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Vidas Ejemplares

Note 483 — III SOLEDAD

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Estos rumores eran puestos en circulación por el Aretino y por Bandinelli. El Embajador del duque de Urbino contaba a quien quería oírlo, en 1542, que Miguel Ángel se había hecho inmensamente rico prestando con usura el dinero que había recibido de Julio II, para el monumento que no había ejecutado. Miguel Ángel había dado pretexto hasta cierto punto, para esas acusaciones, por la dureza que mostró algunas veces en sus negocios (por ejemplo, con el viejo Signorelli, a quien persiguió en 1518, por un préstamo hecho en 1513) y por una rapacidad instintiva de campesino avaro que existía en él al mismo tiempo que una generosidad natural; pero esto era, por decirlo así, un gesto maquinal y hereditario. En realidad era de una extremada negligencia en sus negocios y no llevaba nunca cuentas. No sabía lo que tenía y daba a manos llenas. Su familia no dejó de aprovecharse de su capital.

Hacía obsequios regios a sus amigos y a sus servidores. La mayor parte de sus obras fueron regaladas y no vendidas; trabajó gratuitamente en San Pedro. Nadie condenó tan severamente como él el amor al dinero. “La avidez de lucro es un gran pecado”, escribió a su hermano Buonarroto. Vasari protesta con indignación contra las calumnias de los enemigos de Miguel Ángel, recuerda todo lo que su maestro ha dado: a Tommaso dei Cavalieri, a Bindo Altoviti, a Sebastián del Piombo, a Gherardo Perini, dibujos inestimables; a Antonio Mini, la Leda con todos los esbozos y los modelos; a Bartolommeo Bettini una admirable Venus con Cupido que la besa; al marqués del Vasto, un Noli me tangere; a Roberto Strozzi, los Dos Esclavos; a su servidor Antonio el Descendimiento de la Cruz, etc. “Yo no sé cómo, concluye, se puede tratar de avaro al hombre que prodigaba tales obras, que valían miles de escudos”.

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