Note 79 — XII.
Reading edition
Este escritor de El Zurriago (Don N. Mejía), cuyo compañero murió pasado por las armas en 1824 cerca de Almería, en una loca tentativa de restablecer la Constitución, vivió hasta ha poco, pero vuelto a su patria desde los Estados Unidos de la América Septentrional a donde había huido en 1823, vino tan trocado que no intentó hacer papel, como bien podía; se mostraba arrepentido de su conducta anterior, prefería la oscuridad y la indigencia a darse a conocer, y es fama que recibió socorros, de que tenía suma necesidad, hasta de Martínez de la Rosa, a quien tanto había ultrajado, pero cuyo perdón solicitó humilde y alcanzó, pagando con gratitud el beneficio. Sin embargo de su arrepentimiento acompañado de una confesión de sus yerros, siguió afirmando que real y verdaderamente había sido asaltado de noche, y encerrado después de aprehendido, hasta qué al cabo de algunos días fue puesto en libertad, también de noche, dejándole en una plaza. Tal aserto es digno de crédito. Pero por el lado opuesto me consta que la sociedad a la cual fue achacado aquel acto criminal, ni le dispuso ni le creyó cierto. Quizá algunos de ella, más celosos que cuerdos o justos, cometieron tal, sin dar parte de él al cuerpo director, que no le habría aprobado. Quizá algunos de sus aparentes amigos fueron culpados de aquella maldad para atribuirla a sus contrarios. De todos modos, el asunto queda oscuro, y llevar a él la luz se ha hecho imposible.