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Bocetos al temple. Tipos trashumantes, Obras completas - Vol. VIII

LA MUJER DEL CÉSAR (continued 2)

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Hasta allí, el diálogo, aunque muy malicioso é intencionado, era soportable para el que le escuchaba afanoso detrás de la cortina; pero bien pronto salió á relucir el nombre de Isabel con todas sus letras, y entonces sintió Ramón una cosa dentro de sí con la cual no contaba. Zumbáronle los oídos, y una nube sangrienta le obscureció los ojos. Había ido á aquella casa con el único objeto de observar, y veía venir sobre su temperamento impresionable algo que iba á poder más que su resignación.

Tras el nombre de Isabel vinieron al diálogo las alusiones tan claras como injuriosas, y, por último, se evocó, por el mismo vizconde, con burla sangrienta, el de Carlos, «pacientísimo marido y predestinado borrego».

Al oir esto, Ramón no pudo sufrir más: ciego de ira, aunque conservando todavía una sombra de respeto al sitio en que se hallaba, cogió al vizconde, que hablaba desde el salón, por los faldones del frac; le metió de un tirón en el gabinete, y cuando allí le tuvo, le sacudió las dos bofetadas más sonoras que ha oído el presente siglo.

Terciaron los circunstantes, sujetaron al agresor, y empezaron en las inmediaciones los comentarios de costumbre: atribuyóse el lance por unos á alguna burla hecha por el vizconde al desentonado personaje; por otros á una disputa sobre política... por todos á todo menos á la verdad.

Entre tanto salió Ramón á la sala, no antes que la noticia del lance; buscó á Isabel, y al hallarla la soltó al oído un «vámonos de aquí» tan acentuado, tan entero, tan exigente, que no la permitió ni el tiempo necesario para avisar á la marquesa, que estaba lejos de ella.

Ya en el coche los dos, Isabel, que conocía algunos pormenores del suceso, atribuido por el rumor á una broma de mal género que se había querido dar á su cuñado, se atrevió á preguntarle:

—¿Y qué es lo que te ha ocurrido?

—Nada que pueda interesarte... por ahora,—respondió secamente Ramón.

No volvieron á hablar una palabra más en el trayecto que recorrieron juntos.

Al llegar á casa, preguntó Ramón por Carlos, y supo que estaba recogido ya. Dió las buenas noches á Isabel, y se encerró en su cuarto.

Arrojó lejos de sí el vestido opresor de etiqueta, sustituyéndole con el suyo cómodo y holgado; comenzó á pasearse como una fiera en su jaula, y de este modo pasó más de dos horas. Al cabo de ellas, rendido por su propia agitación más que por el sueño, tendióse vestido sobre la cama, y así dejó correr la noche.

¡Jamás le pareció otra más larga ni más penosa! Todo su afán era que viniera el día para hablar con Carlos.

VIII

Tan pronto como vió penetrar un rayo de luz por las vidrieras, saltó de la cama, dejó su habitación, se fué derecho á la de su hermano, en la cual entró sin anunciarse de modo alguno, y no se sorprendió poco cuando halló á Carlos paseándose y con señales de haber dormido tanto como él.

Al verle así, no tuvo valor para decirle de pronto toda la verdad. Sin embargo, juzgó preciso decírsela de alguna manera.

Carlos, por su parte, no pudo disimular el dolor que le causó la tan temprana visita de su hermano, cuyo aspecto sombrío no revelaba ninguna noticia tranquilizadora.

—Vengo—dijo Ramón por todo prefacio,—á que echemos un párrafo, y te ruego que te sientes.

Carlos se dejó caer como una máquina en un sillón, mientras su hermano se sentaba en otro á su lado.

El infeliz abogado se hallaba en la situación moral del reo á quien van á leer la sentencia que puede llevarle al patíbulo. El único resto de fuerza que le quedaba le empleó en sonreirse por todo disimulo. Después exclamó en son de broma:

—Bien está lo del párrafo; la hora es lo que me choca un poco.

—Pues no debe chocarte—repuso Ramón.—He dormido mal, porque no estoy acostumbrado á fiestas como la de anoche; y, por otra parte, ayer me autorizaste implícitamente, puesto que madrugas tanto como yo, á que entrara en tu aposento si me encontraba aburrido y solo en el mío.

—Corriente. ¿Y qué quieres decirme?

—Quiero... insistir en mis trece: en que eres poco venturoso.

—¡Otra vez!

—Otra vez y ciento.

—Pues yo insisto en que te equivocas... y te suplico que no volvamos á hablar del asunto. Soy rico, tengo algún nombre, Isabel es bella... en una palabra, tengo hasta el derecho de que se me crea feliz.

—Todo lo tienes, en efecto, menos una mujer que lea en tu corazón y se amolde á tus hábitos.

—Ya te he dicho que Isabel...

—Isabel no te comprende, ó, por mejor decir, no se toma la molestia de estudiarte. Tú te desvelas, tú consumes la vida miserablemente por ella; y ella, entre tanto, triunfa y despilfarra, y jamás tiene en sus labios una palabra de cariño en pago de tu abnegación.

—Pero Isabel es muy honrada...

—Y por ventura, ¿te atreverás á asegurarlo? ¡Harto hará si lo parece!

—¡Ramón!...

—No te amontones, y escúchame: tu mujer vive en una atmósfera en que la vanidad, la lisonja, las rivalidades del lujo y la coquetería entran por mucho, si no por todo; tu mujer es libre en esa atmósfera, como el pájaro en la suya; en esa atmósfera vive perpetuamente la seducción, y tu mujer es muy hermosa. ¿Tendría nada de extraño que, mientras tú duermes descuidado en la soledad de tu casa, tendieran en la del vecino redes á tu honra? ¿Y sería tu honra la primera que ha sido presa en esas redes?

—¡Por caridad, no me atormentes más!

—¿Luego lo crees posible?

—Sí—exclamó Carlos con voz terrible y con los puños crispados, dejando ya todo disimulo;—hay momentos en que hasta eso creo, y... ¡sábelo de una vez! padezco horriblemente. Mi dignidad, mi carácter, la gratitud que debo á su padre, el amor que he llegado á sentir por ella, su desvío aparente ó cierto hacia mí, su sistema de vida, el mundo, mi conciencia, mis deberes... todo esto junto, en revuelta y agitada lucha, es un puñal que tengo clavado en el corazón, y me va matando poco á poco.

—¡Desdichado! ¿Y por qué no le arrancaste?

—Porque no pude... ni puedo.

—Eres un niño débil, Carlos, y esa debilidad no te la perdonará Dios, ni el mundo tampoco.

—Y ¿qué he de hacer?

—¿Qué? Tener carácter. Tenle una vez, si aún es tiempo, ó te pierdes.

—¡Ay, Ramón!—exclamó Carlos con amargura:—eso mismo me lo digo yo cien veces al día; pero al llegar el momento decisivo; al recurrir á mi carácter; al imponerme con mi autoridad y mis derechos, me faltan las fuerzas, y, te lo confieso, hasta llego á creer que soy yo el reprensible, porque no me ajusto á sus costumbres.

—Pero ven acá, alma de Dios—dijo Ramón, ensañado contra aquella inaudita manera de discurrir.—¿No has pensado nunca en que lo que es hoy en Isabel un descuido, hijo de la agitación en que la trae el mundo, podrá trocarse mañana en indiferencia, y otro día en olvido, y después en desprecio... y, por último, en una afrenta para ti, porque ya no será el recuerdo de sus deberes ni el de tu honra valladar suficiente de su virtud, si hay quien sepa asediarla?

—Pero ¿por qué insistes tú con tan horrible tenacidad en ese tema, pregunto yo á mi vez?—repuso Carlos con mal reprimida desesperación.

—Porque me enciende la sangre el ver cómo te desvives por contemplar á tu mujer, y cómo haces traición á tu carácter y á tu talento para disculparla, cuando yo tengo pruebas de que Isabel... no lo merece.

Al oir esto Carlos, pensó ver abierto á sus pies el abismo de todos los dolores y de todas las afrentas. Faltáronle las fuerzas y el valor para preguntar cuanto le ocurría en su natural deseo de descubrir la amarga y temida realidad, y sólo pudo decir con voz ahogada, y mirando á su hermano con expresión de anhelo, de angustia, de horror y de esperanza, todo junto:

—¡Pruebas!... ¿De qué?

Ramón se disponía á responder algo que fuera la verdad, sin lo cruel de la verdad misma, cuando apareció un criado anunciando la llegada de dos personas que deseaban hablarle con urgencia, y no pudo menos de bendecir en sus adentros aquella casualidad que alejaba un poco más el momento de dar á Carlos el golpe fatal. Carlos, por el contrario, la maldecía, porque á la altura á que habían llegado las explicaciones, no podía permanecer más tiempo sin conocer la verdad. Entre tanto, uno y otro extrañaban aquella visita, supuesto que Ramón, fuera de su familia, no conocía á nadie en Madrid.

De pronto asaltó á éste el recuerdo del lance de la noche anterior, y antes que Carlos pudiera adquirir la menor sospecha, se levantó rápido y se hizo conducir por el criado á la presencia de los dos visitantes.

IX

—¿Es reservado lo que ustedes tienen que decirme, caballeros?—les preguntó sin más saludos.

—Cabalmente,—le contestaron.

—Entonces, pasemos á mi cuarto.

Y en él los introdujo, cerrando después cuidadosamente la puerta.

Carlos, mientras esto sucedía, estaba en ascuas. En ciertas situaciones de la vida, todos los ruidos, todos los movimientos, todos los colores, todo lo imaginable responde á un mismo objeto: al objeto de la preocupación que nos domina. Aquellos dos personajes preguntando por su hermano, á quien nadie conocía en Madrid; su ida «al mundo», su inesperada é intempestiva visita á su cuarto, la interrumpida conversación, todo esto era muy grave y todo le parecía íntimamente ligado con la tempestad que destrozaba su alma desde la noche anterior, y más especialmente desde las últimas palabras que le había dirigido su hermano. Ciego y desatentado salió tras él, vióle encerrarse en su cuarto con los dos recién llegados, á quienes tampoco conoció, y pareciéronle siglos los minutos que duró la secreta entrevista.

Veamos lo que pasó en ella.

Tan pronto como se sentaron los tres, dijo Ramón:

—Sírvanse ustedes manifestarme cuál es el objeto de su venida, pues yo no tengo el gusto de conocerlos.

Los desconocidos eran personas de gran pelaje: mucho gabán, mucha patilla, mucho guante, mucho olor á pomada y afeites, y, sobre todo, mucha afectada lobreguez de fisonomía.

Uno de ellos respondió á Ramón después de carraspear:

—Usted, caballero, no habrá olvidado el lance de anoche.

—¡Ni mucho menos!—exclamó ingenuamente Ramón.—Pero juraría que no les había visto á ustedes ni á cien leguas de él.

—Es lo mismo para el caso—dijo el otro en tono muy lúgubre.—Nosotros no venimos aquí por nuestra propia cuenta, sino por la del señor vizconde del Cierzo.

—¿Y qué se le ocurre tan temprano á ese señor?

—Lo que es natural que se le ocurra después del suceso de anoche.

—Pero como lo más natural en ese caso sería un dentista, y yo no lo soy...

—Nos permitirá usted que le advirtamos—dijo el hasta entonces silencioso embajador,—que hay ocasiones en que ciertas bromas no están justificadas.

—Respondo sencillamente á la observación que me ha hecho este otro caballero—replicó Ramón;—y como hasta ahora nada me han dicho ustedes que exija mayor solemnidad, no veo por qué ha de tomarse á broma mi respuesta.

—Pues bien—dijo el señalado por Ramón,—para abreviar y para entendernos de una vez: venimos de parte del señor vizconde del Cierzo á pedir á usted una satisfacción.

—¡Satisfacción á mí!—exclamó Ramón haciéndose cruces.—¿Por qué y para qué?

—Por lo ocurrido anoche, y para vindicar sin honor nuestro representado.

—¿Les ha dicho á ustedes ese señor por qué le abofeteé yo?

—Lo sabemos perfectamente.

—¿Y aún se atreve á pedirme satisfacciones?

—Es natural.

—¡Natural! ¿Por qué ley? ¿Con qué criterio?

—Por la ley que rige en toda sociedad decente, y con el criterio de todo el que se tenga por caballero.

—Pase la decencia de esa sociedad, siquiera porque estuve yo en ella; en cuanto á que el vizconde sea un caballero, lo niego rotundamente.

—Señor mío—exclamó el más soplado de los dos representantes,—hemos venido aquí á pedir á usted cuenta de un agravio hecho públicamente á un caballero, y no es esa respuesta la que á usted le cumple dar.

—Efectivamente; pero la doy porque la que procede no puedo dársela más que al interesado, que se ha guardado muy bien de ponerse á mis alcances.

—Es decir, que rehusa usted...

—¡Pues no he de rehusar?

—En ese caso, nombre usted otras dos personas que se entiendan con nosotros.

—¿Para qué?

—Para arreglar los términos en que usted y el señor vizconde...

—¿De cuándo acá necesito yo procuradores para esas cosas?

—Desde que no están autorizados los duelos sin ese requisito.

—¡Acabaran ustedes con mil demonios!... ¡Conque se trata de un duelo?

—Como usted se resiste á dar una satisfacción cumplida...

—Vamos, es ésa la costumbre... Y no extrañen ustedes ésta mi ignorancia, porque allá, en mi pueblo, no se gastan tantas ceremonias para romperse el bautismo dos personas que desean hacerlo.

—Ya lo suponíamos. De manera que, ahora que está usted al corriente de todo, no se resistirá á nombrar esas dos personas...

—Respecto á eso, señores míos, lo mismo que antes.

—¿Es decir, que tampoco quiere usted batirse?—dijo el emisario de más aire matón, mirando al desafiado con un poquillo de menosprecio.

—En manera alguna,—insistió Ramón muy templado.

—Me parecía á mí—objetó con desdeñoso gesto,—que cuando se abofeteaba á un hombre en público, habría valor suficiente en el agresor para responder más tarde con las armas en la mano.

—Poco á poco, señor mío—saltó Ramón muy amoscado.—Tengo mi opinión formada sobre eso que se llama entre ustedes lances de honor, opinión que no juzgo necesario exponer ahora; mas esto á un lado, y aún considerada la cuestión con el criterio de ustedes, creo que el único hombre que no tiene derecho para acudir á ese terreno es aquél á quien, como al vizconde, abofetea otro por haberle infamado cobardemente, y por lástima no le mata.

—¡Rancias ideas!...—exclamaron riendo ambos padrinos.

—Y ¿á quién hace usted creer—añadió uno de ellos,—que rehusa un lance por eso y no por otra cosa peor?

—¿Y á mí qué me importa que se crea ó que se deje de creer?—contestó Ramón con la mayor naturalidad.—Lo que puedo asegurar á ustedes es que á media vara de mis barbas no se reirá nadie de mí sin que le meta yo las suyas hacia adentro... Y esto les baste á ustedes.

—Ya se ve, cada uno tiene de su propia honra la idea que mejor le parece, por más que...

—¿Por más que, qué?—preguntó Ramón muy en seco.

—Por más que á la sociedad no le parezca tan bien.

—En pocas palabras, caballeros, y por si á ustedes les va pasando por la cabeza que puede ser miedo lo que me hace hablar así. Que tengo el corazón en su lugar, lo he visto ante cien peligros algo más graves que el que ofrece el cañón de una pistola de desafío, que acierta una vez por cada ciento que dispara; y en cuanto á lo demás... sin jactancia, no sería para mí, ni siquiera empresa difícil, echar á cada uno de ustedes por el balcón, ó á los dos juntos si me pusieran en ese caso.

—¡Caballero!—exclamaron los dos embajadores poniéndose muy foscos y de pie.

—Aseguro á ustedes—se apresuró á decir Ramón con la mayor ingenuidad,—que no he dicho eso en son de amenaza, ni mucho menos, sino para indicarles de algún modo que no es miedo ni debilidad lo que me domina... y para que les vaya sirviendo de gobierno.

—Pues bien—observó uno de los padrinos más dulcificado en tono y en gesto,—quiere decir, que usted ni da satisfacciones ni acepta un lance.

—Cabales.

—De manera que implícitamente autoriza usted á nuestro representado para que, donde quiera que le encuentre, pueda declararlo así...

—Su representado de ustedes—dijo Ramón ya muy cargado,—puede hacer eso y cuanto guste, porque corre de mi cuenta arrancarle á bofetadas los dientes que le dejaron en la boca las dos de anoche, donde le encuentre, con eso... y sin eso.

Miráronse los padrinos y no con gesto de burla; fingieron lamentarse del mal éxito de su cometido, porque conocían el carácter del señor vizconde y temían las consecuencias, y salieron haciendo reverencias á Ramón, que los condujo á un medio trote hasta la escalera, por temor de que oliera algo Carlos, que andaba rondando por las inmediaciones.

X

Reunidos otra vez los dos hermanos, enardecido más y más Ramón con la escena en que acababa de figurar, é inquieto como nunca Carlos con lo que aquél le había dicho al separarse de él, se hacía indispensable para ambos una explicación terminante de todo lo ocurrido. Bajo tal supuesto, Carlos dijo á su hermano, despojándose ya de todo miramiento:

—Ramón, no puedo dudar de lo entrañable del cariño que me tienes. Pues bien: ese cariño y el interés que, como nacido de él, debe inspirarte mi felicidad, te ponen en el caso de decirme, sin duelo ni consideración, cuanto pasa. Si lo que pasa es grave, para poder obrar yo en consecuencia; si son aprensiones mías, para mi tranquilidad... ¡Todo menos esta situación de horribles temores! ¿Qué significa esa visita; qué las últimas palabras que me dijiste al ir á recibirla; qué tu ida inesperada á la sociedad... qué, en fin, tantos otros sucesos raros que estoy observando desde ayer?

—Nada... y mucho—respondió Ramón, que siempre temía herir demasiado directamente el corazón de su hermano.—Nada, si aún es tiempo de atajar el mal en su progreso; mucho, si lo que he visto no son amagos, sino la enfermedad misma.

—Pero ¿qué has visto?—preguntó Carlos con ansiedad.—¿No reparas que en la situación en que se encuentra mi espíritu, más daño que la realidad misma me hacen los miramientos con que me la ocultas?

—¡Tienes razón, voto al demonio!—dijo Ramón conmovido.—¿Á qué tantos rodeos ni preparativos cuando el enfermo puede morirse entre tanto? Escucha. Las dos personas que acaban de estar conmigo, venían á pedirme una satisfacción en nombre del vizconde del Cierzo; esa satisfacción me la pedía el vizconde porque anoche le di dos bofetadas en casa de la condesa de Rocablanca, ó negra, ó verde, ó como se llame; le pegué las dos bofetadas allí, porque le oí jactarse de merecer de Isabel más atenciones de las que á tu honra convienen; se jactaba de ello, porque Isabel lucía unos diamantes que le había regalado él aquel día; y, por último, fui yo á la reunión aquélla, porque, después de sorprender por la mañana el regalo en tu propia casa, vi por la noche que Isabel le llevaba á la fiesta, lo cual era señal de que le aceptaba de buen grado, y quise ver en qué términos daba tu mujer á ese hombre las gracias que, por lo visto, le había prometido. Ésta es la historia compendiada de los sucesos. He aquí ahora la prueba del más grave.

Y esto dicho, Ramón, sacándole del bolsillo, puso en las manos trémulas de Carlos el billete que había encontrado en el estuche del aderezo.

Á medida que el primero iba acercándose al fin de su relato, se producía una notable transformación en el ánimo de Carlos.

Lo que aterraba á éste, antes de conocer aquellos datos, era la posibilidad de que le exhibieran una prueba de que Isabel no era ya dueña del corazón que jamás creyó él poseer por entero. En tal caso, el mal no tenía ya remedio. Isabel era mujer al cabo, y podía tener ésa y aun otras debilidades análogas. Pero lo que le decía Ramón era de un género incompatible con ella, y demasiado, por tanto, para tomado al pie de la letra. Isabel podría llegar á faltar á sus deberes, pero no de aquel modo; podría conquistar su virtud un hombre, pero no un hombre como el vizconde; podría vencérsela con una pasión, pero jamás con una dádiva, como á una esquiva niñera; podría, en fin, por una aberración de su talento y de su carácter, llegar á dejarse dominar por un acto semejante, y aun á recibir una expresión material de su cariño; pero hacer ostentación de ella á la faz del mundo, á la de su propio marido, jamás. Isabel podría serlo todo, menos vulgar y necia.

Arguyéndose así Carlos á medida que Ramón le hablaba, cuando tomó en sus manos el papel mencionado, asombróse el último al observar que no le producía el efecto que él temía. Carlos no estaba tranquilo, ni mucho menos; mas para el hombre que había llegado en sus recelos al punto á que él había llegado, la historia hecha por Ramón y el contenido ambiguo del billete eran, ya que no un consuelo, cuando menos una tregua en su posible desventura.

Así, pues, leído el papel con gran presencia de ánimo, dijo á Ramón:

—En todo esto hay un crimen indudablemente; una verdadera infamia, que no quedará impune; pero esta infamia no es, ni ser podía, de Isabel.

—¿De quién es entonces?—preguntó Ramón admirado.

—Del que firma este billete,—respondió Carlos estrujándole en su mano.

—Y ¿qué más da para ti?

—¡Mucho, Ramón! Pude haber perdido á Isabel á más de la honra; y hasta aquí no veo más que una apariencia de ello, tal vez preparada por ese miserable. Tremendo será esto para mí, pues rastros dejan tales apariencias que no se borran jamás; pero, al cabo, no es el peor de los dos males que me amenazaban.

—Pero ¿en qué puedes tú fundarte para aceptar esa idea?

—En tu propio relato, en este papel, en el carácter de tu cuñada... y en otras mil razones que tú no puedes alcanzar, porque no conoces como yo el mundo ni el corazón humano.

—¿Y en esa confianza vas á dormirte otra vez?

—¡Oh, eso no!—dijo fieramente Carlos, que ya se había puesto de pie.—Colocado para mis propósitos en la peor de las hipótesis, voy á proceder en todo, y sin pérdida de un solo instante, con la energía que tienes derecho á exigir de mí. ¡Yo te juro que no he de dar al mundo el triste espectáculo de un marido resignado!

Y esto dicho, y dejando á Ramón en su cuarto, se dirigió al de Isabel.

XI

Habíase ésta levantado rato hacía, porque su sueño de aquella noche no había sido tan tranquilo como los de costumbre, merced al recuerdo del lance de su cuñado; recuerdo á que, en la soledad de sus meditaciones, daba mil formas y colores diferentes, aunque, en honor de la verdad, le examinó por todas partes menos por donde debía, lo cual prueba la gran tranquilidad de su conciencia en ese particular, y hasta qué punto se embotan los espíritus más sutiles cuando sólo se alimenta la cabeza de pueriles vanidades.

Grande fué su sorpresa cuando vió entrar á Carlos, cuyo semblante disimulaba mal el estado de su alma.

—Isabel—la dijo, sentándose á su lado,—seguramente que no podrás tacharme, en buena justicia, ni de hombre egoísta ni de marido intolerante.

La sorpresa de Isabel rayó en asombro al oirle hablar así.

—Y ¿por qué me dices eso?—le preguntó.

—Porque no me califiques de importuno ni de ligero por lo que pienso decirte; porque entiendas que estás en este momento en el caso de hablarme con la lealtad que tengo derecho á esperar de tu carácter y de las consideraciones que te he guardado siempre.

—Por favor, Carlos—dijo Isabel angustiada:—si quieres que responda á tus propósitos, dime claro cuáles son éstos, y no me atormentes más con ese lenguaje tan extraño en ti.

—Voy á hacerlo. Respetos á la memoria, para mí siempre sagrada, de tu padre, y á tus propios merecimientos, me impidieron, desde que soy tu marido, decirte lo que, pesándome demasiado sobre el corazón, ha venido haciendo de mi vida un martirio insoportable.

—¡Carlos!

—Sí, Isabel: un martirio horrible, un calvario angustioso.

—Pero ¿por qué?

—Por no atreverme á decirte: «El género de vida que traes, el elemento en que vives, lejos de mí, lejos de toda verdad, es la senda que conduce más fácilmente al olvido de todos tus deberes».

—Pero ¿me hablas de veras, Carlos?

—Con el corazón en los labios, Isabel; y déjame continuar. No me atrevía á decirte: «La mujer que lo consagra todo á los triunfos livianos del mundo, está muy próxima á arrastrar por los salones su propio decoro y la honra de su marido».

—¡Pero eso es enorme, Carlos! Yo no te he autorizado ni con mis actos ni con mis palabras para que tan duras me las dirijas.

—Déjame concluir, Isabel, porque me abrasan los labios otras que necesitas oir por tu propio bien y para desahogo de mi corazón. No quise decirte nunca: «En la imposibilidad en que me hallo de ajustarme á tus costumbres, porque en ese mundo no quepo yo, porque me ahogo en él, amóldate tú á mis hábitos sencillos y tratemos de hacer en nuestro hogar una residencia de amor y de ventura, á lo que podemos aspirar por muchos títulos». Yo no podía decirte esto, porque, diciéndotelo, creía ofender la rectitud de tus miras y la nobleza de tu corazón, en las cuales creía con ciega fe. Pero al mismo tiempo que te creía incapaz de faltar á lo que á mí me debes y á lo que te debes á ti propia, temía las apariencias de ello; porque es ley de ese mundo que habitas, quemar lo que se le acerca ó manchar lo que quemar no puede... Desgraciadamente—añadió Carlos con voz sorda,—ya no es posible evitar que caigas en uno de estos dos peligros.

—¡Jesús!—exclamó Isabel fuera de sí.

—¡Es la verdad!

—Y después de decírmela de ese modo, ¿pretendes que te agradezca esas contemplaciones que me has guardado y han sido la causa de que lleguemos á ese extremo... que tú conocerás, porque yo no sé todavía de qué se trata?

—No busco tu agradecimiento, Isabel, sino tu lealtad. ¡Demasiado lamento y maldigo esas contemplaciones!

—¡Y bien?...

—Cálmate.

—¡Que me calme!—dijo Isabel con voz terrible, levantándose erguida;—¡que me calme cuando me acusas quizá de una infamia! ¡que me calme cuando me afrentas!

—¡Oh, repara, Isabel, que, al afrentarte á ti, me afrentaría á mí propio! Yo no soy, pues, quien te afrenta.

—Pero, Carlos, ¿me quieres volver loca, ó lo estás tú?... ¿Quién puede ser capaz de sospechar de la rectitud de mis acciones, ni siquiera de la de mis pensamientos?

—Óyeme un instante más. Anoche ocurrió un lance de mal género en los salones de la condesa de Rocaverde.

—Lo sé.

—Los protagonistas fueron mi hermano y el vizconde de siempre.

—¿Y qué tiene que ver?...

—¿Sabes por qué abofeteó Ramón á ese... infame?

—No... ¡Acaba!...

—Porque le oyó jactarse, entre otros como él, de haber vencido tu, por lo visto, proverbial esquivez.

—¡Virgen María!

—¿Sabes con qué probaba su aserto el procaz?

—¡Con qué?...

—Con un aderezo que tú lucías, y que, según parece, te había sido... enviado por él.

—Y ¡tú has podido creerlo, Carlos?—exclamó Isabel en el paroxismo de la desesperación, arrasados sus ojos en lágrimas.

—Yo—respondió Carlos sordamente,—no he tenido más remedio que leer lo que dice este billete.

Y alargó á Isabel el que le había dado Ramón.

Isabel, que en un momento había comprendido la verdad de lo que pasaba, recordando la ligereza con que se fió el día antes del vizconde, tomó el papel y le leyó precipitadamente.

—Está—dijo á poco, regándole con sus lágrimas,—bien tendido el lazo. Pero ¿de dónde ha salido este papel que yo no he visto? ¿Cómo ha llegado á tus manos?

—Este papel venía dentro del estuche...

—Y cayó en poder de Ramón—continuó Isabel, que recordó entonces que éste fué quien le entregó á ella el aderezo;—y Ramón, como si también se conjurara contra mí, te le dió como una prueba de mi crimen.

—No culpes á Ramón todavía,—dijo Carlos intencionalmente.

—Tienes razón—repuso Isabel adivinándole:—mal puedo culparle cuando aún no me he disculpado yo. ¿No es así?

Carlos guardó silencio. Su mujer sollozaba. Á poco se enjugó ésta el llanto, miró á aquél serena y majestuosa, y

—Carlos—le dijo con voz entera,—comprendo que me sería imposible desvirtuar en este instante á tus ojos todas las pruebas con que me acusas: es ese tejido de infamias demasiado fuerte para que yo pueda deshacerle con una palabra. Sin embargo, antes de contarte la historia de ese que crees regalo, quiero, por lo que valga, hacerte una advertencia: si algún día hubiera sido yo capaz de faltar á lo que debo á tu honra y á la mía, mi propio decoro me hubiera obligado á decirte antes: «Carlos, me faltan fuerzas para resistirme; préstame las tuyas». Ahora, oye la verdad de lo ocurrido.

Y esto dicho, Isabel refirió punto por punto cuanto había pasado el día antes entre ella y el vizconde.

Carlos no podía tranquilizarse con aquella explicación ni con otra alguna, por muy palpable que apareciese la verdad: que en asuntos de honra, tanto duele perderla como el temor de que nos la crean perdida. Mas con respecto á la supuesta delincuencia de su mujer, daba más importancia á las aseveraciones, y sobre todo á la actitud de ésta, que á las alarmas y exageraciones de su hermano. Así, pues, no le sorprendieron los descargos de Isabel, porque los esperaba por el estilo desde que conoció los antecedentes del fatal asunto.

Pero quedaba en pie otro muy grave, para el que desgraciadamente no había disculpa ni remedio: el escándalo. Isabel y el vizconde eran demasiado conocidos en la alta sociedad para que el suceso dejara de haber transcendido ya á corrillos y salones. Éste era el verdadero clavo que atravesaba el corazón de Carlos. ¿Qué merecía el hombre que le había colocado á él en tan terrible situación? Por eso, desde que habló con su hermano, todos sus odios se convirtieron á un solo punto, á una sola persona: el vizconde.

Isabel, por su parte, era demasiado discreta para desconocer la inmensidad de su desdicha. No dudaba que ante Carlos, que la conocía bien, le sería dable justificarse; pero ¿cómo se justificaría ante el mundo? Esta idea le arrancó del corazón un torrente de lágrimas.

Carlos, que no le había contestado una palabra al oir sus explicaciones, la dejó intencionadamente sumida en aquel dolor, y salió del gabinete. Entró en el suyo, se vistió precipitadamente, rogó á su hermano que acompañase á Isabel, cuyo estado le refirió, mientras él volvía, que sería muy pronto; encargóle también que entre tanto no dijese á nadie que faltaba de casa, y salió de ella apresurado.

XII

Momentos después se hallaba Ramón al lado de su cuñada: ésta dolorida y sollozando; el otro con el corazón oprimido, pero sereno. Cuando Isabel notó la presencia de Ramón, le dijo con acento triste:

—¡Qué mal hiciste en no haberme advertido lo que pasaba, antes que á Carlos, desde que adquiriste la primera sospecha!

—Culpa fué de tu marido, que no me consintió hablarte de lo que me saltó á los ojos apenas llegué á esta casa.

—¡Cuánto dolor me hubieras evitado!

—¡Dejando que el mal extendiera sus raíces, y fueran mañana la afrenta y el escándalo más grandes! ¿Te parece?

—¿Luego tú también me crees culpada?

—Creo, Isabel, lo que he visto ayer, lo que me pasó anoche y lo que está pasando hoy. Nada más, y es bastante.

Isabel se ahogaba bajo el peso de esta nueva indirecta acusación, remedo de las que le harían, fundadas en las mismas apariencias, aun las personas que más trataran de favorecerla. Buscando algún alivio á su pena, hizo, lo mismo que á Carlos, la relación de los hechos verdaderos; pero era Ramón bastante más aprensivo y obcecado que su hermano, y si bien oyó con gusto las disculpas, no las aceptó con la fe que hubiera deseado.

—Ya ves—prosiguió Isabel,—cómo me hubiera sido imposible evitar lo que está sucediendo.

—No tanto—dijo Ramón,—si hubieras sido un poco discreta en leer fisonomías.

—No comprendo...

—Porque no te dedicaste jamás á estudiar la de tu marido, como era tu deber.

En esto apareció la marquesa, en traje de confianza, afectuosísima, locuaz, hecha un brazo de mar, inaguantable.

Isabel apenas tuvo tiempo para secar sus ojos y tomar una actitud que revelara menos la tormenta que corría su alma.

—Buenos días, Isabel... señor don Ramón—dijo la invasora tendiendo la mano al aludido, que no podía comprender aquella explosión de repentino afecto hacia él,—doy á usted los más cumplidos y sinceros parabienes...

—¡A mí, señora! ¿Y porqué?

—¿Por qué? Por lo que hizo usted anoche... y eso que no debía perdonar el desaire que me dieron ustedes marchándose de allí sin decirme una palabra... Pero, en fin, algo había que dispensar en unas circunstancias como aquéllas... además de que, por otra parte, yo no soy rencorosa, y prueba de ello es que estoy aquí tan pronto como he dejado la cama.

—Muchas gracias,—dijo Isabel calando la intención de su amiga.

—¡Oh! no hay por qué, Isabel—continuó aquélla con una movilidad que mareaba.—La verdad es que el sitio, la ocasión y demás, no justificaban mucho un atentado semejante; pero, por otro lado, el señor guardaba el decoro debido, y no todos están obligados, por nacimiento, por educación ó por costumbre, á llevar el frac con todo el chic de rigor. ¿No es cierto?... Yo no sabía nada de lo ocurrido más que el porrazo y el consiguiente barullo; pero cuando ustedes salieron, pude averiguar que el vizconde había querido reirse de usted á sus mismas barbas...

Isabel y Ramón se miraron, dudando ambos que la marquesa hablara de buena fe y que no les ocultase la verdad de los rumores esparcidos por el salón á raíz del suceso.

La charlatana continuó sin fijarse en aquella mirada ni en el rubor que asaltó las mejillas de Isabel.

—El caso es que el vizconde merecía un correctivo ejemplar, porque es vano y lenguaraz como él solo, y que al cabo le encontró donde menos podía esperarle. Y adviertan ustedes que lo que hizo anoche no vale nada en comparación de lo que suele hacer á cada instante... ¡Oh, algún día le van á costar aún más caras sus calaveradas; y á fe que lo tendría bien merecido! Para él no hay nada sagrado, y lo mismo atropella reputaciones que cambia de vestidos... Figúrense ustedes que ayer tarde entró en la tienda de un joyero cuando más llena estaba de ociosos; tomó un riquísimo aderezo que, por lo visto, deseaba adquirir la Rocaverde; llamó á un dependiente después de escribir un billete tiernísimo, cuyo contenido leyó á gritos; metió el billete en el estuche; entregó éste al dependiente, y le dijo con voz muy recia: «á casa de... Fulana (no se me ha dicho el nombre) y entrégasele á ella en propia mano». ¡Calculen ustedes qué rechifla se armaría allí, y cómo quedaría la honra de aquella mujer... y la de su marido, porque, según parece, es casada!...

Á medida que iba hablando la marquesa, las rosas de las mejillas de Isabel tornábanse poco á poco en lirios; íbanle faltando las fuerzas al mismo tiempo, y próxima estuvo á desplomarse bajo el peso de su vergüenza; pero la consideración de que la falsa amiga estaba más al tanto de la verdad que lo que aparentaba y de que se expresaba así por herir más impunemente, la prestó, en un acceso de indignación, los bríos que necesitaba.

Iba á continuar sus irónicas lamentaciones la marquesa, gozándose en el martirio de su amiga; pero ésta, levantándose airada,

—¡Basta!—la dijo.

—¿Por qué me interrumpes en ese tono?—preguntó la marquesa dulcificando el suyo y fingiéndose sorprendida.

—Porque tu conducta en este momento está siendo más vil que la de tu vil amigo al hacer lo que nos has referido.

—¡Isabel!...

—Sí, porque estás abusando villanamente del arma que ha puesto en vuestras manos una desdichada casualidad; porque estás sirviendo admirablemente los fines de ese infame calumniador, avezado á los triunfos fáciles que mujeres... como tú, le han procurado, haciéndole creer que todas somos lo mismo; porque estoy resuelta á no consentir que siga adelante esa criminal burla, y á hacer que comprendan los que hoy me difaman la diferencia que hay entre una mujer de honor y una despreciable... cortesana.

Verde, amarilla, azul, jaspeada se ponía la marquesa al oir á Isabel; quería contestar, y le faltaba la voz; quería imponerse con un ademán, y le faltaba el movimiento: estaba allí clavada, rígida como una estatua, condenada á oir sin replicar aquellos apóstrofos de acero.

Ramón desconocía á su cuñada; aplaudía en silencio su actitud, y comenzaba á creer en su inocencia.

Entre tanto, Isabel, no creyéndose satisfecha con lo que había dicho, cogió el malhadado aderezo, que aún estaba sobre su tocador, conforme le había dejado al quitársele la noche antes, y arrojándole en el suelo á los pies de la marquesa,

—¡Toma!—le dijo con ira y desprecio, mientras saltaba la alhaja hecha pedazos,—por si, creyéndola debida á tu adorador, es esa prenda la que mueve á esgrimir contra mí el puñal de tu despecho... ¡Pero vete, y no encones más con tu presencia los recuerdos del tiempo que he estado concediéndote una amistad que no merecías!

La marquesa, que seguía siendo, más que una mujer, un autómata, miró á Isabel como una hiena, y echando espumarajos por la boca, y lágrimas de rabia por los ojos, salió como una exhalación.

—¡Esto es demasiado, Ramón!—exclamó Isabel al quedarse sola con éste, dejando correr de nuevo el llanto por sus mejillas.

—Y ¡qué has de hacerle ya, desdichada?—la dijo Ramón vivamente conmovido.

—¡Cómo!—replicó Isabel fuera de sí.—¿Será posible que una mujer como yo no pueda demostrar su inocencia; que una mujer que no tiene que arrepentirse ni siquiera de un pensamiento indigno, haya de verse obligada á bajar su frente ante el mundo como una criminal? ¿Con qué justicia, Ramón?

—Con la de ese mismo mundo, Isabel, en que se confunden tan fácilmente las honradas con las perdidas.

—¡Es que yo desharé esas apariencias que hoy me condenan!

—No lo dudo; pero ¿cómo?

—No lo sé; pero necesito hacer algo con ese fin... Por de pronto, salir de aquí... ir á... ¿Me quieres acompañar, Ramón?

—Sin duda... Y ¿adónde vamos?

—¡Qué sé yo!

Y tiró del cordón de la campanilla. Presentóse un criado, y le mandó que pusiesen al momento un coche.

Mientras se vestía precipitadamente, recogía Ramón del suelo los pedazos dispersos del aderezo, y murmuraba al propio tiempo:

—¡He aquí un caudal despilfarrado, que, como todos los despilfarros y por castigo de Dios, no ha traído sobre el despilfarrador más que desventuras y tardíos arrepentimientos!

XIII

Veamos ahora qué hacía Carlos entre tanto.

Cuando se vió en la calle, y á pie, porque su afán no cabía en ningún carruaje, pensó que todos los transeuntes le señalaban con el dedo, y leían cuanto pasaba por su corazón. Con ésta y otras análogas preocupaciones, aceleró el paso, y en muy pocos minutos llegó á casa del vizconde. Hízose conducir á su presencia inmediatamente, y le halló departiendo con los dos personajes que habían ido poco antes á conferenciar con Ramón.

Al verle el vizconde enfrente de sí, sintió algo, como escalofrío, que subiendo del pecho le puso el semblante más pálido que lo de costumbre. No diré que aquello fuese señal de miedo, pero tampoco que se pareciese al color de la arrogancia.

Cuando dos hombres se hablan por primera vez, en las circustancias ordinarias de la vida, siempre la mirada del uno domina á la del otro, porque es muy raro que los dos valgan lo mismo, y desde aquel instante queda el dominado á merced de la razón del dominante. Cuando los que se encuentran son el juez y el reo, no hay para qué decir quién vence á quién. Por eso no digo yo cómo miraba Carlos al vizconde y cómo miraba el vizconde á Carlos.

—¿Me esperaba usted?—le preguntó éste con voz entera y en una actitud en que jamás se le había visto.

—No por cierto—respondió el interrogado, menos seguro de sí mismo.—Ningún asunto había pendiente entre nosotros, y ésta es la primera vez que he tenido el gusto de ver á usted en mi casa.

—Es que quizá me reservaba para pagar en una sola visita todas las que usted me ha hecho.

—No comprendo...

—Va usted á comprenderme.

—Advierto á usted que estos dos caballeros son de confianza.

—Me importa poco que lo sean ó dejen de serlo.

—Es que puede usted decir delante de ellos cuanto guste.

—Pienso que nos han de oir algunos más.

—Tampoco lo entiendo; pero, en fin, usted se explicará.

—Vengo á decirle á usted que necesito su sangre y su vida...

—Me permitirá usted que le advierta—observó muy mesuradamente el apostrofado,—en primer lugar, que no es usted con quien yo tengo que arreglar un asunto de esa especie; y, en segundo, que si usted insiste en hacer suya la cuestión de su hermano, aquí tengo dos personas de mi confianza: entiéndase usted con ellas, ó nombre otras dos que le representen, y cuando se hayan entendido me tendrá usted á sus órdenes. Entre tanto, hemos concluido.

Y dicho esto, el vizconde trató de salir del aposento afectando aires de altivez, que sólo contribuyeron á encender más la cólera de Carlos; pero éste le cerró el paso, mientras le decía enfurecido:

—Y yo, en cambio de esas advertencias, sólo tengo que repetir que, en cuestiones de honra propia, no delego mis poderes en nadie; que yo soy la ley, el juez y el ejecutor, y que no abrigue usted la más remota esperanza de que este compromiso pueda terminarse como tantos otros lances mal llamados de honor.

—Y yo insisto en que no tengo con usted ninguno pendiente.

—Es decir, que usted rehusa...

—Repito que no tengo satisfacción alguna que dar.

—Si no son satisfacciones lo que yo busco. Ya le he dicho que quiero arrancarle la vida...

—Pues yo no quiero, no debo proporcionarle á usted ese gusto sin un motivo justificado.

—¿Luego no es bastante el que usted conoce y aquí me trae?

—¡No!

—¿Ni éste tampoco?—dijo Carlos sacudiendo tan estupenda bofetada al vizconde, que le hizo caer hecho un ovillo entre un sillón y la puerta.

—¡Oh!—rugía el insensato al verse en tan humillante situación.—¡Mi revólver!... ¡Mis espadas!

Echáronse en esto sobre Carlos los dos, hasta entonces, mudos testigos de aquella escena. Levantóse el caído, y quiso, en un momento de exaltación nerviosa, arrojarse sobre su agresor; pero al hallarse otra vez con aquel rostro de mármol y con aquella mirada de acero, faltáronle los bríos, y corrido y acobardado cayó en brazos de uno de sus amigos, llorando como un niño.

—Bien le está llorar como una mujer á quien ofende como las víboras,—dijo Carlos mirándole con desprecio.

—Hasta aquí—observó entonces el que le sostenía,—hemos respetado la actitud en que respectivamente se iban colocando ustedes; mas desde ahora estamos resueltos á impedir todo género de violencias, indignas de dos personas que se precian de bien nacidas.

—Lo verdaderamente indigno—respondió Carlos con altivez,—es atacar traidoramente el honor ajeno, y buscar después la impunidad en la propia cobardía.

—Es que yo no dudo que el señor vizconde sabrá aceptar como un caballero la responsabilidad de esos cargos,—replicó su amigo mirándole con mucha intención.

—Y sólo en ese supuesto puede contar con nosotros,—añadió el segundo testigo con no mejor intención que el primero.

El vizconde en tanto mordía el pañuelo con que secaba á hurtadillas las lágrimas que se le escapaban y la sangre que brotaba de algunas rozaduras de su cara; luchaba con la furia de su afrenta y el temor que le infundía la resuelta actitud de Carlos. Un duelo con aquel hombre tenía que ser á muerte, y él no encontraba en su corazón fuerzas para tanto. Tampoco podía confiar en la esperanza de una tramitación larga y diplomática que preparara un desenlace menos sangriento, porque su contrario no daba treguas. Era, pues, preciso decidirse en seguida. La lucha fué atroz, aunque duró pocos minutos. Sus dos amigos y Carlos pudieron observar cómo aquella exaltación febril fué cediendo, hasta que el desdichado cayó en un abatimiento que alarmó á los testigos.

—¿Necesitas algo que podamos hacer por ti?—le pregunto uno de ellos.

—No—respondió á poco el vizconde, mirando á todos con rostro sereno.—Lo que necesito es dar la mayor prueba de valor que puede exigirse á un hombre que blasona de caballero... Necesito decir que no tengo corazón bastante para vengar la afrenta que acabo de recibir, en la forma en que el señor lo pretende, y, por consiguiente, que estoy dispuesto á darle la única respuesta que me cumple y que puede reparar, en parte siquiera, el daño que ayer he podido causarle cegado del demonio de mi vanidad.

Los dos amigos se miraron asombrados. Carlos empezaba á compadecer á aquel desdichado, que prosiguió así:

—Ayer presenciásteis todo lo ocurrido en el asunto que aquí nos reúne; os prestásteis después á representarme en el que tenía pendiente con el hermano del señor: no me neguéis vuestra asistencia en el momento más solemne de los varios que va teniendo para mí este desdichado quid pro quo. Si asentís á mi deseo, seguidme á donde voy á conduciros, si el señor está dispuesto también á acompañarme, en la seguridad de que es mayor el sacrificio que voy á hacer por su honra, que dañada fué la intención con que se la comprometí.

Los dos amigos no se opusieron á este deseo. Carlos también asintió á él. ¿Qué más había de exigir á aquel miserable?

Mandó el vizconde preparar un carruaje; y en él colocados nuestros cuatro personajes, fueron conducidos, por orden de aquél, hasta la puerta de la consabida joyería, que se hallaba ocupada por la tertulia de costumbre á tales horas.

Grande fué la sorpresa de los ociosos cuando aparecieron ante ellos los cuatro personajes del coche. La palidez de Carlos, ciertas huellas que se dejaban ver demasiado en la cara del vizconde y el aspecto sombrío y mustio de los otros dos acompañantes, tras de las noticias que habían circulado ya, y acababan de aumentarse allí sobre la cachetina de la noche anterior, hicieron al punto creer á aquellos murmuradores que iban á ser testigos de alguna escena desagradable.

Y así fué, en efecto. El vizconde, apenas entró el último de los que le acompañaban, cerró la vidriera de la calle, y, reclamando la atención de los circunstantes, les recordó su manera de proceder allí mismo el día anterior; juró que sólo un impulso de necia vanidad y de injustificable despecho le había obligado á escribir unas palabras y á pronunciar otras que habían lastimado el honor de una señora, que no nombró por respeto á la misma, y porque todos los allí presentes sabían de quién se trataba. En seguida refirió la verdadera causa de todo, exigiendo como un deber de los que le escuchaban, que repitiesen aquella retractación para restablecer la verdad, donde quiera que la viesen alterada con daño de la honra de la persona calumniada por él.

Carlos, al oir hablar al vizconde, podía contener mal sus iras, porque no tenía noticia de que también allí hubiera andado su honra por los suelos; pero en buena justicia no debía exigir más á aquel hombre después de lo que con él había hecho en su casa. Molestábale mucho también el estar presenciando semejante escena, por si había delante una sola persona que pusiese en duda la sinceridad de aquellas explicaciones, caso en el cual era su papel bien poco simpático; mas ¿cómo salvar tantos inconvenientes sin desatender el asunto principal? Hervíale la sangre con éstas y otras consideraciones, é iba á poner término breve á la escena, cuando paró á la puerta un carruaje, del cual descendieron Isabel, pálida y ojerosa, y Ramón con gesto avinagrado. Detúvose un instante la primera, atemorizada con la presencia de tanta gente, y tal vez hubiera retrocedido sin realizar su plan, á no haberse fijado en su marido y en el vizconde. Diéronle ánimos la idea del amparo del primero y la indignación que de nuevo la hizo sentir la vista del segundo, y entró con aire resuelto.

—¡Tú aquí, Isabel!—la dijo Carlos admirado, saliendo á su encuentro.

—Sí—respondió Isabel de modo que se la oyera.—Venía á pagar un aderezo que ayer me enviaron de aquí por conducto de nuestro buen amigo el vizconde, que quiso cedérmele, pues era ya suyo, y sólo con su orden podía adquirirle yo... Circunstancia que, por cierto, ha sabido explotar bien en beneficio de su vanidad ese... miserable.

Los ojos de Isabel se arrasaron en lágrimas al pronunciar esta palabra con voz trémula, dirigiéndose al autor de su desdicha.

—Señora—le dijo entonces el vizconde adelantándose respetuosamente.—Por duro que sea el martirio á que ha sometido á usted una fatal ligereza mía, puedo asegurar que es infinitamente mayor la tortura que á mí me cuesta... y la que habrá de costarme en la situación á que voluntariamente me condeno.

Iba á replicar Isabel, pero Carlos se adelantó.

—No más—dijo con voz cariñosa, pero solemne;—mi presencia aquí y la de algunas otras personas, como estos dos señores, á quienes ya conoce Ramón, debe probaros que este asunto está ya juzgado y castigado en forma. Asunto en extremo delicado, puesto que se relaciona contigo, no debe tocarse más en sus detalles, ni aun para tributársete el respeto á que eres acreedora. En ellos se ocupará el señor vizconde con el afán que ha mostrado aquí al dar el primer paso en el camino de las reparaciones, que son hoy el mayor peso que tiene sobre su conciencia; y no dudes que así lo hará, pues sabe, por dolorosa experiencia, cuánto le va en ello.

Y esto dicho, Carlos dió el brazo á Isabel, y salieron los dos á la calle, seguidos de Ramón.

XIV

Un cuarto de hora más tarde, se hallaban los tres reunidos en casa. Isabel lloraba, Carlos recorría la estancia y Ramón meditaba.

—¡Carlos! ¡Carlos!—exclamó al fin aquélla, arrojándose en los brazos de su marido.—¡Hay huellas que no se borran jamás!

—Sí, Isabel; y ése es el puñal que no puedo arrancar de mi corazón.

—¡Mal podrás, en ese caso, perdonarme nunca!

—Á ti, sí; á mí es á quien no perdonaré jamás, pues soy la causa de todo.

—¡Tú!

—Yo, sí; yo, que no supe mostrarte con tiempo el peligro que corrías, pues en ese terreno, como en ningún otro, debe hacerse comprender á la mujer que no le basta ser honrada, sino que, como la del César, necesita parecerlo.

—¡Oh! no volveré á ese mundo en que con tanta facilidad se mancha el honor más limpio con las apariencias del deshonor.

—Al contrario, Isabel: ahora soy yo quien te manda volver á él, pero por poco tiempo. Retirarte después de lo ocurrido, sería tanto como declararte vencida por esos miserables. Es preciso, pues, que te vuelvas á presentar delante de todos ellos, y con la frente muy alta. Después...

—Después, yo le pediré á tu hermano un rincón en su casa...

—Mucho salto es ése—dijo Ramón sonriendo:—de lo más alto de la corte al más bajo de los cortijos.

—Con algo menos habrá bastante, Isabel—repuso Carlos.—Bueno es que conozcas el humilde y honrado techo bajo el cual vi la luz primera, y ¡ojalá que nunca de él te quieras alejar después! Pero entre ese extremo y el único que hoy conoces, hay un medio, en Madrid mismo, en cualquiera parte, lleno de encantos y de paz.

—Y ¿cuál es ése, Carlos?

—El hogar doméstico; sus mil detalles, que no conoces todavía, al calor de los cuales, y no de otro modo, se forman y viven las dos grandes figuras de la humanidad: la esposa y la madre.

—¡Oh, yo trataré de conocerlos y de amarlos!

—Pues bien, cuando los conozcas y los ames, yo seré el primero que te ponga á las puertas del gran mundo, y te diga:—«Entra, si te atreves».

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