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Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2)

INTRODUCCIÓN.

José March translation

Los primeros habitantes de la Grecia, según antiguas tradiciones, solo tenían por morada grutas profundas, de las cuales salían únicamente para disputar a las bestias los alimentos más groseros, y algunas veces nocivos. Capitaneados después por caudillos audaces, aumentaron sus luces, y por consecuencia sus necesidades y sus males, al paso que la fuerza constituía todo su derecho. Arribaron a las costas de la Argólida algunos legisladores egipcios, que se propusieron civilizar a aquellos pueblos salvajes, los cuales salieron a su encuentro y así consiguieron pasar sus días en un estado de inocencia y tranquilidad, que dieron el nombre de edad de oro a aquellos siglos remotos.

Aconteció esta revolución bajo Ínaco, quien condujo la primera colonia egipcia, 1970 años antes de J. C., y continuando la empresa su hijo Foroneo cambiaron en breve de faz la Argólida, la Arcadia y los países vecinos. Cerca de tres siglos después llegaron Cécrope, Cadmo y Dánao, el primero al Ática, el segundo a la Beocia, y el tercero a la Argólida; llevando consigo nuevas colonias de egipcios y de fenicios. La industria y las artes traspasaron los límites del Peloponeso, y sus progresos añadieron, digámoslo así, nuevos pueblos al género humano.

El reinado de Foroneo es la época más antigua de la historia de Grecia, y el de Cécrope de la historia de los atenienses. Desde este último príncipe hasta al fin de la guerra del Peloponeso, transcurrieron cerca de 1250 años, que se dividen en dos intervalos: el uno termina en la primera olimpiada (776 años antes de J. C.) y el otro en la toma de Atenas por los lacedemonios (año 404). De los cuales van a referirse los principales acontecimientos.

PRIMERA PARTE.

Acontecimientos que han pasado desde Cécrope, hasta el fin de la primera olimpiada.

La colonia de Cécrope era oriunda de la ciudad de Sais en Egipto. Dejó las fértiles orillas del Nilo para evadirse de la ley de un vencedor, y después de una larga navegación arribó a las costas del Ática, habitadas siempre por un pueblo que desdeñaron sojuzgar las naciones feroces de la Grecia; pero Cécrope, poniéndose al frente de ellos, se propuso hacer feliz la patria que acababa de adoptar entonces. Los egipcios y los habitantes del Ática formaron en breve un solo pueblo, y sometidos a leyes sabias, origen de virtudes y placeres inocentes, pasaron muy pronto del estado salvaje a la civilización. Los primeros griegos ofrecían sus homenajes a dioses, cuyos nombres ignoraban; mas las colonias extranjeras dieron a estas divinidades los nombres que tenían en Egipto, en Libia y en Fenicia, atribuyendo a cada una un poder limitado, y unas funciones privativas. La ciudad de Argos fue consagrada especialmente a Hera, la de Atenas a Atenea, y la de Tebas a Dioniso. Multiplicando Cécrope los objetos de veneración pública, invocó al soberano de los dioses, bajo el título de todopoderoso, y erigió templos y altares en todas partes; pero prohibió que se derramase en ellos la sangre de las víctimas, ya para conservar los animales útiles para la agricultura, y ya para inspirar a sus súbditos el horror de las bárbaras escenas representadas en la Arcadia. El homenaje que Cécrope ofreció a sus dioses era más digno de la bondad de aquel legislador, pues se reducía a espigas o granos, primicias de las mieses que enriquecían el Ática, y tortas tributo de la industria que empezaban a conocer sus habitantes.

Todos los reglamentos de Cécrope respiraban sabiduría y humanidad, brillando particularmente estas virtudes en el tribunal del Areópago, que parece fue fundado a fines del reinado de aquel príncipe, o al empezar el de su sucesor. Jamás se pronunció en él desde su origen un fallo injusto, contribuyendo a dar con esto a los griegos las primeras nociones de la justicia. Fueron tan rápidos los efectos de esta sabia legislación, que el Ática se vio muy pronto poblada de veinte mil habitantes, los cuales fueron divididos en tres tribus. Estos progresos llamaron la atención de los pueblos que solo vivían de rapiña, y a fin de poner Cécrope los pueblos a cubierto de los corsarios que talaban sus campos y esparcían el temor entre aquellos habitantes, les persuadió a que reuniesen sus moradas, esparcidas hasta entonces, y que las guareciesen con un recinto de muros. Puso los cimientos de Atenas en la colina donde hoy se ve su ciudadela, y edificáronse otras ciudades en diferentes sitios.

Murió Cécrope después de un reinado de cincuenta años, y durante el transcurso de 565 le sucedieron diecisiete príncipes, siendo Codro el último de ellos. Bajo el reinado de Cránao, inmediato sucesor de Cécrope, penetraron en Beocia las luces de oriente: Cadmo, a la cabeza de una colonia de fenicios, introdujo la escritura, arte el más sublime, y de allí a poco tiempo se transmitió al Ática. En el reinado de Erictonio fueron uncidos al carro por primera vez los caballos ya dóciles al freno, y, aprovechándose de las útiles tareas de las abejas, se perpetuó la raza de estos industriosos insectos en el monte Himeto. Hizo nuevos progresos la agricultura en tiempo de Pandión, y Erecteo, sucesor suyo, ilustró su reinado con útiles establecimientos, por lo cual los atenienses le erigieron un templo después de su muerte.

A proporción que el reino de Atenas se fortificaba con las leyes y las artes, veíanse aumentar insensiblemente y continuar su revolución sobre la escena del mundo los de Argos, Arcadia, Lacedemonia, Corinto, Sición, Tebas, Tesalia y Epiro.

En tanto la antigua barbarie volvía a aparecer con desprecio de las leyes y las costumbres, levantándose de cuando en cuando hombres fuertes y feroces que atemorizaban a los pueblos con sus latrocinios, o príncipes crueles que atormentaban a súbditos inocentes con lentos y dolorosos suplicios; pero la naturaleza, que hace contrapeso al mal con el bien, produjo para destruirlos otros hombres más robustos que aquellos y más poderosos y justos que los demás, los cuales libertaron la Grecia de tan terribles calamidades; y entonces dio principio el imperio de aquellos héroes de la antigüedad, que afearon su vida maravillosa con manchas vergonzosas.

Muchos de estos, bajo el nombre de Argonautas, concibieron el proyecto de pasar a un clima lejano para apoderarse de los tesoros de Eetes, rey de Cólquida, y llevaron a cabo su empresa arrostrando los peligros de una larga navegación por mares desconocidos. Entre aquellos héroes se hallaba Jasón, que sedujo y arrebató a Medea, hija de Eetes; Cástor y Pólux, hijos de Tindáreo, rey de Esparta; Peleo, rey de la Ftía y padre de Aquiles, que le excedió en valor; el poeta Orfeo y, últimamente, Heracles, mortal el más ilustre. Este héroe, tan célebre en la historia, descendía de los reyes de Argos: y se dice que era hijo de Zeus y de Alcmena, esposa de Anfitrión; que venció al león de Nemea, al toro de Creta, al jabalí de Erimanto, a la hidra de Lerna y a algunos monstruos aún más feroces: a Busiris, rey de Egipto, que por su propia mano quitaba la vida a los extranjeros; a Anteo de Libia, que les daba muerte después de vencerlos en la lucha; a los gigantes de Sicilia, los centauros de Tesalia y todos los bandidos de la tierra, cuyos límites fijó por occidente, así como lo hizo Dioniso por la parte oriental. Añaden que separó montañas, y abrió estrechos para reunir los mares, y que mediante su poder triunfaron los dioses en la batalla con los gigantes. Su historia es un ensarte de prodigios, o más bien la historia de todos cuantos han tenido su nombre, y sufrido iguales trabajos. Exagerando sus hazañas y atribuyéndolas todas a un solo hombre, se le han atribuido también todas las grandes empresas, cuyos autores se ignoraban; se le ha ensalzado, en fin, hasta quererle hacer superior a la especie humana, cuando solo es un fantasma de grandeza elevada entre el cielo y la tierra, como para llenar su intervalo.

Otro de los héroes fue Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra, hija del sabio Piteo, que gobernaba en Trecén. Venció al cruel Sinis, que ataba los vencidos a las ramas de los árboles, que curvaba con esfuerzo, y que se enderezaban cargadas con los miembros ensangrentados de aquellos infelices; a Esciro, que precipitaba los viajeros al mar desde una alta montaña; y a Procusto, que los tendía en un catre de hierro, cuya longitud debía ser exacta con la de sus cuerpos, y la acortaba o prolongaba dándoles horrorosos tormentos. A todos estos bandidos les hizo morir en los mismos suplicios que ellos inventaron. Deshizo la facción de los Palántidas, que querían usurpar el trono a su padre; marchó luego a los campos de Maratón, asolados muchos años hacía por un furioso toro; le domó y presentole encadenado ante los atenienses, no menos absortos de la victoria que espantados del combate.

Minos, rey de Creta, acusó a los atenienses de haber dado muerte a su hijo Androgeo, y obligoles a la fuerza a entregarle en ciertos plazos un número de mancebos y doncellas que debían ser encerrados en el laberinto de Creta, y entregados a la voracidad del Minotauro, monstruo medio hombre y medio toro, nacido de los amores infames de Pasífae, reina de Creta. Toma Teseo a su cargo la ardua empresa de libertar a su afligida patria de aquel tributo vergonzoso, y poniéndose en el número de las víctimas se embarca para Creta. Apenas llega al terrible laberinto, mata al monstruo y sale del encierro con sus jóvenes compatriotas, favorecido por Ariadna, hija del rey, la cual le dio un hilo que le sirvió de guía para salir del laberinto. Siguiole la princesa, y experimentó después el dolor de verse abandonada por él en las playas de Naxos. Tal es la relación de los atenienses acerca de estos hechos. Los cretenses dicen, al contrario, que los rehenes estaban destinados a los vencedores en los juegos celebrados en honor de Androgeo; que Teseo obtuvo permiso para entrar en lid, que venció a Tauro, general de las tropas de Minos, y que el príncipe fue tan generoso que hizo justicia a su valor y perdonó a los atenienses.

Apenas subió este héroe al trono de su padre Egeo, cambió la faz del gobierno de los atenienses convirtiéndose en democrático. Las doce ciudades o pueblos del Ática no tuvieron ya magistrados particulares. Atenas se hizo metrópoli y centro del estado, y el poder legislativo únicamente residió desde entonces en la asamblea general de la nación, compuesta de los nobles, agricultores y artesanos. Instituyose al mismo tiempo que Teseo, a la cabeza de la república, haría ejecutar las leyes y tendría el mando supremo del ejército.

Después de haber dado Teseo la libertad a su patria, y ensanchado los límites del estado, se cansó de los pacíficos homenajes de sus conciudadanos y contrajo amistad íntima con Heracles y Pirítoo, anhelante como ellos de acometer empresas célebres. Triunfó de las amazonas en las orillas del Termodonte y en las llanuras del Ática; concurrió a la caza del enorme jabalí de Calidón, y se distinguió contra los centauros de Tesalia, aquellos hombres audaces, los primeros que se ejercitaron en los combates a caballo.

En medio de tantas acciones gloriosas, resolvió de acuerdo con Pirítoo el robo de Helena, princesa de Esparta, y de Perséfone, hija del rey de los molosos. Solo pudieron ejecutar este vergonzoso proyecto en cuanto a la primera; pero después de haberse fugado con ella de Lacedemonia, fueron detenidos en Epiro, cuyo rey hizo que devorasen a Pirítoo unos perros horribles, y que encerrasen a Teseo en una prisión, de que fue liberado por Heracles.

Cuando Teseo regresó a sus estados encontró a su familia cubierta de oprobio por la infame pasión que Fedra, su esposa, tenía a Hipólito, cuyo hijo tuvo él de Antíope, reina de las amazonas. Para complemento de su pena, encontró la ciudad en anarquía por la facción de los Palántidas, y el territorio del Ática asolado por Cástor y Pólux, hermanos de Helena. Siendo ya para los atenienses un objeto de odio y de desprecio, quiso hacer uso de la fuerza para hacerse obedecer; pero este medio no tuvo el éxito que deseaba, y entonces se acogió a la protección del rey Licomedes en la isla de Esciros, donde pereció poco después, bien por accidente, o bien por la traición de aquel príncipe, amigo de Menesteo, sucesor suyo. Muchos siglos después, Cimón, hijo de Milcíades, trasladó los huesos de Teseo a los muros de Atenas, y habiendo construido sobre su sepulcro un templo embellecido por las artes, llegó a ser aquel punto un asilo de los desgraciados.

EDIPO.

Cadmo, arrojado del trono que había elevado, Polidoro, despedazado por las bacantes, y Lábdaco, arrebatado por una muerte temprana sin dejar más que un hijo en la cuna y rodeado de enemigos; tal había sido desde su origen la suerte de la familia real de Tebas cuando Layo, hijo y sucesor de Lábdaco, se casó con Yocasta, hija de Meneceo. Apenas fue celebrado este enlace cuando un oráculo predijo que el hijo que naciese de él sería el asesino de su padre y el esposo de su madre. Nació efectivamente este hijo, y sus padres le condenaron a ser presa de las fieras, dejándole abandonado en una selva; pero habiéndolo encontrado un pastor, lo recogió, y presentole a la reina de Corinto, que le crió en su palacio bajo el nombre de Edipo, adoptándolo por hijo. Siendo ya joven, salió un día de Corinto y tomó el camino de la Fócida; encontró en un sendero un viejo que le mandó con altanería que se apartase, y quiso obligarle a ello a la fuerza. Entonces Edipo se arrojó sobre el viejo, que era Layo, y le quitó la vida.

Después de este funesto accidente, la mano de Yocasta y el reino de Tebas fueron prometidos al que liberase a los tebanos de los salteamientos y horrores de Esfinge, hija natural de Layo, que unida a unos malhechores asolaba el país, detenía a los viajeros haciéndoles preguntas capciosas y enigmáticas, y los extraviaba en lo intrincado del monte Fineo para entregarlos a sus pérfidos compañeros. Edipo adivinó sus enigmas, dispersó y quitó la vida a los facinerosos; Esfinge, despechada, se dio muerte estrellándose contra una roca, y el vencedor se casó con la viuda de Layo.

No tardaron en reconocerse ambos esposos. Yocasta, horrorizada, terminó sus días dándose muerte violenta. Edipo, según algunos autores, se sacó los ojos y fue a morir al Ática, y según otros, contrajo segundas nupcias, y tuvo por hijos a Eteocles, Polinices, Antígona e Ismene.

PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA DE TEBAS.

(Año 1329 antes de J. C.) Apenas tuvieron edad para reinar Eteocles y Polinices, cuando cerraron a su padre en lo interior de su palacio, y convinieron en reinar alternativamente, gobernando cada cual un año sí y otro no. Subió Eteocles el primero al trono y rehusó dejarlo, por lo cual se acogió Polinices a la protección de Adrasto, rey de Argos, que le ofreció poderosos socorros.

Dividió Adrasto con Polinices el mando del ejército, a cuya cabeza estaba el bravo Tideo, el impetuoso Capaneo, el adivino Anfiarao, Hipomedonte y Partenopeo.

Todos estos generales instituyeron los juegos nemeos al pasar por el bosque de Nemea. Al acercarse a Tebas, las tropas de Eteocles se encerraron en los muros; el sitio de la ciudad fue largo, y en él perecieron un gran número de guerreros de ambas partes. Acababa de ser precipitado Capaneo de lo alto de una escala, asaltando el muro, cuando Eteocles y Polinices resolvieron terminar su querella en un combate particular. Señalaron día y sitio, y acometiéronse los dos príncipes en presencia de ambos ejércitos, hasta que los dos cayeron muertos acribillados de heridas y fueron conducidos por sus soldados a una misma hoguera.

Después de sus funerales continuó defendiéndose con éxito la ciudad de Tebas, mandada por Creonte, hermano de Yocasta, y tutor del joven Laodamante, hijo de Eteocles, hasta que al fin terminó aquel sitio mortífero con una salida aún más desastrosa, en que los tebanos dieron muerte a Tideo y a la mayor parte de los generales argivos. Obligado, pues, Adrasto a levantar el sitio, se retiró a su reino sin haber podido honrar con funerales a los guerreros que quedaron en el campo de batalla.

(Año 1319 antes de J. C.) Algunos años después, los jóvenes príncipes, hijos de los generales argivos, resolvieron vengar a sus padres. Entre ellos se distinguieron Diomedes y Esténelo, el primero hijo de Tideo y el segundo de Capaneo. Quedaron los tebanos derrotados en una famosa batalla y abandonaron la ciudad, que fue entregada al saqueo.

GUERRA DE TROYA.

Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, ciudad situada al pie del monte Ida en la costa del Asia, a la parte opuesta de la Grecia, pasó a la corte de Menelao, rey de Esparta, donde la belleza de Helena, mujer de este príncipe, llamaba la atención de todos. Sedujo a esta princesa, que abandonó esposo y trono por seguirle, y a la nueva de este atentado, por el cual el ultrajado esposo pidió en vano satisfacción al rey Príamo, los príncipes griegos indignados resolvieron vengarse de un modo ruidoso. Reúnense pues en Micenas, reconocen a Agamenón, el más poderoso de todos ellos, por jefe de la empresa, y juran reducir a cenizas la ciudad de Ilión. Entre ellos se hallaba el viejo y elocuente Néstor, rey de Pilos; el artificioso Odiseo, rey de Ítaca; Áyax de Salamina; Diomedes de Argos; Idomeneo de Creta; Aquiles hijo de Peleo; y una multitud de jóvenes y fogosos guerreros. Después de largos, costosos y formidables preparativos, el ejército, que se componía de cerca de cien mil hombres, se reunió en el puerto de Áulide y, embarcado en mil doscientas naves, pasó a las costas de la Tróade.

La ciudad de Troya, fortificada con murallas y torres, estaba además defendida por un ejército numeroso mandado por Héctor, hijo de Príamo, el cual tenía bajo sus órdenes varios príncipes aliados que juntaron sus tropas a las de los troyanos. Los griegos rechazaron a sus enemigos reunidos en la costa, y atrincheraron luego su campo, en el cual se encerraron.

Ambos ejércitos midieron de nuevo sus fuerzas, y siendo el éxito dudoso en varios combates, se entrevió que el sitio duraría largo tiempo.

Entre la ciudad de Troya y la costa que ocupaban las tiendas y las naves de los griegos, se extendía una vasta llanura, teatro del valor y la ferocidad de sitiados y sitiadores. Troyanos y griegos, armados de picas, mazas y espadas, de flechas y venablos, cubiertos de cascos, de corazas y de broqueles, con las filas cerradas y los generales al frente, se abalanzaban unos contra otros, alzando los primeros grandes gritos, y guardando los segundos un silencio imponente. Embestíanse las tropas y se rompían las falanges con grande confusión y estrépito; la noche separaba a los combatientes, y la victoria costaba mucha sangre, sin que produjese fruto alguno. Al día siguiente la llama de las hogueras devoraba a los que la muerte había segado; honraban su memoria con lágrimas y juegos fúnebres, y apenas expiraba la tregua volvían de nuevo a la pelea con más furor que antes.

Jamás fueron tan comunes las asociaciones de armas y sentimientos como durante la guerra de Troya. Aquiles y Patroclo, Áyax y Teucro, Diomedes y Esténelo, Idomeneo y Meríones; otros muchos héroes, en fin, dignos de seguir las huellas de aquellos, combatían frecuentemente el uno al lado del otro y arrojándose al combate participaban así de los peligros y de la gloria.

Todo el mundo tenía fija su atención en los campos de Troya, y todos los príncipes, uno en pos de otro, se apresuraban a ir a señalarse en aquella carrera abierta a la fama de las naciones (año 1282 antes de J. C.). En fin, después de diez años de resistencia, después de haber perdido la flor de sus guerreros, cayó la ciudad vencida por los esfuerzos y artificios de los griegos. Sus muros, sus casas y sus templos, reducidos a polvo y cenizas; Príamo expirante al pie de los altares y rodeado de sus hijos degollados; Hécuba, su esposa, Casandra, su hija, Andrómaca, viuda de Héctor, que murió a manos de Aquiles, y otras muchas princesas, cargadas de cadenas y llevadas como esclavas de los vencedores... He aquí el desenlace trágico de aquella guerra fatal y memorable.

El regreso de los griegos a sus reinos fue marcado por siniestros reveses y contratiempos. Áyax, rey de la Lócrida, pereció con su escuadra; Odiseo anduvo errante diez años por los mares antes de volver a entrar en su isla de Ítaca, e Idomeneo, Filoctetes, Diomedes y Teucro, vendidos por sus padres, parientes y amigos se retiraron a países desconocidos; Agamenón, en fin, murió asesinado por Clitemnestra, su infiel esposa, quien algún tiempo después pereció a manos de su hijo Orestes. En el decurso de algunas generaciones se vio extinguida la mayor parte de las casas soberanas que habían destruido la de Príamo, y ochenta años después de la ruina de Troya, una parte del Peloponeso cayó en poder de los Heráclidas, o descendientes de Heracles.

VUELTA DE LOS HERÁCLIDAS.

(Año 1220 antes de J. C.) Los descendientes de Heracles habían sido desterrados del Peloponeso por los de Pélope, e hicieron repetidas tentativas, aunque inútiles, para volver a entrar en aquel país. Eran aquellos tres hermanos, llamados Témeno, Cresfontes y Aristodemo, quienes, habiéndose asociado con los dorios, entraron con ellos en la patria de sus antecesores, de la cual arrojaron a los descendientes de Agamenón y de Néstor. Argos tocó en suerte a Témeno, la Mesenia a Cresfontes, y Eurístenes y Procles, hijos de Aristodemo, reinaron en Lacedemonia.

Poco tiempo después atacaron los vencedores a Codro, rey de Atenas, que había dado asilo a sus enemigos. Este príncipe, habiendo sabido que el oráculo prometía la victoria al ejército que perdiese su general en la batalla, se expuso voluntariamente a la muerte, y este sacrificio inspiró tal ardor a sus tropas que derrotaron a los Heráclidas (año 1092 antes de J. C.).

Aquí terminan los siglos llamados heroicos, cuya historia solo ofrece una mezcla confusa de verdades y mentiras, de tradiciones respetables y de imágenes risueñas inventadas por los poetas, que eran entonces los únicos historiadores de la Grecia y aun sus únicos teólogos. Las metáforas con que adornaron sus poemas fueron admirables, particularmente por su novedad, y la lengua, llegando a ser poética, produjo a un tiempo mismo el sistema más absurdo y maravilloso.

ESTABLECIMIENTO DE LOS JONIOS EN EL ASIA MENOR.

El Ática, y los países comarcanos estaban entonces sobrecargados de habitantes, y las conquistas de los Heráclidas habían hecho refluir en ella la nación entera de los jonios, que ocupaban doce ciudades en el Peloponeso. Los hermanos de Medonte, que reinaba en Ática, condujeron a aquellos extranjeros a las ricas campiñas donde termina el Asia, a la parte opuesta de Europa. Esta colonia a favor de las conquistas que hizo entre los bárbaros se vio muy pronto dueña de tantas ciudades como tenía en el Peloponeso, entre las cuales sobresalían Mileto y Éfeso, y todas ellas compusieron por su unión el cuerpo jónico.

Medonte transmitió a sus descendientes la dignidad de arconte, cuyo ejercicio limitaron después los atenienses al espacio de diez años, y por último la dividieron entre magistrados anuales, que conservaron también el nombre de arcontes.

Estas son las novedades que nos presenta la historia de Atenas desde la muerte de Codro hasta la primera olimpiada, en el espacio de trescientos dieciséis años. Durante la calma que reinó en el Ática en aquel largo transcurso de tiempo, se vieron florecer tres hombres, los más grandes que jamás existieron: Homero, Licurgo, y Aristómenes.

HOMERO.

(Hacia el año 900 antes de J. C.) Floreció Homero cerca de cuatro siglos después de la guerra de Troya. En aquel tiempo era ya conocido Orfeo, Lino, Museo y otros muchos poetas, cuyas obras se han perdido. Acababa de entrar también en la carrera Hesíodo, que con un estilo lleno de dulzura y armonía describió las genealogías de los dioses, los trabajos del campo y otros asuntos y objetos, a los cuales supo hacer interesantes.

Homero, en su Ilíada y su Odisea, se hizo superior a todos los poetas conocidos hasta entonces, y aun a aquellos que después han escrito. En el primero de estos poemas describió algunos pasajes de la guerra de Troya, y en el segundo la vuelta de Odiseo a sus estados.

Insultado Aquiles por Agamenón durante el sitio de Troya, se retiró a su campo, y en su ausencia Héctor, a la cabeza de los troyanos, consiguió ventajas sobre los griegos, persiguiéndolos hasta sus tiendas y quitando la vida a Patroclo en un combate. Aquiles, hasta entonces inflexible a los ruegos de los jefes del ejército griego, vuela de nuevo a la pelea, venga la muerte de su amigo dándosela al general troyano, dispone sus funerales y restituye al desgraciado Príamo el cuerpo de su hijo Héctor. Estos hechos ocurridos en muy pocos días, dieron campo bastante para la Ilíada. Al componerla, Homero se sujetó al orden histórico, pero a fin de dar mayor brillo a su relación, supuso que desde el principio de la guerra los dioses estaban divididos entre griegos y troyanos, y para hacerla aún más interesante, puso las personas en acción, con sumo arte y elocuencia.

Diez años habían transcurrido desde que Odiseo dejó las costas de Ilión. Disipaban sus bienes infames usurpadores, y querían obligar a su desolada esposa a contraer segundas nupcias, y hacer una elección que ya no podía diferir. En este momento se abre la escena de la Odisea: Telémaco, hijo de Odiseo, va al continente de la Grecia a preguntar a Néstor y Menelao sobre la suerte y paradero de su padre. Durante su mansión en Lacedemonia, parte Odiseo de la isla de Calipso, y una tempestad le arroja a la isla de los feacios, próxima a Ítaca. Allí refiere al príncipe reinante los prodigios de que ha sido testigo, los males y contratiempos que ha sufrido y logra socorros para volver a sus estados. Llega, se da a conocer a su hijo, y acuerda con él las medidas convenientes para vengarse de sus comunes enemigos. La acción de la Odisea no dura más de cuarenta días.

Cuando Licurgo se dejó ver en Jonia, apenas eran conocidas la Ilíada y la Odisea, pero aquel legislador, descubriendo lecciones de sabiduría en lo que el vulgo no veía más que ficciones agradables, copió los dos poemas y con ellos enriqueció su patria. De allí se comunicaron a los griegos, y entonces se vieron cantores, conocidos bajo el nombre de rapsodas, sacar fragmentos de aquellos escritos y recorrer la Grecia, que absorta los escuchaba. Como quiera que esta costumbre alteraba y destruía la estructura de los poemas, Solón prohibió a muchos rapsodas el que se apartasen del texto de Homero, interrumpiéndole por tomar hechos aislados, y les prescribió que siguiesen en sus relaciones el orden que el autor había observado. Después de Solón, Pisístrato e Hiparco, su hijo, observando muchas alteraciones introducidas en los poemas por un efecto del entusiasmo de aquellos que los cantaban o interpretaban públicamente, hicieron restablecer el texto en su pureza, valiéndose para ello de hábiles gramáticos.

Aumentose la gloria de Homero a proporción que se iban conociendo más y mejor sus obras, y que se estaba en mayor disposición de apreciarlas. Dispútanse muchas ciudades el honor de ser su patria nativa; otros le han consagrado templos, y sus versos resuenan por toda la Grecia, siendo el ornato y el brillo de sus fiestas. En ellos es donde los mejores autores han hallado la mayor parte de las bellezas que sembraron en sus escritos, y donde el escultor Fidias y el pintor Eufránor aprendieron a representar dignamente al soberano de los dioses.

Sean rígidos enhorabuena contra los defectos de Homero aquellos que pueden resistir a sus bellezas, porque, a la verdad, ¿por qué disimularlo? Unas veces descansa y otras dormita, pero su reposo es como el del águila que, después de haber recorrido por los aires sus vastos dominios, cae fatigada sobre una alta montaña, y su sueño parece al de Zeus que despierta lanzando el rayo, según el mismo Homero.

SEGUNDA PARTE.

Hablando con exactitud, la historia de los atenienses no empieza hasta cerca de ciento cincuenta años después de la primera olimpiada. Así pues, podemos dividirla en tres épocas, marcadas por caracteres particulares: a la primera denominaremos el siglo de Solón o de las leyes; a la segunda, el de Temístocles y Arístides, que es el de la gloria; y a la tercera, el de Pericles, que es el de las artes.

SECCIÓN PRIMERA.

Siglo de Solón, desde el año 630 hasta el 490 antes de J. C.

Estaba gobernada la república por nueve arcontes o magistrados anuales, cuya autoridad no era suficiente para mantener la tranquilidad en el estado; y el Ática estaba dividida en tres facciones, que eran la de los pobres, la de los ricos, y la de los habitantes en las costas. Los primeros estaban por la democracia, los segundos por la oligarquía, y los terceros, dados a la marina y al comercio, querían un gobierno mixto, que les asegurase sus posesiones con la independencia. En tal estado de cosas las leyes antiguas carecían de vigor, y la licencia quedaba impune o solo se la imponían penas arbitrarias.

DRACÓN.

En esta anarquía, que amenazaba al estado su próxima ruina, fue escogido Dracón para tratar del arreglo de toda la legislación, extendiéndola y aplicándola hasta los más leves pormenores. Este legislador compuso un código de leyes y de moral por el cual se lisonjeaba de poder formar hombres libres y virtuosos; pero la extremada severidad de sus leyes solo hizo descontentos, cuyas murmuraciones le obligaron a retirarse a la isla de Egina, donde murió de allí a poco tiempo. Había dado en sus leyes un testimonio de su genio, que las hizo tan severas como lo fue siempre su carácter. La muerte es la pena que impone a la ociosidad, y la única que aplica tanto a los crímenes más leves, como a las maldades más atroces.

Como no había tocado a la forma de gobierno, se aumentaron de día en día las disensiones intestinas después de su ausencia. Uno de los principales ciudadanos, llamado Cilón, se apodera entonces de la autoridad, le sitian en la ciudadela, y evita, en fin, con la fuga el suplicio que le aguardaba. Mas sus cómplices son extraídos del templo de Atenea, donde tomaron asilo, y al punto fueron degollados contra la palabra que se les dio de perdonarles la vida. Esta perfidia de los vencedores excitó la indignación general. Poco después se recibió la noticia de que los megarenses se habían apoderado de Nisea y de la isla de Salamina, y casi al mismo tiempo propagose por toda la ciudad una enfermedad epidémica.

EPIMÉNIDES.

En aquellas tristes circunstancias en que las imaginaciones estaban poseídas de un terror pánico, se consultó a los oráculos y adivinos, y oída su respuesta hicieron venir de Creta a Epiménides, mirado en su tiempo como un hombre que tenía comunicación con los dioses, y adivinaba lo futuro. Recibiole Atenas con aquel entusiasmo que inspiran la esperanza y el temor a un mismo tiempo en tales circunstancias. Después de haber hecho sacrificios en nuevos templos y sobre nuevos altares, aprovechose Epiménides de su ascendiente para hacer innovaciones en las ceremonias religiosas, y mediante una multitud de reglamentos trató de reducir a los atenienses a principios de unión y de equidad. Marchó, en fin, cubierto de gloria, honrado con el sentimiento del pueblo, que lloraba su ausencia, y rehusando admitir presentes considerables, únicamente pidió un ramo de olivo consagrado a Atenea. Poco tiempo después de su marcha volvieron a encenderse con más furor las disensiones civiles.

LEGISLACIÓN DE SOLÓN.

(Año 514 antes de J. C.) Para sostener al estado cuando amenazaba su ruina, la voz unánime elevó a Solón a la dignidad de primer magistrado, de legislador, y de árbitro soberano. Descendía de los antiguos reyes de Atenas; aplicose desde su juventud al comercio y viajó después por varios países para aumentar sus conocimientos.

El depósito de estos se hallaba entonces en manos de algunos hombres virtuosos, conocidos bajo el nombre de sabios, y distribuidos en diferentes países de la Grecia. Su único estudio se dirigía a conocer al hombre según lo que es, lo que debe ser y cómo se le debe instruir y gobernar. Enlazados con una amistad íntima, se reunían algunas veces en un mismo lugar para comunicarse sus luces, y ocuparse en los intereses de la humanidad. En estas augustas reuniones se veían Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Cleóbulo de Lindos, Milón de Quíos, Quilón de Lacedemonia y Solón de Atenas, que era el más ilustre de todos. Al número de estos sabios se puede añadir el antiguo Anacarsis, quien atrajo a Grecia desde lo interior de la Escitia la fama de la reputación de aquel país. A los conocimientos que Solón adquirió con el trato de aquellos sabios reunía talentos distinguidos, siendo uno de ellos el de la poesía, que recibió al nacer y cultivó hasta su edad más avanzada, pero siempre sin esfuerzos ni pretensiones. En los últimos años de su vida inventó pintar en un poema las revoluciones acontecidas en nuestro globo, y las guerras de los atenienses contra los habitantes de la isla atlántica, situada más allá de las columnas de Heracles, sumergida después por los mares.

El primer acto de autoridad que ejerció, cuando se vio a la cabeza de la república, fue el de conciliar los intereses de los ricos y de los pobres, rehusando el repartimiento de las tierras que estos pedían a gritos. En este apuro, Solón abolió las deudas particulares, anuló todos los actos que comprometían la libertad del ciudadano y negó el repartimiento de las tierras. Ricos y pobres murmuraban al principio, creyendo que todo lo habían perdido porque no lo habían logrado todo; pero viendo en breve renacer la industria, restablecerse la confianza y volver en fin al seno de su patria tantos infelices alejados de ella por la crueldad de los acreedores, admiraron la sabiduría de su legislador y le concedieron nuevos poderes, de que se aprovechó para revisar las leyes de Dracón, dejando intactas las concernientes al homicidio.

Alentado Solón con éxito tan feliz, acabó la obra de su legislación y, prefiriendo a cualquiera otro el gobierno que entonces existía, se ocupó lo primero de tres objetos esenciales cuales eran el de la asamblea de la nación, la elección de magistrados y el arreglo de los tribunales de justicia.

Instituyose que el supremo poder residiese en las asambleas, a donde todos los ciudadanos tendrían derecho de asistir, y que en ellas se decidiría sobre la paz y la guerra, las leyes, los impuestos y todos los grandes intereses del estado.

Para dirigir a la multitud en sus deliberaciones, estableció un senado compuesto de cuatrocientos individuos, sacados de las cuatro tribus que componían entonces el Ática. Estos cuatrocientos individuos fueron como diputados y representantes de la nación. A toda decisión del pueblo debía preceder un decreto del senado: instituyose también que los primeros opinantes en la asamblea popular tuviesen la edad de cincuenta años cumplidos, y que todo orador, antes de hablar sobre los asuntos públicos, sufriese un examen que versaría sobre su conducta; se dio permiso en fin a todo ciudadano para perseguir en justicia al orador que se hubiese valido de artificios y de amaños para ocultar en este examen la irregularidad de sus costumbres y de su conducta.

Dejó Solón a la asamblea general el poder de elegir los magistrados, y el de hacerse dar cuenta de su administración. Esto no obstante, juzgó también conveniente el dejar las magistraturas en manos de los ricos, que las habían tenido hasta entonces, fundándose en que así las haría más respetables a la multitud. Después llegaron a ser anuales; las principales dependieron de la elección y las demás fueron dadas por suerte.

Los nueve magistrados o arcontes presidían los tribunales, de cuyos juicios o sentencias se apelaba a los tribunales superiores. Para proveer los empleos de todos estos, decidió Solón que todos los ciudadanos sin distinción se presentasen a llenar las plazas de jueces, y que entre ellos decidiese la suerte. Tenía Atenas en el Areópago un tribunal respetado del pueblo por sus luces y su antigüedad. Para conciliarle aún más respeto e instruirle a fondo de los intereses públicos, quiso que los arcontes, al cesar en su empleo, fuesen contados en el número de los senadores, después de un maduro examen. De esta suerte, el senado del Areópago y el de los cuatrocientos se hacían dos contrapesos muy poderosos para poner la república a cubierto de las tempestades que suelen amenazar a los estados; pues el primero reprimía las tentativas de los ricos, y el segundo enfrenaba los excesos de la multitud.

Estas disposiciones fueron sostenidas por varias leyes, siendo una de las más notables la que imponía penas contra los ciudadanos que en las turbulencias del estado no se declarasen por alguno de los partidos. Con está disposición admirable se proponía el legislador sacar a los hombres de bien de una inacción funesta, echarlos en medio de las facciones y salvar el estado con el ascendiente y la fuerza de la virtud. Por otra ley se condena a muerte a todo súbdito convencido de haber querido apoderarse de la autoridad soberana. Últimamente, en el caso de que uno u otro gobierno se elevase sobre las ruinas del popular, los magistrados deben hacer dimisión de sus empleos y a todo súbdito será lícito quitar la vida, no solo a un usurpador de la autoridad suprema y a sus cómplices, sino también al magistrado que continúe en sus funciones después de la usurpación del gobierno. Tal es en compendio la república de Solón.

A estas disposiciones fundamentales siguió un código de leyes criminales y civiles, según las cuales el ciudadano debe ser considerado bajo tres aspectos, a saber: 1.º en su persona, como que hace parte del estado; 2.º en la mayor parte de las obligaciones que contrae como individuo de una familia, que pertenece también al estado; y 3.º en su conducta, como miembro de una sociedad, cuyas costumbres constituyen la fuerza del estado mismo.

Para dar una idea de su legislación bajo estos tres puntos de vista, basta referir aquí algunas disposiciones generales.

Cuando un ateniense intenta quitarse la vida, se hace reo del estado, porque le priva de un individuo; en este caso se enterraba separada su mano, y esta circunstancia era una afrenta. Pero si atentase contra la vida de su padre, las leyes guardan silencio contra esta atrocidad: así inspiraba Solón más horror a semejante crimen, suponiendo que no estaba en el orden de las cosas posibles el cometerle. Imponiendo la nota de infame al hombre ocioso, dispuso también Solón que el Areópago indagase el modo de vivir y proveer a su subsistencia cada particular; a todos ellos les permite ejercer artes mecánicas, y al que no ha cuidado de enseñar un oficio a su hijo, le priva del derecho de los socorros que como padre debía esperar de él en su vejez.

El que se hace famoso por la depravación de sus costumbres, cualquiera que sea su estado, su clase y su talento, queda excluido del sacerdocio, de la magistratura, del senado y de la asamblea general; no podrá hablar en público, ni ser encargado de una embajada, ni tener tampoco asiento en los tribunales; y si ejerciere alguna de estas funciones, será acusado criminalmente y sufrirá las penas prescritas por las leyes.

Las de Solón no debían conservar su fuerza más de un siglo, cuyo término señaló para no irritar a los atenienses con la perspectiva de un yugo eterno. Cuando ya fueron meditadas detenidamente, viose Solón rodeado de una multitud de importunos que le aburrían con preguntas, consejos, alabanzas o vituperios. Habiendo apurado todos los medios de suavidad y paciencia, y comprendiendo que el tiempo era lo único que podía consolidar su obra, tomó la resolución de ausentarse por diez años, y por un juramento personal obligó a los atenienses a que no tocasen a sus leyes hasta su vuelta.

Fue al Egipto, donde trató con aquellos sacerdotes que se creen tener en sus manos los anales del mundo, y de allí pasó a Creta, donde instruyó al soberano de un reducido país en el arte de reinar y dio su nombre a una ciudad, cuya dicha había procurado.

A su vuelta encontró a los atenienses muy próximos a caer de nuevo en la anarquía, y, siendo acogido con los más distinguidos honores, se aprovechó de estas favorables disposiciones para calmar la agitación de los partidos. Al principio se creyó poderosamente ayudado por Pisístrato; pero no tardó en conocer que este diestro político ocultaba una ambición sin límites bajo una moderación fingida.

PISÍSTRATO.

Jamás hubo hombre alguno que reuniese más circunstancias que este para cautivar los corazones, pues se hallaba dotado de un nacimiento ilustre y de grandes riquezas; de un valor acreditado, un aspecto y presencia que infundían respeto, una elocuencia persuasiva y un entendimiento abundante en dotes naturales e ilustrado con el estudio. Con tan grandes ventajas que le hacían accesible a los menores ciudadanos y les prodigaba los consuelos y socorros con que el hombre se granjea el afecto y la voluntad de sus semejantes. Así es que, haciéndose con su conducta el ídolo de la multitud, creyó poder elevarse fácilmente al poder soberano, y para ello se valió de la estratagema siguiente.

Preséntase un día en la plaza pública acribillado de heridas que se había hecho él mismo, e implora la protección del pueblo. Convócase la asamblea; muestra ante ella sus heridas, y acusa al senado, tanto como a los cabezas de las demás facciones, de haber querido quitarle la vida. Óyense gritos a su favor por todas partes, y los principales ciudadanos callan o temen. Solón indignado de su cobardía, trata de inspirarles serenidad y valor, pero su voz, ya débil por la edad, es sofocada por los gritos sediciosos de la multitud preocupada, y la asamblea termina concediendo a Pisístrato una guardia de satélites encargados de custodiar su persona. Haciendo uso de esta fuerza, apodérase luego de la ciudadela, desarma al pueblo, y usurpa la soberanía.

Solón, aunque consultado varias veces por el usurpador, a quien no dejaba de dar pruebas de deferencia y de respeto, no sobrevivió mucho tiempo a la esclavitud de su patria.

Treinta y tres años transcurrieron desde esta revolución hasta la muerte de Pisístrato; pero se vio obligado por dos veces a dejar el Ática, en fuerza del crédito de sus adversarios, y no estuvo más de diecisiete años al frente del gobierno. Esto no obstante, antes de su muerte tuvo el consuelo de ver establecida su autoridad en su familia.

Preciso es hacerle justicia confesando que, mientras estuvo al frente de la administración, consagró sus días a la utilidad pública, señalándolos con nuevos beneficios o con nuevas virtudes. Como no temía los progresos de las luces, publicó una nueva edición de las obras de Homero, y formó para el uso de los atenienses una biblioteca compuesta de los mejores libros conocidos hasta entonces.

Justo será también añadir algunos rasgos que manifiestan su grandeza de alma. Jamás incurrió en la debilidad de vengarse de los insultos que le hicieron. Habiendo asistido su hija a una ceremonia religiosa, acercose a ella y le dio un abrazo un joven que la amaba con pasión, y poco tiempo después intentó robarla. Pisístrato respondió a su familia que le incitaba a la venganza: «Si aborrecemos a las personas que nos aman, ¿qué haremos con aquellas que nos aborrecen?». Y luego se la dio al joven por esposa. En fin: algunos de sus amigos, resueltos a separarse de su obediencia, se retiraron a una plaza fuerte, y habiéndolos él seguido inmediatamente con algunos esclavos que llevaban su equipaje, le preguntaron los conjurados cuál era su designio, a lo cual respondió: «Es preciso que me persuadáis a quedarme con vosotros, o que yo os persuada a que volváis conmigo». Estas palabras bastaron para reducirlos otra vez a su obediencia.

Sucedieron a Pisístrato sus dos hijos, Hipias e Hiparco, que, aunque con menos prendas, gobernaron con igual sabiduría; pero desgraciadamente el segundo cometió una injusticia de la cual fue víctima.

Harmodio y Aristogitón, dos jóvenes atenienses, unidos con amistad íntima, habiendo recibido una injuria difícil de olvidar, juraron quitar la vida a Hiparco y a su hermano. El día en que se celebraba la fiesta de las Panateneas, encubrieron sus puñales con ramos de mirto y se fueron a un sitio donde ambos príncipes ordenaban una procesión que debían conducir al templo de Atenea, y acercándose a Hiparco le clavan el puñal en el corazón. Muere también Harmodio en el acto a manos de los satélites del príncipe, y Aristogitón, arrestado casi al mismo instante, es llevado al tormento: nombra cómo cómplices a los más fieles partidarios de Hipias, y sin tardanza fueron llevados al cadalso.

Desde entonces Hipias solo se hizo memorable por medio de injusticias; pero de allí a tres años le obligó a abdicar el trono Clístenes, jefe de los Alcmeónidas, familia poderosa de Atenas siempre enemiga de los Pisistrátidas, el cual había reunido bajo su mando a los descontentos y logró que le socorriesen los lacedemonios. Hipias, después de haber andado errante algún tiempo con su familia, se acogió a la protección de Darío, rey de los persas, y pereció en fin en la batalla de Maratón.

Después de la expulsión de los Pisistrátidas, Clístenes, a fin de conciliarse la adhesión del pueblo, dividió en diez tribus las cuatro que desde Cécrope comprendían los habitantes del Ática, y anualmente se sacaban a la suerte de cada tribu cincuenta senadores, llegando así el número de estos a quinientos. Estas diez tribus, cual otras tantas repúblicas pequeñas, tenían cada una su presidente, sus empleados, sus tribunales y sus intereses. Desde esta época hasta la corrupción de las costumbres de los atenienses apenas transcurrió medio siglo.

SECCIÓN SEGUNDA.

Siglo de Temístocles y de Arístides, desde el año 490 hasta el 444 antes de J. C.

Darío 1.º, rey de Persia, acababa de volver de la funesta expedición que emprendió para subyugar a los escitas, cuando las ciudades de Jonia, queriendo recobrar su libertad perdida por las conquistas de Ciro, expulsaron a sus gobernadores, incendiaron la ciudad de Sardes, capital del antiguo reino de Lidia, y envolvieron en su revolución a los pueblos de Caria y de la isla de Chipre. Los lacedemonios tomaron el partido de no acceder a esta liga, y los atenienses el de favorecerla sin declararse abiertamente; bajo este plan enviaron a Jonia algunas tropas que contribuyeron a la toma de Sardes, y los eretrios de la Eubea siguieron inmediatamente su ejemplo.

El principal autor de esta sublevación fue Histieo de Mileto, que, desterrado en Susa, corte de Persia, e impaciente por volver a su patria, se valió de las turbulencias que en ella excitó bajo mano para que le alzasen el destierro. Mas no quedó su traición impune por mucho tiempo, pues fue cogido con las armas en la mano y los generales de Darío le dieron muerte al punto.

Luego que Darío tuvo noticia del incendio de Sardes, juró vengarse de la revolución de los jonios y de la conducta de los atenienses; pero, antes de hostilizar a estos, dirigió sus armas contra los primeros. Esta guerra, que duró algunos años, terminó con la sumisión entera de la Jonia, la conquista de muchas islas del mar Egeo y de todas las ciudades del Helesponto.

Darío, antes de romper abiertamente con la Grecia, envió por todas partes heraldos o reyes de armas pidiendo la tierra y el agua: esta era la fórmula que usaban los persas para exigir tributo y homenaje de las naciones. La mayor parte de las islas y de los pueblos del continente lo dieron sin titubear; pero los lacedemonios y atenienses no solamente lo negaron, sino que, con una violación manifiesta del derecho de gentes, arrojaron a los embajadores del rey en una profunda fosa. Los primeros llevaron aún a más extremo su indignación, pues condenaron a muerte al intérprete que había manchado la lengua griega explicando las órdenes de un bárbaro.

Así que Darío recibió esta noticia, dio el mando de sus tropas a un medo llamado Datis, con orden de destruir las ciudades de Atenas y Eretria y de traerle los habitantes encadenados.

Juntose el ejército y, embarcado en seiscientos bajeles, pasó luego a la isla de Eubea. La ciudad de Eretria fue tomada por la traición de algunos ciudadanos, después de haberse defendido vigorosamente durante seis días; sus templos fueron arrasados y sus moradores cargados de cadenas. La escuadra victoriosa, habiendo aportado luego a las costas del Ática, desembarcó cien mil infantes y diez mil caballos cerca del pueblo de Maratón, distante de Atenas unas seis leguas. A la noticia de este desembarco los atenienses, consternados, imploraron el socorro de los pueblos vecinos, y los lacedemonios fueron los únicos que les prometieron tropas: pero varias circunstancias imprevistas impidieron su pronta reunión a los atenienses.

Por fortuna se dejaron ver entonces tres hombres destinados a dar un nuevo vuelo a los sentimientos y al entusiasmo patrio. Estos eran Milcíades, Arístides y Temístocles. El primero había militado mucho tiempo en Tracia, donde había adquirido una reputación esclarecida; basta un rasgo solamente para pintar a Arístides: fue el ateniense más justo y más virtuoso. Muchos serían necesarios para explicar sus talentos, los recursos y las altas miras de Temístocles.

Inflamados de amor patrio con el ejemplo y los discursos de estos tres ilustres ciudadanos, cada una de las diez tribus presentó mil infantes con un capitán al frente, pero fue no obstante necesario alistar esclavos para completar su número. Luego que estas tropas estuvieron reunidas, salieron de la ciudad y bajaron a la llanura de Maratón, donde los habitantes de Platea, en Beocia, les enviaron un refuerzo de mil infantes.

Apenas estuvo este corto ejército en presencia del enemigo, cuando Milcíades propuso atacarle. Para asegurar el éxito, Arístides y los demás generales dieron a Milcíades el mando que cada uno tenía por turno; mas él, a fin de ponerlos al abrigo de los acontecimientos, esperó a que llegase el día en que le tocaba de derecho ponerse al frente del ejército. Luego que hubo llegado, ordenó sus tropas al pie de un monte en un sitio cubierto de árboles, que debían detener la caballería persa, mediando un espacio de ocho estadios (o sean 760 toesas) entre el ejército de los griegos y el de los persas.

A la primera señal del combate, los atenienses atravesaron corriendo esta distancia, y los persas, admirados de un modo de atacar tan extraño, permanecen al principio inmóviles; pero en breve oponen al furor impetuoso de sus enemigos un furor más tranquilo y no menos temible. Después de algunas horas de combate obstinado, las dos alas del ejército de los griegos empiezan a fijar la victoria derrotando las de los persas que se les oponen, y decídese en fin cuando en seguida se dirigen contra el centro del enemigo, que acosaba al cuerpo de batalla mandado por Arístides y Temístocles.

Los persas, rechazados por todas partes, huyen hacia su escuadra; el vencedor los persigue a sangre y fuego; prende, quema, echa a pique muchas de sus naves, y sálvanse las demás a fuerza de remos.

Milcíades salió herido, e Hipias y dos generales atenienses perecieron en el combate. Apenas se había decidido la victoria, cuando un soldado rendido de cansancio, concibió el proyecto de llevar a los magistrados de Atenas la primera noticia de este suceso: cargado de sus armas, corre, vuela, llega, anúnciales la victoria, y cae muerto a sus pies.

Esta gran batalla se dio en el tercer año de la olimpiada setenta y dos, día 29 de septiembre del año 490 antes de J. C. Al día siguiente llegaron al campo de los atenienses dos mil espartanos que habían andado en tres días con sus noches 1200 estadios (cerca de 46 leguas y media) y no se retiraron hasta después de dar a los vencedores los elogios merecidos.

Nada omitieron los atenienses para eternizar la memoria de los héroes que murieron en el combate. Hiciéronseles honrosas exequias, y fueron grabados sus nombres en medias columnas levantadas en la llanura de Maratón, y un hábil artista pintó circunstanciadamente la batalla en uno de los pórticos más frecuentados de la ciudad: allí representó a Milcíades a la cabeza de los generales, en el momento de exhortar las tropas del combate.

No tardaron los atenienses en vengarse ellos mismos de Darío. Habían elevado tanto a Milcíades que empezaron a temerle: los que envidiaban sus glorias representaban que mientras mandaba en Tracia había ejercido todos los derechos de la soberanía, y que era tiempo de estar alerta tanto sobre sus virtudes como sobre su gloria. El mal éxito de una expedición que dirigió contra la isla de Paros dio nuevo pretexto al encono de sus enemigos. Acusáronle de haberse dejado corromper por el oro de los persas, y, a pesar de las declamaciones y solicitudes de los más honrados ciudadanos, fue condenado a ser arrojado en la fosa donde hacían perecer a los malhechores. Opúsose el magistrado a la ejecución de esta sentencia y fue conmutada la pena en una multa de cincuenta talentos (1.005.882 reales); pero no hallándose en disposición de poderla pagar, se vio al vencedor de Darío expirar entre cadenas en una prisión, de resultas de las heridas que había recibido en defensa de la patria.

TEMÍSTOCLES Y ARÍSTIDES.

Estos dos ilustres atenienses tomaban sobre sus conciudadanos aquel ascendiente que el uno merecía por sus varios y apreciables talentos, y el otro por la diversidad de su conducta, enteramente consagrada al bien público. Opuestos ambos en principios y en proyectos, llenaban de tal modo la plaza pública con sus divisiones que un día Arístides, después de haber conseguido una ventaja sobre su adversario, no pudo desentenderse de decir «que la república perecía si no le echaban a él y a Temístocles en una fosa profunda».

He aquí un rasgo que da a conocer perfectamente la diferencia de carácter de estos dos atenienses. Anunció Temístocles públicamente que había formado un proyecto importante, cuyo buen éxito dependía de un secreto el más impenetrable; y el pueblo respondió: «Sea Arístides el depositario de ese secreto, y nos conformamos con su parecer». Llamó a este aparte Temístocles y le dijo: «La escuadra de nuestros aliados está tranquila en el puerto de Pagasas; propongo que la incendiemos y seremos dueños de la Grecia». «Atenienses», dijo entonces Arístides, «nada hay tan útil como el proyecto de Temístocles, pero nada tan injusto». «Lo reprobamos pues», contestaron a una voz los de la asamblea.

Al fin triunfaron de la intriga el talento y la virtud. Como quiera que Arístides se conducía cual un árbitro en las discordias de los particulares, la reputación de su equidad hizo que estuviesen desiertos los tribunales de justicia. Acusole la facción de Temístocles de que establecía una realeza tanto más temible cuanto que estaba fundada en el amor del pueblo, y concluyó pidiendo que se le impusiese la pena de destierro. Estaban juntas las tribus que debían dar su voto por escrito, y Arístides asistía al juicio. Un ciudadano oscuro, que estaba sentado junto a él, le suplicó que le escribiese el nombre del acusado en una conchita que le presentó. «¿Os ha hecho algún agravio?», preguntó Arístides. «No», contestó el incógnito, «pero estoy fastidiado de oírle llamar por todas partes el Justo». Arístides escribió entonces su nombre, fue condenado y salió de la ciudad deseando el bien de su patria.

Siguiose a su destierro la muerte de Darío. Jerjes, hijo y sucesor de este príncipe, se dejó fácilmente persuadir de Mardonio, su cuñado, para que reuniese la Grecia y la Europa entera al imperio de los persas: declarose la guerra y toda el Asia se conmovió. Se emplearon cuatro años en levantar tropas y hacer grandes preparativos, y cuando estuvieron acabados, salió de Susa el rey y fue a Sardes, en Lidia, desde donde envió reyes de armas a toda la Grecia, excepto al país de los lacedemonios y atenienses.

En la primavera del año cuarto de la olimpiada setenta y cuatro (480 años antes de J. C.), llegó Jerjes con un ejército a las orillas del Helesponto, y queriendo recrearse en el espectáculo de su poder, subió a un trono elevadísimo, y desde allí vio la mar cubierta de sus naves, y la campiña de sus tropas. En aquel paraje solamente está separada de la Europa la costa de Asia por un brazo de mar de siete estadios de anchura, o sea un cuarto de legua. Dos puentes de barcas fuertemente ancladas, unieron las costas opuestas; pero habiendo destruido esta obra una tempestad, Jerjes mandó cortar la cabeza a los obreros, y queriendo tratar a la mar como esclava, mandó también que la azotasen con látigos, que la marcasen con un hierro ardiendo, y que echasen al fondo un par de cadenas. Su ejército, que se componía de un millón setecientos mil infantes y ochenta mil caballos, gastó siete días y siete noches en pasar el estrecho, y sus bagajes un mes entero. Habiendo llegado a la llanura de Dorisco, regada por el Hebro, revistó sus tropas y pasó luego a su escuadra, que siendo compuesta de mil doscientas siete galeras de tres órdenes de remos, podía llevar lo menos doscientos cuarenta mil hombres. A estas fuerzas, traídas del Asia, se juntaron en breve trescientos mil combatientes, sacados de muchas regiones europeas sometidas al rey de Persia.

Después de haber pasado Jerjes revista a sus tropas de mar y tierra, consultó con el rey Demarato que, desterrado de Lacedemonia algunos años antes, había hallado un asilo en la corte de Susa; pero quedando poco satisfecho de las respuestas de este espartano, dio sus órdenes y el ejército se puso en marcha dividido en tres columnas, una de las cuales seguía la costa. Las naves todas cargadas de víveres iban costeando y reglaban sus movimientos por los del ejército que marchaba hacia la Tesalia, talando las campiñas, y consumiendo en un día las cosechas de muchos años. El monte Atos se prolonga dentro del mar formando una península, y este obstáculo retardaba la navegación de la escuadra que debía doblarle, mandó Jerjes que se abriese un paso por aquel istmo, y una multitud de obreros lo ejecutó ocupando mucho tiempo en hacer un canal, por el cual pasó la escuadra a dos galeras de frente.

Viendo cercano el riesgo que les amenazaba, trataron los lacedemonios y atenienses de formar una liga general de todos los pueblos de la Grecia; convocaron una dieta en el istmo de Corinto y enviaron de ciudad en ciudad diputados encargados de difundir e inspirar por allí el entusiasmo y ardor de que ellos estaban animados. Mas sus esfuerzos no tuvieron el éxito deseado, porque los argivos, debilitados con las pérdidas considerables que habían tenido en una guerra contra Lacedemonia, permanecieron tranquilos hasta que por último estuvieron secretamente en correspondencia con Jerjes. Gelón, rey de Siracusa, no quiso darles socorros sino bajo la condición inadmisible de que él mandaría el ejército confederado, y los tesalios, en lugar de impedir el paso a los persas, resolvieron hacer convenios con ellos. De este modo no quedaba ya para la defensa de la Grecia más apoyo que el de un corto número de pueblos y ciudades, cuyas esperanzas procuraba reanimar Temístocles.

Este grande hombre había emprendido el plan de que los atenienses volviesen sus miras hacia el mar, y les persuadió a que las sumas que rendían sus minas de plata se invirtiesen en construir doscientas galeras, ya para atacar a los habitantes de la isla de Egina, con los cuales estaban en guerra, y ya para resistir un día a los persas.

Mientras que Jerjes continuaba su marcha, se resolvió en la dieta del istmo que un cuerpo de tropas capitaneado por Leónidas, rey de Esparta, se apoderase del paso de las Termópilas situado entre la Tesalia y la Lócrida, y que el ejército naval de la confederación esperase al de los persas en un estrecho formado por las costas de Tesalia y las de Eubea. Los atenienses que debían armar un número de galeras mucho más considerable que el de los lacedemonios, para evitar las consecuencias tuvieron a bien desistir de sus pretensiones al mando de la escuadra, cediéndolo a estos últimos. Eligieron por general a Euribíades, quedando sometido a sus órdenes Temístocles y los jefes de las demás naciones. Tomadas estas medidas, todas las naves se reunieron cerca de un paraje llamado Artemisio, en la costa septentrional de la Eubea.

Enterado Leónidas de la resolución de la dieta, únicamente llevó consigo trescientos espartanos, cuyos sentimientos conocía. Aquellos valientes celebraron de antemano su muerte, algunos días después, con un combate fúnebre, y terminada esta ceremonia, salieron de la ciudad, seguidos de sus parientes y amigos, de quienes recibieron eternas despedidas.

Al pasar por las tierras de los tebanos, cuya fe era dudosa, el rey de Esparta recibió de ellos cuatrocientos hombres, con los cuales fue a apostarse en las Termópilas. Llegáronle en breve incesantemente tropas, más o menos numerosas, de diferentes ciudades, y con ellas hicieron ascender sus fuerzas a más de siete mil hombres.

Apenas había tomado Leónidas estas disposiciones para oponerse al paso del inmenso ejército de Jerjes, cuando se vio a este cubrir con sus tiendas la vasta llanura de Traquinia. Espantados de este espectáculo, la mayor parte de los jefes propusieron retirarse al istmo de Corinto; pero Leónidas desechó este parecer y contentose con enviar correos para acelerar la llegada de los socorros de las ciudades aliadas.

Atónito Jerjes al ver la tranquilidad de los lacedemonios, esperó algunos días para darles tiempo a la reflexión, y al quinto escribió a Leónidas diciendo: «Si quieres someterte, te daré el imperio de la Grecia». Y Leónidas respondió: «Quiero más morir por mi patria que esclavizarla». Dirigiole Jerjes otra carta diciéndole: «Entrégame tus armas», y Leónidas escribió en el reverso: «Ven a tomarlas».

Jerjes, furioso de cólera, hizo marchar a los medos y a los sirios con orden de que cogiesen y le llevasen vivos los trescientos espartanos, a que creía estar reducidas las fuerzas de Leónidas. Fueron entonces corriendo algunos soldados de este príncipe a decirle: «Los persas están cerca de nosotros». Y él respondió fríamente: «Decid más bien que nosotros estamos cerca de ellos». Sale inmediatamente de sus atrincheramientos, con lo escogido de sus tropas, y da la señal del combate: las primeras filas de los medos caen traspasadas de heridas, y otras que las reemplazan experimentan igual suerte. Suceden nuevas tropas a las primeras, pero después de repetidos e infructuosos ataques, emprenden por fin la fuga con desorden. Avanza contra los griegos la tropa de los diez mil inmortales, hácese el combate más sangriento, y por último se retiran después de haber sufrido una pérdida horrorosa.

Al siguiente día comenzó de nuevo el combate, pero con tan poco éxito como los primeros por parte de los persas. Desesperaba ya Jerjes de forzar el paso de las Termópilas, cuando un habitante del país, llamado Epialtes, fue a descubrirle un sendero por el cual podía cercar a los griegos. Enajenado Jerjes de contento, hizo partir inmediatamente el cuerpo de los inmortales dirigido por aquel guía: favorecidos por las tinieblas de la noche, penetran por un espeso bosque y llegan hacia los sitios donde Leónidas había puesto un destacamento compuesto del contingente de los focidios. Habiéndose replegado esta tropa de bravos sobre las alturas vecinas, continúan los persas su marcha. Aquella noche supo Leónidas, por unos desertores de los persas, el proyecto de estos, y a la mañana siguiente uno de sus centinelas avanzados, que se retiró del monte, le enteró de la aproximación del enemigo. En tan crítica situación, envió fuera de los desfiladeros las tropas aliadas, y quedose únicamente con sus espartanos, y los tespienses y tebanos, que juraron no abandonarle.

Desesperando de poder defender las Termópilas, toma la audaz resolución de marchar a la tienda de Jerjes e inmolar a este príncipe o perecer en medio de su campo; lo propone a sus soldados y todos le siguen gozosos: les hace tomar una comida frugal, y añade: pronto tomaremos otra con Hades.

Próximo ya a atacar al enemigo, enterneciose en pensar en la suerte de dos espartanos parientes y amigos suyos; y habiendo dado una carta al uno, y al otro una comisión secreta para los magistrados de Lacedemonia: «No estamos aquí», le dicen ambos, «para llevar órdenes, y sí para pelear», y sin esperar respuesta fueron a colocarse en las filas que les estaban señaladas.

Salen los griegos a media noche del desfiladero, capitaneados por Leónidas; arrollan los puestos avanzados del enemigo, penetran en la tienda de Jerjes, que acaba de dejarla, entran sin detención en las inmediatas, y esparcen por todo el campamento el terror y la carnicería. Reúnense en fin los persas y atacan a sus enemigos por todas partes, y cae Leónidas bajo una nube de dardos. Después de un terrible combate, los griegos se apoderan del cuerpo de su general, rechazan por cuatro veces al enemigo, consiguen llegar al desfiladero y, saltando el atrincheramiento, van a situarse sobre la pequeña colina que está cerca de Antela. Allí, después de haberse defendido con el más heroico valor contra las tropas que los cercaban, perecieron todos a manos de sus enemigos.

Perdonad, oh sombras generosas; perdonad a la debilidad de mis expresiones. Yo os ofrecí un homenaje más digno cuando estuve en esta colina donde exhalasteis el último suspiro; y, recostado en uno de vuestros sepulcros, regué con mis lágrimas los parajes teñidos con la sangre vuestra. Hecho esto, ¿qué podría añadir la elocuencia a este sacrificio tan grande como extraordinario? Vuestra memoria subsistirá mucho más tiempo que el imperio de los persas, a quienes resististeis, y hasta el fin de los siglos vuestro ejemplo excitará en el corazón de los que aman a su patria el entusiasmo de la admiración.

El sacrificio de Leónidas y sus compañeros produjo mejor efecto que la victoria más brillante, pues enseñó a los griegos el secreto de sus fuerzas, y a los persas el de su debilidad.

Mientras Jerjes estaba en las Termópilas, su armada naval, después de haber experimentado una violenta tempestad en que se perdieron cuatrocientas galeras y muchos barcos de transporte, fue a anclar a unas dos leguas de distancia de la escuadra griega, encargada de la defensa del paso entre la Eubea y tierra firme. Al acercarse aquella, esta resolvió abandonar el estrecho, pero Temístocles la hizo detenerse allí, hasta que, habiendo sabido el paso de las Termópilas por los persas, se retiró en buen orden a la isla de Salamina.

En tanto, el ejército terrestre de los griegos se había situado en el istmo de Corinto, y solo pensaba ya en disputar la entrada en el Peloponeso. Esta medida contrariaba el sistema de defensa adoptado por Temístocles, y a fin de que renunciasen a ella los atenienses les dice que es preciso abandonar los lugares que la cólera celestial entregaba al furor de los persas; que su escuadra por sí sola es un asilo seguro, y apoya en fin sus discursos en los oráculos que ha logrado de la Pitia.

El pueblo se deja persuadir, y entonces expide un decreto mandando que la ciudad quede bajo la protección de Atenea: que todos los habitantes de armas tomar pasasen a las naves, y que cada particular cuidase de su mujer, sus hijos y sus esclavos. Ejecutose sin dilación este decreto: los soldados se embarcaron en la escuadra; los hombres de edad avanzada, las mujeres y los niños fueron conducidos en otras naves a Egina, a Trecén y a Salamina, y aquellos ancianos que por sus achaques no podían embarcarse, quedaron en la ciudad poseídos del dolor de verse separarados de sus familias desoladas.

Jerjes salía entonces de las Termópilas y entraba en la Fócida, cuyas campiñas fueron taladas y las ciudades destruidas. Sometiose la Beocia, a excepción de Platea y Tespias que fueron arrasadas.

Después de haber devastado el Ática, entraron los bárbaros en Atenas, donde solo hallaron algunos ancianos que esperaban la muerte, y un corto número de ciudadanos resueltos a defender la ciudadela. Rechazaron durante algunos días los ataques repetidos de los sitiadores, pero al fin vencieron estos, que saquearon la ciudad y la entregaron a las llamas.

Este incendio causó una impresión tan viva en el ejército de los griegos, cuya escuadra fondeaba en las costas de Salamina, a corta distancia de la de los persas, que la mayor parte de los jefes resolvieron acercarse al istmo de Corinto, donde se habían atrincherado las tropas del ejército terrestre. Debía efectuarse la marcha en el día siguiente y durante la noche, que era la del 18 al 19 de octubre del año 480 antes de J. C. Temístocles se avistó con el lacedemonio Euribíades, almirante de escuadra, y trató de disuadirle del designio de abandonar la posición que se había tomado. Euribíades convoca inmediatamente el consejo de generales, opónense todos contra el dictamen de Temístocles, y en medio de sus acaloradas y tumultuosas discusiones, el general lacedemonio levantó su bastón para herirle, pero Temístocles en lugar de irritarse por tal ultraje, le dice con serenidad: «Descarga, pero escucha». Este rasgo de grandeza de alma asombra al espartano, hace reinar el silencio, y Temístocles, recobrando su ascendiente, patentiza al consejo con razones convincentes que el interés de todos los griegos se funda en combatir a los persas en Salamina. Su discurso, y más que todo su firmeza y su serenidad, persuadieron de tal suerte a Euribíades que al punto mandó que permaneciese la escuadra cerca de las costas de Salamina.

Los mismos intereses se trataban al mismo tiempo en ambas escuadras. Jerjes, después de haber oído el dictamen de jefes de su escuadra, entre los cuales se hallaban los reyes de Sidón, de Chipre y de Tiro, Artemisia, reina de Halicarnaso, y otros muchos soberanos tributarios, mandó que avanzase la escuadra hacia la isla de Salamina, y su ejército de tierra hacia el istmo de Corinto.

Este movimiento hizo adoptar a la mayor parte de los generales de la escuadra griega el designio de ir al socorro del Peloponeso, y Temístocles, cuyo dictamen prevaleció en el consejo, despachó durante la noche un hombre encargado de anunciar de su parte a los jefes de la escuadra enemiga que una parte de los griegos, con el general de los atenienses al frente, estaban dispuestos a declararse por el rey; que los otros, sobrecogidos de espanto, trataban de hacer una pronta retirada, y que debilitados por sus divisiones, si se viesen de repente rodeados del ejército persa, serían forzados a rendir sus armas o volverlas contra ellos mismos.

Engañados los persas con esta relación, avanzan a favor de las tinieblas de la noche, y bloquean todas las salidas del estrecho por donde hubieran podido escaparse los griegos. Arístides, que poco antes había sido llamado a su patria levantándole el destierro, pasaba a la sazón desde la isla de Egina al ejército de los griegos. Advirtió el movimiento de los persas, y luego que hubo llegado a Salamina se fue al paraje donde los jefes estaban reunidos e hizo llamar a Temístocles, y le dijo: «Un solo interés debe animarnos hoy, que es el de salvar la Grecia, tú dando órdenes y yo ejecutándolas. Decid a los griegos que no se trata ya de deliberar, y que el enemigo acaba de hacerse dueño de los pasos que pudieran favorecer su fuga». Así dice, y enterado de la estratagema de Temístocles, entra en el consejo donde fue confirmada su relación por otros testigos oculares que llegaban a cada instante. Disolviose inmediatamente la junta, y solo se trató ya de prepararse para el combate.

Queriendo Jerjes animar con su presencia a su armada, se situó en una altura inmediata al estrecho, rodeado de secretarios que debían describir todas las circunstancias de la batalla, y apenas se dejó ver cuando las dos alas de su escuadra se pusieron en movimiento.

La suerte de la acción que iba a darse dependía de lo que pasase en el ala derecha de los griegos y a la izquierda de los persas, porque allí se encontraban los atenienses y fenicios, siendo mandados estos por un hermano de Jerjes. Muévense ambas escuadras: unos y otros se acometen y rechazan en el desfiladero, siendo Temístocles testigo de todos los peligros y riesgos. Se arroja en fin impetuosamente una galera ateniense sobre el almirante fenicio; el joven príncipe hermano de Jerjes se abalanza indignado sobre ella, cae al punto acribillado de heridas, y su muerte esparce la consternación entre los fenicios; reina una confusión horrible que dispersa sus naves; los chipriotas y otras naciones de oriente quieren restablecer el combate, aunque en vano, y después de una larga resistencia se dispersan como los fenicios.

Poco satisfecho aún de esta ventaja, Temístocles condujo su ala victoriosa al socorro de los lacedemonios y de los otros aliados que se defendían contra los jonios. Estos, de los cuales muchos se reunieron a los griegos durante la batalla, combatieron con mucho valor sin pensar en la retirada hasta que se vieron encima todas las fuerzas enemigas. Entonces la reina Artemisia, rodeada de las naves griegas, no titubeó en echar a pique un buque de la escuadra de Jerjes. Un capitán ateniense, que la iba al alcance, se creyó por esta maniobra que la reina desertaba del partido de los persas y dejó de perseguirla, por lo cual Jerjes, persuadido de que la nave perdida era de los griegos, no pudo menos de decir que en aquel día los hombres se habían portado como mujeres, y las mujeres como hombres.

El ejército vencido se retiró al puerto de Falero después de haber perdido un gran número de naves; al paso que la pérdida de los griegos no ascendió de cuarenta galeras.

Durante el combate, Jerjes se sintió agitado por la alegría, el temor y la desesperación. Cuando vio la derrota de su armada, cayó en un profundo abatimiento, del cual solamente volvió en sí para ordenar los preparativos de un nuevo ataque, y juntar por una calzada la isla de Salamina al continente. De ambas partes estaban preparados para nueva batalla cuando, habiendo reunido aquel príncipe sus generales, la reina Artemisia le persuadió a que dejase a Mardonio el cargo de acabar su empresa, y que él se retirase a sus estados. Abrazó este consejo y dio al momento las órdenes para que su escuadra pasase al punto al Helesponto, y que cuidase de conservar el puente de barcas; pero el ejército de los aliados, siguiendo el dictamen de Euribíades, en lugar de perseguirle fue a invernar en el puerto de Pagasas.

Algunos días después tomó el rey el camino de la Tesalia, donde Mardonio hizo tomar cuarteles de invierno a trescientos mil hombres, que había pedido y escogido de todo el ejército. Continuando Jerjes su ruta desde allí, llegó a las márgenes del Helesponto con un corto número de tropas, y encontrando el puente destruido por una tempestad, se metió como fugitivo en un esquife, seis meses después de haber pasado por allí como conquistador, y se trasladó a la Frigia para edificar y fortificar palacios.

Lo primero que hicieron los vencedores cuando ganaron la batalla, fue enviar a Delfos las primicias de los despojos enemigos que se habían repartido, y en seguida los generales se reunieron en el istmo de Corinto para conceder coronas a aquellos que más habían contribuido a la victoria. Temístocles fue conducido a Lacedemonia, y allí recibió con Euribíades una corona de olivo. Al ausentarse le colmaron de honores, regaláronle una magnífica carroza, y trescientos jóvenes a caballo, de las familias más distinguidas de Esparta, tuvieron orden de acompañarle hasta las fronteras de Laconia.

En tanto, Mardonio trataba de apartar de la liga a los atenienses, y con este designio hizo que marchase para Atenas Alejandro, rey de Macedonia, que estaba unido con aquellos por lazos de hospitalidad. Pero los esfuerzos de este embajador fueron inútiles, y Arístides hizo que la asamblea del pueblo expidiese un decreto mandando a los sacerdotes que sacrificasen a los dioses infernales todos aquellos que tuviesen inteligencias con los persas y se apartasen de la confederación con los griegos.

Sabedor Mardonio de la resolución de los atenienses, hizo marchar luego sus tropas al Ática, cuyos habitantes se habían refugiado por segunda vez en la isla de Salamina; volvió a entrar en la Beocia, cuyos pueblos, a excepción de los plateos y tespienses, se habían declarado por los persas, y estableció su campo en la llanura de Tebas, a lo largo del río Asopo, cuya orilla izquierda ocupaba hasta las fronteras del país de los plateos.

Los griegos, en número de cerca de ciento diez mil hombres, en los cuales se contaban diez mil espartanos y cinco mil atenienses, se situaron enfrente, al pie y sobre el declive del monte Citerón. Arístides mandaba los atenienses y Pausanias, rey de Esparta, todo el ejército. La dificultad de procurarse agua en presencia de la caballería de los persas, obligoles muy pronto a desfilar a lo largo del monte Citerón y entrar en el país de los plateos. No fue más pronto saber Mardonio que los griegos habían mudado de posición, retirándose al territorio de Platea, que hacer subir su ejército a lo largo del Asopo y situarle otra vez a su presencia.

Ambos ejércitos permanecieron enfrente uno de otro por espacio de once días. Al undécimo los griegos, faltos ya de provisiones y de agua, levantaron su campo durante la noche con objeto de trasladarse más lejos, estableciéndole en una isla formada por dos brazos del Asopo. Desde allí debían mandar al paso del monte Citerón la mitad de sus fuerzas para arrojar de él a los persas, que interceptaban los convoyes. Al romper el día tomaron los atenienses el camino del llano, y los lacedemonios, seguidos de tres mil tegeatas, desfilaron al pie del monte; pero habiendo estos llegado al templo de Deméter, distante diez estadios de su primera posición y de la ciudad de Platea, se detienen para esperar a uno de sus cuerpos, que había rehusado mucho abandonar su puesto, y allí los alcanza la caballería persa. Al mismo tiempo Mardonio, a la cabeza de sus mejores tropas, pasa el río, avanza con paso acelerado a ocupar el llano, y su ala derecha ataca inmediatamente a los atenienses para impedir que den socorro a los lacedemonios.

Forma Pausanias sus tropas en un terreno pendiente y desigual cerca de un arroyo y del recinto consagrado a Deméter, y se pone a consultar las entrañas de las víctimas. Como durante este intervalo quedaban sus tropas expuestas al alcance de las flechas enemigas sin atreverse a la defensa, los tegeatas, no pudiendo resistir el ardor que les animaba, se pusieron en movimiento y fueron inmediatamente sostenidos por los espartanos. Al acercarse, estrechan los persas sus filas, cúbrense con sus broqueles y forman una masa cuya espesura y el impulso de ella detienen y rechazan el furor del enemigo. Mardonio, al frente de mil soldados escogidos, hizo balancear por largo tiempo la victoria, pero cayó al fin herido mortalmente, y desde aquel momento, introduciéndose el desorden entre los persas, son arrollados y emprenden la fuga. Su caballería contuvo durante algún tiempo a los griegos victoriosos, pero no pudo impedir que llegasen al pie del atrincheramiento que Mardonio había levantado cerca del Asopo. Los atenienses, que habían tenido igual éxito en el ala izquierda, a pesar de la vigorosa resistencia de los beocios, lejos de perseguir a estos fueron a reunirse inmediatamente a los lacedemonios que atacaban el campo persa. Apodéranse de los atrincheramientos, precipítanse allí todos, y los vencidos se dejan degollar como víctimas, quedando la tierra cubierta de los ricos despojos de los persas, en cuyas tiendas resplandecía el oro y la plata. Artabazo huyó anticipadamente tomando el camino de la Fócida, y se fue al Asia donde miraron como un mérito el que salvase una parte del ejército.

Diose la batalla de Platea el 21 de septiembre del año 479 antes de J. C. Los vencedores concedieron el honor de la victoria a los plateos, poniendo así en armonía a los atenienses y lacedemonios, que se lo disputaban con acaloramiento, y después de repartido el botín, cuya décima parte quedó reservada para el templo de Delfos, concedieron toda clase de honores a los que habían perecido con las armas en la mano. Cada nación hizo levantar un monumento a sus guerreros, y Arístides hizo expedir un decreto previniendo, entre otras cosas, que los plateos fuesen considerados como una nación inviolable y consagrada a la divinidad.

En el mismo día de la batalla de Platea, la escuadra griega mandada por Leotíquidas, rey de Lacedemonia, y por Jantipo el ateniense, alcanzó una victoria señalada sobre los persas cerca del promontorio de Mícala en Jonia.

Este fue el fin de la guerra de Jerjes, conocida más bien bajo el nombre de guerra meda. Duró dos años, y los pueblos respiraron en fin. Los atenienses se restituyeron a su ciudad, reedificaron sus murallas, a pesar de las quejas de los aliados que empezaban a tener celos de la gloria de aquel pueblo, y, no obstante las representaciones de los lacedemonios, cuyo dictamen era el de desmantelar las plazas de la Grecia situadas fuera del Peloponeso, temerosos de que en una nueva invasión sirviesen de retiro a los persas. Temístocles supo conjurar hábilmente la tempestad que en esta ocasión amenazaba a los atenienses, empeñándoles además a que formasen en el Pireo un puerto guarecido de un terrible recinto, y construir cada año un cierto número de galeras.

Al mismo tiempo, una escuadra numerosa de los aliados, comandada por Pausanias, obligaba al enemigo a abandonar la isla de Chipre y la ciudad de Bizancio, situada en el Helesponto; pero estos resultados completaron la ruina de Pausanias, pues orgulloso de su gloria no se mostró ya a los ojos de los aliados sino como un duro e insolente sátrapa, y así es que se vio a los pueblos confederados proponer a los atenienses el combatir bajo sus órdenes.

Sabedores los lacedemonios de esta sublevación, llamaron luego a Pausanias, le despojaron del mando y de allí a poco tiempo le dieron muerte, mediante pruebas de que había estado en correspondencia con el rey de Persia. Este castigo no bastó para aplacar a los aliados, pues lejos de estar acordes se negaron a reconocer al sucesor de Pausanias.

En tan críticas circunstancias los lacedemonios deliberaron sobre el partido que habían de tomar. Entonces se les vio renunciar al antiguo derecho que tenían de mandar los ejércitos, y ceder a los atenienses el imperio del mar, y el cargo de continuar la guerra contra los persas.

Determinadas todas las naciones por este generoso sacrificio, pusieron sus intereses en manos de Arístides, quien, después de haber repartido con la mayor equidad las contribuciones que debían pagar aquellos pueblos, resolvió atacar sin dilación a los persas. Mientras que este ilustre ateniense se adquiría el aprecio universal, elevándose por su mérito al primer lugar entre los griegos, Temístocles se hacia odioso tanto a los lacedemonios como a los aliados: a los primeros por haber dispuesto que fuesen admitidos en la asamblea de los anfictiones los pueblos que habían abrazado el partido de Jerjes, y a los segundos por las exacciones que hacía en el mar Egeo. Quejáronse además una multitud de particulares, los unos de sus injusticias, los otros de las riquezas que había adquirido, y todos del extremado deseo que tenía de dominar. Al fin prevalecieron sobre sus servicios tantos enemigos, y, siendo desterrado, se retiró al Peloponeso; pero acusado luego de que estaba en correspondencia criminal con Artajerjes, sucesor de Jerjes, le persiguieron de ciudad en ciudad, y precisado a refugiarse entre los persas, murió muchos años después.

Los atenienses apenas conocieron esta pérdida, pues tenían a Arístides y a Cimón, hijo de Milcíades. Encargado este del mando de la escuadra griega, sale del Pireo con trescientas galeras, y obliga con su presencia y sus armas a las ciudades de Caria y de Licia a que se declaren contra los persas. Encuentra luego a la altura de la isla de Chipre la escuadra de estos últimos, echa a pique una parte de ella, y se apodera del resto. Aquella misma noche desembarca en las costas de Panfilia, ataca al ejército enemigo, lo dispersa y vuelve a su escuadra con un número prodigioso de prisioneros y de inmensos despojos.

Esta doble victoria, la conquista de la península de Tracia, que se verificó a continuación, y algunas otras ventajas de que aquellas fueron precursoras, aumentaron sucesivamente la gloria de los atenienses y las confianzas que tenían en sus fuerzas. Acreció aún más su poder con el abandono que los aliados hicieron de sus naves, y la toma de las islas de Esciros, de Naxos y de Tasos, cuyos habitantes, exasperados por su orgullo, se habían separado de ellos mirándose como independientes.

Los socorros que dieron a los lacedemonios contra sus esclavos sublevados en algunas ciudades de la Laconia, que se habían dejado llevar de la rebelión, dieron motivo entre ellos y Lacedemonia a un encono que producía funestas guerras. Creyeron advertir los lacedemonios que los generales atenienses estaban en correspondencia con los sublevados, y bajo pretextos plausibles les rogaron que se retirasen; pero los atenienses, irritados de semejantes sospechas, rompieron el tratado que les unía a los lacedemonios desde el principio de la guerra meda, y se apresuraron a celebrar otro con los argivos sus enemigos.

(Año 462 antes de J. C.) Aumenta de día en día la ambición de Atenas. Al mismo tiempo que enviaba socorros al rey de Egipto contra los persas, sus tropas hostilizaban a los pueblos de Corinto y de Epidauro, triunfaban de los beocios y sicionios; dispersaban la escuadra del Peloponeso; precisaban a los habitantes de Egina a entregar sus naves, a demoler sus murallas y pagarles un tributo, y a Tesalia a restablecer un príncipe desgraciado sobre el trono de sus padres.

No hacían entonces directamente la guerra a Lacedemonia los atenienses, pero ejercían contra ella y sus aliados frecuentes hostilidades. De concierto con los argivos, quisieron un día oponerse al regreso de un cuerpo de tropas que por intereses particulares habían atraído del Peloponeso a Beocia; pero fueron batidos, y los lacedemonios continuaron tranquilamente su marcha. Temiendo entonces Atenas un rompimiento, llamó sin tardanza a Cimón, a quien había desterrado algunos años antes.

(Año 450 antes de J. C.) Este grande hombre de regreso a su patria empeñó sus conciudadanos a firmar una tregua de veinte años, pero no encontrándose ya bien con el reposo que gozaban, se apresuró a llevarlos a Chipre, donde logró tan grandes ventajas contra los persas, que obligó a Artajerjes a pedir la paz bajo condiciones las más humillantes. Mas no gozó por mucho tiempo de su gloria, pues terminó sus días en Chipre, siendo su muerte el término de las prosperidades de los atenienses.

SECCIÓN TERCERA.

Siglo de Pericles, desde el año 444 hasta el 404 antes de J. C.

Pericles, ateniense de ilustre nacimiento y posesor de grandes riquezas, consagró sus primeros años al estudio de la filosofía, sin mezclarse en los negocios públicos, ni manifestar otra ambición que la de distinguirse por el valor. Cuando empezó a dejarse ver en la tribuna, sus primeros ensayos admiraron a los atenienses. Debía a la naturaleza el ser un hombre el más elocuente, y a la aplicación y al estudio el primero de los oradores de la Grecia.

Conocía muy bien Pericles el carácter de su nación, y por tanto no solo fundaba sus esperanzas en el talento de la palabra, sino que era también el primero que respetaba la excelencia de este talento. Antes de presentarse en público, se advertía a sí mismo en secreto, que iba a hablar a hombres libres, a griegos, a atenienses.

Apartábase no obstante cuanto podía de la tribuna; porque atento siempre a seguir con lentitud el plan de su elevación, temía elevar demasiado pronto la admiración del pueblo hasta aquel punto de donde ya es preciso descender. Júzguese pues si merecía la confianza que no ambicionaba un orador que desdeñaba unos aplausos de los que estaba seguro. Concibiose una alta idea del poder que tenía sobre sí mismo cuando, un día que la asamblea se alargó hasta la noche, vieron a un simple particular insultarle sin cesar, seguirle hasta su casa injuriándole, y a Pericles mandar fríamente a uno de sus esclavos que tomase un hachón y acompañase a su ofensor hasta su propia casa.

No solamente entusiasmó Pericles a los atenienses con su talento sino también con sus eminentes virtudes, propias de todas las circunstancias en que se vio, siendo esto el principio de su elevación y sus honores. Así es que supo mantenerla en el decurso de cerca de cuarenta años, en una nación ilustrada, celosa de su autoridad, y que se cansaba tan fácilmente de su administración como de su obediencia.

Al principio dividió el favor público con Cimón: este se hallaba al frente de los nobles y los ricos, y Pericles se declaró por la multitud que él despreciaba, y que le dio un partido considerable. Para hacerla enteramente de su parte, llenó la ciudad de Atenas de obras clásicas, asignó pensiones a los ciudadanos pobres, distribuyoles una parte de las tierras conquistadas, multiplicó las fiestas y concedió un derecho de presencia a los jueces, y a los que asistieren a los espectáculos y a las asambleas generales. El tesoro de los atenienses y el de los aliados sufragaban a todos estos gastos, pero el pueblo, no viendo más que la mano que daba, cerraba los ojos para no ver la fuente de donde aquella mano se surtía. Mediante el crédito que se adquirió, hizo desterrar a Cimón, falsamente acusado de comunicaciones sospechosas con los lacedemonios, y bajo frívolos pretextos destruyó la autoridad del Areópago, que se oponía con vigor a las innovaciones y la introducción de las malas costumbres.

Después de la muerte de Cimón, trató su cuñado de reanimar el partido vacilante de los principales ciudadanos, y durante algún tiempo mantuvo el equilibrio, pero al fin terminó su empresa siendo desterrado.

Desde este momento varió Pericles de sistema. Después de haber subyugado, por medio de la multitud, la facción de los ricos, subyugó a la multitud misma reprimiendo sus caprichos, ya con una oposición invencible, y ya con la sabiduría de sus consejos o los encantos de su elocuencia. Cuanto más aumentaba su poder, menos prodigaba su crédito y su presencia. Limitado al trato de unos cuantos parientes y amigos, desde lo interior de su retiro, velaba sobre todas las partes del gobierno, mientras solo se le creía ocupado en pacificar o trastornar la Grecia.

Extendió los dominios de la república con victorias brillantes, pero cuando vio que el poder de los atenienses había llegado a cierta elevación creyó que sería una vergüenza el permitir que se debilitase, así como una desgracia el procurar su mayor aumento. Este pensamiento fue la norma de todas sus operaciones, y el triunfo de su política, el haber tenido a los atenienses en la inacción durante mucho tiempo, a los aliados en la dependencia y a los lacedemonios en el respeto.

Era natural que tuviese Pericles un gran número de enemigos, no solamente entre las naciones de la Grecia, a las cuales se había hecho odioso y temible, sino también entre los mismos atenienses. Los de Atenas, no pudiendo atacarle directamente, dirigieron sus tiros contra aquellas personas que habían merecido su protección o su amistad. Fidias, encargado de la dirección de los soberbios monumentos de Atenas, fue acusado de haber sustraído una parte del oro con que debía adornar y enriquecer la estatua de Atenea; justificose de la calumnia, mas no por esto dejó de morir en una prisión. Anaxágoras, quizás el más religioso de los filósofos, fue citado ante la justicia por crimen de impiedad y precisado a huir. La esposa, la tierna amiga de Pericles, la célebre Aspasia, acusada de haber ultrajado la religión con sus discursos y las costumbres con su conducta, defendió por sí misma su causa, y las lágrimas de su esposo apenas pudieron salvarla de la severidad de los jueces.

Estos ataques no eran más que el preludio de los que hubiera sufrido personalmente, cuando un suceso imprevisto aseguró su autoridad.

Hacía algunos años que Córcira estaba en guerra con Corinto, de donde traía su origen; los atenienses, admitiendo esta isla en su alianza, la dieron socorros, y los corintios declararon que aquellos habían quebrantado la tregua estipulada algunos años antes. Potidea, una de las colonias de Corinto, abrazó el partido de los atenienses, y estos, sospechando de su fidelidad, mandaron que entregasen los rehenes, que demoliesen sus murallas y que arrojasen los magistrados que recibían cada año de su metrópoli; pero habiéndose negado a ello Potidea, y noticiosos de que se había reunido a la liga del Peloponeso, la sitiaron los atenienses. Algún tiempo antes habían estos prohibido bajo leves pretextos la entrada en sus puertos y mercados a los de Mégara, aliados de Lacedemonia, al mismo tiempo que otras ciudades se quejaban amargamente de la pérdida de sus leyes y de su libertad. Corinto escuchó sus quejas y supo empeñarles a tomar venganza de los lacedemonios, jefes de la liga del Peloponeso. Llegan pues a Lacedemonia los diputados de aquellas diferentes ciudades, los juntan y exponen sus agravios con tanta acrimonia como vehemencia. Habían ido también a Lacedemonia otros diputados de Atenas a tratar de diversos negocios, y pidieron la palabra para responder a las acusaciones que acababan de oír; mas los lacedemonios no eran sus jueces, y por tanto querían reducir la asamblea a suspender una decisión que podía tener las consecuencias más funestas. Concluido su discurso, en que recordaron las batallas de Maratón y de Salamina, y todo cuanto habían hecho por la libertad de la Grecia, salieron los embajadores de la asamblea.

Después de su ausencia, el rey Arquidamo, que a una profunda sabiduría reunía una larga experiencia, conociendo por la agitación de los espíritus que la guerra era inevitable, quiso retardar el momento de su declaración, y al efecto pronunció un discurso en que, después de haber expuesto las dificultades y los peligros, propuso que se entablase con los atenienses una negociación capaz de arreglar las cosas cual deseaban los aliados. Sus reflexiones hubieran detenido acaso a los lacedemonios si, para estorbar su efecto, uno de los éforos, llamado Estenelaidas, no le hubiese incitado a opinar en el acto por la guerra contra los atenienses, opresores de la libertad de los pueblos. Así que hubo hablado la mayoría de los concurrentes, decidió que los atenienses habían quebrantado la tregua, y se acordó convocar una junta general de los diputados de las ciudades del Peloponeso para resolver definitivamente.

Al llegar estos diputados, se puso de nuevo el asunto en deliberación y decidiose la guerra a pluralidad de votos, pero no estando aún en disposición de comenzarla, se encargaron los lacedemonios de enviar embajadores a Atenas para exponer allí las quejas de la liga del Peloponeso. Enviaron sucesivamente tres embajadores, y todos ellos se retiraron sin haber podido alcanzar nada de los atenienses, a quienes Pericles impelía a la guerra aún con más calor, aunque eran provocados a ella por los lacedemonios. (Año 431 antes de J. C.) Desde aquel momento se ocuparon por una y otra parte en hacer preparativos para una guerra la más larga y funesta que jamás ha desolado la Grecia, pues duró veintisiete años.

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