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Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)

CAPÍTULO XIII.

G. W. (George Washington) Montgomery translation

Illustration from Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)

Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí.

Los moradores de Málaga, libres ya del dominio de Hamet, acudieron á Alí Dordux: y pusieron en sus manos la suerte de la ciudad. Alí, asociándose el alfaquí Abrahan Alhariz y otros cuatro moros principales, formó una junta provisional, en que se acordó enviar mensajeros al Rey de Castilla, ofreciendo entregar la plaza con tal que á los habitantes se les asegurase en sus personas y bienes en calidad de mudejares, ó vasallos tributarios. Salieron los mensageros al real cristiano, y oida por el Rey la peticion de los moros, respondió airado: “Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos, pues bien se que la hambre, y no vuestra voluntad, es la que os mueve á capitular. Entregaos pues á discrecion y disponeos á sufrir la ley que imponga el vencedor: los que merezcan la muerte, morirán, y los que cautiverio, quedarán cautivos.”

Grande fue la turbacion de los moros cuando supieron la respuesta de Fernando; pero Alí Dordux los consoló ofreciendo ir en persona á solicitar condiciones mas favorables; como en efecto lo hizo acompañado de dos cólegas suyos, aunque sin adelantar nada, pues el resultado de esta embajada tan lejos estuvo como la primera de corresponder á las esperanzas de los sitiados. Fernando ni aun consintió que llegasen los embajadores á su presencia. “Dadlos al diablo, dijo con enfado al comendador de Leon, que no los quiero ver, ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi merced[17].” Con esta nueva repulsa, vinieron los moros á un estado que rayaba en desesperacion; pero resolviendo tentar el último recurso, escribieron al Rey manifestándole que ellos le darian la ciudad con todas sus fortalezas, y con todos los bienes que en ella habia; pero que si no se les daba seguro para la libertad de sus personas, ellos colgarian de las almenas de la plaza hasta mil y quinientos cautivos cristianos que tenian de ambos sexos; y poniendo á las mugeres, viejos y niños, en la Alcazaba, darian fuego á la ciudad, y saldrian á morir matando, para que al fin tuviesen los Reyes la victoria sangrienta, y aquel hecho de la ciudad de Málaga fuese celebrado por todos los vivientes, y en todos los siglos que durase el mundo.

Á consecuencia de esta carta se suscitaron algunos debates en el real, y fueron varios los votos de los caballeros. Muchos de ellos indignados contra los moros por las grandes pérdidas que habian ocasionado á los cristianos en tan larga resistencia, quisieron irritar el ánimo del Rey para que los tratase con el último rigor; pero la generosa Isabel, reprobando consejos tan sanguinarios, insistió en que no se empañase aquel triunfo con algun acto de crueldad[18]. Los moros entretanto, se abandonaron á los extremos de su desesperacion: por una parte veian la hambre y la muerte; por otra, la esclavitud y las cadenas. Aquellos cuyo oficio era la guerra, ardian por señalar su caida con una accion ilustre. “¡Perezcan los cautivos!, decian, ¡arda la ciudad, muramos, y acometamos al enemigo!” En medio del clamor general alzó Alí Dordux la voz, y dirigiéndose á los habitantes principales y padres de familia, les dijo: “Los que viven de la espada perezcan, pues lo quieren, con la espada; pero no sigamos nosotros tan loco ejemplo. ¡Quién sabe si la vista de nuestras inocentes esposas y tiernos hijos, despertará en el pecho real de Fernando una centella de conmiseracion! y cuando no, la Reina cristiana dicen que es la piedad misma.”

Animados los moros por este rayo de esperanza, autorizaron á Alí Dordux para que entregase la ciudad á merced de los Soberanos. Partió de nuevo Alí con este encargo; empeñó en su favor á muchos caballeros del real, y al fin obtuvo una audiencia de los Soberanos, á quienes presentó regalos de telas de seda y oro, piedras preciosas, joyas, aromas, y otros objetos de gran valor, que habia acumulado en su comercio con los paises orientales; y poco á poco ganó la gracia de Fernando y de Isabel[19]. Alí entonces renovó las súplicas, representando que él y otros muchos habian procurado desde un principio que se entregase la ciudad, pero que las amenazas de hombres arbitrarios, en cuyas manos estaba la fuerza, se lo habian impedido; por lo que esperaba no se confundiese al inocente con el culpado.

Los Soberanos habiendo admitido los regalos de Alí Dordux, no pudieron ya cerrar el oido á sus súplicas. Asi, pues, le indultaron á él y á cuarenta familias que nombró, dándoles seguro para sus personas, con facultad para residir en Málaga en clase de mudejares[20]. Hecho este arreglo, hizo Alí venir veinte habitantes principales, á quienes entregó en rehenes, hasta que toda la ciudad quedase en posesion de los cristianos.

Don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon entró entonces en la ciudad armado y á caballo, y tomó posesion en nombre de los Soberanos de Castilla. Entrando despues varios capitanes y caballeros del ejército, ocuparon todas las fortalezas, y enarbolaron el pendon de la cruz, el de Santiago, y el estandarte real, en la torre de homenage de la Alcazaba.

Entregada la ciudad, imploraron aquellos infelices habitantes se les permitiese salir al real para comprar pan para ellos y sus familias. Obtenida la licencia, acudieron arrebatados y famélicos á los montones de grano y harina que tantas veces habian mirado con ansia desde sus muros. Todo se repartió entre ellos, y satisfecha su necesidad, quedó en cierto modo cumplido el vaticinio del Dervís, cuando dijo que aquellos bastimentos los habian de comer ellos.

Entretanto Hamet el Zegrí, indignado y pesaroso, miraba desde las torres de su fortaleza la ocupacion de Málaga por los batallones de Castilla; veia tremolar el pendon de la Cruz donde poco antes ondeaba el de la medialuna, y si los suyos le siguieran, bajára allá espada en mano, y muriera gustoso á trueque de tomar venganza de los cristianos. Mas ya no animaba á los Gomeles el mismo espíritu que en otro tiempo: los lentos progresos de la hambre habian minado las fuerzas asi del alma como del cuerpo, y casi todos aconsejaban la rendicion. Muy duro se le hacia al altivo Hamet el someterse á pedir partido: empero confiando que su valor le haria respetar de un contrario noble, envió un parlamentario al Rey, ofreciendo capitular en términos honrosos. La respuesta de Fernando fue lacónica y terminante: “que se entregase á discrecion.”

Todavia permaneció Hamet dos dias encerrado en su castillo despues de la toma de la ciudad; pero al fin hubo de ceder á los clamores de sus secuaces, y bajó con ellos á someterse al vencedor. Los Gomeles todos quedaron cautivos, con la excepcion de Abrahan Zenete, á quien, por haber procedido tan piadoso con aquellos niños cristianos cuando la última salida de los moros, se concedió un partido favorable. En cuanto á Hamet, se le puso inmediatamente en hierros; y preguntado qué le movió á tan pertinaz resistencia, respondió, que él habia tomado aquel cargo con obligacion de morir, ó ser preso, defendiendo su ley, su Soberano, y la ciudad que éste le habia confiado, y que á tener ayudadores, antes le vieran muerto que prisionero[21].

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