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Cuentos de mi tiempo

MI TIEMPO

Reading edition

MADRID

MDCCCXCV

IMPRENTA DE FORTANET, Libertad, 20.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Es propiedad del autor.

ÍNDICE

La primer cuartilla

La amenaza

La buhardilla

El olvidado

La cuarta virtud

Lobo en cepo

El hijo del camino

Los triunfos del dolor

Los favores de fortuna

Las plegarias

El nieto

Dichas humanas

El milagro

Elvira-Nicolasa

Sacramento

Santificar las fiestas

La hoja de parra

LA PRIMER CUARTILLA

Para instruirnos es la ciencia; para mejorarnos la moral; para deleitarnos el arte, donde hallan las fuerzas fatigadas alivio y el espíritu ennoblecido recompensa. Si la obra artística ilustra el entendimiento y depura la conciencia, tanto mejor; pero su misión es ser bella, y lo mismo puede realizarla inspirándose en la fe, descorazonada por la incredulidad, o herida por la duda.

Tal creo, y sin embargo quise poner en estas humildes páginas algo que levantase el ánimo, y moviera la conciencia contra injusticias y errores de que el arte puede ser, si no remedio, espejo, si no enseñanza, aviso.

He aquí mi explicación para unos, mi disculpa para con otros.

Empezó El Liberal a publicar cuentos y me honró pidiéndome algunos. A ser periódico exclusivamente artístico y literario, hubiera yo trabajado para él de otra suerte: mas imaginé que en un diario político, debía escribir luchando, como soldado raso, contra las ideas casi vencidas de lo pasado y a favor de las esperanzas de lo por venir, no triunfantes todavía.

Entonces puse el pensamiento en aquella aspiración de justicia, ya escrita en los códigos, pero que aún es letra muerta en las costumbres.

De ellas me inspiré, intentando contribuir a la pintura de esta época en que una letra de cambio, una obligación, un cheque, pesan en la balanza social más que cuanto representa, trabajo, ciencia, estudio y arte.

Mis aciertos y mis errores, hijos son de mi tiempo: ni por éstos mereceré censura, ni por aquéllos soy digno de alabanza: de que enderecé al bien la voluntad, estoy seguro.

Madrid, 1895.

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LA AMENAZA

I

Sonaron las campanadas del medio día y de allí a poco la puerta comenzó a despedir en oleadas de marea humana la muchedumbre cansada y silenciosa que componía el personal de los talleres. Nadie hablaba: no hacía el varón caso de la hembra, ni buscaba la muchacha el halago del mozo, ni el niño se detenía a jugar. Los fuertes parecían rendidos, los jóvenes avejentados, los viejos medio muertos. ¡Casta dos veces oprimida por la ignorancia propia y el egoísmo ajeno!

El gentío se fue desparramando como nube que el viento fracciona y desvanece: pasó primero en turbas, luego en grupos y después en parejas que calladamente solían dividirse sin despedida ni saludo, tomando unos el camino de su casa, entrando otros en ventorrillos y tabernas, diseminándose y perdiéndose, confundidos todos y sorbidos por la agitada circulación del arrabal.

Uno de los últimos que salieron fue Gaspar Santigós, alias, el Grande o Gasparón, porque era de tremendas fuerzas, muy alto y muy fornido. Hacíanle simpático el semblante apacible, la frente despejada, el mirar franco, y era tan corpulento, que parecía Hércules con blusa.

Echó a andar por la sombra de una tapia, cruzó dos o tres calles, atravesó una plaza, y metiéndose por pasadizos y solares, para acortar distancias, vino a desembocar en un paseo de olmos, jigantescos, cuyo ramaje se entrelazaba formando bóveda de sombra, bajo la cual, le esperaba, sentada en un tronco derribado, una mujer joven, limpia y graciosa, que tenía delante una cesta, al lado un perro, y en el regazo un niño. Corrió el animal hacia su amo, el pequeñuelo alargó las manitas, y mientras el hombre sacaba de la cesta, y partía la dorada libreta, la muchacha, sin dejar de mirarle, apartó a un lado la ensalada, sacó la botella del tinto, la servilleta, las cucharas de palo, y sobre el hondo plato de loza blanca, con ribete azul, volcó el puchero de cocido amarillento y humeante.

II

Cuando sonaron a lo lejos las campanadas de vuelta, echó el último trago, lió un pitillo, dio un beso al niño, arrojó al perro un mendrugo, y oprimiendo rápidamente el talle a la joven, como un avaro que palpa su tesoro, tomó el camino de la fábrica.

Traspuso la puerta, cruzó un patio lleno de pilas de lingotes de hierro, y entró en una nave larga y anchurosa, iluminada por ventanales tras cuyos vidrios empañados se adivinaban muros ennegrecidos, montones de carbón, chisporroteo de fraguas, y altas chimeneas que en nubes muy densas lanzaban a borbotones el humo pesado y polvoriento de la hulla. En lo alto y a lo largo de la nave corría en complicadas líneas un número incalculable de aceros relucientes, de hierros bruñidos, palancas, vástagos y ruedas unidas por correas, que subían, bajaban, se retorcían cruzándose, y giraban vertiginosamente, como miembros locos de un mecanismo vivo en que nada pudiera detenerse sin que el conjunto se paralizara. El piso entarimado temblaba con la trepidación del vapor, cuyos resoplidos se escuchaban cercanos; y de otros talleres, debilitado por el vocerío y la distancia, venía rumor de herrajes golpeados y zumbido de máquinas mezclado a cantos de mujeres.

Al término de aquella nave veíase otra igual y salvando un patio que las separaba, había entre ambas un puentecillo estrecho de madera, junto al cual giraba sobre su eje la enorme rueda de un colosal volante.

Cuando iba Gasparón por la mitad del puentecillo, vio que de la segunda nave llegaba un aprendiz corriendo, con tal ímpetu, y tan lanzado a la carrera, que ya no podía detenerse. Sin tiempo para retroceder, y adivinando que no cabrían los dos en el angosto pasadizo, Gasparón encogiendo el cuerpo se hizo a un lado: llegó el muchacho como un rayo, se desvió mal, sufrió el encontronazo y cayó de bruces, quedando casi fuera del tablón estrecho que formaba el piso suspendido sobre el vacío del patio, y sin lugar a donde asirse. Gasparón, más cuidadoso del peligro ajeno que del propio, le tendió una mano; y el chico, cegado por el miedo, se agarró a ella con tal fuerza y tal ánsia que hizo vacilar al obrero. Este al perder el equilibrio, instintivamente, para recobrarlo haciendo contrapeso, echó hacia atrás el otro brazo puesto en alto, mas con tan mala suerte, que alcanzándoselo un radio del volante le partió el hueso por más arriba de la mano.

El muchacho dijo luego que, a pesar del terror, oyó un crugido como cuando se parte una astilla de un hachazo. Pero aún tuvo aquel hombre fuerza y serenidad para retroceder algunos pasos: arrastró al chico, y al dejarlo en salvo sobre el piso de la nave, cayó rendido a la violencia del dolor.

Recogiéronle sus compañeros, y por no tener enfermería la fábrica, le llevaron sentado en una silla al hospital cercano, donde aquella misma tarde hubo que desarticularle el codo.

La convalecencia fue larga: en ella se gastaron primero los ahorros; luego el préstamo tomado sobre la ropa dominguera, la capa de él y el mantón de ella; después algún socorro de camaradas y vecinos, y por último, un donativo de la Caja de resistencia en huelgas. En nuevo trabajo no había que pensar; porque el brazo perdido era el derecho.

III

Cuarenta y tantos días después de la desgracia, la mujer de Gasparón se presentó en la pagaduría de la fábrica.

Era una habitación pequeña dividida por un tabique de madera y tela metálica con ventanillos, tras los cuales se veía un señor viejo, bien vestido, de camisa limpia, que estaba leyendo un periódico, sentado junto a una caja de caudales. Cerca de él, al alcance de su vista, había dos hombres que de pie y encorvados escribían en grandes libros puestos sobre pupitres de pino.

—¿Qué traes tú por aquí?—dijo uno de los escribientes al acercarse la mujer.

—¿Cómo ha quedado Gasparón?—preguntó el otro.

—Pues, ¡cómo ha de quedar! Manco.

—¿Y a qué vienes?

—A cobrar.

Uno de aquellos hombres tomó un cuaderno y comenzó a pasar hojas murmurando:

—Gaspar... Gaspar...

—Está por Santigós. Nave de taladros, sección segunda—dijo la mujer.

—Es verdad; Gaspar Santigós, aquí está.

—Ese es—añadió ella suspirando.

El escribiente se puso a hacer números en una cuartilla de papel, y sin alzar la vista preguntó:

—¿Había cobrado la semana anterior?

—Sí, señor.

—Pues son... deben de ser...

Entonces el caballero de la camisa limpia soltó el periódico y sin mirar a la joven preguntó:

—¿Qué día fue eso?

—El veinte pasado: miércoles, a las dos—contestó ella tristemente.

—Pues poca duda cabe—repuso el caballero—lunes, uno; martes, dos; miércoles... dos días y medio, que a cuatro cincuenta de jornal... son once pesetas con veinticinco céntimos.—Y se volvió de espaldas.

Sacó el dependiente una esportilla de la caja, contó el dinero, y sin más conversación hizo la entrega. Marchose llorando la muchacha, y aún se oía el ruido de sus pasos cuando el caballero de la camisa limpia dijo severamente:

—No se le olvide a usted apuntar que Gasparón es baja.

IV

Cuando los obreros supieron que a Gasparón se le habían pagado dos días y medio, corrió sobre sus tugurios y agitó sus cabezas viento de tempestad. La iniquidad llamó a la ira.

Reuniéronse los delegados de los grupos, hubo Junta una noche en la trastaberna del Francés, y para completo conocimiento del caso, se citó también al pobre manco.

Gasparón contó su desgracia con la mayor naturalidad, mostró el muñón cicatrizado, lleno de costurones, y luego, mientras duró la reunión, no cesó de molestar a los amigos pidiendo que le desliaran cigarrillos, porque aún no estaba acostumbrado a valerse con una sola mano.

Una lámpara sucia, que apenas daba luz, ardía inútilmente, sin alumbrar el cuarto. Casi no se veían cuerpos, ni figuras, ni rostros. Las voces parecían salir de entre sombras como protestas y amenazas anónimas.

—Llevo cincuenta y dos años de taller—dijo el que habló primero—y sé más que vosotros; porque he corrido muchas fábricas; entré a los doce... Siempre he dicho que lo mejor sería obligarles a mantener a los que ya no pueden trabajar. Si no, ya lo veis; callos en las manos y la tripa vacía.

—Yo, con menos años—dijo otro—tengo más experiencia: lo mejor es ponernos de acuerdo, guardar secreto y estropearles el material, la mano de obra, la herramienta, todo lo que se pueda; perder tiempo, fundir mal, tejer peor. En un año no quedaba fábrica con crédito.

—Ni obrero con pan.

—¡Las ocho horas!—exclamaron varios al mismo tiempo.

—Buen consuelo, ser perros ocho horas en vez de nueve.

—Aumento de jornal.

—Y en seguida suben ellos la ropa, el pan, la casa... si pudieran... ¡hasta el aire tasaban!

Entonces se oyó una voz que no había sonado aún: una voz que delataba un cuerpo chico y una voluntad monstruo.

—Aquí no hemos venido a discutir sino a vengarnos. ¿Tenéis coraje? ¿Sí o no? Yo sé donde hay tres cartuchos de dinamita, de a dos kilos y medio; uno para el almacén de modelos, que es lo que vale más; otro para casa del amo, por la parte de atrás donde tiene la familia... y el otro se guarda para cuando haga falta. Echamos suertes, y a quien le toque, aquél los pone.

Un silencio prolongado y medroso siguió a la horrible proposición. A unos les asustaba la idea del estrago; a otros el terror del castigo; con la voluntad, casi todos fueron cómplices; ninguno dijo: «Yo me atrevo.»

De pronto se levantó Gasparón, dio dos chupadas al pitillo, y colocándose bajo la débil claridad de la lámpara, para que le leyeran en el rostro lo inquebrantable de la resolución, habló de esta manera:

—Todo eso es inútil, o es infame. ¿Montepío ni pensiones, con dinero de ellos? Estáis soñando. ¿Huelga? ¿Para qué? ¿Para hocicar en cuanto falta el pan en casa, quedar empeñados y volver al trabajo? Lo de los cartuchos, es una salvajada de cobardes; ¡por cuenta mía no se asesina a nadie! Dejad a mi cargo la venganza, que será buena.., y larga.

Unos refunfuñando, y otros de buen grado; por miedo los pusilánimes, y los exaltados porque en los ojos de Gasparón adivinaron algo tremendo y misterioso, todos accedieron a su ruego; y la reunión se disolvió enseguida, semejante a una de esas tormentas que llevan en su seno el rayo y no lo lanzan a la tierra.

V

Al día siguiente Gasparón se puso a pedir limosna al pie de la soberbia casa donde vivía el fabricante. Allí está siempre junto a la verja de remates dorados, cerca de una ventana, tras cuyos cristales caen en amplios pliegues los cortinajes de seda: allí se le ve de sol a sol mostrando el muñón cicatrizado, destacándose el bulto haraposo de su cuerpo sobre la fachada de mármol, y llevando siempre colgado al cuello un cartelillo en que se leen estas palabras: Inutilizado en la fábrica de don Martín Peñalva.

Súplicas, amenazas, ofertas para que se retire, cuanto se ha intentado ha sido en balde. Allí está cuando el rico industrial, nuevo señor del feudalismo moderno, sale a sus placeres y sus agios; cuando su esposa vuelve de rezar, y cuando sus hijas van a saraos y fiestas envueltas en primorosas galas.

Aquel mendigo en la puerta de aquel palacio es una afrenta viva: y es también una tremenda profecía.

La mano con que pide parece que amenaza.

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LA BUHARDILLA

I

La casa de los duques de las Vistillas era de las mejores entre las buenas viviendas nobiliarias del antiguo Madrid. No podía compararse con ella la de los Guevaras, ni la de los Peraltas, ni la de los Zapatas, ni aun la de los Salvajes: se parecía a las de Oñate y Miraflores. Sus dueños le decían el palacio... y, sin embargo, no pasaba de ser un caserón destartalado, de grandes salones, tremendos patios y pasillos laberínticos. La fachada era de agramillado y berroqueña del Guadarrama: tenía zócalo de granito con respiraderos de sótano, planta baja con descomunales rejas dadas de negro, principal de anchos huecos con fuertes jambas, recios dinteles y guarda polvos casi monumentales: sobre el balcón del centro, que caía encima del zaguán, ostentaba un enorme escudo nobiliario, ilustre jeroglífico compuesto por cabezas de moros, perros, cadenas, bandas y calderos; todo ello dominado por un soberbio casco de piedra caliza que el tiempo iba enrojeciendo con el chorreo de las lluvias mezclado a la herrumbre del balconaje. El piso segundo, bajo de techo y a manera de ático, tenía ventanas pequeñas, y sobre el entablamento descollaban las buhardillas altas, aisladas, recubiertas de tejas, guarnecidas de verdosas vidrieras, ante las cuales se veían desde lejos las ropas recién lavadas y tendidas que goteaban sobre estrechos cajoncitos, plantados de yerba luisa, albahaca, yerba de gato y claveles.

Eran estas buhardillas habitación de gente pobre que vivía en contacto frecuente con los ricos: así estaban cercanos la necesidad y el remedio, hermoso maridaje que aplaca la envidia de los que no tienen y amansa el egoísmo de los que poseen. Los amos ocupaban en invierno el principal y en verano el bajo: en el segundo estaba la administración, y en las buhardillas, los cocheros, pinches y lacayos, amén de dos o tres familias de sirvientes jubilados y gentes protegidas, entre ellas, Manuela, hija de un ayuda de cámara, hermana de una doncella y viuda de un mozo de comedor que había servido muchos años y murió, dejándola embarazada.

Daban los señores a Manuela, en recuerdo de lo bien que se portó su marido, tres reales diarios y casa; es decir, una de aquellas buhardillas que desde la calle se veían descollar por cima del tejado, entre ropas blancas y macetas verdes.

De la misma edad que Manuela tenían los duques una hija tan graciosa, picaresca y bonita, que parecía un modelo de Goya, y tan buena, que en limosnas y socorros gastaba mucho de lo que sus padres le daban para galas y alfileres.

La casualidad, o la Providencia, que acaso sean hermanas sin saberlo, hizo que la duquesita y Manuela se enamorasen y casaran casi al mismo tiempo, hacía mil ochocientos setenta y tantos. Sin duda el amor, que no distingue de jerarquías ni clases, les rozó simultáneamente con sus alas. Algo así debió de suceder, porque ambas fueron madres con diferencia de unas cuantas horas. Cuando el hijo de la duquesita vertía sus primeras lágrimas entre lienzos de Holanda y ricos encajes, hacía sus primeros pucheros el chiquitín de Manuela envuelto en pañales de bayeta amarilla.

No habían salido a misa de parida, aún guardaban cama, cuando una noche, casi de madrugada, la duquesita mandó llamar a su doncella, hermana de Manuela. Pasó un buen rato sin que acudiese la chica, impacientose el ama, y al llamar por tercera o cuarta vez, entró al fin la muchacha diciendo llorosa y acontecida:

—Dispense V. E..., estaba arriba... porque a mi hermana paece que se la yeba el Señor.

—¿Qué le pasa?

—Pues lo peor: dice el señor médico; que así como a V. E. le ha sucedio con bien la subida de la leche, a la pobre Manuela le ha entrao una calentura malina que nos quedamos sin ella.

La duquesita quedó aterrada. Como su situación y la de aquella desdichada era casi la misma, pensó que podía haberse hallado en caso igual; tuvo miedo, tembló por sí, y se estremeció ante la idea de dejar sin madre a aquel pedacito de su alma concebido entre placeres, parido entre dolores, que allí dormía puestos los labios en su pecho y acogido al calor tibio y cariñoso de su cuerpo.

—Válgame Dios—dijo la señora—con que calentura maligna...

—Pero muy grande, y lo más malo es que ha dicho el señor médico que busquen quien dé teta al niño... y ya ve vuecencia, así de pronto cualquiera encuentra... Está la criatura llorando como un cachorro... chupa que chupa, Manuela con los pechos secos... y ná, como si mamase de un pepino.

La duquesita miró a su hijo con ternura, y en seguida, obedeciendo a una de esas inspiraciones femeninas que ante nada se detienen, dijo:

—¿Y no hay quien le dé teta?

—Nadie: ya hemos corrío toda la vecindaz..., y aunque ahora al pronto se encontrara, ¿cómo quiere V. E. que luego pague un ama? Estará de Dios que se quede sin hijo.

—Pues oye... sube corriendo, coge al niño, mira si está limpito y bájalo... Yo tengo leche para dos.

Oposición de los padres, enojo del marido, advertencias del médico, todo fue inútil. La duquesita dio teta al hijo de Manuela durante tres días, al cabo de los cuales, doblegándose ante la enérgica actitud de su esposo, devolvió el niño a la madre, prendiendo entre los pañales un billete de Banco para que pudiese pagar nodriza.

Súpose todo aquello en el barrio, y cuando la señora salió a misa de parida, no logró pisar el suelo de la calle; porque desde la escalera hasta el zaguán donde aguardaba el coche, y desde las gradas de la parroquia hasta el altar de la Virgen, las mujeres de la vecindad habían alfombrado el piso con mantones y flores; mantones raídos, flores baratas...; pero no hubo sultán de Oriente que disfrutara triunfo igual.

II

Muertos sus padres pocos años después, la duquesita, por seguir, la moda y complacer a su marido vendió la casa de sus mayores y edificó en la Castellana un hotel a la francesa, dirigido por un arquitecto de París. Cayó la antigua morada de los Vistillas, destruyose la severa fachada, y casi juntos rodaron por el suelo los fragmentos del escudo roto y las tejas de las buhardillas derruidas. Lo que produjeron las rejas y los sillares de berroqueña apenas bastó para pagar unas cuantas piedras traídas de Angulema. El nuevo edificio era extranjero, antipático, barroco, en el mal sentido de la palabra, y en vez de buhardillas españolas, tenía una gran montera de pizarra.

Claro está que al derribarse la casa antigua fueron echados a la calle los servidores jubilados, y entre ellos Manuela. En vano intentó ver a la duquesa. El mayordomo, un burgués en canuto, más aristocrático y orgulloso que el amo a quien sisaba, no permitió que se acercase a la señora.

Manuela comenzó entonces a subir esa calle de la amargura que se llama miseria. Fue peinadora, cosió para las tiendas y el corte, siendo desgraciada en todo, y por último se puso a lavandera.

Pasó tiempo. La duquesita, esbelta y grácil, como un ángel de los que pintó Goya en San Antonio, se había convertido en una señorona de opulentas formas: Manuela, antes guapa, airosa y limpia, estaba fea, ordinaria, flaca, embastecida por el trabajo y desfigurada por las privaciones.

III

Un día hubo motín de lavanderas. El Ayuntamiento, a quien el pueblo llamaba el gran matutero, les exigía un nuevo impuesto, y las pobres no podían ni querían pagarlo.

La gresca comenzó muy de mañana en los lavaderos del Norte, se corrió río abajo desde los once caños hasta los puentes de Segovia y Toledo, arreció en los cobertizos del pontón, engrosó, por ser domingo, con la gente de los merenderos, y al medio día los grupos de mujeres armadas de palos, piedras, trancas y estacas subieron por el Paseo de los Ocho Hilos y la calle de Toledo a desembocar en la Plaza de la Cebada. En vano luchaban las tituladas autoridades.

—¡Muchachas! ¡Hijas mías!—decía el gobernador—todo se arreglará... Nombrad una comisión.

Una de aquellas desdichadas se adelantó diciendo:

—Mire ustéz usía..., estamos hartas, y no nos da la gana. Las que salimos mejor libradas, las de lavadero, pagamos cá sábado treinta ríales de pila y colada; dos ríales de mozos pá que cuelen con cudiao; por cada carretilla de ropa de la pila al cuelo, y del cuelo a la pila, una perra grande; en los tendederos otra perra, y en cuantito que llueve, pá que recojan pronto, otra perra... por subir y bajar talegos una peseta cá viaje; y ponga usted jabón, palas, jornal de ayudantas, valor de prendas perdías... y las heladas y los calores... las que tién más suerte les queda diez u doce ríales por semana... vamos, lo que usted gasta en un puro. ¿Qué quiuste que comamos? ¡Y ahora pone el alcalde otra contribución! ¡Como no sus demos morcilla!

Un guardia quiso prender a la oradora, pero sus compañeras la defendieron a palos, mordiscos y arañazos... Salió un sable de la vaina, y allí fue Troya. Un diluvio de piedras y medios ladrillos cayó sobre los representantes del poder; y todos quedaron iguales; así los mal nombrados por el gobierno, como los peor elegidos por el pueblo. Gobernador, alcaldes, concejales, inspectores y guindillas, tuvieron que huir vergonzosamente ante las amazonas del Manzanares. Apaleaban a los agentes, herían a los guardias, silbaban a los clérigos, ordenaban cierre de tiendas, y recorrían la capital en son de guerra, gritando: «¡Muera el alcalde! ¡Abajo los ladrones!» En la calle de Atocha sufrieron una carga de caballería. Seis u ocho quedaron descalabradas a sablazos y tendidas en medio del arroyo; otras cayeron pateadas por los caballos; las más se replegaron desordenadamente hacia la plaza de Antón Martín. Iban furiosas; no eran mujeres, sino fieras.

Hubo momentos en que lo comenzado como asonada de miserables desgraciadas amenazó trocarse en alzamiento social. Los primeros gritos fueron: ¡No pagamos! ¡Abajo la peseta! ¡Abajo el alcalde! Luego el pueblo, con ese instinto que le hace relacionar ideas hasta encontrar el origen de su daño, comenzó a gritar ¡Abajo los ladrones! y por último la miseria fermentada, la pobreza escarnecida, la ignorancia fuerte y sin freno, todo aquel conjunto de injusticias acumuladas se condensó en una voz terrible: ¡Mueran los ricos!

A este punto llegaba la marea del hambre, cuando en mal hora acertó a desembocar en la plaza una soberbia carretela ocupada por dos señoras elegantísimas. Los caballos ingleses, el coche francés, y lo que ellas llevaban desde las telas de los trajes hasta las horquillas de oro, desde las medias de seda hasta las primorosas flores de sus sombrerillos, todo tenía ese aspecto de suntuosidad a la moderna que cuesta más caro cuanto parece más sencillo.

Entonces, aquel río de furias desgreñadas, aquellas turbas harapientas, atajaron el paso al coche, y sobre las magníficas faldas de las damas, pálidas de sorpresa y medio muertas de miedo, comenzó a caer en lluvia pastosa y sucia el barro arañado de entre los adoquines o cogido en las socavas de los árboles; y empezaron a silbar por el aire trozos de cascote, escuchándose los rugidos de las amotinadas, que vociferaban: ¡Mueran los ricos! Dos o tres piedras chocaron contra la caja de la carretela, quedó herido el lacayo, una moza de fuerzas hercúleas metió un garrote entre los radios de una rueda y apalancando con alma para que no se moviera el coche, faciltó que por la trasera de éste treparan varias chicuelas ansiosas de arrancar de los sombrerillos las primorosas flores pagadas en París a peso de oro. Y los gritos no cesaban: ¡Vamos a desnudarlas! ¡Mueran los ricos! El momento fue horrible; aquello parecía el choque del hambre con la inconsciente insolencia de la hartura.

De repente, una de las amotinadas, que estaba en tercera o cuarta fila, comenzó a dar codazos y empellones pugnando por abrirse paso.

Debía de ser alguna de las jefas, porque los grupos se espaciaron dejándola avanzar hasta la caja del coche, mientras ella, gesticulando enérgicamente, decía con los brazos en alto:

—¡Compañeras, quietas! ¡Chicas, no tiréis! ¡Dejadme hablar... no seáis bestias!

Viendo a aquella mujer, la más joven de ambas damas, dio un grito de asombro y de sorpresa, exclamando:

—¡Manuela!

—¡Yo soy señá duquesa!

Y subida en el estribo, agarrándose a la capota, siguió gritando;

—¡Muchachas, por lo que más queráis en el mundo sus pido que no les hagáis daño! Ellas no tién la culpa. ¿Sabéis quién es ésta, la guapa, la más joven, la que paece la Virgen de la Paloma? Las que me conocéis, las de mi lavadero, ¿no m'habéis oído contar que cuando mi hijo se me moría le dio la teta una señora?... ¡Pues ésta es! ¡Pa hacerla daño me tenéis que matar a mí!

Sonó algún silbido, se oyeron algunas carcajadas de mofa, pero las turbas abrieron paso, los grupos se aclararon, la lavandera echó pie a tierra, arreó el cochero y el carruaje pudo arrancar despacio por entre aquella muchedumbre hostil, momentáneamente amansada. La duquesa miró a su salvadora con los ojos nublados de lágrimas, y Manuela siguió mientras pudo al lado del coche, diciendo, trémula de gozo:

—¡Adiós, señora! ¡Qué lejos que estamos ya los pobres y los ricos! ¡Cuánto más valían aquellas buhardillas cuando vivíamos unos cerca de otros pa conocernos y querernos! Ahora hacen unos ciminterios de vivos que les yaman barrios pa obreros... y cuando subimos a Madrid... ¡es pa esto!

—¡Te debemos la vida!—dijo una voz aún entrecortada del terror.

—¡Adiós, señora!

Trotaron los caballos, se alejó en salvo el coche, y a su espalda, ya lejos, arreció el rumor formidable del motín, semejante al ruido de una presa cuando rota la esclusa se precipita el agua en oleadas de espuma sucia y turbulenta.

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EL OLVIDADO

Desde que la mano levantaba el pegado cortinón de alfombra, reforzado con tiras de cuero, quedaban los ojos deslumbrados. La iglesia estaba hecha un ascua de oro. Las capillas laterales despedían resplandores amarillentos que, como grandes bocanadas de claridad, se confundían en el centro de la nave: de los arcos pendía multitud de arañas con flecos, colgajos y prismas de cristal tallado, en cuyas facetas irisadas se multiplicaba hasta lo infinito el tembleteo de las luces: y, al fondo, el retablo del altar mayor semejaba un monumento de oro adivinado tras la pirámide de llamas formada por cirios y velas, cuyos pábilos chisporroteaban, esmaltando de puntos rojos las espirales del incienso que flotaba en la atmósfera calurosa y pesada.

Casi no se distinguían imágenes, confesionarios, puertas, pinturas, ni tapices; los bultos y las líneas, perdidos la forma y el contorno, estaban ofuscados por un fulgor que, a pesar de su intensidad, recordaba la palidez enfermiza y triste de la cera. Las lámparas de aceite, repartidas a distancias y alturas desiguales, brillaban con claridad verdosa; y sobre la alta cornisa, de donde arrancaba la bóveda, había una línea de ventanas cegadas con cortinas en que los rayos del sol se detenían, iluminando los bordes de la tela y resbalando luego, amortiguados y débiles, por las molduras polvorientas.

A los lados, en las entradas de las capillas, estaban los hombres, en pie la mayor parte, algunos arrodillados, todos cansados, formando grupos donde resaltaban los cráneos relucientes, las cabezas canas y los rostros encendidos del calor.

Las mujeres llenaban todo el centro de la nave: había tantas que estaban apiñadas, molestas, dejando oír continuamente el chocar de las sillas, el crujido de las sedas y el aleteo de los abanicos. No iban vestidas de trapillo, como salen a las primeras misas, sino lujosamente ataviadas, cual si para ir a la casa de Dios les hubiesen servido la vanidad y la tentación de doncellas consejeras. Su gracia y su hermosura, realzadas por la gravedad de los semblantes; la coquetería de sus movimientos al volver las hojas de los libros llenos de cifras y blasones; el modo de liarse a la muñeca los rosarios que parecían joyas; el inclinar la cabeza sobre el pecho anheloso, mirándose de reojo los pliegues de la falda; alguna tosecilla rebelde, rastro de los escotes del invierno, y alguna sonrisa cautelosa dirigida hacia las laterales de la nave, todo delataba una devoción superficial, elegante, frívola y mezquina; piedad exenta de grandeza, manchada de reminiscencias mundanales.

Sus espíritus parecían vagamente abismados en la contemplación no lograda de algo que incompletamente deseaban, mostrando quietud sin recogimiento y misticismo sin poesía.

Sus cuerpos eran figuras de cuadros modernísimos. Tenían en los trajes dibujos primorosos; combinaciones de colores extraños perfectamente armonizados; cintas de tornasoles inverosímiles; flores tan bien contrahechas, que parecían recién cogidas entre rocío húmedo, y plumas tan leves como los filamentos vaporosos del incienso que flotaba en el aire.

La esbeltez de los talles, la exuberancia de los bustos, todos sus encantos y atractivos, estaban realzados, favorecidos, expuestos, y como ofreciéndose con la premeditación de un arte seductor y diabólico.

Las ropas les cubrían el cuerpo, pero ciñéndolo, plegándose amorosamente, ondulando hasta modelar la forma como lienzos húmedos; dejando las bellezas a un tiempo tapadas y desnudas, vestidas y deshonestas, convirtiéndose el paño que oculta en gasa que revela y la gracia que atrae en sensualidad que enerva. Sus caras, alteradas por el disimulo y la coquetería, eran rostros de esfinge, espejos de almas insondables. Aquellas mujeres, nacidas en las cumbres sociales, y mimadas por la fortuna, eran la obra perfecta de la Naturaleza, embellecida por las fuerzas de la civilización. Lo que sobre sí llevaban era la cifra y compendio del trabajo humano: todas las ciencias, todas las industrias convergían a buscar maravillas o realizar prodigios para ellas. Allí estaban todos los tipos de la belleza femenina, todas las variedades de la hermosura, y de entre las largas filas, de cabezas se desprendían emanaciones turbadoras: olor a lilas blancas que hace traidora la pureza, clavel rojo que huele a clavo, heno fresco que trae a los sentidos laxitud de amores campestres, y aromas intensos del Extremo Oriente, quintaesenciados por las artes viciosas de la Vieja Europa. La dulzura de las miradas, el ligero palpitar de los labios estremecidos por el rezo, no eran bastante a disipar la fascinación que con su hermosura despertaban.

Cuando se movían arreglando los reclinatorios y las sillas, el sagrado recinto parecía estremecerse como santo mordida por la tentación, y el crujir de las sedas imitaba rumor de viento entre hojarasca caída y seca.

Las luces brillaban intensamente; la atmósfera cargada, casi opaca, iba tomando junto a las llamas cambiantes opalinos. El formidable trompeteo del órgano, a veces dominado por las notas altas del canto, se desparramaba por el aire en oleadas de armonía, y cuando cesaban se oía monótono y constante el sonido casi cristalino, pertinaz y agudo, de una moneda de oro golpeada contra una bandeja de plata. Entre el fulgor amarillento de las luces y el sonido de aquella moneda, el templo parecía dominado por algo terrenal y profano, mientras arriba, en lo alto de la cornisa, a cada instante penetraba con más dificultad la luz del sol.

En el crucero de la nave había un ventanal gótico guarnecido de vidrios de colores, industria moderna que reproducía con fidelidad pasmosa una composición antigua, donde estaba pintada, como en un transparente mágico, el sublime episodio de que hablan los Evangelios cuando refieren cómo Jesús echó a los mercaderes del templo.

Era el fondo un edificio soberbio hecho con mármoles y jaspes, e invadido por muchedumbre de gentes abigarradas vestidas lujosamente a usanza hebrea. Los cambistas y negociantes estaban sentados ante las mesillas cargadas de dinero; otros vendían copas de metales preciosos; por el suelo había cestas de panes, jaulas de palomas, y en el centro resaltaba la figura de Jesús divina e imponente, vestido con túnica tan blanca como la luz misma, echando de allí a los que profanaban la casa del Señor. Y en el friso del ventanal se leían estas palabras del evangelio de San Mateo, escritas con caracteres góticos:

Y les dice: Escrito está. Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho.

Al caer la tarde el sol poniente abarcó con sus rayos la ventana de colores iluminando de lleno la figura blanca con sus rayos horizontales; y entonces, como si milagrosamente la vivificaran los besos de aquella luz celeste, se fue desprendiendo de los vidrios, tomó cuerpo en el aire semejante a una forma diáfana, impalpable, flotó en el atmósfera, y lentamente fue bajando, bajando, a modo de aparición soñada, hasta tocar con sus sagrados pies el pavimento de la iglesia, por donde en luces amarillentas, lujos culpables y reflejos metálicos, parecía también desparramado el oro caído de las mesillas de los mercaderes.

Vagó un momento por entre sedas vistosas, flores contrahechas y perfumes lascivos, vio pendientes de los muros del templo los cepillos que pedían dinero, leyó en los corazones el ánsia de riquezas, y ante la impureza de las concupiscencias humanas, su alma se anegó en la tristeza infinita que experimenta el sacrificio estéril y olvidado... mientras en todo el ámbito del templo repercutía el sonido de la moneda de oro golpeada contra la bandeja de plata.

Entonces se inclinó hacia el suelo, cogió de un rincón un manojo de cuerdas olvidadas, y esgrimiéndolo a manera de látigo, castigó con justicia y sin piedad.

Nadie le veía, nadie sentía dolor, y sin embargo las cuerdas acardenalaban las carnes, rompían las galas y mostraban desnudos los cuerpos pecadores. Llenose el aire de deseos torpes, de citas culpables, de hedor de riqueza mal ganada, de gemidos de tristes faltos de consuelo, de llanto de pobres olvidados. Viento de pavor heló los corazones. Allí fue el rechinar de dientes y el crujir de huesos de que habla la Escritura.

Hubo un momento de terror indecible, como debió de haberlo en el templo de Jerusalén, y toda aquella profusión de lujo y de poder quedó destruida y condenada, fantásticamente, en silencio, sin voces, sin gritos, sin dolor físico, sin que lo advirtieran los sentidos. No fue la destrucción en la realidad tangible de las cosas, sino en la íntima realidad de las conciencias.

Siguió el órgano lanzando su formidable trompeteo, el incienso ocultando los altares, y continuó la monedita de oro golpeando la bandeja de plata.

Hecho aquel justo estrago, la figura blanca desprendida del vidrio perdió su forma corporal al trasponer la puerta, y trocada en resplandor luminoso, se hizo ingrávida, se alzó de tierra y se borró en el aire.

Aquella noche, en el templo solitario todo estaba en orden, pero en el ventanal gótico faltaba la figura blanca, y por el hueco de contorno humano que formaban los plomos sin vidrios, se veía en el cielo el parpadear misterioso de los astros.

En el pensamiento y la memoria de las gentes quedó clara y viva la impresión del milagro. ¿Fue antojo de imaginaciones turbadas? ¿Fue realidad?

Alguien dijo que le había visto en la calle socorrer a un pobre, mirar con piedad a una mujer perdida, y acariciar a un niño... Pero nadie sabía quién era. Todos le han olvidado.

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LA CUARTA VIRTUD

Estaba el deán tomando chocolate y leyendo entre sorbo y sopa un diario neo católico, cuando entró en su cuarto el ama, diciendo sobresaltada:

—Señor, ahí está Garcerín, y dice que la catedral se viene abajo.

El deán, alma de la diócesis, porque el señor obispo de puro bueno no servía para nada, agitó con la cucharilla el vaso de agua donde se estaba deshaciendo el azucarillo, bebióselo tranquilamente, se limpió los labios con la servilleta, y mientras encendía un cigarro de papel, más grueso que puro, repuso sin alterarse:

—Lo de siempre... ganas de asustar... algo menos será. Dile que pase.

Garcerín, el monaguillo más listo y endiablado de la santa basílica, traía el espanto pintado en la cara.

—¿Qué hay, buen mozo?

—Señor, que esta vez va de veras.

—Cuenta, cuenta.

—Pues, ahora mismo estaba yo quitando los cabos de los candeleros del Carmen, junto al crucero, cuando sonó por arriba, muy arribota, un ruido como si crujiera una piedra al partirse, y cayeron tres o cuatro pedazos mayores que manzanas. Yo creí que serían, como otras veces, de la mezcla que une los sillares, pero miré a lo alto y vi que no: eran de la piedra blanca de la cornisa, donde hay un adorno que parece una fila de huevos y otra de hojas... de pronto ¡pum! otro pedazo gordo, como su cabeza de usted, y dio en la esquina del altar, y partió el mármol... y eché a correr hacia la sacristía.

—¿Quién estaba allí?

—El señor arcipreste: le señalé dónde había sido, miró, y dijo: «¡Pronto, a cerrar! ¡que no entre nadie... que no pase nadie por ahí! Es el pilar del lado de la Epístola. Vaya, este es el acabose.» Yo volví a mirar, y ¿se acuerda usted de que los pilares son como unas columnas cuadradas, grandes, muy grandes? Pues por arriba, arriba, se han desapartao las piedras más gordas, y entre dos de ellas queda un hueco que cabe un gato... y de allí está cayendo arena y chinas de cal... Dice el señor arcipreste, que con que pase un carro por fuera se viene abajo media iglesia.

—Tenéis razón: esta vez va de veras. Vamos allá.

El señor deán, profundamente disgustado, se puso el manteo, cogió la teja de reluciente felpa, y salió diciendo como si el chico pudiese comprenderle:

—Entre el ábaco y la cornisa: allí está el mal.

A los pocos momentos entraban en la iglesia. Efectivamente: por uno de esos fenómenos difíciles de razonar a primera vista y frecuentes en toda vieja fábrica arquitectónica, el pilar del lado de la Epístola se había rajado en su tercio superior lo mismo que una caña, sin que el arco que en él se apoyaba sufriese, al parecer, la más ligera desviación: pero bastaba ver en lo alto el hueco de que habló el muchacho para comprender que el hundimiento de la bóveda podía sobrevenir de un momento a otro.

Suspendiose el culto, y aquella misma semana, antes de que comenzaran los trabajos de apuntalamiento, el telégrafo difundió por el mundo la noticia de que se había venido abajo la bóveda del crucero.

El gobierno pidió a las Cortes un crédito extraordinario, se nombró una junta de restauración, y el deán fue el alma de ella, porque en la diócesis nada se podía hacer sin su consejo.

Era el deán relativamente ilustrado, leía mucho, tenía fama de entender en cuadros antiguos, y sabía dar a sus sermones cierto tinte artístico que contrastaba con la austera sequedad de otros oradores sagrados. Por ejemplo: para hacer el retrato de un asceta, lo pintaba como Zurbarán; al describir un martirio, se inspiraba en el San Bartolomé, de Ribera; al hablar de los horrores de la Pasión, traía a cuento los Cristos demacrados y escuálidos de Morales; y cuando quería dar idea de la Ascensión de la Virgen, la presentaba en periodos tan brillantes y poéticos como los fondos luminosos que puso Murillo a sus Concepciones: con todo lo cual y ser académico correspondiente de la de Bellas Artes, (porque en cierta ocasión mandó a Madrid el brocal de un pozo árabe diciendo que era romano) como no había en el cabildo otro que valiera más, pasaba por sabio, y hasta los periódicos liberales le llamaban erudito. Claro está que con tales antecedentes fue el alma de la restauración. Bajo su dominio tuvo el arquitecto que pasar las de Caín, pero al fin y al cabo se levantó el pilar y se rehizo la bóveda.

Concluida la parte arquitectónica de la obra, tratose de decorar lo que debía estar decorado, llamáronse pintores y estatuarios, y previa presentación de bocetos quedaron sustituidos por otros nuevos cuantos santos y santas perecieron en la pasada catástrofe. Mas no todo salió a gusto del deán, y como aún faltaban por decorar las cuatro pechinas formadas por los arcos del crucero, se deshizo de los artistas que hasta entonces trabajaron en la iglesia, y buscó uno capaz, a juicio suyo, de concebir y ejecutar maravillas.

El pintor en quien se fijó era hombre de extraordinario mérito. Llamábase Molina y en él estaban reunidas y ponderadas de tal suerte y en tan justa medida la ilustración, las facultades reflexivas y las condiciones de pintor, que sabía estudiar, convertir el estudio en inspiración, madurar el pensamiento, y luego darle forma, haciendo que en su pintura hubiese idea y que ésta no quedara empequeñecida por mal interpretada. En una palabra, un gran artista que discurría como Miguel Ángel y ejecutaba como Velázquez. Lo que no tenía, por ser español, era dinero; mas a consecuencia de haber enviado obras a exposiciones extranjeras y haber retratado a una embajadora hermosísima, era su nombre conocido en toda Europa. Deseoso de acrecentar su fama, y también de hacer fortuna, estaba precisamente a punto de expatriarse, como tantos otros, cuando le buscó el deán encargándole los bocetos para las cuatro pechinas; trabajo que aceptó gozoso, primero por dejar en su patria muestra de lo que valía; y, segundo, porque necesitaba arbitrar recursos para el viaje.

Diose luego a pensar en cómo realizaría su trabajo. La cosa no tenía nada de fácil. Vistas desde el pavimento de la nave las pechinas, eran cuatro superficies triangulares y cóncavas que parecían tener desde la base al vértice tres metros o poco más, pero miradas de cerca, en lo alto del andamiaje, eran disparatadas de grandes. Además, en aquel sitio, a tal elevación y en espacios triangulares, no era racional hacer composiciones o grupos que desde abajo resultasen empequeñecidos, por las robustas líneas de la cornisa y el tremendo vano de la cúpula. Ello fue que después de estudiar mucho y pensar más, Molina resolvió pintar cuatro figuras colosales, sobre todo grandiosas, que simbolizaran aspiraciones, ideas y sentimientos armónicos con la naturaleza e índole del monumento.

Comenzó a hacer apuntes, bocetos, manchas de color, y ya iba dando vida real a los pensamientos soñados en el delirio creador, cuando el deán cayó enfermo, sin llegar a ver nada de lo que el artista había hecho. Entonces Molina, para trabajar a gusto, decidió no recibir a nadie hasta tener las cuatro figuras acabadas: nadie había de verlas mientras no las viese el señor deán.

La dolencia de éste fue larga; en, tanto que duró no permitieron los médicos, por ahorrarle cavilaciones, que se le hablase de la restauración del templo, y aunque así no fuera, nada hubiera podido saber de lo que hacía Molina, porque el artista con nadie hablaba de su obra ni toleraba visitas.

En cuanto el deán se puso bueno, su primera salida fue para ir al estudio. El pintor tenía terminado su trabajo y cubiertas las cuatro grandes figuras con otros tantos trozos de percal; a fin de que no les cayese polvo que ensuciara y velase la pintura fresca.

Quitó Molina el primer pedazo de percal al entrar el deán, y en la cara que éste puso comprendió lo mucho que le gustaba la figura. Dejole largo rato que la contemplase a su sabor, y luego, de un tirón, descorrió la segunda tela. La figura que ocultaba era infinitamente superior a la primera, y el deán se deshizo en elogios y alabanzas. Pero esto no fue nada comparado con lo que experimentó y dijo al descubrir el artista el tercer lienzo. Aquello sí que era concebir y colocar bien una figura, dibujar, sentir la forma, ser colorista y dominar todos los secretos de la paleta. La pintura de Molina venía a ser una fusión admirable de lo mejor de todas las escuelas. La figura parecía dibujada por Alberto Durero, tenía el color del Veronés, la elegancia de Boticelli, era tan decorativa como si la hubiese dispuesto Tiépolo, y tan real como si en ella hubiese puesto mano Diego Velázquez. El deán creyó volverse loco de contento.

«¡Qué artista, qué prodigio!—pensaba.—¡Y qué ojo he tenido yo, porque sin mí nada de esto tendría la catedral!»

—Amigo mío, mejor que ésta no puede ser la otra—dijo luego en voz alta.

Descubrió Molina la cuarta figura, y allí fue Troya. Al principio no se dio cuenta el señor deán de lo que tenía delante, pero cuando llegó a entenderlo, montó en cólera y se puso hecho una fiera, prorrumpiendo en éstas y parecidas frases:

—¡Usted está loco! ¿Cómo pongo eso en la iglesia? ¿Cómo se le ha ocurrido a usted semejante desatino? ¡Se necesita descaro! ¡Usted no sabe lo que se pesca!

Molina contestó en el mismo tono, y abriendo la puerta del estudio, mandó salir al deán; éste creyó desconocida y burlada su autoridad, el pintor consideró ajado su decoro de artista, y tales cosas se dijeron, uno bajando la escalera, y otro desde arriba, que nunca más pudo haber entre ellos paz ni avenencia.

La catedral se quedó con las pechinas en blanco, y Molina vendió los lienzos a un inglés.

Pasado algún tiempo, el deán cogió una pulmonía en el coro, y el pintor se volvió tísico, muriendo ambos con diferencia de unas cuantas horas.

Sus almas fueron volando por las alturas infinitas, más allá del firmamento estrellado, donde no alcanza la mirada humana, y atravesaron los espacios eternamente misteriosos, que han poblado de hipótesis y mitos los filósofos gentiles, los teólogos cristianos y los poetas de todas las edades.

En menos tiempo del que para contarlo hace falta, traspusieron el cielo pétreo, de que habla Anaxágoras, el de aire vitrificado por el fuego que ideó Empédocles, las bóvedas cóncavas que imaginó Platón, y los tres cielos, luminoso, sideral y cristalino, de que habla Santo Tomás.

Por fin llegaron al Empíreo, donde según Alfonso el Sabio, habitan los santos, los ángeles, los tronos y las dominaciones, todos ocupados en la perdurable alabanza del Señor.

La puerta de la mansión de los justos era de oro, tenía luceros en vez de clavos, y junto a ella, sentado en una nubecilla, estaba San Pedro jugueteando con las llaves, aburrido, porque se le pasaban horas y horas sin tener que abrir a nadie.

Preocupados solo de su salvación, el deán y Molina no se habían mirado en el camino, pero al detenerse cerca del Santo se contemplaron mutuamente exclamando de mala manera al mismo tiempo:

—¿Usted por aquí?

Encontrarse y comenzar a reñir, todo fue uno. Prodigáronse frases depresivas, injurias, improperios, todo género de insultos, con tal rabia, que San Pedro no pudo menos de decirles:

—¡Pero hijos míos... ¿no habéis sabido despojaros de las miserias humanas y pretendéis entrar ahí? Para traspasar esa puerta es preciso estar limpio de odio y de rencor, de todo sentimiento perverso y torpe.

Y deseando servirles de amigable componedor, añadió:

—Veamos si puedo conseguir que hagáis las paces. Contádmelo todo.

—Yo—habló el deán—encargué a este hombre, que era pintor, cuatro figuras, y él en desprecio de lo más santo y sagrado... pintó lo que le dio la gana. Las tres primeras eran soberbias, ¡pero la cuarta!...

—Señor—interrumpió Molina—efectivamente admití el encargo; los huecos que había que decorar eran cuatro. Lo primero que se me ocurrió fue pintar los cuatro evangelistas, pero ya los había hecho otro en distinto lugar del edificio. Luego pensé cuatro alegorías de la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza... También estaban hechas. Me acordé de profetas, de patriarcas, de reyes santos: unos eran más de cuatro, otros menos, otros ya se habían pintado o esculpido. Entonces pinté primero la Fe...

—¿Cómo?—preguntó San Pedro.

—Hermosa, vendada, las vestiduras blancas, en una mano las tablas de la ley, en otra la palma del martirio, y toda ella iluminada por el sol, padre de la vida.

—No estaría mal.

—Luego pinté la Esperanza.

—¿De qué modo?

—En pie sobre la proa de una nave, apoyada en el áncora y fijos los ojos en el cielo. Luego pinté la Caridad.

—¿Cómo la representaste?

—Joven, más fuerte y más hermosa que ninguna, y dando de mamar a un niño de tipo muy distinto al suyo para indicar que no era su hijo, y que no le daba el pecho como madre, sino por ser Virtud.

—En verdad te digo que estuviste acertado.

—Que diga ahora—les interrumpió el deán—cual fue la cuarta figura que hizo.

El artista alzó la frente como quien no se avergüenza y declaró así:

—Pinté el Trabajo: mozo, vigoroso, inteligente, fornido, con el yunque sobre un montón de libros para expresar que el estudio es la base de la fuerza, y coloqué a sus pies, esperando sus obras, la Paz y la Limosna. Entonces ese hombre—añadió señalando a su adversario—se enfureció conmigo.

—Como que esa no es virtud—gritó el eclesiástico—ni siquiera es esa porque es ese.

—Porque es virtud macho—dijo el Santo al deán—tú no puedes comprenderlo. Y vamos a ver, vamos a ver, ¿para dónde eran las pinturas?

—Para la catedral—contestó Molina.

—¿Y allí querías colocar el Trabajo?

—Sí, señor.

Al oír esto San Pedro, volviéndoles la espalda, echó tranquilamente el cerrojo a la puerta del cielo y luego encarándose con el artista y el clérigo les dijo:

—Vaya, vaya, ¡largo, fuera de aquí los dos! Tú, deán, al purgatorio una temporadita por mal genio; y tú, pintor, tonto de capirote, al limbo, como si fueras niño sin uso de razón. ¡El Trabajo en la catedral! ¡Qué oportuno! Sabrás pintar, pero no sabes poner las cosas en su sitio.

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LOBO EN CEPO

I

A una ilustre ciudad española, donde los hombres trabajadores y valientes nacen de mujeres virtuosas y bellas, llegaron hace años dos viajeros, cuyos trajes negros ni eran enteramente seglares ni del todo eclesiásticos. Uno de ellos hablaba, aunque dulcemente, como superior; otro escuchaba con humildad y respondía con respeto. Eran ambos de continente severo, rostro lampiño y mirada que apareciera humilde si no fuese por lo tenaz, reveladora de una voluntad poderosísima. Tenían mansedumbre en la voz, daban a sus palabras el acento de una afabilidad melosa y persuasiva, pero a veces sus pupilas parecían incendiarse en el rápido e involuntario fulgurar de una energía indomable.

Pocas horas después de su llegada celebraron varias entrevistas misteriosas con gentes adineradas de la población, y a los tres días firmaron, ante notario y como subditos de potencia extranjera, la escritura de compra de un caserón antiguo convertido en fábrica por un industrial que, arruinado durante la guerra civil, tuvo que malvender su hacienda. De esta suerte la paz vino a ser provechosa, quizá, para los mismos que atizaron la lucha.

Transcurridos unos cuantos meses, el edificio tomó de nuevo el aspecto que acaso debió de tener años atrás. Los talleres y naves de la fábrica se convirtieron en habitaciones estrechas, como celdas, y al rumor alegre del trabajo, padre de la vida, sucedió en el recinto el más medroso silencio, sólo interrumpido a horas fijas por cantos misteriosos y graves, entonados en una lengua muerta. Los hombres que en aquella casa vivían fueron al principio muy pocos: luego, llegando sigilosa y calladamente por las noches, vinieron de tierras extrañas muchos más, tantos, que sus cánticos antes débiles como compuestos por escaso número de voces, resonaron vigorosos y potentes, repercutiendo en las concavidades de los montes cercanos, cual si quisieran despertar los ecos del cañoneo de antaño.

La población, contaminada de aquella vecindad, se hizo levítica, adquiriendo en poco tiempo un aspecto triste y sombrío. Las campanas, que aun repicando alegres despiertan ideas de muerte, vencieron al fecundo rumor de los tornos, los telares, los martinetes y los yunques.

II

Lindante con el antiguo caserón de aspecto conventual había un gran jardín, y en su centro, una casa ceñida por macizos de verdura y sombreada por álamos y olmos seculares. Casa y jardín decían con mudas voces que en ellos habitaba mujer, y mujer joven. Ya los alféizares de las ventanas mostraban un canastillo de labor lleno de hilos y estambres multicolores; ya en la mesa de mármol puesta en el centro de un cenador de enredaderas se veía una sombrilla de seda clara; ya en las sillas de hierro quedaban por olvido los manojos de flores recién cortadas; ya a ciertas horas solían escucharse, amortiguados por cortinajes y persianas, el tecleo de un piano bien tocado y el timbre fresco y penetrante de una voz juvenil, que así sabía expresar la soñadora melancolía de los grandes maestros alemanes como romper en los alegres ritmos de la tierra andaluza.

El dueño de aquella casa era don Gaspar Villarroel, caballero viudo, riquísimo propietario de haciendas en casi todas las regiones de España, accionista del Banco, tenedor de sumas enormes en dollars norteamericanos, en cuatros de la Deuda francesa y en treses de la de Inglaterra: y aquellas sombrillas olvidadas, las labores que por las ventanas se veían y los cantares llenos de poesía eran de Helena, su hija única, de veinte años, que andando el tiempo había de ser muchas veces millonaria.

A ella vivía enteramente consagrado don Gaspar: sólo para guardarla y protegerla quería que Dios le prolongase los días. No era hermosa ni siquiera bonita, y habiendo de ser extraordinariamente rica, quedaba su porvenir a merced del primer hombre que movido de ruin codicia se fingiese prendado de ella. Harto sabía su padre que no pasaría de codicia y fingimiento lo que su hija inspirase, pues no tenía más encantos que el pelo abundoso y negro, la voz dulce y el mirar inteligente. El cuerpo no era esbelto, ni el andar airoso, ni las facciones delicadas.

Luego de conocerla y ahondar en su alma con el trato, se hacía querer, pero le faltaban esas gracias corporales que hechizan los sentidos y dominan la voluntad. Don Gaspar lo sabía y por ello la amaba doblemente: como hija y como hija fea que ha de ser resarcida en cariño paternal, de aquel otro afecto menos puro, que no habían de profesarle los hombres. Sólo pensaba en ella, en mimarla, en conservar sus bienes para que los disfrutase, en dirigir su entendimiento y vigilar su corazón, para que si, lo que era dudoso, llegase a casarse, tuviera más probabilidades su ventura. Parecíale que aquella falta de encantos y aquel extraordinario patrimonio podrían ser, a no evitarlo cuidadosamente, dos elementos de infortunio: pero aún no había tenido su prudencia graves riesgos que preveer, ni su cariñosa entereza pasión mal inspirada a que oponerse.

Hasta entonces, unas veces los viajes, otras la soledad y el apartamiento del mundo, la premeditada alternativa de las distracciones y del hogar, habían mantenido a Helena en esa desesperanza tranquila y resignada con que piensan en la felicidad por el amor los que desconfían de ella. Comprendía que no era hermosa y que era demasiado rica.

Don Gaspar concedía a su hija la libertad razonable para que no la desease tan completa que le fuese dañosa: con él asistía Helena a las diversiones que le agradaban y a las visitas con que se conserva la amistad; a misa y tiendas iba con su prima doña Flora, solterona, pobre, de ellos cariñosamente amparada e incapaz de tolerar la más leve imprudencia: primero por severidad de principios y luego por miedo a ser arrojada de una casa donde nada le faltaba.

De esta suerte vivían hija y padre, don Gaspar con el pensamiento puesto en ella, y Helena dejando volar su imaginación entre resignada y soñadora, cuando durante un otoño comenzó la muchacha a sufrir tal cambio en su manera de ser, que no pudo quedar oculto a quien vivía continuamente observándola para ahuyentarle penas y procurarle venturas.

Nunca fue demasiado aficionada a las galas, pero de pronto se descuidó por completo en el vestir; le gustaban las flores y dejó de adornar con ellas su cuarto; deliraba por la música y pasó semanas enteras sin abrir el piano. Su habitual seriedad se convirtió en aspereza de carácter, el desabrimiento se hizo luego tiesura, y en poco tiempo experimentó una transformación, tanto más fácil de apreciar, cuanto más inesperada y rápida.

Primero sintió el alma invadida de tristeza, después se hizo disimulada; y por último cayó en profunda melancolía como espíritu débil a quien brutalmente se arrancan de cuajo ilusiones y esperanzas.

«¿Estará enamorada?» imaginaba la prima doña Flora.

«¿Tendrá pasión de ánimo?» decía la doncella.

«Esta chica está mala», pensaba su padre.

Nadie comprendía la causa de aquel cambio.

Ya hablaba don Gaspar de llevársela a París en busca de doctores, cuando una mañana doña Flora entró en su despacho, sin ser llamada, diciéndole de buenas a primeras:

—Ya sé lo que tiene tu hija. Ármate de valor... Quiere meterse monja. Y yo creo que la idea no ha nacido de ella: es cosa de los de ahí al lado.

Don Gaspar, mudo de asombro y de terror, se limitó a decir:

—¡Habla... todo lo que sepas, todo lo que sospeches, no me ocultes nada!

—Pues se reduce a muy poco, pero muy claro. Hace dos meses, una mañana que llovía muchísimo y tú te habías llevado el coche, nos metimos ahí al lado por no ir hasta la catedral. Luego ha vuelto conmigo... como está tan cerca, cuando hace mal tiempo es más cómodo. Después la he visto hablar varias veces con uno de ellos por la verja del jardín: ella dentro, él desde fuera, al pasar, casi sin detenerse.

—¿Y qué trazas tiene?

—Es hombre de buena edad, y ¡con una mirada más inteligente! Para mí, él es quien le ha metido esas ideas en la cabeza. Jamás había Helena hablado hasta ahora de semejante cosa. ¡Si se moría por el teatro y se entusiasmaba con libros y novelas! Además, me ha dicho la doncella, que algunas mañanas ha salido con ella, al primer toque, antes de que yo me levantara, pero que como no hacían más que ir ahí al lado, no creyó que debía decirlo. Nada, que se han apoderado de ella como hicieron con la hija del banquero francés, con Teresita, con Sofía, con la viuda de Parque...

—¡Todas ricas!—murmuró don Gaspar.

—Ella no se atreve a hablar sinceramente, pero está desconocida: se ha hecho seca y arisca; de cuando en cuando suelta unas frases... que revelan un egoísmo... «Las mujeres feas y muy ricas—dice—no pueden ser felices en el mundo; a cada paso un desengaño. No se pierden como las bonitas, pero les hacen creer en el amor, y luego... nada. Ya ves, yo por ejemplo—añadía—¿qué puedo esperar? Una ilusión, engañarme a sabiendas, y luego frialdad, esquivez, cada uno por su lado; él, quien sea, rico, poderoso con lo mío, buscará en otras los encantos que yo no tengo.»—Dice que para las que no son hermosas como ella, solo hay un esposo bueno, el que no engaña; ¡y lo dice con una unción, con un fervor! Otras veces habla de la casa y de nosotros con un despego que da frío.

—Pues ¿qué ha dicho?

—Ayer mismo me dijo: «Si yo faltara pronto me olvidaríais, hasta papá: el cariño no es tan mentira como el amor, pero también es un sentimiento terrenal.»

Flora siguió hablando largo rato, don Gaspar la escuchó sin poder disimular la pena que se le asomó a los ojos, y luego murmuró tristemente:

—¡Veremos!

III

De allí a dos días, mientras Helena y doña Flora fueron a pasar la tarde en casa de unos parientes, don Gaspar recibía en su despacho a un hombre que, llamado por él de antemano, acudió puntualmente a la cita. Era uno de los de al lado, de aquellos que con nombre y calidad extranjera, adquirieron la fábrica donde al caer la tarde se entonaban cánticos tristes en una lengua muerta. Tenía el rostro lampiño, la mirada humilde, la palabra dulzona, el traje entre sacerdotal y profano. Ofreciole asiento don Gaspar, cerró las puertas como en comedia, y luego con forzada tranquilidad, pero sin que se le alterase una línea del semblante, sin asomo de ira, pero con el acento de la más aterradora resolución, le habló de esta manera:

—Usted conoce a mi hija: en ella cifro toda mi dicha; sólo vivo para hacerla feliz. Si la perdiese, si se apartase de mi lado, me costaría la vida... Escúcheme usted bien... Estoy dispuesto a todo. A quien quisiera robarme mi dinero le recibiría a tiros; figúrese usted lo que haré con quien intente separarme de mi hija. Podrá llevársela Dios, que es Señor de todos nosotros; podrá, aunque no es bonita, encontrar un hombre que aprecie lo que ella vale moralmente, y entonces yo les bendeciré y daré gracias a Dios; pero lo que es eso de hacerla ver que es fea, envenenándole la vida para que huya del mundo, arrebatármela como se roba una alhaja... lo que es eso, yo le juro a usted que no será...

Quiso el desconocido interrumpir a don Gaspar, mas no se lo permitió él, y siguió de este modo:

—No ha venido usted a hablar, sino a oír, y empápese usted bien de lo que oiga. Ya sabe usted lo rico que soy; si eso sucediera, todo me lo gastaría en buscarle a usted para matarle. Ahora, usted que ha hecho el mal con sus exhortaciones, ponga con sus consejos el remedio, entendiendo que si en el plazo de dos meses no se le quitan a mi hija de la cabeza esas fantasmagorías, le mato a usted como a lobo sorprendido en redil. Las consecuencias no me asustan. Perdida mi hija, lo mismo me da morir de un modo que de otro. Dos meses de plazo. ¡Usted sólo ha de hablar con ella! Yo no le diré palabra. Puede usted retirarse.

De nuevo quiso contestar el incógnito personaje, pero don Gaspar salió de la estancia, dejándole condenado al más rabioso silencio que imaginarse puede, y plenamente convencido de que era hombre capaz de realizar cuanto decía.

Apenas habían transcurrido dos meses, cuando Helena comenzó a ser lo que era antes.

Como quien tras una pesadilla recobra el sentido de la realidad, se le fue borrando del pensamiento la melancolía; tornó a cuidar de su persona, vigiló el jardín cuyas flores escogía para su cuarto, y por fin, una noche, después de haber estado tocando un rato el piano, por distraer a su padre, se arrojó en sus brazos, deshecha en lágrimas, diciéndole sólo estas palabras:

—¡Perdóname, porque nunca me separaré de ti!

Sin duda, el flexible y tornadizo espíritu de la mujer se plegó a unas amonestaciones como se había sometido antes a otras.

IV

¿Supieron el fracaso del propagandista sus superiores jerárquicos? ¿Le consideraron inútil para desengañar del mundo a herederas de millones? Un día se notó su falta a la hora de la comida, los demás hablaron de él como miembro que se amputa, y luego le rezaron por muerto.

Transcurrieron algunos años, y aquel hombre, vuelto al seno de la humanidad, sintió renacer aspiraciones e ideas que en mal hora consideró por la educación sofocadas y por el fanatismo comprimidas.

En otra región del mundo, en otras tierras, con otro nombre, fénix de sí propio, resucitó en espíritu, amó, fue amado y tuvo un hijo. Aquel hijo creció, haciéndose mozo fuerte y hermoso como el Hérmes de los mitos paganos. Una mujer indigna, engañosa y astuta, tal vez la ramera de que habla la Escritura, quiso apartarle de su padre, mas éste desplegó tal energía y se defendió tan resueltamente que logró romper aquellos lazos.

Pasó mucho tiempo—esa divinidad que a toda conciencia hace un día justiciera de sí misma.—Hijo y padre caminaban al caer la tarde por una deleitosa campiña que el sol poniente envolvía en una atmósfera de polvo luminoso. El viejo se apoyaba en el brazo del mancebo, fingiendo fatigarse para oprimírselo cariñosamente, mientras la luz de los cielos, la pureza del aire y el penetrante aroma que se alzaba de los terruños soleados parecían envolverles en la bendición suprema del verdadero Dios. El hijo, adelantándose unos pasos, cortó de una mata algunas flores para el sepulcro de su madre, que era muerta: y entonces el viejo, experimentando lo que antes jamás pudo comprender, sintió la duplicación del espíritu por la paternidad, y vuelto el pensamiento a lo pasado, dijo acordándose de don Gaspar:

«¡Hizo bien!»

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EL HIJO DEL CAMINO

Era el tiempo en que para trasladar a los presos y penados de cárcel a cárcel, de penal a penal, se les llevaba todavía a pie por los caminos, entre destacamentos de gente armada.

Tras el día de calor insufrible, vino la noche sin brisa, cálida y sofocante.

No corría un pelo de aire, ni se alzaba del suelo un átomo de polvo. La carretera abierta en la dilatada extensión de la llanura, se destacaba interrumpiendo el gris terroso de los campos, como una cinta blanca y ancha tendida sobre los surcos en rastrojo.

Por su centro iba la cuerda, la reata humana, doblemente rendida a la pesadumbre de la fatiga y del delito.

Quién llevaba morral, quién alforjas, quién manta, los más, nada; veíanse muchos descalzos, despeados; pocos fumaban, no reía ninguno. A los lados marchaba la tropa obligada a meterse por la estrecha hondura de las cunetas, o a subirse en los montones de guija y pedernal recién partido, mientras el brillo de las armas, iluminadas por la luna, limitaba la movible masa de aquella triste muchedumbre. Los grillos y las cigarras cantaban libremente; voces humanas se oían pocas, y esas eran blasfemias; tal vez envidia de los animalillos, desahogo propio de gente forzada del rey que iba a las galeras.

En la Venta de la Mora se hizo alto: la cuerda se recogió a un lado del camino, en un repecho: los soldados desataron los cabos de bramante, y luego, apartándose y formando extenso círculo en torno de los presos, colocaron centinelas. De allí a poco salieron de la venta quince o veinte mujeres harapientas, sucias, miserables, y esquivando a los de uniforme corrieron hacia los del grupo central, aunándose con ellos en parejas que desaparecían tras un tronco, tras un peñasco, en un repliegue del terreno, donde pudieran ocultarse.

Era la visita del amor a la desgracia; amor momentáneo, vicioso, repugnante, y venal; pero amor. Y era también costumbre sancionada por los años, tolerancia perpetuada por la tradición, abuso que tomó origen en el capricho de un rey absoluto, ganoso de repoblar su reino.

Antes de romper el alba, la columna se ponía en marcha. Después, los padres anónimos morían en presidio, y los hijos de aquellas esposas de una noche se llamaban los hijos del camino.

II

Así fue concebido Juan.

Su madre le adoró, como si estuviera engendrado mediante sacramento; pero las gentes del lugar, cuando niño, le miraron con lástima, cuando adolescente le mofaron y de mozo le escarnecieron. Cada vez que pasaba por la aldea una cuerda de presos, le decían las chicas:

—Juan, ¿será tu padre alguno de esos?

Primero se ganó la vida recogiendo boñigas para estercolar huertos, después fue lazarillo de ciego, dio al fuelle en casa del herrero, se metió a zagal de diligencias... por fin huyó de la comarca.

Su pobre madre no volvió a saber de él en mucho tiempo.

Estuvo como alimentador de horno en una fábrica de vidrio, sufriendo las bocanadas de las llamas; fue minero, permaneciendo semanas enteras sin ver la luz del sol: trabajó en los telares, respirando el polvillo que blanqueaba los tejidos y le cegaba los pulmones; no hubo industria que no intentara ni oficio en que pudiese medrar.

Si en su lugarejo no encontró amparo, en las ciudades le faltó protección. Nadie le dio enseñanza, ni le dejó tiempo de adquirirla. Su instinto le decía «estudia»; la necesidad le respondía «gana». Cualquier aprendizaje le hubiera mermado el pan y el sueño.

En tanto, la madre pensaba en él, arrancándole su recuerdo las horribles lágrimas de la incertidumbre, pues no sabía dónde estaba, ni si era vivo o muerto. Al fin lo averiguó; hizo que le escribieran, y aunque de tarde en tarde supieron uno de otro: ella le enviaba besos; él le mandó por un arriero un gran pañuelo de algodón de colores, valor de un día de jornal.

Juan pasó de labor a labor, de oficio a oficio, practicándolos todos, sin dominar ninguno, renunciando a unos por penosos e insalubres, a otros por indignos y embrutecedores, hasta que entró en una compañía de alumbrado eléctrico, casi como bestia de carga.

Su obligación era llevar artefactos, utensilios y herramientas a sus compañeros de trabajo.

Una tarde fue con ellos a la prueba de luces en una soberbia casa, donde a la noche debía verificarse una gran fiesta. ¡Cuánta magnificencia contemplaron sus ojos! Jamás vio cosa igual.

Cada salón era un prodigio del arte o un camarín de la molicie. Los mármoles parecían encerrar en su seno transparente hojas de vegetaciones inverosímiles; los muebles, por sus formas, incitaban a la voluptuosidad o al reposo; los tapices caían discretamente ante las puertas; los rasos y los flecos guardaban en la urdimbre de sus tramas los colores del iris; había canastillas de orquídeas australianas mezcladas con flores de cristal que despedían rayos luminosos; libros cubiertos de oro, que atesoraban en sus páginas el oro aún más puro del pensamiento humano, y todo ello en desorden bellísimo se reflejaba en espejos que, como poseídos de codicia, multiplicaban hasta lo infinito las riquezas.

De pronto apareció Luz, la dueña de la casa, ya vestida para la fiesta, e impaciente por juzgar el efecto de la iluminación.

Juan imaginó que era una diosa. Traía la cabellera salpicada de brillantes que semejaban estrellas perdidas en una nube de oro, el cuello ceñido por hilos de perlas menos blancas que su pecho, y todas las líneas de su cuerpo admirable envueltas en telas primorosas, antes dispuestas para revelar la forma que para encubrir la desnudez. Tenía la voz aunque imperiosa, encantadora, y su persona exhalaba un perfume penetrante y sutil, intenso y turbador, que juntamente producía fascinación al espíritu y embriaguez a los sentidos.

El hombre inculto e ignorante, incapaz de analizar lo que experimentaba, pero hombre al fin, sintió la tentación y el ánsia que dá la fruta puesta al alcance de la boca del niño.

Primero quedó suspenso con el pasmo de la sorpresa, luego se dijo con la velocidad del pensamiento que cuanto había en aquel maravilloso recinto y cuanto realzaba la belleza de aquella mujer extraordinaria, había bajo una u otra forma nacido entre sus manos. Carbón arrancado a las entrañas de la tierra y convertido en torrentes de claridad; cristales fundidos por aquel horno que secó su garganta; hierros forjados al fuego en que se abrasó los dedos; sedas teñidas en aquellas substancias que le envenenaron los pulmones; todo, ¡todo! había contribuido a formarlo, y nada, ¡nada! era para él. Entonces Luz se ofreció a su deseo como creación maravillosa en que él había puesto hueso de sus huesos y sangre de su sangre, hasta convertirla en el compendio de las dichas humanas. ¿Por qué no había de pertenecerle? ¿Habrían de vivir eternamente juntos y separados a la vez, como la cortesana y el esclavo? ¿Qué ley cruel lo disponía? ¿Quién la escribió?

El espectáculo de la riqueza le llenó de asombro; la privación de lo que otros disfrutaban espoleó a la envidia; la ignorancia cerró a la abnegación el paso; la conciencia le dijo que su ambición era justa; miró a Luz con codicia, y en el fondo de su alma surgió el deseo de gozarla o la resolución de destruirla.

Así se hallaron frente a frente la personificación de todas las grandezas acumuladas por los tiempos y el representante de una raza que contribuyó a crearla para delicia de otros.

Juan poseído de una pasión que daba espanto, tendió hacia ella los brazos. Luz, al principio sonrió despreciativamente, pero al sentir las manos callosas sobre el pecho, dio voces, lanzó gritos de angustia; y en su auxilio acudieron tres hombres.

III

El primero, que parecía consumido por el estudio, la riqueza y los vicios, dijo a Juan casi medrosamente, acompañando la frase con ademanes oratorios:

—Su amor no se alcanza por fuerza... Puedes llegar a lograrlo, pero no así. ¿Cómo ha de amarte si tus caricias son zarpazos? Adquiere instrucción y cultura. Eres libre... Ejercita los derechos que te permiten igualarte a los que somos preferidos.

El segundo, que vestía ropa negra y talar, le dijo endulzando el desengaño con acento meloso:

—El amor de esa mujer no es para tí. Conténtate con su caridad. Los favoritos de ahora son los dichosos de aquí bajo... Tú serás de los bienaventurados allá arriba. ¡Hay otra vida! ¡Cree, sufre y espera!

El tercero de aquellos hombres, que ceñía espada y llevaba en el traje bordados de oro, le dijo ásperamente:

—Si das un paso más hacia ella te mataré con este arma que tú mismo has forjado.

Juan salió profiriendo amenazas: y Luz quedó al oírle extremecida de pavor, como la ciudad de las rameras ante la voz de los Profetas.

IV

Poco tiempo después una explosión formidable destruyó la soberbia morada. Lienzos en que el genio imitó la Naturaleza, mármoles en que palpitó la vida, páginas preñadas de ciencia y poesía, prodigios del arte y maravillas de la industria... todo fue destruido, y sobre un montón de escombros humeantes quedó Luz aún viva, pero desgarradas las carnes, bañada en su propia sangre, espantosa, mutilada y deforme.

Juan confesó el delito con altanería y se dispuso a purgarlo con valor. ¿Qué le importaba morir? Su crimen fue salvaje, porque lo aconsejaron el deseo frustrado y la razón escarnecida, pero su causa era justa. El delincuente se consagró mártir. Otros tan desdichados como él vendrían detrás. Luz habría de sentarles a su mesa en el banquete de la vida y darles la parte de amor que les correspondiese, o resignarse a perecer.

No se repliega el viento a los senos misteriosos donde nace, ni el agua retrocede a las fuentes en que brota; pero el espíritu está sujeto al atavismo como el cuerpo a la herencia. Juan era hijo del camino.

Fue condenado a muerte, y llegada la hora tremenda, entró con pie firme y ánimo sereno en la capilla; lugar en que, dudosa de sí misma, busca la justicia humana complicidad en la divina.

Allí le esperaban los tres personajes que ampararon a Luz. Uno representaba la ley: otro mandaba la fuerza armada; el tercero le ayudaría a bien morir.

Faltaban pocos minutos para subir las gradas del patíbulo, cuando, por especial permiso de quien podía concederlo, entró en la estancia un hombre con un papel en la mano. Tomolo el sacerdote y pasando por el escrito los ojos, dejó enseguida caer los brazos a lo largo del cuerpo.

—¿Es el indulto?—preguntó Juan, sin miedo ni esperanza.

—No es una carta de tu madre. Te infundirá valor. Toma y lee.

Juan la estrujó contra sus labios en silencio, lloró sobre ella, y devolviéndosela al ministro de Dios, repuso amargamente:

—¡No me han enseñado! ¡No sé!

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LOS TRIUNFOS DEL DOLOR

En una extensa planicie formada por tierras de panllevar, estaba la casa solariega de los Niharra, donde descuidada del mundo, cuidadosa de su hacienda y soñadora con sus recuerdos, vivía doña Inés, a quien en los contornos apellidaban la Santa. Nombrarla en la comarca era casi, y para muchos sin casi, nombrar a la Providencia; porque a veces, quien imploraba algo del cielo, que lo puede todo, solía no alcanzarlo, mientras ella nada negaba estando en su mano concederlo. Perdonar arriendos, rebajar censos, dotar doncellas y redimir mozos de quintas, era para doña Inés el pan nuestro de cada día. De sus armarios salían las ropas para los pobres; de su despensa los comestibles para los desvalidos; de sus trojes el grano para los labradores arruinados; costeaba médico y botica; por su precepto, iban los niños a la escuela; con su prudencia enfrenaba discordias, desvanecía rencores, y añadiendo a la limosna que puede dar el rico la compasión que solo siente el bueno, siempre y para todos, tenía piedad en el corazón y consuelo en los labios. Si alguna vez se ensoberbeció la ingratitud contra ella, supo ahogarla a fuerza de beneficios; así que por dónde quiera que iba, salían las gentes a su paso, muchas a pedir, y muchas más, aunque parezca increíble, a mostrarse agradecidas. Las frases de bendición y de respeto que escuchaba, la riqueza que le permitía hacer tanta caridad y el justo regocijo de su conciencia, sobre todo, debieran de infundirle aquella tranquilidad de espíritu en que la verdadera felicidad se funda, y sin embargo, no daba señales de ser dichosa.

Al recuerdo de amores contrariados no había que achatarlo; primero, porque ni su lenguaje, ni su rostro, delataban la tristeza apacible, pero indeleble, que deja en los resignados el dolor; y, además, porque los años todo lo aminoran, y ella contaba tantos, que bien podían haberle ido borrando del pensamiento las memorias tristes, por muchas que tuviese.

Sus ojos, y su boca no sonreían con la tranquila melancolía de quien sufre, porque recuerda; ni eran los suyos sinsabores, medio consumidos, y acaso poetizados por el tiempo: eran penas vivas, recientes, de las que la imaginación agrava cada día y roban más sueño cada noche. Ante aquella mujer, buena y sin ventura, el alma se sentía invadida de tedio y desesperanza, porque aún engendra más escepticismo la desdicha del justo, que la prosperidad del malo.

Tenía dos hijos: Marcelo y Luciano, de tan opuesta inclinación, que nunca pudieron vivir en paz. Cuando niños fueron sus juegos diferentes, cuando jóvenes distintas sus aspiraciones, y hechos hombres, antagónicos sus ideales, de modo que jamás hubo entre ellos concordia ni armonía. Marcelo era apasionado y vehemente, todo imaginación y viveza: Luciano reflexivo y tranquilo, todo razón y calma: uno, impulsado por su fantasía, se deleitaba en las especulaciones del espíritu, poetizándolas con el encanto del misterio y prestando fe a lo que su entendimiento no alcanzaba: otro, sin más guía que la investigación y el análisis, estudiaba el carácter de los fenómenos y el origen de las cosas hasta arrebatarles sus secretos, dando solo el augusto nombre de verdades a las demostradas por la observación y la experiencia.

Para Marcelo el alma era inmortal como su Creador, señora de sí misma; los hechos fruto de las ideas, y la verdad el resplandor de la revelación: para Luciano causas y efectos, hechos e ideas se confundían en el seno de la Naturaleza, deidad esquiva y desdeñosa, que no con oraciones, sino sólo con trabajo y estudio, se deja arrebatar los bienes: a Marcelo le bastaba el pensamiento para abismarse en la contemplación de lo divino hasta sentir en los arrobos del éxtasis la clara visión de Dios: Luciano creía que el destino del hombre es luchar con la materia, vencerla, y luego perderse confundido y sumado con ella para siempre.

Sólo en un punto estaban de acuerdo: en adorar a su madre, que distante por igual del fanatismo de ambos, vivía consagrada a endulzar amarguras y aminorar desdichas, sin preguntar jamás cómo pensaba el que sufría. Doña Inés, por su perfecta imparcialidad en el reparto de la limosna y el consuelo, antes buscaba al dolor mismo que a su víctima; iba hacia el infortunio como corre el agua dulce de los ríos hacia el mar, sin arrancarle nunca su amargura salobre, pero sin cansarse jamás; mientras sus hijos aunque animados, en el fondo del mismo espíritu de caridad, perdían el tiempo en el estéril empeño de descifrar lo incognoscible.

Marcelo siguió la carrera eclesiástica, Luciano estudió medicina, y ambos simultáneamente, por su virtud, y su mérito, llegaron a ser, uno espejo de sacerdotes, y otro modelo de hombres de ciencia; citándose al par en el mundo como justamente envidiables, la gloria alcanzada por Marcelo en el pulpito y los concilios, y el prestigio conquistado por Luciano en los laboratorios y hospitales.

De su madre no se olvidó ninguno. A servirla y cuidarla asistían con cariñosa frecuencia, pero nunca iban a verla al mismo tiempo, porque los años, aferrándoles a sus ideas habían exacerbado su doble intransigencia.

De hallarse juntos, Marcelo habría tachado de abominables e impíos los trabajos de la ciencia moderna, y Luciano hubiera escarnecido todo respeto a lo sobrenatural y dogmático.

Ni la religión ni la ciencia supieron hacerles mansos de corazón. La única virtud que les faltaba era la tolerancia.

Al cabo de mucho tiempo recibieron aviso de que su madre se moría, y casi a la misma hora, sin temor a encontrarse, llegaron a la antigua casa solariega. Para entrar en ella les fue preciso cruzar por entre los grupos de campesinos, que abandonando sus hogares, acudían a saber de doña Inés.

Subieron al cuarto de la enferma, que vencida ya por la dolencia, no pudo conocerles, y considerando ambos la situación gravísima, cada cual obró como quien era.

Marcelo dijo que si su madre recobraba el sentido, la prepararía inmediatamente a bien morir: sin más que un reclinatorio, un crucifijo y dos velas, improvisó un altar a la derecha de la cama y sacando de bajo los hábitos un libro se puso en oración.

Luciano, después de hablar largamente con el médico que la había asistido, para enterarse de la índole y progresos del mal, resolvió no apartarse de allí un momento, apurando cuantos recursos le sugiriese aquella ciencia que tanto amaba, y de que entonces había menester más que nunca.

El cuarto día a contar desde su llegada, fue tristísimo. La pobre anciana parecía irse consumiendo como haz de leña seca y menuda, abrasada por un fuego invisible. Su cuerpo endeble, pequeñuelo, e inmóvil, apenas formaba bulto bajo las ropas del lecho; la respiración era tan débil que casi no hubiera empañado la superficie de un espejo.

Marcelo continuaba orando.

Luciano paseaba en silencio desde el dormitorio a la estancia contigua, y con la mano derecha metida en el bolsillo del chaleco, acariciaba nerviosamente un pequeño frasco de cristal.

Al caer la tarde, creyendo observar en el estado de la enferma la presentación de síntomas aterradores, llamó por señas a su hermano, llevole lejos de la cama, y mostrándole el pomo, que contenía quince o veinte gramos de un líquido transparente e incoloro, le dijo:

—Voy perdiendo toda esperanza... ya no hay remedio.

—La misericordia de Dios es infinita—repuso Marcelo.

—Escucha—prosiguió Luciano—esto que parece agua, es el alcaloide extraída de una planta del extremo Oriente, que nadie antes que yo ha empleado en medicina: yo mismo lo he preparado... pero la experimentación me ha producido efectos que aún no puedo someter a principios fijos. Cuatro gotas de esto pueden, tal vez, ahora, retrasar la catástrofe; acaso consigamos una reacción, una crisis que devuelva a madre la salud... pero el remedio va a obrar en un organismo muy gastado, sin resistencia ni vigor, y si no tiene fuerzas para soportarlo se muere... es decir, la matamos. En una palabra; esto puede ser la vida y puede ser la muerte; es una probabilidad, no es la certidumbre de salvarla...

Los ojos de ambos estaban nublados de lágrimas.

Ya no había en aquellos dos hombres encono ni aversión: la amenaza de la muerte parecía restaurar en sus corazones la fraternidad que su pensamiento había roto.

—Esperaremos—dijo tímidamente Marcelo al cabo de unos instantes.—Y volvió a arrodillarse en el reclinatorio.

Luciano, dejando sobre la mesa el frasco, se colocó a los pies de la cama y permaneció sin apartar la vista de su madre.

Pasó la noche. ¡Qué largas les parecieron las horas, qué medroso el silencio, qué alarmante cualquier rumor, y cómo les desazonaba el ruido metálico y acompasado del reloj, que en cada oscilación del péndulo parecía llevarse un instante de aquella vida que era para ellos el mayor tesoro del mundo!

Por un balcón de la estancia inmediata, dejado entreabierto para renovar la atmósfera, comenzó a soplar el aire saturado de aromas campestres, oyose el canto vigoroso de los gallos, y primero en vago resplandor, luego en torrentes de claridad, entró la luz del día, saludado con maravillosos gorjeos por los millares de pájaros que rebullían entre el ramaje de las huertas. Cuanto venía de fuera significaba llamamiento a la renovación y la vida; mientras allí dentro la inacción y el silencio parecían ir allanando su camino a la muerte.

Marcelo seguía rezando.

Luciano había puesto sobre la mesa donde estaba el frasco, una copa con un cortadillo de agua, a la cual era preciso unir el medicamento: todo lo tenía preparado, y sin atreverse a intentar la horrible prueba, iba y venía de un cuarto a otro, mirando alternativamente al frasco y a la copa.

Al cabo de muchas horas de aplanamiento y laxitud, doña Inés pareció reanimarse, abrió los ojos y cambiando de postura murmuró algunas frases incoherentes. Entonces Luciano alargó la mano hacia la mesa, cogió el frasco, lo destapó... y enseguida, de pronto, bruscamente, como acobardado, volvió a dejarlo de golpe donde estaba.

Al ruido alzó Marcelo la cabeza, y viendo retratada en el rostro de su hermano la perplejidad y angustia que sentía, fue hacia él, preguntándole por lo bajo:

—¿Qué es eso?

—Mira—repuso señalando a su madre—se ha movido, ha hablado, está más fuerte... tal vez pudiera resistirlo. Este es el instante oportuno... ¡y no me atrevo! ¡Si estuviéramos en la clínica! ¡Si no fuera ella!

—¿Tú crees que se salvaría con... eso?

—En casos análogos... unas veces el medicamento ha respondido... otras ha fallado.

De repente, doña Inés, incorporándose sola en el lecho y con voz apenas perceptible, murmuró:

—¡Agua!

Ellos se contemplaron de hito en hito; silenciosamente, leyéndose en los ojos la incertidumbre que les consumía, mientras la anciana repitió sordamente:

—¡Agua!... ¡Agua!

Aquella voz que temían no volver a escuchar nunca les removió el fondo del alma, agitando y trastornando de tal modo sus ideas, que cada uno, sin darse cuenta de ello, buscó la salvación de lo que amaba, no en los medios que le eran peculiares y propios, sino en aquello mismo que por serle ajeno, desconocido y contrario, adquirió a sus ojos las proporciones de lo maravilloso.

En aquel momento supremo vaciló la fe del creyente y se quebrantó la incredulidad del esceptico: el místico se sintió mordido por la duda y el desengañado se dejó seducir por la esperanza. Todo lo trastornó el brutal zarpazo del dolor.

Luciano, el médico, cayó de rodillas ante el crucifijo adorando a Dios en espíritu y en verdad. Marcelo, el sacerdote, se aproximó a la mesa, tomó el frasco, vertió unas cuantas gotas de su contenido en el agua, y sosteniendo con una mano a la enferma le hizo con otra beber el líquido misterioso. Mientras el médico pedía misericordia al cielo, el sacerdote se echaba en brazos de la ciencia.

¿Llegó al cielo la plegaria? ¿Obró la substancia química sobre el organismo?

De allí a poco doña Inés comenzó a mejorar, recobró la salud y fue de nuevo durante algunos años alivio de pobres y consuelo de tristes.

Los dos hermanos procuraron desde entonces no hallarse frente a frente. Cada uno de ellos era poseedor del secreto del otro y ambos se sentían avergonzados por aquel pasajero desfallecimiento que a nadie confesaron.

Quedoles el convencimiento de que en el mundo había algo que les era común y propio por igual, algo que todo lo perturba y equipara: el Dolor, deidad suprema que puede sembrar la duda en el espíritu del creyente y hacer que brote la esperanza en el pensamiento del incrédulo; pero alejado el peligro renació en su corazón la intransigencia, y ni Luciano atribuyó poder a su oración, ni Marcelo creyó en la eficacia del remedio.

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LOS FAVORES DE FORTUNA

I

No hay divinidad a quien se rinda culto más sincero y universal que a la Fortuna. Los hombres desde que empiezan a serlo, en lo que llaman edad de la razón le consagran la vida. Fortuna en cambio con la esperanza les atrae, con la codicia les excita, con la molicie les corrompe, o con la soberbia les ciega, hasta que enseñoreada de ellos, les deja unas veces que realicen su ambición y otras que satisfagan su apetito. Nadie la desprecia sin que le llamen loco, a ninguno que la logra se le considera necio; de unos se deja conseguir por la astucia, a otros se somete por capricho, los más se arrojan a conquistarla, los menos procuran merecerla: es tal su perversión que gusta de que la tomen por fuerza, y es tan grato su imperio y son tan dulces sus halagos que luego de poseída no hay debilidad en que el animoso no incurra por conservarla, ni fortaleza que el apocado no intente por no perderla. Sus amantes son infinitos, y a ellos se entrega como cortesana que ni cuida de escogerlos, ni piensa en lo que le sacrifican, ni estima lo que les concede, ni repara en cuándo se lo quita. Con unos parece que se encariña desde que nacen, y les colma de dones toda la vida: a otros sonríe sólo en la vejez para amargarles la muerte; y hasta más allá del sepulcro llega su influjo, pues ni deja que sea cada cual llorado según su mérito ni reparte con justicia la gloria. No hay grande de la tierra, por ensalzado que esté, a quien no pueda poner más en alto todavía; ni humilde, por bajo que se halle, a quien no sepa encumbrar sobre el primero. Reparte sus dones unas veces complaciéndose en detenerse para colmar deseos, y otras los deja caer a la carrera para que queden las alegrías truncadas y los placeres incompletos. Pasa estúpidamente desde la prodigalidad a la avaricia, y desde la esplendidez a la miseria: su amor ciega, su desdén mata, a unos envilece, a otros trastorna; es la eterna Dulcinea engañosa para nuestra locura, y encantada para nuestra razón: niega lo que se le implora, da lo que no se le pide, todo lo tiene, y todo lo derrocha. Sólo dos cosas negó la Naturaleza a la Fortuna, que ni puede hacer generoso al mezquino, ni consigue acallar el remordimiento en la conciencia del malvado.

II

Pero ya no es Fortuna la gloriosa divinidad pagana que recibía culto en las aras ceñidas de mirto, ni recorre el mundo en una rueda, mostrando desnuda la majestad de su hermosura: se ha hecho un palacio que es centro y emporio de las grandezas modernas, y en vez de un santuario de diosa habita un camarín de cortesana, donde por ásperas cuestas y empinadas pendientes suben los que la solicitan echándose a la espalda cuanto les pesa o les estorba. La ambición les guía, el amor propio les alienta, el egoísmo les sostiene, la impudencia les basta, y entre los riscos del camino se van dejando, sin sentirlo, la hombría de bien, la amistad y el cariño. Muchos emprenden la jornada: los más se rinden, pocos la terminan, y al llegar con el corazón helado por el frío de la cumbre, se desvanecen con la altura, imaginando ver empequeñecido y diminuto lo que dejaron en el llano. Luego Fortuna les atormenta con esquiveces, les engolosina con veleidades, y tanto se hace desear, o pone tal precio a sus caricias, que algunos al conseguirla, echan de menos lo que inmolaron por gozarla. Unos le sacrifican la honradez, otros la fe; quién ahoga brutalmente la concienciar el que menos, pierde por ella la vergüenza. Es, en fin, la gran ramera de la vida, que se resiste al esforzado, se entrega al ruin, a cualquiera se vende, y hasta de largo en largo se deja conquistar por el bueno, convirtiéndolo en blanco de envidiosos.

III

En cierta ocasión se enamoraron de Fortuna tres hombres: Carlos Tizona, mozo de arrojo extraordinario, para quien la mejor razón era la espada: el doctor Infolio, que sin ser viejo casi lo parecía de tanto haber estudiado; y un tal Lepe, último vástago de una familia proverbial por lo lista. Tizona de todo era capaz, Infolio no ignoraba nada, y a Lepe se le ocurría siempre lo mejor; de suerte que si las condiciones de los tres se reuniesen en uno, fácilmente se hiciera señor del mundo. Eran, por sus distintas facultades y por el grado en que las poseían, la personificación de las tres potencias más enérgicas y eficaces de la vida: el valor, que nada teme; el trabajo, que de todo triunfa, y el ingenio, que allana cuanto intenta.

Al enterarse, cada uno de ellos de que también amaban los otros a Fortuna, faltó poco para que vinieran todos a las manos. Tizona quiso esgrimir la de su nombre, Infolio perdió la serenidad, y a Lepe le descompuso la ira. Ya iban a reñir, cuando este último, en un instante de lucidez les dijo de este modo:

—¿Por qué luchar y aborrecernos si aún no sabemos en cuál se ha de fijar Fortuna? Seamos amigos, hasta que ella escoja, por lo menos; no sintamos la envidia antes de que haya quien saboree el placer. Emprendamos juntos la jornada, si queréis, o siga cada cual la senda que le acomode hasta llegar al palacio de Fortuna.

—Yo no voy con vosotros—gritó Tizona sin ocultar su pensamiento—pues sé un atajo por dónde, si no me estrello, llegaré enseguida.

—Yo—replicó Infolio—quiero también ir solo, porque en largos años de trabajo he discurrido un mecanismo para subir las pendientes sin esfuerzo.

Oído lo cual, añadió Lepe:

—Pues vaya cada uno por su lado; alguien he de encontrar que me lleve en coche o a la grupa, que yo no subo andando.

Despidiéronse con la sonrisa en los labios, aunque odiándose, y puesto el pensamiento en su ambicioso propósito, emprendieron a hora distinta y por diversos lugares el camino.

IV

Pasó mucho tiempo, sin que ellos mismos pudieran precisar el número de años transcurridos: porque las esperanzas y fatigas les hicieron perder la cuenta, hasta que una mañana, cuando menos lo esperaban, al dar vuelta a un recodo, se encontraron casi simultáneamente en la esplanada que rodeaba el alcázar dónde vivía la dama de sus pensamientos.

Lepe llegó el primero, y al parecer de buen humor, pero con los labios plegados por una sonrisa de incredulidad que daba pena; Infolio era un anciano achacoso, gastado e impotente para gozar lo que soñaba; Tizona traía melladas las armas, el cuerpo cosido a cicatrices, y alguna herida fresca todavía.

Saludáronse ceremoniosos, sin mostrarse simpatía ni sentir rencor: ninguno preguntó a los otros la historia de su viaje, y como Dios o el diablo les dieron a entender, procuraron entrar en el recinto misterioso.

Tizona, viendo cerradas las verjas, a riesgo de matarse, escaló una ventana: Infolio, dijo tan admirables cosas propias y ajenas, colocándose ante la puerta, que sus hojas, dejándole paso, se abrieron solas, y entonces Lepe se coló dentro astutamente.

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