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Comedias escogidas

EL SÍ DE LAS NIÑAS (continued 2)

Reading edition

D. Carlos.—Pero no el corazón. (Levántase.)

D. Diego.—¿Qué dices?

D. Carlos.—No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo ausente.

D. Diego.—¿Qué temeridad es esta?

(Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual se va retirando.)

D. Carlos.—Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.

D. Diego.—¿Conque en efecto te vas?

D. Carlos.—Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.

D. Diego.—¿Por qué?

D. Carlos.—Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... entonces...

D. Diego.—¿Qué quieres decir?

(Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir más adelante.)

D. Carlos.—Nada... Que apetezco la guerra, porque soy soldado.

D. Diego.—¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para decírmelo?

D. Carlos.—Alguien viene... (Mirando con inquietud hacia el cuarto de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace ademán de irse por la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo.) Tal vez será ella... Quede usted con Dios.

D. Diego.—¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.

D. Carlos.—Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.

D. Diego.—Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.

D. Carlos.—Pero si...

D. Diego.—Haz lo que te mando.

(Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego.)

ESCENA XI.

DOÑA IRENE, DON DIEGO.

D.ª Irene.—Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos días... (Apaga la luz que está sobre la mesa.) ¿Reza usted?

D. Diego (paseándose con inquietud).—Sí, para rezar estoy ahora.

D.ª Irene.—Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?

D. Diego.—Sí, no deja de haber novedades.

D.ª Irene.—Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos, nada me ha servido; de manera que...

D. Diego.—Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?

D.ª Irene.—Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que todo esté á la vela, y no haya detención.

D. Diego.—Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni alborotarse (Siéntanse los dos) por nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de usted está enamorada...

D.ª Irene.—¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...

D. Diego.—¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme usted hablar.

D.ª Irene.—Bien, vamos, hable usted.

D. Diego.—Está enamorada; pero no está enamorada de mí.

D.ª Irene.—¿Qué dice usted?

D. Diego.—Lo que usted oye.

D.ª Irene.—Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates?

D. Diego.—Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?

D.ª Irene (llorando).—¡Pobre de mí!

D. Diego.—¿Á qué viene eso?

D.ª Irene.—¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!

D. Diego.—Señora doña Irene...

D.ª Irene.—Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...

D. Diego.—Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.

D.ª Irene.—Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.

D. Diego.—Pero ¿es posible que no ha de atender usted á lo que voy á decirla?

D.ª Irene.—¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi corazón!

D. Diego.—Señora doña Irene, hágame usted el gusto de oirme, de no replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa lo que hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.

D.ª Irene.—Diga usted lo que le dé la gana.

D. Diego.—Que no volvamos otra vez á llorar y á...

D.ª Irene.—No, señor, ya no lloro. (Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.)

D. Diego.—Pues hace ya cosa de un año, poco más ó menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á hacerla mayor... En este supuesto...

D.ª Irene.—Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?

D. Diego.—Volvemos otra vez á lo mismo... No, señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.

D.ª Irene.—¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para haber disimulado á su sobrina el menor desliz.

D. Diego.—Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo razón.

(Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama. Levántase don Diego, y procura en vano contenerla.)

D.ª Irene.—¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!

D. Diego.—Pero ¿á qué es llamarlas?

D.ª Irene.—Sí, señor, que quiero que venga, y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.

D. Diego.—Lo echó todo á rodar... Esto le sucede á quien se fía de la prudencia de una mujer.

ESCENA XII.

DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.

Rita.—¡Señora!

D.ª Francisca.—¿Me llamaba usted?

D.ª Irene.—Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice?

(Presentando el papel abierto á doña Francisca.)

Rita (aparte á doña Francisca).—Su letra es.

D.ª Francisca.—¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su palabra?

D. Diego.—Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí... (Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su lado.) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel... (Quitándola el papel de las manos á doña Irene.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.

D.ª Francisca.—Mientras viva me acordaré.

D. Diego.—Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) «Bien mío; si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix... Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz amigo.—Carlos de Urbina.»

D.ª Irene.—¿Conque hay eso?

D.ª Francisca.—¡Triste de mí!

D.ª Irene.—¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí.

(Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo.)

D.ª Francisca.—¡Madre!... Perdón.

D.ª Irene.—No, señor, que la he de matar.

D. Diego.—¿Qué locura es esta?

D.ª Irene.—He de matarla.

ESCENA XIII.

DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.

D. Carlos.—Eso no... (Sale don Carlos del cuarto precipitadamente; coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo del teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se asusta y se retira.) Delante de mí nadie ha de ofenderla.

D.ª Francisca.—¡Carlos!

D. Carlos (acercándose á don Diego.)—Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido contener.

D.ª Irene.—¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo!

D. Diego.—Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza á tu mujer.

(Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y ambos se arrodillan á los piés de don Diego.)

D.ª Irene.—¿Conque su sobrino de usted?

D. Diego.—Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?

D.ª Francisca.—¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

D. Diego.—Sí, prendas de mi alma... Sí.

(Los hace levantar con expresiones de ternura.)

D.ª Irene.—¿Y es posible que usted se determine á hacer un sacrificio?...

D. Diego.—Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

D. Carlos (besándole las manos.)—Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida...

D.ª Irene.—¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...

D. Diego.—Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

D.ª Irene.—En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle... (Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y la besa la mano.) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.

Rita.—Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita, un millón de besos.

(Doña Francisca y Rita se besan, manifestando mucho contento.)

D.ª Francisca.—¿Pero ves qué alegría tan grande?... Y tú, como me quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga.

D. Diego.—Paquita hermosa, (Abraza á doña Francisca.) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible que amenazaba á mi vejez... Vosotros (Asiendo de las manos á doña Francisca y á don Carlos.) seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio, aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.

D. Carlos.—¡Bendita sea tanta bondad!

D. Diego.—Hijos, bendita sea la de Dios.

Viñeta ornamental
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