Note 20 — CAPÍTULO VI
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El que esto escribe, el más humilde de los profesores españoles, pecaría de ingrato si no hiciera constar un hecho que habla muy alto en pro de la generosidad de nuestros Gobiernos. Bastó la mera noticia telegráfica de que el premio llamado de Moscú, otorgado por el Congreso internacional médico de París (1900), había sido adjudicado a un español, para que incontinenti se nos buscara en el rincón donde laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra disposición espléndido laboratorio. La medalla de Helmholtz, y el premio Nobel, nuevos dones de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin contar las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones científicas del mundo, nos proporcionaron la satisfacción de pensar que el modesto sacrificio hecho por el Estado español no había sido estéril para la Ciencia.
Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo el que en nuestro país ha sido consagrado por la ciencia extranjera, consigue, sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta demasiadas!... Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el galardón al merecimiento, que también en nuestra patria —y estoy por decir que mejor que en el extranjero— el cultivo serio de la ciencia constituye razonable negocio.