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Amparo (Memorias de un loco)

AMPARO

Reading edition

(MEMORIAS DE UN LOCO)

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segunda edición

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MADRID EST. TIP. DE RICARDO FÉ Cedaceros, núm. 11

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1888.

Es propiedad.

EPÍLOGO

He pasado de los treinta años, funesta edad de tristes desengaños, que dijo Espronceda.

Me he arrancado mi primera cana.

La experiencia se ha encargado de arrancarme una a una todas mis ilusiones, o por mejor decir de secar todas mis creencias.

Hoy sólo tengo dos:

Creo en un Dios incomprensible.

Creo que la vida es un sueño

La primera verdad la ha dicho la Biblia.

La segunda la ha dicho Calderón.

Si alguien dijo la primera antes que la Biblia;

Si alguien dijo la segunda antes que Calderón, quede sentado que yo no conozco fuera de aquel admirable libro y de aquel admirable poeta, al o a los que haya o hayan dicho aquellas dos verdades.

Lo que yo sé decir, por experiencia propia, es que nadie cree las verdades hasta que se las hace conocer la experiencia.

La experiencia, en general, tiene una manera muy dura de dar a conocer las verdades.

Si se nos permite que supongamos que la vida es un camino sobre el cual marchamos con los ojos vendados, se nos permitirá también suponer que la experiencia es un poste colocado en medio de nuestro camino, hacia el que marchamos a ciegas, y contra el cual nos rompemos las narices.

Pero en cambio, y por mucho que el golpe nos haya dolido, encontramos una verdad que no conocíamos;

El reverso de una medalla;

La antítesis de una bella idea;

El interior de un sepulcro blanqueado;

Sarcasmo y podredumbre.

De lo que se deduce que: costándonos el conocimiento de cada verdad una contusión, y siendo infinitas las verdades que nos obligan a descubrir las ilusiones que debemos a nuestro amor propio, un hombre no puede llegar a tener experiencia, sin encontrarse completamente descoyuntado.

Un hombre lleno de experiencia es un árbol muerto, metafóricamente hablando, contra el cual zumba desapiadadamente el huracán de las pasiones, valiéndonos de otra metáfora.

Y sin embargo de que, y continuamos en el estilo metafórico, ya no tiene ni frutos ni hojas que el huracán pueda arrancarle, le arranca las extremidades de las ramas secas.

Después viene el rayo y le hace trizas.

Después la lluvia del invierno le pudre.

¿Dónde estaba el hermoso árbol?

Hasta sus raíces se han podrido.

Ese árbol no ha existido.

Ha sido un hermoso sueño de primavera.

Una horrible pesadilla de verano.

Sí; Dios que ha hecho su criatura para que sea destruida, es incomprensible.

La vida que pasa sin dejar tras sí vestigio alguno es un sueño.

Quede sentado que la Biblia es un gran libro;

Que Calderón era un gran poeta;

Y que yo soy lo que quieran mis lectores que sea.

Esto escribía yo una noche que no tenía sueño.

Eran las tres.

Estaba en calzoncillos blancos y tenía frío.

No tenía un cuarto y estaba desesperado.

Un viejo reloj de pared me dejaba oír un monótono tic-tac.

El ruido de un péndulo cuando se está en cierta disposición de ánimo, es un ruido que crispa los nervios.

No sé a quien he oído decir que el cólera morbo es una enfermedad nerviosa.

De modo, que cuando no se tiene sueño, cuando no se tiene dinero, y se tiene frío, y se oye el tic-tac de un péndulo, en medio del silencio de la noche, se está muy expuesto a ser un caso.

Por lo mismo, y cediendo a un laudable sentimiento de conservación propia, voy a meterme de nuevo en la cama y a buscar la vida en el sueño.

Porque, si la vida es sueño, el sueño debe ser vida.

Y esto es tan exacto, como que, si la vida del hombre son las ilusiones, nada más comparable a la vida que el hermoso sueño de un sediento que cree estar echado de bruces sobre una fuente cristalina;

O el de un pobre que cuente oro;

O el de un enamorado que besa y devora a una mujer hermosa;

O el de un diputado de la oposición que se mete debajo del brazo una cartera;

O el de un hambriento que come en la fonda del Cisne.

(Entre paréntesis: la fonda del Cisne es de un amigo mío, y puedo recomendarle cualquiera de mis lectores, para que en un cubierto de a duro le ponga un plato más.)

Me he metido en la cama, pero no he conseguido dormirme.

La realidad huye de mí: el sueño me persigue.

Soñemos, ya que no podemos vivir.

Soñemos escribiendo.

Escribir es muy fácil, sobre todo cuando se escribe mal.

Por eso tenemos en España tantos literatos;

Y tantos poetas;

Y tantos periodistas;

Y tantos sabios.

Esto consiste en que en España todos estamos aburridos, o tenemos frío o hambre, y nos distraemos escribiendo.

También es cierto que son muy pocos los que se distraen leyéndonos.

Por eso en España los escritores no tenemos un cuarto.

Hay diez musas.

O por mejor decir, no hay diez musas sino una.

Antes había nueve.

La una, que las ha matado, es una musa horrible que vive de dar muerte.

Esa musa es el Hambre.

El hambre es la musa de los españoles.

¿Quién dijo esto? ¿Quién lo dijo?

Venturita.

No señor: don Ventura.

Aun no señor: el excelentísimo señor don Ventura de la Vega.

El que abandona a César por el Marqués de Caravaca;

La tragedia por la zarzuela;

La fama por el dinero.

Bien sabía Vega lo que se decía cuando dijo que la musa diez era el hambre.

Nosotros hemos dicho que el hambre es la musa única de los españoles.

Y si no, ¿quién les inspiró la revolución de julio?

Porque una revolución no es otra cosa que una poesía diabólica, para producir, la cual es necesario que a todo un pueblo se le calienten los cascos.

¿Quién fue, pues, la musa que inspiró al pueblo de Madrid aquella sinfonía infernal de los tres días y aquel poema berroqueño en quince cantos de las barricadas?

Fue la libertad.

Sí, señor: pero la libertad en su sentido real, tangible y comestible: el deseo de comer libremente.

¿Quién inspiró tantas cosas inspiradas como se dijeron y se escribieron?

La necesidad de comer.

Es verdad que no hemos comido tanto como esperábamos: que el banquete no ha correspondido al programa... pero...

Se conoce que estoy de muy mal humor, en que he ido a meterme con botas y espuelas bajo la jurisdicción o en la jurisdicción del señor fiscal de imprenta.

Por lo mismo, y para evitar una cornada, tomemos de nuevo el olivo de la bella literatura.

Esto es: levantemos ante el señor fiscal, como en señal de paz, un ramo de oliva.

Dicen que en el Saladero es muy fácil convertirse en caso. [* Esto se escribía durante el cólera.]

Es necesario, pues, evitar de todo punto que le pongan a uno en salmuera.

Pero diréis, y con razón: el autor está loco:

Perdonad: una palabra.

Tened en cuenta que he empezado mi novela por el epílogo: es decir, que la he acometido por la cola.

Este epílogo, reducido a su verdadera expresión debía constar únicamente de estas palabras:

El autor se ha vuelto loco.

O bien si no os agrada el modismo:

El autor ha enloquecido.

O bien:

El autor no ha logrado todavía encontrar su juicio, y se lo pide a sus lectores.

MEMORIAS DE UN LOCO

Era ya muy tarde, o por mejor decir muy temprano.

Los relojes de la villa de Madrid habían marcado las tres de la mañana.

No había alumbrado; pero el reflejo de la nieve que cubría las calles hacía la noche muy clara, aunque el cielo estaba muy oscuro.

Salía yo de una de esas casas...

Pero antes de que os diga la casa de donde salía, debo deciros quién soy yo.

Soy un hombre ni feo ni hermoso, que acabo de cumplir treinta y seis años, y que en la época en que pongo la fecha de mis memorias tenía veinticuatro.

Soy una persona decente, porque soy rico, y lo fue mi padre y también lo fueron mis abuelos.

Porque soy rico y persona decente me fastidiaba en aquella época.

Ahora no me fastidio: ahora agonizo.

Pero en aquella época estaba hastiado.

A los veinticuatro años había viajado mucho, y de mis viajes sólo había sacado en limpio una suma enorme de recuerdos embrollados.

Mi pensamiento era una especie de torre de Babel.

En mi continuo trato con toda clase de gentes sólo había encontrado una verdad.

Que nuestro hombre y nuestra mujer no existen.

O, precisando más la frase, que nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestro deseo.

Sin embargo, muchos hombres me han ofrecido su bolsa y su vida, y muchas mujeres su cuerpo y su alma.

Yo tomaba lo que estos hombres y estas mujeres me vendían a beneficio de inventario, y ponía en cuenta corriente sus sacrificios frente a mi dinero.

Lo que significa que descubrí otra verdad que se contiene en los siguientes versos:

Pues el amor y la amistad se venden, lo que hay que procurarse es el dinero.

Si yo hubiera sido pobre, me hubiera afanado por adquirirle, para tener un día el placer de estrechar las manos de muchos amigos y ser estrechado entre los brazos de muchas amantes.

Pero como era rico, me encontré en posición de entrar en el mundo de las afecciones por la puerta principal desde el momento en que me decidí a ser hombre de mundo.

Y tuve amigos y amantes... a docenas.

Pero comprendí que estos amigos y estas amantes no merecían ni aun los honores de la farsa.

Acabé por hastiarme y pensé en el suicidio.

El hastío es la modorra del espíritu, su condensación, su no hay más allá; su mortaja, su ataúd, su pulvis es.

Un hombre hastiado es un muerto que anda; un muerto que en vez de apestar a los vivos es apestado por ellos.

Me decidí por el suicidio.

Pero no adopté el medio vulgar de darme un pistoletazo, de suspenderme, de sumergirme, de darme de puñaladas o de beber ácido prúsico.

Tales medios no los adoptan más que los desesperados de mal género.

Los que temen a los acreedores.

Los que han sido bastante necios para referir su existencia a la posesión de una mujer.

Los etcétera, etcétera.

Un hombre hastiado debe morir noblemente luchando brazo a brazo con el hastío, forzándole, estrechándole, entrando de lleno en los excesos de todo género, hasta caer bajo los estragos de una vida monstruosa, absurda.

Yo lo adopté todo: la crápula, la orgía el desorden, el placer...

Yo esperaba que apareciese la tisis.

Pero la tisis huyó espantada de mí.

Inútilmente forcé mi organización, procuré gastarme.

Mi organización resistió como una máquina de acero.

Entonces me entregué resignado a mi destino.

Como si un genio fatal y poderoso se hubiese propuesto oponerse a mi voluntad, se me hizo imposible el suicidio, a no ser apelando al medio ruidoso y poco decente de levantarme la tapa de los sesos, o de hacerme matar en un duelo.

Me reduje, pues, a satisfacer las necesidades materiales, y no pudiendo vencer al hastío, le acepté con dignidad.

En este estado, pues, me encontraba a las tres de la mañana, aquella en que las calles de Madrid estaban cubiertas de nieve.

Salía yo de una de esas casas, donde todo es permitido, donde se ríe, se bebe, se habla libremente, se fuma y se está medio tendido y con el sombrero puesto.

Una de esas casas, en cada una de las cuales tiene abierta una candente y luminosa página el mundo.

Donde las mujeres se presentan tales cuales son, arrojada la careta del decoro.

Donde los hombres hacen gala de sus vicios.

Yo no gozaba allí; pero estaba mejor que en otras partes, porque allí al menos veía claro, y no estaba obligado a fingir ni a violentarme.

. . . . . . . . . . . . . .

Adelantaba yo maquinalmente a lo largo de una calle.

Aquella calle era corcobada de configuración y ciega de luces.

Hacía un frío de cuarenta grados y nevaba.

De repente brilló una luz a lo lejos, y un cuerpo humano proyectó sobre la pared una gigantesca sombra.

Y, sin embargo, lo que producía aquella sombra gigantesca era una niña.

Aquella niña era una trapera.

Iba sola, y la acompañaba un perro.

Yo llevaba en la boca un cigarro sin encender, y con intención de encenderle me dirigí a la trapera.

La muchacha tenía muy poca ropa, y el perro muchas lanas.

Sin embargo, la muchacha parecía resistir admirablemente el frío, y el perro tiritaba.

La muchacha cantaba a media voz, sin duda por temor de interrumpir con su canto el sueño de los vecinos, y revolvía los montones de despojos con su gancho, buscando trapos que, cuando encontraba, arrojaba en la cesta.

Al acercarme, el perro gruñó y adelantó hacia mí de una manera amenazadora.

La muchacha entonces me miró y seguidamente llamó a su perro.

—¡Eh! ¡quieto, Mustafá! le dijo, dejándome oír una voz infantil y fresca, al par que armoniosa y grave: ¿no ves que es un caballero?

El perro retrocedió, y yo me acerqué más.

La muchacha me miró de nuevo.

Hay miradas que son una historia.

Hay miradas que son un poema.

Hay miradas que son una sátira.

Hay miradas que dilatan el alma.

Hay las por el contrario que la comprimen.

La mirada de la traperita me refirió una historia muy sencilla.

La historia de una vida de sufrimiento.

La mirada de la traperita fue un poema que podía haberse reducido a estas dos palabras:

«Sufro y espero.»

Estas dos palabras son la historia del género humano.

Sufrir y esperar.

¿Qué sufría aquella niña?

La pobreza con todas sus consecuencias, acaso.

¿Qué esperaba?

¡Quién sabe lo que puede esperar una criatura!

La muchacha era toda ojos: unos hermosísimos, rasgados y elocuentes ojos negros.

Aquellos ojos se descataban de una manera enérgica, y parecían más grandes y más negros que lo que lo eran en realidad, sobre un semblante flaco, muy pálido, muy triste.

A pesar de la tristeza de aquel semblante, los ojos sonreían, pero con la triste sonrisa de la resignación.

Su mirada dilató mi alma, la hizo aspirar una pasión pura.

Yo creo que fue compasión hacia aquella niña lo que me hizo sentir su mirada.

Y a más de la compasión un no sé qué misterioso, que no era amor ni deseo porque ni deseo ni amor podía inspirarme aquella pobre criatura.

Sin embargo, han pasado doce años desde que la vi la primera vez, y aún no he podido olvidar su primera mirada.

Me sonrío con ella como se sonríe a un hermano querido.

Me dio paz con su mirada en el alma.

. . . . . . . . . . . . . .

Han caído dos lágrimas sobre el papel.

Siempre que las lágrimas asoman a mis ojos tiemblo de miedo.

Porque cuando mis ojos se arrasan, me sobreviene al poco tiempo uno de esos horribles ataques, en que no pudiendo resistir lo íntimo del dolor de mi corazón, grito y me revuelco, y me destrozo: y entonces vienen las ligaduras y el lecho de tormento y el horrible casco de nieve.

¡Me creen loco!

Es necesario pues olvidar, procurar olvidar; secar las lágrimas y esconder estas memorias.

La miré frente a frente, y ella me miró durante algunos segundos con una curiosidad infantil.

—Encienda usted, caballero, me dijo, levantando su farol y abriéndole.

Encendí mi cigarro.

Luego volví a mirar a la traperita que cerró el farol y se puso a rebuscar de nuevo con su gancho.

Yo, no sé por qué, permanecía inmóvil junto a ella.

—¿Cuánto ganas buscando trapos? la dije.

—Según: me contestó: diez cuartos, doce, dos reales. Antes se ganaba más; pero ahora... hay muchos traperos y pocos trapos.

—¿Y no tienes más oficio que éste?

—No señor.

—¿Y con diez cuartos te mantienes?

—Como pan unos días, y otros pan y queso. Además, la señora Adela gana otro tanto.

¡La señora Adela! Aquel calificativo antepuesto a un nombre hasta cierto punto aristocrático, causó en mí un efecto inesplicable.

—¿Quién es la señora Adela? la pregunté.

—Es una mujer que me ha criado.

Y al pronunciar estas palabras, creí notar en su entonación algo de doloroso, algo de impaciente, algo que revelaba que no era la señora Adela lo mejor del mundo para la traperita.

Comprendí que tenía delante una pobre existencia necesitada de amparo.

Nunca mi hastío de la vida llegó hasta el punto de hacerme indiferente a las desgracias ajenas.

Metí la mano en mi bolsillo y saqué una moneda.

Era una onza.

Yo había pensado darla un napoleón.

Sin embargo, alargué la mano hacia la niña y la entregué la onza.

La chica la tomó, probó su peso y se puso gravemente seria.

—¡Gracias, caballero! me dijo, devolviéndome la onza. Me basta con lo que gano.

Y se puso de nuevo a revolver y a buscar, guardando un profundo silencio, y visiblemente contrariada.

—¿Por qué no has tomado ese dinero? la dije.

La muchacha no contestó.

Me obstiné, y entonces, alzándose con una dignidad y una firmeza supremas, me dijo:

—Si no sigue usted su camino, caballero y me deja en paz, llamaré al sereno.

A tal arranque tomé mi partido: arrojé la onza en la cesta de la muchacha, y me alejé.

—Por favor, caballero, me dijo corriendo tras de mí y con acento entre suplicante y colérico: usted está equivocado y tira su dinero. Créame usted: tome usted su onza: yo le doy las gracias y... no hablemos más.

—¿Y de qué modo puedo yo hacer para favorecerte? dije volviendo y tomando la onza.

—Dios me favorecerá; esté usted seguro de ello. Dios y...

La muchacha calló, tembló y fijó una mirada ansiosa en el fondo de la calle.

Guiado por su mirada, miré y vi otra trapera que se acercaba.

—¡La señora Adela! exclamó la muchacha, y se puso con un ardor febril a su interrumpido trabajo, mientras Mustafá gruñía sordamente.

Tardó poco en llegar una mujer harapienta, alta, huesosa, como de treinta y cinco a cuarenta años, que fijó en mí una mirada insolente.

—¿Qué quiere este caballero? preguntó con acento de amenaza a la pobre niña.

—Me ha pedido fuego para un cigarro, contestó temblando la traperita.

Yo creí deber atajar la conversación.

—¿Es usted la señora Adela? la dije.

—Sí, señor: ¿qué se le ofrece a usted? contestó secamente.

—Necesito hablar con usted a solas.

—¡Ah! ¡Necesita usted hablarme! Pues vamos.

Y se puso en marcha.

Noté que la traperita arrojaba sobre aquella mujer y sobre mí, una mirada llena de ansiedad.

Seguimos la señora Adela y yo a lo largo de la calle, y nos detuvimos a la puerta de uno de esos cafetines, asilos de tahúres y vagos, cuya puerta se cierra a la hora prescrita en los bandos, pero que se abre durante toda la noche a todo el que llega.

Llamé, abrieron, y la señora Adela y yo entramos.

Nos sentamos junto a una mesa, y la trapera pidió aguardiente.

Entonces, a la luz de un mechero de gas inmediato, pude observar ciertos rasgos de distinción degradada en el semblante angular y huesoso de aquella mujer: del mismo modo, no era difícil comprender que aún era joven; que si parecía vieja, lo debía a excesos, y que en otro tiempo debió ser notablemente hermosa.

Sus manos, ese indudable signo, por el que se conocerá siempre a una persona distinguida, eran aún bellas: su mirada altiva y fija.

Estaba, pues, metido en una verdadera aventura.

—Me parece que adivino de lo que quiere usted hablarme;—me dijo mirándome con una extraña fijeza; y sin dejarme tiempo para contestar añadió:—sin duda se trata de Amparo.

—¡Se llama Amparo!

—Y es una hermosa muchacha: está flaca y sobre todo mal vestida; pero con un mes de buen trato...

—¡Y usted la vendería, la dije con repugnancia sin dejarla concluir.

—Hoy todo se compra y se vende, me contestó con sarcasmo: se vende el amor, se vende la amistad.

—¡Y se venden las hijas!

—Amparo no es mi hija, me contestó con precipitación y con acento singular. Hace catorce años la encontré en la calle.

—¿Y sus padres no la reclamaron?

—No.

—Pero si usted no es su madre, al menos la ha criado usted.

—Por lo mismo quiero que sea feliz, dijo la trapera con su duro acento, que me causaba una sensación fría, punzante, indefinible.

—¿Y para que sea feliz la vende usted?

—La mujer no es feliz más que vendiéndose; vendiéndose muy cara mientras es hermosa, arrancando al amor que compra, dinero para cuando sólo puede buscarse la caridad; ¡la caridad!...

Y después de haber pronunciado con acento de blasfemia su última palabra, se bebió de un trago una copa de aguardiente.

—Pues usted, la dije con desprecio, no ha sabido, por lo que se ve, aprovechar sus buenos tiempos.

—Es que yo no me he vendido, me contestó con una expresión singular: por lo mismo la vendo a ella.

—Creo que ella no piensa venderse.

—Hará lo que yo quiera.

—Pues bien: me encargo de esa muchacha.

—No me gustan las palabras de sentido ambiguo. Sepamos claramente de lo que tratamos. ¿Cuándo ha conocido usted a Amparo?

—Esta noche.

—¿La ha hablado usted?

—Muy poco.

—¿Y cómo entenderemos eso de encargarse usted de ella?

—Creo que puede ocuparse en otro trabajo más cómodo y beneficioso, que en el de recoger trapos.

—Sí, ciertamente.

—Por ejemplo: puede entrar en un taller.

—Es verdad: repuso aquella mujer, cuyo semblante se había cubierto con la expresión de la mayor reserva; pero es el caso, que cosiendo se gana muy poco, y que hay que pasar por un aprendizaje, durante el cual nada se gana.

—¿Cuánto suele durar ese aprendizaje?

—Acaso un año.

—No hablemos más: venga usted conmigo.

Pagué: salimos del café y llevé a aquella mujer a mi casa.

Mi criado Mauricio se asombró al verme entrar con tan mala compañía, y mucho más cuando me encerré con ella en mi gabinete.

—De hoy en adelante, la dije, puede usted contar con doce duros mensuales. Además, como supongo que carecerán ustedes de todo, tome usted estos dos billetes de a mil reales, y empléelos en ropas y utensilios. Todos los meses venga usted por la cantidad que asigno a Amparo.

—¡Gracias, dijo fríamente aquella mujer, y se despidió de mí.

Cuando me quedé solo, busqué el cuaderno donde estaban consignadas mis obligaciones, y anoté lo siguiente:

«Doscientos cuarenta reales para Amparo.»

Yo había hecho esto por temperamento, por costumbre, no por caridad.

Me acosté y me dormí.

Cuando desperté al día siguiente, había perdido el recuerdo de aquella aventura.

Entró Mauricio y me dijo:

—Ahí está una muchacha que pregunta por usted. Vino a las diez y ha vuelto otras tres veces a ver si se había usted levantado.

—¡Una muchacha! exclamé con extrañeza.

—Sí, sí, señor, y no es maleja: dice que se llama Amparo.

—¡Ah! Que entre, que entre.

Poco después entró Amparo.

La acompañaba su perro.

Venía peinada y limpia, pero muy pobre y muy ligeramente vestida.

Me saludó con gracia y con la misma digna lisura con que hubiera saludado a un conocido antiguo.

Sonreía tristemente y estaba encendida, sobreescitada.

El perro fijaba en mí una atenta e inteligente mirada.

—Perdone usted, caballero, me dijo Amparo, si he venido a incomodarle, pero he creído que debía venir a verle.

—¿Y por qué, hija mía?

—¿Por qué? ¿Con qué objeto ha dado usted dinero a la señora Adela? me contestó con precipitación y con vergüenza.

—No hablemos de eso, la dije, la señora Adela lo sabe.

—Nada me ha dicho, sino que ya no recogeremos más trapos; que compraremos vestidos y camas.

—¡Cómo! ¿No teníais camas?

—No, señor: ese es mucho lujo para nosotras, dijo sonriendo tristemente: cuando se ha trabajado mucho, y sobre todo, cuando, se está acostumbrado a ello, se duerme muy bien sobre un ruedo.

De la misma manera que otros se muestran neciamente soberbios con su opulencia, Amparo se mostraba noblemente orgullosa con su miseria.

—Y bien, repuse: si nada te ha dicho esa mujer, ¿cómo sabes que yo la he dado dinero?

—Anoche, cuando usted se alejó con ella, apagué mi farol y me fui detrás: esperé a que saliesen ustedes del café, los seguí y vi que entraban en esta casa. Esta mañana cuando la señora Adela me enseñó dos papeles encarnados, cuando leí...

—¿Sabes leer?

—Sí, señor, contestó sin el más leve asombro de vanidad Amparo; cuando leí lo que en aquellos papeles estaba impreso y vi que eran billetes de banco... dinero, adiviné que aquel dinero venía de usted.

—Y bien, ¿qué?

—Necesito saber con qué objeto se ha desprendido usted de esa cantidad.

—¡Bah! ¡bah! ¿Con qué objeto? Con el de que no pases más noches malas; con el de que aprendas un oficio y puedas ser la honrada mujer de un artesano.

—El padre Ambrosio me ha dicho que hay en el mundo personas caritativas; pero me ha dicho también que muchas veces se toma la caridad por pretexto.

—¿Y quién es el padre Ambrosio?

—Un religioso exclaustrado de la Merced, que vive hace muchos años en la misma casa de vecindad donde yo vivo; un digno ministro del Altísimo; mi padre; la guía que Dios me ha dado viéndome desamparada en el mundo.

—¡Ah! ¡un religioso!

—El infeliz no ha podido hacer otra cosa que enseñarme a leer y a escribir y procurar encaminarme a la virtud. Es muy pobre, pero... ¡es un sabio! Lo poco que sé se lo debo, y, sobre todo, él me ha hecho conocer que la mayor riqueza es la honra; la mayor felicidad tener la conciencia tranquila; el mayor mérito a los ojos de Dios, sufrir resignadamente la pobreza.

—De modo que tú, pobre, miserable, destinada a un trabajo rudo y penoso, mal alimentada, mal vestida, sin fuego con que calentarte, sin lecho en que dormir, ¿estás resignada con tu suerte?

—Sí, señor, contestó Amparo repitiendo su triste sonrisa.

—¡Oh! Tú no conoces al mundo, eres muy joven; estás soñando.

—Me he criado en una casa de vecindad y tengo ya catorce años.

—¿Pretendes tener experiencia?

—¡Oh! ¡sí! Yo sé que si quisiera podría vivir cómodamente, vestir hermosas telas, concurrir a los teatros y a los paseos. Sé, porque la señora Adela me lo ha dicho, que un hombre muy rico está enamorado de mí. Lo sé tanto, como que me he visto maltratada muchas veces porque me he negado... a ser feliz, como dice la señora Adela.

—¡Oh! ¡Tan joven y ya conoces el mundo!

—¿No he de conocerle si me he criado entre lodo?

—Pero tu lenguaje es escogido, Amparo: tus maneras riñen con tu posición, pareces una señorita disfrazada.

—Lo debo al padre Ambrosio; lo debo a los libros que leo.

—Y...¿qué libros te ha dado a leer ese religioso?

—Cuando supe leer y escribir, me puso en las manos la imitación de Cristo del padre Kempis.

Yo no había leído el tal libro; pero supuse que sería un libro de devoción como otros tantos.

—¿Y qué más? añadí.

—La Biblia.

—¡Habrás leído, pues, el Cantar de los cantares!

Amparo me miró profundamente y se ruborizó, lo que demostraba que había leído aquel libro, que tenía talento y que había comprendido la intención de mi pregunta.

—El Cantar de los cantares es un admirable libro simbólico, me dijo.

—¿Y no has leído más?

—Sí; sí, señor, los sermonarios de Bossuet y de Fenelón.

—¿Y nada profano?

—Sí; sí, señor, la historia universal de Anquetil, el Telémaco, el padre Mariana y las poesías de nuestros clásicos.

—¿Y novelas?

—Ninguna... ¡ah! sí: las de doña María de Zayas, los ejemplares de Cervantes y el Quijote, esa admirable novela.

Y había una lisura tal en la expresión de Amparo al contestarme; tal falta, tal negación de pretensiones, que era necesario creer que no sólo tenía talento, sino también elevación de ideas: ¡y junto a esto tal conformidad, tal resignación con lo ingrato de su fortuna!

Yo, que me había interesado por ella por compasión, empecé a interesarme por afecto, y por un momento sentí que mi hastío por la vida desaparecía; comprendí que había encontrado algo a que podía consagrarme dignamente: a hacer el porvenir de aquella joven tan simpática, tan merecedora de amparo, yo era entonces impío y me dije:—Ya que la casualidad la ha procurado un buen hombre que la eduque, yo, que soy rico, haré lo demás: el sacerdote por una parte, y el calavera de buen corazón por otra, haremos de ella un prodigio.

Y dentro de mi corazón adopté a aquella niña.

Una adopción paternal, pura, desinteresada.

Había en Amparo algo que dilataba mi alma.

Ni yo podía pensar de otra manera: la corrupción de la mujer por medio del oro, me repugnaba: la rechazaban mi corazón y mi dignidad, y como jamás pensamos voluntariamente en lo que nos repugna, ni reparé que en Amparo existían los gérmenes de una gran hermosura, ni me incitó su pureza, ni miré en ella más que un ser débil digno de protección.

Por lo mismo, me apresuré a tranquilizarla respecto a mis intenciones.

La hablé con la elocuencia del sentimiento, con su forma poética, porque estaba seguro de ser comprendido por ella: con toda la espontaneidad de mi franqueza y de mi desinterés, y logré que Amparo se tranquilizase completamente.

—¡Ah! me dijo con los ojos arrasados de lágrimas: ¡Dios se lo pague a usted!

Y Amparo me asió las manos, las estrechó contra su boca, y las cubrió de lágrimas.

Después salió.

Mustafá, que durante esta escena había estado echado sobre la alfombra, se levantó, me miró, movió lentamente la cola, y siguió a la niña.

Empecé a sentir una vaga, pero dulce ansiedad: Amparo había causado en mí una impresión profunda, me había hecho experimentar una sensación desconocida.

La recordaba (no podré deciros de qué modo) pero su recuerdo me dilataba el alma.

Era el amor de un padre satisfecho de su hija.

Dejé de pensar en la muerte.

Me detuve en el camino del suicidio.

Dejé de concurrir a los lupanares.

Arreglé mi vida.

Causé una dolorosa sorpresa en mis administradores, anunciándoles que iba a dedicarme al cuidado de mis intereses.

Hice todo esto bajo la influencia de este pensamiento:—He adoptado a un ser a quien debo procurar hacer feliz.

Amparo había hecho en mí una revolución: me había reconciliado con la vida.

En recompensa, yo varié de plan respecto a su porvenir: la práctica de un oficio mecánico me parecía indigna de ella.

Aspiraba en su nombre a más.

Algunos podrán creer esto exagerado; sí lo es, está en armonía con la exageración de mi carácter; yo siento de una manera poderosa, y para sentir me bastan pocas impresiones.

Amparo me había impresionado fuertemente.

No sabía donde vivía.

Un día encargué a Mauricio que la buscase.

Mauricio empleó cuantos medios se conocen para encontrar una persona de la cual se saben el nombre, las señas y la condición.

Gracias a lo bien montada que está la policía en España, Mauricio, que era uno de los mozos más listos que he conocido, no pudo dar con ella.

Preguntó a los traperos y le contestaron que no la conocían.

Fue al Ayuntamiento y sólo constaban allí el nombre y el número de Amparo como trapera.

Amparo empezó a hacérseme una dificultad: indudablemente a fin de mes, la señora Adela vendría en busca de su asignación; pero yo no quería esperar aquel plazo.

Habían pasado quince días desde mi aventura.

Era por la mañana y Mauricio entró alegre.

—Ya la tenemos, exclamó.

—¿A quién?

—A la señorita Amparo.

—¡Cómo! ¿sabes dónde vive?

—Está en la antesala.

—¡Ah! exclamé saliendo de mi gabinete y atravesando la sala; entre usted, señora, entre usted.

Amparo entró.

Venía sencillamente vestida, un manto de sarga, un cordón de pelo al cuello con una pequeña cruz dorada, un pañuelo de seda sobre los hombros, una bata de percal, y un delantal negro; me pareció más alta y más bella: venía encendida, alegre, con un bulto bajo el manto; me saludó con una sonrisa sumamente afectuosa y entró en el gabinete, sobre una de cuyas mesas dejó el bulto que traía bajo el manto, y que produjo un sonido metálico.

—¿Qué es eso? la dije.

—Esto es que Dios me favorece, me contestó: son tres mil reales que he ganado a la lotería.

—¡Ah! exclamé adivinando su intención.

—Tres mil reales que traigo a usted.

—¿Y para qué quiero yo eso?

—¿Para qué? me contestó mirándome gravemente, para que se reintegre usted de los dos mil reales que dio a la señora Adela.

—¡Ah! ¿eres orgullosa?

—No por cierto, ¡sino que habrá tantos otros desdichados!

Se me nubló el semblante, y Amparo se apresuró a decir:

La caridad debe ser discreta; la caridad indiscreta hace más daño que beneficio; yo ya tengo todo lo que podía desear; un cuartito alegre, una cama blanda, ropa blanca y dos vestidos de calle. Trabajo; trabajo con ardor, y dentro de poco seré oficiala. Emplee usted esos dos mil reales en amparar otra desdicha, y los mil restantes guárdelos usted para dárselos doce a doce duros a la señora Adela: hay para cuatro meses; dentro de cuatro meses ganaré una peseta, que era cuanto deseaba. Con que... no hablemos más. Ahí se queda eso. Tengo que comer y estar a las tres en el taller.

Y escapaba.

—Espera, la dije, ¿no quieres tener nada mío?

—¡Oh? sí, sí... el recuerdo... y el agradecimiento. ¿No basta eso?

—Bien, me quedo con ese dinero, aunque sería mejor que los mil reales restantes se los entregases a la señora Adela.

—Los gastaría en aguardiente.

—Me rindo, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Ven mañana a almorzar conmigo.

Meditó durante un momento Amparo, y contestó:

—Vendré. Afortunadamente es domingo.

Y saludándome alegremente, escapó.

—¡Ah! tiene usted suerte, me dijo Mauricio; es una prenda de rey.

Recuerdo que Mauricio, recordando un puntapié que le valió esta observación, habló en lo sucesivo con el más profundo respeto de la señorita Amparo.

Fuime a una joyería y gasté los tres mil reales que me había dado Amparo, en una bonita cruz de diamantes para ella.

La joya era de muy buen gusto, y debía parecer muy bien en el bonito cuello de la muchacha.

Además necesitaba dejar bien puesta mi vanidad.

Aquella inesperada devolución la había humillado.

Amparo me trataba por decirlo así, de potencia a potencia.

Yo no podía conservar aquel dinero.

Mi vanidad quedaba a cubierto, regalándola la cruz.

Sólo con este objeto la había convidado a almorzar conmigo.

El día siguiente a las once, Amparo estaba en mi gabinete, donde Mauricio había servido la mesa.

Mientras Amparo se quitaba el manto con una hechicera confianza, Mustafá, que sin disputa era mi amigo, sentado enfrente de mí, meneaba lentamente la lanuda cola y me miraba de hito en hito.

Yo contemplaba a Amparo con el mismo placer con que se contempla una cosa bella, fresca, pura, encontrada por acaso en el erial de la vida.

Era una niña, en toda la extensión de la frase, espigadita, esbelta, con bonitas manos, ojos hermosos, y una montaña de cabellos negros y brillantes, agrupados en trenzas: muy blanca, muy pálida y muy delgada.

Tenía la seducción de la pureza confiada en sí misma, que por nada se alarma, que nada teme: iba de acá para allá, y me lo revolvía todo.

—¡Cómo se conoce que aquí no hay una mujer! decía: polvo por todas partes, ¡y un desorden!... todo lo que hay aquí es bueno y bello; pero sería más bello, parecería mucho mejor, si estuviese colocado en su sitio. Y luego... ¡estas armas! ¿para qué son estas armas? ¿a quién tiene que matar un hombre honrado?

—Son objetos de arte, la dije.

—Traed: pues, a vuestro gabinete un cañón de a veinticuatro cincelado.

—¡Ah! ¿no crees que sea necesario alguna vez?...

—¡Nunca!

—¿Ni aun por un asunto de honor?

—Me horrorizaría un hombre que por una cuestión de honor hubiera matado a un semejante suyo... ¿y estos libros?... añadió pasando con la mayor facilidad de un objeto a otro. ¡Novelas!... Creo que en lo peor en que puede ocupar un hombre su talento, es en escribir novelas.

—¿Por qué?

—¿No basta la vida real? ¿qué necesidad hay de exagerarla?

—La novela enseña.

—La novela vicia las costumbres.

—Eso lo dirá el padre Ambrosio.

—Sí por cierto; y basta para mí que el padre Ambrosio lo diga: es un ángel... ¡Ah! el padre Ambrosio sabe que vengo a almorzar con usted.

—¿Y qué te ha dicho?

—Nada: absolutamente nada. ¿No sabía el padre Ambrosio que iba sola de noche a recoger trapos por las calles?

Este recurso a sí misma, esta manifestación de fuerza, me encantó.

—¿Y son estas las novelas que usted lee? dijo con severidad Amparo, que había ojeado uno de mis libros. ¡Oh! esta novela en ninguna parte está mejor que en el fuego.

Y arrojó el libro a la chimenea.

Era un tomo del Baroncito de Faublas.

Sólo había tenido tiempo de leer algunas líneas Amparo, y se había puesto encendida como una guinda.

Así con las tenazas el libro, y le saqué de la chimenea donde olía mal, arrojándole a la jofaina.

Prometí a Amparo hacer un auto de fe con todos mis malos libros, y mediante esta promesa se restableció nuestra buena armonía.

En seguida nos pusimos a almorzar.

Yo había cuidado de que el almuerzo fuese muy sencillo y compuesto de alimentos acomodados a las costumbres de Amparo.

Era, en fin, un verdadero almuerzo español; con el indispensable chocolate.

Amparo comía con apetito y sin encogimiento.

Mustafá sentado junto a ella gruñía con impaciencia excitado por el olor de los manjares.

Puse un plato al leal compañero de Amparo, que me dio las gracias con una sonrisa, y acarició después con su pequeña mano la cabeza del perro que comía con ansia.

—¡Ah! dijo hablando con él, esta es la primera vez que almorzamos bien, Mustafá.

—Pues así puedes almorzar, la dije, todos los días.

Pintose una expresión de reserva en el semblante de Amparo.

Comprendí que el mundo especial en que había vivido, ese mundo que se llama casa de vecindad, donde resaltan todas las miserias, todas las adyeciones, todas las ignorancias, la había hecho recelosa y desconfiada.

—Puedes almorzar así todos los días, la dije, si consientes en que se realice lo que he pensado respecto a ti.

Amparo me miró con una profunda y grave atención, y me preguntó:

—¿Y qué ha pensado usted?

—He pensado, primero, en que la posición en que te encuentras es muy precaria.

—He nacido pobre, me contestó con altivez; mi porvenir es el trabajo; acaso con mucha aplicación y alguna suerte podré adelantar; tener dentro de algunos años un taller mío.

—¿Y las enfermedades?

—¡Buena manera de alentar a los pobres!

—Es que yo quiero asegurar tu suerte.

Amparo había dejado de comer, y noté que había perdido enteramente su tranquila confianza; que estaba preocupada, disgustada, pesarosa de haber ido a almorzar conmigo.

—Soy rico, muy rico; sobrino de un grande de España que no tiene hijos, ni los tendrá probablemente; heredaré sus rentas y su grandeza.

Nublose más el semblante de Amparo.

—No pienso casarme jamás, continué, y quiero que seas mi hija adoptiva.

Amparo me miró de una manera penetrante, como si hubiera querido asegurarse de hasta qué punto eran verdad mis palabras y la marcada conmoción con que las había pronunciado.

Sin duda mis ojos dejaban ver claro lo que mi alma sentía, porque la expresión de reserva y de duda desapareció del semblante de Amparo, sustituyéndola una dulce expresión de consuelo.

—¡Ah! exclamó: ¡Quiere usted reemplazar a los padres que he perdido!

Y aunque procuró dominar su conmoción, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Yo gozaba, no sabré deciros qué placer; pero me sentía feliz y joven, y poderoso: me sentía engrandecido.

—Sí, la dije, mientras ella callaba, con la vista inclinada, las mejillas encendidas, sobresaltada: quiero que no vuelvas al taller.

—¿Y qué he de hacer? me dijo. ¿Gravar a usted? ¿vivir en el ocio? No, no podría.

—Quiero que entres en un colegio.

—¿Y para qué? No: eso no puede ser. Yo no acepto la adopción de usted.

—Ya te he dicho que estoy resuelto a no casarme jamás. Aunque soy joven, mi corazón está ya gastado; es muy viejo. Nada espera, nada desea.

—¡Oh! ¡no me diga usted eso! ¡no quiero creerlo! ¡una vida así debe ser horrible!

—¡Horrible, sí! ¡muy horrible! por lo mismo es necesario que un deber me ligue al mundo; a la vida: representa tú ese deber.

—Bien; me dijo, mirándome con una expresión que no pude comprender, acepto, seré su hija adoptiva de usted... pero en un convento.

—¡En un convento! ¡monja tú!

—Sí; una vez monja, mi porvenir está asegurado.

—Pero tú, que empiezas ahora a vivir... ¡renunciar de tal modo a la esperanza!

—Es lo único que aceptaré de usted, un dote reducido, cuanto baste...

—No.

—Pues no hablemos más de ello.

Y se levantó.

—¿Te vas ya? la dije.

—Sí, señor; no quiero pasar mucho tiempo fuera de casa.

—Pero ¿volverás?

—Acaso no.

—¿Y por qué?

—¡Oh! ¡me ha hecho usted sufrir! adiós.

—Espera. No quiero obligarte a que vuelvas; pero por si no nos volvemos a ver, acepta esta memoria mía.

Y tomé de sobre la repisa de la chimenea el estuche que contenía la cruz que había comprado para ella el día anterior, y se lo di.

—¿Y qué es esto? me dijo abriéndolo; ¡ah! ¡una cruz! la conservaré, la conservaré siempre en memoria de usted.

Y aprovechando el estupor que había causado en mí el extraño aspecto, la profunda conmoción que noté en ella, al expresarme su deseo de ser monja, escapó.

Cuando quise detenerla sonó el golpe de una puerta que se cerraba, y luego sentí que bajaba rápidamente las escaleras.

Abrí el balcón, y la vi alejarse por la acera opuesta en paso lento y con la cabeza baja.

Mustafá la seguía cabizbajo también.

—Ella volverá, me dije: y cuando menos, la señora Adela vendrá por su asignación a fin de mes.

Había en mi corazón algo que me hacía desear volverla a ver; y sin embargo aquel no sé qué vago, dulce íntimo, estaba muy lejos de ser amor.

Y era más que caridad.

O yo no comprendía la caridad, y me engañaba.

O yo no comprendía el amor; y me engañaba también.

Esto quería decir, que respecto a ciertas sensaciones, mi corazón era inocente, o mejor dicho, estaba virgen.

Lo que sí puedo deciros es: que el recuerdo de Amparo se fijó en mi pensamiento, fresco, puro, consolador, lleno de encantos y de consuelos.

Si es verdad que estoy loco, mi locura empezó el día que almorcé con ella.

El no verla me tenía de muy mal humor.

La esperaba.

Sin embargo, Amparo no venía.

Pasó el tiempo, y llegó el último día del mes.

Yo esperaba que la señora Adela sería puntual, y no me engañé.

Se me presentó más pobremente vestida que lo que yo esperaba, y sin saludarme ni sentarse me dijo:

—Vengo a...

—Sí, por la asignación de Amparo, la interrumpí.

—Eso es.

Abrí mi cartera y la di un billete de quinientos reales.

—No puedo devolver a usted lo que sobra, me dijo.

—Lo mismo es, la contesté.

—¡Ah! ¡es usted muy generoso! Gracias en su nombre; que usted lo pase bien.

Y se iba.

—Espere usted, la dije: tenemos que hablar.

—¡Ah! ¡tenemos que hablar! ¿va usted comprendiendo que es hermosa, demasiado hermosa, para mantenerse respecto a ella en los inflexibles límites de la caridad?

—No se trata de eso.

—Pues no comprendo entonces...

—¿Qué sabe usted acerca del origen de esa niña?

—¡Bah! ¿y qué le importa a usted? A no ser que...

Y aquella mujer me miró con un recelo hostil.

—¡Sería gracioso que quisiera usted casarse con una muchachuela! añadió con sarcasmo.

—Tampoco se trata de eso; pero si usted tuviera algún antecedente... ayundándome usted y gastando cuanto fuese necesario, acaso lograríamos encontrar a sus padres.

—¿Y para qué quiere más padres que usted?

Necesité hacer un esfuerzo para contener la cólera que me causaba la fría insolencia de aquella mujer.

—En último resultado, la dije, ¿se niega usted a indicarme?...

—Nada sé; la recogí. Ignoro quién era; pero debe ser hija de buenos padres: las ropas que la envolvían eran ricas; llevaba, además, un magnífico medallón guarnecido de brillantes, y entre la faja un papel que decía:—«Está bautizada, y se llama...» he olvidado el nombre; el que tiene ahora se lo pusieron en la confirmación.

—Es extraño que haya usted olvidado su nombre; ¿pero aún queda el medallón?

—No por cierto; le vendí: era necesario criarla... yo era pobre.

—¿Pero no recuerda usted lo que el medallón contenía?

—Sí por cierto: un retrato de mujer.

—¿Y las señas de esa mujer?

—Las mismas de Amparo: alguna más edad; pero tan hermosa como ella; un parecido exacto... Y es lástima que ese retrato se haya extraviado, porque era una prueba indudable... pero a bien que el retrato existe en Amparo... en engordando la muchacha un poco más... el mejor día encuentra a sus padres en la calle.

Todas estas contestaciones habían sido pronunciadas con una intención maligna; comprendí que existía un misterio terrible entre aquella mujer y la pobre Amparo, y no insistí.

La dejé ir.

Había concebido el pensamiento de apelar a la ley para poner en claro la procedencia de Amparo.

Y como si hubiese comprendido mi pensamiento, aquella mujer me arrojó al salir una insolente mirada de desafío.

Aquel mismo día fui a consultar a uno de los abogados de más fama.

Me escuchó con atención, y cuando hube concluido, me dijo:

—No veo el medio de arrancar a esa mujer su secreto: el tormento está abolido hace muchos años; por consecuencia, si esa mujer tiene un gran interés en ocultar la procedencia de la protegida de usted, nada confesará. Queda sin embargo un medio.

—¿Cuál?

—El dinero. Pagarle su secreto al precio que pida.

Di las gracias al abogado por su luminoso consejo; le pagué la consulta y salí.

Pasó un mes.

En vano esperé a Amparo.

La Adela se me presentó de nuevo.

La pregunté por ella.

—¡Ah! está desconocida, me dijo; ha engordado. ¡Ya se ve! la cuido bien, o por mejor decir, la cuidamos bien. La enviaré por acá.

—Ponga usted precio a su secreto, la dije desentendiéndome de su observación, y entrando de lleno en mi objeto.

—Es usted muy joven, me dijo, para que pueda haber perdido una hija de la edad de Amparo; sin embargo, pudiera ser que algún amigo hubiera a usted encargado le buscase una niña perdida.

Y la Adela me miraba de una manera fija, escudriñadora.

—¿Se obstina usted en no confiarme?... la dije.

—Nada sé respecto a ella, me contestó.

Acabé de convencerme de que nada recabaría de aquella mujer; la di dinero; la encargué dijese a Amparo que deseaba verla, y la despedí.

A los pocos días, y cuando acababa de levantarme, me sorprendió un fuerte campanillazo a la puerta.

Abrió Mauricio; sentí pasos apresurados, y poco después se precipitó en mi gabinete Amparo.

Mustafá la seguía cojeando.

Amparo se asió a mí, y me miró pálida, aterrada, anhelante. Mustafá gruñía dolorosamente.

Venía Amparo en el mayor desorden: deshecho el peinado; una de sus manos envuelta en un pañuelo.

Durante algún tiempo nada me dijo; ni yo, sorprendido, acerté a decirla nada: luego pareció como que despertaba de un sueño, de una horrible pesadilla, y exclamó con un acento ardiente y lleno de ansiedad:

—¡Ah! ¡Gracias a Dios!

Y se separó de mí, se dejó caer en un sillón, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.

Mustafá se acercó a ella cojeando; se sentó, me miró, y siguió con sus dolientes gruñidos.

Sospeché no sé qué horrible cosa, y me aterré.

—¿Pero qué sucede? la pregunté alentando apenas.

—Sucede, contestó Amparo, mirándome al través de sus lágrimas, que esa infame mujer ha querido hacerme infeliz.

No pude contestarla: sentí que toda mi sangre se reconcentraba a mi corazón.

—Pero afortunadamente, continuó Amparo, Mustafá me ha salvado, acometiendo a aquel hombre, y dándome tiempo para escapar; es verdad que el pobre ha sufrido un horrible bastonazo, y que yo he salido del lance herida...

—¡Herida! exclamé.

—Sí; ¡el horrible viejo me seguía! las escaleras son estrechas y empinadas; caí, di con la cabeza en la barandilla, y casi me he roto una mano; pero al fin estoy aquí; aquí, con usted que me defenderá.

No la pregunté más.

¿Y para qué?

Todo estaba explicado.

Envié a Mauricio por un facultativo que se encargó de la curación de Amparo y de Mustafá.

La herida de la cabeza de la niña, era leve, pero profunda y grave la de la mano.

Mustafá tenía casi roto un hueso.

Amparo se vio obligada a quedarse en casa.

Dos horas después, cuando estuvo más tranquila, la dije:

—No puedes volver a vivir con esa infame.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡no! ¡imposible!

—No puedes vivir tampoco conmigo.

—No, no; de ningún modo.

—Tampoco puedes vivir sola.

—¡Dios mío! ¿y qué hacer?

Y después de algunos instantes de triste silencio, añadió:

—¡El convento! ¡es preciso! ¡preciso de todo punto!

—No te daré el dote.

—Me pondré a servir.

—Y sirviendo, estarás expuesta a cada paso, a peligros como el de que has escapado milagrosamente hoy.

—¿Pero por qué cerrarme el refugio del claustro? exclamó llorando.

—Si has de agitarte de ese modo, te dejo sola: agitándote, afligiéndote, puedes empeorar, tienes calentura, y sólo te he hablado porque estás en la casa de un soltero, porque es necesario evitar las interpretaciones. He pensado en que el padre Ambrosio podría adoptarte, ya que te repugna mi adopción.

—¡Oh! ¡sí! ¡sí! exclamó.

—Pero es necesario que no seas gravosa al padre Ambrosio.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡otra dificultad!

—La dificultad está salvada. Entra en un colegio.

Quedose Amparo pensativa, y al cabo me dijo:

—Mande usted llamar de mi parte al padre Ambrosio.

Me dio las señas de la habitación del religioso, y Mauricio fue a buscarle.

Media hora después, un hombre alto, delgado, pálido, como de sesenta años muy modestamente vestido con ropas que demostraban un antiguo y continuo trato con el cepillo, entró lleno de ansiedad.

Era uno de esos hombres que llevan el corazón en la cara.

Un corazón todo sentimiento, todo dulzura, todo abnegación, todo caridad.

Y en los ojos, la mirada inteligente y serena.

Y en la frente, la severidad y la majestad de la virtud, la conciencia de sí misma.

Me saludó con encogimiento, y me estrechó la mano con efusión.

—Le conozco a usted, me dijo con la voz trémula; le conozco a usted mucho, aunque nunca le he visto hasta ahora.

—Yo también le conozco a usted, le contesté, encantado por lo simpático de su mirada, de su espontaneidad, de su palabra.

Estrechó entre sus dos manos la mía, y sin disimular su impaciencia, me dijo:

—¿Dónde está?

Le señalé la alcoba, y los dejé en libertad de hablar.

La conferencia fue larga, al fin el padre Ambrosio salió profundamente conmovido y me llegó la vez de demostrar mi impaciencia.

—¿Acepta? le pregunté.

Se sentó en un sillón, sacó una caja de pasta negra, me ofreció un polvo, tomó otro, y me dijo:

—Nos encontramos en una situación sobre manera extraña: una joven, embellecida por Dios con cuantas virtudes pueden hacer respetable a una criatura, sola, pobre, desventurada, se encuentra entre nosotros dos; puesta primero, bajo la protección espiritual de un pobre exclaustrado, y amparada después, de una manera noble, desinteresada admirable, por un joven rico, viciado en el gran mundo, casi impío, pero que tiene un excelente corazón. Pero he dicho mal: nuestra situación no es extraña. ¡Nos ha reunido la Providencia de Dios!

—En efecto; en el conocimiento de nosotros tres, hay mucho de providencial, le dije, más por ser cortés con el buen exclaustrado, que porque yo creyese en la Providencia. Ya he dicho antes que en aquella época era yo impío.

—¡Pues ya lo creo! dijo con el entusiasmo de un poeta el padre Ambrosio; mi vida era triste, llena de sufrimientos, llena de recuerdos, combatida por pasiones que había exacerbado la desgracia, y... si hace diez años, no hubiera encontrado a mi paso a esa niña que se arrastraba sobre sus manecitas en los corredores de la casa de vecindad donde me había llevado a vivir mi pobreza... Yo lo había perdido todo; parientes, amigos, afectos, hasta la paz de mi celda, de la cual me arrojaron las necesidades de la nación... la planta marchita y enferma que vegeta sobre un terreno ingrato, siente con delicia, y parece reanimarse al soplo de las auras de la mañana. Yo, muy semejante a una planta enferma, sentí una impresión de consuelo un día que, sentado al sol en la puerta de mi tabuco, sentí junto a mí, apoyando sus manecitas en mis rodillas, y sonriéndose (Dios me perdone) como deben sonreír los ángeles, una niña como de cuatro a cinco años.—Era Amparo.—Necesitaba afectos, y mi alma se volvió a aquella existencia pura, a aquella niña que estaba muy pobremente vestida, enflaquecida por el hambre. Supe que no tenía padres, que estaba en poder de una mujer de la misma vecindad, que la había encontrado en la calle. Y aquel desamparo en la infancia, aquella miseria en un ser tan débil, me hicieron concebir el mismo pensamiento que usted concibió cuando la encontró en medio de la noche recogiendo trapos. He hecho... cuanto he podido... en cambio, ella me ha dado acaso, la salvación de mi alma, porque estaba desesperado... y Amparo ha sido para mí un amparo de Dios, porque me ha obligado a amarla: porque amándola, he llenado mi corazón con un afecto, y he podido consolarme y esperar con resignación el fin de mi jornada.

—Creo que Amparo ha ejercido sobre mí una influencia muy semejante a la que ha ejercido sobre usted.

—¡Oh! ¡sí! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con verle después una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de todo, escéptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted en Amparo algo de lo que buscaba y no había podido encontrar. ¡Lo ha encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la miseria, teniendo por único amigo un perro, por único amparo Dios! Y porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios quiere que crea usted en él, le ha presentado a usted de la manera más bella, el dulce consuelo de la expansión de la caridad.

—¿Que Dios quiere que crea en él? dije moviendo tristemente la cabeza, quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo escucharle y...

—No seré yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el padre Ambrosio, será ¡ella!

—¡Oh! ¡acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver a entrar, porque nuestro conocimiento será largo y nuestro trato frecuente, vengamos a la situación del momento. Mis proyectos respecto a Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo había pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor que la adopte usted legalmente.

—¡Oh! ¡sí! después de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la hubiera adoptado de todos modos.

—Después quiero perfeccionar su educación, poniéndola a nivel de las jóvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a beneficio de un magnífico dote...

—Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpió el exclaustrado; yo la adopto y acepto para ahora la protección de usted; y puesto que usted rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la había metido de una manera tenaz en la cabeza, entré en buen hora en un colegio: afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; él es un antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de niñas en una ciudad de provincia, y hace algunos años, después de casada, tiene en Madrid un colegio de señoritas, que poco a poco ha ido desarrollándose y que es al fin uno de los más favorecidos. Esta es cosa concluida, aceptada. Ella lo resistía; pero yo que pienso que el mejor uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus semejantes, la he convencido.

—Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.

El padre Ambrosio se quedó en casa, autorizando en ella la presencia de Amparo y yo, después de informarme por ella de la habitación de la Adela, me fui a buscar al comisario de policía de su distrito.

Después de algunas soeces equivocaciones de este funcionario, respecto a mi interés por Amparo, a quien no se por qué, conocía, entré de lleno en la exposición del objeto que me llevaba por primera vez a tratar con tales gentes.

Quería yo evitar de todo punto un ruidoso procedimiento judicial, para arrancar a Amparo del dominio de aquella malvada, y cuando el comisario me hubo escuchado, me dijo:

—Pues es muy sencillo de hacer lo que usted desea; pero no deja de ser comprometido.

—Comprendo; ¿se trata?...

—De un abuso de autoridad.

—Pero cuando se abusa de la autoridad para el bien...

—Se puede ir a presidio lo mismo que cuando se abusa para el mal.

—Ya sabe usted mi nombre...

—Sí, sí señor: sé que la influencia de usted basta para sacarme de un atolladero... sin embargo...

—Sé que deben recompensarse estos servicios, añadí sacando algunos billetes y poniéndolos sobre la mesa bajo mi mano.

—¿Es urgente la resolución de ese negocio? me dijo el comisario.

—Urgentísima.

—Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia de la adopción de la Adela sobre la Amparo; la adopción en forma de ese fraile; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistirá, yo se lo aseguro a usted; sé perfectamente cómo se hacen estas cosas: cuando se ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando está ofendida la moral pública...

[** Prisión de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa y corte.]

—Bien, bien; ¿quedamos convenidos?

—Sí, señor. Envíeme usted el fraile.

—Le enviaré al momento. Adiós.

—Servidor de usted, caballero.

Salí dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.

No sé como el bueno del funcionario arregló el negocio, pero el resultado fue que la Adela renunció por ante escribano a todo dominio sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adoptó con todas las formalidades prescritas por las leyes.

Todo aquello se hizo en muy pocas horas.

Amparo no pasó la noche en mi casa.

Se la había trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al colegio de que era directora doña Gregoria de... hija de confesión del padre Ambrosio.

Me olvidaba decir que Mustafá había ingresado también en el colegio.

Di orden a mi administrador general de que pagase a doña Gregoria mil reales mensuales por la pensión de Amparo, y aquel asunto quedó para mí enteramente concluido.

La casualidad, según yo, o la Providencia Divina, según el padre Ambrosio, habían arrojado delante de mí un gran infortunio. Yo había cumplido con mi deber, según mis convicciones, y estaba tranquilo.

Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi aventura, comprendí que Amparo no era bastante para arrancarme del hastío; para reconciliarme con la vida.

Esta decepción de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.

Amparo era para mí una obligación contraída que ningún sacrificio me costaba, porque yo era muy rico.

No me había inspirado amor, sino caridad.

La caridad estaba satisfecha, y había desaparecido el encanto.

Es cierto que yo sentía hacia ella un afecto profundo; que me interesaba su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no tenía herederos forzosos; mis padres habían muerto cuando era muy joven, y podía nombrar a Amparo mi heredera universal.

Ninguna dificultad, ningún interés representaba Amparo que me ligase a la vida.

Me había galvanizado por un momento, haciéndome sentir, a mí, cadáver ambulante.

Volvió mi tedio.

Sin embargo, fui a verla todos los días mientras duró su enfermedad, luego algunas veces a la semana...

Amparo se mostraba silenciosa, retraída, como cohartada, delante de mí.

Yo veía en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada a aceptar mis beneficios.

Esto me disgustaba.

Llegó un día en que creí que había sido un imbécil; que había ido, respecto a Amparo, más allá de donde debía.

Hasta llegué a creer que el padre Ambrosio era un hipócrita, y doña Gregoria una mujer interesada.

Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vínculo de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace excéptico...

Un excéptico es la calumnia viviente.

Un excéptico es con suma facilidad malvado.

. . . . . . . . . . . . . .

Dejé de ver a Amparo.

Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi alma.

Es que halago un sueño, decía yo.

Y el sueño, o Amparo, se hacían más persistentes en mi pensamiento.

Por entonces, mi tío el duque de... me llamó al pueblo, a donde, cansado como yo de todo, se había retirado.

Fui y vi con asombro, que mi tío había tenido la fortuna de lograr crearse una familia sui generis con sus perros, sus patos, sus conejos y sus gallinas.

Entraban en esta familia, las flores del jardín, y las legumbres de la huerta.

Envidié con todo mi corazón a mi tío.

—Te he llamado, me dijo, para un asunto de interés: cuando digo que es de interés el asunto, claro está que a quien interesa es a ti, porque a mí ya no me interesa nada.

—¡Oh! ¡sí por cierto! los perros, los patos, las gallinas.

—Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis cortesanos, y casi amándome: estoy seguro de que uno solo de mis perros me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o engañarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dándome su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente, repito que nada me interesa en el mundo más que tú, que no me necesitas; y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan dificultades a la posesión del mayorazgo que tengo en Italia.

—¿Y qué le importa a usted?

—¡A mí! ¿pues no me ha de importar? ¿no eres tú mi heredero? ¿No sabes que la fuerza de mis rentas está en Italia?

—Y bien, ¿qué quiere usted?

—Que vayas allá a ayudar con buenos patacones nuestro derecho, que de todo hay necesidad: te daré un poder en forma, y... estás delgado, pálido, hijo mío; vete a la hermosa Nápoles; enamora, gasta, distráete; temo que te me mueras como se me murió mi hermano... y mi temor es muy natural. ¡Diablo! eres lo único que queda de mi familia...

—Iré a Nápoles, tío.

—Pues bien: hablemos ahora cuanto quieras, de mis patos, mis gallinas, mis conejos, mis perros y mis flores.

Ocho días después, me despedí de mi tío y me puse en camino para Italia.

Llegué, vi y vencí.

Es decir, vi a los jueces, y reforcé mi derecho, o, por mejor decir, el derecho de mi tío, con tales razones, que quedaron allanadas todas las dificultades que se habían levantado contra su pacífica posesión de los bienes que tenía en Italia.

Escribí a mi tío, participándole el buen resultado del negocio, y manifestándole que, no teniendo nada que hacer en España, iba a completar mis viajes yendo a Oriente.

Mi tío me contestó enviándome libramientos por valor de algunos miles de duros, para que pudiese hacer el viaje como correspondía a mi clase.

Me llevé conmigo a Mauricio, y...

Aquí vendría bien una descripción detallada de lo que vi... pero yo no hacía mi viaje para instruirme, sino para distraerme, y no tomé un solo apunte, ni hice una sola pregunta.

Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tenía ante los ojos, me distraía.

Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo periódico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro años, vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del país en que me encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de él.

Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera quedado solo.

Mauricio, el pobre Mauricio, me había abandonado.

Y bien contra su voluntad por cierto.

La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le había servido de medio para su último viaje.

Para su viaje a la eternidad.

¡Ya se ve! el bueno de Mauricio había conocido por una extraña casualidad a una hija del tal griego, que tenía los ojos más negros y más habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad había encontrado también el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.

La casualidad hizo también que el padre se apercibiese de los amores de su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a hospedarse en la cabeza de mi doméstico, que puesto en la calle por su matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que después de haberle herido... el padre había extrangulado a su hija.

Este drama me impresionó fuertemente, y escapé.

Sin detenerme un solo día, sin pararme en ninguna parte, me trasladé a París.

Esta población era para mí muy familiar, tenía en ella multitud de amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de placeres.

Pero era el caso que los placeres no existían para mí.

O por mejor decir, yo no existía para los placeres.

¡Me hastiaba todo!

La amistad me daba risa. El amor asco.

Todos los hombres me parecían malos cómicos, que charlaban un papel aprendido de memoria.

En cuanto a las mujeres... ¡las mujeres! las miraba con odio.

«He allí, me decía, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes ríe, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He allí ese ser que se venga del hombre, extraviándole y degradándole, de la degradante posición del débil, a que el egoísmo del hombre le ha relegado. Ved la corrupción arrastrándose por los salones, coronada de rosas.»

Yo era indudablemente injusto.

¿Pero qué desgraciado no lo es?

Yo había nacido para amar, y del amor sólo había encontrado la fórmula, la frase.

Pero la realización, el hecho, tenía para mí el encanto de lo desconocido, de lo imposible.

El amor para mí no era otra cosa que un sentimiento mitho.

Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueño, en una palabra, de la poesía.

El amor para mí era un idilio irrealizable.

Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecíanme los profanadores del templo que iban a vender a él sus mercancías.

Amparo solía surgir de tiempo en tiempo, como una excepción entre el embrollado caos de mi escéptico pensamiento.

Amparo, con toda su poesía, embellecida por su abandono, grata para mí, por la protección que la dispensaba.

Pero ¿acaso mi escepticismo no había alcanzado también a ella?

¿Acaso no la había creído una muchachuela picardeada en una casa de vecindad y amaestrada por un fraile hipócrita?

¿Acaso no había huido de ella como quien huye de un peligro?

Porque debo confesar, que desde el día en que almorzó conmigo, comprendí con terror que Amparo podría arrastrarme a un amor nuevo, desconocido para mí; y tanto más terrible, cuanto más accesible al amor estaba mi alma.

No la había olvidado un solo momento: vivía dentro de mí, no podré deciros cómo; era una idea vaga, íntima, que se había asimilado a mi manera de ser, a la que me había acostumbrado, que me acompañaba siempre, que vivía conmigo.

Pero indeterminada, misteriosa, monótona, muda con el mudismo de lo incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los filólogos más profundos se esfuerzan en vano por descifrar.

¿Qué representaba Amparo para mí?

Un ser débil, o una estafadora que me explotaba a título de caridad.

La duda es una cosa horrible.

Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queréis aclarar esa duda y no podéis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado convertirse en la asimilación de vuestro deseo... cuando se ha constituido en vuestro recuerdo... ¡oh! esa duda... esa duda es la muerte de vuestra razón... esa duda os trae a una jaula de locos...

Pero yo no dudo, no; ¡Dios mío! ¡yo no puedo dudar de ella! si dudo... no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no ha existido... yo pienso que Amparo sólo ha sido para mí un hermoso sueño de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soñado por mi deseo.

. . . . . . . . . . . . . .

He pasado muchos días, sin escribir en mis memorias.

O, mejor dicho: hoy, antes de quedarme solo, cuando pensaba haber despertado de uno de esos sueños densos, en que nada se siente; sueño de tinieblas en que nada se ve; sueño que es la negación de la existencia y del que se despierta, antes de acabarse de dormir, espeluznados, estremecidos, fríos como si se hubiera sentido el contacto de la mano de la muerte; cuando sólo creí, repito, despertar de un sueño horrible, me han dicho que he estado un mes delirando, furioso, nombrando a Amparo, amenazándola, apostrofándola, insultándola, prodigándola los epítetos más degradantes.

Yo no recuerdo nada de esto.

Me he mirado al espejo y he visto...

¡Oh! el aspecto de mi miseria me ha hecho llorar.

Mi llanto ha sido una elegía muda a mi destrucción.

Porque yo soy una ruina.

El espejo, que no miente, me lo ha dicho.

Y luego, hay en mis ojos una cosa que me espanta; algo de fuego recóndito allá lejos, muy lejos, en la inmensidad, en lo infinito, dentro del foco de mi mirada.

Mis cabellos están blancos y rígidos, mi piel árida y arrugada, mi boca contraída.

Y luego estoy flaco, muy flaco.

Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis ligamentos y mis arterias.

¡Ah! sin duda estoy loco... ¡loco!

¡Bah! no hay que afligirse por eso.

Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que se comprenden y que se despedazan, comprendiéndose, y que sólo se encierran en hospitales más pequeños a los locos a quienes no comprende nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razón.

La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y a mí me parecen los más rematados.

Me causan risa y lástima.

. . . . . . . . . . . . . .

No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.

Sí, indudablemente ha pasado un mes, sin que yo le sienta pasar.

Ayer el rosal que tengo en mi ventana, estaba cubierto de rosas; hoy las rosas están muertas, deshojadas... sólo las queda el pétalo negro y seco.

Ayer me trajeron un nido de ruiseñores.

Estaban triponcillos y desnudos; tenían hambre, y abrían, piando en coro, unas desmesuradas bocas amarillas: hoy están enteramente cubiertos de su plumaje pardo, saltan en la jaula, y ensayan sus primeros trinos.

Ayer mi cuadrante marcaba el mediodía natural a las doce y tres minutos y hoy le marca a las doce y treinta y tres.

Ha pasado un mes en que no he vivido.

Un mes, en que el no ser me ha envejecido veinte años.

Ayer aún era joven: hoy soy ya anciano.

. . . . . . . . . . . . . .

¡Ah! ya me acuerdo... ya comprendo.

Vivo yo en un pequeño aposento; en este aposento hay algunos muebles muy sencillos.

En este aposento hay una reja que da sobre un jardín... sobre un pobrecillo jardín descuidado, en que las malvas locas se extienden libremente, y que es mi pequeño mundo.

Hay además una puerta muy fuerte, que tiene una rejilla muy espesa.

Esta puerta da a un pasadizo oscuro, por donde entran, como por una cerbatana, gritos estridentes, alaridos, bramidos, imprecaciones, carcajadas, cantares, ruidos; son de cadenas que se arrastran, chasquidos de puertas que se cierran, una tempestad continua de sonidos discordantes, secos, desentonados, agudos, horribles; algunas veces, de noche, muy tarde, suele avanzar, jadeante y cansado, por decirlo así, un canto triste, dulce, suspirante, siempre el mismo, cuyas palabras, no se entienden, pero cuyo sentimiento se adivina; canto con el que vuela por la estrecha crujía, apagándose, perdiéndose, gastándose al rozar las paredes, el alma de un ser que llora cantando: suave oleada que se escapa de un océano de sentimiento, y que acaricia mi alma y la consuela.

He preguntado de qué cuerpo se exhalaba aquella alma, y me han dicho:

—Es una pobre mujer que ha perdido a su esposo y a su hija, y se ha vuelto loca.

Yo amo a esa loca.

Quisiera saber su historia.

He ofrecido dinero, todo el que quiera, al que me traiga la historia de esa loca, y ha sido en vano.

La infeliz ha concentrado, ha sintetizado, ha simbolizado su historia en esa melodía inventada por ella; en ese eterno canto sin palabras... y no sabe más.

No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.

Ofrecí, compré la realización de mi deseo, y me sacaron de mi tumba, para llevarme a otra tumba... más pequeña, más oscura, más horrible.

Allí, replegada en un rincón, medio desnuda, temblando de frío, había una mujer.

Una joven con los cabellos canos...

Una ruina como yo...

Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debió tener los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego del amor.

La miré, me miró, se arrancó de su rincón, y se vino a asir los hierros de su jaula.

Me contempló con fijeza, se sonrió, y me dijo:

¡Tú también!

Y luego se volvió a su rincón, y entonó su eterna melodía.

Y entonces, cerca de mí, a mis espaldas, me estremeció una voz de mujer.

Aquella voz había pronunciado, conmovida y trémula, una palabra de conmiseración para la pobre loca.

Aquella voz me hizo temblar; me volví y vi delante de mí una mujer, un viejo y un niño.

Y la mujer... ¡oh Dios mío! la mujer lanzó al verme un grito horrible, y yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que recuerdo...

¡Era ella!... ¡Amparo!... ¡viva!... ¡al lado de otro hombre!... ¡delante de mí!...

¡Oh! ¡es imposible! ¡imposible de todo punto! ¡mi razón perturbada por la vista de aquella loca infeliz!...

Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...

Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...

Y su terror al verme...

¡Oh! ¡no! ¡no puede ser! un acento parecido... un terror natural en ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volví amenazador, terrible, a la persona que lo había producido...

No, no podía ser Amparo.

Los muertos no se levantan de su tumba.

Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo algunas veces durante mi delirio de pie e inmóvil junto a mi lecho.

Acabé de fastidiarme en París.

Más aún, empecé a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.

Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla se me hizo exigente; me puse en camino.

Llegué a Madrid, y como había alentado una ilusión acaso para entretener mi hastío, y esta ilusión era la atmósfera en que vivía, sin tomarme más tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me presenté en el colegio.

Salió a abrirme una persona desconocida, que me miró con extrañeza.

—¿Doña Gregoria...? dije.

—No vive aquí, me contestó la criada y me dio con la puerta en las narices.

¡No vivía allí! sin embargo, yo no me había equivocado; era la misma casa.

Salí dudando, y miré a los balcones del cuarto principal.

Allí estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva coronando a una niña.

Sin embargo, allí no vivía doña Gregoria.

El acento con que la criada me había contestado, demostraba claramente que no la conocía.

Acaso había dejado la enseñanza y traspasado el colegio; ¿quién sabe?

Volví a subir la escalera y llamé.

Se abrió la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustafá, en una palabra, se abalanzó a mí, loco de alegría, ladrando, ahullando, gruñendo, saltando... había encontrado al fin un amigo... había encontrado a Amparo.

Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, seguí a Mustafá que en medio de sus caricias se dirigía hacia el interior.

En aquel momento escuché el preludio de un piano.

¿Qué había de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que me traía algo del alma de Amparo?

Porque yo no dudaba de que ella era la que producía aquel sonido...

Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido íntimo, una intuición poderosa, sabia, que nunca se engaña, que nos habla continuamente, que nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiración del poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinación, y al mismo tiempo la razón, la percepción de que no está al alcance de nuestros sentidos.

Y esta intuición, este fenómeno de nuestro ser, no comprendido aún, me decía:

«Ella es la que produce esa armonía sentida, dulce, lánguida; esa armonía que gime; esa exhalación; de un alma que sufre y llora como sólo puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, poética: esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un instrumento.»

Y contuve con un ademán a la criada que iba a anunciarme, y con una caricia acallé las ruidosas manifestaciones de alegría de Mustafá.

La criada permaneció inmóvil y admirada en el lugar en que se encontraba, y Mustafá, como si me hubiera comprendido, calló y se encaminó a la puerta de la sala, en la cual se sentó, dirigiendo alternativamente sus miradas a la persona que había dentro y a mí.

El piano continuaba lanzando magníficas pero fugitivas armonías, como si obedeciese a una mano distraída, pero maestra: yo me acercaba todo conmovido, trémulo, desconcertado hacia el lugar de donde partía el sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atracción irresistible.

Al fin aquellas armonías desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas por sí mismas, sin conciencia de quién las producía, se ordenaron, se desarrollaron, crecieron, interpretando un magnífico canto de sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no había oído jamás, tan extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cantó.

Yo no sé lo que cantó: cuando el sentimiento se desarrolla, cuando domina, cuando inunda todo nuestro ser, la razón calla: yo no apreciaba, yo no comparaba, sentía, y aquel sentimiento me dominaba, me arrastraba hacia la mujer que producía en mí aquel sentimiento.

Cuando llegué a la puerta me detuve y lancé al interior una mirada ansiosa: sentada de espaldas a mí, delante de un piano estaba una mujer.

Seguía cantando.

Yo me acerqué silenciosamente, atravesé la habitación y quedé de pie, inmóvil, detrás de ella.

Ella continuó cantando; pero de repente, como si mi ser se hubiera hecho sentir del suyo, a pesar de que no me veía, de que no la tocaba, de que no producía el menor ruido, de que contenía mi respiración, volvió la cabeza y me miró de una manera profunda, tranquila, con una de esas largas miradas que sólo duran un momento, y luego espiró el sonido del piano, y ella se puso pálida, contuvo un grito, se levantó y quedó inmóvil delante de mí.

Por un momento ni ella ni yo hablamos.

Yo la contemplaba.

Nunca había visto tan soberana hermosura; nunca tanta majestad y tanta sencillez: estaba fascinado, trémulo, y sin embargo yo no conocía a aquel ser divino, a aquel ser a quien no me atrevo a llamar mujer.

No, no la conocía: era para mí enteramente nueva.

—¡Ah! perdone usted—la dije,—me he equivocado... buscaba... dispénseme usted... a los pies de usted.

—¡Buscaba usted a Amparo!—me dijo.

—Sí... en efecto, una joven...

—Que encontró usted hace seis años a media noche en la calle...

Y los ojos de la joven se llenaron de lágrimas...

—¡Amparo!—exclamé, reconociéndola al fin.

—Sí, yo soy Amparo—me contestó dominándose y sonriendo tristemente; yo soy su protegida de usted.

Y calló, me indicó el sofá, y fue a sentarse junto a él en un sillón.

Seguimos guardando silencio por algún tiempo.

Yo la contemplaba con asombro.

Quisiera poder describirla.

Pero es imposible.

Sólo puedo daros una descripción incompletísima; yo sólo puedo deciros que era una joven de veinte años, alta, esbelta, admirablemente formada, con ojos negros, grandes, brillantes, hermosos hasta lo infinito; frente blanca, tersa, pura como el marfil; vamos: es imposible, lo veo: a una mujer hermosa se la pinta, no se la describe, y aún pintándola, por más que el retrato sea obra de un gran artista, sólo tendréis el remedo, porque faltará allí la vida; porque una fisonomía no se reproduce en un solo rasgo, en una sola manifestación; porque no pueden fijarse, reproducirse las ondulaciones del alma; esa sonrisa a la que sucede una gravedad triste, esa mirada anhelante que vacila y tiembla delante de vuestra mirada y se aparta de vos para volver a buscaros, ya más serena más cauta, rehecha de la primera impresión; esa boca entreabierta y pura que deja escapar un hálito ardiente y entrecortado; ese seno que se alza y se deprime obedeciendo a ese hálito; no, no; el pintor sólo puede reproducir el alma en un momento dado, y el alma, que es la luz del semblante, no se reproduce, no se manifiesta en una sola sensación... es imposible que yo pueda daros una idea de Amparo.

Lo que sí puedo deciros es que estaba completamente transformada: sólo conservaba de lo que había sido, la cicatriz de la herida que se había hecho en la mano derecha al huir de la infamia: por lo demás los gérmenes morales y físicos que en ella existían cuando yo salí seis años antes de Madrid, se habían desarrollado: en lo moral no era ya pobre muchacha de maneras humildes, viva y tímida a un tiempo, recelosa y confiada, conocedora sólo de la miseria y resignada por un instinto de fuerza a su pobreza: era en el aspecto una dama en la que nada podía echarse de menos, ni las maneras sueltas, dignas y sin afectación del gran mundo, ni el gusto más exquisito en el traje, ni la posesión de sí misma, ni la ausencia de toda afectación, de todo encogimiento: quedaba siempre en ella la mirada lúcida, anhelante; la dulce palidez, la triste sonrisa, la expresión melancólica y profundamente resignada; pero no era aquella la resignación que se refiere a los dolores físicos, a las privaciones, al trabajo, a la carencia de todo lo necesario: era una resignación más terrible, porque se refería al infortunio del alma; a la carencia de esas expansiones, sin las cuales un ser humano no es otra cosa que un cadáver a quien su propio cuerpo sirve de ataúd ambulante. En lo físico la transformación había sido también maravillosa: había crecido: sus formas antes flacas se habían redondeado, modelado, armonizado, dulcificado hasta lo infinito: se desprendía de ella tal fuerza de vida, su piel era tan intensamente blanca, tan sedosa, tan bellamente pálida, con una palidez nacarada; sus cabellos eran tan negros, tan brillantes, tan ricos, que su peinado parecía estar hecho por un escultor griego sobre ébano; las cejas negras y las pestañas negras también, espesas, convexas, dando fuerza con su sombra a su mirada, velándola, amortiguando su brillo; su boca pequeña, de color vivo, fresco y puro; el corte general de la cabeza, lo esbelto del cuello, lo redondo de los hombros, la altura virginal del seno, y los brazos que se veían entre los encajes de una bata de seda a listas, la suelta plegadura de esta bata que revelaba la ausencia de esos ahuecadores con que las raquíticas mujeres de nuestros días encubren la flacura de sus formas, todo esto la daba una fuerza de voluptuosidad irresistible, y para aumentar esta voluptuosidad, se desprendía de ella, de su expresión, de sus miradas, de su actitud, tal perfume de castidad, que era necesario creer que su cuerpo como su alma estaba virgen.

Y sin embargo, aquella boca entreabierta y suspirante, aquella mirada vaga y tímida, aquella palidez mate, revelaban que en ella ardía el fuego sagrado; que estaba ansiosa de amor.

¿Pero a quién podía amar Amparo?

¿Dónde el ser que pudiera llenar aquella alma tan entusiasta, tan apasionada por lo bello, que se remontaba en sus aspiraciones al cielo y vivía con pena en la tierra.

¿Dónde el alma en que pudiera reclinarse, confundirse, vivir aquella alma desterrada?

Porque estas aspiraciones y estas necesidades de su alma estaban impresas sobre el semblante de Amparo.

Y fue tan franca en los primeros momentos de nuestra vida la expresión de aquel semblante, que comprendí que Amparo amaba, que amaba con toda su alma y que amaba sin esperanza.

Y al comprender esto sentí al mismo tiempo celos y remordimientos.

Celos porque no era yo el hombre a quien ella amaba.

Remordimientos porque, elevando su educación, había elevado su espíritu, la había aumentado sus aspiraciones, y la había hecho por consecuencia infeliz.

Porque a pesar de su magnífica hermosura, ni tenía nombre ni dote.

Amparo era una expósita; Amparo sólo tenía necesidades.

¡Y es tan positivista el siglo xix!

En otros tiempos la hermosura y la virtud podrán haber sido un magnífico dote: hoy el dote está sobre la virtud y sobre la hermosura: los viejos son los únicos que se casan con las mujeres jóvenes, honradas y bonitas.

El siglo xix, bajo cualquiera faz que se le mire, es el siglo de la sangre y del lodo.

El siglo de la compraventa.

El siglo del incesto y del adulterio.

El siglo corruptor y corrompido.

El siglo en que la acepción de las palabras más notables está viciada.

El siglo en que todo es mentira menos el dinero.

¡Qué podéis esperar de un siglo en el cual el que invoca con entusiasmo la patria, el amor y la fraternidad, o lo que es lo mismo la caridad, se pone en ridículo!

¡De un siglo en que...!

El siglo xx hará la historia del siglo xix.

. . . . . . . . . . . . . .

¿Qué podía esperar Amparo?

Una vida de sufrimiento.

Porque Amparo tenía la desgracia de flotar, soñando, en alas de su entusiasmo, en una región a la cual sólo podía alzarse su deseo.

. . . . . . . . . . . . . .

Todo lo que acabo de apuntar lo observé, lo comparé, lo pensé, lo deduje en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada baja, y yo contemplándola absorto y enamorado.

Sí, enamorado, y enamorado como un loco.

Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la máscara de la conveniencia.

Yo creí que debía apelar a toda mi fuerza de espíritu para mostrarme con ella en la verdadera posición en que podía colocarme: esto es, en la posición que me encontraba seis años antes.

Amparo debía ser siempre para mí la misma: una protegida a quien yo dispensaba cuanta protección debía de una manera enteramente desinteresada: lo demás me parecía repugnante.

Y ella... ella levantó al fin los ojos. Su semblante no mostraba más expresión que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma niña de seis años antes, pero hermosa, hermosísima, con un traje de seda, en una habitación amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado, como si se hubiera tratado de su padre.

Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se comprendía que la careta la hacía daño.

—¿Con que hasta tal punto me había olvidado usted—me dijo sonriendo—que no me ha reconocido?

—Se ha transformado usted de una manera completa—le contesté.

—Creo que quien se ha transformado es usted.

—¡Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.

—¿Y ese usted? ¿ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma: siempre contenta, siempre amándole a usted, siempre dando gracias a Dios por el bien que me ha hecho...

—Me parece, Amparo—la dije conmovido—que sufres, que no eres feliz, que estás contrariada.

—¡Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el usted me hacía daño: por lo demás veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose, canta, atormenta un piano y enseña lo que se enseña en España en un colegio. Esta es toda la diferencia: por lo demás, pienso hoy de la misma manera que pensaba el día en que almorcé con usted.

—¡Ah! ¡Te acuerdas!

—Sí me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: ¿continúa usted cansado de la vida? ¿No espera usted nada? ¿No desea usted nada?

—¡Oh!—la contesté:—nada espero, nada deseo...

—Y en esos largos viajes...

—Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.

—¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una manera particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.

—Esto en mí es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... y tú... ¿qué esperas? ¿qué deseas?

—Yo... me contestó mirándome fijamente, pienso como pensaba hace seis años.

—¡No recuerdo!

—Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.

—¡Ah! ¡vuelves a lo del convento!

—Sí.

—Pero es extraño... ¿No amas?

—No.

—Eso es imposible. Una joven como tú...

—Una joven como yo... que no se pertenece; que sólo puede dar a un hombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casa y una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.

—El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.

—Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido la suerte de no enamorarme.

—De seguro no habrá faltado...

—¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.

—Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...

—Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días a dar lecciones de lenguas.

—Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta un dote cuantioso; cierra el colegio...

—¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!

La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre risa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendida que no podían desconocerse.

—No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos ser monja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?

—Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.

—¡Ah! ¡Pobre mujer!

—No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre mis brazos.

—¿Y su marido?

—Está empleado en provincias.

—¿Y el padre Ambrosio?

—Sigue viviendo en su casa de vecindad.

—¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?

—Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido un examen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar el establecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomás se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada le debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeño capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.

—Es que yo no quiero.

—¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiere usted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.

—No, no es eso...

—Pues el convento...

—El colegio...

—Una soltera sola no está bien en el mundo.

—¿Y te casarías sólo por darme gusto?

—No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me mandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habría tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de usted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seis años no ha escrito usted una sola carta...

—¿Y para qué?

—¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese estado tranquila.

—¡Ah! El no saber de mí...

—Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de usted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...

Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.

—Allí no entra nadie más que yo, dijo.

—¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de una Virgen de los Dolores pintada al óleo.

—Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió de Madrid.

Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.

No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento sonó una campana.

—Adiós—me dijo tendiéndome una mano—es la hora de comer y mis niñas me esperan. Vuelva usted.

Salí enamorado y desesperado.

Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mi razón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que una ardiente expresión de agradecimiento. Amparo parecía enamorada de un imposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para no hacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.

Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado en mí la vista de Amparo.

Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba: al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa triste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, y después el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no sé qué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma exhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamente simpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido para mí:

—Necesito que sea mía, enteramente mía.

Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón me gritaba severa:

—Es necesario que sea tu esposa.

De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo haceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.

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