LIBRO TERCERO EL HIERRO DEL ESCLAVO (continued 2)
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—Pronto—dijo—, allá donde todo es posible y todo es bueno; cuando la carne se hace polvo en la tierra.
Y él, la miraba en éxtasis de inefable ternura, asegurando:
—A mí tu cuerpo me parece hecho todo con alma...
Apretó en sus manos fuertes las manos de María, húmedas por el llanto, blancas y temblorosas como jazmines que la lluvia doblase. Pero ella, desprendióse con terror de la caricia pura, y lloraba:
—Pues á mí nuestras almas... me parecen de carne...
Luego, imploradora, trémula, suplicó:
—Vete... vete... Hasta mañana.
Obedeció él, sumiso, y como un eco repitió con pavura:
—Hasta mañana...
Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba María, desgarrándose en triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alzó en un escondite por detrás de la señora. Deslizábase la doncella hacia la casa con un susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que la hacían pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.
Se remeció otra vez la linde del jardín; la sombra del poeta, huyendo entre macizos, se tendía en las flores del otoño... Estaba la noche como adormecida de placer, y se agitó el paisaje con un escalofrío de pasión.
XVII
¿Cuántos días? ¿uno? ¿mil?... ¿La vida toda?... ¿Un minuto?... La sublime demencia del amor inmovilizó el tiempo en el valle, para los enamorados inertes en su idilio, todo niebla y dulzura, todo inseguridad y dolor. ¡Era un correr entre sombras y resplandores, un vagar por los cielos y la tierra, un delirio tan puro y tan humano!...
A nadie le extrañó que Diego se hubiese aparecido en su casita, ni que se encerrase á escribir tenazmente, ó á pasear á lo largo de la estancia horas enteras, sin dejar su retiro más que para hacer la diaria visita á la señora del palacio.
La zafia sirviente del poeta contó que el señorito había llegado en el tren de la noche, sin preguntar por la señora ni por el nene, porque sabría, sin duda, que no estaban en casa... Contó que apenas comía el caballero, que hablaba solo y que le daba gran tarea á la pluma.
Para Tristán fué una sorpresa alegre la de ver á su padre una mañana en el balcón, gozando con el asombro de los dos amiguitos, que corrieron á abrazarle.
Con el franco egoísmo de la infancia, el niño dijo al hombre:
—¿Me traes un caballo?
—No pude... Estaban las tiendas cerradas cuando vine...
—¿Y los versos?
—¡Ah! sí, traigo muchos, para ti y para Lali.
—Versos—dijo la niña charlatana—son unos regloncitos chiquitines que «caen» bien unos con otros... Son cantares.
—Sí—repitió Tristán con maravilla—; son cantares, y valen el dinero... lo ha dicho tu mamá.
Villamor escuchaba embelesado el gracioso palique de los nenes, y un tierno gozo le inundaba, viéndolos tan unidos en la gloria envidiable de la inocencia.
Sin el ropaje de los disimulos siguió Tristán diciendo sus antojos:
—Papaíto; yo no quiero quedarme en esta casa; vente tú al palacio también, porque mamá se ha ido no sé á dónde...
—Donde está mi papá—saltó la niña resolviendo el problema fácilmente.
Diego endulzó una sonrisa muy amarga besando á los pequeños, y les dijo que él se estaría solo y ellos juntos con la mamá de Lali; que le irían á ver los dos á cada rato, y que todas las tardes les llevaría á paseo y les haría una visita.
Se quedaron conformes los chiquillos, y cumplieron por su parte el programa de tal modo, que á cada media hora gritaban á la puerta del despacho: Abre, que una mariposa se nos muere; á ver si tú la curas... Que nos cuentes un cuento... Que nos hagas un cantar... Mira, traemos flores...
Algunas veces encontraban al artista con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Lloras?—le dijo Lali en una ocasión.
Y Tristán, conmovido, saltó á los brazos de su padre, murmurando:
—No llores, que ya te quiero mucho.
—¿Y antes no?—preguntó Villamor entre caricias.
—Antes... poco.
—¿Desde cuando me quieres?
Encarnado y confuso balbuceó el niño con elocuente verdad:
—Desde que la madre de «ésta» me ha dicho que eras bueno...
Lali, absorta, miraba aquella escena con sus pupilas de oro dilatadas en una compasión profunda. Le daba mucha lástima aquel señor tan triste, que la besaba siempre en los ojos con unos besos cálidos y dulces, largos, largos... suavísimos. Y el poeta, prendado de la niña, gozaba sobrehumanas emociones cada vez que la luz de aquellos ojos entraba en su conciencia, refrigerante y pura, como el sol de los cielos...
Acosado por un tropel de ideas inefables y ardientes, Villamor quería condensarlas en renglones felices, en estrofas de gallardía inmortal, centella de perenne fuego eternizado en el arte con romántica lumbre de pasión. Quiso poner su alma, deshecha en tempestad, bajo la pluma, y estrujarla encima del papel, y dejarla en un canto á María ardiendo para siempre con llamas de gloria inextinguible en el amor infinito. En sus horas de emoción solitaria, le parecía que todo el universo vibrase dentro de él, y se quedaba en éxtasis, sin hallar más digna elocuencia que la del llanto; sus nervios, como el cordaje de una lira inmensa, se estremecían temblorosos, y las sensaciones le envolvían en olas de luz, de música y de color. Mas en aquellos instantes de plenitud vital y estética, no lograba arrancar al corazón sus secretos mejores; torpe la pluma, remisa la palabra, encarcelados los pensamientos en la exaltación sentimental, caía el poeta en frenesíes morales, en accesos de tristeza y de lágrimas, que le llevaron al dintel de la locura. Entre sus montones de cuartillas rotas en aquel tiempo, sólo alguna por azar quedó en olvido, menospreciada por la desesperación del hombre artista, que no acertó á verter en ellas el aroma de su alma.
XVIII
Arbolada como el mar estaba la quinta; parecía que la borrasca de las olas alcanzase al salón, á la terraza, al jardín ya marchito y al parque derrotado por el otoño. Bajo la rasgadura de la fronda, paseábase Rafael nervioso y ceñudo, pisando con cruel complacencia la crujiente hojarasca. El marqués buscaba inútilmente á su hijo por los aposentos de la quinta.
—¡Rafael... Rafaelito!—iba diciendo—¿En dónde estás, muchacho?... Todo se arreglará, no te disgustes. Estas son nubecillas familiares, caprichos de mujeres...
Abría don Agustín las puertas, atravesaba las estancias, y su acento, sonoro y reposado, se apagaba entre muebles y cortinas, tapices y molduras. Al final de su inútil excursión, una vidriera del piso bajo le permitió ver, peregrina en el parque, la ruin catadura de su hijo. Fuése el prócer hacia su heredero con prontitud conciliadora y grata, y en paternales tonos, un poco altisonantes y campanudos, le habló de transigir con sus deseos de matrimonio; él había hecho las veces, en obsequio suyo, cerca de las señoras, encaprichadas contra Luisa Ramírez... Las bodas por amor, eran siempre un asunto poético y hermoso, digno de simpatía; por eso, como padre y como romántico, apadrinaba don Agustín los ideales amores de Isabel y Galán...
Nada, nada: dos casamientos «altruístas», dos alardes de aristocrática insurrección contra los convencionalismos de alcurnias y talegas, ¡y á ser felices por muchos años!... No olvidaba el marqués aquel adagio de «casa á tu hija como pudieres y á tu hijo como quisieres»; pero él también se casó sin más estímulo que el de una pasión desinteresada, y su felicidad conyugal era un ejemplo elocuente de cuántos premios reciben en el mundo el puro amor y los nobles sentires.
Extendióse Coronado en otras consideraciones sentimentales, y su discurso, cómico-lírico, tuvo el don de plegar con difícil sonrisa el gesto bravo de Rafael. El padre fué diciendo que Isabelita, como enamorada, habíase puesto de parte del hermano, en defensa de su boda con Luisa; y que, siendo ya dos en apoyarle contra el parecer de Benigna y la marquesa, iban ellas cediendo en su oposición, y ya querían paces francas y prontas con el predilecto...
Todo se arreglaría; las señoras, ya avanzado el otoño y desapacible la playa, volverían á Madrid inmediatamente, y él se quedaba acompañando al novio en un hotel de la ciudad para prevenir con solícito interés todos los menesteres de la boda, á la cual, en el día señalado, vendrían la marquesa y las niñas; luego, todos asistirían cordialmente á los desposorios de Isabel, en la corte...
Para que no viajaran solitas las señoras, López, «el buen López», el amigo constante y bondadoso, se prestaba con gusto á acompañarlas; quedaríase con ellas unos días, hasta la fecha de la boda, y en ambos viajes les sería muy útil su compañía... ¿Eh?... ¿Qué tal?...—interrogaba don Agustín muy satisfecho, en triunfo de proyectos y soluciones. Rafaelito mordíase los labios, entre compadecido y burlón, y el marqués se le llevó del brazo hacia la casa, donde fué recibido el heredero con caricias de la mamá y mimos de las niñas... De Isabel sobre todo, que, hacía un rato, oyera del furor de Rafael una amenaza:
—Si tú sigues conspirando contra mi casamiento, yo desbarato el tuyo en diez minutos... Hablaré á papá de tal modo, que, por cándido y ciego que sea, se opondrá á que te cases con ese...
—Comprendido—interrumpió la avisada señorita; suprime los epítetos, hermano, y cuenta con mi apoyo... y tranquilízate; nos casaremos los dos muy pronto... ¡Ya lo creo!...
Isabel y Benigna conferenciaron después de la amenaza de Rafael; luego, las dos, se encerraron con su madre en una discusión agria y triste, y, por fin, la marquesa, llamando á su esposo á un coloquio trascendental, le despidió al instante hecho una malva, ufano en su papel conciliador en busca del terco Rafaelito, que impusiera ya definitivamente su resolución de casarse con Luisa Ramírez sin tardar más de un mes...
Aplacada aquella tormenta familiar, muda la casa en crisis de descanso, todos los gritos que se oían eran del viento y de las olas, y del ropaje roto de los árboles.
Pero en la terraza de la quinta estallaba otra tempestad, asomándose á los ojos profundos de una mujer. Ascuas y tinieblas, relámpagos y huracanes, pasaban por aquellos endrinos ojos que miraban desafiadores la intumescencia del mar en su pujante bravura. Olas más crueles que aquellas del Cantábrico furioso, se deshacían verberantes en el corazón de Eva.
La curiosidad aciaga, y el despecho que la empujaron hacia la quinta, en castigo implacable se tornaron, porque Gracián, engreído como nunca en vanaglorias del rendimiento de ella, la utilizó como estímulo para lograr á la condesita, y cuando la de Manrique se marchó á Vichy, segura de no encontrar marido en Las Palmeras, él quiso hacer una pública ostentación de la supuesta conquista, acompañándola en el viaje, olvidado de cuanto no fuése aquel empeño altivo en afirmar su fortuna de tenorio. Con la humillante ofensa de Gracián coincidió para Eva una carta de María, dando buenas noticias de la salud del niño y añadiendo que, «aunque estaba allí Villamor, ella tenía mucho gusto en retener al nene á su lado». Aquel regreso, sin aviso ni explicación, fué para Eva un asombro más en la extraña conducta que á Diego atribuía. Por primera vez se le ocurrió que su marido, despreciándola en realidad, se había marchado en un momento de hastío, y regresaba á disfrutar del valle aprovechando la ausencia de la menospreciada... Era cierto, entonces, que ya ella no inspirase cariño ni admiración, que ya no tuviese poder sobre alma ninguna...; que el abandono y la soledad la ponían sitio con incansable ardid... De nuevo padeció el terror de la llanura solitaria, el indómito espanto del desierto sin orillas, sendas tortuosas y estériles donde la fatalidad la empujaba, sola y pobre, sin juventud y sin belleza, sin poder asirse ni á su propio corazón, que, callado y cobarde, parecía muerto... El pálido rostro de Tristanito cruzó por su memoria vivamente, como estrella fugaz en noche oscura. Al recuerdo del nene, irguióse Eva con indomable orgullo, poniendo enfrente de su gesto bravo la imagen dulce y bella de una niña.
—Me le quieren quitar—rugió sañuda—; es Lali que le lleva á su casa, que le tiene hechizado y me le roba... ¡la quiere más que á mí!... Un maretazo fiero de pasiones agitó á la mujer atormentada por su propia ruindad. Contemplando al Cantábrico en borrasca, á las flores en derrota, y aislada su existencia, sin consuelo ni rumbo, llegó á pensar, obsesa en sus espantos, que Tristán, su único tesoro, padecía un secuestro maléfico en poder de un hada diminuta con los ojos de sol, las mejillas de rosas, y la risa arpada; una hechicera, de nombre Lali, carne de la mujer feliz á quien todos los halagos del mundo le pintaron un cielo en los ojos de ardiente azul...
Eva quiso volver al valle inmediatamente. Habiendo prolongado su estancia en Las Palmeras muchos más días de lo que se propuso, parecía demasiado significativo su deseo de marchar tan pronto como Gracián lo hiciese; pero la llegada de su esposo la sirvió de justificante en la repentina determinación. Nadie la detuvo, porque la vuelta á Madrid revolvía ya la casa de los marqueses en ajetreo formidable. En aquel regocijo entraba López, frotándose las manos y mascullando el glorioso «perfectamente» que hizo época en las crónicas galantes de la playa...
Prendido en las pálidas nieblas de la costa, el Cantábrico, en furia, se despedía á grandes voces de aquella caravana de viajeros. Gritos, sollozos, ventadas, salivazos, una acusanza dura y arrogante mandaba á la ribera la tempestad marina... No de otra suerte, en salmos inmortales, nos cuenta el Evangelio que al pueblo escandaloso:—Avergüénzate, ¡oh Sidón!—le dijo el mar...
XIX
Tristanito tenía mucha fiebre y una gran cobardía en la mirada. Hubiérase dicho que no quería abrir los ojos á la luz, desde la hora en que oyó á sus padres hablarse con palabras durísimas y crueles, lo mismo que en Madrid hacía tiempo, igual que en otras ocasiones inolvidables para el niño... Fué en la tarde que Eva llegó; fué en aquella salita blanca y alegre donde Diego escribía y paseaba, donde Tristán y Lali trenzaron juncos y margaritas para fabricar coronas, alzando con su charla infantil castillos maravillosos, bajo la acariciante mirada del poeta...
El niño entre los dos, Eva iracunda apostrofaba á Diego, como si ella no fuése la culpable de la distancia de sus corazones, del secreto divorcio de sus vidas.
Con déspota altivez, pedíale razón de sus desdenes, noticia de sus planes y cuenta de sus horas. Decíase abandonada y ofendida, y no daba tregua á los reproches ni respiro al discurso acusador.
En casos parecidos corría el nene á calmar á su madre con caricias, guardando para ella todos sus compasivos sentimientos; pero esta vez se refugió con susto en los brazos del artista, y con dulce piedad le consolaba en frases rotas de inocente pena. En el colmo del furor, la madre entonces, quiso arrancarle á Diego el hijo; mas el nene se aferraba á los brazos varoniles, y el padre defendía su tesoro. Porfiaron un instante con brutal insensatez, y el hombre, al cabo, temiendo lastimarle, soltó al niño.
Habló Diego de partir en seguida á lejanas tierras para nunca tornar; habló de la desgarradura de su alma dejando al hijo suyo en manos que atizasen odios horrendos contra el padre ausente... Tristán oía con mudo estupor los augurios amargos del poeta; le miraba anheloso, y, preso entre los brazos de su madre, no se atrevía ni siquiera á llorar.
Poco después temblaba como una hoja, sacudida por fatales soplos; los párpados caídos en cansancio de terror ó de lágrimas.
A la mañana siguiente avisaron al médico de la villa, que llegó, caballero en escuálido potro, á visitar al niño.
Examinóle con atenta bondad, moviendo lentamente la cabeza. Averiguó si la criatura era de genio triste, si estuvo siempre débil como entonces, si había tenido alguna emoción fuerte.
Con sus dedos suaves y piadosos, levantóle los párpados, tenaces en su pliegue fatídico. Encedió una cerilla, y se la paseó delante de los ojos, engañándole: Mira que preciosa luz... Mira otra vez... Más, un poco más...—Giraron débilmente las pupilas veladas; el médico descubrió el inmóvil cuerpecillo, y en el vientre le hizo una raya con la yema del dedo, observando con el mayor interés aquel signo de experiencia. Dispuso un plan de alimentación, y un gran cuidado en anotar, cada dos horas, las curvas de la fiebre. Recetó hielo para la cabeza, en aplicaciones continuas, y con acento reservado, dijo: Volveré á la noche...
A Diego, que ansioso le interrogaba, acompañándole hasta el portal, le confesó pesimista: Temo una meningitis; el temperamento del niño y los síntomas que presenta no me ofrecen mucha confianza... Pero puede ser un amago únicamente.
—¿Si fuera meningitis?—preguntó el padre aterrado.
—Si lo fuera... un milagro tal vez le salvaría.
Se estrecharon la mano los dos hombres, en un silencio grave y aflictivo, y el médico se alejó muy despacio en su potro consunto y valiente, de heroica traza.
Al volver Villamor al aposento de Tristán, Eva miróle interrogante, y en la pavidez de su esposo leyó el temible diagnóstico. Poseída de una zozobra inmensa, acobardó los ojos en el suelo, y con la voz tan blanda como nunca, balbució:
—Voy á prevenir todo lo necesario...
Quedóse el padre al lado de la cama donde el ángel amado padecía, y la mujer huyó ciega de ansiedad, pareciéndole insufrible la idea de volver cerca del niño á contemplarle inerte y estuoso, con los ojos cerrados como un muerto y la amenaza inexorable encima de la frente pura... Dió vueltas como loca por la casa; quiso en vano llorar, buscando una oración inútilmente. Llegó al despacho, y halló sobre el sofá juncos lacios y flores praderosas, muertas aquella noche en las redes de una coronita humilde. El hallazgo causóle un miedo supersticioso; floja y vacilante, se fué á sentar al lado de la mesa, y con las manos impacientes y frías se puso á revolver en los papeles y á escudriñar los libros. Entre pliegos en blanco, tropezaron sus ojos unos versos, sin principio ni fin, rimas truncadas. Y leyó con asombro de locura este hilván de renglones:
Mi destino eres tú. Yo te quería desde antes de nacer; yo te soñaba desde el remoto cielo donde moran, sin cuerpo todavía, nuestras almas. Fueron tus ojos candelitas de oro sobre los horizontes de mi infancia; fueron tu besos los primeros besos que soñando sentí. Yo te buscaba sin alcanzarte nunca. Desde niño mi pobre corazón te adivinaba, presintiendo las vivas emociones de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas. La historia eterna del amor humano recogerá en sus páginas, como oro en paño, nuestros nombres. Día llegará en que otras almas su sed apaguen en la fuente pura de nuestras lágrimas... Nuestra vida será como un poema, nuestra muerte será como un hossana... No moriremos nunca; viviremos como un sueño de amor, en otras almas. No hay madrigal, cantiga ni querella, clavel ni pasionaria de viejo epistolario ó cancionero que guarde entre sus páginas aroma tan sutil como el aroma de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.
Trepidaba en las manos de Eva la cuartilla donde Diego escribió estas estrofas sentimentales y sinceras, inútiles al parecer, pues que holgaban en descuido, con una cruz de lápiz rojo atravesada en el pliego hasta las cuatro puntas. La imaginación de la curiosa giraba con ímpetu, ajena á todo lo que no fuése buscar la musa de aquel canto... No daba con ella... No existiría. Era, sin duda, una imagen de poeta. Diego, retraído, casi huraño con las mujeres, acaso no sabía amarlas más que en sus coplas, en sus delirios de artista... No. Diego no tenía pasiones violentas, ni antojos verdaderos... Era un anormal, un iluso, un soñador...
Pero los versos dolían en la memoria de Eva como un rasguño cruel. Mirando la cuartilla, salpicada con la letra menuda de su esposo, parecíale cada frase un grano de simiente que otra mujer feliz recogería en cosecha de flores inmortales... Las líneas rojas, tendidas en el pliego, eran un arañazo que sangraba... Sospechosa de análogos encuentros, siguió doblando libros y cuartillas con febril impaciencia. Halló notas, renglones inseguros, cárcel de altas ideas temblando como chispas de luz sobre la nieve ingrata del papel; y al cabo de su audaz inspección, halló un soneto, colocado á manera de registro entre versos de Fray Luis. Leyó con avidez:
Amor que en lo infinito se asegura y en la callada eternidad se enciende, es una noble llama, que trasciende más allá de la triste sepultura. Brilla serena en la tiniebla oscura, en la lumbre inmortal su lumbre prende; ni el sol la apaga ni su luz la ofende, ni de los hombres ni los siglos cura. Se apagará de nuestra vida el rastro y nuestras lenguas tornaránse hielo, y nuestra carne rígido alabastro, mas, la llama de amor de nuestro anhelo, brillará con más fuerza, como un astro en la tranquila inmensidad del cielo.
Esta vez la furtiva lectora no dudó; un cálido soplo de sentimiento corría por aquellas estrofas, asegurándola que detrás de ellas había una mujer, una mujer apasionada que compartía con Diego aquel amor infinito y sobrehumano; amor que vence á «la triste sepultura»; amor que inmortaliza, fuego de llama perenne «como un astro»... Pero ¿existían aquellos amores?... ¿Acaso no eran ficiones de poetas, penitencias de mártires ó manías de locos?... Amar, para sufrir únicamente; vivir muriendo, y muriendo de amor nacer á la inmortalidad... ¿Qué misterio era aquel impenetrable á los ojos de Eva?... Sintióse poseída por un pavor extraño y luminoso, en el centro del cual ardía aquel inmenso amor que ella negaba, y la gloriosa lumbre calentó un instante su aterido corazón. En inquietud profunda atravesó la estancia varias veces como si buscase razones y verdades donde asirse para no caer al suelo. De pronto se volvió hacia la mesa, agitando papeles y libros en huracán de ansiosas pesquisas. Nada nuevo encontró, y el taller del poeta quedóse conturbado, en traza de terremoto. Eva se acodó en la ventana, esperando de la tierra ó del cielo lo que no halló al abrigo de las paredes...
Ya bajaba la noche por los campos, y temblaba un lucero en el azul.
En el jardín andaba Lali de puntillas, como por el cuarto de un enfermo; buscaba entre los pálidos macizos las últimas flores moribundas, y recogía, en su actitud de sigilo y de tristeza, toda la emoción de aquel instante.
El doliente recuerdo de Tristán hirió á la madre entonces, con punzada traidora, y del calor desconocido que poco hacía le tocara el pecho como ráfaga espiritual, se le subió á los ojos una nube de llanto.
A la par de sus lágrimas copiosas, en el callado valle palpitaba el quejido inconsciente y misterioso de la naturaleza.
XX
Se aumentaron las incertidumbres y el dolor en la humilde casa del poeta.
Tristán, presa de aguda meningitis, se debatía bajo la garra implacable de la muerte; flagelado por el duro martirio, gritaba con desgarradoras energías; toda su fuerza, su vida toda, se le escapaba en aquellos lamentos, agudos como puñales. Pedía socorro, pedía misericordia; el treno de su voz atormentada, corría por las habitaciones como un soplo de locura doliente, y se lanzaba al jardín agostado, y al huerto en deshoja, y aun llegaba á los campos y al camino, como un eco de espantable agonía.
Hecha pedazos su esperanza, Eva se tapaba los oídos en los rincones de la casa, huyendo de las quejas del mártir.
Entretanto María bañaba su corazón en las penas de Diego, y, con ternura y piedad, cuidaba al niño. También el poeta, romero del dolor, velaba en torno al sentenciado, con inútil afán.
Alejada en lo posible de aquella desoladora escena, supo Lali que su amigo estaba muy malo, y que se iba á marchar al cielo. Muy confusa y pasmada, la chiquilla abrumó á doña Cándida con preguntas: El cielo ¿no era un palacio de seda, con dulces y juguetes y angelines?... ¿Por qué, entonces, Tristán daba tantos gritos y se quejaba así?... ¿No quería irse?... ¿Y por qué le llevaban á la fuerza?... ¿Tendría miedo de ir solo?... Sería menester que ella le acompañara...
Inquieta y reflexiva, Lali espiaba las conversaciones y los sucesos, y escuchaba, temblando, los ayes que rompían el silencio de aquel drama.
Rezaba fervorosa, y la sal de sus lágrimas primeras, en la flor de los labios le amargaba, sazonando su sonrisa... Algunas veces, lograba penetrar en el cuarto del enfermo; asomaba los rizos y los ojos en el barandaje de la cama, y quedábase absorta en el espanto de aquella dolencia cruel. Su madre, acariciándola, permitía que besara á Tristán en una mano, para no molestarle; y Diego, dulcemente, la sacaba de la habitación, compadecido del dolor angustioso de la niña.
Mientras Tristán conservó el conocimiento, sólo el nombre de Lali le decidió á levantar el plomo de sus párpados ardientes. Trataba de mirarla y de sonreir, y tendía hacia ella las manos, con afanes devotos. Era menester llamarla para lograr que el niño tomase las medicinas y el alimento; la sentaban al borde de la cama, y la voz cariciosa de la nena, con música de llanto y de piedad, musitaba la petición:
—Toma esto, Tristanito; tómalo para sanar pronto y que juguemos juntos.
Y, dócil á la instancia insinuante, el enfermo desplegaba sus descoloridos labios para tomar todo cuanto le diesen.
Luego empezó á perder la vista y la memoria. Con breves intervalos de sopor, el ángel herido se retorcía en violentas convulsiones, y con temblorosos acentos suplicaba:
—Ven, Lali, corre; quítame esta corona que me aprieta... Estas flores tienen espinas que me han hecho sangre... Mira, ¿lo ves? estoy sangrando... me duele mucho... mucho...
Las manitas, temblonas y cobardes, subían á la frente, y, torpes, se enredaban en los rizos, como garras de cera en un crespón de luto. Quedábase trágico y lastimoso, y en convulsa plegaria repetía:
—Vámonos, Lali; vámonos á que me curen esta herida; llévame á otro camino donde las flores no pinchen; donde los trenes no me pasen por la cabeza... ¡Me están matando!... ¡Me estoy muriendo!... ¡Corre, Lali, por Dios, llévame de aquí!...
Una mañana, cuando Lali fué á verle, madrugadora, él volviendo la cara hacia la voz de la niña preguntó impaciente:
—¿Todavía es de noche?
—Es de día—repuso Lali con asombro—, ¿no ves el sol y el cielo?
Quiso el nene incorporarse, se pasó por los ojos con fatiga las mariposas blancas de sus manos, y con terror insuperable dijo:
—¡No veo!... No te veo Lali; y además no me acuerdo cómo tienes la cara... No digas que hace sol, porque todo está negro... mira... ¡todo!...
Agitaba los brazos en el aire, palpando las tinieblas de su vida, y, al desmayar la frente en la almohada, los rizos en desorden le formaron una aureola de negrura mortal. Sus pupilas sin luz, muertas y turbias, rodaban en la eterna noche... Acudieron á engañarle con ardides piadosos; pero ya ni el amor ni la ciencia eran capaces de aliviar las torturas del inocente. Pronto su oído, paralizado también por aquella muerte calmosa y cruelísima, le negó las palabras de consuelo que el amor le decía. En vano Lali gritaba:
—Tristán... Tristanito, ¿no me conoces? ¿no me quieres?...
El mártir, ciego y sordo, gemía sus quejas desesperadas, vivo para el dolor, muerto á una tregua de esperanza ó descanso. Se derretía el hielo en tibia lluvia sobre sus sienes caldeadas por el suplicio, henchidas de punzadas acerbas; y sus gritos imploradores se trocaron en lento borboteo de frases rotas, de llantos y delirios que en suprema fatiga se apagaban; pero el nombre de Lali se quedó estereotipado en su memoria y con mecánico acento le repetía á cada instante. Ya Tristán no era más que un despojo de la vida. La más conmovedora expresión del dolor humano había descompuesto sus facciones, con tan punzante intensidad de pena, que no había quien le mirase sin estallar en sollozos. En aquel trágico soplo de existencia el nombre de la niña, vibrando como un eco inextinguible, parecía una gota de luz, un hilo tenue, de memoria y de amor.
Ya inerte y frío—Lali... Lali...—balbucía el agonizante, con voz del otro mundo. En sus labios, agrietados por los lamentos, quedó impresa la dulce palabra cuando el santo corazón dejó de latir, y el respiro postrero se mojó con las postreras lágrimas en un amago de sonrisa... Fué una noche de Octubre, una noche apacible y romántica de luna. En la pesadumbre del dormitorio abríase la ventana dulcemente sobre el cielo como una quimérica flor de esperanza. Eva y Diego vigilaban al niño, abrumados de angustia. A los pies de la cama María, compadecida y generosa, despidiendo al moribundo, imploraba al Señor un divino consuelo para los tristes padres... Y ya sonó la hora. Un silbo ronco se alzó del pecho exánime del niño, con finales hervores de agonía; rodó en la almohada la lívida cabeza, coronada de rizos nazarenos, y un estremecimiento indefinible separó de la carne perecedera el alma gloriosa reclamada por Dios.
Con la voz consumida clamó Diego:
—¡Ya se fué... ya se fué!...
Y cayó de hinojos, escondiendo el semblante en las revueltas ropas de la cama.
Eva contemplaba el cadáver con terror; sus regaladas manos fueron á cerrarle los ojos y se agitaron en el aire con los dedos mojados en las últimas lágrimas del niño.
Los labios de María, ungidos de sacrosanta piedad, rociaron la estancia de oraciones y consuelos. La música de sus frases se acompasó con la brisa leda que suspiraba en el jardín, mientras que un retazuelo de luna se entró por la ventana á hacerle una caricia al niño muerto.
XXI
A orilla de aquel lecho donde el ángel quebrantó sus prisiones, un gran amor de dos almas buenas tuvo el postrer coloquio.
Mientras Eva, rendida de cansancio, se dormía en lejano aposento, María, infatigable en sus obras de compasión, con el auxilio complaciente de Rosa, vistió á Tristán por última vez y compuso su lecho de reposo con los improvisados ornamentos que en las arcas del palacio se pudieron hallar.
El poeta, sumido en profunda meditación, se paseaba desde su despacho hasta la estancia mortuoria, con la frente caída y los brazos cruzados sobre el pecho. Consideraba imposible su vida sin que un deber sagrado le encadenase á la tierra, y se dejaba seducir por las tentaciones del descanso final, del plácido sosiego del sepulcro, que rompiendo el arcano de las almas le abriese el camino sin fin donde el amor y la felicidad son eternos hermanos, á la sombra de Dios.
La humana pesadumbre le vencía; el dolor, ahora, le causaba una inquietud ardiente, un desasosiego que le obligaba á dar vueltas como si buscase el cansancio para caer en la tumba más á gusto, rendido de sueño y de fatiga, en supremo olvido de todos los pesares. En aquella andariega ansiedad, deteníase á menudo, contemplando el rígido perfil de Tristanito, acariciado por las piadosas manos de María.
Terminada su fúnebre tarea, replegóse la señora hacia la ventana, y en ella se apoyó, muda y doliente.
Discreta entonces Rosita, fué á reunirse con otras criadas del palacio, que velaban por orden de María, y que en el portal y en los pasillos formaban callados grupos con algunas aldeanas serviciales.
Con rápida resolución cerró Diego la puerta de la cámara triste, y acercóse á su amada, que le acogió con adivinadora impaciencia. Él, con acento opaco, alzó un murmullo que dijo:
—Ya nada me detiene... Sólo el niño tiraba débilmente de mi vida...
Sin dejarle acabar, medrosa la dama y suplicante, murmuró:
—Quiero una prueba, una prueba del amor que me has revelado.
—¿Una prueba?... Cumplida la tendrás dentro de poco, porque voy á morir...
—¡No!—gritó ella, blanca como Tristán, loca de espanto—, necesito que vivas; te lo ruego...
—Vivir muriendo á cada instante cruel de la existencia... Vivir sin esperanza de lograrte... ¿Eso me pides tú?
Transida de dolor:
—Eso te pido—balbució la infeliz.
Y Diego, sordamente interrogaba:
—¿Qué me ofreces en pago de una vida colmada de amargura?
—Te ofrezco otra vida semejante: la mía—gimió ella, desolada y humilde.
Condolido de aquella pena santa y valerosa, humillado por aquel sufrimiento heroico, el artista rindióse una vez más á la sugestión invencible que en su alma ejercía aquella mujer.
Vaciló al repetir:
—¡Vivir sin vida; errar muerto por el mundo!...
Y fué retrocediendo como si huyera de una visión temerosa; la visión de un camino, solitario y adverso, donde jamás llegase á arrancarle á la dicha un brote sano y dulce... Quedó frente á María, al otro lado de la cama del niño, en medio de dos hacheros que custodiaban el cadáver.
Albeaba en la cima de los montes, y una liviana claridad de aurora, luchando con la luz parpadeante de los cirios, daba al aposento extraños tintes de fantástica nube... ¡Aquel recinto de paredes blancas á medio iluminar, por resplandores de misterio y de pena..., aquel niño de mármol que dormía..., aquella mujer hermosa que lloraba!... Diego sintióse desasido del mundo en un instante de sagrada emoción. Ya todo en él fué espíritu, fué anhelo de sacrificio y de virtud, afanes de eternidad y de gloria infinita.
María, transfigurada en lucha de arrebatados sentimientos, se acercó al poeta tendiéndole las manos. Él las tomó entre las suyas por encima del cuerpo de Tristán; estaban frías, mostraban una mística trasparencia de idealidad. Ardían las de Diego, y aquella carne de alabastro que acariciaba en el niño y en la mujer, le produjo un temblor de muerte. Otra vez acobardóse de pena el corazón del hombre, y María, que le sintió temblar como una hoja, prometió en voz de rezo:
—Te guardaré fidelidad como si fueras mi esposo adorado... Siempre, siempre serás tú mi elegido... No estarás solo; mi corazón se va enlazado al tuyo... Pero, júrame que vivirás hasta que Dios te llame.
—Viviré—murmuró el poeta—te lo juro por mi alma que te ha de seguir como una sombra atormentada y dolorida.
—No; como un consuelo; como una promesa de celeste felicidad...
—Y entretanto, hasta que lleguemos al umbral de la eterna ventura ¿se besarán nuestras almas á todas horas, con labios de estrellas y de brisas, de flores y de versos?...
Las místicas manos de la mujer latieron como alas de paloma entre las manos varoniles... Ya bajaba el día por la sierra. Vibraron lentamente unas campanadas, y como si el reloj tuviese un toque despavorido y alarmante, Diego y María se separaron con un sacudimiento brusco y terrible. La cama de Tristán tembló al contacto de los cuerpos que huían, y la luz de los cirios alzóse en lenguas fragorosas, con lívido fulgor.
María, desolada, iba diciendo.
—Sí... sí... se besarán eternamente.
XXII
Corría la mañana lenta y gris. Las campanas, en tránsito de gloria, lanzaron en el valle sus clamores, que se esparcieron mansamente, abriendo en el espacio anchas ondas de música con ecos lejanos y añorantes. Aquel santo clamor despertó á Eva del fatigoso sueño de unas horas, y en su aturdida imaginación cayeron en tropel las sensaciones, luchando unas con otras fieramente. Abrió los ojos mucho, mucho: palpó su cuerpo vestido encima de la cama... Era verdad que estaba despierta; que estaba viva; que tocaban á gloria por su hijo; que Diego se marchaba para siempre...; que se quedaba sola en el mundo, sin la flor de un consuelo ni de una esperanza... Era cierto que se realizaban aquellos presagios suyos, de abandono y pobreza; que se abría á sus pies, como un abismo, aquella senda trágica de sus febriles visiones...
Ya no eran suyas ni el alma ni la carne de su hijo... ¡todas las seducciones de la vida la engañaban al fin! Su belleza no había conquistado ni dicha ni amistad, ni siquiera compasión. Sólo Diego la amó; ya no la amaba, porque ella nunca supo de aquellos hondos afectos inmortales cultivados por él en huertos de poesía... Divinos amores de «horas dulces y trágicas»; que lloran, que se sacrifican, que duelen, ¡y que «lucen eternamente como un astro en la tranquila inmensidad del cielo!»... Los versos de su esposo, enamorado de otra mujer, resonaban ahora en el oído de Eva como una música sugestionante jamás oída, y las repercusiones de aquellas notas, bellas y silentes, rodaban en el corazón de la desdichada con los acentos sonoros del tránsito de gloria...
Se levantó con un miedo invencible de entrar en el silencio de la casa, saturado en vago perfume de flores muertas. Por todos los rincos yacían amustiadas coronas de Tristán y de Lali... Los pasos de Eva en el corredor causaron una trepidación convulsa á todo el edificio. Asustada de sus propias huellas miró en torno con ansia, y al través de unos vidrios entornados vió unas gotas de siniestra luz, suspendidas sobre la cama de Tristán, como lágrimas de fuego. Huyendo de aquel llanto que ardía, refugióse en el despacho aceleradamente. Allí estaba Villamor, de bruces sobre la mesa, durmiendo ó llorando; inmóvil, silencioso.
Con un irresistible afán de protección le llamó Eva.
—¡Diego!
Alzóse el artista con lentitud.
—¿Qué quieres?
—Que no me abandones, que no te vayas, ten lástima de mí... Sufro mucho.
La miró él despacio:
—¿Sufres?—le dijo—pues ya estás en camino de redimirte. Sólo el dolor puede salvarte... ¡Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro sueño y bendice el golpe que te hace despertar...
—Las lágrimas me ciegan.
—Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el río... llora el viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraíso de las almas...
—¿Cómo sabes todo eso?
—Llorando lo aprendí.
—Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me ofrezca los secretos consuelos que tú gozas.
—Antes llorarás mucho. Sólo cuando el dolor llegó muy hondo á las raíces de tu corazón sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus entrañas... ¡Despierta, alma dormida!
Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecíase nimbada con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo de linaje divino, le miró ansiosamente, lamentándose:
—Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...
—Yo, desde lejos, te daré sostén y ánimos.
—Quieres á otra mujer—balbució la esposa.
Sin asombro ni disimulo respondió Villamor:
—Sí; á otra que llora muchos años hace, siendo inocente y santa.
Con súbita inspiración exclamó Eva:
—¡María!
Quedó el nombre dulcísimo en el aire, como bandera desplegada en alto, y la envidiosa, con acento sañudo, murmuraba:
—¡Ella siempre!
Pero no protestó. Quedó en silencio, escuchando la voz de su conciencia. La imagen burlona de Gracián cruzaba por su mente con resquemor de culpa.
Una ráfaga de orgullo la hizo, al cabo, levantar la cabeza. Había sido imprudente, pero no culpable hasta la infamia. Se quiso defender de una supuesta acusación que la envileciese á los ojos de su marido, y habló confusamente, un poco soberbia y un poco arrepentida. Pero Diego atajó sus explicaciones con dignidad y lástima; nada quería saber; todo lo perdonaba. Él la protegería con el fruto de su trabajo, él la daría ejemplo de valor y mansedumbre... todo lo demás estaba concluído entre los dos; estaba roto por ella hacía tiempo; estaba enterrado en el reino de las cosas marchitas...
Rebelde contra el peso de sus culpas, Eva quiso probar que la influencia dañosa de otra mujer era quien la alejaba de su esposo; mas él opuso tan fácil y elocuente defensa á la acusación, que el nombre de María quedó izado con gloria sobre la triste plática.
Acentuáronse en Eva los impulsos de arrojarse á los pies de su marido confesando sus yerros, pero su brava condición sellaba todavía los labios orgullosos, y, en altivez arisca, fué á esconderse, desesperada y muda, en apartada estancia.
Mientras tanto una mano chiquita empujó las vidrieras que celaban el cuarto de Tristán, y Lali, absorta, penetró despacito hasta la cama. Llevaba muy apretado un puño de florecillas lánguidas, los despojos del jardín otoñal. Medio dormida oyó Lali decir que su amigo se había muerto, y fácilmente burló la previsión de doña Cándida, para ir á visitarle. Sentía, aquella mañana, la nena una bárbara curiosidad de la muerte, con mezcla de una amargura grave y honda. «Estar muerto»—pensaba—¿qué sería? ¿Sería tener alas y volarse al cielo?... ¿Sería estar dormido en una caja muy preciosa?... Lali se puso de puntillas á los pies de la cama de su amigo, y no vió más que un paño sedoso, y encima unos zapatines muy tiesos, que parecían los de Tristán. En el suelo había unos candelabros enormes con velas encendidas. Dió la vuelta á la cama, muy curiosa, se acercó, y el espanto dilatóse en sus ojos dorados y apacibles.
Tristanito se había vuelto de cera; estaba acostado sin almohada, y tenía las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera rezando. Le llamó en voz de «escucho»:—¡Oye,... Tristán, Tristán!... No respondía... Se empinó para tocarle... ¡Qué miedo tan terrible!... ¡Virgen santa; Tristán ya no era un niño; era una piedra, una piedra de hielo que dejó dolorida y temblorosa la manita de Lali!... Lanzó la niña el puño de flores sobre el muerto, y corrió hacia la puerta mirando siempre con terror al nene. Detúvose allí un instante con rara fascinación; parecíale que Tristán se había movido... Tal vez quería hablarla y no podía; acaso pugnase por decirle adiós entre la dureza de sus labios amarillos...
Una piedad enternecedora se levantó en el pecho de la niña. Todo el sol de sus ojos, velados de lágrimas, cayó como una ardiente despedida sobre el ángel de piedra; alzó su mano en traza de saludo, y suspiró, aterrada y doliente:—Adiós Tristán... ¡Adiós!...
XXIII
No había llegado aquel «mañana» en que Rosa le contase á la señorita el secreto indicado en el jardín una noche de sueños y de luna. Desde que la muchacha poseía otro secreto profundo y hermoso como el mar, el suyo parecíale tan miserable y feo, que ya no osara nunca revelarle. No pidió María cumplimiento á la tímida promesa de la moza, y ésta se dedicó á estudiar y sorprender, con verdaderas ansias, cosas admirables en el rostro angelical de la señorita.
Tales progresos hizo en sus observaciones y tanto interés tomó su alma buena en aquellas sutiles adivinanzas, que, valiente y sufrida, como la mujer que tenía por modelo, se propuso cumplir su destino humilde, con intrepidez virtuosa, quebrantando de raíz todas las tentaciones violentas que la seducían.
Serena y firme en aquella resolución, abrió la ventanita de su cuarto á las cantigas de la ronda aldeana, que á menudo cruzaban el camino y se detenían á la vera del palacio... Ya los rondadores no cantaban allí coplas hirientes, ni amargas rimas de traiciones y celos; ya Manuel, el recio mozón siempre enamorado de la doncella, primoroseaba cantares tocados de esperanza, en las noches de ronda; y al través de una expresión pensadora y triste, la joven había recobrado su dulce sonrisa y su aire tranquilo. Vientos de resignación y de paz soplaban suavemente sobre las inquietas pasiones de la muchacha, cuando Gracián Soberano se presentó en el valle en busca de su familia, ya crecido Octubre y adusto el tiempo. Llegó como un huracán el señorito; pareció entrar con él una loca brisa del desconcierto y el bullicio del mundo; dentro del palacio silencioso y viejo, allí, en aquel rincón de la vega, donde todavía hallaban un eco los gemidos de Tristán, donde todos los semblantes mostraban huellas de melancolía, bajo un cielo nublado, dosel de veredas solitarias y huertos asolados... Gracián, con su atavío elegante, su voz sonora y su risa musical, sacudió audazmente aquella existencia pasiva y mustia de las dos casas vecinas. Nadie preguntó de dónde llegaba el fantástico viajero, y sólo él hizo preguntas, persiguiendo noticias que en la ausencia no le contaron las cartas insignificantes de su esposa. Nada nuevo averiguó Gracián, aparte la muerte de Tristanito, pero volvieron á nacerle inquietudes molestas ante las trazas de misterio y de encanto que viera en su mujer. Traía el caballero muy señalado su petulante tipo de conquistador, como si buscase desquites de algún íntimo fracaso en amorosa lid. A fuer de entendido, en aquella ocasión honró á María con sus preferencias galantes, olvidando, sin duda, lo extraña que ella quería vivir á tales obsequios. Y para distraer las desazones que le causaba el frío desdén de su esposa, acordóse de Rosita, compasivamente. Concediéndola merced de una bella sonrisa, la acechó y la dijo, con galán imperio de vencedor:
—Mañana por la tarde, desde las cuatro, te espero en el molino de Santacruz... estaremos solos.
Ella, confusa y agitada, sonrió sin responder, y el señorito se quedó muy seguro y satisfecho de sus planes.
Aquella noche era noche de ronda, por fortuna. Cuando los mozos se detuvieron al pie de la ventana de Rosita, rasgó el silencio del paraje un cantar ufano que rezaba:
«Tengo pena y alegría, tengo dos cosas á un tiempo; cuando la pena me mata la alegría dame alientos...»
La copla parecía inventada por un poeta sabio y animoso, un rústico poeta que con la voz llana y firme del rondador, deslizó su sana filosofía en unos cuantos corazones á la vez, desde los muros del palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincón del valle montañés, y más de un pecho suspiró conmovido por la rima alentadora, mientras Rosita llamaba quedamente á Manuel para decirle que á la tarde siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.
Y aquel día de citas misteriosas, fué muy raro el aspecto de la muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrás de la señorita, mirándola mucho, hablándola sin tino y sin necesidad; besaba á Lali á cada momento y tenía en la voz un nudo de lágrimas que la hacía balbucir y truncar las frases. Al medio día, entró furtivamente en el cuarto de la señora y colocó un papeluco encima de la mesa; era un adiós ferviente y noble en que, expresando su gratitud á la dama, disculpábase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha pena que sentía al partir; contaba que la llamaban sus padres y que había decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para casarse... La carta era incoherente y tenía borrones do llanto; cuando llegó á manos de María ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una agreste vereda empinada hacia el monte.
Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha. Mentaba él proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tenía los ojos húmedos y empañada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo, asegurando que en él iba á pasar toda la vida...
Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron ambos caminantes, había que pasar, precisamente, por el molino de Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los contornos, por servir de guarida, con frecuencia, á caprichos infames de Gracián.
Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tablón crugiente tendido sobre el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria lloró una lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrás de los viajeros se sentía el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con su aventajada estatura, miró y dijo que el señorito Gracián venía por allí.
—Vendrá al molino—murmuró Rosita, pálida y afanosa; y apresurando el paso, con pretexto de la nube, ganó el «ansar», al lado de su novio, antes de que el caballero les alcanzase.
Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del monte, y, ya subiéndola, ambos volvieron hacia el valle la cara.
Manuel, indiferente á la dulzura de los llanos y á la mansa vida de los valles, sólo tuvo atención para decir:
—Al molino venía el señorito.
Tendió el brazo señalándole.
—Mira; dejó suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se conoce que viene «de caza»...
—¿De caza?—exclamó Rosa.
Y el gañán, sonriente:
—Ya sabes que es mocero—repuso—, tendrá cita con alguna infeliz... A ti, por respeto á la señora, no te habrá cortejado, ¡que si no!
Turbada y descolorida se quedó la joven, mirando con demente afán al señorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno á su fuga.
Espesándose la lluvia en la montaña, una niebla torva cerraba el horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un rocío, como una bendición.
El camino serrano, confuso y mazorral, se embravecía, brindándole á la moza la imagen bárbara de su vida futura. Allá abajo ondulaba la tierra blanda y fácil, y cantaban las aguas entre alisos, mientras el hombre, ideal para la moza, estaba atento á la cita de amor...
Puso Rosita en los ardientes ojos una inmensa ambición hecha pedazos, y su mano gentil, de ciudadana, hizo una breve cruz sobre la frente que latía en cruel borrasca de pensamientos. Dió cara al monte, y afirmó sus delicados pies sobre cantos y abrojos con fiereza.
Manuel, con su palo formidable, trataba de abatir la bravura del camino... Ambos, mudos y lentos, se esfumaron en la gris cerrazón de la montaña.
XXIV
Tormentosa aquella lunación, que nacía sobre la tumba de Tristán, clamaba el viento en los «ansares» desgajados, y las nubes, bajas y ceñudas, tendieron sobre la vega inclementes augurios.
Atardecido apenas, Diego vió flotar en el huerto de María un traje señoril; bajó á perseguirle, y un minuto hablaron los enamorados á la lívida luz de aquella hora. El breve coloquio rompióse en quejosa palabra, que parecía ensombrecer más el cielo, dilatando el horizonte en una inmensidad de pena.
—¡Adiós!...
—¡Adiós!...
Quedo la despedida palpitando en el silencio, suspensa entre las sombras, como trágica rasgadura de carnes ó supremo tremar de corazones...
Lo mismo que si huyera, perseguido de atroces amenazas, partió Villamor al día siguiente, muy temprano.
Tomó un tren hacia la capital montañesa, donde necesitaba arreglar algunos asuntos relacionados con su expatriación, y, aquella noche, volvería á cruzar por última vez su valle nativo, en viaje á La Coruña, para salir de allí con rumbo á la Argentina en un buque inglés, próximo á zarpar.
Sostuvo Eva una lucha terrible entre su vanidad y los deseos de suplicarle á su esposo confianza y compañía. Hubiera querido irse con él, abrazarse á él, pedirle por favor un poco de cariño. Pero en sus labios el freno del orgullo atajó las palabras; y volaron las horas, y la tragedia de aquellas vidas, jóvenes y fuertes, se consumó en silencio cruelísimo, sin el santo rumor de lágrimas y besos, que en los grandes dolores canta un himno de paz consoladora...
Humano y generoso el artista, le dejaba á su mujer medios para esperar nuevos socorros suyos, y libertad para residir donde quisiera, pero esto, que, unos meses antes, era todo el afán de la ambiciosa, al presente le causaba inquietud y desconsuelo. Viendo cómo aquel hombre se alejaba, tan solo, tan triste, tan vencida la frente genial y juvenil, una piedad doliente y nueva se despertó en el pecho de la esposa. Quedóse hundida en pensamientos negros donde brillaban súbitos resplandores de pasión. Una solicitud de hogar, una entrañable ternura, tomaban su corazón, tan ocioso y baldío para el bien. Con desvelos de madre se acordaba de lo mal preparado que iba Diego para una larga travesía. Llevaba un equipaje mezquino improvisado en pocas horas... Miró sobre su falda unos billetes que representaban, de seguro un sacrificio heroico, un acto de nobleza que ella no merecía.
Clara luz de los cielos alumbraba sus pasados errores; se confesó culpable; tuvo remordimientos y cuidados amorosos, tuvo, al fin, olvido de su merecida desgracia para pensar con pía compasión en la injusta suerte de su marido. Y lloró mucho, con un dolor hondo y sincero, como aquella tarde que viera la amenaza implacable sobre la frente pura de Tristán. Padecía un olvido de todo, lo que no fuése su arrepentimiento, cuando entró Lali, diciendo entre sollozos:
—Mi mamá no parece... se ha marchado...
Eva se levantó estupefacta.
—¿Que dices?... ¿se ha marchado?... ¿con quién?—inquirió con la sospecha encendida en los ojos y en la voz.
—No sabemos—decía la chiquilla, asustada y gimiente.
En la puerta apareció Gracián, que sin previos saludos ni preámbulos, dijo en tonos teatrales:
—Ya sabrá usted que mi mujer ha desaparecido.
En el colmo del estupor, Eva cubrióse la cara con las manos y pudo balbucir:
—Pero, ¿es de veras?
—De veras me parece: muy temprano, la vieron ir sola por el camino de Santacruz, ella que no sale jamás... Es la una de la tarde y no ha vuelto; la hemos buscado inútilmente... he mandado por los alrededores emisarios; nadie la encuentra...
—Yo sé quien la encontrará—exclamó bruscamente Eva, con desatada amargura.
—¿Quién?—preguntaba Gracián, curioso y un poco demudado.
—Mi marido.
—¡Villamor!—pronunció el caballero, deteniéndose en aquel nombre con trazas de haber dado en la clave de algún enigma. Y añadió con más sorpresa que indignación y duelo:
—¡Quién lo hubiera creído!...
Después, disimulando su pasmo y su rabia, con viles bromas murmuró:
—No irán muy lejos, y volverán demasiado pronto. Nada debe asombrarnos en el mundo, y usted y yo nos podemos consolar... mutuamente.
Se acercó á la mujer, encontrándola hermosa como nunca, con aquel aire sombrío y helado. Pero ella le detuvo con un gesto de repugnancia, ordenándole:
—¡Salga usted ahora mismo!
Lali, sin comprender aquella escena clamaba inconsolable:
—¡Madre mía!...
Nubes espesas como las del cielo se amontonaron dentro del palacio.
Doña Cándida, la niña y la servidumbre se confundían en lamentaciones y en inquietudes, sin atinar con una razonable explicación de la ausencia de María.
Gracián andaba á tumbos por la casa; recorría después los huertos y el bosque, y en infantiles pesquisas hurgaba con los ojos los pálidos macizos y la linde de arbustos, como si la ausente fuera una brisa ó una mariposa que pudiera volar entre la muerta hojarasca. Todo eran confusiones absurdas y pueriles delirios en la mente de aquel hombre liviano. Había aceptado sin la menor resistencia la traición de una esposa tanto tiempo modelo de virtud, y no sabía si estaba pesaroso ó le halagaba cierto insano placer, pensando en el ruido de aquella aventura, que iba á proporcionarle un desafío, un divorcio; una nueva fase de vida notoria y popular. Ya adoptaba gallardas actitudes, y elegía mentalmente huecas frases de honor y de venganza y severas palabras de justicia. Distraíase luego recordando el aspecto singular de su mujer en los últimos meses... ¡Y cuidado que estaba encantadora!... ¡Qué tristeza tan dulce... qué reposo tan noble... qué mirada la suya!... ¡Era un hechizo!... ¿Cómo aquel Villamor, tan callado y tan serio, lograría enamorarla?... ¡Vaya, vaya con el poeta!...
Se puso á silbar, y, de pronto, su pensamiento ambulario cayó en Eva con saña: la muy tonta, ahora quería darse tono de señora formal y mujer digna; ¡ja, ja, ja!... Toda aquella pamema era despecho de la conducta de él... ¡No se podía usar tanta crueldad con las mujeres!... Y la pobre María estaba siendo otra víctima de los desdenes suyos; olvidada, celosa, quiso vengarse, quiso un poco de consuelo. Volvería, de fijo, arrepentida, á implorar su perdón... ¡Y estaba tan bella! Lo peor era el escándalo de la escapatoria... Tendría que batirse... ¡Y que el tal Villamor debía de ser obstinado y valiente, detrás de su apacible timidez!... Se volvió á preocupar de las posibles consecuencias de aquel suceso, y erró con pasos inseguros, distraído de la lluvia que lenta caía. Bailaba el viento danzas otoñales con ropa de hojas crugientes, y alzaba tolvaneras en los caminos con siniestro aparato; las nubes corrían velozmente como si fueran á llevar una mala noticia.
Mirando aquella furia del paisaje, Gracián se refugió en la casona, entretenido en una fugaz meditación acerca del cambio de las estaciones y de la veleidad de las mujeres... María, Eva, Rosa... ¡qué sorpresas tan raras le habían reservado, y á qué cambios tan repentinos y tan interesantes las había sometido el amor que le tenían!... Se quiso ufanar de los estragos pasionales que su persona causaba en torno, pero un jirón de rabia mal cubierta contraía en sus facciones el hábito de orgullo; y vagamente, con arrastradas ondulaciones de reptil, corrió entre los criados la acusación que denotaba el semblante violento del señorito. El nombre de Villamor, unióse «de escaleras abajo», en infame ayuntamiento con el de la señora... Doña Cándida, que tal rumor oyó, medio muerta de susto, repetía muchas veces su férvido ¡Dios mío! y besaba á la niña sin cesar.
La tarde finaba lenta y turbia, sin que pareciese el rastro de María.
XXV
Temblando de humildad la siempre altiva, enamorado el duro corazón, toda supeditada á sus nacientes anhelos, Eva decidió salir á Santacruz cuando pasara el tren donde su esposo partía aquella noche.
Estaba muy confusa en su mente la idea de que María acompañase á Diego en culpable amistad. Las palabras fervientes con que él habló de aquella mujer, encumbrándola por encima de todas las pasiones y de todas las miserias humanas, se iban aposentando con dulzura medicinal en el corazón de Eva, abierto por el dolor á los nobles sentimientos.
No era posible aquello que en un instante de sorpresa pronunciaron sus labios, aquello que Gracián creyó tan fácilmente, para que toda villanía hallase abrigo en la perfidia de aquel hombre. Acaso María huyera de él, pero no con Diego... Las alas de la duda azotaban implacables los sanos pensamientos que nacían débiles y chiquitos en el alma enfermiza de la desventurada. Con esforzado espíritu resolvióse á afrontar todos los riesgos de una entrevista con su marido. Le haría detenerse; le hablaría de hinojos si era menester; le pediría perdón y caridad con todas las humillaciones que él quisiera... Eva no era la misma; acababa de nacer, ó despertaba de un largo sueño, de un sueño de mentira y egoísmo... Quería irse con Diego, trenzando una vida nueva y piadosa; lucharía con él; trabajaría con él; tendrían, acaso, otros hijos; serían suyos otra tierra y otro cielo...
—Sí... sí... iré en seguida—murmuraba con exaltación delirante, arrebatada, febril, combatida por incertidumbres y esperanzas. Como la tarde se tornara amenazadora, Eva quiso salir antes que cerrase la noche; en la estación esperaría hasta las ocho que pasaba el tren. Y salió, recatándose de la casa vecina; iba sola, veloz, envuelta en un abrigo, armada con un frágil paraguas ciudadano; sorteaba los senderos indecisos de la vega, borrados por el desuso de aquel tiempo de holganza labradora, y empapados de lluvia. Se hundieron muchas veces en el fango los pies de la viajera, impaciente al sentirse alcanzada por la sombra y por la tempestad. Arreció el viento, y el agua se condensó en granizo; y los truenos bajaron por el monte con lumbre de centellas cegadoras. A lo largo del camino los árboles sufrían y se desgajaban, y del río, furioso en su crecida, rodaba por el valle el ronco acento.
Eva hallóse mecida en los rigores de la nube, sentía un solo temor, el de perderse en el campo, raso por la tormenta, y no llegar á la estación antes que el tren pasara. Alzó una súplica vehemente á la hórrida negrura de los cielos, y siguió caminando con intrepidez sobre el fangal resbalalizo de la vega. En la desolación del llano, rompióse la maraña de la lluvia por una blanca línea; era la fachada del molino de Santacruz. La dama peregrinante se detuvo reconociendo el sitio, muy contenta de no haber equivocado su ruta. Al otro lado del cauce, cruzando el breve «ansar», una senda más frecuentada que las mieses, conducía hasta el pueblo, y en pocos minutos á la estación.
Había caminado de prisa la señora, á pesar de los cierzos inclementes; calculó que sería muy temprano y que podía descansar tal vez hasta que la nube se alejara. La fábrica en paro largos meses, tenía un cobertizo placentero; Eva atinó con él y se puso al abrigaño, conforme con la rusticidad de aquel asilo, como una recia campesina acostumbrada á tales aventuras. Sentíase fuerte y casi feliz; su naturaleza robusta, propensa á vencer, se adueñaba de la esperanza fácilmente. Después de las tinieblas espirituales en que había vivido, durante aquellos días, luchando con sus pasiones y con su ceguedad, gozaba en triunfar de sí misma, en domeñarse con soberano señorío; le parecía que afirmaba su paso en tierra sana y fecunda, que su horizonte se aclaraba con la aurora de una nueva existencia. No la inquietaban la adustez del nublado, ni la humedad de sus vestidos, ni la atroz amenaza de las aguas molineras, hirvientes en el cauce; la fuerza corporal de aquella mujer daba un empuje brioso y denodado al despertar de su conciencia y de su corazón. Con hambre de las nuevas emociones que en germen disfrutaba, ya sentía el afán de humillarse y de sufrir para lograr después premios divinos; cosechas de inmortales placeres... Sentada en un haz de leña, como en muelle sillón, y extraña á la bravura de aquella pánica soledad, amasó con rapidez una rara mezcla de pensamientos saltarines y varios. Lo menos dos minutos estuvo meditando en la rápida boda de Isabelita con Luis Galán... Pensó luego en la de Rafael. A propósito de aquella boda, recordaba cuando se dijo que la de Ramírez podía ser madre de su novio, y María replicó, seria y triste:
—Eso necesita Rafael; una madre...
María tuvo razón...—¡Una madre!—murmuraba Eva, con las entrañas estremecidas de una ternura inmensa y maternal—sí: cada mujer debe ser una esposa y una madre para el compañero de su vida...
Se levantó inquieta por llegar á los brazos ó á los pies del hombre á quien debía desvelos doblemente sagrados... Las nubes traslucían débilmente un destello de luna, y la tempestad se alejaba hacia las hoces, fugitiva del valle. Con firmeza y con prisa ganó Eva el puente del molino; anduvo algunos pasos llena de ansiedad, y de pronto, resbalaron sus pies en el tablón roído y vacilante, mojado por la lluvia. Un grito aciago desgarró la noche. El cuerpo de Eva sepultóse en las aguas, arrebatado entre espumas por la corriente bravía. La luna se asomó á los cielos con cara de muerta, y en el «ansar» cercano el viento se detuvo piadoso á sostener las alas febles de un suspiro; hondo suspiro de un alma que despertó de los engaños de la vida en la verdad eterna de la muerte...
XXVI
Para distraer la lentitud de aquellas horas raras, Gracián salió al camino una vez más, registrando las veredas y los recodos con obstinada porfía; la noche se había serenado y él fué alejándose de la casona bajo los árboles en esqueleto, sin rumbo ni propósito. Por casualidad tomó la senda de Santacruz, la más abierta en el valle; no había vuelto por ella desde su malograda cita con Rosa, y el recuerdo de la muchacha, huyendo con su novio en el instante mismo de juzgarla él suya, causóle una molestia picante, un vivo escozor que le dolía. En vano se quiso convencer de que la moza estaba muerta por él de amores; la realidad le hacía una burlona mueca, demasiado visible para que el «superhombre» lograse esquivarla; pero quería pensar en la doncella y tejer mil pensamientos distintos, para huir del presente bochornoso, que tomaba como suprema broma del destino. Ni honor ni dignidad se sublevaron en su alma ante aquel infortunio que por seguro diera; mas su pudor de tenorio padecía, y también el reciente capricho por la esposa que abandonó años enteros, ultrajada; la costumbre de su optimismo, aun le inspiró, soberbia, este desprecio:—¡Bah! ¡Mujeres!... las hay siempre de sobra...
Y como afirmación de aquella frase, una mujer apareció en la senda. Sola y gentil llegaba. Gracián se le acercó, con un requiebro atrevido en la boca, y solamente pronunció, despacio y con asombro:
—¡Tú... María!...
Luego, su atropellada curiosidad la colmó de preguntas, pero ella, sin detener el paso ni conceder importancia á las incertidumbres de su esposo, explicó indiferente:
—Fuí á rezar á la ermita de la Patrona, me entretuve demasiado, y al tiempo de volver, llovía mucho. La ermitaña no me dejó salir; la pobre me dió de su comida lo mejor, y me retuvo allá mientras duró la tormenta. Me acompañó luego hasta el llano, y no he permitido que llegase aquí porque me daba pena que de noche volviese al monte sola; dejó al nene que cría, dormidito en la cuna, cerrado en casa, al cuidado de la niña mayor...; su marido está en Reinosa, serrando madera...
Hablaba con suma tranquilidad, dulce como siempre la voz, con flexibles cadencias argentinas.
Una turbación grande paralizaba la lengua de Gracián; disimulando sus villanas suposiciones, sin saber que decir, la preguntaba:
—¿Y no tuviste miedo?
—No; que la vega la conozco tanto como mi casa, y aquí todos me quieren. Sólo junto al molino me asusté un poco; trepidaba el tablón, resbaladizo, y parecía que en la corriente una mujer llorase.
—Voces que el agua finge.
—Sí; es la vida que llora...
Recobrando su aplomo, Gracián dijo:
—¿Sabes que Villamor se marchó esta mañana?
—Ya lo sé—repuso María muy serena. Y ya sólo entreabrió los labios en breves contestaciones á la charla nerviosa de Gracián.
Llegaron á la casa, donde fué recibida la señora con inaudita sorpresa, como un ánima del otro mundo. El esposo, á guisa de pública reparación contra los insolentes rumores que el mismo provocara, la anunció desde la puerta, gritando muy alegre:
—Aquí está, sana y buena; se estuvo todo el día rezando en la ermita de la Patrona.—Y, compasivamente, murmuraba en íntimo soliloquio:—¡Pobrecilla, es una infeliz!
Lali, cansada de llorar, se había dormido, vestida, sobre la cama; quiso desnudarla su madre, y, al hacerlo, la nena abrió los ojos, dilatados por ardiente alegría. Acariciando el hermoso semblante que se inclinaba sobre ella, balbució:
—¿Te perdiste?
Con un soplo de voz la dama dijo:
—¿Perderme?... Tú me guardas.
—¿Fuiste muy lejos?
—Muy lejos, con la Virgen...
—¿Y quién te trajo?
—Un ángel... un ángel muy hermoso.
—¿Qué nombre tiene?
María, con un beso en la boca de la nena, dijo con devoción:
—Se llama Lali...
Un tren silbando acometió las hoces donde la tempestad repercutía con bárbaros lamentos de aguas y de huracanes; negreaba el camino hendido por culebras de luces iracundas, semejando una escena del fin del mundo.
Diego Villamor asomaba á las tinieblas hostiles el abismo azul de sus ojos de artista, sintiendo que las hoces eran otros tantos dientes monstruosos que á mordiscos le estaban devorando... Atrás quedaba el valle sumido en la neblina de una nube atristada; y cuando, al cruzarle, alzó el río su estruendo más alto que los silbos del tren, creyó el poeta escuchar en las aguas, mezclados y confusos, los ayes de Tristán, las congojas de un alma fugitiva, y los adioses, rotos y dolientes, de un amor en tortura... Después, los truenos, el Besaya y el tren se dieron á gritar, juntos y locos, las enormes tristezas de la vida, acunando al viajero como á un cadáver con una marcha fúnebre...
Era la hora en que una mano torpe llamaba al aposento de María. Llamó quedo Gracián; luego, más fuerte... Una paz de sepulcro respondió á los reclamos del deseo en el casto recinto de la mujer cautiva y triste en su prisión humana, reina y señora en el glorioso triunfo del corazón.
Noche hermosa fué aquella en que se alzó la esclava en rebeldía, rompiendo, con todo el brío de su alma libre, el hierro ignominioso de la sumisión material, y levantando el palio de la honradez sobre el suplicio de su inmolada juventud... Lloraba María amargamente desecha de dolor, de hinojos, en su aposento, cerrado como una tumba... Fuera, el manso rocío de la nube, rastro de la tormenta, semejaba un infinito llanto del paisaje...
FIN DE LA NOVELA