← Table of contents
De varios colores

ACTO ÚNICO

Reading edition

Magnífico vestíbulo del Castillo. Gran puerta en el fondo. Puertas laterales. Es de noche. Ruge la tempestad. Obscuridad profunda, iluminada a veces por relámpagos vivísimos. Mucho trueno.

ESCENA PRIMERA

Entra D.ª Brianda vestida con traje de mediados del siglo xv, y con un candil en la mano.

Doña Brianda. ¡Ay que noche, Dios mío! Siento a veces calor y a veces frío. Truena y relampaguea, y con furor tan bárbaro graniza que el cabello en la frente se me eriza, y tengo el corazón hecho jalea. Y eso que soy valiente cual ninguna: bien lo conoce D. Ramón, mi hermano, que me abandona en noche tan fatal y sale, confiado en su fortuna, con todo el escuadrón fuerte y lozano que manda y rige cual señor feudal. Lo que piensan hacer es un misterio, pero debe de ser lance muy serio. A media legua de esta casa fuerte está ya el reino moro de Granada, donde estragos y muerte van a llevar entrando en algarada. Mas bien puede en el ínterin venir a este castillo el moro, y darme que sentir, y hasta faltar un poco a mi decoro. ¡Grandes son mis recelos! (Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.) ¡Qué horror! ¿Quién llamará? ¡Divinos cielos! (Suena desde fuera una voz.) Voz. ¡Ah del castillo! ¡Hola! Doña Brianda. (Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero de la llave.) Voz de mujer parece y está sola. (Vuelve a mirar por el agujero.) Mas no, que un negro bulto la acompaña. ¿Quién es? Voz de fuera. ¡Ábreme! Doña Brianda. ¡Cielos! ¿Qué maraña es aquesta? ¿qué voz ora me saca el corazón de quicio? o he perdido el juicio, o esta es la propia voz de doña Urraca. Doña Urraca. Yo soy. Abre, Brianda. Doña Brianda. Entra. Ya estoy como la cera blanda.

ESCENA II

Dicha. Doña Urraca y el moro Tarfe embozado en su capa hasta los ojos. Doña Brianda. ¿Tú por aquí a horas tales? ¿Qué sucesos fatales te hacen vagar en tan horrible noche, sin pajes, sin caballos y sin coche por esos andurriales? Doña Urraca. Decirlo todo quiero, mas tu favor y tu indulgencia pido. Es mi padre, D. Suero, el padre más ruin y cicatero que en el mundo ha nacido. Por no dar dote no me da marido. Para empapar dinero, mas no para soltarle, es una esponja; y en lugar de buscarme un buen partido, se empeña cruel en que me meta monja. Yo al vendaval de mi pasión amante me doy sobreexcitada a todo trapo, y con un novio tierno y arrogante de la casa paterna al fin me escapo. Con él huyendo voy a morería, pero la tempestad nos extravía. El bagaje, una tropa de malhechores nos robó en la vía. De mi amigo el valor me ha libertado, mas hasta aquí con pena hemos llegado cada cual con la lluvia hecho una sopa y en lastimoso estado. Doña Brianda. ¿Y quién, oh mi señora, es el tal novio con que vas ahora? Doña Urraca. Es Tarfe, un mahometano, mas me promete que se hará cristiano. Doña Brianda. Entonces menos mal. (El moro se desemboza. Doña Brianda le acerca el candil y le mira con detención.) ¡Es muy buen mozo! Doña Urraca. Ya lo creo. Doña Brianda. Yo aplaudo tu alborozo. (Suenan clarines y se oyen muchas voces.) ¡Ay Dios de los ejércitos! ya llega mi fiero hermano de la atroz refriega. Él considerará grave delito fugarse con un moro, e infelices seréis los dos, si os coge en el garlito. Le cortará a tu moro las narices, y a ti te mandará bien escoltada de tu padre D. Suero a la morada. Doña Urraca. Pues escóndenos pronto, cara amiga. Doña Brianda. Venid a un escondite. Doña Urraca. Puede que así se evite el presentido mal que me atosiga. (Queda por un momento la escena vacía. Vuelve a poco doña Brianda y abre de nuevo la puerta principal. La trompetería ha sonado más cerca. Entra D. Ramón con toda su hueste, armada de brillantes armas, y dos personas cubiertas de negros capuces. Algunos de la comitiva traen antorchas o candelabros, que colocados en lugar conveniente iluminan la escena.)

ESCENA III

Doña Brianda, D. Ramón, la hueste y los encubiertos. D. Ramón. Ya estás en salvo en mi casa. Valientemente reñías cuando acudí con mi hueste y rechacé a la morisma, haciendo tremendo estrago en sus apretadas filas. D. Tristán. (Sin descubrirse.) Mucha gratitud te debo. Sin ti perdiera la vida. D. Ramón. Descúbrete y di quién eres. D. Tristán. A estar oculto me obliga la prudencia, mas a solas te descubriré en seguida quién soy y de dónde vengo. Despide a tu comitiva. D. Ramón. ¡Despejad! (Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doña Brianda.) D. Tristán. Aún queda alguien. D. Ramón. Esta es mi hermana querida. D. Tristán. Pues aunque sea tu hermana haz que se vaya. D. Ramón. Hermanita lárgate. Doña Brianda. Me largaré. (Ap.) ¡qué sospecha, suerte impía! ¡Qué fatal presentimiento en mi corazón se agita! La voz del encapuchado, la de D. Tristán imita. ¿Será D. Tristán acaso? Yo me quedaré escondida atisbando y escuchando para descubrir la intriga. (Vase.)

ESCENA IV

Don Tristán, D. Ramón y Zulema. Doña Brianda entre bastidores atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza. D. Ramón. Solos ya, satisface mi deseo: desembózate. D. Tristán. ¡Mira! D. Ramón. ¡Ay, Dios! ¡qué veo! Don Tristán eres tú, mi amigo caro. ¿Por qué caso tan raro te encontré solo en la tremenda lid, más valiente que el Cid, entre fieros paganos? D. Tristán. Yo me volvía a tierra de cristianos después de estar en la imperial Granada, de donde traigo a esta mujer robada. Es mi dicha suprema, es mi esposa, es mi bien, es la hermosa Zulema, hija mayor del rey Muley Hacen. Contempla su hermosura. (Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras preciosas.) D. Ramón. (Mirando a Zulema y como en éxtasis.) ¡Un sol en el zenit se me figura! ¿qué vas a hacer con tan sin par doncella? D. Tristán. Me casaré con ella cuando esté en mi lugar y busque al cura, que de antemano le dará el bautismo: Ya una esclava católica le enseñó el catecismo. Ella está melancólica porque deja a su padre y a su grey en la maldita ley del Profeta Mahoma, que sin fallar los llevará al infierno. D. Ramón. Harto pesada broma das tú entretanto al rey con hacerte su yerno. D. Tristán. Déjate de discursos y razones. D. Ramón. Me callo, pues. Di tú lo que dispones. D. Tristán. Aquí pernoctar quiero hasta que raye el matinal lucero. Entonces prosiguiendo en mi camino me volveré al castillo de D. Suero, mi padre muy amado, conduciendo a mi dueño idolatrado sobre las ancas de mi fiel rocino. Zulema. ¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán. Temo que aún nos ocurra algún desmán. D. Ramón. No tema Vuestra Alteza, que está segura en esta fortaleza. Venid, pues, al mejor de mis salones a descansar del hórrido combate, y a lavaros también. Después os servirán el chocolate, con bollos de manteca, mojicones, buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)

ESCENA V

Doña Brianda sola. Doña Brianda. ¡Malvado! ¡traidor, infiel! Por esa perversa mora me deja quien me enamora en abandono cruel. Palabra de casamiento me dio el impío hace un año. ¡Espantoso desengaño! ¡Todo se lo lleva el viento! Pero no; ruda venganza tomaré de ese salvaje. Daré a la mora un brevaje que le destroce la panza y la vida le arrebate. Mi criada, que es ladina, esta esencia de estricnina verterá en su chocolate. (Enseña un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)

ESCENA VI

Sale D. Ramón por el lado opuesto, después de haber dejado lavándose a sus dos huéspedes. D. Ramón. (Meditando.) Confieso que me escama el empeño que tiene D. Tristán de ocultar a mi hermana que el galán es él, en esta novelesca trama. Catástrofes barrunto; pero será mejor no cavilar. A mis huéspedes quiero agasajar. Haré que lleven chocolate al punto. (Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vacía.)

ESCENA VII

Aparece la criada con una bandeja, dos jícaras de chocolate y bollos, y pasa de largo. Entra Doña Brianda. Doña Brianda. El veneno vertí ya en la jícara espumante, y dentro de breve instante la mora le beberá. De fijo reventará, dando así satisfacción a mi burlada pasión y a mis espantosos celos, y cumpliendo mis anhelos de hacer a Tristán tristón.

ESCENA VIII

Dicha y D. Tristán que trae entre los brazos medio desmayada a Zulema. D. Tristán. ¡Qué espanto! ¡Qué maravilla! Apenas bebe Zulema el chocolate, se quema cual si comiese morcilla de la que echan a los perros para darles cruda muerte. ¡Qué bien castiga la suerte mis enamorados yerros! Zulema. ¡Ay, D. Tristán! Yo reviento, ¿qué chocolate endiablado es el que ahora he tomado? ¡Fuego en mis entrañas siento! Doña Brianda. ¿Qué es esto, señor, qué pasa? D. Tristán. ¡Que Zulema se me muere! Doña Brianda. Pues me alegro. Ella me hiere y mi corazón traspasa de los celos con la punta. ¡Infiel Tristán, asesino, de ti me venga el destino al dejártela difunta! Zulema. ¡Yo me muero! (Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de don Tristán y cae muerta en el suelo.) Doña Brianda. Ya espichó. (Con júbilo feroz.) D. Tristán. ¡Muerta está! ¡Trance funesto! (Tocándola.) Doña Brianda. Pues no me basta con esto. Mi furia no se calmó, y para vengarme más, te haré saber que tu hermana más que esa mora liviana y peor que Barrabás, se ha escapado con un moro de la morada paterna y está locamente tierna ofendiendo tu decoro. D. Tristán. ¿Qué me dices? ¡Maldición! ¡Ha de costarle la vida! ¿Dónde se encuentra? Doña Brianda. Escondida la tengo en esta mansión. Ella y el alarbe juntos se esconden en el granero. D. Tristán. Voy a buscarlos y espero que pronto estarán difuntos. (Desenvaina la espada y echa a correr.)

ESCENA IX

Doña Brianda sola. Doña Brianda. Muertes hoy y guerra ruda los celos producirán. Ya habrá subido al desván, y habrá encontrado sin duda al moro y a doña Urraca. Ya está la pobre aviada... Tristán no envaina la espada sin sangre, cuando la saca.

ESCENA X

Entra huyendo Doña Urraca, y D. Tristán persiguiéndola con la espada desnuda. Doña Urraca. ¡No me mates, hermano! Tarfe se hará cristiano y será mi marido: Así quedará todo corregido. D. Tristán. No puedo perdonarte tu pecado. ¡Tú mi honor has manchado con un perro sectario de Mahoma! ¡Toma el castigo que mereces! ¡Toma! (Le da una tremenda estocada y doña Urraca cae muerta.) Doña Brianda. Mi agradable venganza va adelante.

ESCENA XI

Dichos y el moro Tarfe que entra furioso y con el chafarote desenvainado. Tarfe. ¿Dónde está ese tunante, que por el intrincado laberinto de esos mil corredores se escabulló siguiendo a mis amores? D. Tristán. Aquí me tienes, moro majadero, y ya en la sangre de tu amiga tinto está mi fuerte acero. Tarfe. ¡Pues vivo no saldrás de este recinto! Pague tu desalmada sangre, la que vertiste de mi amada. (Riñen. Don Tristán atraviesa al moro de una estocada y el moro cae muerto.)

ESCENA XII

Dichos y D. Ramón que entra apresurado. D. Ramón. ¿Qué ocurre aquí? ¡Qué estruendo! ¡Qué horror! ¡cuántos cadáveres! D. Tristán. ¡Oh, dura inevitable ley del hado horrendo! Doña Brianda. ¡Ay don Ramón! El mostruo que estás viendo me burló con infame travesura. Su palabra me dio de matrimonio, y engañándome luego, de ángel que fui, me convirtió en demonio, y del infierno me lanzó en el fuego. ¡De mi horrible venganza estoy ufana! D. Ramón. (Dirigiéndose a D. Tristán.) D. Tristán, o te casas con mi hermana, o tu maldad te costará muy cara. D. Tristán. No puedo: un mar de sangre nos separa. D. Ramón. Pues aun la sangre me parece poca, y esa tu negativa del casorio a derramar la tuya me provoca. D. Tristán. Esto va a ser sobrado mortuorio, pero es irresistible mi arrebato... Defiéndete o te mato. (Riñen los dos y ambos se hieren mortalmente y caen muertos en tierra.) Doña Brianda. Ya de mi celoso ahínco el resultado me asombra; en pie estoy como una sombra entre cadáveres cinco. De demonios un enjambre muy pronto vendrá por mí. Mi celoso frenesí ha roto el vital estambre de estos cinco personajes, a quien yo tanto quería. Ahora siente el alma mía remordimientos salvajes. No está bien, es indecente que yo conserve el vivir, cuando logré hacer morir a tan buena y noble gente. (Dirigiéndose al cadáver de D. Ramón.) Perdona, hermano, perdona si por mi culpa estás muerto. (Dirigiéndose a doña Urraca.) Aunque ya cadáver yerto, estás, Urraca, muy mona. (Dirigiéndose a Zulema.) Y tú, gallarda Zulema, ¿qué culpa de amar adquieres a quien para las mujeres fue más dulce que la crema? (A D. Tristán.) ¡Ay D. Tristán! de mi rabia me arrepiento ya muy tarde. ¡Aún te adoro! Asaz cobarde fuera la que así te agravia, si en tan solemne ocasión a vivir se resignara, y al punto no se matara con firme resolución! (Saca el pomo del veneno.) Aún se esconde en este frasco gran cantidad de veneno. Valiente soy... Daré un trueno; me lo beberé sin asco. (Apura todo el veneno que hay en el pomo.) Ya me lo bebí; ya miro de feos demonios un bando, que están en torno esperando que yo dé el postrer suspiro, para ir en procesión, con horrenda algarabía, a llevarme a la sombría honda cárcel de Plutón. Allí expiaré mi delito con fieras penas, mas antes no quieran los circunstantes castigarme con el pito; sino que, para consuelo de mi agonía mortal, con aplauso general se dignen calmar mi anhelo. (Hace contorsiones horribles y cae muerta por virtud del veneno.)

FIN

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings