ALFONSO DAUDET (continued 2)
F. Cabañas translation
¡Empresas sobrehumanas!... Allá arriba, en las peñas de Lure, existía un bosque de cedros inaccesibles, donde jamás leñador alguno se había atrevido a subir.
Va Calendal y permanece allí treinta días completamente solo. Durante treinta días, óyese el ruido de su hacha, que resuena al hundirse en los troncos.
Ruge la selva; uno tras otro caen los viejos árboles gigantescos y ruedan al fondo de los abismos, y cuando Calendal desciende, ya no queda ni un cedro en la montaña...
Después de todo y como premio de tales hazañas, el pescador de anchoas obtiene el amor de Estérelle, y es nombrado cónsul por los habitantes de Cassis. Tal es la historia de Calendal. Pero, ¿qué importa Calendal? Lo que vive, sobre todo, en el poema, es la Provenza, la Provenza del mar, la Provenza de la montaña, con su historia, sus costumbres, sus tradiciones, sus paisajes, todo un pueblo candoroso y libre que ha encontrado su gran poeta antes de perecer...
Y ahora, ¡tracen caminos de hierros, planten postes telegráficos, expulsen la lengua provenzal de las escuelas!
¡Provenza ha de vivir eternamente en Mireya y en Calendal!
* * *
—¡Basta de poesía!—dijo Mistral, cerrando su cuaderno.—Es preciso ver la fiesta.
Salimos. Todo el pueblo estaba en las calles; un ramalazo de cierzo había disipado las nubes del cielo, que brillaba alegremente sobre las rojas techumbres, mojadas por la lluvia. Llegamos a tiempo de presenciar la procesión que regresaba. Durante una hora fue aquello un interminable desfile de penitentes con capirotes, penitentes blancos, penitentes azules, penitentes grises, cofradías de mozas con velo, estandartes rojos con flores de oro, grandes imágenes, unas de madera desdoradas y conducidas en cuatro hombros, y otras de loza coloridas como ídolos con grandes ramos en la mano, capas de coro, incensarios, doseles de terciopelo verde, crucifijos rodeados de seda blanca; todo esto flameando al viento, entre la luz de los cirios y la del sol, en medio de salmos, de letanías y de las campanas, que no cesaban de tocar a rebato.
Terminada la procesión y colocados nuevamente los santos en sus capillas, fuimos a ver los toros, más tarde los juegos en la era, las luchas de hombres, los tres saltos, el ahorcagato, el juego del odre y todo el divertido aparato de las fiestas provenzales... Caía la noche cuando regresamos a Maillane. En la plaza, frente al cafetín donde Mistral pasa las veladas jugando su partida con su amigo Zidore, habían encendido una hermosa hoguera... Organizábase la farándula. Faroles de papel recortado brillaban por todas partes entre la obscuridad; la juventud tomaba puesto, y en seguida, a un redoble de los tamboriles, comenzó alrededor de las llamas un corro desenfrenado, estrepitoso, que no había de cesar en toda la noche.
* * *
Después de cenar, sumamente rendidos de cansancio para correr de nuevo, subimos a la alcoba de Mistral. Es un modesto dormitorio de campesino, con dos grandes camas. Las paredes no están empapeladas; vense descubiertas las vigas del techo... Hace cuatro años, cuando la Academia concedió al autor de Mireya el premio de tres mil francos, ocurriósele a la señora Mistral una idea.
—¿No te parece que empapelemos tu alcoba y le pongamos cielo raso?—preguntó a su hijo.
—¡No, no!—repuso Mistral.—Esto es el dinero de los poetas; no se le puede tocar.
Y el dormitorio volvió a quedar desnudo. Pero mientras que duró el dinero de los poetas, los que han acudido a Mistral han encontrado abierta su bolsa...
Me había yo llevado a la alcoba el manuscrito de Calendal, e instele para que me leyera otro pasaje antes de dormirme. Mistral eligió el episodio de la loza. En pocas palabras es el siguiente:
Celebrábase una gran comida, no sé dónde. Ponen en la mesa una hermosa vajilla de loza de Moustiers. En el fondo de cada plato hay un asunto provenzal, dibujado en azul sobre el vidriado; allí está contenida toda la historia regional.
Es digno de ver el hermoso amor con que está descrita esa hermosa vajilla de loza; una estrofa para cada plato, otros tantos pequeños poemas de un trabajo sencillo y erudito, acabados como una descripción de Teócrito.
Cuando me recitaba Mistral sus versos en aquella hermosa lengua provenzal, latina en más de sus tres cuartas partes, hablada antiguamente por las reinas y que hoy sólo comprenden los frailes, admiraba yo en mi fuero interno a ese hombre. Y al pensar en el estado ruinoso en que halló su lengua materna y en lo que con ella ha hecho, imaginábame uno de esos vetustos palacios de los príncipes de Baux que se ven en los Alpilles: sin techo, sin balaustradas en las escalinatas, sin vidrios en las ventanas, quebrado el trébol de las ojivas, corroído por el moho el escudo de las puertas; gallinas picoteando en el patio de honor, cerdos hozando bajo las esbeltas columnillas de las galerías, el asno paciendo dentro de la capilla, donde crece la hierba, las palomas bebiendo en las grandes pilas de agua bendita, rebosantes de agua de lluvia, y finalmente, entre esos escombros dos o tres familias de labriegos que han construido chozas alrededor del vetusto palacio.
Y después llega un día en que el hijo de uno de esos campesinos se enamora de esas grandes ruinas y se indigna al verlas profanadas de ese modo; a toda prisa arroja el ganado fuera del patio de honor, y viniendo en su ayuda las hadas, por sí solo reedifica la monumental escalera, vuelve a poner tableros en las paredes y vidrieras en los ventanajes, reconstruye las torres, vuelve a dorar la sala del trono y pone en pie el extenso palacio de otros tiempos, donde encontraron hospedaje papas y emperatrices.
Ese palacio restaurado es la lengua provenzal.
Mistral es ese hijo del campesino.
LAS NARANJAS
Las naranjas tiene en París el triste aspecto de frutas caídas, que se toman junto a los árboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y frío, su brillante corteza y su excesivo aroma, en estos países de sabores moderados, les dan un aire extraño, algo bohemio. Durante las noches de niebla, van tristemente costeando las aceras, amontonadas en sus carritos ambulantes, al mezquino fulgor de un farolillo de papel rojo. Un grito monótono y débil, perdido entre el rodar de los coches y el barullo de los ómnibus, les sirve de escolta.
—¡A veinte céntimos naranjas de Valencia!
Para las tres cuartas partes de los parisienses, ese fruto traído de muy lejos, de vulgar redondez, donde el árbol no ha dejado nada más que un insignificante pedúnculo verde, participa de la golosina, de la confitería. El papel de seda en que está envuelto, las festividades a que acompaña, contribuyen a dicha impresión. Cuando enero se aproxima, sobre todo, los millares de naranjas esparcidas por las calles, todas esas cáscaras arrojadas en el barro del arroyo, hacen pensar en algún gigantesco árbol de Navidad que sacudiese sobre París sus ramas cuajadas de frutas artificiales. No hay rincón alguno donde no se vean. Tras los limpios cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; a la puerta de prisiones y asilos, entre paquetes de bizcochos y pequeños montones de manzanas; delante de los peristilos de los bailes y teatros los domingos. Y su exquisito aroma se confunde con el olor del gas, el chirrido de las mamparas, el polvo de las banquetas del paraíso. Hasta se olvida que hacen falta naranjos para producir las naranjas; pues, mientras que la fruta nos la envían directamente del Mediodía metida en cajones, el árbol de la estufa donde pasa el invierno, cortado, transformado, disfrazado, sólo una vez aparece, y durante breve tiempo, al aire libre en los paseos públicos.
Para conocer bien las naranjas es necesario verlas en los países que las producen: en las islas Baleares, en Cerdeña, en Córcega, en Argelia, entre el aire azul dorado, en la tibia atmósfera del Mediterráneo. Jamás olvidaré un bosquecillo de naranjos que vi a las puertas de Blidah. ¡Allí sí que estaban hermosas! Entre el follaje obscuro, brillante, barnizado, las frutas tenían el lustre de vasos de color, y doraban el aire que las circundaba con esa aureola de esplendor que rodea a las flores de tonos vivos. Algunos claros permitían ver a través de las ramas las murallas de la reducida ciudad, el minarete de una mezquita, la cúpula de un marabut, y en lo alto la enorme masa del Atlas, verde en su base, nevada en la cima, como cubierta de blancas pieles, con cabrilleos, con la blancura de copos caídos.
Estando yo allí, una noche, por no sé qué fenómeno desconocido desde treinta años atrás, aquella zona de escarchas invernales agitose sobre la ciudad dormida, y Blidah se despertó transformada, empolvada de blanco. En aquel aire argelino, tan tenue y tan puro, semejaba la nieve polvo de nácar, con reflejos de plumas de pavo real. Lo más hermoso era el bosque de naranjos. Las verdes hojas conservaban la nieve intacta y enhiesta como sorbetes encima de platillos de laca, y todos los frutos espolvoreados de escarcha ofrecían una entonación suave y espléndida, una irradiación discreta, como el oro velado por transparentes telas blancas. Aquello producía la vaga impresión de una fiesta de iglesia, de sotanas rojas bajo albas de encajes, de dorados de altares rodeados de randas de hilo...
Sin embargo, mis más gratos recuerdos en materia de naranjas proceden de Barbicaglia, un gran jardín junto a Ajaccio, donde pasaba yo la siesta durante las horas de calor. Los naranjos, más altos y espaciados allí que en Blidah, llegaban hasta el camino, solamente separado del huerto por un seto vivo y una zanja. El mar, el inmenso mar azul, extendía su vasta planicie inmediatamente después del huerto. ¡Qué buenas horas he pasado en ese jardín! Por cima de mi cabeza, los naranjos florecidos y con fruto quemaban los aromas de sus esencias. Una naranja madura desprendíase del árbol, de vez en cuando, cayendo junto a mí, como aletargada por el calor, con un ruido mate y sin eco en la tierra apelmazada. Para apoderarme de ella, me bastaba extender la mano. Eran soberbias frutas, de un rojo purpúreo en su interior. Parecíanme exquisitas, y después ¡era tan hermoso el horizonte! Por entre las hojas percibíase el mar, en espacios azules deslumbradores como trozos de vidrio roto que espejearan entre las brumas del aire. Al mismo tiempo que eso, el movimiento del oleaje conmoviendo la atmósfera a grandes distancias, ese acompasado murmullo que nos mece como en una barca invisible, el calor, el olor de las naranjas... ¡Ah, qué bien se podía dormir en el huerto de Barbicaglia!
No obstante, en ocasiones, en el momento más grato de la siesta, despertábanme sobresaltado redobles de tambor. Eran infelices músicos militares que ensayaban allá abajo, en el camino. A través de los claros del seto brillaba el cobre de los tambores y veía yo los grandes mandiles blancos encima del pantalón encarnado. Para guarecerse un poco de la cegadora luz que el polvo del camino les enviaba de reflejo despiadadamente, situábanse los pobres diablos junto al jardín, en la breve sombra del seto. ¡Y valiente barullo el que armaban, y asfixiante calor el que sufrían! Entonces, saliendo por fuerza de mi hipnotismo, me entretenía arrojándoles algunos de esos hermosos frutos de oro rojo que pendían al alcance de mi mano. El tambor a quien apuntaba se detenía. Un minuto de vacilación, una mirada en torno para averiguar de dónde vendría la soberbia naranja que rodaba hasta él por la zanja; recogíala después con ligereza y mordía a boca llena, sin mondarla siquiera.
Recuerdo además que cerca de Barbicaglia, y separado solamente por una tapia baja, había un jardinillo bastante extraño, que dominaba yo desde la altura en que estaba. Era un rincón de tierra, de vulgar diseño. Sus calles, de brillante arena, encintadas de verdísimo boj, los dos cipreses de su puerta de entrada, dábanle apariencia de una casa de campo marsellesa. Ni una línea de sombra. En el fondo, un blanco edificio de piedra, con ventanas de sótano al ras del suelo. Al pronto creí que era una quinta; pero, después de mirar con más detenimiento, la cruz que la remataba y una inscripción grabada en la piedra, y cuyo texto no distinguía, me hicieron reconocer una tumba de familia corsa. En las inmediaciones de Ajaccio hay muchas de esas capillitas mortuorias, que se alzan solitarias rodeadas de jardines. La familia acude allí los domingos a visitar a sus muertos. Comprendida de ese modo la muerte, es menos triste que entre la confusión de los cementerios. Sólo pasos amigos turban el silencio.
Desde mi sitio contemplaba yo las idas y venidas de un anciano que circulaba tranquilamente por las alamedas. Todo el día estaba podando los árboles, cavando, regando, cortando las flores marchitas con minucioso esmero. Después, a la caída del sol, entraba en la capillita donde yacían los difuntos de su familia, guardaba los azadones, los rastrillos, las grandes regaderas, todo esto tranquilamente, con la serenidad de un jardinero de cementerio. No obstante, sin darse cuenta de ello, ese buen hombre trabajaba con cierto recogimiento, acallando los ruidos y con la puerta de la bóveda cerrada siempre discretamente, cual si abrigara el temor de despertar a alguno. En medio de aquel silencio absoluto, el arreglo del jardinillo no turbaba ni a un ave, y su vecindad nada tenía de triste; pero el mar parecía así más inmenso, el cielo más alto, y en aquella siesta interminable trascendía en torno de ella el sentimiento del descanso eterno, entre la naturaleza embriagadora, abrumadora, pletórica de vida.
EN MILIANAH
NOTAS DE VIAJE
Voy a conducir a ustedes ahora a una linda y pequeña ciudad de Argelia, a doscientas o trescientas leguas del molino, para que pasen allí el día... Esto nos hará cambiar un poco de tantos tamboriles y cigarras...
...Amenaza lluvia; el cielo está gris, la bruma envuelve las crestas del monte Zaccar. Domingo triste... En mi cuartito de fonda, cuya ventana da a las murallas árabes, procuro distraerme encendiendo cigarrillos... Toda la biblioteca de la hospedería ha sido puesta a mi disposición; entre una historia muy detallada del censo de la población y algunas novelas de Paul de Kock, encuentro un tomo descabalado de Montaigne... Abro el libro por donde él quiere abrirse, y vuelvo a leer la admirable carta en que describe el autor la muerte de La Boétie... Heme aquí tan meditabundo y sombrío como jamás lo estuve... Caen algunas gotas de lluvia. Cada gota, al caer sobre el reborde de la ventana, dibuja una ancha estrella en el polvo amontonado allí desde las lluvias del año último. El libro se me cae de las manos y durante largo tiempo contemplo aquella estrella melancólica...
Dan las dos en el reloj de la ciudad, un antiguo marabut, cuyas frágiles paredes blancas percibo desde aquí... ¡Pobre diablo de marabut! ¿Quién le hubiese dicho hace treinta años que un día tenía que sostener en medio del pecho una gran esfera municipal, y que todos los domingos a las dos en punto daría la señal a todas las iglesias de Milianah para tocar a vísperas?... ¡Tilín, talán! Ya han sido echadas a vuelo las campanas... Tenemos para rato... Decididamente, esta habitación es triste. Las grandes arañas de la mañana, que inspiran pensamientos filosóficos, han fabricado sus telas en todos los rincones... Vamos fuera.
* * *
Al llegar a la plaza mayor, la música del tercero de línea, que no se intimida por un poco de lluvia, va a colocarse en torno de su director. El general y sus hijas se asoman a una de las ventanas de la comandancia; en la plaza, el subprefecto se pasea de un lado para el otro, agarrado al brazo del juez de paz. Media docena de chiquillos árabes medio desnudos juegan a las bochas en un rincón, gritando desaforadamente. Allá abajo, acude un harapiento judío viejo a tomar un rayo de sol que ayer había dejado en aquel sitio, y queda sorprendido al no encontrarlo ya... «Uno, dos, tres: empiecen.» La música ejecuta una antigua mazurka de Talexy, que tocaban los organillos el invierno último debajo de mis ventanas. En otra época me aburría aquella mazurka; hoy me conmueve hasta hacer brotar mis lágrimas.
¡Oh, son muy dichosos los músicos del tercero! Fijos los ojos en las semicorcheas, ebrios de ritmo y de ruido, sólo piensan en contar sus compases. Su alma, toda su alma está en esa cuartilla de papel como la palma de la mano, que tiembla en la punta del instrumento, sujeta por dos dientes de cobre. «Uno, dos, tres: empiecen.» A eso lo reducen todo esas gentes sencillas; los aires nacionales que tocan, jamás les producen nostalgia... ¡Ay! A mí, que no soy de la charanga, aquella música me entristece y me alejo...
* * *
¿Dónde pasaré distraído esta tarde gris dominguera? ¡Está bien! La tienda de Sid'Omar se encuentra abierta... Entremos en casa de Sid'Omar.
Sid'Omar tiene tienda y, sin embargo, no es tendero. Es un príncipe de la sangre, hijo de un antiguo bey de Argel, a quien estrangularon los genízaros... A la muerte de su padre, Sid'Omar refugiose en Milianah con su madre, a quien adoraba, y allí residió algunos años como un gran señor filósofo, rodeado de sus lebreles, sus halcones, sus caballos y sus mujeres, en hermosos palacios muy frescos, llenos de naranjos y de fuentes. Vinieron los franceses. Sid'Omar fue al principio enemigo nuestro y aliado de Abd-el-Kader, pero concluyó por reñir con el emir y se sometió. El emir, para tomar venganza, entró en Milianah estando ausente Sid'Omar, saqueó sus palacios, taló sus naranjales, apoderose de los caballos y de las mujeres e hizo aplastar la garganta de su madre con la tapa de un arcón... La cólera de Sid'Omar fue terrible; alistose en seguida al servicio de Francia, y mientras duró nuestra guerra contra el emir no hubo un soldado mejor ni más bravo que él. Concluida la guerra, Sid'Omar regresó a Milianah; pero, aun hoy, cuando se habla de Abd-el-Kader en su presencia, palidece y le relampaguean los ojos.
Sid'Omar tiene sesenta años, y a pesar de la edad y de la viruela, conserva la hermosura del rostro: grandes pestañas, mirada de mujer, una sonrisa seductora, modales de príncipe. Arruinado por la guerra, sólo le queda de su antigua opulencia, una granja en la llanura de Chélif y una casa en Milianah, donde vive muy modestamente con sus tres hijos educados a su vista. Los jefes indígenas le profesan gran veneración... Cuando hay discusiones, someten a su deliberación los asuntos que las provocan, y su juicio es casi siempre ley. Sale poco; puede vérsele todas las tardes en una tienda adjunta a su casa y que da a la calle. El mobiliario de esa estancia no es rico; paredes blancas enlucidas con cal, un banco circular de madera, cojines, largas pipas, dos braseros... Ahí recibe Sid'Omar en audiencia y administra justicia. Un Salomón de tienda.
* * *
El concurso es numeroso hoy, domingo. En torno de la sala están en cuclillas una docena de jefes, arrebujados en sus albornoces. Cada uno de ellos tiene junto a sí una gran pipa y una tacita de café en una fina huevera de filigrana. Entro; todos permanecen inmóviles y atentos... Desde su sitio, Sid'Omar me saluda con su más encantadora sonrisa, y me invita con la mano a sentarme junto a él, en un gran almohadón de seda amarilla; después, con un dedo en los labios, me aconseja que escuche.
El caso es el siguiente. El caíd de los Beni-Zugzugs tuvo algunas cuestiones con un judío de Milianah a causa de un lote de terreno, cuya propiedad se disputaban; las dos partes convinieron en llevar el litigio ante Sid'Omar y someterse a su fallo. Citáronse para el mismo día, así como a los testigos; de pronto, el judío varía de opinión y viene solo, sin testigos, a manifestar que prefiere someterse al fallo del juez de paz de los franceses que al de Sid'Omar... En esto estaba el asunto cuando yo llegué.
El judío, un anciano de barba terrosa, túnica de color castaño y gorro de terciopelo, levanta al cielo el rostro, pone ojos suplicantes, besa las babuchas de Sid'Omar, inclina la cabeza, se arrodilla, junta las manos... No entiendo el árabe; pero por la pantomima del judío, por sus palabras juez de paz, juez de paz, que repite frecuentemente, adivino este discurso:
Confiamos en la rectitud de Sid'Omar, Sid'Omar es prudente, Sid'Omar es justo... Sin embargo, el juez de paz resolverá mucho mejor esta cuestión.
El auditorio se indigna, pero permanece impasible, como árabe que es... Sid'Omar, dios de la ironía, se sonríe escuchando, reclinado en su almohadón, con la mirada abstraída y la boquilla de ámbar entre sus labios. De pronto, en lo mejor de su perorata, el judío se ve cortado por un enérgico ¡cáspita! que le hace enmudecer; al mismo tiempo, un colono español, que está presente como testigo del caíd, abandona su puesto, y aproximándose al Iscariote le suelta un chaparrón de insultos en todos los idiomas y de todos colores, entre otros, cierto vocablo francés sumamente ofensivo... El hijo de Sid'Omar, que comprende el francés, se ruboriza al oír semejante palabra delante de su padre, y se marcha de la sala. Fijémonos en este rasgo de la educación árabe. El auditorio prosigue impasible y Sid'Omar siempre risueño. El judío se levanta y dirígese a la puerta andando hacia atrás, temblando de miedo, pero sin dejar de repetir a más y mejor su eterno juez de paz, juez de paz... Sale. El español lánzase furioso tras él, lo alcanza en la calle, y ¡pim, pam! por dos veces lo abofetea en los carrillos... El Iscariote se arrodilla con los brazos en cruz... El español, un poco avergonzado, vuelve a entrar en la tienda... Al verlo se levanta el judío y pasea una mirada socarrona por la abigarrada multitud que lo rodea. Vense gentes de todas razas; malteses, mahoneses, negros, árabes, todos unidos por el odio a los judíos y gozosos porque han maltratado a uno... El Iscariote vacila un instante; después, agarrando a un árabe por la tela del albornoz, exclama:
—Tú lo viste, Achmed, tú lo viste... Tú estabas delante... El cristiano me maltrató... Serás testigo... bien... bien... Serás testigo.
El árabe le obliga a soltar el albornoz y rechaza al judío... No sabe nada, no ha presenciado nada: cabalmente en aquel momento miraba a otro lado.
—Tú, sí, Kaddur, tú lo has visto... has visto al cristiano cuando me pegó—grita el infeliz Iscariote a un negrazo que está mondando un higo chumbo.
El negro manifiesta su desprecio, escupiendo y se marcha; no ha visto nada... Tampoco ha visto nada ese muchacho maltés, cuyos ojos de carbón brillan maliciosos bajo su birreta. Tampoco ha visto nada aquella mahonesa de tez de ladrillo que se aleja riéndose con la cesta de granadas encima de la cabeza...
Aunque el judío grita, ruega y brujulea, ¡ni un testigo!... Nadie ha visto nada... Afortunadamente, dos de sus correligionarios pasan entonces por la calle, con las orejas gachas, arrimados a las paredes. El judío los ve.
—¡Pronto, pronto, hermanos! ¡A prisa, al agente de negocios! ¡A prisa, al juez de paz!... Ustedes lo han visto, ustedes... ¡Han visto que han maltratado al viejo!
¿Que si lo han visto?... ¡Ya lo creo!
...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las tazas, enciende otra vez las pipas. Charlan, se ríen a más y mejor. ¡Es tan divertido ver zurrarle la badana a un judío!... En medio de la zambra y del humo, me acerco despacio a la puerta; siento deseos de ir a rondar un poco por la judería, para saber qué impresión ha producido a los correligionarios del Iscariote la afrenta hecha a su hermano...
—Venga a comer esta tarde, señor—me grita el bueno de Sid'Omar.
Acepto, doy las gracias y me marcho.
Todo el mundo anda alborotado en el barrio judío. El asunto ha producido ya mucho ruido. No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, sastres, guarnicioneros, todo Israel se ha echado a la calle... Los hombres, con gorro de terciopelo y medias de lana azul, gesticulando en grupos, con mucha algazara... Las mujeres, desencajadas, abotagadas, tiesas como ídolos de madera, con sus faldas escurridas, con peto de oro y el rostro rodeado por cintas negras, mézclanse uno y otro grupo chillando como gatas... En el momento de llegar yo, se arremolina la muchedumbre... Apoyado en sus testigos, el judío, personaje principal de la comedia, pasa por entre dos setos de gorros, bajo una lluvia de exhortaciones.
—Toma venganza, hermano; vénganos, venga al pueblo judío. Nada temas; la ley está en favor tuyo.
Un horrible enano, hediendo a pez y a suela vieja, se acerca a mí con aire gemebundo, y suspirando fuertemente.
—¡Ya lo ves!—me dice.—¡Cómo nos tratan a los pobres judíos! ¡Es un viejo! Mira. Poco ha faltado para que lo maten.
No cabe duda de que el pobre Iscariote está más muerto que vivo. Pasa por delante de mí, con la vista apagada y el semblante descompuesto; no andando, sino arrastrándose... Sólo una fuerte indemnización puede curarlo; así es que no lo llevan a casa del médico, sino a la del agente de negocios.
* * *
En Argelia hay muchos agentes de negocios, casi tantos como langostas. Puede creerse que el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja de que en él se puede entrar a la pata la llana, sin estudios, ni fianza, ni avecindamiento. Como en París nos hacemos literatos, en Argelia se hacen agentes de negocios. Sólo se necesita saber un poco de francés, español y árabe, llevar siempre un código en el bolsillo, y tener, especialmente, el temperamento de la profesión.
Las funciones del agente son muy diversas: sucesivamente abogado, procurador, corredor, perito, intérprete, tenedor de libros, comisionista, escribiente de portal, es el maestro Yago de la colonia. Pero Harpagón no tenía más que uno, y la colonia tiene muchos más de los que ha menester. Sólo en Milianah se cuentan por docenas. Para evitar los gastos de oficina, esos señores reciben generalmente a sus clientes en el café de la plaza mayor, y celebran sus consultas—¿puede decirse que las celebran?—entre el ajenjo y otra bebida.
El digno Iscariote encamínase al café de la plaza mayor, acompañado de sus dos testigos. No vayamos tras de ellos.
* * *
Cuando abandono el barrio judío, paso por delante de la oficina árabe. Desde fuera, con su tejado de pizarra y el pabellón francés ondeando encima, podía tomársele por una alcaldía rural. Conozco al intérprete; entremos a fumar con él un cigarrillo. ¡Pitillo tras pitillo concluiré por matar este domingo sin sol!
Numerosos árabes andrajosos ocupan el patio que precede a la oficina. Hay allí, haciendo antecámara, una cincuentena, agachados a lo largo de las paredes, arrebujados en sus albornoces. Aquella antecámara beduina, aunque está al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. Pasemos pronto de largo... En la oficina veo al intérprete enfrascado con dos grandes vocingleros completamente desnudos bajo largas mantas mugrientas, y narrando con airada mímica no sé qué historia de un rosario robado. Tomo asiento en un rincón, sobre una estera y miro... Bonito traje el del intérprete. ¡Y qué bien le sienta al intérprete de Milianah! Parecen pintiparados el uno para el otro. El vestido es azul celeste con alamares negros y relucientes botones de oro. El intérprete es rubio, rosado, pelo rizado; un lindo húsar azul, bien humorado e ingenioso; un poco parlanchín, ¡habla tantas lenguas! un poco escéptico, ¡ha conocido a Renán en la escuela orientalista! gran aficionado al sport, tan satisfecho en el vivac árabe como en las veladas de la subprefectura, bailarín como nadie y que hace el cuscús como cualquiera. Parisiense en una palabra; tal es mi hombre, y no es extraño que las mujeres se pirren por él. En cuanto a dandysmo, no tiene más que un rival: el sargento de la oficina árabe. Este, con su levita de paño fino y sus polainas con botones de nácar, causa la desesperación y la envidia a toda la guarnición. Destacado en la oficina árabe, está rebajado del servicio de cuartel y siempre se le ve en la calle, de guante blanco, recién rizado, con grandes cartapacios bajo el brazo. Es admirado y temido. Es una autoridad.
No hay duda; aquella historia del rosario robado lleva trazas de no acabarse nunca. ¡Buenas tardes! No espero el final.
Al marcharme, está en efervescencia la antecámara. La muchedumbre rodea a un individuo de elevada estatura, pálido, altivo, envuelto en un albornoz negro. Ese hombre había luchado ocho días antes con una pantera en el Zaccar. La pantera fue muerta, pero el hombre sacó medio brazo devorado. Va diariamente a la oficina árabe para hacer que le curen, y siempre lo detienen en el patio para oírle referir su historia. Habla lentamente y con una hermosa voz gutural. De vez en cuando entreabre el albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo izquierdo arrebujado en trapos ensangrentados.
* * *
Tan pronto como llego a la calle, estalla una violenta tempestad. Lluvia, truenos, relámpagos, viento siroco... Pronto, a refugiarse en cualquier sitio. Me meto por una puerta, al acaso, y me encuentro rodeado de una camada de bohemios, amontonados bajo los arcos de un patio morisco. Ese patio es una dependencia de la mezquita de Milianah; es el refugio habitual de la piojería árabe, y se llama el patio de los pobres.
Grandes y escuálidos lebreles, llenos de miseria, se acercan dando vueltas en torno mío con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares de la galería, procuro conservar buen continente, y sin hablar con nadie, contemplo la lluvia que rebota en las losas de colores del patio. Los bohemios están en el suelo, tendidos en grupos. Junto a mí, una mujer joven y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, con grandes brazaletes de hierro en las muñecas y en los tobillos, canta un aire exótico, de tres notas melancólicas y nasales. Mientras canta, da de mamar a un niño pequeño completamente desnudo, de color broncíneo rojo, y con el brazo que le queda libre, machaca cebada en un mortero de piedra. La lluvia, empujada por un viento cruel, inunda a veces las piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. La bohemia no repara en ello y prosigue su cántico con las rachas, mientras que muele cebada y da el pecho.
Cesa la tempestad... Aprovechándome de un claro, me apresuro a abandonar aquella corte de los milagros y encamínome al banquete de Sid'Omar; ya es hora... Al cruzar la plaza mayor, he vuelto a encontrar al viejo judío de antes. Se apoya en su agente de negocios; los testigos caminan alegres detrás de él; una banda de asquerosos chicuelos judíos salta alrededor. El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedirá ante el tribunal una indemnización de dos mil francos.
* * *
En casa de Sid'Omar me obsequian con una comida espléndida. El comedor da a un elegante patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes... Magnífica comida a la turca, que no vacilo en recomendar al barón Brisse. Entre otros platos, mencionaré un pollo con almendras, un alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de carne, algo pesado, pero de sabor exquisito, y bizcochos con miel, llamados bocadillos del Kadí... No se sirven más vinos que champaña. A pesar de la ley musulmana, Sid'Omar bebe un poco de él, cuando los criados no pueden verlo... Al concluir la comida, pasamos a la habitación de nuestro huésped, donde nos ofrecen dulces, pipas y café... El mueblaje de este dormitorio es sencillísimo: un diván, algunas esteras; al fondo, un gran lecho altísimo sobre el cual hay almohaditas rojas bordadas de oro... Pende de la pared una antigua pintura turca representando las proezas de cierto almirante Hamadí. A juzgar por la muestra, en Turquía los pintores no emplean más que un color en cada cuadro; en este cuadro se ha utilizado el verde. El mar, el cielo, los navíos, el mismo almirante Hamadí, todo es verde, ¡y qué verde!...
La costumbre árabe exige retirarse temprano. Después de tomar el café y de fumadas las pipas, saludo a mi anfitrión y lo dejo con sus mujeres.
* * *
¿Dónde acabaré de pasar la velada? Es muy temprano para acostarme, los clarines de los spahis no han tocado todavía retreta. Además, los cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno mío fantásticas farándulas que no me dejarían dormir... Estoy delante del teatro; entraré un momento.
El teatro de Milianah no es otra cosa que un antiguo almacén de forrajes, transformado bien o mal en sala de espectáculos. Enormes quinqués que se llenan de aceite durante los entreactos, hacen oficio de arañas. La cazuela está de pie, la orquesta en bancos. Las galerías están muy orgullosas porque tienen sillas de paja... Rodea a la sala un largo pasillo, obscuro, sin entarimar. Parece que se está en la calle, nada falta para ello... La función había ya empezado cuando entré. Con gran extrañeza por mi parte, los actores no son malos, me refiero a los hombres; tienen arranque, vida... Casi todos ellos son aficionados, soldados del 3º; el regimiento está orgulloso con esto y va todas las noches a aplaudirlos.
Respecto a las mujeres, ¡ay!... son ahora y siempre ese eterno femenino de los teatros de provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... A pesar de todo, entre estas damas hay dos que me interesan; dos judías de Milianah, jovencitas, que pisan la escena por primera vez... Los padres están en la sala y parecen encantados. Están convencidos de que sus hijas van a ganar miles de duros en ese comercio. La leyenda de la Raquel, israelita, millonaria y cómica, se ha extendido ya mucho entre los judíos del Oriente.
No hay nada más cómico y enternecedor que esas dos jóvenes judías en las tablas. Están atemorizadas en un rincón del escenario, empolvadas, pintadas, despechugadas y tiesas. Tienen frío, se avergüenzan. De vez en cuando dicen una frase sin comprenderla, y mientras hablan, sus ojazos hebreos contemplan al público con estupor.
* * *
Salgo del teatro... Todo está entre tinieblas. En un extremo de la plaza, oigo gritos. Acaso algunos malteses en vías de explicarse a navajazos.
Me encamino lentamente a la fonda, a lo largo de las murallas. De la llanura suben embriagadores aromas de naranjos y de tuyas. El aire es tibio, el cielo casi diáfano... Allá abajo, al extremo del camino, yérguese un viejo fantasma de paredón, resto de algún vetusto templo. Ese muro es sagrado; todos los días acuden a él mujeres árabes a colgarle ex votos, jirones de jaiques y de otras prendas, largas trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de plata, trozos de albornoz... Al tibio soplo de la noche, y bajo un pálido rayo de luna vese ondular ese abigarrado pendón de la estulticia humana.
LA LANGOSTA
Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino...
La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el aullar de los chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa sofocación, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de estío, densa y moviéndose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes, flotaba en los aires como una nube de humo de pólvora sobre un campo de batalla. No se movía una hoja, y en esos frondosos jardines que tenía ante mis ojos, las viñas espaciadas sobre las laderas bajo espléndido sol que azucara los vinos, los pequeños naranjos, los mandarineros en interminables filas microscópicas, todo conservaba el mismo aspecto mohíno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los mismos bananeros, esos extensos cañaverales de un color verde claro, agitados siempre por alguna brisa que enmaraña su fina cabellera tan leve, alzábanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su sitio.
Permanecí un momento contemplando aquella maravillosa vegetación, donde estaban reunidos todos los árboles del mundo, produciendo cada cual en su estación respectiva, flores y frutos exóticos. Entre los campos de trigo y los macizos de alcornoques, plateaba una corriente de agua fresca, que agradaba contemplar en esa asfixiante madrugada, y admirando a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa quinta con sus arcos moriscos, sus terrazas completamente blancas, de flor de espino, las cuadras y los cobertizos agrupados en torno, recordaba yo que veinte años antes, cuando aquellas intrépidas gentes se habían instalado en ese valle del Sahel, no habían encontrado más que una mala casilla de peón caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo y construirlo todo. A cada instante, levantamiento de árabes. Había que abandonar el arado para disparar. Después, las enfermedades, oftalmías, fiebres, la escasez de cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la lucha con una administración ciega y siempre flotante. ¡Cuántos esfuerzos! ¡Qué de fatigas! ¡Qué vigilancia más perseverante!
Ahora, todavía, a pesar de haber pasado los malos tiempos y de la fortuna con tantos esfuerzos adquirida, ambos, el hombre y la mujer, eran quienes se levantaban primero en la granja. A aquella hora matutina, oía sus idas y venidas por las grandes cocinas de la planta baja, vigilando el café de los trabajadores. No tardó en sonar una campana, y un momento después los obreros desfilaron por el camino. Viñadores de Borgoña; labradores kabilas con fez rojo; peones mahoneses, con las piernas al descubierto; malteses y luqueses; todo un pueblo heterogéneo, difícil de dirigir. El hacendado, ante la puerta, distribuía a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con voz breve y algo dura. Cuando terminó el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó el cielo con desasosiego; después, al verme en la ventana, me dijo:
—Mal tiempo hace para el cultivo... va a soplar el siroco.
Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, llegaban del Sur hasta nosotros bocanadas de aire cálido y asfixiante, como si viniesen de la puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. No se sabía adónde guarecerse, ni cómo evitar la angustia. Así transcurrió toda la mañana. Tomamos el café sobre las esteras de la galería, sin tener ánimo para hablar ni movernos. Los perros, estirándose y buscando la frescura de las losas, tumbábanse fatigados. El almuerzo nos reanimó un poco, un almuerzo abundante y extraño, compuesto de carpas, truchas, jabalí, erizo, manteca Stanelí, vinos de Crescia, guayabas, bananas, manjares exóticos, cuyo conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja que nos rodeaba... Estábamos a punto de levantarnos de la mesa, cuando de repente, por la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos del calor del jardín hecho un ascua de fuego, oyéronse grandes gritos:
—¡La langosta! ¡La langosta!
Mi anfitrión palideció como un hombre a quien anuncian un desastre, y salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en aquella casa, tan sosegada poco antes, un ruido de pasos redoblados y voces indefinidas, que se perdían como en la agitación de un despertar. Desde la sombra de los vestíbulos, donde estaban durmiendo, lanzáronse fuera los criados haciendo resonar con palos, horcas y bieldos todos los objetos de metal que encontraban a mano, calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los pastores hacían sonar el cuerno pastoril. Otros llevaban caracolas marinas, trompas de caza. Aquello era un ruido espantoso, discordante, que dominaban con notas sobreagudas los «¡yu, yu, yu!» de las mujeres árabes de un aduar vecino que acudieron corriendo. Parece ser que en ocasiones un gran ruido, un estremecimiento sonoro del aire, aleja la langosta y le impide descender.
Pero, ¿dónde estaban esos terribles insectos? En el cielo, vibrante de calor, no se veía nada más que una nube aparecer por el horizonte, cobriza, densa, como una nube de granizo, con el ruido de un huracán entre las mil y mil ramas de un bosque. Aquella nube era la langosta. Agarrados los unos a los otros estos insectos por sus alas secas extendidas, volaban en montón, y a pesar de nuestros gritos y de nuestros esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando en la llanura una sombra inmensa. Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los bordes viose durante un segundo un desgarrón, una rotura. A semejanza de los primeros granizos de un turbión de pedrisco, desprendiéronse algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo toda la nube, cayendo vertical y ruidosa aquella granizada de insectos. Los campos quedaron cubiertos de saltamontes enormes, gordos como el dedo, en una extensión inmensa.
Entonces diose principio a la matanza. Horrendo murmullo de aplastamiento de paja molida. Con gradas, azadones y arados revolvíase aquel suelo movedizo, y cuantos más insectos se mataba más había. Rebullíanse por capas, con sus altas patas enredadas unas en otras; los de encima saltaban ágilmente para salvarse, agarrándose a los belfos de los caballos enganchados para esa extraña labor. Los perros de la granja y los del aduar, azuzados a campo traviesa, lanzábanse sobre ellos y los trituraban furiosos. En ese momento llegaron dos compañías de turcos, con la banda de cornetas al frente, a ayudar a los infelices colonos, y la matanza varió de aspecto.
Los soldados no aplastaban los insectos, sino que los quemaban esparciendo largos regueros de pólvora.
Rendido de fatiga, con el estómago revuelto por el hedor, me metí en casa. Dentro de la quinta, había casi tantos insectos como fuera. Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, por los tubos de las chimeneas. Al borde de los tableros y en los cortinajes, roídos ya, se arrastraban, caían, volaban, trepaban por las blancas paredes, con una sombra gigantesca que hacía mayor su fealdad. Y siempre aquel olor hediondo. En la comida fue preciso pasar sin agua. Las cisternas, las fuentes, los pozos, los víveres de pesca, todo estaba inficionado.
Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, se habían matado enormes cantidades, oía aún rebullicio debajo de los muebles, y ese crujir de élitros semejante al peterreo de los dientes de ajo que estallan con los calores fuertes.
Tampoco me fue posible dormir aquella noche.
Además, todos estaban despiertos alrededor de la granja.
Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un extremo a otro de la llanura.
Los turcos continuaban la matanza.
Al siguiente día, cuando abrí la ventana como la víspera, la langosta había emigrado. Pero, ¡qué ruina dejaron tras de sí! Ni una flor, ni una brizna de hierba; todo lo dejaron negro, corroído, calcinado. Los bananos, los albaricoqueros, los abridores, los naranjos mandarines se distinguían solamente por el aspecto de sus desnudas ramas, sin el encanto y la ondulación de hojas que constituye la vida de los árboles. Empezábase la limpieza de los cauces de agua, de los aljibes. Por doquiera cavaban los peones la tierra para destruir los huevos puestos por los insectos. Cada terrón era destripado, desmenuzándolo esmeradamente. Y al ver las mil raíces blancas, llenas de savia, que aparecían en esos destrozos de tierra fértil, el corazón se oprimía y el alma se angustiaba...
EN CAMARGUE
I
LA PARTIDA
El recado del guarda, medio en francés, medio en provenzal, que ha traído un mensajero, anunciando que han pasado ya dos o tres buenas bandadas de galejones, de carlotinas, y otras aves de primera, ha producido gran rumor en el castillo.
«Vendrá usted con nosotros», me han escrito mis amables vecinos. Y esta mañana a las cinco estaba esperándome al pie de la cuesta su gran break, cargado de escopetas, perros y víveres. Henos aquí rodando por la carretera de Arlés, algo seca y árida en esta madrugada de diciembre, en que apenas se distingue el pálido verdor de los olivos y el verde intenso de las encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. No faltan madrugones que iluminan las vidrieras de las granjas, y en las cresterías de piedra de la abadía de Montmajour, los quebrantahuesos aletargados todavía por el sueño revolotean entre las ruinas. Sin embargo, encontramos ya, a lo largo de las zanjas, campesinas viejas que van al mercado, trotando en sus borriquillos. Vienen de la Ville-des-Baux. ¡Seis leguas largas para sentarse una hora en las gradas de San Trofino y vender paquetitos de hierbas medicinales recolectadas en la montaña!...
Divisamos ya las murallas de Arlés; murallas bajas y almenadas, como se ven en las estampas antiguas, donde aparecen guerreros armados de lanzas sobre terraplenes menores que ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa y pequeña ciudad, una de las más pintorescas de Francia, con sus balcones esculpidos y barrigudos avanzando hasta el centro de las calles estrechas, con sus vetustas casas renegridas, de puertas pequeñas, moriscas, ojivales y bajas, que nos recuerdan los tiempos de Guillermo Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas no había aún nadie en la calle. Sólo está animado el muelle del Ródano. El barco de vapor que hace la travesía de Camargue calienta las calderas junto a los escalones, dispuesto a partir. Caseros con blusa roja, muchachas de La Roquette que van a ganar el jornal en las faenas agrícolas, suben a cubierta con nosotros, charlando y riéndose. Bajo las amplias mantillas obscuras, levantadas a causa del fuerte viento de la mañana, la alta cofia arlesina presta elegancia y empequeñece a la cabeza, con ribetes de lindo descaro, algo así como deseos de erguirse para que la risa o la frase picaresca vaya más lejos... Suena la campana; nos ponemos en marcha. Con la triple velocidad del Ródano, de la hélice y del viento mistral, extiéndense las dos orillas. De un lado está la Crau, una llanura estéril y pedregosa. Del otro, la Camargue, más verde, que prolonga hasta el mar su hierba corta y sus marismas cuajadas de cañaverales.
El vapor se detiene de vez en cuando junto a un pontón, a la izquierda o a la derecha (al Imperio o al Reino, según se decía en la Edad Media, en época del reino de Arlés, y como los marineros viejos del Ródano dicen hoy todavía). En cada pontón vese una quinta blanca y un ramillete de árboles. Desembarcan los trabajadores cargados de herramientas, y las mujeres con la cesta al brazo, erguidas sobre su talle. Hacia el Imperio o hacia el Reino, poco a poco va quedando vacío el vapor, y cuando descendemos nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, casi no queda nadie a bordo.
Para esperar al guarda que ha de venir en nuestra busca, entramos en el Mas-de-Giraud, una antigua granja de los señores de Barbentane. En la cocina alta, y alrededor de una mesa están todos los hombres de la hacienda, labradores, viñadores, pastores, zagales, graves, silenciosos, comiendo despacio, servidos por las mujeres, quienes comerán después. No tarda el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo Fenimore, trampero por tierra y por agua, guardapesca y guardacaza, las gentes del país le llaman el Rondador porque, entre las brumas del alba o del anochecer, ocúltase siempre entre los cañaverales, acechando, o bien inmóvil en su barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros en los estanques y en las acequias. Su profesión de espía perpetuo, es quizá lo que le hace tan callado y taciturno. Sin embargo, mientras el carretón lleno de escopetas y de cestas camina delante de nosotros, el Rondador nos entera de la caza, refiriéndonos el número de bandadas de paso y los cuarteles en que las aves emigrantes se han posado. Charlando nos internamos en la comarca.
Después de atravesar los terrenos de cultivo, nos encontramos en plena Camargue montaraz. Lagunas y acequias brillan hasta perderse de vista entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos de tamariscos y de cañas ondulan como un mar en calma. Ningún árbol elevado turba el aspecto liso, inmenso, de la llanura. Apriscos de ganado extienden de vez en cuando su baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaños diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, o marchando apretados en torno de la roja capa del pastor, no interrumpen la gran línea uniforme, viéndose achicados por ese espacio infinito de horizontes azules y claro cielo. Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus olas, despréndese de esa llanura una sensación de soledad, de inmensidad, aumentada por el mistral que sopla incesantemente, sin trabas, y que, con su poderoso aliento, parece aplanar y engrandecer el paisaje. El lo doblega todo. Los arbustos más frágiles conservan la huella de su paso, quedan torcidos, tumbados hacia el Sur, como dispuestos a fugarse...
II
LA CABAÑA
La cabaña no es otra cosa que un techo de cañas y unas paredes de cañas secas y amarillas. Tal vez nuestro punto de cita para la caza. Tipo de la casa camarguesa, la cabaña no tiene más que una habitación alta, grande, sin ventana; entra la luz por una puerta vidriera, que de noche se cierra con postigos. A lo largo de los paredones enlucidos, blanqueados con cal, hay armarios para colocar las armas, los morrales, las botas que usamos para cruzar los pantanos. En el fondo vense cinco o seis literas colocadas alrededor de un verdadero mástil plantado en el suelo y que sirve de apoyo al techo. Por la noche, cuando sopla el mistral y cruje la casa por todas partes, con el mar lejano y el viento que lo aproxima, trae su ruido y lo ahueca, puede creerse uno acostado en el camarote de un buque.
Pero, especialmente por la tarde es cuando la cabaña está encantadora. En nuestros buenos días de invierno meridional, me agrada estar solo junto a la alta chimenea, donde arden humeantes algunas matas de tamariscos. Con las rachas del mistral o de la tramontana, cruje la puerta, chillan las cañas, y todas esas sacudidas son un ligero eco de la gran conmoción de la naturaleza que me circunda. El sol de invierno, agitado por la enorme corriente, se esparce, reúne sus rayos, los dispersa. Corren grandes sombras bajo un cielo azul admirable. La luz y los ruidos llegan por sacudidas, y las esquilas de los rebaños, oídas repentinamente y olvidadas después, perdiéndose entre el viento, suenan de nuevo bajo la puerta desencajada, con el hechizo de un estribillo de canción... La hora exquisita es el crepúsculo, un poco antes del regreso de los cazadores. Entonces el viento está tranquilo. Salgo un instante. El ancho sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. Llega la noche, y roza con sus alas negras y húmedas, cuando pasa. Allá abajo, al nivel del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de una estrella roja avivada por las tinieblas circunvecinas. En la escasa claridad que resta, apresúrase todo bicho viviente. Un largo triángulo de patos vuela muy abajo, cual si deseara tomar tierra; pero de pronto los aleja la cabaña, donde brilla encendido el candil. El que va a la cabeza de la columna, yergue el cuello, remonta el vuelo nuevamente, y todos los demás se elevan tras de él con gritos salvajes.
No tarda en oírse un inmenso pataleo, que se asemeja a un ruido de lluvia. Miles de carneros llamados por los pastores y hostigados por los perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante se perciben, amontónanse con prisa, medrosos e indisciplinados, hacia los apriscos. Véome envuelto, rozado, confundido dentro de ese torbellino de vellones rizados, de balidos; una verdadera marejada, en que parece que los pastores son arrastrados con su sombra por olas que saltan... Detrás de los rebaños percíbense pasos conocidos, voces alegres. La cabaña está llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, los sarmientos formando llama. Hay tanta mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas arrinconadas, las grandes botas tiradas y revueltas, los morrales vacíos y junto a ellos plumajes rojos, áureos, verdes, plateados, todos con manchas de sangre. La mesa está puesta, y entre el husmillo de una sabrosa sopa de anguila, queda todo en silencio, ese gran silencio de los apetitos robustos, que solamente interrumpe el feroz gruñir de los perros lamiendo a tientas sus cazuelas delante de la puerta.
La velada no se prolongará mucho. Ya no quedamos junto al fuego, que también parpadea, más que el guarda y yo. Charlamos; es decir, nos dirigimos uno al otro frases a medias palabras al uso campesino, esas interjecciones casi indias, breves y rápidas como las postrimeras chispas de los consumidos sarmientos. Al fin, pónese de pie el guarda, enciende la linterna, y piérdese su paso perezoso en la calma y obscuridad de la noche silenciosa...
III
¡A LA ESPERA!
¡La espera! ¡Qué expresivo nombre éste, con el que se designa el puesto donde aguarda emboscado el cazador, y esas horas imprecisas en que todo espera, vacilando entre el día y la noche! El puesto de la mañana, poco antes de amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol se hunde en el ocaso. El de mi predilección es este último, sobre todo en esos países de marismas, donde el agua de los estanques conserva la luz tanto tiempo...
En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, barquichuelo sin quilla, estrecho, y que al movimiento más leve se pone por montera. Oculto tras de los cañaverales, el cazador ojea los patos desde el fondo de la barca, de la que sobresalen únicamente la visera de una gorra, el cañón de la escopeta y la cabeza del perro, que olfatea el viento y papa mosquitos, o bien inclina, con sus patazas extendidas, toda la barca sobre una borda llenándola de agua. Esta espera es sumamente complicada para mi inexperiencia. Esta es la razón por la que casi siempre voy a la espera a pie, zabulléndome en pleno pantano, con enormes botas hechas de toda la longitud que el cuero permite. Camino con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme en el légamo. Me separo de los cañaverales, lleno de olores salitrosos y de saltos de ranas.
Por fin me acomodo en el primer islote de tamariscos, o rincón de tierra seca, que encuentro. El guarda, en prueba de respetuosa consideración, permite que me acompañe su perro, un enorme perro de los Pirineos, con sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador inteligente, cuya presencia me intimida un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha de agua, me mira irónicamente echando atrás, con un movimiento de cabeza, a lo artista, sus largas orejas flácidas que le cuelgan delante de los ojos; después, posturas de parada, meneos de cola, toda una mímica de impaciencia, como queriendo decirme:
—¡Tira!... ¿Por qué no tiras, tonto?
Tiro, y yerro la puntería. Entonces, con todo su cuerpo estirado, bosteza y se alarga, fatigoso, aburrido, insolentemente...
¡Pues bien, sí! No lo niego, soy un mal cazador. La espera, para mí, es la tarde al caer, la luz que desaparece y se refugia en el agua, los estanques que relucen, abrillantando hasta el tono de plata fina el tinte gris del cielo ensombrecido. Me deleita este olor del agua, esta misteriosa agitación de los insectos en los cañaverales, este suave murmullo de las largas hojas estremeciéndose. Oyese a veces una nota triste, y retumba en el cielo como el zumbido de una caracola marina. Es el alcaraván que esconde en el fondo del agua su inmenso pico de ave pescadora, y sopla... ¡ruuú! Bandadas de grullas vuelan por encima de mi cabeza. Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del plumón con el viento fuerte, y hasta el crujido de la minúscula osamenta, rendida de cansancio. Después, nada. La noche, las profundas tinieblas, siguiendo a la escasa claridad del día, que sobre las aguas ha quedado retrasada.
De repente advierto un estremecimiento, una especie de molestia nerviosa, como si hubiese alguien detrás de mí. Al volverme veo a la compañera de las noches hermosas, la luna; una ancha luna, enteramente redonda, que llega suavemente, con un movimiento de ascensión muy perceptible al principio, y que se retarda mientras que aquélla se aleja del horizonte.
Ya son bien perceptibles junto a mí los primeros rayos, y luego otros un poco más lejos... Ahora está iluminada toda la marisma. La más pequeña mata de hierba proyecta sombra. Concluyose la espera, las aves nos ven; es forzoso volver a casa. Caminamos envueltos por una inundación de luz azul, ligera, polvorienta, y cada uno de nuestros pasos en los estanques y en las acequias, revuelve en ellos millares de estrellas caídas y fulgores de rayos de luna que llegan hasta el fondo del agua...
IV
ROJO Y BLANCO
En una cabaña semejante a la nuestra, pero algo más rústica, y de la que sólo dista un tiro de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa y sus dos hijos mayores: la moza, que prepara la comida de los hombres y compone las redes para la pesca; y el mozo, que ayuda a su padre a levantar las artes y a vigilar las compuertas de los estanques. Los dos más jóvenes viven con su abuela en Arlés, y allí permanecerán hasta que hayan aprendido a leer y celebrado la primera comunión, pues aquí están muy lejos de la iglesia y la escuela, además de que el aire de Camargue no vendría bien a esas criaturas. El hecho es que cuando llega el verano, cuando las charcas se secan y el blanco légamo de las acequias se agrieta con los grandes calores, es imposible habitar la isla.
Yo pude apreciar eso una vez en el mes de agosto, viniendo a cazar ánades silvestres, y jamás olvidaré el aspecto triste y feroz de este paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban al sol los estanques como inmensas cubas, conservando en el fondo un resto de vida en movimiento, un hormigueo de salamandras, arañas y moscas de agua en busca de rincones húmedos. Había allí un aire hediondo, una bruma de miasmas densamente flotante, que innumerables torbellinos de mosquitos espesaban. Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, todo el mundo padecía fiebres, y apenaba ver las caras amarillas y largas, los ojos agrandados y con ojeras, de aquellos infelices que durante tres meses se arrastraban bajo ese ancho sol inexorable que abrasa a los febricitantes y no consigue hacerlos entrar en calor... ¡Triste y penosa vida la de guardacaza en Camargue! Y menos mal que puede tener a su lado a su mujer y sus hijos; pero dos leguas más lejos, en la marisma, vive un guarda de caballos, completamente solo todo el año, de cabo a rabo, haciendo una verdadera vida de Robinsón. En su choza de cañas, construida por él mismo, no hay nada que no sea obra de sus manos, desde la hamaca tejida con mimbres, y las tres piedras negras reunidas en forma de hogar, y los troncos de tamarisco dispuestos en forma de escabeles, hasta la llave y la cerradura de madera blanca con que se cierra esta extraña habitación.
Este guarda es por lo menos tan extraño como su residencia. Es una especie de filósofo silencioso como los solitarios, que oculta su desconfianza de labriego bajo unas cejas espesas como matorrales. Cuando no está en los pastos, vésele sentado junto a su puerta, descifrando pacientemente, con una aplicación infantil y conmovedora, uno de esos folletos de color de rosa, azules o amarillos en que están envueltos los frascos de medicina que emplea para los caballos. El pobre diablo no se distrae más que en la lectura, ni tiene más libros que éstos. Aunque vecinas sus cabañas, nuestro guarda y él nunca se visitan. Hasta evitan encontrarse. Un día que pregunté al rondeîron la razón de esa antipatía, me respondió con seriedad:
—Tenemos distintas opiniones... El es rojo, y yo soy blanco.
Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya soledad hubiera debido amistarlos, esos dos salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el otro, esos dos boyeros de Teócrito, que solamente una vez cada año van a la ciudad, y a quienes los cafetuchos de Arlés, con sus dorados espejos, les deslumbran como si contemplasen el palacio de los Tolomeos, ¡las opiniones políticas les ha proporcionado una razón para odiarse!
V
EL VACCARÉS
El Vaccarés es el espectáculo más hermoso que puede presenciarse en Camargue. Muchas veces, abandonando la caza, vengo a sentarme a orillas de este mar salado, un mar pequeño que asemeja un trozo del grande, encerrado entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. En vez de esa sequedad, de esa aridez que comúnmente entristecen la costa, el Vaccarés, con su ribera un poco alta, toda ella verde por la hierba menuda, aterciopelada, ostenta su flora extraordinaria y hechicera: centauras, tréboles acuáticos, gencianas y esas lindas salicarias, azules en invierno, rojas en verano, que mudan su color con los cambios atmosféricos, y con una floración no interrumpida, marcan las estaciones por lo diverso de sus matices.
Allá, a las cinco de la tarde, cuando el sol se pone, ofrecen admirable perspectiva esas tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela que limite y dé variedad a su extensión. No es ya el íntimo deleite de los estanques y acequias que aparecen, distanciados, entre los repliegues de un terreno arcilloso, bajo el cual se filtra el agua por doquiera, dispuesta a reaparecer en la menor depresión del terreno. Aquí la impresión es grande, vasta. A lo lejos, ese cabrilleo de las ondas atrae bandadas de fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de vientre blanco y alas rosadas, alineándose para pescar a lo largo de las márgenes, disponiendo sus diferentes colores en una larga faja igual, y además ibis, verdaderos ibis de Egipto, que parecen estar en su propia casa entre ese espléndido sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, desde mi sitio no percibo más que el chapoteo del agua y la voz del guarda que llama a sus caballos, diseminados en la orilla. Todos tienen retumbantes nombres: «¡Cifer!... ¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando se oye nombrar cada bruto, corre dando al viento las crines, a comer avena en la misma mano del guarda...
Más lejos, en la misma orilla, vese una gran manada de bueyes, paciendo libremente como los caballos. De vez en cuando distingo por encima de unas matas de tamariscos la arista de sus dorsos encorvados, y sus cuernecitos que se yerguen en forma de media luna. La mayoría de estos bueyes de Camargue se crían para ser lidiados en las fiestas de los pueblos, y algunos tienen ya fama en todos los circos de Provenza y Languedoc. Así, por ejemplo, la manada que está más cerca, cuenta entre otros con un terrible combatiente llamado Romano, que ha despanzurrado a no sé cuántos hombres y caballos en las plazas de Arlés, de Nimes, de Tarascón. Por eso, sus compañeros le han confiado la jefatura; porque en esas extrañas piaras los brutos se gobiernan por sí mismos, agrupados en torno de un toro viejo a quien eligen como guía. Cuando en la Camargue descarga un huracán, terrible en esa gran llanura donde nada lo desvía ni lo detiene, es curioso ver replegarse la manada detrás de su jefe, con todas las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado de donde el viento sopla, esas anchas testuces en que se condensa la fuerza del buey. Los pastores provenzales llaman a esta maniobra: volver cuernos al viento. ¡E infelices los rebaños que no se conformen con ello! Cegada por la lluvia, empujada por el huracán, la manada en derrota gira sobre sí misma, se extravía, se dispersa, y corriendo enloquecidos los bueyes hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, arrójanse en el Ródano, en el Vaccarés o en el mar, donde casi todos perecen.
NOSTALGIA DE CUARTEL
Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto un tremendo redoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!...
¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!... ¡Qué cosa más extraña!
Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta.
¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entre unas labruscas húmedas, vuelan dos o tres chorlitos sacudiéndose las alas. Entre los árboles se mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los Alpilles, amontónase un polvo de oro, de donde surge lentamente el sol... El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la espesura... ¡Rataplán, rataplán!...
¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo había olvidado. Pero, en fin, ¿quién será el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques con un tambor?... Aunque miro, no veo a nadie... no diviso nada más que las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta el camino... Quizá se oculta en la espesura algún duende, resuelto a burlarse de mí... Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pícaro habrá pensado, al pasar por delante de mi molino:
—Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; vamos a darle la alborada.
Y seguramente habrá tomado un bombo, y... ¡rataplán!... ¡rataplán!...
—¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras.
* * *
Pero no era Puck.
Era Gouguet François, alias Pistolete, tambor del regimiento 31 de infantería, a la sazón con licencia semestral. Pistolete está aburrido en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan el instrumento del cabildo municipal, se marcha melancólico a los bosques a tocar el tambor, soñando con el cuartel del Príncipe Eugenio.
Esta mañana ha venido a soñar a mi verde colinita... Allí está de pie, recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si Dios tiene qué... Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin que lo note. Las hierbas aromáticas perfuman el aire en torno suyo, sin que él las huela.
No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan al sol entre el ramaje, ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueño y en su música, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza estúpida se ensancha de placer a cada redoble.
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
—¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus ventanas bien alineadas, su población con gorra cuartelera, y sus galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las tarteras!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
—¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de betún, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan en el armero!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
—¡Oh, qué días más hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de Pigault-Lebrun arrojado encima de la cama de campaña!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
—¡Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se hielan!... ¡Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!... ¡Oh, el trabajo suplementario, los días de limpieza general, el cubo pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en las mañanas lluviosas, la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
—¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodón blanco, los paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín de pistón de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las confidencias entre los hipos, los útiles de encender que se desenvainan, la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el corazón!...
* * *
¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedírtelo!... Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos. No puedes parecerme ridículo.
Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no experimento yo la nostalgia del mío?
A mí me persigue mi París hasta aquí como el tuyo. Tú tocas el tambor bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas... ¡Somos los dos unos provenzales! Allá, en los cuarteles de París, echábamos de menos nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí, en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo hace recordar...
* * *
Las ocho suenan en la aldea. Pistolete, sin dejar sosegar los palillos, ha decidido regresar... Oyesele bajar por el bosque, siempre tocando... Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al oír el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a todo mi París...
¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre!
LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO
No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma más insignificante, desparramándose como los granos que arrojan a la tierra para que produzcan. Mi acompañamiento particular es alegre y numeroso y acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos buen botín y magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que sé correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la alegría del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo intranquilo y era esa célebre conclusión de la veda, de que nuestras madres hablan en voz baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me decía siempre acerca de esto:
—No temas, Rojillo—me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis patas, del color de la serba,—no temas, Rojillo. Yo te protegeré el día de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada desagradable.
Es un macho viejo muy bribón y vivaracho todavía, aun cuando tiene ya señalada la herradura en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas por el cuerpo. De joven recibió en un ala un perdigón de plomo, y como esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, escondida entre los castaños, muda como una madriguera vacía y siempre cerrada.
—Mira bien esa casita, Rojillo—me decía el viejo;—cuando veas que sale humo por la techumbre y están abiertas la puerta y las ventanas, mala señal para nosotros.
Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente que él era ducho en eso de las aperturas de la caza.
Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el alba, oí que me llamaban muy bajito dentro del surco...
—Rojillo, Rojillo.
Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraña.
—Vente en seguida—me dijo,—y haz lo que yo.
Lo seguí medio adormilado, deslizándome por entre los terrenos, sin volar, sin saltar casi, como un ratón.
Íbamos por el lado del bosque, y al pasar observé que había humo en la chimenea de la casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, de par en par, unos cazadores, unos cazadores equipados completamente y una traílla de perros que saltaban. Al pasar nosotros, gritó uno de los cazadores:
—Vamos a registrar el llano esta mañana, y luego, después de almorzar, registraremos el bosque.
Entonces comprendí por qué mi viejo compañero nos conducía tan aprisa a la arboleda. A pesar de esto palpitábame el corazón, especialmente al acordarme de mis pobres amigos.
De repente, cuando llegábamos al lindero, echaron al galope detrás de nosotros a los perros...
—¡Agáchate, agáchate!—me dijo el viejo bajándose; al mismo tiempo, a diez pasos de nosotros, una codorniz atemorizada abrió cuanto pudo sus alas y su pico, y tendió el vuelo dando un grito de miedo. Oí un formidable ruido y nos rodeó un polvo de un olor extraño, blanco y caliente, aunque apenas había salido el sol. Estaba yo tan asustado que ya me era imposible correr. Felizmente entrábamos en el bosque. Mi camarada se acurrucó tras una pequeña encina, yo me coloqué junto a él y ambos estuvimos allí ocultos, mirando por entre las hojas.
En los campos oíase un terrible fuego de fusil. A cada escopetazo cerraba yo los ojos despavorido; después, cuando los volvía a abrir, veía el llano inmenso y desnudo, y los perros corriendo, olfateando entre las briznas de hierba, entre las gavillas, girando sobre sí mismos, alocados. Los cazadores juraban detrás de ellos y los llamaban; las escopetas brillaban al sol. Hubo un momento en que me pareció ver volar como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, aun cuando en los alrededores no había árbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que eran plumas, y efectivamente a cien pasos frente a nosotros un hermoso perdigón gris cayó dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada.
Cuando ya el sol quemaba en lo alto, cesó repentinamente el tiroteo. Los cazadores regresaban hacia la casita, donde se oía chisporrotear una gran hoguera de sarmientos. Conversaban con la escopeta al hombro, discutían los disparos hechos, y mientras tanto sus perros seguíanles jadeantes, con la lengua colgando...
—Van a almorzar—me dijo mi compañero;—vamos a hacer nosotros lo mismo que ellos.
Entramos en un sembrado de trigo morisco junto al bosque, un gran campo blanco y negro, en flor y granado, con perfumes de almendra. Picoteaban también allí unos hermosos faisanes de irisadas plumas, bajando sus crestas rojas por temor a ser vistos. ¡Ah! ¡Estaban menos altivos que de ordinario! Mientras comían, nos pidieron noticias preguntándonos si había caído alguno de los suyos. Durante este tiempo, el almuerzo de los cazadores, silencioso al principio, hacíase cada vez más bullicioso, oíamos chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. El viejo macho me previno que ya era hora de volver a nuestro refugio.
Podía decirse que a la sazón el bosque dormía. La charca adonde acuden los gamos a beber no estaba enturbiada por ningún lengüetazo. No se veía un hocico de conejo entre los serpoles del vivar. Percibíase solamente un estremecimiento misterioso, como si cada hoja, cada brizna de hierba protegiese una vida amenazada. ¡Esa caza de monte tiene tantos escondrijos! Las gazaperas, la montanera, las fajinas, las malezas y además los hoyitos de bosque que durante tanto tiempo conservan el agua llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar en el fondo de uno de esos agujeros; mas mi acompañante prefería estar al descubierto, tener anchuras, ver a lo lejos y sentir ante sí el campo libre. Hicimos bien, porque los cazadores se internaban en la selva.
¡Oh! No podré olvidar jamás aquella primera descarga en el bosque, aquel tiroteo que horadaba las hojas como el granizo en abril y señalaba las cortezas de los árboles. Un conejo pasó huyendo a todo correr a través del camino, arrancando matitas de hierba con sus uñas extendidas. Una ardilla descendió precipitadamente de un castaño, dejando caer castañas aún verdes. Sintiéronse dos o tres pesados revuelos de gordos faisanes y un barullo entre las ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese escopetazo que agitó, despertó y atemorizó a todo bicho viviente en el bosque. Los musgaños se ocultaban en lo más hondo de sus agujeros. Un escarabajo, que salió del hueco del árbol que nos guarecía, movía sus ojos prominentes y estúpidos, yertos de terror. Por doquiera veíanse pobres bichitos azorados, libélulas azules, moscardones, mariposas... hasta un saltamontes pequeñito con alas de color escarlata, que se detuvo junto a mi pico; pero también yo estaba sumamente asustado para aprovecharme de su miedo.
El viejo, por su parte, seguía siempre tan tranquilo. Muy atento a los ladridos y a los disparos, hacíame señas cuando se aproximaban y nos íbamos un poco más lejos, fuera de la pista de los perros, y muy ocultos entre el follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue tremendo, porque nos consideramos ya perdidos. La calle de árboles que teníamos que cruzar estaba guardada a cada extremo por un cazador que atisbaba. Por un lado, un mocetón con patillas negras, quien sonaba como una panoplia vieja cuando se movía, con su cuchillo de monte y su cartuchera y el cuerno de municiones, sin mencionar que sus polainas hebilladas hasta las rodillas le hacían parecer aún más alto; en el otro extremo, un viejecito, apoyado muy tranquilamente en un árbol, fumaba en su pipa, guiñando los ojos como si tuviera sueño. Este no me asustaba, sino el mocetón de allá abajo...
—No entiendes nada de esto, Rojillo—me dijo mi camarada riéndose. Y sin temor ninguno, con las alas abiertas de par en par, alzó el vuelo casi entre las piernas del terrible cazador de las patillas. Y la verdad es que el pobre hombre estaba tan engolfado con todos sus atavíos de caza, tan distraído contemplándose de arriba abajo, que cuando se echó al hombro la escopeta nos encontrábamos ya fuera de su alcance. ¡Ah! ¡Si cuando los cazadores creen estar solos en un rincón de un bosque, supieran cuántos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, cuántos piquitos puntiagudos contienen la risa al ver su torpeza!...
Nosotros andábamos, andábamos sin detenernos. Considerando que lo mejor que podía hacer era seguir a mi viejo acompañante, mis alas se desplegaban a compás de las suyas, para replegarse y quedar inmóviles tan pronto como él se detenía. Aun me parece ver todos los sitios por donde pasamos: el conejar cuajado de brezos, lleno de madrigueras junto a los árboles amarillentos, con esa gran cortina de robledales donde creía ver escondida la muerte por doquiera, y la verde sendita por donde mi madre la Perdiz había paseado tantas veces su pollada bajo el sol de mayo, donde picoteábamos, saltando, las hormigas rojas que subían por nuestras patas, donde encontrábamos faisanitos cebados, gordos como pollastres, y que se negaban a jugar con nosotros.
Vi como en un sueño mi senderito, en el momento en que lo atravesaba una corza, erguida sobre sus delgadas patas con los ojos muy abiertos y dispuesta a saltar. Después, la balsa adonde acudíamos en partidas de quince o treinta, todos al mismo vuelo, alzándonos en un momento de la llanura, para beber el agua del manantial y salpicarnos de gotitas que rodaban sobre el lustroso plumaje... En medio de esa charca había una aliseda, algo así como un ramillete muy espeso, y en aquel islote nos guarecimos. Hubiera sido necesario que los perros tuviesen una nariz de primera para ir a buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros, presentose un corzo arrastrándose sobre tres patas y dejando tras de sí un surco rojo sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, que oculté la cabeza bajo las hojas; pero oía al herido beber en la charca resollando y ardiendo en fiebre...
Declinaba el día. Los disparos de escopeta se alejaban y disminuían en número. Después quedó todo en silencio... Aquello había terminado. Entonces regresamos despacio a la llanura, para saber algo de nuestra gente. Al pasar por delante de la casita de madera, presencié una cosa horrible.
En el borde de un hoyo, los unos cerca de los otros, yacían liebres de rojo pelo y conejillos grises de cola blanca, con las patitas juntas por la muerte, en actitud de implorar misericordia, y con ojos empañados como si llorasen; además, perdices rojas, machos de perdiz grises, con la herradura como mi camarada, y perdigoncillos de aquel año que, como yo, tenían todavía pelusa debajo de las plumas. ¿Hay nada más tétrico que una ave muerta? ¡ Las alas son tan vivas! El verlas plegadas y frías hace temblar... Un gran corzo, magnífico y tranquilo, parecía dormir, con su lengüecita sonrosada fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer.
Y también estaban allí los cazadores, inclinados sobre aquella carnicería, contando y tirando hacia sus morrales de las patas ensangrentadas y de las alas rotas, con menosprecio de todas esas heridas recientes. Los perros, atraillados para el camino, fruncían aún sus hocicos en ristre, como si se dispusiesen a volver a lanzarse a los tallares del soto.
¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase allá abajo y se alejaban todos jadeantes, agrandando sus sombras sobre los terrones de los surcos y las sendas húmedas con el sereno del crepúsculo, cómo maldecía yo, cómo odiaba a toda la banda, hombres y animales!... Ni mi compañero ni yo podíamos lanzar, como de costumbre, unas notitas de despedida a ese día que expiraba.
Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, muertas por un extraviado perdigón de plomo y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaños con el hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas derribadas al vuelo, tendidas de espaldas y levantando sus yertas patitas hacia el cielo, de donde descendía la noche precipitadamente, como suele en otoño, clara, fría y húmeda. Pero lo que más profundamente conmovió todo mi ser fue oír en los linderos del bosque, al margen del prado y allá abajo en los juncales del río, llamamientos angustiosos, tristes y diseminados, que, no siendo contestados por nadie, iban a perderse en las lejanías del espacio.
EL EMPERADOR CIEGO
O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA
I
EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT
El señor de Sieboldt, el coronel bávaro al servicio de Holanda, señor de Sieboldt cuyas notables obras acerca de la flora japonesa le han conquistado merecida reputación en los círculos científicos, llegó a París, durante la primavera de 1866, para someter al Emperador un vasto proyecto de asociación internacional para la explotación de ese maravilloso Nipon-Jepen-Japon (Imperio de la salida del Sol), donde había residido durante más de treinta años. Esperando que se le concediera una audiencia en las Tullerías, el ilustre viajero (que no obstante su larga permanencia en el Japón había continuado siendo muy bávaro), pasaba sus veladas en una pequeña cervecería del arrabal Poissonnière, acompañado por una señorita joven de Munich que viajaba con él, y a quien presentaba como sobrina suya en todas partes. Allí fue donde lo encontré yo. Al entrar él, volvíanse todos para contemplar la fisonomía de ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos años, sus largas barbas canas, su interminable hopalanda, su ojal lleno de cintas con los distintivos de todas las academias científicas, y aquel extraño aspecto, que revelaba a un tiempo timidez y desenvoltura. El coronel se sentaba con mucha seriedad y sacaba del bolsillo un gran rábano negro; después la joven señorita que lo acompañaba, con todas las trazas de una alemana, de falda corta, chal de cenefa y sombrerito de viaje, cortaba ese rábano en rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las espolvoreaba de sal, se las ofrecía a su tío, como ella le llamaba con su vocecita de ratón, y los dos empezaban a rumiar uno frente a otro, tranquila y sencillamente, sin suponer que su manera de conducirse en París pudiera parecer a nadie ridícula, puesto que no hacían ni más ni menos que lo que habían hecho en Munich. Verdad es que eran una pareja original y simpática, y no tardamos en ser buenos amigos. El bueno del hombre, viendo la satisfacción que experimentaba oyéndole hablar del Japón, habíame pedido que revisara su Memoria, y yo me apresuré a complacerlo, no sólo por amistad hacia ese viejo Simbad, sino también para enfrascarme más y más en el estudio de ese hermoso país, el amor al cual me había transmitido. La tal revisión me fue muy penosa. Toda la Memoria estaba escrita en el francés estrafalario que hablaba el señor de Sieboldt: «Si yo tenga accionistas... si yo reuniría fondos...» esos defectos de pronunciación que le hacían escribir desatinos como éstos: «Los grandes botes del Asia» por «los grandes vates del Asia» y «el Jabón» en lugar de «el Japón...» Agréguese a esto, frases de cincuenta líneas sin signos de puntuación, sin una sola coma, sin ningún descanso para respirar, y, no obstante, tan bien clasificadas en el cerebro del autor, que le parecía imposible suprimir ni una sola palabra, y cuando me ocurría tachar una línea en un lado, la volvía él a escribir un poco más lejos... ¡Lo mismo da! Lo cierto es que ese diablo de hombre era tan interesante con su Jabón, que me hacía olvidar las fatigas del trabajo, y llegado el día de la audiencia, la Memoria casi podía caminar por sí sola.
¡Pobre veterano Sieboldt! Todavía me parece verlo irse a las Tullerías, con todas sus cruces en el pecho, con ese brillante uniforme de coronel (grana y oro) que no desembaulaba más que en las grandes ocasiones. Aun cuando todo el tiempo estaba ¡brum! ¡brum! irguiendo su elevada estatura, adiviné su emoción por el temblor de su brazo sobre el mío, y especialmente, por la insólita palidez de su nariz, un narigón de sabihondo, rojo por el estudio y por la cerveza de Munich. Cuando volví a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: Napoleón III lo había recibido entre dos puertas, escuchado durante cinco minutos y despedido con su frase ordinaria: «Veré... pensaré en ello.» Sin más que eso, el cándido japonés intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer piso del Gran-Hôtel, poner comunicados en los periódicos, publicar prospectos; costome gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad quizá se tomase mucho tiempo para reflexionar y que, mientras, lo más conveniente sería que volviera a Munich, donde la cámara estaba precisamente a punto de votar un crédito para la adquisición de sus grandes colecciones. Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa del trabajo que me tomé con su famosa Memoria, me prometió al marchar enviarme una tragedia japonesa del siglo XVI, preciosa obra maestra desconocida por completo en Europa, y que había traducido ex profeso para su amigo Meyerbeer. Cuando murió el maestro, se disponía a escribir la música de los coros. Como ustedes ven, el excelente hombre deseaba hacerme un verdadero obsequio.
Desgraciadamente, algunos días después de su partida, estalló la guerra en Alemania, y no volví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendo invadido los prusianos los reinos de Würtemberg y de Bavaria, era bastante natural que su ardor patriótico y el gran trastorno de la invasión hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia japonesa que, según me había manifestado, se titulaba Emperador ciego. Pero yo pensaba en él más que nunca, y, no sólo por deseos de poseer la obra ofrecida, sino también por curiosidad de ver de cerca lo que era la guerra, la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muy bien con todos sus horrores!) lo cierto es que una mañana temprano resolví marchar a Munich.
II
LA ALEMANIA DEL SUR
¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos de sangre gorda! En plena guerra, con ese sol achicharrante del mes de agosto, todo el país de más allá del Rhin, desde el puente de Kehl hasta Munich, tenía su aspecto tan frío y tan poco inquieto. Por las treinta ventanillas del vagón würtembergués que me conducía lenta y pesadamente a través de la Suabia, desfilaban paisajes, montañas, torrenteras, quebradas de magnífico verdor en que se sentía la frescura de los arroyos. Por las pendientes que desaparecían girando según avanzaban los vagones, había aldeanas tiesas en medio de sus rebaños, vestidas con sayas coloradas y corpiños de terciopelo, y los árboles eran tan verdes en derredor suyo, que parecía todo aquello una pastorela sacada de una de esas cajitas de abeto, que tan bien huelen a resina y a pino, de los bosques del Norte. De trecho en trecho, una docena de soldados de infantería vestidos de verde marcaban el paso en una pradera, con la cabeza erguida y una pierna al aire, llevando sus fusiles a modo de ballestas: era el ejército de cualquier principillo de Nassau. A veces también pasaban trenes tan lentos como el nuestro, cargados con grandes barcas, donde los soldados würtembergueses, amontonados como en una carroza alegórica, cantaban barcarolas a tres voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras detenciones en todas las fondas, la inalterable sonrisa de los camareros, aquellas redondas caras tudescas ensanchadas, con la servilleta debajo de la barba, ante enormes tajadas de carne en salsa, y el parque real de Stuttgart por el que circulan multitud de carretelas, de galas, de cabalgatas, la música tocando valses y cancanes alrededor de las fuentes, mientras se combatía en Kissingen; cierto que, al acordarme de todo esto y pensar en lo que he visto cuatro años después en ese mismo mes de agosto, esas locomotoras frenéticas corriendo sin saber a dónde, como si la insolación hubiese enloquecido sus calderas, los vagones detenidos en pleno campo de batalla, los carriles cortados, los trenes pasando apuros, Francia mermada de día en día según se hacía más corta la línea férrea del Este, y en todo el trayecto de las abandonadas vías, el hacinamiento siniestro de esas estaciones, solitarias en un país perdido, llenas de heridos olvidados allá como bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre Prusia y los Estados del Sur no era más que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto nos hayan podido decir, lobo a lobo no se muerde, si estos lobos son germanos.
Para convencerse de ello, es suficiente ver a Munich. La noche de mi llegada, una hermosa noche de domingo llena de estrellas, toda la población vagaba por las calles. Flotaba en el aire un alegre rumor confuso, tan vago ante la luz como el polvo que levantaban los pasos de todos aquellos paseantes. En el fondo de las bodegas de cerveza, abovedadas y frescas; en los jardines de las cervecerías, donde mecían sus pálidas luces los farolillos de colores; por todas partes, mezclándose con el ruido de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca de los jarros de cerveza, percibíanse las notas del triunfo que salían de los instrumentos de metal y los suspiros de los de madera.
En una de esas cervecerías filarmónicas, encontré al coronel Sieboldt, sentado, con su sobrina, ante su eterno rábano negro.
En la mesa contigua tomaba un bock el ministro de Negocios Extranjeros, acompañado del tío del Rey. Alrededor, burgueses con sus familias, oficiales con gafas y estudiantes con gorritas encarnadas, azules, verdemar, graves todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente la orquesta de M. Gungel, y miraban subir el humo de sus pipas sin importárseles un ardite de Prusia, como si no existiera. Al verme, el coronel pareció turbarse un poco, y advertí que bajaba la voz para hablarme en francés. En torno nuestro cuchicheaban: Franzose... Franzose... Todos me miraban con manifiesta antipatía: Salgamos—me dijo el señor de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontré en él su agradable sonrisa de otros tiempos. El buen hombre no había olvidado su promesa, pero la clasificación de su colección japonesa, que acababa de vender al Estado, le tenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito. En cuanto a mi tragedia, estaba en Würzburgo, en poder de la señora de Sieboldt, y para llegar hasta allá necesitaba una autorización especial de la Embajada Francesa, porque los prusianos se acercaban a Würzburgo y era ya muy difícil el conseguir entrar en dicha población. Tenía tales deseos de poseer mi Emperador ciego, que a no ser por el temor de encontrar acostado al señor de Trevise, hubiera ido aquella misma noche a la Embajada.
III
EN «DROSCHKE»
El fondista de la Grappe Bleu me hizo montar al día siguiente bien temprano en uno de esos pequeños vehículos de alquiler que no faltan nunca en los patios de las fondas para enseñar a los viajeros las curiosidades de la ciudad, y desde donde se os aparecen como entre las hojas de una guía los monumentos y las calles más importantes. No se trataba entonces de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme a la Embajada Francesa:—¡Französische Ambassad!—repitió el fondista dos veces. El cochero, un hombrecillo con traje azul y un sombrero enorme, parecía muy asombrado del nuevo destino que se daba a su coche, a su droschke (según dicen en Munich). Pero mi sorpresa fue mucho mayor que la suya, cuando le vi volver la espalda al barrio noble, entrar en una larga ronda de arrabal, llena de fábricas, casas de obreros y jardinillos, atravesar las puertas y conducirme fuera de la ciudad.
—¿Embajada Francesa?—le preguntaba yo frecuentemente con inquietud.
—Ya, ya—respondía el hombrecillo, y seguíamos rodando. Deseaba pedir algunos otros informes; pero era imposible porque mi conductor no hablaba francés, y yo mismo por aquella época sólo conocía de la lengua alemana dos o tres frases muy elementales, en que se trataba de pan, cama y comida, y en manera alguna de embajador. Y aun esas frases no podía pronunciarlas más que cantando; he aquí por qué.
Algunos años antes, había emprendido con un camarada tan loco como yo, a través de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badén un verdadero viaje de buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las poblaciones de las cuales sólo deseábamos ver las puertas, y marchando siempre por sendas y atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto nos proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que hacía más accidentada nuestra excursión es que ni uno ni otro sabíamos una palabra alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas, tan inocentes como Vir vóllen trínken bier (deseamos beber cerveza), Vir vóllen essen käse (queremos comer queso); desgraciadamente, por poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la memoria esas malditas frases. No las teníamos en la punta de la lengua, como dicen los cómicos. Ocurriósenos entonces la idea de ponerlas en música, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podían salir de allí las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiosísima era la cara que ponían los posaderos badeneses cuando por la noche entrábamos en el gran comedor del Gasthaus, y después de desatar nuestras mochilas, cantábamos con voz retumbante:
Vir vóllen trínken bier (bis) Vir vóllen, ya, vir vóllen ¡Ya! Vir vóllen trínken bier.
Pero desde entonces acá me he perfeccionado en el alemán. ¡He tenido tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las canto... ¡Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!...
Pero volvamos a mi coche.
Andábamos muy despacio, por una avenida orillada de árboles y casas blancas. De repente, detúvose el cochero.
—¡Da!—me dijo, señalándome una casita oculta bajo las acacias, y que me pareció muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ángulo de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre superpuestos. Tiro de uno al azar, ábrese la puerta y entro en un vestíbulo elegante y cómodo, con flores y alfombras por doquier. En la escalera estaban colocadas media docena de camareras bávaras que habían acudido al oír mi campanillazo, con aquel aspecto de pájaros sin alas tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado allá del Rhin.
Pregunto:—¿Embajada Francesa?—Me lo hacen repetir dos veces y hete aquí que empiezan a reír, pero a reír haciendo retemblar la baranda con sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no está allí.
—Ya, ya—responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich.
Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las costumbres de su coche se le había antojado hacerme visitar, que quieras que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la mañana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella fantástica Embajada. Después de otros dos o tres intentos, acabé por no apearme ya del coche. El cochero iba y venía, deteníase en ciertas calles y hacía como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer otra cosa que mirar en mi derredor. ¡Qué ciudad más aburrida y fría ese Munich, con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire libre de notabilidades bávaras tan muertas dentro de sus blancas estatuas!