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Autobiografía, Obras Completas Vol. XV

LVII

Reading edition

HABÍA vendido miserablemente varios libros a dos ghettos, de la edición que en París han hecho miles y millones con el trabajo mental de escritores españoles e hispanoamericanos, pagados harpagónicamente, y como yo me quejase en aquel entonces, por una de mis obras, se me mostraron las condiciones en que había vendido para la América española una escritora ilustre su Vida de San Francisco de Asis.

Don Justo Sierra, el eminente escritor y poeta, que en Méjico era llamado «el Maestro», y que acababa de fallecer en Madrid de ministro de su país, escribió el prólogo para uno de mis volúmenes, «Peregrinaciones». En París tuve la oportunidad de conocer a este hombre preclaro, que en los últimos años de la administración del presidente Porfirio Díaz, ocupó el Ministerio de Instrucción pública.

El gobierno de Nicaragua, que no se había acordado nunca de que yo existía sino cuando las fiestas colombinas, o cuando se preguntó por cable de Managua al ministro de Relaciones Exteriores argentino si era cierta la noticia que había llegado de mi muerte, me nombró cónsul en París.

Y a propósito, por dos veces se ha esparcido por América esa falsa nueva de mi ingreso en la Estigia; y no podré olvidar la poco evangélica necrología que, la primera vez, me dedicara en La Estrella de Panamá un furioso clérigo, y que decía poco más o menos: «Gracias a Dios que ya desapareció esta plaga de la literatura española... Con esta muerte no se pierde absolutamente nada...» Hasta dónde puede llevar el fanatismo y la ignorancia en todo.

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