué?
DESDÉMONA.
Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho.
YAGO.
Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz!
EMILIA.
¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo.
DESDÉMONA.
Esa es mi desdicha.
YAGO.
¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios recelos?
DESDÉMONA.
Dios lo sabe, Yago.
EMILIA.
Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo. Ahorcada me vea yo, si no acierto.
YAGO.
No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate.
DESDÉMONA.
Y si le hay, Dios le perdone.
EMILIA.
¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga hasta los confines del orbe?
YAGO.
No grites tanto.
EMILIA.
¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que yo tenia amores con el moro.
YAGO.
¿Estás en tu juicio? Cállate.
DESDÉMONA.
Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo? Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo: si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado.
YAGO.
Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras.
DESDÉMONA.
¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es...
YAGO.
Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo. (Tocan las trompetas.) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando, que todo se remediará.
(Vanse Emilia y Desdémona.) (Sale Rodrigo.)
¿Qué pasa, Rodrigo?
RODRIGO.
Pienso que no procedes de buena fe conmigo.
YAGO.
¿Y por qué?
RODRIGO.
No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio.
YAGO.
¿Me oyes, Rodrigo?
RODRIGO.
Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas obras.
YAGO.
Ese cargo es muy injusto.
RODRIGO.
Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta. Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo inútil.
YAGO.
Bien está, muy bien; prosigue.
RODRIGO.
¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien, sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y un majadero.
YAGO.
Está bien.
RODRIGO.
Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí.
YAGO.
¿Y eso es todo lo que se te ocurre?
RODRIGO.
Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras.
YAGO.
Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento tienen, pero yo soy inocente del todo.
RODRIGO.
Pues no lo pareces.
YAGO.
Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo, corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea á traicion.
RODRIGO.
¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible?
YAGO.
Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el gobierno, sustituyéndole Casio.
RODRIGO.
Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia.
YAGO.
No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece de la escena.
RODRIGO.
¿Qué quieres decir con eso?
YAGO.
Que convendria quitarle de en medio.
RODRIGO.
¿Y he de ser yo quien le mate?
YAGO.
Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no sabe nada de su nombramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle. Ya es hora de cenar. No te descuides.
RODRIGO.
Dame alguna razon más que me convenza.
YAGO.
Ya te la daré.
(Vanse.)
ESCENA III.
Sala del castillo.
OTELO, LUDOVICO, DESDÉMONA, EMILIA.
LUDOVICO.
Señor: no os molesteis en acompañarme.
OTELO.
No: me place andar en vuestra compañía.
LUDOVICO.
Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias.
OTELO.
Y yo me felicito de vuestra venida.
LUDOVICO.
¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona.
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y obedéceme.
DESDÉMONA.
Así lo haré, esposo mio.
(Vanse todos menos Emilia y Desdémona.)
EMILIA.
¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido?
DESDÉMONA.
Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en seguida.
EMILIA.
¿Y por qué dejarte sola?
DESDÉMONA.
Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la ropa de noche, y aléjate.
EMILIA.
¡Ojalá no le hubieras conocido nunca!
DESDÉMONA.
Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus furores me encantan. Desátame las cintas.
EMILIA.
Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me dijisteis?
DESDÉMONA.
Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero antes que tú, amortájame con esas ropas.
EMILIA.
¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo!
DESDÉMONA.
Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó, y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es agradable Ludovico!
EMILIA.
Mozo gallardo.
DESDÉMONA.
Y muy discreto en sus palabras.
EMILIA.
Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa sólo por conquistar un beso de Ludovico.
DESDÉMONA (canta).
«Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor. Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz. Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á compasion de oirla.»
Recoge esto.
«Cantad el sauce, cantad su verdor.»
Véte, que él volverá muy pronto. (Canta.)
«Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su desden fué justo.»
No, no es así el cantar. Alguien llama.
EMILIA.
Es el viento.
DESDÉMONA.
(Canta.) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió? Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros ojos, busca tú otro amante.»
Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas?
EMILIA.
No es anuncio de nada.
DESDÉMONA.
Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera?
EMILIA.
Ya lo creo que existen.
DESDÉMONA.
¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo?
EMILIA.
¿Y tú qué harias?
DESDÉMONA.
Nunca lo haria, te lo juro por esa luz.
EMILIA.
Yo no lo haria por esa luz, pero quizá lo haria á oscuras.
DESDÉMONA.
¿Lo harias, si te dieran el mundo entero?
EMILIA.
Grande es el mundo, y comparado con él, parece pequeño ese delito.
DESDÉMONA.
Yo creo que no lo harias.
EMILIA.
Sí que lo haria, para deshacerlo despues. No lo haria por un collar ni por una sortija ni por un manto, pero si me daban el mundo, y podia yo hacer rey á mi marido, ¿cómo habia de dudar?
DESDÉMONA.
Pues yo, ni por todo el mundo haria tal ofensa á mi marido.
EMILIA.
Es que el mundo no la juzgaria ofensa, y si os daban el mundo, como la ofensa era en vuestro mundo, fácil era convertirla en bien.
DESDÉMONA.
Pues yo no creo que haya tales mujeres.
EMILIA.
Más de una y más de veinte: tantas que bastarian para llenar un mundo. Pero la culpa es de los maridos. Si ellos van á prodigar con otras el amor que es nuestro, ó nos encierran en casa por ridículos celos, ó nos golpean, ó gastan malamente nuestra hacienda, ¿no hemos de enfurecernos tambien? Cierto que somos benignas de condicion, pero capaces de ira. Y sepan los maridos que las mujeres tienen sentidos lo mismo que ellos, y ven y tocan y saborean, y saben distinguir lo dulce de lo amargo. Cuando ellos abandonan á su mujer por otra, ¿qué es lo que buscan sino el placer? ¿qué les domina sino la pasion? ¿qué les vence sino la flaqueza? ¿nosotras no tenemos tambien apetitos, pasiones y flaquezas? Conforme nos traten, así seremos.
DESDÉMONA.
Adios. El Señor me ampare, y haga que el maltrato de mi marido produzca en mí virtudes, y no vicios.
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/1eb99d9b24125dce.jpg)
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/4fdedd164f3193f7.jpg)
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
Calle.
YAGO y RODRIGO.
YAGO.

Escóndete, que ahora viene; en cuanto aparezca, desenvaina la espada, y ¡á él sin miedo! Yo te guardaré las espaldas. Es cuestion de vida ó muerte. Decídete, pues, y ten resolucion.
RODRIGO.
No te alejes, por si me sale mal mi intento.
YAGO.
Estaré detras de tí. En guardia.
(Se va.)
RODRIGO.
Del resultado no tengo confianza, y sin embargo, las razones que me da me convencen. Que muera uno ¿qué importa?
(Se retira.)
YAGO.
Tanto me he burlado de este necio que ya empieza á conocerlo. Mate él á Casio, mátele Casio á él ó mueran los dos, siempre saldré ganando. Si Rodrigo escapa, comenzará á pedirme el dinero y las joyas que le he sacado, so pretexto de seducir á Desdémona. Y si se salva Casio, su presencia será un perpétuo acusador contra mí, y ademas el moro podrá referir á Casio lo que ha pasado entre nosotros, y ponerme en grave peligro. Muera, pues. Le siento llegar.
(Sale Casio.)
RODRIGO.
Él es. Le conozco. ¡Muere, traidor! (Le da una estocada.)
CASIO.
La vida me hubiera costado esta estocada, á no traer el jubon tan bien aforrado. Veamos cómo está el tuyo. (Hiere á Rodrigo.)
RODRIGO.
¡Confesion! ¡Muerto soy! (Yago hiere en las piernas á Casio y huye luego.)
CASIO.
¡Me han dejado cojo para siempre! ¡Asesino! ¡Favor!
(Sale Otelo.)
OTELO.
Voz es de Casio. Yago ha cumplido bien su palabra.
RODRIGO.
¡Qué infame he sido!
OTELO.
Sí, él es: no hay duda.
CASIO.
¡Favor! ¡Luces! ¡Un cirujano!
OTELO.
Es Casio, es Casio. ¡Oh valeroso Yago, que has sentido como propia la afrenta de un amigo, tú me muestras el camino de la venganza! ¡Adúltera mujer! Ya ha sucumbido tu amante, y se acerca tu última hora. Voy á buscarte, borrando de mi corazon hasta el último recuerdo de tus hechizos y de la luz de tus ojos. Sangre de tu torpe corazon ha de purificar nuestro lecho mancillado por tí.
(Se va.) (Salen Ludovico y Graciano.)
CASIO.
¿Dónde está la ronda? ¿Nadie acude? ¡Favor! ¿Por qué no prendeis al asesino?
GRACIANO.
¡Oh qué desgracia! ¡Qué espanto causan en mí esas voces!
CASIO.
¡Ayuda!
LUDOVICO.
¡Silencio!
RODRIGO.
¡Infame!
LUDOVICO.
Oigo los gemidos de dos ó tres personas. ¡Infausta noche! ¿Será alguna zalagarda? Procedamos con cautela. ¿Quién se arroja á darles auxilio sin la ronda?
RODRIGO.
Socorredme, que me desangro.
LUDOVICO.
¿No lo oyes?
(Sale Yago en cuerpo y con una luz.)
GRACIANO.
Ahí viene un hombre medio desnudo, con armas y luz.
YAGO.
¿Quién es? ¿Quién grita «asesino»?
LUDOVICO.
No lo sabemos.
YAGO.
¿No habeis oido voces?
CASIO.
¡Favor de Dios! ¡Por aquí, por aquí!
YAGO.
¿Qué sucede?
GRACIANO.
Si no me equivoco, es la voz del alférez de Otelo.
LUDOVICO.
No tiene duda. Y es Valentin tu mancebo.
YAGO.
¿Quién eres tú que tan amargamente te quejas?
CASIO.
Yago, me han acometido unos asesinos, dame favor.
YAGO.
¡Dios mio! ¡Mi teniente! ¿Quién os ha puesto de esa manera?
CASIO.
Uno de ellos está herido cerca de mí, y no puede huir.
YAGO.
¡Villanos, alevosos! ¿Quién sois? ¡Favor, ayuda!
RODRIGO.
¡Favor, Dios mio!
CASIO.
Uno de ellos es aquel.
YAGO.
¡Traidor, asesino! (Saca el puñal y hiere á Rodrigo.)
RODRIGO.
¡Maldito Yago! ¡Perro infernal!
YAGO.
¡Asaltarle de noche y á traicion! ¡Bandidos! ¡Qué silencio, qué soledad! ¡Muerte! ¡Socorro! ¿Y vosotros veniais de paz ó en son de combate?
LUDOVICO.
Por nuestros hechos podeis conocerlo.
YAGO.
¡Ilustre Ludovico!
LUDOVICO.
El mismo soy.
YAGO.
Perdon os pido. Ahí yace Casio á manos de traidores.
GRACIANO.
¡Casio!
YAGO.
¿Qué tal, hermano?
CASIO.
Tengo herida la pierna.
YAGO.
¡No lo quiera Dios! ¡Luz, luz! Yo vendaré las heridas con mi ropa.
(Sale Blanca.)
BLANCA.
¿Qué pasa? ¿Qué voces son esas?
YAGO.
¿De quién son las voces?
BLANCA.
¡Casio, mi amado Casio, mi dulce Casio!
YAGO.
¡Ramera vil! Amigo Casio, ¿y ni áun sospechais quién pudo ser el agresor?
CASIO.
Lo ignoro.
GRACIANO.
¡Cuánto me duele veros así! Venia á buscaros.
YAGO.
¡Dadme una venda! Gracias. ¡Oh si yo tuviera una silla de manos, para llevarle á casa!
BLANCA.
¡Ay que pierde el sentido! ¡Casio, mi dulce Casio!
YAGO.
Amigos mios, yo tengo mis recelos de que esta jóven tiene parte no escasa en el delito. Esperad un momento. Que traigan luces, á ver si podremos conocer al muerto. ¡Amigo y paisano mio, Rodrigo! ¡No, no es! Sí, sí, ¡Rodrigo! ¡Qué suceso más extraño!
GRACIANO.
¿Rodrigo el de Venecia?
YAGO.
El mismo, caballero. ¿Le conociais vos?
GRACIANO.
Ya lo creo que le conocia.
YAGO.
¡Amigo Graciano! perdonadme. Con este lance estoy tan turbado que no sé lo que me sucede.
GRACIANO.
Mucho me place el veros.
YAGO.
¿Cómo os sentís, Casio? ¡Que traigan una silla de manos!
GRACIANO.
¡Rodrigo!
YAGO.
No cabe duda que es él. Lo deploro. Venga la litera. Llevadle despacio á casa de alguna persona caritativa. Me iré á llamar al médico de Otelo. No tengais cuidado, señora. El desdichado que ahí yace muerto, fué muy amigo mio. ¿Cuál seria la causa de la pendencia?
CASIO.
Ciertamente que no lo sé. Ni siquiera le conozco.
YAGO.
(A Blanca.) ¿Perdeis el color? Retirad el cadáver. No me abandoneis, caballeros. Mucho palideceis, señora mia. ¿No veis qué asustada y sin sosiego está? Creo que ella podria decirnos algo. Miradla, miradla de espacio. ¿No lo advertis, caballeros? La lengua calla, pero la conciencia habla á gritos.
(Sale Emilia.)
EMILIA.
¿Qué pasa? ¡Ay, esposo mio!
YAGO.
A traicion han acometido á Rodrigo. Algunos se han escapado. Él queda muerto y Casio herido.
EMILIA.
¡Infeliz Casio! ¡Pobre caballero!
YAGO.
¡Fruto natural de la vida que él traia! Véte, Emilia, y pregunta á Casio dónde cenó esta noche. (A Blanca.) ¿Por qué temblais, señora?
BLANCA.
En mi casa cenó, pero no tiemblo por eso.
YAGO.
¿Con que en tu casa? Pues ven conmigo.
EMILIA.
¡Mala mujer, ramera!
BLANCA.
Soy tan honrada como vos. No me insulteis.
EMILIA.
¡Tan honrada como yo! ¡Perdida!
YAGO.
Vamos á cuidar de Casio, amigos mios. Señora, venid, que pronto hablareis de otra manera. Emilia, véte á toda prisa al castillo, refiéreselo todo al moro y á Desdémona. Venid conmigo. (Aparte.) Esta noche será la de mi felicidad ó la de mi ruina.
(Se van.)
ESCENA II.
Alcoba en el castillo.
DESDÉMONA dormida. Á su lado una luz. Sale OTELO.
OTELO.
Con razon lo hago, con razon ¡alma mia! No os lo quiero contar, castas estrellas. Tampoco quiero derramar la sangre de ella, ni ajar su cútis más blanco que la nieve, y más tierno que mármol sepulcral. Y con todo eso, tengo que matarla, para que no engañe á otros hombres. Apagaré esta luz... y luego aquella. Si apago esta luz y luego me arrepiento, puedo volver á encenderla, pero si te apago á tí, luz clarísima, primor y ejemplar de la naturaleza, ¿dónde hallaré el fuego de Prometeo, para volverte á dar la vida? Si arranco la flor de su tallo, ¿cómo he de restituirla su frescura y lozanía? Necesario es que se marchite. Quiero respirar por la última vez su deleitoso aroma. (La besa.) ¡Oh regalado aliento de su boca, casi bastas para arrancar el hierro de la mano de la justicia! Otro beso y nada más. ¡Quédate así, cuando yo te mate: que muerta y todo te he de amar! Otro beso, el último. Nunca le hubo más delicioso ni más fatal: lloremos. Mi llanto es feroz, y mi ira es como la de Dios, que hiere donde más ama. Ahora se despierta.
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/edd2716518648ab8.jpg)
Muerte de Desdémona.

DESDÉMONA.
(Despertándose.) ¿Eres tú, Otelo?
OTELO.
Yo soy, Desdémona.
DESDÉMONA.
Esposo mio, ¿quieres descansar?
OTELO.
¿Has rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA.
Sí.
OTELO.
Pues pide á Dios perdon, si te acuerdas de algun crímen, que Dios no te haya perdonado todavía.
DESDÉMONA.
¡Dios mio! ¿Qué me quieres decir, esposo?
OTELO.
Hazlo, y pronto. Yo me alejaré entre tanto. No quiero que mueras sin confesion. No quiero condenar tu alma.
DESDÉMONA.
¿Qué? ¿Quieres matarme?
OTELO.
Sí, por cierto.
DESDÉMONA.
¡Perdon, Dios mio!
OTELO.
¡Así sea! Dilo con todas las fuerzas de tu alma.
DESDÉMONA.
Tú que así hablas no puedes matarme.
OTELO.
¿Qué?
DESDÉMONA.
Con todo eso, te tiemblo. Tu mirada me aterra. Y no sé por qué es mi temor, pues de ningun crímen me reconozco culpable. Y sin embargo, tiemblo.
OTELO.
Acuérdate de tus pecados.
DESDÉMONA.
Será el amor que te profeso.
OTELO.
Por ese amor te mato.
DESDÉMONA.
¿Matarme porque te amo? ¡Oh indigna muerte! ¿Por qué te muerdes los labios? ¡Ciega pasion te descamina! Agüeros son de mal suceso; pero yo espero que no me amenazan á mí.
OTELO.
¡Calla, calla!
DESDÉMONA.
Sí callaré, ¿pero qué pasa?
OTELO.
¿Tú diste á Casio aquel pañuelo, regalo mio y que yo tanto apreciaba?
DESDÉMONA.
¡No, te lo juro por mi vida! Pregúntaselo á él.
OTELO.
No jures en falso, amada mia, que ya estás en el tálamo de la muerte.
DESDÉMONA.
¿Tan pronto?
OTELO.
En seguida. Confiesa, pues, tus culpas, una por una, que aunque las niegues con los más firmes juramentos, no has de disminuir en un ápice mi firme conviccion. De todas maneras, morirás.
DESDÉMONA.
Entonces, Dios tenga compasion de mí.
OTELO.
Así sea.
DESDÉMONA.
Y tenla tú tambien. Jamas te falté, ni áun de pensamiento. Nunca puse mi corazon en Casio ni le dí prenda alguna de amor. Quísele sólo con la amistad que Dios aprueba.
OTELO.
¡Dios mio! ¡Y yo que he visto el pañuelo en sus manos! ¡Tú quieres volverme loco, y hacer que trueque en asesinato lo que quiero que sea sacrificio! Yo he visto el pañuelo.
DESDÉMONA.
Él lo encontró en el suelo. Yo no se le dí. Que él venga y nos declare la verdad.
OTELO.
Ya la ha confesado.
DESDÉMONA.
¿Y qué confesó?
OTELO.
Que alcanzó favores tuyos.
DESDÉMONA.
¿Ilícitos?
OTELO.
Sí.
DESDÉMONA.
Falso. No lo repetirá delante de mí.
OTELO.
No, porque Yago le ha cerrado la boca.
DESDÉMONA.
¡Ah! Tiemblo. ¿Casio ha muerto?
OTELO.
¡Ojalá hubiera tenido tantas vidas como cabellos, para que mi venganza las hubiera devorado una por una!
DESDÉMONA.
¡Calumnia, calumnia atroz, que nos ha perdido!
OTELO.
¡Infame! ¿Y te atreves á llorarle delante de mí?
DESDÉMONA.
¡Esposo mio, destiérrame de tu presencia, pero no me mates!
OTELO.
Apártate, vil adúltera.
DESDÉMONA.
Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana.
OTELO.
¿Aún te defiendes?
DESDÉMONA.
Siquiera una hora de vida.
OTELO.
La hora inevitable ha llegado.
DESDÉMONA.
Dejadme rezar una oracion.
OTELO.
Ya es tarde. (La estrangula.)
EMILIA.
(Dentro.) ¡Abrid, señor, abrid!
OTELO.
¿Quién llama? ¿Estará muerta del todo? En medio de todo, la tengo lástima, y no quiero alargar su agonía.
EMILIA.
(Dentro.) ¡Abrid, señor!
OTELO.
¿Quién es?
EMILIA.
(Dentro.) Señor, dejadme deciros dos palabras.
OTELO.
Es Emilia.—Voy á abrirla.—Ya ha muerto Desdémona.—¿Vendrá Emilia á contarme la muerte de Casio?—Aquí era el ruido.—Está inmóvil, yerta como la losa de un sepulcro.—¿Abriré? ¿Será una imprudencia?—¡Me parece que se mueve!—No es nada.—¿Qué haré? Si entra, preguntará por mi mujer. ¡Mi mujer, mi mujer!—¿Y quién es mi mujer? Yo no la tengo. ¡Hora tristísima! ¡Ojalá hubiese ahora un eclipse de sol y de luna, y se abriera el centro de la tierra!
EMILIA.
¡Abrid, señor! Que es muy importante lo que tengo que deciros.
OTELO.
Ya no me acordaba de tí, Emilia. Entra, pero despacio. Voy á cerrar las cortinas del lecho. (Abre la puerta.) (A Emilia.) ¿Qué nuevas traes? Dímelas.
EMILIA.
Señor, cerca de aquí acaban de matar á uno.
OTELO.
En este instante.
EMILIA.
Ahora mismo.
OTELO.
Influjos son de la luna, que anda ahora muy cerca de la tierra, y hace sentir aquí sus efectos.
EMILIA.
Casio ha dado muerte á un mancebo veneciano llamado Rodrigo.
OTELO.
¿Muerto Rodrigo? Y Casio muerto tambien.
EMILIA.
No. Casio no ha muerto.
OTELO.
¡Casio no ha muerto! Entonces ese homicidio, lejos de serme grato, me es aborrecible.
DESDÉMONA.
¡Oh muerte cruel!
EMILIA.
¿Qué grito ha sonado?
OTELO.
¿Grito? ¿Dónde?
EMILIA.
Grito de mi señora. Amparadme, por Dios. Decidme algo, señora, amada Desdémona.
OTELO.
Muere sin culpa.
EMILIA.
¿Y quién la mató?
DESDÉMONA.
Nadie. Yo me maté. Que Otelo me conserve en su recuerdo. Adios, esposo mio.
OTELO.
¿Pues cómo ha muerto?
EMILIA.
¿Quién lo sabe?
OTELO.
Ya has oido que ella misma dice que yo no fuí.
EMILIA.
Vos fuisteis. Y es preciso que digais la verdad.
OTELO.
Por la mentira se ha condenado y baja al infierno. Yo la maté.
EMILIA.
¡Ella era un ángel, vos sois un demonio!
OTELO.
Ella fué pecadora y adúltera.
EMILIA.
La estais calumniando infame y diabólicamente.
OTELO.
Fué falsa y mudable como el agua que corre.
EMILIA.
Y tú violento y rápido como el fuego. Siempre te guardó fidelidad, y fué tan casta como los ángeles del cielo.
OTELO.
Casio gozó de su amor. Que te lo cuente tu marido. ¡Oh, mereceria yo pagar mi necio crímen en lo más hondo del infierno, si antes de arrojarme á la venganza, no hubiera examinado bien la justicia de los motivos! Yago lo averiguó.
EMILIA.
¿Mi marido?
OTELO.
Tu marido.
EMILIA.
¿Él averiguó que Desdémona te habia sido infiel?
OTELO.
Sí, con Casio. Y si no me hubiera sido traidora, te juro que no la hubiera trocado ni por un mundo que el cielo hubiese fabricado para mí de un crisólito íntegro y sin mancha.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
Él me lo descubrió todo. Es hombre de bien, y aborrece toda infamia y torpeza.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
¿Por qué repites tanto: «mi marido»?
EMILIA.
¡Ay pobre señora mia, cómo la maldad se burla del amor! ¡Qué negra iniquidad! ¿Y mi marido te dijo que ella habia sido infiel?
OTELO.
Sí, tu marido. ¿Lo entiendes bien ahora? Yago, mi fiel amigo Yago.
EMILIA.
Pues si tales cosas te ha dicho, consúmase su alma, un átomo cada dia. ¡Ha mentido como un infame! Bien deseaba el puesto que tan caro ha comprado.
OTELO.
¡Por Dios vivo!...
EMILIA.
Puedes matarme: será un hecho tan indigno de memoria como lo eres tú.
OTELO.
Debias callar.
EMILIA.
Áun mayor que tu poder es mi valor. ¡Necio, más estúpido que el polvo de la tierra! ¡Vaya una bravata! Me rio de tu acero. Voy á contar á gritos quién eres, aunque me cueste la vida y cien vidas. ¡Socorro, que el moro ha asesinado á mi señora! ¡Socorro!
MONTANO.
¿Qué pasa, general?
EMILIA.
¿Ahí estás, Yago? ¡Qué habilidad tienes! ¡Dejar que un infame te acuse para disculpar sus crímenes!
GRACIANO.
¿Pero qué ha pasado?
EMILIA.
Si eres hombre, desmiéntele. Él cuenta que tú le dijiste que su mujer le era infiel. Yo sé bien que no lo has dicho, porque no eres tan malvado. Habla, respóndele, que el corazon quiere saltárseme.
YAGO.
Le dije lo que yo tenia por cierto, y lo que luego él ha averiguado.
EMILIA.
¿Y tú le dijiste que mi señora no era honrada?
YAGO.
Sí que se lo dije.
EMILIA.
Pues dijiste una mentira odiosa, infernal y diabólica. ¡Poder de Dios! ¿Y le dijiste que era infiel con Casio, con Casio?
YAGO.
Sí, con Casio. Cállate, mujer.
EMILIA.
No he de callar. Es necesario que yo hable. Mi pobre señora yace muerta en su lecho.
TODOS.
¡No lo consienta Dios!
EMILIA.
Y tus delaciones son causa de su muerte.
OTELO.
No os asombreis, señores. Así ha sucedido.
GRACIANO.
¡Horrenda verdad!
MONTANO.
¡Espantoso crímen!
EMILIA.
Aquí se esconde alguna infernal añagaza... Y empiezo á sospechar... ¡Ah, sí: ya caigo!... Lo que siempre recelé... ¡Infame! ¡Me ahoga la ira! ¡Oh trama inicua!
YAGO.
¿Estás loca? Véte á casa. Te lo mando.
EMILIA.
Caballeros, dejadme hablar. Otra vez le obedeceré, no ahora. Y quizá nunca volveré á tu casa, Yago.
OTELO.
¡Ay! ¡Ay!
EMILIA.
¿Al fin lo sientes? Ruge, ruge. Has asesinado á la más santa y hermosa criatura que ha visto nunca la luz del sol.
OTELO.
(Levantándose.) ¡Fué adúltera! No os habia conocido, tio. (A Graciano.) Ahí teneis muerta á vuestra sobrina, y muerta á mis manos. Sé que esto os parecerá horrible...
GRACIANO.
¡Pobre Desdémona! Cuán feliz es tu padre en haber pasado ya de esta vida. Tu boda le mató: el pesar de ella bastó á cortar el hilo de sus dias. Pero si hoy viviera, y la viese muerta, pienso que habia de maldecir hasta de su ángel de guarda, provocando la indignacion del cielo.
OTELO.
¡Qué dolor! Pero Yago sabe que ella mil veces se entregó á Casio. El mismo Casio lo confesaba, y ademas recibió de ella, en pago de su amor, el pañuelo, el regalo nupcial que yo le hice, un pañuelo que mi padre habia dado á mi madre. Yo mismo le he visto en manos de Casio.
EMILIA.
¡Dios poderoso! ¡Dios de bondad!
YAGO.
¡Calla, te digo!
EMILIA.
No: no puedo callar, no quiero. Hablaré libre como el viento, aunque me condenen Dios y los hombres y el infierno. No callaré: debo hablar.
YAGO.
No digas locuras. A casa, á casa.
EMILIA.
Jamas iré. (Yago la amenaza.)
GRACIANO.
¿Qué? ¿La espada sacais contra una débil mujer?
EMILIA.
¡Perverso Otelo! Yo encontré aquel pañuelo: yo misma se le dí á mi marido, porque con muchas instancias me habia pedido que lo robara.
YAGO.
¡Infame prostituta!
EMILIA.
¿Que ella se lo dió á Casio? No: ¡si le encontré yo, y se le dí á mi marido!
YAGO.
Mientes, malvada.
EMILIA.
No miento, no. Caballeros, no miento. ¡Bestia cruel! ¡Estúpido! ¿Cómo habias tú de poder contra esa santa?
OTELO.
¡Monstruo! ¿No hay rayos en el cielo, ó es que el trueno se los apropió todos? (Se arroja sobre Yago, pero este hiere á Emilia y huye.)
GRACIANO.
Sin duda ha muerto á su mujer.
EMILIA.
Sí: muerta soy: colocadme al lado de mi ama.
GRACIANO.
Él ha huido dejándola muerta.
MONTANO.
¡Infame asesino! Toma tú esta espada que he quitado de manos del moro. Guardad la puerta: no le dejeis salir, aunque sea preciso matarle. Yo iré detras de ese malvado, el más abominable de cuantos existen en el mundo.
(Vanse Montano y Graciano.)
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/a846c194b4d3b860.jpg)
OTELO.
Hasta el valor he perdido: un niño podria desarmarme. Pero ¿qué importa? ¡Vaya con la virtud la honra! ¡Húndase todo!
EMILIA.
Quiero acordarme de las palabras de tu canto, señora mia, óyeme, si es que aún tienes oidos. Moriré cantando como el cisne:
Cantad el sauce, y su verdor cantad.
Moro: ella fué honesta.
Moro: ella te amaba.
Verdad es: así yo me salve. Muero diciendo la verdad. Muero. (Cae.)
OTELO.
Otra arma tengo aquí: una hoja española, reciamente templada en las aguas del Tajo. Ahora es cuando debo desnudarla, amado tio.
GRACIANO.
(Dentro.) Vana empresa será el defenderte: no tienes armas, has de ceder.
OTELO.
Entra, y óyeme, ó embestiré desnudo como estoy.
(Sale Graciano.)
GRACIANO.
¿Qué sucede?
OTELO.
Espada tengo, la mejor que ciñó ningun guerrero: esta hoja y este brazo han allanado obstáculos veinte veces mayores que tu resistencia. Pero ¡qué insensato alarde! ¿Quién lidia contra la fortuna? Todo ha cambiado: no me temes aunque me ves con armas. Este es el término de mi viaje, la bahía y el puerto. ¿Te retiras tembloroso? ¿A qué ese miedo? Aunque ataques á Otelo con una débil caña, Otelo cederá. ¿Y á dónde ha de ir Otelo? Déjame ver tu rostro por última vez, infeliz esposa mia. Tan pálido está como tu vestidura. Cuando los dos comparezcamos ante el tribunal divino, esa mirada tuya bastará á arrojar mi alma del cielo, y los demonios harán presa en ella con sus uñas. ¡Ay de mí, siervo del pecado! ¡Furias, arrojadme del cielo con vuestros azotes! Demonios, arrastradme en vuestro gran torbellino, hacedme hervir en azufre ó en pilas de hirviente metal. ¡Desdémona, Desdémona!
(Salen Ludovico, Montano, Casio herido, y Yago preso.)
LUDOVICO.
¿Dónde está este infeliz temerario?
OTELO.
Aquí teneis al que fué Otelo.
LUDOVICO.
¿Dónde ese basilisco, ese horrible Yago?
OTELO.
¡Lástima que seas demonio, porque no podré matarte! (Le hiere.)
LUDOVICO.
Desarmadle.
YAGO.
Me has herido, pero no de muerte.
OTELO.
Y no lo siento. Quiero que vivas, porque el morir es una dicha.
LUDOVICO.
Otelo, tú que antes fuiste tan bueno y generoso, ¿cómo has caido en los lazos de este traidor artero? ¿Qué dirán de tí?
OTELO.
Cuanto quieran, si así lo creeis; seré un delincuente honrado. Por honor la maté, no por odio.
LUDOVICO.
En parte ya ha confesado su crímen. ¿Los dos concertasteis la muerte de Casio?
OTELO.
Sí.
CASIO.
Y sin razon ninguna.
OTELO.
Téngolo por cierto y te pido perdon. Preguntad á ese demonio, qué motivo le pudo inducir á infernar de ese modo mi cuerpo y mi alma.
YAGO.
No me pregunteis nada, no he de responder. Todo lo sabeis. Desde ahora no he de hablar.
LUDOVICO.
¿Ni siquiera para rezar?
GRACIANO.
El tormento te obligará á mover la lengua.
OTELO.
Bien harás.
LUDOVICO.
Sabedlo todo, pues aún hay algo que no ha llegado á vuestra noticia. En el bolsillo de Rodrigo se han encontrado dos cartas. Una de ellas explica cómo Rodrigo se encargó de dar muerte á Casio.
OTELO.
¡Cobarde!
CASIO.
¡Infame!
LUDOVICO.
La otra carta contiene mil quejas contra Yago, pero se conoce que antes de enviarle Rodrigo la carta, encontró á Yago, y éste resolvió todas sus dudas y le decidió á lo que hizo.
OTELO.
¡Perro traidor! ¿Y cómo llegó á tus manos, Casio, aquel pañuelo de mi mujer?
CASIO.
Le hallé en mi aposento, y él mismo acaba de confesar que le dejó allí con este intento.
OTELO.
¡Necio, mentecato!
CASIO.
En la misma carta le echa en cara Rodrigo, entre otras mil acusaciones, el haberle excitado en el cuerpo de guardia á que riñese conmigo, de cuya riña resultó el perder yo mi empleo. Y él ha dicho antes de morir que Yago le acusó y le hirió.
LUDOVICO.
Necesario es que vengais con nosotros sin demora. El gobierno queda en manos de Casio. Y en cuanto á Yago creed que si hay algun tormento que pueda hacerle padecer eternamente sin matarle, á él se aplicará. Vos estareis preso, hasta que sentencie vuestra causa el Senado de Venecia.
OTELO.
Oidme una palabra, nada más, y luego os ireis. He servido bien y lealmente á la República, y ella lo sabe, pero no tratemos de eso. Sólo os pido por favor una cosa: que cuando en vuestras cartas al Senado refirais este lastimoso caso, no trateis de disculparme, ni de agravar tampoco mi culpa. Decid que he sido un desdichado: que amé sin discrecion y con furor, que aunque tardo en recelar, me dejé arrastrar como loco por la corriente de los celos: decid que fuí tan insensato como el indio que arroja al lodo una pieza preciosa que vale más que toda su tribu. Decid que mis ojos que antes no lloraban nunca, han destilado luego largo caudal de lágrimas, como destilan su balsámico jugo los árboles de Arabia. Contádselo todo así, y decid tambien que un dia que en Alepo un turco puso la mano en un veneciano, ultrajando la majestad de la República, yo agarré del cuello á aquel perro infiel y le maté así. (Se hiere.)
LUDOVICO.
¡Lastimosa muerte!
GRACIANO.
Vanas fueron nuestras palabras.
OTELO.
Esposa mia, quise besarte antes de matarte. Ahora te beso, y muero al besarte. (Muere.)
CASIO.
Yo lo recelé, porque era de alma muy generosa, pero creí que no tenia armas.
LUDOVICO.
¡Perro ladron, más crudo y sanguinario que la muerte misma, más implacable que el mar alborotado! ¡Mira, mira los dos cadáveres que abruman ese lecho! Gózate en tu obra, cuyo solo espectáculo basta para envenenar los ojos. Cubrid el cadáver: haced guardar la casa, Graciano. Haced inventario de los bienes del moro. Sois su heredero. Y á vos, gobernador, incumbe el castigar á este perro sin ley, fijando el modo y la hora del tormento. Y ¡que sea cruel, muy cruel! Yo con lágrimas en los ojos voy á llevar á Venecia la relacion del triste caso.
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/aca30eb97014c6aa.jpg)
![Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]](/illustrations/435c1ea2c34d7dde.jpg)