Note 89 — XIV.
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Quiero contar un incidente de poca monta y ridículo, ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho, entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes. Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente. Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general, que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y, se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores, pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían. Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «Galiano (le dijo), no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no sea que haya un disgusto». Tuve, pues, que salir de palacio, sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y saber, daba importancia a tales menudencias.
Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado de su Soberano tal sacrificio.