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Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y rencor.
Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio. Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.
¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de los contendientes no se rinda a discreción.
Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con cortesía te echa rosas a la cara».
La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón. Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»—dice Miguel Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas—. Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo—dice San Bernardo—; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.
Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan Crisóstomo—perdóneme el santo varón—debió llegar a la santidad por la influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.
Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo constantemente su definición de la paciencia, una de las principales virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para «hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo, hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».
Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen de la bondad.
Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa; quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón. Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.
Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. ¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso a toda palabra.
Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que, por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi pequeña ofensa.
En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:
«¡Ah, qué dulce es la sonrisa
Del hogar hermoso y tibio,
La recíproca mirada
Que denuncia regocijo,
Cuando al fin dos corazones
Se han fundido en uno mismo.
Y uno en otro confiados
Viven en su amor tranquilos.
¡Ah, qué santas alegrías!
¡Ah, qué goces no sentidos
Vuelan como blancas hadas
Por la cuna de los hijos!
¡Cada cuadro es un recuerdo,
Cada mueble es un amigo,
Cada lágrima es un beso,
Cada dicha es un suspiro!»
Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»
CROTALOGIA
Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo: críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado. Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso, ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.
Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe usted que es bonita y joven?»—preguntarán mis lectoras. Deduzco que es joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte, gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos, apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este mundo.
En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.
Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y ello me demuestra que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien. Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado. Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades clásicas y de los modernos tiempos.
Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado, hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades modernas.
Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en las castañuelas.
Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».
Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano, pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas. Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:
«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que, además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una almendra».
Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete» con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo los metálicos crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su tierra nativa.
Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.
Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo, el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.
Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto, ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada que signifique armonía y gracia plástica.
El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar, tenía que inventar un método en que el maestro no fuera necesario, o mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía» se sale también castañeteando.
La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la «Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es una forma de tenerlo todo previsto.
Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado por Grecia y por Roma.
Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los «paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...
ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»
La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones, Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido, aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta, debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora, que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así, pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios. En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la historia militar y política del país y la representación de los modernos progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe—y muy justamente—su merecida representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su entronque con Cámpora y del Moral.
Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:
«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.
Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa, queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto. Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades, aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.
Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las mismas desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa. Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones, vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta» está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin, como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac, chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los instintos son los mismos y los corazones arden igual.
Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos. Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes! Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una plebeya y vil democracia. Doy también grandes paseos por el campo. Y me quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro, acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada. Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico, estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.
Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte, curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo, que estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios, sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso—ya conoces a Ricardo—me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros! Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes, que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar; prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar, tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...
Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo: «¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»—«Yo me entierro contigo en el fin del mundo»—le respondí. Gran abrazo. Los abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes, a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos en fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos», a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas ovejas. «A la vuelta de pocos años—me dice Ricardo—nos podremos farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de trescientos mil pesos de renta».—«¡No, Ricardo, no por Dios!—le digo,—porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver a los señores gerentes, que Dios confunda».
No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote, un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos, que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas; unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el contenido es igual.
Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien: muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace esta reforma:
«No debo nada,
Ya soy feliz
Con Rosalía...»
Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones. Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca; pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío. ¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo, hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo. Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh! apasionadísimo...
Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires. ¿Quieres que nos vayamos por unos días?»—«No me aburro—le digo;—no hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra todo el mundo».
Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces—la verdad—se apodera de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre, satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos, la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...
Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que, como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza, rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.
Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor abrazo.—Rosalía.»
Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores virtudes que pueden adornar a una mujer.
EL ARTE DE ESTAR ENFERMA
Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.
«Los Carpinchos».
Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios, donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir las crónicas sociales.
Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios, amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama, sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes que la música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra, con la que tanto se peca en la vida.
Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro. Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge—ya sabes lo cariñoso que es y cuánto se preocupa por mi salud—me advirtió que me abrigara bien. No hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de cama.
Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo, supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas. La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que cualquier almanaque.
A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y Estocolmo.
No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas, todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces: ¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente. Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más pavor me causa es oir razonar a la locura.
Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo, como casi todo el mundo—salvo unos cuantos seres elegidos—representamos la normalidad, traducida en la infinita extensión de la tontería en la tierra.
Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño, grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha mucho el entendimiento. Lloré...
Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas, desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad apaga el valor y enciende el espíritu.
Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida», «muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas horas, un verdadero estado de gracia.
Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.
Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más estrecho y apretado abrazo.—Marianela.
LAS INQUIETUDES DE PETRONA
Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho, mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.
Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es digna de un sitio preferente en el santoral.
La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la ganadería. Hace tiempo escribió una memoria—resumen de otras varias escritas en otros países—sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.
Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.
Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y planimetrías en los desiertos.
—¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?
—Nada.
—Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo, sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.
—Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.
—Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. ¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.
—¿Crées que lo celebran?
—Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte—¡qué quieres, Marianela de mi alma!—no me explico ese silencio, ni esa reclusión, sin dejarse ver de nadie.
—¿Y qué te importa?
—Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con la tierra.
—Excepto adquirirla....
—Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
—¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.
—Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy politiquera—la mujer en su casita—; pero, claro, he tratado de explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de Europa. ¿Qué más dará?
—No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar carne que maíz.
—¡Ah!...
—El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
—Pero si se lo come, ya no hay maíz.
—Pero queda el chancho.
—Es verdad. ¡Que tonta soy!
—Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
—Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.
—El amor es un cristal de aumento.
—Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país necesita de usted»—le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es siempre el mismo hombre de acero.
—El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...
—Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...
—Creo que exageras, Petrona.
—Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin, hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.
—Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.
—Es lo que digo yo.
—Y todo el mundo...
—Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...
—¿Tú crées?...
—¿Y cómo no?...
—¿No están seguros?...
—¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. ¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?
—¿No tienen posición tus yernos?
—Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. ¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis yernos son buenos y las muchachas lo mismo—ya sabes lo bien que las he educado—pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos, incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, aunque haya que clavar a medio mundo...
—No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
—Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz, ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
—Todo se arreglará—repito, por vía de consuelo.
—Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.
PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue resistiendo con toda lozanía la condenación general.
La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues, en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa memoria.
La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos. De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...
El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no saben que todos murmuran de todos.
Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo son sus ímpetus de malicia, le perdono».
He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se convierte, a su vez, en murmurador.
La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los demás, se crucifica a sí mismo.
Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.
LOS SECRETOS
El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines» y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774, leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo a todo el mundo».
En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el secreto de la propagación de los secretos.
¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas, de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza, esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito. Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su propio secreto.
La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también «reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen, como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida interior. Respiramos...
Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible. Cada historiador, con unas cuantas verdades—si acaso las halla—arma su cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno—no recuerda cuál—que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la historia moderna.
Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto a voces.
Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.
Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona. Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos», contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el secreto de su vida.
En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La política no da más que disgustos... cuando se cultiva desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta, he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.
Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.
El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no saber nada.
Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga. Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.
LA DESVENTURA DE LUISA
Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra «haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas de Luisa.
—¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!
—¿Tanto, tanto?
—¡Mucho, mucho!
—Pues ¿qué te pasa?
—Que Daniel me abandona.
—¡Cómo! ¿Qué dices?
—Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los hombres!...
—Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al cual se debe nada menos que la vida del universo.
—Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te digo es que yo soy muy desgraciada.
—¿Por qué?
—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en casa—muy pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha.
—¿Y a dónde va?
—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me mortifica y me desespera.
—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? ¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los maridos distraídos en devaneos.
—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías—porque, eso sí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.
—Entonces, tus celos...
—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?
—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le querrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito nada más ¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos—suponiendo que los haya—no están bien más que en el cielo. Aquí, en la tierra, los calaveras—claro, con medida—son más amados que los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.
Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y traduce así mis argumentos:
—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...
—No he dicho zonzo; he dicho ángel.
—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...
—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.
—La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar me regaló el día de mi santo.
Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel no es bueno—agrega—porque me abandona».
—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los hombres son más capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme.
—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le intereso!
—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!
—O le interesa más el Jockey.
—Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya mejor tiene que ser obra tuya.
—¿Y cómo?
—Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico. ¿Te enojas mucho cuando llega tarde?
—¿Y cómo no he de enojarme?
—Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás, Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se quiere mucho se transige mucho.
—¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no transijo, ¡no transijo y no transijo!
—Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.
—Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego, ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.
—Tienes que disputárselo al Jockey.
—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.
—¿Y se lo dijiste luego a él?
—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas todos los caballos de carreras!...
Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.
DESAVENENCIA TRASCENDENTAL
Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de mi casa, de mis amigas y del centro social en que—por dicha mía—me ha tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.
Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre adorable. Toda palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi marido.
La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia transitoria.
Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar, resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. De pronto dijo mi marido:
—Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.
—No lo creo—respondí.
—¿No lo crees, o no lo quieres?
—Ni lo creo ni lo quiero.
—Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.
—No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos, lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.
—No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas que nuestro hijo se me parezca.
En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor inefable.
—Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del espíritu que en el ámbito azul las mueve.
Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia natural.
—Pero hablábamos—me dice—del orden moral.
—Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.
—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?
—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima personalidad.
—¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más felices?
—Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.
—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás que se parezca a tí.
—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...
—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por tí.
—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. ¡Vaya una suerte que espera a la futura!...
Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.
—Después de todo lo que hemos hablado—dijo Jorge—quién sabe la suerte que le espera en el mundo.
—¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi alma!...
LAS REINAS EN LA GUERRA
En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles en tiempos de Luis XIV.
La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el ajedrez—que es el remedo más perfecto de las batallas,—el desastre definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se acabó de una manera irremediable y definitiva.
Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos, puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los deseos y simpatías del rey y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza, de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas, cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría, alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes y la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)
Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático, resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos de carreras.
El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos, ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia aclara algo.
Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores. Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.
Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está muy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura. Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».
La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su sentencia, ser destronado.
Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.
Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no por mandato del rey o por antojo de la reina.