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Clásicos Castellanos

Note 1690 — INTRODUCCIÓN

Reading edition

El severo arzobispo de Toledo D. Gil de Albornoz (c. 1516) encargó á nuestro Arcipreste llevase las cartas del papa á Talavera y las leyese á aquellos clérigos de vida desgarrada. Cómo recibieron estas órdenes es lo que el Arcipreste pinta en esta sátira, que chorrea ironía por todas partes, aunque sin amargura ni ensañamiento, como escrita con el sano propósito de que se enmendasen. No es posible que aquellos clérigos se quedasen sin dar coces contra el aguijón. Piensan, pues, acertadamente los que suponen que ellos fueron los que indispusieron al Arzobispo contra nuestro Arcipreste, haciendo llegar sin duda hasta él chismes y cuentos, acaso que tampoco su Excelencia se libraba de las críticas del que tan vivas sabía escribirlas. D. Gil de Albornoz, hecho á mandar y á ser respetado, de genio recio y hasta tiránico, daría crédito á las hablillas. Ello es que puso en prisión al Arcipreste, sin que se sepan las razones, «por causas meramente curiales» supone Menéndez y Pelayo; injustamente y agraviado, dice el Arcipreste. En la prisión escribió el libro del Buen Amor, al fin del cual puso esta sátira, que yo tengo por un cómo boceto del libro. No que lo hiciera como preparación, sino que, viéndose preso, tomólo como tal para trazar el libro, esplayándose en la sátira del clero, que es la trama de todo él, pintando á un arcipreste que los simbolizase á todos, y para que fuera, no seca abstracción, sino persona viva y real púsose á sí mismo como protagonista. ¿Quién va á creer que todas esas aventuras le pasaron al mismo Arcipreste, cuando consta de lo contrario de algunas, como la de D. Melón de la Huerta? ¿Con qué autoridad hubiera pretendido enmendar á los demás, si él hubiera sido uno de tantos? ¿Cómo el severo D. Gil de Albornoz le hubiera encomendado cargo tan grave y delicado como el de llevar las cartas del Papa á la clerecía de Talavera? Juan Ruiz, era pues, un Arcipreste muy respetable, á pesar de su regocijado natural, de tan austeras costumbres como pedía la confianza que en él puso su prelado el famoso Albornoz, persona de entereza y gravedad bien conocidas. Este juicio personal del Arcipreste lo hemos ido viendo en todo su libro. Hora es ya de no colgar el sambenito de hombre perdido á un autor, sin otros motivos para juzgar de él que una obra, en que algunos sólo han visto los chispazos más salientes, figurándose salían de un volcán de pasiones mundanas desapoderadas. Para Menéndez y Pelayo fué el Arcipreste un «clérigo juglar, una especie de goliardo, un escolar nocherniego, incansurable tañedor de todo género de instrumentos y gran frecuentador de tabernas.» (Antolog. III, p. LXIX), «un clérigo libertino y tabernario» (p. LXIV); fué «su vida inhonesta y anticanónica» (p. LXVII), y su obra «una autobiografía picaresca, sin la menor señal de arrepentimiento» (p. LXVI). Cuanto al intento «fué un cultivador del arte puro, sin más propósito que el de hacer reir y dar rienda suelta á la alegría que rebosaba en su alma aun á través de los hierros de la cárcel: y á la malicia picaresca, pero en el fondo muy indulgente, aunque contemplaba las ridiculeces y aberraciones humanas, como quien se reconocía cómplice de todas ellas» (p. LXVII). «De esta levadura herética creemos inmune al Arcipreste, si bien confesaremos sinceramente que hay pasajes de sus obras que hacen cavilar mucho, y hasta sospechar en él segundas y muy diabólicas intenciones» (p. XCIII). Para Puymaigre fué el Arcipreste «un precursor de Rabelais, un libre pensador en embrión, un enemigo solapado de la misma Iglesia á quien servía» (Men. Pelayo, ibid., LXV). No juzgaré yo á estos dos ilustres escritores: el lector habrá formado juicio del Arcipreste leyendo su libro, y esto basta. Lea ahora el boceto del mismo, lo que para mí fué como un incentivo para pintar el alma podrida de aquella desalmada clerigalla con solo ensanchar el marco de este pequeño cuadro de costumbres de los de Talavera. El asunto mismo le llevó á meter en él á toda la sociedad de su tiempo, resultando la gran Comedia Humana del siglo XIV, como el Quijote, sátira de la fantasmagórica caballería, resultó la Comedia Humana del tiempo de Cervantes, ingenio gemelo del del Arcipreste de Hita. Si plugo á uno, sin duda al Arcipreste, que veía con lágrimas en los ojos la depravación de costumbres que tan gallardamente satirizó.

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