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Recuerdos de un anciano

Note 9 — III.

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En 1795 y 96 teníamos un coche a medias entre mis padres y mi tío, a la sazón oficial de la secretaría de Hacienda, con una hermana de este y de mi padre. Mi tío, hombre instruidísimo y de talento, y no mal escritor (don Vicente Alcalá Galiano), era persona de poquísimo mundo, y solo conocía a Madrid y sus cercanías, donde había venido siendo niño y seguido viviendo. Como empezaban ya entonces a usarse los pescantes y los coches colgados de muelles, mi madre y tía querían estar al uso nuevo. «Niñas, niñas (decía mi tío, mozo aún, pero viejo en sus modos), esas cosas son para esas capitales extranjeras (que él conocía por los libros solo); pero no sirven en Madrid con su mal empedrado y sus cuestas». Resta decir que en punto al pescante ganaron las señoras, y que desde uno altísimo, como eran los de entonces, fueron gobernadas las mulas sin que sucediese mal alguno. En lo de los muelles nada consiguieron, conservándose las sopandas. De caballos no se habló, pues casi nadie los gastaba entonces. De los españoles se decía que no servían para el tiro, y los extranjeros no venían a España. Además, pasaban por no poder resistir el clima.

En 1807 ya había algunos coches tirados por caballos, pero pocos. Entonces brillaba sobre todos el de la marquesa de Tavares, recién venida de París; carruaje de los llamados bombés, y cuya figura era una esferoide o como un inmenso huevo de avestruz.

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