Front matter (continued 4)
Guillermo Núñez de Prado translation
—En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.
Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario, hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El, temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.
Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado, sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.
Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...
—Ustedes dispensarán, señores—dijo el notario interrumpiendo su narración;—pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje de la ópera, pues para eso me he abonado...
Continuaré en el otro entreacto.
III
Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio también a la puerta el carruaje del Conde.
No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría para verle?... ¿Qué hacer?...
Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una postergación.
Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano. Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de baile.
¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
—Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he recibido la carta de usted.
Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
—¿Qué desea usted de mí?—acabó diciendo el Conde.
—Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido leerle...
—Perfectamente, hija mía—contestó el Conde con una ligera sonrisa.
—¡Ah!—exclamó Judit, desesperada;—esa desgraciada carta le prueba que soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus consejos y su apoyo?
—¿Qué quiere usted decir?
—Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
—¿También de noche?
—Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
—¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
—¿Por qué?—dijo Judit ruborizándose;—porque hay una idea que me atormenta constantemente.
—¿Qué idea es esa?
—La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera indigna de usted... Y tiene razón—prosiguió vivamente;—yo me veo tal como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.
El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
—La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y sus compañeras decían:
—Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su carrera... hace muy mal.
Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:
—Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.
¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:
—La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.
El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:
—¿Cuándo volveré a verle?
—Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.
Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual quería decir: Iré a la calle de Provenza.
Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo al placer de verle.
A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía Arturo:
—¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?
Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:
—Los de usted.
Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:
—¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? ¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?
Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.
De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.
—Señorita—le dijo con viveza,—tenga usted la bondad de vestirse; vengo a buscarla para ir a las Tullerías.
—¿Es posible?
—Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.
—¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?—exclamó Judit sorprendida, porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el brazo en público.
—Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea—repuso Arturo paseándose agitado.—Vamos, señora Bonnivet—dijo bruscamente a la tía, que entraba en aquel momento en el gabinete;—ayude usted a vestir a su sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.
—Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.
—Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.
—Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa—dijo la señora Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.
Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.
—¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor Conde?
Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el corsé.
La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a las miradas de Arturo.
Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.
—¡Ah, qué desgracia!—exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, el desorden de su traje.
—¡Del Japón!—dijo la tía con acento desesperado.—¡Y que valía lo menos quinientos francos.
—No tanto—repuso la joven,—pero era realmente japonés.
—Vamos, ¿está usted dispuesta?—dijo Arturo, que ni siquiera había escuchado la observación de Judit.
—En seguida. Tía, mi chal... los guantes...
—Y la capa—observó el Conde;—la olvida usted, y hará frío.
—No lo creo.
—En efecto—rectificó la tía, tocando la mano de Judit,—está abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.
—No, tía—se apresuró a contestar la joven;—nunca me he sentido mejor.
El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel día iban a pie.
Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.
Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se volvía al pasar por su lado, y exclamaba:
—¡Qué linda pareja!
—Es el joven conde Arturo de V***.
—¿Se ha casado, por ventura?
Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso placer, de que no pudo darse cuenta.
—No, por cierto—repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos lacayos de lujosa librea;—el conde Arturo no se ha casado: monseñor su tío no lo consentiría.
—¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?
—Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.
Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:
—Ahí va Judit.
—¿La amante de Arturo?
—Está loco por ella, y en camino de arruinarse...
—No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!
—¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!
—¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?
—¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...
—Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.
—Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.
Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, se decían:
—¡Feliz él!
El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:
—¡Qué dichosa soy!
El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.
La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos términos:
«Señorita:
»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas consecuencias son incalculables.
»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc., etc.»
En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta. Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las energías, y contestó lo siguiente:
«Monseñor:
»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha respetado.
»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de que me acuso, pero del cual él no es cómplice.
»He aquí la resolución que acabo de tomar.
»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:—Arturo, ¿me ama usted?—Y si, como creo, como temo, me contesta:—No, Judit,—obedeceré a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi muerte.
»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida, hicieran que él me contestase:—¡Sí, amo a usted!...—¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?
»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone; pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el profundo respeto con que tiene el honor, etc.»
Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.
Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:
—Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.
Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita Judit.
Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.
Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a esperar.
¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en esta idea!...
Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.
Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella seguía esperando.
Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.
Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?
En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:
—Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el entreacto próximo.
IV
Cuando hubo terminado el tercer acto de Los Hugonotes, el notario prosiguió en esta forma:
—Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia cierta de qué clase de sujeto se trataba.
—¿Por qué no ha empezado usted por ahí?—le dije.
—Me parece—repuso—que soy dueño de colocar la exposición donde me plazca, puesto que soy el narrador.
—Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse severo respecto a las exposiciones—agregó el profesor en Derecho,—las cuales no se entienden jamás.
—Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los libretos—añadió el notario mirándome.
Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:
—El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer la menor resistencia, a sus menores indicaciones.
De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto a él.
El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los honores.
Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás obispo.
El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo estado.
El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos razonables: se le había llegado a considerar como un agua-fiestas, y, por último, había renunciado a tales diversiones.
Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, acaso, como Molière,
class="c">Que pecar en silencio no es pecar.
¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:
—Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.
—¡Yo!—murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.—¡Mezclarme en una intriga de ese género!
—No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé que hablar.
—Siendo así...
—Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.
—Bien, me agrada tu idea.
Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera entrevista de Judit, Arturo y la tía.
Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se hizo el desentendido.
Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta calma y una resignación tan evangélica.
Pero esta calma era precursora de la tempestad.
Una mañana, díjole monseñor:
—El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.
—Creo adivinarla—repuso el joven.
—Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.
—¿Yo, tío?...
—El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.
Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie su proyecto, ni a su tío ni al Rey.
—Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro—se dijo,—lo elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los fieles.
Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.
Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse la monarquía de Carlos X.
El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la revolución de julio.
Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí es, señores—dijo el notario alzando la voz,—donde comienzo yo a entrar en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente doblado, el cual contenía esta firma: Judit, bailarina de la Opera. ¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino habían sido rivales, ignorándolo ambos.
—¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!—exclamó Arturo.—¡Qué nobleza, qué generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor—añadió presentándome el billete.
Y cuando llegué a esta frase:
Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me acuso pero del cual él no es cómplice.
—¡Es cierto!—dijo Arturo con lágrimas en los ojos:—me amaba con todo su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... ¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.
—No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el inventario...
—Como usted guste...
Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del billete:
«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte, si había sido amada?»
—¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!—exclamó Arturo.—Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.
Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de nuevo la carta de Judit.
—La verá usted—me dijo;—quiero que coma usted hoy con ella.
—Pero estos papeles... este testamento...
—¿Y qué?—replicó, sonriendo;—eso ya no me concierne. Felizmente para mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.
Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.
—¡He aquí un joven verdaderamente singular—me dije,—a quien una amante consuela la pérdida de una herencia!
Y terminé mi inventario.
Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como un loco, fuera de sí.
—¡Ya no está allí!—exclamaba,—¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he perdido por culpa mía!...
—¡Alguna infidelidad!...
—¿Quién se lo ha dicho a usted?—repuso vivamente, asiéndome por el cuello.
—¡Oh! no sé nada.
—Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene noticias de ella.
—¿Qué le han dicho sus compañeras?
—¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de suicidarse.
—¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha puesto de moda.
—¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.
—¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su pista?
—El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.
—¿Y no ha encontrado usted nada?
—Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:
A la señora Bonnivet, en Burdeos.
Tengo entendido que ella era de ese país.
—¿Y qué?
—Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle todo en la forma que mejor le plazca.
—¿Qué piensa usted hacer, pues?
—Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su paradero...
—¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?
—¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!
En efecto, salió de París aquella misma noche.
Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de Los Hugonotes, y el notario interrumpió su relato.
Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el narrador continuara su historia.
V
La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit por la ventana; el cuarto acto de Los Hugonotes concluía en medio de ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:
—Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas, preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.
—¿Y qué fue de su sobrina?
—No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.
—¿De dónde procedía esa renta?
—No se sabe.
—¿Hablaba de su sobrina?
—Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.
A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit, desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión. Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida. Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un momento la Opera.
Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la habitación estaban constantemente cerradas.
Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, decíame constantemente:
—¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!
Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de Judit, todo le era indiferente.
Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo lugar un caso de difícil explicación.
Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.
—¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil escudos!—repuso el Conde.
—¿Yo?
—Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido satisfechos, y nada me debe.
—Eso es imposible.
—Vea usted a mi notario y él se lo probará.
El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de su asombro.
—Es una gran suerte para usted—le dije.
—Y más todavía para el señor Conde—repuso él con aire triste y disgustado;—porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... ¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...
—¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?
—Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis deudas...
—¿Debe usted algo más?
—Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente para continuar la liquidación, le ruego que me avise.
—Lo haré con mucho gusto.
Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.
En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas palabras: ¡Siempre solo! No se desprendía de este sello ni por un solo momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.
—¡De Judit procede esta carta!—exclamó Arturo.
Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.
—Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en usted... Debe, pues, estar satisfecho.
Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?
—Esta carta—le dije,—prueba lo contrario.
—¿Y con qué derecho—repuso Arturo fuera de sí,—trata de imponerme sus beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No las quiero, devuélvalas usted.
—Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?
—Poco me importa... No las quiero.
—¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted y se han liberado sus propiedades?
—Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa hasta que puedan devolverse.
—Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su fortuna.
—No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada humillación para mí.
Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar me hablaba de ella.
Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la memoria su recuerdo.
Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... Siempre solo... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes entrevistas.
La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para ofrecerle sus servicios.
La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.
—El calor le habrá hecho a usted daño—le dijo el joven con una emoción que en vano trató de dominar;—y si se quitase un momento el antifaz...
La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la frente.
Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que se adivina y que no puede definirse!...
Por último, se levantó la desconocida.
Arturo lanzó un grito.
El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le dijo a media voz:
—¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...
Ella trató de ausentarse.
—¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo mi amor.
La desconocida se estremeció de nuevo.
—Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!
Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó una mano al corazón como si tratara de justificarse.
—¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios... esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí, Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle... ¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós, adiós para siempre.
Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.
—Hable, Judit; hable por favor—exclamó el pobre joven.
Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.
Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.
—¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...
—Sí—repuso ella, tendiéndole una mano.
—¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las dará?...
—El tiempo.
—¿Qué haré, pues?...
—Esperar.
—¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...
Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.
El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista. Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico que dos soberbios caballos arrastraron a todo galope.
—Señores—dijo el notario interrumpiéndose,—ya es muy tarde y yo tengo la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para pasado mañana la conclusión de mi relato.
VI
El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no llegaba. Poníase en escena Roberto, y esta obra me recordaba mi primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de Roberto.
Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a su Judit, o la había perdido?
Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más entusiasta que el que hicimos al notario.
—¡Ya está aquí!
—¡Gracias a Dios!
—¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!
—¡Qué tarde viene usted!
—He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato... Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a Dios, no debo nada a nadie.
—Excepto a nosotros.
—Nos debe usted un desenlace.
—El de la historia de Judit...
—Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.
Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en esta forma:
—Judit había dicho: ¡Esperar!... y durante algunos días Arturo tuvo paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...—Volveré a verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...—Pero pasaban los días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que, al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla, que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que le mataba.
Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena, donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir ocupándolo. Se veía allí solo, siempre solo (su constante divisa), y esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se ausentaba luego murmurando:
—No está.
Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día. Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y, por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis. Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y espléndida toilette excitaron vivamente la admiración de todo el público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella parte del teatro.
De todos lados salían estas palabras:
—¡Qué bella es!
—¡Qué frescura!
—¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!
—¿Qué edad calcula usted que debe de tener?
—De veinte a veintidós años.
—¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.
—¿La conoce usted?
—No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo abonado y no la he visto hasta hoy.
Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos, un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a preguntarle su nombre.
—Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.
—¡Tan hermosa y tan rica!...
—Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que, en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...
—Eso es una verdadera novela.
—No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen, hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha sucedido.
—¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.
—Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en Francia no faltará quien le haga la corte.
—¡Ya lo creo!—repuso el joven que había interrogado, arreglándose con una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady Inggerton.—¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.
—Se equivoca usted—contestó el extranjero.
—No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...
Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a quien fue preciso explicar lo que sucedía.
El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía... puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:
—¡Es ella! ¡Es Judit!...
Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar... pues temía despertar de un sueño.
—Caballero—le dijo su vecino,—¿la conoce usted, por ventura?
Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit, levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!
¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse, volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...
Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle, murmurando:
—Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me volveré loco... o me mato.
Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza. Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:
—¿La señorita Judit?...
—Está en casa—dijo tranquilamente el portero.
Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no caer.
Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo; exactamente igual que hacía seis años.
Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.
Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:
—Viene usted muy tarde, amigo mío.
Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.
Al llegar aquí, se interrumpió el notario.
—¿Y qué?—exclamaron todos;—concluya.
El notario contestó, sonriéndose:
—Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el tercer acto de Roberto...
—¿Qué importa? termine.
—¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar el contrato.
—Así, pues, ¿se casan?
—Judit lo ha querido.
—Como última sorpresa, sin duda.
—¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!
—¿Cuál?—preguntó vivamente el profesor en Derecho.
—Lo ignoro—respondió el notario con una sonrisa;—pero se asegura que el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: mi hija.
En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit, envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que ya era su esposo.
Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la orquesta:
—¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!
FIN