← Table of contents
Cuentos y crónicas, Obras Completas Vol. XIV

Cuentos y Crónicas (continued 2)

Reading edition

Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar, porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para todos.

Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad, y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.

LOS MISERABLES

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

Viejos de largas barbas canas; hombres fuertes; hombres jóvenes.

LOS MISERABLES Los «gueux» franceses, los «tramps» yankis, los «atorrantes» argentinos.

El «Gueux».

uien haya visto en ciertos paseos, en la banlieue, o bajo arboledas hantées, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al mismo tiempo la repugnancia y la lástima?

Q
Q

Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes: hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus lugares preferidos.

¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas, o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.

La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.

Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los tiempos y las costumbres.

El gueux de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón. Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos vendangeurs de costé, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige prophète».

Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable Notre Dame, la célebre Corte de los Milagros. Villón, en sus Testamentos, ha dejado una pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes les filles et de tous les mauvais lieux; item connaît-il celui de tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs, lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous les cachots et tous les gibets.»

Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de París, de entonces, como el mismo Gringoire.

La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza, el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos distrae a los gueux, que son amigos de las farsas y de las locuras.

Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares sospechosos.

En cuanto a la Corte de los Milagros, se componía de gentes activas, en su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo tiempo que escribía sus célebres baladas en el jargon de la poco noble «camaradería».

De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los gueux parisienses ha cambiado por completo.

Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido distintos resultados. Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por ejemplo, la introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos, de bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los alcoholes, las negras filosofías. Existe en la alta Italia una enfermedad que se llama pellagra, y que proviene de exclusiva alimentación compuesta de polenta y castañas. Así, ciertos libros han causado en el pueblo una como pellagra moral, y el principal síntoma de la terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta cuando habla el alma del desheredado de la vida, del paria, por boca de sus cancioneros.

Arístides Bruant, el aeda de los gueux, canta en su Mirliton:

T’es dans la rue, va, chez-toi!

La casa del mendigo, del hambriento, es la calle: la misma de los canes sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van por todas partes en sus horribles déshabillés, se tambalean, se tienden en los bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el último jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables tabernas, quien les habla al oído es el crimen.

Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo de París en que se agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero sabía pintar y compadecer en su Cabaret.

«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del Mirliton, que nadie comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot» la inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más malos que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!» Yo les condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant, les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su celda levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer de la mayor parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre todo inconscientes, como una de las formas de la irresponsabilidad; pero, en todo caso, es Bruant quien ha puesto primero el dedo en la llaga. Ciertamente, el cancionero harto disculpa las fechorías y hazañas del «apache» y de la peligrosa compañera de éste; mas la caridad y la compasión tienen sus límites, y la sociedad y justicia tienen que ver como enemigos a esos sombríos desventurados que saben, entre otras cosas, dar el coup du père François, lo mismo que una puñalada, al pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la desgracia de pasar cerca de ellos.

En la canción de Bruant A’ Saint-Ouen, uno de esos parias sociales muestra su áspera vida. En el primer couplet dice cómo, en un mal día, a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño, está condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay una sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.

Y el final:

Enfin, je n’ sais pas comment on peut y vivre honnêt’ment, c’est un rêve; mais on est récompensé, car, comme on est harassé, quand on crêve... l’cim’tière est pas ben loin, á Saint-Ouen.

Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el acatamiento a las leyes de la suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza. En Heureux, Bruant presenta al viejo vagabundo, en tiempo de invierno. Cuando le muerde las carnes la brisa fría y la necesidad de descansar le hace buscar un refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en su cueva, entre los tubos viejos del acueducto.

Et puis, doucett’ment, on s’endort... . . . . . . . . . . Alors on sent comme un’caresse, on s’allong’ comm’dans un bon pieu... Et l’on rêv’ qu’on est à la messe où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.

La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus tipos varían, desde el clásico personaje de arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible, hasta la madre mendiga, el «apache» siniestro, el «rigolard», etc.

La caridad no puede matar tantas hambres, por más que se establezcan lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte el anarquismo, con la idea de su soupe-conférence, hábilmente fundada y dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el alimento que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica les entraba por el estómago.

“El Tramp”.

Si hay un sér que tenga grande semejanza con el atorrante argentino, aparte de su mayor tendencia criminal, es el que en los Estados Unidos se llama tramp.

Para hacer la comparación, baste con presentar el tipo, apoyados en Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia, hace ya tiempo.

El tramp ¿es un ladrón, un vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.

El tramp, como le llaman en los Estados Unidos, y especialmente en el Canadá, es un producto extraordinario de nuestra moderna civilización. Puede tener todos los defectos, y ser tramp sin tener ninguno. Como el atorrante.

El tramp, en su calidad de mendigo de profesión, es fácil de conocer y de describir. Se presenta a la puerta de una villa, por ejemplo, y pide una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida de débauche, y sus vestidos desgarrados y en desorden son una verdadera caricatura de todo lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos tienen miradas agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer pronto, o quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».

El tramp vagabundo es perezoso, borracho muy frecuentemente, lleno de todos los vicios, y de un trato brutal. En una palabra, es el terror de los lugares poco poblados, y el problema de las grandes ciudades.

Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 tramps, los cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.

Existe, sin embargo, otra especie de tramps, que no pertenece a la clase de los tramps mendicantes: es el tramp por fuerza, digámoslo así.

El tramp puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable que el tramp obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios industriales de este siglo.

Hace cincuenta años, el tramp no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por decreto de la providencia, que el tramp está llamado a invadir la América entera? ¿El tramp llega a serlo, por no ser suficientemente inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil solución.

¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad, hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que ondulan verdaderos mares de trigo?

Hay sus causas indudablemente. Esos tramps que no lo son sino por necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto inútiles los útiles, e inútiles a muchos obreros.

Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la más humilde habitación, allí donde antes de la invención de las máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres.

Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los obreros de su única fortuna: el trabajo.

Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del fermier inglés son debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción de sus tierras.

Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente que les hace caer en la dantesca región del tramp.

No todos los tramps pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000 hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos salidas enfrente: el suicidio, o la vida del tramp.

La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres) disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y conductores quieran.

En los diarios se leen avisos como éste:

«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad contagiosa.»

Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas. Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos hablado.

Otra gran causa de que exista el tramp obrero, son las detenciones de los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a causa del alza.

Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de las materias primas, deteniendo la producción.

Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el tramp, es decir, el hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema industrial desorganizado y establecido contra todo principio de humanidad.

La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.

Ese problema del tramp, del gueux, es uno de los más formidables de nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le dan ninguna esperanza de alivio.

¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros del barrio italiano, o del Bowery?

El «Atorrante»

El atorrante argentino ha llenado antes la población, a medida que ha ido en aumento la vida europea, por decirlo así.

La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.

Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la segunda a la caridad.

La Nación, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata del atorrantismo, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las enfermedades que padecen».

Y hoy pasa lo mismo.

El atorrante duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los muelles, o en cualquier oscuro rincón.

Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y mueren cínicamente; es decir, como los perros.

A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos generosas.

PARÍS NOCTURNO

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

Fabuloso París, eternamente renombrado como el paraíso de las delicias amorosas.

e aquí el crepúsculo. El cielo toma un tinte rojizo. El abejeo de las vías humanas se acentúa. Monsieur se viste, Madame inspecciona singularmente sus cabellos, sus hombros, sus ojos y sus labios. Los autos vuelven del bosque como una enorme procesión de veloces luciérnagas. La ciudad enciende sus luces. Se llenan las terrazas de los bulevares, y se deslizan las fáciles peripatéticas, a paso parisiense, en busca de la buena suerte.

H
H

Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o intermitentemente en los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés y restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy indispensable tango argentino, por ejemplo: Quiero papita.

Un pintoresco río humano va por las aceras, y la tiranía del rostro, que decía Poe, se ve por todas partes. Son todos los tipos y todas las razas: los yankis importantes e imponentes, glabros y duros; los levantinos, los turcos y los griegos, parecidos a algunos sud-americanos; los chinos, los japoneses y los filipinos, con quienes se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que en seguida se define; el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su manera, y el de los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y elástico, cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas respectivas, y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado que va a su casa, y la gracia de la parisiense por todas partes, y todo el torrente de Babel, al grito de los camelots, al clamor de las trompas de automóvil, al estrépito de ruedas y cascos, mientras las puertas de los establecimientos de diversión o de comercio echan a la calle sonora sus bocanadas de claridad alegre.

El morne Sena se desliza bajo los históricos puentes, y su agua refleja las luces de oro y de colores de puentes, barcos y chalanas. El panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H de piedra sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo de las lámparas. En la orilla izquierda del gran río parisiense, por donde hay aún gentes que sueñan, artistas y estudiantes, el movimiento en la luminosidad de bulevares y calles se acentúa, y autobuses y tranvías lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en busca de, sonríe por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo siglo. Ya no se ve entrar a las cervecerías y cafés el béret de antaño, y junto a las mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas extranjeras, sobre todo los varios castellanos de la América nuestra. Un japonés de sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y platudo se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los escolares. Así, después que ha pasado la comida en la taberna del Panteón para unos, para otros en bouillons o crémeries, propicios a la economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se dirigen, como no sea a algún cine o cabaret de cancionistas. Después los cafés se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las mesitas; hasta que el vecindario que tranquilo duerme se suele despertar por la madrugada, a los cantos en coro de los noctámbulos.

En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las cenas en los cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan altamente se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón mejor, cuando no es un azucarerito francés como el que aun se recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la tradición.

Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas damas enarbolan los más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen forradas academias o traficantes figurines, para gloria de la boîte y regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo la urgente influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales establecimientos de los bulevares, se consagra la noce verdaderamente parisiense, para el calavera de París, o d’ailleurs, que cuenta con las rentas de un capital, o con los productos de una lejana estancia, puesta, hacienda, rancho, fundo o plantación.

Por la calle del faubourg Montmartre y de Notre-Dame-de-Lorette, asciende todas las noches una procesión de fiesteros, tanto cosmopolitas como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches blancas.

Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos para lo que era antaño un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe ya la mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren que la Musa sea atropellada por el automóvil.

Lo incómodo para la ascensión a la sagrada butte es la afluencia de apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos. Cuando se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a un cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques u oros en el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings, relucientes de orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo de los tziganos, y en donde la botella de champaña obligatoria se ostenta en la heladera.

Estas son las casas con nombres de abadía rabelesiana o de roedor difunto. Allí, los indispensables violinistas hacen bailar a las hetairas, o heteras, que convierten en champaña los luises de los gentlemen ciertos o dudosos; danzarines de España, o de Italia, o de Inglaterra, demuestran las tentaciones de las jotas, garrotines, tarantelas, o gigues; M. Berenger no estaría muy tranquilo desde luego si presenciase tales ejercicios coreográficos, y sobre todo cuando las machichas brasileñas y los tangos platenses son interpretados con floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente en que la palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no son para las niñas que comen su pan en tartines, como aquí se dice, están en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el paraíso de las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar de lo que se diga, es para el amante de la diversión y del jolgorio, para los derrochadores del dinero y de la salud, un imán irresistible. El chino en su China, el persa en su Persia, el más remoto rey bárbaro y negro que haya pasado por el paraíso parisiense, recordará siempre sus encantos y pensará en el retorno.

Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede encontrarse confort, lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en ninguna parte se goza de todo eso como en París, porque algo especial circula en el aire luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los reyes de otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de aceites, o de dólares, a su presencia se convierten en esclavos, esclavos de sus caprichos, de sus locuras, de sus miradas, de sus sonrisas, de su manera de andar, de su manera de hablar, de su manera de recogerse la falda, de comer una fruta, de oler una flor, de tomar una copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más exquisita sacerdotisa de la diosa hija de la onda amarga, patrona de la ciudad de las ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los países de la tierra.

* * *

París nocturno es luz y único, deleite y armonía; y, hélas! delito y crimen... No lejos de los amores magníficos y de los festines espléndidos, va el amor triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada, o casi mendicante, la solicitud armada, la caricia que concluye en robo, la cita que puede acabar en un momento trágico, en el barrio peligroso, o en la callejuela sospechosa.

Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los que van al bar elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del placer. Ni el extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha venido con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso. Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que con el oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en donde el Amor transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menos desinterés. Aun los tiempos del Chat noir se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se dice que los artistas de hoy, los mismos artistas! no piensan más que en la ganancia, y que el asno Boronali, del Lapin Agile, es el único artista verdaderamente independiente. Así, los hombres cabelludos y con anchos pantalones y con pipas, que se ven por Montmartre, no son artistas siquiera. El talento mismo, en ellos no es ciego; no lleva venda, cuando más un monóculo, que por lo general es un luis de Francia, una libra esterlina, o un águila americana. Y ese amor que no ciega, en París se ve mejor de noche que de día.

POEMAS DE ARTE

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

¿Qué pálida princesa difunta es conducida á la isla de la muerte?...

BOEKLIN

I La isla de los muertos.

n qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni los negros árboles mortuorios en sus hojas: los negros cipreses mortuorios, que semejan, agrupados y silenciosos, monjes-fantasmas.

E
E

Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas por el tiempo, se ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en donde, bajo el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina especular de abajo refleja los muros de ese solitario palacio de lo desconocido. Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en el poema de Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono menor, canto de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio fuese interrumpido por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una visión envuelta en un velo como de nieve...

Allí es donde comienza la posesión de Psiquis; en esa negrura es donde verás quizás brotar, pobre soñador, de la obscura larva, las alas prestigiosas de Hipsipila. A tu isla solemne ¡oh, Boeklin! va la reina Betsabé, pálida. Va también, con un manto de duelo, la esposa de Mauseolo, que pone cenizas en el vino. Va Hécuba, y ¡horrible trance! va silenciosa, mordiendo su aullido, clavando sus dedos en los dolorosos, maternales pechos. Va Venus, sobre su concha tirada por las blancas palomas, por ver si vaga gimiendo la sombra de Adonis. Va la tropa imperial de las soberbias porfirogénitas, que amaron el amor al mismo tiempo que la muerte. Va en un esquife divino, con un arcángel por timonel, la Virgen María, herido el pecho por los siete puñales.

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros viajeros...

II Idilio marino.

Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está entronizada la Vencedora, en la irresistible omnipotencia de su desnudez.

En su blanca piel está la sal, el perfume marino de Anadiómena, y la serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y humillada, el soberano triunfo del encanto femenino. Europa sobre el lomo del toro, la Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta las uñas al león. Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol, en tanto que el monstruo recibe una caricia de la tentadora mujer, que bajo el inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo impudor.

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

Suena la risa del tritón, que muestra su cabeza de sileno oceánico...

III Sirenas y tritones.

Con más sonoridad que el ruido del caracol, suena la risa del tritón, que muestra su cabeza de sileno oceánico, ceñida con hojas de las desconocidas viñas que crecen en los campos submarinos, y rosas de una flora extraña e ignorada, cortadas entre líquenes y flotantes medusas. Tras él se infla una faz batraciana, boca redonda y carnuda, ojos saltones. Se ven danzar las ondas. En el seno de una se hunde, con un salto natatorio, una ninfa de opulentos muslos, que tiene aletas en los talones. Más allá, otra erige sus pechos, y su cabeza coronada de algas. Con asombro jocoso viene un Sancho centauro acuático, braceando; la grupa está sobre la ola, y la espuma le forma un cerco hirviente y blanco por la redondez de la barriga, en la cual muestra su honda mancha, como la señal de un golpe de espátula, el ombligo.

En primer término, en la transparencia del agua, una sirena extiende su bifurcada y curva cola de pescado, negro y plata; a flor de espuma, tiembla la doble rotundidad en que termina el talle.

La faz medrosa mira hacia un punto en que algo se divisa, y casi no atiende la hembra al tritón fáunico, que la atrae, invitándola a una cita sexual, tal como en la tierra, al amor del gran bosque, lo haría Pan con Siringa.

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco y vuestra alma blanca.

IV Día de Primavera.

Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco, y vuestra alma blanca. Yo tendría mi negro dolor. Procuraría haceros soñar dulces sueños, y el laúd no tendría para vos sino los más acariciadores sonidos.—Sí, dice ella, mas esa villa italiana... ¿no será la morada de la más infeliz de las mujeres? Los árboles sombríos forman un misterioso recinto de duelo. El agua de los arroyos parece monologar extrañas historias de amores difuntos. El crepúsculo inunda, con su tenue tinta de melancolía, todo el paisaje. El anciano que contempla meditabundo las ninfas, parece la encarnación de un triste pasado. Los niños que juegan cerca de la «villa», no alcanzan a hacer que mi alma encuentre una sola nota de alegría.

Nuestra alma, a veces, contagia con sus males el alma de las cosas.

V Los Pescadores de Sirenas.

Péscame una ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus escamas radiantes la irisada riqueza metálica que decora las admirables arenques. Péscame una, cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales abanicos de pedrería; péscame una que tenga verdes los cabellos, como debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y mágicas chispas, cuya boca salada bese y muerda, cuando no cante las canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises, cuyos senos marmóreos culminen florecidos de rosa y cuyos brazos, como dos albos y divinos pithones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son ciertamente malos pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un grueso palo nudoso, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y poco apetecible que su compañero ha pescado. Este saca la red, y no parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje, mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la antorcha del sol.

CURIOSIDADES LITERARIAS

Illustration from Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada.

ablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al derecho, guardando siempre el mismo sentido, acrósticos enrevesados, y luego, prosas en que se suprimiera una de las vocales en largos cuentos castellanos.

H
H

Entonces, yo les hablé de una curiosidad, en verdad de las más peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que dirigía allá en la lejana Nicaragua un mi íntimo amigo. Es un cuento corto, en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. No encontraréis otra vocal más que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor? Sudamericano, seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me refiero:

AMAR HASTA FRACASAR (Trazada para la A.)

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada.—Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.

Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas[1]. ¡Bravas agallas!—¿Mas bastaba tal cabala?—Nada ¡cá! ¡nada basta a atajar la llama aflamada!

Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar! gratas pasan para apalambrarlas[2] mas, para clavar la azagaya[3] al alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!

Pasaban las añadas[4]. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta para afrancar[5] a Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡cá! ¡nada faltaba para andar al altar!

Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara, atalantadas a las palabras:—¡acá! ¡acá! ¡atrapad al canalla-mata-damas! ¡amarrad al rapaz!—Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; más nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! avara bajasa[6], al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar[7], fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla[8], alafagarla, matarla! tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras Casa Blanca, asayaba[9], a la par gran mal; a la par balaba[10], allanar las barras para atacar la alfana[11], sacar la amada, hablarla, abrazarla...

Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar la alba, al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La lancha, ya aparada[12], pasa al galán a la Habana. ¡Ya la has amanada[13] gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán ¡avanza, galán, avanza!

Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán[14], mas la tapada, taparanla más. Aplaza la hazaña...

Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana, para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:

La barca lanzada allá al ancha mar arrastra a la Habana canalla-rapaz. Al tal mata-damas llamaban asaz, mas jamás las mata, las ha para amar. Fallar las amarras hará tal galán, ca, brava alabarda llaman a la mar. Las alas, la alaba, la azagaya... ¡Bah! nada, nada basta a tal batallar. Ah, marcha, alma Atala a dar grata paz, a dar grata andanza a Chactas acá.

Acabada la cantata, Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al adra[15]. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La alma. La alma la da al galán. Afanada llama a ña Blasa, aya[16] parda ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla, Ana la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da ahajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para Blas!

Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!

—¡Amada Ana!...

—¡Blas!...

—¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!

—¡Ah, jamás!

—¡Alma amada!...

—¡Abraza a Ana hasta matarla!

—¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!...

A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana...

Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava, brava, lanza a la playa la fragata: la vara.

La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca tablas al tajamar; nada basta a salvar la fragata. ¡Ah, tantas almas lanzadas al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah! tantas brazadas, tan gran afán para nada; hállala, mas la halla ya matada. ¡Matada!... Al palpar tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la amada. «¡Amar hasta fracasar!» clama... Ambas almas abrazadas bajan a la nada[17]. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más... ¡ca! ya Ana hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. «¡Mamá, ya, acababa Ana. Papá, ya, acababa Blas!...»

Nada habla la Habana para sacar a plaza a Marta, tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.

Et voilà. ¿Quién me dirá el nombre del autor?

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings