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Clásicos Castellanos

Note 123 — LIBRO DE BUEN AMOR[E]

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Habiendo librado tan mal de la pasada aventura, el hombre, por quien habla el Arcipreste, lo achaca a su hado ó mala estrella, como solían hacerlo entonces, y aun ahora, los desmañados que salen con las manos en la cabeza. Pretende pintar aquí el asidero que prestaba á los mundanos la fuerza del hado, para excusarse de sus culpas y vicios. La Astrología judiciaria, por la cual se juzgaba del destino de cada cual según el astro que subía en el momento de su nacimiento, era realmente una gran ciencia para escudarse y consolarse en toda mala ventura, metiendo el islam dentro del cristianismo. Del movimiento de la luna, contra Platón, trató Hiparco de Nicea. Platón, en el Timeo, dijo no hacerse nada en este mundo inferior que deje de tener su nacimiento de celeste causa. Tolomeo fué astrónomo, y algunos de los aforismos de su Centiloquio recordaba el Arcipreste en este lugar. Así el 38: "Cuando Mercurio en el nacimiento de alguno estuviere en alguna de las casas de Saturno, y él se hallare fuerte en su ser, dará capacidad para entender de raíz las cosas." Pero en el 6 y 8: "Sapiens dominabitur astris", el sabio y virtuoso domina el influjo de las estrellas. "Non cogitemur ea quae accidunt ex coelo, esse necessaria, ut quae sunt a Deo", no creamos que lo que sucede por el cielo sea necesario, como lo que procede de Dios. No menos es de Tolomeo que "El astrólogo se debe abstener de pronosticar cosas singulares, constando la ciencia de las cosas universales y no de los individuos", de donde añade que "A te et ab stellis est scientia". "No debe el astrólogo—dice también—hacer juicio asertivo, porque sus juicios median entre lo necesario y lo posible." Hubo tres opiniones: la de los estoicos y priscilianistas, que decían obraban los cielos en los hombres de necesidad, no pudiendo nadie huir de esa fuerza celeste, que llamaban hado. La segunda, que negaba todo poder é influjo de las estrellas en nosotros, sino que Dios lo rige todo por sí mismo, sin causas segundas: repruébala Santo Tomás, no menos que la primera (Cathol. verit., c. 85, y Gent., 3). La tercera, que concede influjo á los astros, mas no por necesidad. La primera fué reprobada, y así dice la Glosa de un Decreto: "No se reprueba aquella Astrología que deja de imponer necesidad en los cuerpos superiores. Así concede la Iglesia la que dice inclinar las estrellas, mas no necesitar." Toda esta doctrina la conocía muy bien el Arcipreste por Santo Tomás y los Cánones, en que se muestra bien informado. Al manifestar, pues, aquí la creencia en la primera opinión, siquiera luego le ponga la cortapisa de que Dios puede mudar su curso, esto es fantasear un Dios que milagrea á cada triquete para contrarrestar el influjo de los astros, cortapisa no menos errónea, se ve bien claro que no habla por sí el Arcipreste, sino que expone el pensar de la gente mundana de su tiempo, que así mezclaba el islamismo y la gentilidad con el cristianismo para colorear sus locuras y devaneos. Y así el mundano que aquí habla toma de Tolomeo y Platón lo que le conviene, dejando lo que en ellos hay, pero que no le viene á cuento.

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