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Bocetos californianos

FRANCISCO BRET HARTE (continued 2)

Reading edition

—Vean, señores—dijo falta de aliento y apoyando coquetamente su pequeña mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusión, que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraños visajes de Yuba-Bill, cuyo rostro había caído en una expresión de extemporánea e imbécil alegría,—vean, como estaba a más de dos millas de distancia cuando les vi pasar por la carretera, pensé que podían detenerse aquí, y he venido con la mayor prisa, sabiendo que no había en casa nadie más que Juan; no extrañen, pues, que haya llegado echando los bofes.

En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparció sobre nosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforzó en echar hacia atrás su cabello, en cuya operación perdió dos horquillas, sonriose y pasó al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manos atrás. El juez fue el primero en volver en sí y trató de componer un requiebro, después de haber torturado en vano su cerebro.

—¿Le molestaré pidiendo a usted aquella horquilla?—dijo gravemente Magdalena.

El juez alargó displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla perdida fue devuelta a su dueña, y Magdalena, cruzando el cuarto, miró con interés la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraron los de la mujer con una expresión verdaderamente desusada. La vida y la inteligencia parecían luchar para volver a aquella tosca y arrugada cara. Magdalena volvió otra vez sobre nosotros sus negros ojos y sus blancos dientes sonriéndose con una elocuencia singular.

—¿Este pobre impedido es?...—preguntó el juez con indecisión.

—Juan—dijo Magdalena.

—¿Su padre acaso?

—No.

—¿Hermano?

—No.

—¿Esposo?

Magdalena, lanzando una mirada rápida y penetrante sobre las dos pasajeras, de quienes había observado que no participaban de la admiración general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad no exenta de soberbia:

—No; es Juan.

Hubo una enojosa pausa. Aproximáronse entre sí las pasajeras, y el canadiense miró, abstraído, el fuego. En cuanto al hombre alto aparentó replegar su mirada sobre sí para poderse sostener en aquel aprieto; pero la risa de Magdalena, que era contagiosa, rompió el silencio.

—¡Ea!—dijo vivamente,—deben ustedes tener apetito, ¿no es verdad? ¿Quieren ayudarme a preparar la merienda?

No faltó quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes, Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de leña para aquella Miranda; el correo molía café en el mirador; a mí me fue asignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayudó a todos con sus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena, eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hibernés, pasajero de cubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habíamos recobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que batía las ventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dos señoras que cuchicheaban entre sí, en un rincón, y de la urraca que desde su ennegrecido vasar subrayaba con satíricos graznidos su entretenido diálogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego que chisporroteaba ya, pudimos ver un paño de pared empapelado con periódicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discreción. El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas de embalaje, tapadas con calicó de alegre color, o con pieles de geneta. Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constituía el sillón del paralítico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza más exquisita y el más pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles de aquella rústica vivienda.

La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunfó en toda la línea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto de Magdalena en llevar la conversación, haciendo por sí todas las preguntas e imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea de disimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos, de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo, menos del bueno del paralítico y de nuestra amable patrona. En honor a la verdad, no ocultaré que la conversación de Magdalena no era nunca elegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyo uso está por lo general reservado a nuestro sexo; pero las decía con tales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidas por una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todo podía pasar sin grave quebranto de la moral más frágil.

De repente, durante la comida, oímos un ruido como el roce de un cuerpo pesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente después se sintió rascar y olfatear junto a la puerta del salón.

—Es Joaquín—dijo Magdalena en contestación a nuestras interrogadoras miradas.—¿Desean verle?

Y apenas habíamos tenido tiempo de contestar, cuando abrió la puerta, y nos dejó ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levantó sobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitud mendicante, y contempló a Magdalena con una admiración que le daba cierta semejanza con Yuba-Bill (y éste me perdone).

—Miren, ese es mi perro guardián—dijo Magdalena a modo de exordio.—¡Oh, pero no muerde!—añadió al ver la justa alarma de las dos pasajeras, que estaban sentadas en un ángulo,—¿verdad, viejo Tofi?

Esta última pregunta iba dirigida al sagaz Joaquín.

—Voy a decirles una cosa, señores—continuó Magdalena, después que hubo dado de comer y cerrado la puerta al pequeño plantígrado.—Han tenido la suerte de que Joaquín no hubiera andado rondando por ahí esta noche.

—¿Dónde estaba?—preguntó el juez.

—Conmigo—contestó Magdalena.—¡Dios me valga! Trota a mi lado, por la noche, como si fuera un fiel esclavo.

Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos el viento; en nuestra imaginación se pintaba Magdalena en camino a través de los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardián. Me parece recordar que el juez dijo algo de «Una y de su león»; pero Magdalena lo recibió como lo hizo con las demás galanterías, con fría impasibilidad. Creo que se dio cuenta de la admiración que excitaba, por lo menos la de Yuba-Bill no podía dejar de observarla; pero su misma franqueza estableció una perfecta igualdad entre todos, cruel y humillante para los miembros más jóvenes de nuestra compañía.

La escena del oso nada añadió a favor de Magdalena en la opinión de las personas de su sexo que estaban presentes. Así es que, terminada la comida, se manifestó una frialdad tal en las dos pasajeras, que las ramas de pino traídas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio al hogar, no pudieron contrarrestarla del todo. Magdalena lo sintió, y declarando de repente que era tiempo de retirarse, se levantó para acompañar a las señoras a un cuarto vecino en donde tenían el lecho que se les había destinado.

—Ustedes, señores, tendrán que acampar por ahí fuera, cerca del fuego, de la mejor manera que puedan—añadió,—pues no hay otra habitación en la casa.

La chismografía, caro lector, no ha sido jamás, según opinión generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de Magdalena, cuando nos apiñamos cuchicheando, sonriéndonos y trocando entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hipótesis respecto de nuestra bonita patrona y su extraño huésped: creo que hasta llegamos a empujar a aquel imbécil paralítico, que estaba quieto como una esfinge, sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo más vivo y animado de la discusión, abriose de nuevo la puerta y entró Magdalena.

Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes había surgido ante nuestra vista. Tenía los ojos bajos y titubeó un momento en el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y parecía haber dejado tras sí la franca resolución que horas antes nos había encantado. Entrando en el cuarto, arrastró un banquillo hasta el sillón del paralítico; sentose, y dijo echándose la manta sobre las espaldas:

—Señores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedaré aquí esta noche.

Puso en su mano la mano marchita del inválido y volvió la mirada al fuego que se extinguía lentamente.

Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento instintivo de que esto no era más que un preliminar de relaciones más confidenciales, y quizá también por cierta vergüenza de nuestra anterior curiosidad. La lluvia batía aún sobre el techo: violentas ráfagas de viento removían las pavesas con momentáneos destellos; en un momento de sosiego de los elementos, Magdalena levantó de repente la cabeza, y echándose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y exclamó:

—¿Hay alguno entre ustedes que me conozca?

Nadie contestó.

—¡Piénsenlo otra vez! Yo vivía en Marysville, el 53: todos me conocían por cierto con razón. Yo tuve el Salón Polka, hasta que vine a vivir aquí con Juan. Como de esto hace seis años, tal vez he cambiado algún tanto.

Quizá la desconcertó el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continuó:

—Sospeché que alguno de ustedes debía reconocerme; pero, de todas maneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan—y al nombrarlo tomó su mano entre las de ella—me conocía si ustedes no me conocen, y gastó mucho dinero en mi compañía. Calculo que gastó cuanto poseía. Un día, por este invierno hará seis años, Juan vino a mi cuarto interior, se sentó en mi sofá, como lo ven ahora en aquel sillón, y luego ya jamás volvió a moverse por sí mismo, herido como por un rayo y sin darse cuenta de lo que le ocurría. Los médicos dijeron que la causa era su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino y calavera, que no curaría, y que, de todas maneras, jamás volvería a ser lo que antes. Se me aconsejó que lo mandase a Frisco[2] al hospital, puesto que ya no servía para nada, y que toda la vida sería una criatura; pero yo, quizá porque había algo en la mirada de Juan, o tal vez porque nunca había tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente. Yo era rica en aquella ocasión. Mi popularidad era inmensa; hasta caballeros, tales como usted, señor, iban a mi casa; vendí mi comercio y compré esto que está, como quien dice, en un rincón de mundo. ¿Comprenden?

Una intuición poética singular hizo que mientras hablaba cambiase poco a poco de posición, de manera que las mudas ruinas del enfermo se interpusieran entre ella y sus oyentes. Oculta en la sombra, ofrecíalas como una tácita apología de sus acciones. Aquella figura de expresión enigmática y silenciosa, hablaba aún en favor de ella; anonadada y herida por el rayo divino, extendía aún en torno de ella su invisible brazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todavía su mano, continuó:

—Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a las cosas de por aquí, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos y comodidades. Busqué una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano, y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios de los alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandan de North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, el médico subía de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena, como llama a Juan, y cuando se marchaba, solía decir: «Magdalena, es usted un portento: Dios la bendiga», y después de esto, no me parecía la vida tan triste y desabrida. Pero la última vez que estuvo aquí, al abrir la puerta para marcharse, dijo:

—Soy de opinión, Magdalena, que su criatura acabará por hacerse hombre y dará honra a su madre. ¡Pero no aquí, Magdalena, no aquí!

Y se me figuró que se iba triste y... y... y...

Al llegar aquí, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse por completo en la oscuridad.

—La gente de los alrededores es muy buena—dijo Magdalena después de una pausa, saliendo de la penumbra.—Los hombres de la bifurcación del río dieron vueltas por aquí, hasta que comprendieron que no me hacían maldita la falta, y las mujeres ¡son tan bondadosas!... no han venido una sola vez. Estuve muy sola hasta que recogí a Joaquín en los bosques cercanos, cuando no era más alto que un gato, y le enseñé a pedir la comida; pero ahora tengo, además, a Poli, ésta es la urraca, sabe infinidad de juegos, y por las noches me acompaña con su charla, de manera que se me figura que no soy el único bicho viviente que aquí se cobija. Y este Juan—dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo del todo a la claridad del fuego,—este Juan, señores, les maravillaría de ver cuánto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y a menudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como si leyera algo en su interior. ¡Bendito sea Dios!—dijo Magdalena con su franca risa,—todo aquel lado de la casa le he leído este invierno. ¡Si supiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura!

—¿Por qué—preguntó el juez—no se casa con la persona a quien ha consagrado toda su juventud?

—Comprenderá usted, amigo—dijo Magdalena,—que esto sería jugarle una mala partida a Juan, abusar de su desamparo, además que, en siendo ambos marido y mujer, sabría yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hago de mi propio sentir y arbitrio.

A lo que replicó el juez, después de haberlo madurado plenamente:

—Sin embargo, todavía es usted joven y tiene atractivos.

—Se hace ya tarde—dijo gravemente Magdalena,—y deberíamos dormir ya todos. Señores, buenas noches.

Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendió al lado del sillón de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde éste descansaba los pies y no habló más ya. El fuego se fue extinguiendo lentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas en silencio, y pronto no se oyó otro ruido que el gotear de la lluvia sobre el techo y la fatigosa respiración de los que uno tras otro se iban durmiendo.

Despuntaba casi el día, cuando desperté de un sueño agitado. La pertinaz lluvia había cesado, las estrellas centelleaban, y a través de la ventana sin postigos, la luna llena, alzándose por encima de los fúnebres pinos, penetraba en el cuarto, bañando con sus rayos de plata la solitaria figura del sillón. Pareciome que la onda de luz deslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de la mujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio, besaba los pies del que amaba: hasta prestó una bondadosa poesía al irregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velaba en guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Esta impresión de encanto artístico meció mi espíritu suavemente, contribuyendo quizá a que conciliara de nuevo el sueño, del que no desperté sino entrado el día al grito de ¡al coche! que, de pie e inclinado sobre mí, lanzaba nuestro buen cochero.

El café nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena había desaparecido. Dimos vuelta a toda la casa y aún nos detuvimos mucho tiempo después de enganchados los caballos; pero no volvió; no cabía duda que, evitando una despedida formal, nos dejaba partir como habíamos venido.

Instaladas en la diligencia las señoras, volvimos a la casa y estrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paralítico Juan, reponiéndole en su asiento después de cada apretón de manos. Echamos una última mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete donde Magdalena se había sentado, después de lo cual nos dirigimos al camino para ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nos aguardaba.

El látigo chasqueó y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos al camino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballos cayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se paró bruscamente: allí, en una pequeña eminencia junto al camino, estaba Magdalena, flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pañuelo y entreabiertos sus labios por un último adiós. Nosotros, en contestación, agitamos nuestros sombreros, las señoras no pudieron contener una última mirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nueva fascinación, azuzó locamente sus caballos, dando el coche tan terrible sacudida que caímos todos sobre las banquetas.

Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra; la diligencia paró en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera, nos acompañó hasta la sala común y ocupamos gravemente nuestros puestos junto a la mesa.

—¿Están llenas sus copas, señores?—dijo solemnemente el juez quitándose su blanco sombrero.

—Sí, señor.

—Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.

Y todos apuramos de un sorbo su contenido.

EL IDILIO DE RED-GULCH

Sandy[3] estaba beodo. Bajo una mata de azalea encontrábase en el suelo, tendido, casi en la misma actitud en que había caído hacía algunas horas. El tiempo transcurrido desde que se tendió allí no lo sabía ni le importaba, y cuánto tiempo continuaría allí tendido era para él cosa que igualmente le tenía sin cuidado. Una filosofía tranquila, nacida de su situación física, se extendía por su ser moral, y lo saturaba por completo.

Duéleme tener que confesar que el espectáculo de un hombre borracho, y de este hombre borracho en particular, no constituía en Red-Gulch ninguna novedad. Aprovechando la ocasión, un humorista del lugar había erigido junto a la cabeza de Sandy un cartel provisional que llevaba esta inscripción: Resultado del aguardiente Mac Corcil; mata a una distancia de cuarenta varas. Debajo había una mano pintada que señalaba la taberna de Mac Corcil. Pero imagino que ésta, como otras muchas de las sátiras locales, era personal, y más bien una reflexión sobre la bajeza del medio que sobre la inmoralidad del fin. Fuera de esta chistosa excepción, nadie molestó al beodo. Un asno extraviado, suelto de su recua, comiose las escasas hierbas de su alrededor, y limpió de polvo con sus resoplidos el lecho del hombre tendido; un perro vagabundo, con aquella profunda simpatía que siente la especie por los borrachos, después de lamer sus empolvadas botas, se había echado a sus pies, y yacía allí guiñando un ojo a la luz del sol; a manera perruna, adulaba con la imitación al humano compañero que había escogido.

Entretanto las sombras de los árboles dieron poco a poco la vuelta hasta ganar el camino, y sus troncos cerraban ya el césped de la libre pradera entre paralelos gigantescos de negro y amarillo, y algunas ráfagas de polvo rojizo, levantadas al paso de los caballos de tiro, se dispersaban en dorada lluvia sobre el hombre acostado. Sandy permanecía inmóvil; el sol descendió más y más, y entonces el reposo de este filósofo fue interrumpido, como otros filósofos lo han sido, por la intrusión de un sexo poco amigo en general de elucubraciones filosóficas.

Doña María, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de la cabaña de madera con pretensiones de colegio, situada al extremo del pinar, daba su paseo vespertino. El magnífico arbusto de azaleas bajo el cual descansaba el bueno de Sandy, ostentaba un racimo de flores de insólita belleza que atrajeran sus miradas desde el otro lado de la carretera; ella, que no había reparado en el yacente vecino, cruzola para arrancarlo, eligiendo su camino por entre el encarnado polvo, no sin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco y refunfuñar un poco entre dientes. De repente tropezó con Sandy.

Un agudo grito de inconsciente terror se escapó de aquel pecho femenino, pero una vez hubo pagado este tributo a la física debilidad, volviose más que atrevida, y se paró un momento, a seis pies, por lo menos, de distancia del monstruo tendido, recogiendo con la mano sus blancas faldas, en actitud de huir. Sin embargo, ni un ruido ni el más tenue movimiento se produjeron en la mata. Reparando en seguida en el sátiro cartelón, derribolo con su menudo pie, murmurando:—¡Animales!—epíteto que probablemente, en aquel momento, clasificaba con toda oportunidad en su mente a la población masculina de Red-Gulch; pues doña María, poseída de ciertas maneras rígidas que le eran propias, no apreciaba aún debidamente la expresiva galantería por la que el californiano es tan justamente celebrado de sus hermanas californianas, así es que tenía tal vez muy bien merecida la reputación de tiesa que gratuitamente la habían otorgado sus conciudadanos.

En aquella posición, observó también que los inclinados rayos solares calentaban la cabeza a Sandy más de lo que ella juzgó ser saludable, y que su sombrero estaba echado inútilmente en el suelo en pleno abandono de sus funciones. El levantarlo y colocárselo en la cara, era obra que requería algún valor, sobre todo teniendo como tenía los ojos abiertos. Sin embargo, lo hizo, tomando en seguida las de Villadiego. Pero, al mirar hacia atrás, sorprendiose al ver el sombrero fuera de su sitio y a Sandy sentado y mirando a todos lados como para orientarse.

La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de su conciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benéficos y saludables; además, desde la niñez, se había negado a echarse con el sombrero puesto; sólo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero; y, por último, su derecho a prescindir de él cuando le diese la gana le era inalienable. Esa fue la íntima representación de su mente, pero, por desgracia, su expresión externa era confusa y se limitaba a la repetición de la siguiente incoherencia:

—¡El sol está bien! ¿qué hay? ¿qué hay, sol? ¡Magnífico!

Se detuvo doña María, y sacando nuevo valor de la ventajosa distancia que le separaba de él, le preguntó si le faltaba algo.

—¿Qué ocurre? ¿qué hay?—continuó Sandy con voz aguardentosa.

—¡Levántese, hombre degenerado!—dijo exasperada.—¡Levántese y váyase a casa!

Sandy se levantó zigzagueando. Medía seis pies de altura; doña María temblaba. Sandy adelantó con ímpetu algunos pasos y parose de súbito.

—¿Por qué me he de ir a casa?—preguntó de repente con seriedad.

—Para tomar un baño—contestó la maestra lanzando una ojeada a su sucia persona con gran indignación.

De pronto, con infinito contento de doña María, Sandy se quitó la levita y chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas, y con la cabeza hacia adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en dirección al torrente.

—¡Virgen santa! ¡Este hombre va a ahogarse!—dijo doña María.

Y entonces, con femenil inconsecuencia, echó a correr hacia el colegio y se encerró con llave en su cuarto.

Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huéspeda, la mujer del herrero, se le ocurrió a doña María preguntarle con gazmoñería si su marido atrapaba curdas con frecuencia.

—Abner—contestó reflexivamente Filomena,—déjeme que lo piense: Abner no ha estado chispo desde la última elección.

Entonces le hubiese gustado a doña María preguntarle si en tales ocasiones prefería tenderse al sol y si un baño frío era perjudicial, pero esto hubiera provocado una explicación a la que no tenía ganas de dar publicidad. De manera que se contentó con abrir sus grandes ojos, sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de la florescencia del sudoeste, y después dejó a un lado la cuestión. En una sabrosa epístola que escribió a su mejor amiga de Boston podía leerse lo siguiente:

«Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es aún la menos digna de objeción. Por de contado, querida, me refiero a la masculina. No sé nada que pueda hacer tolerable a la femenina».

Al cabo de una semana había doña María olvidado ya por completo este episodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra dirección. Con cierta extrañeza notó que todas las mañanas un fresco ramo de flores de azalea aparecía por entre las demás, sobre su pupitre. En un principio, no fue muy grande su extrañeza, puesto que los niños conocían su cariño para las flores, y mantenían siempre adornado su pupitre con anémonas, heliotropos y lupinos; pero al ser severamente interrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramito de marras.

Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba próximo a la ventana, fue acometido de repente por una risa espasmódica, al parecer inmotivada y atentatoria a la disciplina escolar. Lo más que doña María pudo sacarle fue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada salió de su colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina de la escuela, dio con el quídam borracho, a la sazón completamente sereno, corrido a más no poder y con cara suplicante y cariñosa.

Doña María no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventaja femenil, si no se hubiese fijado, algo confusa también, de que el patán, a pesar de algunas leves señales de pasada disipación, tenía agradable aspecto; era una especie de rubio Sansón, cuya sedosa barba, de color de trigo, jamás había conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las tijeras de Dalila. Así es que la cáustica frase que bailaba en la punta de su lengua expiró en sus labios y se limitó a recibir una tímida excusa con altiva mirada, recogiéndose la falda como para evitar la proximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, sus ojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelación. Involuntariamente se echó a reír, y toda la gente menuda se rió también, y sin saber por qué se sintieron muy felices.

Unas semanas después de esto, y en un día caluroso, sucedió que a dos chicos pernicortos les pasó una desgracia en el umbral de la escuela con un cubo de agua que habían traído laboriosamente desde la fuente, y que la compasiva doña María tomó el cubo para llevarlo a su destino. Al pie de la cuesta, una sombra cruzó el camino y un brazo vestido de una camisa azul, la alivió con destreza de aquella carga, que empezaba a quebrantar sus delicadas articulaciones. Doña María sintiose a la vez enojada y confusa.

Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con cierto despecho:

—Si más a menudo llevases esto por tu cuenta harías mucho mejor.

Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que siguió, y dio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropezó, lo cual hizo que los niños riesen otra vez, risa de que participó doña María, hasta el punto de que sus pálidas mejillas se tiñeron débilmente de carmín. Al día siguiente, apareció misteriosamente un barril al lado de la puerta, y con igual misterio cada mañana quedaba lleno de agua fresca de la fuente.

Y no sólo eran éstas las únicas delicadas atenciones que recibía esta joven singular.

El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas las aldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantería en ofrecer siempre el asiento del pescante al bello sexo, había exceptuado de esta atención a doña María, y bajo el pretexto de que tenía costumbre de blasfemar en las cuestas, ponía la mitad de la diligencia a su disposición. Jacobo Melín, de oficio jugador, después de un silencioso viaje en la misma diligencia que la maestra, arrojó una botella a la cabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombre en una taberna. Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal, contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse a profanar su sagrado recinto.

La monótona procesión de cielos azules y soles deslumbradores, de cortos crepúsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fue interrumpida algún tanto por los incidentes que se acaban de relatar.

La maestra se aficionó a pasear por los bosques apacibles y silenciosos; quizá creía con Filomena que los balsámicos olores de los pinos hacían bien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menos frecuente y su paso más firme; quizá había aprendido la eterna lección que los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a oídos ya atentos ya indiferentes; así es que un día dispuso una partida campestre hacia Selva Negra y se llevó a los niños consigo.

¡Cuán infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, de las esparramadas cabañas, de las amarillas zanjas, del clamoreo de locomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, del color chillón de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado el último montón de roca triturada y arcilla, cruzando la última disforme hendidura, ¡cómo abrían sus largas filas para recibirles los hospitalarios árboles! ¡Con qué indefinible alegría los niños, no destetados por completo del pecho de la generosa madre común, se echaron boca abajo sobre su rústico y atezado seno con extrañas caricias, llenando el aire con su risa! y ¡de qué manera doña María, esa persona felinamente desdeñosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretada falda, cuello y puños inmaculados, lo olvidó todo y corrió como una codorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo y palpitante, suelta la trenza de cabello castaño, el sombrero colgando del cuello por una cinta, dio de repente en lo más espeso del bosque con el malaventurado Sandy!

Inútil es indicar aquí las explicaciones, disculpas y no sobrado prudente conversación que allí se sostuvo. Sin embargo, parece que la maestra había ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Sólo diré que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los niños, con aquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes, reconocieron en él un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso bigote, y se tomaron otras libertades según su inveterada costumbre. Sobre todo, su admiración no conoció límites, cuando les armó un fuego contra un árbol y les enseñó otros secretos de la vida de monte. Al cabo de dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los pies de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la pendiente de la cuesta, tejía coronas de laurel con el regazo lleno de mil variadas flores. Su posición era muy parecida a la que tenía cuando le había encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza. Aquella naturaleza fácil y sensual, a la que la bebida había dado una exaltación fantástica, era de temer que encontrase en el amor algo parecido al arrebato alcohólico.

Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Su imaginación vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partir el cráneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquella profesora de rostro pálido y de grises ojos. Como mi gusto sería ahora presentarle en una situación heroica, con gran dificultad contengo mi pluma en este momento, y únicamente me abstengo de introducir semejante episodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de esto ocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la más bella de mis lectoras perdonará la omisión, recordando que en una crisis verdadera, el salvador es siempre algún forastero poco interesante, o bien un poco romántico agente de autoridad, y jamás un Adolfo.

Durante un buen rato, permanecieron allí, sentados en plácida calma, mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces de los niños jugando a escondite llegaban algo débiles desde la hondonada.

Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podría ser interesante, no pudo traslucirse.

Los pájaros, siempre curiosos, sólo pudieron saber que la maestra era huérfana; que salió de la casa de su tío para ir a California en busca de salud e independencia; que Sandy era huérfano también; que llegó a California en busca de aventuras, que había llevado una vida de agitación desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles que desde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda debían de parecerles estúpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pasó la tarde, y cuando los niños se reunieron otra vez, y Sandy, con una delicadeza que la maestra comprendió perfectamente, se despidió de ellos con toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareció a todos aquel día el más corto de su vida.

Conforme el sol del largo y árido verano iba marchitando las plantas hasta la raíz, la época de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismo local, se iba secando también. Un día más, y doña María sería libre ya, o, por lo menos, Red-Gulch no la vería en toda una estación. Sola en la escuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio cerrados, mecíase en uno de aquellos ensueños a que, con peligro de la disciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no hacía mucho tiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdos silvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propios pensamientos, que le pasó inadvertido un suave golpear en la puerta, o bien lo tradujo por una lejana extraña alucinación. Cuando por fin se afirmaba más claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadas mejillas se dirigió a la puerta, preguntando, ¿quién hay?

En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extraño contraste con su ademán irresoluto y lleno de timidez.

La maestra reconoció al primer golpe de vista a la dudosa madre de su anónimo discípulo. Contrariada quizá, tal vez enojada, invitola fríamente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puños y cuello, y recogió su corta falda castamente. Quizá esto fue motivo de que la turbada forastera, después de dudar un momento, dejase al lado de la puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y se sentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, al comenzar, era ronca.

—Me han dicho que se va usted mañana a la bahía, y no podía dejarla marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi Tomasito.

En opinión de doña María, Tomasito era un buen chico y merecía algo más que el pobre cuidado que de ella podía esperar.

—¡Gracias, señora, gracias!—dijo la forastera, sonrojándose aún a través de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su «pintura de batalla», y procurando en su confusión arrastrar el largo banco más cerca de la maestra.—Le doy a usted las más cumplidas gracias. Y, sin ánimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente más dócil y cariñoso, ni mejor que él. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existe maestra más paciente, más bondadosa, más angelical que la que él ha tenido la feliz estrella de encontrar.

Doña María, sentada muy peripuesta detrás de su pupitre, con una regla al hombro, abrió a esto sus ojos grises, pero guardó silencio.

—Bastante sé—prosiguió rápidamente aquélla,—que mujeres como yo no pueden halagarla. No debía tampoco entrar aquí en mitad del día, pero vengo a pedir un favor, no para mí, señora, no para mí, sino para mi pobre hijito.

Gracias al interés que observó en los ojos de la joven maestra, se animó, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color de lila, continuó en tono confidencial:

—Señora, ya ve usted que nadie más que yo tiene derecho sobre el niño, y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El año pasado tuve intención de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando se habló de traer aquí una maestra, esperé hasta que la vi a usted y entonces creí la cosa arreglada y que podía guardar a mi hijo algún tiempo más... ¡Si supiese, señora, lo que él la quiere! Si pudiera oírle hablar de usted a su bonita manera, si él pudiera pedirle lo que ahora le pido yo, sería usted incapaz de oponerse a ello. Es natural—continuó con rapidez, con una voz que tembló extrañamente, entre orgullosa y humilde,—es natural que la ame, señora, pues su padre, cuando le conocí, era un caballero, y es forzoso que el niño me olvide tarde o temprano... así es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo a pedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, al más querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... le lleve en su compañía.

Y, esto diciendo, la forastera se había levantado, y postrándose de rodillas a sus pies, tenía agarrada la mano de la joven entre las suyas.

—Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de él, para que lo ponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... a olvidar a su madre. Puede usted hacer con él lo que le parezca; lo peor que haga será bueno, comparado con lo que aprenderá a mi lado. Con tal que no hiciese más que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, de este hogar de pena y de vergüenza. ¿Lo hará? ¡Dígame que lo hará! ¿No es verdad? Lo hará; no puede, no debe negármelo. De este modo, mi hijo se hará tan puro, tan dócil como usted misma, y cuando haya crecido le dirá el nombre de su padre, el nombre que hace años no han pronunciado mis labios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aquí Sandy. ¡Doña María, no retire su mano! ¡Doña María, contésteme! ¿Se llevará a mi hijo? ¡No vuelva la cara! ya sé que no debería contemplar a una mujer como yo. ¡Pero por Dios, señora, sea clemente! ¡Que esta mujer me deja!

Doña María se levantó, y a la luz del expirante crepúsculo tentó su camino hasta la abierta ventana; allí permaneció en pie, apoyada contra el marco, con los ojos fijos en los últimos rosados matices del crepúsculo. Quedaba todavía algo de aquella luz en su pura y tersa frente, en su níveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero todo desapareció lentamente. La suplicante se había arrastrado aún de rodillas hasta su lado.

—Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo. Aguardaré aquí toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya usted resuelto. No me lo niegue ahora. ¿Se lo llevará? lo veo en su hermosa cara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soñando. Lo veo en sus ojos, doña María. Va a llevarse a mi hijo.

El postrer rayo del crepúsculo, que serpenteó hasta el cenit, reflejose en los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctuó y apagose desapareciendo en el ocaso. El sol se había puesto en Red-Gulch. En el crepúsculo y silencio la voz de doña María sonó majestuosamente.

—Me llevaré al niño; envíemelo esta noche.

Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de la falda de doña María, y de buena gana habría sepultado su ardiente cara en sus virginales pliegues, pero no se atrevió y se puso en pie.

—¿Ese hombre conoce su intención?—preguntó de repente la maestra.

—No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al niño para conocerlo.

—Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo. Comuníquele lo que ha hecho. Dígale que me he llevado a su hijo, y hágale saber que jamás debe ver... ver... otra vez al niño. Allí donde vaya éste, él no debe venir; dondequiera que me lo lleve, él no debe seguir. Basta, pues. Estoy cansada y... me queda aún mucha tarea.

Y la acompañó hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvió.

—Buenas noches.

Se hubiera echado a los pies de doña María, pero, en el mismo momento, la joven le tendió sus brazos, estrechó por un momento contra su puro pecho a la pecadora mujer, y después empujó y cerró la puerta con llave.

Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tomó el hereje Bill a la mañana siguiente las riendas de la diligencia Silio Gullon, pues aquel día uno de sus pasajeros era la maestra, doña María. Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior, refrenó de repente los caballos y esperó respetuosamente mientras Tomasito saltaba del coche por orden de la maestra.

—La otra mata: no aquélla, Tomasito.

El interpelado sacó su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una alta mata de azalea, volvió con ella hacia doña María.

—¿Adelante?

—Adelante.

Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch.

DE CÓMO SAN NICOLÁS LLEGÓ A BAR SANSÓN

Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. El North Fork se había salido de madre y la Rattlesnake Creek estaba impracticable.

Bajo una enorme extensión de agua que alcanzaba la base de las montañas desaparecían los gruesos cantos rodados que durante el verano habían señalado el vado en el cruce de Sansón.

El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger; el último correo fue abandonado en los túneles y su jinete salvó la vida luchando a brazo partido con la corriente.

Como observaba el Alud de la Sierra con cierto orgullo local, «un área» tan grande como el Estado de Massachusetts, está a estas fechas bajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor.

El barro era denso en el camino de la montaña. En la carretera, galeras que ni la fuerza física ni el ingenio podían arrancar de los baches en que habían caído, obstruían el paso, y los tiros de caballos rezagados y las blasfemias mostraban más que otra cosa el camino de Bar Sansón.

A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por un viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansón, en la Nochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrina que la borrasca sacude en los viejos triglifos de pétreo entablamento.

Mientras la noche descendía sobre el campamento, unas pocas luces brillaban, al través de la neblina, desde las ventanas de las cabañas a entrambos lados del camino, surcado a la sazón por riachuelos desordenados y azotado por violentas ventoleras.

Afortunadamente, la mayoría de los vecinos estaban recogidos en el almacén de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cual escupían, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidad social, que relevaba a todos de cualquier otra ocupación.

Como la crecida de las aguas había suspendido las faenas de las minas y del río, hacía ya mucho tiempo que los medios de diversión se habían agotado en Bar Sansón. Además, la subsiguiente falta de dinero y aguardiente quitaba el gusto hasta la más inocente diversión.

El mismo señor Perrín abandonó el Bar con cincuenta pesos en el bolsillo, única cantidad que alcanzó a realizar de las grandes sumas que llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio.

—Si me dijesen otro día, si me dijesen que señalara una bonita aldea en donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero, pudiera divertirse a menudo y alegremente, diría que Bar Sansón; pero para un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, no produce lo suficiente.

Como la familia del señor Perrín la formaban únicamente damas elegantes, citamos esta observación más para dar una idea de su humor que de sus deberes.

Formando abigarrado conjunto, encontrábanse reunidas aquellas personas con la indiferente apatía que engendra la pereza y el fastidio.

Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, les hizo volver en sí.

Sólo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alzó la cabeza, pero nadie más del grupo dio a conocer el menor interés hacia el hombre que entraba pausadamente, por cierto.

Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansón le llamaban «El viejo».

A pesar de esto, parecía aún de complexión fresca y juvenil, y su cabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta años. De cara simpática y complaciente, tenía una aptitud así como la del camaleón para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteres de los que entraban en su trato.

Acababa de dejar a unos compañeros de diversión, así es que, de momento, no observó la gravedad del grupo, pero golpeó amistosamente por la espalda al hombre más próximo, y se echó en una silla que vio libre.

—¡Acabo de oír la cosa mejor del mundo, muchachos! ¿Conocen ustedes a Melín? ¿El de allá abajo, Joaquín Melín, el hombre más divertido de Bar? Pues Joaquín nos estaba contando el cuento de más chispa que...

—¡Melín es un animal!—interrumpió una voz seca.

—Un cuadrúpedo—añadió otro, en tono sepulcral.

Y el silencio volvió a reinar después de estas declaraciones.

El viejo miró rápidamente en torno al grupo. Luego, su cara se transformó poco a poco.

—Es verdad—dijo, después de un momento de reflexión,—es realmente una especie de cuadrúpedo, algo tiene de animal, no puede negarse.

Y frunció el ceño, como en dolorosa meditación de la ignorancia e imbecilidad del impopular Melín.

—Hace un tiempo bien triste, ¿verdad?—añadió, engolfándose en la corriente del general sentimiento.—Mala la van a pasar los obreros y poco dinero corre esta temporada... Y mañana es Navidad.

Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se traslució claramente si era de satisfacción o de disgusto.

—Sí—continuó el viejo en el tono lúgubre que desde los últimos momentos involuntariamente adoptara,—esto es... se me ocurrió la idea, ¿comprenden? de que tal vez les gustaría venir a mi casa y pasar allí una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustaría... ¿Quizá no están en buena disposición?—añadió con simpática solicitud, observando las caras de sus oyentes.

—No diré que no—respondió Tomás Flavio, algo más animado.—Puede que sí. ¿Pero y tu mujer, viejo? ¿Qué tal va?

El viejo titubeó.

Todo Bar Sansón sabía que las experiencias conyugales no habían sido felices para él.

Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido las más vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un día éste convidó a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase plenamente probada.

Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tímida e inocente criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron que retirarse corridos y avergonzados.

La delicada sensitiva no se repuso fácilmente del choque de tan extraordinario ultraje.

Le costó trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de un armario en que estaba escondido y escaparse con él. Para consuelo del marido, le dejó abandonado un niño de tres primaveras.

La actual consorte del viejo había sido su cocinera: mujer corpulenta, de carácter brutal.

Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que la casa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera él en su casa convidaría a quien le pluguiese, aun cuando haciéndolo pusiera en peligro su salvación. Los espíritus malignos, añadió además, lucharían en vano contra él.

Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traducción obligada.

—Naturalmente... seguro... esto es—dijo el viejo frunciendo también el entrecejo.—No hay nada de particular. Es mi casa; yo mismo he levantado todos sus maderos. No hay por qué temerla. Tal vez grite un poco, como hacen las mujeres, pero volverá a las buenas.

El viejo fiaba, para sus adentros, en la exaltación del licor y en el poder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante situación.

Hasta aquel momento, Federico Bullen, oráculo y cabeza de Bar Sansón, no había hablado. Pero se quitó la pipa de los labios y prorrumpió:

—Viejo, ¿y cómo sigue tu niño Juanito? Se me figuró algo enfermizo la última vez que lo vi en el camino tirando piedras a los chinos, y no parecía interesarle eso en gran manera. Ayer pasó por aquí una tropa de ellos, ahogados en el río, y pensé en Juanito. ¡Oh! ¡cómo los echaría de menos! ¿Tal vez estorbaremos si está enfermo?

Visiblemente afectado, no sólo por este cuadro patético de la privación de Juanito, sino también por tan circunspecta delicadeza, se apresuró el padre a asegurarle que Juanito estaba mejor y que un poco de broma quizá le mejoraría algún tanto.

Entonces Federico se levantó, y desperezose diciendo:

—Ya estoy. Enséñanos el camino. En marcha.

Y con un salto y un aullido característicos, precediolos, saliendo a fuera.

Al pasar por delante del hogar agarró un tizón encendido, acción que repitieron los demás de la partida, siguiéndolo de cerca, codeándose, y antes de que Daniel, el asombrado propietario de la droguería, conociera la intención de sus huéspedes, la sala estaba completamente desocupada.

Hacía una noche más oscura que boca de lobo. Las improvisadas antorchas se extinguieron a la primera racha de viento y únicamente los rojos tizones oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos iluminaban vagamente el estrecho sendero.

Este les conducía por la cañada del Pino arriba, a cuya entrada se escondía en la cuesta una ancha pero baja cabaña con un techo primitivo hecho de cañas y cortezas de pino.

Era el hogar del viejo y a la vez entrada de la mina en que trabajaba cuando lo hacía.

Una vez allí el acompañamiento, se paró un momento por delicada deferencia al anfitrión, que llegó de la retaguardia jadeante.

—Quizá hicieran ustedes bien en aguardar un segundo aquí fuera, mientras yo entro y veo si todo está corriente—dijo el viejo con una indiferencia que estaba muy lejos de su ánimo.

La indicación fue buenamente aceptada; la puerta se abrió y cerró tras del anfitrión, y sus compañeros, apoyando las espaldas contra la pared y cobijándose bajo el alero del tejado, esperaron con el oído atento.

Por algunos momentos no se oyó más sonido que el gotear del agua del alero y el de las ramas que luchaban contra el viento que las sacudía, crujiendo por encima de sus cabezas.

Los convidados principiaron a inquietarse y cuchichear indicaciones y sospechas que pasaron de boca en boca.

—Sospecho que para empezar ya me le ha roto la crisma.

—Le habrá metido en el túnel y allí le dejará emparedado, seguramente.

—Le tendrá en el suelo y estará sentada encima.

—Probablemente está hirviendo algo para echárnoslo; apartémonos de la puerta por lo que pudiera ser.

Pero en este momento el pestillo crujió, abriose despacio la puerta, y una voz dijo:

—Entren a cubierto de la lluvia.

La voz no era la del viejo ni la de su mujer.

Era una voz infantil, cuyo débil timbre quebrantaba aquella ronquera antinatural, que sólo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro del alcohol.

Apareció ante ellos la figura de un niño, cuya cara podía haber sido bonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldades aprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y el abandono.

Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conocía que acababa de levantarse de la cama.

—Entren—repitió—y no hagan ruido. El viejo está allí hablando con madre—prosiguió señalando un cuarto adyacente, que parecía ser una cocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia.

—Suéltame—añadió el niño refunfuñando y dirigiéndose a Federico Bullen que le había agarrado envuelto en la manta y fingía quererle echar al fuego del hogar.

—¡Déjame, maldito viejo loco! ¿oyes?

Puesto así a raya Federico Bullen, dejole en el suelo, mientras que los hombres entraron silenciosamente, colocándose en el centro del cuarto y alrededor de una larga mesa de toscas tablas.

Inmediatamente Juanito encaminose con gravedad hacia un armario y sacó varios objetos que colocó sobre la mesa pausadamente.

—Ahí tienen ustedes aguardiente y bizcochos, arenques ahumados y queso (y en su camino hacia la mesa dio una dentellada a este último). Y azúcar. (Sacó con mano muy sucia un puñado.) Hay también manzanas secas en la alacena; pero no me chocan. Las manzanas hinchan. Helo aquí todo—terminó.—Olvidábame el tabaco. Ahora a ello y sin temor: no hago caso de la vieja; al fin y al cabo, no me es nada ¡Ea, pues!

Y se retiró hacia el umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que un armario, separado del cuarto principal por un tabique y que tenía una pequeña cama en su pequeño y oscuro recinto.

Se detuvo allí un momento de pie mirando la compañía, saliéndole los desnudos pies por debajo de la manta, y se despidió haciendo un ligero movimiento.

—¡Escucha Juanito! ¿Vas a acostarte otra vez?—dijo Federico.

—Sí, voy—respondió con decisión el interpelado.

—¿Pues qué tienes, vejete?

—No estoy bueno.

—¿Cómo?

—Tengo fiebre. Y sabañones. Y reuma—contestó Juanito.

Y se hundió entre las sábanas. Después de una pausa momentánea, añadió desde la oscuridad:

—Y el corazón me duele.

Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre sí y después al fuego.

A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, pareció que caían otra vez en el desaliento de la droguería de Daniel, cuando la voz quejumbrosa del viejo, incautamente elevada, llegó hasta la reunión de un modo bastante claro para ser oída.

—En esto te sobra la razón... Es mucha verdad... Claro está que lo son. ¡Una cuadrilla de borrachos y holgazanes!... y ese Federico Bullen es el peor de todos. ¿Es que no tiene juicio para venirse aquí, habiendo en casa un enfermo y sin que tengamos provisión de ninguna clase?... Ya se lo decía yo... Bullen, le he dicho, ¿es que estás borracho o loco para pensar tal cosa?... ¿Y a Conrado? ¿Cómo ha podido ocurrírsete convertir mi casa en un campo de Agramante, teniendo a mi niño enfermo? Es que quisieron venir, te digo. He aquí lo que debe esperarse de esta canalla del Bar.

Una carcajada homérica siguió a esta desgraciada manifestación.

En este momento, sea que fuera oída la risa en la cocina, o que la iracunda compañera del viejo hubiese apurado todos los restantes modos de expresar su desprecio e indignación, lo cierto fue que cerraron una puerta trasera con gran estrépito.

Todos permanecieron suspensos hasta que reapareció el viejo, ignorando por fortuna la causa del último estallido de hilaridad y sonriendo hipócritamente.

—Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la señora Mac Fadden—dijo a modo de explicación y con aire indiferente, al tomar asiento entre los comensales.

Y, cosa singular, se necesitó de este adverso incidente para aliviar el embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se recobró con el regreso del anfitrión.

No intentaré contar los chistes del banquete de Nochebuena. Basta decir que la conversación se caracterizó por la exaltación intelectual, el cauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisión retórica y por el mismo discurso lógico y coherente que distinguen a estas varoniles reuniones en localidades más civilizadas y en donde reina el más fino trato social.

No se rompió un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaron inútilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez de aquel artículo.

Sería casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta.

—Es preciso callar—dijo Federico alzando la mano.

Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato.

—¡Oh, padre!

El viejo se levantó apresuradamente introduciéndose en la habitación del enfermo. Al poco rato reapareció.

—El reuma le vuelve con fuerza—dijo—y necesita unas fricciones.

Tomó de la mesa la damajuana de aguardiente y la sacudió. Estaba vacía completamente.

Federico Bullen dejó su taza de hojadelata con una risa forzada. Los demás hicieron lo propio.

El viejo examinó el contenido y dijo más animado:

—Me parece que hay bastante. Esperar un momento; vuelvo en seguida.

Y entró de nuevo en el cuartito, llevándose una camisa vieja de franela y el aguardiente.

Como la puerta quedó entreabierta, se oyó distintamente el siguiente diálogo:

—Dime, hijo mío, ¿dónde te duele más?

—Me duele todo. Ora aquí y ora ahí debajo; pero es más fuerte de aquí a aquí. Corre, padre, friega fuerte.

Y el silencio parecía indicar una viva fricción. Entonces, Juanito dijo:

—¿Pasas un buen rato allí fuera, padre?

—Sí, hijo mío.

—¿Es Navidad mañana, verdad?

—Sí, hijo mío. ¿Cómo te sientes ahora?

—Mejor, frota un poco más abajo. ¿Y qué es Navidad? Dime: ¿por qué es tal fiesta?

—¡Oh, es un día!...

Aquí, al parecer, pudo más el dolor que la infantil curiosidad, pues hubo un silencioso intervalo, durante el cual el viejo continuó frotando. Al poco rato, Juanito continuó:

—Madre dice que en todas partes, menos aquí, todos se dan cosas unos a otros por ese día. Dice que hay un hombre que le llaman San Nicolás, ¿comprendes? Pero no un blanco, sino una especie de chino, que baja por la chimenea la noche antes de Navidad, dejando cosas a los niños como yo que han tenido cuidado de dejar allí sus botas. Eso... eso es lo que me quería hacer creer... Vamos, padre, ¿dónde estás frotando? Estás a un kilómetro del sitio... Dime: ¿no habrá inventado esto para hacernos rabiar a ti y a mí?... No frotes ahí... Contesta.

En medio del silencio nocturno que parecía cernerse sobre la casa, se oía claramente el murmullo de los cercanos pinos como arpas eólicas tañidas por el viento.

—Vamos, no seas así, padre, pues pronto me voy a poner bueno. ¿Qué hacen esos hombres ahí fuera?

El viejo entreabrió la puerta y miró distraídamente.

Los hombres estaban sentados en buena compañía, con unas cuantas monedas de plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos.

—Están armando... algún juego. Ya se las arreglan—contestó a Juanito y volvió a sus fricciones.

—Me gustaría ser mano y ganar dinero—dijo reflexivamente Juanito, después de un corto silencio.

Por todo consuelo, el viejo repitió lo que a todas luces era para él estribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta que diesen con el filón, en la mina, tendría mucho dinero, y serían muy ricos.

—Sí—dijo Juanito,—pero no lo encuentras. Además, dar con él o que yo lo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestión de suerte. Pero es muy extraño lo de Navidad, ¿no es cierto? ¿Por qué la llaman Navidad?

Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huéspedes, sea por un vago sentimiento de incongruencia, la contestación del viejo fue tan baja, que quedó aprisionada entre las paredes de la habitación.

—Sí—dijo Juanito, con interés ya algo decaído.—Me han hablado ya de Él. Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto daño como antes. Ahora cúbreme bien con la manta y—añadió murmurando bajo la ropa—siéntate a mi lado, hasta que me duerma. ¿Oyes?

Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de la manta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de que no le burlase en su justa pretensión.

El viejo esperó pacientemente algunos minutos.

La inusitada tranquilidad de la casa excitó su curiosidad; con la mano desasida y sin levantarse, abrió cautelosamente la puerta y atisbó hacia la sala.

Con gran extrañeza, la vio oscura y vacía.

Pero en aquel instante un leño que humeaba en el hogar se rompió, y a la luz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a los amortiguados tizones.

—¡Hola!

Federico se sobresaltó, púsose de pie y fue hacia él, medio tambaleándose.

—¿Los compañeros dónde han ido?—dijo el viejo.

—Al momento vuelven por aquí. Han salido a fuera a dar un pequeño paseo. Les estoy esperando. ¿Qué miras tan fijamente, viejo?—añadió con risa forzada,—¿vas a creer que estoy borracho?

Podía habérsele perdonado al viejo la suposición, pues los ojos de Federico estaban húmedos y su cara como un tomate.

Hízose un poco el remolón, y volvió a la chimenea. Bostezó, desperezose, abrochó su levita, y dijo riendo:

—El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No te levantes—prosiguió, cuando el viejo hizo un movimiento para librar su manga de la mano de Juanito.—No hagas cumplidos. Puedes quedarte ahí donde estás; me voy al instante. Ya están aquí.

Llamaron suavemente a la puerta.

Federico Bullen abriola, con un ademán se despidió del viejo y desapareció.

El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que aún inerte le detenía fuertemente, no siendo fácil desprenderse de ella. Era pequeña, débil y flaca; pero quizá por ser pequeña, débil y demacrada cedió a su presión y, aproximando aún más la silla a la cama, apoyó sobre ella la cabeza, sorprendiéndole el sueño en esta actitud.

La habitación osciló y se desvaneció ante sus ojos; reapareció, se desvaneció de nuevo, oscureciose y le dejó dormido del todo.

En tanto, Federico Bullen cerró la puerta, y se juntó a sus camaradas.

—¿Estás listo?—dijo Conrado.

—¡Listo!—dijo Federico,—¿qué hora es?

—La una—contestó,—¿puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entre ida y vuelta.

—Así me parece—contestó Federico brevemente.—¿Está la yegua aquí?

—Bill y Jaime la tienen ya en el pinar.

—Pues que la guarden un momento.

Volviose y entró otra vez cautelosamente en la casa.

Guiado por la débil luz de la vela que se corría y del amortiguado fuego, observó que la puerta del cuartito estaba abierta y se fue hacia ella de puntillas.

El viejo roncaba echado en su silla, con las piernas extendidas, la cabeza hacia atrás y el sombrero calado hasta las cejas.

A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yacía Juanito envuelto estrechamente como una momia en la manta, que le tapaba todo, excepto una parte de la frente y una manecita cárdena y estirada que pugnaba inútilmente por entrar.

Federico Bullen avanzó un paso, titubeó y miró por encima del hombro la desierta sala.

Reinaba el silencio más profundo.

Con súbita resolución se inclinó sobre el dormido muchacho, separando con ambas manos sus grandes bigotes.

Mas, en el instante de hacerlo, un travieso soplo de aire que le acechaba, giró en torbellino por la chimenea abajo, reanimando el hogar y despidiendo viva claridad, de la que huyó Federico como asustado.

Sus compañeros le esperaban ya en el pinar.

Dos de ellos luchaban para sujetar en la oscuridad un ser extrañamente disforme, el cual a medida que Federico se acercaba, fue delineando su figura. Era la yegua.

El cuadrúpedo no tenía, en realidad, bonita estampa.

Nada notable ofrecía desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, y desde su arqueado espinazo, oculto por las raídas y tiesas machillas de una silla mejicana, hasta sus gruesas, derechas y huesosas piernas, no tenía una sola línea de la gracia y noble aspecto que distingue a su especie.

Con los blancos ojos medio ciegos, pero malignos, su labio inferior colgante y su monstruoso color, era incapaz de despertar el más leve sentimiento estético.

—Bueno—dijo Conrado,—cuidado con las herraduras, muchachos, ¡arriba! Ojo con no descuidarte en agarrar ante todo las crines, y cuida de agarrar en seguida el otro estribo. ¡Arriba!

Montó atropelladamente el jinete, pateó luchando el solípedo, apartáronse con precipitación los espectadores y volaron sacudidas en círculo las herraduras, retemblando la tierra a los saltos del animal. Por último, sonaron las espuelas y partió Jovita. Federico, en las tinieblas, gritó:

—¡Bien va!

—Al volver no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo. ¡No la detengas al bajar la cuesta! A las seis te esperamos en el vado. En marcha. ¡Hop! ¡Adelante!

Y chispearon las piedras, crujió ruidosamente la grava del camino y Federico se hundió en la oscuridad.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh, musa! canta; ¡la cabalgada de Federico Bullen! ¡Oh, musas, venid en mi ayuda para cantar los caballerescos varones, la sagrada empresa, las hazañas, la batida de los patanes malandrines, la terrible cabalgada y temerosos peligros de la flor de Bar Sansón! ¡Ah, musa mía! ¡Desdeñosa estás!... Nada quiere con este animal coceador y con su andrajoso jinete, y fuerza me es seguirlos en simple prosa.

Eran las dos; apenas alcanzara Rattlesnake-Hill, y ya en aquel intervalo Jovita había hecho gala de todos sus vicios, y sacado a relucir todas sus habilidades.

Tres veces tropezó. Dos veces alzó el romo hocico en línea recta con las riendas, y resistiendo el freno y la espuela, echó a correr locamente a través de campos y sembrados.

Dos veces se puso de manos, y se dejó caer hacia atrás, y dos veces el ágil Federico tuvo que recurrir a todo su ingenio y buena estrella para recobrar su asiento.

Y una milla más adelante, al pie de una prolongada colina, estaba Rattlesnake-Creek.

Federico sabía que allí le esperaba la prueba capital de su habilidad, si quería llegar al término de su jornada. Apretó los dientes, encajó sus rodillas en los costados de la yegua y cambió su táctica de defensa en una enérgica ofensiva.

Excitada y enardecida Jovita, emprendió el descenso de la cuesta.

El artificioso Federico fingía detenerla con represión manifiesta, y mentidos gritos de temor.

Inútil es añadir que Jovita en seguida emprendió vertiginosa carrera. Ni es necesario fijar aquí el tiempo empleado en el descenso; está inscrito en las crónicas de Bar Sansón.

Sólo diré que al cabo de un momento, pareciole a Federico que le salpicaba el barro de las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek.

Conforme a los planes de Federico, el empuje que había adquirido la llevó más allá del margen, y teniéndola a propósito para un gran salto, se lanzaron en medio de la impetuosa corriente del río.

Unos momentos de lucha, coceando y nadando, y Federico respiró ruidosamente, después de ganar la orilla opuesta.

El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red-Mountain era bastante bueno.

Sea porque el baño en Rattlesnake-Creek hubiese templado su maligno ardor, o bien porque el arte con que Federico la condujo le hubiese demostrado la superior malicia de su jinete, Jovita ya no malgastaba su energía sobrante en vanos caprichos, y parecía haber adquirido una grave solemnidad.

Una vez tan sólo coceó con las piernas traseras, pero fue por la fuerza de la costumbre; otra vez se espantó, pero fue por una maldita vieja que se interpuso en el camino con un monumental cesto en la cabeza.

Fosos, montones de grava, trozos que emergían sembrados de fresca hierba, volaron bajo sus piernas que parecían infundidas de extraño vigor.

Empezó a resollar; una o dos veces tosió ligeramente, pero no disminuyeron su fuerza ni la velocidad de su carrera.

A las tres había pasado la Red-Mountain y comenzaba el descenso hacia el llano.

Diez minutos más tarde, el cochero de la rápida diligencia Pionner fue alcanzado y dejado atrás por un «hombre sobre un caballo pinto», según expresión del conductor.

A las tres y media Federico se alzó sobre sus estribos y lanzó una exclamación.

Al través de rasgadas nubes brillaban las estrellas, y frente a él, más allá de la llanura, se alzaban dos agujas, dos astas de banderas y una silueta de objetos negros escalonados.

Federico sacudió sus espuelas y blandió su riata. Precipitose Jovita, y un momento después penetraron a la carrera en Tuttleville, y pararon en la plaza de la Fonda de las Naciones.

Lo que ocurrió aquella noche en Tuttleville no forma, precisamente, parte de esta historia.

Pero sin pecar de prolijo puedo manifestar que, cuando Jovita hubo pasado a poder del somnoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto le sacudió el sueño con un par de coces, Federico salió con el tabernero a dar una vuelta por el pueblo que dormía silencioso.

Las luces de unas pocas tabernas y casas de juego brillaban aún, pero evitando la tentación, pararon delante de varias tiendas cerradas, y llamando repetidamente después del consiguiente griterío, consiguieron hacer levantar de sus camas a los propietarios y obligándoles a desatrancar las puertas de sus almacenes y a exponer sus géneros a los importunos visitantes.

En algunos puntos no se pudieron librar de ciertas maldiciones, pero las más de las veces por interés o por necesidad se mostraron complacientes, y terminando la entrevista del modo más cordial.

Eran las tres cuando acabó esta ruta, y con un pequeño saco de goma impermeable, atado con correas a sus espaldas, Federico volvió a la posada.

Pero allí le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos y ricos vestidos, persuasiva en el hablar y española en el acento.

En vano repitió la invitación del Excelsior.

El hijo de las sierras rechazó a la Belleza con gallardía, no sin mitigar el desaire con una sonrisa y su última moneda de oro.

Volvió a montar después, y emprendió su camino por la triste calle abajo, y luego por la llanura siempre lúgubre. Muy pronto la negra línea de casas, las aguas y el asta de bandera se perdieron en lontananza detrás de él, como si la tierra las hubiese tragado.

El tiempo había amainado. El aire era penetrante y frío, las siluetas de los cercanos mojones se percibían ya; eran las cinco y media cuando Federico alcanzó la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado.

Con objeto de evitar la rápida pendiente había tomado un camino más largo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso Jovita se hundía hasta las orejas a cada paso.

No era muy buena preparación para una seria subida de cinco millas; pero Jovita arremetió con su habitual, ciega e impetuosa furia, y media hora más tarde alcanzó la extensa llanura que conduce a Rattlesnake-Creek: treinta minutos más, y llegaban a la meta.

Federico soltó ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua, excitola con un silbido, y tarareó una canción.

Espantose de pronto Jovita, y dio un salto que hubiera desmontado a un árabe.

Agarrado a las riendas, estaba un hombre que había saltado desde la cuneta y al mismo tiempo se alzaban ante él y en el camino un caballo y otro jinete en la oscuridad.

—¡Afloja tu bolsa, canalla!—dijo en voz de mando y con una blasfemia la segunda fantasma.

Federico sintió a la yegua temblar debajo de sí y como si fuese a caer desplomada.

Sabía lo que esto significaba, y se preparó.

—Apártate, Simón, te conozco, maldito bandido; déjame pasar o verás...

Dejó la frase sin terminar.

La yegua levantó las patas al aire con un salto terrible, sacudiendo del bocado a la persona que la había agarrado y descargó su mortal malevolencia contra el obstáculo detentor.

Una blasfemia rasgó los aires, sonó un pistoletazo, caballo y salteador rodaron por el suelo y un momento después Jovita estaba a cien metros de aquel funesto lugar.

Pero el brazo derecho del jinete, destrozado por una bala, colgaba inerte a su lado. Sin disminuir la velocidad, cambió las riendas a su mano izquierda.

Algunos momentos más tarde viose obligado a parar y a apretar la cincha, que, mal asegurada, podía estúpidamente lograr lo que no habían conseguido el peligro ni el ataque.

Esta operación requirió unos minutos de suprema angustia.

Sin embargo, no temía la persecución. Mirando al cielo, vio que las estrellas de oriente palidecían, y que las lejanas cumbres, perdida su espectral blancura, se destacaban ya con sombrías tintas sobre un cielo cada vez más argentino. El día se le venía encima.

Haciendo un heroico esfuerzo y completamente absorto en una sola idea, olvidó el dolor de su herida, y montando de nuevo corrió hacia Rattlesnake-Creek.

Pero el aliento de Jovita era ya entrecortado, Federico vacilaba en la silla y el cielo se aclaraba ya del todo.

—¡Adelante! ¡Corre, Jovita! ¡oh, día, si pudiese detenerte con una mano!

En los últimos pasos sentía ya un zumbido en sus oídos.

El brazo del jinete desangraba más y más...

Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado y desvanecido y no reconoció el terreno que pisaba.

¿Había tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek?

Federico iba por el recto camino.

Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes había vadeado, estaba desbordado, y las aguas invadían los campos vecinos, de modo que se interponía entonces como rápido e irresistible río entre él y Rattlesnake-Hill.

Por primera vez en aquella noche, sintió Federico el corazón oprimido.

Todo fluctuaba ante sus ojos, y el río, la montaña y la temprana aurora giraban a su alrededor con velocidad vertiginosa.

Entonces los cerró, concentrándose en sí mismo para recobrar la conciencia que empezaba a vacilar.

En aquel breve intervalo, por algún fantástico procedimiento mental, el cuartito de Bar Sansón y el grupo del padre e hijo dormidos, apareció a su vista.

De repente abriéronse de nuevo sus ojos; tiró su levita, la pistola, las botas y la misma silla, ató fuertemente a sus espaldas el precioso lío; con las desnudas rodillas apretó los costados de Jovita, y tendido sobre el lomo del animal la azuzó hacia la corriente.

Un grito se alzó desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de un hombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre la batalladora corriente, para ser arrastrados luego fuera del río, por entre descuajados árboles y viscosas masas de lodo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El fuego se había extinguido en el hogar. La vela de la habitación interior espiraba, y en la puerta dieron un fuerte aldabonazo.

El viejo despertó sobresaltado.

Descorrió precipitadamente el cerrojo, pero dando un grito retrocedió ante la choreante y deshecha figura que vacilaba en el umbral.

—¡Federico!

—¡Silencio! ¿Despertó ya?

—No; ¿pero... Federico?

—¡Calla, animal! Tráeme un poco de aguardiente, vivo.

Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella misma noche, pues el viejo voló en su busca y volvió con... una botella vacía.

Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado.

Titubeó, y agarrándose del tirador de la puerta, llamó con una señal al viejo mientras aseguraba el bulto de la espalda.

—Hay algo aquí en ese lío para Juanito. Quítamelo. A mí me es imposible.

Lleno de turbación, el viejo desató el lío y colocolo ante el pobre Federico que estaba desfalleciendo.

—¡Abrelo, en seguida!

Hízolo con dedos temblorosos.

Contenía tan sólo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero relucientes de pintura y oropel. Inútil es decir que todos llevaban impresas las huellas de la odisea que habían seguido.

En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el agua irreparablemente, y sobre el último una mancha de sangre extendía su fatídico contorno.

—No parece gran cosa, en verdad—balbuceó Federico tristemente.—Pero es lo mejor que hemos podido hacer. Recíbelos, viejo, y pónselos en sus zapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza.

El viejo tomolo en sus brazos.

—Dile—añadió Federico sonriendo débilmente,—dile que San Nicolás ha venido.

Y de esta manera, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado, andrajoso, con un brazo colgando inerte a su lado, San Nicolás llegó a Bar Sansón, y cayó desfallecido en el umbral de una mísera vivienda.

El sol extendía ya por el firmamento sus dorados rayos; elevose dulcemente, y con inefable amor pintó de rosadas tintas los lejanos picachos.

Y el albor de Navidad acarició tan tiernamente a Bar Sansón, que la montaña entera, como sorprendida en una acción generosa, se sonrojó hasta las nubes.

LA SUERTE DE CAMPO RODRIGO

Agitábase en conmoción Campo Rodrigo. Cuestión de riñas no sería, pues en 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. No solamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especería de Tut contribuía también con sus jugadores, quienes, como todos sabían, continuaron reposadamente su partida el día en que Pedro el francés y Kanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo de la puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos ante una tosca cabaña, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheaba con verdadero interés, y a menudo se repetía el nombre de una mujer, nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal.

Hablar de ella prolijamente sería contraproducente. Basta consignar que era una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y al cabo la única mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba la crisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados y atenciones.

Viciosa, abandonada e incorregible, padecía, sin embargo, un martirio cruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manos femeninas.

En aquel aislamiento original y terrible, sin duda había caído sobre ella la maldición que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vez formaba parte de la expiación de sus faltas, que en el momento en que más falta le hacía la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, sólo se encontrara con las caras indiferentes de hombres egoístas. De todos modos, creo que algunos de los espectadores se encontraban afectados compadeciéndola sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello era muy duro «para Sal», y conmovido con tal reflexión, se hizo por el momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos de triunfos.

Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en Campo Rodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida. Varias personas habían sido expulsadas del campamento resuelta y terminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; pero ésta era la primera vez que en él se introducía alguien ab initio. He aquí la causa de la sensación.

—Oye, Edmundo—dijo un ciudadano prominente, conocido por León, dirigiéndose a uno de los curiosos.—Entra aquí y mira lo que puedas hacer, tú que tienes experiencia en estas cosas.

Y a la verdad que la elección no podía ser más acertada. Edmundo en otros climas había sido la cabeza putativa de dos familias. Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debió que Campo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todos aprobaron la elección y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse a la voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerró tras del improvisado cirujano y comadrón, y todo Campo Rodrigo se sentó en los alrededores de la cabaña, fumó su pipa y aguardó el desenlace de la tragedia.

La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de éstos eran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todos del «qué se me da a mí». Exteriormente no dejaban traslucir el menor indicio sobre su vida y antecedentes. El más desalmado tenía una cara de Rafael, con profusión de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tenía el aire melancólico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: el hombre más sereno y valiente apenas medía cinco pies de estatura, con una voz atiplada y maneras afeminadas y tímidas. El término truhanés aplicado a ellos constituía más bien una distinción que una definición. Individualmente considerados, quizá faltaban a muchos los detalles menores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas leves omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El más hábil de entre ellos, no tenía más que tres dedos en la mano derecha; el más certero tirador era tuerto de solemnidad.

Tal era el aspecto físico de los hombres dispersos en torno de la cabaña. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entre dos montañas y un río, y era su única salida un escarpado sendero que escalaba la cima de un monte frente a la cabaña, camino iluminado entonces por los plateados rayos de Diana.

La paciente podía haberlo visto desde el tosco lecho en que yacía. Podía verlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo alto confundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentaba la sociabilidad en la reunión. Lentamente, reapareció la alegría natural de Campo Rodrigo. Cambiáronse apuestas a discreción respecto al resultado: Tres contra cinco que Sal saldría con bien de la cosa; además, también apostose que viviría la criatura y se atravesaron apuestas aparte sobre el sexo y complexión del futuro huésped. En lo más recio de la animada controversia, oyose una exclamación de los que estaban más cercanos a la puerta, y todo el mundo aguzó los oídos. Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo de la rápida corriente del río y el chisporroteo del fuego, oyose un grito agudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantes del campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el río cesó en su murmullo y el fuego de chisporrotear: parecía como si la Naturaleza hubiese suspendido sus latidos.

El campamento se levantó como un solo hombre. No sé quién propuso volar un barril de pólvora, pero prevalecieron más sanos consejos, y sólo se acordó el disparo de algunos revólvers en consideración al estado de la madre, la cual, sea debido a la tosca cirugía del campamento, sea por algún otro motivo, fenecía por momentos. No transcurrió una hora sin que, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conducía a las estrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergüenza y su pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por la suerte del recién nacido.

—Pero, ¿podrá vivir ahora?—preguntaron todos a Edmundo.

Su contestación fue dudosa. El único ser del sexo de Genoveva Sal que quedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica. Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza, pero se sometió a la prueba, menos problemática que el antiguo tratamiento de Rómulo y Remo y al parecer tan satisfactoria.

Disponiendo todos estos adminículos, se pasó todavía otra hora. Por último, se abrió la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que ya se había formado en cola, desfiló ordenadamente por el interior de la fúnebre cabaña. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual se dibujaba fantásticamente perfilado el cadáver de la madre envuelto en la manta, había una tosca mesa cuadrada. Encima de esta había una caja de velas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chillón, yacía el recién llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna, había colocado un sombrero; pronto se comprendió su destino.

—Señores—dijo Edmundo con una extraña mezcla de autoridad y de complacencia ex oficio,—los señores tendrán la bondad de entrar por la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta posterior. Los que deseen contribuir con algo para el huérfano, encontrarán a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso.

El primer visitante entró con la cabeza cubierta, pero al girar una mirada en torno suyo se descubrió, y así, inconscientemente, dio el ejemplo a los demás, pues en tal comunidad de gentes, las acciones buenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba la procesión, se dejaban oír los comentarios críticos, dirigidos más particularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano.

—¿Y es eso?

—El ejemplar es verdaderamente minúsculo.

—¡Qué encarnado está!

—¡Si no es más largo que un revólver!

Pero lo verdaderamente característico fueron los donativos: una caja de rapé, de plata; un doblón; un revólver de marina, montado en plata; un lingote de oro; un hermoso pañuelo de señora primorosamente bordado (de parte de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortija también de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con la observación del dador de que vio aquel alfiler y lo mejoró con dos diamantes); una honda; una biblia (dador incógnito); una espuela de oro; una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las del generoso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete de Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesos sueltos, en oro y en monedas de todo cuño. Mientras duró la ceremonia, Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que tenía a su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del recién nacido, que yacía encima de la mesa.

Un ligero incidente rompió la monotonía de aquella extraña procesión.

Al inclinarse León curiosamente sobre la caja de velas, la criatura se volvió, y en un movimiento de espasmo agarró el errante dedo del minero y por un momento lo retuvo con fuerza.

León puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se esforzó en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.

—¡Maldito bribón!—dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado de los que se podrían sospechar de él.

Y al salir, mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolo con extraña atención.

Este examen provocó la misma original observación respecto del angelito.

En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.

—¡Ha reñido con mi dedo!—dijo a Alejandro Tipton, mostrando este órgano privilegiado.

—¡Maldito bribón!

Habían dado las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. En la cabaña, donde alguien velaba, ardían unas luces; Edmundo no se acostó aquella noche ni León tampoco; éste bebió a discreción y relató gustosamente su aventura de un modo invariable, terminándola con la calificación característica del recién nacido; esto parecía ponerle a salvo de cualquier acusación injusta de sensibilidad, y León no era hombre de debilidades... Después que todos se hubieron acostado, llegose hasta el río, silbando con aire indiferente. Remontó después la cañada, y pasó por delante de la cabaña silbando aún con significativo descuido. Sentose junto a un enorme palo campeche y volvió sobre sus pasos y otra vez pasó por la cabaña. Al llegar allí, encendió pausadamente su pipa, y en un momento de franca resolución llamó a la puerta.

Edmundo la abrió.

—¿Cómo va?—dijo León, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de velas.

—Perfectamente—contestó Edmundo.

—¿Ocurre algo?

—Nada.

Sucedió una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con la puerta abierta; León recurrió a su dedo, que mostró a Edmundo.

—¡Se peleó con él el maldito bribón!—dijo, y partió en seguida.

Al amanecer del día siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura que podía darle Campo Rodrigo; después, cuando su cuerpo hubo sido devuelto al seno del monte, celebrose una reunión formal en el campamento para discutir lo que debería hacerse con su hijo, recayendo el acuerdo unánime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levantó un animado debate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendios de su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos no participaron de ninguna de aquellas feroces personalidades a que conducían, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. El excirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas de distancia, en donde se le podrían prodigar femeniles cuidados: pero la desgraciada proposición encontró en seguida la más unánime y feroz oposición. Indudablemente, no se quería tomar en cuenta plan alguno que encerrase la idea de separarse del recién venido.

Más desconfiado, Tomás Rider observó que aquella gente de Red-Dog podía cambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de los vecinos campamentos que prevalecía en Campo Rodrigo tocante a todos los asuntos.

La proposición de tomar una nodriza encontró también en la asamblea una oposición formidable. Díjose, en primer lugar, que no se alcanzaría de una mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y añadió el orador que no hacía falta nadie de otra especie. Esta indirecta, poco caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primer síntoma de regeneración del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez por motivos de delicadeza no quiso meterse en la elección de su posible sucesor, pero cuando le preguntaron, afirmó resueltamente que él y Jinny, la borrica antes aludida, podían componérselas para criar al pequeñuelo. Algo de original, independiente y heroico había en este plan, que gustó al campamento, por lo que se ratificó la confianza a Edmundo, enviándose a Sacramento por unos pañales.

—Cuidado—dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco de arena aurífera que se pudo encontrar;—encajes, trabajos de filigrana y randas... todo lo que sea menester.

Aunque parece milagro, la criatura salió adelante; tal vez el clima vigoroso de la montaña se encargó de subsanar las deficiencias de la cría. La Tierra amamantó con sus ubres a este aventurero. En aquella atmósfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, de olores balsámicos, encontró cordial a la vez purificante y vivificador, que le servía de alimento, o bien una química sutil que convertía la leche de burra en cal y fósforo y demás nutritivos elementos. Edmundo se inclinaba a creer que era lo último, y su solícita y esmerada atención.

—Yo y la burra—decía—le hemos servido de padre y madre.

Y añadía a menudo, dirigiéndose al envoltorio mal pergeñado que tenía delante:

—Nunca jamás te vuelvas contra nosotros.

Al cabo de treinta días, hízose evidente la necesidad de dar nombre al niño, pues hasta entonces había sido conocido como «el corderito», «el niño de Edmundo», «el cayote», alusión a sus facultades vocales, y aun por el tierno diminutivo de «el maldito bribón». Sin embargo, pronto se dijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleció una nueva opinión. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturo declaró un día que la criatura llevaba la suerte a Campo Rodrigo, y a la verdad el campamento no había sido desgraciado en los últimos tiempos. Así, pues, éste fue el nombre convenido, con el prefijo de Tomasín, para hacerlo un poco más cristiano. No se hizo alusión alguna a la madre, y el padre poco importaba.

—Mejor es—dijo el filosófico Arturo—dar de nuevo las cartas, llamarle La Suerte y comenzar el juego otra vez.

Se señaló, pues, día para el bautizo. A juzgar por la despreocupada irreverencia que reinaba en Campo Rodrigo, puede imaginarse lo que venía a significar dicha fiesta. El maestro de ceremonias era un tal Boston, célebre taravilla, y la ocasión parecía prestarle magnífica ocasión para lucir sus chistes y agudezas. Este ingenioso bufón pasó dos días preparando una parodia del ceremonial de la iglesia, con algunas alusiones de sabor local. Ensayose convenientemente el coro y se eligió padrino a Alejandro Tipton. Después de la procesión llegó éste a la arboleda con música y banderas al frente, y la criatura fue depositada al pie de un altar simulado. Pero de pronto apareció Edmundo, y adelantándose al frente de la muchedumbre en expectativa, dijo lo siguiente:

—No es mi costumbre echar a perder las bromas, muchachos—y en esto irguiose el hombrecillo resueltamente, haciendo frente a las miradas en él fijas,—pero me parece que esto no cuadra. Es hacer un desafuero al chiquitín, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y respecto a la elección de padrino, dijo en tono autoritario:—Quisiera saber quién tiene más derechos que yo.

Un grave silencio siguió a estas palabras, pero sea dicho en honor de todos los bromistas, el primer hombre que reconoció la justicia fue el organizador del espectáculo, privándose así del legítimo disfrute de su trabajo.

Aprovechando estas ventajas, continuó Edmundo rápidamente:—Pero, estamos aquí para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Tomás La Suerte, según las leyes de los Estados Unidos y de California, y... en nombre de Dios. Amén.

Por primera vez se profería en el campamento el nombre de Dios de otro modo que profanándolo. La ceremonia que acababa de celebrarse era tal vez más risible que la que había concebido el satírico Boston, pero, cosa extraña, nadie reparó en ello. Tomasín fue bautizado tan seriamente como lo hubiera sido bajo las bóvedas de un templo cristiano, y en igual forma tratado y considerado.

Y así fue cómo principió la obra de regeneración de Campo Rodrigo, operándose en el campamento un cambio imperceptible. Lo que primeramente experimentó las primeras señales de progreso, fue la modesta vivienda de Tomasín. Limpiada y blanqueada cuidadosamente, fue luego entarimada con maderas, empapelada y adornada. La cuna de palo rosa traída de ochenta millas sobre un mulo, como decía Edmundo a su manera, fue digno remate de todo aquello. De este modo, la rehabilitación de la cabaña fue un hecho consumado. La numerosa concurrencia que solía pasar el rato en casa de Edmundo para ver cómo seguía La Suerte, apreciaban el cambio, y, en defensa propia, el establecimiento rival, la especería de Tut, se restauró con un espejo y una alfombra. Consecuencia saludable de estas novedades, fue fomentar en Campo Rodrigo costumbres más rígidas de aseo personal; además, Edmundo impuso una especie de cuarentena a aquellos que aspiraban al honor de tener en brazos a La Suerte. Claro que esto fue una mortificación para León, quien, gracias al descuido de una varonil naturaleza y a las costumbres de la vida de fronteras, había creído hasta entonces que los vestidos eran una segunda piel que, como la de la serpiente, sólo se cambiaba cuando se caía por carecer de utilidad. No obstante, fue tan sutil la influencia del ejemplo ajeno, que desde aquella fecha en adelante apareció regularmente con camisa limpia y cara aún reluciente por el contacto del agua fresca. Tampoco fueron descuidadas las leyes higiénicas, tanto morales como sociales. Tomasito, al que se suponía en necesidad permanente de reposo, no debía ser estorbado por ruidos molestosos, así es que la gritería y los aullidos tan connaturales a los habitantes del campamento, no fueron permitidos al alcance del oído de la casa de Edmundo. Los hombres conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india, la blasfemia fue tácitamente proscrita de aquellos sagrados recintos, y en todo el campamento la forma expletiva popular: maldita sea la suerte o maldita la suerte, fue desechada por prestarse a enojosas interpretaciones. Sólo fue autorizada la música vocal por suponérsele una cualidad calmante, y cierta canción entonada por Jack, marino inglés, desertor de las colonias australianas de S. M. Británica, se hizo popular como un canto de cuna. Se trataba del relato lúgubre de las hazañas de la Aretusa, navío de 74 cañones, cantado en tono menor, cuya melodía terminaba con un estribillo prolongado al fin de cada estrofa. Era de ver a Jack meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y entonando esta canción de sus tiempos de fidelidad. No sé si por el extraño balanceo de Jack, o por lo largo de la canción—contenía noventa estrofas, que se continuaban en concienzuda deliberación hasta el deseado fin,—el canto de cuna causaba el efecto deseado. Al volver del trabajo, los mineros se tendían bajo los árboles, en el suave crepúsculo de verano, fumando su pipa y saboreando las melodiosas cadencias de la composición. Una vaga idea de que esto era la felicidad de Arcadia, se infundió a todos.

—Esta especie de cosa—decía el Chokney Simons, gravemente apoyado en su codo—es celestial.

Le recordaba a Greenwich.

En los calurosos días de verano, generalmente llevaban a La Suerte al valle, donde Campo Rodrigo explotaba el metal precioso. Allí, mientras los hombres trabajaban en el fondo de las minas, el pequeñuelo permanecía sobre una manta extendida sobre la verde hierba. La intuición artística de los mineros acabó por decorar esta cuna con flores y arbustos olorosos, llevándole cada cual, de tiempo en tiempo, matas de silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las mariposas. De allí en adelante, se despertó en los mineros la idea de la hermosura y significación de estas bagatelas que durante tanto tiempo habían hollado con indiferencia. Un fragmento de reluciente mica, un trozo de cuarzo de variado color, una piedra pulida por la corriente del río, se embellecieron a los ojos de estos valientes mineros y fueron siempre puestos aparte para La Suerte. De esta manera, la multitud de tesoros que dieron los bosques y las montañas para Tomasín, fue incalculable. Circundado de juguetes tales como jamás los tuvo niño alguno en el país de las hadas, es de esperar que Tomasín viviese satisfecho. La felicidad se asentaba en él, pero dominaba una gravedad infantil en todo su aspecto una luz contemplativa en sus grises y redondos ojos que alguna vez pusieron a Edmundo en grave inquietud. Era muy dócil y apacible. Dicen que una vez, habiendo caminado a gatas más allá de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban su cuna, se cayó de cabeza por encima del banquillo, en la tierra blanda, y permaneció con las encogidas piernas al aire, por lo menos, cinco minutos, con una gravedad y un estoicismo admirables, levantándolo sin una queja. Otros muchos ejemplos de su sagacidad sin duda se sucederían, que desgraciadamente descansan en las relaciones de amigos interesados. No carecían muchos de cierto tinte supersticioso.

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