Note 66 — IX. (continued 2)
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No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido, ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un hombre solo.
El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día, siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego, viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo, se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.